El difunto Matias Pascal – Capitulo 9 – Un poco de niebla

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 9

El difunto Matias Pascal
Capitulo 9
Un poco de niebla

El primer invierno, aunque riguroso y lluvioso, hab√≠aseme ido sin sentir, distra√≠do como estaba con las impresiones de mis viajes y la embriaguez de mi flamante libertad. Pero este segundo invierno cog√≠ame ya algo cansado, seg√ļn dije, de tanto vagabundeo y decidido a poner coto a tanta libertad. Y notaba que… s√≠, hac√≠a un poco de niebla; y hac√≠a tambi√©n fr√≠o; y advert√≠a yo que, por m√°s que mi esp√≠ritu se resistiese a darse por enterado del color del tiempo, no dejaba de sentirlo.

– ¬°Estar√≠a bueno – dec√≠a yo sermone√°ndome- , que no hubiera de hacer ya nunca niebla, para que t√ļ pudieses gozar a tus anchas de tu libertad!

Ya me hab√≠a paseado bastante, en aquel correr de ac√° para all√°; Adriano Meis hab√≠a disfrutado en aquel a√Īo su despreocupada juventud; ahora era menester que se volviese hombre y se recogiese en s√≠ mismo, cre√°ndose costumbres apacibles y modestas. Lo cual habr√≠a de serle sumamente f√°cil, estando, como estaba, libre por completo y sin obligaci√≥n alguna.

Tal cre√≠a yo; y desparram√© el pensamiento, calculando en qu√© poblaci√≥n me convendr√≠a fijar mi residencia, ya que no pod√≠a seguir por m√°s tiempo cual p√°jaro sin nido, si era que quer√≠a llevar vida ordenada. Pero ¬Ņen d√≥nde? ¬ŅEn una poblaci√≥n grande o en una peque√Īa? No acababa de decidirme.

Cerraba los ojos y volaba con el pensamiento a aquellas poblaciones que ya hab√≠a visitado, traslad√°ndome de una a otra y deteni√©ndome en cada una el tiempo necesario para ver con toda claridad tal plaza, tal paraje, que se me hab√≠an quedado grabados en la memoria. Y dec√≠a para mis adentros: ‚Äú¬°S√≠! ¬°Ah√≠ estuve! ¬°Cu√°nta vida se me escapa ahora, mientras ac√° y all√° sigue agit√°ndose en abigarrada variedad!‚ÄĚ Y, sin embargo, en cu√°ntos sitios no dije: ¬ę¬°Aqu√≠ quisiera plantar mis reales! ¬°C√≥mo me gustar√≠a vivir aqu√≠!‚ÄĚ Y envidiaba a los vecinos, que, tranquilamente, con sus costumbres y sus cotidianas ocupaciones, pod√≠an vivir all√≠ sin pasar por ese estado de angustiosa interinidad que tiene suspenso el √°nimo del que viaja. Este sentimiento de angustiosa interinidad segu√≠a atosig√°ndome, y hac√≠a que les tomase aborrecimiento a la cama en que dorm√≠a y a los objetos que me rodeaban.

Solemos transformar los objetos seg√ļn las im√°genes que, nos evocan y agrupan, por as√≠ decirlo, en torno suyo. Cierto que un objeto puede agradarnos tambi√©n por s√≠ mismo y por la diversidad de placenteras sensaciones que suscita en una percepci√≥n armoniosa; pero lo m√°s frecuente es que el deleite que un objeto nos proporciona no radique en el objeto mismo. La fantas√≠a lo hermosea, ci√Ī√©ndolo y como nimb√°ndolo de im√°genes gratas. Ni tampoco le vemos como √©l es en s√≠, sino de ese modo, cual animado por las im√°genes que nos evoca y que en √©l vinculan nuestras costumbres. Lo que, en suma, nos agrada en el objeto es lo que en √©l ponemos de nosotros mismos: el acuerdo, la armon√≠a que establecemos entre √©l y nosotros, el alma que adquiere para nosotros s√≥lo y que se compone de nuestros recuerdos.

