1920 – Todo sea para bien – Comedia en tres actos

En la vida de cada individuo, puede haber un hecho que revela una verdad que, una vez conocida, puede anular completamente todas las perspectivas y alterar su existencia.
Esto es lo que le sucedió a Martino Lori quien, de repente, después de diecinueve años de certeza en la lealtad de su esposa, en la honestidad y bondad de su superior y amigo, el senador Salvo Manfroni, descubre que su esposa lo estaba engañando con él y que Palma Lori no es su hija. Continuó viviendo espiritualmente unido con su compañero desaparecido, hasta que fue todos los días al cementerio y dejó que el senador se interesara por su hija, que había mostrado su afecto desde que era una niña y que se encarga de casarla bien con una rica dote.

In Italiano – Tutto per bene

Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero

Todo sea para bien
Gabriele Lavia, Tutto per bene, 2012

Personajes
Martino Lori, Consejero de Estado
El Senador Salvo Manfroni
Palma Lori
El marqués Flavio Gualdi
La Barbetti, viuda Agliani, viuda Clarino
Carlo Clarino, su hijo
La señorita
Cei
El conde Veniero Bongiani
Giovanni, criado de casa de los Gualdi
Un viejo criado de Manfroni

En Roma. Época actual.

Todo sea para bien
Acto Primero

Salita de paso en casa de Lori, entre el recibidor y la habitación de Palma; amueblada señorialmente, aunque sin ostentación. Puertas laterales a derecha e izquierda; la de la izquierda da al recibimiento; la de la derecha, a la habitación de Palma. En el fondo, hacia la derecha, otra puerta que da a un corredor.

Es el día de la boda de Palma, e incluso en esta salita hay ricos ramos y cestas de flores.

Al levantarse al telón, la escena está vacía. Poco después, entra por la puerta de la izquierda la Barbetti, seguida por su hijo Carlo Clarino. La primera lleva sombrero; cuenta sesenta y tres años, lleva el pelo teñido y viste ostentosamente y sin distinción, como podría hacerlo una provinciana rica. Es dominante y poco agraciada, pero, en el fondo, no resulta antipática. Su hijo Carletto, que cuenta unos treinta años, viste a la última moda y tiene aspecto de libertino fatigado, hastiado de todo y arrastrado por la madre, rica y entrometida, a hacer lo que no quiere. Entran ambos en escena, como buscando a alguien; la madre, resuelta; el hijo, vacilando.

La Barbetti: (En el umbral) ¿Se puede entrar? ¿No hay nadie? Entra, entra, Carletto.

Carletto: (Como advirtiéndole que la cosa puede terminar mal) ¡Prudencia, mamá!

La Barbetti: ¡No me fastidies! Nos han dejado plantados en aquel saloncito como dos postes…

Carletto: Pero eso de introducirse así…

La Barbetti: Es preciso que yo sepa… Es preciso que hable con alguien…

(Mira a su alrededor) Pero ¿no hay timbre en esta habitación?

Carletto: (Suspira, resignado) Ya que hemos de hacer a la fuerza un papel ridículo, hagámoslo.

La Barbetti: (Llamando a la puerta de la derecha) ¿Se puede pasar?

(Aguarda unos instantes, y repite la llamada) ¿Se puede?

(Nueva espera. Abre luego la puerta y se asoma al interior de la habitación) Tampoco hay nadie aquí.

(A su hijo, irritada) ¿A qué viene eso del papel ridículo, imbécil? ¡Traigo de regalo un broche de tres mil setecientas liras!

(Vuelve a mirar el interior de la otra habitación) ¡Me gustaría saber dónde se ha metido ese idiota de criado!

(Va a la puerta del fondo y llama) ¡Camarero! ¡Camarero…!

Carletto: (Tras una pausa) Habrá ido también a la iglesia, con el resto del servicio, para ver la boda.

La Barbetti: ¿Y habrán dejado la casa sola?

Carletto: (En el mismo tono de antes) Quizá sea una suerte, mamá. ¡Larguémonos de aquí, ya que aún estamos a tiempo!

La Barbetti: Tú te quedas aquí conmigo, porque así lo quiero. Te obligaré a aprender a vivir entre la gente bien.

Carletto: ¡Figúrate qué alegría!

La Barbetti: ¡Ah, te aseguro que se te ha acabado eso de malgastar mi dinero! ¡Sí, te lo aseguro!

Carletto: ¡Mamá, por Dios…!

La Barbetti: ¡Ya verás, de ahora en adelante!

Carletto: Pero ¿de veras crees que nos harán una buena acogida?

La Barbetti: ¡La que sea! ¡La que sea! Para esto he venido de Perugia. Aquí estarás en buen camino y, con la ayuda de tu cuñado…

Carletto: (Con ligero sobresalto) ¡Por Dios, mamá! ¿Qué cuñado? ¡No le llames cuñado, por lo que más quieras! Me entra un sudor frío…

La Barbetti: ¡Pues claro que es tu cuñado! ¡Vaya asunto!

Carletto: ¡Mamá, por favor, no le llames cuñado mío, o salgo corriendo de aquí!

La Barbetti: Pues ¿cómo he de llamarle?

Carletto: ¡No quiero que me agarren por los hombros y me saquen a la calle de un puntapié!

La Barbetti: (Resuelta, plantándose ante él) Perdona, ¿eres hijo mío?

Carletto: ¡Bah! ¡No me vengas con eso, mamá!

La Barbetti: ¿No eres mi hijo?

Carletto: ¡Te digo que no me vengas con eso! Sabes muy bien que no se trata de ti.

La Barbetti: (Irritada) ¿Qué pretendes decir, imbécil?

Carletto: ¿Quieres que nos pongamos a discutir aquí?

La Barbetti: ¡No! ¡Pero quiero que me hables con más respeto!

Carletto: ¡Pero si te hablo con respeto, mamá! Y precisamente porque quisiera que todos te hablasen y tratasen con respeto, vuelvo a repetirte: ¡vámonos de aquí!

La Barbetti: ¡No, no y no! ¿Sabes lo que eres? ¡Un pobre de espíritu, un tonto! ¡Porque todo eso son tonterías! Si la situación entre tu padre y yo fue al principio (sí, he de admitirlo) algo irregular, después nos casamos.

Carletto: Eso es: después.

La Barbetti: ¡O antes o después! El caso es que tú llegaste a ser hijo legítimo, tan legítimo como lo fue Silvia. Fue hermanastra tuya, eso sí, hermanastra, lo cual no debe ser impedimento para que ese señor Martino Lori, marido de la pobre Silvia y, por lo tanto, yerno mío, te considere cuñado suyo, al menos en cierto modo. ¡La cosa me parece clara!

Carletto: ¡Ah, sí, magnífico! ¡Haciendo caso omiso de lo que hubo anteriormente!

La Barbetti: ¡Cómo, haciendo caso omiso…!

