El difunto Matias Pascal – Capitulo 3 – La casa y el topo

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El difunto Matias Pascal - Capitulo 3

El difunto Matias Pascal
Capitulo 3
La casa y el topo

Muy pronto dije que conoc√≠a a mi padre, siendo as√≠ que no lo he conocido. Ten√≠a cuatro a√Īos y medio cuando muri√≥. Habiendo ido con un barco suyo a C√≥rcega a ciertos negociejos que all√≠ ten√≠a, no volvi√≥ a casa, falleciendo all√° de unas calenturas perniciosas a la edad de treinta y ocho a√Īos. Muri√≥ dejando en cierta holgura a su viuda y a los dos hijos: Mat√≠as, que hab√≠a de serlo y lo fui yo, y Roberto, que me llevaba a m√≠ dos a√Īos.

Todav√≠a andan por el pueblo viejos que se empe√Īan en dar cr√©dito al rumor de que la riqueza de mi padre, que no les deb√≠a hacer sombra, puesto que hace tiempo pas√≥ a otras manos, proced√≠a de or√≠genes, dig√°moslo as√≠, misteriosos.

Seg√ļn los tales, mi padre se agenci√≥ sus caudales jugando a los naipes en Marsella con el capit√°n de un buque mercante ingl√©s, el cual, despu√©s de perder todo el dinero que llevaba encima, y que no deb√≠a de ser poco, hubo de jugarse tambi√©n un considerable cargamento de azufre que hab√≠a tomado a bordo en la lejana Sicilia por cuenta de un comerciante de Liverpool – ¬°hasta esto saben los indios! (¬Ņpero y el nombre?)- , de un comerciante de Liverpool que ten√≠a alquilado el vapor; arroj√°ndose luego, desesperado, al mar, donde se ahog√≥, al zarpar el barco. De esa forma hubo de arribar el buque a Liverpool, aliviado hasta del peso del capit√°n. Suerte que ten√≠a por lastre la malignidad de mis viejos paisanos…

Pose√≠amos tierras y casas. Sagaz y aventurero, no tuvo nunca mi padre una residencia fija para sus trapicheos, sino que siempre andaba de ac√° para all√° con aquel barco suyo, comprando donde las hallaba m√°s baratas, y a punto para revenderlas en seguida, toda clase de mercanc√≠as, y para no dejarse arrastrar de la tentaci√≥n de meterse en empresas harto considerables y arriesgadas, iba invirtiendo poco a poco sus ganancias en casas y tierras aqu√≠, en su terru√Īo, donde hac√≠a cuenta de retirarse, no tardando, a disfrutar pac√≠ficamente de una holgura, lograda a costa de tantos tramojos, en el amor y compa√Īa de su mujer y sus hijitos.

As√≠ adquir√≠ primero el predio de los Dos R√≠os, rico en olivos y moreras; luego, el cortijo de La Caba√Īa, tambi√©n muy plantado de √°rboles y con un buen manantial, que luego se aprovech√≥ para el molino; luego, el collado de El espol√≥n, que era el mejor vi√Īedo de toda la comarca, y, por √ļltimo, San Roquito, donde edific√≥ una ¬ęvilla¬Ľ deliciosa. En el pueblo, adem√°s de la casa en que viv√≠amos, compr√≥ otras dos, am√©n de todo aquel descampado donde ahora han hecho el arsenal.

Su muerte, casi repentina, fue la causa de nuestro desastre. Mi madre, incapaz para gobernar una casa, hubo de fiarse de un individuo que por haber recibido de mi padre tantos beneficios, como para salir de pobre, parec√≠a deber sentirse obligado a un poco de gratitud siquiera, la cual, a m√°s del celo y la honradez, no le hubiera costado ning√ļn sacrificio del otro jueves, puesto que mi madre le remuneraba con largueza.

