Diana y Tuda – Acto III

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Diana y Tuda - Acto III
Alida Sacoor, Diana e la Tuda, 2013

Diana y Tuda
Acto Tercero

La misma escena del primer acto.

Al levantarse el telón, Sara Mendel, de pie, se entretiene en mandar lentamente al techo el humo que aspira de un cigarrillo. Después empieza a hablar lentamente, como queriendo saborear su descarada sinceridad, y dice a Nono Giuncano, que está sentado y da muestras de no prestarle atención…

Sara: …Por otra parte, ¿ocultarme, de quién? De lo que hago no tengo que dar cuentas a nadie; mucho menos aún de lo que siento. Todo el mundo sabe lo que hay entre Dossi y yo. Y con un hombre como él…

(Se interrumpe, mira un momento a Giuncano y prosigue en otro tono:) Tome nota de que si quiere usted fingir no escucharme, tengo el medio de obligarle a prestarme atención.

Giuncano: (Levantando la cabeza con desprecio) ¿Usted?

Sara: ¿Ve como ya me la presta?

Giuncano: ¡Me fas-ti-dia us-ted!

Sara: (Después de una pausa) Si uno de nosotros dos, maestro, haría bien en ocultar sus sentimientos, éste sería usted. Es una pena, créame, una pena para todos verle así… a su edad… con el respeto que todo el mundo debe tenerle…, verle así por una…

Giuncano: (Levantándose bruscamente) ¡Le ordeno que se calle!

Sara: ¡Oh! (Queda mirándole, como si se complaciese en ello. Después, con frialdad) Sólo en el caso de que fuese verdad lo que alguna vez he oído decir…

Giuncano: ¡No es verdad! ¡Pero le ordeno igualmente que se calle!

Sara: ¡Ah, no, querido maestro! Si Dossi no es su hijo, a mí usted…, aquí, no me ordena nada.

Giuncano: ¡Le odio, le odio! ¡Puede decírselo!

Sara: Tanto más cuanto que…

Giuncano: ¡Le odio… como lo odié cuando nació de su madre!

Sara: También debería usted ocultar este sentimiento.

Giuncano: ¡Se lo gritaré a la cara en cuanto le vea!

Sara: Todos saben que, muerta su madre, abandonado por su padre, empezó usted a quererle como a un verdadero hijo.

Si ahora le odia de nuevo por otra clase de celos…

Giuncano: …es suficiente, creo yo, para no tolerar que siga habiéndome de ello. Estoy aquí porque él me ha escrito que viniese; no para escucharla a usted.

Sara: Lo sé. Y sé incluso lo que quiere decirle.

Giuncano: Dígamelo y me voy.

Sara: ¡Ah, es que no lo sé con seguridad! Lo supongo. Ha intentado trabajar con otras modelos…

Giuncano: ¿Y no ha podido?

Sara: ¡Porque está obcecado…! Verá una, ahora, que vale cien veces más que la otra. E incluso las demás que ha descartado valían más que ella…

Giuncano: Basta echar un vistazo ahí detrás (señala la cortina, detrás de la cual está la estatua) para comprender lo que usted, por otra parte, comprende muy bien.

Sara: No, no… Yo, por mí…

Giuncano: Finge no comprender…

Sara: ¿Que no puede ya prescindir de ella?

Giuncano: …que ahora le es ya imposible terminar esta estatua con otra que no sea ella…

Sara: Si es verdad lo que siempre ha dicho…

Giuncano: ¡No es verdad en absoluto! Y ahora se da cuenta de que entre los dedos y el barro que modela encuentra a faltar el don con el cual trabajaba…

Sara: ¿La inspiración?

Giuncano: ¡Nada de eso! ¡El don que ella hacía de sí misma, de su vida, a esta estatua!

Sara: Hubiera debido odiarla…

Giuncano: Sí, a la estatua, sí; si no hubiese sido por ella el único modo de vivir delante de sus ojos que, sin darse siquiera cuenta, la absorbían y la transformaban en aquel barro… ¿Y quisiera que yo ahora la indujese a volver?

Sara: Supongo.

Giuncano: ¡Pues yo la induciría antes a morir! ¿Sabe usted dónde está?

Sara: ¡Cómo! ¿Usted no lo sabe?

Giuncano: No lo sé.

Sara: Así es que ¡ni siquiera usted sabe dónde está!

Giuncano: Entonces, ¿no se sabe?

Sara: Sirio contaba con que usted lo sabría.

Giuncano: Yo no sé nada. No he vuelto a verla.

