El difunto Matias Pascal – Capitulo 13 – El farolillo

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In Italiano – Il fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 13

El difunto Matias Pascal
Capitulo 13
El farolillo

Cuarenta días a oscuras en mi cuarto.

Como salir, salió la operación a pedir de boca. Sólo que el ojo había de quedarme quizá un poco más grande que el otro. Paciencia.

Tuve ocasión de comprobar en mí mismo que el hombre, cuando sufre, se forma una idea muy particular del bien y del mal; es decir, del bien que los demás podrían hacerle, según él desea y pretende, como si el hecho de sufrir le confiriese derecho a una compensación; y del mal que él les puede hacer a sus semejantes, como si también para ello le autorizase el sufrimiento. Y en no haciéndoles los demás el bien como en cumplimiento de un deber, ya está acusándolos y disculpándose a sí mismo de cuanto mal pueda inferirles como investido de un derecho.

A los pocos días de aquella prisión ciega, el ansia, la necesidad de algún consuelo subió de punto en mí hasta rayar en la exasperación. Tenía presente, sí, que me hallaba en una casa extraña, y que, por lo tanto, debía estarles agradecidísimo a mis huéspedes por las atenciones delicadísimas que para conmigo tenían. Mas esas atenciones no llegaban a satisfacerme del todo, antes me enojaban, como si me las tuviesen por despecho. ¡Claro! Porque adivinaba de quién venían. Mediante ellas, dábame a entender Adriana que con el pensamiento estaba casi el día entero en mi cuarto; pero ¿de qué me servía ese consuelo, si yo, desvariando, la seguía con la calenturienta imaginación en sus idas y venidas por toda la casa? Sólo ella podía consolarme, y debía hacerlo, ya que estaba capacitada mejor que nadie para comprender cuánto tenía que pesar sobre mi alma el tedio y hasta qué punto había de consumirme el ansia de verla o, por lo menos, de sentirla a mi lado.

Y el tedio y las ansias, que me atosigaban, subían de punto con la rabia que me entrara al saber que Pantogada ya no estaba en Roma. Porque de haber yo sabido que iba a parar allí tan poco tiempo, ¡cualquier día me decido a estarme cuarenta días metido en mi cuarto, y a oscuras!

Con intención de consolarme, el señor Paleari se propuso demostrarme que la oscuridad era puramente imaginaria.

– ¿Imaginario esto? – clamé yo.

– Tenga usted paciencia, y deje que me explique.

Y empezó a exponer- me – quizá también a modo de preparación y prólogo a las sesiones espiritistas que habían de celebrarse ahora en mi cuarto, con objeto de distraerme , empezó, digo, a exponerme una teoría suya, especialísima, que acaso pudiéramos bautizar con el nombre de Farolillosofía.

De cuando en cuando, el bueno del señor Paleari se interrumpía para preguntarme:

– ¿Se duerme usted, señor Meis?

Y a mí me entraban tentaciones de responderle:

– Sí señor; estoy dormido. Muchas gracias.

Pero como en el fondo su intención era buena, no siendo otra que la de hacerme compañía, yo le replicaba que todo lo contrario; que le oía con mucha atención e interés y que hiciese el favor de seguir adelante.

Y haciéndolo así, el bueno de don Anselmo demostrábame que, por desgracia, no somos como el árbol que vive y no siente, y al que la tierra, el sol, el aire, la lluvia y el viento, no le parece que sean cosas que él no sea: cosas amigas u hostiles. A nosotros los mortales nos tocó en suerte al nacer un triste privilegio: el de tomar como una realidad exterior a nosotros nuestro sentido interno de la vida, mudable y vario, según los tiempos y casos y según la fortuna.

Y este sentido de la vida precisamente era don Anselmo como un farolillo que cada lleva consigo encendido; un farolillo, gracias al cual vemos, perdidos, cómo andamos por el mundo y discernimos el bien y el mal; un farolillo que proyecta a nuestro alrededor un círculo de luz más o menos amplio y más allá del cual empieza la sombra negra, la sombra medrosa, que no existiría de no estar encendido el farolillo; pero que nosotros, a veces, no tenemos más remedio que creer verdadera, en tanto llevamos encendido el farolillo. Pero luego que éste se apague de un soplo, ¿iremos a parar de veras en esa sombra ficticia? ¿Nos hundiremos en esa noche perpetua, después del caliginoso día de nuestra ilusión, o quedaremos más bien a la merced del Ser, que habrá ya roto las vanas formas de nuestra razón?

