El difunto Matias Pascal – Capitulo 17 – Reencarnación

In Italiano – Il fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 17

El difunto Matias Pascal
Capitulo 17
Reencarnación

Llegué a la estación a tiempo de tomar el tren de las doce, que va a Pisa.

Después de sacar el billete, acomodeme en un coche de segunda, con la visera de la gorra de viaje calada hasta los ojos, no tanto porque no me vieran como por no ver yo a nadie. Pero seguía viendo, a pesar de todo, con el pensamiento, lo que no quería ver; atosigábame la visión de aquel sombrero y aquel bastón que dejara encima del pretilillo del puente. Quizá alguno, al pasar por allí, los hubiese ya visto…, si no había ido ya algún sereno con el parte a la Comisaría… ¡Y yo estaba todavía en Roma! ¿Qué pasaría? Estaba que no vivía…

Hasta que, por último, arrancó el tren. Por fortuna no había subido ningún otro viajero a mi coche. Me puse en pie, alcé los brazos y lancé un interminable suspiro de satisfacción, como si se me hubiese quitado un peso de encima. ¡Ah! Volvía a contarme en el número de los vivos; a ser yo, ¡Matías Pascal! Me hubiera puesto a participárselo a todo el mundo a grito pelado: “¡Que soy yo, Matías Pascal! ¡Que soy yo! ¡No me había muerto! ¡Estoy aquí» ¡Y no tenía ya que mentir, ni por qué temer que me descubrieran! Es decir, todavía no, hasta que no llegase a Miragno… Allí era donde tendría que darme a conocer como del mundo de los vivos e injertarme de nuevo en mis sepultas raíces… ¡Loco de mí ¿Cómo había podido figurarme que un tronce pudiese vivir cercenado de sus raíces? Y, sin embargo, todavía me acordaba de aquel otro viaje de Alenga a Turín; lo mismo que ahora, habíame considerado entonces feliz… ¡Loco! ¡Había sido un loco! “¡La liberación!”, decía. ¡Aquello habíame parecido la liberación! ¡Sí, con la capa de plomo de la mentira a cuestas! ¡Una capa de plomo encima de una sombra! … Ahora volvería a cargar con la mujer y la suegra, es cierto… Pero ¿no había tenido que cargar con ellas también cuando era un muerto? Ahora, por lo menos, estaría vivo y podría defenderme. ¡Ah! ¡Ya nos las veríamos!

Al pensar en ello de nuevo, antojábaseme inverosímil la ligereza con que dos años atrás me lanzara yo fuera de la ley, a la ventura. Y volvía a verme en aquellos primeros días, dichoso en medio de la inconsciencia, o por mejor decir, de la locura, en Turín, primero, y después en otras poblaciones, en callada romería, mudo, solo, Metido en mi concha, saboreando a mis anchas el sentimiento de lo que en aquella época antojábaseme mi felicidad; y evocaba mi paseo por _Alemania, a lo largo del Rin, en un vapor. ¿Habría sido un sueño todo aquello? No, señor; que había sido realidad. ¡Oh, si hubiera podido yo hacer siempre aquella vida…. viajar como un forastero del vivir! … Pero luego, en Milán…. aquel pobre chucho que estuve a punto de comprarle a aquel viejo que vendía cajas de cerillas… Ya entonces

Torné con el pensamiento a Roma. Y entreme como una sombra en la casa abandonada. ¿Dormirían todos? Adriana, quizá no; quizá me está aguardando todavía, esperándome de un momento a otro; le habrán dicho que yo he ido a buscar dos padrinos para batirme con el pintor Bernáldez; y como tardo, le entra mucho miedo y llora…

Apreteme la cara con ambas manos, sintiendo que el corazón se me encogía de angustia.

– Pero si yo no podía ser un viviente para ti, Adriana – gemí- , ¿no es mejor que ahora me creas muerto? e- Muertos los labios que cogieron aquel beso de tu bocas… ¡Olvídame, pobre Adriana, olvídame!