Sara: Ni Caravani tampoco. ¿No la ha buscado usted?

Giuncano: Yo, no.

Sara: Se habrá ido a su pueblo, o a casa de alguna amiga, o con alguien.

Giuncano: (Después de una pausa) Tenía que acabar así…

Sara: Yo se lo advertí a tiempo. No tengo ningún remordimiento. Pero quizá no espera sino que la llamen. Lo ha dejado aquí todo. Y había aprendido muy bien a hacer de señora…

Giuncano: Me parece que demostró que no sabía cómo hacerlo.

Sara: Sí, pero si ahora él le pide que regrese… Debería usted admitir por lo menos que esto sobrepasa verdaderamente todo límite de lo soportable.

Giuncano: ¿Para usted?

Sara: También para mí, sí.

Giuncano: ¡Pero si fue usted la que…!

Sara: Eso es, ¿lo ve? Yo quería confesarme con usted; confesar hasta dónde llega el mal que he podido hacer por mi parte.

Giuncano: ¡Como si no lo supiese!

Sara: Podría no saberlo.

Giuncano: Usted es de aquellos seres desgraciados que para fingir que les sobra experiencia de la vida, hacen alarde de cinismo.

Sara: No estamos acostumbrados a la bondad, ¿qué quiere usted? Hacer alarde de cinismo, como dice usted, es una manera de tomarse la vida a la ligera, cuando empieza a pesar.

Giuncano: ¡La ligereza de la mosca!

Sara: Nada más ligero, en verdad, y nada más molesto. Sería necesario que la vida, en cambio, tuviese la ligereza de una pluma. ¡Oh, sí! Mantener el alma constantemente en una especie de estado de fusión; para que no se solidifique ni se ponga rígida. Se requiere fuego, querido maestro. ¿Y si dentro de nosotros el hornillo se ha apagado? ¿Si viene la muerte y sopla en él? Yo tenía una hija, ya lo sabe usted… Y se me murió.

Giuncano se vuelve a mirarla, turbado, como para aquilatar su sinceridad. Ella menea lentamente la cabeza, y se lleva un pañuelo a los ojos.

Giuncano: (Como para sí mismo, en voz baja) Así son las mujeres: basta que digan una mentira con voz de llanto… y ya no hay mentira. Queda un llanto verdadero, unas lágrimas sinceras.

Sara: ¿Mentira, este llanto?

Giuncano: No, desde luego que no. Pero la quiso usted tan poco a su hija…

Sara: ¿Qué sabe usted de esto, si después…?

Giuncano: Sí, sí, es posible…

Sara: Es mejor no hablar de ello.

(Pausa)

Si una busca a su alrededor, no encuentra ni una mala astilla para alimentar este fuego. Se vuelve una mala. Y no hay nada peor que empezar a darse cuenta de que se es una carga para los demás. ¡Se experimenta una irritación tan helada! Fingimos no darnos cuenta para salvar ante nosotros mismos nuestro amor propio. Yo le aseguro que esta mosca no hubiera tardado mucho en irse de aquí si, de repente, no le hubiesen ofrecido, con este matrimonio, la manera de darse el gusto inesperado, insospechado (y pérfido, sí, me lo digo a mí misma) de entrar aquí y quitarle el marido a esta esposa que no podía decir nada.

Me he divertido tanto viéndola palidecer…

Giuncano: ¿Y él?

Sara: Él, no.

Giuncano: ¿Le dio la llave de este estudio para procurarle esta diversión?

Sara: No. Los hombres no son así, querido maestro. El hombre experimenta una instintiva gratitud hacia la mujer que, sacrificando un poco de su pudor, demuestra querer gustar a uno solo, desafiando la malignidad de los demás; pero no puede sufrir que después esta mujer ofenda a otra que demuestra sentir por él cierta simpatía.

Giuncano: ¡Si le ha dejado hacer, aquí y en todas partes, todo el mal y todas las ofensas que ha querido usted!

Sara: Porque no se preocupa ya de nada. Por no discutir, no se opone ya casi a nada. Sabe usted muy bien cómo es. Quiere sólo trabajar.

Giuncano: ¡Y usted, al obrar como ha obrado, le ha dejado trabajar; ya se ve!

Sara: A usted le gustaría ahora, lo sé, que trabajase y acabase cuanto antes esta estatua.

Giuncano: ¿Ha hecho usted todo esto para impedir que la termine?

Sara: No. Porque no he creído nunca en lo que dice. No se aproveche usted ahora de mi franqueza.

Giuncano: ¿Yo? ¿De su franqueza?

