1924 – Cada cual a su manera – Comedia en dos o tres actos

Cada cual a su manera – Comedia en dos o tres actos

In Italiano – Ciascuno a suo modo

Advertencia
Personajes, Acto Primero
Primo Intermedio Coral
Acto Segundo
Segundo Intermedio Coral

Pirandello, que comenzó su carrera literaria como narrador, cae en la cuenta más tarde de la mayor riqueza de matices del género dramático, en el que creó escuela por la especial construcción de sus piezas teatrales, su teatro disfrazado de teatro, el teatro que se hace teatral, sus trucos escénicos, la complejidad de los personajes y la originalidad de las tramas y los problemas planteados.
Cada cual a su manera parece avanzar aún más en la revolución de las formas teatrales emprendida por Pirandello: el espacio teatral es invadido por la vida.

La acción comienza con una Advertencia de Pirandello:

La representación de esta comedia deberá empezar en la calle, o mejor, delante de las puertas del teatro, con la venta de un Diario de la tarde que será pregonado por dos o tres vendedores de periódicos, y en el que irá con destacados titulares una noticia con el siguiente titular:

EL SUICIDIO DEL ESCULTOR LA VELA

Y EL ESPECTÁCULO DE ESTA NOCHE EN

EL TEATRO… (aquí el nombre del teatro),

y cuyo texto es así:

“En los círculos teatrales se ha extendido rápidamente una noticia destinada a producir un verdadero escándalo. Parece ser que Pirandello ha tomado el argumento de su nueva comedia, ‘Cada cual a su manera’, que se representa esta noche en el Teatro N.N., del trágico suicidio, ocurrido en Turín hace unos meses, del joven y llorado escultor Giacomo La Vela.

Como nuestros lectores recordarán (..) La Vela, que sorprendió (..) a su novia, la notable actriz A.M., en una escena demasiado íntima con (…), disparó contra sí mismo y se mató”.

La nota periodística estima que “es muy probable que estos hechos tengan repercusión y esta noche se produzca en el teatro algún incidente desagradable”.
Cada cual a su manera integra junto a Seis personajes en busca de autor y Esta noche se improvisa, la llamada trilogía “teatro dentro del teatro” de Pirandello.


Advertencia

La representación de esta comedia deberá empezar en la calle, o mejor, delante de las puertas del teatro con la venta de un «DIARIO DE LA TARDE» que pregonarán dos o tres vendedores de periódicos. El «DIARIO» se imprimirá en una hoja suelta, para que parezca una edición extraordinaria, que llevará en primera plana y con grandes titulares la siguiente indiscreción, de un estilo periodístico modelo:

EL SUICIDIO DEL ESCULTOR LA VELA

Y EL ESPECTÁCULO DE ESTA NOCHE

EN EL TEATRO… (aquí el nombre del teatro)

En los círculos teatrales se ha extendido rápidamente una noticia destinada a producir un verdadero escándalo. Parece ser que Pirandello ha tomado el argumento de su nueva comedia «Cada cual a su manera», que se representa esta noche en el teatro… N. N…, del trágico suicidio, ocurrido en Turín hace unos meses, del joven y llorado escultor Giacomo La Vela. Como nuestros lectores recordarán, La Vela, que, en su estudio de la calle de Montevideo, sorprendió a su novia, la notable actriz A. M., en una escena demasiado íntima con el barón de N., en lugar de lanzarse contra los culpables, disparó contra sí mismo y se mató.
Al parecer, el barón de N. estaba para casarse con una hermana de La Vela. La impresión producida por el trágico suceso se conserva todavía vivísima, no sólo por la fama
alcanzada por La Vela, en plena juventud, sino también por la posición social y la celebridad de los otros dos personajes de la tragedia. Es muy probable que estos hechos tengan repercusión y esta noche se produzca en el teatro algún incidente desagradable.

No basta. Los espectadores que lleguen al teatro a sacar las localidades, verán en las proximidades de la taquilla a la actriz cuyas iniciales ha dado el periódico, A. M. (es decir, Amelia Moreno). Estará allí, personalmente, rodeada de tres caballeros de «smoking» que en vano tratarán de convencerla para que desista de su propósito de entrar en el teatro a ver la comedia; quieren llevársela de allí; le ruegan que sea razonable, y que, por lo menos, se retire de la vista de tantas personas que pueden reconocerla; que su sitio no es aquel; que, por caridad, se deje llevar a otra parte; ¿es que quiere armar un escándalo? Pero ella, pálida, agitada, hará señas de que no; que quiere quedarse, ver la comedia, a ver hasta dónde ha llegado el atrevimiento del autor. Muerde su pañuelo y lo rompe, llama la atención, y, en cuanto se da cuenta de ello, quisiera esconderse o maldecir. Repite continuamente a sus amigos que quiere una butaca de anfiteatro, de la tercera fila; que se sentará atrás para que no la vean; que vayan, que vayan a sacar la localidad; promete que no armará escándalo; que cuando no pueda aguantar más, se marchará; una butaca de anfiteatro de la tercera fila; ¿o es que quieren que vaya ella misma a sacarla?
Esta escena improvisada, como si fuera real, deberá empezar unos minutos antes de la hora anunciada para el espectáculo, entre la sorpresa, la curiosidad, y hasta un poco de aprensión de los espectadores de verdad que estén entrando en el teatro, y durará hasta que suene el timbre para levantar el telón.
Entretanto, y simultáneamente, los espectadores que han entrado antes se encontrarán en el vestíbulo, o en el pasillo, con otra sorpresa, otro motivo de curiosidad y quizá también de aprensión, en una escena que hará allí el barón de Nuti con sus amigos.
«No os preocupéis, no os preocupéis: ¿no veis lo tranquilo que estoy? Tranquilísimo. Y os aseguro que lo estaré aún más, si os marcháis vosotros. ¡Estáis llamando la atención con estar aquí rodeándome! Dejadme solo, y nadie se fijará en mí. Soy uno de tantos espectadores. ¿Qué creéis que voy a hacer en el teatro? Sé que ella va a venir, si no ha venido ya. Quiero volver a verla. Verla solamente otra vez. Sí, sí, desde lejos. No pretendo otra cosa, tranquilizaos. Bueno, ¿queréis marcharos? ¡No me hagáis darle un espectáculo a la gente que viene a divertirse a costa mía! Quiero estar solo, ¿cómo queréis que os lo diga? Tranquilo, sí, tranquilo. ¿Más tranquilo que estoy?»
Y se paseará nervioso, con el rostro desencajado, hasta que todos los espectadores hayan entrado en la sala.

Todo esto servirá para que el público comprenda por qué la empresa del teatro ha considerado oportuno insertar en las carteleras la siguiente
NOTA: No es posible precisar el número de actos de esta comedia (si serán dos, o tres), debido a los probables incidentes que tal vez impidan terminar la representación.


PERSONAJES de la comedia que se representa:

Delia Morello
Miguel Roca
Doña Livia Palegari,
Sus invitados,
Sus amigos,
Y el Viejo amigo de la casa
Doro Palegari, su hijo
Diego Cinci, su joven amigo
Filippo, viejo mayordomo de los Palegari
Francisco Savio, el antagonista
Prestino, su amigo
Otros amigos
El Profesor de esgrima
Un mayordomo

PERSONAJES espontáneos, que actúan fuera del escenario:

La Moreno (que todo el mundo sabe quién es)
El barón De Nuti
El traspunte
Actores y actrices
El Director de la Compañía
El gerente
Acomodadores, guardias
Cinco críticos teatrales
Un viejo autor fracasado
Un joven autor
Un literarto que disprecia la literatura
El espectador pacífico, el espectator irritado
Algunos partidarios, muchos contrarios
El espectator aristocrático
Otros espectadores, señoras y caballeros


Acto Primero

Estamos en el viejo palacio de la noble señora doña Livia Palegari, a la hora de la recepción que está terminando. Al fondo, a través de tres arcos y dos columnas, se ve un salón lujosísimo, muy iluminado, y muchos invitados, señoras y caballeros. En primer término, menos iluminado, casi en la penumbra, un saloncito tapizado de damasco, con ricos gobelinos que representan, la mayor parte, escenas de asunto religioso, de modo que nos parezca estar en la capilla de una iglesia profana. En este saloncito, apenas si hay un banco y alguna silla para comodidad de los que deseen admirar los tapices. No hay puertas. Algunos invitados vendrán del gran salón del fondo, para hacerse confidencias; de dos en dos; a veces, tres.

Y, al levantarse el telón, estarán en el saloncito, conversando, un Viejo amigo de la casa y un Joven perspicaz.

El joven perspicaz: (Con atormentada expresión de gallo desplumado) ¿Y a usted qué le parece? ¿Cuál es su opinión?

El viejo: (Grandilocuente, autoritario, pero también un poco malicioso, suspirando) ¡Que cuál es mi opinión!

(Pausa) No sabría decirlo.

(Pausa) ¿Qué dicen los demás?

El joven perspicaz: Pues… unos dicen una cosa… y otros, otra.

El viejo: Por supuesto. Cada cual tiene su opinión.

El joven perspicaz: Pero, si todos hacen lo que usted: esperar a que primero opinen los demás… Eso quiere decir que ninguno está muy seguro de su opinión.

El viejo: Yo sí lo estoy de la mía. Pero la prudencia me aconseja esperar, y no hablar a tontas y a locas, por si los demás saben cosas que yo ignoro, y que podrían, en parte, modificar mi opinión.

El joven perspicaz: ¿Y si lo que usted sabe fuera todo…?

El viejo: Nunca se sabe todo, amigo mío.

El joven perspicaz: Pero, ¿su opinión…?

El viejo: La tengo por cierta… hasta que me demuestren lo contrario.

El joven perspicaz: ¿Por cierta? No, señor. Admitir que nunca se sabe todo, presupone que existe siempre una prueba en contrario.

El viejo: (Lo mira, sonríe, y pregunta) ¿Y con eso quiere usted deducir que no tengo ninguna opinión?

El joven perspicaz: Si es cierto lo que usted acaba de afirmar, nadie puede tener opinión.

El viejo: Y eso, ¿no es ya una opinión?

El joven perspicaz: Sí. Pero negativa.

El viejo: ¡Mejor que no tener ninguna, amigo mío! ¡Mejor que no tener ninguna!

Lo coge del brazo y se van hacia el salón del fondo.

Pausa.

Se ve a algunas señoritas ofreciendo té y pastas a los invitados. Dos jóvenes señoras avanzan con cautela. 

La primera: (Impetuosa) ¡Me devuelves la vida! ¡Me devuelves la vida! ¡Cuéntame, cuéntame!

La otra: ¡Pero si te aseguro que sólo es una impresión mía! Puedo equivocarme.

La primera: ¡Cuando tú has tenido esa impresión, es que hay algo de cierto! ¿Estaba pálido? ¿Sonreía con tristeza?

La otra: No debí dejarlo marchar. ¡Me lo decía el corazón! Tuve sus manos entre las mías, hasta la puerta. Se había alejado ya un paso fuera de la puerta, y aún le retenía la mano. Nos habíamos dado ya el beso de despedida, pero nuestras manos no querían soltarse. Cuando entré… caí hecha un mar de lágrimas. Pero, dime, por lo que más quieras: ¿no hizo ninguna alusión?

La otra: Alusión ¿a qué?

La primera: No… Quiero decir si… así, hablando en general, como ocurre muchas veces…

La otra: No. No hablaba. Estaba escuchando lo que decían los demás.

La primera: Porque sabe el daño que nos hacemos unos a otros por esa maldita necesidad de hablar. Mientras no estemos seguros de lo que decimos, deberíamos estar todos con la boca cosida. Hablamos, y nunca sabemos lo que estamos diciendo. Pero… ¿estaba triste? ¿Era triste su sonrisa? ¿Qué decían los otros? ¿No lo recuerdas?

La otra: Pues no recuerdo. Y no quisiera hacerte concebir ilusiones. Yo puedo equivocarme. Pudo parecerme a mí que sonreía con tristeza, y a lo mejor estaba él completamente indiferente. ¡Espera! Sí: cuando uno dijo…

La primera: …¿qué dijo…?

La otra: …una frase… Espera…: «Las mujeres, como los sueños, no son nunca como las deseamos…»

La primera: ¿No fue él el que dijo esa frase?

La otra: No, no.

La primera: ¡Dios mío! Y, entretanto, yo sin saber si me equivoco o no. Yo, que siempre me he jactado de obrar a mi antojo… Soy buena, pero puedo llegar a ser terrible; y entonces ¡pobre de él!

La otra: Querida amiga, no renuncies a ser como eres.

La primera: ¿Y cómo soy? Ya, ni sé siquiera. Te juro que ya no lo sé. Todo está en el aire, sin consistencia. Voy de un lado para otro, me río… para irme luego sola a un rincón… a llorar. ¡Qué manía! ¡Qué angustia! Y continuamente me tapo la cara delante de mí misma. ¡Tanto me avergüenzo de verme cambiar!

Llegan otros invitados: dos jovencitos aburridos, muy elegantes, y Diego Cinci. 

El primero: ¿Molestamos?

La otra: No, no, al contrario. Acérquense.

El segundo: Esta es la capilla de las confesiones.

Diego: Ya. Doña Livia debería tener aquí, a disposición de sus invitados, un sacerdote y un confesionario.

El primero: ¿Para qué un confesonario? ¡La conciencia! ¡La conciencia!

Diego: Muy bien, muy bien: ¿y qué haces con la conciencia?

El primero: ¡Cómo! ¿Con la conciencia?

El segundo: (Solemne) «Mea mihi conscientia pluris est quam hominum sermo.»

La otra: ¿Cómo, cómo? ¿Habla usted en latín?

El segundo: Cicerón, señora. Todavía lo recuerdo del bachillerato.

La primera: ¿Y qué significa?

El segundo: (Como antes) «Me fío más del testimonio de mi conciencia que de los discursos del mundo entero.»

El primero: Cualquiera de nosotros hubiera dicho más modestamente: «Tengo mi conciencia y me basta.»

Diego: Si viviéramos solos.

El segundo: (Perplejo) ¿Qué quiere decir «si viviéramos solos»?

Diego: Que nos bastaría. Pero entonces, ni siquiera existiría la conciencia. Desgraciadamente, queridos amigos, estoy yo aquí, y estáis aquí vosotros. ¡Desgraciadamente!

La primera: ¿Desgraciadamente?

La otra: (Irónica) ¡Muy amable!

Diego: Claro; porque tenemos que ajustar cuentas con los demás, siempre, señora mía.

El segundo: En absoluto. Yo tengo conciencia

Diego: … ¿y no quieres comprender que tu conciencia significa «los demás dentro de ti»?

El primero: La acostumbrada paradoja.

Diego: ¿Pero qué paradoja? (Al segundo) ¿Qué quiere decir eso de que «tú tienes tu conciencia y te basta»? Que los demás puedan pensar de ti y juzgarte como les plazca, aunque sea injustamente; que sólo te interesa tener la seguridad de no haber hecho daño a nadie. ¿No es así?

El segundo: ¡Por supuesto!

Diego: ¡Bravo! ¿Y quién te da esa seguridad, sino los demás?

El segundo: ¡Esta es buena! ¡Yo mismo! Mi conciencia, precisamente.

Diego: Porque crees que los demás, en tu caso, habrían obrado como tú. ¡Por eso, amigo mío! Y porque, aparte de casos concretos y particulares que se dan en la vida… hay ciertos principios sobre los cuales todos estamos de acuerdo.¡Cuesta tan poco! Pues mira: si te encierras desdeñosamente en tu torre de marfil y sostienes que «te basta con tu conciencia», es porque sabes que todo el mundo te censura algo, e incluso se ríe de ti. Si no, no dirías eso. El hecho es que los principios siguen siendo abstractos. Nadie consigue verlos como los ves tú en tu caso particular, ni comprende nadie el acto que tú has realizado. Y entonces, ¿para qué te basta tu conciencia? ¿Quieres decírmelo? ¿Para sentirte solo? ¡Disparate! La soledad te asusta. ¿Y para qué, entonces?: te imaginas que todos los cerebros son como el tuyo, y que, llegado el caso, no tienes más que apretar el resorte para que te digan sí o no, según te convenga. Y eso te reconforta y te tranquiliza. ¡No me digas que no es un juego ventajoso, eso de que te basta tu conciencia!

La primera: Se hace tarde. Tenemos que marcharnos.

La otra: Sí, sí. Nos vamos todos. (A Diego, fingiéndose escandalizado) ¡Pero qué discursos!

El primero: Vamos; vamos nosotros también.

Vuelven al salón para saludar a la dueña de la casa y marcharse. Los pocos invitados que todavía quedan, van despidiéndose de Doña Livia, la cual, al final, avanza conversando con Diego Cinci, muy agitada. La siguen el Viejo amigo de la casa que vimos al principio del acto, y otro Viejo amigo.

Doña Livia: No, no, querido, no se vaya. Es usted el amigo más íntimo de mi hijo. Estoy toda asustada. Dígame, dígame si es verdad lo que acaban de referirme estos viejos amigos.

Viejo amigo primero: Pero si son sólo suposiciones, doña Livia.

Diego: ¿Acerca de Doro? ¿Qué le ha ocurrido?

Doña Livia: (Sorprendida) ¡Cómo! ¿Pero usted no sabe nada?

Diego: No. No será nada grave, me figuro, cuando yo no me he enterado.

Segundo viejo: (Cerrando los ojos para atenuar la gravedad de lo que dice) El escándalo de anoche.

Doña Livia: ¡En casa de Avanzi! La defensa de… de esa… ¿cómo se llama…? de esa individua.

Diego: Pero ¿qué escándalo? ¿Qué individua?

