1927 – Diana y Tuda – Tragedia en tres actos

Diana y Tuda – Tragedia en tres actos

In Italiano – Diana e la Tuda

Diana e la Tuda - Arnoldo Foà e Giada Desideri - 1999/2000

Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero

Personajes

Tuda, modelo.
Nono Giuncano, viejo escultor.
Sirio Dossi, joven escultor.
Sara Mendel.
Caravani, pintor.
Jonella, modelo.
Las brujas: Giuditta y Rosa.
La Modista.
La modista de sombreros.
La joven que acompaña a la Modista.
La joven que acompaña a la Modista de sombreros.

En Roma. Época actual.


Acto Primero

El estudio del escultor Sirio Dossi. Paredes blancas, altísimas. En los grandes ventanales de cristales, cortinas negras. Alfombra negra, muebles negros. A lo largo de las paredes, reproducciones en yeso de estatuas antiguas de Diana, colocadas simétricamente. Puerta a la derecha; a la izquierda, la de la calle. Una gran cortina blanca pende casi en el centro de la escena, suspendida de un palo transversal, con anillas correderas, ocultando a la modelo, desnuda, de pie sobre una tarima. Una potente luz encendida detrás de ella proyecta su silueta en negro, enorme, sobre la pared del fondo; está caracterizada de Diana, como en el pequeño bronce del museo de Brescia atribuido a Cellini.

Al levantarse el telón, Nono Giuncano, sombrío e inquieto, está sentado en un taburete, delante de la cortina, esperando que la «pose» haya terminado. Tiene cerca de sesenta años. Es corpulento y robusto. Tiene la barba y el cabello blancos, alborotados, el rostro arrugado y los ojos sumamente jóvenes, agudos, penetrantes. Viste de negro.

Tuda: (Detrás de la cortina, posando) ¡Basta, por favor!

Sirio: (También detrás de la cortina) ¡No, quieta ahí!

Tuda: ¡No aguanto más!

Giuncano: ¡Sí, hombre, sí! ¡Basta!

Sirio: ¡Quieta, le digo! ¡No ha pasado la hora!

Tuda: ¡Sí ha pasado! ¡Sí ha pasado!

Sirio: Un momento más…

Tuda: ¡No puedo más!

Sirio: (Gritando) ¡Quieto ese brazo, por Dios!

Larga pausa.

Giuncano gesticula, iracundo.

Tuda: (Con una sonrisa casi infantil) ¡Ay, si ya ni me lo noto! Déjemelo bajar por lo menos un minuto. ¡Soy de carne y hueso!

Se verá a la sombra cambiar de postura, bajar el brazo, cogerlo con la otra mano, como para sostenerlo.

Sirio: (Alto, rubio, rostro pálido, enérgico, ojos claros de acero, inflexibles, casi endurecidos en la cruel frialdad de su propia luz, sale de detrás de la cortina arrojando con ruido el cincel. Viste una larga bata blanca ceñida al talle por un cinturón. Se encara con Nono Giuncano) ¿Pero es posible que yo tenga que trabajar así, contigo aquí, que la instigas a rebelarse en lugar de persuadirla de que esté quieta?

Giuncano: ¡Mátala, mátala! ¡Verás que quieta estará!

Sirio: Esta consideración por las modelos, ¿se te ha despertado desde que ya no trabajas?

Giuncano: (Le mira desdeñosamente) ¿Por las modelos? ¡Tonto!

Sirio: Si tanto te hace sufrir ver trabajar a los demás, ¿por qué vienes?

Giuncano: Porque quisiera que tú, por lo menos…

Sirio: ¿Ah, sí…? Precisamente yo, ¿eh? ¿Quisieras que no trabajase más?

Giuncano: Con tu dinero…

Sirio: (Con un estallido de ira) ¡Deja ya de arrojarme a la cara mi dinero!

Giuncano: ¿Yo? ¿A la cara? ¡Al contrario! Quisiera que lo aprovechases…

Sirio: …¿para no trabajar más?

Giuncano: …y se lo arrojases a la cara a los demás; a los que hacen estatuas para vivir… Para que no hiciesen más.

Sirio: ¡Te has vuelto loco…!

Giuncano: (Enérgicamente, levantándose) ¡Oh, sí, y doy gracias a Dios por ello, si te interesa saberlo! Esta mañana… las veo aún, como una llama, delante de mis ojos… todas aquellas amapolas… en el Parioli… toda aquella alegría…

Sirio: (Extrañado) ¿Qué estás diciendo?

Giuncano: No querían dar a nadie su alegría… (¿quién las vería allá arriba?)… la guardaban para sí, la alegría de arder bajo el sol… de aquella manera, todas a las vez, juntas… Y el silencio, que las rodeaba, sobre aquel rojo suyo escarlata, parecía un silencio de éxtasis…

Sirio: (Estupefacto:) ¿Las amapolas?

Giuncano: ¡Porque ahora lo veo y lo comprendo! Desde que me he vuelto loco, como tú dices. ¡Si supieses cuantas cosas no veía antes…!

Tuda: (Todavía detrás de la cortina) ¡Papá Giuncano, si no fuese porque estoy así… (se sobreentiende que quiere decir «desnuda») iría a darle un beso. Pero se lo doy, de igual modo, aquí, sobre mi brazo. (Se lamenta) ¡Oh, Dios mío, está frío como si estuviese muerto!

Sirio: (A Giuncano) Bueno, ¿te vas? ¿Quieres dejarme trabajar?

Tuda: ¡No se marche, no, maestro, no se marche!

Sirio: No hagas la estúpida y ponte otra vez en pose.

Tuda: ¡Ah, no, no, basta! ¡Son casi las doce! ¡Me visto!

(Se echa encima rápidamente un kimono morado y sale; unas babuchas calzan sus pies desnudos: trae un racimo de uvas en una mano y en la otra un panecillo; acaricia el rostro de la estatua que está más cerca de la cortina y le dice:) Tú no tienes hambre; yo sí, y como…

Es sumamente joven y de una belleza maravillosa. Su cabello es rojizo, rizado, y lo lleva peinado a la griega. Su boca esboza con frecuencia un gesto doloroso, como si la vida le hubiese conferido una desdeñosa amargura; pero si ríe adquiere en el acto una gracia luminosa, que parece iluminar y dar vida a todas las cosas.

Giuncano: Come, sí, querida. Te prometo y te juro que esta Diana que tanto te martiriza será la primera sobre la cual intentaré el experimento.

Tuda: ¿Qué experimento? ¡Dígamelo!

Giuncano: ¡Ah, un experimento, querida, que si sale bien, quitará a todos los escultores el deseo de hacer otras estatuas!

Tuda: ¿Y yo, entonces?

Giuncano: No harás más de modelo. Por lo menos, de los escultores;

Tuda: ¿Y de los pintores, sí? Menos mal…

Sirio: (A Tuda) Entonces, ¿tenemos que aplazarlo? ¿Hasta cuándo?

Tuda: ¡Pero si ni siquiera me tocaba venir, esta mañana! ¿Ve usted, maestro, qué manera de darme las gracias?

Sirio: Me dejas plantado y encima gracias…

Tuda: Recuerda que te dije que no empezases. No hubieras debido empezar el trabajo.

Giuncano: Eso es. Muy bien. Nunca hubiera debido empezarlo.

Tuda: No digo «nunca»; pero, por lo menos, esperar hasta el día que hubiera podido comprometerme por todo el tiempo que necesitaba, ya que se le ha arraigado tanto esta manía de hacer de escultor…

Sirio: ¡Escultor! ¡No digas eso! Me da asco sólo de oírlo decir.

Tuda: ¿No es esto un estudio de escultor? ¡Casi parece de adorno, de tan bonito como es! ¡Sabe Dios lo que te habrá costado!

Sirio: La profesión…

Tuda: (A Giuncano) ¿ES verdad que la idea le vino por…?

Sirio: (Haciendo un guiño) ¡Ah, sí, el cuento de aquel muchacho que…!

Tuda: …todo el mundo lo dice…

Sirio: …¡oh, sí, es una noticia que corre por todas partes…!

Tuda: …aquel muchacho que modelaba un pie delante de su estudio… (señalando a Giuncano)

Giuncano: ¡Maldito muchacho!

Sirio: (A Giuncano) Pues en cambio, mira, para hacerte rabiar, te diré que has sido tú…

Giuncano: ¿Yo? ¿Quieres darme la culpa a mí?

Sirio: ¡A ti! ¡A ti! Pero no la culpa; la rabia de verte destruir como un loco…

Giuncano: Esto, al contrario, hubiera debido hacerte pasar las ganas…

Sirio: No, cuando vi en tu estudio la hecatombe que habías hecho con todos tus yesos…

Tuda: ¡Es verdad! ¡Qué lastima!

Sirio: …entre todos aquellos despojos diseminados allá, piernas, manos, rostros…

Giuncano: ¡Ah!, ¿fue entonces?

Sirio: …sí, el desprecio hacia nuestros cuerpos, que están aún en pie…

Tuda: Desprecio, ¿por qué?

Sirio: (Prosiguiendo, sin hacerle caso) …mientras que allí, por el suelo, yacían todos aquellos despojos… No sé, fue por las dos cosas: aquellas estatuas destrozadas entre los pies de la gente que había acudido… y aquellos rostros cariacontecidos, aquellos cuerpos que daban ganas de emprenderla con ellos a puntapiés… a martillazos… En serio, fue entonces cuando nació en mí…

Tuda: ¿La idea? ¡Oh, hay que ver!

Sirio: …de coger también yo en mis manos el barro, para levantar, alta, una estatua; una sola…

Tuda: (Dejando de prestarle atención) ¡Oh, y yo estoy aquí escuchándole! Tengo que salir corriendo. Me esperan.

Sirio: ¿Quién te espera?

Tuda: No eres tú el único, querido, ¿sabes? Estoy ahora de moda. (Se echa a reír) ¡Incluso en el extranjero! ¡Qué risa, maestro! ¿Estuvo ayer en la inauguración de la Villa Médicis? (A Sirio) ¡Ve, ve a verlo! Ahora formo parte de la historia del pensionado de Francia. No hay más que Tuda. Tantas estatuas, tantas Tudas. He tenido la sensación de entrar desnuda en un corredor con las paredes llenas de espejos. ¡Pero algunos de ellos parecían haberse vuelto locos! ¡Dios mío, qué muecas! No sé… Vamos, querido, vamos, otros diez minutos y me voy.

Sirio: ¿Qué quieres que haga en diez minutos? No te dejo marchar. No puedo dejar el bosquejo así.

Tuda: No vas a retenerme aquí a la fuerza…

Sirio: ¡A la fuerza, sí, si es necesario a la fuerza!

Tuda: (A Giuncano) Sería capaz. No he visto jamás una pretensión igual.

Sirio: ¡Tengo que terminarlo cueste lo que cueste! ¡Estoy hasta la coronilla!

Tuda: ¡Pues déjalo plantado! Oye, ¿quién te obliga a hacerlo?

Sirio: (Con ira y asco, gritando) ¡No hablo del trabajo!

Tuda: (A Giuncano) ¡Mire! ¿Ha visto usted? Y tiene el valor de decir que usted se ha vuelto loco. ¡Es él quien se ha vuelto loco detrás de esta estatua! ¡Mírele! ¡Mírele!

(A Sirio) ES el quinto bosquejo; lo tirarás como los otros…

Sirio: No, éste no, porque es ya tal como tiene que ser… ¿No ves que estoy ahora en plena fiebre e inspiración?

Giuncano: No es como estos rateros de las calles que se contentan con llevarse la bolsa de los transeúntes. Él el gran golpe. Una sola estatua, y…

Sirio: Si conservases un átomo de entendimiento, deberías elogiarme por esto.

Giuncano: ¡Pero si es esto, precisamente, lo que hace que te deteste! ¡Porque sé que esculpirás la estatua!

Sirio: La esculpiré, sí… y después, se acabó.

Giuncano: ¡Ah! ¿Después cambiarás de oficio?

Sirio: No, digo que se acabó… todo.

Giuncano: (Le mira y dice:) ¿Como tu hermano?

Sirio: Mi hermano lo hizo como un idiota.

Giuncano: ¿Porque ahora está curado?

Sirio: ¿Curado? Está más loco que yo. Digo como un idiota porque no supo hacerlo. Puedes estar seguro de que yo sabré.

Tuda: Pero, ¿qué dice? ¿Habla en serio de suicidarse?

Sirio: (Volviéndose rápidamente, desdeñoso) ¡Tú no te metas!

Giuncano: Es mal de familia.

Tuda: ¡Oye, puedes dejar estos aires conmigo! ¿Sabes…? Ya has encontrado a quien se mete de veras en los asuntos de los demás, especialmente en los tuyos. Por mí puedes suicidarte ahora mismo; no volvería siquiera la cabeza para mirarte. Me parece que antes me habrás matado tú a mí, si sigo haciéndote de modelo.

(A Giuncano) Pero esté tranquilo, que por ahora no se suicida. No terminará nunca esta estatua. Y quién sabe si ésta no es también una excusa para no terminarla.

Sirio: No, querida, porque antes que estar aquí hablando contigo, con él… antes que soportar veros…

Tuda: ¡Gracias! ¡Pero te hago observar que me quiero ir y eres tú quien me retiene!

Sirio: Hablo también de ver a los demás; de soportar todo… todo lo que él llama «vivir».

(A Giuncano, con ardor) ¿Y qué es eso? ¿Viajar, como hace ahora mi hermano? ¿Jugar, amar a las mujeres, tener una casa bonita, tener amigos, vestir bien, oír los acostumbrados discursos, hacer las cosas acostumbradas? ¿Vivir por vivir?

Giuncano: Sí, sí… y sin saber siquiera que se vive…

Sirio: …ya, como los animales…

Giuncano: ¿Como los animales? ¡Los animales no pueden volverse locos!

Sirio: ¡Ah, dices loco…!

Giuncano: ¡Loco, sí, tal como yo lo entiendo…!

Sirio: ¡Gracias! Ya he hecho todo lo que me aconsejas; me he cansado de ello; no me inspira ni siquiera desprecio; sino tanto asco, tanta indiferencia

(volviéndose a Tuda), que podría tener más bien lo contrario; contentarme con lo que he hecho allá (señala detrás de la cortina, aludiendo a la estatua) y decir que está terminada en lugar de terminarla.

Giuncano: Comes pensando en tu estatua, duermes pensando en tu estatua…

Sirio: Tú, que no eres vulgar, podrías ahorrarte una ironía tan fácil; pues bien, te respondo que sí. Y te desafío a que te rías.

(Volviéndose hacia Tuda) Habrás descansado ya. Anda, volvamos al trabajo.

Tuda: ¡Pero si va a venir a buscarme Caravani dentro de un momento!

Sirio: ¿Para ir a algún otro lupanar?

Tuda: ¡Lupanar…! Porque una vez, en París, siendo joven, y necesitándolo… ¡Y fue su fortuna, por otra parte! No puedes negar que el desnudo lo hace bien. También él está de moda, ahora, como retratista.

