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De Markel R. Méndez H. — Pirandello desarrolla una reflexión sobre el teatro, la literatura y la identidad humana a partir de la oposición entre Vida y Forma. La autonomía de los personajes, el teatro dentro del teatro, la máscara, el espejo y la locura se convierten así en claves fundamentales de una dramaturgia que cuestiona continuamente la frontera entre realidad y ficción.
Luigi Pirandello: teatro, máscara y realidad
De PROSCENIO – Artes Escénicas (UCAB), por Markel R. Méndez H., 22 de septiembre de 2009.
“Si un poeta épico o dramático puede representar a un héroe en el cual luchen elementos contrapuestos e inconciliables, pero él con esos elementos compondrá un carácter, y querrá captarlo como algo coherente en todos sus aspectos. Pues bien, el humorista hace precisamente lo contrario: descompone el carácter en sus elementos integrantes; y mientras aquél intenta captarlo como alguien coherente en cada uno de sus actos, éste se divierte representándolo en todas sus incongruencias. El humorista no reconoce héroes (…); sabe qué es la leyenda y cómo se forma, qué es la historia y cómo se forma: composiciones todas, más o menos ideales, y quizás tanto más ideales cuanto más aspiran a un estatuto de realidad: composiciones que se divierte en descomponer”. (Pirandello, ensayo El humorismo, 1908).
Este relativismo humorístico ya nos deja ver el fondo de una contraposición fundamental en la dramaturgia de Pirandello: la que se manifiesta entre la Forma —impuesta por la educación y la sociedad, que tienden al orden y a la coherencia— y la Vida, entendida como las pulsiones profundas del ser humano, lo caótico e indistinto.
“En suma, Pirandello no busca un arte que reconcilie al hombre con la vida o que pretenda destilar su esencia profunda y oculta, sino que tiende a un arte de la discordancia y la contradicción, consciente de que la realidad es irreductible a un sentido último”. (Romano Luperini y Miguel Ángel Cuevas, en la introducción a Obras de Luigi Pirandello, Cátedra, Letras Universales, 1998).
Pirandello desarrolla una reflexión sobre el teatro y la literatura, contraponiéndolos en cierto sentido, pues reconoce que la voz del poeta —el dramaturgo— no permanece intacta en el momento de la representación, ya que son los actores quienes la toman para sí y la interpretan a través de sus cuerpos y sus voces, dándole su propio matiz.
Esta es la base para el desarrollo posterior de dos conceptos centrales en la obra de Pirandello, que aparecen después de la Primera Guerra Mundial:
- La autonomía de los personajes respecto del autor.
- La creación de formas capaces de autocriticarse: el teatro dentro del teatro.
Todo ello lo lleva además a construir con especial cuidado y claridad la máscara o carácter de sus personajes. Estos deben estar claramente delineados, de modo que adquieran una existencia propia, más allá de la pluma del poeta.
Al mismo tiempo, existe en Pirandello una preocupación particular por la representación: el personaje debe quedar definido con tal precisión que el actor disponga de un margen limitado para interpretarlo y desarrollarlo en escena, evitando así desvirtuarlo.
Los distintos rasgos de la personalidad del personaje se concentran en unos pocos elementos específicos: su máscara.
Seis personajes en busca de autor
Seis personajes en busca de autor, publicada en 1921, es una de sus piezas más emblemáticas y corresponde a un período de plena madurez del dramaturgo, cuando profundiza especialmente en los conceptos de teatro dentro del teatro, máscara y espejo.
“Cuando Pirandello escribe en el Prefacio de Seis Personajes en Busca de Autor ‘yo no conseguía encontrar el sentido universal en aquellos personajes’, el problema que plantea es —como diría Walter Benjamin— ontológico y no psicológico. Es el acto de dar significado lo que está en discusión. Los Personajes querrían dotar de significado su historia vivida, pero el autor ya no puede hacerlo. En el Prefacio él declara haber rechazado no el ser, sino la razón de ser de sus Personajes —es decir, su pretensión de valor— y haberles dado otra y, con ella, un valor diferente. De esta forma Pirandello describe con precisión el mecanismo de la alegoresis, descubriendo también sus presupuestos últimos: se trata, en efecto, de una alegoresis totalmente negativa, pues el mundo permanece como algo inexplicable. En Seis Personajes el acto de la significación alegórica se pone a sí mismo en escena”. (Romano Luperini y Miguel Ángel Cuevas, en la introducción a Obras de Luigi Pirandello, Cátedra, Letras Universales, 1998).
Es así como Pirandello denuncia la imposibilidad de esclarecer plenamente las contradicciones y las fuerzas irracionales del ser humano.
Los personajes se empeñan en adquirir significado sobre el escenario durante la representación; el director insiste en imponer orden; los actores realizan esfuerzos infructuosos por representar sus papeles. Finalmente, todo se hunde en una profunda incertidumbre en la que dejamos de saber cuál es la realidad y cuál es la ficción.
En pocas palabras, Pirandello señala que los seres humanos estamos condenados a la oscuridad.
