El difunto Matias Pascal – Capitulo 8 – Adriano Meis

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 8

El difunto Matias Pascal
Capitulo 8
Adriano Meis

Inmediatamente, no tanto por enga√Īar a los dem√°s, que hab√≠an querido enga√Īarse a s√≠ mismos con una ligereza, no deplorable quiz√° en mi caso, pero de todas formas nada digna de encomio, cuanto por obedecer a la fortuna y satisfacer un anhelo m√≠o, puse manos a la obra de hacer de m√≠ otro hombre.

Poco o nada ten√≠a que ufanarme de aquel desgraciado al cual se hab√≠an empe√Īado en hacerle acabar miserablemente sus d√≠as en la presa de un molino. Con tantas sandeces y simplezas como en vida hab√≠a cometido, quiz√° no fuere digno de mejor suerte.

Lo que yo quería ahora era que no sólo en lo exterior, pero ni tampoco por dentro, me quedase a mí el menor resabio de él.

Era ahora solo en el mundo, solo como m√°s no era posible serlo, desligado de todo lazo y de toda obligaci√≥n, libre, flamante y absolutamente due√Īo de mi persona, sin tener que cargar m√°s en lo sucesivo con el peso de mi pasado, y con el porvenir ante m√≠, para forjarlo a la medida de mi deseo.

¡Oh! ¡Y qué par de alas me parecía tener! ¡Qué ligero me sentía!

El concepto que mis pasadas vicisitudes habíanme hecho formar de la vida debía ya para mí en adelante ser letra muerta. Yo debía granjearme ahora un nuevo sentido de la vida, sin poner a contribución lo más mínimo la lamentable experiencia del difunto Matías Pascal.

Era due√Īo de m√≠; pod√≠a y deb√≠a erigirme en art√≠fice de mi nuevo destino, en la medida que la Fortuna hab√≠ase dignado concederme. ¬ęY, ante todo – dec√≠ame a m√≠ mismo- , ser√© celos√≠simo de mi libertad: la sacar√© a paseo por caminos llanos y siempre nuevos, y jam√°s la cargar√© con vestiduras gravosas. Cerrar√© los ojos y pasar√© de largo en cuanto el espect√°culo de la vida me resulte desagradable. Procurar√© hab√©rmelas m√°s bien con las cosas que se suelen llamar inanimadas, y me echar√© a la b√ļsqueda de hermosos panoramas y de parajes pl√°cidos y amenos. Poco a poco me ir√© dando a m√≠ mismo una educaci√≥n nueva; me transformar√© con amoroso y paciente estudio, de forma que a lo √ļltimo pueda decir con raz√≥n, no s√≥lo que he vivido dos vidas, sino que he sido dos hombres.¬Ľ

Empecé por entrar en una peluquería poco antes de dejar a Alenga, para que me recortasen la barba; de buena gana me la hubiera afeitado del todo allí mismo, en unión de los bigotes, y si no lo hice fue por el temor a dar que sospechar en aquel poblacho.

El peluquero hac√≠a tambi√©n funciones de sastre, y era un hombre ya de edad, con los ri√Īones casi derrengados en fuerza de estar encorvado siempre en la misma postura, y unas antiparras cabalg√°ndole en la punta misma de la nariz. Deb√≠a de ser mejor sastre que barbero. Cual un azote de Dios cerr√≥ contra aquellas barbas, que no me pertenec√≠an ya, pertrechado de unas tijeras como de cardador, que requer√≠an para su empleo la ayuda de la otra mano. Yo no me atrev√≠a ni siquiera a resollar; cerr√© los ojos, y no volv√≠ a abrirlos hasta que el f√≠garo no me zarande√≥ suavemente, d√°ndome a entender que ya hab√≠a terminado.

El bueno del hombre me ponía delante un espejito para que le dijera si me había dejado a mi gusto.

¡Aquello parecióme demasiado!

РNo, gracias Рrepliquéle, defendiéndome- . Vuelva a ponerlo en su sitio. No quiero asustarlo.

Abri√≥ los ojos como tazas, y me pregunt√≥: – ¬ŅA qui√©n?

– ¬°Pues al espejito, hombre! ¬°Es muy majo! Debe de ser antiguo…

Era redondo y con el mango de hueso taraceado. ¡Quién sabe la historia que tendría y cómo habría ido a parar allí, a aquella sastropeluquería. Pero, en fin, por no disgustar al maestro, que seguía mirándome estupefacto, cogí el espejito y me lo puse delante de los ojos.

¡Que si me había dejado a mi gusto!

