1922 – Vestir al desnudo – Comedia en tres actos



Vestir al desnudo – Comedia en tres actos

In Italiano – Vestire gli ignudi

Vestire gli ignudi - Mariangela Melato, 1985

Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero

     En la obra de Pirandello se encuentran todos los temas de la crisis histórica y existencial de la burguesía italiana de la primera parte del siglo XX. En el caso de “Vestir al desnudo”, el autor discurre por la vertiente existencial para hablar de las “indumentarias” que la sociedad obliga a utilizar, partiendo del concepto de “imagen”, “status”, etc´.

     Ercilia Drei, la joven protagonista de esta historia es un ejemplo de tantas personas que no alcanzan a cumplir con las expectativas sociales, llenas de mitos y estereotipos. Más que la simulación, Pirandello cuestiona la arrogancia y la imposición de las sociedades burguesas sustentadas en valores que son traicionados a la menor oportunidad. La historia narra una intriga “amorosa”, casi policíaca, de una mujer que, a causa de la presión social para encontrar un lugar en el mundo, un “vestido” que la libere de su desnudez y le dé sentido a su existencia, es casi empujada al suicidio.

     Y por sobre todas las cosas, la oportunidad de advertir cuánto tenemos cada uno de nosotros de este Enrique IV de cartón, de este emperador pintarrajeado y loco, y cuánto alivio nos procura su ejemplo.


Personajes

Ersilia Drei.
Franco Laspiga, ex teniente de navío.
El cónsul Grotti.
El viejo novelista Ludovico Nota.
El periodista Alfredo Cantavalle.
La señora Honoria, que alquila habitaciones.
Emma, doncella.

En Roma. En nuestros días.


Acto Primero

El despacho del novelista Ludovico Nota.

Esuna amplia sala de alquiler, con viejos muebles que no hacen juego, comprados de ocasión; algunos, vulgares, propiedad de la señora Honoria; otros, del novelista. En la pared del fondo, una gran estantería con libros, en la de la derecha, entre dos ventanas con viejas cortinas amarillentas, una escribanía alta, para escribir de pie, con la tablilla de abajo llena de gruesos diccionarios. En la pared de la izquierda, un sofá de antigua moda, cubierto de tela clara floreada, con encajes prendidos en el respaldo y en los brazos, quizá para tapar la suciedad. Sillones, sillas enfundadas, un velador con chucherías: todo en el recuadro de una vieja alfombra descolorida. En esta pared, junto al proscenio, está la puerta común. En la del fondo, después de la estantería, hay una puerta con cortina, que conduce al dormitorio de Nota. En medio de la salita, una mesa ovalada con libros, reseñas, periódicos, florero, pitillera, alguna estatuilla… Y, frente a la mesa, una chaiselongue con numerosos cojines. Colgados en ambas paredes laterales, varios cuadros de escaso valor artístico, regalos de pintores amigos. La sala, aunque tiene dos ventanas, es más bien sombría, casi en penumbra, por lo estrecha que es la calle, y la altura de los edificios de enfrente, que la oprimen. La calle, abajo, es muy ruidosa, y sus ruidos se oirán durante las pausas, cuando se indique: coches y carros que pasan, timbres de bicicleta, bocinas de automóviles, estrépito de motocicletas, chasquidos de látigos, silbidos, rumor confuso de voces, pregones de algún vendedor ambulante o algún vendedor de periódicos, estallido de alguna carcajada imprevista.

Al levantarse el telón, la escena está vacía. Las dos ventanas abiertas dejan entrar, durante un momento, los ruidos de la calle. Se abre la puerta común, a la izquierda, y entra, con su sombrerito puesto, Ersilia Drei, como una que no sabe dónde entra. Lleva un vestido azul celeste, decente, un poco ajado por el uso, de maestra o institutriz. Tiene poco más de veinte años, y es bonita, pero – acaban de arrancársela a la muerte de las manos – está muy pálida, y tiene los ojos como espantados en el centro de sus ojeras. Mira alrededor de la salita, sin sentarse, mientras llega alguien que tiene que entrar también; inicia una leve sonrisa ante lo que ve; pero, contrariada por el ruido de la calle, frunce penosamente el ceño. Entra, por fin, Ludovico Nota, que llega guardando nuevamente su cartera en el bolsillo interior de la americana: es un buen mozo, todavía con prestancia, aunque pasa ya de los cincuenta. Ojos penetrantes y sonrisa casi juvenil. Frío, reflexivo, carece absolutamente de los dones naturales que concilian fácilmente la simpatía y la confidencia, y no consigue simular el menor calor afectuoso, aunque intente al menos parecer afable; pero esta afabilidad quisiera ser desenvuelta y no lo es; en lugar de tranquilizar, consigue a veces incluso desconcertar.

Ludovico: ¡Ya estoy aquí! Siéntese, siéntese… ¡Santo Dios, estas ventanas (se precipita a cerrarlas) son una verdadera condenación! Y en cuanto están cerradas un momento hay aquí un olor a moho… Estas casuchas viejas… ¡Quítese, quítese el sombrerito! (Ersilia lo hace)
(Por el fondo, llevando bajo el brazo un montón de ropa de cama para enviar al lavadero, y en la otra mano una escoba, entra la señora Honoria, de unos cuarenta años, grosera, teñida y chismosa)

Honoria: Con permiso.

Ludovico: (Que no la esperaba) ¡Ah! ¿Estaba usted ahí?

Honoria: (Mascullando) Le he puesto sábanas limpias como me dejó usted escrito esta mañana en el recibidor.

Ludovico: (Azorado) ¡Ah, ya!

Honoria: (Rápida) Pero mire usted que si van a servir para…

(Mira a Ersilia y se interrumpe) Bueno, espere: es mejor que nos entendamos. Voy a dejar ahí esta ropa…

Ludovico: …Que está indecente…

Honoria: (Rápida, hecha una víbora) ¿Y es usted el que me lo dice, que no está decente…?

Ludovico: (Intentando sonreír) ¡Claro! Usted misma siente la necesidad de quitársela de encima…

Honoria: ¡Sí, señor! ¡Y no sólo esta ropa, sino «todo»!

Ludovico: (Alterándose) ¿Qué quiere usted decir? ¡Vamos a ver!

Honoria: (Enfrentándosele) Pues, por ejemplo, esta señorita que usted me trae a casa. Si a usted le parece decente…

Ludovico: ¡Oiga! ¡Haga el favor de hablar con respeto, o..!

Honoria: …¿O qué? ¡Quiero hablarle a usted claro de una vez! Dejo esta ropa y vuelvo.

Sale furiosa por la puerta común.

Ludovico: (En ademán de lanzarse tras ella) ¡Chismosa! ¡Rabiosa! ¡Birria!

Ersilia: (Afligida, asustada, deteniéndolo) ¡No, no, por caridad! ¡Déjeme marchar!

Ludovico: ¡Ni hablar! ¡Esta es mi casa, y usted se queda aquí!

Honoria: (Volviendo de repente) ¿Su casa? ¿Suya? ¡Como si una habitación alquilada fuera su casa!

¡Y no olvide usted que vive en casa de una señora decente!

Ludovico: ¿Quién? ¿Usted?

Honoria: ¡Yo, sí señor; yo!

Ludovico: ¡Pues sí que lo está usted demostrando!

Honoria: Sí, señor: lo estoy demostrando. ¡Porque no le consiento que me traiga usted «señoritas» a dormir en mi casa!

Ludovico: ¡Usted es una palurda insolente!

Honoria: ¡Cuidado con las palabras!

Ludovico: ¡Una palurda! ¡Una palurda, que no sabe distinguir a las personas!

Ersilia: Estoy enferma. Acabo de salir del hospital.

Ludovico: ¡No se moleste en darle explicaciones a ésa!

Honoria: Si está usted enferma…

Ruido de un carro pesado que hace vibrar los cristales de la ventana.

Ludovico: ¡Basta, le digo! ¡Usted no puede prohibirme que le ceda mi habitación por unos días!

Honoria: ¡Ah, no! ¡Eso sí que no puede usted hacerlo! ¡Yo le he alquilado la habitación a usted!

Ludovico: ¿Y si viene una hermana mía o una pariente?

Honoria: ¡Se van ustedes a un hotel!

Ludovico: ¡Ah! ¿No soy dueño de alojarla aquí por unos días?

Honoria: ¡Esta señorita no es pariente suya! ¡A mí con esas…!

Ludovico: ¿Y usted qué sabe? ¿Y si me voy yo a dormir a un hotel?

