El difunto Matias Pascal – Capitulo 14 – Las proezas de Max

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 14

El difunto Matias Pascal
Capitulo 14
Las proezas de Max

¬ŅAprensi√≥n? No. Ni por asomo. Lo que yo sent√≠a era una viva curiosidad y hasta cierto temor de que Papiano hubiese de quedar muy malparado en aquella sesi√≥n; aunque parec√≠a l√≥gico que esa perspectiva me agradase, no era as√≠. Porque ¬Ņqui√©n no experimenta tristeza y sonrojo al asistir a una comedia mal representada por c√≥micos de la legua?

‚ÄúUna de dos – pensaba- : o √©l es muy habilidoso, o su terquedad en no separarse de las faldas de Adriana no le deja ver claro a lo que se expone, dej√°ndonos a Bern√°ldez y Pepita, a Adriana y a m√≠, chasqueados, y, por lo tanto, en situaci√≥n de descubrir su trampa sin experimentar, en cambio, el menor gusto. La que lo notar√° m√°s pronto ser√° Adriana, que es la que est√° a su lado; y diz que ya tiene sospechas de sus fuller√≠as, y anda escamada. No pudiendo estar a mi lado, quiz√° ya est√© pregunt√°ndose a s√≠ misma por qu√© raz√≥n asiste a esta farsa, que no s√≥lo le resultaba desaborido, sino hasta indigna y sacr√≠lega. Y lo mismo, sin duda, se preguntar√°n tambi√©n Bern√°ldez y Pepita. ¬ŅC√≥mo no lo advierte Papiano, ya que ha visto que le fall√≥ el tiro de sentarme a mi lado a la se√Īorita de Pantogada? ¬ŅTanta confianza tiene en su habilidad? Pues vamos a verlo.¬Ľ

En tanto me hacía estas reflexiones, no me acordaba lo más mínimo de la pianista. Y de repente, rompió ésta a hablar, como si estuviera medio dormida.

– ¬°La cadena! – dijo- . ¬°Hay que variar la cadena!

– ¬ŅEst√° aqu√≠ ya Max? – pregunt√≥ ansiosamente el bueno de don Anselmo.

La respuesta de la pianista hízose esperar un largo rato.

– S√≠ – dijo por √ļltimo, como a duras penas- ; pero somos demasiados esta noche…

Р¡Eso sí es verdad! Рsaltó Papiano- . Pero yo creo que así es mejor.

Р¡Silencio! Рordenó Paleari Р. Oigamos lo que dice Max.

– La cadena – continu√≥ la pianista-¬† no le parece bien equilibrada. Aqu√≠, a este lado – y me levant√≥ a m√≠ la mano- , hay dos se√Īoras juntas. Convendr√≠a que don Anselmo cambiase de sitio con la se√Īorita de Pantogada.

– ¬°Ahora mismo! – exclam√≥ el se√Īor Paleari, levant√°ndose- . Ande usted, Pepita, si√©ntese aqu√≠.

Pepita no rechistó lo más mínimo, y obedeció al viejo. Estaba al lado del pintor.

– Adem√°s – a√Īadi√≥ la pianista- , do√Īa C√°ndida…

Papiano interrumpióla:

– Debe cambiar de sitio con Adriana, ¬Ņverdad?

Ya se me había ocurrido a mí. ¡Pues admirable!

Yo le apret√© a Adriana la mano con fuerza, hasta lastim√°rsela, no bien se hubo sentado junto a m√≠. Al mismo tiempo, la pianista me apretaba a m√≠ la otra mano, como pregunt√°ndome: ¬ę¬ŅEst√° usted contento?¬Ľ ¬ę¬°Claro que s√≠! ¬°Content√≠simo!‚ÄĚ, respond√≠le yo con otro apret√≥n, que significaba tambi√©n: ¬ę¬°SYMBOL 181 \f “MS Linedraw” _hora ya pueden ustedes hacer lo que gusten!‚ÄĚ

Р¡Silencio! Рordenó otra vez don Anselmo.

