El difunto Matias Pascal – Capitulo 7 – Transbordo

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El difunto Matias Pascal - Capitulo 7

El difunto Matias Pascal
Capitulo 7
Transbordo

Por el camino iba pensando:

– Rescatar√© La Caba√Īa y me retirar√© all√° al campo a hacer de molinero. Se vive mejor en el regazo de la tierra; y quiz√° todav√≠a mejor… debajo de ella.

Todo oficio tiene en el fondo algo que consuela de la guerra que da. Hasta el de sepulturero. El molinero puede consolarse y distraerse con el ruido de la m√°quina y el polvo que vuela por los aires emborriz√°ndole.

Seguro estoy de que ahora apenas si se rompe un costal en el molino; pero también lo estoy de que en cuanto sea mío habrá que oír:

– ¬°Se√Īor Mat√≠as, el perno de la palanca! ¬°Se√Īor Mat√≠as, que se ha roto esto! ¬°Se√Īor Mat√≠as, que se ha roto lo otro!

Como en vida de mi pobre madre, cuando nos administraba Malagna.

Y mientras yo atienda al molino el aperador me robará la fruta, y si, por el contrario, dedico a ésta mi atención, el molinero me robará la harina. Y el molinero por un lado y el aperador por otro, harán su agosto a costa mía.

Quizá fuera mejor que sacase de la venerable arca de mi suegra uno de los trajes viejos de Francisco Antonio Pescatore, que la viuda guarda con alcanfor y pimienta como reliquias santas, y le mandase ponérselo y la encargase del molino y de vigilar al aperador.

Seguramente el aire del campo le sentar√° bien a mi mujer. Puede que al verla se le caiga la hoja a alg√ļn √°rbol y que pierdan la voz los pajarillas; pero ¬°con tal que no se ciegue el arroyo! Y yo seguir√© de bibliotecario, all√≠ solito, en Santa Mar√≠a Liberal.

As√≠ iba yo pensando en tanto corr√≠a el tren. No pod√≠a cerrar los ojos, porque al punto aparec√≠aseme con terrible exactitud, el cad√°ver de aquel jovencito, tendido all√° en el jard√≠n de Montecarlo, tan menudito y modoso, bajo los grandes √°rboles inm√≥viles en el frescor de la ma√Īana. Ten√≠a que consolarme de aquello con otra pesadilla no tan sangrienta, materialmente al menos: la de mi suegra y mi mujer. Y gozaba al imaginarme la escena de mi llegada al cabo de aquellos trece d√≠as de haber desaparecido misteriosamente.

Estaba seguro – ¬°parec√≠ame verlas! –¬† de que al entrar yo por las puertas de la casa hab√≠an de fingir ambas la m√°s desde√Īosa indiferencia. Apenas una mirada, como diciendo:

¬ę¬ŅT√ļ por aqu√≠ otra vez? ¬ŅPero no te rompiste la crisma?¬Ľ

Luego, callarían ellas, y yo lo mismo.

Pero no tardaría mucho, sin duda, mi suegra en empezar a escupir bilis, lamentándose del empleo que yo había abandonado.

Hab√≠ame llevado conmigo, efectivamente, la llave de la Biblioteca, y al tener noticia de mi desaparici√≥n, habr√≠an tenido que descerrajar la puerta de orden del juez; y no encontr√°ndome all√≠ dentro ni vivo ni muerto, y no teniendo tampoco la menor indicaci√≥n o rastro de mi paradero, los ediles habr√≠an esperado tres, cuatro, cinco d√≠as, hasta una semana, mi vuelta, acordando, por √ļltimo, darle mi empleo a otro ser tan in√ļtil como yo.

As√≠ que, ¬Ņqu√© hac√≠a yo all√≠ sentado? ¬ŅC√≥mo hab√≠a tenido valor para echarme yo mismo en mitad del arroyo? Pues ahora, ya lo sab√≠a, all√≠ me pod√≠a estar. Dos pobres mujeres como ellas no ten√≠an obligaci√≥n ninguna de mantener un harag√°n, a un sujeto que era carne de presidio, y que se iba as√≠, tontamente, por esos caminos de Dios, si no era que hab√≠a hecho otras cosas peores…

Y yo callado.