¡Ah! ¿Qué ocurriría en aquella casa cuando a la mañana siguiente se presentase alguien de la Comisaría con el cuento de lo ocurrido? Pasado el primer instante de aturdimiento, ¿a qué razón atribuirían mi suicidio? ¿Al duelo inminente? ¡No! Hubiera sido muy extraño, cuando menos, que un hombre que nunca diera señales de ser un cobarde se hubiera matado por miedo a un desafío… Entonces, ¿podría atribuirse a la circunstancia de que no hubiera podido hallar padrinos? ¡Fútil pretexto! O, acaso…, ¡quién sabe!, ¿no sería que aquella extraña existencia mía encerrase algún misterio?…

¡Oh, sí! Sin duda que pensarían esto al ver que me había suicidado así, sin ninguna razón aparente, sin siquiera haber dejado traslucir que abrigara tal propósito. Aquellos últimos días había hecho algunas cosas bastante raras; sobre todo, el infundio del robo, desmentido luego inesperadamente… ¿Sería, quizá que aquel dinero no era mío, que tenía que devolvérselo a alguien, y, habiéndome apropiado indebidamente parte de él, había ideado lo de hacerme pasar por víctima de un robo, arrepintiéndome luego y quitándome, finalmente, la vida? ¡Quién sabe! No cabía duda que siempre había procedido en todo con el mayor misterio; no se me conocía un amigo, no había recibido jamás una carta de ninguna parte…

¡Cuánto mejor hubiera sido que hubiera apuntado en aquel papelito alguna otra cosa además del nombre y las señas; una razón cualquiera que explicase el suicidio! … Pero en aquellos instantes… Y, además, ¿qué razón? ¿Que estaba cansado de la vida? ¿Y precisamente en vísperas de un desafío?…

– ¡Quién sabe – pensé-  el ruido que ahora armarán los diarios en torno a ese misterioso Adriano Meis! … Con toda seguridad saldrá a relucir aquel famoso primo mío, aquel Francisco Meis, de Turín, agente auxiliar en la Oficina de Contribuciones, el cual se apresurará a presentarse en la Comisaría a dar informes de su pariente; se realizarán diligencias, siguiendo la pista de esos informes, y vaya usted a saber en qué parará todo eso. Sí; pero ¿y el dinero? ¿Y la herencia? Adriana vio todos aquellos billetes de Banco… Figurémonos a Papiano. ¡Asalto al armario!… Sólo que lo encontrará vacío… Y, entonces, ¿qué fue de los billetes? ¿Habrán ido a parar al fondo del río? ¡Qué lástima! ¡Qué rabia no habérselos robado todos de una vez! La Justicia se incautará de mis ropas y libros… ¿En qué manos caerán? ¡Oh, por lo menos, un recuerdo para la pobre Adriana! ¿Con qué ojos mirará ella, de ahora en adelante, mi cuarto vacío?

De esta suerte, preguntas, suposiciones y pensamientos agitábanse tumultuosamente en mi imaginación en tanto el tren corría por entre las sombras de la noche, y no me concedían punto de reposo.

Creí conveniente detenerme un día en Pisa, a fin de no dar lugar a que se estableciera ninguna relación entre la aparición de Matías Pascal en Miragno y la desaparición de Adriano Meis, de Roma, relación que hubiera podido fácilmente llamar la atención, sobre todo si los diarios de Roma le daban mucho aire al suicidio. En Pisa aguardaría los periódicos de Roma, los de la mañana y los de la noche; y luego, si no armaban mucho ruido en torno al suceso, antes de dirigirme a Miragno iría a Oneglia, a ver a mi hermano Roberto, con el fin de observar qué efecto le hacía mi resurrección. Pero debía tener especial cuidado de no aludir ni remotamente a mi estada en Roma ni a las aventuras y lances que allí me ocurrieran. Le diría a Roberto que aquellos dos años y medio me los había pasado viajando por luengas tierras, de las que le daría noticias fantásticas… ¡Ah! Y ahora, que volvía ya vivo, podría permitirme el gustazo de echar alguna que otra mentirilla, aunque fuere del calibre de aquellas del caballero Tito Lenzi. Quedábanme todavía más de cincuenta y dos mil liras. Mis acreedores, habiéndome tenido por muerto dos años atrás, se habrían seguramente dado por satisfechos con el cortijo de La Cabaña y el molino. Habrían vendido ambas cosas; y repartídose equitativamente su importe; así que ahora no me molestarían más, ni yo era un hombre para consentir que me molestasen. Con cincuenta y dos mil liras podría vivir en Miragno muy decorosamente.

