El difunto Matias Pascal – Capitulo 15 – Yo y mi sombra

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

El difunto Matias Pascal - Capitulo 15

El difunto Matias Pascal
Capitulo 15
Yo y mi sombra

Me ha sucedido varias veces, al despertarme en el coraz√≥n de la noche – la cual, en este caso, no da muestra verdaderamente de tener coraz√≥n- , me ha sucedido, repito, experimentar en la oscuridad y en el silencio un extra√Īo asombro, un peregrino empacho, al recuerdo de algo que hiciera de d√≠a, a la luz, sin pensar en ello; y me he preguntado entonces a m√≠ mismo si a determinar nuestros actos no concurrir√°n tambi√©n los colores, la vista de las cosas circundantes y el vario tr√°fago de la vida. Indudablemente que s√≠, v ¬°qui√©n sabe cu√°ntos factores m√°s! ¬ŅNo vivimos, seg√ļn el se√Īor Paleari, en relaci√≥n con el Universo? Ahora hay que ver cu√°ntas sandeces nos hace cometer este condenado Universo, y de las cuales echamos luego la responsabilidad a nuestra pobre conciencia, atra√≠da, como se encuentra, por fuerzas exteriores, y deslumbrada por una luz que fuera de ella radica. Y, por el contrario, ¬°cu√°ntas maduras deliberaciones, cu√°ntos bien meditados prop√≥sitos, cu√°ntos expedientes urdidos durante la noche no se nos antojan luego vanos, desplom√°ndose y desvaneci√©ndose a la luz del d√≠a! As√≠ como una cosa es el d√≠a y otra la noche, puede que tambi√©n seamos nosotros una cosa de d√≠a y otra cosa de noche, aunque, en resumidas cuentas, cosa de muy poco valor, ¬°ay de m√≠!, lo mismo de noche que de d√≠a.

Recuerdo que al abrir, despu√©s de cuarenta d√≠as, las ventanas de mi habitaci√≥n, no experirnent√© alegr√≠a alguna al ver de nuevo la luz. Empa√Ī√≥me √©sta horriblemente la idea de lo que hiciera durante aquellos d√≠as pasados a la sombra. Todas las razones, excusas y persuasiones que en aquella lobreguez ten√≠an su peso y su valor, hubieron de perderlo por completo no bien abr√≠ las ventanas, torn√°ndose lo contrario de lo que hab√≠an sido. Y en vano aquel pobre yo, que tanto tiempo se hab√≠a estado con las ventanas cerradas, e intent√°ndolo todo con tal de hacer m√°s llevadero el tedio de la clausura, t√≠mido ahora cual perro vapuleado, andaba junto a aquel otro que me abr√≠a las ventanas y se despertaba a la luz del d√≠a, ce√Īudo, severo, iracundo; en vano hac√≠a por ahuyentarle los malos pensamientos, inst√°ndole a alegrarse m√°s bien delante del espejo, del √©xito de la operaci√≥n y de haber vuelto a crecerle la barba y hasta de aquella palidez que le ennoblec√≠a el rostro.

– Pero, idiota, ¬Ņqu√© has hecho? ¬ŅQu√© has hecho?

– ¬ŅQu√© hab√≠a de haber hecho? Nada, seamos justos ¬°Hab√≠a hecho el amor! ¬ŅEn aquella oscuridad ten√≠a yo la culpa?-¬† no hab√≠a ya visto ning√ļn obst√°culo, perdiendo el freno que hasta all√≠ me impusiera. Quer√≠a Papiano quitarme a Adriana; la pianista hab√≠a hecho que se sentara a mi lado, lo cual hubo de valerle a la pobre aquel tremendo pu√Īetazo en la boca; andaba yo a mal traer – ¬°naturalmente!-¬† con los dolores del ojo operado; cre√≠ame, como todo infeliz (l√©ase hombre), con derecho a una compensaci√≥n, y teni√©ndola tan a la mano, no pude menos de tom√°rmela; hac√≠anse all√≠ los experimentos de la muerte, y Adriana, junto a m√≠, era la vida, la vida que aguarda un beso para abrirse a la alegr√≠a; luego, Manuel Bern√°ldez hubo de besar en lo oscuro a su Pepita, y entonces yo tambi√©n…

– ¬°Ah!

Dej√©me caer en la butaca con las manos en las mejillas. Sent√≠a que los labios me temblaban; aquel recuerdo… ¬°Adriana! ¬°Adriana! ¬ŅQu√© esperanzas hab√≠ale yo infundido en el coraz√≥n con aquel beso? Mi esposa, ¬Ņno es verdad? Abiertas las ventanas, ¬°holgorio y regocijo!