¬ŅQui√©n hab√≠a hablado? ¬ŅQui√©n hab√≠a de hablar? La mesa. ¬°Cuatro golpes! ¬°Apagad las luces!

Yo, por mí, juro que no sentí los tales golpes.

Sólo que, no bien apagado el farolillo, sucedió una cosa que dio al traste, de golpe y porrazo, con todas mis suposiciones. La pianista lanzó un agudo alarido, que nos hizo saltar de los asientos. Р¡Luz! ¡Luz!

¬ŅQu√© hab√≠a ocurrido?

Pues que la pobre pianista hab√≠a recibido en la boca un pu√Īetazo formidable; tanto, que le chorreaban sangre las enc√≠as.

Pepita y do√Īa C√°ndida levant√°ronse, despavoridas. Tambi√©n se levant√≥ Papiano, volviendo a encender el farolillo. De pronto, Adriana retir√≥ su mano de la m√≠a. El se√Īor Bern√°ldez sosten√≠a en alto una cerilla encendida, y sonre√≠a, entre asombrado e incr√©dulo, mientras el se√Īor Paleari, en el colmo de la desolaci√≥n, exclamaba:

– ¬°Un pu√Īetazo! Pero, ¬Ņc√≥mo se explica esto?

La misma pregunta hac√≠ame yo, desconcertado. ¬ŅUn pu√Īetazo? Luego aquel cambio de sitios no estaba convenido de antemano entre ellos. ¬ŅUn pu√Īetazo? Luego la pianista hab√≠ase rebelado contra la voluntad de Papiano. ¬ŅQu√© iba a pasar ahora?

Pues pasaba que la pianista, d√°ndole un empell√≥n a la silla y llev√°ndose un pa√Īuelo a la boca, dec√≠a que para ella se hab√≠an acabado las sesiones de espiritismo. Y Pepita Pantogada pon√≠a el grito en el cielo, diciendo:

РGracie, segnori! Gracie! Aquí se dano cachetes!

– ¬°Qui√°! ¬°No lo crea usted! – exclam√≥ don Anselmo- . Se√Īoras y se√Īores: este es un caso nuevo, sumamente extra√Īo. Hay que pedir explicaciones.

– ¬ŅA Max? – pregunt√© yo.

– ¬°Claro que s√≠! ¬°Silvia, mujer! ¬ŅNo habr√° usted interpretado mal sus indicaciones al disponer la cadena?

Р¡Es probable! ¡Es probable! Рsaltó Bernáldez, echándose a reír.

– Y usted, se√Īor Meis, ¬Ņqu√© piensa de esto? – pregunt√≥me el se√Īor Paleari, al cual no le hac√≠a feliz el pintor.

РPues yo pienso lo mismo que usted Рrespondíle.

Pero la pianista negó con la cabeza.

– Pero, entonces, ¬Ņc√≥mo se explica lo ocurrido? – sigui√≥ diciendo el pobre de don Anselmo- . ¬ŅMax, iracundo? ¬ŅCu√°ndo se le vio as√≠? ¬ŅQu√© dices t√ļ, Terencio?

Terencio, recatado en la penumbra, no dec√≠a nada; lo √ļnico que hizo fue encogerse de hombros.

– Bueno – d√≠jele yo entonces a la pianista- . ¬ŅQuiere usted, Silvia, que le demos gusto a don Anselmo? Pid√°mosle una explicaci√≥n a Max; que, si despu√©s de eso, vuelve a las andadas, poniendo de manifiesto que es un esp√≠ritu poco… espiritual, con mandarlo a paseo, asunto concluido. ¬ŅNo le parece a usted, Papiano?

Р¡Admirable! Рrespondió aquél- . Voto por que se le pidan explicaciones a Max.

РPues yo voto por todo lo contrario Рprotestó la pianista, encarándose con él.

– ¬ŅY a m√≠ que me cuenta usted? – exclam√≥ Papiano- . Si es partidaria de que le espantemos…

РSí, será lo mejor Рaventuró, tímidamente, Adriana.