Se trata del reflejo de una crisis de valores. Lo auténtico en la vida ya no existe porque la realidad se ha desintegrado, algo que se hace todavía más evidente en medio de un conflicto bélico de dimensión mundial.
Es la muerte de la tragedia, del héroe sustentado por altos valores morales y de un sentido ético estable de la existencia. El ser aparece ahora escindido, fragmentado en múltiples posibilidades y perdido en su propia contingencia.
“…Cuando un hombre vive, vive y no se ve vivir. Ahora bien, colocad un espejo ante él y haced que se vea a sí mismo en el acto de vivir y, conmovido por sus pasiones, o se quedará atónito y sin habla ante su propio aspecto, o apartará la vista para no verse, o escupiendo con repugnancia a su propia imagen cerrará el puño como si fuese a golpearla; y, si ha llorado, ya no podrá seguir llorando; y si reía, ya no podrá seguir riendo, y así sucesivamente. En una palabra, se producirá una crisis… Esa crisis es mi teatro”. (Pirandello).
El teatro del espejo
Los motivos controvertidos de Pirandello pudieron comprenderse mejor en tiempos de guerra y, de hecho, su actividad narrativa fue disminuyendo a medida que se multiplicaba la del dramaturgo: cada vez más voces se sumaban, en discordancia.
La destrucción de hogares y ciudades enteras y la muerte de millones de personas produjeron una profunda sensación de disolución y resquebrajamiento de la identidad, una auténtica desintegración del yo. Aquellas muertes físicas eran también la muerte de valores e ideales.
“La finalidad principal del teatro de Pirandello, catalogado como ‘Teatro del Espejo’, tomando en cuenta una afirmación del propio dramaturgo: ‘cuando uno vive, vive y no se ve vivir’, es la de objetivar dramáticamente la transformación que se actúa en el alma de un hombre, cuando la situación en que él ha vivido durante años revela su verdadera realidad. Se produce una crisis, una sacudida violenta en la trama de la vida psíquica.
Quien adquiere conocimiento improviso de esta realidad viene a hallarse, poco más o menos, en aquel estado de asombro y turbación, de náusea —tal y como el personaje de la novela de Sartre—, al darse cuenta por primera vez y de modo inesperado del hecho de existir”. (Vincenzo Josia, Pirandello, 1970).
Su obra refleja, por todo lo planteado, la soledad en la que vivimos los seres humanos y la imposibilidad de comunicarnos o encontrarnos verdaderamente.
En esta línea, Pirandello sienta algunas de las bases que posteriormente desarrollará el teatro del absurdo, anticipando determinados planteamientos de Ionesco y Beckett.
Habiéndose iniciado como un narrador vital, su trayectoria lo conduce progresivamente hacia un escepticismo radical y hacia una profunda relatividad de la verdad, que se convierte en una de sus obsesiones centrales.
“Las gentes dicen que mi teatro es un teatro oscuro y le aplican el calificativo de cerebral. El teatro moderno posee un carácter diferente del antiguo. La base del teatro antiguo es el intelecto y el del teatro moderno la pasión.
Una de las novedades que ha formado al nuevo drama consiste en convertir el intelecto en pasión”. (Pirandello).
La locura y Enrique IV
La locura es la única máscara que permite al ser humano contemplar la vida y enfrentarse a ella desde el otro lado de la línea, fuera de los límites de la razón.
Pirandello tuvo la experiencia de la enfermedad mental muy cerca de sí, debido a la grave enfermedad de su esposa.
En Enrique IV, el autor desarrolla sus ideas acerca de la locura. El protagonista cae de un caballo durante una fiesta de disfraces, pierde la razón y asume la identidad de Enrique IV, el personaje histórico cuyo traje llevaba durante la celebración.
Obliga entonces a los demás a mantener indefinidamente la representación de sus respectivos papeles, para concederse posteriormente el placer de desenmascararlos.
“Ese gusto es el placer puramente racional de mirar vivir a los demás y atenerse, en su propia existencia, a la rigidez codificada de formas y normas, a un guión conocido escrito con antelación que excluye los imprevistos y sorpresas de la vida verdadera”. (Romano Luperini y Miguel Ángel Cuevas, en la introducción a Obras de Luigi Pirandello, Cátedra, Letras Universales, 1998).
La locura pasa a ser, en este caso, un distanciamiento respecto de la vida misma, incluso de la propia, y se convierte así en lucidez.
“Precisamente esa lucidez, esa capacidad de abstracción, esa distancia extrañada que suspende el sentido común aceptado por todos mostrando la locura de la vida social diaria y dejando abierto un vacío incalmable entre los hechos y su interpretación (…) Enrique IV es ante todo una alegoría de una desesperada defensa de la razón obligada a disfrazarse de locura para desenmascarar así la verdadera locura de quienes no saben que están locos pero se comportan como tales”. (Romano Luperini y Miguel Ángel Cuevas, en la introducción a Obras de Luigi Pirandello, Cátedra, Letras Universales, 1998).
Enrique IV afirma: “Estoy curado, señores: porque sé perfectamente que me hago el loco aquí, y lo hago sereno. Lo malo para vosotros es que vuestra locura la vivís con agitación, sin saberlo y sin quererlo”.
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