El difunto Matias Pascal – Capitulo 5 – Madurez

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 5

El difunto Matias Pascal
Capitulo 5
Madurez

Aquella bruja no sabía comprimirse.

– ¬ŅQu√© has conseguido? – me preguntaba- . ¬ŅNo te parec√≠a bastante haberte metido en mi casa como un ladr√≥n para corromperme a mi hija y hac√©rmela desgraciada? ¬ŅNo estabas contento? – ¬°No, querida suegra! – le respond√≠a- . Porque de haberme detenido ah√≠ le habr√≠a hecho a usted un favor y prest√°ndole un servicio…

– ¬ŅLo oyes? – gritaba entonces encar√°ndose con la hija- . Todav√≠a se jacta, tiene el descaro de jactarse de la haza√Īa que hizo con esa… – y aqu√≠ una letan√≠a de palabras gordas dedicadas a Oliva; luego, poni√©ndose en jarras: – Pero, ¬Ņquieres decirme qu√© es lo que has conseguido? ¬ŅNo has fastidiado tambi√©n a tu hijo? Pero, ¬°claro!, ¬Ņa √©l qu√© se le da? Si el otro es tambi√©n suyo…

No terminaba nunca sin – lanzar aquel t√≥sigo, sabiendo la virtud que ten√≠a en el √°nimo de Romilda, celosa de aquel hijo que hab√≠a de nacerle a Oliva entre comodidades y alborozos, mientras que al suyo le aguardaban apuros y congojas, la incertidumbre del ma√Īana y una guerra odiosa. Esta envidia sub√≠a a√ļn de punto con las noticias que alguna buena mujer, fingiendo estar en ayunas de todo, iba a llevarle de parte de la se√Īora de Malagna, que estaba tan contenta por la gracia que Dios hab√≠ase dignado concederle por fin. ¬°Hab√≠a que verla ahora lo guapa que se hab√≠a puesto! Jam√°s hab√≠a estado tan hermosa y lozana.

Y ella, en tanto, se estaba allí, tirada en un sillón, aquejada de continuas náuseas; pálida, desmadejado, alelada, sin siquiera un instante de bienestar, sin ganas de hablar, ni aun de abrir los ojos.

¬ŅTen√≠a yo tambi√©n la culpa de aquello? Tal parec√≠a. Ello es que Romilda no me quer√≠a ver ni o√≠r. Y lo peor fue cuando, para salvar el cortijo de La Caba√Īa con el molino, hubo que vender las casas, y mi pobre madre vi√≥se obligada a venirse a vivir con nosotros en el infierno de nuestro hogar.

Empezando porque aquella venta no nos sirvi√≥ de nada. Malagna, con la perspectiva de aquel v√°stago nacedero, que lo dispensaba ya de todo miramiento y escr√ļpulo, hizo la √ļltima de las suyas: se puso en connivencia con los usureros, y por debajo de cuerda qued√≥se con las casas por cuatro cuartos. De suerte que las deudas que pesaban sobre La Caba√Īa quedaron en su mayor parte sin saldar; y los acreedores pusieron el cortijo, juntamente con el molino, bajo el contraste de la administraci√≥n judicial. Y entre todos nos liquidaron.

¬ŅQu√© hacer en adelante? Ech√©me, aunque con muy pocas esperanzas, a buscar una ocupaci√≥n, cualquiera que fuere, con que proveer a las necesidades m√°s urgentes de la casa. No serv√≠a yo para maldita la cosa, y la fama que me hab√≠a granjeado con mis proezas juveniles y mi ganduler√≠a no era ciertamente a prop√≥sito para animar a nadie a emplearme. Adem√°s, que las escenas a que diariamente hab√≠a de asistir como testigo y como actor en mi casa quit√°banme la calma y el sosiego que hubiera necesitado para recogerme un poco en m√≠ mismo y pensar lo que pudiera Y supiera hacer.

Produc√≠ame verdadero empacho ver a mi madre all√≠ en contacto con la viuda de Pescatore. La pobre y santa de mi vieja, no ignorante ya, pero irresponsable a mis ojos de su yerro, ocasionado de no creer que fuera tan grande la maldad humana, est√°base all√≠ toda encogidica, con las manos en el seno y la vista baja, sentadita en un rinc√≥n, como si no se sintiese muy segura en aquel sitio y siempre estuviese esperando partir, irse enseguida, ¬°si Dios lo dispon√≠a as√≠! Y no le hac√≠a da√Īo la pobre ni a una mosca. De cuando en cuando sonre√≠ale piadosamente a Romilda; pero no se atrev√≠a ya a acerc√°rsela, porque una vez, a los pocos d√≠as de haberse venido a vivir con nosotros, como acudiera a prestarle ayuda en uno de sus accesos, la bruja de mi suegra hab√≠ala apartado con muy malos modos, diciendo:

– ¬°Estoy aqu√≠ yo, se√Īora, y s√© lo que debo hacer!

Yo, por prudencia, aun viendo que Romilda necesitaba verdaderamente de ayuda en aquel trance, no despegué los labios; mas andaba siempre ojo avizor para que nadie faltara al respeto a mi madre.

