El difunto Matias Pascal – Capitulo 11 – De noche, mirando al rio

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 11

El difunto Matias Pascal
Capitulo 11
De noche, mirando al rio

A medida que iba subiendo de punto la familiaridad, por efecto de la consideraci√≥n y benevolencia que me atestiguaba el amo de la casa, iba aumentando tambi√©n para m√≠ la dificultad en el trato, la secreta desaz√≥n que ya antes hab√≠a experimentado, y que ahora sol√≠a adquirir la agudeza de un remordimiento, al verme all√≠, metido de hoz y de coz en aquella familia, como un intruso, con nombre postizo y la cara desfigurada, con una existencia ficticia y poco menos que inconsciente. Y formaba el prop√≥sito de mantenerme al pa√Īo, en cuanto me fuere posible, record√°ndome continuamente a m√≠ mismo que no deb√≠a acercarme demasiado a la vida ajena, sino, por el contrario, rehuir toda intimidad y contentarme con vivir al margen. ‚Äú¬°Libre!‚ÄĚ, dec√≠a yo todav√≠a; pero ya comenzaba a penetrar el sentido y a medir los linderos de esta libertad m√≠a.

Porque esa libertad mía significaba, por ejemplo, el estarme allí por las noches mirando al río,

que corr√≠a negro y callado por entre los muelles nuevos y los puentes, que en √©l reflejaban las luces de sus faroles, temblonas como sierpecillas de fuego; seguir con la fantas√≠a el curso de aquellas aguas desde la remota fuente apenina, al trav√©s de tantos campos, y ahora al trav√©s de la ciudad, para volver luego a cruzar nuevos campos, hasta llegar a su desembocadura, y fingirme despu√©s con el pensamiento el mar tenebroso y palpitante en el que aquellas aguas, tras tanto correr ir√≠an a perderse, y, finalmente, abrir la boca ¬Ņe fastidio.

¬ęLibertad… Libertad¬Ľ, murmuraba yo. Pero ¬Ņno ser√≠a lo mismo tambi√©n en otro sitio?

Algunas noches ve√≠a en la azote√≠lla de al lado a la madrecita de casa, a la ni√Īa vestida de largo, regando las macetas. ‚Äú¬°Esa es la vida!‚ÄĚ, pensaba yo, y segu√≠a con la mirada a la simp√°tica nena en aquella su hermosa tarea., esperando a cada instante que alzase los ojos hacia mi ventana. Pero en vano. Sab√≠a que estaba yo all√≠; mas cuando estaba sola fing√≠a no advertirlo. ¬ŅPor qu√©?

¬ŅSer√≠a s√≥lo efecto de su timidez tal cortedad, o que no se le hab√≠a pasado a√ļn el enojo y me guardaba rencor en secreto por la poca consideraci√≥n con que yo, cruelmente, me obstinaba en tratarla?

Ahora la muchachita, dejando la regadera, habíase asomado al retilillo de la azotea y contemplaba también el río, quizá por darme a entender que no le daba frío ni calor mi presencia, y que tenía otras cosas mucho más serias en qué pensar en aquella actitud, y aun ansias de estar sola.

Yo sonre√≠a para mis adentros al pensar en estas cosas; pero luego, al ver que se iba de la azotea, reflexionaba que quiz√° pudiera equivocarme en mi juicio, a causa del despecho que sentimos al ver que no reparan en nosotros. ¬ęY, despu√©s de todo – pregunt√°bame- , ¬Ņa santo de qu√© habr√≠a ella de reparar en m√≠ ni de dirigirme la palabra sin necesidad? Yo personifico aqu√≠ la desgracia de su vida, la locura de su padre, y quiz√° represente para ella una humillaci√≥n. Acaso eche de menos aquel tiempo en que su padre era empleado en activo y no necesitaba alquilar parte de sus habitaciones ni meter extra√Īos en casa. ¬°Y un extra√Īo de mi catadura! ¬°Qui√©n sabe si le infundir√© miedo con este ojo y estas gafas! …‚ÄĚ El rumor de alg√ļn coche al pasar el cercano puente de madera sac√°bame de esas reflexiones; daba un bufido y me apartaba de la ventana; pasaba revista con los ojos a la cama v los libros, y conclu√≠a por encogerme de hombros, ponerme el sombrero y echarme a la calle, con a esperanza de ahuyentar as√≠ aquel enojoso tedio.

Ibame, seg√ļn me daba, o a las calles de m√°s tr√°fago o a parajes solitarios. Recuerdo cierta noche, en la plaza de San Pedro, la impresi√≥n de sue√Īo, de un sue√Īo casi remoto, que me hizo aquel mundo secular all√≠ recogido, entre los brazos del majestuoso p√≥rtico, en el silencio, que parec√≠a subir de punto con el continuo fragor de las dos fuentes. Acerqu√©me a una de ellas, y entonces pareci√≥me que aquel agua era la √ļnica cosa viva que hab√≠a all√≠, antoj√°ndoseme todo lo dem√°s como espectral y profundamente melanc√≥lico en la solemnidad silenciosa y quieta.

Al volver por la calle de Borgo Nuovo hube de toparme con un borracho, el cual, al pasar junto a m√≠ y verme que iba tan pensativo, inclin√≥se; luego levant√≥ la cabeza, mir√°ndome a la cara de hito en hito, y, por √ļltimo, d√≠jome, zarande√°ndome ligeramente el brazo:

Р¡Alégrese, hombre!

Yo me paré en seco, sorprendido, y quedéme mirándole de pies a cabeza.

– ¬°Al√©grese! – repiti√≥ el borracho acompa√Īando la exhortaci√≥n con un gesto de la mano, que significaba: ¬ę¬ŅQu√© haces? ¬ŅEn qu√© piensas? ¬°No te preocupes por nada!¬Ľ

Y alejóse dando tumbos, cogiéndose con una mano a las paredes.