A la primera ojeada comprend√≠ qu√© clase de monstruo iba a salir de aquella necesaria y radical alteraci√≥n de las se√Īas personales de Mat√≠as Pascal. ¬°Una raz√≥n m√°s para odiarle! La barbilla, muy chiquita, en punta y metida, que por espacio de tantos a√Īos llevara escondida debajo de aquellas barbazas, pareci√≥me una traici√≥n. ¬°Ahora tendr√≠a que llevarla al descubierto! ¬°Y qu√© decir de la nariz que me hab√≠a dejado en herencia! Pues ¬°y aquel ojo! ¬ę¬°Ah! Lo que es √©ste – pens√©- , siempre ser√° el mismo, y mirar√° a otro lado, por m√°s que yo cambie de cara. No me queda otro recurso que disimularlo lo mejor que pueda con unos lentes colorados, que contribuir√°n, seguramente, a agraviarme. Me dejar√© crecer el pelo, y con esta frente tan hermosa y despejada, con los lentes y todo afeitado, parecer√© un fil√≥sofo alem√°n.¬Ľ

No había término medio: por fuerza había de ser filósofo con aquella condenada facha. ¡Paciencia! Me pertrecharla de una discreta y sonriente filosofía para cruzar por en medio de esta pobre humanidad, que, por más que yo hiciese, parecíame difícil no me resultase en lo sucesivo un tanto ridícula y menguada.

El nombre se me ofreció en el tren, a las pocas horas de haber partido de Alenga con rumbo a Turín.

Viajaba yo con dos individuos que discutían con mucho calor de Iconografía cristiana, haciendo ambos alarde de mucha erudición, para lo que un profano como yo podía apreciar.

Uno de ellos, el m√°s joven, que ten√≠a una cara muy p√°lida, oprimida por unas barbas broncas y pobladas, parec√≠a experimentar grande y particular satisfacci√≥n al sostener la opini√≥n, que, seg√ļn √©l, era antiqu√≠sima y contaba en su abono con la autoridad de Justino M√°rtir, Tertuliano y no s√© cuantos doctores m√°s de haber sido Jesucristo muy feo.

Hablaba con una vocecilla cavernosa, que formaba extra√Īo contraste con su aire de iluminado. – Pero ¬°si Cirilo de Alejandr√≠a llega hasta el extremo de afirmar que Cristo fue el hombre m√°s feo del mundo!

El otro, que era un viejecito muy flaco, plácido en su palidez ascética, pero con un frunce en las comisuras de la boca, que era indicio de sutil ironía, sentado casi sobre el espinazo, con el largo cuello tendido como bajo un yugo, sostenía, por el contrario, que no había que fiar en los textos antiguos.

РPorque la Iglesia, en los primeros siglos, atenta exclusivamente a asimilarse la doctrina y el espíritu de su inspirador, apenas si paraba mientes en su figura corpórea.

En el curso de la discusión hubieron de sacar a relucir a la Verónica y a dos estatuas de la ciudad de Paneade, que eran tenidas por imágenes de Cristo y de la piadosa mujer.

Р¡Pero, hombre, si hoy ya no cabe duda! Рsaltó el joven barbado- . Esas dos estatuas representan al emperador Adriano con la ciudad arrodillada a sus pies.

El viejecillo obstinábase en sostener pacíficamente su opinión, que debía de ser contraria, pues el otro, mirándome, continuaba diciendo:

– ¬°Adriano!

– …Beronike, en griego. Y de Beronike, pues Ver√≥nica

Р¡Adriano! (a mí).

РO también Verónica, Veranicon; deformación muy probable.

–¬† ¬°Adriano! (a m√≠).

– Porque la Beron√≠ke de las Actas de Pilatos… – ¬°Adriano!

Repiti√≥ as√≠ ‚Äú¬°Adriano!‚ÄĚ no s√© cu√°ntas veces, y siempre mir√°ndome a m√≠.

Luego que ambos se hubieron apeado en una estación, dejándome solo en el coche, asoméme a la ventanilla por seguirlos con la mirada, y al salir del andén iban todavía discutiendo; pero al llegar a cierto punto perdió el viejo la paciencia y puso pies en polvoroso.

– ¬ŅQui√©n lo dice? – pregunt√≥le recio el joven, par√°ndose en seco con aire de desaf√≠o.

El otro se volvió para gritarle:

– ¬°Camilo de Meis!

Pareci√≥me como si aquel nombre me lo brindase tambi√©n a m√≠, que aun segu√≠a repitiendo maquinalmente: ¬ęAdriano¬Ľ… Inmediatamente arroj√© lejos de m√≠ el de, y me qued√© √ļnicamente con el Meis.