Poco a poco iba creciendo, hervía y rebosaba la bilis de mi suegra, y yo sin decir esta boca es mía.

Cuando me pareciera bien no tendr√≠a m√°s que sacarme del bolsillo la cartera y ponerme a contar, encima de la mesa, mis billetes de a mil: uno, dos, tres…

Mi suegra y mi mujer abrirían ojos y boca. Luego, vendría aquello de:

¬ę¬ŅA qui√©n has desvalijado?¬Ľ

… Setenta y siete, setenta y ocho, setenta y nueve, ochenta, ochenta y uno; quinientas, seiscientas, setecientas; diez, veinte, veinticinco; ochenta y un mil setecientas veinticinco liras con cuarenta c√©ntimos.

Luego, recogería con mucha cachaza los billetes, volvería a guardármelos en la cartera y me levantaría.

¬ę¬ŅDe modo que no quer√©is nada conmigo, verdad? Bueno, pues muchas gracias. Adi√≥s y que sig√°is bien.¬Ľ

Y al imaginar- me la escena no podía contener la risa.

Mis compa√Īeros de viaje me observaban, sonri√©ndose tambi√©n con disimulo.

Entonces, para adoptar un talante m√°s serio, pon√≠ame a pensar en mis acreedores, entre los cuales tendr√≠a que repartir muchos de aquellos billetes de Banco, porque esconderlos no pod√≠a. Y adem√°s, ¬Ņde qu√© me habr√≠an aprovechado escondidos?

Aquella canalla no me los hubiera dejado gozar en paz. Para enjugar tanta trampa, con el molino de La Caba√Īa y la fruta del cortijo, habiendo de pagarle tambi√©n al administrador, que se lo come todo a dos carrillos, qui√©n sabe cu√°ntos a√Īos tendr√≠an que aguardar todav√≠a los acreedores; mientras que quiz√° mediante una oferta al contado podr√≠a quit√°rmelos de encima con mucho menos costo. Y echaba las cuentas:

¬ęTanto a ese moscard√≥n del Recchioni; tanto a Felipe Brisigo – y ojal√° que le sirva para costearse el entierro, que as√≠ no les chupar√≠a m√°s la sangre a los pobres- ; tanto a Chich√≠n Lunaro, el turin√©s; tanto a la viuda de Lippani… ¬ŅQu√© m√°s queda todav√≠a? ¬°Digo, pues una peque√Īez! El pico de Della Piana y el de Bossi, y el de Margottini… ¬°Nada, que se me van en eso todas mis ganancias! ¬ŅA qu√© iba a resultar que hab√≠a ganado en Montecarlo para que ellos hiciesen su av√≠o? ¬°Qu√© rabia que aquellos dos √ļltimos d√≠as me hubiera entrado la negra! De haber seguido ganando, me hubiera hecho rico de nuevo… ¬°rico!‚ÄĚ

Lanzaba ahora yo unos suspiros tan ruidosos que les chocaban a mis compa√Īeros de viaje todav√≠a m√°s que mis risotadas de antes. Entretanto, yo no hallaba punto de descanso. Oscurec√≠a ya; el aire parec√≠a ceniza, y el traqueteo del tren resultaba insufrible.

En la primera estaci√≥n italiana compr√© un peri√≥dico, con la esperanza de que me sirviera para conciliar el sue√Īo. Lo abr√≠, y a la luz de la bombilla el√©ctrica p√ļseme a leerlo, gracias a lo cual tuve el consuelo de saber que el castillo de Valen√ßay, que por segunda vez hab√≠a salido a subasta, hab√≠ale sido adjudicado al conde De Castellane por la cantidad de dos millones trescientos mil francos. Las tierras que circundaban el castillo ten√≠an dos mil ochocientas hect√°reas; no hab√≠a en Francia entera otra posesi√≥n tan dilatada.

– Una cosa as√≠ como La Caba√Īa.