Honoria: Aun así, tendría que pedirme debidamente permiso…

Ludovico: ¿También permiso?

Honoria: ¡Sí, señor! ¡Como es debido! Y si es que siente usted aquí un olor a moho insoportable, ¿por qué no se va usted de una vez? ¡Ojalá me dejara usted libres las habitaciones!

Ludovico: ¡Se las dejaré! ¡Y muy pronto! Entretanto, haga el favor de desaparecer de mi vista.

Honoria: ¿Deja usted las habitaciones?

Ludovico: Dentro de unos días, sí. A fin de mes.

Honoria: ¡Ah, bueno! Entonces, no he dicho nada.

Ludovico: ¡Pues entonces, váyase!

Honoria: Me voy, me voy. ¡Figúrese! No he dicho nada.

Sale por la común.

Ludovico: ¡Habrá chismosa…! Ya perdonará usted, señorita, esta escena para recibirla…

Ersilia: No se preocupe. Lo que siento es que por mi causa…

Ludovico: No; hace ya un año que estoy riñendo con esa bruja. Atado…, ¡qué sé yo!, como por una pesadilla a todas estas cosas sucias. Usted quizá se imaginaba… la casa de un escritor…

Ersilia: Por mí no se preocupe. Pero, ciertamente, es una pena que usted, con tanta fama…

Ludovico: A fin de mes estaremos en un barrio tranquilo, arriba, en el Macao, en la calle de Sommacampagna, entre jardines. Mañana iremos los dos a visitarlo. Y compraremos juntos los muebles nuevos. Y usted arreglará su nido con sus propias manos…

Ersilia: ¡Por Dios! Pero por mí…

Ludovico: ¡Si de todos modos tenía que irme de aquí! ¿Sabe usted? Yo soy como uno que tiene que estar empezando siempre. ¡Y estoy tan contento de haber tenido la inspiración de escribirle a usted, y poder ahora empezar con usted una nueva vida! Estamos en un pantano: moscas, bochorno. Y de repente, se respira: ¡Aaaah! ¿Qué pasa? Nada; que se ha levantado un poco de viento. ¡Así es mi vida!

Ersilia: Yo no sé cómo agradecerle…

Ludovico: Pues… si acaso, podrías empezar diciendo «agradecerte». Pero no hay de qué. Al contrario, soy yo el que tiene que agradecerte que hayas aceptado lo poco que..

Ersilia: ¡No, no! ¡Es tanto, tanto…! ¡Para mí es tanto…!

Ludovico: Eso es: para ti. Lo poco que puede ofrecerte… el que tú harás cambiar…

Ersilia: No diga usted…

Ludovico: (Con una sonrisa, corrigiendo) «No digas…»

Ersilia: Tengo que acostumbrarme. ¡Estoy tan mortificada…! ¡Si usted supiera!

Ludovico: Mortificada…, ¿por qué?

Ersilia: Por esta suerte…

Ludovico: ¿Porque soy un escritor?

Ersilia: Que el relato de mis desventuras, leído en un periódico, mi intento desesperado… hayan podido despertar la compasión, la piedad…

Ludovico: ¡El interés, el interés!

Ersilia: …De un hombre como usted… (rectifica rápida, con una sonrisa), como tú.

Ludovico: Sí. Al leer aquel relato en el periódico, sentí como una sacudida en mi interior; una impresión de simpatía imprevista; como cuando a veces, al oír contar un hecho extraño, siento de pronto, ¡qué sé yo!, como si hubiera encontrado, sin buscarlo…, el germen de una novela…

Ersilia: …¿Que quizá usted pensó… (rectifica), …bueno, que tú quizá pensaste escribir?

Ludovico: ¡No! Entiéndeme: no fue sólo la curiosidad del artista. He hecho una comparación, para explicarte cómo me interesaste de repente.

Ersilia: Si mi pobre vida, tanta miseria y tantos sufrimientos, sirvieran al menos para eso…

Ludovico: …¿Para hacerme escribir una novela?

Ersilia: ¿Por qué no? Yo me alegraría. Me sentiría orgullosa.

(Y sonriendo con una gracia que intenta avivarse, añade:) De verdad.

Ludovico: (La mira, y luego dice:) ¡Me haces caer los brazos!

Ersilia: ¿Por qué?

Ludovico: Porque, sin querer, me estás llamando viejo.

Ersilia: (Rápida, confusa) ¿Yo? ¡No, no! Quiero decir…

Ludovico: Una novela, amiga mía, o se escribe, o se vive. Te he dicho que me sentí impresionado, pero no para escribirlo: ¡para vivirlo! Te tiendo los brazos; y tú, en vez de ofrecerme…, ¡qué sé yo!, la boca, me ofreces la pluma para que escriba.

Ersilia: Pero es demasiado pronto…

Ludovico: …Para ofrecerme tu boca; lo comprendo. ¿O demasiado tarde?

Ersilia: No…

Ludovico: (Nota la violencia causada por su excesiva desenvoltura) ¡Fíjate qué distinto es lo que te ocurre a ti, de lo que me ocurre a mí! Yo me he sentido ofendido, porque tú has podido interpretar como curiosidad de artista mi interés por tus desventuras; a ti, en cambio, no te agrada oír que el escritor, si quería escribir – teniendo ya experiencia, por no decir vejez – no necesitaba haber ido a hacerte aquella proposición, ni recogerte después, a la salida del hospital; porque la novela, en cuanto leí tu caso en el periódico, me la imaginé desde el principio hasta el fin.

Ersilia: ¿Cómo? ¿Tan de repente?

Ludovico: En un momento. Con tanta riqueza de situaciones, de detalles… ¡Ah, una novela preciosa!: el Oriente…, aquel chalet junto al mar, con aquella azotea… Tú allí de institutriz… Aquella niña que se cae de la azotea…, tu despido…, el viaje…, la llegada aquí…, el amargo desengaño… Todo, todo… Así, sin haberte visto, sin conocerte.

Ersilia: Imaginándome… ¿Y cómo…, cómo…? ¿Así…, como soy?

Ludovico sonriendo dice que no con el dedo. 

Ersilia: Pues, entonces…, ¿cómo? Dígamelo… (rectifica) …dímelo.

Ludovico: ¿Para qué quieres saberlo?

Ersilia: Porque quisiera ser como tú me has imaginado.

Ludovico: ¡No, no! Me gustas mucho, ¡pero mucho más!, así. Quiero decir: para mí; no para aquella novela.

Ersilia: Pero entonces… esa novela no es la mía. Es de otra.

Ludovico: ¡Claro! ¡Forzosamente!: de la que yo me había imaginado.

Ersilia: ¿Era muy distinta de mí?

Ludovico: Era… otra.

Ersilia: ¡Dios mío…! Pero entonces…, no comprendo, ya no comprendo…

Ludovico: ¿Qué es lo que no comprendes?

Ersilia: Que tu interés pueda ser por mí.

Ludovico: ¿Por quién va a ser, si no?

Ersilia: Si yo no soy aquélla… Si mi caso, mis desventuras…, todo eso que te interesó cuando leíste el periódico…, si no te interesó por mí, si lo viste como de otra que no soy yo… (Queda como abatida)

Ludovico: ¿Qué?

Ersilia: …Pues que yo… puedo marcharme.

Ludovico: (Riendo y deteniéndola casi en broma) ¡Ah, eso sí que no! ¡Que se vaya la otra, la de la novela! ¡La que no eres tú!

Ersilia: (Asombrada, desconfiando) ¿Cómo que no soy yo? Entonces, ¿tú no crees…?

Ludovico: (Como antes) ¡Sí, sí, claro que creo! Pero ahora quiero imaginarte en una nueva vida: cuál va a ser desde ahora, conmigo. Y quiero que tú también te la imagines esta otra nueva vida tuya, olvidando todas esas cosas tristes que te han ocurrido.

Ersilia: (Con una sonrisa de pena) Entonces…, aquélla, no; ésta, tampoco… ¿Todavía otra?

Ludovico: Otra, sí: como tú puedes llegar a ser.

Ersilia: (Volviéndose, maravillada) ¿Yo?

(Moviendo la cabeza y con un gesto hecho apenas con la mano que tiene sobre la rodilla) Nunca he podido ser nada.

Ludovico: ¿Cómo, nada?

Ersilia: Nunca… nada…

Ludovico: Perdona, pero… algo eres.

Ersilia: ¿Qué soy?

Ludovico: Ante todo una muchacha muy bonita.

