El difunto Matias Pascal – Capitulo 13 – El farolillo

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 13

El difunto Matias Pascal
Capitulo 13
El farolillo

Cuarenta días a oscuras en mi cuarto.

Como salir, salió la operación a pedir de boca. Sólo que el ojo había de quedarme quizá un poco más grande que el otro. Paciencia.

Tuve ocasi√≥n de comprobar en m√≠ mismo que el hombre, cuando sufre, se forma una idea muy particular del bien y del mal; es decir, del bien que los dem√°s podr√≠an hacerle, seg√ļn √©l desea y pretende, como si el hecho de sufrir le confiriese derecho a una compensaci√≥n; y del mal que √©l les puede hacer a sus semejantes, como si tambi√©n para ello le autorizase el sufrimiento. Y en no haci√©ndoles los dem√°s el bien como en cumplimiento de un deber, ya est√° acus√°ndolos y disculp√°ndose a s√≠ mismo de cuanto mal pueda inferirles como investido de un derecho.

A los pocos d√≠as de aquella prisi√≥n ciega, el ansia, la necesidad de alg√ļn consuelo subi√≥ de punto en m√≠ hasta rayar en la exasperaci√≥n. Ten√≠a presente, s√≠, que me hallaba en una casa extra√Īa, y que, por lo tanto, deb√≠a estarles agradecid√≠simo a mis hu√©spedes por las atenciones delicad√≠simas que para conmigo ten√≠an. Mas esas atenciones no llegaban a satisfacerme del todo, antes me enojaban, como si me las tuviesen por despecho. ¬°Claro! Porque adivinaba de qui√©n ven√≠an. Mediante ellas, d√°bame a entender Adriana que con el pensamiento estaba casi el d√≠a entero en mi cuarto; pero ¬Ņde qu√© me serv√≠a ese consuelo, si yo, desvariando, la segu√≠a con la calenturienta imaginaci√≥n en sus idas y venidas por toda la casa? S√≥lo ella pod√≠a consolarme, y deb√≠a hacerlo, ya que estaba capacitada mejor que nadie para comprender cu√°nto ten√≠a que pesar sobre mi alma el tedio y hasta qu√© punto hab√≠a de consumirme el ansia de verla o, por lo menos, de sentirla a mi lado.

Y el tedio y las ansias, que me atosigaban, subían de punto con la rabia que me entrara al saber que Pantogada ya no estaba en Roma. Porque de haber yo sabido que iba a parar allí tan poco tiempo, ¡cualquier día me decido a estarme cuarenta días metido en mi cuarto, y a oscuras!

Con intenci√≥n de consolarme, el se√Īor Paleari se propuso demostrarme que la oscuridad era puramente imaginaria.

– ¬ŅImaginario esto? – clam√© yo.

– Tenga usted paciencia, y deje que me explique.

Y empezó a exponer- me Рquizá también a modo de preparación y prólogo a las sesiones espiritistas que habían de celebrarse ahora en mi cuarto, con objeto de distraerme , empezó, digo, a exponerme una teoría suya, especialísima, que acaso pudiéramos bautizar con el nombre de Farolillosofía.

De cuando en cuando, el bueno del se√Īor Paleari se interrump√≠a para preguntarme:

– ¬ŅSe duerme usted, se√Īor Meis?

Y a mí me entraban tentaciones de responderle:

– S√≠ se√Īor; estoy dormido. Muchas gracias.

Pero como en el fondo su intenci√≥n era buena, no siendo otra que la de hacerme compa√Ī√≠a, yo le replicaba que todo lo contrario; que le o√≠a con mucha atenci√≥n e inter√©s y que hiciese el favor de seguir adelante.

Y haci√©ndolo as√≠, el bueno de don Anselmo demostr√°bame que, por desgracia, no somos como el √°rbol que vive y no siente, y al que la tierra, el sol, el aire, la lluvia y el viento, no le parece que sean cosas que √©l no sea: cosas amigas u hostiles. A nosotros los mortales nos toc√≥ en suerte al nacer un triste privilegio: el de tomar como una realidad exterior a nosotros nuestro sentido interno de la vida, mudable y vario, seg√ļn los tiempos y casos y seg√ļn la fortuna.