Al apearme del tren en Pisa, lo primero que hice fue comprarme un sombrero de la misma forma y medida de los que solía gastar Matías Pascal, y a renglón seguido me hice cortar las melenas de aquel imbécil de Adriano Meis.

– Meta usted bien la tijera – díjele al barbero.

Me había vuelto a crecer la barba; de suerte que con eso y el pelo corto empecé a recobrar mi verdadero aspecto, aunque muy mejorado, más agraciado y fino, puesto que ya se me había arreglado lo del ojo, aquel ojo extraviado, que en Matías Pascal era pormenor tan característico.

Sin duda que todavía debía de quedarme en la cara algún resabio de Adriano Meis; pero, no obstante, ¡me parecía ahora tanto a Roberto! ¡Como que nunca lo hubiera creído!

Mis apuros fueron cuando, después de quitarme de encima toda aquella pelambre, fui a encasquetarme el sombrero que acababa de comprarme. ¡Se me coló hasta el pescuezo! Tuve que proveer al remedio, metiéndole por debajo del forro, con ayuda del barbero, una horma de papel.

Por no entrar con las manos vacías en una fonda, me compré una maleta, en la que guardaría, por lo pronto, el traje y el abrigo que llevaba puestos. Tenía que proveerme de todo allí, en Pisa, pues no era de esperar que, después de tanto tiempo, conservase mi mujer, en Miragno, mis prendas de vestir ni mi ropa interior. Así que me compré un traje hecho en una tienda, y me lo puse; y con la maleta flamante fui a alojarme al Hotel Neptuno.

Ya otra vez, cuando era Adriano Meis había estado en Pisa, alojándome entonces en el Albergo di Londra. Había ya admirado todas las maravillas de arte que la población encierra; y ahora, rendido de tantas y tan fuertes emociones, en ayunas desde la mañana del día antes, estaba que me caía de hambre y de sueño. Así que tomé un bocado y me eché a dormir hasta la caída de la tarde.

Pero, apenas despabilado, hubo de asaltarme una agobiadora manía. Aquel día, que se me había ido sin sentir, entre las cosas que hiciera por la mañana y el sueño de plomo en que después me sumiera, ¡quién sabe cómo habría transcurrido allá, en Roma, en casa de don Anselmo! Revuelo, estupefacción, morbosa curiosidad de los extraños, apresuradas pesquisas, sospechas, hipótesis extravagantes, insinuaciones, rebuscas inútiles, y mis ropas y mis libros, allí, expuestos a esas miradas de consternación que inspiran los objetos que fueron propiedad de alguien que murió trágicamente.

¡Y yo había podido dormir tan a pierna suelta! Y ahora, en esta expectación angustiosa, tendría que aguardar a la mañana del día siguiente para enterarme de algo por la Prensa de Roma.

Entretanto, no pudiendo irme en seguida a Miragno, ni siquiera a Oneglia, no tenía más remedio que estarme allí en situación tan desagradable, metido en una suerte de paréntesis de dos, tres o, quizá más días; muerto allá en Mira- no, como Matías Pascal, y muerto también en Roma, como Adriano Meis.

No sabiendo qué hacer, y con el ansia de olvidar por un momento tantos motivos de aflicción, decidí sacar de paseo a aquellos dos difuntos por las calles de Pisa.