– Adriano Meis. ¬°S√≠! … Adriano Meis. ¬°Suena bien! …

Parecióme también que ese nombre había de hacer muy buenas migas con la cara rapada y los lentes y el pelo largo, y el chambergo que pensaba adoptar.

Р¡Adriano Meis! ¡Magnífico! ¡Esos tipos me han bautizado!

Borrado por completo de mi memoria todo recuerdo de mi vida anterior, resuelt√≠simo a dar principio desde aquel punto y hora a una nueva vida, sent√≠ame como penetrado y arrebatado de una ingenua e infantil alegr√≠a; parec√≠ame como si tuviese virgen y transparente la conciencia, y el esp√≠ritu vigilante y pronto a sacar de todo provecho para la construcci√≥n de mi yo nuevo. Entre tanto, alboroz√°baseme tambi√©n el alma con la alegr√≠a de aquella liberaci√≥n. Jam√°s hab√≠a visto de aquel modo los hombres y las cosas; hab√≠ase como desvanecido por ensalmo el aire que entre ellos y yo se interpon√≠a, y se me antojaban llanas y ligeras las nuevas relaciones que hab√≠an de establecerse entre nosotros, ya que en lo sucesivo bien poco necesitar√≠a yo pedirles para mi √≠ntimo goce. ¬°Oh, y qu√© gustosa ligereza del alma! ¬°Oh, qu√© embriaguez tan serena e inefable! La Fortuna hab√≠ame desligado de toda traba: de golpe y porrazo me hab√≠a sacado de la vida com√ļn y h√©chome espectador desinteresado de la lucha en que los dem√°s segu√≠an empe√Īados, dici√©ndome con voz admonitoria: ‚Äú¬°Ya ver√°s c√≥mo ahora, que has de mirarla desde lejos, te parece cunosa esa porf√≠a! Y si no, ah√≠ tienes a √©se, que se echa a perder el h√≠gado y pone en trance de coger una rabieta a un pobrecito viejo, con tal de sostener que Jesucristo fue el hombre m√°s feo del mundo.¬Ľ

Yo sonre√≠a. Me sonre√≠a ahora de todo, y a todo le sonre√≠a. Sonre√≠a a los √°rboles del campo, que me sal√≠an al encuentro con peregrinas actitudes en su fuga ilusoria; a las villas desperdigadas ac√° y all√°, donde me plac√≠a imaginarme colonos con las mejillas hinchadas de tanto soplar contra la niebla, enemiga de los olivos, y con los pu√Īos alzados al cielo, que no se dignaba enviarles agua; y les sonre√≠a tambi√©n a las avecinas, que se desbandaban, asustadas de aquel fragoroso monstruo negro que se les ven√≠a encima; al vibrar de los hilos telegr√°ficos, por los cuales se transmit√≠an a los peri√≥dicos ciertos infundios, como el de mi suicidio en el molino de La Caba√Īa; a las pobres guardabarreras, que mostraban al paso del tren la banderita enrollada, pre√Īadas y con el sombrero del marido a la cabeza.

Hasta que de pronto hube de reparar en el anillo de casado que llevaba todav√≠a en el anular de la mano. H√≠zome aquello una impresi√≥n violent√≠sima; cerr√© los ojos, me cog√≠ la mano aquella con la otra, tirando a quitarme aqu√©l aro de oro como a hurtadillas. Luego record√© que el tal anillo se abr√≠a y que en su interior hab√≠a grabados dos nombres: Mat√≠as- Romilda; y la fecha del matrimonio. ¬ŅQu√© deb√≠a hacer con √©l? Abr√≠ los ojos y permanec√≠ un rato contemplando el anillo con gesto avinagrado.

A mi alrededor había vuelto a hacerse la sombra.

¬°Aqu√©l era todav√≠a un resto de la cadena que me ataba al pasado! ¬°Qu√© anillito tan liviano de por s√≠, y, sin embargo, tan pesado! Pero ya que se hab√≠a roto la cadena, era menester tirar tambi√©n a lo lejos aquel √ļltimo eslab√≥n.

Dispon√≠ame ya a arrojarlo por la ventanilla; pero me contuve. Tan excepcionalmente favorecido de la casualidad, no pod√≠a ya fiar en ella, pues de all√≠ en adelante todo deb√≠a parecerme posible, incluso que un anillito tirado en mitad del campo fuera a parar casualmente a manos de un r√ļstico, que a su vez se lo ense√Īase a otro, con aquellos dos nombres y la fecha que llevaba grabados en su interior, y por los cuales podr√≠a descubrirse la verdad; a saber: que el ahogado de La Caba√Īa no era el bibliotecario Mat√≠as Pascal.

¬ęNo, no – pens√©- ; hay que dejarlo en lugar m√°s seguro… Pero ¬Ņd√≥nde?