A semejante hora, en aquella calle desierta, tan cerca del gran templo, y revolviendo en la mente los pensamientos que me sugiriera la aparici√≥n del borracho y su extra√Īo consejo, cari√Īoso y de filos√≥fica piedad, dej√°ronme desconcertado, y qued√©me no s√© cu√°nto rato siguiendo con la vista a aquel hombre, hasta que, por √ļltimo, todo aquel asombro m√≠o hubo de resolverse en una gran carcajada. ‚Äú¬°Alegrarse!‚ÄĚ S√≠, eso est√° muy bien, amigo m√≠o. S√≥lo que yo no puedo irme a la taberna, como t√ļ, a buscar esa alegr√≠a que me aconsejas en el fondo de un vaso. ¬°No sabr√≠a encontrarla, de fijo! ¬°Ni all√≠, ni en parte alguna! Yo voy al caf√©, amigo m√≠o, entre gente de pro, que fuma y charla de pol√≠tica. Alegres todos podr√≠amos serlo, y hasta felices, seg√ļn un ahogadete imperialista que frecuenta mi caf√©; s√≥lo con una condici√≥n: la de que habr√≠a de gobernarnos un buen rey absoluto. T√ļ, pobre borrach√≠n fil√≥sofo, no entiendes de estas cosas; ni siquiera te pasan por la imaginaci√≥n. Pero la verdadera causa de todos nuestros males, de esa calamidad nuestra, ¬Ņsabes t√ļ cu√°l es? Pues la democracia, amigo m√≠o, la democracia; esto es, el gobierno de la mayor√≠a. Porque cuando el poder est√° en manos de un solo individuo, √©ste sabe que es uno solo y que tiene que contentar a muchos; mientras que cuando los muchos gobiernan, s√≥lo piensan en contentarse a s√≠ mismos, y entonces tienes la tiran√≠a m√°s pesada y odiosa: la tiran√≠a disfrazada de libertad. ¬°Naturalmente! O, si no, ¬Ņpor qu√© crees que yo estoy triste? Pues precisamente por esa tiran√≠a disfrazada de libertad… Pero ¬°volv√°monos a casa!‚ÄĚ

Mas estaba de Dios que aquélla había de ser la noche de los encuentros.

Al pasar poco despu√©s por Tordinona, que estaba casi a oscuras, hube de o√≠r un recio grito, entre otros sofocados, en una de las callejuelas que van a desembocar a esta calle. Y de pronto atraves√≥seme en el camino un grupo de hombres que re√Ī√≠an. Eran cuatro miserables, pertrechados de gruesos garrotes, que la hab√≠an emprendido con una mujerzuela del arroyo.

Menciono esta aventura, no por hacer alarde de un acto de valor, sino por confesarles el miedo que hube de pasar con las consecuencias que pudo traerme el lance. Eran cuatro aquellos t√≠os, pero yo tambi√©n llevaba mi buen bast√≥n de hierro. Cierto que dos de ellos sacaron contra m√≠ navajas; pero defend√≠me lo mejor que pude, haciendo el molinete y dando saltos a tiempo de ac√° para all√°, a fin de que no me cogieran en medio, hasta que logr√© por fin asestarle al de m√°s cuidado un porrazo tremendo en la cabeza con el pu√Īo de hierro del bast√≥n. Tambale√≥se el desalmado y luego ech√≥ a correr; y sus tres acompa√Īantes, temiendo acaso que acudiese alguien m√°s a los alaridos de la mujer pusieron tambi√©n pies en polvoroso. Yo result√©, no s√© c√≥mo, con una herida en la frente. Rogu√© a la mujer, que no paraba de gritar pidiendo auxilio, hiciese el favor de callarse; pero ella, al verme con la cara chorreando sangre, no pudo contenerse, y llorando, toda temblona, hizo por socorrerme, vend√°ndome con el pa√Īuelo de seda que llevaba al pecho y que en la reyerta hab√≠asele hecho jirones.

– No, no, gracias – d√≠jele, apart√°ndome con repugnancia- . Basta… No ha sido nada. ¬°Qu√≠tate de en medio en seguida, que no te vean!

Y encamin√©me a la fuente que hay bajo la rampa del puente cercano, para lavarme la frente. Pero estando en esa operaci√≥n, llegaron dos guardas desalados, empe√Īados en saber lo que hab√≠a ocurrido. En seguida la mujer, que era de N√°poles, p√ļsose a contarles lo que me hab√≠a pasado, deshaci√©ndose en las palabras m√°s afectuosas y admirativas de su repertorio dialectal a mi respecto. Cost√≥me la mar de trabajo verme libre de aquellos dos guardias, tan celosos de su profesi√≥n, que se hab√≠an empe√Īado en que les acompa√Īase a la Comisar√≠a para presentar una denuncia. Pero ¬°no faltaba m√°s que eso: que tuviera yo que hab√©rmelas con la Comisar√≠a y salir al d√≠a siguiente en la secci√≥n de sucesos convertido en un cuasi h√©roe, en lugar de estarme calladito en la sombra, sin que nadie supiese de m√≠!

¬°Yo ya no pod√≠a ser h√©roe de verdad sino a condici√≥n de morir en la refriega! … ¬°Y ya estaba muerto!

– ¬ŅEs usted viudo, por casualidad, se√Īor Meis, y usted dispense la pregunta?

Esta preguntita dispar√≥me a boca de jarro una noche la se√Īorita de Caporale, estando en la azote√≠lla en compa√Ī√≠a de Adriana y m√≠a, pues hab√≠anme invitado a hacerles tertulia al aire libre.

Al pronto quedéme de una pieza; pero luego respondí:

– No. ¬ŅPor qu√©?

– Pues porque siempre est√° usted and√°ndose con el pulgar en el dedo del coraz√≥n, como si quisiera darle vueltas a un anillo. ¬ŅVerdad, Adriana?

¬°Hay que ver en lo que se fijan las mujeres o, mejor dicho, ciertas mujeres, porque Adriana declar√≥ que ella no hab√≠a reparado en tal detalle! – Eso ser√° que no te has fijado – exclam√≥ la se√Īorita de Caporale.

Tuve que reconocer que, aunque tampoco yo había reparado nunca en ello, podría ser que tuviese aquella costumbre.

– Efectivamente – vime obligado a a√Īadir- : llev√© puesto mucho tiempo un ajustador que luego tuve que mandar a un platero para que me lo cortara, porque me apretaba mucho el dedo y me hac√≠a da√Īo.

– ¬°Pobre anillito! – suspir√≥, retorciendo los brazos, la cuarentona, que aquella noche estaba en vena de hacer monadas infantiles- . ¬ŅTan ajustado le ven√≠a? Y, con todo eso, ¬Ņno se decid√≠a usted a sac√°rselo? Quiz√° fuera recuerdo de un…

Р¡Silvia! Рatajóla Adrianita en tono de reproche.