¬ŅY c√≥mo pod√≠a sucederme a m√≠ nada de esto en el cuarto de una fonda? Pero ¬Ņpod√≠a yo tener ya una casa enteramente m√≠a? ¬°Ten√≠a tan poco dinero! … Pero ¬Ņy una casita modesta, de pocas habitaciones? Poco a poco; hac√≠a falta ver y considerar primero con toda calma muchas cosas. Era verdad que solo, con la maleta en la mano, pod√≠a yo ser libre, ub√©rrimo, rodando de un lado para otro, hoy aqu√≠, ma√Īana all√°. Si me deten√≠a en alg√ļn sitio, si me hac√≠a propietario de una casa, ¬°vendr√≠an en seguida los consiguientes registros y contribuciones! ¬ŅY tendr√≠a que inscribirme en el Registro de la Propiedad? ¬°Naturalmente! Pero ¬Ņc√≥mo? ¬ŅCon un nombre falso? ¬°S√≠! Pero entonces, ¬Ņqui√©n me aseguraba que no fuera a ser objeto de investigaciones secretas por parte de la Polic√≠a?… En una palabra: ¬°enredos y l√≠os! … ¬°Nada, que no pod√≠a ser! ¬°Que no iba a poder tener en adelante ni una casa, ni unos muebles propios! Bueno; pues me meter√≠a en una casa de hu√©spedes, en una habitaci√≥n amueblada. ¬ŅIba a apurarme por tan poco?

El invierno, el condenado invierno era el que me inspiraba tan melancólicas reflexiones; de todo tenía la culpa la cercana Navidad, que infunde la nostalgia de un rinconcito grato, el recogimiento e intimidad de la casa.

Cierto que no ten√≠a por qu√© echar de menos la de mi hogar. La otra, m√°s antigua, la de mi casa paterna, √ļnica que yo pudiera recordar con nostalgia, hac√≠a ya mucho tiempo que no exist√≠a, sin que hubiera venido a ponerle t√©rmino mi nuevo estado civil. De suerte que deb√≠a conformarme pensando que no tendr√≠a nada de grata para m√≠ la Nochebuena si hubiera de pasarla en Miragno, con mi mujer y mi suegra. (El vello se me erizaba.)

Por alegrarme el humor o distraerme, me imaginaba mi llegada a la puerta de mi casa con una hogaza de pan bajo el brazo.

– ¬ŅDan ustedes su permiso? ¬ŅSiguen viviendo aqu√≠ la se√Īora do√Īa Romilda Pescatore, viuda de Pascal, y la se√Īora do√Īa Mariana Dondi, viuda de Pescatore?

– S√≠, se√Īor. Pero ¬Ņqui√©n es usted?

– Yo soy el difunto esposo de la se√Īora de Pascal, aquel pobre hombre que muri√≥, ahora har√° un a√Īo, ahogado en el molino. Y vengo del otro mundo a pasar la Nochebuena con mi familia, con la venia de mis superiores. Ahora, que me tengo que volver all√° en seguida.

¬ŅSe caer√≠a redonda al suelo mi suegra al verme aparecer tan de improviso? ¬°Ca! Lo que har√≠a ser√≠a obligarme a morir otra vez antes de dos d√≠as.

Mi suerte – y de ello era de lo que deb√≠a convencerme-¬† consist√≠a precisamente en haberme librado de mi mujer y de mi suegra, de los tramposas y humillantes aflicciones de mi primera vida. Ahora era absolutamente libre. ¬ŅY no ten√≠a bastante con eso? Ya lo creo. Todav√≠a ten√≠a por delante toda una vida. Y adem√°s…. ¬°qui√©n sabe cu√°ntos habr√≠a en el mundo tan solos como yo!

