El difunto Matias Pascal – Capitulo 6 – Tac… tac tac…

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 6

El difunto Matias Pascal
Capitulo 6
Tac… tac tac…

Sólo ella, allí dentro, aquella bolita de marfil, corriendo, con aquel garbo, en la roulette, en sentido inverso al cuadrante, parecía como si jugase.

– Tac, tac, tac…

Ella sola, no aquellos que la miraban, presa del suplicio que les inflig√≠a el capricho de aquella bolita a la que all√° abajo, en los cuadraditos amarillos del tablero, hab√≠anle consagrado, como en oferta votiva, oro y m√°s oro, aportados por manos que temblaban ahora en la congojosa expectaci√≥n, palpando inconscientemente otro oro, el de la puesta pr√≥xima, mientras los ojos, suplicantes, parec√≠an decir: ¬ę¬°P√°rate donde quiero, garbosa bolita de marfil, cruel diosa nuestra!¬Ľ

Encontr√°bame casualmente en Montecarlo.

Despu√©s de una de las acostumbradas peloteras con mi suegra y mi ¬ęcostilla¬Ľ, que ahora, agobiado y deca√≠do como estaba yo por efecto de la reciente doble desgracia, caus√°banme insufribles disgustos, no sabiendo ya c√≥mo resistir al tedio, mejor dicho, al asco de vivir as√≠, miserablemente, sin probabilidad ni esperanza de mejora, sin aquel consuelo que antes siquiera ten√≠a con mi ni√Īa, ni compensaci√≥n alguna, por peque√Īa que fuere, a la amargura, al odioso abatimiento, a la horrible situaci√≥n en que me ve√≠a hundido, adoptando una resoluci√≥n casi inopinada, hui del pueblo, a pie y con las cincuenta liras de Berto en el bolsillo.

En tanto caminaba, hacía propósito de trasladarme a Marsella desde la estación férrea del vecino pueblo al cual me dirigía; llegado a Marsella, me embarcaría allí, aunque fuere con un billete de tercera clase, con rumbo a América, a probar fortuna.

¬ŅQu√© hubiera podido ocurrirme, despu√©s de todo, peor que lo que llevaba sufrido y segu√≠a sufriendo en mi casa? Cierto que tendr√≠a que echarme al cuello otras cadenas, mas no podr√≠an parecerme m√°s pesadas que las que ahora quer√≠a quitarme del pie. Aparte de que as√≠ ver√≠a otras tierras, otras gentes y otra vida, sustray√©ndome, cuando menos, a la opresi√≥n que me sofocaba y rend√≠a.

Sólo que al llegar a Niza sentí que me faltaban los ánimos. Hacía tiempo ya que habían pasado a la Historia mis ímpetus juveniles; el tedio habíame corroído en demasía por dentro y abatido los bríos. Lo que más me desanimaba era la escasez de dinero con que hubiera tenido que aventurarme a las incertidumbres de la suerte, tan lejos de mi tierra, metido de pronto en una vida totalmente ignorada y sin preparación alguna.

As√≠ que al entrar en Niza, no muy resuelto todav√≠a a volverme a casa, seg√ļn como iba dando vueltas por la poblaci√≥n, ocurri√≥me detenerme delante de una gran tienda de la Avenue de la Gare, donde estaba esta muestra, con unas letras muy gordas y doradas:

dr- pot de roulette de precision

Hab√≠alas en el escaparate de todas dimensiones, con otros utensilios de juego y varios op√ļsculos que llevaban en la cubierta dibujada una roulette.

Sabido es lo fácilmente que se vuelven supersticiosos los desventurados, por más que luego hagan burla de la credulidad ajena y aun de las esperanzas que a ellos mismos les hace concebir, a veces de repente, la superstición, y que, como es natural, nunca se realizan.

Recuerdo que yo, despu√©s de haber le√≠do el t√≠tulo de uno de aquellos op√ļsculos, M√©thode pour gagner a la roulette, alej√©me del escaparate con desde√Īosa y conmiserativa sonrisa.

Y, sin embargo, a los pocos pasos volv√≠me atr√°s, y – por curiosidad, ¬°claro!, no por otra cosa- , con aquella misma sonrisa desde√Īosa y conmiserativa en los labios, entr√© en la tienda y compr√© el op√ļsculo.

No sab√≠a en absoluto de qu√© se tratase ni en qu√© consistiese aquel juego, ni su disposici√≥n. P√ļseme a leer el folletito; mas no sacaba casi nada en limpio.

РQuizá sea Рme dije-  porque ando muy mal de francés.

No me lo hab√≠a ense√Īado nadie, y lo poco que sab√≠a hab√≠alo aprendido leyendo en los librotes de la Biblioteca; no estaba tampoco nada bien tocante a pronunciaci√≥n, y tem√≠a que al hablar se me riesen en las barbas.