– Pero ¬Ņqu√© hay de malo en lo que digo? – continu√≥ la solterona- . Quer√≠a decir de un primer amor. Vamos a ver, se√Īor Meis: d√≠ganos algo de su vida. ¬ŅEs posible que est√© siempre tan callado?

– Pues para que vean ustedes que soy franco. Me choca la consecuencia que ha sacado Silvia de la costumbre que tengo de andarme en el dedo del coraz√≥n. Me parece una consecuencia completamente arbitraria, se√Īorita. Porque los viudos, que yo sepa, no acostumbran a quitarse el anillo de alianza. Resulta pesada alguna vez la mujer, no el anillo, en faltando aqu√©lla. Antes bien, as√≠ como a los veteranos les gusta ufanarse de sus medallas y veneras, as√≠ el viudo se complace en lucir su alianza.

– ¬°Ah! ¬ŅS√≠? – exclam√≥ la se√Īorita de Caporale- . ¬°Con qu√© habilidad desv√≠a usted la conversaci√≥n!

Р¡Cómo! ¡Si lo que hago es ahondar más en ella!

– ¬ŅQui√©n habla de ahondar? Yo no ahondo nunca en las cosas. Me pareci√≥ eso que le he dicho, y nada m√°s.

– ¬ŅLe pareci√≥ a usted que yo ten√≠a cara de viudo?

– S√≠, se√Īor. ¬ŅNo te lo parece a ti tambi√©n, Adriana?

Adriana probó a posar en mí la mirada, alzando los ojos, que volvió a bajar enseguida, no acertando, con lo tímida que era, a sostener la ajena mirada. Sonrió levemente, con aquella su sonrisa dulce y triste, y dijo:

Р¡Qué sé yo de la cara que tengan los viudos! ¡Hay que ver si eres curiosa!

En aquel instante debió de cruzarle por la mente un pensamiento, alguna imagen, pues dio muestras de turbación y se puso a mirar al río. La otra entendió lo que quería decir aquello, sin duda, pues lanzó un suspiro y se volvió también a mirar al río.

Una cuarta persona, invisible, hab√≠a venido seguramente a interponerse entre nosotros. Yo tambi√©n hube de comprender enseguida el gesto de Adriana, al reparar en que llevaba alivio de luto, y al punto deduje que Terencio Papiano, aquel cu√Īado suyo, que a la saz√≥n se hallaba en N√°poles, no deb√≠a de tener cara de viudo desconsolado, y que, por consecuencia, era yo quien la ten√≠a, al decir de la se√Īorita de Caporale.

Confieso que me holgué no poco de que la conversación terminase de aquella manera. Pues la pena que le había entrado a Adriana al recuerdo de la hermana difunta y de Papiano, el viudo, era para la pianista el justo castigo de su indiscreción.

S√≥lo que, si hemos de ser justos, esa que a m√≠ parec√≠ame indiscreci√≥n, ¬Ņno era en el fondo una curiosidad natural y disculpabil√≠sima, en cuanto que por fuerza hab√≠a de ocasionarse con aquella suerte de extra√Īo silencio que hab√≠a difundido en torno a mi persona? Y puesto que la soledad se me hab√≠a hecho ya insufrible, y yo no sab√≠a resistir a la tentaci√≥n de acercarme al pr√≥jimo, que estaba en su derecho al querer saber con qui√©n ten√≠a que hab√©rselas, era menester que yo respondiese a sus preguntas, satisfaciendo su l√≥gica curiosidad del mejor modo posible, esto es, mintiendo e inventando. ¬°No hab√≠a t√©rmino medio! La culpa no era de nadie, sino m√≠a; y ahora iba a agravar√≠a, es verdad, con la mentira; pero si no me aven√≠a a ello, si me dol√≠a mentir, lo que deb√≠a hacer era quitarme de en medio, irme de aquella casa y reanudar mi vida solitaria y errante.

Noté que Adriana misma, la cual nunca me hacía pregunta alguna que no fuere discretísima, era toda oídos en tanto yo contestaba a las preguntas de la pianista, que, a decir verdad, solía rebasar los límites de la curiosidad natural y excusable.

Una noche, por ejemplo, estando en la azote√≠lla, donde acostumbr√°bamos a reunirnos a la saz√≥n, cuando yo volv√≠a a casa, despu√©s de cenar, pregunt√≥me riendo y apartando a Adriana, que le gritaba en el colmo de la agitaci√≥n: ‚Äú¬°No, Silvia! ¬°Te lo proh√≠bo! ¬°No le digas nada!‚ÄĚ:

– Usted dispense, se√Īor Meis. Pero Adriana tiene curiosidad por saber por qu√© no se deja usted el bigote…

– ¬°Diga usted que no es verdad! – grit√≥ Adriana- . ¬°No la crea usted, se√Īor Meis! Ha sido ella la que… Yo…

Y la simpática madrecita echóse a llorar de pronto. La pianista trató de consolarla, diciéndole:

– ¬°Pero, por Dios, Adrianita, no te pongas as√≠! … ¬°Que no es nada malo! …

Adriana apartóla de un codazo.

– ¬°S√≠ que es malo, porque echas una mentira y me la cargas a m√≠! … ¬°Y por eso me pongo como me pongo! Mire usted, se√Īor Meis: le voy a contar la verdad… Est√°bamos hablando de los c√≥micos, que van todos… as√≠, y entonces Silvia fue y me dijo: ‚Äú¬°Como el se√Īor Meis! ¬ŅPor qu√© no se dejar√° bigote?¬Ľ Y entonces fui yo y repet√≠ como un eco: ¬ŅPor qu√© no se lo dejar√°?¬Ľ

РEso es Рasintió la pianista- . Pero quien dice por qué, es que quiere saberlo.

– Pero ¬°si fuiste t√ļ la primera que lo dijo! – protest√≥ Adriana, en el colmo de la agitaci√≥n. – ¬ŅMe permiten ustedes que conteste a esa pregunta? – pregunt√© yo, a fin de poner paz entre ellas.

– No. Usted dispense, se√Īor Meis; pero yo me voy. ¬°Buenas noches! – exclam√≥ Adriana, y se levant√≥ para irse.

La pianista la cogió de un brazo.

– ¬°Pero, mujer; no seas tonta! ¬°Si lo dije por broma! … Don Adriano es tan bueno, que se hace cargo. ¬ŅNo es verdad, don Adriano? ¬°Vamos, hombre! D√≠gale usted por qu√© no se deja el bigote.