Tuve también ocasión de enterarme de que el Emperador de Alemania había recibido aquel mediodía, en Postdam, a la Embajada marroquí, y que a la recepción habíase hallado presente el secretario de Estado, barón de Richtofen. La Embajada había pasado luego a saludar a la Emperatriz y después cenado a la mesa imperial, donde sabe Dios lo que habrían tragado los moritos.

También los Zares de Rusia habían recibido en Peterhof a una comisión especial tibetana, la cual habíales presentado a las augustas personas los regalos que les enviaba el Gran Lama por su conducto.

¬ę¬ŅLos regalos del Gran Lama? – pregunt√©me a m√≠ mismo, cerrando los ojos en actitud meditabunda- . ¬ŅQu√© regalos ser√°n √©sos?¬Ľ

Adormideras, porque en seguida me quedé traspuesto. Sólo que adormideras de escasa virtud, ya que no tardé en despertarme al parar el tren en otra estación.

Miré el reloj: eran las ocho y cuarto. Una horita más y estaría en el pueblo.

Ten√≠a todav√≠a en la mano el peri√≥dico y lo hab√≠a doblado para buscar en la segunda plana alg√ļn regalo mejor que los del Gran Lama, cuando hubieron de tropezar mis ojos con unas titulares que dec√≠an:

suicidio

A lo primero figur√©me que ser√≠a el de Montecarlo y apresur√©me a leer. Mas al punto me detuve, asombrad√≠simo, al encontrarme en la primera l√≠nea con estas palabras, impresas en un tipo muy menudo: ¬ęNos telegraf√≠an de Miragno.¬Ľ ¬ę¬°Miragno! ¬ŅQui√©n diablos se habr√° suicidado en mi pueblo?¬Ľ

Y leí:

¬ęAyer, s√°bado, 28, encontr√≥se en la presa de un molino un cad√°ver en estado de putrefacci√≥n ya adelantada…‚ÄĚ

De pronto nublóseme la vista, pareciéndome cual si en el renglón siguiente hubiese leído el nombre de mi cortijo, y como me empezaba en leer con un ojo aquella letra tan menuda, me puse en pie para acercarme más a la luz.

‚Äú… putrefacci√≥n. El molino de referencia est√° sito en un cortijo llamado La Caba√Īa, a unos dos kil√≥metros del pueblo. Personada en el lugar del suceso la autoridad judicial, am√©n de un gent√≠o inmenso, procedi√≥se a sacar de la presa el cad√°ver, como as√≠ se hizo con las formalidades de rigor. M√°s tarde identific√≥se el cad√°ver, que result√≥ ser el de nuestro…‚ÄĚ

Di√≥me un vuelco el coraz√≥n y ech√©les, como alelado, una mirada a mis compa√Īeros de viaje, que dorm√≠an a pierna suelta.

¬ęPersonada en el lugar del suceso…, a sacar de la presa…, identific√≥se, el cad√°ver…. result√≥ ser el de nuestro bibliotecario…‚ÄĚ

– ¬ŅYo?

¬ęPersonada en el lugar del suceso…. m√°s tarde…. el de nuestro bibliotecario Mat√≠as Pascal, que hab√≠a desaparecido unos d√≠as antes. Causa del suicidio, contrariedades econ√≥micas.¬Ľ

– ¬ŅYo?… DesaparecidoIdentificadoMat√≠as Pascal

No s√© las veces que leer√≠a y reeler√≠a aquellos pocos renglones, fruncido el ce√Īo y alborotado el coraz√≥n. En el primer instante sublev√°ronseme, como protestando contra aquello, todas mis energ√≠as vitales, cual si aquella noticia, tan irritante en su impasible laconismo, pudiese tener validez incluso para m√≠. Ahora que, si para m√≠ no, para los dem√°s ten√≠a fuerza de verdad- , y la certeza que todo el mundo ten√≠a desde el d√≠a antes de que yo hab√≠a pasado a mejor vida, parec√≠ame una odiosa mixtificaci√≥n, continua, agobiadora, intolerable.

Torn√© a mirar a mis compa√Īeros de viaje, y, como si tambi√©n ellos, all√≠, en mis barbas, descansasen en aquella certidumbre, di√©ronme tentaciones de sacarlos de sus inc√≥modas y molestas actitudes y despabilarlos dici√©ndoles que aquello no era cierto.