Y este sentido de la vida precisamente era don Anselmo como un farolillo que cada lleva consigo encendido; un farolillo, gracias al cual vemos, perdidos, c√≥mo andamos por el mundo y discernimos el bien y el mal; un farolillo que proyecta a nuestro alrededor un c√≠rculo de luz m√°s o menos amplio y m√°s all√° del cual empieza la sombra negra, la sombra medrosa, que no existir√≠a de no estar encendido el farolillo; pero que nosotros, a veces, no tenemos m√°s remedio que creer verdadera, en tanto llevamos encendido el farolillo. Pero luego que √©ste se apague de un soplo, ¬Ņiremos a parar de veras en esa sombra ficticia? ¬ŅNos hundiremos en esa noche perpetua, despu√©s del caliginoso d√≠a de nuestra ilusi√≥n, o quedaremos m√°s bien a la merced del Ser, que habr√° ya roto las vanas formas de nuestra raz√≥n?

– ¬ŅSe ha dormido usted, se√Īor Meis?

– Siga usted, don Anselmo; que estoy muy despierto y le escucho. Hasta me parece que veo el farolillo.

– Bueno, bueno… Pero puesto que tiene usted el ojo malo, no nos metamos muy adentro en filosof√≠as, ¬Ņeh?, y procuremos m√°s bien seguir por pasatiempo a esas luci√©rnagas extraviadas, que vienen a ser nuestros farolillos en la lobreguez y oscuridad del humano destino. Empezar√≠a por decir que los hay de todos colores – ¬Ņeh? ¬ŅQu√© tal?- , seg√ļn el cristal que nos proporciona la ilusi√≥n, gran traficante en cristales de colores. Pero a m√≠ me parece, se√Īor Meis, que en ciertas √©pocas de la Historia, y lo mismo en ciertos per√≠odos de la vida del individuo, podr√≠a determinarse el predominio de un color particular, ¬Ņno es esto? Porque, efectivamente, en todas las √©pocas llega a establecerse entre los hombres cierta armon√≠a de sentimientos que provee de luz y color a esos farolones que son los t√©rminos abstractos: verdad, virtud, belleza, honor, y qu√© s√© yo cu√°ntas cosas m√°s… ¬ŅY no le parece a usted, por ejemplo, que fuese color de rosa el farol√≥n de la virtud pagana? ¬ŅY de color violeta, color deprimente, el de la cristiana virtud? La luz de una idea com√ļn alimentase del sentimiento colectivo, que, en viniendo a faltar √©ste, podr√°, s√≠, seguir en pie el farol√≥n del t√©rmino abstracto, pero la llama de dentro empezar√° a chisporrotear y a desmayar y a lanzar suspiros, cual suele ocurrir en todos esos per√≠odos que llamamos de transici√≥n. Ni son tampoco raras en la historia ciertas ventoleras que apagan de golpe y porrazo todos los faroles. ¬°Qu√© gusto! En la repentina oscuridad √°rmase entonces un revuelo de farolillos individuales indescriptible: √©ste tira hacia ac√°; el otro, hacia all√°, los hay que retroceden y los hay que empiezan a dar vueltas de un lado para otro; ninguno atina ya con el camino; chocan unos con otros; agr√ļpense por un momento en n√ļmero de diez o de veinte; pero luego, no logrando ponerse de acuerdo, tornan a desperdigarse en gran confusi√≥n con angustiosa furia; igual que las hormigas cuando encuentran tapado el hormiguero por mano de alg√ļn ni√Īo cruel. Y para m√≠, querido se√Īor Meis, que nos encontramos actualmente en uno de esos momentos hist√≥ricos. ¬°Gran oscuridad y gran confusi√≥n! Todos los farolones se apagaron. ¬ŅAd√≥nde debemos enderezar nuestros pasos? ¬ŅPor ventura hemos de volver atr√°s? ¬ŅEn busca de las lucecillas sobrevivientes que los pr√≥ceres muertos dejaron encendidas en sus tumbas? Recuerdo, a este prop√≥sito, una hermosa poes√≠a de Nicol√°s Tommaseo:

La lamparilla mía
no cual Sol resplandece ni como incendio humea; no abrasa ni devora; mas como su llama tiende al cielo, de que vino.
Viva estar√° en mi tumba; ni la lluvia ni el viento ni el tiempo han de apagarla, y los que errantes pasen con su luz apagada, la encender√°n en ella.