Carletto: ¡Claro que sí! Tú haces caso omiso de lo que hubo al principio. De aquella irregularidad primera.

La Barbetti: ¡Que tontería! ¿Quién quieres que se acuerde de aquello? Mi primer marido murió hace veinte años.

Carletto: Y yo, que soy su hijo, tengo treinta y dos, mamá. Es una grave irregularidad, en perjuicio de tu primer marido. Tan grave es, te lo aseguro, que no habrías tenido el valor de presentarte aquí, si aún viviera tu hija Silvia.

La Barbetti: Pero ¿murió, sí o no? ¿Y hace, sí o no, dieciséis años que ha muerto? Y dieciséis años no son un día, ¿no crees? Y ahora se casa la hija de mi hija y yo me presento aquí con un bonito regalo de bodas.

Carletto: ¡Ah, sí, claro! Te presentas en calidad de abuela. Abuela sí lo eres, nadie puede dudarlo: Silvia era tu hija y ésta es la hija de Silvia; así es que no hay nada que decir, eres de veras la abuela. En cuanto a los parentescos entre hombres, más vale no meterse. Ni siquiera el parentesco entre padre e hijo puede darse por seguro. ¡Calcula lo que será entre cuñados!

Por la puerta del fondo, atraída por el ruido de voces, entra la señorita Cei. Es rubia, alta, delgada, cuenta unos treinta años y viste, en la presente ocasión, con sobria elegancia. Acostumbrada a esconder la intimidad de su vida bajo una aparente compostura, habla y mira con atención, y muestra, en general, en sus modales, una delicadeza naturalmente señoril.

Señorita Cei: ¿Quién hay aquí?

La Barbetti: (Volviéndose al oírla) ¡Ah…! Hemos preguntado…

Señorita Cei: Perdón, pero ¿quién es usted?

La Barbetti: Soy la abuela de la novia. Y éste es el tío. (Señala a su hijo, que hace un gesto de irritación)

Señorita Cei: (Notándolo y quedando perpleja) ¡Ah…! ¿La abuela?

La Barbetti: (Con retintín) Y el tío. Venimos de Perugia.

Señorita Cei: Pero aquí no esperaban a la señora. Al menos, según tengo entendido…

La Barbetti: No, no me esperaban Venimos a darles una sorpresa.

Señorita Cei: (A los dos) Siéntense, por favor…

La Barbetti: (Sentándose) Gracias. Y, con perdón, usted debe ser…

Señorita Cei: Soy… ¿cómo diré? Estoy aquí para hacer compañía a la señorita.

La Barbetti: ¡Ah! ¿Es la señorita de compañía?

Señorita Cei: Si quiere llamarlo así… Pero soy más bien una amiga de Palma.

La Barbetti: ¡Ah, ya…! De Palma. (Repite el nombre, como si acabara de oírlo por primera vez)

Señorita Cei: Siento que la señorita no me haya avisado…

La Barbetti: Nada, nada, no se preocupe. Tiene que ser una sorpresa.

Señorita Cei: Ya… Pero en cuanto a eso…

Carletto: (Que ha mostrado cierta agitación al oír la última frase de su madre) ¡Eso es! Precisamente le decía eso mismo a mi madre.

La Barbetti: ¡Tú te callas!

(Volviéndose a la señorita Cei) Mire usted, ha habido un error. Según nuestros informes, creíamos que el matrimonio tenía que celebrarse mañana por la mañana, y hemos querido llegar la víspera…

Señorita Cei: Pues, en realidad, se celebró ayer.

La Barbetti: ¡Cómo! ¿Ayer?

Señorita Cei: El matrimonio civil, sí, señora. Y esta mañana ha habido la ceremonia religiosa.

La Barbetti: ¡Ah, ayer el matrimonio civil y hoy el religioso! ¡Vaya!

Señorita Cei: Creo que regresarán dentro de un momento.

La Barbetti: ¡Me imagino que será un cortejo lucido y que habrá un gran festín!

Señorita Cei: No, señora. Nada de eso…

La Barbetti: ¿Cómo que nada de eso? Aquella sala… (señala hacia la izquierda) está llena de flores.

(Mira a su alrededor) Y ésta también.

Señorita Cei: Sí, pero no habrá boato alguno. Ayer, sí, hubo recepción, comida… Todo estuvo muy bien, pero fue en la intimidad.

Carletto: Sí, como suele hacerse ahora. En traje de viaje.

Señorita Cei: No, señor, eso no. Pocos amigos; solamente los más íntimos; pero la novia, como es de ritual, va esta mañana de blanco, con su velo y sus flores de azahar. Ya la verá: ¡una verdadera belleza!

La Barbetti: Me la imagino. ¡Un encanto! Digo, casándose con un marqués…

Señorita Cei: Sí, pero… en cuanto a eso, mire usted…, la señora marquesa madre…

La Barbetti: ¿Se oponía a la boda?

Señorita Cei: ¡Oh, no, señora! ¡Al contrario! ¡Si viese qué regalos le ha enviado! Pero el caso es que… como anda un poco mal de salud…

Carletto: (Con tono de hombre de mundo) Lo comprendemos, lo comprendemos…

Señorita Cei: Recibirá con gran pompa a la novia en su palacio, al regreso del viaje de novios.

La Barbetti: Así es que ahora, aquí…

Señorita Cei: …todo ha terminado ya. Creo que en esta casa solamente se detendrán un poco para dar tiempo a que la novia se cambie de vestido para el viaje. Vendrán los testigos y algunos amigos del señor marqués y del señor senador.

La Barbetti: ¿De mi yerno? (A Carletto) ¿Lo oyes? ¡Le han nombrado senador!

Señorita Cei: (Sonriendo imperceptiblemente) No, señora. Me refiero al senador Manfroni.

La Barbetti: ¡Ah!, ¿no es mi yerno el senador? ¿Y quién es ese Manfroni?

Carletto: ¿Quién ha de ser? ¡Salvo Manfroni, mamá! El que fue nuestro diputado y luego, incluso, ministro.

La Barbetti: ¡Ah, él! ¿Y cómo es que viene aquí?

Carletto: ¿Que cómo es que viene? ¡Es el que ha elevado a tu yerno hasta el Consejo de Estado!

La Barbetti: ¿Ah, sí?

Carletto: Cuando fue ministro, lo tomó como jefe de gabinete. ¿No recuerdas que te lo dije en Perugia?

Señorita Cei: Y también yo estoy aquí gracias al señor senador…

Carletto: Fue discípulo de tu primer marido.

La Barbetti: ¡Ah, ya, ahora recuerdo…! ¡De mi primer marido!

Señorita Cei: ¿El abuelo de la señorita?

La Barbetti: Mi primer marido era profesor, ¿sabe usted?

Señorita Cei: (Con asombro no disimulado) ¿Cómo…? La señora… ¿era la esposa de Bernardo Agliani?