A veces advert√≠a que aquella guardia que montaba en torno de ella irritaba sordamente a la bruja de la vieja y hasta a mi mujer, y me echaba a temblar, no fuera que no estando yo en casa la emprendiesen con la pobrecica por desfogar el mal humor y limpiarse de bilis. Era seguro que mi madre no hab√≠a de cont√°rmelo luego, y este pensamiento me torturaba. ¬°Cu√°ntas y cu√°ntas veces no la miraba a los ojos por ver si hab√≠a llorado! Ella me sonre√≠a, me acariciaba con la vista y acababa pregunt√°ndome: – ¬ŅPor qu√© me miras as√≠? – ¬ŅEst√°s buena, mam√°?

Ella hacía un gestecillo con la mano y me respondía:

– S√≠, hijo m√≠o; ¬Ņno lo ves? Anda con Romilda, que la pobrecilla sufre mucho.

Un d√≠a escrib√≠ a Roberto, a Oneglia, proponi√©ndole que se hiciese cargo de nuestra madre, no por quitarme yo de encima el peso que con tanto gusto hubiera sobrellevado, aun en medio de las estrecheces con que luchaba, sino √ļnicamente por el bien de la pobre vieja.

Berto respondi√≥me que no pod√≠a porque su situaci√≥n ante la familia de su mujer, y su mujer misma, no pod√≠a ser m√°s enojosa despu√©s de nuestra ruina, ya que √©l viv√≠a de la dote de la esposa, y no iba, por lo tanto, a imponerle a √©sta tambi√©n la carga de la suegra. Adem√°s, que madre – seg√ļn √©l dec√≠a-¬† quiz√° no se hubiera encontrado a su gusto all√≠, pues viv√≠a tambi√©n con ellos la madre de su mujer, que no era mala, pero que pod√≠a volverse tal por las inevitables envidias y resquemores que nacen entre suegras. De suerte que lo mejor era que continuase conmigo; con lo cual, a falta de otra cosa, iba ganando el no tener que extra√Īarse del terru√Īo en los √ļltimos a√Īos de su vida, ni verse obligada a cambiar de vida y costumbres. Terminaba diciendo que √©l sent√≠a much√≠simo no poder, por todas las razones anteriormente expuestas, prestarme tampoco ayuda pecuniaria, como de todas veras hubiera sido su voluntad. Yo escond√≠ aquella carta, no fuera a cog√©rmela mi madre. Quiz√°, de no haberme ofuscado el juicio aquella exasperaci√≥n de √°nimo en que me hallaba, no me habr√≠a indignado tanto; me habr√≠a hecho la cuenta, siguiendo la natural inclinaci√≥n de mi esp√≠ritu, de que si el ruise√Īor pierde las plumas de la cola todav√≠a puede decir: ¬ęMe queda el canto¬Ľ; pero en quit√°ndoselas a un pavo, ¬Ņqu√© le queda? Alterar, por poco que fuere, aquel equilibrio que acaso le costase tantos afanes, aquel equilibrio que le permit√≠a vivir honestamente y hasta con ciertos ribetes de dignidad a costa de la esposa, hubiera sido para Berto un sacrificio enorme, una p√©rdida irreparable. Aparte su buena presencia y sus buenos modales y aquella su planta de se√Īor√≥n, no ten√≠a ya nada que ofrecerle a su cara mitad; ni siquiera una pizca de coraz√≥n, que acaso le hubiera compensado de la molestia que la pobre de mi madre hubiera podido ocasionarle. Pero ¬Ņqu√© vamos a hacerle si √©l era as√≠? ¬ŅQu√© culpa ten√≠a el pobre Berto de que Dios le hubiera dado tan poco coraz√≥n?

A todo esto subían de punto nuestros apuros, y yo sin hallar el modo de ponerles remedio. Hubo que vender las alhajas de oro de mi madre, que eran preciados recuerdos. La viuda de Pescatore, temiendo que dentro de poco acabaríamos por vivir mi madre y yo de la mezquina renta dotal de cuarenta y dos liras al mes, usaba con nosotros cada día de peores y más desabridos modales. Yo preveía de un momento a otro el estallido de su furor, que llevaba ya largo tiempo de reprimirlo, contenida la vieja por la presencia y la actitud de mi madre. Al verme dar vueltas por la casa sin objeto, cual mosca descabezado, aquella mala hembra lanzábame unas miradas que eran como relámpagos precursores de temporal. Yo me echaba a la calle por cortar la corriente e impedir la descarga. Pero luego, temiendo por mi madre, volvíame a casa.

Un día, sin embargo, no lo hice a tiempo. Había estallado por fin la tormenta, y por cierto con un pretexto harto baladí: la visita que las dos criadas viejas de casa habíanle hecho a mi madre.