¬°Qu√© mujer tan santa era mi pobre madre! ¬°Arisca y tontona de suyo, ten√≠a harto poca experiencia de la vida y de los hombres! Oy√©ndola hablar hac√≠a el efecto de una ni√Īa. Hablaba con acento nasal y se re√≠a con la nariz, porque siempre, como si se avergonzase de re√≠r, mord√≠ase los labios. Muy endeble de complexi√≥n, jam√°s volvi√≥ a levantar cabeza desde la muerte de mi padre, aunque no se quejaba jam√°s de sus achaques, ni creo que ella misma los llevase a mal; antes bien, los sufr√≠a con resignaci√≥n, como natural consecuencia de su mala ventura. Quiz√° crey√≥ que iba a morirse de la pena de quedarse viuda y diese gracias a Dios, en su fuero interno, al ver que, aunque tan achacosa y atribulada, la dejaba vivir para bien de sus hijitos.

A m√≠ me ten√≠a un cari√Īo enteramente morboso, salteado de sobresaltos y sustos; siempre nos quer√≠a tener pegados a sus faldas, como si temiese perdernos, y sol√≠a mandar a la criada a buscarnos por toda la casa en cuanto nos perd√≠a de vista a alguno.

Hab√≠a vivido abandonada como una ciega a la tutela del marido; y muerto √©ste, sinti√≥se extraviada en el mundo. Y ya no volvi√≥ a poner los pies en la calle, aparte los domingos, muy de ma√Īana, para ir a misa a la cercana iglesia en compa√Ī√≠a de las dos criadas viejas, a las que trataba como si fueran de la familia. Y hasta dentro de casa red√ļjose a no ocupar m√°s de tres habitaciones, abandonando las dem√°s que no eran pocas, a los someros cuidados de las criadas y a nuestras diabluras.

Trascend√≠a el aire en aquellas habitaciones a ese tufo especial de las cosas viejas, que parece como el aliento de √©pocas pasadas, y que all√≠ proced√≠a de los muebles de estilo antiguo y de los descoloridos tapices; y recuerdo que m√°s de una vez hube yo de esparcir la vista a la redonda, presa de una extra√Īa consternaci√≥n, que ten√≠a su ra√≠z en la silenciosa inmovilidad de aquellos trastos, que llevaban all√≠ tantos a√Īos sin servir para nada, privados de vida.

Una de las personas que con mayor frecuencia iban a visitar a mi madre era una t√≠a m√≠a, hermana de mi padre, solterona, de mal genio, con un par de ojos como los de los hurones, cetrina y adusta. Llam√°base Escol√°stica. Pero no sol√≠a parar mucho tiempo en casa, pues a lo mejor, hablando, hablando, montaba de repente en c√≥lera y tomaba el portante sin despedirse siquiera. A m√≠, de peque√Īo, me infund√≠a un gran pavor. La miraba con ojos tama√Īos, sobre todo cuando la ve√≠a saltar del asiento furiosa y la o√≠a proferir aquellos gritos, encar√°ndose con mi madre y dando rabiosas pataditas en el suelo:

– ¬ŅPero no notas que est√° hueco? ¬°Si es el topo! ¬°El topo!

Aludía a Malagna, el administrador, que nos estaba cavando la sepultura a nuestros pies.

T√≠a Escol√°stica – esto lo he sabido despu√©s-¬† estaba empe√Īada en que mi madre se volviera a casar. Por lo general, no suelen las cu√Īadas pensar as√≠ ni dar tales consejos. Pero es que mi t√≠a ten√≠a de la justicia un concepto duro y desabrido, y por esto, m√°s todav√≠a, sin duda, que por el cari√Īo que a nosotros nos profesara, no llevaba a bien que aquel hombre nos robase tan descaradamente y a mansalva. Y atendidas la absoluta incapacidad y la ceguera de mi madre, no discurr√≠a otro remedio al mal que un segundo marido, que, por cierto, hasta lo ten√≠a elegido ya en la persona de un infeliz que se llamaba Jer√≥nimo Pomino.

Este tal era viudo, con un hijo, que vive todav√≠a y se llama Jer√≥nimo, como su padre, siendo, por cierto, muy amigo m√≠o, y hasta m√°s que amigo, como luego dir√©. Desde peque√Īito iba con su padre a nuestra casa, y era mi desesperaci√≥n y la de mi hermano Berto.