Pero ¬Ņy si a nuestra l√°mpara le faltase el aceite sagrado que alimentaba la del poeta? No son pocos todav√≠a los que van a la iglesia para proveer a sus farolillos del aceite necesario. Son, en su mayor√≠a, pobres viejos y pobres mujeres, a los que la vida no les cumpli√≥ sus promesas y que siguen adelante, por la oscuridad de la existencia, con ese su sentimiento encendido a modo de lamparilla votiva, a la que, con pat√©tico cuidado, resguardan del g√©lido soplo de los √ļltimos desenga√Īos, para que se conserve encendida hasta el final, hasta el fatal abismo que ha de trag√°rselos, con los ojos fijos en la llama y pensando sin cesar: ¬°Dios me ve!, a fin de no o√≠r los clamores de la vida que les rodea y que suenan en sus o√≠dos como otras tantas blasfemias. ¬°Dios me ve!, porque lo ven ellos, no s√≥lo en s√≠ mismos, sino en todo, hasta en su pobreza, hasta en sus sufrimientos, que, al fin y a la postre, han de tener su premio. La luz, d√©bil, pero apacible, de estos farolillos nos infunde cierta envidia a muchos de nosotros; pero, en cambio, a otros que se creen armados, como J√ļpiter, del dome√Īado rayo de la ciencia, y en lugar de aquellos farolillos llevan en triunfo bombillas el√©ctricas, les inspira una conmiseraci√≥n desde√Īosa. Pero ahora pregunto yo, se√Īor Meis, ¬Ņy si toda esa lobreguez, este enorme misterio sobre el cual al principio especularon tanto y tan in√ļtilmente los fil√≥sofos, y que en nuestros d√≠as, aunque desistiendo de indagar su naturaleza, no elimina la ciencia, no fuese en el fondo sino un enga√Īo m√°s, un enga√Īo de nuestra mente, una fantas√≠a que carece de color? ¬ŅY si nosotros acab√°semos de persuadirnos de que todo este misterio no existe fuera de nosotros, sino en nuestro interior √ļnica y necesariamente, por el famoso privilegio de sentido que poseemos de la vida, esto es, del farolillo de que le estoy hablando? ¬ŅY si, en una palabra, la muerte, que nos mete tanto miedo, no existiese, y fuera simplemente, no la extinci√≥n de la vida, sino el soplo que nos apaga el farolillo, el lamentable sentido que de ella tenemos, triste y medroso, por causa de estar limitado y definido por ese c√≠rculo de sombra ficticia, m√°s all√° del breve √°mbito de la menguada luz que nosotros, pobres luci√©rnagas desperdigadas, proyectamos a nuestro alrededor y en el que la vida est√° como presa, como exclu√≠da por alg√ļn tiempo de la vida universal, eterna, en la que nos paree que hemos de volver a entrar alg√ļn d√≠a, siendo as√≠ que ya estamos en ella y en ella hemos de quedarnos, aunque sin experimentar ya esa sensaci√≥n de destierro que nos atosiga? El l√≠mite de nuestra individualidad es ilusorio, y depende de nuestra poca luz; en la realidad de la Naturaleza no existe. Hemos vivido siempre – no s√© si esto le har√° a usted mucha gracia- , y siempre seguiremos viviendo con el Universo; aun ahora mismo, en esta nuestra forma, participamos en todas las manifestaciones del Universo, s√≥lo que no lo sabemos ni lo vemos, porque este maldito farolillo pesimista s√≥lo nos deja ver lo poqu√≠simo que alcanza a alumbrar. ¬°Y si siquiera nos lo dejara ver como es realmente! ¬°Pero no, se√Īor; que nos lo colora a su modo, y nos hace ver ciertas cosas de que, con raz√≥n, tenemos que dolernos, cuando quiz√° en otra forma de existencia no tendr√≠amos bocas bastantes para re√≠rnos de ellas; para re√≠rnos, se√Īor Meis, a carcajada limpia, de todas las vanas y necias aflicciones que el tal farolillo ha acarreado, de todas las sombras y de todos los fantasmas ambiciosos y extra√Īos que hizo surgir ante nosotros y de los sustos que nos hizo pasar! …

¬ŅPor qu√© el se√Īor Paleari , con todo y renegar tanto y tan fundadamente del farolillo que cada cual lleva dentro de s√≠ encendido, quer√≠a √©l ahora encender otro, de cristal de color de rosa, all√≠, en mi cuarto, para sus sesiones de espiritismo? ¬ŅNo hab√≠a ya de sobra con aqu√©l?

Preguntéselo y me respondió:

– Se trata de enmendar un farolillo con otro. Adem√°s, que el segundo, llegado cierto momento, se apaga.