La Barbetti: ¡Sí, sí yo misma!

Señorita Cei: ¡Una lumbrera de la ciencia!

La Barbetti: ¿Le ha hablado de él mi nietecita?

Señorita Cei: ¡Hablan de él todos los libros de texto, señora!

La Barbetti: Murió de desgracia, ¿sabe usted?, en su…

(A Carletto) ¿Cómo se dice?

Carletto: Laboratorio, mamá.

La Barbetti: Eso es, laboratorio de… de…

Carletto: ¡De física, mamá!

La Barbetti: De física, eso es. ¡Murió fulminado! Todos los periódicos hablaron del caso.

Señorita Cei: ¡Ah, sí, lo sé muy bien, señora!

La Barbetti: Fue una desgracia. Y, créame, me arrepentí tanto, cuando ocurrió, de no haber tenido paciencia con él hasta el final… ¡Qué sabio era! ¡Siempre estudiaba! ¡Y publicaba siempre tantos libros!

Carletto: Pero, mamá, ¿no ves que la señorita ya lo sabe? Y creo que también Salvo Manfroni sabe algo de ello, puesto que publicó su último libro, el póstumo…

La Barbetti: ¡Ah, sí! Una obra… ¿cómo se dice?

Carletto: ¡Póstuma, mamá, póstuma!

La Barbetti: ¡No! Me refiero a una obra que ese Manfroni se apropió, porque mi marido la había dejado… ¿cómo se dice?

Carletto: ¡Ah, inédita!

La Barbetti: ¿Cómo?

Carletto: ¡Inédita, mamá!

La Barbetti: Eso es, inédita. Se la apropió y llegó a ser célebre: ¡a ser senador!

Carletto: Pero no lo digas así, no digas que se la apropió. ¡Parece que la haya robado! Se trataba sólo de esbozos, de apuntes para una obra nueva…

Señorita Cei: Salvo Manfroni los recogió, desarrolló, completó…

Carletto: ¡Y alcanzó con su trabajo grandes honores!

Señorita Cei: Creo que muy merecidos. Y sin ningún detrimento de la fama de su maestro.

La Barbetti: ¡No lo creen así en Perugia! ¡No, no lo creen! Y soy muy capaz de decírselo así mismo al propio interesado, ¿sabe usted?

Carletto: ¡No, mamá, no!

Señorita Cei: Parece ser, por otra parte, que aquello fue una suerte para la señorita. Por lo menos, así lo he oído decir.

La Barbetti: ¿Qué es lo que fue una suerte?

Señorita Cei: Pues que el senador Manfroni encontrara en casa del señor Lori aquellos papeles inéditos de su maestro.

La Barbetti: ¡Para él sí que fue una suerte!

Señorita Cei: Sí, quizá sí; pero también lo fue para la señorita, que entonces era una niña de pocos años. Obligado a trabajar aquí, porque parece ser que la difunta señora sentía algo así como celos si alguien tocaba aquellos papeles de su padre, tomó afecto a la niña a partir de entonces; y luego, cuando la señora murió, él tomó bajo su protección a la pobre huérfana. Como es soltero y rico, la ha tratado como si fuera hija suya; incluso le ha encontrado ahora este buen partido.

La Barbetti: ¡Ah, bien, sí! ¡No ha hecho más que pagar la deuda que contrajo con el abuelo! También habrá hecho algún favor a mi yerno…

Señorita Cei: ¡Ah, en cuanto al consejero, todos lo hemos visto, lo ha tratado siempre como si fuera hermano suyo!

La Barbetti: Y él, dígame…, él, mi yerno, ¿cómo es?

Señorita Cei: Pues… la señora debe ya saberlo.

La Barbetti: No, no… Mire usted, mi hija murió hace tantos años… Se dedicaba a la enseñanza. Cuando, a la muerte de su padre, se vino a vivir a Roma, conoció a ese Lori, que estaba entonces en el Ministerio, y se casó con él sin ni siquiera decirme nada. Sí, porque la pobre Silvia, que también fue víctima del exceso de sabiduría de aquel bendito hombre, sintió siempre, no obstante, por él, una verdadera adoración. ¡Ay de quién se lo tocase! Pero usted comprenderá… Una hija puede excusar, mostrarse indulgente; pero una esposa llega a cansarse de ciertas situaciones. Y yo, se lo digo sinceramente, me cansé. Y una vez separada del padre, no tuve más tratos con mi hija. Ésta murió a los siete años de matrimonio. De manera que no conozco a mi yerno.

Señorita Cei: ¡Cómo! ¿No lo ha visto nunca?

La Barbetti: Nunca.

Señorita Cei: ¿Y a la señorita tampoco?

La Barbetti: Tampoco.

Señorita Cei: ¡Oh, pues, entonces…!

Carletto: El momento escogido para presentarnos no es muy acertado, ¿verdad? Esta misma observación le he hecho a mamá.

Señorita Cei: Es que… comprendan ustedes…

Carletto: Quiere decir que hoy es un día de mucho jaleo, ¿verdad, señorita?

Señorita Cei: ¡Oh, pues, entonces…!

Carletto: Los apuros y dificultades de una explicación…

La Barbetti: ¡Nada de eso! ¡Qué apuros ni qué explicaciones! Aquí no hay más que una abuela que viene a traer el regalo de boda a su nieta. Hubiera sido mejor, desde luego, llegar la víspera. Pero, después de todo, ¿qué quieres que le importe a mi nieta la explicación de cosas que pasaron hace tantos años? Y en cuanto a mi yerno, viudo desde hace dieciséis años, ¿qué le importarán los asuntos de su suegro, a quien no conoció, y los rencores de su mujer? ¡Si de su mujer ni siquiera debe de acordarse!

Señorita Cei: ¡Ah, eso no, señora, se equivoca!

La Barbetti: ¿La recuerda aún?

Señorita Cei: ¡Y de qué manera! Crea usted… para una mujer, es algo que…, no sé, casi produce cierto despecho. Eso es, despecho. Y no por él, señora, sino por nosotras mismas, a poco que nos tengamos un mínimo de propia estimación. Le aseguro que eso de ver a un hombre tan afectado aún, tan deshecho por la muerte de su mujer, cuando tantos años han pasado desde entonces…

La Barbetti: ¿Ah, sí? ¿Está aún deshecho?

Señorita Cei: Tiene unos ojos…, no sé… ¡Si viese su manera de mirar, su manera de escuchar! Es como si las cosas, los rumores, incluso las voces que le son más conocidas, la de su hija, la de su amigo, tuvieran para él un sonido que ya no acertase a comprender. Como si la vida, a su alrededor, hubiera…, no sé…, perdido sus matices, su expresión… Será quizá por la costumbre que ha cogido…

La Barbetti: (Acompañando con un gesto su pregunta) ¿Bebe?

Señorita Cei: (Sonriendo, horrorizada) ¡No, señora! ¡Qué ha de beber!