¬ęS√≠; pero esos tales – pensaba yo, inducido por el mal tiempo, por aquella condenada niebla- , o son forasteros, o tienen en otro sitio una casa a la que poder volver el d√≠a que se les antoje; o en el caso de que se encuentren sin casa, como yo, pueden tenerla ma√Īana, y contentarse, por lo pronto, con la hospitalidad de un amigo. Mientras que t√ļ, perm√≠teme que te lo diga, ser√°s siempre y doquiera un extranjero; esa es toda la diferencia. Adriano Meis es un extranjero en la vida.¬Ľ

Me encog√≠a de hombros, molesto, y exclamaba: ¬ę¬°Bueno! Pues de ese modo estoy m√°s suelto. ¬ŅQu√© no tengo amigos? Nadie me impide ech√°rmelos …‚ÄĚ

Ya en el restaurante que frecuentaba por aquellos d√≠as hab√≠ase mostrado con ganas de trabar amistad conmigo mi vecino de mesa. Tendr√≠a el tal unos cuarenta a√Īos; un tanto calvo, moreno, con lentes de oro, que no se le sujetaban bien en la nariz, quiz√° por el peso de la cadenilla, que era tambi√©n de oro. ¬°Si vierais qu√© cari√Īoso! Cuando se levantaba de la mesa y se pon√≠a el sombrero parec√≠a otro: lo que se dice un ni√Īo. Lo que ten√≠a defectuoso eran las piernas, tan peque√Īitas que, sentado, no le llegaban al suelo, pudiendo decirse que no se levantaba de la silla, sino que se apeaba de ella. El hombre procuraba remediar ese defecto usando tacones altos. ¬ŅQu√© hab√≠a de malo en ello? Cierto que armaban mucho ruido los dichosos tacones; pero, en cambio, ¬°resultaban tan graciosamente imperiosos sus saltitos de perdiz!

Era, esto aparte, de muy buena pasta y muy listo Рquizá un poquitín voluble y terco- , pero con puntos de vista muy suyos y originales, y poseía también el título de Caballero.

Me había dado su tarjeta, en la cual se leía:

Caballero ‚ÄďTito Lenzi

Y a propósito de esta tarjetita: en un tris estuvo que no me forjase yo un motivo de infelicidad del mal papel que creía haber hecho no dándole la mía en cambio. No me había mandado hacer todavía tarjetas, pues experimentaba cierta cortedad para hacérmelas con mi nuevo nombre. ¡Bobadas! ¡Como si no se pudiera vivir sin hacerse tarjetas! Cuando puede uno decir de viva voz su gracia y salir del paso.

Eso fue lo que yo hice; pero decir la verdad, mi verdadero nombre… ¬°nunca!

¡Qué hermosos razonamientos sabía expresar el caballero Tito Lenzi! Sabía hasta latín, y citaba a Cicerón como quien no dice nada.

– ¬°La conciencia! Pero si la conciencia no sirve para maldita la cosa, amigo m√≠o. La conciencia como gu√≠a no puede ser bastante. Lo ser√≠a quiz√° si fuere castillo en lugar de ser plaza, por decirlo as√≠; esto es, si pudi√©semos llegar a concebirnos aisladamente y no estuviera ella, como lo est√°, abierta al pr√≥jimo. Seg√ļn yo, en la conciencia existe una relaci√≥n esencial…; s√≠, se√Īor, esencial, entre m√≠ que pienso y los dem√°s seres que yo pienso. De donde resulta que no hay ning√ļn absoluto que se baste a s√≠ mismo. ¬ŅMe explico bien? Cuando los sentimientos, las inclinaciones, los gustos de aquellos otros seres que yo pienso no se reflejan en m√≠ o en ella, no podemos sentirnos ufanos, ni tranquilos, ni alegres; tan cierto es que todos nosotros luchamos para que nuestros sentimientos, nuestras ideas, nuestras inclinaciones y nuestros gustos se reflejen en la conciencia de los dem√°s. Y si no sucede tal cosa, porque…. dig√°moslo as√≠, el ambiente del momento no se presta a transportar y hacer florecer, amigo m√≠o, los g√©rmenes…. los g√©rmenes de su idea de usted en la mente del pr√≥jimo, usted no puede decir que le basta con su conciencia. ¬ŅPara qu√© le basta? ¬ŅPara vivir usted solo? ¬ŅPara consumirse en la sombra? ¬°Ca!, amigo m√≠o, ¬°ca! O√≠game: yo odio la Ret√≥rica, esa t√≠a vieja, embustera y fanfarrona, lechuza con antiparras. Seguramente ha sido ella la autora de esta hermosa frasecita tan echada hacia adelante: ¬ęCon mi conciencia me basta¬Ľ. ¬°S√≠! Ya Cicer√≥n dijo: ¬ęMea mih√≠ consciencia pluris est quam hominum sermo.¬Ľ Pero Cicer√≥n, dig√°moslo francamente, est√° muy bien en punto a elocuencia; mas… ¬°Dios nos libre, amigo m√≠o! Resulta tan pesado como un estudiante de viol√≠n.