– ¿Se ha dormido usted, señor Meis?

– Siga usted, don Anselmo; que estoy muy despierto y le escucho. Hasta me parece que veo el farolillo.

– Bueno, bueno… Pero puesto que tiene usted el ojo malo, no nos metamos muy adentro en filosofías, ¿eh?, y procuremos más bien seguir por pasatiempo a esas luciérnagas extraviadas, que vienen a ser nuestros farolillos en la lobreguez y oscuridad del humano destino. Empezaría por decir que los hay de todos colores – ¿eh? ¿Qué tal?- , según el cristal que nos proporciona la ilusión, gran traficante en cristales de colores. Pero a mí me parece, señor Meis, que en ciertas épocas de la Historia, y lo mismo en ciertos períodos de la vida del individuo, podría determinarse el predominio de un color particular, ¿no es esto? Porque, efectivamente, en todas las épocas llega a establecerse entre los hombres cierta armonía de sentimientos que provee de luz y color a esos farolones que son los términos abstractos: verdad, virtud, belleza, honor, y qué sé yo cuántas cosas más… ¿Y no le parece a usted, por ejemplo, que fuese color de rosa el farolón de la virtud pagana? ¿Y de color violeta, color deprimente, el de la cristiana virtud? La luz de una idea común alimentase del sentimiento colectivo, que, en viniendo a faltar éste, podrá, sí, seguir en pie el farolón del término abstracto, pero la llama de dentro empezará a chisporrotear y a desmayar y a lanzar suspiros, cual suele ocurrir en todos esos períodos que llamamos de transición. Ni son tampoco raras en la historia ciertas ventoleras que apagan de golpe y porrazo todos los faroles. ¡Qué gusto! En la repentina oscuridad ármase entonces un revuelo de farolillos individuales indescriptible: éste tira hacia acá; el otro, hacia allá, los hay que retroceden y los hay que empiezan a dar vueltas de un lado para otro; ninguno atina ya con el camino; chocan unos con otros; agrúpense por un momento en número de diez o de veinte; pero luego, no logrando ponerse de acuerdo, tornan a desperdigarse en gran confusión con angustiosa furia; igual que las hormigas cuando encuentran tapado el hormiguero por mano de algún niño cruel. Y para mí, querido señor Meis, que nos encontramos actualmente en uno de esos momentos históricos. ¡Gran oscuridad y gran confusión! Todos los farolones se apagaron. ¿Adónde debemos enderezar nuestros pasos? ¿Por ventura hemos de volver atrás? ¿En busca de las lucecillas sobrevivientes que los próceres muertos dejaron encendidas en sus tumbas? Recuerdo, a este propósito, una hermosa poesía de Nicolás Tommaseo:

La lamparilla mía
no cual Sol resplandece ni como incendio humea; no abrasa ni devora; mas como su llama tiende al cielo, de que vino.
Viva estará en mi tumba; ni la lluvia ni el viento ni el tiempo han de apagarla, y los que errantes pasen con su luz apagada, la encenderán en ella.

