El difunto Matias Pascal – Capitulo 10 – La pila del agua bendita y el cenicero

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 10

El difunto Matias Pascal
Capitulo 10
La pila del agua bendita y el cenicero

A los pocos días estaba ya en Roma, con intenciones de plantar allí mis reales.

¬ŅPor qu√© en Roma y no en otro sitio? La verdadera raz√≥n la veo ahora, despu√©s de todas las cosas que me han ocurrido; s√≥lo que me la callo, por no echar a perder mi relato con reflexiones que en esta saz√≥n ser√≠an inoportunas. Opt√© entonces por Roma, ante todo, porque me gust√≥ m√°s que ciudad alguna, y, adem√°s, por parecerme la m√°s a prop√≥sito para alojar, entre tanto extranjero, otro extranjero como yo.

La b√ļsqueda de la casa, es decir, de un cuartito decente, en una calle tranquila, con una familia discreta, me cost√≥ no pocos pasos. Hasta que, por √ļltimo, la encontr√© en la calle Ripetta, con vistas al r√≠o. A decir verdad, la primera impresi√≥n que me hizo la familia que hab√≠a de hospedarme fue muy poco grata; tanto, que, de vuelta a la fonda, permanec√≠ largo rato perplejo, pensando si no me convendr√≠a irme de all√≠.

Encima de la puerta, en el cuarto piso, campeaban dos r√≥tulos, en uno de los cuales se le√≠a: PALEARI, y en el otro, PAPIANO. Por debajo de este √ļltimo ve√≠ase una tarjeta de visita, sujeta con dos tachuelas, y en la cual se le√≠a: SILVIA CAPORALE.

Sali√≥ a abrirme un viejecito de m√°s de sesenta anos – ¬ŅPaleari? ¬ŅPapiano?- , en calzones blancos con los pies descalzos, metidos en unas zapatillas que eran una l√°stima; desnudo el sonrosado torso; calvo completamente, sin un pelo siquiera; con las manos llenas de jab√≥n y un hervoroso turbante de espuma en la cabeza.

– ¬°Oh! ¬°Usted dispense! – exclam√≥- . Cre√≠a que era mi hija… Disimule que haya salido as√≠… ¬°Adriana! ¬°Tirencio! ¬°Pronto, aqu√≠, que hay un caballero! … Aguarde un momento; haga el favor de aguardar… ¬ŅQu√© era lo que deseaba usted?

– ¬ŅNo es aqu√≠ donde se alquila una habitaci√≥n amueblada?

S√≠, se√Īor. Mire usted: aqu√≠ est√° ya mi hija. Enti√©ndase usted con ella. ¬°Adriana, que vienen por la habitaci√≥n!

Dejóse ver en aquel momento, toda confusa, una muchachita muy bajita, rubia, pálida, con ojos azules llenos de dulzura y tristeza, como la cara toda.

Р¡Adriana, como yo! ¡Hay que ver! Рdíjeme para mí- . ¡Ni buscada de encargo!

– Pero ¬Ņy Terencio, d√≥nde anda? – pregunt√≥ el t√≠o del turbante de espuma.

– ¬°Por Dios, pap√°! ¬ŅNo sabes que se fue ayer a N√°poles? ¬°Ret√≠rate, hombre; m√©tete dentro! ¬°Si te vieses!… – respondi√≥le la se√Īorita, mortificada, con una vocecita muy tierna, que, aun enojada como parec√≠a, dejaba traslucir su buena pasta.

Retir√≥se el viejo, repitiendo: ‚Äú¬°Ah, ya! ¬°Ah, ya!‚ÄĚ, chancleando y sin parar de enjabonarse la calva cabeza y tambi√©n la barba canosa.

No pude menos de sonreírme, aunque benévolamente, por no mortificar a la hija. Esta entornó los ojos, como por no ver mi sonrisa.

Primero, pareci√≥me una ni√Īa; luego, reparando en la expresi√≥n de su semblante, comprend√≠ que era ya mujer, y que por eso llevar√≠a aquel vestido largo, que, por no ce√Ī√≠rsela al cuerpo ni a sus formas, tan menuditas, la embastec√≠a. Vest√≠a alivio de luto.