Pero ¬Ņser√≠a posible? Y volv√≠ a leer una vez m√°s la desconcertante noticia.

No pod√≠a estarme ya quieto. Hubiera dado algo por que el tren se detuviese o se despe√Īase por un precipicio; aquel su andar mon√≥tono, de aut√≥mata, duro, sordo y pesado, aumentaba todav√≠a m√°s la nerviosidad en que me encontraba. No hac√≠a m√°s que abrir y cerrar las manos a cada momento, hinc√°ndome las u√Īas en las palmas; desdoblaba el peri√≥dico y pon√≠alo en alto para leer de nuevo aquella noticia, que ya me sab√≠a de memoria, al pie de la letra.

– ¬ŅIdentificado? Pero ¬Ņes posible que me hayan identificado?… ¬ęEn estado de putrefacci√≥n ya adelantada…‚ÄĚ ¬°Qu√© asco!

Vime por un momento all√≠, en las aguas verdinosas de la presa, flotando en ellas, sucio, tumefacto, horrible… Con instintivo movimiento de horror, cruc√© los brazos sobre el pecho y palp√©me y apretuj√©me con las manos.

– Yo no, yo no; pero ¬Ņqui√©n habr√° sido? Seguramente alguien que se me parec√≠a… Uno que quiz√° tambi√©n se dejase la barba como yo…, que tendr√≠a mi misma estatura… ¬°Y me han identificado! … Desaparecido hac√≠a unos d√≠as… ¬°Ah, ya! ¬°Hombre, dar√≠a cualquier cosa por saber qui√©n ha sido el que me ha identificado! ¬ŅEs posible que aquel desgraciado se pareciese tanto a m√≠, que fuese vestido como yo, que tuviese tanta semejanza conmigo como para dar el cambiazo? Pero s√≠, es posible; porque habr√° sido ella, mi suegra. ¬°Oh! ¬°Qu√© prisa se habr√° dado a identificarme! Le habr√° parecido mentira seguramente. ‚Äú¬°Es √©l! ¬°Es √©l! ¬°Mi yerno! ¬°Ay! ¬°Pobre Mat√≠asi ¬°Ay! ¬°Pobre hijo m√≠o!‚ÄĚ Y puede que tambi√©n haya soltado el trapo a llorar, y hasta que se haya hincado de rodillas junto al cad√°ver de aquel pobrecillo, que, por desgracia, no habr√° podido darle un puntapi√© y decirle: ‚Äú¬°Anda y vete de aqu√≠, que no te conozco!‚ÄĚ

Estaba yo que trinaba. Hasta que, por fin, paróse el tren en otra estación. Abrí la portezuela del coche y lancéme al andén, con la vaga idea de hacer algo, en seguida: un telegrama urgente desmintiendo aquel infundio.

El salto que di del vag√≥n al and√©n fue mi salvaci√≥n; como si me hubiese ahuyentado del caletre aquella necia idea, vislumbr√© en un santiam√©n… ¬°eso!: ¬°mi redenci√≥n, mi libertad, una vida nueva!

Llevaba encima ochenta y dos mil liras, que podr√≠a guardarme para m√≠ solito. Estaba muerto: no era ya de este mundo; no ten√≠a ya trampas, ni mujer, ni suegra; ¬°no ten√≠a a nadie! ¬°Libre! ¬°Libre! ¬°Libre! ¬ŅQu√© m√°s quer√≠a?

Extra√Īa figura deb√≠a yo hacer, mientras revolv√≠a tales pensamientos, sentado en un banco del and√©n. Hab√≠a dejado abierta la portezuela del coche. Vi a mi alrededor mucha gente que me gritaba no s√© qu√©; hasta que, por fin, uno fue y me empuj√≥, grit√°ndome m√°s fuerte:

– ¬°Que se va el tren!

– ¬°Pues d√©jelo que se vaya se√Īor m√≠o! – grit√©le a mi vez. ¬°Yo hago transbordo!