Su padre hab√≠a sido de mozo aspirante a la mano de t√≠a Escol√°stica, la cual no le hab√≠a hecho el menor caso, como tampoco a ning√ļn hombre. Y no porque no se hubiese sentido inclinada al querer, sino porque la m√°s leve sospecha de que el hombre de sus ansias pudiera traicionarla, ni aun con el pensamiento, la hubiera impelido, seg√ļn dec√≠a, a cometer un crimen. Para ella todos eran unos falsos, p√≠caros y traidores; todos menos Pomino. S√≥lo que de esto se hab√≠a convencido demasiado tarde. De cuantos hombres le hab√≠an hecho el amor, cas√°ndose luego con otra, sab√≠a alguna traici√≥n, que la regocijaba ferozmente. Pomino era el √ļnico de quien no pod√≠a decir nada sobre el particular; antes al contrario, Pomino hab√≠a sido un m√°rtir de su esposa.

¬ŅY por qu√© entonces no se casaba ella con √©l ahora que estaba viudo? ¬°Vaya una ocurrencia! Pues por eso mismo de que estaba viudo. Porque hab√≠a pertenecido a otra mujer en la cual, acaso, habr√≠a pensado alguna vez que otra. Y, adem√°s, porque…, ¬°vaya!, porque a cien leguas se ve√≠a, no obstante su cortedad, que el pobre Pomino estaba enamorado… ¬°ya comprender√©is de qui√©n!

¬°Figuraos si mi madre le hubiera dado nunca el s√≠! Le habr√≠a parecido un verdadero sacrilegio con todas las de la ley. Aunque quiz√° no pasase a creer la pobre que t√≠a Escol√°stica hablara seriamente, y se re√≠a con aquel modo suyo tan particular de los arrechuchos de c√≥lera de la cu√Īada y de las exclamaciones del pobre se√Īor Pomino, que se hallaba presente en aquellas discusiones, y al que la solterona adjudicaba los m√°s desaforados elogios.

Cu√°ntas veces no exclamar√≠a √©l, removi√©ndose en el asiento como en un potro de tortura: ‚Äú¬°Pero, Escol√°stica, por el bendito nombre de Jes√ļs!‚ÄĚ

Era un hombrecillo barbilindo, muy apa√Īadito, con unos ojos azules muy llenos de mansedumbre. A m√≠ me daba en la nariz que se pon√≠a polvos y hasta que ten√≠a la debilidad de aplicarse un poquit√≠n de colorete en las mejillas; y no pod√≠a negar que estaba muy ufano de haber conservado, con la edad que ten√≠a, abundante el pelo, que se peinaba con esmero, prolijo a ondas, y que continuamente se estaba alisando con las manos.

No s√© c√≥mo habr√≠an andado nuestros negocios si mi madre, no por ella, sino en atenci√≥n al porvenir de sus hijos, hubiera seguido el consejo de t√≠a Escol√°stica y contra√≠do matrimonio en segundas nupcias con el se√Īor Pomino. Est√° fuera de duda, sin embargo, que no hubieran podido andar peor de lo que anduvieron en manos del Malagna ¬ęel topo¬Ľ.

Cuando Berto y yo empezamos a tener uso de raz√≥n, ya gran parte de nuestros bienes hab√≠anse convertido en humo. No obstante, habr√≠amos podido salvar siquiera de las garras de aquel bandido lo que todav√≠a quedaba, y que nos hubiera permitido, si no vivir con desahogo, como hasta all√≠, s√≠ a cubierto de apuros. Pero tanto mi hermano como yo √©ramos unos solemnes gandules, y no quer√≠amos aplicarnos a nada, sino vivir como hasta entonces, a lo grande, seg√ļn nuestra madre nos acostumbrara desde chicos.

Ni siquiera se había preocupado de mandarnos a la escuela. En cambio, nos dio por ayo y preceptor a un tal Pinzone, cuyo verdadero nombre era Francisco o Juan, del Cinque; sólo que todo el mundo lo conocía por Pinzone, y él se había hecho de tal suerte al remoquete que ya lo consideraba como su apellido legítimo.