Pero al punto, don Anselmo salió diciendo:

– ¬°Miren a la muy miedosa! ¬°Todo eso son puerilidades, caramba! Y usted dispense, Silvia, que tambi√©n va con usted lo que digo. Usted conoce de sobra a ese esp√≠ritu, que le es familiar, y sabe que √©sta es la primera vez que… ¬°Vamos! Que ser√≠a una l√°stima espantarle; porque, despu√©s de todo – y aun reconociendo que el incidente no ha podido ser m√°s desagradable- , esta noche promet√≠an los fen√≥menos manifestarse con una energ√≠a ins√≥lita.

– ¬°Con demasiada energ√≠a, don Anselmo! – exclam√≥ Bern√°ldez, prorrumpiendo en una carcajada y contagiando de su hilaridad a la reuni√≥n. – A m√≠, la verdad, no me har√≠a mucha gracia que me dieran un pu√Īetazo en este ojo, como lo tengo.

– ¬°Ni a m√≠ tampoco! – a√Īadi√≥ Pepita.

– ¬°Si√©ntense todos! – orden√≥ entonces Papiano resueltamente- . Sigamos el consejo del se√Īor Meis. Pid√°mosle una explicaci√≥n a Max. Y si los fen√≥menos vuelven a manifestarse con demasiada energ√≠a, pues lo dejamos, y en paz. ¬°Si√©ntense!

Y apagó, de un soplo, el farolillo.

Yo busqu√©, a tientas en la sombra, la mano de Adriana, que temblaba, aterida. A lo primero, respetando su temor, no me atrev√≠ a estrech√°rsela; pero luego, poco a poco, se la fui apretando, como para infundirle calor, y, con √©l, la confianza en la feliz prosecuci√≥n de la velada. No cab√≠a, en efecto, duda alguna de que Papiano, arrepentido acaso de su violento proceder, hab√≠a cambiado de, modo de pensar. Sea de ello lo que fuere, por el momento hab√≠a derecho a esperar una tregua, despu√©s de la cual Max nos tomara a Adriana y a m√≠ por el blanco de sus iras. ‚Äú¬°Bueno! – d√≠jeme para mis adentros- . En cuanto la broma me resulte pesada, con ponerle remate, ¬°asunto concluido! ¬°No estoy dispuesto a tolerar que nadie haga sufrir a Adriana!‚ÄĚ

A todo esto, el se√Īor Paleari estaba ya hablando con Max, exactamente igual que lo hubiera hecho con una persona de carne y hueso que se hubiera hallado presente:

– ¬ŅEst√°s aqu√≠?

Dos golpecitos en la mesa: ¡allí estaba!

– ¬ŅY c√≥mo se explica, Max – continuaba el se√Īor Paleari, en tono de cari√Īoso reproche- , que t√ļ, que eres tan bueno y amable, hayas tratado tan malamente a la se√Īorita Silvia? ¬ŅQuieres decirnos por qu√© ha sido eso?

Aquella vez la mesita tambaleóse un poco, sonando luego en su centro tres golpes secos y rotundos. Tres golpes; luego quería decir que no; que no quería dar explicaciones.

– ¬°No insistamos! – exclam√≥ el se√Īor Paleari – . Est√°s todav√≠a un poco sobreexcitado, ¬Ņeh? Lo siento, porque te conozco…, te conozco… ¬ŅNo querr√≠as decirnos, por lo menos, si te agrada la forma en que ahora tenemos hecha la cadena?

No había acabado Paleari de formular esa pregunta, cuando yo sentí que me hurgaban por dos veces en la frente, como con la yema de los dedos.

Р¡Sí! Рexclamé de pronto, denunciando el fenómeno; y apretéle la mano a Adriana.

Debo confesar, sin embargo, que aquel inopinado tocamiento prod√ļjome una extra√Īa impresi√≥n. Estaba seguro de que si hubiera levantado la mano me hubiera encontrado con la de Papiano; pero, a pesar de todo… La delicada ligereza del tacto, as√≠ como lo certero del mismo, resultaban, de todas formas, prodigiosos. Adem√°s, repito que no me lo esperaba. Pero, a todo esto, ¬Ņpor qu√© Papiano me hab√≠a elegido a m√≠ para expresar por mi conducto su satisfacci√≥n? ¬ŅSer√≠a que hab√≠a querido tranquilizarme con aquella se√Īal, o que, por el contrario, ten√≠a √©sta un sentido de reto, como dici√©ndome: Ahora ver√°s si estoy satisfecho?