Aquella vez ech√≥se Adriana a re√≠r, aunque con los ojos cuajados todav√≠a de l√°grimas. – Eso es un misterio – respond√≠ yo entonces alterando c√≥micamente la voz- . ¬°Es que… ando metido en una conspiraci√≥n!

– ¬°No lo creemos! – exclam√≥ la pianista en el mismo tono; pero luego a√Īadi√≥- : Aunque, oiga usted, lo parece; ¬°no cabe duda! Y si no, d√≠game: ¬Ņqu√© fue a hacer esta tarde, por ejemplo, despu√©s de comer, a Correos?

– ¬ŅYo, en Correos?

– s√≠, se√Īor; en Correos. No lo niegue usted, que lo vi yo con estos ojos que se ha de comer la tierra. A eso de las cuatro. Pasaba yo por la plaza de San Silvestre…

– Pues se habr√° usted equivocado, se√Īorita. Le aseguro que no era yo.

– ¬°Ya, ya! – exclam√≥ la pianista, incr√©dula- . Correspondencia secreta… Porque aqu√≠, en casa, ¬Ņverdad, Adrianita?, nunca hay carta para este caballero… Lo s√© por la criada.

Adriana revolvióse molesta en la silla.

РNo le haga caso Рme dijo, dirigiéndome una rápida mirada condolida y casi acariciante.

– ¬°Ni en casa ni en la lista de Correos! – respond√≠ yo- . Tiene usted raz√≥n, se√Īorita. Nadie se acuerda de escribirme, por la sencilla raz√≥n de que no tengo ning√ļn amigo.

– ¬ŅNi uno siquiera? Pero ¬Ņes posible? ¬ŅNi uno?

– Ni uno. Yo no tengo m√°s que a mi sombra en esta vida. Hasta ahora no he hecho m√°s que pasearla conmigo de ac√° para all√°, y nunca me detuve en ning√ļn sitio el tiempo necesario para hacerme de alg√ļn amigo.

– ¬°Dichoso usted – exclam√≥ la solterona, suspirando- , que ha podido viajar tanto! Bueno; pues oiga usted: si no quiere hablarnos de otra cosa, ¬Ņpor qu√© no nos cuenta algo de sus viajes?

Poco a poco, vencidos los escollos de las primeras preguntas desconcertantes, y dando de lado a otros con los remos de la mentira que me servían de palanca y de puntal, agarrándome como con ambas manos a los que más de cerca me amagaban, a fin de orillarlos con mucho tino y prudencia, logró por fin la barquilla de mi ficción salir a alta mar e izar la vela de la fantasía.

Despu√©s de a√Īo y pico de forzado silencio, sent√≠a yo un gran gusto en hablar por los codos todas las noches, en la azote√≠lla, de lo que viera en mis viajes, de las observaciones que hiciera y de los lances que me sucedieran andando por esos mundos. Maravill√°bame yo mismo de haber recogido en mis viajes tantas impresiones que con el silencio estaban como enterradas en mi interior, y que ahora, al dar rienda suelta a la lengua, resucitaban y flu√≠an con admirable vivacidad de mis labios. Esta √≠ntima maravilla prestaba extraordinario colorido a mis relatos, y del deleite que las dos mujeres atestiguaban sentir al escucharme, iba naciendo en m√≠ el pesar por no haber gozado antes de aquel bien, pesar que hac√≠a subir de punto m√°s todav√≠a el aliciente de mi narraci√≥n.

Al cabo de unas noches no m√°s, ya hab√≠an cambiado radicalmente la actitud y el tono de la pianista para conmigo. Sus mustios ojos llen√°ronsele de una languidez tan intensa, que hac√≠an pensar m√°s que nunca en la imagen del contrapeso interno de plomo, resaltando m√°s grotesco que nunca el contraste entre ellos y la carota de m√°scara carnavalesca. ¬°No cab√≠a duda: la se√Īorita de Caporale hab√≠ase enamorado de m√≠!

La ridícula sorpresa que hubo de causarme aquel descubrimiento fue causa de que advirtiera que todas aquellas disertaciones mías de por las noches no habían ido enderezadas, ni remotamente, a ella, sino a la otra, que siempre me escuchaba silenciosa. Saltaba a la vista, sin embargo, que aquella otra habíalo comprendido así, pues a poco hubo de establecerse entre nosotros como un tácito acuerdo de holgarnos a hurtadillas del cómico e imprevisto efecto que mis razonamientos habían surtido en las sensibilísimas fibras sentimentales de la cuarentona pianista.

Mas no se crea que con este descubrimiento dejaron de ser absolutamente puros los pensamientos que Adriana me inspiraba. Aquella su candoroso bondad, impregnada de tristeza, no pod√≠a inspirar pensamientos de otra √≠ndole; pero, a pesar de eso, llen√°bame de alegr√≠a aquella primera confidencia que ella me otorgaba, tenue y silenciosa confidencia, tan extremada cuanto su delicada timidez lo consent√≠a. Reduc√≠ase a una fugaz mirada, comparable a un destello de suav√≠sima gracia; a una sonrisa de conmiseraci√≥n por la rid√≠cula presunci√≥n de aquella pobre solterona; a alguna ben√©vola llamada al orden, que me hac√≠a con los ojos, y a un leve adem√°n de cabeza cuando yo me extralimitaba un poco, para nuestro secreto solaz, al darles jarilla a las esperanzas de aqu√©lla, que ya tocaba en el √°pice de la dicha, ya se despe√Īaba en el abismo del desconsuelo por alguna salida m√≠a, inesperada y violenta.

Р¡Qué mal debe usted andar del lado izquierdo Рdíjome cierta vez la pianista- , si es verdad eso que usted dice, y yo no creo, de haber atravesado hasta ahora incólume por la vida!

– ¬ŅInc√≥lume?

РSí; quiero decir sin haber caído nunca en las redes de una pasión.

– ¬°Ah! ¬°Eso, nunca, se√Īorita; nunca!

РBueno; pero usted no ha llegado a decirnos todavía la procedencia de aquel anillito que le mandó cortar a un platero porque le venía demasiado justo.

– Y me hac√≠a da√Īo… ¬ŅNo se lo expliqu√© ya?… S√≠, se√Īorita. ¬°Era un recuerdo de mi abuelo!

Р¡A otra con ésa!