Pero ¿y si a nuestra lámpara le faltase el aceite sagrado que alimentaba la del poeta? No son pocos todavía los que van a la iglesia para proveer a sus farolillos del aceite necesario. Son, en su mayoría, pobres viejos y pobres mujeres, a los que la vida no les cumplió sus promesas y que siguen adelante, por la oscuridad de la existencia, con ese su sentimiento encendido a modo de lamparilla votiva, a la que, con patético cuidado, resguardan del gélido soplo de los últimos desengaños, para que se conserve encendida hasta el final, hasta el fatal abismo que ha de tragárselos, con los ojos fijos en la llama y pensando sin cesar: ¡Dios me ve!, a fin de no oír los clamores de la vida que les rodea y que suenan en sus oídos como otras tantas blasfemias. ¡Dios me ve!, porque lo ven ellos, no sólo en sí mismos, sino en todo, hasta en su pobreza, hasta en sus sufrimientos, que, al fin y a la postre, han de tener su premio. La luz, débil, pero apacible, de estos farolillos nos infunde cierta envidia a muchos de nosotros; pero, en cambio, a otros que se creen armados, como Júpiter, del domeñado rayo de la ciencia, y en lugar de aquellos farolillos llevan en triunfo bombillas eléctricas, les inspira una conmiseración desdeñosa. Pero ahora pregunto yo, señor Meis, ¿y si toda esa lobreguez, este enorme misterio sobre el cual al principio especularon tanto y tan inútilmente los filósofos, y que en nuestros días, aunque desistiendo de indagar su naturaleza, no elimina la ciencia, no fuese en el fondo sino un engaño más, un engaño de nuestra mente, una fantasía que carece de color? ¿Y si nosotros acabásemos de persuadirnos de que todo este misterio no existe fuera de nosotros, sino en nuestro interior única y necesariamente, por el famoso privilegio de sentido que poseemos de la vida, esto es, del farolillo de que le estoy hablando? ¿Y si, en una palabra, la muerte, que nos mete tanto miedo, no existiese, y fuera simplemente, no la extinción de la vida, sino el soplo que nos apaga el farolillo, el lamentable sentido que de ella tenemos, triste y medroso, por causa de estar limitado y definido por ese círculo de sombra ficticia, más allá del breve ámbito de la menguada luz que nosotros, pobres luciérnagas desperdigadas, proyectamos a nuestro alrededor y en el que la vida está como presa, como excluída por algún tiempo de la vida universal, eterna, en la que nos paree que hemos de volver a entrar algún día, siendo así que ya estamos en ella y en ella hemos de quedarnos, aunque sin experimentar ya esa sensación de destierro que nos atosiga? El límite de nuestra individualidad es ilusorio, y depende de nuestra poca luz; en la realidad de la Naturaleza no existe. Hemos vivido siempre – no sé si esto le hará a usted mucha gracia- , y siempre seguiremos viviendo con el Universo; aun ahora mismo, en esta nuestra forma, participamos en todas las manifestaciones del Universo, sólo que no lo sabemos ni lo vemos, porque este maldito farolillo pesimista sólo nos deja ver lo poquísimo que alcanza a alumbrar. ¡Y si siquiera nos lo dejara ver como es realmente! ¡Pero no, señor; que nos lo colora a su modo, y nos hace ver ciertas cosas de que, con razón, tenemos que dolernos, cuando quizá en otra forma de existencia no tendríamos bocas bastantes para reírnos de ellas; para reírnos, señor Meis, a carcajada limpia, de todas las vanas y necias aflicciones que el tal farolillo ha acarreado, de todas las sombras y de todos los fantasmas ambiciosos y extraños que hizo surgir ante nosotros y de los sustos que nos hizo pasar! …

¿Por qué el señor Paleari , con todo y renegar tanto y tan fundadamente del farolillo que cada cual lleva dentro de sí encendido, quería él ahora encender otro, de cristal de color de rosa, allí, en mi cuarto, para sus sesiones de espiritismo? ¿No había ya de sobra con aquél?

Preguntéselo y me respondió:

– Se trata de enmendar un farolillo con otro. Además, que el segundo, llegado cierto momento, se apaga.

– ¿Y le parece a usted que sea ése el mejor medio de ver algo? – atrevíme a observar. – Es que – refutóme el señor Paleari-  la que llamamos luz puede servirnos para que veamos engañosamente en esta que llamamos vida; pero para ver lo que hay más allá, crea usted que, antes que servir, perjudica. De corazón menguado y más menguado intelecto dan muestra los hombres científicos, que, para su mayor comodidad, salen diciendo que con estos experimentos se infiere ultraje a la Ciencia o a la Naturaleza. ¡No hay nada de eso, no, señor! Nosotros lo que buscamos es descubrir otras leyes, otras fuerzas, otra vida en la Naturaleza, que sigue siendo tal, ¡diantre! Queremos dilatar la estrecha comprensión que de ella suelen darnos nuestros sentidos. Y dígame usted, ¿no eligen los hombres de ciencia en sus experimentos ambiente y condiciones adecuados para que salgan bien? ¿Es posible prescindir de la cámara oscura en la fotografía? ¡Pues entonces! Además, ¡hay tantos medios de comprobación!