En esto par√≥ el tren en otra estaci√≥n. Mir√©, y al momento ocurri√≥seme una idea que al principio tuve cierto reparo de poner por obra. Digo esto para que me sirva de disculpa con esas personas que gustan del gesto gallardo; gente poco reflexiva, que se complace en no recordar que la Humanidad se halla sujeta a ciertas necesidades, a las que ha de obedecer hasta el hombre m√°s penetrado de un pesar profundo. C√©sar, Napole√≥n y, por m√°s indigno que parezca, hasta la mujer m√°s hermosa… Basta. En un lado pon√≠a Caballeros, y en el otro, Se√Īoras; bueno, pues all√≠ di sepultura al anillo de casado.

Luego, no tanto por distraerme, cuanto por ver de darle cierta consistencia a mi nueva vida que campaba en el vac√≠o, p√ļseme a pensar en Adriano Meis, y a imaginarle un pasado, y a preguntarme qui√©n fue su padre, d√≥nde naci√≥, etc., muy tranquilamente, esforz√°ndome por verlo todo claro y concretarlo bien, con sus m√°s nimios pormenores.

Era hijo √ļnico; sobre esto parec√≠ame ociosa toda discusi√≥n.

– M√°s √ļnico que yo lo era… Y, sin embargo, no; ¬°que qui√©n sabe cu√°ntos hermanos tengo por esos mundos en la misma situaci√≥n que yo! Hermanos que dejaron el sombrero y la americana con una cartita en el bolsillo, en el pretil de un puente, y luego, en vez de tirarse de cabeza al r√≠o, se marcharon tranquilamente a Am√©rica. A los pocos d√≠as aparece flotando sobre las aguas un cad√°ver desfigurado, irreconocible, y todo el mundo piensa: ¬ę¬ŅSer√° el del suicida que dej√≥ aquella carta en el pretil del puente?¬Ľ ¬°Y ya no se habla m√°s del asunto! Cierto que yo no he obrado con arreglo a mi voluntad; ni cartita, ni chaqueta, ni sombrero… Pero eso no obsta para que me encuentre en la misma situaci√≥n que esos falsos suicidas, a los que adem√°s les llev√≥ la ventaja de poder disfrutar de mi libertad sin pizca de remordimiento. Ha sido un regalo que me han hecho…

As√≠ que pongamos hijo √ļnico. Natural de… Lo m√°s prudente ser√≠a no concretar lugar alguno de nacimiento. Pero ¬Ņc√≥mo arregl√°rselas entonces? No hay quien haya nacido en las nubes, teniendo por comadrona a la Luna, a pesar de haber yo le√≠do en la Biblioteca Boccamazza que los antiguos, am√©n de otras funciones, atribu√≠anle tambi√©n las de partera a la Luna, por lo que las mujeres pre√Īadas la invocaban con el nombre de Lucina.

En las nubes, no; pero a bordo de un barco… S√≠; a bordo de un barco se puede venir al mundo. Nada, ya est√°. En un barco nac√≠ yo. Mis padres hab√≠an emprendido un viaje… Para que yo naciera a bordo de un barco. Pero dej√©monos de cuchufletas…; pensemos algo en serio. Una raz√≥n plausible para justificar el que una se√Īora encinta y pr√≥xima a dar a luz emprendiese un viaje… ¬ŅQue mis padres hab√≠an decidido emigrar a Am√©rica? ¬ŅPor qu√© no? ¬ŅNo emigran tantos?… Hasta el pobrecillo de Mat√≠as Pascal quer√≠a tomar el tole para Am√©rica… Y entonces estas 82.000 liras ¬Ņdiremos que se las hab√≠a ganado all√° mi padre?… ¬°Pero no! … Con 82.000 liras hubiera esperado, antes de embarcarse, a que su mujer diera a luz con toda comodidad en tierra firme. Y, adem√°s, que un inmigrante no logra reunir tan f√°cilmente en Am√©rica 82.000 liras. Mi padre… – y a prop√≥sito: ¬Ņc√≥mo se llamaba mi padre? Pues Pablo. Eso es: Pablo Meis- . Mi padre, Pablo Meis, hab√≠ase enga√Īado como tantos otros. Tres, cuatro a√Īos anduvo bregando el pobre con la perra vida, hasta que, ya en el colmo de la miseria, escribi√≥le desde Buenos Aires una carta a mi abuelo…

Sí, al abuelo; yo tenía que haberlo conocido también; debía de ser un viejecito por el estilo de aquel que acababa de apearse del tren y que tan enterado parecía en materia de Iconografía cristiana.