Viejo amigo primero: (Como antes) ¿Cuál va a ser? La Morello.

Diego: ¡Ah! ¿Se refieren a Delia Morello?

Doña Livia: Luego, usted la conoce.

Diego: ¿Y quién no la conoce, señora?

Doña Livia: ¿Y mi Doro, también? Luego es verdad. ¡La conoce!

Diego: Supongo que la conocerá. Pero ¿de qué escándalo se trata?

Doña Livia: (Al Viejo amigo primero) ¡Y usted me decía que no…!

Diego: Como la conoce todo el mundo, señora. Pero ¿qué ha sucedido?

Viejo amigo primero: ¡Eso es! Lo que yo decía. «A lo mejor, ni siquiera ha hablado nunca con ella.»

Segundo viejo: ¡Claro! La conocerá por su fama.

Doña Livia: ¡Y se puso a defenderla…! ¡Hasta casi llegar a pegarse…!

Diego: …¿con quién?

Segundo viejo: …con Francisco Savio.

Doña Livia: ¡Es increíble! ¡Llegar hasta ese extremo! Y en una casa respetable… ¡por una mujer como esa!

Diego: Quizá, al discutir…

Viejo amigo primero: …claro. En el acaloramiento de la discusión…

Segundo viejo: …como pasa muchas veces.

Doña Livia: Por favor, no traten ustedes de engañarme. (A Diego) Dígame, dígame usted, querido Diego. Usted conoce todos los asuntos de Doro…

Diego: …puede usted estar tranquila, señora…

Doña Livia: … ¡no! Si es usted un verdadero amigo de mi hijo, tiene usted el deber de decirme francamente todo lo que sepa.

Diego: ¡Pero si no sé nada! Y la verdad es que nada debe de haber ocurrido. ¿Va usted a hacer caso de habladurías?

Viejo amigo primero: No, no es eso…

Segundo viejo: …no se puede negar que ha causado impresión a todo el mundo.

Diego: ¡Pero ¿el qué? por el amor de Dios!

Doña Livia: ¡Esa defensa escandalosa! ¿Le parece poco?

Diego: Pero ya sabe usted, señora, que desde hace tres semanas no se habla más que del caso de Delia Morello. En todas partes. Hasta en los periódicos. ¿No lo ha leído usted?

Doña Livia: Sí. ¡Que un hombre se suicidó por ella!

Viejo amigo primero: Un joven pintor: Salvi.

Diego: Jorge Salvi, en efecto…

Segundo viejo: …que prometía tanto, según parece.

Diego: Y parece ser que no es el primero.

Doña Livia: ¡Cómo! ¿Ha habido otro antes…?

Viejo amigo primero: …sí. Eso decía un periódico…

Segundo viejo: …¿que ya otro se había matado por ella…?

Diego: …un ruso, hace años, en Capri.

Doña Livia: ¡Dios mío, Dios mío!

Diego: ¡Por favor, no piense usted ya que Doro va a ser el tercero! Crea usted, señora, que, aun lamentando el trágico fin de un artista como Jorge Salvi, después de conocer el desarrollo del hecho, se puede intentar también la defensa de esa mujer.

Doña Livia: ¿También usted?

Diego: También yo. ¿Por qué no?

Segundo viejo: ¿Desafiando la indignación de todo el mundo?

Diego: Sí, señor: le digo que se la puede defender.

Doña Livia: ¡Dios mío! ¡Mi Doro que era tan serio!

Viejo amigo primero: ¡Tan reservado!

Segundo viejo: ¡Tan digno!

Diego: Si le llevaron la contraria, es posible que se excediera… que se dejara llevar…

Doña Livia: No, no. ¡No trate usted de engañarme! ¿Es una actriz esa Delia Morello?

Diego: Es una loca, señora.

Viejo amigo primero: Pero ha sido actriz de comedia.

Diego: La han despedido de todas las compañías, por sus extravagancias. Tanto, que ya no hay quien quiera contratarla. «Delia Morello» será un nombre de guerra. ¡Cualquiera sabe quién es, ni de dónde procede!

Doña Livia: ¿Es guapa?

Diego: Guapísima.

Doña Livia: ¡Todas lo mismo, esas condenadas! ¿Y Doro la habrá conocido en el teatro?

Diego: Creo que sí. Pero debe haber hablado con ella muy pocas veces. En el camerino, quizá. Y, en el fondo, no es una mujer tan terrible como todos se figuran. Puede usted estar tranquila.

Doña Livia: ¿Después de haberse matado dos hombres por ella?

Diego: Yo no me habría matado.

Doña Livia: Les haría perder el juicio a los dos.

Diego: Yo no lo habría perdido.

Doña Livia: ¡Pero yo no temo por usted! ¡Temo por Doro!

Diego: No tema nada, señora. Y crea usted que, si esa desgraciada ha hecho daño a otros, el mayor daño se lo ha hecho siempre a sí misma. Es una de esas mujeres víctimas de su destino, siempre desplazadas, huyendo siempre, y sin saber nunca adonde irán a parar. A veces me parece una pobre niña miedosa que busca dónde refugiarse.

Doña Livia: (Impresionadísima, agarrándolo por el brazo) ¡Diego! ¡Eso lo ha dicho Doro!

Diego: No, señora.

Doña Livia: (Insistiendo) ¡Sea usted sincero, Diego! ¡Doro está enamorado de esa mujer!

Diego: Pero ¿no le he dicho que no?

Doña Livia: (Como antes) Sí, sí. Está enamorado de ella. Esas frases son las de un enamorado.

Diego: Pero las he dicho yo, no las ha dicho Doro.

Doña Livia: No es verdad. Esas frases son de Doro. No habrá quien me lo quite de la cabeza.

Diego: (Viéndose cogido) ¡Oh, Dios mío…! (De pronto, inspirado, con voz clara) Señora… ¿No se imagina usted… ¡qué sé yo…! una calesa… por la carretera… a través de los campos… en un día de sol espléndido…?

Doña Livia: (Asombrada) ¿Una calesa? ¿Y qué tiene que ver…?

Diego: (Con ira, verdaderamente conmovido) Señora, ¿sabe usted cómo me encontré yo mientras velaba a mi madre moribunda? ¡Viendo a un insecto de alas planas y seis patas, caído en un vaso de agua que había encima de la mesilla! ¡Y no me di cuenta de la muerte de mi madre! ¡Tan absorto estaba mirando la fe que aquel insecto tenía en sus patas traseras, más largas que las otras, para poder saltar! Nadaba desesperadamente. No renunciaba a la idea de saltar, aun dentro del líquido. Y algo que se le había pegado a las patas se lo impedía. Ante la inutilidad de sus esfuerzos, se limpiaba con sus patas delanteras, y volvía a su intento. Estuve más de media hora observándolo. ¡Lo vi morir… y no vi morir a mi madre! ¿Ha comprendido usted? ¡Déjeme en paz!

Doña Livia: (Confusa, asombrada, después de haber mirado a los otros dos, también confusos y asombrados) Le ruego me dispense… Pero no veo qué relación…

Diego: ¿Le parece absurdo? Mañana se reirá usted, se lo digo yo, de toda esa vana preocupación por su hijo… cuando se acuerde de la calesa que he hecho pasar delante de usted para distraerla. Yo no puedo reírme lo mismo cuando me acuerdo de aquel insecto que tuve a la vista mientras moría mi madre.

Pausa.

Doña Livia y los dos amigos, después de esta brusca derivación, se miran de nuevo más asombrados que nunca, sin conseguir, a pesar de su buena voluntad, relacionar la calesa con el tema de su conversación. Diego Cinci está seriamente conmovido por el recuerdo de la muerte de su madre, por lo que Doro Palegari, que entra en este momento, lo encuentra en ese estado de ánimo.

Doro: (Sorprendido, después de una mirada) ¿Qué ha pasado?

Doña Livia: (Recobrándose) ¡Ah…! ¡Por fin estás aquí! Doro, Doro, hijo mío, ¿pero qué has hecho? Estos amigos me han dicho…

Doro: (Fuera de sí, irritadísimo) …lo del escándalo, ¿verdad? Que estoy loco por Delia Morello, ¿no? Todos los amigos que me encuentro en la calle me hacen un guiño: «Y Delia Morello, ¿eh?» ¡Pero, por Dios! ¿En qué mundo vivimos?

Doña Livia: Porque tú…

Doro: …¿Yo, qué? ¡Es increíble, palabra de honor! ¡Ha llegado a ser un escándalo!

Doña Livia: …has defendido…

Doro: …¡no he defendido a nadie!

Doña Livia: …en casa de Avanzi, anoche…

Doro: …en casa de Avanzi, anoche, oí a Francisco Savio hablar del suicidio de Salvi, del que habla todo el mundo.

Expresó una opinión que me pareció injusta, y la combatí. Eso es todo.

Doña Livia: Pero dijiste cosas…

Doro: …¡es posible que dijera muchas tonterías! ¿Acaso sé yo lo que dije? Las palabras salen solas, una tras otra. ¿Pero es que no puede uno opinar sobre las cosas que ocurren? Creo que un acontecimiento puede tener muchas interpretaciones, según quien lo juzgue. Hoy de manera… y mañana quizá de otra. Si veo mañana a Francisco Savio, estoy dispuesto a reconocer que tenía razón él, y que era yo el que se equivocaba.

Viejo amigo primero: ¡Ah…! ¡Eso es muy bueno!

Doña Livia: ¡Hazlo, Doro! ¡Sí, hazlo, hijo mío…!

Segundo viejo: …para zanjar la cuestión de una vez.

Doro: Pero no es por eso. Me importa un bledo todo lo que digan. Lo que quiero es vencer en mí mismo esta indignación que experimento…

Viejo amigo primero: …es justo; sí, sí, es justo.

Segundo viejo: …al verse mezclado…

Doro: ¡Nada de eso! Francisco Savio dijo algo que era inexacto. Yo discutí… y exageré la nota, llevado por el calor de la discusión. Pero reconozco que, en el fondo, tenía razón Francisco Savio. Ahora, después de reflexionar, lo veo así, y estoy dispuesto a reconocerlo delante de él… delante de todos, para acabar de una vez con esta historia. Más, no puedo hacer.

Doña Livia: ¡Muy bien, muy bien, Doro mío! Me alegro mucho de que reconozcas desde ahora, aquí, delante de tu amigo, que no se puede defender a una mujer como ésa.

Doro: ¿Por qué él también decía que puede defenderse?

Viejo amigo primero: Sí… lo decía; pero… por pura fórmula… para tranquilizar a tu madre…

Doña Livia: ¡Sí! ¡Vaya un modo de tranquilizarme! Menos mal que me has tranquilizado tú ahora. Gracias, Doro mío.

Doro: (Sorprendido por el agradecimiento) Pero, ¿hablas en serio? ¿Ves? ¡Me pones más indignado que estaba!

Doña Livia: ¿Porque te doy las gracias?

Doro: ¡Naturalmente! ¿Por qué me das las gracias? ¿Es que tú también has podido creer…?

Doña Livia: ¡No, no!

Doro: Entonces, ¿por qué me das las gracias, y dices que has quedado tranquila «ahora»?

Doña Livia: No pienses más en ello, hijo mío.

Doro: (A Diego) ¡Cómo! ¿Tú crees que se podía defender a Delia Morello?

Diego: Deja ya ese asunto. ¡Ahora que tu madre se había tranquilizado…!

Doro: No, no. Me gustaría saberlo.

Diego: ¿Para seguir discutiendo conmigo?

Doña Livia: ¡Basta, Doro!

Doro: (A su madre) No. Es por curiosidad.

(A Diego) Por ver si tus argumentos son los mismos que esgrimía yo contra Francisco Savio.

Diego: Y en ese caso… ¿cambiarías de nuevo tu opinión?

Doro: ¿Crees que soy una veleta? «No se puede afirmar – decía yo – que Delia Morello deseara la ruina de Salvi por el hecho de traicionarlo con otro las vísperas de la boda; porque la ruina de Salvi hubiera sido precisamente su matrimonio con ella.»

Diego: ¡Eso es! ¡Muy bien! Pero ¿sabes lo que le pasa a un cirio apagado en un entierro? Que deja de verse la llama… ¡pero se ve el humo!

Doro: Que estoy de acuerdo contigo: que la Morello lo sabía; y que precisamente por eso no quería ir al matrimonio. Pero todo esto no está claro… quizá ni para ella misma. Y en cambio, ven todos el humo de su supuesta perfidia.

Doro: (Rápido, con ardor) ¡No, no, querido amigo! ¡La perfidia no era supuesta! ¡Era real… y refinadísima! Hoy he pensado mucho sobre ello. Ella aceptó al otro, a Miguel Roca, para vengarse de Salvi, como sostenía anoche Francisco Savio.

Diego: ¡Y ahora resulta que tú estás de acuerdo con Francisco Savio! Vamos a hablar de otra cosa.

Viejo amigo primero: ¡Muy bien! Ante tal razonamiento, es lo mejor que se puede hacer. Y nosotros nos vamos, Doña Livia… (Le besa la mano)

Segundo viejo: (Lo mismo) …celebro que todo se haya puesto en claro. (A los dos jóvenes) Buenas noches, amiguitos.

Viejo amigo primero: Buenas noches, Doro. Hasta la vista, Diego.

Diego: Buenas noches. (Lo lleva aparte, y le dice en voz baja, maliciosamente:) ¡Enhorabuena!

Viejo amigo primero: (Atolondrado) ¿Por qué?

Diego: Noto con placer que en usted hay siempre escondido algo que, por fortuna, nunca sale a la superficie.

Viejo amigo primero: ¿En mí? ¡No…! ¿El qué?

Diego: ¡Vamos…! Usted se guarda lo que piensa. Pero estamos de acuerdo, ¿sabe?

Viejo amigo primero: ¡Mmmm…! No caigo… ¡qué quiere que le diga!

Diego: (Llevándoselo un poco más aparte) ¡Yo, incluso me casaría con ella! Pero, con lo que tengo, apenas si me basta para mí. Sería como acoger a otro bajo el sombrero cuando llueve… ¡para mojarnos los dos!

Doña Livia: (Que entretanto, tranquilizada, ha estado conversando con Doro y el otro Viejo amigo; volviéndose al primero, que ríe) ¿Qué es eso, amigo mío…? ¿De qué se ríe…?

Viejo amigo primero: Nada: ¡bribonadas!

Doña Livia: (Cogida de su brazo, y seguida por el otro Viejo amigo, avanza hacia el salón, del que desaparecen por la derecha mientras siguen hablando) …si va usted mañana a casa de Cristina, dígale que esté preparada a la hora convenida…

Desaparecen Doña Livia y los dos viejos. Doro y Diego quedan un rato en silencio. A sus espaldas, el salón desierto e iluminado hace una curiosa impresión.

Diego: (Abriendo los dedos de las dos manos en abanico y cruzándolos para formar una especie de red se acerca a Doro para mostrársela) Así es… mira… ¡Así…!

Doro: ¿El qué?

Diego: …la conciencia de que hablábamos hace un momento. Una red elástica, que, si se afloja un poco, ¡adiós!, se escapa la locura que anida dentro de cada uno de nosotros.

Doro: (Después de un breve silencio, consternado y receloso) ¿Lo dices por mí?

Diego: (Casi para sí) Se nos aparecen como fantasmas las imágenes acumuladas durante tantos años, fragmentos de vida que tal vez hemos vivido, y nos ha permanecido oculta, porque no hemos querido, o no hemos podido reflejarla en nosotros a la luz de la razón; actos ambiguos, mentiras vergonzosas, secretos rencores, crímenes meditados a la sombra de nosotros mismos hasta en los últimos detalles, deseos inconfesados: todo, todo nos sale a relucir, y nos deja desconcertados y horrorizados.

Doro: (Como antes) ¿Por qué dices eso?

Diego: (Mirando fijamente al vacío) Llevaba nueve noches sin dormir…

Se interrumpe para dirigirse de pronto a Doro

Diego: ¡Prueba, prueba a no dormir durante nueve noches seguidas…! Aquella tacita de mayólica que había encima de la cómoda, con una sola listita azul… Y aquel tin-tin, ¡qué muerte, aquella campana! Ocho, nueve… las contaba todas: diez, once… la campana del reloj… doce… Y luego, a esperar que diera el cuarto. No hay ningún afecto que resista, cuando has descuidado las necesidades primordiales que hay que satisfacer. Sublevado contra la suerte feroz que conservada todavía allí, agonizante e insensible, el cuerpo…, ya sólo el cuerpo, casi irreconocible, de mi madre… ¿sabes lo que pensé…? Pensé que… ¡Dios mío, ya podía acabar de una vez con aquel estertor!

Doro: Pero tu madre murió hace ya más de dos años, ¿no?

Diego: Sí. ¿Sabes cómo me sorprendí a mí mismo durante un momento en que cesó aquel estertor, en el terrible silencio de la habitación, al volver la cabeza, no sé por qué, a la luna del armario? Inclinado sobre el lecho, quise cerciorarme de si estaba muerta. Como si quisiera que yo la viera, mi cara conservaba en el espejo la expresión indecisa con que había mirado para espiar con un susto casi alegre… la liberación. Y en aquel momento, al oír de nuevo el estertor, me horroricé de mí mismo de tal modo que me tapé la cara, como si hubiera cometido un crimen. Y rompí a llorar… y sentí el deseo de que ella me consolara, como cuando era niño; que me compadeciera por aquel horrible cansancio… que me había hecho desear su muerte; pobre mamá, que pasó tantas noches sin dormir, para cuidarme a mí cuando era pequeño y estaba enfermo…

Diego: (Encogiéndose de hombros) Pero ¿por qué te has irritado tanto cuando tu madre te agradeció que la hubieras tranquilizado?