Una de ellas, que no hab√≠a podido meter nada en la hucha, por tener que mantener a una hija que se hab√≠a quedado viuda con tres cr√≠os, hab√≠a buscado acomodo para servir en otra casa; pero la otra, Margarita, que era sola en el mundo, m√°s afortunada, pod√≠a ahora en su vejez entregarse al descanso con los ahorrillos reunidos en tantos a√Īos de servicio en nuestra casa. Pues bien: mi madre, seg√ļn parece, hubo de quejarse con aquellas dos buenas mujeres, fieles compa√Īeras de tanto tiempo, de su m√≠sero y amargu√≠simo estado presente. O√≠do lo cual, Margarita, la excelente viejecita que ya se lo recelaba y no se hab√≠a atrevido a dec√≠rselo, fue y le propuso que se fuera a vivir con ella a su casa, donde ten√≠a dos habitaciones primorosas, con una azote√≠lla que daba al mar, toda ella cuajada de flores, a√Īadiendo que all√≠ podr√≠an vivir las dos muy ricamente en amor y compa√Ī√≠a, y que ella se considerar√≠a muy feliz de poderle servir de algo todav√≠a y poderle demostrar as√≠ el cari√Īo y devoci√≥n que le profesaba.

Mas ¬Ņc√≥mo era posible que mi madre aceptase el ofrecimiento de aquella pobre vieja? Tal fue, sin embargo, la causa de que se enfureciese de aquel modo la viuda.

Al llegar a casa me la encontr√© hecha una verdadera furia, amas√°ndole con los pu√Īos cerrados a Margarita, la cual, sin intimidarse, hac√≠ala frente con mucho denuedo, en tanto mi madre, asustada, con l√°grimas en los ojos, cog√≠ase con ambas manos a la otra viejecilla como para escudarse.

Ver a mi madre de aquella suerte y nublárseme a mí la vista, fue todo uno. Cogí de un brazo a mi suegra y la mandé lejos de allí de un empellón. Rehízose ella al punto, y vínose a mí, dispuesta a abalanzárseme, pero de pronto se detuvo.

– ¬°Largo de aqu√≠! – grit√≥me- . ¬°Largo de aqu√≠ t√ļ y tu madre! ¬°Fuera todos!

– Oiga – d√≠jele yo entonces con voz ternblona del esfuerzo que hac√≠a para contenerme- . Oiga, la que se va a ir de aqu√≠ ahora mismo, si no quiere que haga un disparate, es usted. ¬ŅSe ha enterado?

РRomilda, llorando y dando voces, levantóse del sillón y fue a echarse en brazos de su madre.

– No, mam√°; t√ļ, conmigo. ¬°No me dejes sola! ¬°No me dejes sola!

Pero aquella digna madre apartóla de sí furiosa.

– ¬ŅNo lo quisiste? ¬°Pues carga ahora con ese pillo! Me voy, pero sola.

Ni que decir tiene que no se fue.

De allí a dos días, llamada, a lo que creo, por Margarita, entrósenos por casa hecha una furia, como de costumbre, tía Escolástica, con la intención de llevarse consigo a mi madre.

La escena merece ser descrita.

Mi suegra estaba aquella ma√Īana haciendo el pan con los brazos arremangados y la falda recogida a la cintura por no ensuci√°rsela. Al ver entrar a la t√≠a volvi√≥ apenas la cara y sigui√≥ muy tranquila en su faena, como si no hubiese entrado nadie. No repar√≥ en ello la t√≠a, que, dicho sea de pasada, hab√≠a entrado tambi√©n sin saludar e √≠dose derecha a mi madre, como si no hubiese nadie m√°s en la casa.

Р¡Pronto, pronto! ¡Vístete y vente conmigo! He oído no sé qué campanas y me ha faltado tiempo para venir. Conque, ¡hala!, a recoger tus bártulos deprisita.

Hablaba a trompicones. Tembl√°bale la nariz ganchuda y fiera en la cara morena y como tomada de ictericia y se le arremangaba de cuando en cuando, mientras ech√°banle fuego los ojos.

Mi suegra no decía ni pío.

Luego que hubo dado remate a su tarea de macerar la harina y darle el punto, procedió a amasarla, lo que hacía con mucho aparato y dando aposta unos golpes muy recios en la artesa, respondiendo de esta suerte a lo que mi tía iba diciendo. Mi tía, que lo notó, cargó entonces la mano, a lo que la otra replicó, repicando más fuerte en la artesa con la masa:

– ¬°Claro que s√≠! ¬°Naturalmente! ¬ŅC√≥mo no? ¬°De seguro, hija!

Luego, no satisfecha con aquello, fue en busca del rodillo y se lo puso al lado, encima de la artesa, como diciendo: ‚Äú¬°Cuidadito conmigo!‚ÄĚ ¬°Nunca lo hubiera hecho! T√≠a Escol√°stica p√ļsose en pie de un salto, quit√≥se furiosamente una toquilla que llevaba a los hombros y se la ech√≥ encima a mi madre, dici√©ndole:

Р¡Anda, mujer, anda! Déjalo todo y vente.

Y fue a plantarse delante de mi suegra. Esta, por no tenerla as√≠ tan cerca, se ech√≥ un paso atr√°s con aire amenazador, como si tuviera intenci√≥n de esgrimir el rodillo; pero entonces t√≠a Escol√°stica, cogiendo a pu√Īados la masa de la artesa, tir√≥sela a la cabeza, embadurn√≥le con ella la cara y p√ļsose a restreg√°rsela con los pu√Īos cerrados por los ojos, por la boca, por donde le cog√≠a; despu√©s de lo cual, tirando de mi madre por un brazo, carg√≥ con ella y sali√≥ de estamp√≠a.