Sara: Habla usted del daño que he hecho…

Giuncano: …con perfidia…

Sara: Se lo he dicho yo misma… Pero ocultemos, ocultemos un poco los sentimientos que he tenido la franqueza de…

Giuncano: La franqueza no, el cinismo.

Sara: …el cinismo de descubrirle, aun a costa de una humillación (porque le aseguro que es una verdadera humillación para mí tener que reconocer haberme sentido molesta ante una mujer como aquélla).

Giuncano: ¿Humillación?

Sara: ¡Humillación, sí…! (y le confieso que quizá la irritación provocada por esta humillación me ha hecho más cruel con ella de lo que hubiera querido ser). Ocultemos, le decía, los sentimientos y vengamos a los hechos. ¿Es culpa mía todo lo que ha ocurrido?

Giuncano: ¡Si lo ha confesado usted misma!

Sara: ¡Ah, no, poco a poco! ¡Si lo toma así, ya no confieso nada! Antes que mía, la culpa ha sido suya.

Giuncano: Sí, si hay culpa en obrar con naturalidad.

Sara: ¿He sentido resentimientos, humillación, irritación…? ¡Sí! ¡Y también los he sentido con naturalidad! ¡Hemos obrado con naturalidad las dos! ¿No le parece? ¡Pero ella como una tonta; y yo, no!

Giuncano: ¡Ah, usted no, esto sí que es cierto!

Sara: Razone usted conmigo.

(Ante una mirada de Giuncano) Bien, ya sé que usted no puede. Déjeme que razone yo, entonces. ¿Se prestó, sí o no, a la ofensa que Dossi quería hacerme casándose con ella? Es innegable. ¡Y pretendía incluso ponerse, con esto, frente a mí! Ya debía suponer que yo me daría por agraviada, ¿no? Y debía darme a entender, si no era una tonta, que lo había hecho sólo porque había visto en ello una ventaja material. Pues no, señor. Me demuestra, en cambio, que es ella la ofendida, y se ofende… ¿de qué? ¿de que yo siga viniendo aquí como antes? ¿Y con qué derecho se da por ofendida si Sirio, antes que nada, ha establecido bien claramente los pactos de antemano? Primer error… o tontería, no mía, suya. Yo no hago mal en absoluto al seguir viniendo aquí; y si ella palidece al verme, peor para ella; me ofrece la diversión de un espectáculo que no podía esperar… ¡Pero hace peor! ¡Como si realmente Sirio y yo le hiciésemos algún daño, piensa vengarse cometiendo esta tontería con Caravani!

Giuncano: Yo quisiera saber qué gusto puede usted haber encontrado – si ella para usted es realmente esto, una pobre tonta – en hacer de ella un pobre despojo humano y en creer al mismo tiempo que ha obrado como debía.

Sara: ¡Volvamos al principio! ¡Claro, querido maestro, naturalmente! Yo contaba con que Sirio, al descubrir esta grotesca traición, la pusiese en la puerta a puntapiés, como merecía. Pero se ha puesto ella misma, toda vez que ha reconocido que era imperdonable lo que ha hecho. Fíjese usted; Sirio se casa con ella exclusivamente para impedirle que haga de modelo a los demás, y ella, en lugar de irse con Caravani, como podía y era su derecho, pues podía estar con quien quisiera si se le antojaba, se deja persuadir por él para hacerle de modelo…, y nada menos que para aquella Diana suya que había quedado a medio acabar.

Giuncano: Y usted, para dar a Sirio la oportunidad de descubrir esta traición, se ha procurado incluso la llave del estudio de Caravani…

Sara: ¡Oh, esta vez con una excusa naturalísima! ¡La tenía hacía ya tiempo!

Giuncano: ¡Usted misma reconoce que es una excusa!

Sara: Estoy jugando con las cartas boca arriba. Por otra parte, era verdad: Caravani me hacía un retrato; no he podido soportar nunca los horarios; por esto no le había fijado una hora precisa para las sesiones; iba cuando quería, cuando podía; para no quedarme alguna vez detrás de la puerta si la encontraba cerrada, me hice dar la llave. Y ¿qué quiere usted? Me vino espontáneamente la idea de ponerla entre las manos de Sirio, que no quería creer lo que había visto yo, con mis propios ojos; los colores todavía frescos sobre la tela del caballete. Por otra parte, me lo había confiado el propio Caravani. Fue para mí la satisfacción más grande hacerle ver y palpar la estupidez de aquel matrimonio suyo, ¡allí, en la única traición que podía hacerle! Hice que la encontrara desnuda, posando. ¡Ah, qué escena! Corrió a ocultarse, a esconderse entre las cortinas del estudio; pero Sirio, sin preocuparse de sacarla de allí y avergonzarla, cogió por el cuello a Caravani, le restregó la cara por aquel lienzo, embadurnándosela con todos los colores… ¡Imagínese cómo! ¡Pobre Caravani! Y se ha ganado además un sablazo en la mejilla. Le vi ayer y… (Se oye llamar a la puerta) ¡Ah, debe ser la modelo!