Asaltóme después una duda: la de si no habrían ya desmetido aquella noticia y reconocido en Miragno el error; si no se habrían presentado los parientes del muerto verdadero a rectificar la falsa identificación.

Antes de entregarme a aquella alegr√≠a deb√≠a cerciorarme bien, procurarme noticias precisas y con pormenores. Pero, ¬Ņc√≥mo agenci√°rmelas?

Met√≠ la mano en el bolsillo en busca del peri√≥dico. Me lo hab√≠a dejado en el tren. Volv√≠me a mirar la desierta v√≠a del tren, que se alargaba, brillante, un trecho, en el silencio de la noche, y me sent√≠ como perdido en el vac√≠o, en aquella m√≠sera estaci√≥n de tercer orden. Luego hubo de asaltarme otra duda, todav√≠a peor. ¬ŅNo habr√≠a yo so√Īado todo aquello?

Pero no.

¬ęNos telegraf√≠an de Miragno, ayer, s√°bado, 28 …‚ÄĚ

Ya lo estaba viendo: podía repetir al pie de la letra el telegrama. ¡No cabía la menor duda! Aunque aquellas pocas líneas no podían bastarme.

Mir√© el nombre de la estaci√≥n: ¬ęAlenga¬Ľ.

¬ŅNo podr√≠a encontrar por all√≠ otros peri√≥dicos? Record√© que era domingo, y, por lo tanto, que aquella ma√Īana habr√≠a salido Il Foglietto, el √ļnico peri√≥dico de la localidad. Era menester buscar a toda costa un n√ļmero del peri√≥dico, el cual traer√≠a todos los pormenores del suceso, que yo necesitaba. Pero, ¬Ņc√≥mo esperar que en Alenga hubiese n√ļmeros de Il Foglietto? Bueno, pues le telegrafiar√≠a con un nombre postizo a la Redacci√≥n del peri√≥dico. Conoc√≠a mucho a su director, Miro Colzl, Alondrilla, como todos lo llaman en Miragno desde que siendo un pollito, public√≥ con tan bello t√≠tulo su primero y √ļltimo libro de versos.

¬°Y poco hueco que se pondr√≠a Alondrilla al ver que le ped√≠an desde Alenga nada menos que n√ļmeros de su peri√≥dico! Seguramente la noticia m√°s interesante de la semana, y, por lo tanto, lo m√°s saliente del n√ļmero, deb√≠a de ser mi suicidio. Pero, ¬Ņno me expondr√≠a con aquella demanda ins√≥lita al riesgo de que Alondrilla concibiese alguna sospecha?

– ¬°Qui√°! – pens√© despu√©s- . Alondrilla estar√° convencid√≠simo de que me he ahogado de veras. Y creer√° que por lo que le piden esos n√ļmeros es por alguna otra cosa que traiga el peri√≥dico. Hace ya tiempo que la tiene tomada con el Municipio, a fin de que traiga las aguas al pueblo y ponga alumbrado de gas. Seguramente creer√° que esa campa√Īa suya es la causa de tal expectaci√≥n.

Salí del andén.

Por fortuna, el auriga del √ļnico coche, el del correo, estaba todav√≠a all√≠ charlando con los empleados del tren; el pueblo distaba unas tres horas de la estaci√≥n, y el camino era todo una pura cuesta.

Monté en aquel decrépito carricoche derrengado y sin faroles, y ¡arrea, cochero, por esas oscuridades!

Con tantas cosas como tenía en que pensar, de cuando en cuando veníaseme de nuevo a la memoria, en aquella negra y desconocida soledad, la violenta impresión sufrida al leer aquella noticia que tan de cerca me tocaba, y entonces sentíame por un momento perdido en el vacío, como poco antes a la vista de la desierta vía del tren, pavorosamente desligado de la vida, sobreviviente de mí mismo, como loco, con la esperanza de vivir más allá de la muerte, sin vislumbrar todavía en qué forma.

Por distraerme, preguntéle al cochero si no habría en Alenga alguna agencia periodística.

– ¬ŅC√≥mo dice usted? No, se√Īor.