Р¡Bravo, Max! Рexclamó el bueno de don Anselmo.

Y yo pens√© para mis adentros: ¬ęYa ver√° el bravo la tunda que le voy a dar.¬Ľ

– ¬°Bueno! Pues ahora, si no te desplace – sigui√≥ diciendo el due√Īo de la casa- , ¬Ņquerr√≠as darnos una prueba de que no est√°s enojado con nosotros?

Cinco golpes en la mesa indicaron: – ¬°Hablad!

– ¬ŅQu√© quieren decir esos golpes? – pregunt√≥ do√Īa C√°ndida, asustada.

Р¡Pues que hay que hablar! Рexplicó Papiano con la mayor frescura.

Y Pepita:

– ¬ŅCon qui√©n?

– ¬°Pues con quien usted quiera, se√Īorita! Con su vecino, por ejemplo.

– ¬ŅFuerte?

– S√≠ – dijo don Anselmo- . Esto quiere decir, se√Īor Meis, que Max va a prepararnos mientras tanto alguna manifestaci√≥n brillante. Quiz√° una luz…. ¬Ņqui√©n sabe? ¬°Hablemos, hablemos! …

¬ŅPero qu√© decir? Yo ya hac√≠a rato que estaba al habla con la mano de Adriana, y no se me ocurr√≠a, ¬°ay de m√≠!, nada m√°s. Tra√≠ame con aquella manecita un largo mon√≥logo, intenso, en√©rgico y, al mismo tiempo, acariciante, que ella escuchaba toda tr√©mula y rendida; hab√≠ala obligado ya a abandonarme sus dedos y entrelazarlos con los m√≠os. Ardiente embriaguez hab√≠a hecho presa en m√≠, que gozaba lo indecible con el espasmo que le costaba el esfuerzo que hac√≠a para contener su caprichosa fuga, y expresarse, en vez de eso, con el lenguaje de una suave ternura, seg√ļn cumpl√≠ale al candor de aquella alma t√≠mida y delicada.

Pero en tanto nuestras manos sosten√≠an este palique tan √≠ntimo, hube de notar algo as√≠ como si estuviesen ara√Īando en el travesa√Īo de la silla, entre las dos patas de atr√°s, de lo que recib√≠ cierto sobresalto. Papiano no pod√≠a alcanzar hasta all√≠ con el pie; y puesto caso que pudiera, hubi√©raselo impedido el travesa√Īo de las patas delanteras. ¬ŅSer√≠a que se habr√≠a levantado de la mesa y venido a colocarse detr√°s de mi silla? Pero, en ese caso, do√Īa C√°ndida no hubiera dejado de notario, a menos de estar lela. Antes de comunicarles a los dem√°s el fen√≥meno, hubiera querido explic√°rmelo en alguna forma; pero luego pens√© que, habiendo conseguido ya lo que yo anhelaba, estaba ahora casi en la Obligaci√≥n de secundar la trampa, sin meterme en m√°s averiguaciones, a fin de no irritar todav√≠a m√°s a Papiano. Y declar√© en voz alta lo que estaba sintiendo.

– ¬ŅEs de verdad? – exclam√≥ Papiano, desde su sitio, con un asombro que me pareci√≥ sincero. La pianista mostr√≥ tambi√©n maravillarse.

Yo sent√≠ que se me pon√≠an de punta los pelos de la frente. ¬ŅDe modo que aquello iba de veras?

– ¬ŅHa sentido usted como si ara√Īasen? – pregunt√≥ ansiosamente don Anselmo- . ¬ŅC√≥mo hac√≠an? ¬ŅC√≥mo hac√≠an?

– Pues as√≠ – confirm√© yo casi enfadado- . ¬°Y todav√≠a sigue! Parece exactamente como si por aqu√≠ detr√°s anduviese un perrillo…

Una ruidosa carcajada acogió aquella explicación mía.