Va a abrir

Entra Jonella, que es bellísima; cuenta apenas veinte años, y camina con la gracia de un animal felino. No lleva sombrero; un chal sobre los hombros. Habla con cierta cantinela.

Jonella: Buenos días.

Sara: Buenos días, querida.

(Mostrándola a Giuncano) ¿La ve? Es maravillosa. Usted que quiere dar movimiento a las estatuas…

(A Jonella) ¿Cómo se llama usted?

Jonella: Jonella. Soy de Cori.

(Mira a su alrededor) ¡Cuántas colillas!

Sara: (Después de haberla contemplado unos instantes, dice para sí misma, con beatitud:) No saber lo que puede ser la vida…, cómo pueden nacer ciertas cosas, ciertas criaturas…, como las flores…, sonrisas…

Jonella: ¿Me lo decía a mí?

Giuncano: ¡Y yo que no preví tal enormidad!

Jonella: (Después de haber mirado a uno y a otro) ¿Es que todos hablan solos, aquí?

Sara: Cuando uno no se guarda para su interior lo que piensa…

Jonella: ¿Dónde está el que me necesita? (Señala a Giuncano) ¿Es usted?

Giuncano: Siento que es ya tan grande el desgarrarse de mis entrañas…

Jonella: Pregunto una cosa y me responde otra.

Sara: No, no es él. Tiene que venir todavía.

Jonella: Es que yo no quiero estar aquí como una gallina extraviada.

Giuncano: Yo no sé, no sé lo que puede ocurrirme… Cuando no se ve ya la razón de nada…

Sara: (A Jonella) ¡Siéntate, siéntate! En seguida llegará.

(A Giuncano) Hay que ver la razón de las cosas…

Giuncano: ¡Yo ya no veo nada! ¡Y puedo hacerlo todo!

Sara: Me gusta que primero predique la locura y ahora ande buscando desesperadamente la razón. Si ha sido una locura…

Giuncano: ¿Que yo busco la razón? ¡Oh, no…! ¡Busco otra cosa!

Sara: Es mejor que vaya a buscar a Tuda.

Jonella: ¿A Tuda? Yo la he visto.

Sara: ¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Dónde?

Jonella: Allá, en los Prati, en casa de Assunta, el otro día. ¡Está tan desmejorada…!

Sara: ¿Ah, sí?

Jonella: Casi no se la reconoce. Dice que han querido matarla… No sé qué cuenta… Que se han batido en duelo por ella… Parece loca, y dice que no quiere volver aquí.

Entra inesperadamente Sirio Dossi, muy agitado.

Sirio: (Rápidamente, viendo a Giuncano) ¡Ah, estás aquí! Vengo de tu casa. Tuda está aquí.

Giuncano: ¿Aquí?

Sara: ¿La has encontrado?

Giuncano: ¿Dónde?

Sirio: En el jardín.

Jonella: ¡Vaya…!

Sara: ¿Ha venido por su propio impulso?

Sirio: (Rápido y duro) ¡No ha venido por su propio impulso!

(A Giuncano) No quiere entrar. Quiere antes hablar contigo.

Giuncano: (Dirigiéndose hacia la puerta) ¿Conmigo?

Sirio: ¡Espera!

Jonella: ¿No decía que no quería volver?

Sara: ¿Has ido, pues, a buscarla?

Sirio: (Se volverá primero rápidamente a mirar a Sara; después dirá a Giuncano:) ¡Hazla entrar!

Sara: (Rápida, deteniendo a Giuncano) ¡Ah, no, por favor! ¡Deja que antes me vaya yo!

Giuncano: Además, yo no…

Sirio: ¡Llévatela contigo! ¡No te digo que la hagas entrar aquí!

Giuncano: Si no quiere…

Sirio: No te he dicho que no quiera. Te he dicho que quiere hablar antes contigo. Le hablarás arriba.

Sara: ¡Yo me voy! No voy a quedarme esperando a que lo ponga como condición para su regreso…

Giuncano: ¡Tendría toda la razón!