– Pero, ¬Ņen Alenga no hay peri√≥dicos?

– ¬°Ah! ¬°Eso, s√≠, se√Īor! Quien los vende es el boticario, Grottanelli.

– Y habr√° posada, ¬Ņno?

– S√≠, se√Īor; la de Palmentino.

Se hab√≠a apeado del pescante por aligerar un poco al pobre jamelgo, que apenas pod√≠a con su estampa. Yo no le ve√≠a bien, hasta que por fin hubo de encender la pipa y entonces se me hizo clara su imagen, y pens√© para mis adentros: ‚Äú¬°Si supiera a qui√©n lleva en su coche! …‚ÄĚ

Y a rengl√≥n seguido h√≠ceme la pregunta: ¬ęPero, ¬Ņa qui√©n lleva, si ni siquiera lo s√© yo mismo? ¬ŅQui√©n soy yo ahora? ¬°Vamos a ver! ¬ŅQui√©n soy? Por lo pronto, me hace falta ponerme un nombre, un nombre cualquiera; pero en seguidita, a fin de poder firmar el telegrama y no tener que andar pensando, si me lo preguntan en la fonda. Por ahora bastar√° con eso. ¬°Vamos a ver! ¬ŅC√≥mo es mi gracia?

Jam√°s hubiera sospechado que pudiera costarme tantos sudores y apuros la elecci√≥n de nombre y apellido. A no ser que se me hubiera secado el cerebro por efecto de la emoci√≥n sufrida y las preocupaciones consiguientes. ¬°Sobre todo el apellido! Un√≠a s√≠labas al tunt√ļn, y sal√≠an algunos apellidos, como Strozzani, Parbetta, Martoni, Bartusi, que me pon√≠an los nervios de punta. No les encontraba la menor propiedad, ni pizca de sentido. Como si, despu√©s de todo, hubiesen de tener alguno los apellidos. ‚Äú¬°Ea! – me dije- . ¬°Escoger√© uno cualquiera! … Martoni, por ejemplo… ¬ŅPor qu√© no? Carlos Martoni… Eso es. ¬°Ya est√°!‚ÄĚ Pero luego, a rengl√≥n seguido, me encog√≠a de hombros: ¬ęS√≠, Carlos Martello …‚ÄĚ Y vuelta otra vez con la misma…

Llegu√© al pueblo sin haberme decidido por ning√ļn nombre. Gracias que all√≠, en la botica, cuyo titular √©ralo al mismo tiempo de la estafeta postal y telegr√°fica, am√©n de ejercer la corresponsal√≠a de los peri√≥dicos que llegaban a la localidad, no tuve necesidad de declarar mi gracia. Compr√© los pocos peri√≥dicos que el hombre ten√≠a a la venta, peri√≥dicos genoveses: Il Caffaro e Il Secolo XIX; luego pregunt√©le si ten√≠a tambi√©n Il Foglietto, de Miragno.

Tenía el tal Grottanelli cara de lechuza, con un par de ojos redondos y como de cristal, que venían a cubrir de cuando en cuando, como con pena, unos párpados cartilaginosos, y una nariz acaballada que le llegaba hasta la barba. No tenía cuello, y cojeaba de un pie.

– ¬ŅIl Foglietto? En mi vida lo he o√≠do nombrar. – Es un periodiquillo de provincia, que s√≥lo se publica una vez a la semana – le expliqu√©- . Quisiera un n√ļmero, el de hoy, ¬°claro!

РPues en mi vida lo he oído Рrepitióme.

– Bueno. Pues mire usted: yo quisiera ponerlo un telegrama a la Redacci√≥n pidiendo diez, veinte n√ļmeros, para que me los enviasen en seguida, a fin de recibirlos ma√Īana mismo, o antes, de poder ser. ¬ŅSe podr√°?

El hombre no me respond√≠a. Con los ojos fijos, puestos en blanco, segu√≠a repitiendo: ¬ę¬ŅIl Foglietto?… En mi vida lo he o√≠do nombrar.¬Ľ Hasta que, por √ļltimo, decidi√≥se a redactar el telegrama bajo mi dictado, indicando como se√Īas adonde enviar los n√ļmeros su farmacia.