¬°Caprichos misteriosos de la fantas√≠a! ¬ŅPor qu√© inexplicable necesidad y de d√≥nde tomaba yo pie para imaginarme en aquel instante a mi padre, a aquel pobre Pablo Meis, como una bala perdida? Pero, s√≠, ya caigo. ¬°Era que le hab√≠a dado tantos disgustos al abuelito! Hab√≠ase casado contra su voluntad y march√°dose a Am√©rica. Seguramente ser√≠a tambi√©n de opini√≥n que Cristo hab√≠a sido muy feo. Y muy feo en verdad y muy ce√Īudo hab√≠alo visto all√° en Am√©rica cuando, teniendo a la mujer en v√≠speras de parto, apenas hubo recibido el socorro que el abuelo le mandaba, embarc√≥se para Europa.

Pero ¬Ņpor qu√© diantre hab√≠a tenido que nacer yo durante la traves√≠a? ¬ŅNo hubiera sido mejor darme por nacido en Am√©rica, en la Argentina, pocos meses antes de haberse vuelto a la patria mis padres? ¬°S√≠! Eso es, precisamente; al abuelito hab√≠ale enternecido la inocencia del nietecillo, y por m√≠, √ļnicamente por m√≠, hab√≠a accedido a perdonar al hijo descastado.

De suerte que yo hab√≠a cruzado el charco, muy peque√Īito todav√≠a, y quiz√° en tercera clase, habiendo pescado durante la traves√≠a una bronquitis, de la que por milagro escap√© con vida. ¬°Eso es! ¬°Como que siempre me lo estaba recordando el abuelito! Sin embargo, yo no deb√≠a quejarme, cual suele hacer la gente, de no haberme muerto, cuando s√≥lo ten√≠a unos meses. No; porque, en resumidas cuentas, ¬Ņqu√© dolores hab√≠a tenido yo que sufrir en esta vida? Tan solamente uno, a decir verdad: el de la muerte de mi pobre abuelito, con el cual hab√≠ame criado. Porque mi padre, Pablo Meis, hombre aturdido e incapaz de aguantar un yugo, hab√≠a vuelto a marcharse a Am√©rica a los pocos meses, dej√°ndonos a mi madre y a m√≠ con el abuelito; y all√°, en Am√©rica, hab√≠aselo llevado al otro barrio la fiebre amarilla. A los tres a√Īos hab√≠ame quedado yo hu√©rfano tambi√©n de madre, por lo cual apenas si recordaba a los autores de mis d√≠as, no conservando de ellos m√°s que esta ligera idea. Y no paraba ah√≠ la cosa, sino que ni siquiera sab√≠a a punto fijo el lugar donde se meci√≥ mi cuna. ¬°Hab√≠a sido en la Argentina, s√≠! Pero ¬Ņd√≥nde? El abuelito tampoco lo sab√≠a, o por no hab√©rselo dicho nunca mi padre, o por hab√©rsele ido de la memoria; y yo no pod√≠a recordarlo.

Resumiendo:

A) Hijo √ļnico de Pablo Meis.

B) Nacido en América, en la Argentina, sin más indicación.

C) Llegado a Italia de unos meses (bronquitis).

D) Sin recuerdo ni casi noticia de los padres.

E) Criado con el abuelo.

¬ŅD√≥nde? Pues de ac√° para all√°. Primero, en Niza. Recuerdos confusos: Piazza Massena, La Promenade, Avenue de la Gare… Luego en Tur√≠n.

A este √ļltimo punto iba ahora, revolviendo en la mente muchos proyectos; propon√≠ame buscar una calle y una casa determinadas, donde el abuelo hab√≠ame tenido hasta edad de diez a√Īos, encomendado a una familia que ya me encargar√≠a yo de inventarla all√≠, sobre el terreno, para que as√≠ tuviese m√°s color local, como se dice ahora; y me propon√≠a tambi√©n vivir, o mejor dicho, seguir all√≠ con la fantas√≠a, en su tinta, la vida de Adrianito Meis cuando era peque√Ī√≠n.

Estas pesquisas, esta construcci√≥n fant√°stica de una vida no vivida realmente, sino recogida poco a poco sobre el terreno y de boca ajena, y sentida como propia, procur√≥me una alegr√≠a extra√Īa v nueva, no exenta de cierta tristeza, en mis primeros tiempos de vagabundeo. S√≥lo que hice de ella una ocupaci√≥n. Viv√≠a, no s√≥lo en el presente, sino tambi√©n en el pasado, por aquellos a√Īos que Adriano Meis no hab√≠a vivido.