Este temor, precisamente, fue la causa de que anduviese yo perplejo al principio sobre si ir o no ir. S√≥lo que luego recapacit√© que hab√≠a salido de casa con intenci√≥n de aventurarme hasta Am√©rica, falto de todo recurso y sin siquiera conocer de vista el ingl√©s y el espa√Īol; as√≠ que con el poco franc√©s que sab√≠a, y guiado por mi folleto, bien pod√≠a largarme hasta Montecarlo, que estaba all√≠ mismito y como al alcance de la mano. – Ni mi suegra ni mi mujer – dec√≠a yo, para mis adentros, en el tren-¬† tienen la menor noticia de estos cuartos que llevo en la cartera. Ir√© a echarlos all√≠ sobre el tapete verde, para quitarme de toda tentaci√≥n. Espero que habr√° de quedarme lo suficiente para volver a casa. Y si no…¬†¬† Hab√≠a o√≠do decir que en el jard√≠n de la gran timba hab√≠a unos √°rboles muy gallardos y muy recios. En resumidas cuentas: siempre tendr√≠a el recurso de colgarme econ√≥micamente de uno de ellos con el cintur√≥n que me sujetaba los pantalones, y hasta dar√≠a el golpe as√≠, pues todo el mundo dir√≠a: ‚Äú¬°Qui√©n sabe cu√°nto habr√° perdido ese pobre hombre!‚ÄĚ

Aunque, si he de decir la verdad, esperaba que me fuera mejor.

La entrada a la timba no est√° mal, no; se ve que tuvieron la intenci√≥n de alzar un templo a la Fortuna con aquellas ocho columnas de m√°rmol. Una puerta muy grande, y dos laterales, m√°s peque√Īas. En cada una de √©stas le√≠ase este r√≥tulo: ¬ęTirez¬Ľ, y hasta aqu√≠ si llegaba yo. Cal√©me tambi√©n el ¬ęPoussez¬Ľ del portal√≥n grande, que indudablemente quer√≠a decir lo contrario y empuj√© y entr√©.

¬°Qu√© gusto tan p√©simo! Lo menos que pod√≠an hacer era ofrecerles a los que van all√≠ a dejarse tanto dinero encima del tapete verde la satisfacci√≥n de verse en un lugar menos suntuoso y m√°s bello. Todas las poblaciones grandes tienen a gala el poseer un hermoso matadero para los pobres animales, que, como faltos que est√°n de toda educaci√≥n, no pueden sacarle ning√ļn gusto a estar all√≠. Tambi√©n es verdad, sin embargo, que la mayor parte de la gente que va a la gran timba en lo que menos piensa es en reparar en el gusto del decorado de aquellas cinco salas, de igual manera que los que se sientan en aquellos divanes no suelen hallarse en condiciones de notar la dudosa elegancia de su hechura.

Por lo general, toman asiento en ellos unos desgraciados a los cuales la pasi√≥n del juego les ha sorbido el seso por modo sumamente singular; p√≥nense all√≠ a estudiar muy atentos el llamado equilibrio de las probabilidades y a meditar seriamente las jugadas que puedan aventurarse, urdiendo entre s√≠ todo un plan de juego y hasta consultando apuntes sobre las alternativas de los n√ļmeros; en resumidas cuentas: que se proponen extraer la l√≥gica del caso, que es como si dij√©ramos sacar agua de una piedra, no dudando lo m√°s m√≠nimo de que hoy o ma√Īana han de logr√°rseles sus combinaciones.

Pero no hay que maravillarse de nada.

– ¬°Ah! ¬°El doce! ¬°El doce! – dec√≠ame un se√Īor de Lugano, un hombret√≥n cuya presencia suger√≠a las m√°s consoladoras reflexiones sobre las resistentes energ√≠as de la raza humana- . ¬°El doce es el rey de los n√ļmeros! Lo tengo adoptado por m√≠o. ¬°No me hace traici√≥n nunca! Se divierte, eso s√≠, y hasta con excesiva frecuencia, en darme achares, pero luego termina siempre recompens√°ndome por mi fidelidad.

Aquel hombret√≥n estaba prendado del n√ļmero 12, y no atinaba a hablar de otra cosa. Refiri√≥me que el d√≠a antes no hab√≠a querido salir su n√ļmero ni una sola vez, a pesar de lo cual no se hab√≠a dado √©l por vencido, poniendo siempre al doce, firme en la brecha hasta lo √ļltimo, hasta que, por fin, los croupiers anunciaron:

– Messieurs, aux trois derniers!

Pues bueno: al primero de aquellos tres √ļltimos golpes, nada; ni tampoco al segundo; pero al tercero y √ļltimo, ¬°p√°smense ustedes!, va y sale el 12.

Р¡Me habló! Рterminaba el punto, con los ojos brillantes de alegría- . ¡Me habló!

Cierto que, como no hab√≠a hecho en todo el d√≠a m√°s que perder, s√≥lo pudo apuntar a la √ļltima puesta unos cuantos escudos; de suerte que, en resumidas cuentas, no pudo rehacerse. Mas ¬Ņqu√© le importaba? ¬°El n√ļmero 12 le hab√≠a hablado!

Al o√≠r tales razonamientos vini√©ronseme a la memoria cuatro versos del pobre Pinzone, cuyo √°lbum de rimas peregrinas, que apareci√≥ al levantar la casa, tiene ahora alojamiento en nuestra biblioteca, y quise recit√°rselos a aquel buen se√Īor:

Estaba ya cansado de aguardar a la Fortuna.
La voluble diosa
tenía, sin embargo, que llegar.
Y lleg√≥, finalmente, mas ti√Īosa.

El caballero, entonces, llevóse ambas manos a la cabeza y contrajo dolorosamente todo el rostro. Yo lo miré, sorprendido, primero, y luego, consternado.

– ¬ŅQu√© le pasa a usted?

– No es nada. Que me r√≠o – respondi√≥me. ¬°As√≠ re√≠a aquel hombre! Le dol√≠a tanto la cabeza, que no pod√≠a sufrir la sacudida de la risa. ¬°Para que se enamore nadie del n√ļmero 12!