Pero el bueno del señor Paleari, según pude ver de allí a pocas noches, no empleaba ninguno. ¡Claro que eran experimentos en familia! ¿Cómo iba él a sospechar nunca que la pianista y Papiano se pusiesen de acuerdo para engañarle? Y, además, ¿por qué habían de hacerlo? ¿Qué gusto habían de sacarle? Don Anselmo estaba más que convencido, y no había menester de aquellos experimentos para confirmarse en su fe. Como era tan alma de Dios, no pasaba siquiera a suponer que pudieran engañarle con otros fines. Cuanto a la triste y pueril mezquindad de los resultados, ya la Teosofía se encargaba de darle una explicación sumamente plausible. Los seres superiores del plano mental, o de más arriba todavía, no podían bajar a comunicarse con nosotros por conducto de un medio; así que era menester contentarse con aquellas burdas manifestaciones de almas de difuntos de poco pelo, del plano astral; es decir, del más próximo al nuestro; así hablaba la Teosofía. ¿Y quién iba a desmentirla?

Sabía yo que Adriana habíase siempre resistido a asistir a estos experimentos. Desde que yo estaba metido en mi cuarto, a oscuras, no había aparecido por allí sino muy rara vez, y nunca sola, a preguntarme cómo seguía. Y a mí se me antojaba que me dirigía la consabida pregunta solamente por cumplir. ¡De sobra sabía ella cómo estaba yo! Hasta quería traslucir ribetes de ironía en su voz, pues ignorando ella la razón de que yo me hubiera resuelto de pronto a que me operasen, debía de imaginarse que yo padecía ahora por culpa de mi vanidad, por querer sentar plaza de guapo, o de menos feo, con el ojo arreglado según el consejo de la pianista.

– Estoy muy bien, Adriana – le respondía- . No veo gota.

– Eso es ahora, pero verá usted luego cómo ve mejor – saltaba Papiano.

Yo, aprovechándome de la oscuridad, alzaba el puño como para lanzárselo a la cara. Me decía aquellas cosas, sin duda alguna, para hacerme perder la poca paciencia que aún me quedaba. No era posible que no se percatase de lo molesta que me era su presencia, pues yo se lo daba a entender de todos los modos posibles: bostezando, dando bufidos, y, sin embargo, él erre que erre, seguía entrando en mi cuarto y visitándome casi todas las noches. Y allí se me estaba las horas muertas, hablando por los codos. En aquella oscuridad quitábame casi el aliento su voz, y era causa de que yo me revolviese en la silla como en un potro y engarabitase los dedos, por no lanzarme a él y estrangularle, según las intenciones que me daban. ¿Lo adivinaría él? Precisamente en tales ocasiones era cuando más melosa y remilgada ponía la voz.

Necesitamos siempre tener a quien echarle la culpa de nuestros sinsabores y contratiempos. Papiano, en el fondo, ponía de su parte todo lo posible para que yo me fuera de la casa; y yo, de haber hablado en mis adentros, por aquellos días, la voz de la razón hubiera debido agradecérselo. ¿Pero cómo iba yo a escuchar la bendita voz de la razón, si ésta me hablaba precisamente por boca de Papiano, al cual yo no podía ver, teniéndole por majadero y mentecato? ¿No era claro, efectivamente, que él quería echarme de la casa para quedarse dueño del campo y desplumar a su sabor al señor Paleari y a Adriana? De todos sus razonamientos y chácharas sólo esto sacaba yo en limpio. ¿Era posible que la voz de la razón escogiese precisamente la boca de Papiano para hacerse oír de mí? Aunque quizá fuese yo mismo, que, por tener una disculpa, poníala en su boca para que me pareciese injusta, yo, que ya me sentía cogido en las redes de la vida y deliraba, sin que tuviesen nada que ver en el ajo ni la oscuridad en que me hallaba ni el enojo que me producía escuchar a Papiano.

¿De qué me hablaba éste? ¡Ah, sí! El tema único de todas sus conversaciones era Pepita Pantogada.

Por más que yo hiciese vida muy modesta, a él se le había metido en la cabeza que era rico. Y con el fin de desviar mi pensamiento de Adriana, puede que anduviese él buscando el hacer que yo me enamorase de aquella nieta del marqués de Giglio, a la que pintaba como una señorita juiciosa y honesta, muy lista y despejada, llena de voluntad, resuelta en su conducta, franca y vivaracha, y, además, hermosísima; una preciosidad: morena, esbelta, finita y, al mismo tiempo, metidita en carnes; toda fuego, con un par de ojos fulminantes y una boquita que estaba pidiendo besos. Y no digamos nada de la dote – ¡Una barbaridad!- : los caudales todos del marqués d’Auletta, nada menos. El marqués, sin duda, se consideraría dichosísimo con poderla casar pronto, no sólo por verse libre de Pantogada, que no lo dejaba ni a sol ni a sombra, sino también porque entre abuelo y nieta no reinaba la mejor armonía. El marqués era un hombre débil de carácter y se hallaba metido de hoz y de coz en aquel su mundo muerto, mientras que Pepita, en cambio, saltaba de puro viva.