Hablando muy bajito y esquivando mi mirada – ¬°Dios sabe qu√© impresi√≥n le har√≠a yo a lo primero!- , cond√ļjome, por un corredor oscuro, a la habitaci√≥n que se alquilaba. No bien abri√≥ la puerta, sent√≠ que se me ensanchaba el pecho ante el aire y la luz que entraban por dos grandes ventanas que daban vista al r√≠o. All√°, en el fondo, ve√≠ase el Monte Mario, el Ponte Margherita y todo el barrio nuevo de Prati, hasta el castillo de Sant‚ÄôAngelo; domin√°base el antiguo puente de Ripetta y el nuevo que, al lado, estaban levantando; m√°s all√°, el puente Umberto y todo el viejo caser√≠o de Tordinona, que segu√≠a la amplia curva del r√≠o; al fondo, por esta otra parte, divis√°banse las verdes alturas del Jan√≠culo, con la gran fuente de San Pedro en Montorio y la estatua ecuestre de Garibaldi.

En atención a aquel espacioso panorama, alquilé el cuarto, que estaba revestido, por cierto, con graciosa sencillez, de un papel claro, blanco y celeste.

– Esta azote√≠ta que ve usted – d√≠jome la ni√Īita vestida de largo- , tambi√©n es nuestra; por lo menos, ahora, pues, seg√ļn dicen, piensan derribarla, porque hace saliente…

– ¬ŅQu√© hace?

– Saliente. ¬ŅNo se dice as√≠? Ahora, que va para largo, porque antes han de terminar el Lungotevere.

Al oírla hablar tan bajito, con tanta seriedad y vestida de aquella guisa, sonreí, y dije:

– ¬°Ah! … ¬ŅS√≠?

Ella dióse por ofendida. Bajó los ojos y se mordió los labios. Pero yo entonces, por contenerla, adopté también un tono serio:

– Usted dispense, se√Īorita. Pero no habr√° ni√Īos en casa, ¬Ņverdad?

Movi√≥ ella la cabeza, sin despegar los labios. Acaso en mis palabras viese ribetes de iron√≠a, siendo as√≠ que no hab√≠a tenido yo esa intenci√≥n, pues dije ni√Īos y no ni√Īas. As√≠ que apresur√©me a reparar de nuevo aquel agravio.

– Y d√≠game usted, se√Īorita: supongo que no alquilar√°n m√°s habitaciones, ¬Ņverdad? – Esta es la mejor de la casa – respondi√≥me, sin mirarme- . Ahora, si no le gusta… – No lo dec√≠a por eso… Se lo preguntaba por saber si…

– Alquilamos tambi√©n otra – d√≠jome mi tocaya, alzando los ojos con aire de postiza indiferencia- . La otra de fuera…. que da a la calle. La tiene alquilada una se√Īorita, que lleva ya con nosotros dos a√Īos; da lecciones de piano…. pero no en casa.

Esboz√≥, al decir esto, una liger√≠sima sonrisa, algo triste. Y a√Īadi√≥:

– En casa somos el abuelo y mi cu√Īado…

– ¬ŅPaleari?

– No; Paleari es el abuelo; mi cu√Īado se llama Terencio Papiano… Pero tendr√° que irse de aqu√≠ con su hermano, que ahora vive tambi√©n con nosotros. Mi hermanita se nos muri√≥… har√° seis meses.

Por desviar la conversaci√≥n, pregunt√©le el importe del alquiler, no tardando en ponernos de acuerdo. Pregunt√©le despu√©s si quer√≠a que le dejase se√Īal, y respondi√≥me:

– Como usted guste. Aunque, si no, con dejar su tarjeta…

Llevéme la mano al pecho, sonriendo nerviosamente, y dije:

– El caso es que…. que…, que no me queda ni una tarjeta… Yo me llamo Adriano, eso es; lo mismo que usted, ¬Ņno es verdad, se√Īorita? Puede que no le haga a usted gracia…

– ¬°Que no! Y ¬Ņpor qu√©? – exclam√≥ ella, reparando, sin duda, en mi extra√Īa cortedad, y ech√°ndose a re√≠r, ahora como una verdadera chiquilla.

Re√≠me yo tambi√©n, y a√Īad√≠:

– Bueno; pues si no lo lleva usted a mal, mi nombre es Adriano Meis. Y ahora, d√≠game usted: ¬Ņpodr√≠a dormir esta noche misma aqu√≠, o ser√° mejor que vuelva ma√Īana?…

Mi tocaya respondióme:

– Como usted guste.

Pero yo salí de la casa convencido de que le hubiera hecho un gran favor no volviendo a aportar por allí. ¡Ahí era nada lo que le había hecho! ¡No guardarle la consideración debida a su falda larga!