Antes de probar fortuna – aunque sin pizca de ilusi√≥n- , juzgu√© oportuno estarme alg√ļn rato de mir√≥n a fin de percatarme bien de la marcha del juego.

No me pareci√≥ tan complicado como imaginara yo por la lectura del op√ļsculo.

En medio de la mesa, sobre el tapete verde numerado, estaba colocada la ruleta. Todo alrededor, los puntos – caballeros y se√Īoras, viejos y j√≥venes, de todos los pa√≠ses y todas las clases sociales- , sentados los unos, y en pie los otros, d√°banse una prisa nerviosa a poner montones y montoncitos de luises y escudos y billetes de Banco en los n√ļmeros amarillos de los cuadritos; los que no lograban acercarse, o no quer√≠an tomarse esa molestia, dec√≠anle al croupier los n√ļmeros y colores que quer√≠an jugar, y en seguida, el croupier, con la raqueta, dispon√≠a sus puestas seg√ļn sus indicaciones y con una destreza maravillosa. Hac√≠ase luego el silencio, un silencio extra√Īo, angustioso, casi vibrante, de contenida violencia, √ļnicamente interrumpido de trecho en trecho por la voz mon√≥tona y so√Īolienta del croupier:

– Messieurs, faites vos jeux!

Mientras de otros sitios, junto a otras bancas, otras voces igualmente monótonas clamaban:

– Le ieu est fait! Rien ne va plus!

Hasta que, por √ļltimo, lanzaba el croupier la bola a lo largo de la ruleta.

Tac, tac, tac…

Y todos los ojos volvíanse a ella con diversa expresión de ansiedad, de reto, angustia y terror. Algunos de los que permanecían de pie, a espaldas de los que habían tenido la suerte de encontrar un asiento, inclinábanse hacia adelante con objeto de ver sus puestas, antes que se las barriesen las implacables raquetas de los croupiers.

A lo √ļltimo iba a parar la bola al cuadrante, y el croupier repet√≠a con su voz de siempre la f√≥rmula ritual y cantaba el n√ļmero agraciado y el color.

Yo arriesgué la primera puesta de unos cuantos escudos en la banca de la izquierda de la primera sala, apuntando a la ventura a un 25; y quedéme también mirando la pérfida bolita, pero sonriendo como por efecto de un peregrino cosquilleo interno en el vientre.

Par√≥ la bola en el cuadrante, y…

РVingt- cinq! Рanunció el croupier- . Rouge, impair et passe!

¬°Hab√≠a ganado! Tend√≠ la mano a mi montoncillo de dinero, que se hab√≠a multiplicado, y me dispuse a retirarlo, cuando un t√≠o muy alto y anch√≠simo de hombros, que los ten√≠a algo subidos, y encima de ellos, como remate, una cabecita muy peque√Īa, con lentes de oro cabalgando sobre la nariz, acaballada, y una frente muy estrecha y unos pelos largos y lacios, que le daban en el pescuezo, entre rubios y grises, como la tirilla y los bigotes, me apart√≥ la mano sin el menor miramiento y arrambl√≥ con mis ganancias.

Con lo poquísimo que sabía de francés intenté hacerle notar que se había equivocado, ¡claro que involuntariamente!

Era alem√°n el t√≠o y chapurreaba el franc√©s todav√≠a peor que yo, aunque ten√≠a, a la verdad, los br√≠os de un le√≥n, y se me ech√≥ encima diciendo que quien estaba equivocado era yo y que aquel dinero era suyo. Yo esparc√≠ la vista alrededor estupefacto; nadie chistaba, ni siquiera mi vecino, con todo y haberme visto poner a m√≠ aquel pu√Īado de escudos al 25. Mir√© a los croupiers: ¬°inm√≥viles, impasibles como estatuas! ‚Äú¬°Ah! … ¬ŅS√≠?¬Ľ, dije entre m√≠, y con mucha tranquilidad recog√≠ los otros escudos que hab√≠a puesto en la mesita que ten√≠a delante y me largu√©.

¬ę¬°Vaya un m√©todo potir gagner √° la roulette! – me dije- . Ese no est√° registrado en mi folleto. ¬°Y qui√©n sabe si, despu√©s de todo, no ser√° el √ļnico!¬Ľ

Pero la Fortuna, no sé por qué designios secretos suyos, quiso darme un solemne y memorable mentís.

Habi√©ndome acercado a otra banca donde jugaban fuerte, est√ļveme un buen rato observando a los puntos que la rodeaban; eran en su mayor√≠a caballeros de frac, y hab√≠a entre ellos algunas damas, de las cuales m√°s de una pareci√≥me algo equ√≠voca. A lo primero no hubo de inspirarme mucha confianza la vista de un hombrecillo rubio, muy rubio, con unos ojos grandes, azules, inyectados en sangre y sombreados por unas cejas casi blancas; vest√≠a tambi√©n de frac, pero a la legua se ve√≠a que no estaba hecho a llevarlo; tuve curiosidad por verlo en la prueba; apunt√≥ fuerte y perdi√≥; no se inmut√≥ lo m√°s m√≠nimo; volvi√≥ a apuntar, fuerte tambi√©n, y entonces me dije: ‚Äú¬°Bah! Este hombre no es capaz de echarle la zarpa a mis cuartejos.¬Ľ Aunque al principio hubiera sufrido aquella escaldadura, me avergonc√© de mi sospecha. Habiendo all√≠ tanta gente que tiraba a pu√Īados el oro y la plata, como si fuesen arena, sin pizca de temor, ¬Ņiba yo a inquietarme por aquella miseria?