Me lo hubiera comido a besos. S√≥lo que mi simp√°tico hombrecito no quiso seguir adelante en sus ingeniosos y conceptuosos razonamientos de que acabo de daros una muestra. Empez√≥ a tratarme con confianza, y yo, que cre√≠a f√°cil y bien encauzada nuestra amistad, hube de sentir al punto cierto empacho, algo as√≠ como una fuerza que me obligada a desviarme de su vera, a retraerme. En tanto, limit√≥se a hablar √©l solo, y gir√≥ la conversaci√≥n sobre temas vagos, todo sali√≥ a pedir de boca; pero ahora el caballero Tito se empe√Īaba en tirarme de la lengua a m√≠.

– Usted no es milan√©s, ¬Ņverdad?

– No…

– ¬ŅSe encuentra aqu√≠ de paso?…

– S√≠…

– ¬ŅVerdad que Mil√°n es muy hermoso?

– S√≠, muy hermoso…

Parec√≠a yo un loro amaestrado. Y seg√ļn iba √©l estrech√°ndome con sus preguntas, tanto m√°s me alejaba yo con mis respuestas. No tard√© en encontrarme en Am√©rica. Pero en cuanto el hombrecito me oy√≥ decir que era argentino, levant√≥se de un brinco de la silla y vino a apretarme calurosamente la mano.

– ¬°Lo felicito a usted, amigo m√≠o! ¬°Envidia le tengo! ¬°Oh, Am√©rica! … Yo he estado all√°.

¬ŅQu√© hab√≠a estado all√°? ¬°Pues echa a correr, Adrianito!

РEn ese caso Рapresuréme a decirle- , más bien debo yo felicitarle a usted, que ha estado allá, porque lo que es yo puedo decir que no he estado con todo y ser de allí, ya que me trajeron a Europa de pocos meses; de suerte, que puede decirse que mis pies no han hollado tierra americana.

Р¡Qué lástima! Рexclamó, apiadado, el caballero Tito Lenzi- . Pero tendrá usted familia allá.

– No, ninguna…

– ¬°Ah! ¬ŅSe ha venido usted a Europa con toda su familia para afincarse aqu√≠? ¬ŅD√≥nde vive usted?

Yo me encogí de hombros.

– ¬°Ay! – suspir√©- . ¬°No tengo casa ni hogar! … Ruedo por el mundo…

– ¬°Oh, y qu√© gusto! ¬°Dichoso usted! … ¬ŅConque rueda?… ¬ŅY no tiene ning√ļn pariente, de verdad ninguno?

– Ninguno…

Р¡Oh, y qué gusto! ¡Dichoso usted! ¡Cómo lo envidio!

– ¬ŅEntonces, usted tendr√° familia? – pregunt√©le a mi vez, por apartar de mi persona el rumbo de la conversaci√≥n.

– ¬°Ah, no! – suspir√≥ √©l, frunciendo el ce√Īo- . ¬°Soy solo en el mundo!; ¬°siempre he sido solo!