Hab√≠a tenido ya ocasi√≥n de ver c√≥mo aquella libertad m√≠a, que a lo primero me pareciera ilimitada, no era sino limitad√≠sima, atendidos mis pocos dineros; luego hab√≠a ca√≠do en la cuenta que la tal libertad no era, despu√©s de todo, m√°s que soledad y aburrimiento, conden√°ndome a un terrible castigo: el de mi propia compa√Ī√≠a, que hab√≠a sido la raz√≥n de que yo buscase el trato de mis semejantes; pero, y aquel prop√≥sito que yo formara de no volver a anudar, por flojamente que fuere, los lazos de la vida, ¬Ņde qu√© me hab√≠a valido? Hete aqu√≠ que los tales lazos hab√≠an vuelto a anudarse ellos solos; y la vida, no obstante haberme puesto yo en guardia contra sus arrumacos, hab√≠a tirado de m√≠ con fuerza irresistible, ¬°y esa vida no pod√≠a ser ya para m√≠! ¬°Ah! ¬°Ahora lo ve√≠a claro! Ahora, que no pod√≠a ya con vanos pretextos, con fingimientos casi pueriles ni con piadosas y menguadas excusas librarme de adquirir conciencia de los sentimientos que me inspiraba Adriana, ni atenuar el alcance de mis intenciones, palabras y actos. Hartas cosas hab√≠ale dicho sin hablar, apret√°ndole la mano y oblig√°ndole a entrelazar sus dedos con los m√≠os; hasta que, finalmente, sell√≥ un beso nuestro amor. ¬ŅY c√≥mo responder ahora con los actos a las promesas? ¬ŅPod√≠a yo hacer m√≠a a Adriana? Porque si en la presa del molino de La Caba√Īa me hab√≠an ahogado a m√≠ aquellas dos buenas mujeres de Romilda y mi suegra, ¬°ellas no se hab√≠an ahogado! ¬°Y la que hab√≠a quedado libre hab√≠a sido mi mujer, no yo, que me hab√≠a avenido a hacerme el muerto, lisonje√°ndome con la ilusi√≥n de poder convertirme en otro hombre y hacer otra vida! ¬°Otro hombre, pase, pero a condici√≥n de no hacer nada! Pero ¬Ņy qu√© hombre? ¬°Una sombra de hombre! ¬ŅY qu√© vida? En tanto me di por satisfecho con estarme metido en mi concha y ver vivir a los dem√°s, pude, mal que bien, hacerme la ilusi√≥n de que yo tambi√©n viv√≠a otra vida; pero en cuanto me acerqu√© a esa vida ajena, propas√°ndome al extremo de coger un beso de unos labios apetitosos, ya lo est√°is viendo, me apartaba horrorizado, cual si hubiese besado a Adriana con los labios de un muerto, de un muerto que no pod√≠a resucitar por su amor. Labios mercenarios, s√≠, hubiera podido besar; pero ¬Ņqu√© sabor de vida gustar en tales labios? ¬°Oh! Si Adriana, enterada de mi extra√Īo lance… ¬ŅElla? No, no… ¬°Ni siquiera pensarlo! … ¬°Con lo candoroso y t√≠mida que ella era! … Pero ¬ŅY si el amor pudiera en su √°nimo m√°s que todo, sobreponi√©ndose a todo miramiento social?… ¬°Ay, pobre Adriana! ¬ŅC√≥mo pod√≠a yo encerrarla conmigo en el vac√≠o de mi destino, hacerla compa√Īera de un hombre al cual hab√≠a de serle imposible en absoluto mostrarse a la luz y probar su existencia? ¬ŅQu√© hacer? ¬ŅQu√© hacer?

Dos golpes que sonaron a la puerta me hicieron saltar de la butaca. Era ella, Adriana.

Por m√°s que con violento esfuerzo hiciese yo por reprimir el tumulto de mis pensamientos, no pude evitar, sin embargo, que ella advirtiese el estado de agitaci√≥n en que me encontraba. Presa era ella tambi√©n de turbaci√≥n por efecto de sus pudores, que no le consent√≠an mostrarse alegre, seg√ļn hubiera deseado, al volverme a ver finalmente curado, a la luz y contento… ¬ŅQue no? ¬ŅPor qu√©?

Apenas si alz√≥ los ojos para mirarme; ruboriz√≥se y entreg√≥me un sobre: – Esto, que ha venido para usted…

– ¬ŅUna carta?

РNo lo creo. Será la cuenta del doctor Ambrosini. Dice el criado que si espera contestación.

Le temblaba la voz. Sonrióse.

– Ahora veremos – dije yo.