Observ√©, entre otros, a un pollito, p√°lido como la cera y con un gran mon√≥culo en el ojo izquierdo, el cual afectaba un aire de so√Īolienta indiferencia; estaba sentado de medio ganchete y se sacaba los luises del bolsillo del pantal√≥n y los pon√≠a al tunt√ļn a un n√ļmero cualquiera; y sin mirar a la ruleta, atus√°ndose los cuatro pelos del incipiente bigotillo, aguardaba a que parase la bola, pregunt√°ndole entonces a su vecino si hab√≠a perdido.

No le vi ganar ni una sola vez.

Era su vecino un caballero delgado, elegantísimo y como frisando en los cuarenta; pero tenía el pescuezo demasiado largo y fino, y casi le faltaba la barbilla; tenía además un par de ojillos negros y vivarachos, y un hermoso pelo, negro como la pluma del cuervo, y levantado sobre la coronilla. Saltaba a la vista que gozaba contestándole que sí al joven que perdía. El, por su parte, ganaba algunas veces.

Coloqu√©me junto a un se√Īor gordo, de tez tan morena que parec√≠a tener como ahumadas las ni√Īas de los ojos y las cejas; ten√≠a el pelo canoso, de color de herrumbre, y el bigote todav√≠a negro y rizado; respiraba fuerza y salud, y, sin embargo, como si el rodar de la bolita de marfil le provocase un ataque de asma, entr√°banle unos estertores hondos e irresistibles. La gente volv√≠ase a mirarlo; pero √©l apenas si lo notaba; cuando se percataba de ello contentase por un instante, esparc√≠a la vista a la redonda con nerviosa sonrisa y volv√≠a a resollar fuerte, sin poderse reprimir, hasta que la bola paraba.

Poco a poco, a fuerza de mirar, volvi√≥ a entrarme la fiebre del juego. Los primeros golpes me salieron mal. Luego empec√© a sentirme como en un estado de inspirada embriaguez muy curioso; obraba casi autom√°ticamente, obedeciendo a imprevistas e inconscientes corazonadas; pon√≠a siempre el √ļltimo, despu√©s que todos los dem√°s, y ¬°zas!, de pronto adquir√≠a la conciencia, la certidumbre de que hab√≠a de ganar, y ganaba. Al principio pon√≠a poco; pero luego fui aumentando las puestas sin sentir. Aquella suerte de embriaguez l√ļcida iba creciendo sin cesar en m√≠, y aunque me viniera la contraria, no se empa√Īaba lo m√°s m√≠nimo, pues aun entonces parec√≠ame como si yo lo hubiera previsto; es m√°s, algunas veces sol√≠a decirme para mis adentros: ‚Äú¬°Lo que es ahora perder√©; no tengo m√°s remedio que perder!‚ÄĚ Estaba como electrizado. En determinado momento diome la inspiraci√≥n por arriesgarlo todo, y as√≠ lo hice, despidi√©ndome por anticipado de mi dinero; pero gan√©. Zumb√°banme los o√≠dos; chorreaba todo mi cuerpo un sudor helado. Pareci√≥me que uno de los croupiers, como asombrado de mi continua suerte, me estaba observando. En el estado de agitaci√≥n en que me encontraba, interpret√© la mirada de aquel t√≠o como un reto, y volv√≠ a arriesgar de nuevo todas mis ganancias, am√©n de la cantidad inicial, sin pararme a meditar en lo que hac√≠a; fu√©seme la mano tras el mismo n√ļmero de antes, un 35; estuve por desviarla, pero no: volv√≠ a poner all√≠ el dinero como si alguien me lo hubiera mandado. Cerr√© los ojos. Deb√≠a de estar horrorosamente p√°lido. H√≠zose un gran silencio y pareci√≥me como si se hubiera hecho por m√≠ solo y que todos tuvieran el alma en un hilo con la misma terrible ansiedad que yo. Rod√≥ la bola; estuvo rodando una eternidad, con una lentitud que agravaba a cada segundo la insufrible tortura. Hasta que al fin par√≥.

Yo me esperaba que el croupier cantaría, como así fue, con su voz de siempre, que a mí me sonaba lejanísima:

– Trente- cinq, noir, impair et passe!

Cog√≠ el dinero y tuve que apartarme de all√≠ como un borracho. Dej√©me caer en el div√°n, rendido, y apoy√© la cabeza en el respaldo con una necesidad imprevista, irresistible, de dormir, de reponer mis fuerzas con un poco de sue√Īo. Y ya me iba rindiendo a √©l cuando sentime encima un peso, un peso material, que me hizo dar un respingo. ¬ŅCu√°nto hab√≠a ganado? Abr√≠ los ojos; pero tuve que volver a cerrarlos inmediatamente: se me iba la cabeza. Hac√≠a en la sala un calor sofocante. ¬°C√≥mo! ¬ŅPero ya era de noche? Hab√≠a visto las luces encendidas. Pues ¬Ņcu√°nto tiempo hab√≠a estado jugando? Me levant√© despacito y me fui.

Fuera, en el portal, era a√ļn de d√≠a. La frescura del aire me reanim√≥.