De todo aquello que a lo primero urdiera no se me qued√≥ nada, o s√≥lo muy poca cosa. No se inventa nada, en verdad, que no tenga alguna ra√≠z, m√°s o menos profunda, en la realidad; y hasta las cosas m√°s peregrinas pueden ser verdaderas; mejor dicho, no hay fantas√≠a capaz de concebir ciertos desatinos, ciertas inveros√≠miles aventuras que brotan del seno tumultuoso de la vida misma; pero, sin embargo, ¬°cu√°n distinta no resulta la realidad viva y palpitante de todas esas invenciones que de ella podamos sacar! ¬°De cu√°ntas cosas sustanciales, sumamente nimias e inimaginables, no necesita nuestra ficci√≥n para convertirse nuevamente en aquella misma realidad de donde la sacamos! ¬°De cu√°ntos hilos que vuelvan a unirla con la enmara√Īad√≠sima madeja de la vida, y que nosotros hab√≠amos cortado con el fin de darle independencia!

Ahora bien: ¬Ņqu√© era yo, sino un hombre inventado? Una ficci√≥n ambulante que quer√≠a y, adem√°s, necesitaba por fuerza que tener una vida propia, aunque basada en la realidad.

Asistiendo al espect√°culo de la vida arena v observ√°ndola al pormenor, percib√≠a sus infinitos eslabones, y al mismo tiempo ve√≠a muchos de mis hilos destrozados. ¬ŅPodr√≠a yo volver a anudar con la realidad estos cabos sueltos? ¬°Qui√©n sabe ad√≥nde me arrastrar√≠an! Pudiera ser que de pronto se volviesen riendas de desbocados corceles que dieran en el fondo de un precipicio con el m√≠sero carro de mi forzada ficci√≥n. No. Lo que yo deb√≠a hacer era anudar estos cabos sueltos solamente con la imaginaci√≥n.

Y por calles y jardines √≠bame a la zaga de los chiquillos de cinco a diez a√Īos, y estudiaba sus ademanes y sus juegos, y reten√≠a en la memoria sus expresiones, a fin de poder construir poco a poco la imaginada infancia de Adriano Meis. Y logr√©lo tan bien, que, por √ļltimo, esa ni√Īez fant√°stica cobr√≥ en mi mente consistencia como de cosa real.

No quise imaginarme otra madre. Hubi√©rame parecido que profanaba la memoria viva y dolorosa de mi madre verdadera. Pero mi abuelo, s√≠; al abuelito de mis primeras fantas√≠as s√≠ me empe√Ī√© en crearlo de pies a cabeza.

¬°Oh, y de cu√°ntos abuelitos verdaderos, de cu√°ntos viejecillos a los cuales fui siguiendo y estudiando por las calles de Tur√≠n, Mil√°n, Venecia y Florencia, vino a componerse aquel abuelito m√≠o! Cog√≠ale a uno la tabaquera; a otro el bastoncillo; a estotro los lentes y la sotabarba; a un cuarto el modo de andar y de sonarse las narices, y a un quinto el de hablar y re√≠r; y con todo ello hice como resultante un viejecito muy pulido, un tanto gru√Ī√≥n, amante de las artes; un abuelito sin prejuicios, que no quiso que yo siguiera un curso regular de estudios, prefiriendo ense√Īarme √©l de palabra, y llevarme consigo, de ac√° para all√°, por museos y bibliotecas.

Con √©l a mi lado, como una sombra, visit√© Mil√°n, Padua, Venecia, R√°vena, Florencia, Perusa, y aquel abuelito fant√°stico acompa√Ī√°bame siempre, habl√°ndome a veces por boca de un cicerone viejo.

Pero yo quer√≠a vivir tambi√©n por mi cuenta en el presente. De cuando en cuando asalt√°bame la idea de aquella libertad m√≠a, ilimitada, √ļnica, y experimentaba una inesperada alegr√≠a, tan violenta, que me causaba algo as√≠ como un v√©rtigo; sent√≠ala entr√°rseme por el pecho con un suspiro largu√≠simo y amplio que me levantaba el alma toda. ¬°Solo! ¬°Solo! ¬°Solo! ¬°Due√Īo absoluto de mis actos! ¬°Sin tener que darle cuentas a nadie! ¬°A nadie! Pod√≠a ir a donde quisiera. ¬ŅA Venecia? ¬°Pues a Venecia! ¬ŅA Florencia? ¬°Pues a Florencia! Y a todas partes me segu√≠a esa felicidad. ¬°Ah! Recuerdo cierta tarde, en Tur√≠n, a los primeros meses de mi nueva vida, a orillas del Lungo Po, junto al puente que con un dique contiene el envite de las aguas que fragorosas bullen. Era el aire de maravillosa transparencia; las cosas todas, en sombra, parec√≠an esmaltadas por efecto de aquella limpidez, y yo, contemplando aquel espect√°culo, sent√≠me tan dichoso, tan embriagado de libertad, que hasta tem√≠ volverme loco, no poder resistir por m√°s tiempo.