– ¬ŅY le parece a usted que sea √©se el mejor medio de ver algo? – atrev√≠me a observar. – Es que – refut√≥me el se√Īor Paleari-¬† la que llamamos luz puede servirnos para que veamos enga√Īosamente en esta que llamamos vida; pero para ver lo que hay m√°s all√°, crea usted que, antes que servir, perjudica. De coraz√≥n menguado y m√°s menguado intelecto dan muestra los hombres cient√≠ficos, que, para su mayor comodidad, salen diciendo que con estos experimentos se infiere ultraje a la Ciencia o a la Naturaleza. ¬°No hay nada de eso, no, se√Īor! Nosotros lo que buscamos es descubrir otras leyes, otras fuerzas, otra vida en la Naturaleza, que sigue siendo tal, ¬°diantre! Queremos dilatar la estrecha comprensi√≥n que de ella suelen darnos nuestros sentidos. Y d√≠game usted, ¬Ņno eligen los hombres de ciencia en sus experimentos ambiente y condiciones adecuados para que salgan bien? ¬ŅEs posible prescindir de la c√°mara oscura en la fotograf√≠a? ¬°Pues entonces! Adem√°s, ¬°hay tantos medios de comprobaci√≥n!

Pero el bueno del se√Īor Paleari, seg√ļn pude ver de all√≠ a pocas noches, no empleaba ninguno. ¬°Claro que eran experimentos en familia! ¬ŅC√≥mo iba √©l a sospechar nunca que la pianista y Papiano se pusiesen de acuerdo para enga√Īarle? Y, adem√°s, ¬Ņpor qu√© hab√≠an de hacerlo? ¬ŅQu√© gusto hab√≠an de sacarle? Don Anselmo estaba m√°s que convencido, y no hab√≠a menester de aquellos experimentos para confirmarse en su fe. Como era tan alma de Dios, no pasaba siquiera a suponer que pudieran enga√Īarle con otros fines. Cuanto a la triste y pueril mezquindad de los resultados, ya la Teosof√≠a se encargaba de darle una explicaci√≥n sumamente plausible. Los seres superiores del plano mental, o de m√°s arriba todav√≠a, no pod√≠an bajar a comunicarse con nosotros por conducto de un medio; as√≠ que era menester contentarse con aquellas burdas manifestaciones de almas de difuntos de poco pelo, del plano astral; es decir, del m√°s pr√≥ximo al nuestro; as√≠ hablaba la Teosof√≠a. ¬ŅY qui√©n iba a desmentirla?

Sab√≠a yo que Adriana hab√≠ase siempre resistido a asistir a estos experimentos. Desde que yo estaba metido en mi cuarto, a oscuras, no hab√≠a aparecido por all√≠ sino muy rara vez, y nunca sola, a preguntarme c√≥mo segu√≠a. Y a m√≠ se me antojaba que me dirig√≠a la consabida pregunta solamente por cumplir. ¬°De sobra sab√≠a ella c√≥mo estaba yo! Hasta quer√≠a traslucir ribetes de iron√≠a en su voz, pues ignorando ella la raz√≥n de que yo me hubiera resuelto de pronto a que me operasen, deb√≠a de imaginarse que yo padec√≠a ahora por culpa de mi vanidad, por querer sentar plaza de guapo, o de menos feo, con el ojo arreglado seg√ļn el consejo de la pianista.

РEstoy muy bien, Adriana Рle respondía- . No veo gota.

РEso es ahora, pero verá usted luego cómo ve mejor Рsaltaba Papiano.

Yo, aprovech√°ndome de la oscuridad, alzaba el pu√Īo como para lanz√°rselo a la cara. Me dec√≠a aquellas cosas, sin duda alguna, para hacerme perder la poca paciencia que a√ļn me quedaba. No era posible que no se percatase de lo molesta que me era su presencia, pues yo se lo daba a entender de todos los modos posibles: bostezando, dando bufidos, y, sin embargo, √©l erre que erre, segu√≠a entrando en mi cuarto y visit√°ndome casi todas las noches. Y all√≠ se me estaba las horas muertas, hablando por los codos. En aquella oscuridad quit√°bame casi el aliento su voz, y era causa de que yo me revolviese en la silla como en un potro y engarabitase los dedos, por no lanzarme a √©l y estrangularle, seg√ļn las intenciones que me daban. ¬ŅLo adivinar√≠a √©l? Precisamente en tales ocasiones era cuando m√°s melosa y remilgada pon√≠a la voz.