¡Oh, y qué paseo más agradable aquél! Adriano Meis, que ya había estado en Pisa otra vez, queríale servir como de guía y cicerone a Matías Pascal; sólo que éste, agobiado por tantas cosas como andaba revolviendo en el magín, encogíase de hombros con hoscos modales y alargaba el brazo como para quitarse de encima aquella sombra odiosa, melenuda, con levita larga, sombrerón de anchas alas y anteojos.

– Anda y vete de aquí. Ve y tírate al río, cuerpo de ahogado.

Recordaba que también Adriano Meis, paseando dos años atrás por aquella s mismas calles, habíase visto importunado de igual modo por la sombra, no menos odiosa, de Matías Pascal, quitándosela de encima con el mismo gesto, diciéndole que lo dejase en paz y se volviese a lo hondo de la presa del molino de La Cabaña.

Como Dios me dio a entender, logré pasar aquella interminable noche de inquietud y desasosiego, hasta que, por fin, a la mañana, pude leer los periódicos de Roma.

No diré que la tal lectura me tranquilizase, porque no podía ser. Pero sí haré constar que hubo de servirme de lenitivo a la aflicción que me torturaba el ver que la Prensa de Roma no daba a mi suicidio otras proporciones que las de un vulgar suceso. Todos aquellos periódicos venían a decir lo, mismo: el hallazgo del sombrero y el bastón en el puente Margherita con la lacónica esquela; que yo era turinés y hombre algo raro, ignorándose las razones que me habían impulsado a consumar el fatal propósito. Sin embargo, había un periódico que insinuaba la suposición de que acaso hubiese de por medio una razón íntima, fundándose en mi «altercado con un joven pintor español en casa de un conocidísimo personaje del mundo clerical».

Otro decía: «Probablemente, por contrariedades económicas.» Noticias vagas y lacónicas, en resumidas cuentas. Sólo un periódico de la mañana, que solía referir difusamente los sucesos del día, aludía «a la sorpresa y el dolor de la familia del caballero Anselmo Paleari, jefe de negociado, jubilado, del Ministerio de Instrucción pública, en cuya casa vivía Adriano Meis, el cual era muy querido de todos por su discreción y cortesía.» – ¡Gracias!-  Este mismo periódico, refiriendo mi desafío con el pintor español M. B., dejaba traslucir que la causa del suicidio debía atribuirse a una secreta pasión amorosa.

En una palabra, que me había suicidado por Pepita Pantogada. Después de todo, más valía así. No habían salido a relucir el nombre de Adriana ni tampoco mis billetes de Banco. La Comisaría, por lo visto, había llevado a cabo sus diligencias con el mayor sigilo. Pero ¿qué pista habría seguido?

Podía tomar el tren para Oneglia.

Encontré a Roberto ocupado con las faenas de la vendimia. Fácilmente comprenderéis la alegría que hube de experimentar al ver de nuevo aquella tierra mía, donde ya no pensaba volver a poner los pies. Sólo que tal alegría alterábanmela el ansia por llegar, el temor a que algún extraño me viera antes que mis parientes y la emoción, cada vez mayor, que me causaba la idea de lo que sentirían al verme vivo, de pronto otra vez delante de ellos. De sólo pensarlo nublábaseme la vista, oscurecíanseme el cielo y el mar, helábaseme la sangre y me daba vuelcos el corazón. ¡Y me parecía como si no fuera a llegar nunca!

Cuando acudió, por último, el criado a abrirme la verja de la bonita villa que la mujer de Roberto aportara en dote, al atravesar aquel sendero, pareciome que verdaderamente volvía yo del otro mundo.

– Usted dispense – díjome el criado, cediéndome el paso- . ¿A quién anuncio?

Faltome voz para responder. Y disimulándolo con una sonrisa, balbucí:

– Dígale… que soy… un amigo suyo… íntimo, que… viene de muy lejos… Sí; eso es…

El criado se figuraría, por lo menos, que yo era tartamudo. Dejó mi maleta al pie del perchero y me invitó a pasar al vecino salón de espera.