Р¡Hombre! ¡Entonces será Minerva! ¡Minerva es! Рgritó Pepita Pantogada.

– ¬ŅY qui√©n es Minerva? – pregunt√© yo, mortificado.

Р¡Pues mi perritas Рexclamó la joven, sin dejar de reír- . La viechia mia, segnore, che se grata assi soto tute le sedie! Con permisso! Con permisso!

Bernáldez encendió otra cerilla, y Pepita se levantó, cogiendo a la perrilla, que se llamaba Minerva, y acomodándosela en la falda.

– ¬°Ahora me explico – dijo, contrariado, don Anselmo- , ahora me explico el enojo de Max! ¬°Hemos procedido con muy poca seriedad esta noche!

Por parte del se√Īor Paleari , quiz√° la hubiese; pero por la nuestra, si he de ser franco, no hubo tampoco mucha seriedad en las noches sucesivas, tocante al espiritismo, se entiende.

¬ŅQui√©n pod√≠a ya llevar la cuenta de las picoezas que Max hac√≠a en la oscuridad? La mesita cruj√≠a, mov√≠ase, hablaba con golpes rotundos o leves; o√≠anse m√°s golpes tambi√©n en los tableros de las sillas y hasta en los muebles de la habitaci√≥n, am√©n de roces, ara√Īazos y dem√°s rumores; extra√Īas luces fosf√≥ricas, semejantes a fuegos fatuos, encend√≠anse y brillaban un instante en la sombra, dando volteretas; y hasta la s√°bana, ilumin√°base y se hinchaba como la vela de un barco; y una mesita de √©sas para poner el tabaco dio no s√© cuantos paseos por la habitaci√≥n, llegando una vez incluso a mont√°rsele encima a la mesa en torno a la cual est√°bamos sentados; y la guitarra, cual si le hubiesen salido alas, salt√≥ del testero de la pared donde estaba colgada y se nos vino encima… Pero a m√≠ pareci√≥me que como m√°s gallardamente demostraba Max sus eminentes facultades musicales era con el collar de cascabeles de marras, que en determinado momento result√≥ tenerlo ce√Īido al cuello la pianista; lo que hubo de parecerle al bueno de don Anselmo una broma cari√Īosa e ingenios√≠sima de Max, bien que a la solterona no le hiciese ni pizca de gracia.

Saltaba a la vista que hab√≠a entrado en escena, a favor de la oscuridad, Escipi√≥n, el hermanito de Papiano, con instrucciones particular√≠simas. Era el muchacho epil√©ptico, pero no tan idiota como su hermano Terencio y √©l mismo quer√≠an hacernos creer. Acostumbrado ya a la oscuridad, deb√≠a de tener la virtud de ver en ella. Y en verdad que no podr√≠a decir hasta qu√© punto era el chico diestro en aquellas trampas, convenidas de antemano con su hermanito y la pianista; para nosotros, es decir, para m√≠ y para Adriana, y para Pepita y Bern√°ldez, todo cuanto hiciere estaba bien hecho, por mal que le saliera; a quienes ten√≠a que contentar era a don Anselmo y a do√Īa C√°ndida, y a fe que lo lograba a maravilla el indino. Cierto que ni el uno ni la otra eran muy exigentes. El se√Īor Paleari no cab√≠a en el pellejo de puro alborozado; en ciertos momentos parec√≠a un chiquillo en un teatro de fantoches, y algunas de sus pueriles exclamaciones hac√≠anme sufrir, no s√≥lo por la verg√ľenza que me daba ver a un hombre, que no era ciertamente un memo, portarse como tal, hasta un grado inveros√≠mil, sino tambi√©n porque Adriana d√°bame a entender que sent√≠a remordimientos de gozar as√≠, a costa de la seriedad de su padre y aprovech√°ndose de su rid√≠cula bonachoner√≠a.