Pero de pronto acometióme un arrebato de ternura, comprendiendo que con el pretexto de la cuenta había venido, en realidad, en demanda de una palabra mía que la corroborase en sus esperanzas; una piedad profunda y congojosa se apoderó de mí, piedad de mí y de ella, piedad cruel, que me impulsaba con irresistible vehemencia a acariciarla y acariciar en ella a mi dolor, que sólo en ella, con todo y ser su causa, podía hallar lenitivo. Y aun sabiendo que de esa suerte me comprometía todavía más, no acerté a resistir; tendíle las dos manos, y ella, abandonada, rendida, aunque con las mejillas como la grana, levantó las suyas y me las puso en las mías. Después de lo cual cogíle la rubia cabecita y estrechéla contra mi pecho, acariciándole el pelo con suave tacto.

– ¬°Pobre Adriana!

– ¬ŅPor qu√©? – pregunt√≥me ella, bajo el halago de mi caricia- . ¬ŅNo somos felices?

– S√≠…

– Entonces, ¬Ņpor qu√© me llama usted pobre? Asalt√≥me en aquel instante un √≠mpetu de rebeli√≥n; estuve tentado a revel√°rselo todo, y decirle:

¬ę¬ŅQue por qu√©? Pues escucha: porque te amo, y no puedo, no debo amarte. Aunque si t√ļ quisieras …‚ÄĚ Pero ¬°no! ¬ŅQu√© pod√≠a hacer aquella criaturita tan mansa? Estrech√© fuerte contra mi pecho su cabecita rubia y comprend√≠ que ser√≠a mayor crueldad a√ļn despegarla desde lo alto de aquella alegr√≠a a que, ignorante de todo, se entregaba, en los abismos de la desesperaci√≥n que constitu√≠an mi infierno.

– Pues porque – dije solt√°ndola- , porque s√© tantas cosas que se oponen a que usted sea feliz…

Dio muestras Adriana de doloros√≠simo asombro al ver que mis brazos dejaban de ce√Īirle el cuerpo as√≠ tan de repente. ¬ŅEsperar√≠a, acaso, que despu√©s de aquellas caricias empezase yo a llamarla de t√ļ? Qued√≥seme mirando, y, al notar mi agitaci√≥n, pregunt√≥me afanosa:

– Pero ¬Ņqu√© cosas… son esas que usted sabe… de usted… o de aqu√≠…. de casa?

Yo respond√≠le con un gesto: ¬ęDe aqu√≠, de aqu√≠¬Ľ, por conjurar la tentaci√≥n, que cada vez se me hac√≠a m√°s fuerte, de hablar y cont√°rselo todo.

¬°Ojal√° y lo hubiera hecho! Caus√°ndole de pronto aquel golpe, recio, s√≠, pero √ļnico, habr√≠ale ahorrado otros muchos, y yo no me hubiera metido en nuevos y m√°s complicados enredos. S√≥lo que estaba a√ļn harto reciente mi triste descubrimiento; necesitaba todav√≠a profundizar m√°s en su examen, y el amor y la piedad quit√°banme √°nimos para echar por tierra as√≠, tan s√ļbitamente, sus esperanzas y dar al traste con mi vida, es decir, con esa sombra de ilusi√≥n de vida que, en tanto callase, pod√≠a seguir acariciando. Comprend√≠a, adem√°s, cu√°n odiosa hubiera resultado la declaraci√≥n que era forzoso hacerle de que todav√≠a viv√≠a mi esposa. ¬°S√≠! ¬°S√≠! ¬°Al confesarle que yo no era Adriano Meis, volv√≠a a ser Mat√≠as Pasea], muerto y todav√≠a casado! ¬ŅC√≥mo es posible decir tales cosas? Aquel era el colmo de la persecuci√≥n de que una mujer pueda hacer blanco a su marido; emanciparse ella, d√°ndolo por muerto en el cad√°ver de un pobre ahogado, y seguir pesando sobre √©l, hasta despu√©s de muerto. Hubiera podido, s√≠, a ra√≠z del lance, rebelarme, declararme vivo… Pero ¬Ņqui√©n, puesto en mi caso, no hubiera procedido como yo? Todos, todos, de haberse encontrado en mi pellejo, hubieran considerado, de seguro, como una suerte el verse libres por modo tan inesperado e inesperable de la mujer, de la suegra, de las trampas y de aquella menguada y m√≠sera vida que yo llevaba. ¬ŅC√≥mo pod√≠a yo figurarme que ni despu√©s de muerto podr√≠a verme libre de mi costilla; que ella s√≠ podr√° verse libre de m√≠ y yo de ella no, y que aquella vida, que a lo primero viera dilatarse ante m√≠ libre hasta m√°s no poder, no era, en el fondo, sino mera ilusi√≥n, que no podr√≠a pasar a convertirse en realidad sino superficial√≠simamente, resultando m√°s esclava que nunca, esclava de las ficciones y mentiras que tan de mala gana ve√≠ame obligado a inventar, y esclava tambi√©n del temor a que me descubriesen, con todo y no haber cometido ning√ļn delito?