Necesitamos siempre tener a quien echarle la culpa de nuestros sinsabores y contratiempos. Papiano, en el fondo, pon√≠a de su parte todo lo posible para que yo me fuera de la casa; y yo, de haber hablado en mis adentros, por aquellos d√≠as, la voz de la raz√≥n hubiera debido agradec√©rselo. ¬ŅPero c√≥mo iba yo a escuchar la bendita voz de la raz√≥n, si √©sta me hablaba precisamente por boca de Papiano, al cual yo no pod√≠a ver, teni√©ndole por majadero y mentecato? ¬ŅNo era claro, efectivamente, que √©l quer√≠a echarme de la casa para quedarse due√Īo del campo y desplumar a su sabor al se√Īor Paleari y a Adriana? De todos sus razonamientos y ch√°charas s√≥lo esto sacaba yo en limpio. ¬ŅEra posible que la voz de la raz√≥n escogiese precisamente la boca de Papiano para hacerse o√≠r de m√≠? Aunque quiz√° fuese yo mismo, que, por tener una disculpa, pon√≠ala en su boca para que me pareciese injusta, yo, que ya me sent√≠a cogido en las redes de la vida y deliraba, sin que tuviesen nada que ver en el ajo ni la oscuridad en que me hallaba ni el enojo que me produc√≠a escuchar a Papiano.

¬ŅDe qu√© me hablaba √©ste? ¬°Ah, s√≠! El tema √ļnico de todas sus conversaciones era Pepita Pantogada.

Por m√°s que yo hiciese vida muy modesta, a √©l se le hab√≠a metido en la cabeza que era rico. Y con el fin de desviar mi pensamiento de Adriana, puede que anduviese √©l buscando el hacer que yo me enamorase de aquella nieta del marqu√©s de Giglio, a la que pintaba como una se√Īorita juiciosa y honesta, muy lista y despejada, llena de voluntad, resuelta en su conducta, franca y vivaracha, y, adem√°s, hermos√≠sima; una preciosidad: morena, esbelta, finita y, al mismo tiempo, metidita en carnes; toda fuego, con un par de ojos fulminantes y una boquita que estaba pidiendo besos. Y no digamos nada de la dote – ¬°Una barbaridad!- : los caudales todos del marqu√©s d‚ÄôAuletta, nada menos. El marqu√©s, sin duda, se considerar√≠a dichos√≠simo con poderla casar pronto, no s√≥lo por verse libre de Pantogada, que no lo dejaba ni a sol ni a sombra, sino tambi√©n porque entre abuelo y nieta no reinaba la mejor armon√≠a. El marqu√©s era un hombre d√©bil de car√°cter y se hallaba metido de hoz y de coz en aquel su mundo muerto, mientras que Pepita, en cambio, saltaba de puro viva.

No caía el pobre en la cuenta de que, cuanto más me ponderaba a la tal Pepita, más antipatía me iba inspirando la muchacha, aun antes de conocerla. Me decía que podía conocerla cualquier tarde, pues tenía pensado engatusarla para que viniera a presenciar nuestras sesiones de espiritismo. Y también podía conocer al marques d’Auletta, que tenía, por su parte, muchas ganas de conocerme a mí, de tanto como Papiano habíale hablado de mi persona. Sólo que el marqués apenas salía de casa, y además sus ideas no le consentirían asistir a sesiones de espiritismo.

– ¬°C√≥mo! – exclam√© yo- . ¬ŅDe suerte que √©l no puede venir y, en cambio, va a dejar que venga su nieta?

– ¬°Eso, s√≠! Porque sabe a d√≥nde la manda… – respondi√≥me con mucho empaque Papiano.

No quise insistir m√°s. ¬ŅPor qu√© Adriana se resist√≠a a asistir a esas sesiones? Por sus escr√ļpulos religiosos. Pero si la nieta del marqu√©s llegaba a asistir a ellas, con la venia de su clerical abuelo, ¬Ņno pod√≠a tambi√©n imitarla Adriana? Muy orondo con este argumento, intent√© yo persuadirla la v√≠spera de la primera sesi√≥n.