Sirio: ¡Nada de condiciones! ¡Las condiciones las pongo yo, ahora! ¡Yo, a todos, yo, que soy el único que quiere hacer algo y tiene que hacerlo!

(Cogiendo de un caballete uno de los cinceles al cual hay aún adherido un poco de barro seco, y mostrándolo a Giuncano) ¡Pero mira, mira mis cinceles…! ¡Han sido cóleras estúpidas, ridículas; y no puedo trabajar ya! ¡Ve, ve arriba! No sé qué quiere decirte. Dice que sólo puede decírtelo a ti.

Sale Giuncano.

Sara: Bueno, yo ya tengo bastante.

Jonella: Entonces, ¿puedo marcharme yo también, si ella ha vuelto?

Sirio: Tal como está, no podrá servirme.

Jonella: (A Sara) Sí, ya se lo he dicho; está desmejorada.

Sirio: No parece ella. Pasará no sé cuánto tiempo antes de que se restablezca.

Sara: ¡Tanto más edificante que hayas ido a buscarla, si no sabes qué hacer con ella!

Sirio: Cuando fui no lo sabía; pero, aun sabiéndolo, hubiera ido igualmente a buscarla.

Sara: Y la prueba es que la has traído aquí y estás haciendo todo lo posible por retenerla.

Sirio: Exacto; ¿tienes algo que decir?

Sara: ¡Pues confórmate, si estás contento! Después de todo, es tu mujer y te ha tratado bien…

Jonella: Pero si por ahora no puede servirte y necesitas una modelo…, ya que me habéis hecho venir hasta aquí…

Entra Tuda, seguida de Giuncano. Está desmejorada, con el rostro demacrado, los ojos duros, casi vidriosos.

Tuda: ¡Sí, sí, Jone! ¡Hazle tú de modelo! (A Sirio) Mira: aquí la tienes a ella, y para lo que quieres, te ha de servir mucho más que yo. Así podré marcharme. ¡Dale lo que te pide!

Sirio: ¡No, no!

Jonella: (Simultáneamente) ¿Qué tendré que ver yo…?

Tuda: (Simultáneamente) ¡Sí, sí!

Sirio: ¡No es posible!

Jonella: (Simultáneamente) Lo he dicho, porque él…

Tuda: (A Giuncano) ¡Vámonos! ¡Vámonos!

Sirio: (Con fuerza) ¡Te digo que no es posible, ¡qué diantre!, que yo me ponga a trabajar ahora con otra!

Sara: (A Tuda) Y usted puede calmarse; sé que ha sido él quien ha ido a buscarla.

Tuda: Sí, él; y dile dónde; y si me había ocultado sabiendo que me buscaba; dile también quién me espió, y si ahora te he seguido para quedarme… ¡No quiero quedarme!

Sirio: Te quedarás.

Tuda: ¡No!

(A Giuncano) Me iré con usted y me quedaré con usted.

Sirio: ¡Pero si me has prometido…!

Tuda: Sí…, que volvería…

Sirio: No… Me has prometido que te quedarías aquí…

Tuda: ¡No, no!

Sirio: Sí… Después de haber hablado con él. (Señala a Giuncano) Así me has dicho.

Tuda: Aquí no me quedo…, no, no… No quiero estar más aquí… Volveré sólo para trabajar, cuando de nuevo pueda. Ahora, me voy.

Jonella: ¿Y yo, entonces?

Tuda: ¡No puedes quedarte tú tampoco, Jone! No porque quiera quitarte el pan, puesto que lo he despreciado…, sí, despreciado, así como el nombre que me ha dado, y los trajes, y la casa… ¿Qué gusto quieres que me dé hacer de señora? Si eso me hubiera complacido, no habría hecho lo que he hecho. Pero quiero que te convenzas… ¡Ven, mira!

La arrastra hacia la cortina, agarra un extremo y con un violento tirón hace correr las anillas por el travesaño al cual está suspendida.

Aparece, grande, sobre el caballete, la estatua sin terminar…

Tuda: ¡Mira! ¡Mírala bien! Mírala a los ojos! ¡Los ojos…! Y ahora los míos… ¿Ves? Son los míos éstos de la estatua…, tal como me los estás viendo ahora…; ¡ojos de loca…! Porque ellos los han hecho volver así…, ellos…, ¡ellos dos…! (Señala a Sirio y a Sara) ¿Te parece que hay todavía amor en estos ojos? ¡Di! ¡Di!