Adriana reconoci√≥ que no ten√≠a verdaderamente en su casa motivos para estar muy contenta; pero ahora… Y con los ojos y con una triste sonrisa pregunt√≥me si pod√≠a ser un obst√°culo para m√≠ lo que para ella era una causa de dolor… ¬ęSupongo que no, ¬Ņverdad?¬Ľ, quer√≠an decir aquella su mirada y aquella su sonrisa.

РBueno; pero, a todo esto, hay que pagarle la cuenta al doctor Ambrosini Рexclamé, fingiendo acordarme de pronto de la cuenta y del criado que aguardaba contestación.

Rasgué el sobre, y sin demora, esforzándome por adoptar un tono chancero:

– ¬°Cuatrocientas liras! – dije- . Mire usted, Adriana: aqu√≠ tiene una de esas malas partidas que nos juega la naturaleza; de modo que tras de condenarme a cargar por tantos a√Īos con un ojo dig√°moslo as√≠, desobediente; cuando a costa de dolores y de estarme encerrado en mi cuarto, por enmendar su yerro, lo consigo, por fin, todav√≠a resulta que me toca pagar. ¬ŅLe parece a usted justo?

Adriana sonrióse con tristeza.

– Puede – repuso-¬† que el doctor Ambrosini no se diese por satisfecho con que usted le contestase que fuera a cobrarle la cuenta a la naturaleza. Lejos de eso, creo que hasta se sentir√° acreedor a su agradecimiento, ya que el ojo…

– ¬ŅLe parece a usted que ha quedado bien?

Hizo un esfuerzo ella para mirarme, y dijo con voz queda, volviendo en seguida a bajar los ojos:

– S√≠… Nadie dir√≠a que es el mismo…

– ¬ŅQui√©n? ¬ŅYo o el ojo? – usted.

– Quiz√° con estas barbas…

– No… ¬ŅPor qu√©? ¬°Si le caen muy bien! …

¬°Dichoso ojo? v con qu√© gusto me lo hubiera sacado con los dedos! ¬Ņ- Qu√© m√°s me daba ya tenerlo o no en su sitio?

– Y, sin embargo – dije- , puede que √©l, por su parte, estuviese antes m√°s contento… Ahora me da algo que hacer… Aunque espero que se me Pasar√°…

Luego dirig√≠me al armario de pared donde ten√≠a guardado el dinero. Adriana hizo adem√°n de retirarse; pero Yo, ¬°necio de m√≠!, le dije que no se fuese. ¬ŅC√≥mo iba yo a figurarme lo que hab√≠a ocurrido?…

Al ir a abrir el armario, noté que la llave no daba la vuelta a la cerradura; dile un empujón a la puerta y cedió al punto. ¡El armario estaba abierto!

– ¬°C√≥mo! – exclam√©- . ¬ŅEs posible que yo lo haya dejado as√≠?

Al notar mi inopinada turbaci√≥n, p√ļsose Adriana l√≠vida. Mir√©la:

Р¡Mire usted, Adriana! Рdije- . ¡Aquí ha debido de andar alguien!

Dentro del armario todo estaba revuelto; habían sacado los billetes del Banco del bolsito de cuero donde yo los guardaba y andaban diseminados por las tablas. Adriana, horrorizada, tapóse la cara con las manos. Yo recogí febrilmente los billetes y me puse a contarlos.

– ¬ŅEs posible? – exclam√©, despu√©s de hecho el arqueo, pas√°ndome la mano por la frente, transida de glacial sudor.

Adriana estuvo para desmayarse; pero apoyóse a tiempo en una mesita que allí cerca había, y díjome con voz que no parecía la suya:

– ¬ŅLo han robado?

– Aguarde usted, aguarde usted. ¬ŅPero c√≥mo es posible? – exclam√© yo.

Y volví a contar los billetes, sobándolos con rabia, como si a fuerza de eso hubieran de parecer los otros que faltaban.

– ¬ŅCu√°nto? – pregunt√≥me Adriana, demudada por efecto del horror y el espanto, no bien hube terminado aquel segundo arqueo.

– Doce…, doce mil liras – balbuc√≠- . Eran sesenta y cinco mil…. y ahora s√≥lo hay cincuenta y tres mil. Cuente usted…

De no haber acudido oportunamente a sostenerla, hubiera rodado Adriana por tierra como un bulto. Pero haciendo todavía un supremo esfuerzo, logró recobrar las fuerzas, y sollozando, convulsa, intentó desasirse de mí, que quería sentarla en la butaca, e hizo ademán de dirigirse a la puerta.

– ¬°Voy a llamar al abuelo! ¬°Voy a llamar al abuelo!