Sin embargo, a los pocos días pude convencerme de que la pobre muchacha no tenía más remedio que llevar aquel vestido, del cual con mucho gusto acaso se hubiera deshecho. ¡Todo el peso de la casa gravitaba sobre sus hombros! ¡Ay, si no hubiera sido por ella!

El padre, Anselmo Paleari, aquel viejecillo que hab√≠a salido a abrirme con un turbante de espuma en la cabeza, ten√≠a tambi√©n de espuma el cerebro. El mismo d√≠a de plantar yo mis reales en la casa, present√≥seme, no tanto, seg√ļn me dijo, con objeto de repetirme que le dispensase por el modo tan poco decente como se me hab√≠a mostrado la primera vez, cuanto por el gusto de hablar conmigo, pues parec√≠a enteramente un erudito o un artista.

– ¬ŅNo estoy en lo cierto?

– No, se√Īor; no lo est√° usted. Artista…, ni por asomo. Erudito…, as√≠, as√≠… Me gusta un poco la lectura; pero nada m√°s.

– ¬°Como que tiene usted muy buenos libros! – exclam√≥ √©l, pasando revista a los lomos de los, muy pocos por cierto, que ya hab√≠a yo colocado encima de la mesa- . Un d√≠a de √©stos le ense√Īar√© los m√≠os. Que tambi√©n los tengo buenos, no vaya usted a creerse. ¬°Vaya!

Y, encogi√©ndose de hombros, qued√≥se all√≠ plantado, con la mirada perdida en el vac√≠o, olvidado, indudablemente, de todo, incluso de d√≥nde estaba y con qui√©n. Repiti√≥ otras dos veces: ‚Äú¬°Vaya! … ¬°Vaya!‚ÄĚ, frunciendo hacia abajo la comisura de los labios, y, dando media vuelta, fuese, sin despedirse.

Aquel talante suyo hubo de causarme cierta maravilla; pero luego, cuando me ense√Ī√≥ un d√≠a sus libros, seg√ļn me prometiera, expliqu√©me, no s√≥lo aquellas distracciones suyas, sino tambi√©n todo lo dem√°s. Los tales libros ostentaban t√≠tulos de este jaez: La mort et l‚Äôau del√°, LHome et ses corps, Les sept pr√≠ncipes de I‚Äôhomme, Karma, La clef de la Theosophie, A B C de la Theosophie, La doctrine secrete, Le plan astral, etc., etc…

El se√Īor don Anselmo Paleari era un adepto de la escuela teos√≥fica.

Hab√≠anlo jubilado, antes de tiempo, de jefe de negociado en no s√© qu√© Ministerio, con lo que hab√≠anlo arruinado, no s√≥lo hiri√©ndole en sus intereses, sino tambi√©n dej√°ndole ocio y vagar para que se engolfase a placer en sus fant√°sticos estudios y nebulosas meditaciones, abstray√©ndose cada vez m√°s de la vida de la materia. La mitad, por lo menos, de su jubilaci√≥n deb√≠a de √≠rsele en comprar aquellos libros. Hab√≠a reunido ya una bibliotequita. Pero, a la cuenta, no deb√≠a satisfacerle del todo la doctrina teos√≥fica. Sin duda, ro√≠ale el esp√≠ritu la carcoma de la duda, pues junto a aquellos libros teos√≥ficos ten√≠a tambi√©n una copiosa colecci√≥n de ensayos y estudios filos√≥ficos, antiguos y modernos, y libros de investigaci√≥n cient√≠fica. En aquellos √ļltimos tiempos hab√≠ase dedicado tambi√©n a experimentos de espiritismo.

A la se√Īorita Silvia Caporale, profesora de piano, su inquilina, hab√≠ale descubierto extraordinarias facultades de m√©dium, no bien desarrolladas todav√≠a, a decir verdad, pero que, sin duda, se desarrollar√≠an con el tiempo y la pr√°ctica, hasta revelarse superiores a las de los m√©diums m√°s famosos.

Yo, por m√≠, puedo certificar no haber visto nunca en una cara tan fea y vulgar, de m√°scara carnavalesca, un par de ojos m√°s tristes que los de la se√Īorita Silvia Caporale. Eran unos ojos negr√≠simos, intensos, ahuevados, y daban la impresi√≥n como si dentro tuviesen un contrapeso de plomo, cual los de las mu√Īecas autom√°ticas. Ten√≠a la se√Īorita Silvia Caporale m√°s de cuarenta a√Īos, y tambi√©n un hermoso bigote, por debajo de la nariz, en forma de bola, siempre colorada.