No caía el pobre en la cuenta de que, cuanto más me ponderaba a la tal Pepita, más antipatía me iba inspirando la muchacha, aun antes de conocerla. Me decía que podía conocerla cualquier tarde, pues tenía pensado engatusarla para que viniera a presenciar nuestras sesiones de espiritismo. Y también podía conocer al marques d’Auletta, que tenía, por su parte, muchas ganas de conocerme a mí, de tanto como Papiano habíale hablado de mi persona. Sólo que el marqués apenas salía de casa, y además sus ideas no le consentirían asistir a sesiones de espiritismo.

– ¡Cómo! – exclamé yo- . ¿De suerte que él no puede venir y, en cambio, va a dejar que venga su nieta?

– ¡Eso, sí! Porque sabe a dónde la manda… – respondióme con mucho empaque Papiano.

No quise insistir más. ¿Por qué Adriana se resistía a asistir a esas sesiones? Por sus escrúpulos religiosos. Pero si la nieta del marqués llegaba a asistir a ellas, con la venia de su clerical abuelo, ¿no podía también imitarla Adriana? Muy orondo con este argumento, intenté yo persuadirla la víspera de la primera sesión.

Había entrado ella en mi cuarto con su padre, el cual, oído que hubo mi proposición, saltó y dijo:

– ¡Siempre estamos en las mismas, señor Meis! – suspiró- . La religión, frente a este problema, levanta unas orejas de burro y se asusta, lo mismo que la ciencia, y, sin embargo, nuestros experimentos, como ya estoy harto de decírselo y explicárselo a mi hija, no son, ni por lo más remoto, enemigos de la una ni de la otra. Es más: sobre todo para la religión, son otra prueba a favor de las verdades que proclama.

– ¿Y si fuera que me diese miedo? – objetó Adriana.

– Miedo, ¿de qué? – replicóle el padre- . ¿De la prueba?

– ¿O de la oscuridad? – añadí yo- . ¡Pero si estamos aquí todos con usted, Adriana! ¿Va a ser usted la única que falte?

– Es que yo… – respondió, cohibida, la joven- , yo no creo en eso; no…, no puedo creer, por más que hago…; y, además, que no sé explicarme.

No hubo forma de sacarle nada más. Pero por el tono de su voz y por la cortedad de que daba muestras, hube de comprender que no era sólo la religión quien le impedía a Adriana asistir a aquellos experimentos. El miedo, que la joven alegara como disculpa, podía tener otro origen, que el señor Paleari no se sospechaba. ¿Sería que le daba grima asistir al espectáculo lamentable de su padre, puerilmente engañado por Papiano, en connivencia con la pianista?

No tuve valor para insistir más.

Pero ella, cual si me hubiese leído en el corazón el disgusto que su desaire me causaba, dejó escapar, en la lobreguez de mi cuarto, un “¡Después de todo! …”, que yo hube de pescar al vuelo. – ¡Vaya! ¡Por, fin! ¿Conque asistirá usted, Adriana?

– Sólo mañana, ¿eh? – concedió ella, riendo.

Al día siguiente, ya anochecido, vino Papiano a preparar la habitación; metió en ella una mesita rectangular, de abeto, sin cajón y sin dar de barniz: una mesa como cualquiera otra; desocupó un rincón del aposento; colgó una sábana de una cuerda, y, finalmente, trajo una guitarra, un collar de perro con muchos cascabeles y otros chismes. Todos estos preparativos se hicieron a la luz del farolillo color de rosa. Y mientras Papiano les daba remate, no dejó ni por un momento – ¡naturalmente! –  de hablar:

– Esta sábana sirve, ¿sabe usted?, sirve…, no atino con la palabra…; bueno; pues de acumulador, digámoslo así, de esta fuerza misteriosa. Ya la verá usted moverse, señor Meis, hincharse como una vela e iluminarse a veces con una luz muy rara, que yo llamaría sideral. ¡Sí, señor! Hasta ahora no hemos logrado conseguir materializaciones, pero luces, sí; ya las verá usted, si Silvia se encuentra esta noche de vena. Silvia comunica con el espíritu de un antiguo condiscípulo suyo de Academia, que murió – ¡Dios nos libre!-  tísico, a los dieciocho años, el pobre. Era de… no sé donde, aunque me parece que de Basilea, sino que llevaba muchos años en Roma, con su familia. Un genio de la música, así, como suena, al que la muerte, cruel, hubo de llevárselo antes de que pudiera dar fruto. Por lo menos, eso dice Silvia. También comunicaba ésta, cuando todavía estaba ignorante de sus facultades medianímicas, con el espíritu de Max. Sí, señor; éste era su nombre… Max… Espere usted un momento, que lo tengo en la punta de la lengua… Eso es; Max Oliz, si no estoy equivocado. ¡Pues, sí, señor! Como le digo a usted, penetrada de ese espíritu, improvisaba en el piano, hasta rodar por tierra desvanecida muchas veces. Y una noche, hasta se juntó gente en la calle, y al terminar le dieron una ovación…

– Sí; y a la señorita de Caporale le entró como miedo – añadí yo, con la mayor cachaza.

– ¡Ah! ¿Pero lo sabía usted? – exclamó Papiano, haciendo una pausa.

– Me lo contó ella misma. ¿De suerte que aplaudieron la música de Max tocada con las manos de la señorita de Caporale?

– Eso mismo. ¡Lástima que no tengamos piano en casa! Tenemos que contentarnos con algunas variaciones en la guitarra. A Max, ¿sabe usted?, le da mucha rabia; tanto, que a veces hace saltar las cuerdas del instrumento… Pero ya tendrá ocasión de oírlo esta noche. Me parece que todo está ya en regla.

– Y dígame usted, amigo Papiano; es una pura curiosidad – quise preguntarle antes que se fuera- : ¿usted cree en el espiritismo? ¿Cree usted de verdad?

– Mire usted – contestóme al punto, cual si hubiese previsto mi pregunta- . Si le he de decir a usted la verdad, no acabo de verlo claro. ¡No porque los experimentos se hagan en la oscuridad, no; por eso, no, naturalmente! Los fenómenos, las manifestaciones, son reales; no hay pero que ponerles; son lo que se dice innegables. ¡No podemos desconfiar de nosotros mismos!

– ¡Hombre! ¿Y por qué no? – exclamé- . A mí me parece todo lo contrario.

– ¿Cómo? ¡No le entiendo!

– ¡Solemos engañarnos con tanta facilidad!… Máxime cuando nos agrada creer en una cosa… – ¡Pues a mi no me pasa eso! – protestó Papiano- . Mi suegro, que está muy empollado en estos estudios, cree en ellos. A mí, entre otras cosas, me sucede que ni siquiera tengo tiempo para pensar en estas cuestiones…. lo que tampoco me apetece. ¡Me dan tanta guerra esos condenados Borbones del marqués, que me traen a mal traer, sin dejarme un instante de respiro! Suelo perder alguna que otra noche en estos experimentos. Pero lo que es yo, estoy convencido de que, mientras Dios nos tiene en este mundo, no podemos saber nada de la muerte; así que ¿no le parece a usted inútil el devanarse los sesos pensando en ella? ¡Procuremos vivir lo mejor Posible! ¡Esa es la fija! Por lo menos, eso es lo que digo yo, señor Meis. Conque hasta luego, ¿eh? Ahora voy escapado a la calle Del Pontefici, a recoger a la señorita de Pantogada.

Volvió, al cabo de media hora, muy cariacontecido, acompañando a la señorita de Pantogada y a su institutriz. Venía también cierto pintor español, que Papiano presentóme, mascullando su nombre a la carrera, como amigo de casa del marqués. Llamábase el tal pintor Manuel Bernáldez, y hablaba correctamente el italiano; mas no había forma de que acertase a pronunciar mi apellido; no parecía sino que siempre que iba ya a soltarlo sentía miedo de lastimarse la lengua – Adriano Meis – decía, como si de golpe y porrazo nos hubiéramos hecho íntimos amigos.

A mí me daban ganas de contestarle: – Adriano Tu!.

Entraron las señoras: Pepita, la institutriz, Silvia y Adriana.