Pinzone era de una delgadez repulsiva, alt√≠simo de estatura, y aun hubiera sido m√°s alto de no hab√©rsele doblegado el busto por debajo del cuello como harto de subir tan arriba y tan delgado en una discreta joroba, de la que parec√≠a sacar a duras penas el cuello cual pollo desplumado, con una nuez tama√Īa que se le ve√≠a subir y bajar. Sol√≠a esforzarse Pinzone por tener los labios metidos entre los dientes como para morder, comprimir y esconder una risita tajante que le era muy peculiar; s√≥lo que, en parte, resultaba vano el esfuerzo, porque la tal risita, visto que no pod√≠a salir por los labios, aprisionados de esa suerte, escap√°basele por los ojos m√°s aguda y burlona todav√≠a.

Con aquellos sus ojuelos debía de ver en nuestra casa cosas que ni mi madre ni nosotros veíamos. No hablaba quizá por creer que no debiera hacerlo, o bien Рy a mí esto me parece lo más verosímil-  porque su silencio le proporcionaba un gozo secreto y venenoso.

Mi hermano y yo hacíamos de él cuanto queríamos; todo nos lo consentía, aunque luego, como para ponerse a bien con su conciencia, cuando menos nos lo esperábamos iba y descubría nuestras diabluras.

Cierto d√≠a, por ejemplo, le mand√≥ nuestra madre que nos llevara a la iglesia. Era alrededor de la Pascua y ten√≠amos que confesarnos. Despu√©s de la confesi√≥n, a hacer una visita a la mujer del Malagna, que estaba enferma, y luego a casita. ¬°Figuraos qu√© diversi√≥n! Pero apenas nos vimos en la calle propusimos a Pinzone hacer novillos, dici√©ndole que le pagar√≠amos un buen litro de vino si en vez de llevarnos a la iglesia nos dejaba ir a La Caba√Īa a buscar nidos. Acept√≥ muy contento, restreg√°ndose las manos y echando lumbre por los ojos. Se bebi√≥ su vinillo, v√≠nose al cortijo con nosotros y estuvo admirablemente por espacio de cerca de tres horas, ayud√°ndonos a encaramarnos a los √°rboles y marine√°ndose √©l tambi√©n. Pues bueno; a la noche, al volver a casa, apenas le pregunt√≥ mi madre si hab√≠amos cumplido con la iglesia y √©chole la visita a la mujer del Malagna, falt√≥le tiempo para contestar:

– Le dir√© a usted… – y fue y cont√≥le, con pelos y se√Īales, cuanto hab√≠amos hecho.

Y no serv√≠an de nada las venganzas que nos tom√°bamos de estas traiciones suyas; y eso que no eran grano de an√≠s. Cierta noche, por ejemplo, Berto y yo, sabiendo que √©l sol√≠a descabezar un sue√Īo encima del banco del recibimiento mientras le serv√≠an la cena, nos levantamos furtivamente de la cama, donde nos hab√≠an zampado como castigo antes de la hora de costumbre; acertamos a encontrar una lavativa de esta√Īo de dos palmos de larga; la llenamos de agua sucia en la artesa de la colada, y as√≠ pertrechados nos fuimos a √©l despacito, le pusimos la lavativa en las narices y… ¬°ziff! El pobre dio un brinco tal que lleg√≥ con la cabeza al techo.

F√°cil ser√° imaginar los adelantos que con semejante preceptor har√≠amos en el estudio. Pero la culpa no la ten√≠a toda Pinzone, que, muy al contrario, con tal de meternos una cosa en la mollera no reparaba en m√©todo y disciplina y echaba mano de mil expedientes para fijar de alg√ļn modo nuestra vers√°til atenci√≥n. Logr√°balo a las veces conmigo, que era muy impresionable por naturaleza. S√≥lo que √©l ten√≠a una erudici√≥n enteramente suya muy particular, curiosa y peregrina. As√≠, por ejemplo, era muy docto en retru√©canos; conoc√≠a la poes√≠a fidenziana y la macarr√≥nica, la ¬ęburchiellesca¬Ľ y la ¬ęore√°mbica¬Ľ, citaba aliteraciones y antinominaciones y versos correlativos y concatenados y retr√≥grados de todos los poetas haraganes, siendo √©l mismo autor de no pocas rimas caprichosas.