Paseaba por allí mucha gente: personas solas, meditabundas, y también grupos de dos o tres, charlando y fumando.

Me puse a observarlos a todos. Forastero en la poblaci√≥n, lleno de cortedad todav√≠a, hubiera querido adaptarme un poco al ambiente, uniformarme, y estudiaba a aquellos paseantes que me parec√≠an m√°s desenvueltos, m√°s due√Īos de s√≠; s√≥lo que, cuando menos lo esperaba, alguno de aqu√©llos pon√≠ase de pronto muy p√°lido, lanzaba la vista al vac√≠o, dejaba de hablar, tiraba el cigarrillo, y entre las risas de sus compa√Īeros volv√≠a a meterse en la sala de juego. ¬ŅPor qu√© se reir√≠an sus compa√Īeros? Tambi√©n yo sonre√≠a, mirando como un pasmado.

РA toi, mon cheri! Рsentí que me decía por lo bajo una voz femenina, un tanto bronca.

Volv√≠me, y vi ante m√≠ una de aquellas se√Īoras que estaban sentadas en torno a la ruleta y que con mucha amabilidad ofrec√≠ame una rosa en tanto ella se quedaba con otra. Hab√≠alas comprado las dos hac√≠a un momento en el puesto de flores del vest√≠bulo.

¬ŅPero hasta aquel punto ten√≠a yo cara de bobo?

Me entró una rabia violenta; desairé a la individua, sin darle las gracias, e hice ademán de volverle la espalda; sólo que ella me cogió, riendo, de un brazo, y afectando al hablarme, delante de la gente, un aire confidencial, me dijo unas cuantas palabras muy aprisa. Parecióme entender que me proponía que hiciese una vaquita con ella, pues había sido testigo de mi buena suerte, y estaba dispuesta a jugar por los dos siguiendo mis indicaciones.

Yo me encogí de hombros, malhumorado, y dejéla plantada.

Poco despu√©s, al volver a entrar en la sala de juego, hube de verla hablando con un t√≠o bajito, moreno, barbudo, con los ojos un tanto miopes, y espa√Īol, a juzgar por la facha. Hab√≠ale dado la rosa que antes me ofreciera a m√≠. De cierto adem√°n de entrambos infer√≠ que se estaban ocupando en mi persona, y me puse en guardia.

Pasé a otra sala; acerquéme a la primera mesa, pero sin intención de jugar; y héte aquí que el tío de antes, sin la madama, se acerca también a la mesa, aunque fingiendo no haber reparado en mí. Yo entonces me puse a mirarlo descaradamente, para darle a entender que no me había pasado nada por alto y que conmigo se equivocaba.

Mas no tenía facha de baratero. Lo vi jugar y fuerte; perdió tres veces seguidas; parpadeaba nerviosamente, quizá por el esfuerzo que hacía para disimular su emoción. A la tercera vez que perdió, miróme y sonrióse.

Yo lo dejé allí y me volví a la otra sala, a la mesa donde antes había ganado.

Hab√≠anse relevado los croupiers. La mujer de marras estaba all√≠, en el mismo sitio de antes. Yo me coloqu√© detr√°s para que no me viera, y pude observar que jugaba modestamente y no siempre. Adelant√©me y viome ella; estaba para jugar y se detuvo, esperando, sin duda, a que jugase yo, para poner donde yo pusiese. Pero aguard√≥ en vano. Al decir el croupier: ¬ęLe ieu est fait! Rien ne va plus!¬Ľ, mir√©la, y ella alz√≥ un dedo, como amenaz√°ndome, en son de broma. Me abstuve de jugar largo rato; pero, al fin, nuevamente excitado a la vista de los dem√°s jugadores, y sintiendo que me volv√≠a la inspiraci√≥n de antes, dej√© de observar a la dama y me puse a jugar.

¬ŅPor qu√© sugesti√≥n misteriosa atinaba yo infaliblemente con la infinita variabilidad de los n√ļmeros y colores? ¬ŅSer√≠a la m√≠a √ļnicamente prodigiosa adivinaci√≥n en lo inconsciente? Pero ¬Ņc√≥mo explicar entonces ciertas obstinaciones locas, cuyo recuerdo todav√≠a me causa escalofr√≠os, al pensar que me lo jugaba todo, todo, hasta la vida acaso en aquellas puestas, que eran verdaderos retos a la suerte? No; no; yo sent√≠a realmente en mi interior una fuerza diab√≥lica, gracias a la cual dominaba, fascinaba a la Fortuna y somet√≠a su capricho al m√≠o. Y no era yo el √ļnico que abrigaba esta convicci√≥n, pues se les hab√≠a contagiado a los dem√°s puntos con pasmosa rapidez, y ya casi todos segu√≠an mi arriesgad√≠simo juego. No s√© cu√°ntas veces se dar√≠a el rojo, al cual me hab√≠a yo empe√Īado en poner. Hasta aquel pollito que se sacaba los luises de los bolsillos del pantal√≥n hab√≠ase conmovido y animado; y el se√Īor gordo de marras resollaba m√°s ruidosamente que nunca. Sub√≠a de punto la emoci√≥n a cada instante en torno a la mesa; todo se volv√≠a estremecimientos de impaciencia, respingos nerviosos, un furor contenido a duras penas, angustioso y terrible. Los croupiers mismos hab√≠an perdido su r√≠gida impasibilidad.