Ersilia: (Con tristeza, encogiéndose de hombros) ¡Bonita, no! Y, además, si no he sabido aprovecharlo…

Ludovico: ¡Ah, cuando no se sabe…! Es verdad. También puede pasar por la mente…, por desesperación…, como último recurso, antes de tomar una extrema resolución, lanzarse al torbellino…

Ersilia: (Sombría, volviéndose a mirarlo) ¡Dios mío…!, ¿qué dice usted…?

Ludovico: No, no… Lo digo porque lo imaginé así en «aquélla» de la novela. Desesperada…, sin saber ya adónde recurrir…, al anochecer…, mirándose en el espejo oscuro de la pensión…, una decisión repentina; tentación de loca…, cuando ya no le quedaba ni un céntimo en el portamonedas… y el posadero exigía el pago del hospedaje…

Ersilia: (Sorprendida, con terror y ansiedad) ¡Pero el periódico no decía nada de eso…!

Ludovico: No. Me lo imagi…

(Se interrumpe sorprendido, y le pregunta rápido, inclinándose sobre ella:) ¿Porque quizá fue verdad?

Ersilia: (Escondiendo el rostro entre las manos y temblando de vergüenza y de espanto) Sí…

Ludovico: (Casi para sí, rápido, compasivo) ¡Vamos…, mira que mi intuición…!

(De nuevo, dolorido, con ansiedad) ¿Por la noche…, bajaste a la calle?

Ersilia: (Como antes) Sí…, sí…

Ludovico: (Como antes) ¿Y fue… así…, con uno de la calle? ¿Con uno…, con uno cualquiera que pasaba?

Ersilia: (Sin descubrir la cara) Y… después… no saber cómo…

Ludovico: (Rápido) …¿Cómo pedirle…?

(Y como Ersilia no responde, lo hace él mismo, como si ya lo supiera) Y… ¡nada!, ¿eh? ¡Ah, qué cierto es! ¡Qué cierto es! Y entonces fue el asco, el horror de aquella sucia e inútil tentativa… ¡Perfecto! ¡Perfecto! (Ersilia rompe a sollozar) No… ¿Lloras? ¿Por qué lloras ahora? No, no… (Va a abrazarla como para consolarla)

Ersilia: (Levantándose, humillada, mortificada) Déjeme… Ahora, déjeme marchar…

Ludovico: ¡Qué dices! ¿Por qué?

Ersilia: Ahora que sabe usted eso…

Ludovico: ¡Pero si ya lo sabía! ¡Lo sabía!

Ersilia: ¿Cómo lo sabía?

Ludovico: ¡Porque me lo había imaginado! ¿No has visto? Mi intuición… ¡Y con qué exactitud!

Ersilia: Pero a mí me da tanta vergüenza…

En este momento estalla abajo, en la calle, un violento e imprevisto griterío. Como cuando hay un atropello. Ruido de carros, tumulto, gritos amenazadores, imprecaciones, silbidos, blasfemias.

Ludovico: No, no, porque… (Se interrumpe para volverse hacia la ventana) Pero ¿qué diablos ocurre?

Ersilia: Gritan… Quizá alguna desgracia… (Cesa el tumulto. Se oye gritar: «¡Auxilio! ¡Auxilio!» Entra precipitada, asustada, la señora Honoria)

Honoria: ¡Han atropellado a un pobre anciano! ¡A un pobre anciano! ¡Aplastado contra la pared! ¡Aquí mismo, debajo de la ventana!

Corre a abrir una de las ventanas. Ludovico y Ersilia se asoman a la otra.

Como las ventanas están abiertas, el alboroto de la calle invade la escena durante unos minutos. Un automóvil y un carricoche han chocado. El auto, al ladearse, ha aplastado contra la pared a un pobre anciano que no tuvo tiempo de huir. El viejo está moribundo o ya muerto: son tantos los que lo levantan entre la confusión, los gritos… Echado en un coche, sale rápido para el hospital. La escena de afuera resulta evidente a través de los gritos confusos y descompuestos de la multitud.

Entre ellos, después de un gran alarido y las primeras exclamaciones agudísimas:

«¡Ay, ay, Dios mío! ¡Auxilio! ¡Auxilio!», pueden oírse: «¡Pobrecito! – ¡Aplastado! – ¡Por detrás! – ¡Que no se escape! – ¡Se ha escapado! – ¡No, no, agárralo! – ¡Agárralo! – ¡Está muerto! – ¡Es un anciano! – ¡Corred! ¡Corred! – ¡Sujetadlo! – ¡Aplastado! – ¡Está muerto! – ¡He virado! ¡He virado! – ¡No; él se me echó encima! – ¡No es verdad! – Ha sido él! ¡Él! – ¡A presidio! – ¡Que lo fusilen! – ¡Apartarse! ¡Apartarse! – ¡No, no: está muerto! – ¡Pobrecito! – ¡Corre! ¡Corre! – ¡A la Consolación! – ¡Mejor a San Jacobo! – ¡El sombrero! ¡Eh! ¡El sombrero! – ¡Pobre viejo! – ¡Asesinos! ¡Asesinos!»

La agitación de la multitud de la calle repercute en la actitud de los tres asomados a las ventanas.

Honoria: ¡Ha muerto, ha muerto! ¡Pobrecito! ¡Eh, sujétenlo, sujétenlo; Quería escaparse… ¡Qué cara! ¡Y se defiende! ¡Oh…! ¡Lo ha aplastado como a una rana!

Ersilia: (Alejándose de la ventana, horrorizada) ¡Dios mío, qué espectáculo, qué espectáculo!

Ludovico: (Volviendo a cerrar la ventana) Será algún pobre viejo empleado. ¡Señora Honoria, cierre, cierre, por Dios!

Honoria: ¡Se lo han llevado! ¡Debe de estar muerto!

Ludovico: Si no está muerto, no llegará vivo al hospital.

Honoria: ¡Voy abajo, a preguntar! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! (Sale de prisa por la común)

Ludovico: Por esa calleja tan sucia, que en los días de lluvia no sabe uno dónde pisar, un tráfico endiablado de carros, coches, automóviles. ¡Y además sirve de mercado! ¡Tienen el valor de hacer ahí el mercado!

Ersilia: (Después de una pausa, con los ojos fijos, atemorizados) La calle… ¡Qué horror!

Ludovico: ¡Y qué escuela para el escritor! La imaginación se libera de los impedimentos vulgares, ¡como si huyera por encima de las nubes! Pero la calle, con la gente que pasa, es el rumor de la vida; la vida de los demás, extraña, pero presente, que distrae, interrumpe, obstaculiza, contradice, deforma… Nosotros queremos estar juntos, componer juntos una hermosa fábula. Pues suponte que, casualmente, hubiera sido yo ahora atropellado abajo, en la calle. ¿Qué harías tú aquí ya? Pero ya te ocurrió ver tu vida interrumpida por una desgracia imprevista: la caída de aquella niña desde la azotea.

Pausa.

Ersilia: (Absorta, moviendo levemente la cabeza) Servir…, obedecer…, no poder ser nada… Una bata de servicio, ajada, que todas las noches se cuelga en un clavo de la pared. ¡Dios mío, qué cosa tan horrible, no sentirse ya verdaderamente nadie…! En la calle… Vi mi vida…, no sé…, como si ya no existiera, como soñada…, con las cosas que me rodeaban, las pocas personas que pasaban por aquel parque de mediodía, los árboles…, aquellos bancos… Y no quise…, no quise ya ser nada…

Ludovico: ¡Ah, no…!, ¿ves? Eso no es verdad.

Ersilia: ¿Que no es verdad? ¡Quise matarme!

Ludovico: ¡Ya! Pero creando toda una novela.

Ersilia: (De nuevo asombrada) ¿Cómo, creando? ¿Crees que lo he inventado?

Ludovico: No, no. Quiero decir que, sin saberlo, la creaste en mí, al contar tus desventuras.

Ersilia: Cuando me recogieron en aquel parque…

Ludovico: …Sí, y luego en el hospital. Dime, ¿por qué no querías ser ya nada, si despertaste la compasión de cuantos leyeron tu caso en el periódico? No sabes la conmoción que se extendió por toda la ciudad, el interés que suscitaste. En mí tienes una prueba.

Ersilia: (Con ansiedad que nace de aquella desconfianza) ¿Lo tienes todavía?

Ludovico: ¿El qué?

Ersilia: Aquel periódico. Quisiera leerlo, quisiera leerlo. ¿Lo conservas?

Ludovico: Creo que sí.