Había entrado ella en mi cuarto con su padre, el cual, oído que hubo mi proposición, saltó y dijo:

– ¬°Siempre estamos en las mismas, se√Īor Meis! – suspir√≥- . La religi√≥n, frente a este problema, levanta unas orejas de burro y se asusta, lo mismo que la ciencia, y, sin embargo, nuestros experimentos, como ya estoy harto de dec√≠rselo y explic√°rselo a mi hija, no son, ni por lo m√°s remoto, enemigos de la una ni de la otra. Es m√°s: sobre todo para la religi√≥n, son otra prueba a favor de las verdades que proclama.

– ¬ŅY si fuera que me diese miedo? – objet√≥ Adriana.

– Miedo, ¬Ņde qu√©? – replic√≥le el padre- . ¬ŅDe la prueba?

– ¬ŅO de la oscuridad? – a√Īad√≠ yo- . ¬°Pero si estamos aqu√≠ todos con usted, Adriana! ¬ŅVa a ser usted la √ļnica que falte?

– Es que yo… – respondi√≥, cohibida, la joven- , yo no creo en eso; no…, no puedo creer, por m√°s que hago…; y, adem√°s, que no s√© explicarme.

No hubo forma de sacarle nada m√°s. Pero por el tono de su voz y por la cortedad de que daba muestras, hube de comprender que no era s√≥lo la religi√≥n quien le imped√≠a a Adriana asistir a aquellos experimentos. El miedo, que la joven alegara como disculpa, pod√≠a tener otro origen, que el se√Īor Paleari no se sospechaba. ¬ŅSer√≠a que le daba grima asistir al espect√°culo lamentable de su padre, puerilmente enga√Īado por Papiano, en connivencia con la pianista?

No tuve valor para insistir m√°s.

Pero ella, cual si me hubiese le√≠do en el coraz√≥n el disgusto que su desaire me causaba, dej√≥ escapar, en la lobreguez de mi cuarto, un ‚Äú¬°Despu√©s de todo! …‚ÄĚ, que yo hube de pescar al vuelo. – ¬°Vaya! ¬°Por, fin! ¬ŅConque asistir√° usted, Adriana?

– S√≥lo ma√Īana, ¬Ņeh? – concedi√≥ ella, riendo.

Al d√≠a siguiente, ya anochecido, vino Papiano a preparar la habitaci√≥n; meti√≥ en ella una mesita rectangular, de abeto, sin caj√≥n y sin dar de barniz: una mesa como cualquiera otra; desocup√≥ un rinc√≥n del aposento; colg√≥ una s√°bana de una cuerda, y, finalmente, trajo una guitarra, un collar de perro con muchos cascabeles y otros chismes. Todos estos preparativos se hicieron a la luz del farolillo color de rosa. Y mientras Papiano les daba remate, no dej√≥ ni por un momento – ¬°naturalmente! –¬† de hablar:

– Esta s√°bana sirve, ¬Ņsabe usted?, sirve…, no atino con la palabra…; bueno; pues de acumulador, dig√°moslo as√≠, de esta fuerza misteriosa. Ya la ver√° usted moverse, se√Īor Meis, hincharse como una vela e iluminarse a veces con una luz muy rara, que yo llamar√≠a sideral. ¬°S√≠, se√Īor! Hasta ahora no hemos logrado conseguir materializaciones, pero luces, s√≠; ya las ver√° usted, si Silvia se encuentra esta noche de vena. Silvia comunica con el esp√≠ritu de un antiguo condisc√≠pulo suyo de Academia, que muri√≥ – ¬°Dios nos libre!-¬† t√≠sico, a los dieciocho a√Īos, el pobre. Era de… no s√© donde, aunque me parece que de Basilea, sino que llevaba muchos a√Īos en Roma, con su familia. Un genio de la m√ļsica, as√≠, como suena, al que la muerte, cruel, hubo de llev√°rselo antes de que pudiera dar fruto. Por lo menos, eso dice Silvia. Tambi√©n comunicaba √©sta, cuando todav√≠a estaba ignorante de sus facultades median√≠micas, con el esp√≠ritu de Max. S√≠, se√Īor; √©ste era su nombre… Max… Espere usted un momento, que lo tengo en la punta de la lengua… Eso es; Max Oliz, si no estoy equivocado. ¬°Pues, s√≠, se√Īor! Como le digo a usted, penetrada de ese esp√≠ritu, improvisaba en el piano, hasta rodar por tierra desvanecida muchas veces. Y una noche, hasta se junt√≥ gente en la calle, y al terminar le dieron una ovaci√≥n…

– S√≠; y a la se√Īorita de Caporale le entr√≥ como miedo – a√Īad√≠ yo, con la mayor cachaza.