En tanto aguardaba yo, estaba nerviosísimo: reía, respiraba fuerte y esparcía la vista a la redonda por aquel saloncillo claro, muy bien puesto, con muebles nuevos de laca verde. De pronto, en el umbral de la puerta por donde había entrado, vi asomar a un niño muy mono, de unos cuatro años, llevando una regaderita en una mano y en la otra un escardillo de juguete. El niño me miraba con tamaños ojos.

A mí entrome una ternura indecible; debía de ser un sobrinito mío, el hijo mayor de Berto; hícele con la mano seña de que entrase; sólo que le dio miedo, y se fue.

En aquel instante sentí abrirse la otra puerta del salón. Alcé la frente, y los ojos se me empañaron por efecto de la emoción, mientras una suerte de convulsivo risa me borboteaba en la garganta.

Roberto habíase quedado mirándome, lleno de turbación, casi pasmado.

– ¿Con quién…? – exclamó.

– ¡Berto! – gritele, abriendo los brazos- . ¿No me conoces?

Al eco de mi voz púsose muy pálido, pasose rápidamente una mano por la frente y los ojos y tambaleóse balbuciendo:

– ¡Cómo! … ¡Cómo! … ¿Cómo es posible?

Yo acudí a sostenerlo, por más que él se echase atrás como con miedo.

– ¡Pero si soy yo, Matías! ¡No tengas miedo! ¡No estoy muerto! … ¿No me ves? ¡Tócame! ¡Soy yo, Roberto; más vivo que nunca! ¡Anda, hombre, domina tu susto!

– ¡Matías! ¡Matías! ¡Matías! – exclamaba el pobre Roberto, sin acabar de dar crédito a sus ojos- . Pero ¿cómo es posible? Tú. ¡Dios mío! … ¡Mi hermano! ¡Mi querido Matías!

Y abriéndome los brazos estrechome fuerte, muy fuerte, contra su pecho. Yo solté el trapo a llorar como un chico.

– Pero ¿cómo ha sido esto? – siguió preguntando Berto, que también lloraba- . ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible?

– Pues ya lo estás viendo… Aquí me tienes. He vuelto… no del otro mundo…, que nunca llegué a salir de este pícaro mundo de aquí abajo…; pero cálmate, hombre…, que ahora te lo contaré todo.

Roberto, todavía estupefacto, con los ojos llenos de lágrimas, mirábame de hito en hito, sin soltarme.

– Pero ¿cómo…, allí, en el molino, no encontraron …?

– No era yo, Berto Ya te lo explicaré. Me confundieron con otro Yo estaba a muchas leguas de Miragno y me enteré, por los periódicos, lo mismo que tú, de mi suicidio en La Cabaña.

– ¿De modo que no eras tú? – exclamó Berto- . ¿Y qué, has hecho en todos estos años?

– Pues el muerto. Cállate, y te lo contaré todo. Ahora no puedo; pero te diré, por lo menos, que he andado dando tumbos de acá para allá, creyéndome feliz al principio, ¿sabes?, hasta que luego, a vuelta de… muchas peripecias, hube de caer en la cuenta de que me había equivocado y que no es nada conveniente hacerse el muerto; y aquí me tienes, vuelto otra vez a la vida.

– ¡Siempre dije que te faltaba algún tornillo! – exclamó Berto- . ¡Ay, y qué alegrón me has dado! ¿Quién se lo podía imaginar? Matías vivo… y aquí. ¡Como que todavía no acabo de creerlo! ¡Deja que te mire bien! ¡Si me pareces otro!

– ¡Claro! ¿No ves que me he arreglado el ojo?

– ¡Ah, ya! ¡Ahora caigo! Eso era… Te miraba y remiraba…. y no sé ; encontraba algo raro… Pero, bueno, vamos ahora a ver a mi mujer. Aunque primero…, escucha…; tú…

Detúvose de pronto y miro me perplejo. – ¿Tú piensas volver a Miragno? – ¡Claro que sí! Esta misma noche.