– ¬°Entonces como yo! …

– Pero yo me aburro mortalmente, amigo m√≠o – salt√≥ el hombrecillo- . Para m√≠ la soledad… S√≠ se√Īor, ya estoy harto de soledad. Tengo muchos amigos; pero, cr√©ame usted, que no es nada agradable, cuando se llega a cierta edad, llegar a su casa y no encontrarse a nadie. ¬°Ah! Hay quien comprende y quien no, amigo m√≠o. Y el que comprende es el que sale peor librado, porque, al fin y a la postre, viene a encontrarse sin energ√≠a ni voluntad. Porque, efectivamente, el que comprende dice: ¬ęNo debo hacer esto, ni esto otro, por no cometer esta o aquella bestialidad.¬Ľ ¬°Est√° muy bien! Pero llega un momento en que se entera de que la vida toda es una bestialidad, y entonces, ¬Ņquiere usted decirme a qu√© conduce el no haber cometido ninguna? Pues a la conclusi√≥n de no haber vivido, amigo m√≠o.

– Pero – d√≠jele yo, intentando consolarlo-¬† usted, por fortuna, aun est√° a tiempo…

– ¬ŅDe cometer bestialidades? ¬°Oh! ¬°He hecho ya tantas! ¬°Si usted supiera! – respondi√≥ con una sonrisa y un gesto fatuos- . He viajado, he rodado como usted y… he tenido…. s√≠, se√Īor…. he tenido mis trapisondas. Mire: por ejemplo, una noche en Viena…

Yo me qued√© como quien ve visiones… ¬°Aventuras amorosas √©l! Tres, cuatro, cinco nada menos en Austria, en Francia, en Italia…, ¬°hasta en Rusia! ¬°Y qu√© aventuras! A cual m√°s atrevida… Como bot√≥n de muestra expondr√© aqu√≠ un fragmento de di√°logo entre el caballero Tito Lenzi y una se√Īora casada:

EL.- ¬°Ah, ya lo creo, si se piensa en ello, ya lo s√©, se√Īora m√≠a! … Enga√Īar al marido. ¬°Dios nos libre! La felicidad, la honestidad, la dignidad… Tres palabras gordas, tres palabras santas, con el acento en la a… ¬°Sin contar el honor! Otra palabra gorda…, enorme… Pero en la pr√°ctica, crea usted que es harina de otro costal, se√Īora m√≠a… ¬°Una cosa sin importancia! Y si no, preg√ļnteselo a aquellas de sus amigas que ya tienen experiencia…

LA SE√ĎORA CASADA.- ¬°S√≠, ya se lo pregunt√©, y todas ellas se llevaron un gran desenga√Īo!

EL.- ¬°Naturalmente! ¬°Claro est√°! Porque cohibidas con esas palabras gordas tardaron nada menos que un a√Īo o seis meses, demasiado tiempo en decidirse. Y el desenga√Īo se debe precisamente a la desproporci√≥n entre la entidad del acto y las excesivas cavilaciones a que les dio lugar, ¬°Hay que decidirse enseguida, se√Īora m√≠a! Yo, en cuanto lo pienso lo hago. ¬°Es tan sencillo!

Bastaba mirarlo; bastaba contemplar con un poco de atención su ridícula y menguada facha para comprender al punto que mentía, sin necesidad de más pruebas.

Al asombro sucedió en mí un profundo sentimiento de sonrojo por él, que no se percataba del lamentable efecto que habían de producir, naturalmente, aquellas fanfarronadas suyas, y también por mí, que le veía mentir con tanta frescura y gusto cuando ninguna necesidad tenía de hacerlo; mientras que yo, que no tenía más remedio que mentir, pasaba infinitos apuros para decidirme a soltar un embuste.