De pronto, ante una jugada formidable, sent√≠ algo as√≠ como v√©rtigo. Pareci√≥me como que se me ven√≠a encima una responsabilidad tremenda. Estaba poco menos que en ayunas desde por la ma√Īana, y todo mi cuerpo me vibraba, presa de la larga y violenta emoci√≥n. No pude resistir m√°s, y despu√©s de aquella jugada apart√©me de la mesa, tambale√°ndome. Sent√≠ que me cog√≠an por un brazo. Agitad√≠simo, con los ojos que le echaban fuego, aquel espa√Īolito barbudo y rechoncho de antes quer√≠a detenerme. ‚Äú¬°Hombre! No eran m√°s que las once y cuarto; los croupiers invitaban a las tres jugadas √ļltimas; ¬°podr√≠amos hacer saltar la banca!¬Ľ

Me hablaba en un italiano chapurreado, la mar de chistoso; porque yo, que ya no coordinaba, me empe√Īaba en responderle en mi lengua:

Р¡No, no! ¡Basta! ¡No puedo más! ¡Déjeme que me vaya, caballero!

Me dej√≥ irme; pero se me vino detr√°s; mont√≥ conmigo en el tren de vuelta a Niza, y se empe√Ī√≥ en que hab√≠a de cenar con √©l y hospedarme en su misma fonda.

No me desagrad√≥ mucho al pronto la admiraci√≥n casi temerosa que aquel tipo parec√≠a complacerse en testimoniarme como a un taumaturgo. La vanidad humana no tiene reparo a veces en hacerse un pedestal hasta de cierta estimaci√≥n que ofende, y aceptar el incienso acre y pest√≠fero de ciertos indignos y mezquinos turiferarios. Yo era como un general que hubiese ganado una cruent√≠sima y desesperada batalla, pero por casualidad y sin saber c√≥mo. Ya empezaba a comprenderlo y a volver en m√≠, y a medida que recobraba la serenidad result√°bame m√°s enojosa la compa√Ī√≠a de aquel hombre.

Sin embargo, por m√°s que hice, no pude quit√°rmelo de encima, y al llegar a Niza no tuve m√°s remedio que acompa√Īarle a cenar. En la mesa hubo de confesarme que hab√≠a sido √©l quien me hab√≠a mandado a aquella madamita alegre, a la cual hac√≠a tres d√≠as que √©l la estaba dando alas para que pudiera volar, por lo menos al ras de tierra; alas de billetes de Banco, algunos cientos de liras para que probara fortuna. Y por cierto que la pr√≥jima hab√≠a debido de ganar de lo lindo siguiendo mis pasos, puesto que no se hab√≠a dejado ver a la salida.

РQué podo far? La povara habrá trovado de megio. Sono viechio, io. E agradecio Dio antes que me la son levada sobre.

Cont√≥me luego que llevaba en Niza una semana, y que todas las ma√Īanitas tomaba el camino de Montecarlo, donde hasta aquella noche hab√≠a tenido la negra. Quer√≠a saber c√≥mo me las arreglaba yo para ganar. Seguramente era un maestro en el juego o pose√≠a alguna regla segura.

Ech√©me a re√≠r, y respond√≠le que hasta aquella ma√Īana misma no hab√≠a yo visto una ruleta ni en pintura, y que no s√≥lo no entend√≠a jota del juego, sino que ni siquiera pod√≠a imaginarme que hubiera de jugar y ganar de aquel modo. De lo cual estaba yo m√°s asombrado y at√≥nito todav√≠a que √©l No se dio por convencido. Tanto, que encauzando h√°bilmente la conversaci√≥n – sin duda cre√≠a hab√©rselas con un p√≠caro de marca mayor-¬† y expres√°ndose con desenfado admirable en aquella jerigonza suya, medio espa√Īola y medio vaya usted a saber, concluy√≥ por hacerme la misma proposici√≥n que ya aquella tarde me hiciera indirectamente, vali√©ndose como gancho de aquella mujer alegre.

– No, dispense exclam√© yo, tirando todav√≠a a endulzar con una sonrisa el resentimiento- . Pero ¬Ņcree usted en serio que para ese juego pueda haber reglas ni secreto alguno? ¬°Para ganar a la ruleta lo que se necesita es suerte! Yo la he tenido hoy; puede que no la tenga ma√Īana, y puede tambi√©n que vuelva a tenerla de nuevo, cosa esta √ļltima que espero se realice.

РMa porqué le? Рme preguntó-  non ha voludo occi aproveciarse de la sua fortuna?

– Yo aprove…

РSí; come puedo decir? Avantaciarse? Voilá! Р¡Pues con arreglo a mis medios!

Р¡Bien! Рexclamó él- . Podo ió por le¡. Le la fortuna, ió metaró el dinero.

– ¬°Y quiz√° perdamos entonces! – conclu√≠ yo sonriendo- . No, no… Disp√©nseme. Si usted me cree en verdad hombre de tanta suerte – la tendr√© en el juego, que lo que es en lo dem√°s…- , hagamos una cosa: sin trato alguno y sin que contraiga yo ninguna responsabilidad, que no quiero tenerla, ponga usted donde yo ponga lo poco que acostumbro, como ha hecho hoy; y si sale bien…

No me dej√≥ acabar; estall√≥ en una extra√Īa carcajada, que aspiraba a parecer maliciosa, y dijo:

РEh, no, segnore mio! No! Occi, si, I’ho fatto, no lo fado domani seguramente! Si le punta forte conmigo, bien; si no, no lo fado, seguramente! Gracie tante!