– ¿Luego no sabes nada?

Cubriose la cara con las manos y sollozó:

– ¡Desgraciado! ¿Qué, has hecho? ¿Qué has hecho? Pero ¿no sabes que tu mujer…?

– ¿Murió? – exclamé anhelante.

– No. Algo peor que eso. ¡Se ha… vuelto a casar!

Yo me quedé de una pieza.

– ¿Que se ha vuelto a casar?

– Sí. ¡Con Pomino! Me mandaron invitación. Hace ya más de un año.

– ¡Pomino! Pomino casado con mi… – balbuceé. Pero de pronto subiome a la garganta una cosa amarga, como un vómito de bilis, y prorrumpí en estridente carcajada.

Roberto mirábame asombrado y contrito, temiendo quizá no fuera que hubiese perdido el juicio.

– Pero ¿lo tomas a risa?

– ¡Claro que sí! ¡Claro que sí! – gritele zarandeándolo de un brazo- . ¡Cómo que es lo mejor que podía haber ocurrido! ¡Esto se llama tener suerte!

– Pero ¿qué estás diciendo? – exclamó Roberto casi furioso- . Tener suerte; pero ¿y ahora, cuando te presentes tu allí?…

– ¡Y que pienso ir volando! Figúrate.

– Pero no sabes, hombre, que vas a tener que cargar otra vez con ella?

– ¡Yo! ¿Cómo?

– ¡Claro! – suspira Berto, mientras yo lo miraba atónito- . El segundo matrimonio no tiene valor y tú estás obligado a cargar otra vez con tu esposa.

Creí que perdía el sentido.

– ¡Cómo! Pero ¿qué ley es ésa? – exclamé- . ¿De suerte que mi mujer ha vuelto a casarse y yo?… Pero, ¡quiá, hombre!, no desbarres. Eso no es posible – pues yo te digo y te repito que es absolutamente cierto – insistió mi hermano- . Pero aguarda, que aquí está mi cuñado, que es abogado, y te lo explicará mejor que yo. Anda, vamos a verlo, O si no, aguarda aquí un poco, que tengo a mi mujer encinta y hay que evitar que tu inopinada presencia le haga demasiada impresión… Voy a prevenirla… Aguárdame un momento, ¿eh?

Y me llevó, cogido de la mano, hasta el umbral del aposento, como si temiese que, al soltarme y dejarme allí solo, aunque sólo fuere un momento, pudiera yo desaparecer otra vez.

Al quedarme solo, púseme a dar vueltas arriba y abajo por el saloncito como león enjaulado.

– ¡Haberse vuelto a casar! ¡Y con Pomino Claro! … ¡Hasta la misma mujer! … ¡Como antes ya estuvo enamorado de ella… ¡Le habrá parecido mentira! Ahora, casada con Pomino, será rica… Y mientras tanto, yo allá, en Roma… ¡Y ahora tener que cargar otra vez con ella!… ¿Es posible?

A poco volvió Berto muy alborozado. Pero yo estaba tan trastornado todavía por aquella noticia inesperada, que no acertaba a responder a los cumplidos qe me dirigían mi cuñada y su madre y su hermano. Advirtiolo Berto e interpeló en seguida al cuñado sobre lo que tanto me interesaba saber.

– Pero ¿qué ley es esa? – exclamé yo de nuevo- . Usted dispense; pero me parece propia de musulmanes.

Sonriose el joven abogado y afianzóse los lentes en la nariz, con aire de suficiencia.

– Pues así es, amigo mío – respondióme- . Tiene razón Roberto. No recuerdo a punto fijo el artículo de la ley; pero el caso está previsto: el segundo matrimonio queda anulado al presentarse de nuevo el primer cónyuge.