Más tarde hube de saber que la pobre solterona estaba enberrenchinada por los amores, y empinaba el codo; no se le ocultaba que era fea y vieja ya, y se daba a la bebida de puro desesperada. Algunas noches volvía a casa en un estado verdaderamente deplorable: con el sombrerillo ladeado, la bola de la nariz encarnada como una remolacha y los ojos entornados y más tristes que nunca.

Tend√≠ase en la cama, y al punto echaba fuera cuanto vino hab√≠a bebido, convertida en un mar de llanto. La pobre de Adriana, como una mama√≠ta vestida de largo, iba a consolarla y se estaba con ella hasta muy entrada la noche; ten√≠ale una l√°stima que pod√≠a m√°s que el asco; sab√≠a que estaba la pobre sola en el mundo, y que era muy desgraciada, con aquel berrench√≠n dentro del cuerpo, que le hac√≠a odiar la vida, que por dos veces intentara quitarse. Mi tocaya la exhortaba con h√°biles palabras, hasta que la arrancaba la promesa de ser buena en adelante y no volver a las andadas; y, efectivamente, al d√≠a siguiente la ve√≠amos llegar muy peripuesto y adornada y con ademanes y gestos de ni√Īa ingenua y caprichosa.

Las contadas liras que cog√≠a alguna vez, en pago de ense√Īarle canciones a alguna artista incipiente de caf√©- concierto, gast√°baselas en vino o en perifollos; de suerte que no pagaba la habitaci√≥n ni su comida en familia. Pero no era posible echarla. Porque ¬Ņc√≥mo se hubiera arreglado sin ella el se√Īor don Anselmo Paleari para sus experimentos de espiritismo?

Aunque hab√≠a, en el fondo, otra raz√≥n. La se√Īorita de Caporale, dos a√Īos antes, a ra√≠z de mor√≠rsele la madre, levant√≥ la casa y se vino a vivir con los Paleari , entreg√°ndole unas seis mil liras, que sacara de la venta del moblaje, a Terencio Papiano, para que las empleara en un negocio que √©ste hab√≠ale propuesto, muy productivo y saneado; y las seis mil liras no se hab√≠an vuelto a ver Cuando la propia se√Īorita de Caporale, lloriqueando, me hizo esta confesi√≥n, yo disculp√© en cierto modo al se√Īor Paleari , que a lo primero pensaba yo que s√≥lo por lo chiflado que estaba pod√≠a consentir en tener en su casa a una mujer de tal cala√Īa conviviendo con su hija.

Cierto que la cosa no era de temer por Adrianita, que daba se√Īales de ser, instintivamente, muy buena, y hasta demasiado juiciosa y sensata, pues era la primera en dolerse y sentirse ofendida de que el padre se entregase a aquellas pr√°cticas misteriosas de invocar a los esp√≠ritus por mediaci√≥n de la se√Īorita de Caporale.

Ten√≠a Adrianita un fondo religioso. Lo not√© desde el primer d√≠a, con s√≥lo fijarme en una pila de agua bendita, de cristal azul, que hab√≠a colgada de la pared, encima de la mesilla de noche, al lado de mi cama. Yo me acost√© con el cigarrillo todav√≠a encendido en la boca, y me puse a leer uno de aquellos libracos del abuelo; y, distra√≠do, hube de tirar la colilla en la pila del agua bendita. Al otro d√≠a ya hab√≠a volado de all√≠ la pila, y en su lugar hab√≠anme puesto, encima de la mesilla de noche, un cenicero. Pregunt√©le a Adriana si era ella quien hab√≠a descolgado y llev√°dose la pila del agua bendita; y la joven, con algo de rubor, rep√ļsome:

– S√≠, se√Īor. Usted dispense; pero cre√≠ que lo que le hac√≠a m√°s falta a usted era un cenicero. – Pero ¬Ņten√≠a agua bendita?

– ¬°Claro! ¬°Como que tenemos enfrente la iglesia de San Roque! …

Y se fue. ¬ŅMe tendr√≠a quiz√° por beato aquella min√ļscula mama√≠ta, cuando hab√≠a ido a la fuente de San Roque por agua bendita para ella y para m√≠? Para ella y para m√≠ seguramente; porque su padre no deber√≠a de usarla. Y cuanto a la se√Īorita de Caporale, a √©sa, si algo hab√≠a que echarle en la pila del agua bendita, no era agua, ¬°sino vino!