Lo miré a la cara, esforzándome por comprender qué era lo que quería decir con aquello; sin duda, en sus palabras y en aquella carcajada suya había algo ofensivo para mí. Me acaloré y le pedí una explicación.

El dejó de reírse; pero en su semblante perduró como la huella casi desvanecida de su risa. РDigo che no, che no lo fado Рrepitió- . No digo altro!

Di un pu√Īetazo en la mesa, y con voz alterada insist√≠:

Р¡No se trata de eso! ¡Lo que quiero es que me diga, que me explique qué sentido se propuso dar a sus palabras y a esa risa tan necia! ¡Porque no lo comprendo!

Seg√ļn iba yo hablando, vile palidecer y como encogerse; dispon√≠ase, sin duda, a pedirme perd√≥n. Me levant√© indignado, dando una patada en el suelo:

– ¬°Bah! ¬°Le desprecio a usted y a sus recelos, que ni siquiera alcanzo a comprender!

Aboné la cuenta, y me fui.

Conoc√≠ a un hombre venerable y digno tambi√©n, por sus singular√≠simas dotes intelectuales, de ser grandemente admirado, pues no lo era ni poco ni mucho; y todo por culpa, a mi juicio, de unos pantalones claros, a cuadros, demasiado ce√Īidos a las piernas, que ten√≠a muy flacas, y que no hab√≠a forma de que los dejase. Los trajes que vestimos y su hechura y color pueden dar que pensar de nosotros las cosas m√°s extra√Īas.

Pero yo sent√≠a ahora un despecho tanto m√°s grande cuanto que no me ten√≠a por mal vestido. Cierto que no iba de frac; pero llevaba puesto un traje negro, de luto, muy decente. Y, adem√°s, si vestido de esa guisa hab√≠a podido tomarme aquel alemanote de marras por un lila, hasta el punto de llev√°rseme con aquella frescura el dinero, ¬Ņc√≥mo ahora este otro me tomaba por un tah√ļr? ¬ęPuede que sea por estas barbas – pensaba yo en tanto caminaba-¬† o por ir tan rapado …‚ÄĚ

Iba buscando una fonda cualquiera para encerrarme y hacer arqueo de mis ganancias. Me sentía lo que se llama podrido de dinero; en todas partes, en los bolsillos del pantalón y la americana, y hasta del chaleco, abultábanme las monedas y los fajos de billetes, que debían de ser muchísimos.

O√≠ que daban las dos. Estaban desiertas las calles. Pas√≥ un coche desalquilado y lo tom√©. Con nada, como quien dice, hab√≠a reunido cerca de once mil liras. Hac√≠a mucho tiempo que no ve√≠a metales; as√≠ que pareci√≥me aqu√©lla una gran cantidad. Pero despu√©s, pensando en mi vida de anta√Īo, me sent√≠ lleno de bochorno. ¬°C√≥mo! ¬ŅMe habr√≠an encogido hasta tal punto el coraz√≥n aquellos dos a√Īos de biblioteca con todas las dem√°s calamidades que me hab√≠an ocurrido?

P√ļseme a picarme con mi nuevo veneno, mirando el dinero que hab√≠a colocado encima de la cama.

РAnda, hombre virtuoso, manso bibliotecario, anda y vuélvete a casa a aplacarle los nervios a tu suegra con este capitalito. Creerá que es producto del robo y al punto formará una gran idea de ti. Si no, anda y vete a América, como tenías pensado, si lo otro no te parece condigno premio de tu gran esfuerzo. Ahora ya puedes con este viático. ¡Once mil liras! ¡Qué riqueza!

Recog√≠ el dinero, lo met√≠ en el caj√≥n de la c√≥moda y me acost√©. Pero no pude pegar un ojo. ¬ŅQu√© era, en fin de cuentas, lo que deb√≠a hacer? ¬ŅVolver a Montecarlo a repetir aquel extraordinario golpe de suerte? ¬ŅO volverme a casita y comerte aquellos cuartos muy ricamente sin tentar m√°s aventuras? Pero, ¬Ņser√≠a posible que me entrasen ganas ni medio de gozar de este mundo con aquella familia que me hab√≠a agenciado? Har√≠a que mi mujer fuese un poco mejor vestida; que Romilda no s√≥lo no se cuidaba ya de agradarme, sino que hasta parec√≠a poner de su parte todo lo posible por resultarme enojosa a la vista, pues se pasaba los d√≠as enteros sin peinarse ni ponerse el cors√©, y andaba por la casa en chancletas y con el vestido haci√©ndole alforzas por todos lados. ¬ŅPensar√≠a quiz√° que para un marido como yo no val√≠a la pena arreglarse? Adem√°s, desde que tuvo el parto no hab√≠a vuelto a gozar de salud completa. Tocante a genio, cada d√≠a ten√≠alo m√°s desabrido y √°spero, y usaba de peores modales, no s√≥lo conmigo, sino con todo el mundo en general. Y estos enconos y la ausencia de un cari√Īo vivo y verdadero hab√≠an fomentado en ella una malhumorada desidia. Ni siquiera hab√≠ale llegado a tomar cari√Īo a aquella ni√Īa, cuyo nacimiento, lo mismo que el de su gemela, muerta a los pocos d√≠as, representara para ella un fiasco frente al robusto var√≥n de Oliva, nacido cosa de un mes m√°s tarde, hermoso y lucido, de un parto dichos√≠simo. As√≠ que todos aquellos disgustos, am√©n de esos choques que sobrevienen cuando la necesidad, cual un gatazo negro y de rizado lomo, se hace un ovillo junto al rescoldo de un hogar apagado, nos hab√≠an hecho odiosa a los dos la convivencia. Con aquellas once mil liras, ¬Ņhabr√≠a tenido bastante para poder restaurar la paz en casa y resucitar al amor, ya inicuamente muerto al nacer a manos de mi suegra? ¬°Locura! ¬ŅY entonces? ¬ŅEmbarcarme para Am√©rica? Pero, ¬Ņpara qu√© ir a buscar tan lejos la fortuna cuando no parec√≠a sino que ella misma hab√≠a querido que yo me detuviese all√≠ en Niza, sin pensarlo, ante el escaparate de aquella tienda donde se vend√≠an artefactos de juego? Lo que ahora hac√≠a falta era que yo me mostrase digno de ella y de sus favores, si, como parec√≠a, estaba verdaderamente dispuesta a otorg√°rmelos. ¬°Ea, se acab√≥! O todo o nada. Lo peor que pod√≠a pasarme era que me volviese como hab√≠a venido. ¬ŅQu√© son once mil liras en el mundo?