Doro: Porque había podido suponer, también ella…

Diego: No me digas: que tú y yo nos entendemos con sólo mirarnos.

Doro: (Encogiéndose de hombros) Pero ¿qué has entendido?

Diego: Si no fuera verdad, te habrías reído en lugar de enfurecerte.

Doro: ¡Cómo! ¿También tú piensas en serio…?

Diego: …¿yo? ¡Tú lo piensas!

Doro: ¡Si ahora le doy la razón a Savio!

Diego: ¿Ves? Ayer, blanco; hoy, negro. Y te has irritado también contra ti mismo, por tus «exageraciones».

Doro: Porque reconozco…

Diego: …¡no, no! ¡Lee claro, lee claro en ti mismo!

Doro: ¿Pero qué quieres que lea, hazme el favor?

Diego: Ahora le das la razón a Francisco Savio… ¿sabes por qué? Para reaccionar contra un sentimiento que anida dentro de ti, sin que tú mismo lo sepas.

Doro: ¡No hay nada de eso! ¡Me haces reír!

Diego: ¡Sí, sí!

Doro: ¡Te digo que me haces reír!

Diego: En el calor de la discusión de anoche, te salió a flote, te aturdió, y te hizo decir cosas «que ignoras». ¡Cómo! Hasta crees que no las has pensado nunca. Pero las has pensado, las has pensado…

Doro: …¿cómo? ¿Cuándo…?

Diego: … ¡a escondidas de ti mismo! Amigo mío: ¡lo mismo que hay hijos ilegítimos, hay también pensamientos bastardos!

Doro: ¡Sí, los tuyos!

Diego: ¡Los míos, también! Todos queremos casarnos para toda la vida con una sola alma, la más cómoda: la que nos permite realizar nuestros deseos.

Pero luego… fuera del honesto lecho conyugal de nuestra conciencia, tenemos infinidad de pasiones y amoríos con todas las otras almas que hay encerradas en lo más hondo de nuestro ser, de las que nacen pensamientos y actos que nos negamos a reconocer, y que, obligados, adoptamos y legitimamos con reserva y cautela, de una manera acomodaticia. Ese pensamiento que tú rechazas, es un niño expósito. Pero… ¡mírale los ojos!: es tuyo. ¡Tú te has enamorado de veras de Delia Morello! ¡Como un imbécil!

Doro: (Ríe a carcajadas) ¡Me haces reír! ¡Me haces reír!

En este momento llega del salón el criado Filippo. 

Filippo: Con permiso… El señor don Francisco Savio.

Doro: ¡Ah! Aquí lo tenemos. (A Filippo) Que pase.

Diego: Yo me marcho.

Doro: ¡No, espera, que te demostraré lo enamorado que estoy de Delia Morello! (Entra Francisco Savio)

Doro: Ven aquí, ven aquí, Francisco.

Francisco: ¡Mi querido amigo Doro! Buenas noches, Cinci.

Diego: Buenas noches.

Francisco: (A Doro) He venido a decirte que lamento de veras nuestro altercado de anoche.

Doro: ¡Hombre! Precisamente tenía yo intención de ir a verte esta misma noche para decirte lo mismo.

Francisco: (Lo abraza) ¡Qué peso me quitas de encima, querido amigo!

Diego: ¡Qué cuadro! ¡Apetece pintaros, palabra de honor!

Francisco: (A Diego) ¿No sabes que por poco no hemos estropeado para siempre nuestra antigua amistad?

Doro: ¡No, hombre, no!

Francisco: ¿Cómo que no? ¡He estado malo toda la noche, créeme! Sólo de pensar cómo pude yo no comprender el sentimiento generoso…

Diego: (De pronto) …¡magnífico…! que le impulsó a defender a Delia Morello, ¿eh…?

Francisco: …delante de todos… valerosamente… contra todos, que la condenábamos sin piedad.

Diego: ¡Sobre todo, tú!

Francisco: (Con calor) ¡Claro que sí! ¡Porque no consideré las razones, a cual más justa, aducidas por Doro!

Doro: (Con despecho y cambiando de tono) ¡Ah, sí! ¿Tú, ahora…?

Diego: (Como antes) …¡magnífico! A favor de aquella mujer, ¿a que sí…?

Francisco: …¡desafiando al escándalo! ¡Impertérrito ante la risa grosera con que todos aquellos imbéciles acogían sus respuestas mordaces!

Doro: (Como antes, prorrumpe🙂 ¡Oye! ¡Tú eres un pelele!

Francisco: ¡Cómo! ¡Vengo a darte una explicación!

Doro: ¡Precisamente por eso! ¡Un pelele!

Diego: (A Francisco) ¡Quería darte explicaciones… él a ti!

Francisco: ¿A mí?

Diego: ¡A ti! ¡A ti! ¡Por todo lo que dijiste en contra de Delia Morello!

Doro: ¡Y ahora tiene el valor de venir a decirme en mis narices que tenía razón yo!

Francisco: ¡Porque he reflexionado sobre todo lo que dijiste anoche!

Diego: ¡Claro! ¡Como él sobre todo lo que dijiste tú!

Francisco: ¿Y ahora me da la razón a mí?

Diego: ¡Como tú a él!

Doro: ¡Ahora! ¡Después de haber sido anoche el hazmerreír de todos, y haber dado, aquí, un disgusto a mi madre…!

Francisco: …¿yo?

Doro: …¡tú! ¡tú! ¡sí! ¡dándome cuerda, provocándome, haciéndome decir cosas que jamás me habían pasado por la imaginación!

(Parándosele enfrente, agresivo, tembloroso) ¡No te arriesgues a ir diciendo por ahí ahora que tengo yo razón!

Diego: (Acosado) …porque reconoces la generosidad de su sentimiento…

Francisco: …¡pero si es verdad!

Doro: ¡Eres un pelele!

Diego: Harías creer que ahora sabes tú también la verdad: ¡que está enamorado de Delia Morello, y que por eso la defendía!

Doro: ¡Cállate ya, Diego, o voy a tener que meterme contigo! (A Francisco) ¡Un pelele, amigo mío, un pelele!

Francisco: ¡Es la quinta vez que me lo dices! ¡Cuidado, eh!

Doro: ¡Y te lo repetiré cien veces seguidas, ahora, mañana, y siempre!

Francisco: ¡No olvides que estoy en tu casa!

Doro: ¡En mi casa, y en la calle, y donde quieras, te lo repito, pelele!

Francisco: ¡Ah, sí! Está bien. En ese caso, hasta la vista.

Y se marcha.

Diego: (Intenta seguirlo) ¡Eh! ¡Basta ya de broma!

Doro: (Sujetándolo) ¡Déjalo que se vaya!

Diego: ¿Pero lo dices en serio? ¡Así acabas de comprometerte!

Doro: ¡Me importa tres pitos!

Diego: (Soltándose) ¡Pero estás loco! ¡Déjame ir!

Sale rápido para alcanzar a Francisco Savio. 

Doro: (Gritándole) ¡Te prohibo que te metas…!

(Lo ha perdido de vista y se pasea por el salón, murmurando entre dientes:) ¡Vamos, hombre…! ¡Tiene el valor de venir a decirme ahora que tenía yo razón…! ¡Pelele…! Después de haberle hecho creer a todos…

En este momento llega Filippo, un poco asustado, con una tarjeta de visita en la mano. 

Filippo: Con permiso…

Doro: (Deteniéndose, brusco) ¿Qué pasa?

Filippo: Una señora que pregunta por usted.

Doro: ¿Una señora?

Filippo: Sí, señor.

Le entrega la tarjeta. 

Doro: (Después de leer el nombre en la tarjeta, muy turbado) ¿Aquí? ¿Dónde está?

Filippo: Está ahí, esperando.

Doro: (Mira a su alrededor, perplejo; luego, pregunta, procurando disimular su ansiedad y turbación:) Y… mamá, ¿ha salido?

Filippo: Sí, señor, hace un momento.

Doro: Que pase, que pase.

Avanza hacia el salón para recibir a Delia Morello.

Filippo se retira y vuelve a poco para acompañar hasta las columnas a Delia Morello que aparece cubierta con un velo, sobriamente vestida, pero elegantísima. Filippo se inclina y desaparece. 

Doro: ¿Usted aquí, Delia?

Delia: ¡Para darle las gracias; para besarle las manos, amigo mío!

Doro: ¡Por Dios, qué dice usted!

Delia: ¡Oh,.sí, sí…! (Inclina la cabeza como si quisiera realmente besarle las manos que tiene todavía entre las suyas) ¡De verdad! ¡De verdad!

Doro: ¡Pero qué hace usted, por Dios! Soy yo el que debo…

Delia: ¡Por el bien que me ha hecho usted!

Doro: Pero ¿qué bien? Yo sólo…

Delia: …¡No! ¿Cree usted que es por la defensa que hizo usted de mí? ¿Qué quiere usted que me importe a mí de las defensas ni de las ofensas? ¡No me importa nada de mí misma! Mi gratitud es por lo que usted pensó, por lo que sintió; no porque lo gritara usted delante de los demás.

Doro: (No sabiendo qué actitud tomar) Yo pensé… sí, lo que – conociendo como conocía los hechos – me pareció… me pareció justo.

Delia: ¡Justo o injusto, qué importa! Es que me he reconocido, compréndame, «reconocido» en todo lo que dijo usted de mí, en cuanto me lo contaron.

Doro: (Como antes, disimulando su turbación) ¡Ah, bien…! porque… he… ¿porque he adivinado?

Delia: Como si hubiera vivido usted siempre dentro de mí; pero comprendiendo de mí lo que yo misma no había podido comprender nunca, ¡nunca! ¡Sentí un escalofrío!, y grité: «¡Sí, sí! ¡Así es! ¡Así es!» No puede usted imaginarse mi alegría, mi emoción, al verme, al sentirme en todas las razones que usted supo encontrar.

Doro: Me… alegro… me alegro muchísimo, créame. Me alegro porque me parecieron tan claras en el momento en que «se me ocurrieron», sin reflexionar, como… como por una inspiración momentánea, una adivinación, en suma, de su alma… Pero luego, se lo confieso, ya no…

Delia: …¡ah! ¿Ya no?

Doro: ¡Pero si usted me dice ahora que se ha reconocido en ellas!

Delia: ¡Amigo mío, desde esta mañana vivo de esa su adivinación, que me ha parecido igual a mí también! Tanto que me pregunto cómo ha podido usted tenerla, usted que me conoce tan poco, a fondo; y mientras tanto, yo me debato, sufro… no sé… ¡como más allá de mí misma!, ¡como si aquella que yo soy en realidad tuviera que seguir continuamente a la otra, para sujetarla, para preguntarle qué quiere, por qué sufre, qué tendría yo que hacer para amansarla, para aplacarla, para darle paz!

Doro: ¡Eso es: un poco de paz, sí! Usted la necesita, verdaderamente.

Delia: Lo veo siempre delante de mí, como lo vi caer a mis pies en un instante, blanco, desplomándose, después de aquel fogonazo; me sentí… no sé… extinguir, extinguir… mirando desde el abismo de aquel instante, la eternidad de aquella muerte imprevista, allí, en aquella cara que de repente lo olvidó todo, y quedó apagada. Y yo sola, yo sola sabía la vida que había en aquella cabeza que acababa de destrozarse por mí… ¡por mí, que no soy nada…! ¡Yo estaba loca, figúrese cómo estaré ahora!

Doro: Cálmese, cálmese.

Delia: Me calmo, sí. Y apenas me calmo… me quedo como aturdida. Todo el cuerpo aturdido. Me palpo y no me siento. Me miro las manos… y no me parecen mías. Y todo… todo lo que hay que hacer… ya no sé por qué… ¡Dios mío…! ya no sé por qué se debe hacer. Abro el bolso; saco el espejo; y en el horror de esta vana indiferencia que me invade, no puede usted imaginarse la impresión que me da mi propia imagen en la luna del espejo, mi boca pintada, mis ojos pintados, esta cara que estropeé para hacerme una máscara.

Doro: (Apasionado) Porque no la mira usted con los ojos de los demás.

Delia: ¿También usted? ¿Estaré condenada a tener que odiar como enemigos a todos aquellos a los que me acerco para que me ayuden a comprenderme? Todos deslumbrados por mis ojos, por mi boca… ¡Y ninguno se preocupa de lo que más necesito!

Doro: De su alma, sí.

Delia: Y entonces, yo los castigo por su lujuria, que me produce asco; pero antes exaspero ese repugnante deseo, para vengarme mejor, entregándole de pronto mi cuerpo al que menos se podían imaginar. (Doro afirma con la cabeza, como diciendo: «Desgraciadamente») Así, para demostrarles cuánto desprecio lo que ellos más estiman en mí. (Doro afirma nuevamente con la cabeza) ¿Que he hecho daño? Sí. Siempre he hecho daño. ¡Ah!, pero es preferible la gentuza… la gentuza que se presenta como es; que, si entristece, por lo menos no engaña; y que puede tener también su lado bueno; cierta ingenuidad, a veces, tanto más alegre y fresca, cuanto menos la esperábamos de ellos.

Doro: (Sorprendido) ¡Eso mismo dije yo! ¡Exactamente…!

Delia: (Convulsa) …sí…, sí…

Doro: …así expliqué yo, así, algunos de sus inopinados…

Delia: …extravíos… ¡ya…! saltos… saltos mortales…

(Queda de pronto con la mirada fija en el vacío, como absorta en una lejana visión) …¡Mira…!

(Luego, habla como consigo misma) Parece imposible… Ya… Los saltos mortales…

(Está de nuevo absorta) Aquella muchachita, a la que los zíngaros enseñaban a darlos… en una explanada verde, verde, junto a mi casita de campo, cuando yo era niña… (Como antes) Parece imposible que yo también haya sido niña…

(Imita, sin decirlo, el grito con que su madre la llamaba:) «¡Lili! ¡Lili!»… ¡Qué miedo, de aquellos zíngaros, no sea que de pronto recogieran su tienda y me raptaran…! (Volviendo en sí) No me raptaron. Pero yo también aprendí a dar saltos mortales, yo sola, al venir del campo a la ciudad… aquí… en medio de todo esto fingido, de todo esto falso… y no puedo marcharme… porque, ahora ya, al intentar reconstruirla en nosotros, a nuestro alrededor, la sencillez parece falsa – ¿parece? ¡lo es, lo es! – falsa, fingida ella también… ¡Ya nada es verdad! ¡Y yo quiero ver, sentir, sentir al menos una cosa, una cosa sola que sea verdadera en mí!

Doro: Esa bondad que tiene usted en el fondo, escondida; como yo intenté hacer ver a los demás…

Delia: …sí, sí; y le estoy muy agradecida, sí… pero tan complicada también esa bondad… complicada… tanto que se atrajo usted la ira, la risa de todos, por haber tratado de ponerla de manifiesto. También a mí me la ha hecho usted ver. Sí, mal vista por todo el mundo, como dijo usted, tratada con recelo por todos, allá, en Capri… Hasta creo que algunos sospechaban de mí que era espía… ¡Ah, qué descubrimiento hice, amigo mío! ¿Sabe usted lo que significa «amar a la humanidad»? Significa solamente esto: «estar contentos de nosotros mismos». Cuando uno está contento de sí mismo, «ama a la humanidad». Llenísimo de ese amor… ¡oh, feliz…! después de la última exposición de pintura de Nápoles, tenía que ser él, cuando fue a Capri…

Doro: …¿Jorge Salvi…?

Delia: …para hacer ciertos estudios… Me encontró en aquel estado de ánimo…

Doro: …¡eso es! ¡Exactamente lo que yo dije! Enteramente entregado a su arte, sin ningún otro sentimiento.

Delia: ¡Colores! ¡Para él, los sentimientos no eran otra cosa que colores!

Doro: Le propuso a usted que posara para hacerle un retrato.

Delia: …al principio, sí. Luego… Tenía una manera de pedir lo que deseaba… una manera… Era impúdico, como los niños. Y fui su modelo. Usted lo ha dicho muy bien: nada irrita tanto como verse privado de una joya…

Doro: …viva, presente ante nosotros, a nuestro alrededor, sin que podamos descubrir ni adivinar sus razones…

Delia: …¡exacto! Yo era una joya… pura… sólo ante sus ojos… pero me demostraba que también, como todos, en el fondo, sólo apreciaba en mí y sólo deseaba el cuerpo; no como los otros, para una tentativa brutal, ¡oh!

Doro: Pero eso, a la larga, sólo conduciría a irritarla a usted más…

Delia: …¡eso es! Porque, si siempre me dio náuseas el verme desasistida por aquellos otros en mis desordenadas incertidumbres, el desagrado por uno que, ¡también él!, quería el cuerpo, y nada más, pero sólo para sacar una obra de arte…

Doro: …¡ideal!

Delia: …¡exclusivamente para él…!

Doro: …debió ser todavía más fuerte, precisamente porque carecía de todo motivo de náusea…

Delia: …y hacía imposible aquella venganza que, por lo menos, podía tomar de improviso contra los otros. Un ángel, para una mujer, es siempre más irritante que una bestia.

Doro: (Radiante) ¡Esas son mis palabras! ¡Yo lo dije así, precisamente así!

Delia: Pero si estoy repitiendo sus palabras, exactamente como me las refirieron: sus palabras, que me han iluminado…

Doro: …¡Ah, eso es…! para ver claramente la verdadera razón…

Delia: …¡de lo que dice! Sí, sí: es verdad; para poder vengarme, hice que mi cuerpo empezara poco a poco a vivir ante él, no sólo para delicia de sus ojos…

Doro: …y cuando lo vio usted, como a tantos otros, vencido y esclavo, para saborear mejor la venganza, le prohibió usted que tomara otra joya que la que hasta entonces le había bastado…

Delia: …¡como única deseada, porque era la única digna de él!