La menor cosa – pendiente de un cabello como me sent√≠a yo de alg√ļn tiempo a aquella parte induc√≠ame a largas reflexiones. Aquel pormenor de la pila del agua bendita h√≠zome recordar que desde que era un ni√Īo no hab√≠a vuelto a observar las pr√°cticas religiosas ni puesto nunca los pies en una iglesia, luego que se nos acab√≥ el pobre de Pinzone, que algunas veces nos llevaba a misa a Berto y a m√≠ por encargo de nuestra madre. Jam√°s hab√≠a sentido la necesidad de preguntarme a m√≠ mismo si verdaderamente cre√≠a en algo. Y Mat√≠as Pascal hab√≠a muerto de mala manera, sin Sacramentos.

De pronto hube de verme en una situaci√≥n bastante peregrina. Para cuantos conoc√≠anme, yo me hab√≠a quitado de encima, bien o mal, el pensamiento m√°s enojoso y aflictivo que torturarnos puede: el de la muerte: ¬°Qui√©n sabe cu√°ntos en mi pueblo no dir√≠an!: ‚Äú¬°Dichoso √©l, que, despu√©s de todo, ya resolvi√≥ su problema!‚ÄĚ, – cuando, en realidad, no hab√≠a resuelto nada.

Encontr√°bame ahora con los libros de Anselmo Paleari en las manos, y estos libros me dec√≠an que los muertos, los de verdad, se hallaban en mi misma situaci√≥n, en las ¬ęenvolturas¬Ľ del Kamaloka, sobre todo los suicidas, a los que el se√Īor Leadbeater, autor del Plan Astral – primer grado del mundo invisible, seg√ļn la Teosof√≠a- , nos pinta como acuciados de toda suerte de apetitos humanos, que no pueden satisfacer, faltos, como se hallan, del cuerpo f√≠sico, que creen conservar todav√≠a.

‚Äú¬°Es notable! – pensaba yo- . ¬°Como que pudiera ser que fuera verdad que me hab√≠a ahogado en el molino de La Caba√Īa y me est√© haciendo la ilusi√≥n de seguir todav√≠a en el mundo!‚ÄĚ

Sabido es que ciertas especies de locura son contagiosas. Y la de Paleari hubo de – peg√°rseme a m√≠ con todo y haberme rebelado contra ella al principio. No es que yo me creyese de verdad que me hab√≠a muerto, lo que no hubiera sido un gran mal, ya que es fuerte cosa morir, y luego de muerto no creo que a nadie le queden ganas de volver a la vida. De pronto ca√≠ en la cuenta de que todav√≠a ten√≠a que morirme. ¬°Eso era lo malo! ¬ŅQui√©n se acordaba ya de tal cosa? A ra√≠z de mi suicidio en La Caba√Īa, yo no hab√≠a visto delante de m√≠ m√°s que a la vida. Y he aqu√≠ que ahora sal√≠a el se√Īor Paleari poni√©ndome de continuo ante los ojos la sombra de la muerte.

¬°El santo var√≥n no atinaba a hablar de otra cosa! Eso s√≠, hablaba de la otra vida con tanto fervor y soltaba de cuando en cuando, en el ardor de sus razonamientos, ciertas im√°genes y expresiones tan peregrinas, que, al o√≠rlo, entr√°banme ganas de quitarme el mal sabor de la boca e irme a vivir al otro barrio. Por lo dem√°s, la doctrina y la fe del se√Īor Paleari , con todo y parecerme pueriles en el fondo, ten√≠an algo de consoladoras, y como, al fin y al cabo, hab√≠aseme metido en la cabeza que tarde o temprano tendr√≠a que morirme de veras, no me desagradaba o√≠rle expresarse en aquellos t√©rminos.