Lo que pas√≥ despu√©s fue para m√≠ solo. Mi suegra, bramando de rabia, se quit√≥ la masa de la cara y del pelo, donde se le hab√≠a quedado pegada, y vino a tir√°rmela a la cara a m√≠, que me estaba riendo como atacado de alferec√≠a; cogi√≥me luego por la barbilla y la emprendi√≥ conmigo a ara√Īazos, hasta que, por √ļltimo, como si se hubiera vuelto loca, arroj√≥se al suelo y se puso a hacerse trizas la ropa y a dar vueltas de campana por el piso. Mi mujer, en tanto, sit venia verbo, se apartaba de all√≠, poniendo el grito en el cielo.

– ¬°Las pantorrillas, las pantorrillas! – grit√°bale yo a mi suegra- . ¬°No nos ense√Īe las pantorrillas por el amor de Dios!

Puedo decir que desde entonces le cobr√© gusto a re√≠rme de todas mis desventuras y tormentos. Vime en aquel instante actor de la tragedia m√°s bufa que pod√≠a imaginarse. Mi madre, y√©ndose de all√≠ en compa√Ī√≠a de aquella loca; mi suegra, tirada en el suelo, y yo, yo que no ten√≠a ya pan que llevarme a la boca para el d√≠a siguiente, con la barba toda embadurnada de harina, llena de ara√Īones la cara y chorreando no sab√≠a si sangre o l√°grimas de tanto re√≠r. Fui a cerciorarme ante el espejo. Eran l√°grimas, aunque estaba bien se√Īalado. ¬°Oh, y cu√°nta gracia me hizo aquel ojo m√≠o en tal momento! Por la fuerza de la desesperaci√≥n hab√≠ase puesto a mirar m√°s que nunca a otro lado por su cuenta, y ech√© a correr decidido a no volver a casa hasta no haber encontrado alguna ocupaci√≥n con que mantener, aunque fuera pobremente, a mi mujer y mantenerme yo.

Del rabioso enojo que en aquel momento me inspiraba mi despreocupaci√≥n de tantos a√Īos deduc√≠a yo sin alg√ļn trabajo que mi desventura no hab√≠a de merecerle a nadie, no digo l√°stima, pero ni consideraci√≥n siquiera. Bien empleado me estaba. S√≥lo una persona hubiera podido apiadarse de m√≠: aquel que hab√≠a hecho tabla rasa de todos nuestros bienes. ¬°Pero cualquiera iba a pensar ni por un momento que Malagna pudiera considerarse obligado a acogerme despu√©s de las cosas que entre los dos hab√≠an pasado!

En cambio, hubo de ayudarme en aquel trance quien menos me podía yo figurar. Habiéndome estado todo el día fuera de casa, a eso del oscurecer hube de toparme casualmente con Pomino, el cual, fingiendo no haber reparado en mí, disponíase a pasar de largo.

– ¬°Pomino!

Volvióse él con cara fosca y se detuvo con la vista baja.

– ¬ŅQu√© se te ocurre?

– ¬°Pomino! – repet√≠ yo m√°s fuerte zarande√°ndolo de un hombro y ri√©ndome de aquella su adustez- . ¬ŅHablas en serio?

Р¡Oh, ingratitud humana! ¡Pues no me guardaba rencor todavía Pomino por la traición que, a juicio suyo, le había hecho! No poco trabajo me costó convencerle de que la tal traición era él quien me la había hecho a mí, y que no sólo debía estarme agradecido, sino postrarse en el polvo al pasar yo y besar la tierra que hollasen mis pies.

Estaba yo todavía como borracho de aquella maligna guasa que me había entrado al mirarme al espejo.

– ¬ŅVes estos ara√Īazos? – le dije- . ¬°Pues son obra suya!

– ¬ŅDe Ro…?; es decir, ¬Ņde tu mujer? – ¬°De su madre!

Y se lo cont√© todo de pe a pa. El se sonri√≥, pero no mucho. Quiz√° pensara que a √©l no le hubiera hecho aquellos ara√Īazos la viuda, pues se hallaba en otra posici√≥n muy distinta a la m√≠a y era adem√°s de otra pasta.

Tuve entonces tentaciones de preguntarle por qu√©, si verdaderamente estaba tan pesaroso, no se hab√≠a casado con Romilda a su tiempo, aunque hubiera sido rapt√°ndola, seg√ļn yo le aconsejara, antes que por su rid√≠cula timidez o indecisi√≥n me hubiese ocurrido a m√≠ la desgracia de enamorarme de ella; y no s√≥lo eso, sino otras cosas m√°s hubi√©rale querido soltar en su cara con lo furioso que yo estaba en aquel momento; s√≥lo que me contuve; y en vez de eso, pregunt√©le, tendi√©ndole la mano, qu√© hac√≠a ahora.

РNo hago nada Рsuspiró- . No hago más que aburrirme.