– No – le grit√©, deteni√©ndola y oblig√°ndola a sentarse. ¬°No haga eso, por el amor de Dios! Me aflige usted todav√≠a m√°s… ¬°No quiero, no quiero! ¬ŅPor qu√© tiene usted que ponerse as√≠? Sosi√©guese, por Dios… D√©jeme primero recapacitar un poco; porque si el armario estaba abierto…; pero yo no puedo, no quiero pasar a creer todav√≠a en un robo tan cuantioso… Vamos, est√©se tranquila.

Y obedeciendo a un √ļltimo escr√ļpulo, volv√≠ a contar los billetes; y aun sabiendo, como sab√≠a perfectamente, que en el armario guardaba yo todo el dinero, p√ļseme a rebuscar por todas partes, incluso donde no era posible que yo hubiera puesto tal cantidad, de no haberme vuelto loco o idiota. Y a fin de no levantar mano de tales pesquisas, que a cada momento parec√≠anme m√°s absurdas e in√ļtiles, esforz√°bame por creer inveros√≠mil la audacia del ladr√≥n. Pero Adriana, como delirando, con las manos en la cara y la voz entrecortada por los sollozos, gem√≠a:

– ¬°No busque usted m√°s! ¬°Es in√ļtil! … Ladr√≥n…. ladr√≥n… Por si algo le faltaba, tambi√©n eso… Lo prepar√≥ todo de antemano… S√≠, sent√≠ en la oscuridad una cosa…. y me entr√≥ una sospecha…; s√≥lo que no quer√≠a creerlo capaz de tanto…

Se refería a Papiano, si; no podía ser otro el ladrón sino él, secundado por su hermanito, durante las sesiones de espiritismo.

– Pero ¬Ņc√≥mo es posible – segu√≠a gimiendo Adriana-¬† que tuviese usted en casa, as√≠, a la buena de Dios, tanto dinero?

Yo me volv√≠ a mirarla como pasmado. ¬ŅQu√© responderle? ¬ŅIba a decirle que por la situaci√≥n especial√≠sima en que me encontraba no ten√≠a m√°s remedio que llevar a todas partes mi dinero conmigo? ¬ŅPod√≠a explicarle que me estaba vedado emplearlo en nada ni confi√°rselo a nadie? ¬ŅQue ni siquiera pod√≠a depositarlo en ning√ļn Banco, ya que si por casualidad surg√≠a luego alguna dificultad inesperada cuando fuese a retirarlo, no tendr√≠a medio alguno de probar que aquel dinero era m√≠o?

As√≠ que por no parecer sandio fui cruel. – ¬ŅQui√©n iba a figurarse? – dije.

Adriana volvió a cubrirse la cara con las manos, y gimió desolada:

Р¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

El p√°nico que hubiera debido entrarle al ladr√≥n al cometer su robo, entr√≥me a m√≠ al pensar en lo ocurrido. Papiano no pod√≠a seguramente suponer que fuera yo a culpar del robo al pintor espa√Īol, ni a la pianista, ni a la criada de la casa o al esp√≠ritu de Max; deb√≠a de tener la certeza de que, con la responsabilidad de lo sucedido, hab√≠an de cargar √©l y su hermano; y, a pesar de todo, nada, que me hab√≠an desvalijado como en son de reto.

¬ŅY yo? ¬ŅQu√© pod√≠a yo hacer? ¬ŅDenunciarlo? ¬ŅPero c√≥mo? Nada, nada, que no pod√≠a hacer nada; as√≠ como suena, ¬°nada! Me sent√≠ anonadado, aniquilado. Era el segundo descubrimiento que llevaba a cabo aquel d√≠a. Conoc√≠a al ladr√≥n y no pod√≠a denunciarlo. ¬ŅQu√© derecho ten√≠a yo a la protecci√≥n de la ley? Yo estaba al margen de toda ley… ¬ŅQui√©n era yo? Nadie. Para la ley, como si no existiera… Todo aquel que quisiere podr√≠a robarme; y yo, ¬°callado!

Pero Papiano no pod√≠a saber nada de eso. ¬ŅC√≥mo, entonces, se hab√≠a arrojado a tanto?

¬ę¬ŅC√≥mo habr√° podido hacerlo? – dije entre m√≠- . ¬ŅDe d√≥nde habr√° sacado tanta osad√≠a?¬Ľ Adriana quit√≥se las manos del rostro y mir√≥me estupefacta, como diciendo: ¬ęPero ¬Ņno te lo figuras?¬Ľ

– ¬°Ah, ya! – exclam√© con s√ļbita intuici√≥n. – Debe usted denunciarle – exclam√≥ ella levant√°ndose- . D√©jeme usted, por favor, que llame al abuelo… ¬°Ver√° usted lo que tarda en presentar la denuncia!