Jonella: Me parecen los ojos de una gata

Giuncano: ¡De una gata acosada y apaleada…

Tuda: ¡Hay en ellos odio, odio por el suplicio que me han hecho sufrir los dos! ¡Ella… (señala la estatua) no tenía al principio estos ojos…! ¡Sus ojos eran muy distintos! Él me ha cogido los míos y se los ha dado. ¡Mírala…! ¿Y esta mano, aquí, que toca la cadera…? ¿La ves? ¡Estaba abierta, al principio, esta mano! ¿Ves? Ahora está cerrada, es un puño cerrado. Me la han hecho cerrar ellos, me han hecho cerrar el puño, así, para resistir el suplicio… Y la estatua, ¿ves…?, también ella la tenía abierta; ahora ha tenido que cerrarla. ¡Yo he visto cómo la cerraba! ¡No ha podido hacer menos! ¡No es ya la que él quería hacer! ¡Ya no soy yo, ahora, ésta! ¿comprendes…? No puedes ser tampoco tú, Jone, ni ninguna otra… ¡Vete!

Sirio: ¡Sí, sí, fuera, fuera, basta!

Jonella: ¡Por mí…! Yo había venido porque…

Sara: Porque la había llamado yo.

Sirio: (Rápido) Y ahora se va…

Jonella: ¿Me pagarás por lo menos, la molestia de haber venido hasta aquí?

Sirio: Sí, sí, está bien; ahora vete.

Jonella: ¡Adiós, señora! ¡Adiós, Tuda!

Se dirige hacia la puerta.

Tuda: No, espera, vengo yo también… Quiero solamente decir a la señora… (Jonella se encoge de hombros y se va) que el derecho de hacer lo que he hecho, ¿sabe quién me lo ha dado? ¡Él!

Sirio: ¿Yo?

Tuda: ¡Tú, tú…, sí! Aprovechándote de cuanto he sufrido yo aquí, en el alma y en el cuerpo, ante tus ojos…, por causa de ella… (Señala a Sara)

Sara: ¿Por causa mía…?

Tuda: ¡De usted, sí, de usted, que lo ha hecho a propósito!

Sara: ¡Ah, no, querida!

Giuncano: ¡No lo niegue usted! ¡Me lo ha confesado a mí!

Tuda: Y él ha comprendido que lo hacía a propósito y se ha aprovechado de ello…

Sara: ¡Ah, esto sí! ¡E incluso se ha aprovechado de mí!

Tuda: ¡Porque ya no la quería! ¡Ya no la quería!

Sara: ¡Si lo sé! Y le ha convenido hacer ostentación ante todos de que seguía sus relaciones conmigo, para que nadie creyese que se había casado con usted en serio.

Tuda: ¡Ah! ¿Había usted comprendido esto? ¿Y se ha prestado a ello…? ¿La oye, maestro? ¿Y todo por maldad contra mí? ¿No por celos?

Sara: ¿Yo? ¿Celos de usted?

Tuda: ¿Ah, sí? ¿Y me dijo que podía usted ser más que yo, cuando yo estaba allí, tal como era, ante los ojos de él?

Sara: Una cosa tan admirable que para que no pudiese nadie creer que le pertenecía, ha preferido, como le digo, aprovecharse de mí…

Tuda: (Con ímpetu, radiante) ¡No, señora, no! ¡No se ha aprovechado de esto…, no lo crea! Se ha aprovechado de usted, como de mí, por una estatua… Ha aprovechado cuanto usted me ha hecho sufrir (creía que por celos, ahora sé que era por maldad)…, porque convenía a su estatua.

(Viendo a Sirio que, sonriendo, le hace signos afirmativos) Mire, ¿lo ve usted? ¡Dice que sí! ¡Sonríe y dice que sí!

Giuncano: ¡No te rías, no te rías! ¡No me provoques!

Sirio: ¡Qué va, déjate de provocaciones! Me río porque me gusta muchísimo que ella haya comprendido tan bien…

Giuncano: ¿La tortura a la cual la has sometido?

Sirio: ¡No! Que yo no estaba aquí como un idiota haciendo la ridícula figura del hombre disputado por dos mujeres. (Y ríe de nuevo)

Tuda: (Rápida a Giuncano) ¡Déjele, déjele que ría! ¡Me gusta que se ría y que él mismo confiese que se ha aprovechado de la situación! Lo he comprendido en seguida, ¿sabe usted? Porque cuando estaba allí arriba (señala la tarima) hubiera debido gritarme: «¡No pongas estos ojos!», «¡Abre esta mano!» Y no me lo gritó nunca…

Giuncano: Dejó que la estatua cerrase la mano y pusiese esos ojos…

Tuda: ¡Eso es! ¿Y de esto…, ¿ve…?, he querido vengarme con aquel estúpido!