De la desesperaci√≥n con que lo dijo cre√≠ deducir atinadamente la raz√≥n verdadera de aquella murria. Pomino no sent√≠a quiz√° tanto la p√©rdida de Romilda como la de nuestra compa√Ī√≠a, pues Berto no estaba ya en el pueblo y conmigo no pod√≠a tratarse por estar de por medio Romilda. ¬ŅY qu√© iba a hacer sin nosotros el pobre Pomino?

Р¡Cásate, hombre! Рle dije- . Ya verás cómo te vuelve el buen humor.

Pero él movió la cabeza muy serio, entornando los ojos; levantó la mano y dijo:

– ¬°Nunca, jam√°s!

– Muy bien, Pomino. ¬°Que siempre pienses as√≠! Si quieres compa√Ī√≠a, a tu disposici√≥n me tienes, incluso por toda la noche si te place.

Y le descubrí el propósito que había formado al salir de casa, exponiéndole de paso la desesperada situación en que me encontraba. Conmovióse Pomino a fuer de amigo verdadero y ofrecióme el poco dinero que llevaba encima. Dile las gracias de todo corazón y le dije que con aquello no iba a salir de apuros y que al día siguiente volvería a encontrarme lo mismo. Lo que a mí me hacía falta era una colocación.

– ¬°Aguarda! – exclam√≥ entonces Pomino- . ¬ŅNo sabes que mi padre es ahora del Ayuntamiento?

– No; pero me lo figuraba.

– Asesor municipal de Instrucci√≥n p√ļblica. – Hombre, eso s√≠ que nunca me lo hubiera imaginado.

– Anoche, estando cenando… Oye: ¬Ņno conoces t√ļ a Romitelli?…

– No.

Р¡Cómo que no! Ese que está en la Biblioteca Boccamazza. Un individuo sordo, medio ciego, alelado y que apenas puede tenerse en pie. Anoche, en ocasión de estar cenando, contóme mi padre que la Biblioteca se halla en un estado que da lástima y que convendría poner remedio a ello con la mayor diligencia. ¡Ahí tienes el puesto que a ti te hace falta!

– ¬°Bibliotecario! – exclam√©- . ¬ŅYo bibliotecario?

– ¬ŅPor qu√© no? – replic√≥me Pomino- . ¬°Si lo es Romitelli! …

Aquella razón convencióme.

Pomino me aconsejó que le dijese a tía Escolástica que me recomendase a su padre. Eso sería lo mejor.

Al día siguiente fui a ver a mi madre y le hablé del asunto, porque tía Escolástica no quena ni verme, y cuatro días después era yo todo un bibliotecario. Sesenta liras al mes. ¡Más rico que mi suegra! Ya podía cantar victoria.

Los primeros meses los pas√© casi divertido con aquel Romitelli de mis pecados, al que no hab√≠a manera de hacerle comprender que lo hab√≠a jubilado el Municipio, y que, por lo tanto, no ten√≠a que poner m√°s los pies en la Biblioteca. Todas las ma√Īanas, a la misma hora, ni minuto antes ni minuto despu√©s, me lo ve√≠a llegar a cuatro pies, incluyendo los dos bastones, uno por mano, que le hac√≠an m√°s servicio que los pies. No bien entraba sac√°base del bolsillo del chaleco un caldero viejo de cobre que le hac√≠a veces de reloj y colg√°balo de la pared con su formidable cadena; sent√°base luego con los dos bastones entre las piernas, extra√≠ase del bolsillo de la americana la papalina, la tabaquera y un pa√Īol√≥n a cuadros encarnados y negros; tomaba una buena dosis de rap√©, son√°base las narices y, por √ļltimo, abr√≠a el caj√≥n de la mesa y sacaba de √©l un librote que pertenec√≠a a la Biblioteca y que ostentaba este t√≠tulo: Diccionario hist√≥rico de los m√ļsicos, artistas y aficionados muertos y vivos, impreso en Venecia el 1758.

– ¬°Se√Īor Romitelli! – le dec√≠a yo a gritos, vi√©ndole hacer todas esas operaciones con la mayor pachorra del mundo, sin dar a entender lo m√°s m√≠nimo que hubiese notado mi presencia.

¬°Pero que si quieres! Aquel pobre se√Īor no o√≠a ni las salvas. Yo lo cog√≠a por un brazo, y entonces era cuando se volv√≠a, gui√Īaba los ojos, contra√≠a toda la cara para mirarme de soslayo, me ense√Īaba los dientes amarillentos, quiz√° con la intenci√≥n de dedicarme una sonrisa, y, por √ļltimo, agachaba la cabeza sobre el libro como si fuera a utilizarlo de almohada. Pero no, ese era el modo como le√≠a aquel t√≠o, a dos cent√≠metros de distancia y con un ojo solo, y le√≠a recio:

Birnbaum, Juan Abraham… Birnbaum, Juan Abraham hizo imprimir… Birnbaum, Juan Abraham hizo imprimir en L√©ipzig, en 1738…; en L√©ipzig, en 1738… un op√ļsculo en 8.0…. en 8.0; Observaciones imparciales sobre un paso delicado del musicista cr√≠tico. Mitzier insert√≥… Mitzier insert√≥ este escrito en el tomo primero de su Biblioteca musical… en 1739…

Y así continuaba, repitiendo dos o tres veces nombres y fechas como para grabárselos bien en la memoria. No sabría decir por qué leía tan alto, porque repito que no oía ni las salvas.