Det√ļvela por segunda vez. Por si lo sucedido era poco, s√≥lo faltaba ahora que Adriana me obligase a denunciar el robo. ¬ŅNo era bastante el que me hubiese robado, as√≠ como as√≠, doce mil liras? Lo que deb√≠a yo procurar era que el robo no llegara a saberse, rogarle a Adriana que no lo divulgase, que no se lo dijera a nadie, por caridad. Pero Adriana – y ahora me lo explico perfectamente-¬† no pod√≠a consentir, en modo alguno, que yo me callase, oblig√°ndola tambi√©n a ella a guardar silencio; no pod√≠a en absoluto aceptar aquella que le parec√≠a generosidad de mi parte por muchas razones; primera, por su amor, y luego por la honorabilidad de su casa y el odio que le ten√≠a al cu√Īado.

S√≥lo que en aquel trance pareci√≥me excesivo su justo empe√Īo, y exasperado d√≠jele:

– Usted se callar√°, porque se lo mando yo. No le dir√° una palabra a nadie. ¬ŅMe oye? ¬ŅO es que quiere usted esc√°ndalo?

РNo, no Рapresurase a protestar llorando- . ¡Yo quiero limpiar mi casa del borrón de ese hombre!

– Pero √©l lo negar√° todo – insist√≠ yo- . Y tendremos que comparecer ante la Justicia todos los de esta casa. ¬ŅNo comprende?

– S√≠ que lo comprendo. ¬°De sobra! – respondi√≥ Adriana con vehemencia, tr√©mula de enojo- . Pero que niegue cuanto quiera. Nosotros, por nuestra parte, tenemos otra cosa por qu√© denunciarle… S√≠, den√ļnciele usted… No le guarde consideraciones; no pase pena por nosotros… ¬°Nos har√° usted un gran favor, cr√©alo! As√≠ vengar√° a mi pobre hermana… Crea usted, se√Īor Meis, que lo tomar√© a mal si no lo hace… Quiero, pero as√≠, quiero que usted lo denuncie… Y si no lo hace usted, lo har√© yo. ¬ŅC√≥mo quiere usted que, tanto yo como mi padre, nos avengamos a cargar con esta mancha? ¬°No! ¬°No! ¬°No! Y adem√°s, que…

Estrechela entre mis brazos, olvideme del dinero robado al verla sufrir de aquel modo y desvariar en el paroxismo de la desesperaci√≥n, prometi√©ndole hacer cuanto quisiese con tal de sosegarla. Pero ¬Ņqu√© mancha dec√≠a? No pod√≠a haberla ni para ella ni para su padre; harto sab√≠a yo qui√©n hab√≠a sido el autor de aquel robo. ¬ŅDe forma que Papiano hab√≠a juzgado que mi amor a ella val√≠a bien doce mil liras y hab√≠a yo de demostrarle que estaba en un error? ¬ŅDenunciarlo? Bueno, s√≠, lo har√≠a, no por m√≠, sino por limpiar su casa de aquel desalmado; s√≥lo que con una condici√≥n: que, ante todo, hab√≠a ella de sosegarse, de suspender sus lloros. ¬°Ea! Y adem√°s hab√≠a de jurarme, por lo que m√°s quisiera en el mundo, que no hablar√≠a con nadie del robo hasta tanto que no consultase yo a un abogado, a fin de calcular las consecuencias que podr√≠an resultar de la denuncia y que, tan sobreexcitados como est√°bamos ahora, ni ella ni yo pod√≠amos prever.

– ¬ŅMe lo jura usted, Adriana, por lo que m√°s quiera usted en el mundo?

Jurómelo ella, y sonriendo por entre sus lágrimas, diome a entender por qué me lo juraba, qué era lo que más quería en el mundo.

¬°Pobre Adriana!

Qued√©me, por fin, solo en mitad del cuarto, aturdido, mareado, aniquilado, como si se me hubiese acabado el mundo. ¬ŅCu√°nto tiempo tardar√≠a en reponerme? ¬ŅNi c√≥mo lo logr√©? ¬°Lelo…, lelo! … Como un lelo fui a mirar a la puerta del armario, por ver si descubr√≠a en ella se√Īales de fractura. No, ni la menor huella; hab√≠an llevado a cabo la operaci√≥n con suma pulcritud, vali√©ndose de una ganz√ļa, mientras yo guardaba en mi bolsillo con tanto cuidado la llave.

– ¬ŅY no se siente usted como si le hubieran sustra√≠do alguna cosa? – hubo de preguntarme el bueno de don Anselmo en la √ļltima sesi√≥n.

– ¬°Doce mil liras!

De nuevo el pensamiento de mi absoluta impotencia, de mi nulidad, sobrecogi√≥me, agobiador. Aquello de que hubiesen de robarme y yo no s√≥lo no pudiera delatar al ladr√≥n, sino que, lejos de eso, estuviera temblando no fuera que se descubriese el robo, cual si lo hubiera cometido yo, y no un ratero en mi da√Īo, era cosa en que jam√°s pensara.