Esto era lo √ļnico que, de cuando en cuando, nos aguaba la fiesta. Sin embargo, conociendo, como conoc√≠a yo, a Papiano, ya hubiera debido figurarme que cuando se resignaba a dejar que Adriana se sentase a mi lado, y, contrariamente a mis temores, no nos molestaba vali√©ndose del esp√≠ritu de Max, sino que, al rev√©s, como que nos favorec√≠a y amparaba, era que hab√≠a echado a rodar la imaginaci√≥n por otro lado para prepararnos alguna otra trastada. Pero era tal la alegr√≠a que me procuraba aquella libertad sin trabas, en la sombra, que ni siquiera se me ocurri√≥ esa sospecha.

– ¬°No! – grit√≥ de pronto una vez la se√Īorita de Pantogada.

Y a renglón seguido don Anselmo:

– Diga usted, se√Īorita, ¬Ņqu√© ha sido eso? ¬ŅQu√© ha sentido usted?

También Bernáldez instóla para que lo dijese con mucha porfía; hasta que Pepita declaró por fin:

– Aqui, su un lado, una careccia

– ¬ŅCon la mano? – pregunt√≥ don Anselmo- . Muy suave, ¬Ņverdad? Fr√≠a, furtiva y delicada… ¬°No! Es que Max, cuando quiere, sabe ser galante con las damas… Vamos a ver, Max: ¬Ņpodr√≠as repetir la caricia que le has hecho a esta se√Īorita?

– ¬ŅQu√© quiere decir? – pregunt√≥ don Anselmo.

Р¡Aquí está! ¡Aquí está! Рexclamó de pronto Pepita, riéndose.

– Rifa, rifa, meacareccia.

– ¬ŅY un beso, Max? – propuso entonces don Anselmo.

Р¡No! Рtornó a chillar Pepita.

Pero, a pesar de ello, asest√°ronle un sonoro beso en un carrillo.

Casi involuntariamente llevéme yo a los labios la mano de Adriana; luego, no contento todavía, inclinéme en busca de su boca, y de esa suerte fue como cambiamos ella y yo nuestro primer beso, largo y mudo.

¬ŅQu√© pas√≥ despu√©s?

Largo rato hubo de transcurrir antes que yo, transtornado por la confusi√≥n y la verg√ľenza, pudiera recobrar la serenidad en aquel impensado desorden. ¬ŅSe habr√≠an percatado de aquel beso nuestro? Oy√©ronse gritos. Brillaron una, dos cerillas; y despu√©s una vela, la del farolillo color de rosa. ¬°Pusi√©ronse todos en pie! ¬ŅPor qu√©, por qu√©, Dios santo? Un gran golpetazo, un porrazo formidable, cual descargado por el pu√Īo de un gigante invisible, son√≥ encima de la mesa, as√≠ como est√°bamos, en plena luz. Pus√≠monos todos muy p√°lidos, especialmente Papiano y la pianista.

Р¡Escipión! ¡Escipión! Рgritó Terencio.

El epiléptico había rodado por tierra, donde jadeaba afanoso.

– ¬°Si√©ntense todos! – grit√≥ el se√Īor Paleari – . ¬ŅEs que ha ca√≠do en trance! ¬°Miren, miren c√≥mo se mueve y se levanta la mesa! … ¬°La levitaci√≥n! ¬°Bravo, Max! ¬°Viva!

Y era lo cierto que la mesa, sin que ninguno de nosotros la tocase, se había levantado más de un palmo del suelo, volviendo luego a caer pesadamente.

La pianista, l√≠vida, tr√©mula, aterrorizada, vino a esconder la cara en mi pecho. La se√Īorita de Pantogada y su institutriz escaparon del cuarto, mientras Paleari gritaba en el colmo de la indignaci√≥n:

– Pero, ¬°por los clavos de Cristo, vengan ac√°! ¬°No rompan la cadena, que ahora viene lo bueno! ¬°Max! ¬°Max!

– Pero ¬Ņqu√© Max ni qu√© ocho cuartos? – exclam√≥ Papiano, recobr√°ndose, por fin, del terror que hasta entonces lo tuviera paralizado, y lleg√°ndose al hermano para sacudirlo y volverlo en s√≠.