(Viniéndole repentinamente la idea) ¡Ah, tu amiga lo sabe muy bien! ¡Quiere que sea él quien le haga un retrato de amazona, a caballo!

Sirio: ¿Cómo no te da vergüenza?

Tuda: ¿De qué? No hago de espía. Ya verás como te lo dirá ella misma.

Sirio: No, digo de prestar así tu cuerpo para ese pintor…

Giuncano: Mientras él aquí te glorifica en pura divinidad…

Tuda: ¡Sí, y me está matando! ¡Ah!, pero para vengarme… ¿sabe usted qué le he sugerido a Caravani?

Giuncano: ¿Que haga él también una Diana? ¡Magnífico!

Sirio: (Saltando) ¡Ah, eso sí que no! ¡Contigo, no! ¡Se lo prohibo!

Tuda: ¡Hombre! La diosa Diana ¿te pertenece exclusivamente?

Sirio: ¡Mientras estoy trabajando contigo, sí! ¡Se lo prohibo! ¡Se lo prohibo! ¡Tanto más si se lo has sugerido tú!

Tuda: Pero si es otra cosa…

Sirio: ¡Precisamente por el oprobio que será! ¡En serio que no se lo tolero!

Tuda: ¿Sabes que te estás volviendo insoportable? ¿Se imagina, maestro, a una Diana bien sentada, con un codo sobre el muslo…?

Sirio: ¡Cállate!

Tuda: ¡Comodísima! La cabeza así… (la apoya en una mano) contemplando a un bello Endimión dormido…, medio verde y medio violeta, entre sus corderos… ¡Un encanto! (Se echa a reír)

Sirio: ¡Me gustaría destrozarla!

Tuda: ¿Estás celoso? Pues cuando un artista quiere que una modelo sea sólo para él, ¿sabes qué hace? ¡Se casa con ella, querido!

(Ante una mirada de desprecio de Sirio) ¿Te parecería un deshonor? Hay tantos que lo han hecho… Y con algunas que no valían ni la uña de uno de mis pies…

Sirio: ¿Cuánto te da?

Tuda: ¿Caravani? La pose, nada más.

Sirio: ¿No le iría mejor una de aquellas clientas tuyas?

Tuda: «Una de aquellas clientas suyas…» Te digo que hará el retrato incluso de tu amiga. Por otra parte, si tú me has imaginado de Diana, también a él puede habérsele ocurrido lo mismo.

Sirio: ¡No digas eso!

Tuda: Un cuerpo como el mío…

Sirio: Te daré el doble, el triple, cuatro, cinco veces más, con tal de que renuncie a su idea. ¡Te digo que no puedo tolerarlo!

Tuda: ¡Entonces, cásate conmigo!

Sirio: ¡Basta de tonterías!

Tuda: Habría que ver aún si yo te querría, querido…

Giuncano: ¡Tú, no!

Tuda: De momento no me quiere él. De manera que no vale la pena de hacer la desdeñosa… Vamos, querido. Por otra parte, te lo he dado a entender ya de todas las maneras imaginables; me pagas mejor que los demás, pero no me gusta trabajar contigo.

Vuelve detrás de la cortina y adopta la pose.

Reaparece la sombra, enorme, sobre la pared del fondo…

Tuda: ¡Papá Giuncano, auxilio! Hábleme de aquel experimento que quiere hacer…

Sirio: El brazo más alto…

Tuda: ¿Así?

Sirio: Así.

Pausa sostenida.

Tuda: ¿Duerme, maestro?

Giuncano: No, estoy fumando. Te veo en la sombra…

Tuda: ¿Estoy guapa?

Giuncano: Sí, querida…

(Pausa) Muerta.

Tuda: ¿Cómo muerta?

Sirio: (Gritando) ¡Quieta!

Tuda: ¡Pero dice que muerta!

Giuncano: Precisamente porque le quiere tan quieta.

Otra pausa.

Tuda: ¡Ah, es una pesadilla esta sombra! ¡Hasta este suplicio tenía que inventar! La luz detrás y la sombra de la estatua, delante.

Giuncano: También de esto te vengaré. Pero no encuentro todavía el barro.

Tuda: ¿Qué barro?

Giuncano: Un barro ardiente para meter dentro de todas las estatuas y descomponer su actitud.

Sirio: ¡Bueno, acabemos! ¡No haces más que moverte! ¡Vístete y vete!

Tuda: Ten paciencia. He imaginado la cara que pondrían las estatuas al notar que su actitud va descomponiéndose poco a poco. Mira allí a la sombra; así…, así…, así… (Acción lenta) Sin acabar de ser estatuas y, sin embargo, sin poder llegar a ser seres vivientes…

Giuncano: ¡Al contrario: llegando a ser seres vivientes! ¡Entonces sí que volvería a esculpir!

Sirio: El milagro de Pigmalión.

Giuncano: Poderles dar, con la forma, el movimiento… y mandarlas, después de haberlas esculpido, por un camino infinito, bajo el sol; por el que sólo ellas pudiesen caminar, caminar siempre, soñando en vivir lejos, lejos de las miradas de todos, en un lugar de delicias que no se encuentra sobre la tierra; soñando en vivir allá su vida divina…

Tuda: (Que ha bajado ya de la tarima y se ha puesto el kimono, sale de detrás de la cortina y corre hacia Giuncano) ¡Ah, esto, papá Giuncano, no podía ocurrírsele más que a usted! Se lo doy, en serio. ¡Oh! (Le besa)

Giuncano: (Rebelándose, sombrío) ¡No!

Tuda: (Extrañada) ¿No quería?

Giuncano: No me gusta.

Tuda: ¿Que le bese?

Giuncano: (Señalando a Sirio) ¡Bésale a él!

Tuda: Gracias. ¡Yo beso a quien quiero!

Giuncano: ¡No lo digo por mí, tonta! ¡Es por ti! Tu boca…

Tuda: ¿Qué le pasa a mi boca? (La muestra, avanzando el rostro) Cuando no ríe, es así. (Y permanece todavía un instante en aquella actitud)

Giuncano: ¡Mírala! ¡Mírala! (Y al deponer Tuda su actitud y echarse a reír, él se la muestra nuevamente a Sirio) ¡Mírala!

Tuda: (Recobrando una actitud natural, con fingido fastidio) ¡Bueno, basta!

Giuncano: ¡Mírala!

Tuda: (Moviéndose de diferentes maneras) ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!

Giuncano: ¡Tómala ahora como modelo para una estatua! ¡Toda ella es un temblor continuo de vida! ¡Varía a cada instante!

Sirio: ¡Ya…! Y si no la detienes en una actitud que tenga consistencia, ¿qué es? ¡Nada!

Tuda: ¿Cómo…? ¿Yo, nada?

Giuncano: ¡Es vida! ¡Es vida…!

Sirio: …que pasa…

Giuncano: ¡Precisamente!

Sirio: Hoy ya no es la de ayer, mañana ya no será la de hoy. Es distinta a cada instante que pasa. Yo le doy una forma… Aquella… (Señala la estatua) Para siempre.

Tuda: Gracias, una estatua.

Giuncano: ¿Una… (y para siempre) que no se mueva ya más?

Sirio: Es el oficio del arte…

Giuncano: (Súbito, con fuerza) Y de la muerte, que hará de ti, como de mí, una estatua; sobre un lecho o por el suelo; allí yacerás un día, sin movimiento.

Tuda: (Casi cantando y bailando) ¡Estoy viva! ¡Ojos, boca, dedos, piernas…! ¡Mira…! Las muevo, los muevo…, y esto es carne, carne caliente. ¡Toca!

Sirio: Pero ¿qué importancia tienes tú, como ser viviente? Es ella, la estatua, lo que importa. Su mármol, su materia; no tu carne…

Tuda: ¿Y para qué me necesitas a mí, entonces?

Sirio: Porque me sirves. Me sirves a mí. No a ella. (Señala la estatua)

Giuncano: ¿Y no sientes inquietud por ello?

Sirio: ¿Por qué?

Giuncano: Por lo que haces. Cuando la ves tomar consistencia delante de ti, poco a poco, cuando empieza a tomar cuerpo por sí sola, no como tú la querrías, sino como ella misma quiere ser, es decir, otra, diferente de la imagen que tú te habías forjado, hasta tal punto que, para no dejarte vencer por ella, debes luchar contra aquella amalgama de barro casi informe, pero ya de por sí viva…

Sirio: Sí, sí, es verdad…

Giuncano: Pues bien; cuando consigues formar con aquel barro tu imagen, la vida que movía tus dedos y aquel barro, la vida de la imagen, permanece allí, delante de ti, en suspenso, ya sin movimiento… ¿Y no experimentas la misma inquietud que delante de la muerte, delante de alguien que poco antes estaba vivo y ahora está ante ti, ya inmóvil…?

Tuda: Es verdad, es verdad.

Giuncano: Al pensar en lo que dentro de poco ocurrirá, la inquietud se convierte en repulsión.

Sirio: Ya, mientras que delante de una estatua…

Giuncano: ¿…se convierte en admiración porque la estatua es bella?

Sirio: ¡Porque está viva, ya que nunca morirá!

Giuncano: ¿Cómo puede estar viva, si vivir quiere decir morir a cada momento, cambiar a cada instante, y esa estatua no muere ni se transforma ya? Ha quedado muerta para siempre, en un acto de vida. La vida se la das tú, si la miras un momento. Yo no puedo mirarla ya; me inspira horror. ¡Ah, no, gracias, no me habléis de esa clase de inmortales!

(Agarra a Tuda por los brazos y la sacude) ¡Es mejor estar viva de este modo!

Sirio: ¿Sabes cómo interpreto yo todo esto que has dicho? ¡Como pena que sientes por ser viejo! Odias las estatuas porque empiezas a notar que no puedes moverte, como ellas; ésta es la razón.

Giuncano, sorprendido por la observación, se vuelve para mirarle, con ira, y, al mismo tiempo, con admiración. Se oye entonces llamar a la puerta.

Tuda: ¡Ah, será él! Caravani.

Sirio: (Reservado, reconociendo la llamada) No… Hacedme el favor, pasad allá un momento. (Señala detrás de la cortina)

Giuncano y Tuda se retiran. Sirio va a abrir.

Entra Sara Mendel vestida de amazona. Es morena, atrevida, equívoca, elegantísima; está cerca de los treinta años.

Sirio: Bajo, por favor.

Sara: ¿Trabajas aún?

Sirio: Está a punto de marcharse. Pero hay alguien más. No es posible.

Sara: ¿Quién es?

Sirio: Giuncano.

Sara: ¡Ah, no tiene importancia! ¿Y no podría yo también…?

Sirio: ¿Qué?

Sara: Verte trabajar.

Sirio: Ya te he dicho que no.

Sara: Es curioso. ¿Le da vergüenza que una mujer la vea desnuda y no le importa que la vea un hombre?

Sirio: Ven fuera, al jardín.

Sara: ¡Déjamela ver!

Sirio: ¡Ven, te digo!

Sara: No, no, quédate. Yo me voy. Sigue, sigue trabajando. Pero oye…: ¿no tenía que venir Caravani a buscarla a las doce?

Sirio: Ya te he dicho que está a punto de marcharse.

Sara: ¿Lo sabes, que está con Caravani?

Sirio: ¿Qué quieres que me importe con quién esté?

Sara: ¿Y sabes también que hace una semana que Caravani me hace la corte?

Sirio: Lo veo…

Sara: ¿Qué ves?

Sirio: Que estás vestida para el retrato que quiere hacerte.

Sara: ¡Ah…! ¿Quién te lo ha dicho? ¿Te lo ha dicho ella? (Alude a Tuda, con un movimiento de cabeza)

Sirio: ¿No está con Caravani?

Sara: Ha sido él mismo, Caravani, quien me ha pedido que le dejara hacerme un retrato. ¿Conque habláis de mí, mientras trabajáis?

Sirio: ¡Calla! ¡Vámonos fuera!

Sara: Podría hacerte saber, a mi vez, que ella ha sugerido a Caravani…

Sirio: Sí, hacer él también una Diana. Y esto te lo ha dicho él, Caravani. Señal de que también vosotros habéis hablado de mí…

Sara: ¡Claro, mientras me hace la corte!

Sirio: Pues tendrá que renunciar a ello, ¿sabes?

Sara: ¿A hacerme la corte?

Sirio: No. Que haga lo que quiera; que te haga el retrato; pero a cambio que me deje la modelo para trabajar.

Sara: Entonces, ¿querrías que…?

Sirio: ¡No quiero nada! ¡Quiero trabajar!

Se oye llamar a la puerta, que ha quedado entornada.

La voz de Caravani: ¿Se puede?

Sara: ¡Ah, aquí está! ¡Adelante, adelante, Caravani!

Caravani: (Está cerca de los cuarenta, es moreno, viste con elegancia; al entrar en el estudio de Sirio, no esperaba encontrar a Sara Mendel) ¡Oh, buenos días, señora!

Sara: Viene usted a propósito.

Caravani: (Saludando a Sirio Dossi) Buenos días, querido Dossi

(A Sara) ¿A propósito de qué?

Sara: De la modelo que emplea.

Caravani: ¿Aún está aquí?

Sara: ¡Míreme! (Muestra su traje de amazona) Como me quería…

Caravani: (Confuso ante la presencia de Dossi) Ya, pero…

Sara: (Rápida, para tranquilizarle) ¡Lo sabe, lo sabe! Se lo ha dicho su modelo… Yo venía a invitarlo a un paseo a caballo, pero dice que quiere trabajar. Si usted quiere, estoy a punto.

Caravani: Por mí…, ¡figúrese…, encantado!

Sara: A condición, sin embargo, que le deje usted su modelo. Es un cambio.

(A un gesto de extrañeza de Caravani) ¡Consienta, consienta! ¡He consentido yo también! ¡Vamos! (Intenta llevárselo)

Sirio: (Indignado) ¡No, espera, Caravani! (Llamando fuerte, con rabia) ¡Tuda!

Tuda: (Desde detrás de la cortina, rápida) ¡Voy! ¡Me estoy vistiendo!

Sara: ¡No, no…! ¡Venga, Caravani!

Caravani: ¡Ah, por mí…, como quiera!

Sara: Aunque sea por darme gusto a mí. Vámonos.

Caravani: Pero no quisiera…

Sara: ¡Si le digo que consiente en ello! (Se vuelve hacia la cortina) Maestro, sé que está usted ahí; ¡entreténgala!

(A Caravani) ¡Vamos! ¡Vamos!

(Y viendo salir a Giuncano de detrás de la cortina) ¡Hasta la vista, maestro!

Arrastra a Caravani hacia la puerta, riendo.

Sirio: (Temblando de cólera) ¡Ah, qué asco! ¡Eso es no conocerme, pardiez! (Sale furioso detrás de los dos)

Tuda: (Saliendo también de detrás de la cortina, ya vestida y con el sombrero puesto) ¿Qué ocurre?

Giuncano: Se ha llevado a Caravani.

Tuda: ¿Y él, Sirio, como un estúpido, ha corrido tras ella?

Giuncano: No es un estúpido.

Tuda: Pero ¿no ha visto que apenas ha llamado, ha reconocido que era ella?