Yo me quedaba mir√°ndolo como embobado. ¬ŅQu√© pod√≠a importarle a aquel hombre reducido ya a tal estado y con un pie en la sepultura como quien dice – muri√≥, en efecto, a los cuatro meses de haberme nombrado a m√≠ el Ayuntamiento para sustituirlo- ; ¬Ņqu√© pod√≠a importarle el que Juan Abraham Birnbaum hubiese dado a la estampa en L√©ipzig, el 1738, un op√ļsculo en octavo? ¬°Y si al menos no le hubiese costado tantos apuros la lectura! Era cosa de creer que no pod√≠a el hombre pasarse sin aquellas fechas y aquellas noticias de m√ļsicos – ¬°con lo sordo que era! – y artistas y aficionados muertos o en vida hasta el 1758. A no ser que se creyese el cuitado que por estar destinadas las bibliotecas a la lectura viniese obligado el bibliotecario a leer, visto que no asomaba por all√≠ alma viva, y cogiese aquel librote como pudo haber cogido otro cualquiera. Estaba tan chocho ya que hasta esa √ļltima suposici√≥n resulta veros√≠mil y hasta mucho m√°s que la primera.

A todo esto, la mesa grande del centro ten√≠a una capa de polvo de un dedo de alta por lo menos, tanto que yo, verdaderamente, por reparar en alg√ļn modo la negra ingratitud de mis paisanos, pude trazar en ella, con letras muy gordas, esta inscripci√≥n:

A Monse√Īor Boccamazza
munificentísimo donante
en perenne se√Īal de gratitud
sus paisanos
dedicaronle esta l√°pida

Adem√°s de cuando en cuando rodaban de los estantes dos o tres librotes, seguidos de unas ratas tama√Īas como conejos.

Para mí fue aquello como la manzana de Newton.

Р¡Ya está aquí! Рexclamé la mar de alborozado- . Ya tengo ocupación mientras Romitelli lee su Birnbaum.

Y para empezar enristr√© la pluma y p√ļseme a redactar una primoros√≠sima instancia de oficio al egregio caballero Jer√≥nimo Pomino, asesor municipal de Instrucci√≥n p√ļblica, solicitando con la mayor solicitud para la Biblioteca Boccamazza o de Santa Mar√≠a Liberal la asignaci√≥n de un par de gatos por lo menos, cuyo mantenimiento no hab√≠a de ocasionarle gasto alguno al Ayuntamiento, atendido que los supradichos animalitos tendr√≠an de sobra para alimentarse con el producto de su caza. A√Īad√≠a de pasada que no estar√≠a tampoco mal que el Ayuntamiento proveyera a la Biblioteca de una media docenita de ratoneras con el cebo necesario, por no decir con el queso, palabra vulgarota y que, como subalterno, no cre√≠ conveniente poner ante los ojos de un asesor municipal de Instrucci√≥n p√ļblica.

Empezaron por mandarme dos mininos tan escuchimizados que no bien hubieron visto aquellas ratas tan enormes cobr√°ronles miedo; de suerte que para no morirse de hambre tomaron la determinaci√≥n de meterse en las ratoneras, comi√©ndose el queso. Yo me los encontraba todas las ma√Īanas all√≠ encerrados, flacos, espiritados y tan mustios que parec√≠a como si ni siquiera tuvieran √°nimos para maullar.

Reclam√©, y entonces me mandaron dos hermosos gatazos, √°giles y serios, que, sin p√©rdida de tiempo aplic√°ronse al cumplimiento de su deber. Tambi√©n las ratoneras surt√≠an su efecto, y √©stas me entregaban las ratas vivas. Ahora bien; una tarde, rabioso al ver que Romitelli no quer√≠a darse por enterado lo m√°s m√≠nimo de aquellos desvelos y victorias m√≠as, cual si no hubiese tenido √©l otra misi√≥n que la de leer y las ratas la de comerse los libros, se me ocurri√≥ la idea de echarle antes de irme dos ratas vivas y coleando en el caj√≥n de su mesa. De esta suerte esperaba aguarle, por lo menos, la acostumbrada y aburrid√≠sima lectura a la ma√Īana siguiente.

¡Pero sí, sí! Al abrir el cajón y sentir en las narices el roce de los dos animalejos, que salieron huyendo de estampía, volvióse a mí, que no podía tenerme en pie presa de un ataque de risa, y preguntóme:

– ¬ŅQu√© era eso?

– ¬°Dos ratas, se√Īor Romitelli!

Р¡Ah, ratas! Рdijo él con la mayor pachorra.

Eran de casa; él ya estaba familiarizado con ellas, y como si tal cosa hubiera sucedido reanudó la lectura del librote.