Ersilia: ¡Búscalo, búscalo! ¡Déjamelo ver!

Ludovico: ¡No, no! ¿Para qué quieres volver a turbarte ahora?

Ersilia: ¡Déjamelo ver, por favor! ¡Quiero leer, quiero leer lo que escribieron!

Ludovico: ¡Pues lo mismo que dijiste tú, supongo!

Ersilia: ¡No puedo recordar lo que dije en aquel momento, compréndelo! ¡Quiero verlo! ¡Búscalo!

Ludovico: ¡Dios sabe dónde lo habré puesto! Con mi desorden… Deja: luego lo buscaremos.

Ersilia: ¿Lo contaba todo, extensamente?

Ludovico: Una crónica de más de tres columnas. En verano, comprenderás, los periodistas… Ocurre un caso como el tuyo…, ¡una suerte!: llena el periódico.

Ersilia: ¿Y de él? ¿Qué decían de él?

Ludovico: Pues… que te había engañado.

Ersilia: No. Me refiero al otro.

Ludovico: ¿Al cónsul?

Ersilia: (Vivamente contrariada) ¿Decía «el cónsul»?

Ludovico: Nuestro cónsul en Esmirna.

Ersilia: (Como antes) ¡Dios mío! ¿También el nombre de la ciudad? ¡Me prometieron no decirlo!

Ludovico: ¡Ah…, los periodistas!

Ersilia: ¿Qué necesidad había? ¡El hecho quedaba el mismo, sin precisar el lugar, ni la calidad de la persona! Pero ¿qué decían?

Ludovico: Que después de la caída de la niña desde la azotea…

Ersilia: (Cubriéndose el rostro con las manos) ¡Pobre pequeñita mía! ¡Pobre pequeñita!

Ludovico: …se había mostrado de una crueldad feroz.

Ersilia: ¡Él, no! ¡Su esposa, su esposa!

Ludovico: Decían que él también.

Ersilia: ¡No, no! ¡Su esposa…! ¡Dios mío!

Ludovico: Porque estaba celosa de ti. Me lo imagino. Un sargento.

Ersilia: ¡No…! ¡Qué…! Baja, delgada, grosera, amarilla…, ¡un limón!

Ludovico: Pues yo la veo alta, negra, con las cejas juntas: podría dibujarla.

Ersilia: Pero tú lo ves todo al revés. Sabe Dios, entonces, cómo me verías a mí también. No, no: es como yo te digo.

Ludovico: Ya, pero es que a mí, en realidad, me servía una mujer gorda, porque veo a la niña delicada…

Ersilia: ¡Cómo, delicada! ¡Dios mío, mi Mimmetta!

Ludovico: Yo la llamaba Titti.

Ersilia: ¡Cómo, Titti! ¡Mimmetta! ¡Mimmetta! ¡Una flor, te digo! Se bamboleaba toda, sobre aquellas piernitas de color de rosa. A cada pasito se le movían hasta las mejillas, y todo aquellos bucles de oro. ¡Sólo me quería a mí!

Ludovico: Y, naturalmente, de eso también estaría ella celosa.

Ersilia: ¿Cómo no? ¡De eso sobre todo! Y fue ella, ¿sabes?, cuando vino aquel otro en un crucero…

Ludovico: …¿El teniente de navío?

Ersilia: Sí; ella, ella, la que creó a mi alrededor aquella noche, intencionadamente, el encanto que iba a perderme. Allí, sola, en aquel jardín, como embriagada, con aquellas palmeras…, aquel aroma…

Ludovico: Con ese sabor a mar, a sol, a noche oriental…, ¡es bonita! ¡Es bonita tu historia!

Ersilia: Si no la hubiera sufrido…

Ludovico: Con aquella bruja: me lo imagino. Es la perfidia de quien no ha gozado nunca, y sabe que el placer preparado insidiosamente a otra será pronto pagado con el más amargo desengaño. ¡Bellísimo!

Ersilia: ¡Si la hubiera visto…, tan maternal! Porque él había pedido formalmente mi mano al cónsul y a ella, a los que estaba confiada. ¡Cuánta amabilidad! Y luego, cuando él se marchó… ¡Dios mío!, ¿cómo se puede cambiar tan radicalmente, de repente? Todo género de vejaciones; aprovechaba todas las ocasiones para humillarme. Y al final, me echó la culpa de la desgracia…

Ludovico: … ¡Cuando había sido ella la que te había mandado salir a un recado!

Ersilia: (Rápida, volviéndose impresionada y contrariada) ¿Quién lo ha dicho?

Ludovico: Lo decía el periódico.

Ersilia: ¿Eso también?

Ludovico: Lo habrías dicho tú…

Ersilia: No, no… Yo no recuerdo…, no creo…

Ludovico: Entonces, es posible que me lo haya imaginado yo. O quizá lo inventara el periodista para colorear mejor aquella crueldad de plantarte en la calle, negándose a pagarte siquiera el viaje de regreso. ¡Eso es verdad!

Ersilia: ¡Eso, sí! ¡Eso, sí!

Ludovico: ¡Al contrario: casi debías haberles pagado tú a ellos la hija!

Ersilia: ¡Me amenazó! Sí: y me habría acusado como criminal, si no hubiera tenido miedo de que salieran a relucir ciertas cosas…

Ludovico: …de ella. ¡Ah! ¿Ves cómo es verdad?

Ersilia: (Turbada) No… no quiero decir… no quiero decir… Al contrario: siento que hayan publicado que fue ella la que me despidió. No quisiera acordarme de nada de lo que ocurrió allí. Recuerdo el viaje, lo que sufrí. Estoy segura de que, en el barco, venía conmigo la niña muerta, por no quedarse con sus malvados padres. Tengo la impresión de que a la niña la perdí… aquella noche que salí a la calle…

Ludovico: Pero, dime; al llegar aquí, ¿no fuiste en seguida en busca de él?

Ersilia: ¿Adónde iba a ir? No sabía su dirección. Siempre le escribía a la lista de Correos. Pregunté en el ministerio de Marina; me dijeron que ya no estaba en servicio.

Ludovico: ¡Pero debiste seguirle la pista, para exigirle cuentas del engaño, del delito que había cometido!

Ersilia: No supe hacerme valer.

Ludovico: ¡Te había prometido casarse contigo!

Ersilia: Me acobardé. Como me dijeron que estaba en vísperas de casarse… me impresionó tanto aquella traición, tan cruda, que… me acobardé. No tenía ni siquiera dos liras en el bolsillo; y… andar como una mendiga…

(Se lleva el pañuelo a los ojos. Luego, mirando fijamente al vacío:) En el parque…, al apretar en la mano aquellos comprimidos de veneno… pensaba en la niña… que había perdido la noche antes… Su recuerdo me animó para reunirme con ella.

Ludovico: ¡Vamos, vamos! ¡Ya no tienes que pensar en eso! ¡Ánimo!

Ersilia: (Después de una pausa, con una sonrisa tristísima:) Sí, pero al menos…, al menos hazme ser «aquélla».

Ludovico: ¿Aquélla? ¿Quién?

Ersilia: La que tú imaginaste. ¡Dios mío!, si por lo menos una vez fui algo, según tú me has dicho, quiero ser yo, en tu novela; ¡yo, yo «ésta», tal como soy! Me parece una traición, perdóname, que tú puedas ver en ella a otra.

Ludovico: (Riendo) ¡Qué gracia! Como si fuese una apropiación indebida, te parece.

Ersilia: ¡Claro!: de mis desventuras, de mi vida. Perdona, pero yo, que quise dejar de vivirla, que la sufrí hasta la desesperación, tengo derecho a vivir, al menos, en el relato que tú harás de ella… ¡precioso, ah!, tan bonito como aquella otra novela tuya que he leído… ¿cómo se titula? ¡Ah, ya!: «La esclusa»

Ludovico: No, monada. «La esclusa» no es una novela mía.

Ersilia: (Parada) ¿No es tuya?

Ludovico: No.

Ersilia: ¡Ah…!, pues me parecía…

Ludovico: Es de Pirandello. Un escritor que yo no puedo soportar.

Ersilia: (Mortificada, se cubre el rostro con una mano) ¡Dios mío!

Ludovico: No tiene importancia. Estabas confundida, y nada más.

Ersilia: (Con la mano todavía en el rostro, se echa a llorar)

Ludovico: ¿Pero es en serio? ¿Por eso lloras? ¡Vamos! ¿Qué puede importarme que te hayas equivocado atribuyéndome una novela que no he escrito yo?