Doro: ¡Y basta! ¡Basta! ¡Porque su venganza ya estaba tomada! Usted no quería, en absoluto, que él se casara con usted, ¿no es verdad?

Delia: ¡No! ¡No! ¡Luché tanto por disuadirlo! Cuando, exasperado por mis obstinadas negativas, amenazó con hacer una locura… quise marcharme, desaparecer…

Doro: Y luego le puso usted como condición, la que usted sabía que era más dura… con toda intención…

Delia: …con toda intención, sí, con toda intención…

Doro: …que él la presentara como su prometida a la madre, a la hermana…

Delia: …sí, sí… de cuyo elevado recato él estaba tan orgulloso y tan celoso… ¡Con toda intención, para que dijera que no! ¡Ah, cómo hablaba de su hermanita!

Doro: ¡Magnífico! ¡Lo que sostenía yo! Y dígame la verdad: cuando el prometido de la hermana, Roca…

Delia: (Con horror) …¡no! No hable, no hable de él, ¡por caridad!

Doro: Esa es la máxima prueba de las razones que yo defendí, y debe usted decirlo, debe decir que es verdad lo que yo sostenía…

Delia: …sí; que me entregué a él, desesperada, desesperada, cuando no vi otra salvación…

Doro: …¡eso es! ¡Magnífico…!

Delia: …para que él me sorprendiera, sí, para que me sorprendiera, e impedir así aquel matrimonio…

Doro: …que hubiera sido la infelicidad de Salvi…

Delia: …¡y la mía también! ¡La mía…!

Doro: (Triunfante) ¡Magnífico! ¡Todo lo que yo sostuve! ¡Así la defendí a usted…! ¡Y aquel imbécil que decía que no! que tanto sus negativas, como la lucha, la amenaza, el intento de desaparecer, fue todo perfidia…

Delia: (Impresionada) ¿Eso decía…?

Doro: …¡sí! Perfidia bien meditada y llevada a cabo para arrastrar a Salvi a la desesperación, después de haberlo seducido…

Delia: (Como antes) …ah… yo… ¿seducido…?

Doro: …¡seguro…! y que cuanto más desesperado estaba él, más se negaba usted, para obtener tantas cosas que él, de otro modo, no hubiera concedido jamás…

Delia: (Cada vez más impresionada y, poco a poco, desvaneciéndose) …¿Qué cosas…?

Doro: …lo primero de todo, aquella presentación a la madre, a la hermanita y a su prometido…

Delia: … ¡ah! ¿no porque yo esperara encontrar un pretexto en la oposición de él, para deshacer la promesa de matrimonio…?

Doro: …¡no! ¡no! ¡por otra perfidia, sostenía…!

Delia: (Completamente aturdida) …¿y cuál…?

Doro: …por el placer de presentarse victoriosa delante de todos, en sociedad, junto a la pureza de aquella hermanita… usted… la despreciada, la mancillada…

Delia: (Dolida) …¡ah…! ¿eso dijo?

Y queda con la mirada vaga, desanimada.

Doro: …¡eso! ¡eso!, y que cuando se enteró usted de que el prolongado retraso de aquella presentación que usted había exigido como condición, era debida a la decidida oposición de Roca, el prometido de la hermana…

Delia: …otra vez para vengarme, ¿verdad?

Doro: … ¡sí! ¡pérfidamente!

Delia: …¿de aquella oposición…? …sí, atrajo y manejó usted a Roca como una paja en un remolino, sin volver a acordarse de Salvi, sólo por el placer de demostrarle a aquella hermanita en qué consiste el orgullo y la honestidad de esos elevados paladines de la moral. (Delia queda largo rato en silencio, mirando fijamente al vacío, como sin sentido; luego, se cubre de pronto el rostro con las manos y queda así)

Doro: (Después de haberla mirado un rato, perplejo, sorprendido) ¿Qué le ocurre?

Delia: (Queda todavía un momento con el rostro cubierto; luego lo descubre y mira de nuevo al vacío; por fin, abriendo los brazos con desolación, dice:) ¡Y quién sabe, amigo mío, si no lo haría realmente por eso!

Doro: (Saltando) ¡Cómo! ¿Y entonces…?

En este momento llega Doña Livia, asustada y aguadísima, gritando desde dentro. 

Doña Livia: ¡Doro! ¡Doro!

Doro: (Al oír la voz de su madre, se levanta turbadísimo) ¡Mi madre!

Doña Livia: (Precipitándose) ¡Doro! ¡Me han dicho en la calle que el escándalo de anoche tendrá un desenlace caballeresco!

Doro: ¡Qué tontería! ¿Quién te ha dicho eso?

Doña Livia: (Volviéndose a Delia, desdeñosamente) …¡Ah! ¡Y encuentro, en efecto, a esta señora en mi casa…!

Doro: (Con firmeza, pisándole la frase) ¡En tu casa, precisamente, mamá!

Delia: Yo me voy, me voy. ¡Ah, pero eso no ocurrirá, esté tranquila, señora! ¡Lo impediré yo! Me encargaré yo de impedirlo.

Sale rápidamente, convulsa.

Doro: (Siguiéndola un momento) No se arriesgue, señora, por caridad, a interponerse…

Delia desaparece.

Doña Livia: (Gritando, para detenerlo) Pero entonces, ¿es verdad?

Doro: (Volviéndose y gritando desesperado) ¿verdad? ¿El qué…? ¿Que voy a batirme…? Quizá… pero, ¿por qué? Por algo que nadie sabe: ni yo, ni el otro… ¡y ni siquiera ella misma! ¡Ni siquiera ella misma!

Telón


Primo Intermedio Coral

El telón, apenas ha bajado, se levanta de nuevo para mostrar la parte del pasillo del teatro que conduce a los palcos de platea, a las butacas, y, al fondo, al escenario. Se ve a los espectadores que, poco a poco, salen de la sala después de haber asistido al primer acto de la comedia. (Otros, en gran número, se supone que salen de la sala por la parte invisible del pasillo; y no pocos, en efecto, vienen de vez en cuando por la izquierda).

Con esta presentación del pasillo del teatro y del público que figura haber asistido al primer acto de la comedia, lo que desde el principio ha aparecido en primer plano sobre la escena como representación de un sucedido de la vida, se ofrece ahora como una ficción artística; y por eso quedará como alejada y relegada a segundo plano. Más tarde, al final de este primer intermedio coral, ocurrirá que también el pasillo del teatro y los espectadores serán relegados a su vez a un tercer plano; y esto ocurrirá cuando se llegue a saber que la comedia que se representa en el escenario «tiene clave», es decir, construida por el autor sobre un caso que se supone realmente acaecido, y del cual se han ocupado recientemente las crónicas de los periódicos: el caso de la Moreno (que todo el mundo sabe quién es) y del barón de Nuti y el escultor Giacomo La Vela, que se suicidó por causa de ellos. La presencia en el teatro, entre los espectadores de la comedia, de la Moreno y de Nuti, establecerá por fuerza un primer plano de realidad, más cercano de la vida, dejando en medio a los espectadores ajenos que discuten y se apasionan solamente por una ficción artística. Se asistirá luego, en el segundo intermedio coral, al conflicto entre estos tres planos de realidad cuando, de un plano a otro, los personajes del verdadero drama asaltarán a aquellos otros, fingidos, de la comedia, y a los espectadores que tratarán de interponerse. Y entonces, la representación de la comedia no podrá continuar.

Entretanto, para este primer intermedio, se recomienda la más voluble naturaleza y la más fluida vivacidad. Ya sabe todo el mundo que a cada fin de acto de las irritantes comedias de Pirandello tienen que producirse discusiones y contrastes. Los que lo defienden, tengan, frente a los irreductibles adversarios, esa humildad sonriente que, en general, produce el admirable efecto de irritar más.

Primero se forman varios corrillos; de vez en cuando, alguien se desplaza de uno a otro, para pedir fuego. Ayuda y divierte ver cambiar de opinión, dos o tres veces, después de haber cazado al vuelo dos o tres pareceres distintos. Algún espectador pacífico fumará, y fumará su aburrimiento, si está aburrido; sus dudas, si está dubitativo; porque el vicio del humo, como cualquier otro vicio que se ha hecho habitual, tiene esto de triste, que ya no da, sino raramente, gusto por sí mismo, sino que toma la cualidad del momento en que se satisface, y del ánimo con que se satisface. Pueden también fumar, si quieren, los irritados; y reducirán a humo su irritación.

Entre la multitud, los penachos de dos «carabinieri». Algunas máscaras, algunos porteros del teatro; dos o tres mujeres de los palcos, vestidas de negro y con el delantalito blanco. Algún vendedor de periódicos pregonará sus títulos. En los corrillos, de vez en cuando, también alguna señora. No me gustaría que fumaran. Pero quizá fume más de una. Se verá a otras pasar de un palco a otro, a saludar a sus amistades.

Los cinco críticos teatrales se mantendrán, al principio y especialmente si les preguntan su opinión, muy reservados. Poco a poco se irán reuniendo para cambiar sus primeras impresiones. Los amigos indiscretos que se acercarán a escuchar, atraerán inmediatamente a muchos curiosos, y entonces los críticos se callarán, o se alejarán. No es imposible que alguno de ellos, que echará pestes y vituperios contra la comedia y contra el autor allí, en el vestíbulo, hable bien al día siguiente en la sección teatral de su periódico. Y es que una cosa es la profesión y otra cosa es el hombre que la profesa por razones de conveniencia que lo obligan a sacrificar la propia sinceridad (esto, claro está, cuando el sacrificio sea posible; quiero decir, cuando tenga sinceridad que sacrificar). Igualmente podrán mostrarse como encarnizados detractores los mismos espectadores que hayan aplaudido en la sala el primer acto de la comedia.

Fácilmente podría improvisarse este primer intermedio coral, puesto que son sobradamente conocidos y repetidos los juicios que se emiten sobre cualquier comedia de autor: «cerebrales», «paradójicas», «oscuras», «absurdas», «inverosímiles». Sin embargo, daremos aquí las frases más importantes de los actores de este intermedio, sin perjuicio de las que puedan ser improvisadas para mantener viva la confusa agitación del vestíbulo.

Primero, breves exclamaciones, preguntas, respuestas de espectadores indiferentes, que saldrán los primeros, mientras se oye el sordo murmullo del patio de butacas.

Entre dos que salen de prisa: – Voy arriba, voy a ver si lo encuentro.

– En la fila dos, número ocho. ¡No dejes de decírselo! (Inicia el mutis por la derecha)
– No te preocupes: ya se lo diré.

Uno que llega por la izquierda: ¡Ah! ¡Por fin encontraste localidad!

El que se iba de prisa: ¡Ya lo ves! ¡Hasta luego! ¡Adiós!

Sale.

Entretanto, llegan otros por la izquierda, donde se oye un gran vocerío; otros llegarán por la puerta del pasillo de butacas; otros, vienen de los palcos-platea.

Uno qualcuiera: ¡Vaya sala, eh!

Otro: ¡Magnífica! ¡Magnífica!

Un tercero: ¿Han venido ésas? ¿Las has visto?

Un cuarto: No, no; no creo.

Cambios de saludos acá y allá: «Buenas noches. Buenas noches.» Frases ajenas a la representación. Algunas presentaciones. Entretanto, espectadores favorables al autor, con el rostro encendido y los ojos brillantes, formarán grupo para cambiar las primeras impresiones, y se dispersan poco después, acercándose cada uno, ya a un cerrillo, ya a otro para defender la comedia y al autor, con petulancia y con ironía, contra las críticas de los adversarios irreconciliables, que, entretanto, se han ido juntando también.

Los favorables: ¡Hola, estamos aquí!

– ¡Dispuestos!
– ¡Parece que va muy bien! ¿Eh?
– ¡Por fin! ¡Aquí se respira!
– ¡Vaya escena, la última, con la mujer!
– ¡Y como está ella!
– Pues, ¿y la escena en que ellos dos cambian radicalmente de opinión?

Los contrarios: (Al mismo tiempo) ¡Las charadas de siempre!

– ¡Anda, averigua tú qué quiere decir!
– ¡Eso es tomarle el pelo al público!
– ¡Se está pasando ya de la raya!
– ¡Yo no he entendido una palabra!
– ¡Esto es jugar a los acertijos!
– ¡Yo digo que, si vamos a venir al teatro a pasar un mal rato…!

Uno de los contrarios: (Al corrillo de los Favorables) ¡Vosotros, sí, lo habréis entendido todo!, ¿eh?

Otro de los contrarios: ¡Hombre, claro! ¡Esos son todos muy inteligentes!

Uno de los favorables: (Acercándose) ¿Me decía usted a mí…?

El primero de los contrarios: No, a usted, no. ¡Lo decía a aquél…! (Señala a uno)

El señalado: (Avanzando) ¿A mí? ¿Me decías a mí?

El primero de los contrarios: ¡A ti! ¡A ti! ¡Pero si tú no entenderías ni «Los dos sargentos», hijo mío!

El señalado: ¡Ya! ¡Porque tú entiendes perfectamente que esto es una patochada, para darle así, con el pie, como a una piedra que se encuentra en la acera!

Voces de un corrillo vicino: – Pero ¿qué queréis entender? ¿Qué no habéis entendido? ¡Nadie sabe nada!

– Escucha; que si es, que si no es, primero dicen una cosa, y luego resulta que es otra.
– ¡Parece una burla!
– ¿Y todos aquellos discursos del principio?
– ¡Para no sacar nada en limpio!

El que se destaca (Yendo a otro corrillo) ¡Parece una burla!, ¿en? ¡Nadie sabe nada!

Voces en otro corrillo: ¡Pero la verdad es que se sigue con interés!

– ¡Pero, Dios mío, si no hacen más que darle vueltas a lo mismo!
– ¡Ah, no, pues a mí no me parece…!
– ¡Si es una manera de entender, de concebir…!
– ¿Y la ha expresado? ¡Pues eso basta!
– ¡Claro que basta! ¡No se puede pedir más!
– ¡Pero si habéis aplaudido! ¡Tú, tú, sí, que te he visto yo!
– ¡Una concepción de la vida puede tener tantas facetas…! ¡Pero si está tomada de la vida!
– ¡Pero qué…! ¡Concepción! ¿Sabes decirme en qué consiste ese primer acto?
– ¡Ésta es buena! ¿Y si no pretende consistir en nada? ¿Si quisiera precisamente mostrar la inconsistencia de las opiniones, de los sentimientos?

El que se destaca (Yendo a otro corrillo) ¡Claro! ¡Eso es! ¡Quizá no pretende consistir! ¡Está hecho a propósito! ¡Es la comedia de la inconsistencia!

Voces de un tercer corrillo: (En torno a los críticos teatrales)

– ¡Esto es una locura! ¿Pero en qué país estamos?
– Ustedes que son críticos profesionales, dennos una luz.

Crítico primero: ¡Pero, hombre! El acto es variado. Tal vez tiene algo superfluo.

Uno del corrillo: ¡Toda aquella disertación sobre la conciencia!

Crítico segundo: ¡Señores, hasta ahora sólo hemos visto el primer acto!

Crítico tercero: Pero, a decir verdad, ¿os parece lícito destruir así el carácter de los personajes, llevar la trama así, para donde sople el viento, sin pies ni cabeza? ¿Reanudar el drama, como por casualidad, por una discusión?

Crítico cuarto: ¡Pero la discusión es precisamente sobre el drama! ¡Es el mismo drama!

Crítico segundo: ¡Que, por lo demás, aparece vivo, al fin, en la mujer!

Crítico tercero: ¡Pero a mí me gustaría ver representado el drama, y en paz!

Uno de los favorables: ¡Y el personaje de la mujer está muy bien trazado!

Uno de los contrarios: Di más bien que ha retratado a las mil maravillas a la… (Nombra a la actriz que haya hecho el papel de Delia Morello)

El que se destaca (Volviendo al primer corrillo) ¡Pero el drama está vivo, en la mujer! ¡Esto es innegable! ¡Lo dice todo el mundo!

Uno del primer corrillo: (Contestándole, indignado) ¡Calla, hombre, calla! ¡Pero si es una madeja enmarañada de contradicciones!

Otro: (Embistiéndole a su vez) ¡Es la casuística de siempre! ¡Hasta más no poder!

Un tercero: (Lo mismo) ¡Todo trampas dialécticas! ¡Acrobacias cerebrales!

El que se destaca (Alejándose para acercarse al segundo corrillo) ¡Ah, sí, verdaderamente, es la casuística de siempre! Es innegable. ¡Lo dice todo el mundo!

Crítico cuarto: (Al tercero) ¿Pero qué, caracteres…? ¡A estas alturas! ¿Dónde encuentras tú caracteres, en la vida?

Crítico tercero: ¡Esta es buena! ¡Por el solo hecho de existir la palabra!

Crítico cuarto: ¡Palabras, precisamente, palabras cuya inconsistencia se trata de demostrar!

Crítico quinto: Pero yo pregunto si el teatro, que, salvo error, debe ser arte…

Uno de los contrarios: ¡Muy bien! ¡Poesía! ¡Poesía!

Crítico quinto: …se convierte sobre todo en controversia – admirable, sí, no digo que no- , contrastes, choques entre razonamientos opuestos…

Uno de los favorables: ¡Pues no veo los razonamientos por ninguna parte! Durante todo el acto no he notado ni uno solo. Si para vosotros es razonamiento la pasión que desatina…

Uno de los contrarios: Aquí tenemos a un autor ilustre. ¡Diga, diga usted qué le parece!