Sonrojo e indignación. Ganas me entraban de cogerle de un brazo y decirle:

¬ęPero, d√≠game usted, hombre, ¬Ņpor qu√© miente?¬Ľ

Pero aunque aquel sonrojo y aquella indignaci√≥n fueran razonables y naturales en m√≠, sin m√°s que reflexionar un momento ca√≠ en la cuenta de que hubiera sido, cuando menos, una sandez el hacerle esa pregunta. Pues, precisamente, la raz√≥n de que aquel tipejo se empe√Īara en hacerme tragar aquellas supuestas aventuras no era otra que la de no tener para qu√© mentir; mientras que a m√≠…, a m√≠ me obligaba a ello la necesidad. Lo que para √©l, en suma, pod√≠a ser un solaz y hasta casi el ejercicio de un derecho, era, en cambio, para m√≠ una obligaci√≥n enojosa, una condena.

¬ŅY qu√© se deduc√≠a de estas reflexiones? Pues que yo, pobre de m√≠, condenado sin remedio a mentir por la situaci√≥n en que me encontraba, no podr√≠a tener nunca en la vida un amigo, un amigo de verdad. As√≠ que ni casa, ni amigos… Amistad quiere decir confianza. ¬ŅY c√≥mo pod√≠a yo confiarle a nadie el secreto de mi vida sin nombre ni pasado, nacida como un hongo, del suicidio de Mat√≠as Pascal? Yo no podr√≠a tener m√°s que relaciones superficiales, ni permitirme con mis semejantes m√°s que un breve cambio de palabras indiferentes.

Pero, en fin, esos eran los inconvenientes de mi buena suerte. ¬°Paciencia! ¬ŅIba a desalentarme por eso?

Viviré conmigo y de mí, como hice hasta ahora.

Pero ese era el quid; que, hablando francamente, tem√≠ame mucho no tener motivos para estar ufano ni satisfecho de mi compa√Ī√≠a. Y luego, que al pasarme la mano por la cara y sent√≠rmela sin pelo de barba y pas√°rmela despu√©s por las melenas y por los lentes, experimentaba una peregrina impresi√≥n: la de no ser yo aquel sujeto al que palpaba.

Seamos justos. Yo me hab√≠a disfrazado de aquella guisa para los dem√°s, no para m√≠. ¬ŅE iba a continuar aquella mascarada, incluso para conmigo mismo? Pero si todo aquello que yo hab√≠a urdido e imaginado de Adriano Meis no hab√≠a de servirme para los dem√°s, ¬Ņpara qui√©n iba a servirme? ¬ŅPara m√≠? ¬°Si yo s√≥lo podr√≠a cre√©rmelo a condici√≥n de que los dem√°s se lo creyesen!

Mas si este Adriano Meis no era hombre con agallas para echar mentiras y andar desembarazadamente por el mundo, sino que se met√≠a en su concha y se retiraba a su albergue, harto de verse solo, aquellos tristes d√≠as de invierno, por las calles de Mil√°n, y all√≠ se encerraba en compa√Ī√≠a del difunto Mat√≠as Pascal, entonces ya pod√≠a dar por seguro que mis asuntos terminar√≠an mal, que la vida no iba a ser para m√≠ una fiesta y que mi buena suerte, entonces…

Pero quiz√° la verdad fuese √©sta: que con aquella mi ilimitada libertad se me hac√≠a muy cuesta arriba empezar a vivir de ning√ļn modo. Siempre que ya estaba a punto de adoptar una resoluci√≥n cualquiera, sent√≠ame como cohibido y me parec√≠a ver un sinf√≠n de impedimentos y sombras y obst√°culos.

Y entonces me echaba de nuevo a la calle, a dar vueltas; lo observaba todo, par√°bame a mirar cualquier simpleza, me estaba pensando largo rato en la menor cosa. Cansado ya de andar, me met√≠a en un caf√© y me pon√≠a a fisgar a la gente que entraba y sal√≠a; hasta que, por √ļltimo, me sal√≠a yo tambi√©n. Pero la vida, considerada de ese modo, mirada con los ojos de un espectador extra√Īo, antoj√°baseme huera y sin objeto, y entre aquella barah√ļnda de gente sent√≠ame como extraviado. Y a todo esto, me atronaba los o√≠dos el fragor, el continuo traj√≠n de la ciudad.