Recuerdo que en San Roquito, cierto día, nos hizo repetir frente a la loma no sé cuántas veces este eco suyo:

¬ŅCu√°nto dura el amor en las se√Īoras?
– (Horas.) ¬ŅY como yo la am√©, nunca me am√≥?
– (No.) Mas t√ļ, ¬Ņqui√©n eres que suenas a hueco? – (Eco.)

Y nos daba a resolver todos los enigmas en octava rima de Julio César, Croce y los en soneto de Monetti, y otros enigmas, también en soneto, de otro gandulazo que había tenido el valor de ocultar su verdadero nombre bajo el de Catón de Utica. Habíalos copiado con una tinta tabacosa en un cuaderno muy viejo de hojas amarillentas.

Р¡Oíd, muchachos; oíd este otro verso de Stigliani, que es cosa rica!

Soy una y dos a un tiempo mismo,
Y hago dos de lo que era uno antes.
Con sus cinco me aferra la una,
Contra infinitos que piensa la gente.

Toda soy boca de cintura arriba,
Y m√°s muerdo sin ellos que con dientes.
Tengo en sitios contrarios dos guerreros,
Los ojos en los pies y en los ojos los dedos.

Me parece que lo estoy viendo recitar el versito con la cara radiante de placer, entornados los ojos y llevando el comp√°s con la mano.

Estaba convencida mi madre de que a nosotros nos bastaba con lo que nos ense√Īaba Pinzone, Y puede que se creyese tambi√©n, al o√≠rnos recitar los enigmas de Croce o de Stigliani, que est√°bamos ya muy adelantados. Mas no le pasaba lo mismo a t√≠a Escol√°stica, la cual, no habi√©ndose salido con la suya en lo de casar a mi madre con su predilecto Pomino, hab√≠ala tomado con nosotros; aunque en esto se llevaba chasco, pues amparados en la protecci√≥n de nuestra madre no le hac√≠amos caso, con lo que cog√≠a tales berrenchines que de haber podido hacerlo sin que la viesen ni sintieran, seguramente nos hubiera azotado de lo lindo hasta arrancarnos la piel. Recuerdo que una vez, al irse de casa de estamp√≠a, como de costumbre, en uno de sus venates de c√≥lera, hubo de tropezarse conmigo en una de las habitaciones abandonadas, y cogi√©ndome por la barbilla me la apret√≥ muy fuerte, muy fuerte, con los dedos, dici√©ndome: ¬ę¬°Rico! ¬°Rico! ¬°Rico!‚ÄĚ, y acercando cada vez m√°s, seg√ļn hablaba, mi cara a la suya y mir√°ndome a los ojos de hito en hito, se estuvo as√≠ un rato, hasta que por √ļltimo lanz√≥ una suerte de gru√Īido y me solt√≥, refunfu√Īando: ‚Äú¬°Mala pieza!‚ÄĚ

La tenía tomada especialmente conmigo, y eso que era yo, sin disputa, quien más atendía a las extravagantes lecciones de nuestro preceptor. Sería quizá por mi cara plácida y oronda y por aquellos lentes que me habían puesto con el fin de enderezarme un ojo que propendía a mirar por su cuenta a otra parte.

Aquellos lentecitos eran para mí un verdadero suplicio. Hasta que, por fin, un día fui y los tiré, dejando al ojo dichoso en libertad de mirar para donde le viniese en gana. Que, aun supuesto que lo hubiera tenido como debía ser, no habría sido un chico guapo. A mí me bastaba con serlo saludable.