En un Tratado de los √°rboles, de Juan Victorio Soderini, se lee que los frutos maduran ¬ęparte por el calor y parte por el fr√≠o, porque el calor como a todos es notorio, tiene la virtud de cocer, y es la simple ocasi√≥n de la madurez¬Ľ. Ignoraba Juan Victorio Soderini que los fruteros han encontrado otra ocasi√≥n de la madurez. Con la mira de llevar las primicias al mercado y venderlas m√°s caras, cuelgan la fruta, manzanas, melocotones y peras, antes de haber alcanzado esa condici√≥n que la hace sana y sabrosa, y la maduran ellos a fuerza de apalearla.

Pues así hubo de madurar mi alma, hasta entonces verde.

En poco tiempo me volv√≠ otro de lo que antes fuera. Muerto ya Romitelli, me encontr√© aqu√≠ solo, ro√≠do del tedio, en esta iglesita trasconejada y entre tanto librote; tremendamente solo y, no obstante, sin apetecer compa√Ī√≠a. Hubiera podido muy bien no parar en ella sino unas horitas al d√≠a; s√≥lo que no quer√≠a que me vieran por las calles del pueblo en el estado m√≠sero en que me encontraba; a mi casa le hu√≠a como a la c√°rcel; en suma, que en ninguna parte estaba mejor que entre mis libros. ¬ŅPero qu√© hacer aqu√≠? Cazar ratas, es verdad; pero, ¬Ņpod√≠a bastarme eso?

La primera vez que hubo de ocurrirme encontrarme con un libro en las manos, cogido a la ventura, sin advertirlo, de uno de los estantes, entr√≥me por el cuerpo un calofr√≠o de horror. ¬ŅIr√≠a a sucederme lo que a Romitelli? ¬ŅMe ir√≠a a creer obligado, por el solo hecho de ser bibliotecario, a leer yo por todos los que no iban a la Biblioteca? Y tir√© el libro al suelo. S√≥lo que luego lo recog√≠ de all√≠, y ¬°ah! , se√Īores, me puse a leer yo tambi√©n, y tambi√©n con s√≥lo un ojo, ya que el otro no me serv√≠a para maldita la cosa.

De esa suerte leí de todo un poco, a la buena de Dios; pero, por lo general, libros de Filosofía. ¡Cuidado que pesan! Y sin embargo, quien se sustenta de ellos y en el cuerpo se los mete vive entre las nubes. A mí me echaron a perder el cerebro, que ya de mío teníalo desquiciado. Cuando se me calentaban los sesos cerraba la Biblioteca y por un repuesto caminito dirigíame a cierta parte desierta de la playa.

La vista del mar sumíame en un atónito asombro, que poco a poco iba degenerando en intolerable opresión. Me sentaba en la playa y hacía por no verlo, agachando la cabeza; pero no podía evitar oír su fragor a lo largo de la orilla, mientras lenta, lentamente, dejaba escurrir por entre mis dedos la arena densa y grave, murmurando:

РAsí, siempre así; hasta la muerte; sin mudanza alguna jamás.

La inmutabilidad de la condici√≥n de aquella existencia m√≠a suger√≠ame pensamientos s√ļbitos, extra√Īos, cuasi rel√°mpagos de locura. Pon√≠ame en pie de un brinco como para sacud√≠rmelos y empezaba a dar valsones a lo largo de la orilla; pero al ver entonces al mar enviar sin descanso a la playa sus mustias y so√Īolientas olas y al contemplar tanta arena all√≠ abandonada, gritaba con furia, crispando los pu√Īos:

– Pero ¬Ņpor qu√©? ¬ŅPor qu√© ha de ser esto?

Y me chapuzaba los pies. El mar alargaba por ventura un poco m√°s sus oleadas como para avisarme.

– ¬ŅVes, hombre, lo que se saca de preguntar ciertos porqu√©s? Pues un pediluvio. As√≠, que vu√©lvete a la Biblioteca. El agua salobre estropea las botas, y t√ļ no andas sobrado de cuartos. Vu√©lvete a la Biblioteca, y deja en paz a los libros de Filosof√≠a; preferible es que te pongas a leer t√ļ tambi√©n eso de que Juan Abraham Birnbaum mand√≥ imprimir en L√©ipzig, en 1738, un op√ļsculo en octavo, de lo que sin duda sacar√°s m√°s provecho.

Pero cierto día vinieron a decirme que a mi mujer se le habían declarado los dolores de parto, y que fuese corriendo a casa. Eché a correr como un gamo, aunque más que nada por huir de mí mismo, por no estar ni un minuto conmigo a solas, dándole vueltas al pensamiento de que iba a tener un hijo. ¡Yo un hijo, y en aquella situación!

No bien hube llegado a la puerta de mi casa, cogióme mi suegra de un brazo y me hizo dar media vuelta, diciéndome:

Р¡Un médico! ¡Vuela, hombre! ¡Que Romilda se muere!