Ersilia: No… es que… todo es así en mi vida… Nada… nada me sale bien, nunca… (Llaman a la puerta común)

Ludovico: ¿Quién es? Adelante.

Entra la señora Honoria, toda hecha miel, toscamente enternecida.

Honoria: ¿Se puede? (Busca con la mirada a Ersilia) ¿Dónde está?

(Queda parada y da una palmada piadosamente al verla enjugarse los ojos) ¡Oh!, ¿está llorando?

Ludovico: (Estupefacto, sin comprender aquel cambio repentino) ¿Qué ocurre?

Honoria: ¡Dios santo! ¡Ya podía usted haberme dicho que esta señorita era aquella del periódico! ¡La señorita Drei, Ersilia Drei, ¿verdad? ¡Oh, pobrecita, pobrecita! ¡No sabe usted cuánto me alegro de que esté usted curada y de que esté aquí!

Ludovico: ¿Y cómo se ha enterado usted?

Honoria: ¡Esta es buena! ¿Pues no lo leí en el periódico?

Ludovico: No, quiero decir, cómo ha sabido usted que es esta señorita.

Honoria: ¡Ah!, porque ha venido – mire (le entrega una tarjeta de visita) – el periodista que contó la historia.

Ludovico: ¿Aquí?

Ersilia: (Turbada) ¿El periodista?

Ludovico: ¿Y qué quiere de mí?

Honoria: Dice que tiene que pedir explicaciones, urgentemente, a la señorita.

Ersilia: (Como antes) ¿Explicaciones?

Ludovico: ¡Pero basta ya, por Dios!

Ersilia: (Cada vez más asustada en su turbación) ¿Qué explicaciones?

Ludovico: ¿Y quién le ha dicho que la señorita estaba aquí?

Honoria: Yo no sé.

Ersilia: (Rápida, a Ludovico) ¡Ni yo tampoco! Cuando hablé con él, ni siquiera sabía yo que iba a venir aquí, a su casa…

Ludovico: (Casi para sí) Comprendido… Algún indiscreto…

(A Ersilia) ¿Qué hago? ¿Quieres que pase?

Ersilia: ¡No, no…! Yo no sé… ¿Qué explicaciones tengo que darle?

Ludovico: Voy a ver… (Sale por la común)

Honoria: ¡Pobre hija mía! ¡Si supiera usted lo que lloré leyendo en el periódico toda su historia…!

Ersilia: (Muy angustiada, sin escucharla, mirando hacia la puerta) ¿Pero qué querrán ahora?

Honoria: (Confusa) Pues… quizá… ¡quién sabe!

Ersilia: (Desesperándose) ¡Dios mío, yo ya no podré resistir ninguna sorpresa!

Honoria: ¿Se siente usted mal?

Ersilia: ¡Sí, muy mal! Aquí… (En la boca del estómago) ¡Me ahogo…! Me han salvado; pero Dios sabe el daño que me ha quedado aquí. No puedo ni tocarme. Y en los riñones… un espasmo, así, continuo…

(Desalentada, gime) ¡Ah…, Dios mío…!

De pronto se oye un organillo que empieza a tocar en la calle.

Honoria: Desabróchese, desabróchese…

Ersilia: No, no… (Molesta por el sonido del organillo) ¡Ah, por caridad, haga que se aleje!

Honoria: ¡Sí, sí en seguida!

(Mete la mano en el bolsillo para coger el portamonedas) ¡En seguida!

(Corre a la ventana, la abre, llama al organillero, le hace señas para que se vaya; pero él sigue tocando. Y entonces ella, echándole un puñado de calderilla; le grita:) ¡Que hay enfermos!

(Y repite con el gesto «¡Váyase!» El sonido cesa de repente, ella cierra la ventana y vuelve junto a Ersilia) ¡Ya está! ¡Ya está! Hágame caso, desabróchese…

Ersilia: No… Tengo que estar de pie. Tengo tanto miedo de que esto tampoco dure…

Honoria: ¿El qué?

Ersilia: Estoy desesperada… Si usted supiera… No puedo más… Esta faja… ¡ah…! (se la estira) no puedo soportarla. (Se oye la voz de Ludovico que, en la puerta común, invita a alguien a pasar)

Ludovico: No, no; pase, pase, usted.

Entra el periodista Alfredo Cantavalle, seguido de Ludovico Nota. Cantavalle es un mocetón napolitano que quisiera ser elegante; tanto, que hasta lleva monóculo, y bien sabe la incomodidad que soporta. Es un buen muchacho. Frente baja, y mucha cabellera, pero todavía como de chico de la escuela; cara alargada y llena; es rubio; gruesas piernas feminoides, que hacen que su pantalón coja en seguida la forma.

Cantavalle: ¿Se puede? ¡Oh, señorita… mi buena amiga! ¿Me recuerda usted?

Ludovico: (Presentándolo) El periodista Alfredo Cantavalle.

Ersilia: Sí, recuerdo.

Cantavalle: ¡Me ha reconocido! (Notando a la señora Honoria) ¿Y… esta señora? ¿Es pariente?

Ludovico: No. Es la dueña de la casa.

Cantavalle: ¡Ah! ¡Tanto gusto! (Inclinación) Porque sé que la señorita no tiene a nadie. Me he enterado de que han tenido ustedes, ahí, abajo, un grave accidente, ¿eh?

Ludovico: Sí, un pobre anciano…

Honoria: Ahí mismo, junto a la ventana. ¡Qué espanto!

Cantavalle: Ha muerto.

Honoria: ¡Ah! ¿Ha muerto? ¿Ha muerto?

Cantavalle: Sí, señora. Antes de llegar al hospital.

Honoria: ¿Y quién era? ¿Quién era?

Cantavalle: Todavía no se sabe.

(A Ersilia) Señorita… ¿me permite usted que me congratule – no sólo con usted, sino también un poco conmigo mismo – de su conjurado peligro? ¡Ah, sí, de la gran suerte que tuve, y que recuerdo muy en favor suyo; quiero decir: de haber conmovido con mi modesta prosa, contando su dolorosísima historia, a un ilustre escritor!

(A Ludovico:) Pero, ¿qué locura, maestro, va diciendo ese amigo suyo? ¡Usted ha realizado el más bello gesto de su vida!

(De nuevo, a Ersilia:) ¡Y no puede usted imaginarse, señorita, lo que me alegro!

Ersilia: Sí, ha sido una verdadera suerte para mí.

Ludovico: ¡Dejemos eso, dejemos eso!

Cantavalle: ¡No, maestro! ¡Por tantas razones…! Una suerte; porque ahora podremos tener su testimonio. ¿Le parece poco? Ahora le diré… Si puedo hablar delante de esta señora… (Por la señora Honoria)

Honoria: (Contrariada) Me retiro, pero… mire que la señorita, en este momento…

Ludovico: ¿Te sientes mal?

Honoria: …se siente muy mal.

Ludovico: ¿Qué notas?

Ersilia: No sé…, no sé: un sudor frío. Una angustia…

Honoria: Venga conmigo, hágame caso; venga conmigo ahí… (Indica la puerta del fondo)

Ersilia: No, no…

Honoria: Sí, sí; se acostará usted.

Ludovico: Ve, ve, si te encuentras mal…

Honoria: Podrá desabrocharse.

Ersilia: No, gracias, déjeme. Puedo resistir.

Cantavalle: Las consecuencias del veneno, ya se sabe. Pero ya verá usted cómo ahora, con el tratamiento…

Ludovico: …¡y la tranquilidad!

Honoria: Yo estoy a su disposición, hija mía; no tiene más que mandarme. Si me necesita, llámeme.

Ersilia: Sí, señora. Gracias.

Honoria: Pues, entonces, me retiro.

Cantavalle: (Inclinándose) Señora…

Honoria: (Al marcharse, bajo, a Ludovico) ¡No la hagan hablar! ¡Un poco de consideración! ¿No ven ustedes qué cara tiene la pobre criatura?

Sale por la común. Ludovico cierra la puerta.

Cantavalle: Cuánto siento la molestia…

Ludovico: (Aburrido) ¡Le ruego, amigo Cantavalle, que sea breve!

Cantavalle: ¡Dos minutos, dos minutos, querido maestro!

Ludovico: Bueno, pero ¿se puede saber qué quiere todavía ese señor cónsul?

Ersilia: (Sorprendida, aterrada) ¿El cónsul?

Ludovico: ¡Sí, sí, él! (A Cantavalle) ¡Hay que pararle los pies!