El viejo autor fracasado: ¡Ah, lo que es mi opinión, ya la saben ustedes!

Voces: ¡No, dígala, dígala!

El viejo autor fracasado: ¡Pues nada!, pequeños intentos intelectuales… de esos… de esos… ¿cómo diría yo…? ¡Problemitas filosóficos de tres al cuarto!

Crítico cuarto: ¡Ah, no, eso ya no!

El Viejo autor fracasado: (Engreído) ¡Y ningún trabajo profundo del espíritu, que nazca de fuerzas ingenuas y verdaderamente persuasivas!

Crítico cuarto: ¡Ah, sí, las conocemos! ¡Conocemos esas fuerzas ingenuas y persuasivas!

Un literato que desdeña el escribir: Pues para mí, lo que ofende, sobre todo, es la falta de modales.

Crítico segundo: No, no. Pues me parece que esta vez, durante todo el acto, corre un aire más puro que de costumbre.

El literato que desdeña el escribir: ¡Pero sin la menor discreción artística! ¡Escribiendo así, todos seríamos buenos!

Crítico cuarto: Yo, por mi parte, no quiero anticipar juicios, pero vislumbro, como un relámpago, un rastro de luz: tengo la impresión de ver los reflejos de un espejo que se hubiera vuelto loco.

De la izquierda llega en este momento el clamor violento, como de un tumulto. Gritan: «Sí, manicomio, manicomio», «¡Truco, truco!», «¡Tramoya!», «¡Manicomio!» Muchos acuden preguntando: «¿Qué pasa ahí?»

El espectador irritado: Pero ¿es posible que a cada estreno de Pirandello tengamos que presenciar el fin del mundo?

El espectador pacífico: Esperamos que no salgan a estacazos.

Uno de los favorables: ¡Pues no olviden ustedes que es una verdadera suerte! ¡Cuando vienen ustedes a ver las comedias de otros autores, se abandonan ustedes en la butaca, y se disponen a acoger la ilusión que la escena quiera crearles, si consigue crearla! En cambio, cuando vienen ustedes a ver una obra de Pirandello, se agarran con las dos manos a los brazos de la butaca, así ¿ven ustedes…? así… con la cabeza dispuesta a chocar, como las de los carneros, a rechazar a toda costa lo que el autor les dice. Oyen ustedes una palabra cualquiera… ¡qué se yo…! «silla» . ¡Ah, caramba! ¿Oyes?, ha dicho «silla»; pero a mí no me la da. ¡Sabe Dios lo que habrá debajo de esa silla!

Uno de los contrarios: ¡Ah, todo, todo, de acuerdo, menos un poco de poesía!

Otro contrario: ¡Muy bien! ¡Muy bien! Y nosotros queremos un poco de poesía. ¡De poesía!

Otro de los favorables: ¡Sí, vaya usted a buscar la poesía debajo de los asientos de los demás!

Los contrarios: ¡Basta ya de ese nihilismo espasmódico!

– ¡Y esa voluntad de anonadamiento!
– ¡Negar no es construir!

El primero de los favorables: (Embistiendo) ¿Quién niega? ¡Vosotros sois los que negáis!

Uno de los atacados: ¿Nosotros? ¡Nosotros no hemos dicho nunca que la realidad no existe!

El primero de los favorables: ¿Y quién os niega la vuestra, si habéis conseguido creárosla?

Un segundo: Se la negáis vosotros a los demás… diciendo que es una sola…

El primero: …la que os parece a vosotros, hoy.

El segundo: …y olvidando que ayer os parecía otra.

El primero: Porque la tenéis de los demás, vosotros, como una convención cualquiera, toda palabra vacía: «monte», «árbol», «calle», creéis que es una realidad «determinada»; y os parece un fraude, sí otro os descubre que sólo se trataba de una ilusión. ¡Necios! ¡Aquí se enseña que cada uno debe construirse el terreno que pisa cada vez, a cada paso que queremos dar, haciendo hundirse lo que no os pertenece porque no os lo habíais construido vosotros mismos, y caminabais como parásitos, como parásitos, añorando la antigua poesía perdida!

Barón De Nuti: (Que ha llegado por la izquierda, pálido, descompuesto, tembloroso, en compañía de otros dos espectadores que tratan de contenerlo) ¡Me parece que es otra cosa lo que se enseña aquí, señor mío: a pisotear a los muertos y a calumniar a los vivos!

Uno de los che lo acompañan: (Rápido, cogiéndolo de un brazo para llevárselo fuera) ¡No, no! ¡Calla! ¡Vámonos! ¡Vámonos!

El otro acompañante: (Al mismo tiempo, como el otro) ¡Vamos, vamos! ¡Por favor, vámonos!

Barón De Nuti: (Mientras se lo llevan casi arrastrando hacia la izquierda, se vuelve para repetir, convulso) ¡Pisotear a los muertos y calumniar a los vivos!

Voces de curiosos: (Entre la sorpresa general)

– Pero ¿quién es?
– ¿Quién es?
– ¡Qué cara más pálida!
– ¡Parece un muerto!
– ¡Un loco!
– ¿Quién será?

El espectador de la buena sociedad: ¡Es el Barón de Nuti! ¡El Barón de Nuti!

Voces de curiosos: ¿Y quién lo conoce?

– ¿El Barón de Nuti?
– ¿Por qué ha dicho eso?

El espectador de la buena sociedad: ¡Pero, cómo! ¿Nadie ha comprendido todavía que la comedia tiene clave?

Uno de los críticos: ¿Clave? ¿Cómo, que tiene clave?

El espectador de la buena sociedad: ¡Claro que sí! ¡Es el caso de la Moreno! ¡Calcado! ¡Como que está tomado de la vida!

Voces: ¿De la Moreno?

– ¿Quién es la Moreno?
– ¿De la Moreno? ¿La actriz que ha estado tanto tiempo en Alemania?
– ¡En Turín todo el mundo sabe quién es!
– ¡Ah, claro! ¡Es la del suicidio del escultor La Vela, ocurrido hace varios meses!
– ¡Ah, mira, mira! ¿Y Pirandello…?
– ¡Pero, cómo! ¿Pirandello se ha metido ahora a escribir comedias con clave?
– ¡A la vista está!
– ¡No es la primera vez!
– ¡Pero es perfectamente lícito sacar de la vida el argumento de una obra de arte!
– ¡Sí: cuando en ella, como ha dicho ese señor, no se pisotea a los muertos ni se calumnia a los vivos!
– Pero ese Nuti, ¿quién es?

El espectador de la buena sociedad: ¡El causante del suicidio de La Vela! ¡Precisamente el que iba a ser su cuñado!

Otro de los críticos: ¿Y por qué se metió con la Moreno? ¡En vísperas de la boda!

Uno de los contrarios: ¡Pero entonces el argumento es idéntico! ¡Ah, es formidable!

Otro: ¿De modo que están en el teatro los actores del drama auténtico, en la vida?

Un tercero: (Señalando hacia la izquierda, para aludir a Nuti) ¡Ahí está uno!

El espectador de la buena sociedad: ¡Y la Moreno está arriba, oculta en la tercera fila! ¡Se ha reconocido en seguida en el personaje de la comedia! ¡Tienen que sujetarla, porque está verdaderamente como loca! ¡Ha roto ya tres pañuelos con los dientes! ¡Acabará gritando, ya verán ustedes! ¡Armará un escándalo!

Voces: ¡Claro! ¡Y tiene razón!

– ¡Verse puesta en la comedia!
– ¡Ver su propio caso en el escenario!
– ¡Y el otro también! ¡Si estaba que metía miedo!
– ¡Ah, esto va a acabar mal! ¡Esto acaba mal!

(Se oyen los timbres que anuncian que va a empezar el segundo acto)

– ¡Ya suena el timbre! Ya va a empezar!

– ¡Va a empezar el segundo acto!
– ¡Vamos a ver, vamos a ver!

Movimiento general hacia el interior de la sala, con confusos comentarios en voz baja sobre la noticia que poco a poco se difunde. Quedan un poco retrasados tres de los favorables, a tiempo para presenciar, en el pasillo, ya libre de público, la irrupción por la izquierda de La Moreno, que ha bajado de su localidad de la tercera fila, y a la que tres amigos tratan de convencer para que abandone el teatro y no arme un escándalo. Los porteros del teatro, al principio impresionados, acaban por hacer señas ordenando silencio, para que no estorben la representación. Los tres espectadores Favorables se mantienen apartados escuchando, estupefactos y consternados.

La Moreno: ¡No, no, dejadme, dejadme!

Uno de los amigos: ¡Pero es una locura! ¿Qué quieres hacer?

La Moreno: ¡Quiero subir al escenario!

El otro: Pero ¿a qué? ¿Estás loca?

La Moreno: ¡Dejadme!

El tercero: ¡Lo mejor es que nos vayamos!

Los otros dos: ¡Sí, sí, vamos, vamos! ¡Sé razonable!

La Moreno: ¡No! ¡Quiero castigar, debo castigar esta infamia!

El primero: ¡Pero, cómo! ¿Delante de todo el público?

La Moreno: ¡En el escenario!

El segundo: ¡Oh, no! ¡Por Dios! ¡No te dejaremos cometer esta locura!

La Moreno: ¡Dejadme, dejadme! ¡Quiero ir al escenario!

El tercero: ¡Pero si los actores están ya en escena!

El primero: ¡Ha empezado el segundo acto!

La Moreno: (De repente, cambiando) ¿Ha empezado? ¡Entonces, quiero escuchar, oír, a ver qué dicen!

Y quiere volver por la izquierda.

Los amigos: ¡No, no! ¡Vámonos de aquí!

– ¡Haznos caso!
– ¡Sí, sí, vamos! ¡Vámonos!

La Moreno: (Seguida por ellos) ¡No, no, subamos! ¡Subamos al anfiteatro ahora mismo! ¡Quiero escuchar! ¡Quiero escuchar!

Uno de los amigos: (Mientras desaparecen por la izquierda) Pero ¿por qué quieres seguir atormentándote?

Uno de los portesros: (A los tres espectadores Favorables) ¿Están locos?

El primero de los favorables: (A los otros dos) ¿Habéis comprendido?

El segundo: ¿Es la Moreno?

El tercero: Pero, oye, ¿está Pirandello en el escenario?

El primero: Voy a decirle que se marche. ¡Esta noche no va a acabar bien, estoy seguro!


Acto Segundo

Estamos en casa de Francisco Savio, a la mañana siguiente; en un saloncito de paso que da a una hermosa galería que Savio utiliza para practicar la esgrima. Por eso se verán en ella, a través de la gran vidriera que cogerá casi toda la pared del fondo del saloncito, una alfombra, un largo banco para los amigos que vienen a entrenarse y los espectadores, máscaras, guantes de esgrima, pecheras, floretes, sables. Una doble cortina de tela verde, que corre con anillas colocadas en la parte interior, en la puerta del centro, cuando está cerrada puede ocultar la galería y aislar el salón. Otra cortina de la misma tela, sostenida por varillas de hierro basadas en la balaustrada del fondo, impide ver la galería desde el jardín, que se supone detrás de ella, y que se entrevé cuando alguien, para bajar, abre la cortina, que cae también a lo largo de la escalinata. En el salón no hay más muebles que alguna mecedora de junco pintado de verde, y dos pequeños divanes, y dos mesitas también de junco. Dos únicos huecos, una ventana a la izquierda y una puerta a la derecha, además del que da sobre la galería.

Al levantarse el telón se ven en la galería a Francisco Savio y al Profesor de esgrima con las máscaras, las pecheras y los guantes, entrenándose con los sables. Prestino y otros Dos amigos están mirando.

Profesor: ¡Prolongue, prolongue el contacto! ¡Atento a esa posición! ¡Muy bien! ¡Bonita encuarta! Atento ahora: ¡Parada! ¡Ataque! ¡Deje ya las fintas! ¡Atento al contraataque! ¡Alto! (Cesan de batirse) Una buena salida a tiempo; sí.

Se quitan las máscaras.

Francisco: Y basta. Gracias, profesor.

Le estrecha la mano.

Prestino: (Quitándose los guantes y luego el plastrón) Pero ya verá usted como no le resulta tan fácil con Palegari, que cuando propone, prevé…

El primero de los amigos: …y sabe parar el golpe a la perfección, ¡ten cuidado!

El otro: ¡Y tiene una acción vivacísima! ¡Ya lo creo!

Francisco: ¡Sí, hombre, sí, ya lo sé!

Se quita él también los guantes y el plastrón. 

El primero de los amigos: ¡Tú, maniobra con destreza!

Profesor: ¡Y no busque usted el hierro continuamente!

Francisco: ¡Ya verá usted, ya verá usted!

El otro: Únicamente, si te viene preparada, lanzas una estocada…

El primero: No: un golpe de parada, un golpe de parada es mejor, fíjate lo que te digo: verás cómo se ensarta.

Profesor: Por de pronto, le felicito: tiene usted magníficas tiradas.

Prestino: Sigue mi consejo: no te propongas nada. Saldrás del paso, como de costumbre, con un puño. Y danos algo de beber, anda. Beberemos a tu salud.

Avanza con los otros hacia el salón. 

Francisco: Muy bien. De acuerdo. (Oprime el botón del timbre. Luego, dirigiéndose al profesor:) ¿Qué tomará usted, profesor?

Profesor: Nada, nada, gracias. Por la mañana nunca tomo nada.

Francisco: Tengo una cerveza estupenda.

Prestino: ¡Magnífico!

El primero: ¡Bien por la cerveza!

Se presenta en la puerta el criado. 

Francisco: Tráenos en seguida unas botellas de cerveza.

El criado se retira para volver a poco con una botella y varios vasos en una bandeja: escancia, sirve y se retira. 

El primero: Va a ser el duelo más divertido de este mundo; puedes jactarte de ello.

El otro: ¡En efecto! No creo que se haya dado nunca el caso de dos que se baten porque estaban dispuestos a darse mutuamente una explicación.

Prestino: ¡Naturalísimo!

El primero: ¡No; cómo, naturalísimo!

Prestino: Iban por dos caminos opuestos; se volvieron los dos a la vez para ir cada uno al camino del otro, y por fuerza tenían que encontrarse, chocar…

Profesor: …¡cierto! Si el que antes acusaba, ahora quería defender, y viceversa, utilizando cada uno los argumentos del otro…

El primero: …¿está usted seguro?

Francisco: Te ruego que me creas: fui a verlo con el corazón en la mano, y…

El primero: …¿no por la consideración…?

Francisco: …no, no… ¡lejos…!

El primero: …no, digo que habías cometido sin darte cuenta una ligereza al acusar tan encarnizadamente a la Morello…

Francisco: …¡no, no! Si yo…

El primero: …¡espera, hombre…! Digo, ¿sin tener en cuenta lo que saltaba a la vista de todo el mundo, aquella noche…?

El otro: …¿que él defendía porque estaba enamorado de ella…?

Francisco: …¡en absoluto! ¡Si precisamente por eso se produjo el choque entre nosotros dos! Por no haber hecho esa consideración ni antes ni después. Hace uno el imbécil… Y luego lo juzgan a uno así, por haberse dejado coger en un momento… en un acto espontáneo… que ha traído todas estas ridículas consecuencias… Hoy pensaba yo irme a descansar al campo, a casa de mi hermana y mi cuñado, que me esperan.

Prestino: Había discutido la noche antes apasionadamente…

Francisco: …sin tener en cuenta, os lo juro, más que mis razones, y sin la menos sospecha de que él pudiera tener un sentimiento secreto.

El otro: ¡Luego, entonces, es verdad!

El primero: ¡Claro, claro!

Prestino: ¡Seguramente!

Francisco: ¡Si yo lo hubiera sospechado, no habría ido a su casa a darle la razón, con la certeza de que iba a irritarlo!

El otro: (Con fuerza) Yo quería… ¡esperad…! yo quería decir… (Queda confuso, sin terminar la frase. Todos lo miran, suspensos)

El primero: (Después de haber esperado un poco) …¿el qué…?

El otro: …una cosa… ¡Caramba…! ¡Se me ha olvidado! (En este momento se presenta en el umbral de la puerta derecha Diego CINCI)

Diego: ¿Se puede?

Francisco: (Asombrado) ¡Ah…! Diego… ¿tú?

Prestino: ¿Vienes enviado por alguien?

Diego: (Encogiéndose de hombros) ¿Quién quieres que me envíe…? Buenos días, profesor.

Profesor: Buenos días, querido Cinci… y hasta la vista. (Estrechando la mano a Savio) Hasta mañana por la mañana, querido Savio. Y serenidad, ¿eh?

Francisco: Serenísimo, no lo dude. Gracias.

Profesor: (A los otros, despidiéndose) Señores, siento abandonar tan grata compañía, pero tengo que marcharme. (Los otros corresponden al saludo)

Francisco: Profesor, por aquí, si usted quiere… (Indica la galería) …detrás de la cortina del fondo está la escalinata, y llegará en seguida al jardín.

Profesor: Gracias. Así lo haré. Buenos días a todos.

Sale. 

El primero: (A Diego) Creíamos que tú serías uno de los padrinos de Doro Palegari.
Diego: (Dice que no con el dedo. Luego:) No he querido. Anoche me encontré entre dos fuegos: amigo del uno y del otro. He preferido quedarme al margen.

El otro: ¿Y por qué has venido ahora?

Diego: Para decir que me alegro muchísimo de que os batáis.

Prestino: Alegrarse muchísimo es demasiado.

Ríen los otros. 