– ¿También tú? ¡Qué novedad! – díjole Papiano, con gesto desabrido.

No se esperaba aquel golpe. Yo, a todo esto, por el modo como habían recibido a Bernáldez, comprendía que el marqués de Giglio no debía de estar enterado de su asistencia a la sesión, habiendo, de seguro, gato encerrado en aquello de venir acompañando a Pepita.

Pero el gran Terencio no renunció a su plan. Disponiendo en torno a la mesita la cadena medianímica, hizo que Adriana se le sentase al lado, y colocó junto a mí a la señorita de Pantogada.

– ¿Que si estaba yo contento? No. Ni Pepita tampoco. Expresándose como el padre, protestó enseguida:

– Gracie tanto. Así no puede ser Io voglio estar entre el segnor Paleari e la mi gobernante, caro segnor Terencio!

La rosada penumbra apenas permitía distinguir los contornos; así que no pude apreciar hasta qué punto respondía la señorita de Pantogada al retrato que de ella me hiciera Papiano, aunque el conjunto de sus facciones, la voz y aquel súbito tono de rebeldía concordaban perfectamente con la idea que de ella me hiciera, con arreglo a aquella descripción.

Cierto que al rechazar tan desdeñosamente el puesto que Papiano habíale adjudicado junto a mí ofendíame la nieta del marqués; pero yo, no sólo no se lo tomé a mal, sino que hasta se lo agradecí.

– ¡Tiene usted razón! – exclamó Papiano- . Pero podemos hacer una cosa: que doña Cándida se siente al lado del señor Meis, y usted, junto a ella, Pepita. Mi suegro puede quedarse donde está; y lo mismo nosotros tres. ¿Está bien ahora?

No, tampoco estaba bien así; nos parecía muy mal, no sólo a mí, sino a Silvia y a Adriana, e incluso – según luego se vio-  a la propia Pepita, la cual se encontró mucho más a su gusto en una nueva cadena, dispuesta por el genialísimo espíritu de Max.

Por lo pronto, yo tuve que aguantar a mi lado a un como fantasma de mujer, con una especie de tenderete en la cabeza – ¿pelo, cofia, peluca o qué diablos era aquello?- . Por debajo de aquel tinglado enorme salían de cuando en cuando unos suspirones, que remataban en breves gemidos.

A nadie se le había ocurrido presentarme a la tal doña Cándida, y ahora, al tenernos que coger de la mano para formar la cadena, la dueña suspiraba. Aquello no le parecía bien. ¡Dios mío, y qué mano tan fina!

Con la otra mano asía yo la izquierda de Silvia, que estaba sentada a la cabecera de la mesa, vuelta de espaldas a la sábana, que colgaba de un rincón; la diestra se la tenía cogida Papiano. A la otra banda estaba Adriana, con el pintor a su lado; el señor Paleari ocupaba la otra cabecera de la mesa, frente por frente a la pianista.

Papiano dijo:

– Ante todo, sería conveniente explicarle al señor Meis y a la señorita de Pantogada el lenguaje… ¿Cómo se dice?

– Tiptológico – declaró el señor Paleari.

– Y también a mí – clamó doña Cándida, revolviéndose en su asiento.

– Tiene usted razón. ¡También se le explicará!

– Bueno; pues miren ustedes – empezó a explicar don Anselmo- : dos golpecitos quieren decir

– ¿Golpecitos? – interrumpió Pepita- . ¿Qué golpes son ésos?

– Golpecitos – respondió Papiano-  que sonarán encima de la mesa, o de las sillas, o de algún otro sitio, y se dejarán sentir también hasta en forma de tocamientos.

– ¡Ah! ¡No, no, no! – saltó entonces Pepita, poniéndose en pie- . ¡Lo que es a mí, no me toca nadie! ¿Y quién dice usted que va a dar esos golpes?

– Pues el espíritu de Max, Pepita – explicóle Papiano- . Ya se lo dije al venir. Esté usted tranquila, que no le harán daño esos golpecitos.

– Tiptológicos – recalcó doña Cándida, con aire de conmiseración, echándoselas de sabihonda.

– De modo que – siguió diciendo don Anselmo-  dos golpes quieren decir sí; tres, no; cuatro, apagad las luces; cinco, hablad; seis, luz. Con esto, basta. Y ahora, concentremos el pensamiento, señoras y señores.

Hízose el silencio.

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