(A Sirio) Porque tú, que en mí habías comprado únicamente la modelo, debías valerte de esa modelo para tu estatua, tal como yo era; no de mí, que sufría para convertirme en otra… ¿Ya sabe, maestro, lo que yo he hecho?

Giuncano: Sí, lo sé.

Tuda: ¡Pues lo he hecho por esto! ¿Usted me comprende?

(Volviéndose a Sirio) ¡Y sobre aquella misma mejilla que tú le has cortado, a aquel imbécil, yo le había dado un bofetón, porque no quería entender que me iba con él únicamente para hacerle de modelo! ¡No lo he hecho por nada más!

Giuncano: Un artista, querida, cree tener derecho a aprovecharse de todo.

(Volviéndose, sombrío y fiero, hacia Sirio) ¡Pero delante de mí, no, fíjate bien! ¡Porque yo, a la vida, la he vengado sobre mi mismo arte! ¡No admito este derecho del artista!

Sirio: No lo admites, ¿y qué?

Giuncano: ¡No lo admito y te lo niego, tanto más cuanto que se trata de la vida de los demás!

Sirio: ¿Tienes alguna razón particular para defenderla?

Giuncano: ¡La tengo! Y te digo: ¡ten cuidado! (Mostrándole a Tuda) ¿No ves lo que has hecho con la vida de los demás?

(Coge con ambas manos el rostro de Tuda) ¡Mírala! ¡Mírala!

Tuda: (Liberándose de sus manos, con alegría, como si gozase en su propio tormento) ¡No importa! ¡No importa! ¡Déjale reír!

Sara: ¡Ah, pero de mí, no! ¡Basta ya! ¡Les aseguro que de mí no se ríe más! (Va a salir)

Tuda: (Deteniéndola, rápida) ¡No! ¿Cómo que basta, señora? ¿Querría acaso que, después de lo que me ha hecho usted sufrir, no terminase su estatua? ¡Ah, no…! ¡Tiene que terminarla! ¡Tiene que terminarla! ¡Y, por consiguiente, usted tiene que seguir viniendo aquí!

Sara: ¡No…! ¡Basta! ¡Basta ya!

Tuda: ¡Oh, sí! ¡Para que la estatua tenga estos ojos! ¿Comprende? Si quiere terminarla tal como está ahora, tiene que tener estos ojos… ¡Y, por consiguiente, usted tiene que seguir viniendo! ¡Debe tenerlos! ¡Quiero verme en ella con estos ojos…!

Giuncano: (A Tuda) ¿Y cómo, tonta, si con ello te desmejoras así?

¿No comprendes que tener estos ojos hace que te adelgaces tanto que luego no podrás servirle de modelo para otra estatua?

Tuda: (Con desesperación, exaltándose) ¡Ah, sí, es verdad… es verdad…! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué podría hacer…? Es verdad… ¡Así no puedo, no puedo…! ¡Es cierto! ¡Ah, Dios mío… Dios mío! ¿Qué hago…?

(A Giuncano) ¿Usted lo comprende? Estar allí… (señalando a la tarima) allá con mi carne, con mi sangre, con estos ojos míos que veían lo que hacía de mí, cómo me absorbía, me absorbía toda para su estatua; estar yo allí…, viva… ¡y no ser nadie! ¿Es posible? ¡Si al menos no se hubiese dado cuenta de que sufría! Pero se dio cuenta, se dio cuenta, si se me pusieron así los ojos es posando para su estatua. Lo sé, lo sé… Yo, para él, no representaba nada… ¡y, sin embargo, era de carne!, ¡de una carne que ha sido macerada! ¿Qué hago, ahora? ¿Qué hago?

Rompe a llorar desesperadamente.

En el estudio ha oscurecido. Sólo la estatua, bajo la luz que penetra por la claraboya, se ve claramente. Los cuatro que están junto a ella son como sombras en la sombra.

Giuncano: (A Sara) ¡Váyase! ¡Váyase! ¡Usted ya no tiene nada que hacer aquí! ¡Déjenos solos! Aquí se hará justicia ahora. ¡Váyase!

(Y apenas Sara Mendel, sin decir nada, se habrá marchado, se volverá hacia Sirio, mientras Tuda sigue llorando) ¡Tú hubieras debido casarte con un fantoche de cartón, para que posase para tu estatua! Hubiera posado ante ti, impávido, como debe ser, para tu estatua, también impávida; tiempo sin edad… ¡la cosa más espantosa!