– ¬ŅDoce mil liras? Despu√©s de todo, no es mucho; podr√≠an rob√°rmelo todo, hasta la camisa que llevo puesta; y yo, ¬°chit√≥n! ¬ŅQu√© derecho tengo a hablar? Lo primero que har√≠an ser√≠a preguntarme. Bueno; pero y usted, ¬Ņqui√©n es? ¬ŅDe d√≥nde le vino ese dinero? Y a√ļn sin denunciarlo, si esta noche voy y lo cojo del pescuezo y le digo: ‚Äú¬°Venga ac√° en seguida ese dinero que me has robado del armario, so ladr√≥n‚Äú, pues pondr√° el grito en el cielo, y negar√°, y hasta es muy posible que me diga: ¬ęS√≠, se√Īor. Ah√≠ lo tiene usted, que se lo cog√≠ por equivocaci√≥n.¬Ľ Si as√≠ fuere, no habr√≠a m√°s que hablar. Pero ¬Ņy si en vez de eso le da por presentarme una querella por difamaci√≥n? ¬°Nada; punto en boca! ¬ŅNo me pareci√≥ una gran cosa el que me hubieran dado por muerto? Pues nada, muerto estoy. ¬°Qu√© digo, muerto! Peor todav√≠a; y don Anselmo me lo ha recordado, porque los muertos no tienen ya que morirse, y yo si; yo vivo todav√≠a para la muerte y soy ya un cad√°ver para la vida. Porque, con efecto, ¬Ņcu√°l puede ser mi vida?

¬ŅEl tedio de marras, la soledad, la compa√Ī√≠a de m√≠ mismo?

Cubríme la cara con las manos y me desplomé en la butaca.

¬°Oh! Si siquiera hubiera sido un p√≠caro, quiz√° hubiese podido adaptarme a quedarme as√≠, suspenso en la incertidumbre de la suerte, abandonado a la casualidad, expuesto a un riesgo continuo, sin base ni consistencia. Pero ¬°yo!, ¬°Yo, no! ¬ŅY qu√© hacer ahora? ¬ŅIrme de aquella casa? ¬ŅAd√≥nde? ¬ŅY Adriana? Pero ¬Ņde qu√© pod√≠a yo valerla? De nada…, de nada… ¬ŅY c√≥mo irme as√≠ sin dar ninguna explicaci√≥n, despu√©s de todo lo ocurrido? Ella le echar√≠a la culpa de todo al robo de las doce mil liras y pensar√≠a para sus adentros: ¬ę¬ŅPor qu√© habr√° querido salvar al culpable y castigar a la inocente?¬Ľ ¬°Ah! ¬°No! ¬°No, pobre Adriana! Por otra parte, no pudiendo yo hacer nada, ¬Ņc√≥mo esperar que mi conducta para con ella resultase menos fea? Por fuerza tendr√≠a que portarme como inconsecuente y cruel. Inconsecuencia y crueldad eran patrimonio de mi destino, y yo era el primero en sufrir por su culpa. Hasta Papiano, el ladr√≥n, al cometer el robo, hab√≠a procedido con m√°s consecuencia y menos crueldad de la que forzosamente hubiera tenido yo que demostrar.

El quer√≠a casarse con Adriana por no tenerle que devolver al suegro la dote de la primera mujer ¬ŅNo hab√≠a hecho yo por quitarle a Adriana? Pues que fuera yo quien me encargase de restituirle la dote de su hija a don Anselmo.

Para un ladrón no podía pedirse más consecuencia.

¬ŅLadr√≥n? Ni siquiera eso; porque la sustracci√≥n, en el fondo, resultaba m√°s aparente que real, ya que, const√°ndole a √©l la honradez de Adriana, no pod√≠a pasarle por la imaginaci√≥n la idea de que yo quisiera hacer de ella mi amante, sino mi mujer leg√≠tima; y en este caso, tendr√≠a que recobrar mi dinero en forma de dote de Adriana, con la a√Īadidura de una mujercita juiciosa y buena. ¬ŅQu√© m√°s pod√≠a pedir?

¬°Oh! Estaba yo seguro de que, pudiendo esperar, y con tal que Adriana tuviese tes√≥n para guardar el secreto, hab√≠amos de ver c√≥mo Papiano promet√≠a restituir en menos de un a√Īo la dote de su difunta.

Cierto que ese dinero no pod√≠a venir a parar a mis manos, ya que Adriana no pod√≠a ser mi mujer; pero ir√≠a a las de ella, si sab√≠a callar ahora, siguiendo mi consejo, y pod√≠a yo permanecer un poco m√°s tiempo en la casa. Tendr√≠a que proceder con mucha ma√Īa; pero Adriana, por lo menos, a falta de otra cosa, saldr√≠a ganando esto: la devoluci√≥n de la dote.