¬ę¬°Oh! ¬ŅPor qu√© los hombres – pregunt√°bame a m√≠ mismo ansiosamente-¬† ponen tanto empe√Īo en complicar cada vez m√°s su g√©nero de vida? ¬ŅA qu√© santo todo este ruido de m√°quinas? ¬ŅY qu√© har√° el hombre cuando las m√°quinas se encarguen de hacerlo ellas todo? ¬ŅCaer√° entonces en la cuenta de que el llamado progreso no tiene nada que ver con la felicidad? De todos esos inventos con que la ciencia cree honradamente enriquecer a la Humanidad – cuando lo que hace es arruinarla con lo caro que cuestan- , ¬Ņqu√© alegr√≠a experimentamos nosotros en el fondo, aunque no les regateemos nuestra admiraci√≥n?¬Ľ

El día antes habíame tropezado yo en un tranvía con un pobre hombre de esos que no tienen más remedio que comunicarles a los demás cuanto les pasa por la imaginación.

Р¡Qué invento tan magnífico! Рdíjome el tal- . Por diez céntimos, en unos cuantos minutos, le doy la vuelta a Milán.

Aquel pobre hombre sólo se fijaba en los diez céntimos que costaba el trayecto, y no paraba mientes en que moneda a moneda de diez céntimos se le iba como agua su mísero sueldo, resultándole insuficiente para hacer aquella vida fragoroso con tranvía eléctrico, luz eléctrica, etcétera, etcétera.

Y, sin embargo, pensaba yo: La ciencia se forja la ilusi√≥n de hacer m√°s f√°cil y c√≥moda la vida; pero aun suponiendo que verdaderamente la haga m√°s f√°cil con sus m√°quinas tan complicadas, pregunto yo: ¬ŅY qu√© servicio m√°s flaco puede hacerle a quien est√° condenado a una tarea vana que hac√©rsela f√°cil y poco menos que mec√°nica? Volv√≠ame a la fonda.

All√≠, en un pasillo, colgada en el vano de la ventana, hab√≠a una jaula con un canario. No pudiendo hablar con la gente y no sabiendo qu√© hacer, pon√≠ame a charlar con el canario; le hac√≠a el eco con mi voz, y el pobre pajarilla se cre√≠a que le dec√≠an algo, y se paraba a escuchar, y acaso en aquellos p√≠os m√≠os percibiese aires de arboleda, de libertad… Se revolv√≠a en la jaula, saltaba de una ca√Īa a otra, miraba de soslayo meneando la cabecita, y luego me respond√≠a, me interrogaba y se quedaba escuchando. ¬°Pobre pajarillo! ¬°C√≥mo me entend√≠a √©l, mientras que yo me quedaba en ayunas de lo que le hubiera dicho! …

Aunque bien mirado, ¬Ņno nos ocurre a los hombres algo semejante? ¬ŅNo nos creemos tambi√©n nosotros que la Naturaleza nos habla? ¬ŅY no nos parece percibir un sentido en sus voces misteriosas, una respuesta, seg√ļn nuestros deseos, a las anhelantes preguntas que le dirigimos? Y lo m√°s probable es que la Naturaleza, en su grandeza infinita, no tenga ni la m√°s remota idea de nosotros ni de nuestra vana ilusi√≥n.

¡Pero hay que ver a qué conclusiones puede conducirle una broma nacida del ocio a un hombre condenado a estar siempre a solas consigo!

Ganas me daban de liarme conmigo a palos. ¬ŅEstar√≠a yo de veras en v√≠speras de convertirme seriamente en fil√≥sofo?

No, no, ¡ea! No era lógica mi conducta. De suerte que no hubiera podido seguir observándola mucho tiempo. Era preciso que yo venciese toda cortedad y adoptase a toda costa una resolución.

En una palabra: yo tenía que vivir. ¡Vivir!

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