Giuncano: Sabrá como suele llamar.

Tuda: La prueba, perdone, es que ha salido corriendo detrás de ella.

Giuncano: Sí, diciendo: «¡Qué asco!»

Tuda: Porque se ha dado cuenta de que ha querido agraviarle. Cuando ha hablado de hacer el cambio, me ha llamado inmediatamente para que fuese con Caravani.

Giuncano: Su amiga tendrá celos de ti.

Tuda: ¿De mí? ¡Ah, esa sí que es buena!

Giuncano: Es absurdo, claro…

Tuda: (Con orgullo) ¿Y por qué es absurdo? (Lo dice como dando a entender: «¿Es que no podría estar celosa de mí?»)

Giuncano: No lo digo por ti. Lo digo porque no entiende la razón por la cual se ocupa poco de ella. Le ve absorto en su trabajo… Y sospecha que puede ser… no por el trabajo…, sino para estar contigo.

Tuda: Viene a buscarle aquí cada día, a esta hora.

Giuncano: (Pensativo) Si ha podido decir de mí…

Tuda: (Suponiendo que se refiere a Sara) ¿Qué ha dicho? No lo he oído.

Giuncano: Que odio las estatuas…

Tuda: Pero esto lo ha dicho él, hace un rato…

Giuncano: No es ningún estúpido.

Tuda: ¿Porque es usted viejo?

Giuncano: Porque dentro de poco, como ellas, no me moveré. Tiene razón… ¡Estas manos endurecidas! ¡Esta cara…! (Agarra casi con asco su propio cuerpo) ¡Toda esta masa…! Tú no puedes comprender todavía…

Tuda: (Seria, con tierna compasión que le hace entornar los ojos, pero con una tenue sonrisa maliciosa sobre los labios) ¡Oh, sí, le comprendo…!

Giuncano: ¡No! (La mira, entre agraviado y amenazador) ¿Qué es lo que comprendes?

Tuda: (Se le acerca, afectuosa) Que usted sufre… Pero no por lo que dice.

Giuncano: ¿Yo?

Tuda: (Acentuando la malicia) No porque no sea verdad lo que dice. Sino porque sus sentimientos son otros.

Giuncano: (Como antes) ¿Otros?

Tuda: Otros que no quiere decir.

Giuncano: Yo digo…

Tuda: Sí, una cosa que… para quien, como yo, la entiende…, no es verdad ya.

Giuncano: (Después de haberla mirado, estupefacto) ¿Cómo te las arreglas para pensar estas cosas?

Tuda: ¡Ah…, puedo fingir también que no pienso en nada… por malicia! ¡Discuto con los artistas! Finjo hablar al azar; vuelvo un poco la cabeza, como si no me diese cuenta; la inclino, la levanto; tiendo ligeramente una mano; ¡cuidado con hacer ver que soy yo, la modelo, la que sugiere las cosas!; no, no, yo he dicho una tontería; he hecho un gesto cualquiera; pero la idea la han tenido ellos. Y están tan seguros de ello que me lo dicen. «Oye, estoy pensando que este gesto…» O bien: «¡Calla, se me ocurre una idea!» Y yo, seria: «¿Qué gesto?» O bien: «¿Qué he dicho?» Hay que hacerlo así, con algunos. Pero con otros, no. Con éste, por ejemplo… (Alude a Sirio)

Giuncano: (Triste) ¡Oh, sí, éste sabe muy bien lo que quiere…!

Tuda: ¿Y usted cree verdaderamente que hará…?

Giuncano: Sí, una estatua. Él, sí. Una verdadera estatua.

Tuda: (Como si las palabras le viniesen a los labios involuntariamente) No se le parece nada…

Giuncano: (Después de haberla mirado) ¿Por qué dices esto?

Tuda: (Rápida, algo turbada) ¡Por nada…! No tiene…, no tiene el aspecto de los demás; casi no parece un artista…

Giuncano: (Con una sonrisa triste) ¿Has oído decir tú también que…? No, no. Se parece a su padre, incluso. Voluntad fría y dura.

Tuda: Dicen que su padre le abandonó…

Giuncano: Sí, de pequeño; cuando murió su madre. Se fue muy lejos, a hacer fortuna.

Tuda: ¿Y usted le conoció de pequeño?

Giuncano: (Pensativo) Su madre, sí, era una mujer realmente viva. Como he visto pocas.

Tuda: ¿Es aquel único yeso que salvó usted de la destrucción? ¿Su retrato de joven?

Giuncano: Sí.

Tuda: ¡Qué guapa debía ser! (Pausa)

Giuncano: (Cambiando de tono) Cuando oigo hablar, cuando miro y cuando voy por alguna parte, sospecho siempre que en las palabras que oigo, en lo que veo, en el silencio de las cosas, puede haber algo que yo ignoro, a lo cual mi espíritu, que sin embargo está allí presente, corre el riesgo de permanecer ajeno; y tengo la sensación de que, si pudiese penetrar allí, acaso mi vida se abriría a sensaciones nuevas, hasta el punto de creer que vivo en otro mundo. Él, en cambio… No sé… Es así, lleno de paradojas…, no siente, no ve nada; no quiere más que una sola cosa.

Pausa.

Tuda: (Pensativa) Si realmente es tan rico como dicen…

(Pausa)

Giuncano: (Pensativo) Cuando la vida se cierra…

(Pausa)

Tuda: ¿Cree que hará realmente lo que dice?

Giuncano: Es muy capaz de hacerlo.

(Pausa)

Tuda: Pero aquella señora…

Giuncano: Me parece que cuenta muy poco para él.

Tuda: ¡Ah, no, esto no lo creo! Si bien se puede decir que… una vez terminada la estatua..

 (Pausa)

Giuncano: (Volviendo a la realidad) Pero tú no querías decirme esto.

Tuda: Es verdad. Quería decir…

En aquel momento, por la puerta, que ha quedado abierta, entran las dos viejas hermanas Giuditta y Rosa, llamadas las «brujas»; van ataviadas las dos de una manera casi carnavalesca, con cintajos y otros adornos sobre el lanoso cabello. Entran lentamente en busca del calor de la estufa.

Giuditta: ¿Se puede?

Tuda: ¿Quién es? ¡Ah, ustedes…!

Rosa: (A Giuditta) ¿Ves como han acabo ya hace rato?

(A Tuda) ¿Dónde está el señorito?

Tuda: Debe estar en el jardín. ¿No le han visto?

Giuditta: No le hemos visto.

Tuda: Entonces, no sé. No debe andar lejos. Ha salido tal como estaba, con la bata puesta…

Rosa: (A Tuda) Nos ha dejado siempre estar; tú ya lo sabes…

Giuditta: Para que pudiésemos aprovechar al calor que queda en la estufa.

Rosa: Si está todavía encendida…

Tuda: No lo sé; estará encendida. Vayan a verlo.

Giuncano: (A Rosa, que se dirige hacia la cortina) ¡Rosa, ven aquí!

Rosa: (Sombría y molesta) ¿Qué quieres?

Giuncano: Ven aquí. (A Tuda) ¿Dices que no soy viejo?

(Coge a Rosa por un brazo) Aquí, aquí, así… (La obliga a sentarse sobre sus rodillas)

Rosa: ¿Por qué? ¡Déjame!

Giuncano: Me quiero ver con… (A Tuda, mientras Giuditta ríe a carcajadas) ¿Sabes? ¡Tres años juntos, nosotros dos!

Tuda: (Asombrada, sonriente) ¡Ah…! ¿Con ella?

Giuncano: (Siempre con Rosa sobre sus rodillas, mientras Giuditta, apretándose los costados, sigue riendo estrepitosamente) Hace treinta años.

Rosa: ¡Nosotras éramos las primeras, en nuestro tiempo!

Giuditta: (Sigue riendo y haciendo ademán de levantarse las faldas) ¡Carne de reina la nuestra…, incluso ahora!

Rosa: (Volviéndose hacia Tuda y poniéndose en pie) Y tú, a mi edad…

Giuditta: …serás un espantajo asqueroso.

Tuda: ¡Pero si yo no les he dicho nada!

Giuncano: (Se levanta) ¡Qué espejo!, ¿eh? ¡Qué espejo!

Rosa: ¿Tienes el valor de decirlo de mí, eso del espejo?

Giuncano: No. Lo digo precisamente por mí.

Giuditta: (A Tuda) ¡Y era celoso, entonces, él! Y ella le dejó plantado, ¿sabes? Para irse con otro mejor que él.

Giuncano: (Desde la puerta, riendo) ¡Es verdad, sí! ¡Ella, ella!

(Después, súbitamente serio, volviéndose a Tuda) Acuérdate de aquello que me querías decir. Y se va.

Las dos viejas se dirigen hacia la cortina.

Tuda: (Después de un momento de reflexión) Me voy yo también. Díganle ustedes, en cuanto vuelva, que le he esperado y me he marchado.

Se dirige hacia la puerta, y está a punto de salir cuando entra Sirio, malhumorado y sombrío.

Sirio: ¿Te ibas ya? Tengo que hablarte.

Tuda: Ahora tengo que irme. Es tarde.

Sirio: Tú te quedas aquí. Haré lo que me has dicho.

Tuda: ¿Harás…?

Sirio: Lo que me has dicho. Me caso contigo.

Tuda: ¡Vaya! ¿Te has vuelto loco?

Sirio: No, querida. Estoy muy tranquilo.

Tuda: ¿Te casas conmigo?

Sirio: Para obligarte a ser únicamente modelo mía.

Tuda: ¡Ah, no! ¡Por despecho, no! No quiero, gracias.

Sirio: ¿Por despecho?

Tuda: ¡Te has peleado con aquélla! ¡No, no!

Sirio: ¿Quién te ha dicho que me he peleado?

Tuda: ¡Si os he oído desde ahí! No quiero andar de por medio de todo esto. Ella se ha ido con Caravani.

Sirio: ¡Nada de esto!

Tuda: ¡Sí, se ha ido porque tiene celos de mí!

Sirio: ¡Bah, qué tontería!

Tuda: ¡Está celosa! ¡Está celosa! ¡El maestro mismo lo ha dicho!

Sirio: ¡Basta, te digo! ¡Y no me hables más de ella!

Tuda: ¡Ah, no, espera! ¿Cuáles son tus intenciones?

Sirio: Mis intenciones son que tú, apenas hayas terminado cada día de posar para mi trabajo, tengas entera libertad.

Tuda: ¿Ah, sí…? ¿Entera?

Sirio: De hacer lo que te guste y plazca.

Tuda: ¿Y no te importará nada?

Sirio: ¿Qué quieres que pueda importarme?

Tuda: Siendo tu mujer…

Sirio: ¡No, querida, no! ¡Nada de mi mujer!

Tuda: ¡Pero… si te casas conmigo…! Todos sabrán…

Sirio: ¿Qué sabrán?

Tuda: Llevaré tu nombre. Seré la señora Dossi, ¿no? ¿Ves? Te produce cierto efecto…

Sirio: ¡Oh, no! ¡Ningún efecto!

Tuda: ¡La esposa del escultor Dossi! ¡No te importaré yo: te importará tu nombre!

Sirio: No me importa ya nada. La gente sabrá cómo y por qué eres mi mujer. Incluso, cuanto más te permita que te valgas de tu libertad, más claro se verá por qué lo he hecho. Por otra parte, yo solamente tengo que terminar mi estatua.

Tuda: ¡Y después matarte, hemos comprendido! No te importa nada más ya. Pero, digo, si es verdad, será necesario puntualizar también sobre…

Sirio: Sí, sí; sobre esto también…

Tuda: Comprenderás que por un par de meses no valdría la pena…

Sirio: Todo lo puntualizaremos, no te preocupes. Tú habrás hecho de todos modos un excelente negocio, puedes estar segura.

Tuda: ¡Negocio! ¡No se trata sólo de negocio!

Sirio: ¡Ah, sí, es sólo un negocio! Tu cuerpo será sólo para lo que debe servirme.

Tuda: (Después de una pausa reflexiva) ¿Y… viviré aquí, en tu casa?

Sirio: Sí, en el piso de arriba; será todo para ti. No te preocupes por nada. Tendrás todo lo que quieras.

Tuda: ¿Y… qué dirá ella?

Sirio: Te he dicho que no hables de eso.

Tuda: ¡Quisiera, por lo menos, saber si está enterada! ¿Estáis ya de acuerdo?

Sirio: Yo soy dueño de mí mismo.

Tuda: Y serás libre tú también, a tu vez…

Sirio: Se entiende.

Tuda: ¿Con ella?

Sirio: ¡Basta, te he dicho!

Tuda: Quisiera estar segura de que no lo haces por despecho, ¿comprendes…?

Sirio: No tengo por qué sentirlo. Ella, por puntillo, querría que no trabajase más contigo. Hará todo lo que pueda para que no vengas aquí.

Tuda: ¿Ah, sí? ¡Pues mira, voy a seguir viniendo, aunque no te cases conmigo!

Sirio: No la conoces. Podría encontrar el modo de impedírtelo. Además, quizá tú misma… No, no. Dado que el acto tiene para mí únicamente el sentido que quiero darle y ningún valor de por sí…

Tuda: Te indispondrás con ella.

Sirio: Si esto ocurre, será asunto mío.

Tuda: Y si después, habiéndolo hecho por causa mía…

Sirio: ¡No, no por causa tuya! Lo hago porque lo quiero yo así…

Tuda: Ahora, sí; pero… ¿y si después te arrepintieses de ello?

Sirio: No tendré tiempo de arrepentirme, no temas.

(Pausa)

Tuda: ¿Entonces, tendré que servirte únicamente para tu estatua?

Sirio: A mí, únicamente para eso: para mi estatua.

(Pausa)

Tuda: ¿Te casas conmigo por esto?

Sirio: Por esto; y para que no sirvas de modelo a los demás. ¿Aceptas?

Tuda: (Permanece largo rato mirándole; después, ambigua, en tono de desafío) ¡Ten cuidado! ¡Que yo estoy viva!

Sirio: ¡Ah, por ti…!

Tuda: ¿Y no has pensado que..? (Se interrumpe)

Sirio: (Después de haber esperado un momento) ¿Qué?

Tuda: Nada. Para hacer una suposición…, ¿no has pensado que podría nacer en mí, viviendo tan cerca uno de otro…, tan juntos…?

Sirio: (En tono irónico) ¿El amor?

Tuda: No, pero… quizá un deseo… respecto a ti.

Sirio: Hasta ahora no te ha nacido nunca.

Tuda: (Mirándole y después bajando los ojos) ¿Tú qué sabes?

Sirio: Nunca me he dado cuenta.

Tuda: Porque sabía que ibas con aquélla.

Sirio: (Para cortar) Es necesario que te quites estas ideas de la cabeza. Comprenderás que si antes, quizá, hubiera sido posible…

Tuda: (Rapidísima) ¿Ah, sí? ¿Hubiera sido posible?

Sirio: (Impasible) …ahora no podrá ser ya.

Tuda: Ya… Porque entonces me convertiría de veras en tu mujer…

(Permanece un momento pensando en lo que acaba de decir, y con una sonrisa sumamente pálida y triste, exclama:) Sí, claro…

(Pausa) Bien; acepto.