Diego: Y me gustaría que se hirieran los dos, sin consecuencias, por supuesto. Un ligero arañazo sería saludable. Y luego que, por lo menos, se vea una pequeña herida, dos, tres centímetros, cinco…

(Le toma un brazo a Francisco y le levanta un poco la manga) Te descubres el pulso. No tienes nada. Pero mañana tendrás aquí un hermoso rasguño, y podrás contemplártelo.

Francisco: ¡Gracias por tu excelente consuelo!

Los otros ríen de nuevo. 

Diego: (De repente) ¡Y esperemos que él también! ¡Él también…! no hay que ser egoístas. Traigo una noticia bomba. ¿Sabéis qué visita tuvo Palegari después que te marchaste tú, y yo te seguí corriendo?

Prestino: ¿Delia Morello?

El otro: ¡Iría a darle las gracias por la defensa!

Diego: Sí. Pero… cuando supo la razón por la cual tú la acusaste… ¿sabéis lo que hizo?

Francisco: ¿Qué hizo?

Diego: Reconoció como justa tu acusación.

Francisco, Prestino y El primero: (A un tiempo) ¡Ah!, ¿sí? ¡Esa es buena! ¿Y él, Doro?

Diego: Podéis figuraros cómo se quedaría.

El otro: ¡Ahora ya no debe saber por qué se bate!

Francisco: ¡No, eso sí lo sabe! Se bate porque me insultó, delante de ti. Cuando yo, como les he dicho a estos amigos y como tú mismo pudiste ver, fui sinceramente a reconocer que tenía razón él.

Diego: ¿Y ahora?

Francisco: ¿Ahora, qué?

Diego: Ahora que sabe que Delia Morello te da la razón a ti.

Francisco: ¡Ah!, ahora… si ella misma…

Diego: ¡No, amigo mío, no! ¡Mantente en tu papel, porque ahora más que nunca hay que defender a Delia Morello! Y debes defenderla precisamente tú, que fuiste el primero en acusarla.

Prestino: ¿Contra ella misma, que se acusa ante el que primero quiso defenderla?

Diego: ¡Precisamente por eso! ¡Mi admiración por ella se ha centuplicado en cuanto lo he sabido!

(De pronto, volviéndose a Francisco) ¿Quién eres tú? (A Prestino) ¿Quién eres tú…? ¿Quién soy yo…? ¿Y todos los que estamos aquí…? Tú te llamas Francisco Savio; yo, Diego; tú, Prestino. Sabemos nosotros, recíprocamente, y cada uno sabe de sí mismo alguna pequeña certeza de hoy, que no es la misma de ayer, ni será la misma de mañana… (A Francisco) tú vives de las rentas y te aburres…

Francisco: …no ¿quién te ha dicho eso…?

Diego: …¿no te aburres? Te felicito. Yo me he estropeado el alma a fuerza de excavar en una topera (A Prestino) ¿Tú que haces?

Prestino: Nada.

Diego: ¡Magnífica profesión…! Pero incluso los que trabajan, queridos amigos, la gente seria, todos, todos: la vida, dentro y fuera de nosotros – ¡acercaos a ella: vividla!-  es una tal rapiña continua que, si ni los más puros afectos tienen fuerzas para resistir, figuraos las opiniones, las ficciones que conseguimos formarnos, todas las ideas que apenas si llegamos a entrever en esta fuga sin descanso. Basta que se llegue a saber una cosa contraria a lo que sabíamos ¿Fulano era blanco?, y se vuelve negro; o que se tenga una impresión distinta, de una hora a otra; a veces, basta una palabra dicha en este o en el otro tono. Y luego, las imágenes de cientos de cosas que nos pasan por la mente, continuamente sin saberlo, nos hacen cambiar de humor inopinadamente. Vamos tristes por una calle ya invadida por las sombras de la tarde; basta alzar los ojos hacia un balcón todavía iluminado por el sol, con un geranio rojo que se marchita con aquel sol y… quién sabe qué lejano sueño nos enternece de pronto…

Prestino: ¿Y qué quieres deducir de eso?

Diego: Nada. ¿Qué quieres deducir, si es así? Para tocar cualquier cosa y mantenerte firme, vuelves a caer en la aflicción y en el tedio de tu pequeña certeza de hoy, de lo poco que consigues saber de ti, de tu nombre, del dinero que llevas en el bolsillo, de la casa donde vives, tus costumbres, tus afectos… todo lo habitual de tu existencia… con tu pobre cuerpo que todavía se mueve y puede seguir el flujo de la vida, hasta que el movimiento, que poco a poco va haciéndose más lento y entumeciéndose con la vejez, cesará por completo, y ¡buenas noches!

Francisco: ¡Pero estabas hablando de Delia Morello!

Diego: …¡ah, sí!… para deciros toda mi admiración… y que al menos es una alegría… una gran alegría espantosa… cuando, cercados por la corriente en un momento de tempestad, asistimos al hundimiento de todas aquellas formas ficticias en que se había coagulado nuestra estúpida vida cotidiana; y bajo los diques, más allá de los límites que nos habían servido para componernos a toda costa una conciencia, para construirnos una personalidad cualquiera, vernos también aquella parte del flujo que no se deslizaba ignorado dentro de nosotros, que se nos descubría distinto porque lo habíamos encauzado cuidadosamente en nuestros afectos, en los deberes que nos habíamos impuesto, en las costumbres que nos habíamos trazado, desbordarse en una magnífica crecida vertiginosa, trastornándolo y revolviéndolo todo… ¡Ah, por fin…! ¡El huracán, el terremoto!

TODOS: (A coro) ¿Te parece bonito?

– ¡Ah, muchas gracias!
– ¡De lejos!
– ¡Dios nos libre!

Diego: Queridos amigos, después de la farsa de la volubilidad, de nuestros ridículos cambios, la tragedia de un alma trastornada, que ya no sabe cómo coordinarse… ¡Y no es ella sola…! (A Francisco) Verás como caerán sobre ti, aquí, como una ira de Dios… la una y el otro.

Francisco: …¿el otro? ¿Quién? ¿Miguel Roca?

Diego: Él, él; Miguel Roca.

El primero: ¡Llegó anoche de Nápoles!

El otro: ¡Es verdad! He sabido que buscaba a Palegari para abofetearlo… Pensaba decíroslo hace un momento: ¡Sí, hombre, sí! ¡Ya lo sabíamos!

(A Francisco) Ya te lo dije.

Francisco: (A Diego) ¿Y por qué ha de venir aquí, a mi casa, ahora?

Diego: Porque quiere batirse antes que tú con Doro Palegari. Pero ahora… ¡claro…! debería batirse contigo, en vez de… ahora…

Francisco: ¿Conmigo…?

Los otros: (A un tiempo) … ¿cómo? ¿cómo?

Diego: ¡Claro! Si tú sinceramente has cambiado de opinión, haciendo por lo tanto tuyos todos los vituperios lanzados por Palegari contra él en casa de Avanzi… ¡está clarísimo…! invertís los papeles… Roca, ahora, debería abofetearte a ti.

Francisco: ¡Poco a poco! ¿Qué diablos dices?

Diego: Dispensa: tú te bates con Doro solamente porque te ha insultado, ¿no es así…? Ahora bien: ¿por qué te ha insultado Doro?

El primero y el otro: (Sin dejarlo terminar) ¡Claro, claro, es justo! ¡Diego tiene razón!

Diego: Invertir los papeles, tú eres ahora el defensor de Delia Morello, culpando así de todo a Miguel Roca.

Prestino: (Sorprendido) ¡Déjate de bromas!

Diego: ¿Broma? (A Francisco) Por mi parte, puedes jactarte de defender a quien tiene razón.

Francisco: ¿Y quieres que me bata también con Miguel Roca?

Diego: ¡Ah, no! Entonces el asunto se pondría verdaderamente serio. Le desesperación de ese desgraciado…

El primero: …con el cadáver de Salvi entre él y la hermana de su prometida…

El otro: ¡y la boda suspendida definitivamente…!

Diego: … ¡y Delia Morello que ha jugado con él!

Francisco: (Con irritación, estallando) ¡Cómo, «jugado»! ¡Ah, ahora dices tú «jugado»!

Diego: Es innegable que lo ha utilizado como medio…

Francisco: …pérfidamente, pues… ¡como sostenía yo antes!

Diego: (Con reprobación para detenerlo) ¡Ah, ah, ah, ah, ah, no, escucha: la irritación que te produce el lío en que te has metido, no debe ahora hacerte cambiar otra vez de opinión!

Francisco: ¡Nada de eso! ¡Dispensa, tú mismo has dicho que ella ha ido a confesarle a Doro Palegari que yo había adivinado cuando la acusé de perfidia!

Diego: ¿Lo ves? ¿Lo ves?

Francisco: ¿Qué tengo que ver, haz el favor? Si me entero de que ella misma se acusa, sola, y me da la razón a mí, ¡claro que cambio y vuelvo a mi primitiva opinión!

(Volviéndose a los otros) ¿No os parece? ¿No os parece?

Diego: (Con fuerza) ¡Pero yo te digo que se sirvió de él… sí, ¡ojalá! pérfidamente, como tú quieres…, sólo por salvar a Jorge Salvi del peligro de casarse con ella! ¿Comprendes? ¡No vas a sostener que ha estado pérfida también con Salvi…! ¡eso no…! y estoy dispuesto a defenderla yo, incluso si ella misma se acusa; contra ella misma, sí, sí…

Francisco: (Concediendo, irritado) …por todas las razones… ¡sí…! por todas la razones encontradas por Doro Palegari…

Diego: …que te hicieron…

Francisco: …cambiar de opinión… ¡bueno, sí! cambiar de opinión. ¡Pero eso no modifica el hecho de que ella obrara con Roca de una manera verdaderamente pérfida!

Diego: ¡Como mujer! ¡Como mujer! Él le salió al encuentro con aire de jugar con ella, y ella entonces ¡jugó con él! Y eso es sobre todo lo que le duele a Miguel Roca: ¡su amor propio masculino mortificado! Todavía no quiere resignarse a confesar que ha sido un juguete en manos de una mujer: un payasito que Delia Morello tiró a un rincón, haciéndolo pedazos, después de haberse divertido haciéndole abrir y cerrar los brazos en actitud de plegaria, oprimiéndole con un dedo en el pecho el resorte de la pasión. El payasito se ha vuelto a poner de pie: con la carita y las manitas hechas una lástima, sin dedos las manitas; la carita, sin nariz, toda rajada, astillada; el resorte del pecho ha agujereado la chaquetilla de raso rojo, y ha saltado fuera, roto; y sin embargo, no: el payasito grita que no, que no es verdad que aquella mujer le ha hecho abrir y cerrar los brazos por reírse, y que después de haberse reído lo ha roto: ¡dice que no! ¡que no! ¡Yo os pregunto si puede haber un espectáculo más conmovedor que éste!

Prestino: (Encolerizado y llegándole con las manos casi a la cara) ¿Y por qué entonces querías hacernos reír de eso, guasón?

Diego: (Quedando, como los otros que miran a Prestino, asombrado) ¿Yo?

Prestino: ¡Sí, tú, sí! ¡Desde que entraste estás haciendo aquí el ganso, tratando de ponernos en ridículo a éste, a mí, a todos!

Diego: ¡Y a mí mismo, tonto!

Prestino: ¡El tonto eres tú! ¡Es fácil reírse así! ¡Representándonos a todos como molinos de viento, que al menor soplo giran en sentido opuesto! ¡No puedo oírlo! ¡Qué sé yo! Me parece que nos quema el alma, como esos falsos tintes que queman las telas.

Diego: ¡No, querido amigo! ¡Pero si yo me río porque…!

Prestino: …porque has excavado en tu corazón como en una topera: tú mismo lo has dicho; y ya no tienes nada dentro… ¡por eso!

Diego: ¡Eso es lo que tú crees!

Prestino: ¡Lo creo porque es verdad! ¡E incluso si fuera verdad lo que tú dices, que fuéramos así, me parece que debiera inspirar tristeza, compasión…!

Diego: (Saltando a su vez, agresivo, poniéndole las manos sobre los hombros y mirándolo a los ojos, fijo, de cerca) …sí… si te haces mirar así…

Prestino: (Asombrado) …¿cómo?

Diego: …así, dentro de los ojos… ¡así…! no… mírame… así… desnudo, como eres, con todas las miserias y fealdades que tienes dentro – tú, como yo – , los temores, los remordimientos, las contradicciones… Descuelga de ti el payasito con la interpretación ficticia de tus actos, y verás en seguida que no tiene nada que ver con lo que tú eres y puedes ser verdaderamente, con lo que hay en ti y tú no lo sabes, y que es un dios terrible, fíjate, si te opones a él, pero que, en cambio, se hace tolerante con todas tus culpas, si te abandonas y no quieres justificarte… ¡Ah!, pero este abandono nos parece cosa indigna de un hombre; y siempre será así, mientras creamos que la humanidad consiste en la llamada conciencia… o en el valor que hemos demostrado una vez, en lugar de en el miedo que tantas veces nos ha aconsejado ser prudentes. Tú has aceptado representar a Savio en este estúpido duelo con Palegari… (De repente, a Savio) ¿Y tú has creído que Palegari te llamaba «pelele» a ti anoche, en aquel momento? ¡Se lo llamaba a sí mismo! No lo has comprendido. ¡El payasito que no veía en sí mismo, sino en ti, le servía de espejo…! Me río… Pero me río así… Y mi risa se refiere a mí mismo antes que a nadie. {Pausa. Quedan todos como absortos, pensando), cada uno para sí. Y cada uno, después, entre una y otra pausa, hablará como para sí solo)

Francisco: Cierto, yo no le tengo ningún odio a Doro Palegari. Me ha arrastrado él…

Prestino: (Después de otra pausa) ¡Tantas veces tenemos que hacer como si creyéramos…! No debe disminuir, sino más bien aumentar la piedad, cuando la mentira nos sirve para llorar más.

El primero: (Después de otra pausa, como si leyera el pensamiento de Francisco Savio) Quién sabe, el campo… ¡Qué hermoso debe estar ahora…!

Francisco: (Espontáneamente, sin sorpresa, como justificándose) ¡Pero si hasta había comprado los juguetes para llevárselos a mi sobrinita!

El otro: ¿Sigue tan mona como cuando yo la conocí?

Francisco: ¡Más guapa! ¡Un amor de criatura…! ¡Limpia…! ¡Es una preciosidad!

Diciendo esto, ha sacado de una caja un osito; le ha dado cuerda; y ahora lo pone en el suelo para hacerlo saltar, entre la risa de los amigos.

Después de la risa, una pausa, triste.

Diego: (A Francisco) Oye; yo, en tu lugar…

Es interrumpido por la llegada del criado que se presenta en la puerta de la derecha.

Criado: ¿Se puede…?

Francisco: ¿Qué ocurre?

Criado: Tengo que decirle una cosa…

Francisco: (Se le acerca y escucha lo que el criado le dice en voz baja; luego, contrariado) ¡No, no! ¿Ahora?

Se vuelve a mirar a los amigos, inseguro, perplejo. 

Diego: (De repente) ¿Es ella?

Prestino: ¡Tú no puedes recibirla: no debes!

El primero: Claro… mientras esté pendiente el conflicto…

Diego: …¡no, hombre, no! ¡El conflicto no es con ella!

Prestino: ¿Cómo que no? ¡Ella es la causa! ¡En una palabra: yo, que te represento, te digo que no, que no debes recibirla!

El otro: ¡Pero a una señora no se la rechaza así… sin saber siquiera a qué viene! Y perdona.

Diego: Yo ya no digo nada.

El primero: (A Francisco) Podrías escuchar…

El otro: …¡eso…! y si por casualidad…

Francisco: …¿indicará que desea hablar del conflicto…?

Prestino: … ¡cortar por lo sano!

Francisco: …¡no, pero si yo, por mí, la mando al diablo, figuraos!

Prestino: Está bien. Anda, ve.

Sale Francisco, seguido del criado. 

Diego: Para mí, lo único sería que él le aconsejara…

En este momento, sacudiendo furiosamente la cortina de la galería, irrumpe, viniendo del jardín, Miguel Roca, presa de una sombría agitación que difícilmente puede contener. Tiene unos treinta años, moreno, macerado por los remordimientos y la pasión. Por su rostro alterado, por todos sus ademanes, se ve claramente que está dispuesto a cualquier exceso. 

Roca: ¿Se puede? (Sorprendido de encontrarse entre tantos que no se esperaba) ¿Es aquí? ¿Dónde he entrado?

Prestino: (Entre el asombro de los otros y el suyo) ¿Pero quién es usted? Y perdone.

Roca: Miguel Roca.

Diego: ¡Ah! ¡Helo aquí!

Roca: (A Diego) ¿Usted es el señor Francisco Savio?

Diego: Yo, no. Savio está ahí.

Señala la puerta de la derecha. 

Prestino: Pero usted… dispense… ¿cómo ha entrado aquí… así…?

Roca: Me indicaron esta entrada.

Diego: El portero… creyéndole quizá un amigo…

Roca: ¿No ha entrado aquí, antes que yo, una señora?

Prestino: ¿Es que venía siguiéndola?

Roca: ¡Venía siguiéndola, sí, señor! ¡Sabía que tenía que venir aquí!

Diego: ¡Y yo también! Y hasta había previsto la llegada de usted, ¿sabe?

Roca: De mí se han dicho cosas atroces. Sé que el señor Savio, sin conocerme, me ha defendido. Ahora él no debe escuchar a esa mujer, sin que yo lo haya informado de cómo han ocurrido las cosas, en realidad.

Prestino: ¡Pero si ya es inútil, caballero!

Roca: ¡No! ¿Cómo, inútil?

Prestino: ¡Inútil, sí, sí, inútil toda intromisión!