(Luego, con tristeza) Me refiero a la costumbre de ir allá todos los días…

La Barbetti: ¿Al cementerio?

Señorita Cei: ¡Todos los días, haga el tiempo que haga! Y al volver de allí, parece como si lo viese todo desde muy lejos.

Carletto: (Tras una pausa, levantándose) Me parece, mamá, que sería mejor dejar para otro día nuestra presentación.

La Barbetti: ¡Vuelve a sentarte! Quiero saber…

(A la señorita Cei, resueltamente, dándoselas de persona a quien no es fácil engañar) Perdone, ¿qué edad tiene?

Señorita Cei: Pues… unos cuarenta y cinco o cuarenta y seis años…

La Barbetti: Menos dieciséis, ¿cuántos son?

Señorita Cei: ¿Qué quiere decir?

La Barbetti: Cuarenta y seis años menos dieciséis, ¿cuántos son?

Señorita Cei: Pues… treinta.

La Barbetti: ¡Treinta, eso es, señorita! ¿Y a quién pretende engañar el señor Lori, que se quedó viudo a los treinta años, con eso de ir todos los días a visitar la tumba de su mujer? ¡Vamos, señorita…! ¡Que también somos de carne!

Señorita Cei: ¿Supone usted que…?

La Barbetti: ¡Cuesta muy poco suponer ciertas cosas, con perdón de usted!

Señorita Cei: Pues bien, puede usted estar segura de que en cuanto le conozca no volverá a decir eso. Además, se sabría…

Por la puerta del fondo entra un Criado de uniforme, y anuncia con grandes prisas.

Criado: ¡Ya llegan, señorita, ya llegan! (Y vuelve a salir por la misma puerta)

Señorita Cei: (Levantándose) Aquí están. Permítanme… ¿O quieren hacer el favor de pasar a la sala?

Carletto: ¡No, no, por favor!

La Barbetti: Esperemos aquí… Será mejor.

Señorita Cei: Como quieran.

Carletto: ¡Anuncie a la abuela, por lo que más quiera! ¡Sólo a la abuela!

La señorita Cei sale por la puerta de la izquierda.

La Barbetti: ¡Llevas bien las cosas, imbécil! ¡Menos mal que estoy yo aquí!

Carletto: Perdona: supón que no te tratan con la debida consideración; ¿qué he de hacer yo?

La Barbetti: ¡No has de hacer nada!

Carletto: ¿He de dejar insultar a mi madre?

La Barbetti: ¿Quién quieres que me insulte…? ¿Por qué han de insultarme?

Por la puerta de la izquierda entra Martino Lori. Viene turbado y excitado. Aunque no ha llegado aún a los cincuenta años, tiene casi todo el pelo blanco. Viste con mucha pulcritud. Tiene viveza de expresión, sobre todo en los ojos; son éstos muy vivos, cambiantes bajo las mudanzas de una sensibilidad variable y acusadísima que, sin embargo, a veces se desvanece súbitamente, casi olvidada de improviso, dejando indefenso al espíritu, que queda entonces triste, abúlico y, sobre todo, crédulo.

Lori: ¡No, no, señora, por favor! ¡No sé cómo puede usted tener la osadía de presentarse en mi casa!

La Barbetti: ¿Hablo con mi yerno?

Lori: ¿Su yerno? ¡Por favor…! ¡Yo nunca he sido su yerno!

La Barbetti: ¿No hablo con el consejero Lori?

Lori: ¡Claro que sí! Soy yo.

La Barbetti: Pues si se casó usted con mi hija…

Lori: ¡Precisamente por esto, señora! ¿Es posible que no se dé cuenta de que su presencia en esta casa es para mí una ofensa intolerable, una ofensa a la memoria de su hija?

La Barbetti: ¡Dios mío, pero si creí que después de haber pasado tantos años desde aquellos disgustos…!

Lori: ¡No, no, señora! Y, por otra parte, cuando yo me casé con su hija, hacía tiempo que usted ya no era la mujer de Bernardo Agliani.

La Barbetti: ¡Desde luego, pero sí la madre de mi hija!

Lori: ¡Vamos! ¿La madre? ¡Sabe usted muy bien que, desde entonces, Silvia no quiso ya considerarla madre suya, y con razón!

Carletto: ¡Escuche, le ruego que…!

Lori: ¿Quién es usted?

La Barbetti: (Yendo rápidamente a la defensa de su hijo) ¡Es mi hijo!

(A Carletto) ¡Déjame hablar a mí!

Carletto: ¡Espera! Quiero decir a este señor que, por mi parte, yo no quería venir, y no hubiera venido; pero…

Lori: ¡Y hubiera usted hecho bien!

Carletto: ¡Bien, no: muy bien! Y así se lo he dicho a mi madre. Pero esto no es motivo para que…

La Barbetti: (Interrumpiendo rápida y entrometiéndose) …para que hable usted en esta forma…

Carletto: (Interrumpiendo a su vez) …sin saber siquiera lo que…

La Barbetti: (ídem) …¡eso…!, lo que he venido a hacer aquí por mi nieta.

Lori: (Luchando por no desviarse del asunto) No creo que mi hija piense y sienta de otro modo que yo en lo que concierne al recuerdo de su madre y al respeto que se le debe.

Se oye en este momento, dentro y hacia la izquierda, la voz de Palma.

Voz de Palma: ¡Sí, sí, estaré lista en dos minutos!

Y entra Palma por la puerta de la izquierda, en traje de novia, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta de la derecha, que da a su habitación. Tiene dieciocho años y es bellísima. Trata a su padre con mal disimulada frialdad. En cuanto aparece, la Barbetti se adelanta hacia ella, tendiéndole los brazos)

La Barbetti: ¡Aquí está! ¡Aquí está! ¡Qué bonita eres, hija mía!

Palma: (Sorprendida y confusa, deteniéndose) Perdone… usted…

La Barbetti: ¡Soy tu abuela! ¡Tu abuela, hijita mía…!

Palma: (Al principio más aturdida que asombrada) ¿Mi abuela? ¡Cómo…!

(Volviéndose hacia su padre con aire de cómica incredulidad) ¿Tengo incluso una abuela?

Lori: ¡No, no, Palma!

La Barbetti: (A Lori) ¿Cómo que no?

(Y a Palma, rápidamente y con énfasis) ¡La madre de tu madre!

Carletto: (A Lori) ¡Esto sí que no puede usted negarlo!

Lori: ¡No me obliguen ustedes a decir lo que, por otra parte, sabe muy bien mi hija!

Palma: (Recordando de pronto, pero sin dar importancia alguna a la indignidad de aquella abuela, que, por su aspecto ridículo y ordinario, le parece cosa de risa, de comedia) ¡Ah, usted es… ya entiendo!