– ¬ŅHay l√≥gica en el mundo? – pregunt√≥me cierto d√≠a, despu√©s de haber le√≠do unas p√°ginas de un libro de Finot, henchidas de una filosof√≠a tan sentimentalmente macabra, que parec√≠a el sue√Īo de un sepulturero morfin√≥mano, nada menos que sobre la vida de los gusanos nacidos de la descomposici√≥n del cad√°ver- . ¬ŅHay l√≥gica en el mundo? Materia, s√≠; materia. Demos de barato que todo sea materia; pero es que hay formas de formas y modos de modos y cualidades de cualidades; hay la piedra y hay el √©ter imponderable. En mi mismo cuerpo tengo u√Īas, y dientes, y pelo, y, ¬°diantre!, el fin√≠simo tejido ocular. Ahora bien, se√Īor m√≠o, ¬Ņqui√©n le dice a usted que no? Ser√° materia, si usted quiere, lo que llamamos alma; s√≥lo que convendr√° usted conmigo en que esa materia no ser√° como la de las u√Īas, los dientes o el pelo, sino algo as√≠ como el √©ter, o ¬°sabe Dios! Al √©ter, si lo admite usted como hip√≥tesis. ¬ŅY al alma, no? ¬ŅHay l√≥gica en el mundo? Que todo es materia, bueno, s√≠, se√Īor; pero t√≥mese la molestia de seguir con atenci√≥n mi razonamiento y ya ver√° usted ad√≥nde voy yo a parar con parecer que se lo concedo a usted todo. Vengamos a la Naturaleza. Nosotros consideramos actualmente al hombre como al descendiente de una serie innumerable de generaciones, ¬Ņno es eso?; como el fruto de una elaboraci√≥n lent√≠sima de la Naturaleza. ¬ŅSostiene usted, mi querido se√Īor Meis, que el hombre sea tambi√©n un animal como los dem√°s, mejor dicho, una fiera, y, en general, muy poco digno de alabanza? Pues tambi√©n eso se lo concedo a usted; nada, que el hombre representa en la escala de los seres un pelda√Īo no muy elevado; pongamos ocho, siete, cinco grados desde el gusano al hombre. Pero, ¬°por los clavos de Cristo!, la Naturaleza ha tardado miles y miles de siglos en subir estos cinco pelda√Īos desde el gusano al hombre; ha tenido que evolucionar, ¬Ņno es eso?, esta materia para alcanzar como forma y como sustancia ese quinto grado, para convertirse en este animal que roba, en esta fiera que mata, en esta alima√Īa que echa mentiras; pero que, adem√°s, es capaz de escribir la Divina Comedia, se√Īor Meis, y de sacrificarse como se sacrificaron por nosotros su madre de usted y la m√≠a. ¬ŅY todo eso ha de quedar reducido a cero de golpe y porrazo? ¬ŅQu√© l√≥gica es √©sa? Se me convertir√°n en gusanos la nariz, el pie, pero no el alma; que ser√° materia tambi√©n, ¬Ņqui√©n se lo niega, se√Īor m√≠o?, pero no de la misma √≠ndole que la nariz o el pie. ¬ŅHablo con l√≥gica?

– Usted dispense, se√Īor Paleari – le objetaba yo- . Pero f√≠jese: supongamos que un gran hombre, estando pase√°ndose, tiene la desgracia de caerse y romperse la crisma y quedarse lelo. ¬ŅAd√≥nde va a parar su alma?

El se√Īor Paleari qued√≥seme mirando de hito en hito, como si de pronto le cayese a los pies un pedrusco.

– ¬ŅQue ad√≥nde va a parar el alma?

– S√≠; y lo mismo si nos ocurre esa desgracia a usted o a m√≠, que, aunque no soy un gran hombre, sin embargo…. ¬°vamos!, razono. Suponga usted que me caigo, me rompo la crisma y me quedo lelo. ¬ŅQu√© se ha hecho de mi alma?

Paleari juntó las manos, y con expresión de benigna lástima, me repuso:

– Pero, ¬°Dios santo!, ¬Ņpor qu√© quiere usted caerse y romperse la crisma, querido se√Īor Meis? – Es una hip√≥tesis…

– Pues no, se√Īor; siga usted pase√°ndose tranquilamente. Cojamos a los viejos que, sin necesidad de caerse ni romperse la crisma, se vuelven chochos. Bien; ¬Ņqu√© quiere decir esto? ¬ŅTendr√≠a usted la pretensi√≥n de querer probarme, apoy√°ndose en esa circunstancia, que al quebrantarse el cuerpo debilitase tambi√©n el alma, y que la extinci√≥n del uno supone la extinci√≥n del otro? Pues, si es as√≠, haga usted el favor de imaginarse el caso contrario; es decir, cuerpos en el colmo de la extenuaci√≥n y en los cuales, sin embargo, refulge potent√≠sima la luz del alma: Giacomo Leopardi y tantos ancianos, como, por ejemplo, Su Santidad Le√≥n XIII, sin ir m√°s lejos. ¬ŅQu√© dice usted a esto? Pero sup√≥ngase usted ahora un piano y un pianista, y que, al estarlo tocando, el piano, de pronto, desafina: no suena ya esta tecla, dos o tres cuerdas saltaron. Pues bien: naturalmente, con un instrumento tan estropeado, por fuerza ha de tocar mal el pianista, por m√°s diestro que sea. Pero y si, por fin, el piano deja de ser, ¬Ņser√° que no existe ya tampoco el pianista?