(Otra pausa, más breve) Quiero ver cómo irá todo.

(Otra pausa) Te he dicho aquello en broma…

(Otra pausa) Tengo padre, en Anticoli; y hermanas…

Sirio: No quiero ver a nadie.

Tuda: No, creo que…

(Se interrumpe; mira hacia el vacío con mirada alegre y una sonrisa de vaga satisfacción en los labios) …En mi país…, de señora…

(Pausa) El piso de arriba será bonito… El jardín… y yo…

(Mira a Sirio, que se vuelve rápidamente de espaldas para eludir su mirada) ¿No debo siquiera mirarte?

(Se quita resueltamente el sombrero) Está bien. ¡Vamos allá! ¡Verás cómo te hago terminar pronto la estatua!

(Y comenzando a desabrocharse el vestido, se dirige con Sirio hacia la cortina. Antes de desaparecer, se detiene un momento) ¡Ah, mira, ahí están las brujas!

(Detrás de la cortina) ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Largo de aquí!

Sirio: No, no, déjalas, con tal de que estén calladas…

Tuda: (Saliendo con Giuditta y Rosa, amenazándolas con un alfiler de sombrero, riendo) ¡No! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Largo de aquí!

Giuditta: ¡No pinches, no pinches! ¡Eres mala!

Rosa: ¡Hay que ver! ¡Es ella quien nos echa!

Tuda: ¡Yo, yo! ¿No habéis oído que se casa conmigo?

Giuditta: ¡Lo hemos oído, sí…!

Tuda: Por consiguiente, yo soy la dueña de la casa. ¡Fuera, fuera! ¡Ya os enseñaré yo, brujas!

Sirio: ¡Bueno, basta, basta! ¡Déjalas tranquilas!

Giuditta: ¡Nos quedamos aquí!

Sirio: ¡Sí, pero calladas!

Rosa: ¡No se nos oirá ni respirar!

Tuda: (Se ríe. Corre hacia la cortina; desaparece detrás de ella de nuevo, y un instante después, subiendo desnuda y alegre sobre la tarima, exclama:) ¡Aquí me tienes!

Reaparece, grande, la sombra sobre la pared del fondo. Las dos viejas se vuelven a mirarla, con cierto sobresalto.

Telón


Acto Segundo

La misma escena del primer acto.

Al levantarse el telón, Tuda, en traje de noche, elegantísimo, se está mirando en un espejo que sostiene la Jovencita que acompaña a la Modista. Está cerca de ella, arreglándole todavía un lado del traje. Detrás de ella, se encuentra la Modista de sombreros, acompañada por otra Jovencita que lleva una gran caja llena de sombreros y flores artificiales. La Modista ha traído también telas para escoger otro traje. Sirio está detrás de la cortina, esperando que la prueba termine.

Tuda: ¡No, no; no me gusta! ¡No me gusta!

La Modista: ¡Pero si le está divinamente, señora!

Tuda: ¿Divinamente? ¡No ha salido en absoluto como yo lo quería!

La Modista: Y no obstante, he seguido exactamente sus indicaciones.

Tuda: ¡Yo no le he dicho que quería todo este… —¿cómo se llama?— todo ese azabache!

La Modista: ¡Pero es tan elegante, señora! ¡Es espléndido, créame!

Tuda: Demasiado. ¡No me gusta! ¡No, no, fuera! ¡No puedo vérmelo más encima! ¡Quítemelo!

La Modista: ¿Me echa a perder así el trabajo? ¡Espere, que se podrá arreglar!

Tuda: ¿Qué quiere arreglar? No, ni siquiera el color me va bien. Y me cae tan mal, además…

La Modista: Sí, me he dado cuenta también de algunos defectos, pero son sin importancia, facilísimos de corregir… No es culpa mía, créame. La señora, con perdón, está un poco…

Tuda: ¿Cómo?

La Modista: …delgada…

Tuda: ¿Yo?

La Modista: Sí, desde la última vez…

Tuda: ¿Es posible? ¿En tan pocos días?

La Modista: Sí, sí, créame…

Tuda: ¡Pero si estoy divinamente!

La Modista: ¡Oh, no digo lo contrario! ¡Un cuerpo maravilloso…!

Tuda: ¡Digo! ¡Soy modelo!

(Sin darle importancia, sonriendo incluso) Usted me llama señora…

La Modista: ¿Y cómo debería llamarla?

Tuda: Señora…modelo (todos saben que soy señora por esto). Pero, sí, me siento un poco cansada, verdaderamente…

La Modista: ¡Claro! Y ahora, el gris, sin sus hermosos colores…

Entretanto la Modista le habrá quitado el traje y Tuda habrá quedado en una finísima combinación rosa.

Tuda: No puedo verme con él…

La Modista de sombreros: Sí, es cierto, es un poco triste…

Tuda: Si pensáramos en lo que nos desmejoramos… Yo… (se echa a reír pensando que Sirio se ha casado con ella para que le haga de modelo) si no pudiese serlo ya… ¡Sería cosa de risa! Pero si hemos de seguir así… (Dice estas últimas palabras en voz muy alta, para que Sirio las oiga y comprenda)

La Modista: ¡Oh, será un malestar pasajero!

Tuda: (Mirándose detenidamente en el espejo) No, no; es verdad; no me había mirado bien… ¡Y ya lo creo, he perdido! Habrá que pensar que… (Lo dice también en voz muy alta)

La Modista: Tantas veces basta un traje para hacerlo notar… Y para nosotras, las modistas, las clientes no deberían probarse nunca los vestidos si no se encuentran más que bien.

La Modista de sombreros: Todo va mal, cuando no están contentas de su aspecto…

La Modista: Entonces…

(Muestra el vestido, que sostiene todavía sobre el brazo) ¿No debemos intentar siquiera arreglarlo?

Tuda: ¡No, no, no me hable más de este vestido! ¿Ha traído las telas?

La Modista: Sí, muchas. Aquí están.

Tuda: Veámoslas… Pero ¡qué colores!

La Modista: Los que se llevan este año.

Tuda: ¿No hay ningún lila?

La Modista: El lila, este año, no se lleva, en realidad.

Tuda: Pero a mí me va bien.

La Modista: No está de moda.

Tuda: La moda me la hago yo.

(Encontrando la tela) Aquí está. Ésta. ¿Ve como sí que hay? Combinémosla ahora mismo, aquí, encima de mí. Sí, sí, ésta…

(Se coloca la tela encima y se mira en el espejo) Me gusta, sí…

La Modista: Es verdad, le está muy bien.

La Modista de sombreros: ¡De maravilla!

Tuda: Yo misma me combinaré el vestido.

(Se arregla la tela encima) Sin tantos adornos y complicaciones. ¡Sencillo, sencillo! Y no muy escotado. Así, mire, así… Apúntelo.

La Modista: Es verdaderamente un placer vestir un cuerpo como el suyo…

Tuda: …condenado a desnudarse siempre… Ahora tendríamos que encontrar unos encajes…

La Modista: ¿Encajes?

Tuda: ¿No se llevan tampoco los encajes?

La Modista: Si mira los figurines.

Tuda: No los miro. Quiero encajes, se lleven o no se lleven. ¿No han traído?

La Modista: No, señora.

Tuda: No importa. Tengo tantos arriba…

(Volviéndose a la Jovencita que acompaña a la modista) Por favor, suba por aquí (señala la puerta de la izquierda) hasta el segundo piso; la muchacha se los dará; están en el cajón del armario de la derecha, en mi dormitorio.

(La Jovencita se dispone a salir) ¡Espere! Hágame el favor de pedir también el abrigo de armiño.

(A la Modista) Así veremos cómo queda el conjunto.

(A la Jovencita) Pronto, por favor.

Se va la Jovencita. Sale Sirio de detrás de la cortina.

Sirio: ¿Aún dura?

Tuda: ¡Ten paciencia! Ha sido un vestido difícil de combinar.

Sirio: No, no, digo que si necesitas tanto tiempo podías ir arriba a probar y escoger todo lo que gustes sin convertirme esto en un bazar. Ve arriba, ve arriba, que allí estarás mejor tú también.

Tuda: (Mirándole con intención) No, querido. Yo estoy mejor aquí.

Sirio: (Reservado, comprendiendo) Ya sé que lo haces a propósito.

Tuda: (Rápida) Y yo también sé por qué te molesta.

Sirio: (Irritado) ¡Por mí, por mí me molesta!

Tuda: No tienes razón. Reflexiona bien y reconocerás que a ti te prueba eso.

Sirio: ¿Qué es lo que me prueba?

Tuda: Provocar.

Sirio: ¡Me parece que quien provoca eres tú!

Tuda: ¡No, yo así me desahogo! ¡Nada más!

Sirio: ¿Y a mí me prueba provocar?

Tuda: Sí. Y no deberías abusar.

(Volviéndose a la Modista) Ayer tuve un vértigo; por poco me caigo de allí.

(Señala detrás de la cortina) Desde la tarima, como un fardo.

(A Sirio) Se ha dado cuenta ella también (señalando a la Modista) de que estoy algo desmejorada, ¿sabes?

Sirio: Creo que te he dicho que te fueses arriba; no que volvieses a posar, si no estás en condiciones.

Tuda: ¡Sí lo estoy…! ¡Tengo mucha más prisa que tú, créeme! Sabes muy bien que muchas veces quisiera hacerlo y no lo hago, por ti, precisamente… ¿No te parece que me va bien este color?

Sirio: Sí, desde luego… Entonces, soy yo quien se va arriba.

Sale, contrariado, por la puerta de la izquierda.

Pausa y silencio embarazados.

La Modista de sombreros: Los hombres son impacientes.

Tuda: (Caprichosa, recobrando la animación) Y yo, en este caso…

(A la Modista) Déme el vestido de los azabaches.

La Modista: (Perpleja, cogiéndolo) ¿Para qué…?

Tuda: ¡Démelo! ¡Y el otro!

La Modista: ¿El de calle?

Tuda: ¿Lo ha traído?

La Modista: Sí, aquí está.

Tuda: ¡Démelo! Es decir, no, sosténgalo así.

(A la Modista de sombreros) Y usted coja aquellas telas.

La Modista de sombreros: ¿Éstas? (Cogiéndolas)

Tuda: Sí… ¡Ayúdeme! ¡Quiero vestirle todas estas estatuas! (Se echa a reír)

La Modista: ¿Vestir las estatuas?

Tuda: Sí, sí, usted vista a aquélla… (Señala una de las estatuas) Con el traje de calle.

La Modista: (Riendo) ¡Pero no le irá bien!

Tuda: ¡No importa! ¡Pruébelo! ¡Cuanto más estrafalaria quede, mejor!

La Modista de sombreros: (Riendo) ¿Y yo, con estas telas…? (Muestra las que lleva al brazo)

Tuda: Vista a las otras estatuas. ¡Haga que la ayuden! Yo pongo a ésta el traje de los azabaches. (Ríe) ¡Ahora esto ya no será un bazar! ¡Será el museo de las estatuas vestidas a la última moda! ¡No quiero que sea sólo él el que esté loco; él, que se ha casado conmigo! ¡Ahora me pongo a hacer la loca yo también! ¡Miren, miren! ¡Quedan estupendas…! ¡Oh, Dios mío, miren ésta! ¡Magnífico! ¡Sí, sí!

(A la Jovencita, que se ríe) ¡Está ridiculísima! ¡Hay que ponerle el sombrero! ¡Sí, sí, a todas les pondremos sombreros! ¡Tráigalos!

(La Jovencita coge dos sombreros de la caja) ¡Déme éste! ¡Y traiga otros! ¡Ah, qué maravilla! ¡Miren…!

(A la Jovencita que regresa con los encajes y el abrigo de armiño y queda, de momento, atónita) ¿Magnífico, no? ¡Déme, déme el abrigo!

La Jovencita: (Riendo) Aquí lo tiene… (Se lo entrega)

Tuda: ¡Así…! (Lo coloca sobre la estatua que ha vestido con el traje de los azabaches) Así… ¡Magnífico! ¡Al entrar, las encontrará así! ¡Habrá que ver! ¡Gritará, hablando de profanación, se indignará! ¡Como si no fuese peor lo que él está haciendo conmigo! ¿Tengo que ser solamente una estatua yo, en esta casa? ¿Una estatua hermana de éstas? ¡Pues bien, si yo me visto, que se vistan también ellas! (Ríe)

La Modista de sombreros: ¡Claro que sí!

La Modista: ¡Es muy justo!

Tuda: Lo malo es que ellas… sí, están ahora ridículas…, pero no se desmejoran tanto como yo… (A la Jovencita que ha ido arriba) ¿Has traído los encajes?

La Jovencita: Sí, aquí los tiene! (Se los tiende)

Tuda: ¡Ah, muy bien! (A la Modista) Habrá que buscar unos que vayan bien con este color… ¡Mire qué preciosidad, estos encajes!

La Modista: ¡Oh, son antiguos!

Tuda: ¡Cada uno más bonito que el otro!

La Modista de sombreros: ¡Sabe Dios lo caros que los habrá usted pagado! ¿Dónde los ha encontrado?

Tuda: Me los han traído. ¡Si supiese de qué casa vienen! ¡Mire, mire éste! Puesto así… ¿Qué le parece?

La Modista: Sí, me parece que… Va muy bien, muy bien…

Tuda: (A la Modista de sombreros) ¿Ha traído flores?

La Modista de sombreros: Sí, muchas.

Tuda: ¡Enséñemelas!

Jovencita que acompaña a la Modista de sombreros: (Ofreciéndole la caja) Aquí están.

Tuda: (Buscando y descartando hasta que finalmente encuentra lo que busca) Éstas no, éstas tampoco. No… Fuera… Éstas, éstas… Mire…, sujetas así… Y otras, así…, abajo… Pruebe, pruebe… (La Modista obedece) ¡Así!

La Modista de sombreros: ¡Muy bien, muy bien!

Tuda: ¡Sí, perfecto! ¡El abrigo, ahora!

(A la Jovencita que ayuda a la Modista, aludiendo a la estatua de la cual cuelga el abrigo de armiño:) ¡Pídele permiso y quítaselo!

La Jovencita va a buscar el abrigo y, sonriendo, lo coloca sobre los hombros de Tuda.

La Modista: ¡Ah, queda verdaderamente magnífico!

La Modista de sombreros: ¡Parece una reina!

En aquel momento, se oye el ruido de una llave introducida en la cerradura de la puerta de la derecha, que se abre. Entra Sara Mendel, retira la llave de la cerradura y vuelve a cerrar la puerta. Queda muy asombrada ante las estatuas vestidas y no puede refrenar una exclamación de sorpresa y de desdeñosa irritación.

Sara: ¡Oh…!

Las dos Modistas y las dos Jovencitas la miran sorprendidas. Tuda sigue contemplándose en el espejo, impasible.

Tuda: (A la Modista) Sí, no está mal. Me parece que el conjunto queda bien.

(Volviéndose apenas hacia Sara) ¿Qué espectáculo, eh?