El primero: Hay un desafío aceptado…

El otro: …las condiciones establecidas…

Diego: …y los ánimos radicalmente cambiados.

Prestino: (Irritadísimo, a Diego) ¡Te ruego que no te inmiscuyas, y cállate ya de una vez, caramba!

El primero: ¡Qué ganas de embrollar más las cosas!

Diego: ¡No, hombre, no! ¡Al contrario! Él ha venido aquí creyendo que Savio lo había defendido… Le hago saber que ahora ya no lo defiende.

Roca: ¡Ah! ¿Ahora me acusa él también?

Diego: ¡Pero no sólo él, créame!

Roca: ¿Usted también?

Diego: Yo también, sí, señor. Y todos los que estamos aquí, como puede usted ver.

Roca: ¡Apuesto a que han estado hablando con esa mujer!

Diego: ¡No, no!, ¿sabe? Ninguno de nosotros. Y Savio tampoco, que está ahí oyéndola ahora por primera vez.

Roca: Y entonces ¿por qué me acusan? ¿También el señor Savio, que antes me defendía? ¿Y por qué se bate él ahora con el señor Palegari?

Diego: Señor mío, en usted… lo comprendo… asume… asume formas impresionantes, pero crea usted que… como decía… todos estamos un poco locos.

Si quiere usted saberlo, le diré que se bate precisamente porque ha cambiado de opinión con respecto a usted.

El primero: (Saltando, con los otros) ¡No, hombre, no! ¡No le haga caso…!

El otro: …se bate porque, después de la violenta discusión de anoche, Palegari se irritó…

El primero: (Reforzando) …y lo insultó…

Prestino: (Como antes) …y Savio recogió el insulto y lo desafió…

Diego: (Dominando a todos) …a pesar de que ahora ya están todos de acuerdo…

Roca: (De pronto, con fuerza) …¿en juzgarme sin haberme oído? ¿Pero cómo ha podido conseguir esa mujer infame llevárselos a todos de su parte?

Diego: ¡A todos, a todos, sí… excepto a sí misma!

Roca: ¿Excepto a sí misma?

Diego: Bueno: no vaya usted a creer que ella esté de una parte o de otra. Ella ni siquiera sabe de qué parte está… Y usted, señor Roca, mire bien en su fuero interno, y verá como probablemente usted tampoco está de ninguna parte.

Roca: ¡Usted tiene gana de broma…! Anúncienme al señor Savio.

Prestino: ¿Pero qué quiere usted decirle? ¡Le repito que es inútil!

Roca: ¿Y usted qué sabe? ¡Si ahora está él en contra mía, mejor!

Prestino: Pero si ahora está ahí con la señora…

Roca: …¡tanto mejor, también eso! Yo la he seguido aquí a propósito. Quizá sea una suerte para ella que yo la encuentre en presencia de alguien… de un extraño que la casualidad ha querido poner entre nosotros dos… así… ¡Dios mío! Yo estaba decidido a todo, como ciego, y… y por el solo hecho de encontrarme ahora aquí, inopinadamente, en medio de ustedes, y de tener que hablar, responder… me… me siento como… como aliviado, con el espíritu ensanchado… ¡Hacía tantos días que no hablaba con nadie! ¡Y ustedes, señores, no saben qué infierno me quemaba por dentro! Yo quise salvar al que iba a ser mi cuñado, al que quería como a un hermano.

Prestino: ¿Salvarlo? ¡Bonita manera!

El primero: ¿…quitándole la novia…?

El otro: ¿… en vísperas de la boda?

Roca: ¡No, no! ¡Escúchenme! ¡Qué, quitarle…! ¡Qué novia!… ¡No se necesitaba mucho para salvarlo! Bastaba demostrarle, hacerle palpar que aquella mujer que él quería hacer suya casándose con ella, podía ser suya, como había sido de otros, como podría haber sido de cualquiera de ustedes, sin necesidad de casarse con ella.

Prestino: ¡Pero usted, entretanto, se la quitó!

Roca: ¡Desafiado! ¡Desafiado!

El primero: ¡Cómo!

El otro: ¿Desafiado por quién?

Roca: Desafiado por él. ¡Déjenme hablar! De acuerdo con su hermana, con la madre… después de la presentación, que él hizo de ella a la familia, hiriendo todos sus más puros sentimientos… yo… de acuerdo, repito, con su hermana y con la madre… me fui con él y con ella a Nápoles, con el pretexto de ayudarles a poner la casa – iban a casarse dentro de unos meses – . Fue por una de esas riñas que suelen tener los novios… Ella, enfurecida, se alejó de él durante unos días.

(De pronto, como ante una visión tentadora que le horroriza, se tapa los ojos) Dios mío… parece que la estoy viendo, cuando se marchó…

(Descubre los ojos, más turbado que nunca) …porque fui testigo de la riña.

(Recobrándose) Yo aproveché entonces el momento que me pareció más oportuno para demostrarle a Jorge la locura que iba a cometer: ¡Es increíble, sí! ¡Es increíble! –  Con la táctica común a todas esas mujeres, ella no había querido jamás concederle ni el más mínimo favor…

El primero: (Atentísimo como todos los demás) ¡Por supuesto!

Roca: …¡y en Capri se le había mostrado tan desdeñosa con todos los hombres, apartada y altiva…! Pues bien… me desafió… él, él… me desafió, ¿comprenden…? me desafió a que le demostrara todo lo que yo le decía, prometiéndome que, en cuanto tuviera la prueba, se separaría de ella y rompería el compromiso… ¡Pero, en vez de eso, se mató!

El primero: Pero, ¡cómo…! ¿y usted se prestó…?

Roca: …¡desafiado! ¡por salvarlo!

El otro: Pero entonces, la traición…

Roca: …¡horrible, horrible…!

El otro: … ¡se la hizo él a usted!

Roca: …¡Él, él…!

El otro: …¡matándose…!

Prestino: …¡increíble…! ¡Ah, es increíble…!

Roca: …¿que yo me haya prestado…?

Prestino: …¡no! ¡Que él le haya permitido a usted prestarse a darle semejante prueba…!

Roca: …¡aposta!, porque de repente se había dado cuenta, ¿sabe?, de que ella, desde el primer momento en que me vio al lado de la novia, malvadamente había intentado atraerme, atraerme hacia ella, envolviéndome con su simpatía. Y me lo hizo notar… ¡él, el mismo Jorge! De modo que me fue fácil… ¿comprende?, decirle: «¡Pero si tú sabes muy bien que si yo quisiera…!»

Prestino: Pero, ¡entonces…! ¡ah, caramba…! casi se desafió él mismo.

Roca: ¡Ojalá me hubiera gritado, me hubiera hecho comprender que estaba ya envenenado para siempre, y que ya era inútil que yo intentara machacarle los dientes del veneno a aquella víbora!

Diego: (Saltando) ¡No, hombre, no! ¡Qué víbora! Y perdone.

Roca: ¡Una víbora! ¡Una víbora!

Diego: ¡Demasiada ingenuidad, señor mío, para una víbora! ¡Dirigir hacia usted, tan pronto, casi de repente, los dientes del veneno!

Prestino: ¡Suponiendo que no lo hiciera aposta para motivar la muerte de Jorge Salvi!

Roca: ¡Quizá!

Diego: ¿Y por qué? ¡Si ya había conseguido obligarlo a casarse con ella! ¿Cree usted que podía convenirle que le aplastaran los dientes antes de conseguir su fin?

Roca: ¡Pero si no lo esperaba!

Diego: ¡Pues vaya una víbora, entonces! ¿Quiere usted que una víbora no sospeche? ¡Una víbora habría mordido después, y no antes! Si mordió antes, eso quiere decir que… o no era una víbora… o para Jorge Salvi quería perder los dientes del veneno.

Roca: Pero, entonces, ¿usted cree…?

Diego: Perdón: es usted el que me lo hace creer; usted, que considera pérfida a esa mujer. ¡Si nos atenemos a lo que usted dice, para una pérfida no es lógico lo que ha hecho! Una pérfida que quiere casarse, y antes de la boda se entrega a usted tan fácilmente…

Roca: (Saltando) …¿se entrega a mí? ¿Quién le ha dicho que se haya entregado a mí? ¡No ha sido mía! ¡No ha sido mía! ¿Cree usted que yo podía pensar siquiera…?

Diego: (Asombrado, con los otros) ¿Ah, no?

Los otros: ¡Cómo! ¿Y entonces…?

Roca: ¡Yo quería solamente tener la prueba, que, por ella, no habría faltado! Una prueba para demostrarle a él…

En este momento se abre la puerta de la derecha y aparece, turbado y excitadísimo, Francisco Savio, que ha estado allí con Delia Morello, la cual, con tal de conseguir que no se bata con Doro Palegari, lo ha como embriagado de sí. Él ataca rápido, decidido, a Miguel Roca.

Francisco: ¿Qué pasa? ¿Qué busca usted aquí? ¿Qué gritos son esos en mi casa?

Roca: He venido a decirle…

Francisco: ¡Usted no tiene nada que decirme!

Roca: ¡Se equivoca usted! Yo tengo que hablar, y no sólo con usted…

Francisco: ¡No se arriesgue usted a amenazar!

Roca: ¡Pero si yo no amenazo! ¡He pedido que se me escuche…!

Francisco: Usted ha seguido hasta mi casa a una señora…

Roca: He explicado aquí a sus amigos…

Francisco: ¡Y a mí qué me importa de sus explicaciones! ¡Usted ha venido siguiéndola, no lo niegue!

Roca: ¡Sí! Porque, si usted quiere batirse con el señor Palegari…

Francisco: ¡Qué, batirme! ¡Yo ya no me bato con nadie!

Prestino: (Asombrado) ¡Cómo! ¿Qué dices?

Francisco: ¡Ya no me bato!

El primero, Diego y el otro: (Juntos) Pero, ¿estás loco?

– ¿Hablas en serio?
– ¡Es formidable!

Roca: (Al mismo tiempo, más fuerte, riendo a carcajadas) ¡Ah, apuesto a que lo ha seducido! ¡Lo ha seducido!

Francisco: (A punto de arrojarse sobre él) ¡Cállese, o…!

Prestino: (Poniéndose delante) …¡no! ¡Contéstame antes a mí! ¿Es que ya no vas a batirte con Palegari?

Francisco: No. ¡Porque, por una tontería de nada, no debo agravar la desesperación de una mujer!

Prestino: ¡Pero el escándalo será peor, si no te bates! ¡Con las condiciones del encuentro ya firmadas!

Francisco: ¡Pero si ahora ya es ridículo que yo me bata con Palegari!

Prestino: ¡Cómo! ¿Ridículo?

Francisco: ¡Ridículo! ¡Ridículo! ¡Si estamos de acuerdo! ¡Y tú lo sabes bien! ¡En cuanto puedes verte en una de estas payasadas, para ti es una fiesta!

Prestino: ¡Pero has sido tú el que ha desafiado a Palegari, porque te insultó!

Francisco: ¡Estupideces! ¡Eso lo ha dicho Diego! ¡Basta!

Prestino: ¡Es increíble! ¡Es increíble!

Roca: ¡Le ha prometido a ella no batirse con su paladín!

Francisco: ¡Sí! Ahora que está usted delante…

Roca: ¿por lo cual le ha hecho una promesa contraria…?

Francisco: …¡no! ¿Es que viene a provocarme hasta mi casa? ¿Qué quiere usted aquí de esa señora?

Prestino: ¡Deja!

Francisco: ¡La sigue desde anoche!

Prestino: ¡Pero tú no puedes batirte con él!

Francisco: ¡Nadie podrá decir que me elijo un adversario menos temible!

Prestino: ¡No, amigo mío! Porque, si voy yo ahora a ponerme a disposición de Palegari, en tu lugar…

El primero: (Gritando) …¡para ti sería la descalificación!

Prestino: …¡la descalificación!

Roca: ¡Pero yo puedo hacer caso omiso también de la descalificación!

El primero: ¡No! ¡Porque entonces nos tendría enfrente a nosotros, que lo hemos descalificado!

Prestino: (A Francisco) ¡Y no encontrarás a nadie que quiera representarte! ¡Tienes todavía el día entero para pensarlo! ¡Yo ya no puedo estar aquí, y me voy!

Diego: ¡Claro que lo pensará! ¡Lo pensará!

Prestino: (A los otros dos) ¡Vámonos nosotros! ¡Vámonos! (Salen los tres por el jardín del fondo)

Diego: (Los sigue un momento, recomendando:) ¡Calma, calma, señores míos! ¡No hay que precipitar las cosas!

(Luego, volviéndose a Francisco) ¡Y tú, mira bien lo que haces!

Francisco: ¡Vete al diablo tú también!

(Atacando a Roca) ¡Y usted, váyase, váyase! ¡Fuera de mi casa! ¡Estoy a sus órdenes cuándo y dónde quiera!

En este momento aparece en la puerta de la derecha Delia Morello. Apenas ve a Miguel Roca tan cambiado de como era, que parece otro, siente de improviso caérsele de los ojos, de las manos, la mentira con que se había armado hasta ahora para defenderse contra la secreta y violenta pasión de que fueron presa, locamente, él y ella, desde el primer instante en que se vieron, y que han querido enmascarar ante sí mismos por piedad, por interés por Jorge Salvi, gritando que querían ambos, cada cual a su manera, y la una frente al otro, salvarlo. Desnudos ahora de esa mentira, la una frente al otro, por la piedad que de improviso se inspiran, pálidos y temblorosos, se miran un momento. 

Roca: (Casi gimiendo) Delia… Delia… (Y va hacia ella para abrazarla)

Delia: (Abandonada, dejándose abrazar) No… no… ¿Has cambiado de opinión?

Y en medio del estupor de los otros dos, se abrazan frenéticamente.

Roca: ¡Delia mía!

Diego: ¡Mira cómo se odian! ¡Para esto!, ¿eh? ¿Ves? ¿Ves?

Francisco: ¡Pero es absurdo! ¡Es monstruoso! ¡Hay entre ellos un cadáver! ¡El de un hombre!

Roca: (Sin soltarla, volviéndose como una fiera sobre el pasto) ¡Es monstruoso, sí! ¡Pero tiene que estar conmigo! ¡Sufrir conmigo! ¡Conmigo!

Delia: (Presa de horror, soltándose ferozmente) ¡No! ¡No! ¡Vete! ¡Vete! ¡Déjame!

Roca: (Sujetándola, como antes) ¡No! ¡Aquí conmigo! ¡Con mi desesperación! ¡Aquí!

Delia: (Como antes) ¡Déjame, te digo! ¡Déjame! ¡Asesino!

Francisco: ¡Déjela usted! ¡Déjela!

Roca: ¡No se acerque usted!

Delia: (Consiguiendo soltarse) ¡Déjame!

(Y mientras Francisco y Diego sujetan a Miguel Roca, que quiere arrojarse sobre ella) ¡No te tengo miedo! ¡No te tengo miedo, no, no! ¡Ningún mal puede venirme de ti, ni aunque me mates!

Roca: (Al mismo tiempo, sujeto por los otros dos, gritando) ¡Delia! ¡Delia! ¡Necesito agarrarme a ti! ¡No estar solo!

Delia: (Como antes) ¡No siento nada! ¡Me hice la ilusión de sentir compasión, miedo… no! ¡No es verdad!

Roca: (Como antes) ¡Me vuelvo loco! ¡Soltadme!

Diego y Francisco: ¡Son dos fieras! ¡Qué espanto!

Delia: ¡Suéltenlo! ¡No le tengo miedo! ¡Me he dejado abrazar fríamente! ¡No por miedo, ni por compasión!

Roca: ¡Ah, infame! ¡Ya lo sé, ya lo sé, que no vales nada…! ¡Pero yo te quiero! ¡Te quiero!

Delia: ¡Cualquier mal… y si me matas… incluso ese mal es menor para mí! ¡Otro crimen, la prisión, la misma muerte! ¡Quiero quedarme sufriendo así!

Roca: (Continuando, a los dos que le sujetan) ¡No vale nada; pero ahora le da precio todo lo que he sufrido por ella! ¡No es amor, es odio! ¡Es odio!

Delia: ¡Odio, sí! ¡El mío también! ¡Odio!

Roca: ¡Es la sangre misma que se ha vertido por ella!

(Con una violenta sacudida, consiguiendo soltarse) ¡Ten piedad…, ten piedad…!

Y la sigue por la habitación. 

Delia: (Huyendo de él) ¡No! ¡No, entérate! ¡Pobre de ti!

Diego y Francisco: (Sujetándolo de nuevo) ¡Estése usted quieto! ¡Tendrá que entenderse conmigo!

Delia: ¡Pobre de él, si intenta suscitarme un poco de compasión por mí misma o por él! ¡No la tengo! ¡Si ustedes le compadecen, hagan que se vaya de aquí!

Roca: ¿Cómo quieres que me vaya? ¡Tú sabes que en aquella sangre quiso ahogarse mi vida para siempre!

Delia: ¿No querías salvar del deshonor al hermano de tu prometida?

Roca: ¡Infame! ¡No es verdad! ¡Tú sabes que la mía y la tuya, son dos mentiras!

Delia: ¡Dos mentiras, sí! ¡Dos mentiras!

Roca: ¡Tú me quisiste, como yo te quise, desde la primera vez que nos vimos!

Delia: ¡Sí, sí! Para castigarte.

Roca: ¡Yo también, para castigarte! ¡Pero tu vida también se ahogó en aquella sangre para siempre!

Delia: ¡Sí, también la mía! ¡También la mía! (Y corre hacia él como una llama, apartando a los dos que la sujetan) ¡Es verdad! ¡Es verdad!