A los dieciocho a√Īos invadi√≥me la cara una barbaza pelirroja y rizada, en desproporci√≥n con la nariz, que m√°s bien la tengo peque√Īa, y que vino a quedar como perdida entre tanto pelo y la frente, espaciosa y grave.

Quiz√° si estuviera en nuestra mano elegir nariz acomodada a la cara, o si al ver un pobre hombre agobiado por unas narizotas harto grandes para su cara enjuta, pudi√©ramos decirle: ¬ęEsta nariz me estar√° a m√≠ de perilla; venga ac√°¬Ľ, acaso, si as√≠ fuese, yo hubiera cambiado de buena gana la m√≠a, y puede que tambi√©n los ojos y otras muchas partes de mi persona. Pero como s√© que eso no puede ser, me resignaba con mi fatalidad, y no paraba mientes en ella.

Berto, en cambio, con ser agraciado de cara y garbo so de cuerpo Рcuando menos, comparado conmigo- , no acertaba a apartarse del espejo, y se pulía y resobaba, y gastaba la mar de dinero en corbatas nuevas, y en esencias exquisitas, y en ropa blanca y trajes. Yo, un día, para hacerle rabiar, fui y tomé de su armario una americana nueva, flamante, un chaleco elegantísimo, de terciopelo negro, y la mochila, y en esa guisa fuime de caza.

En tanto, Malagna iba a quej√°rsele a mi madre de las malas cosechas, que lo obligaban a contraer deudas oneros√≠simas para proveer a nuestros gastos excesivos y a los m√ļltiples trabajos de reparaci√≥n que siempre estaban necesitando las fincas.

Р¡Acabamos de recibir otro golpe! Рdecía siempre al entrar.

La niebla hab√≠a destruido, al nacer, la aceituna en los Dos R√≠os, cuando no la filoxera las vi√Īas en El Espol√≥n. Hab√≠a que proceder a la plantaci√≥n de cepas americanas, capaces de resistir al mal. Pero esto equival√≠a a contraer nuevas deudas. Luego empez√≥ a aconsejarle a mi madre que vendiese El Espol√≥n, a fin de quitarse de encima a los usureros que lo asediaban. Y de esa suerte fuimos enajenando El Espol√≥n, primero; luego, Dos R√≠os, y finalmente, San Roquito. Nos quedaban las casas y el cortijo de La Caba√Īa, con el molino. A mi madre no le hubiera cogido de sorpresa que un d√≠a hubiera ido Malagna a decirle que el manantial se hab√≠a cegado.

Cierto que nosotros éramos unos haraganes y que gastábamos sin tasa; pero no lo es menos que nunca se verá en este mundo ladrón más ladrón que el tal Malagna. Y es lo menos que puedo decir, en atención al parentesco que más tarde me vi obligado a contraer con él.

Dióse Malagna traza de hacer que no nos faltase nunca cosa alguna mientras nos.vivió nuestra madre. Sólo que aquella liberalidad, aquella manga ancha, rayana en la licencia, de que nos dejaba gozar, servía para esconder el abismo que luego de muerta nuestra madre hubo de tragarme a mí solo, ya que mi hermano tuvo la suerte de contraer a tiempo un matrimonio ventajoso- .

El m√≠o, en cambio…

– ¬ŅSer√° menester, don Eligio, que saque a relucir mi matrimonio?

Encaramado en lo alto de su escalera de lampistero, don Eligio Pellegrinotto me responde:

– ¬ŅC√≥mo no? ¬°Claro que s√≠! … Aunque con pulcritud…

– ¬ŅC√≥mo con pulcritud? De sobra sabe usted que…

Don Eligio suelta la carcajada, y toda la iglesita secularizada ríe con él. Luego me aconseja:

– Si yo estuviese en su pelleja, se√Īor Pascal, antes de emprender ese relato me leer√≠a alg√ļn cuento de Boccaccio o de Bandello. Lo digo por el tono, por el tono que en √©l conviene emplear…

La tiene tomada con el tono don Eligio. Pero, ¬°bah!, yo digo las cosas tal y como me salen. As√≠ que ¬°√°nimo y adelante!…

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