Sara: Es realmente un espectáculo…

Tuda: …de pésimo gusto, sí. Pero ha sido hecho adrede. Adrede…

(A la Modista) Quizás quedaría mejor un poco más escotado.

La Modista: Sí, sí quería decírselo. Mire, así…

Sara: (Después de una larga pausa embarazosa) ¿No está Dossi?

Tuda: (A la Modista) Y quizás estas flores…

(Se interrumpe para responder a Sara sin mirarla) Creo que ha ido arriba.

Sara: Y, no obstante, sabe que vengo a buscarle siempre a esta hora.

Tuda: Ya. Pero sabe también que ahora tiene usted la llave para entrar cuando quiere, y que, si es su gusto, puede usted subir arriba también.

Sara: (Rápida, ofendida) Arriba no he subido nunca.

Tuda: (A la Modista) Habrá que darse prisa. La fiesta del círculo es el sábado por la noche.

(A Sara) Perdónele señora; se ha disgustado un poco conmigo porque he querido probarme estos vestidos aquí, y se ha ido arriba, pensando, creo, que lo que yo hacía podría contrariar a usted.

Sara: ¿A mí? ¿Por qué?

Tuda: Precisamente me estaba haciendo a mí misma esta pregunta: ¿Por qué? Al contrario, me figuro que le ha de gustar a usted esta locura que me ha dado por trajes, pieles y sombreros, para hacerle pagar cara la idiotez de casarse conmigo. Sueño en ríos de seda, entre penachos de pluma y espumas de encaje. ¡Lo estoy arruinando! (Se ríe)

Sara: ¡Sí, sí, hace bien! ¡Hace bien!

Tuda: También yo sería una tonta, ¿no cree?, si no me aprovechase…

Sara: ¡Está usted espléndida, verdaderamente, con esta capa de armiño!

Tuda: ¿Sí, verdad? Son más de trescientas pieles. Todas iguales, fíjese.

Sara: …sí, preciosas…

Tuda: …traídas de una región de Alemania…

Sara: De Lipsia. Es un mercado especial. Y este encaje es maravilloso también. El traje le quedará precioso.

Tuda: (A la Modista) Estamos de acuerdo en la forma. Tal como está.

(A Sara) Ahora le enseñaré… (Se vuelve para buscar con la mirada la estatua vestida con el traje de calle) ¡Allí está!

(A la Jovencita) ¡Tráigalo, por favor! (La Jovencita va a buscarlo) ¡Quitémonos esto, entretanto!

(Ayudada por la Modista se quita la tela lila que lleva encima y se pone el traje de calle) Y ya verá el sombrero que he mandado hacer ex profeso para este traje. (A la Modista de sombreros) ¿Lo ha traído?

La Modista de sombreros: ¡Cómo no! Y muchos otros… como ve…

Tuda: ¡Sí, porque quiero arruinarle!

Sara: Puede gastar sin remordimientos. Es muy rico.

Tuda: ¡Sin remordimientos! ¡Ah, por mi parte…! (Contemplándose en el espejo, con el traje ya puesto) Está bien, sí…

La Modista: Mejor no podría estarle. Un cuerpo como el suyo es algo más que una estatua…

Sara: Queda perfecto. No hay nada que decir. Es de un gusto exquisito…

Tuda: ¡El sombrero! ¡El sombrero!

La Modista de sombreros: Aquí está… (Se lo tiende)

Tuda: (Poniéndose el sombrero) Éste me gusta mucho. Es un poco extraño, pero me parece que queda bien…

Sara: …¡Ah, sí, perfectamente! A mí también me gusta mucho.

Tuda: Es invención mía, ¿verdad?

La Modista de sombreros: Verdad.

Tuda: Quizás esta ala… ¡No, está bien así! Para el precio tendrá usted que ponerse en razón…

La Modista de sombreros: ¡Siempre me he puesto en razón!

Tuda: ¡Oh, esto… habría que verlo…

(A la Modista) Confío en usted para el vestido. Lo necesito dentro de tres días. Pero es ya tan sencillo…

La Modista: Esté tranquila; me comprometo para el sábado. Hasta pronto, señora…

(A Sara) Señora…

La Modista de sombreros: Yo también me voy. (A la Jovencita) Coge los sombreros y mételos en la caja.

(A Tuda) Contaba con que quisiera escoger algunos más.

Tuda: No, me basta con uno, por ahora.

La Modista de sombreros: Mis respetos, señora… Hasta la vista.

Tuda: Buenas tardes.

La Modista y la Modista de sombreros salen por la puerta de la derecha con las Jovencitas llevándoselo todo.

Tuda: (Cambiando súbitamente de expresión) Ahora hablemos entre nosotras, señora.

Sara: Pero con calma, espero.

Tuda: ¡Con mucha calma! Se ha hecho dar usted la llave de aquí…

Sara: (Rapidísima, sin dejarla acabar) Era lo menos que podía pretender de él.

Tuda: ¿Con qué derecho? Yo, aquí, hago mi oficio de modelo.

Sara: ¡Sí, pero con un lujo…!

Tuda: (Señalando detrás de la cortina) Hago allí de modelo. Lo cual quiere decir que voy desnuda. No trate de desviar la conversación. Los trajes, aquí, no tienen nada que ver.

Sara: Pues ha hecho usted un derroche de ellos…

Tuda: Por su superchería.

Sara: ¡Ah…! ¿Por mi… superchería?

Tuda: De entrar aquí en plan de dueña, sin ningún derecho.

Sara: Si he venido aquí, no he asomado jamás ni la cabeza, ni por un momento, por curiosidad, para mirar detrás de aquella cortina.

Tuda: ¡Oh, por mí, ya que ha venido usted, podía entrar también allá! No tengo por qué avergonzarme delante de usted de cómo estoy hecha, gracias a  Dios… ¿Quiere esto también? Se lo podría conceder. Pero conceder yo. ¿Comprende? Porque aquí, este derecho lo tengo solamente yo.

Sara: Y él también, supongo.

Tuda: No, sólo yo. Nadie puede obligarme a posar delante de un extraño. Usted, como máximo, podía hacerse dar la llave de arriba. No ésta.

Sara: En cambio, yo he querido precisamente ésta. No necesito para nada la otra.

Tuda: No debería usted tener tampoco derecho a la otra, por otra parte.

Sara: ¿A la otra tampoco?

Tuda: Tampoco. Porque me gustaría ver qué diría él, si yo, incluso estando de acuerdo con las condiciones en que nos hemos casado, libre de toda obligación de fidelidad, hiciese entrar, arriba, en mi casa, a quien me diese la gana.

Sara: Justo. Pero yo, arriba, vuelvo a decírselo, no he subido nunca. Y si me he hecho dar la llave de aquí ha sido precisamente por las condiciones en las cuales se han casado ustedes.

Tuda: ¿Para que ni siquiera como modelo fuese yo aquí la dueña? Tenga en cuenta, señora, que, si me desafía, yo puedo prohibirle que haga entrar a nadie en el estudio mientras estoy posando…

Sara: ¡Pruébelo!

Tuda: ¡Ah…! ¿Me desafía, de veras?

Sara: Le digo que lo haga.

Tuda: ¿Tan fuerte y segura de él está usted? ¿Incluso sabiendo que se ha casado conmigo porque quiere a todo precio terminar la estatua?

Sara: No es absolutamente imprescindible que la termine con usted.

Tuda: ¡Si se ha casado conmigo sólo por esto!

Sara: No. En realidad se ha casado para que no hiciese usted de modelo a los demás mientras él la necesitase para su estatua.

Tuda: Bien, ¿y qué?

Sara: Es muy distinto. Lo que no quería consentir en modo alguno es que usted sirviese de modelo a Caravani para la otra Diana que usted misma le había sugerido. ¿No es verdad?

Tuda: Verdad. (Se vuelve rápidamente a mirarla) ¿Qué quiere usted decir?

Sara: Nada.

(Pausa) A aquel pobre Caravani se le ha quedado la Diana a medio camino. También él estaba entusiasmado con su Diana, a causa de cierta armonía de tonos que había encontrado, decía.

Tuda: ¿Sigue usted desafiándome?

Sara: ¿Yo? ¡No! ¿Por qué?

Tuda: Sabrá usted que he invitado a Caravani a venir aquí, a buscarme.

Sara: Sí, me lo ha dicho él mismo.

Tuda: ¡Ah, se lo ha dicho él! ¿Ya propósito de qué?

Sara: Dios mío…, ha recibido su notita mientras yo estaba en su estudio posando para el retrato que me está haciendo. Ha querido pedirme consejo, por temor a que Sirio tomase a mal que viniese aquí a buscarla.

Tuda: Precisamente del mismo modo que usted viene a buscarlo a él…

Sara: Exacto. Y yo le he dicho que no habría en ello nada malo siempre y cuando no hiciese nada por persuadirla a posar para terminar su cuadro (que es muy malo, Dossi tiene razón).

Tuda: (Reflexionando, sombría) Ya… Porque ésta sería, en efecto, la única traición que yo podría hacerle…

Sara: Desde luego: como modelo. Puesto que no puede usted traicionarle como esposa.

Tuda: Así es que usted viene a poner a prueba a la modelo…

Sara: No le traicionará usted, porque, entonces, adiós casa, adiós trajes, adiós pieles…

Tuda: (Después de haberla mirado, dominándose) ¡Ya, ni que estuviese loca!

Sara: ¡Perderlo todo por el placer de ir a hacer de modelo a Caravani!

Tuda: ¡Ahora que le he tomado un gusto loco y no pienso más que en eso! Entonces, ¿no ha disuadido usted a Caravani de venir a buscarme?

Sara: ¡Al contrario!

Tuda: ¡Y le habrá usted incluso sugerido que me persuada…!

Sara: ¿…a que le haga de modelo? ¡Oh, no! ¡Es inútil! ¡Ya lo hará él, sin duda alguna, y sin necesidad de que se lo sugiera! Los cuadros malos siempre hay alguien que los compra. Parece que un señor chileno quiere comprarle éste. Lástima que no esté terminado.

Tuda: Esta estatua no está terminada tampoco.

Sara: Pero creo que ya está bastante adelantada.

Tuda: ¿No la ha visto usted cómo está ahora?

Sara: No. Hace tiempo que no la veo.

Tuda: Debería usted verla.

Sara: ¿La ha cambiado mucho?

Tuda: Sí, mucho… ¿Cree usted de veras que podría terminarla sin mí, con otra modelo…?

Sara: Claro. Tanto más si es verdad que la ha cambiado mucho, como usted dice.

Tuda: Pues bien, señora: suba a decirle que haré que Caravani pueda terminar su cuadro para ese señor chileno.

Sara: ¡No hará usted esta locura!

Tuda: Señora, la he comprendido a usted y acepto su reto: haré de modelo a Caravani, procurando hacerle terminar su Diana lo más vergonzosamente que me sea posible. Vaya a decírselo.

Se oye llamar a la puerta.

Sara: ¡Oh, quizás sea él mismo!

Tuda: Si es él, me voy en seguida.

(Abre la puerta; se encuentra frente a Nono Giuncano y queda inmóvil) ¡Ah, es usted, maestro!

Sara: (A Giuncano) Impídale usted que cometa más locuras.

Tuda: ¡Ah! ¿Se lo aconseja usted…?

Giuncano: ¿Qué locuras?

Sara: ¡Basta de escenas…! Me decido a subir a llamar a Dossi, ya que él no se decide a bajar.

Sale por la puerta de la izquierda.

Tuda: (Súbitamente, con ímpetu) No mire, no se fije en cómo voy vestida.

Giuncano: (Confuso) ¿Por qué?

Tuda: ¡Lo tiro todo por la ventana! ¡Lo tiro todo!

Giuncano: ¿Qué dices?

Tuda: Veo que me mira… ¡Ah, no…! ¡Puedo volver a ser como era!

Giuncano: ¿Y por qué me dices esto?

Tuda: ¿Quiere impedir de veras que cometa esta otra locura?

Giuncano: ¿Cuál otra? ¡Yo no sé nada…!

Tuda: ¿No ha oído que ha tenido la osadía de desaconsejármela… ella misma? ¡Otra locura, otra! ¡Estoy a punto de cometerla!

Giuncano: ¡Ya te lo impediré yo!

Tuda: ¡Sí, usted sólo, usted sólo puede impedir que lo haga! ¡A condición de que sea por usted!

Giuncano: ¿Qué harías por mí?

Tuda: (Con una intensidad dolorosa, casi llorando) ¡Ah, si aquella vez, aquí…, ¿lo recuerda?, mientras hablábamos, no hubiesen venido aquellas dos brujas…!

Giuncano: (Moviendo la cabeza) Precisamente el día en que…

Tuda: Sí, en que él me hizo su proposición, poco después de que usted se marchase…

Giuncano: Pero primero tú…, lo recuerdo perfectamente…, habías empezado a hablar de mí…

Tuda: Sí, dije que me había dado cuenta de que sufría…

Giuncano: Y de pronto me dejaste de lado y empezaste a preguntarme tantas cosas sobre él…

Tuda: Porque me faltó el valor…

Giuncano: ¡Sí, claro! Es muy natural…

Tuda: No, no, se lo juro; nunca me hubiera figurado que precisamente aquel día me iba a proponer que nos casáramos…

Giuncano: Pero yo te hubiera dicho, como te digo ahora, que para mí tú no tenías, ni tienes, más obligación que la de ser mala…

Tuda: ¿Mala?

Giuncano: …como dicen todos…

Tuda: ¿Yo? ¿Y quién lo dice?

Giuncano: …todos los que creen que has sido tú la que…

Tuda: ¿Yo? ¿Qué es lo que he sido yo?

Giuncano: La que me ha hecho volver loco.

Tuda: ¿Dicen esto?

Giuncano: (Con desprecio) ¿Te importa?

Tuda: ¡Porque no es verdad! Sí, me había dado cuenta de que usted estaba siempre donde estaba yo; si estaba aquí posando, le encontraba aquí…

Giuncano: ¿Me estás dando disculpas?

Tuda: ¡No, es que es tal como digo! ¡Pero usted no me había dicho nunca nada!

Giuncano: ¿Querías que te lo dijese?

Tuda: ¡Ojalá lo hubiese hecho!

Giuncano: ¡No te lo hubiera dicho nunca!

Tuda: No importa; lo sé ahora.

Giuncano: ¿Qué sabes?

Tuda: Que sufre usted mucho todavía…

Giuncano: ¿Y qué más?

Tuda: Le digo que puedo volver a ser la de antes.

Giuncano: ¡Pero yo sufro ahora por ti… al verte así!

Tuda: ¡No, no, no lo crea!

Giuncano: (Con una sonrisa amarguísima) ¿Como antes…?

Tuda: Sí; porque no hay en mí más que rabia, rabia, créame, nada más que rabia contra esta mujer que viene aquí a pisotearme, a ponerme a prueba. ¡Tengo que salir, tengo que salir de esta situación! Mire, si usted quiere…, ya que ha llegado el momento preciso, en lugar de ése…

Giuncano: ¿De quién?

Tuda: De Caravani… Tiene que venir a buscarme aquí.