Había ya consumado de pies a cabeza mi transformación exterior; todo afeitado, con unos lentes de color azul claro y el pelo largo, artísticamente revuelto, ¡parecía enteramente otro! Deteníame a veces a hablarme a mí mismo delante de un espejo y no podía contener la risa.

‚Äú¬°Adriano Me√≠s! ¬°Para ti es la vida! ¬°Qu√© l√°stima que tengas que ir hecho un adefesio! … Pero, despu√©s de todo, ¬Ņqu√© m√°s te da? Ruede la bola. Si no fuera por este ojo que conservas de aquel otro, de aquel bestia, no resultar√≠as tan feo, despu√©s de todo, pese a lo estrafalario de tu figura. Cierto que mueves a risa a las se√Īoras. Pero de ello no tienes t√ļ, en el fondo, la culpa. Si aquel otro t√≠o no hubiera gastado el pelo corto no te ver√≠as obligado ahora a llevar tu melena; y tambi√©n me consta que no vas as√≠ de afeitado como un cura por tu gusto. ¬°Paciencia! Cuando las bellas r√≠an… r√≠ete t√ļ tambi√©n; es lo mejor que hacer puedes.¬Ľ

Viv√≠a, por lo dem√°s, conmigo y de mi sustancia. Apenas si cruzaba la palabra con los fondistas, camareros y vecinos de mesa, y jam√°s entablaba con ellos conversaci√≥n seguida. Es m√°s: de la cortedad que experimentaba hube de inferir que no era yo dado a la mentira. Esto aparte de que tampoco los dem√°s mostraban mucha gana de pegar conmigo la hebra, acaso porque, al ver mi rara estampa, tom√°banme por extranjero. Recuerdo que estando en Venecia tropec√© con un anciano gondolero que se empe√Ī√≥ en que yo era alem√°n o austr√≠aco, sin que hubiera forma de sacarlo de su error. Yo hab√≠a nacido en la Argentina, s√≠, se√Īor; pero de padres italianos. Mi verdadera ¬ęrareza¬Ľ, dig√°moslo as√≠, era muy otra, y s√≥lo yo la sab√≠a: que yo no era ya yo; en ning√ļn registro civil constaba mi persona, excepto en el de Miragno, s√≥lo que como muerto y con otro nombre.

No me pesaba de ello; aunque, la verdad, eso de que me tomaran por austr√≠aco no me hac√≠a ni pizca de gracia. Nunca tuve ocasi√≥n de pararme a pensar en el sentido de la palabra patria. ¬°En aquel tiempo ten√≠a yo otros quebraderos de cabeza! Pero ahora, que ten√≠a ocio y vagar, iba dando en la flor de ponerme a meditar sobre una porci√≥n de cosas que nunca hubiera pensado que pudieran interesarme lo m√°s m√≠nimo. A decir verdad, paraba mientes en ellas sin querer, y las m√°s de las veces conclu√≠a por encogerme de hombros, contrariado. Pero en algo ten√≠a que ocupar el pensamiento cuando me cansaba de dar vueltas y ver cosas. Para sustraerme a las reflexiones molestas e in√ļtiles sol√≠a ponerme a emborronar pliegos enteros de papel con mi nueva firma, ensay√°ndome a escribir con otra letra, para lo cual cog√≠a la pluma de modo distinto a como antes lo hiciera. S√≥lo que luego rasgaba de pronto el papel y tiraba la pluma. ¬°Pero si yo pod√≠a pasar incluso por analfabeto! ¬ŅA qui√©n ten√≠a yo que escribirle? Ni recib√≠a ni pod√≠a recibir en la vida ya cartas de nadie.

Este pensamiento, que no era el √ļnico tampoco, hac√≠a que volviese la vista al pasado. Volv√≠a a contemplar con la imaginaci√≥n mi casa, la Biblioteca, las calles de Miragno y la playa, y pregunt√°bame:

¬ę¬ŅSeguir√° todav√≠a de luto Romilda? Puede que s√≠, por no dar que hablar a la gente. ¬ŅQu√© har√°?¬Ľ Y me la figuraba como tantas veces la viera en casa; y tambi√©n me imaginaba a mi suegra, que seguramente hablar√≠a pestes de m√≠.