Ersilia: (Como antes) Pero, ¿es que está aquí?

Cantavalle: Sí, aquí. Ayer se presentó en la administración del periódico, a armar un escándalo, señorita.

Ersilia: (Para sí, desesperándose) ¡Dios mío, Dios mío!

Ludovico: ¿Y qué es lo que quiere que se desmienta?

Cantavalle: Todo, según dice.

Ersilia: (A Cantavalle) ¿Ve usted, ve usted el daño que yo no quería hacer, y que usted me prometió no haría?

Cantavalle: ¿Yo? ¿Daño? ¿Qué daño?

Ersilia: ¡Claro! ¡Publicar el nombre de la ciudad, la calidad de las personas!

Ludovico: ¡Ah!, entonces, ¿desmentirlo todo? ¿Y cómo?

Cantavalle: Perdone, maestro:, contesto a la señorita. El nombre, señorita, lo que se dice el nombre, yo no lo he publicado.

Ludovico: ¡Y ha hecho usted muy bien en camuflar…!

Cantavalle: Yo escribí: «Nuestro cónsul en Esmirna.» ¿Qué saben los lectores del periódico quién es nuestro cónsul en Esmirna? Ni siquiera lo sabía yo. Ni lo sé todavía. ¡Lo que menos podía yo figurarme es que iba a presentarse ayer en la redacción!

Ersilia: (De nuevo para sí, desesperándose) ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Ludovico: Pero, entonces… ¿ha venido a Roma sólo a eso?

Cantavalle: ¡No, no ha venido a eso! Ha venido por la desgracia de su niña, que nosotros hemos contado. Y porque su mujer está como loca, según dice. Que no puede estar allí, donde ocurrió la desgracia. ¡Y se comprende!

Ersilia: Sí, lo decía, lo decía…

Cantavalle: En una palabra: ha venido a pedir el traslado. ¿Me explico? Ha leído el periódico… (Se besa la punta de los dedos) ¡Una lástima, maestro!

Ludovico: Pero ¿por qué?

Cantavalle: ¿Cómo, por qué? Tiene un cargo oficial delicadísimo de defender. ¡Figúrese: cónsul! Amenaza al periódico con una querella por difamación.

Ludovico: ¿Una querella? Pero, en resumen: ¿qué decía de él el periódico?

Cantavalle: Él sostiene que un saco de mentiras que le perjudican.

Ludovico: ¿Mentiras?

Ersilia: Yo no sé todavía qué es lo que escribió usted sobre él, sobre su mujer, sobre la desgracia…

Cantavalle: Puedo jurarle, señorita, que escribí fielmente lo que usted me contó: ni más ni menos. Eso sí, con el calor de la emoción que me produjo, pero sin adulterar lo más mínimo los hechos ni las circunstancias. Usted misma puede comprobarlo, leyendo el periódico.

Ludovico: (Que se ha acercado a registrar entre los papeles del escritorio) Creo que lo tengo…, creo que lo tengo…

Cantavalle: No se preocupe, maestro: yo le mandaré un número.

(A Ersilia) Yo, señorita, he querido tener una atención con usted. He venido aquí, para saber cómo debo arreglármelas, ante la reclamación y la amenaza de ese señor.

Ersilia: (Saltando, en un arranque de ira e indignación, casi entre dientes:) ¡Pero si él no tiene nada que reclamar, ni por qué amenazar!

Cantavalle: ¡Mejor! ¡Entonces, tanto mejor!

Ersilia: (De pronto, cayendo abatida sobre la chaiselongue:) ¡Dios mío…! ¡Me encuentro mal…, muy mal!

Presa de un llanto repentino, estalla en sollozos entrecortados que parecen también risa, y, por fin, se abandona, sin sentido.

Ludovico: (Corriendo hacia ella con Cantavalle, presuroso parar sostenerla y consolarla) ¡Ersilia! ¡Ersilia! ¡No!

Cantavalle: (Como antes) ¡Señorita! ¡No, no, por caridad! ¡Tranquilícese!

Ludovico: ¿Qué te pasa? ¡No! ¡No llores así!

Cantavalle: ¡No hay motivo para eso, señorita!

Ludovico: ¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Llame, llame a la señora!

Cantavalle: (Corriendo a la puerta común) ¡Señora! ¡Señora!

Ludovico: (Gritando) ¡Señora Honoria!

Cantavalle: ¡Señora Honoria! ¡Señora Honoria! (Sale)

Ludovico: ¡No, no! ¡Ersilia! ¡Dios mío! Sé buena… sé buena… ¡No, es nada!

Vuelve Cantavalle con la señora Honoria, que trae en la mano un frasco de agua antiespasmódica.

Honoria: ¡Ya vengo, ya vengo! ¡Oh, pobre muchacha! ¡Sujétenle la cabeza! ¡Así! ¡Pobre muchacha!

(Le aplica el agua) ¡Ya les decía yo que no la hicieran hablar, que no la molestaran!

Cantavalle: ¡Ya, ya vuelve en sí!

Ludovico: ¡Hay que llevarla a la cama!

Honoria: ¡Espere, espere!

Ludovico: ¡Ersilia!

Honoria: ¡Ánimo, ánimo, hija mía! ¡Ya pasó todo! ¡Ánimo!

Ludovico: ¡Ánimo, Ersilia!

Cantavalle: ¡No es nada, no es nada, señorita!

Ersilia: (Con voz casi alegre, de estupor infantil) ¡Dios mío! ¿Me he caído?

Ludovico: No. ¿Por qué? ¡Pero nos has dado un susto!

Ersilia: ¿No me he caído?

Ludovico: ¡Te digo que no!

Honoria: ¡Pruebe, pruebe, a ver si puede ponerse de pie!

Ludovico: Eso es: despacito, despacito.

Ersilia: ¿Por qué? Me pareció que me caía… como si de repente, no sé…, me hubiera convertido en plomo…

(Mira también a Cantavalle, pero, apenas lo ve, le entra como un terror nervioso y se levanta de un salto) ¡Dios mío, no, no!

(Vacila, está a punto de caerse; rápidamente la sostienen Ludovico y la señora Honoria)

Ludovico: ¡Vamos, Ersilia! ¿Qué es eso?

Ersilia: (Se aparta convulsa por la vista de Cantavalle e intenta huir) ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Honoria: (Como antes) Sí, vamos, vamos ahí…

La conduce, con Ludovico, hacia la puerta del fondo.

Honoria: (A la puerta, a Ludovico) ¡Usted, quédese aquí, quédese! ¡Yo me cuidaré…

Sale con Ersilia por el fondo.

Ludovico: Me parece que ya es hora de dejar de atormentar a esta desgraciada.

Cantavalle: No me lo diga usted a mí, que tan apenado estoy por ella, maestro. Pero… esto no es nada. Hay otra desdicha que la señorita ignora todavía.

Ludovico: ¿Otra desdicha?

Cantavalle: Pues… sí. Y es mejor que se lo advierta. El propio cónsul lo dijo en la redacción del periódico.

Ludovico: ¡Pero mándenlo ustedes al diablo!

Cantavalle: ¡Espere! No está bien que yo lo diga, maestro, pero… ¡colosal!, ha sido verdaderamente colosal el efecto de mi artículo: parece ser que la novia del teniente de navío, al enterarse del engaño cometido contra esta señorita, se indignó de tal manera que se ha negado a casarse. ¿Comprende?

Ludovico: ¿Ah, sí?

Cantavalle: ¡Colosal! Tanto más que, al descubrirse el pastel… no es sólo la indignación de la novia…: parece ser que el teniente de navío ha sentido remordimiento… ¿comprende? ¡Por la conmoción general que provocó mi artículo describiendo el intento de suicidio de esta señorita! ¡Ha perdido la cabeza!

Ludovico: ¿El teniente de navío?

Cantavalle: El mismo. Se llama… espere…: Laspiga, creo. ¡Totalmente perdida la cabeza! Vino el cónsul a decírmelo.

Ludovico: ¿Y cómo lo sabe él?

Cantavalle: El padre de la novia fue en busca suya al ministerio de Asuntos Exteriores, y se lo dijo.

Ludovico: ¡Ah, es un bonito embrollo!

Cantavalle: ¡Ya lo creo! ¡Incluso para usted, maestro, que se encuentra metido en él!

Ludovico: ¿Yo?

Cantavalle: ¿Cómo no? ¡Y yo! ¡Yo también estoy metido! ¡Amenazado de querella judicial!

Ludovico: ¿Pero ese padre de la novia…?