– Como usted quiera: pero haga cuenta que puedo decirle a usted hasta cu√°ndo me lo regal√≥. Fue un d√≠a, en Florencia, al salir de la Galer√≠a degli Uffizzi, por haber confundido yo, que entonces tendr√≠a unos doce a√Īos, un cuadro del Perugino con otro de Rafael. En premio de aquella coladura, regal√≥me mi abuelito del anillo. Porque ha de saber que mi abuelo cre√≠a firmemente que aquel cuadro del Perugino era obra de Rafael. ¬°Ya tiene usted explicado el misterio! Y ahora comprender√° usted que entre la manecita de un chico de doce a√Īos y esta manaza de que en la actualidad disfruto, hay alguna diferencia. ¬ŅVe usted? Ahora todo yo soy as√≠ como esta manaza m√≠a, que no se aviene a llevar anillitos graciosos. Coraz√≥n, lado izquierdo, como usted dice, puede que lo tenga; pero yo soy justo conmigo mismo, se√Īorita, y cada vez que me miro al espejo con este lucido par de gafas, a las que, despu√©s de todo debo estarles agradecido, siento que se me caen los palos del sombrajo, y me digo: ¬ŅC√≥mo puedes hacerte la ilusi√≥n, querido Adriano, de que vaya a enamorarse de ti ninguna mujer?

– ¬°Vaya una ocurrencia! – exclam√≥ la pianista- . Usted cree ser justo consigo mismo al hablar as√≠ y, en cambio, resulta usted el colmo de la injusticia para con nosotras. Porque, para que usted lo sepa, se√Īor Meis, la mujer es m√°s generosa que el hombre y no se limita, como √©ste, a fijarse en el f√≠sico.

РPues entonces debemos reputar a la mujer por más valiente que el hombre. Porque yo, francamente, reconozco que, aparte la generosidad, se necesitaría también un poquito de valor para querer a un hombre de mi estampa.

– ¬°Quite usted all√°! Usted, por lo visto, goza en sentar plaza de feo, seg√ļn lo que dice y hace, que no parece sino que quiere pasar por m√°s feo de cuanto lo sea.

– En eso tiene usted raz√≥n; pero ¬Ņsabe usted por qu√© hago eso? Pues para que nadie tenga que tenerme l√°stima. Si hiciese por disimular en alg√ļn modo mi fealdad, no faltar√≠a quien dijese: ¬ęMiren a ese desgraciado que va tan orondo creyendo que, por haberse dejado el bigote, ya parece m√°s guapo¬Ľ. Mientras que as√≠ nadie puede decir nada. ¬ŅQue soy feo? Bueno; pero lo soy con colmo, a la luz del sol, sin andar con pa√Īos calientes. ¬ŅQu√© me dice usted a esto?

La pianista lanzó un profundo suspiro.

РDigo que hace usted mal Рme respondió- . Si probase usted a dejarse un poco de barba, por ejemplo, ya vería cómo usted mismo notaba que no es ese monstruo de fealdad que pretende parecer.

– Pero ¬Ņy este ojo? – pregunt√©le.

– Hombre, puesto que habla usted de √©l con tanto desparpajo – salt√≥ la pianista- , le dir√© con toda franqueza lo que hace d√≠as tengo en la punta de la lengua: ¬ŅPor qu√© no se somete usted, y usted dispense, a una operaci√≥n que hoy d√≠a resulta facil√≠sima? De querer usted, no tardar√≠a en verse libre de ese ligero defecto.

– ¬ŅLo ve usted se√Īorita? – conclu√≠ yo- . Ser√° verdad eso de que la mujer es m√°s generosa que el hombre; pero f√≠jese usted en que, con mucha suavidad, acaba usted de aconsejarme que haga por ponerme otra cara.

¬ŅPor qu√© insist√≠a yo tanto sobre aquel tema? ¬ŅAcaso porque hubiera deseado que la pianista me declarase all√≠ sin rodeos, en presencia de Adriana, que ella era capaz de quererme; es m√°s, que ya me quer√≠a, tal y como era: todo afeitado y con aquel ojo extraviado? Nada de eso. Tanto porfiar y tanto hacerle a la solterona preguntitas premeditadas, obedec√≠an a haber notado yo que Adriana experimentaba un placer acaso inconsciente al o√≠r las contestaciones victoriosas que aqu√©lla me daba.

Llegu√© a comprender de esa suerte que, no obstante mi estramb√≥tico aspecto, ella pod√≠a quererme. No se lo dije ni a mi sombra; pero, a partir de aquella noche, antoj√≥seme m√°s blando el lecho que yo ocupaba en aquella casa, m√°s simp√°ticos cuantos objetos me rodeaban, m√°s ligero el aire que aspiraban mis pulmones, m√°s azul el cielo y m√°s espl√©ndido el sol. Empe√Ī√©me en creer que todo aquel cambio se deb√≠a a haber muerto Mat√≠as Pascal en el molino de La Caba√Īa y a haber yo recobrado, finalmente, el equilibrio despu√©s de andar extraviado alg√ļn tiempo en mi nueva e ilimitada libertad y alcanzado el ideal que me propusiera; a saber: hacer de m√≠ otro hombre y vivir otra vida, de la que ahora ya sent√≠ame henchido.

Y el alma volvi√≥seme jovial, como cuando era un jovenzuelo, y sacudi√≥ de s√≠ el veneno de la experiencia. Hasta dej√≥ de parecerme tan pesado el se√Īor Paleari; la sombra, la niebla, el humazo de su filosof√≠a hab√≠anse desvanecido al sol de mi nuevo alborozo. ¬°Pobre don Anselmo! De las dos cosas en que, seg√ļn √©l, deb√≠amos pensar los mortales, no se percataba √©l, que s√≥lo pensaba en una, aunque, ¬°qu√© diantre!, tambi√©n √©l hab√≠a rendido tributo a la vida all√° en sus mocedades. M√°s digna de compasi√≥n era la se√Īorita de Caporale, que ni siquiera empinando el codo lograba la alegr√≠a de aquel inolvidable borracho de la calle de Borgo Nuovo. Ella, la pobre, quer√≠a vivir, y consideraba poco generosos a los hombres, que s√≥lo reparan en la hermosura f√≠sica. ¬ŅPero tan hermosa de alma sent√≠ase ella? ¬°Qui√©n sabe de cu√°les y cu√°ntos sacrificios hubiera sido capaz verdaderamente de haber dado con un hombre generoso! Quiz√° entonces no hubiera catado el vino.