Y al otro d√≠a, despu√©s de una noche en claro, asaltado de un tempestuoso marem√°gnum de pensamientos, entreg√°ronme en la posada del Palmentino quince n√ļmeros de Il Foglietto.

En los dos periódicos de Génova, que apenas me quedé solo dime prisa en repasar, no encontré la menor indicación referente al dichoso suicidio. Al abrir Il Foglietto temblábanme las manos. En primera plana, nada. Recorrí con la vista las dos planas centrales y de pronto metióseme por los ojos una cabecera de luto que encabezaba la tercera plana, y debajo de la cual campeaba mi nombre en letras muy gordas. El suelto decía así:

¬ęMatias Pascal

¬ĽNo se ten√≠an noticias de √©l desde hac√≠a algunos d√≠as; d√≠as de tremenda consternaci√≥n y de inenarrable angustia para la familia desolada; consternaci√≥n y angustia compartidas por la flor de nuestro vecindario, que lo quer√≠a y apreciaba por la bondad de su alma, la jovialidad de su car√°cter y aquella su innata modestia, que le hab√≠a permitido, aparte otras dotes, soportar sin vilipendio y con resignaci√≥n los adversos azares que, desde la despreocupada holgura, hab√≠anlo reducido en los √ļltimos tiempos a un estado humilde.

¬ĽCuando, al segundo d√≠a de su ausencia inexplicable, traslad√≥se la familia impresionada a la Biblioteca Boccamazza, donde el finado, celos√≠simo de su deber, pas√°base casi todo el d√≠a enriqueciendo con doctas lecturas su despejada inteligencia, encontr√≥ cerrada la puerta. S√ļbitamente, ante aquella puerta cerrada, surgi√≥, negra Y trepidante, la sospecha; sospecha pronto alimentada por la esperanza, que dur√≥ varios d√≠as, pero que poco a poco fue debilit√°ndose, de si se habr√≠a extra√Īado del pueblo por alguna secreta raz√≥n.

¬ĽPero, ¬°ay!, ¬°que la verdad era muy otra!

¬ĽLa p√©rdida reciente de su adorada madre, y al mismo tiempo de su √ļnica hijita, consecutivas a la p√©rdida de sus bienes, hab√≠a trastornado profundamente el esp√≠ritu de nuestro pobre amigo. Tanto, que har√° unos tres meses ya intent√≥ poner fin a su m√≠sera existencia, precisamente en la presa del mismo molino que le recordaba los pasados esplendores de su casa y sus tiempos felices.

¬ę… Ning√ļn dolor m√°s grande que del tiempo felice recordarse en la miseria…

¬ĽCon l√°grimas en los ojos y sollozando nos lo refer√≠a, ante el desfigurado cad√°ver que chorreaba agua, un anciano molinero, fiel y devoto a la familia de sus antiguos amos. Hab√≠ase cerrado, l√ļgubre, la noche; hab√≠an puesto en el suelo, junto al cad√°ver, que vigilaban dos guardias civiles, un farolillo encarnado, y el anciano Felipe Brina – se lo recomendamos a la admiraci√≥n de las almas buenas-¬† hablaba y lloraba con nosotros. La triste noche de marras hab√≠a logrado disuadirle de su fatal prop√≥sito; pero esta segunda vez no estuvo all√≠ – Felipe Brina para impedir la consumaci√≥n del l√ļgubre designio. Y Mat√≠as Pascal permaneci√≥ toda una noche y la mitad del siguiente d√≠a en la presa del referido molino.

¬ĽNo tenemos ni remotamente la pretensi√≥n de describir la desgarradora escena que se desarroll√≥ en el lugar del suceso cuando anteayer, al caer la tarde, la desconsolada viuda encontr√≥se delante de los irreconocibles restos mortales de su amado esposo, que hab√≠a ido a unirse con su hijita.

¬ĽEl pueblo entero la ha acompa√Īado en su justo dolor, y as√≠ ha querido demostr√°rselo siguiendo hasta la morada postrera al cad√°ver, al cual dirigi√≥ breves y conmovidas palabras de adi√≥s nuestro asesor municipal, caballero Pomino.