Cantavalle: ¡Está hecho una fiera! Porque su hija, al principio, se indignó; pero luego… comprenderá usted… la víspera de la boda… llantos… convulsiones, desesperación… ¡Menudo trastorno! Y como el cónsul conoció a ese Laspiga, allá, en Esmirna, y tenía allí a esta señorita de institutriz…

Ludovico: ¿…ha ido a pedirle informes a él?

Cantavalle: ¡Eso parece!

Ludovico: ¡Y qué informes le habrá dado! ¡La culpan también de la muerte de la niña!

En este momento, por la puerta común, que había quedado abierta, entra precipitado, agitado, descompuesto, con la palidez y el temblor del que no ha dormido durante varias noches, y casi ha perdido la cabeza, Franco Laspiga. Tiene veintisiete años, es rubio, alto, delgado, viste con elegancia.

Franco: ¿Se puede? ¡Perdonen…! ¿Ersilia? ¿Dónde está? ¿Dónde? ¿Está aquí? ¿Dónde está?

Ludovico: (Sorprendido lo mismo que Cantavalle, ante la irrupción imprevista) ¡Cómo! ¿Quién es usted?

Franco: Soy Franco Laspiga. Aquel… que…

Cantavalle: ¡Ah, el señor Laspiga! ¡Aquí lo tenemos!

Ludovico: ¡Usted aquí también!

Franco: He ido al hospital: ¡ya había salido! Fui corriendo a la redacción del periódico, y allí supe…

(Se interrumpe para dirigirse a Cantavalle) Perdone ¿es usted el escritor Ludovico Nota?

Cantavalle: ¡No! ¿Yo? ¡Aquí lo tiene usted!

Franco: ¡Ah! ¿Es usted?

Ludovico: (Molestísimo) ¡Yo! Pero… ¡caramba! ¿Cómo…? ¿Entonces, todo el mundo está enterado?

Cantavalle: ¡Ah, maestro, se olvida usted de quién es!

Ludovico: (Colérico, levantando los brazos) ¡Pero háganme el favor…!

Cantavalle: ¡Su gesto ha hecho ruido!

Franco: (Aturdido, confuso) ¿Qué gesto? ¡Díganme, por Dios! Entonces… ¿no está aquí?

Ludovico: (Casi clamando contra Cantavalle) ¡No me he propuesto ponerla a ella en primer plano de actualidad, ni ponerme yo con ella!

Cantavalle: ¡No, no! ¡Qué dice usted!

Ludovico: (Furioso) ¡Digo que me molesta toda esa publicidad!

(A Franco) Puede usted creer que la señorita está aquí, desde hace apenas una hora.

Franco: ¡Ah! ¿Está aquí? ¿Y dónde? ¿Dónde?

Ludovico: Fui yo a recogerla a la salida del hospital. No sabía adónde dirigirse, y yo le ofrecí hospitalidad en mi casa, dispuesto a irme esta noche a dormir a un hotel.

Franco: Yo le agradezco…

Ludovico: (Estallando, en el colmo de la cólera) ¿Qué tiene usted que agradecerme? ¿Que ya no tenga treinta años? ¡Eso es lo que usted me agradece! ¡Acabemos! ¿Qué busca usted aquí?

Franco: (Rápido, con ardor) ¡Vengo a reparar mi falta, caballeros! ¡Quiero que ella me perdone! ¡Me arrodillaré ante ella!

Cantavalle: ¡Magnífico! ¡Eso es de caballeros!

Ludovico: ¡Podía habérsele ocurrido antes!

Franco: Tiene usted razón, sí; no pensé… quise… que me olvidara… He pasado unos días… Pero ¿dónde está? ¿Ahí? ¡Déjenme que la vea!

Ludovico: No quisiera que este momento…

Franco: No… ¡Déjeme hablar con ella, por caridad!

Cantavalle: Quizá fuera mejor prevenirla.

Ludovico: Está acostada.

Cantavalle: Porque quizá, la alegría…

Franco: Pero ¿todavía se encuentra mal?

Ludovico: Se desmayó hace un momento.

Cantavalle: Y la emoción, comprenderá usted, podría…

Franco: (Como delirando) No pensé, no creí que aquel sueño… ¡Dios mío!, este final… ha destrozado mi vida. Aquellos gritos de los vendedores de periódicos… Sentí como si me agarraran y me arrojaran al suelo… Gritos… gritos… Mi prometida, su padre, su madre… ¡hasta los vecinos, en la escalera…! ¡Fui corriendo al hospital: no me la dejaron ver! ¡Cuánto daño, cuánto daño he hecho a todos! ¡Veo el mundo lleno del daño que he hecho, y me siento aplastado por él! ¡Tengo que reparar ese daño! ¡Tengo que repararlo!

Cantavalle: ¡Claro, claro! ¡Bravo! ¡Es lo que hay que hacer! ¡Es la mejor solución, y yo me alegro mucho, maestro! ¡Me alegro mucho!

En este momento, sale por la puerta del fondo la señora Honoria, manoteando, haciendo señas para que se callen. Rápidamente vuelve a cerrar la puerta, y avanza.

Honoria: ¡Cállense, cállense, por caridad, que lo ha oído todo!

Franco: ¿Sabe que estoy aquí?

Honoria: ¡Precisamente! ¡Y está temblando toda, se contorsiona…! ¡Amenaza con tirarse por la ventana, si entra usted!

Franco: ¡Cómo! ¿Por qué? ¿No quiere perdonarme?

Cantavalle: (Al mismo tiempo) Pero ¡cómo! ¡Al contrario! ¡Si debería…!

Honoria: ¡No! ¡Es un ángel! ¡Dice que no quiere!

Ludovico: ¿Qué es lo que no quiere?

Honoria: (A Franco) ¡Dice que debe usted volver junto a su prometida!

Franco: (Rápido, fuerte, conciso) ¡No! ¡Se acabó! ¡Con aquélla, acabó todo!

Honoria: No quiere que ahora, por ella, se le haga daño a otra muchacha.

Franco: ¡No, no! ¿A quién? ¡Si es ella, ella, ahora, mi prometida!

Honoria: ¡Ya no quiere oír hablar de eso!

Franco: ¡Pero si he venido a que me perdone, a compensarla del daño que le he hecho!

Honoria: ¡Por caridad, hable bajo, que no le oiga!

Franco: (A Ludovico) ¡Vaya, vaya usted a decírselo! ¡Convénzala!

Ludovico: ¡Claro! ¡Es la justa reparación!

Franco: ¡Dígale que lo olvide todo; que estoy aquí por ella; que mi deber me llama hacia ella! ¡Vaya, vaya usted!

Ludovico entra en la habitación del fondo.

Honoria: (Obstinada) ¡Lo hace por la otra!

Franco: (Rápido, irritado) ¡Pero si con la otra todo ha terminado!

Honoria: ¡No quiere! ¡No quiere!

Franco: ¿Por qué no quiere? ¡Yo ahora ya no puedo volverme atrás! ¡Por mí, por mí mismo, no puedo! Porque ahora todo ha vuelto a presentárseme…

Cantavalle: ¡El pasado! ¡Claro! ¡La evocación!

Franco: Una cosa que, ¡Dios mío!, me parecía ya tan lejana, tan lejana… Como un sueño; como si no hubiera sido verdad, aquella noche, allí, aquella promesa… Esas promesas que se hacen… porque sí… porque entonces hay que hacerlas…

Cantavalle: Y luego, todo pasa…

Franco: (Continuando, con ímpetu) …creí que no tenía por qué preocuparme; y pude desentenderme, a pesar de las cartas que ella me escribía y yo rompía como cosa sin importancia. ¡Es increíble, increíble, cómo he podido mentirme a mí mismo, y hacer lo que he hecho: mientras, para ella, mi promesa era válida, todo verdad, y no un sueño como para mí! ¡Tan verdad – ¡ahora lo veo!—, que cuando llegó aquí, mi traición fue para ella, como para mí aquellos gritos, la dura realidad que se nos presenta de pronto y nos hiere, nos anonada!

Vuelve Ludovico serio, turbado, resuelto.

Ludovico: Nada. Por el momento, no es posible.

Franco: ¿Cómo no es posible? Pero ¿qué dice? ¿Qué dice?

Ludovico: Me ha prometido que lo verá mañana.

Franco: ¡Dios mío! ¡Pero yo me volveré loco esta noche! ¡No!

Ludovico: ¡Le digo que no es posible! ¡En este momento, no es posible!

Franco: ¡Llevo tres noches sin dormir! ¡Déjeme decirle, al menos, una palabra, por caridad!