– ¬ŅQuiere usted dar a entender que el cerebro es el piano y el alma el pianista?

– Eso mismo, se√Īor Meis. Y si el cerebro se estropea, por fuerza el alma ha de parecer mema o loca o qu√© s√© yo. Lo cual quiere decir que si el pianista rompi√≥, no por accidente, sino por inadvertencia o adrede, el instrumento, habr√° de pagarlo. El que rompe paga; se paga todo, s√≠, se√Īor; todo. Pero √©sta es otra cuesti√≥n. Disp√©nseme usted; pero d√≠game: ¬Ņno hace mella alguna en su √°nimo ver que la Humanidad toda, hasta donde hay noticia de ella, aliment√≥ siempre la aspiraci√≥n a otra vida m√°s all√°? Este es un hecho, se√Īor m√≠o; un hecho, una prueba positiva.

– Dicen que el instinto de conservaci√≥n…

– Pues no es as√≠, para que usted se entere. Porque lo que es yo, me chincho, ¬Ņsabe usted?, en esta vil pelleja que me envuelve. Me pesa, y si la soporto, es porque s√© que debo soportarla; pero en prob√°ndome, ¬°voto a Cristo!, que, despu√©s de haberla estado soportando por espacio de otros cinco o seis o diez a√Īos, aun no habr√© pagado mi escote de alg√ļn modo, y que todo ha de acabar aqu√≠, pues, ¬°nada!, que ya me la estoy arrancando. ¬ŅY quiere usted decirme d√≥nde est√°, entonces, el instinto de la conservaci√≥n? Yo sigo tirando √ļnicamente porque siento que la cosa no puede parar en eso. S√≥lo que a esto salen dici√©ndome que una cosa es el individuo y otra la Humanidad. El individuo acaba, la especie sigue evolucionando. ¬°Vaya un modo de discurrir! F√≠jese, si no, un poco, se√Īor Meis. ¬°Como si usted, o el vecino de al lado, todos, en una palabra, no fu√©semos la Humanidad! ¬ŅY no pensamos todos nosotros, all√° en nuestro fuero interno, que ser√≠a el colmo del absurdo, la cosa m√°s atroz, el que todo hubiera de reducirse a este mundo, a este m√≠sero soplo de nuestra vida terrena: cincuenta, sesenta a√Īos de calamidades, sinsabores y luchas? Y todo, ¬Ņpor qu√©? ¬°Pues por nada! ¬°Por la Humanidad! Pero ¬Ņy si la Humanidad no ha de ser tampoco eterna? F√≠jese usted, se√Īor Meis: ¬Ņa qu√© habr√°n venido, entonces, toda esta vida, todo este progreso, toda esta evoluci√≥n? ¬ŅA nada?… Pero ¬°si luego salen dici√©ndonos que la nada, la nada pura, no existe! … La curaci√≥n del planeta, como dijo usted el otro d√≠a, ¬Ņverdad? Bueno: supongamos que sea la curaci√≥n; s√≥lo que hay que ver en qu√© sentido. Lo malo que tiene la ciencia, se√Īor Meis, es eso precisamente: que no ve m√°s all√° de la vida…

– ¬°Hombre! – suspir√© yo, sonriendo- . Puesto que tenemos que vivir…

РPero ¡también tenemos que morir! Рreplicóme Paleari .

– Conformes; pero ¬Ņpor qu√© pensar tanto en ello?

– ¬ŅQue por qu√©? Pues porque no podemos atinar con el sentido de la vida, si de alg√ļn modo no nos explicamos tambi√©n la muerte. El criterio director de nuestros actos, el hilo para salir de este laberinto, la luz, en suma, se√Īor Meis, la luz hemos de recibirla de all√°, de la muerte.

– ¬ŅCon la oscuridad que all√≠ reina?