– Y yo tengo que apechugar de nuevo – exclamé airado-  con una mujer que, a sabiendas de todo el mundo, ha sido durante un año entero la esposa de otro hombre, el cual…

– Pero, hombre, usted dispense que le diga que la culpa de todo la ha tenido usted – interrumpióme el abogadito, sin dejar de sonreír.

– ¿Qué he tenido yo la culpa? ¡Cómo! – exclamé- . ¿De modo que esa buena señora se equivoca, tomando por mío el cadáver de un infeliz que se ahoga; se da prisa luego a casarse y, sin embargo, es mía la culpa de todo? ¿Y tengo que volver a cargar con ella?

– Así es – respondió el otro- , toda vez que usted, señor Pascal, no tuvo a bien rectificar a tiempo; esto es, dentro del plazo marcado por la ley, el error de su esposa; error que hasta pudo proceder, no lo niego, de mala fe por parte de ella… Usted aceptó esa identificación equivocada y se aprovechó de lo ocurrido… Y crea usted que en esto lo aplaudo; a mi juicio, hizo usted muy bien. Es más: me duele ver a usted preso de nuevo en las intrincadas redes de nuestras estúpidas leyes sociales. Yo, en su lugar de usted, no hubiera resucitado.

La flema, la sorna descarada del abogadillo concluyeron por exasperarme.

– ¡Eso lo dice usted porque no sabe el alcance de sus palabras! – exclamé, encogiéndome de hombros.

– ¡Cómo! – continuó él- . ¿Cabe pedir mayor suerte, mayor felicidad que ésa?

– ¿Sí? Pues nada. ¡Haga usted la prueba! – repliqué encarándome con Berto, resuelto a dejar plantado allí al abogadete.

Pero tampoco por aquel lado encontré el cielo abierto.

– ¡Oh! ¡A propósito! – preguntome mi hermano- . ¿Y cómo te las has arreglado en todo ese tiempo para …?

Y se restregó el pulgar con el índice, dando a entender que se refería al dinero.

– ¿Qué cómo me las he arreglado? – repuse- . Sería muy largo de contar. Y ahora no estoy en condiciones de hacerte el relato… Pero no te apures, que he tenido dinero de sobra, y sigo teniéndolo. ¡No vayas a creerte que mi vuelta a Miragno es motivada por la falta de dinero!

– Pero ¿te empeñas en volver allá – insistió Berto- , después de las noticias que acabamos de darte?

– ¡Y tanto que me empeño! – exclamé- . ¿Te parece que después de tanto como he experimentado y sufrido me quedan todavía ganas de seguir haciendo el muerto? No, hombre, no; quiero tener mis papeles en regla, volver a sentirme vivo, aunque para eso tenga que cargar de nuevo con mi costilla… Pero dime, y su madre, ¿vive todavía?

– ¡Oh, no sé! – respondióme Berto- . Ya comprenderás que, después de ese segundo matrimonio… Aunque sí, creo que no se ha muerto…

– ¡Vaya, hombre! – exclamé- . Aunque, después de todo, se me da un comino… Estoy resuelto a vengarme, y me vengaré… No soy ya el que era, ¿sabes? ¡Lo único que siento es que voy a hacerle el caldo gordo a ese imbécil de Pomino!

Echáronse todos a reír. En esto vino el criado a anunciarnos que la mesa estaba servida. Tuve que quedarme allí a almorzar; pero tan irritado estaba, que ni siquiera paraba mientes en la comida aunque a lo último hube de percatarme de que no lo había hecho mal. La fiera que había en mí había tragado de lo lindo, preparándose para la acometida inminente.

Berto me propuso que me quedara allí con ellos siquiera aquella noche, y a la mañana siguiente iríamos los dos juntos a Miragno. Quería, sin duda, regodearse con la escena de mi inesperada vuelta a la vida, con aquella mi aparición súbita como la de un buitre en el nido de Pomino. Pero yo hice oídos de mercader a sus instancias y le rogué me dejara ir allá, yo solo y aquella misma noche sin más demoras.

Tomé el tren de las ocho; a la media hora estaría en Miragno.

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