Tranquiliceme un poco, cuando menos por ella, al recapacitar en cuanto antecede. ¡Ah, por mí, no! Porque yo tenía que apechugar con el dolor del otro fraude descubierto: el de mi ilusión, comparado con el cual nada significaba el de las doce mil liras; antes era un bien, si llegaba a resolverse en beneficio de Adriana.

Vime excluido para siempre de la vida, sin posibilidad de volver a ella. Con ese pesar en el corazón, con esa experiencia consumada, me iría ahora de allí, de aquella casa, a la que ya me había acostumbrado, y donde encontrara un poco de sosiego y de paz y me formara como un nido para deambular de nuevo por esas calles de Dios, sin objeto ni fin, dando volteretas en el vacío. El miedo a volver a enredarme en los lazos de la vida haría que me apartase cada vez más de los hombres y anduviese solo, enteramente solo, lleno de desconfianza y resquemor, y el suplicio de Tántalo se renovaría en mí.

Sal√≠ de la casa como un loco. Anduve sin saber por d√≥nde, hasta encontrarme por fin con que estaba en la calle Flaminia, cerca de Ponte Molle. ¬ŅQu√© hab√≠a ido yo a hacer all√≠? Esparc√≠ la vista alrededor; luego hubieron de fijarse mis ojos en la sombra de mi cuerpo y q qed√©me un rato contempl√°ndola, hasta que por √ļltimo levant√© el pie y se lo puse encima. Pero no; yo no pod√≠a pisar mi sombra.

– ¬ŅCu√°l de las dos era m√°s sombra? ¬ŅElla o yo? ¬°Dos sombras!

Así, tiradas por tierra; y todos podían ponernos el pie encima, aplastarme la cabeza, aplastarme el corazón; y yo, callado, ¡y la sombra, callada!

– La sombra de un muerto: esa es mi vida…

Pasó un carro, y yo, allí, firme, adrede; primero, el caballo con las cuatro patas; luego, las ruedas.

– As√≠, as√≠. ¬°Fuerte! ¬°En el pescuezo! ¬°Y t√ļ, tambi√©n, chucho! Anda, valiente, anda; levanta la pata ¬°Levanta la pata!

Estall√© en una carcajada maligna, y el perrillo ech√≥ a correr, asustado, mientras el carretero se volv√≠a a mirarme. Yo entonces ech√© a andar y la sombra tambi√©n, delante de m√≠. Apret√© el paso a fin de arrojarla debajo de otros carros y de los pies de los transe√ļntes voluptuosamente. Hab√≠ame entrado una man√≠a de mala √≠ndole, hasta que por √ļltimo se me hizo insoportable la vista de aquella mi sombra, y hubiera querido sacud√≠rmela con los pies. Volv√≠me, y nada, no se hab√≠a ido; ahora me ven√≠a siguiendo.

– ¬ŅY si arranco a correr? – me dije-¬† ¬ŅCorrer√° detr√°s de m√≠?

Restregu√©me la frente, temiendo no fuera a volverme loco, atosigado por aquella idea fija. ¬°Pero si era as√≠! Aquella sombra era el s√≠mbolo, el espectro de mi vida; yo estaba all√≠ tirado por los suelos, a merced de los pies de los transe√ļntes. Eso era cuanto quedaba de Mat√≠as Pascal, el que se ahog√≥ en La Caba√Īa: su sombra caminando por las calles de Roma.

Aquella sombra tenía un corazón y no podía amar; dineros, y cualquiera podía robárselos, y una cabeza, pero para pensar y comprender que era la cabeza de una sombra y no la sombra de una cabeza. ¡Así era la verdad!

Entonces sent√≠ como si aquella mi sombra hubiera sido una cosa viva, y me dio pena de ella; como si aquel caballo y las ruedas del carro y los pies de los transe√ļntes la hubiesen hecho verdaderamente da√Īo. Y no quise que siguiera all√≠ tirada por los suelos. Pas√≥ un tranv√≠a y mont√© en √©l.

Y al entrar en casa…

In Italiano РIl fu Mattia Pascal
In English – The late Mattia Pascal

¬ę¬ę¬ę Pirandello en Espa√Īol

Se vuoi contribuire, invia il tuo materiale, specificando se e come vuoi essere citato a
collabora@pirandelloweb.com

ShakespeareItalia

 

Lascia un commento

Il tuo indirizzo email non sarà pubblicato. I campi obbligatori sono contrassegnati *

Questo sito usa Akismet per ridurre lo spam. Scopri come i tuoi dati vengono elaborati.

Skip to content