¬ęSi nosotros mismos reconocemos – pensaba yo-¬† que el errar es propio del hombre, ¬Ņno resulta la justicia una crueldad?¬Ľ

Y form√© el prop√≥sito de no volver a ser cruel con la pianista. Form√© el prop√≥sito; pero, ¬°ay de m√≠!, que fui cruel sin saberlo; y tanto m√°s cruel cuanto menos quise serlo. La amabilidad con que la trataba a√Īadi√≥ nuevo p√°bulo a su natural fuego. Y suced√≠a que, en tanto yo hablaba, la pobre de la solterona se pon√≠a muy p√°lida, mientras que a Adriana le sal√≠an los colores. Yo apenas si me percataba de lo que dec√≠a; pero s√≠ sent√≠a que jam√°s alguna de mis palabras, ni su tono y expresi√≥n, llegaban a extremar tanto la turbaci√≥n de aquella a quien, en realidad, iban dirigidas, como para romper la armon√≠a secreta que ya, sin que pudiera yo explicar la causa, reinaba entre nosotros.

Tienen las almas un modo particular de entenderse, de entrar en intimidad unas con otras y hasta de tutearse, mientras nuestros cuerpos se hallan todav√≠a sujetos al comercio de vulgares palabras y a la esclavitud de las exigencias sociales. Tienen las almas sus necesidades especiales y sus aspiraciones propias, de las que se veda a s√≠ mismo el cuerpo adquirir conciencia y sentido cuando ve la imposibilidad de satisfacerlos y traducirlos en acto. Y siempre que dos seres que se comuniquen de esta suerte entre s√≠, √ļnicamente con las almas se encuentran solos en alg√ļn lugar, sienten una turbaci√≥n angustiosa y casi una repugnancia violenta aun al m√°s m√≠nimo contacto material; un sufrimiento que los aleja y separa y que cesa de pronto, en cuanto aparece un tercero. Pasada ya entonces la congoja aquella, las dos almas sollispadas se buscan y sonr√≠en desde lejos.

¡Cuántas veces no hice yo con Adriana la experiencia de lo que acabo de decir! Sólo que la cortedad que yo le inspiraba entonces era efecto de su natural pudoroso y tímido, y la mía creía yo se debiese al remordimiento que me dejaban las mentiras que me veía obligado a urdir frente al candor y la ingenuidad de aquella plácida y dócil criatura.

Yo la ve√≠a ya con otros ojos. Pero ¬Ņno ser√≠a que, efectivamente, hab√≠ase transformado de un mes a esta parte? ¬ŅNo se encend√≠an ahora en una m√°s viva luz interior sus fugaces miradas? ¬ŅY no delataban sus sonrisas no costarle ya tanto aquel esfuerzo por d√°rselas de madrecita juiciosa? S√≠; quiz√° ella tambi√©n obedeciera instintivamente a mi misma necesidad, al ansia de crearse la ilusi√≥n de una nueva vida, sin meterse a averiguar cu√°l ni cu√°l no. Un deseo vago, cual una aura del alma, hab√≠ale abierto a ella, lo mismo que a m√≠, una de las ventanas del futuro, por la cual llegaba hasta nosotros un rayo de luz de mareante tibieza, que nos ba√Īaba benigna, mientras no nos decid√≠amos a acercarnos a aquella ventana ni para cerrarla de nuevo ni para ver qu√© panorama se divisaba desde ella.

La pobre de la pianista experimentaba los efectos de aquella nuestra purísima embriaguez.

– ¬ŅSabe usted, se√Īorita – hube yo de decirle cierta noche- , que estoy casi resuelto a seguir su consejo?

– ¬ŅCu√°l? – me pregunt√≥.

– Pues el de ir a que me opere un oculista.

La solterona batió palmas muy contenta.

– Muy bien – exclam√≥- . Vaya usted a ver al doctor Ambrosini. Es el mejor. A mi pobre mam√°, que est√© en gloria, le hizo la operaci√≥n de las cataratas. ¬ŅVes, Adriana, c√≥mo el espejo habl√≥ por fin? ¬ŅQu√© te dec√≠a yo?

Adriana sonrióse, y yo también me sonreí.

– No ha sido que me haya hablado el espejo, se√Īorita – respond√≠le yo- , sino que la necesidad aprieta. De alg√ļn tiempo a esta parte ha dado en dolerme el ojo, y aunque en la vida me sirvi√≥ de nada, no querr√≠a, sin embargo, perderlo.

Ment√≠a como un bellaco. Ten√≠a raz√≥n la pianista: el espejo me hab√≠a hablado, y me hab√≠a dicho que si con s√≥lo una operaci√≥n relativamente ligera lograba borrarme del rostro aquella desairada se√Īa personal tan caracter√≠stica del difunto Mat√≠as, ya podr√≠a Adriano Meis hasta quitarse las gafas azules, dejarse el bigote y ponerse en consonancia del mejor modo posible, corporalmente, con el cambio experimentado por sus condiciones de esp√≠ritu.

Pero de estas √ļltimas deb√≠a, sin embargo, apearme de improviso, pocos d√≠as despu√©s, una escena nocturna, a la que asist√≠ escondido detr√°s de las maderas de una de las ventanas de mi cuarto.

Desarroll√≥se la escena en la azote√≠lla, donde hasta las diez hab√≠ame estado yo de palique con las dos mujeres. Al retirarme a mi cuarto, p√ļseme a leer distra√≠do uno de los libros predilectos del se√Īor Paleari sobre la reencarnaci√≥n. En cierto momento pareci√≥me o√≠r que hablaban en la azote√≠lla, y aguc√© el o√≠do por ver si estaba all√≠ Adriana. No. Eran dos personas las que hablaban, quedo y con mucha animaci√≥n; pero una de las voces era de hombre, y no la del se√Īor Paleari. Hombres en la casa no hab√≠amos m√°s que √©l y yo; as√≠ que, lleno de curiosidad, asom√©me a la ventana y mir√© por las maderas. Pareci√≥me distinguir en la oscuridad a la pianista. Pero ¬Ņqui√©n era el individuo con quien hablaba? ¬ŅHabr√≠a llegado inesperadamente de N√°poles Terencio Papiano?

Por cierta palabra que hubo de pronunciar más alto la pianista, comprendí que se estaban ocupando en mi persona. Acerquéme más a la persiana y agucé todavía más el oído. Aquel sujeto mostrábase enojado por las noticias que seguramente le habría dado de mí la pianista; ésta procuraba ahora serenarlo.