– ¬ŅOscuridad? ¬°La habr√° para usted! Pero pruebe usted a encender una lamparilla de fe con el aceite puro del alma. En falt√°ndonos esta lamparilla, no hacemos m√°s que dar tumbos de ac√° para all√° en esta vida, como ciegos, pese a toda la luz el√©ctrica que hemos inventado. Buena, bon√≠sima resulta para la vida la luz el√©ctrica; pero nosotros, se√Īor Meis, necesitamos tambi√©n de esa otra lamparita que nos alumbra un poco las sombras de la muerte. Mire usted: yo muchas noches procuro encender tambi√©n cierto farolillo de cristal color de rosa; no hay m√°s remedio que ingeniarse por todos los modos posibles de echar el resto para intentar ver… Ahora se encuentra en N√°poles Terencio, mi yerno; pero dentro de unos meses estar√° de vuelta, y entonces yo le invitar√© a usted a asistir, si quiere, a alguna de nuestras modestas sesiones. Y qui√©n sabe si ese farolillo… Pero punto en boca, que por hoy ya le he dicho bastante.

Como se ve, no era muy amena la compa√Ī√≠a de Anselmo Paleari. Pero, bien mirado, ¬Ņpod√≠a yo, sin correr peligro, o mejor dicho, sin verme en la precisi√≥n de mentir, aspirar a otra compa√Ī√≠a menos alejada de la realidad? Todav√≠a me acordaba del caballero Tito Lenzi. El se√Īor Paleari, en cambio, content√°base con la atenci√≥n que yo prestaba a sus razonamientos, sin sentir curiosidad por saber nada de mi persona. Casi todas las ma√Īanas, despu√©s del consabido ba√Īo general, me acompa√Īaba en mis paseos; y nos √≠bamos al Jan√≠culo, o al Aventino, o al Monte Mario, cuando no nos alarg√°bamos hasta Ponte Nomentano, sin que se nos cayera de la boca el tema de la muerte: ‚Äú¬°Hay que ver – pensaba yo-¬† lo que he salido ganando con no haberme muerto de veras!‚ÄĚ A veces intentaba hacerle hablar de otras cosas; pero no parec√≠a sino que el se√Īor Paleari no tuviese ojos para el espect√°culo de la vida que le rodeaba. Iba siempre sombrero en mano, y de pronto lo levantaba en alto, como saludando a una sombra, y exclamaba: ‚Äú¬°Chocheces!‚ÄĚ

Sólo una vez disparóme a boca de jarro esta preguntita:

– Y usted ¬Ņa qu√© ha venido a Roma, se√Īor Meis?

Yo me encog√≠ de hombros, y le respond√≠: – Pues por el gusto de verla…

Р¡Con lo triste que es Roma! observó mi hombre, meneando la cabeza- . Son muchos los que se hacen cruces de que aquí no prospere ninguna empresa ni arraigue ninguna idea viva. Pero esos tales se maravillan de ello porque no quieren reconocer que Roma está muerta.

– ¬ŅMuerta tambi√©n Roma? – exclam√©, consternado.

– ¬°Y desde hace mucho tiempo, se√Īor Meis! Y, cr√©ame usted, es in√ļtil cuanto se haga por volverla a la vida. Encerrada en el sue√Īo de su grandioso pasado, no quiere ya enterarse de esta menguada vida que se obstina en bullir a su alrededor.

Cuando una ciudad ha tenido una vida como la de Roma, con caracteres tan marcados y particulares, ya no puede ser nunca una poblaci√≥n moderna, esto es, una poblaci√≥n como las dem√°s. Roma yace ah√≠, con su gran coraz√≥n destrozado, a espaldas del Capitolio. ¬ŅSon, por ventura, de Roma estas casas nuevas? Mire usted, se√Īor Meis. Mi hija Adriana me cont√≥ lo de la pila del agua bendita que ten√≠a usted en su cuarto; ¬Ņse acuerda? Adriana se la quit√≥ a usted de la cabecera de la cama; pues bien: el otro d√≠a se le cay√≥ de las manos y se le quebr√≥, quedando s√≥lo la concha, que ahora tengo yo en mi cuarto, encima de la mesa escritorio, sirvi√©ndome de ella para lo mismo que usted la primera noche, distra√≠damente, hizo de ella. Pues id√©ntico, se√Īor Meis, es el destino de Roma. Los papas hicieron de ella – a su modo, ¬°claro est√°! –¬† una pila de agua bendita; nosotros los italianos la hemos convertido – a nuestro modo tambi√©n-¬† en un cenicero. De todas partes hemos venido aqu√≠ a echar en ella la colilla de nuestro cigarro, que es adem√°s el s√≠mbolo de la frivolidad de esta menguad√≠sima vida y del amargo y ponzo√Īoso deleite que nos brinda.

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

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