¬ęNinguna de las dos – pensaba-¬† habr√° ido ni siquiera una vez a hacer una visita en el cementerio a ese pobre hombre, con la muerte tan cruel que tuvo. ¬°Qui√©n sabe d√≥nde me habr√°n enterrado! Quiz√° t√≠a Escol√°stica no habr√° querido gastar en mi entierro lo que gast√≥ en el de mi madre; y mucho menos Roberto, el cual habr√° dicho: ¬ę¬ŅQui√©n le mand√≥ matarse? Despu√©s de todo, de bibliotecario como estaba pod√≠a vivir con sus dos liras diarias de sueldo.¬Ľ De forma que lo m√°s probable es que me hayan echado a la fosa com√ļn lo mismo que a un perro… ¬°Pero, en fin, no pensemos m√°s en ello! S√≥lo lo siento por ese pobre hombre que quiz√° tuviera parientes m√°s humanos que los m√≠os y que lo hubieran tratado mejor… Aunque, despu√©s de todo, ¬Ņqu√© le importa a √©l ya tampoco? Ese ya no piensa en nada.¬Ľ

Continu√© viajando alg√ļn tiempo. Pas√© las fronteras de Italia; visit√© las hermosas comarcas del Rin hasta Colonia, siguiendo el curso del r√≠o a bordo de un barco; det√ļveme en las poblaciones principales: Mannheim, Worms, Maguncia, Bingen, Coblenza… De buena gana hubiera ido m√°s all√° de Colonia, intern√°ndome por Alemania y alarg√°ndome quiz√° hasta Noruega, sino que luego pens√© que deb√≠a poner freno a mi libertad. Con el dinero que encima llevaba ten√≠a que mantenerme por toda la vida, y no era gran cosa. Aun pod√≠a vivir unos treinta a√Īos; y en la situaci√≥n en que me encontraba, al margen de toda ley, sin documento alguno que probase no ya otra cosa sino mi existencia real, hallame incapacitado para buscar ning√ļn empleo; de suerte que, si no quer√≠a acabar mal, ten√≠a que reducirme a una vida modesta. Echadas las cuentas, vi que no deb√≠a gastar m√°s de doscientas liras al mes; cierto que era una mezquindad; pero ¬Ņno hab√≠a vivido ya dos a√Īos con menos y teniendo familia?

En el fondo empec√© ya a estar un poco cansado de aquel vagabundeo, siempre solo y sin hablar con nadie. Instintivamente, comenzaba a echar de menos algo de compa√Ī√≠a. Lo not√© un d√≠a de noviembre en Mil√°n, reci√©n llegado de mi excursi√≥n por Alemania.

Hac√≠a fr√≠o y amenazaba lluvia al caer la tarde. Al pie de un farol hube de ver a un viejo que vend√≠a cerillas y que con la caja que llevaba colgada del cuello no pod√≠a arrebujarse bien en una ra√≠da capa que le cubr√≠a los hombros. De los pu√Īos, apretados junto a la barba, colg√°bale hasta los pies una cuerdecilla. Inclin√©me a mirarlo mejor, y descubr√≠ que entre las maltrechas botas ten√≠a un perrito muy chiquito y como reci√©n nacido, que tiritaba de fr√≠o y gimoteaba, acurrucado entre los pies del hombre. ¬°Pobre animalito! Pregunt√©le al viejo si me lo vend√≠a. Contest√≥me que s√≠ y que me lo dar√≠a por muy poco, con todo y valer mucho, porque cuando fuera mayor ser√≠a una gran cosa: un perrazo de tomo y lomo.

– Veinticinco liras…

El pobre perrillo sigui√≥ tiritando, sin dar muestras de engre√≠rse con aquellos elogios; sab√≠a de seguro que su due√Īo, al pedirme por √©l ese precio, no rend√≠a tributo a sus futuros m√©ritos, sino a la sandez que hab√≠a cre√≠do leerme en la cara.

Yo, entre tanto, había tenido tiempo de reflexionar en que comprando aquel perro me haría, sí, de un amigo discreto y fiel, que para quererme y estimarme no había de preguntarme nunca quién yo fuese de verdad, ni de dónde venía, ni si tenía los papeles en regla. Pero al mismo tiempo de cargar con él había que pagar contribución por tenerlo; ¡yo que no pagaba ninguna! Tal reflexión aguóme la fiesta. Parecióme que iba a comprometer por vez primera mi libertad y que ya la estaba ofendiendo ligeramente.

– ¬ŅVeinticinco liras? ¬°Adi√≥s! – d√≠jele al cerillero viejo.

Caléme el sombrero hasta los ojos, y bajo la fina llovizna que ya caía del cielo alejéme de allí, aunque considerando por vez primera que sí, que era hermosa, sin duda, aquella mi libertad ¡limitada, pero también un poco tirana, ya que no me consentía ni siquiera comprarme un insignificante perrillo.

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

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