Sirio: ¿Cómo, sin edad?

Giuncano: La edad… que es el tiempo cuando se convierte en humano… el tiempo, cuando duele… Somos de carne; esta pobrecilla que no es ya como debería ser para tu estatua, sino como puede ser después de haber sufrido lo que vosotros… tú y la otra… le habéis hecho sufrir…

Tuda: (Todavía entre lágrimas) Pero si usted…

Giuncano: (Pronto) ¿Yo? ¡Yo he querido respetar en ti la vida! ¡Lo contrario de lo que está haciendo él ahora!

Sirio: (Tranquilo y frío) ¿Ah, yo no la respeto? ¿Tienes el valor de decir que no la respeto porque quiero que sirva para algo que esté más allá de lo que podamos sufrir… tú… ella… yo mismo?

Giuncano: (Irónicamente) ¿Tú?

Sirio: Si pongo en ello toda mi vida y la vida de los demás…

Giuncano: ¿Segándola?

Sirio: ¡No! ¡Al contrario, para que sea eterna!

Giuncano: Y que, mientras tanto, esa vida se apague para siempre, ¿no?

Sirio: ¿Te das tú cuenta de que esta estatua mía es hermosa? ¿Verdaderamente hermosa? Entonces, ¿qué quieres que me importe todo lo demás si después pagaré yo más que nadie mi obra terminada?

Giuncano: Si para ti la vida no tiene ya precio…

Sirio: (Rápido, con fuerza) ¡Tiene este precio: mi estatua!

Tuda: (Levantándose con ímpetu frenético) ¡Entonces, tómame! Si no puedo ya servirte para nada…

Sirio: (Contrariado) ¡Vamos, levántate…!

Tuda: ¡No! No, si es verdad que luego quieres matarme…

Sirio: (Como antes) …¡levántate, te digo…!

Tuda: ¿Cómo quieres que me levante? ¿No ves que me estoy muriendo por tu culpa?

¡Tómame, toma la vida que me queda y enciérrame allí, dentro de tu estatua!

Sirio: ¿Estás loca?

Tuda: ¡Sí, sí! ¡Que me muera dentro! ¡Si no me quieres hacer vivir!

(A Giuncano) Usted buscaba un barro ardiente para infiltrarlo dentro de las estatuas. ¡Aquí lo tiene! ¡Aquí está! ¡Yo estoy ardiendo!

(Gesticulando desesperadamente, hace ademán de arrancarse la ropa y se lanza hacia los tres peldaños de madera de la tarima que sostiene la estatua) ¡Y quiero estar ahí dentro!

Sirio: (Corriendo detrás de ella, blandiendo el cincel, y alcanzándola en el último de los tres peldaños) ¡No la toques o te mato!

Giuncano: (Como una fiera, saltando detrás de él y agarrándole con una mano por la garganta, le sujeta y ruedan los dos por el suelo) ¿Quién habla de matar? ¡Ay de ti si la tocas! ¡Te mato yo!

Tuda: ¡Oh, Dios mío, no! ¡Déjelo! ¡Déjelo!

Giuncano se incorpora ligeramente; su expresión es de loco y tiene aún la mano contraída. Sirio yace inmóvil en tierra; muerto. Tuda, casi sin voz, consternada, todavía sobre el último de tos tres peldaños, se inclina para mirar…

Tuda: ¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho? ¿Le ha matado? ¡Ah, Dios mío, le ha matado…! ¿Por mí…?

Giuncano: (Murmurando, como en una letanía) Obcecación… obcecación…

Tuda: (Desciende los tres peldaños; se inclina sobre Sirio; le toca con una mano la frente, con la otra le coge una mano) ¡Oh, Dios mío, no! ¡No! ¡Frío! ¡Muerto!

Giuncano: Obcecación…

Tuda: ¡Muerto por culpa mía, por mí, que tengo la culpa de todo!

Giuncano: Obcecación…

Tuda: ¡Yo, yo, sí, de todo…! ¡Porque no supe darle lo único que había querido de mí…!

Giuncano: Obcecación…

Tuda: (Señalando con terror la estatua, detrás de ella) ¡No supe ser aquélla…! ¡Aquélla…!

Giuncano: Obcecación…

Tuda: Yo que ahora ya no soy nada ni nadie… nadie…

Telón

1927 – Diana y Tuda
Tragedia en tres actos
Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero

In Italiano – Diana e la Tuda

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