Giuncano: Nadie puede impedirte ir con quien quieras…

Tuda: No, nadie me lo impide. Pero yo iba hoy a su casa para vengarme…

Giuncano: ¿De qué?

Tuda: ¡De lo que me están haciendo sufrir! ¡Como modelo, iba a vengarme como modelo! ¡Porque no puedo vengarme de ninguna otra manera!

Giuncano: ¿Como modelo?

Tuda: ¡Sí, para hacerle una afrenta! ¡Y echarlo así todo a rodar…!

Giuncano: No te entiendo…

Tuda: No importa que no me entienda. ¿Quiere hacer algo por mí?

Giuncano: ¿Yo, por ti?

Tuda: ¡SÍ! ¡Lléveme con usted!

Giuncano: ¿Yo? ¿Qué dices?

Tuda: Yo podría por todo lo que ha sufrido usted…

Giuncano: ¡Ah! ¿Un poco de compasión? ¡Tenla de ti misma!

Tuda: Esto mismo, se lo digo por mí. A usted, si pudiese, por todo lo que ha sufrido…

Giuncano: ¡No pienses en mí!

Tuda: Quisiera poderle dar, de veras, una alegría.

Giuncano: ¿Tú?

Tuda: No soy nadie, lo sé…

Giuncano: ¿Crees no ser nadie… estando tan viva?

Tuda: (Con ansia desesperada) Sí, pero… ¿para quién estoy viva?

Giuncano: ¿Lo ves? ¡Necesitas estar viva para alguien!

Tuda: ¡No, no! ¡Para usted! ¡Yo aún podría…!

Giuncano: ¡Ni para mí ni para nadie! ¡Debes sentirte viva para ti misma!

Tuda: ¿Para mí misma?

Giuncano: ¡Sí, para este nadie que crees ser…! Vives hacia fuera, entregada siempre a lo que haces; sin verte (como vives sin saberlo)…, con todo lo que te pasa por la mente…

Tuda: Si supiese qué he de saber…

Giuncano: ¡No lo que piensas! Me refiero a las cosas más lejanas, a las que se rebelan en ti, sin que tú misma sepas cómo; y tú las sigues apenas percibes su llamada. ¡Si, síguelas y sé voluble como ellas…! ¡Hasta donde tu cuerpo pueda seguirlas! Ten en cuenta que no será por mucho tiempo. También yo me muevo…, sí, por dentro…, y siento, siento todavía, siento con todas las fuerzas de mi alma; pero estoy metido dentro de este cuerpo…, este cuerpo que odio…

Tuda: (Casi espantada) ¿Por qué lo odia?

Giuncano: ¡No me he reconocido nunca en él!

Tuda: ¿Cómo…? ¿Y no es usted el que…?

Giuncano: No…, no el que ven los demás… Un extraño. Tú no puedes saber… No me lo he fabricado yo este cuerpo… Me ha venido de uno a quien siempre sentí extraño a mí…

Tuda: ¿Quién?

Giuncano: ¡Mi padre!

Tuda: ¿Extraño?

Giuncano: Es algo horrible. Mi cuerpo envejece, y se va volviendo cada vez más suyo, de él, a medida que el rostro se marchita y se van dibujando en él las arrugas. Y mi odio va aumentando… Mientras vives sin pensar en ti, no sabes cómo eres, cómo te ven los demás, desde fuera…

Tuda: (Ingenuamente, abriendo los brazos para mostrarse a él) ¿Cómo…? ¡Así me ven!

Giuncano: ¡Oh, tú puedes estar contenta de ti! Pero ¡ay de mí si se me representa la imagen de este extraño…!, de uno que no soy yo, de uno a quien tantas veces me parece llevar encima como a un mendigo fatigado, al cual tengo que dar, pese a lo mucho que le odio, la limosna de un poco de compasión… Sí, de compasión, a escondidas; y vierto entonces lágrimas envenenadas por esta amargura desesperada y feroz…

¡Pero tú, no! ¡Tú recíbele a puntapiés!

Tuda: ¿Yo…?

Giuncano: ¡Tú, sí! ¡No quiero que llame a la puerta de nadie; y mucho menos a la tuya; vieja carroña que sólo vale para ser enterrada y para pisotear sobre ella la tierra…!

Tuda: ¡Dios mío…! ¿Qué está diciendo?

Giuncano: ¡Me lo haces decir tú!

Tuda: ¿Porque quiero que…?

Giuncano: ¡La vida no debe volver a apoderarse de mí! ¡No debe!

Tuda: ¡Si ya se ha apoderado!

Giuncano: ¡No quiero! ¡No quiero!

Tuda: No nos toca a nosotros…

Giuncano: (Con fuerza) ¡Sí, nos toca a nosotros, cuando no se debe! ¡A cualquier precio, cuando no se debe!

Tuda: ¿Y si no se puede?

Giuncano: Si no se puede, se hace de otra manera.

(Pausa)

Tuda: Es precisamente por esto, ¿ve usted? Es esto lo que me detiene. El temor de que pudiese ser para usted un tormento más…

Giuncano: ¡A la fuerza! Hacía ya tiempo que la vida había terminado para mí; nada me importaba ya.

Estaba apagado, vacío. ¡Había gastado mi vida y mis energías, loco de mí, haciendo estatuas…! ¿Por qué te imaginas que las destrocé, que las rompí?

Tuda: ¡Ah! ¿Fue por esto?

Giuncano: Cuando las vi ante mí…, inmóviles, perfectas…, y frente a ellas vi mi cuerpo, en el cual la vida volvía a encenderse… Mi cuerpo consumido, viejo… Este horror de la forma… ¡Y mira! (Señala una de las estatuas) Está ahí y es estatua y arte…

Tuda: ¡Ya no se mueve!

Giuncano: Haz que se mueva…, dale la vida, transfórmala en un cuerpo humano… (Se agarra el cuerpo) Y empieza a envejecer…

Tuda: (Con sorpresa casi ingenua) ¡Ah, yo también lo he dicho!, ¿sabe usted? Me he desmejorado…

Giuncano: Estamos cogidos en una trampa… yo…, tú…, ¡todos!

Tuda: ¿Por la vida…?

Giuncano: ¡Llámala vida! Cuando eras niña, te movías, bullías, te agitabas… Ahora un poco menos…, y siempre menos, menos .

Hasta que… ¿Creíste vivir? ¡Has acabado de morir!

Tuda: Es verdad. Pero entonces, mientras se puede hacer…

Giuncano: Hay que moverse, no detenerse nunca, no fijarse en ningún sentimiento…

Tuda: Pero usted…

Giuncano: (Triste, frenando súbitamente sus palabras) Soy así; con los ojos abiertos, que no querrían ya saber lo que ven ni cómo son las cosas, esas cosas que tienen la pena de ser como son y de no poder ser de otra manera. Quisiera ser otro para ti; ser como debería… Ni siquiera lo que fui, cuando las mujeres…

(Se interrumpe) Si supieses la especie de repulsión que siento, ahora que veo en mí a mi padre; así, como si le hubiesen amado a él, en lugar de a mí; él, incluso entonces…, cuando yo era joven. ¡Y sabía amarlas, él, a las mujeres! Mi madre murió de desesperación por ello… Se ve que… este aspecto…, este cuerpo…, las mujeres… ¡No sé decírtelo! Lo sé, ahora sé que no era yo…, y que incluso todas las que amé debieron, hasta cierto punto, darse cuenta, y se alejaron de mí, todas, porque bajo este cuerpo descubrieron a otro en mí… Es más, más que repulsión: es odio, verdadero odio… Me parecería contaminar en ti, que eres tan hermosa, la vida con manos que no son mías. (Pausa) Déjame, déjame marchar…
Sale.

Otra larga pausa.

Tuda permanece absorta en sus pensamientos. En un momento dado, se sienta, perpleja. Después, como si acabase de decidir súbitamente no irse con Caravani, se quita el sombrero y lo pone sobre sus rodillas.

Por la puerta, que ha quedado abierta, entra Caravani con el sombrero puesto y el gabán doblado al brazo. Ve a Tuda, que está de espaldas a él, inmóvil, sentada, y después de haber dirigido una mirada circular para cerciorarse de que en el estudio no hay nadie más, se acerca a ella andando de puntillas, y baja la cabeza para besarla en una mejilla. Tuda se pone en pie a tiempo y le da un bofetón. Caravani abre instintivamente los brazos y deja caer el gabán al suelo.

Caravani: (Ante el bofetón) ¡Oh!

Tuda: ¡No te atrevas a tocarme!

Caravani: Pero ¿no me has escrito que viniese a buscarte?

Tuda: ¡Sí, pero no por esto! ¡Quítatelo de la cabeza! Di, ¿es verdad que quieren comprarte aquella porquería de cuadro?

Caravani: ¿Qué cuadro?

Tuda: La «Diana». La que pintabas, haciéndote yo de modelo. ¿Es verdad o no?

Caravani: Sí, es verdad. ¿Quién te lo ha dicho?

Tuda: Aquel cuadro es también un poco mío.

Caravani: Sí. Y hazme el favor de creer que no tiene nada de porquería.

Tuda: Está bien. Si no lo es, ahora haremos todo lo posible para que lo sea.

Caravani: (Sorprendido) ¿Cómo?

Tuda: ¡Déjame hacer y verás!

Caravani: Pero ¿quieres hacerme de modelo?

Tuda: ¡De modelo, sí! De modelo, pero con la condición de que el cuadro sea más feo que tú, una verdadera porquería.

(Coge el gabán del suelo y se lo arroja a la cara) ¡Toma! ¡Vámonos!

Caravani: Pero… oye… ¿Has pensado en lo que dirá él?

Tuda: ¿Qué te importa saber lo que dirá?

Caravani: He comprendido, ¿sabes…?

Tuda: ¿Qué es lo que has comprendido?

Caravani: Por qué lo haces y por qué quieres que quede feo.

Tuda: Te haré vender el cuadro; ¿no te gusta?

Caravani: ¡Eres estupenda! Yo, en realidad, había venido para…

Tuda: ¡Ay de ti, repito, si me tocas! Voy contigo solamente para hacerte de modelo.

Y viendo que Caravani se vuelve nuevamente para mirarla, admirado y sonriente, le señala la puerta) ¡Venga! ¡Vámonos!

Y sale impetuosamente.

Caravani, medio aturdido, la sigue)

Telón


Acto Tercero

La misma escena del primer acto.

Al levantarse el telón, Sara Mendel, de pie, se entretiene en mandar lentamente al techo el humo que aspira de un cigarrillo. Después empieza a hablar lentamente, como queriendo saborear su descarada sinceridad, y dice a Nono Giuncano, que está sentado y da muestras de no prestarle atención…

Sara: …Por otra parte, ¿ocultarme, de quién? De lo que hago no tengo que dar cuentas a nadie; mucho menos aún de lo que siento. Todo el mundo sabe lo que hay entre Dossi y yo. Y con un hombre como él…

(Se interrumpe, mira un momento a Giuncano y prosigue en otro tono:) Tome nota de que si quiere usted fingir no escucharme, tengo el medio de obligarle a prestarme atención.

Giuncano: (Levantando la cabeza con desprecio) ¿Usted?

Sara: ¿Ve como ya me la presta?

Giuncano: ¡Me fas-ti-dia us-ted!

Sara: (Después de una pausa) Si uno de nosotros dos, maestro, haría bien en ocultar sus sentimientos, éste sería usted. Es una pena, créame, una pena para todos verle así… a su edad… con el respeto que todo el mundo debe tenerle…, verle así por una…

Giuncano: (Levantándose bruscamente) ¡Le ordeno que se calle!

Sara: ¡Oh! (Queda mirándole, como si se complaciese en ello. Después, con frialdad) Sólo en el caso de que fuese verdad lo que alguna vez he oído decir…

Giuncano: ¡No es verdad! ¡Pero le ordeno igualmente que se calle!

Sara: ¡Ah, no, querido maestro! Si Dossi no es su hijo, a mí usted…, aquí, no me ordena nada.

Giuncano: ¡Le odio, le odio! ¡Puede decírselo!

Sara: Tanto más cuanto que…

Giuncano: ¡Le odio… como lo odié cuando nació de su madre!

Sara: También debería usted ocultar este sentimiento.

Giuncano: ¡Se lo gritaré a la cara en cuanto le vea!

Sara: Todos saben que, muerta su madre, abandonado por su padre, empezó usted a quererle como a un verdadero hijo.

Si ahora le odia de nuevo por otra clase de celos…

Giuncano: …es suficiente, creo yo, para no tolerar que siga habiéndome de ello. Estoy aquí porque él me ha escrito que viniese; no para escucharla a usted.

Sara: Lo sé. Y sé incluso lo que quiere decirle.

Giuncano: Dígamelo y me voy.

Sara: ¡Ah, es que no lo sé con seguridad! Lo supongo. Ha intentado trabajar con otras modelos…

Giuncano: ¿Y no ha podido?

Sara: ¡Porque está obcecado…! Verá una, ahora, que vale cien veces más que la otra. E incluso las demás que ha descartado valían más que ella…

Giuncano: Basta echar un vistazo ahí detrás (señala la cortina, detrás de la cual está la estatua) para comprender lo que usted, por otra parte, comprende muy bien.

Sara: No, no… Yo, por mí…

Giuncano: Finge no comprender…

Sara: ¿Que no puede ya prescindir de ella?

Giuncano: …que ahora le es ya imposible terminar esta estatua con otra que no sea ella…

Sara: Si es verdad lo que siempre ha dicho…

Giuncano: ¡No es verdad en absoluto! Y ahora se da cuenta de que entre los dedos y el barro que modela encuentra a faltar el don con el cual trabajaba…

Sara: ¿La inspiración?

Giuncano: ¡Nada de eso! ¡El don que ella hacía de sí misma, de su vida, a esta estatua!

Sara: Hubiera debido odiarla…

Giuncano: Sí, a la estatua, sí; si no hubiese sido por ella el único modo de vivir delante de sus ojos que, sin darse siquiera cuenta, la absorbían y la transformaban en aquel barro… ¿Y quisiera que yo ahora la indujese a volver?

Sara: Supongo.

Giuncano: ¡Pues yo la induciría antes a morir! ¿Sabe usted dónde está?

Sara: ¡Cómo! ¿Usted no lo sabe?

Giuncano: No lo sé.

Sara: Así es que ¡ni siquiera usted sabe dónde está!

Giuncano: Entonces, ¿no se sabe?

Sara: Sirio contaba con que usted lo sabría.

Giuncano: Yo no sé nada. No he vuelto a verla.

Sara: Ni Caravani tampoco. ¿No la ha buscado usted?

Giuncano: Yo, no.

Sara: Se habrá ido a su pueblo, o a casa de alguna amiga, o con alguien.

Giuncano: (Después de una pausa) Tenía que acabar así…

Sara: Yo se lo advertí a tiempo. No tengo ningún remordimiento. Pero quizá no espera sino que la llamen. Lo ha dejado aquí todo. Y había aprendido muy bien a hacer de señora…

Giuncano: Me parece que demostró que no sabía cómo hacerlo.