Lori: Comprenderás, Palma, que si tu madre estuviera aquí…

Palma: (Fastidiada del aprieto imprevisto en que le pone su padre, encogiéndose de hombros) Sí, pero…, no sé… ¿Qué le vamos a hacer?

La Barbetti: Dice que he hecho mal en venir…

Lori: ¡Muy mal!

Palma: (Secamente, protestando) ¡Nada de eso! No me parece que sea muy oportuno pensar ahora en…

Lori: (Dolido) ¡Cómo!

La Barbetti: (Rápida, radiante) ¡Eso es, hija mía! ¡Es verdad, llevas mucha razón!

Lori: ¿Quieres decir que no es oportuno pensar ahora en tu madre?

Palma: (Como antes) ¡Sí, en mamá, sí! Pero, por favor, ahora que estoy a punto de marcharme…

La Barbetti: ¡Eso es, ahora que ya estás casada…! ¡Él ya no tiene ni siquiera el derecho de oponerse!

Lori: Si me opongo, no es en nombre de un derecho.

La Barbetti: ¿Acaso puede usted impedirme que tenga yo mis proyectos sobre mi nieta?

Palma: (Contrariada, se dispone a salir) ¡Ah, es demasiado! ¡Es demasiado!

La Barbetti: (Se coloca ante ella, queriendo calmarla) No, por favor, no te excites… Vestida así…

Palma: He de ir a cambiarme para marcharnos.

Lori: (Desorientado y taciturno, retrocediendo hacia el fondo) Quizá me he excedido…, quizá he ido demasiado lejos…

Palma: ¡Te has excedido, sí, es cierto! ¡Pero ahora basta, por amor de Dios!

La Barbetti: Siento que por causa mía…

Palma: (Serenándose de pronto y volviendo al lado grotesco de aquel encuentro inesperado) No, no… ¡Hay que tener un poco de ecuanimidad, Dios santo! En medio de todo, ha sido una sorpresa divertida encontrarse de buenas a primeras con una abuela, ahí, inesperadamente…

La Barbetti: (Radiante) ¡Qué bonita eres! ¡Qué encantadora!

(Volviéndose de pronto hacia su hijo para que le dé el regalo de boda) ¡Dame, Carletto!

Palma: (Sin comprender) ¿Qué…?

La Barbetti: Te había traído incluso un regalito…

Palma: (Volviéndose a su padre, como en demanda de cómica indulgencia) ¿No ves? ¡Hasta un regalito!

La Barbetti: ¡Date prisa, Carletto!

(Presentándole a Palma) Este es mi otro hijo…

Palma: ¡Ah! Tantísimo gusto…

La Barbetti: (Prosiguiendo) …que sería…, sí, sería un hermanastro de tu pobre madre.

Palma: ¡Ah! Entonces es un medio tío, ¿no?

Carletto: Eso es, un medio tío… Encantado de conocerla.

(Tendiendo el estuche a su madre) Aquí lo tienes, mamá.

La Barbetti: (Tendiéndoselo a Palma) Toma, toma, hijita mía.

Palma: (Abriéndolo y admirándolo exageradamente, por complacencia) ¡Oh, qué bonito!

La Barbetti: Habrás tenido muchos otros…

Carletto: Con muchos deseos de que sea feliz…

La Barbetti: ¡Sí, querida mía, feliz como mereces serlo! En cuanto a mí, trataré también de hacer algo más por ti.

Lori: (No pudiendo contenerse por más tiempo) Tu abuelo, Bernardo Agliani, devolvió a esta mujer todo su dinero, incluso el de la dote, que pertenecía a tu madre. Y ésta se alegró muchísimo de ello, y, una vez quedó huérfana de padre, prefirió ganarse la vida dando lecciones. Pero, a pesar de ello, coge, coge lo que te dan. Estoy turbando tu fiesta…

Por la puerta de la izquierda entran en este instante Salvo Manfroni, el marqués Flavio Gualdi y el conde Veniero Bongiani. El primero cuenta poco más de cincuenta años, y es alto, delgado, rígido. Si el nombramiento de senador no le hubiera sido otorgado por sus méritos científicos y académicos, unidos a su pasado político, hubiera podido serle otorgado por sus cualidades y presencia. En efecto, es el prototipo del gran señor, que manda en los demás y es, sobre todo, dueño de sí.

El marqués Flavio Gualdi tiene treinta y cuatro años, y es rubio, de un rubio ardiente; pero es ya casi calvo. Su cara es sonrosada y fresca, como la de una figurita de fina porcelana esmaltada. Habla lentamente, con acento más francés que piamontés, y afecta, al hablar, cierta benigna condescendencia, que contrasta extrañamente con la fría y dura mirada de sus ojos azules, casi vidriosos.

El conde Veniero Bongiani tiene cerca de cincuenta años y es elegantísimo; hace especulaciones en cinematografía y ha fundado una de las más ricas casas productoras de películas)

Salvo Manfroni: ¿Qué ocurre?

Palma: ¡Nada, nada! ¡Una bonita sorpresa! ¡Mira, Flavio!

Flavio: Pero, ¿cómo? ¿Aún estás así?

Palma: ¡He encontrado una abuela, aquí, en la antesala!

Flavio: ¿Una abuela?

Veniero: (Simultáneamente) ¡Qué divertido!

Salvo: (Simultáneamente) ¿Es la señora?

Flavio: (Señalando a Lori) ¿Su madre?

Palma: (Rápida) ¡No, por suerte!

(Volviéndose inmediatamente a Carletto) Y también… Perdón, ¿quiere decirme su nombre?

Carletto: (Inclinándose, con gracia) Clarino.

Salvo: (Estupefacto, en tono de represión) ¿Qué enredo es éste, Palma?

Palma: (Aparentemente sin hacerle caso) Este es el señor Clarino, hijo de mi abuela. ¡Un medio tío!

(Volviéndose de pronto a la Barbetti) Así, pues, ¿es la abuela Clarino, verdad? ¿Viuda?

La Barbetti: Sí, querida, viuda por dos veces..

Palma: (Casi en tono de triunfo, volviéndose a Lori) ¡Ah, pues, entonces, dejémoslo correr! Como ves, no es ni siquiera necesario recordar a Bernardo Agliani, ni a mamá. Puede tomarse la cosa así, a la ligera, e incluso…

(volviéndose a Flavio, con una mirada, significativa) incluso alegremente, Flavio. Cuando está uno a punto de marcharse…

Flavio: ¡Claro que sí! ¡Por mí, figúrate!

La Barbetti: (Sincera e ingenuamente) ¡Esto mismo decía yo!

Lori: (Herido en lo vivo por las últimas palabras de Palma) Podía no quererlo incluso por ti, mientras no hayas salido de esta casa.

Salvo: (Notando el tono apasionado de Lori y encontrándolo fuera de tiempo y de lugar, le interrumpe rápidamente, acercándose a él) ¡Vamos, vaya, basta…! ¿Qué ocurre, amigo mío?