Ante un notici√≥n a quemarropa como el que a m√≠ me hab√≠an dado, conviene descansar y reponerse del susto; ¬Ņno es as√≠? Pues en vez de eso, ‚Äú¬°Corre! ¬°Vuela!‚ÄĚ Yo ya no sab√≠a d√≥nde ten√≠a las piernas, ni si las ten√≠a tampoco, y mientras corr√≠a, no s√© c√≥mo iba diciendo entre m√≠: ‚Äú¬°Un m√©dico! ¬°Un m√©dico!‚ÄĚ, y la gente se deten√≠a para dejarme paso, y se empe√Īaba en que me detuviese yo tambi√©n para contar lo que me pasase. Yo sent√≠a que me tiraban de las mangas, y ve√≠a delante de m√≠ caras p√°lidas y afligidas, y los apartaba a todos, gritando: ‚Äú¬°Un m√©dico! ¬°Un m√©dico!‚ÄĚ

Y a todo esto, el m√©dico estaba all√≠, en mi casa. Cuando, desolado, en un estado lamentable, despu√©s de haber recorrido todas las farmacias, me volv√≠ a casa desesperado y furioso, ya hab√≠a venido al mundo la primera ni√Īa, y se preparaba a imitarla la segunda.

– ¬°Dos!

Todav√≠a me parece estar√≠as viendo, all√≠, en la cuna, las dos juntitas; se ara√Īaban la una a la otra con aquellas manecitas, tan tiernas y, sin embargo, cuasi pertrechadas por un instinto d√≠scolo; m√°s dignas de l√°stima que aquellos dos gatitos que me encontraba yo todas las ma√Īanas en las ratoneras; y as√≠ como ellos no ten√≠an apenas fuerzas para maullar, las dos ni√Īas no la ten√≠an tampoco para lanzar su vagido, y, sin embargo, ¬°ya se ara√Īaban!

Las aparté, y al primer contacto con aquellas carnecitas tan tiernas y frías sentí un temblor nuevo, un temblor de inefable dulzura. ¡Eran mías!

Una se me muri√≥ algunos d√≠as despu√©s; la otra, en cambio, quiso darme tiempo a que le cobrara cari√Īo, con todo el ardor de un padre que, no teniendo otra cosa en el mundo, hace de su hijita el fin √ļnico y la raz√≥n exclusiva de su existencia; y tuvo la crueldad de mor√≠rseme cuando iba a cumplir un a√Īo y se hab√≠a puesto tan mona con aquellos sus bucles de oro, que yo me enroscaba a los dedos y se los besaba sin hartarme nunca. Me llamaba ‚Äú¬°Pap√°!‚ÄĚ, y yo le respond√≠a en seguida: ¬ę¬°Hija!¬Ľ Y ella volv√≠a otra vez: ‚Äú¬°Pap√°! …‚ÄĚ, as√≠, sin venir a qu√©, como se llaman entre s√≠ los p√°jaros.

Se muri√≥ al mismo tiempo que mi madre, en el mismo d√≠a y casi a la misma hora. No sab√≠a yo c√≥mo repartir mis desvelos y pesares. Dejaba dormidita a la nena y corr√≠a a ver a mi madre, que no cuidaba de s√≠ ni de su muerte y me preguntaba ansiosamente por la nietecita, lament√°ndose de no poder verla y besarla por √ļltima vez. ¬°Y esta tortura dur√≥ nueve d√≠as! Pues bueno: despu√©s de nueve d√≠as, con sus noches, de asidua vigilia, sin pegar los ojos ni un momento…, ¬Ņdebo decirlo? – muchos quiz√° tendr√≠an reparo en confesarlo, siendo as√≠ que es lo m√°s humano que puede imaginarse- , no sent√≠, no, pena por el momento, sino que me qued√© sumido en una pasmada tristeza, y conclu√≠ por dormirme. Tuve que dormir primero. Luego, al despertar, acometi√≥me un dolor feroz, rabioso, por la nena y por mi madre, que ya no exist√≠an… Y estuve a punto de perder el juicio. Una noche entera me la pas√© vagando por el pueblo y, el campo, con no s√© qu√© ideas en el mag√≠n; s√≥lo s√© que a lo √ļltimo hubo de encontrarme en el cortijo de La Caba√Īa, junto a la presa del molino, y que un tal Felipe, un molinero viejo, que estaba all√≠ de guardia, me cogi√≥ y me hizo sentar un poco m√°s all√°, bajo los √°rboles, y, sent√°ndose √©l a mi vera, p√ļsose a hablarme largo y tendido de mi madre, y tambi√©n de mi padre y de los buenos tiempos pasados; y me dijo que no deb√≠a llorar y desesperarme de aquella suerte, porque para cuidar de mi hija en el otro mundo, hab√≠ase ido all√° la abuelita, la abuelita buena, que le hablar√≠a de m√≠ y no la dejar√≠a sola un punto.

Tres d√≠as despu√©s, Roberto, como si hubiera querido pagarme las l√°grimas, me envi√≥ cincuenta liras. Era su intenci√≥n que proveyese a darle a mam√° una sepultura digna, seg√ļn dec√≠a. Pero ya hab√≠a pensado en ello t√≠a Escol√°stica. Aquellas cincuenta liras estuvieron alg√ļn tiempo entre las p√°ginas de un libro en la Biblioteca.

Luego sirvieron para sacarme a mí de apuro, y fueron Рcomo he de referir-  ocasión de mi muerte primera.

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

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