Sara: Sí, pero si ahora él le pide que regrese… Debería usted admitir por lo menos que esto sobrepasa verdaderamente todo límite de lo soportable.

Giuncano: ¿Para usted?

Sara: También para mí, sí.

Giuncano: ¡Pero si fue usted la que…!

Sara: Eso es, ¿lo ve? Yo quería confesarme con usted; confesar hasta dónde llega el mal que he podido hacer por mi parte.

Giuncano: ¡Como si no lo supiese!

Sara: Podría no saberlo.

Giuncano: Usted es de aquellos seres desgraciados que para fingir que les sobra experiencia de la vida, hacen alarde de cinismo.

Sara: No estamos acostumbrados a la bondad, ¿qué quiere usted? Hacer alarde de cinismo, como dice usted, es una manera de tomarse la vida a la ligera, cuando empieza a pesar.

Giuncano: ¡La ligereza de la mosca!

Sara: Nada más ligero, en verdad, y nada más molesto. Sería necesario que la vida, en cambio, tuviese la ligereza de una pluma. ¡Oh, sí! Mantener el alma constantemente en una especie de estado de fusión; para que no se solidifique ni se ponga rígida. Se requiere fuego, querido maestro. ¿Y si dentro de nosotros el hornillo se ha apagado? ¿Si viene la muerte y sopla en él? Yo tenía una hija, ya lo sabe usted… Y se me murió.

Giuncano se vuelve a mirarla, turbado, como para aquilatar su sinceridad. Ella menea lentamente la cabeza, y se lleva un pañuelo a los ojos.

Giuncano: (Como para sí mismo, en voz baja) Así son las mujeres: basta que digan una mentira con voz de llanto… y ya no hay mentira. Queda un llanto verdadero, unas lágrimas sinceras.

Sara: ¿Mentira, este llanto?

Giuncano: No, desde luego que no. Pero la quiso usted tan poco a su hija…

Sara: ¿Qué sabe usted de esto, si después…?

Giuncano: Sí, sí, es posible…

Sara: Es mejor no hablar de ello.

(Pausa)

Si una busca a su alrededor, no encuentra ni una mala astilla para alimentar este fuego. Se vuelve una mala. Y no hay nada peor que empezar a darse cuenta de que se es una carga para los demás. ¡Se experimenta una irritación tan helada! Fingimos no darnos cuenta para salvar ante nosotros mismos nuestro amor propio. Yo le aseguro que esta mosca no hubiera tardado mucho en irse de aquí si, de repente, no le hubiesen ofrecido, con este matrimonio, la manera de darse el gusto inesperado, insospechado (y pérfido, sí, me lo digo a mí misma) de entrar aquí y quitarle el marido a esta esposa que no podía decir nada.

Me he divertido tanto viéndola palidecer…

Giuncano: ¿Y él?

Sara: Él, no.

Giuncano: ¿Le dio la llave de este estudio para procurarle esta diversión?

Sara: No. Los hombres no son así, querido maestro. El hombre experimenta una instintiva gratitud hacia la mujer que, sacrificando un poco de su pudor, demuestra querer gustar a uno solo, desafiando la malignidad de los demás; pero no puede sufrir que después esta mujer ofenda a otra que demuestra sentir por él cierta simpatía.

Giuncano: ¡Si le ha dejado hacer, aquí y en todas partes, todo el mal y todas las ofensas que ha querido usted!

Sara: Porque no se preocupa ya de nada. Por no discutir, no se opone ya casi a nada. Sabe usted muy bien cómo es. Quiere sólo trabajar.

Giuncano: ¡Y usted, al obrar como ha obrado, le ha dejado trabajar; ya se ve!

Sara: A usted le gustaría ahora, lo sé, que trabajase y acabase cuanto antes esta estatua.

Giuncano: ¿Ha hecho usted todo esto para impedir que la termine?

Sara: No. Porque no he creído nunca en lo que dice. No se aproveche usted ahora de mi franqueza.

Giuncano: ¿Yo? ¿De su franqueza?

Sara: Habla usted del daño que he hecho…

Giuncano: …con perfidia…

Sara: Se lo he dicho yo misma… Pero ocultemos, ocultemos un poco los sentimientos que he tenido la franqueza de…

Giuncano: La franqueza no, el cinismo.

Sara: …el cinismo de descubrirle, aun a costa de una humillación (porque le aseguro que es una verdadera humillación para mí tener que reconocer haberme sentido molesta ante una mujer como aquélla).

Giuncano: ¿Humillación?

Sara: ¡Humillación, sí…! (y le confieso que quizá la irritación provocada por esta humillación me ha hecho más cruel con ella de lo que hubiera querido ser). Ocultemos, le decía, los sentimientos y vengamos a los hechos. ¿Es culpa mía todo lo que ha ocurrido?

Giuncano: ¡Si lo ha confesado usted misma!

Sara: ¡Ah, no, poco a poco! ¡Si lo toma así, ya no confieso nada! Antes que mía, la culpa ha sido suya.

Giuncano: Sí, si hay culpa en obrar con naturalidad.

Sara: ¿He sentido resentimientos, humillación, irritación…? ¡Sí! ¡Y también los he sentido con naturalidad! ¡Hemos obrado con naturalidad las dos! ¿No le parece? ¡Pero ella como una tonta; y yo, no!

Giuncano: ¡Ah, usted no, esto sí que es cierto!

Sara: Razone usted conmigo.

(Ante una mirada de Giuncano) Bien, ya sé que usted no puede. Déjeme que razone yo, entonces. ¿Se prestó, sí o no, a la ofensa que Dossi quería hacerme casándose con ella? Es innegable. ¡Y pretendía incluso ponerse, con esto, frente a mí! Ya debía suponer que yo me daría por agraviada, ¿no? Y debía darme a entender, si no era una tonta, que lo había hecho sólo porque había visto en ello una ventaja material. Pues no, señor. Me demuestra, en cambio, que es ella la ofendida, y se ofende… ¿de qué? ¿de que yo siga viniendo aquí como antes? ¿Y con qué derecho se da por ofendida si Sirio, antes que nada, ha establecido bien claramente los pactos de antemano? Primer error… o tontería, no mía, suya. Yo no hago mal en absoluto al seguir viniendo aquí; y si ella palidece al verme, peor para ella; me ofrece la diversión de un espectáculo que no podía esperar… ¡Pero hace peor! ¡Como si realmente Sirio y yo le hiciésemos algún daño, piensa vengarse cometiendo esta tontería con Caravani!

Giuncano: Yo quisiera saber qué gusto puede usted haber encontrado – si ella para usted es realmente esto, una pobre tonta – en hacer de ella un pobre despojo humano y en creer al mismo tiempo que ha obrado como debía.

Sara: ¡Volvamos al principio! ¡Claro, querido maestro, naturalmente! Yo contaba con que Sirio, al descubrir esta grotesca traición, la pusiese en la puerta a puntapiés, como merecía. Pero se ha puesto ella misma, toda vez que ha reconocido que era imperdonable lo que ha hecho. Fíjese usted; Sirio se casa con ella exclusivamente para impedirle que haga de modelo a los demás, y ella, en lugar de irse con Caravani, como podía y era su derecho, pues podía estar con quien quisiera si se le antojaba, se deja persuadir por él para hacerle de modelo…, y nada menos que para aquella Diana suya que había quedado a medio acabar.

Giuncano: Y usted, para dar a Sirio la oportunidad de descubrir esta traición, se ha procurado incluso la llave del estudio de Caravani…

Sara: ¡Oh, esta vez con una excusa naturalísima! ¡La tenía hacía ya tiempo!

Giuncano: ¡Usted misma reconoce que es una excusa!

Sara: Estoy jugando con las cartas boca arriba. Por otra parte, era verdad: Caravani me hacía un retrato; no he podido soportar nunca los horarios; por esto no le había fijado una hora precisa para las sesiones; iba cuando quería, cuando podía; para no quedarme alguna vez detrás de la puerta si la encontraba cerrada, me hice dar la llave. Y ¿qué quiere usted? Me vino espontáneamente la idea de ponerla entre las manos de Sirio, que no quería creer lo que había visto yo, con mis propios ojos; los colores todavía frescos sobre la tela del caballete. Por otra parte, me lo había confiado el propio Caravani. Fue para mí la satisfacción más grande hacerle ver y palpar la estupidez de aquel matrimonio suyo, ¡allí, en la única traición que podía hacerle! Hice que la encontrara desnuda, posando. ¡Ah, qué escena! Corrió a ocultarse, a esconderse entre las cortinas del estudio; pero Sirio, sin preocuparse de sacarla de allí y avergonzarla, cogió por el cuello a Caravani, le restregó la cara por aquel lienzo, embadurnándosela con todos los colores… ¡Imagínese cómo! ¡Pobre Caravani! Y se ha ganado además un sablazo en la mejilla. Le vi ayer y… (Se oye llamar a la puerta) ¡Ah, debe ser la modelo!

Va a abrir

Entra Jonella, que es bellísima; cuenta apenas veinte años, y camina con la gracia de un animal felino. No lleva sombrero; un chal sobre los hombros. Habla con cierta cantinela.

Jonella: Buenos días.

Sara: Buenos días, querida.

(Mostrándola a Giuncano) ¿La ve? Es maravillosa. Usted que quiere dar movimiento a las estatuas…

(A Jonella) ¿Cómo se llama usted?

Jonella: Jonella. Soy de Cori.

(Mira a su alrededor) ¡Cuántas colillas!

Sara: (Después de haberla contemplado unos instantes, dice para sí misma, con beatitud:) No saber lo que puede ser la vida…, cómo pueden nacer ciertas cosas, ciertas criaturas…, como las flores…, sonrisas…

Jonella: ¿Me lo decía a mí?

Giuncano: ¡Y yo que no preví tal enormidad!

Jonella: (Después de haber mirado a uno y a otro) ¿Es que todos hablan solos, aquí?

Sara: Cuando uno no se guarda para su interior lo que piensa…

Jonella: ¿Dónde está el que me necesita? (Señala a Giuncano) ¿Es usted?

Giuncano: Siento que es ya tan grande el desgarrarse de mis entrañas…

Jonella: Pregunto una cosa y me responde otra.

Sara: No, no es él. Tiene que venir todavía.

Jonella: Es que yo no quiero estar aquí como una gallina extraviada.

Giuncano: Yo no sé, no sé lo que puede ocurrirme… Cuando no se ve ya la razón de nada…

Sara: (A Jonella) ¡Siéntate, siéntate! En seguida llegará.

(A Giuncano) Hay que ver la razón de las cosas…

Giuncano: ¡Yo ya no veo nada! ¡Y puedo hacerlo todo!

Sara: Me gusta que primero predique la locura y ahora ande buscando desesperadamente la razón. Si ha sido una locura…

Giuncano: ¿Que yo busco la razón? ¡Oh, no…! ¡Busco otra cosa!

Sara: Es mejor que vaya a buscar a Tuda.

Jonella: ¿A Tuda? Yo la he visto.

Sara: ¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Dónde?

Jonella: Allá, en los Prati, en casa de Assunta, el otro día. ¡Está tan desmejorada…!

Sara: ¿Ah, sí?

Jonella: Casi no se la reconoce. Dice que han querido matarla… No sé qué cuenta… Que se han batido en duelo por ella… Parece loca, y dice que no quiere volver aquí.

Entra inesperadamente Sirio Dossi, muy agitado.

Sirio: (Rápidamente, viendo a Giuncano) ¡Ah, estás aquí! Vengo de tu casa. Tuda está aquí.

Giuncano: ¿Aquí?

Sara: ¿La has encontrado?

Giuncano: ¿Dónde?

Sirio: En el jardín.

Jonella: ¡Vaya…!

Sara: ¿Ha venido por su propio impulso?

Sirio: (Rápido y duro) ¡No ha venido por su propio impulso!

(A Giuncano) No quiere entrar. Quiere antes hablar contigo.

Giuncano: (Dirigiéndose hacia la puerta) ¿Conmigo?

Sirio: ¡Espera!

Jonella: ¿No decía que no quería volver?

Sara: ¿Has ido, pues, a buscarla?

Sirio: (Se volverá primero rápidamente a mirar a Sara; después dirá a Giuncano:) ¡Hazla entrar!

Sara: (Rápida, deteniendo a Giuncano) ¡Ah, no, por favor! ¡Deja que antes me vaya yo!

Giuncano: Además, yo no…

Sirio: ¡Llévatela contigo! ¡No te digo que la hagas entrar aquí!

Giuncano: Si no quiere…

Sirio: No te he dicho que no quiera. Te he dicho que quiere hablar antes contigo. Le hablarás arriba.

Sara: ¡Yo me voy! No voy a quedarme esperando a que lo ponga como condición para su regreso…

Giuncano: ¡Tendría toda la razón!

Sirio: ¡Nada de condiciones! ¡Las condiciones las pongo yo, ahora! ¡Yo, a todos, yo, que soy el único que quiere hacer algo y tiene que hacerlo!

(Cogiendo de un caballete uno de los cinceles al cual hay aún adherido un poco de barro seco, y mostrándolo a Giuncano) ¡Pero mira, mira mis cinceles…! ¡Han sido cóleras estúpidas, ridículas; y no puedo trabajar ya! ¡Ve, ve arriba! No sé qué quiere decirte. Dice que sólo puede decírtelo a ti.

Sale Giuncano.

Sara: Bueno, yo ya tengo bastante.

Jonella: Entonces, ¿puedo marcharme yo también, si ella ha vuelto?

Sirio: Tal como está, no podrá servirme.

Jonella: (A Sara) Sí, ya se lo he dicho; está desmejorada.

Sirio: No parece ella. Pasará no sé cuánto tiempo antes de que se restablezca.

Sara: ¡Tanto más edificante que hayas ido a buscarla, si no sabes qué hacer con ella!

Sirio: Cuando fui no lo sabía; pero, aun sabiéndolo, hubiera ido igualmente a buscarla.

Sara: Y la prueba es que la has traído aquí y estás haciendo todo lo posible por retenerla.

Sirio: Exacto; ¿tienes algo que decir?

Sara: ¡Pues confórmate, si estás contento! Después de todo, es tu mujer y te ha tratado bien…

Jonella: Pero si por ahora no puede servirte y necesitas una modelo…, ya que me habéis hecho venir hasta aquí…

Entra Tuda, seguida de Giuncano. Está desmejorada, con el rostro demacrado, los ojos duros, casi vidriosos.

Tuda: ¡Sí, sí, Jone! ¡Hazle tú de modelo! (A Sirio) Mira: aquí la tienes a ella, y para lo que quieres, te ha de servir mucho más que yo. Así podré marcharme. ¡Dale lo que te pide!

Sirio: ¡No, no!

Jonella: (Simultáneamente) ¿Qué tendré que ver yo…?

Tuda: (Simultáneamente) ¡Sí, sí!

Sirio: ¡No es posible!

Jonella: (Simultáneamente) Lo he dicho, porque él…

Tuda: (A Giuncano) ¡Vámonos! ¡Vámonos!

Sirio: (Con fuerza) ¡Te digo que no es posible, ¡qué diantre!, que yo me ponga a trabajar ahora con otra!