Así que al otro día tomé el camino de Montecarlo. Y lo mismo hice durante diez días consecutivos. No tuve ocasión ni tiempo de asombrarme entonces del favor, más fabuloso que extraordinario, de la Fortuna. Estaba fuera de mí, lo que se dice chiflado; ni ahora mismo siento tampoco estupor alguno sabiendo, como sé de sobra, el golpe que me tenía deparado la suerte al favorecerme de aquel modo y en aquella medida. En nueve días llegué a reunir una cantidad verdaderamente enorme, jugando a la desesperada; pero al noveno empecé a perder y aquello fue un desastre. Fuéseme aquella inspiración prodigiosa de marras, cual si ya no encontrase pasto en mi energía nerviosa, del todo agotada. No supe, mejor dicho, no pude detenerme a tiempo. Me detuve, sí, pero no por mi voluntad, sino por la violencia de un horrible espectáculo, nada extraordinario en aquel lugar.

Al entrar en la sala de juego la ma√Īana del duod√©cimo d√≠a sali√≥me al encuentro aquel t√≠o de Lugano, que estaba enamorado del n√ļmero 12, y muy descompuesto y afanoso particip√≥me, m√°s con gestos que con palabras, que acababa de suicidarse un individuo en el jard√≠n. Pens√© al punto si ser√≠a el espa√Īol de marras, y sent√≠ algo de remordimiento. Estaba seguro de que me hab√≠a ayudado a ganar. El primer d√≠a, despu√©s de aquella disputa que tuvimos, no quiso seguirme el juego, y no hizo m√°s que perder; los d√≠as siguientes, al verme ganar de aquel modo, intent√≥ emularme; mas entonces fui yo quien no quiso favorecerlo, y como guiado por la mano de la misma Fortuna, presente e invisible, me puse a dar vueltas de una a otra mesa. Llevaba dos d√≠as sin verlo, desde que yo tambi√©n perd√≠a, y quiz√° por no haber podido √©l dar conmigo.

Estaba segur√≠simo, al dirigirme al jard√≠n, de que hab√≠a de encontr√°rmelo all√≠, tendido en tierra, muerto. Mas no fue as√≠, sino que en su lugar hall√©me con aquel pollito p√°lido que afectaba humos de so√Īolienta indiferencia al sacarse los luises del bolsillo del pantal√≥n para ponerlos sobre el tapete verde, sin siquiera mirar d√≥nde.

Parec√≠a m√°s peque√Īo, all√≠ tirado, en medio del paseo; estaba en actitud muy modosa, con los pies juntos, como si hubiera empezado por tenderse para no hacerse da√Īo al caer; ten√≠a un brazo pegado al cuerpo, y el otro un poco levantado, con la mano engarabitada, y un dedo, el √≠ndice, todav√≠a encorvado en adem√°n de disparar. Junto a aquella mano estaba el rev√≥lver, y m√°s all√°, el sombrero. A lo primero pareci√≥me que la bala le hab√≠a salido por el ojo izquierdo, del cual hab√≠ale manado sobre la cara un r√≠o de sangre, ya congelada. Pero no, que aquella sangre hab√≠ale brotado, no s√≥lo de all√≠, sin tambi√©n de las narices y las orejas, am√©n de la que copiosamente sali√©rale luego del orificio que ten√≠a en la sien derecha y que hab√≠a salpicado la arena amarilla del paseo, donde formara charcos coagulados. En torno al cad√°ver revoloteaban una docena de moscardones, alguno de los cuales hasta se le posaba, voraz, en el ojo. Entre tantos mirones, ninguno hab√≠a pensado en espant√°rselos. Yo saqu√© del bolsillo el pa√Īuelo y cubr√≠le con √©l la pobre cara horriblemente desfigurada. Nadie me lo agradeci√≥; hab√≠a suprimido la salsa del espect√°culo. Alej√©me de all√≠ a escape y me volv√≠ a Niza, con intenci√≥n de tomar el tren para mi tierra, aquel mismo d√≠a.

Llevaba encima unas ochenta y dos mil liras.

Lo que menos podía yo pensar era que aquella misma noche hubiera de ocurrirme a mí también algo análogo.

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

¬ę¬ę¬ę Pirandello en Espa√Īol

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