– ¬°Ah! ¬ŅPero lo sab√≠a usted? – exclam√≥ Papiano, haciendo una pausa.

– Me lo cont√≥ ella misma. ¬ŅDe suerte que aplaudieron la m√ļsica de Max tocada con las manos de la se√Īorita de Caporale?

– Eso mismo. ¬°L√°stima que no tengamos piano en casa! Tenemos que contentarnos con algunas variaciones en la guitarra. A Max, ¬Ņsabe usted?, le da mucha rabia; tanto, que a veces hace saltar las cuerdas del instrumento… Pero ya tendr√° ocasi√≥n de o√≠rlo esta noche. Me parece que todo est√° ya en regla.

– Y d√≠game usted, amigo Papiano; es una pura curiosidad – quise preguntarle antes que se fuera- : ¬Ņusted cree en el espiritismo? ¬ŅCree usted de verdad?

РMire usted Рcontestóme al punto, cual si hubiese previsto mi pregunta- . Si le he de decir a usted la verdad, no acabo de verlo claro. ¡No porque los experimentos se hagan en la oscuridad, no; por eso, no, naturalmente! Los fenómenos, las manifestaciones, son reales; no hay pero que ponerles; son lo que se dice innegables. ¡No podemos desconfiar de nosotros mismos!

– ¬°Hombre! ¬ŅY por qu√© no? – exclam√©- . A m√≠ me parece todo lo contrario.

– ¬ŅC√≥mo? ¬°No le entiendo!

– ¬°Solemos enga√Īarnos con tanta facilidad!… M√°xime cuando nos agrada creer en una cosa… – ¬°Pues a mi no me pasa eso! – protest√≥ Papiano- . Mi suegro, que est√° muy empollado en estos estudios, cree en ellos. A m√≠, entre otras cosas, me sucede que ni siquiera tengo tiempo para pensar en estas cuestiones…. lo que tampoco me apetece. ¬°Me dan tanta guerra esos condenados Borbones del marqu√©s, que me traen a mal traer, sin dejarme un instante de respiro! Suelo perder alguna que otra noche en estos experimentos. Pero lo que es yo, estoy convencido de que, mientras Dios nos tiene en este mundo, no podemos saber nada de la muerte; as√≠ que ¬Ņno le parece a usted in√ļtil el devanarse los sesos pensando en ella? ¬°Procuremos vivir lo mejor Posible! ¬°Esa es la fija! Por lo menos, eso es lo que digo yo, se√Īor Meis. Conque hasta luego, ¬Ņeh? Ahora voy escapado a la calle Del Pontefici, a recoger a la se√Īorita de Pantogada.

Volvi√≥, al cabo de media hora, muy cariacontecido, acompa√Īando a la se√Īorita de Pantogada y a su institutriz. Ven√≠a tambi√©n cierto pintor espa√Īol, que Papiano present√≥me, mascullando su nombre a la carrera, como amigo de casa del marqu√©s. Llam√°base el tal pintor Manuel Bern√°ldez, y hablaba correctamente el italiano; mas no hab√≠a forma de que acertase a pronunciar mi apellido; no parec√≠a sino que siempre que iba ya a soltarlo sent√≠a miedo de lastimarse la lengua – Adriano Meis – dec√≠a, como si de golpe y porrazo nos hubi√©ramos hecho √≠ntimos amigos.

A mí me daban ganas de contestarle: РAdriano Tu!.

Entraron las se√Īoras: Pepita, la institutriz, Silvia y Adriana.

– ¬ŅTambi√©n t√ļ? ¬°Qu√© novedad! – d√≠jole Papiano, con gesto desabrido.

No se esperaba aquel golpe. Yo, a todo esto, por el modo como hab√≠an recibido a Bern√°ldez, comprend√≠a que el marqu√©s de Giglio no deb√≠a de estar enterado de su asistencia a la sesi√≥n, habiendo, de seguro, gato encerrado en aquello de venir acompa√Īando a Pepita.

Pero el gran Terencio no renunci√≥ a su plan. Disponiendo en torno a la mesita la cadena median√≠mica, hizo que Adriana se le sentase al lado, y coloc√≥ junto a m√≠ a la se√Īorita de Pantogada.