Queda hablando con él en voz baja, aunque animadamente.

Palma: (A Salvo, que parece no escucharla) Como si la hubiese invitado él, ¿te das cuenta? (Se acerca a Flavio y a Veniero, que se hallan junto a la puerta de la izquierda)

Flavio: (A Palma, sonriendo) Luego me explicarás…

Palma: ¡Claro que sí! ¡Te aseguro que es cosa de risa!

Veniero: ¡Es una abuela en estupendo estado de conservación!

Palma: ¡Oh, es algo que no se paga con dinero! Debería usted contratarla para su casa cinematográfica. (A Flavio) Luego te explicaré…

Flavio: Pero es preciso que te des prisa, querida…

Palma: Sí, en seguida, pero lleváoslos de aquí.

(A Bongiani) ¡Hágale la proposición también al hijo!

(Luego, en voz alta, llevándoles ante la Barbetti) Les presento a mi abuela: el marqués Flavio Gualdi, mi marido; el conde Veniero Bongiani.

(Volviéndose a Carletto) El señor… Carlo, ¿verdad?

Carletto: Carletto, sí…

Palma: ¡Tío Carletto! ¡Ah, nunca hubiera imaginado que un día me tocaría hacer este papel, en traje de novia! Con permiso de ustedes. Voy a quitármelo.

Ustedes pasen allá…

Sale Palma por la puerta de la derecha.

La Barbetti: (Gritando tras ella) ¡Querida…! ¡Querida mía!

(Se vuelve luego a Flavio, mientras se dispone a salir por la puerta de la izquierda) ¡Ay! ¡Soy muy feliz!

Flavio: (Cediéndole el paso al llegar a la puerta) Por favor. (Sale tras la Barbetti)

Veniero: (Ídem a Carletto) Por favor…

Carletto: (Echándose atrás) ¡Ah, no permito que…! (Mostrándole a su vez la puerta) Por favor…

Veniero: (Pasando ante él) Es justo. Usted es casi de la casa…

Salen, pues, también, Veniero y Carletto, por la puerta de la izquierda.

Lori: (Prosiguiendo en voz alta su conversación con Manfroni, en tono apasionado) ¡Puedo renunciar a cualquier sentimiento, pero no a éste! ¡Porque sabes muy bien que no vivo para otra cosa!

Salvo: (Excitado, casi para sí) ¡Es increíble! ¡Increíble!

(Luego, rápidamente, agresivo) Está bien; persiste en esta actitud; pero repara al menos en la pena que causas a todo el que te ve obstinado en esta forma y quisiera librarte del ridículo en que te pones voluntariamente.

Lori: ¿Del ridículo? ¿Te parece esto ridículo?

Salvo: ¡Claro que sí, amigo mío, porque exageras la cosa, exageras enormemente! ¡Y justamente ahora que Palma se libera y te libera, creo que podrías evitarlo, santo Dios!

Lori: No he podido.

Salvo: Lo comprendo. Pero precisamente porque has establecido y dado por sentada la demostración de un sentimiento que…, sí, está bien, ha servido hasta ahora de excusa para tantas cosas…, por ejemplo, para descuidar tus obligaciones respecto a Palma…

Lori: Eso fue porque estabas tú aquí…

Salvo: Muy bien; estaba yo, que tomé afecto a la niña, al verla tan abandonada…

Lori: (Protestando) ¡No, no…!

Salvo: (Irritado, para cortar por lo sano) ¡Dios mío, me refiero en este momento al abandono en que la tenían los demás!

Lori: (Como si mirase a lo lejos, a través del tiempo) Sí, lo sé, esas debían ser las apariencias…

Salvo: (Contrariado) ¡Nada de eso! Porque, en lugar de ello, se ha visto incluso demasiado que tu luto te impedía tomar parte en las distracciones que hubieras debido procurar a tu hija.

(Con energía, exasperado) ¡Pero ahora, basta! ¡Ahora basta! ¡Se acabó! ¡Ella se va! ¡De manera que hubieras podido ahorrarte todo ese desdén y ese enojo ante la aparición de aquella bruja, en el momento en que tu hija iba a marcharse!

Lori: (Con penoso desdén, casi humillado) ¿Con la acogida que le ha hecho ella?

Salvo: (Más irritado que nunca) Pero ¿qué acogida ni qué…? ¿No comprendes que la ha tomado a risa, escabulléndose con mucho tacto y gracia del aprieto en que tú la has puesto con tus exageraciones?

Lori: Ha aceptado ante mis propios ojos el regalo que le han traído…

Salvo: ¿Querías que lo rechazase?

Lori: …¡y la promesa de la donación de un dinero que repugnó en su tiempo a su madre!

Salvo: (Impresionado) ¿Le ha prometido dárselo?

Lori: ¡Pero yo le grité a la cara su vergüenza!

Salvo: (Aturdido) ¿Y no comprendes que…?

(Esconde el rostro entre las manos) ¡Dios mío! ¿No comprendes que no debiste hacerlo?

Lori: ¿Por qué? Gracias a Dios, Palma…

(Corrigiéndose a sí mismo) Es decir, gracias a Dios y gracias a ti, Palma no necesita ese dinero.

Salvo: ¡Precisamente por esto!

(Casi para sí) ¡Es increíble!

Lori: ¿Precisamente por esto? ¿Por qué?

Salvo: ¡Claro que sí! ¡No eres tú quien tenía que decírselo, con perdón!

Lori: ¿Por qué no tengo el derecho de hacerlo?

Salvo: ¡No, no lo tienes! ¡No lo tienes en modo alguno! Esa mujer es riquísima, y tú no sabes si el marido de Palma…

Lori: Pero con la dote que tan generosamente has otorgado a mi hija…

Salvo: ¡Déjalo correr! ¡Nunca se tiene demasiado dinero!

Lori: (Estupefacto y dolorido) ¡Ah, perdona…! ¡No creí que…!

Salvo: ¿Qué es lo que no creíste?

Lori: No esperaba de ti, que tanto has venerado y veneras aún el recuerdo de Bernardo Agliani…

Salvo: (En el colmo de la irritación, disponiéndose a salir por la puerta de la izquierda) ¡Oh, por favor! ¡Ya es demasiado!

En ese instante, vuelve a entrar por esa puerta Flavio Gualdi.

Flavio: Con permiso…

Salvo: ¡Entra, entra, Flavio!

Flavio: (Riendo, aludiendo a la Barbetti, que está fuera) ¡Ah, es estupenda! ¡Estupenda! ¡Y el hijo es aún más estupendo que la madre! Se ha comprometido en serio, ¿sabes? Ha aceptado el contrato de Bongiani, que está disfrutando de lo lindo…

Salvo: ¿Has comprendido, pues, de qué se trata?

Flavio: ¡Claro que sí! ¡De una farsa!