Sara: (A Tuda) Y usted puede calmarse; sé que ha sido él quien ha ido a buscarla.

Tuda: Sí, él; y dile dónde; y si me había ocultado sabiendo que me buscaba; dile también quién me espió, y si ahora te he seguido para quedarme… ¡No quiero quedarme!

Sirio: Te quedarás.

Tuda: ¡No!

(A Giuncano) Me iré con usted y me quedaré con usted.

Sirio: ¡Pero si me has prometido…!

Tuda: Sí…, que volvería…

Sirio: No… Me has prometido que te quedarías aquí…

Tuda: ¡No, no!

Sirio: Sí… Después de haber hablado con él. (Señala a Giuncano) Así me has dicho.

Tuda: Aquí no me quedo…, no, no… No quiero estar más aquí… Volveré sólo para trabajar, cuando de nuevo pueda. Ahora, me voy.

Jonella: ¿Y yo, entonces?

Tuda: ¡No puedes quedarte tú tampoco, Jone! No porque quiera quitarte el pan, puesto que lo he despreciado…, sí, despreciado, así como el nombre que me ha dado, y los trajes, y la casa… ¿Qué gusto quieres que me dé hacer de señora? Si eso me hubiera complacido, no habría hecho lo que he hecho. Pero quiero que te convenzas… ¡Ven, mira!

La arrastra hacia la cortina, agarra un extremo y con un violento tirón hace correr las anillas por el travesaño al cual está suspendida.

Aparece, grande, sobre el caballete, la estatua sin terminar…

Tuda: ¡Mira! ¡Mírala bien! Mírala a los ojos! ¡Los ojos…! Y ahora los míos… ¿Ves? Son los míos éstos de la estatua…, tal como me los estás viendo ahora…; ¡ojos de loca…! Porque ellos los han hecho volver así…, ellos…, ¡ellos dos…! (Señala a Sirio y a Sara) ¿Te parece que hay todavía amor en estos ojos? ¡Di! ¡Di!

Jonella: Me parecen los ojos de una gata

Giuncano: ¡De una gata acosada y apaleada…

Tuda: ¡Hay en ellos odio, odio por el suplicio que me han hecho sufrir los dos! ¡Ella… (señala la estatua) no tenía al principio estos ojos…! ¡Sus ojos eran muy distintos! Él me ha cogido los míos y se los ha dado. ¡Mírala…! ¿Y esta mano, aquí, que toca la cadera…? ¿La ves? ¡Estaba abierta, al principio, esta mano! ¿Ves? Ahora está cerrada, es un puño cerrado. Me la han hecho cerrar ellos, me han hecho cerrar el puño, así, para resistir el suplicio… Y la estatua, ¿ves…?, también ella la tenía abierta; ahora ha tenido que cerrarla. ¡Yo he visto cómo la cerraba! ¡No ha podido hacer menos! ¡No es ya la que él quería hacer! ¡Ya no soy yo, ahora, ésta! ¿comprendes…? No puedes ser tampoco tú, Jone, ni ninguna otra… ¡Vete!

Sirio: ¡Sí, sí, fuera, fuera, basta!

Jonella: ¡Por mí…! Yo había venido porque…

Sara: Porque la había llamado yo.

Sirio: (Rápido) Y ahora se va…

Jonella: ¿Me pagarás por lo menos, la molestia de haber venido hasta aquí?

Sirio: Sí, sí, está bien; ahora vete.

Jonella: ¡Adiós, señora! ¡Adiós, Tuda!

Se dirige hacia la puerta.

Tuda: No, espera, vengo yo también… Quiero solamente decir a la señora… (Jonella se encoge de hombros y se va) que el derecho de hacer lo que he hecho, ¿sabe quién me lo ha dado? ¡Él!

Sirio: ¿Yo?

Tuda: ¡Tú, tú…, sí! Aprovechándote de cuanto he sufrido yo aquí, en el alma y en el cuerpo, ante tus ojos…, por causa de ella… (Señala a Sara)

Sara: ¿Por causa mía…?

Tuda: ¡De usted, sí, de usted, que lo ha hecho a propósito!

Sara: ¡Ah, no, querida!

Giuncano: ¡No lo niegue usted! ¡Me lo ha confesado a mí!

Tuda: Y él ha comprendido que lo hacía a propósito y se ha aprovechado de ello…

Sara: ¡Ah, esto sí! ¡E incluso se ha aprovechado de mí!

Tuda: ¡Porque ya no la quería! ¡Ya no la quería!

Sara: ¡Si lo sé! Y le ha convenido hacer ostentación ante todos de que seguía sus relaciones conmigo, para que nadie creyese que se había casado con usted en serio.

Tuda: ¡Ah! ¿Había usted comprendido esto? ¿Y se ha prestado a ello…? ¿La oye, maestro? ¿Y todo por maldad contra mí? ¿No por celos?

Sara: ¿Yo? ¿Celos de usted?

Tuda: ¿Ah, sí? ¿Y me dijo que podía usted ser más que yo, cuando yo estaba allí, tal como era, ante los ojos de él?

Sara: Una cosa tan admirable que para que no pudiese nadie creer que le pertenecía, ha preferido, como le digo, aprovecharse de mí…

Tuda: (Con ímpetu, radiante) ¡No, señora, no! ¡No se ha aprovechado de esto…, no lo crea! Se ha aprovechado de usted, como de mí, por una estatua… Ha aprovechado cuanto usted me ha hecho sufrir (creía que por celos, ahora sé que era por maldad)…, porque convenía a su estatua.

(Viendo a Sirio que, sonriendo, le hace signos afirmativos) Mire, ¿lo ve usted? ¡Dice que sí! ¡Sonríe y dice que sí!

Giuncano: ¡No te rías, no te rías! ¡No me provoques!

Sirio: ¡Qué va, déjate de provocaciones! Me río porque me gusta muchísimo que ella haya comprendido tan bien…

Giuncano: ¿La tortura a la cual la has sometido?

Sirio: ¡No! Que yo no estaba aquí como un idiota haciendo la ridícula figura del hombre disputado por dos mujeres. (Y ríe de nuevo)

Tuda: (Rápida a Giuncano) ¡Déjele, déjele que ría! ¡Me gusta que se ría y que él mismo confiese que se ha aprovechado de la situación! Lo he comprendido en seguida, ¿sabe usted? Porque cuando estaba allí arriba (señala la tarima) hubiera debido gritarme: «¡No pongas estos ojos!», «¡Abre esta mano!» Y no me lo gritó nunca…

Giuncano: Dejó que la estatua cerrase la mano y pusiese esos ojos…

Tuda: ¡Eso es! ¿Y de esto…, ¿ve…?, he querido vengarme con aquel estúpido!

(A Sirio) Porque tú, que en mí habías comprado únicamente la modelo, debías valerte de esa modelo para tu estatua, tal como yo era; no de mí, que sufría para convertirme en otra… ¿Ya sabe, maestro, lo que yo he hecho?

Giuncano: Sí, lo sé.

Tuda: ¡Pues lo he hecho por esto! ¿Usted me comprende?

(Volviéndose a Sirio) ¡Y sobre aquella misma mejilla que tú le has cortado, a aquel imbécil, yo le había dado un bofetón, porque no quería entender que me iba con él únicamente para hacerle de modelo! ¡No lo he hecho por nada más!

Giuncano: Un artista, querida, cree tener derecho a aprovecharse de todo.

(Volviéndose, sombrío y fiero, hacia Sirio) ¡Pero delante de mí, no, fíjate bien! ¡Porque yo, a la vida, la he vengado sobre mi mismo arte! ¡No admito este derecho del artista!

Sirio: No lo admites, ¿y qué?

Giuncano: ¡No lo admito y te lo niego, tanto más cuanto que se trata de la vida de los demás!

Sirio: ¿Tienes alguna razón particular para defenderla?

Giuncano: ¡La tengo! Y te digo: ¡ten cuidado! (Mostrándole a Tuda) ¿No ves lo que has hecho con la vida de los demás?

(Coge con ambas manos el rostro de Tuda) ¡Mírala! ¡Mírala!

Tuda: (Liberándose de sus manos, con alegría, como si gozase en su propio tormento) ¡No importa! ¡No importa! ¡Déjale reír!

Sara: ¡Ah, pero de mí, no! ¡Basta ya! ¡Les aseguro que de mí no se ríe más! (Va a salir)

Tuda: (Deteniéndola, rápida) ¡No! ¿Cómo que basta, señora? ¿Querría acaso que, después de lo que me ha hecho usted sufrir, no terminase su estatua? ¡Ah, no…! ¡Tiene que terminarla! ¡Tiene que terminarla! ¡Y, por consiguiente, usted tiene que seguir viniendo aquí!

Sara: ¡No…! ¡Basta! ¡Basta ya!

Tuda: ¡Oh, sí! ¡Para que la estatua tenga estos ojos! ¿Comprende? Si quiere terminarla tal como está ahora, tiene que tener estos ojos… ¡Y, por consiguiente, usted tiene que seguir viniendo! ¡Debe tenerlos! ¡Quiero verme en ella con estos ojos…!

Giuncano: (A Tuda) ¿Y cómo, tonta, si con ello te desmejoras así?

¿No comprendes que tener estos ojos hace que te adelgaces tanto que luego no podrás servirle de modelo para otra estatua?

Tuda: (Con desesperación, exaltándose) ¡Ah, sí, es verdad… es verdad…! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué podría hacer…? Es verdad… ¡Así no puedo, no puedo…! ¡Es cierto! ¡Ah, Dios mío… Dios mío! ¿Qué hago…?

(A Giuncano) ¿Usted lo comprende? Estar allí… (señalando a la tarima) allá con mi carne, con mi sangre, con estos ojos míos que veían lo que hacía de mí, cómo me absorbía, me absorbía toda para su estatua; estar yo allí…, viva… ¡y no ser nadie! ¿Es posible? ¡Si al menos no se hubiese dado cuenta de que sufría! Pero se dio cuenta, se dio cuenta, si se me pusieron así los ojos es posando para su estatua. Lo sé, lo sé… Yo, para él, no representaba nada… ¡y, sin embargo, era de carne!, ¡de una carne que ha sido macerada! ¿Qué hago, ahora? ¿Qué hago?

Rompe a llorar desesperadamente.

En el estudio ha oscurecido. Sólo la estatua, bajo la luz que penetra por la claraboya, se ve claramente. Los cuatro que están junto a ella son como sombras en la sombra.

Giuncano: (A Sara) ¡Váyase! ¡Váyase! ¡Usted ya no tiene nada que hacer aquí! ¡Déjenos solos! Aquí se hará justicia ahora. ¡Váyase!

(Y apenas Sara Mendel, sin decir nada, se habrá marchado, se volverá hacia Sirio, mientras Tuda sigue llorando) ¡Tú hubieras debido casarte con un fantoche de cartón, para que posase para tu estatua! Hubiera posado ante ti, impávido, como debe ser, para tu estatua, también impávida; tiempo sin edad… ¡la cosa más espantosa!

Sirio: ¿Cómo, sin edad?

Giuncano: La edad… que es el tiempo cuando se convierte en humano… el tiempo, cuando duele… Somos de carne; esta pobrecilla que no es ya como debería ser para tu estatua, sino como puede ser después de haber sufrido lo que vosotros… tú y la otra… le habéis hecho sufrir…

Tuda: (Todavía entre lágrimas) Pero si usted…

Giuncano: (Pronto) ¿Yo? ¡Yo he querido respetar en ti la vida! ¡Lo contrario de lo que está haciendo él ahora!

Sirio: (Tranquilo y frío) ¿Ah, yo no la respeto? ¿Tienes el valor de decir que no la respeto porque quiero que sirva para algo que esté más allá de lo que podamos sufrir… tú… ella… yo mismo?

Giuncano: (Irónicamente) ¿Tú?

Sirio: Si pongo en ello toda mi vida y la vida de los demás…

Giuncano: ¿Segándola?

Sirio: ¡No! ¡Al contrario, para que sea eterna!

Giuncano: Y que, mientras tanto, esa vida se apague para siempre, ¿no?

Sirio: ¿Te das tú cuenta de que esta estatua mía es hermosa? ¿Verdaderamente hermosa? Entonces, ¿qué quieres que me importe todo lo demás si después pagaré yo más que nadie mi obra terminada?

Giuncano: Si para ti la vida no tiene ya precio…

Sirio: (Rápido, con fuerza) ¡Tiene este precio: mi estatua!

Tuda: (Levantándose con ímpetu frenético) ¡Entonces, tómame! Si no puedo ya servirte para nada…

Sirio: (Contrariado) ¡Vamos, levántate…!

Tuda: ¡No! No, si es verdad que luego quieres matarme…

Sirio: (Como antes) …¡levántate, te digo…!

Tuda: ¿Cómo quieres que me levante? ¿No ves que me estoy muriendo por tu culpa?

¡Tómame, toma la vida que me queda y enciérrame allí, dentro de tu estatua!

Sirio: ¿Estás loca?

Tuda: ¡Sí, sí! ¡Que me muera dentro! ¡Si no me quieres hacer vivir!

(A Giuncano) Usted buscaba un barro ardiente para infiltrarlo dentro de las estatuas. ¡Aquí lo tiene! ¡Aquí está! ¡Yo estoy ardiendo!

(Gesticulando desesperadamente, hace ademán de arrancarse la ropa y se lanza hacia los tres peldaños de madera de la tarima que sostiene la estatua) ¡Y quiero estar ahí dentro!

Sirio: (Corriendo detrás de ella, blandiendo el cincel, y alcanzándola en el último de los tres peldaños) ¡No la toques o te mato!

Giuncano: (Como una fiera, saltando detrás de él y agarrándole con una mano por la garganta, le sujeta y ruedan los dos por el suelo) ¿Quién habla de matar? ¡Ay de ti si la tocas! ¡Te mato yo!

Tuda: ¡Oh, Dios mío, no! ¡Déjelo! ¡Déjelo!

Giuncano se incorpora ligeramente; su expresión es de loco y tiene aún la mano contraída. Sirio yace inmóvil en tierra; muerto. Tuda, casi sin voz, consternada, todavía sobre el último de tos tres peldaños, se inclina para mirar…

Tuda: ¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho? ¿Le ha matado? ¡Ah, Dios mío, le ha matado…! ¿Por mí…?

Giuncano: (Murmurando, como en una letanía) Obcecación… obcecación…

Tuda: (Desciende los tres peldaños; se inclina sobre Sirio; le toca con una mano la frente, con la otra le coge una mano) ¡Oh, Dios mío, no! ¡No! ¡Frío! ¡Muerto!

Giuncano: Obcecación…

Tuda: ¡Muerto por culpa mía, por mí, que tengo la culpa de todo!

Giuncano: Obcecación…

Tuda: ¡Yo, yo, sí, de todo…! ¡Porque no supe darle lo único que había querido de mí…!

Giuncano: Obcecación…

Tuda: (Señalando con terror la estatua, detrás de ella) ¡No supe ser aquélla…! ¡Aquélla…!

Giuncano: Obcecación…

Tuda: Yo que ahora ya no soy nada ni nadie… nadie…

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