¬ĽNosotros hacemos presente a la desventurada familia, sumida en tan horrible duelo, y a su hermano Roberto, ausente de Miragno, la expresi√≥n de nuestro p√©same m√°s sentido, y con el coraz√≥n desgarrado le decimos por vez postrera a nuestro pobre amigo Mat√≠as:

¬Ľ¬°Adi√≥s, amigo querido! ¬°Adi√≥s!

¬ĽM. C.¬Ľ

Aun sin esas dos iniciales hubiera adivinado que era Alondrilla el autor de la necrología.

Pero debo confesar, ante todo, que la vista de mi nombre, estampado allí, debajo de aquella cabecera negra, con todo y esperarlo, no sólo no me hizo gracia alguna, sino que fue la causa de que se me acelerasen los latidos del corazón en tal forma, que al cabo de unos cuantos renglones vime obligado a suspender la lectura. La tremenda consternación e inenarrable angustia de mi familia no me movieron a risa, así como tampoco el afecto y la estimación en que tenían mis virtudes mis paisanos. El recuerdo de aquella tristísima noche del cortijo, a raíz de morir mi madre y mi nena, que el articulista aducía como una prueba, y acaso la más poderosa de mi suicidio, sorprendióme a lo primero como una imprevista y siniestra participación en el lance, ocasionándome luego remordimientos y sonrojo.

¬°No! No me hab√≠a matado por la muerte de mi madre y de mi nena, con todo y haber√≠o pensado aquella noche. Sino que hab√≠a huido de mi casa, es verdad que desesperado; pero he aqu√≠ que ahora volv√≠a de una timba, donde la Fortuna hab√≠ame sonre√≠do del modo m√°s peregrino, y continuaba sonri√©ndome todav√≠a; y, en cambio, otro se hab√≠a suicidado por m√≠, seguramente un forastero, al cual yo le robaba el llanto de los parientes lejanos y de los amigos, conden√°ndolo – ¬°oh, suprema irrisi√≥n!-¬† a sufrir lo que no le correspond√≠a: un llanto postizo y hasta el elogio f√ļnebre del remilgado caballero Pomino.

Esa fue mi primera impresi√≥n al leer aquella mi necrolog√≠a en Il Foglietto. Pero luego hube de recapacitar en que aquel pobre hombre hab√≠a muerto, no ciertamente por mi culpa, y que yo, con declararme vivo, no hab√≠a ya de resucitarlo a √©l, adem√°s, ca√≠ en la cuenta de que aprovech√°ndome de su muerte no s√≥lo no timaba a sus parientes, sino que hasta les hac√≠a un bien, ya que para ellos el muerto no era el muerto, sino yo, y as√≠ pod√≠an creerlo desaparecido y abrigar la esperanza de v√©rselo entrar alg√ļn d√≠a por sus puertas.

Quedaban mi mujer y mi suegra. ¬ŅDeb√≠a yo dar cr√©dito a toda aquella pena por mi muerte, a su inenarrable angustia, a su tremenda consternaci√≥n, de que se hac√≠a eco el f√ļnebre suelto de Alondrilla? ¬°Pero si bastaba con haberle abierto un ojo a aquel pobre difunto para convencerse de que no era yo! Y aun suponiendo que los dos se los hubiere dejado en el fondo de la presa, ¬°por los clavos de Cristo!, que no hay mujer en el mundo que confunda tan f√°cilmente a su marido con un extra√Īo. ¬ŅSe habr√≠an apresurado a identificarme con aquel muerto? ¬ŅEsperar√≠a mi suegra que ahora Malagna, conmovido y no del todo limpio de remordimientos por mi b√°rbaro suicidio, acudiese en ayuda de la pobre sobrina viuda? Bueno; ¬°pues por m√≠ no hab√≠a de quedar! ¬ŅMuerto? ¬ŅAhogado? Est√° bien; ¬°una cruz y no se hable m√°s!

Me levanté, estiré los brazos y lancé un larguísimo suspiro de satisfacción.

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