– ¬ŅEs rico? – pregunt√≥ el hombre, una vez en el curso del coloquio.

Y la pianista repuso:

– No lo s√© a punto fijo…, aunque lo parece. Porque √©l vive sin hacer nada…

– ¬ŅY est√° en casa siempre?

– ¬°Ca, no! Adem√°s, ya lo ver√°s ma√Īana…

Dijo exactamente así: verás. Luego lo tuteaba.

Luego el tal Papiano, que no pod√≠a ser otro el sujeto, era amante de la se√Īorita de Caporale. Pero entonces, ¬Ņc√≥mo me hab√≠a estado haciendo aquella tantos arrumacos?

Subi√≥ de punto mi curiosidad; pero cual si lo hicieran adrede, ellos bajaron todav√≠a m√°s la voz. No pudiendo ya valerme del o√≠do, apel√© a la vista. Y pude comprobar que la solterona le ten√≠a puesta una mano en el hombro a su interlocutor, el cual no tard√≥ en apartarla con malos modos. – Pero ¬Ņc√≥mo pod√≠a yo evitarlo? – exclam√≥ la pianista, alzando un poco la voz con desesperaci√≥n intensa- . ¬ŅQui√©n soy yo ni qu√© represento en esta casa?

РAnda y llama a Adriana ordenó el otro con imperio.

Al o√≠r el nombre de Adriana pronunciado en aquel tono, apret√© yo los pu√Īos y sent√≠ que la sangre se me alborotaba.

– Est√° durmiendo – dijo la pianista.

A lo que el otro, hosco y amenazador, repuso: РBueno, pues ve y despiértala enseguida. No sé cómo me contuve para no abrir con furia la ventana.

El esfuerzo que hice para imponerme aquel freno hizo que por un momento volviese en m√≠; las mismas palabras que acababa de pronunciar con tanta desolaci√≥n la pobre pianista se me vinieron a los labios: ¬ę¬ŅQu√© soy yo ni qu√© represento en esta casa?¬Ľ

Apartéme de la ventana. Pero al momento recordé la disculpa de que me traían a mí en boca aquellos dos personajes, que hablaban de mí, y que el tipo aquel quería todavía interrogar, por lo visto, a Adriana; así que yo tenía el deber de averiguar y poner en claro cuáles eran sus condiciones y sentimientos para conmigo.

Pero la facilidad con que admit√≠ aquella disculpa por la indelicadeza que comet√≠a espiando y fisgando a hurtadillas, di√≥me a entender y dej√≥me traslucir que si yo echaba por delante lo de mi inter√©s personal, hac√≠alo √ļnicamente por no darme por enterado de aquel otro inter√©s, m√°s vivo, que otra personita me inspiraba en aquel instante.

Torné a mirar por los resquicios de la persiana. Ya no estaba la pianista en la azotea. El otro individuo habíase quedado solo y ahora se había puesto a mirar al río, con los codos sobre el pretil y la cara entre las manos.

Presa de una ansiedad loca, aguardé agachado, apretándome enérgicamente las rodillas con las manos, la llegada de Adriana a la azoteílla. Aquella larga espera no se me hizo ni pizca de pesada, sino que, por el contrario, hubo de procurarme una viva y creciente satisfacción, pues inferí de ella que Adriana resistíase a rendirse al imperio de aquel bellaco. Quizá la pianista la estuviese rogando con las manos juntas que acudiese a su llamada. Y el otro, en tanto, allí, en la azoteílla, esperaba comido del despecho. Llegué hasta hacerme la ilusión de que la solterona iba a venir a decirle a aquel tío que Adriana no quería levantarse. Pero no, que ya estaba allí.

Papiano salióle enseguida al encuentro.

– ¬°V√°yase usted a acostar! – intim√≥le a la pianista- , que tengo que hablar con mi cu√Īada.

Obedeció la solterona, y entonces Papiano aprestóse a cerrar la puerta de comunicación de la azotea con el comedor.

Р¡Eso no! Рgritó Adriana, tendiendo un brazo hacia la puerta.

– Es que tengo que hablarte – salt√≥ el cu√Īado con tono desabrido, esforz√°ndose por bajar la voz.

– Pues habla de una vez. ¬ŅQu√© es lo que quieres decirme? – exclam√≥ Adriana- . ¬ŅTanta prisa te corr√≠a, que no has podido aguardarte a ma√Īana?

РNo. ¡Tengo que hablarte ahora mismo! Рreplicó el otro, cogiéndola de un brazo y tirando de ella.

РPues acaba, hombre Рgritó Adriana zafándose airadamente.

Yo no pude contenerme ya y abr√≠ la persiana. – ¬°Oh, se√Īor Meis! – exclam√≥ Adriana- . ¬ŅQuiere usted hacer el favor de venir un momento?

– ¬°All√° voy, se√Īorita! – respond√≠ al punto.

El coraz√≥n di√≥me un brinco de alegr√≠a y de gratitud; de un salto me plant√© en el corredor; pero al salir, encontr√©me junto a la puerta de mi cuarto, casi acurrucado encima de un ba√ļl, a un jovencito esmirriado, muy rubio, con una cara entre larga y muy descolorida, que abr√≠a como a duras penas un par de ojos azules, muy l√°nguidos y bobalicones. Qued√©me un momento sorprendido, mir√°ndolo; luego pens√© que ser√≠a el hermano de Papiano, y sal√≠ a la azotea.

– Se√Īor Meis – d√≠jome Adriana- , aqu√≠ le presento a mi cu√Īado Terencio Papiano, que acaba de llegar de N√°poles.

Р¡Mucho gusto en conocerle! Рexclamó aquél, descubriéndose.

Y, haciéndome una reverencia, estrechóme calurosamente la mano.

– Siento haber estado tanto tiempo ausente de Roma; pero estoy seguro de que mi cu√Īadita habr√° sabido atenderle debidamente; ¬Ņno es verdad? Si echase de menos alguna cosa, no tiene m√°s que decirlo, ¬Ņeh?… Si necesitase, por ejemplo, una mesa de escribir m√°s grande…. o alg√ļn otro mueble, d√≠ganoslo sin andar con ceremonias… Nosotros tenemos a gala el complacer a nuestros hu√©spedes…

– Gracias, gracias – repuse yo- ; pero no me hace falta nada absolutamente.