(Recapacitando, serio, con una mirada significativa a Salvo) ¡Oh, naturalmente, razón de más para…!

(Hace con la mano un gesto que significa: «cortar en seco.») «Ça va sans dire…»  [Ni que decir tiene. (En francés en el original.)]

Lori: Nadie podía prever que tuviese la desfachatez de presentarse aquí…

Salvo: ¿Comprendes, querido, lo que has estropeado? ¡Una comedia! La comedia que ese viejo papagayo venía a ofrecernos inesperadamente.

(A Flavio) Ya te diré algo más. Voy entretanto a hacerle cierto discursito… Ven, ven conmigo.

Flavio: En seguida iré; espera a que diga antes a Palma que se dé prisa.

Sale Salvo por la puerta de la izquierda. Flavio se acerca a la derecha, llama y se detiene a escuchar la voz de Palma.

Lori: Yo también quisiera hablarte…

Flavio: (Con sequedad y frialdad) Perdone, (Habla, vuelto hacia la puerta) Soy yo, Palma…

(Pausa. Se detiene a escuchar, luego ríe) No, no quiero entrar…

(Pausa; como antes) Eso es, porque se hace tarde.

(Pausa; como antes) ¡Pero deja hacer a la señorita! ¡Y tú, date prisa!

(Pausa; como antes) Sí, creo que…, creo que…

Y se dirige apresuradamente hacia la puerta del fondo.

Lori: Quisiera decirte que…

Flavio: Perdone, pero ahora no tengo tiempo. Le deja plantado y sale.

Lori queda helado ante el patente desprecio de Gualdi. No puede suponer que nadie cree en sus sentimientos; supone, más bien, que esos sentimientos disgustan a todos y que, si los que le rodean no tienen para él consideración alguna, es porque su hija, gracias a la protección de Manfroni, sale de su modesta casa y entra con su marido en el gran mundo. Permanece abatido y como avergonzado, mirando ante sí durante largo rato. Se abre al fin la puerta de la derecha y sale la señorita Cei, sacando de allí bolsas de viaje, maletas, sombrereras, que el Criado, que ha entrado por la puerta del fondo, se lleva poco a poco.

Señorita Cei: (Al Criado) Tome, Giovanni… Ahora esto… ¡Cuidado con esto!

(Le va dando las bolsas, maletas, etc) No, no, despacio… Una por una…

Por la misma puerta de la derecha, sale por fin Palma, vestida con un elegante traje de viaje; se está poniendo los guantes.

Palma: (A la señorita Cei) Hágame el favor, Gina, de recomendarles que no confundan el equipaje que hay que facturar con el que hay que llevar a mano, en el departamento.

Señorita Cei: Tranquilícese; irá Giovanni.

Criado: Sí, señorita; iré yo mismo. No se preocupe.

Palma: (A Lori) ¿Vienes con nosotros a la estación?

Lori: Sí, claro.

Palma: (A la señorita Cei, que se dispone a salir por la puerta del fondo) Espere un momento, Gina… Usted se va ahora mismo de aquí, ¿verdad?

Señorita Cei: Si el señor comendador no me necesita…

Lori: No, no, gracias. Por mí…

Palma: ¿Quién queda aquí?

Señorita Cei: Pues… no sé… La criada.

Lori: No importa, no importa… Escucha, Palma…

Palma: Ten paciencia, quisiera dar a Gina algunas órdenes.

Lori: Haz, haz como gustes…

Palma: (A la señorita Cei) ¿Estará usted de regreso antes de fin de mes?

Señorita Cei: Y antes también, si usted quiere.

Palma: No, no, me basta con lo dicho. Por otra parte, ya le escribiré.

Señorita Cei: No dude de que a su regreso todo estará listo y en orden, como usted me ha dicho.

Palma: ¡Le recomiendo sobre todo aquel armario!

(A Lori) Y tú, acuérdate de las joyas de mamá.

Lori: Ya te las he puesto aparte.

Señorita Cei: A mi regreso, vendré yo a recogerlas.

Palma: Está bien. Adiós, entonces, Gina… Deme un beso.

Señorita Cei: ¡Buen viaje! Y le expreso de nuevo todos mis buenos deseos hacia usted.

Palma: Gracias. Pero aún tendremos ocasión de vernos antes de marcharme.

Sale la señorita Cei por la puerta del fondo).

Lori: No quisiera, Palma que este desagradable incidente…

Palma: ¡No, no, basta! ¡No hablemos más de ello! (Aludiendo a la abuela) ¿Está aún ahí?

Lori: Sí, creo que sí…

Palma: Es ya hora de salir.

Lori: Espera un momento. He de decirte una cosa que me preocupa por encima de todo.

Palma: Pero, ¿por qué, Dios mío? Hubiera comprendido que me hablaras de eso antes. Pero, ¿ahora?

Lori: No, ahora, ahora que te vas, hija mía.

Palma: ¡Pero si ya no es necesario!

Lori: ¡Cómo! ¿No quieres que te diga, antes de que te vayas para siempre, lo que ha sido y es todavía mi pena más secreta y profunda?

Palma: (En voz queda, con impaciencia, aunque comprendiendo la necesidad de tocar cierto tema delicadísimo que hubiera sido mejor dejar de lado) Sí, sí…, ya lo sé…

Lori: ¿Lo sabes?

Palma: (Como antes) Sí, lo sé. Y por esto mismo me parece inútil que me hables de ello ahora. Perdona.

Lori: No es inútil, porque veo que no has comprendido a qué precio más distinto del que a ti te ha tocado pagar he tenido que pagar yo el papel que me he adjudicado…

(Queda unos instantes indeciso y luego añade con gran tristeza) el papel de padre irresponsable.

Palma: Pero me parece que ahora…

Lori: ¡Déjame hablar! Se trata de cosas ya lejanas, que tú no puedes saber porque eras entonces una niña. Y quiero que las sepas.

Palma: (Suspira, sin disimular su impaciencia, pero resignándose) Pues bien, si es así, habla…

Lori: Con este modo tuyo de tratarme…

Palma: Perdona, pero…

Lori: ¡Déjame hablar! No te lo reprocho. Lo que quiero decir es que con este modo de tratarme das ahora la razón a tu madre contra mí…

Palma: ¿Vuelves a hablarme de mamá?

Lori: (Con esfuerzo) Sí… ¡Porque previó esto!

Palma: (Un poco extrañada ante el tono con que su padre pronuncia estas palabras) Previó… ¿qué?

Lori: (Se detiene, arrepintiéndose de su arranque, y no responde, porque, en realidad, debería decirle: «que ya no me tendría consideración alguna». Dice al fin, con dulzura triste) Repito que no es mi intención reprochártelo. Siento tan sólo la necesidad de decirte que he querido adquirir el derecho de negarle la razón a ella, que no quería, no quería en modo alguno…

Palma: ¿Qué es lo que no quería?