El recuerdo del beso qued√≥ por el momento sofocado en m√≠ por el estupor de aquella revelaci√≥n verdaderamente extra√Īa e inexplicable que hab√≠a presenciado. Si, como sosten√≠a don Anselmo, la fuerza misteriosa que en aquella ocasi√≥n hab√≠a obrado, a la luz y ante mis ojos, proced√≠a de un esp√≠ritu invisible, era indudable que el tal esp√≠ritu no era el de Max; para convencerse de ello bastaba con mirar a Papiano y la pianista.

Ese Max era invenci√≥n suya. Pero, entonces, ¬Ņqui√©n era el autor de todo aquello? ¬ŅQui√©n hab√≠a descargado sobre la mesa tan formidable pu√Īetazo?

Acudi√©ronme en confuso tropel a la mente un sin fin de cosas le√≠das en los libros de Paleari; y con un calofr√≠o de terror pens√© en aquel desconocido que pereciera ahogado en el molino de La Caba√Īa, y que por mi culpa ve√≠ase privado del luto de sus deudos y extra√Īos.

– ¬ŅSi habr√° sido √©l? – dije para mis adentros- . ¬ŅSi habr√° venido aqu√≠ para vengarse, descubriendo toda la tramoya?…

A todo esto, el bueno de don Anselmo, que era el √ļnico que no hab√≠a experimentado maravilla ni susto, no acababa todav√≠a de explicarse c√≥mo un fen√≥meno tan sencillo y corriente como el de la levitaci√≥n de la mesita hab√≠a podido hacernos tanta impresi√≥n, despu√©s de las dem√°s cosas peregrinas que ya vi√©ramos en sesiones anteriores. El no le daba importancia alguna al hecho de haberse manifestado el fen√≥meno a – Plena luz. Lo que s√≠ le asombraba, no hall√°ndole ninguna explicaci√≥n, era que Escipi√≥n hubiera aparecido all√≠, en mi cuarto, cuando √©l lo daba por dormido en su lecho.

– Lo extra√Īo – nos dec√≠a- , porque generalmente este cuitado no se preocupa por nada. Y ahora, seg√ļn se ve, estas nuestras misteriosas sesiones le han despertado cierta curiosidad; habr√° venido a hurtadillas a ver lo que hac√≠amos…, y de pronto, ¬°paf!, el patat√ļs. ¬°Porque es innegable, se√Īor Meis, que los extraordinarios fen√≥menos de la mediumnidad der√≠vense en gran parte de las neurosis epil√©ptica, catal√©ptica e hist√©rica! ¬°Max coge ac√° y all√°, y hasta a nosotros mismos nos quita buena parte de energ√≠a nerviosa, vali√©ndose de ella para la producci√≥n de sus fen√≥menos! ¬°Est√° comprobado! ¬ŅNo se siente usted, se√Īor Meis, efectivamente, como si le hubiesen arrebatado alguna cosa?

РTodavía no, a decir verdad.

Hasta casi el amanecer est√ļveme dando vueltas en la cama, desvariando con aquel infeliz que yac√≠a en el camposanto de Miragno, enterrado con mi nombre y apellido. ¬ŅQui√©n ser√≠a? ¬ŅDe d√≥nde habr√≠a venido? ¬ŅPor qu√© se quitar√≠a la vida? Quiz√° quer√≠a el pobre que su triste fin tuviese resonancia; acaso su acto fuera un desagravio, una expiaci√≥n…. y yo me hab√≠a aprovechado de √©l. Confieso que m√°s de una vez sent√≠ aquella nochecita un terror que me helaba los huesos. No era yo el √ļnico que hab√≠a o√≠do aquel tremendo pu√Īetazo sobre la mesa. ¬ŅSer√≠a √©l quien lo hab√≠a descargado? ¬ŅY no seguir√≠a a√ļn all√≠, en el silencio, presente e invisible, a mi lado? Aguzaba el o√≠do, por si sent√≠a alg√ļn rumorcillo en el aposento. Al cabo me dorm√≠ y asalt√°ronme terribles pesadillas.

Al otro día, lo primero que hice fue abrirle la ventana a la luz.

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