– ¬ŅQue si estaba yo contento? No. Ni Pepita tampoco. Expres√°ndose como el padre, protest√≥ enseguida:

РGracie tanto. Así no puede ser Io voglio estar entre el segnor Paleari e la mi gobernante, caro segnor Terencio!

La rosada penumbra apenas permit√≠a distinguir los contornos; as√≠ que no pude apreciar hasta qu√© punto respond√≠a la se√Īorita de Pantogada al retrato que de ella me hiciera Papiano, aunque el conjunto de sus facciones, la voz y aquel s√ļbito tono de rebeld√≠a concordaban perfectamente con la idea que de ella me hiciera, con arreglo a aquella descripci√≥n.

Cierto que al rechazar tan desde√Īosamente el puesto que Papiano hab√≠ale adjudicado junto a m√≠ ofend√≠ame la nieta del marqu√©s; pero yo, no s√≥lo no se lo tom√© a mal, sino que hasta se lo agradec√≠.

– ¬°Tiene usted raz√≥n! – exclam√≥ Papiano- . Pero podemos hacer una cosa: que do√Īa C√°ndida se siente al lado del se√Īor Meis, y usted, junto a ella, Pepita. Mi suegro puede quedarse donde est√°; y lo mismo nosotros tres. ¬ŅEst√° bien ahora?

No, tampoco estaba bien as√≠; nos parec√≠a muy mal, no s√≥lo a m√≠, sino a Silvia y a Adriana, e incluso – seg√ļn luego se vio-¬† a la propia Pepita, la cual se encontr√≥ mucho m√°s a su gusto en una nueva cadena, dispuesta por el genial√≠simo esp√≠ritu de Max.

Por lo pronto, yo tuve que aguantar a mi lado a un como fantasma de mujer, con una especie de tenderete en la cabeza – ¬Ņpelo, cofia, peluca o qu√© diablos era aquello?- . Por debajo de aquel tinglado enorme sal√≠an de cuando en cuando unos suspirones, que remataban en breves gemidos.

A nadie se le hab√≠a ocurrido presentarme a la tal do√Īa C√°ndida, y ahora, al tenernos que coger de la mano para formar la cadena, la due√Īa suspiraba. Aquello no le parec√≠a bien. ¬°Dios m√≠o, y qu√© mano tan fina!

Con la otra mano as√≠a yo la izquierda de Silvia, que estaba sentada a la cabecera de la mesa, vuelta de espaldas a la s√°bana, que colgaba de un rinc√≥n; la diestra se la ten√≠a cogida Papiano. A la otra banda estaba Adriana, con el pintor a su lado; el se√Īor Paleari ocupaba la otra cabecera de la mesa, frente por frente a la pianista.

Papiano dijo:

– Ante todo, ser√≠a conveniente explicarle al se√Īor Meis y a la se√Īorita de Pantogada el lenguaje… ¬ŅC√≥mo se dice?

– Tiptol√≥gico – declar√≥ el se√Īor Paleari.

– Y tambi√©n a m√≠ – clam√≥ do√Īa C√°ndida, revolvi√©ndose en su asiento.

РTiene usted razón. ¡También se le explicará!

РBueno; pues miren ustedes Рempezó a explicar don Anselmo- : dos golpecitos quieren decir sí

– ¬ŅGolpecitos? – interrumpi√≥ Pepita- . ¬ŅQu√© golpes son √©sos?

– Golpecitos – respondi√≥ Papiano-¬† que sonar√°n encima de la mesa, o de las sillas, o de alg√ļn otro sitio, y se dejar√°n sentir tambi√©n hasta en forma de tocamientos.

– ¬°Ah! ¬°No, no, no! – salt√≥ entonces Pepita, poni√©ndose en pie- . ¬°Lo que es a m√≠, no me toca nadie! ¬ŅY qui√©n dice usted que va a dar esos golpes?

– Pues el esp√≠ritu de Max, Pepita – explic√≥le Papiano- . Ya se lo dije al venir. Est√© usted tranquila, que no le har√°n da√Īo esos golpecitos.

– Tiptol√≥gicos – recalc√≥ do√Īa C√°ndida, con aire de conmiseraci√≥n, ech√°ndoselas de sabihonda.

– De modo que – sigui√≥ diciendo don Anselmo-¬† dos golpes quieren decir s√≠; tres, no; cuatro, apagad las luces; cinco, hablad; seis, luz. Con esto, basta. Y ahora, concentremos el pensamiento, se√Īoras y se√Īores.

Hízose el silencio.

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

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