Lori: Pues que Salvo Manfroni estuviera siempre aquí, demasiado a tu alrededor.

Palma: Bien, ¿y qué?

Lori: Te decía que he querido adquirir este derecho de negarle la razón a ella, a costa de largos sufrimientos, que tú (no me digas que no, porque está a la vista), que tú no has adivinado, no has podido suponer y no supones aún en mí.

Palma: Pero, Dios mío, ¿quién te ha dicho eso?

Lori: Me lo dice el mismo tono con que me lo preguntas.

Palma: No, perdona, este tono es precisamente porque estoy enterada, y bien enterada, de estos sufrimientos tuyos sobre los cuales está edificada, ¿no es esto lo que querías decirme?, está edificada mi fortuna. ¡Ah! ¿Cómo querrías que no lo supiese?

Lori: Si lo sabes, no deberías mostrar la contrariedad que muestras.

Palma: No es contrariedad; es que no veo el motivo por el cual quieres recordarme todo eso ahora, cuando ya ha dejado de pesar sobre ti, sobre mí, sobre todos nosotros…

Lori: ¡Me he mantenido tan aparte!

Palma: ¡Demasiado por un lado, demasiado poco por otro!

Lori: ¿O sea que…?

Palma: Pero ¿no te parecen inútiles, ahora, estas recriminaciones? ¡Vamos, vamos!

Entran por la puerta de la izquierda Salvo Manfroni y Flavio Gualdi.

Flavio: (Impaciente) Vamos, Palma, ya es hora de salir.

Palma: Ya estoy lista, sí. Vámonos, vámonos…

Va a salir con Flavio.

Salvo: Esperad un momento.

(A Lori) Escucha: es mejor que Palma se despida aquí de ti.

Lori: (Deteniéndose) ¿Por qué? La acompaño a la estación.

Salvo: No…

Flavio: Por aquellos dos… (Señala hacia la sala, donde están la abuela y Carletto)

Salvo: Comprende que, si tú vienes, vendrán también ellos, y…

Flavio: Estará mi hermana, estarán los amigos…

Palma: (Rápida) ¡Ah, no! Entonces, es mejor despedirse aquí.

Lori: ¡Pero a aquellos dos se les puede mandar a paseo!

Flavio: Ya les hemos dicho que…

Salvo: …que tú también te quedabas. ¡Ya se disponían a venir con nosotros!

Palma: ¡Vamos, paciencia! ¡Despidámonos!

Lori: (Helado, abriendo los brazos) Paciencia…

Palma: Adiós, pues. (Le abraza sin cariño ni efusión)

Lori: (Después de darle un beso en la frente) Adiós, hija mía. Así, de improviso… Quisiera decirte tantas cosas…, y no acierto a decirte nada. Sé feliz…

Salvo: Vamos, vamos ya…

Lori: (A Flavio, que le tiende la mano) Adiós también a ti, y…

Flavio: Perdone.

(Se vuelve hacia Palma) Ve, Palma, ve a despedirte mientras tanto de aquéllos.

Palma: Sí, eso es. Ya voy.

Sale por la puerta de la izquierda.

Flavio: (A Lori) ¿Decía usted…?

Lori: (Triste, con frialdad) Nada. Te decía adiós.

Flavio: ¡Ah, bien! Yo también le he dicho adiós; así es que ya podemos marcharnos.

Salvo: ¡Vamos, sí!

(A Lori, antes de salir por la puerta de la izquierda) Nosotros ya nos veremos.
Salen Flavio y Salvo.

Lori queda largo rato absorto, bajo el peso de su helada desilusión; al fin, por la puerta de la izquierda, entran en escena la Barbetti y Carletto, silenciosos; ella, malhumorada, y él, como un pelele insulso; fastidiadísimo y aburrido.

La Barbetti: ¡Vaya! Es una suerte casar a una hija con un marqués.

Carletto: Me hace gracia; tanto jaleo como armó a nuestra llegada, y luego…

Lori: ¿Luego? ¡Me he quedado aquí precisamente por su llegada!

La Barbetti: ¿Ah, sí? Pues su hija…

Lori: ¡Mi hija me ha impedido dar el escándalo de echarles de aquí en presencia de su marido!

Carletto: El cual nos ha acogido con tanta cortesía…

La Barbetti: (Apoyándole, rápida) …y benevolencia…

Carletto: Lo mismo que aquel amigo suyo.

La Barbetti: E incluso Salvo Manfroni, ¿has visto en qué forma me ha hablado?

Carletto: Sí, pero de ése no te fíes, mamá.

La Barbetti: No sé… Comprendo que un padre se sacrifique por el bien de su hija… Pero que luego se haga sustituir de ese modo…

Lori: (Conteniendo difícilmente un estallido de ira) ¡Les ruego que salgan de aquí!

Carletto: ¡En seguida! Y nos iremos por nuestra iniciativa, sin necesidad de que nos lo pidan.

La Barbetti: Y en casa de su hija, aquí entre nosotros, seré mejor acogida yo que usted.

Carletto: ¡Vámonos, mamá, vámonos! ¡Deja correr todo eso!

Antes de que la Barbetti y Carletto acaben de salir, entra por la puerta del fondo la señorita Cei, con el sombrero puesto y un bolso en la mano, como dispuesta a salir también.

Señorita Cei: (A Lori) ¿Quiere que le acompañe?

Lori: (Desdeñosamente) ¡No, deje!

Señorita Cei: (Después de aguardar unos instantes) Entonces, señor comendador, si no me necesita…

Lori: No, gracias. Puede irse…

Señorita Cei: Ya que todas estas flores se quedan aquí, si usted me lo permite…

Lori: (Como si las viese solamente entonces) ¡Ah, sí, habrá que pensar en ello! Me queda la casa llena de flores…

Señorita Cei: Incluso le pueden hacer daño.

Lori: Me las han dejado aquí…

Señorita Cei: ¡Qué lástima! Algunas son tan bonitas…

Lori: Coja usted todas las que quiera.

Señorita Cei: Gracias. Cogeré unas cuantas de éstas. (Se acerca a una cesta de flores)

Lori: ¿No cree usted que para un padre ningún sacrificio es excesivo cuando se trata del bien de su hija?

Señorita Cei: ¡Oh, para un padre como usted, señor comendador! ¡Mire qué rosas!

(Se las enseña, antes de cogerlas de la cesta) ¡Mire!

Lori: Muy bonitas, sí. Coja… Quisiera coger yo también algunas. (Consulta su reloj)

Señorita Cei: (Tristemente, aludiendo a su acostumbrada visita al cementerio) ¿También hoy quiere ir allí?

Lori: No me han dejado ir a la estación por culpa de aquellos dos. Iré a llevarle unas cuantas flores de su hija y a explicarle también a ella, que no quería mis razones.

Telón

1920 – Todo sea para bien
Comedia en tres actos
Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero

In Italiano – Tutto per bene

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