Roca: (Volviendo a abrazarla de repente, frenéticamente) ¡Y ahora tenemos que estar los dos hundidos, los dos juntos, agarrados así! ¡Así! ¡Yo solo, no…! Tú sola, no… ¡Los dos juntos… así…, así…!

Diego: ¡Si eso pudiera durar!

Roca: (Llevándosela por la escalinata del jardín y dejando a los otros dos asombrados y aterrados) Ven, vámonos, ven conmigo…

Francisco: ¡Pero son dos locos!

Diego: Porque tú no te ves.

Telón


Segundo Intermedio Coral

De nuevo el telón, apenas bajado al final del segundo acto, se alza para mostrar la misma parte del pasillo que conduce al escenario. Pero esta vez el público tarda en salir de la sala. En el pasillo, los porteros, algunas acomodadoras, las señoras de los palcos, estarán llenos de aprensión; porque, al terminar el acto, han visto a la Moreno, sujetada en vano por los tres amigos, atravesar corriendo el pasillo y precipitarse en el escenario. Ahora llega de la sala un clamor de gritos y de aplausos, que irá en aumento, ya porque los actores aplaudidos no hayan salido todavía a saludar al público, ya porque se oigan extraños chillidos y descompuestos rumores a través del telón, en el escenario, y aquí, en el pasillo, se oyen más fuertemente.

Uno de los porteros: ¿Qué diablos pasa?

Otro portero: ¿No es un estreno? ¡El jaleo de siempre!

Una acomodadora: ¡No, no! ¡Aplauden, y los actores no salen a saludar!

Una señora de los palcos: Pero si gritan en el escenario, ¿no oyen ustedes?

Segundo portero: ¡Y alborotan también en la sala!

Segunda señora de los palcos: ¿Será por esa señora que pasó ahora mismo por aquí?

El primer portero: ¡Será por ella! ¡La sujetaban como a una endemoniada!

Primera señora de los palcos: ¡Ha subido corriendo al escenario!

El primer portero: ¡También quiso subir al terminar el primer acto!

Tercera señora de los palcos: Pero ¿no oyen ustedes? ¡Si parece que se han desencadenado los infiernos!

Dos o tres portezuelas de los palcos se abren al mismo tiempo y salen algunos espectadores, consternados, mientras sigue oyéndose cada vez más fuerte el fragor de la sala.

Los señores de los palcos: (Saliendo y asomándose a las puertas)

– ¡Sí, hombre, sí! ¡Es en el escenario!
– ¿Pero qué pasa? ¿Se han pegado?
– ¡Están chillando! ¡Están chillando!
– ¡Y los actores no salen a saludar!

Otros señores, cada vez más consternados, vienen de los palcos al pasillo, para mirar hacia la puerta del escenario, al fondo. Inmediatamente después, acuden muchos espectadores, excitados, por la izquierda.

Todos gritan: – ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

Otros espectadores desembocan por la puerta del patio de butacas, ansiosos, agitados.

Voces confusas: ¡Se están pegando en el escenario! – ¡Sí, sí!; ¿oís? – ¿En el escenario? – ¿Por qué? ¿Por qué? – ¿Y quién lo sabe? – ¡Déjenme pasar! – ¿Qué ha sucedido? – ¡Pero, Dios mío!, ¿dónde estamos? – ¿Qué jaleo es éste? – ¡Déjenme pasar! – ¿Ha terminado el espectáculo? – ¿Y el tercer acto? – ¡Falta el tercer acto! – ¡Dejen paso! ¡Dejen paso! – Sí, a las cuatro en punto. ¡Adiós! – Pero ¿oye usted qué ruido en el escenario? – Bueno, yo quiero ir al guardarropa: ¡Oh, oh! ¿Oís? – ¡Esto es un escándalo! – ¡Una indecencia! – Pero ¿a qué viene todo este jaleo? – Porque parece ser que..: ¡No se entiende nada! – ¡Qué diablo! – ¡Oh, oh, allí, al fondo! – ¡Han abierto la puerta!

Se abre al fondo la puerta del escenario, y de repente se oyen más fuertes los gritos de los actores, de las actrices, del director de la Compañía, de La Moreno y de sus tres amigos, a los que hacen eco los gritos de los espectadores que, poco a poco, han ido amontonándose frente a la puerta del escenario, entre las protestas rabiosas de alguno que, molesto, indignado, quisiera abrirse paso entre la multitud para marcharse.

Voces del escenario:

(De los actores): ¡Fuera! ¡Fuera! – ¡Que la echen, hombre! – ¡Insolente! – ¡Arpía! – ¡Desvergonzada! – ¡Esto tendrá que pagarlo! – ¡Fuera! ¡Fuera!
(De La Moreno): ¡Es una infamia! ¡No! ¡No!
(Del director de la compañia): ¡Lárguese de aquí!
(De uno de los amigos): ¡No olviden ustedes que es una mujer!
(De La Moreno): ¡Me he sentido sublevar…!
(De otro de los amigos): ¡Hay que respetar a una mujer!
(De los actores): ¡Qué mujer ni qué…! – ¡Ha subido al escenario a agredir…! – ¡Fuera! ¡Fuera!
(De las actrices): ¡Arpía! ¡Desvergonzada!
(De los actores): ¡Dé gracias a Dios que es usted una mujer! ¡Se ha llevado lo que se merecía! – ¡Fuera! ¡Fuera!
(Del director de la compañia): ¡Venga! ¡Venga! ¡Desalojen esto ahora mismo!

Voces de los espectadores amontonados: (Al mismo tiempo, entre silbidos y aplausos) – ¡La Moreno! ¡La Moreno! – ¿Quién es la Moreno? – ¡Le han dado de bofetadas a la primera actriz! – ¿Quién? ¿Quién la ha pegado? – ¡La Moreno! ¡La Moreno! – ¿Y quién es la Moreno? – ¿La primera actriz? – ¡No, no! ¡Han abofeteado al autor! – ¿Al autor? ¿Abofeteado? – ¿Quién? ¿Quién ha abofeteado…? – ¡La Moreno! – ¡No, la primera actriz! – ¿El autor le ha pegado a la primera actriz? – ¡No, no, al contrario! – ¡La primera actriz ha abofeteado al autor! – ¡No, hombre, no! ¡Nada de eso! ¡La Moreno ha abofeteado a la primera actriz!

Voces del escenario: ¡Basta! ¡Basta! – ¡Que se marchen! – ¡Gentuza! – ¡Descocada! – ¡Fuera! ¡Fuera! – ¡Señores, dejen paso! – ¡Dejen pasar!

Voces de los espectadores: ¡Fuera los alborotadores! – ¡Basta! ¡Basta! – ¡Pero si es la Moreno! – ¡Basta! ¡Fuera! – ¡No; el espectáculo debe continuar! – ¡Que echen a los alborotadores! – ¡Abajo Pirandello! – ¡No, viva Pirandello! – ¡Abajo! ¡Abajo! – ¡Él es el provocador! – ¡Basta! ¡Basta! – ¡Dejen pasar! ¡Dejen pasar! – ¡Paso! ¡Paso!

La multitud de espectadores se abre para dejar pasar a algunos actores y actrices y al gerente de la Compañía y el empresario del teatro, que tratan de convencerlos para que se queden. En la confusa agitación de este paso, la multitud de espectadores, que primero se calla para escuchar, rompe de vez en cuando en algún clamoroso comentario.

El empresario: ¡Pero, por caridad, tengan prudencia! ¿Quieren ustedes estropear el espectáculo?

Actores y actrices: (Al mismo tiempo) ¡No, no! – ¡Yo me voy! – ¡Nos vamos todos! ¡Hombre, esto es demasiado! – ¡Es una vergüenza! – ¡Para protestar! ¡Para protestar!

El gerente: Pero, ¿qué protesta? ¿Contra quién protestan ustedes?

Uno de los actores: ¡Contra el autor! ¡Y con razón!

Otro: ¡Y contra el Director, que ha aceptado semejante comedia!

El empresario: ¡Pero ustedes no pueden protestar así, marchándose y dejando el espectáculo a la mitad! ¡Eso es una anarquía!

Voces de los espectadores en contraste: ¡Muy bien! – ¡Muy bien! – ¿Pero quiénes son? – Los actores de la Compañía, ¿no lo ves? – ¡No, nada de eso! – ¡Y tienen razón! ¡Tienen razón!

Los actores: (Al mismo tiempo) ¡Claro que podemos!

El actor de carácter: ¡Cuando nos obligan a representar una comedia con clave!

Voces de algunos espectatores ignaros: ¿Con clave? – ¿Dónde? ¿Por qué con clave? – ¿Una comedia con clave?

Los actores: ¡Sí, señores! ¡Sí, señores!

Voces de otros espectadores que saben: ¡Claro! – ¡Si ya se sabe! – ¡Es un escándalo! – ¡Todo el mundo lo sabe! – ¡El caso de la Moreno! – ¡Está aquí; la han visto en el teatro! – ¡Ha subido corriendo al escenario! – ¡Ha abofeteado a la primera actriz!

Los epectadores ignaros y los Favorables: (Al mismo tiempo y en gran confusión) ¡Pero nadie se ha dado cuenta! – ¡La comedia ha gustado! – ¡Queremos el tercer acto! – ¡Tenemos derecho a verlo! – ¡Muy bien! ¡Muy bien! – ¡El público ha pagado, y tiene derecho…!

Uno de los actores: ¡Y nosotros también tenemos derecho a que se nos respete!

Otro: ¡Y nos vamos! ¡Por lo menos, yo me voy!

La característica: ¡Por otra parte, la primera actriz se ha ido ya!

Voces de algunos espectatores: ¿Se ha ido? – ¿Cómo? ¿Por dónde? – ¿Por la puerta del escenario?

La característica: ¡Porque una espectadora ha subido a agredirla en el escenario!

Voces de los espectadores en contraste: ¿A agredirla? – ¡Sí, señores! – ¡La Moreno! – ¡Y tenía razón! – Pero ¿quién? ¿Quién? – ¡La Moreno! – ¿Y por qué fue a pegarle? – ¿La primera actriz?

Uno de los actores: ¡Porque se ha reconocido en el personaje de la comedia!

Otro actor: ¡Y ha creído que nosotros éramos cómplices del autor en la difamación!

La característica: ¡Que diga ahora mismo el público si este debe ser el premio de nuestro trabajo!

Barón De Nuti: (Sujetado, como en el primer intermedio, por dos amigos, más descompuesto y confuso que nunca, avanzando) ¡Es verdad! ¡Es una infamia inaudita! ¡Y ustedes tienen todos derecho a rebelarse!

Uno de los amigos: ¡No te comprometas! ¡Vamos! ¡Vamos!

Barón De Nuti: ¡Una verdadera iniquidad, señores…! ¡Dos corazones en la picota! ¡Dos corazones que están todavía sangrando, puestos en la picota!

El empresario: (Desesperado) ¡Ahora el espectáculo pasa del escenario al pasillo!

Voces de los espectadores Contrarios al autor: ¡Tiene razón! ¡Tiene razón! – ¡Son infamias! – ¡No es lícito! – ¡La rebelión es legítima! – ¡Es una difamación!

Voces de los espectadores Favorables: ¡Pero qué…! ¡Pero qué…! – ¡No queremos saber nada! – ¿Dónde está la calumnia? – ¡Ninguna difamación!

El empresario: Pero, señores, ¿estamos en el teatro o estamos en la plaza?

Barón De Nuti: (Agarrando por las solapas a uno de los espectadores favorables, mientras todos, casi aterrados por su aspecto y su furor, se callan suspensos) ¿Usted dice que es lícito hacer eso? ¿Cogerme a mí, vivo, y llevarme al escenario? ¿Mostrarme allí, con mi dolor vivo delante de todos, y hacerme decir frases que yo jamás he dicho? ¿A realizar actos que yo jamás he realizado?

Por el fondo, frente a la puertecilla del escenario, en medio del silencio que se ha producido, resaltan como respuesta las frases que de vez en cuando dice el Director de la compañia a La Moreno, a la que sus tres acompañantes llevan casi a rastras, llorosa, en desorden y casi desmayada. De repente, a las primeras frases, todos se vuelven hacia el fondo, haciendo sitio, y el Baron De Nuti soltará al espectador atacado y se volverá él también, preguntando:) – ¿Qué ocurre?

El Director de la Compañia: ¡Pero usted ha podido ver que ni el autor ni la actriz la conocían a usted!

La Moreno: ¡Mi misma voz! ¡Mis gestos! ¡Todos mis gestos! ¡Me he visto! ¡Me he visto retratada!

El Director de la Compañia: ¡Porque usted ha querido reconocerse!

La Moreno: ¡No! ¡No! ¡No es verdad! ¡Porque ha sido un horror, el horror de verme representada allí, en aquel acto! ¡Pero cómo! ¿Yo, yo abrazar a ese hombre?

(Descubre a Nuti de improviso, casi delante de ella, y da un grito levantando las manos para cubrirse el rostro) ¡Ah, Dios mío! ¡Está aquí! ¡Está aquí!

Barón De Nuti: ¡Amelia! ¡Amelia…!

Movimiento general de los espectadores, que apenas si pueden dar crédito a sus propios ojos, al encontrarse ante ellos, vivos, a los mismos personajes y la misma escena que han visto al final del segundo acto, y lo dejarán ver, además de con la expresión de los rostros, con breves comentarios en voz baja y algunas exclamaciones.

Voces de los espectadores: ¡Oh! ¡Mira! – ¡Están ahí! – ¡Oh! ¡Oh! – ¡Los dos! – ¡Están reproduciendo la escena! – ¡Mira! ¡Mira…!

La Moreno: (Fuera de sí, a sus acompañantes) ¡Quitádmelo de delante! ¡Quitádmelo de delante!

Los Acompañantes: ¡Sí, vámonos! ¡Vámonos!

Barón De Nuti: (Lanzándose sobre ella) ¡No, no! ¡Tú debes venir conmigo! ¡Conmigo!

La Moreno: (Soltándose) ¡No! ¡Déjame! ¡Déjame! ¡Asesino!

Barón De Nuti: ¡No repitas lo que te han hecho decir ahí arriba!

La Moreno: ¡Déjame! ¡No te tengo miedo!

Baròn: ¡Pero es verdad, es verdad que tenemos que castigarnos juntos! ¿No lo has oído? ¡Ahora ya lo sabe todo el mundo! ¡Ven! ¡Vámonos!

La Moreno: ¡No, déjame! ¡Maldito! ¡Te odio! ¡Te odio!

Barón De Nuti: ¡Estamos ahogados, ahogados verdaderamente, en la misma sangre! ¡Ven! ¡Ven!

Y se la lleva, casi arrastrando, por la izquierda, seguido por gran parte de los espectadores, entre rumores y comentarios:

«¡Oh, oh! – ¡Parece mentira! – ¡Es increíble! – ¡Espantoso! – ¡Míralos! – ¡Delia Morello y Miguel Roca!»

Los otros espectadores, que han quedado en gran número en el pasillo, los siguen con la mirada, haciendo los mismos comentarios.

Un espectador tonto: ¡Mira que rebelarse! ¡Rebelarse! ¡Para luego hacer lo mismo que en la comedia!

El Director de la Compañia: ¡Ya! ¡Ha tenido el valor de venir a agredirme a la primera actriz en el escenario…! «¿Yo, abrazar a ese hombre?»

Muchos: ¡Es increíble! ¡Es increíble!

Un espectador inteligente: ¡No, señores, no! ¡Pero si es naturalísimo! ¡Se han visto como en un espejo y se han rebelado, sobre todo al ver aquel su último gesto!

El Director de la Compañia: ¡Pero si han repetido precisamente aquel gesto!

El espectador inteligente: ¡Precisamente! ¡Exacto! ¡Han hecho por fuerza, ante nuestros ojos, sin quererlo, lo que el arte había previsto! (Los espectadores aprueban, alguno aplaude, otros se ríen)

El primer actor: (Que ha llegado por la puerta del escenario) ¡No lo crea usted, caballero! ¿Esos dos? Mire usted: yo soy el primer actor, he representado, convencidísimo, el papel de Diego Cinci en la comedia. En cuanto salgan de la puerta esos dos… ¡Ustedes, señores, no han visto el tercer acto!

Los espectadores: ¡Ah, ya! – ¡El tercer acto! – ¿Qué pasaba en el tercer acto? – ¡Díganoslo! ¡Díganoslo!

El primer actor: ¡Ah, pues… muchas cosas, muchas cosas, señores…! Y luego… después del tercer acto… ¡muchas cosas!, ¡muchas cosas!

Y, diciendo esto, se marcha.

El empresario: Pero, señor Director, usted dispense, pero, ¿cree usted que se puede tener aquí al público, en reunión electoral?

El Director de la Compañia: ¿Y a mí qué me dice usted? ¡Haga usted desalojar…!

El gerente: ¡Después de todo, el espectáculo no puede ya continuar! ¡Se han ido los actores!

El Director: ¿Y por eso se dirige usted a mí? ¡Ponga usted un aviso, y despida usted al público!

El empresario: ¡Pero debe haber quedado gente en la sala!

El Director: ¡Está bien! Para el público que haya quedado en la sala, me asomaré yo ahora al telón y los despediré con dos palabras.

El empresario: ¡Sí, sí, vaya usted, entonces, señor Director!
(Y mientras El Director se va por la puertecilla del escenario:) Retírense, señores, retírense; tengan la bondad de marcharse; el espectáculo ha terminado.

Cae el telón y, en seguida, el Director de la Compañia aparta una de las cortinas para salir al proscenio.

El Director de la Compañia: Lamento tener que anunciar al público que, en vista de los desagradables incidentes producidos al final del segundo acto, la representación del tercero no podrá tener lugar.

Telón


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