– No tiene que darme las gracias, que √©sa es nuestra obligaci√≥n… Y si me necesita para alguna cosa, no tenga reparo en disponer de m√≠… pero, Adriana, hija m√≠a, t√ļ ya te hab√≠as acostado. Vu√©lvete a la cama, si quieres…

– ¬°Ya, para qu√©! – exclam√≥ Adriana sonriendo con su acostumbrada melancol√≠a- . Ya que estoy levantada…

Y se arrimó al pretil para mirar al río.

Comprend√≠ que no quer√≠a dejarme solo con el cu√Īado. ¬ŅQu√© era lo que tem√≠a? Qued√≥se all√≠ absorta, al parecer, en la contemplaci√≥n del r√≠o, mientras el hombre, sin ponerse el sombrero, me hablaba de N√°poles, donde hab√≠a tenido que estarse m√°s tiempo del que pensaba, copiando infinitos documentos del archivo particular de la duquesa Teresa Ravaschieri Fieschi, nuestra madre la duquesa, como la llamaban todos, o nuestro pa√Īo de l√°grimas, como en justicia deb√≠a llamarse; documentos de extraordinario valor, llamados a arrojar nueva luz sobre el fin del reino de las dos Sicilias, y principalmente sobre la figura de Cayetano Filangieri, pr√≠ncipe de Satriano, que el marqu√©s de Giglio, don Ignacio Giglio d‚ÄôAuletta, con el cual estaba Papiano de secretario, propon√≠ase ilustrar con una biograf√≠a prolija y veraz. Veraz, por lo menos, en cuanto se lo consintiera su fidelidad y adhesi√≥n a los Borbones.

Parlaba por los codos. Saltaba a la vista que se escuchaba a s√≠ mismo, complaci√©ndose en aquella verborrea, empleando expresiones de follet√≠n por entregas y recalcando sus palabras con risas y gestos oportunos. Yo le escuchaba sin pesta√Īear, asintiendo de vez en cuando con la cabeza a lo que dec√≠a, y echando alguna que otra furtiva mirada a Adriana, que segu√≠a absorta en la contemplaci√≥n del r√≠o.

– ¬°Claro! – exclam√≥ Papiano con voz de bar√≠tono- . ¬°Como que el marqu√©s de Giglio d‚ÄôAuletta es un partidario de los Borbones y un clerical de tomo y lomo! Y haber de servirle yo de secretario…. yo, que… (tengo que andar con tapujos para decirlo hasta en mi misma casa); yo que todas las ma√Īanas lo primero que hago es saludar con la mano la estatua de Garibaldi en el Jan√≠culo. ¬ŅNo la ha visto usted? Desde aqu√≠ se divisa admirablemente. Yo me quedar√≠a ronco de gritar: ‚Äú¬°Viva el veinte de septiembre!‚ÄĚ ¬°Le digo a usted…! Aunque, por lo dem√°s, el marqu√©s es una bell√≠sima persona, s√≥lo que reaccionario a machamartillo… ¬°Qu√© vamos a hacerle! Todo por el cocido. ¬°Le juro a usted que algunas veces me entran unas ganas de escupirle! Y de rabia de no poder hacerlo, se me forma en la garganta un nudo que me ahoga… Pero ¬°qu√© hemos de hacerle! ¬°El cocido!

Encogióse por dos veces de hombros, levantó los brazos y se aporreó los muslos.

– Oye, t√ļ, Adrianita – exclam√≥ luego, lleg√°ndose a la joven y ci√Ī√©ndole el talle con ambas manos- . Anda, vete a acostar; ya es tarde. Y este caballero tendr√° sue√Īo.

Delante de la puerta de mi cuarto estrech√≥me la mano Adriana con inusitada energ√≠a. Yo, al quedarme solo, tuve alg√ļn tiempo cerrado el pu√Īo como para prolongar la presi√≥n de su mano. Toda la noche me la pas√© cavilando y d√°ndoles vueltas en el mag√≠n a mil pensamientos. La ceremoniosa hipocres√≠a, el zalamero y locuaz servilismo de aquel tipo y su mala √≠ndole eran tales como para hacerme intolerable la permanencia en aquella casa, en la cual – no hab√≠a duda-¬† quer√≠a mandar como amo y se√Īor, aprovech√°ndose de la bonacher√≠a del suegro. ¬°Qui√©n sabe qu√© ma√Īas emplear√≠a a ese fin! Pod√≠a figur√°rmelo, al ver la facilidad con que cambiara radicalmente de actitud en mi presencia. ¬ŅPero por qu√© ver√≠a con tan malos ojos el que yo viviese en la casa? ¬ŅPor qu√© no ser√≠a yo para √©l un hu√©sped como cualquier otro? ¬ŅQu√© ser√≠a lo que la pianista le hab√≠a contado de m√≠? ¬ŅPod√≠a √©l seriamente sentir celos de m√≠ por culpa de aquella estramb√≥tico amante? ¬ŅO tendr√≠an sus celos otro origen? Aquella su manera de proceder, arrogante y recelosa; el modo como ech√≥ de la azotea a la pianista para quedarse a solas con Adriana, a la que al principio interpelara con tanta violencia; la rebeld√≠a de la joven y su oposici√≥n a que cerrara la puerta; la turbaci√≥n de que daba muestras cada vez que se le mentaba a su cu√Īado ausente, todo eso corroboraba para m√≠ la odiosa sospecha de que el tal cu√Īadito ten√≠a sus miras particulares sobre ella.

Pero, aunque as√≠ fuere, ¬Ņpor qu√© me devanaba yo tanto los sesos? ¬ŅNo era due√Īo, al fin y al cabo, de irme de aquella casa en cuanto el tal Papiano me resultara molesto? ¬ŅQui√©n me sujetaba all√≠? Nadie. S√≥lo que con tern√≠sima complacencia recordaba luego que Adriana hab√≠ame llamado desde la azote√≠lla como implorando mi protecci√≥n, y que al despedirse me hab√≠a apretado muy fuerte la mano…

Había dejado abierta la persiana. Y en su vano dejóse ver de pronto la luna, ni más ni menos que si hubiera querido fisgarme y cogerme desvelado todavía en la cama para decirme:

– ¬°Estoy al cabo de la, calle de todo, rico! Y t√ļ, ¬Ņno lo est√°s?… ¬ŅDe veras?…

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

¬ę¬ę¬ę Pirandello en Espa√Īol

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