Ludovico: (Firme, con dureza) ¡Es inútil que insista! (Atenuado) ¡Sería peor para ella, créame!

Franco: Pero ¿por qué?

Ludovico: Déjela reflexionar esta noche. Yo le he hablado. Le he dicho…

Franco: Pero ¿por qué no quiere? Si es por la otra., ¡todo ha terminado! Pero, dígame: si ella ha intentado suicidarse por mí, ¿por qué no quiere?

Ludovico: (Perdiendo la paciencia) ¡Querrá! ¡Querrá! ¡Pero espere usted a que se serene!

Cantavalle: ¡Y que se serene usted también!

Franco: No puedo… no puedo…

Ludovico: (De nuevo, con bondad) Hágame caso: yo confío en que mañana se convencerá…

(A la señora Honoria) ¡No la deje usted sola, por favor!

Honoria: (Acudiendo) Sí, sí, voy, voy… Pero den la luz; aquí ya no se ve.

Sale por la puerta del fondo.

Ludovico hace girar el conmutador.

Ludovico: Nosotros, ahora, podemos retirarnos.

Franco: Pero, ¿no puedo verla siquiera?

Ludovico: Mañana por la mañana la verá usted, y hablará con ella. Estaré yo también. ¡Ahora, vámonos! (Le indica la puerta)

Cantavalle: Y tendrá usted que reconocer que es la mejor solución…

Ludovico: (Iniciando el mutis él también) Por ahora, hay que dejarla tranquila; está sufriendo, debatiéndose… Vamos, vamos.

Franco: (Frente a la puerta común) Pero yo creo que, al contrario, con mi llegada…

Ludovico: (A Cantavalle, empujándolo hacia la salida) Pase, pase.

Cantavalle: Gracias, maestro. (Sale)

Ludovico: (A Franco, como antes) Pase. Su llegada, al contrario…

Sale con Franco y cierra la puerta tras de sí.

La escena queda desierta un momento, se oyen los ruidos de la calle. Luego, se abre la puerta del fondo, y entra aguadísima, sujetándose todavía el busto, Ersilia seguida de la señora Honoria.

El siguiente diálogo será muy movido.

Ersilia: ¡No, no! ¡Quiero marcharme!

Honoria: Pero ¿adónde? ¿Adónde quiere irse?

Ersilia: ¡No lo sé! ¡Marcharme!

Honoria: ¡Es una locura!

Ersilia: ¡Desaparecer! ¡Desaparecer! ¡Abajo, por la calle! ¡No lo sé!

Coge el sombrero para ponérselo.

Honoria: (Deteniéndola) ¡No, no la dejaré!

Ersilia: ¡Déjeme, déjeme! ¡Ya no quiero quedarme aquí!

Honoria: Pero ¿por qué?

Ersilia: ¡Porque ya no quiero ver ni oír a nadie!

Honoria: ¿Quiere usted decir que no lo verá mañana?

Ersilia: ¡No, no, a nadie! ¡Déjeme marchar, por caridad!

Honoria: «¡A nadie, a nadie!» ¡Yo se lo diré al señor Nota, no lo dude!

Ersilia: ¿Qué culpa tengo yo de que me hayan salvado?

Honoria: ¿Culpa, usted? ¿Qué dice? ¡Culpa!

Ersilia: ¡Me acusan! ¡Me acusan!

Honoria: ¡No! ¿Quién la acusa?

Ersilia: ¡Todos, todos! ¿No ha oído usted?

Honoria: ¡No! Pero sí ha venido a pedirle perdón!

Ersilia: ¡Qué, perdón! ¡Yo hablé de él, porque creí que iba a morir! ¡Ahora, basta! ¡Basta ya!

Honoria: ¡Bueno, pues, basta! ¡Mañana se lo dirá usted al señor Nota…!

Ersilia: Yo quería haberme quedado aquí en paz…

Honoria: ¿Y por qué no puede quedarse, si quiere?

Ersilia: ¡Porque lo molestarán! ¡Lo molestarán!

Honoria: ¿Al señor Nota?

Ersilia: ¡Lo ha dicho!

Honoria: ¡No, no creo! Es un poco ligero de cascos; pero es bueno; ya verá lo bueno que es en el fondo, el señor Nota.

Ersilia: Pero si es aquel otro, aquel otro.

Honoria: ¿Quién?

Ersilia: Aquel otro, que yo no quería nombrar siquiera. ¡Ha amenazado con una querella al periódico!

Honoria: ¿El cónsul?

Ersilia: ¡Sí, él! ¡Ya no me dejará en paz!

(Sublevándose de nuevo, desesperada) ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Déjeme marchar! ¡Déjeme marchar!

Honoria: ¡No! ¡Cálmese, por Dios! ¡A ese otro, ya se encargará el señor Nota de tenerlo a raya! ¿Qué puede hacerle ya, después de la manera cómo la trató a usted? Vamos, vamos, tranquilícese…

(Ersilia cae abatida en una silla) ¿Ve usted cómo ni siquiera se tiene de pie?

Ersilia: (Desesperada) Es verdad… es verdad… ¡Dios mío! ¿Qué haré?

Honoria: ¡Volverse a la cama, y portarse bien! Le prepararé algo para cenar. Luego, descansará usted tranquila…

Ersilia: (Lentamente, tímida, volviéndose hacia ella para hacerle una de esas confidencias sobreentendidas que se hacen entre sí las mujeres) Pero… usted comprenderá… Estoy con lo puesto, y…

Honoria: ¿Y…?

Ersilia: No tengo nada… No he traído nada… Tenía una maletita en la pensión donde me hospedé… No sé qué habrá sido de ella; la habrán requisado.

Honoria: Mañana iremos a recogerla. No se preocupe. Mandaré a alguien, o iré yo misma.

Ersilia: Ya, pero… ahora… Ahora estoy desnuda.

Honoria: (Rápida, afectuosa, dispuesta) ¡Yo lo remediaré! ¡Usted, ahora, a acostarse, que estoy yo aquí! Acuéstese, acuéstese… Yo vuelvo en seguida. En seguida…

Sale por la común.

Ersilia queda un momento sentada, mira a su alrededor como asustada; luego, inclina la cabeza a un lado, desesperadamente cansada. Respira mal. Se pasa una mano por la frente helada; teme sentirse desfallecer otra vez. Se levanta; va a abrir una ventana. Al anochecer, los ruidos de la calle se han acentuado, y luego casi han cesado por completo. Una pandilla de jovenzuelos pasa vociferando; uno de ellos canta desgarbadamente una cancioncilla sentimental: «Mimosa»; pero, de repente, el canto se corta entre carcajadas y alaridos. Ersilia, que ha vuelto a sentarse junto a la mesa, espera a que la pandilla de jovenzuelos se aleje y cesen los ruidos desgarrados de abajo; Luego, dice con los ojos muy abiertos, casi sin voz:)

Ersilia: La calle…

Telón


Acto Segundo

El mismo decorado. A la mañana siguiente.

Entran por la puerta común, seguidos de Emma, Franco Laspiga y Ludovico Nota. Ludovico trae el sombrero puesto. Franco deja el suyo en la primera silla, junto a la puerta. Poco después, Ludovico dejará también el suyo.

Ludovico: (A Emma) ¿La señora Honoria?

Emma: Está ahí (Señala la puerta del fondo), con la señorita.

Ludovico: ¿Cómo ha pasado la noche la señorita?

Emma: Muy mal. No ha dormido nada. Y la señora, tampoco.

Franco: ¡Si hubiera podido hablarle anoche…!

Ludovico: (A Emma) Entre sin hacer ruido, y dígale a la señora Honoria que estoy yo aquí.

Emma: Sí, señor. (Se dirige a la puerta del fondo)

Ludovico: ¿Ha habido correo?

Emma: (Volviéndose) Sí, señor. Ahí está, encima de su mesa. (Abre la puerta del fondo sin hacer ruido, y desaparece)

Ludovico: (Mientras va a recoger su correspondencia, a Franco) Pero siéntese, siéntese.

Franco: No, gracias. No puedo estar sentado.

Ludovico: (Soplando) ¡¡Ah!! ¡Voy a abrir aquí un poco!

Abre una de las ventanas, y se pone a hojear su correspondencia que se compone sólo de periódicos.

Los ruidos de la calle se oyen más claramente, mezclados con los del mercado de por las mañanas. Ludovico, molesto, vuelve a cerrar y se acerca a Franco con un periódico, señalando con el dedo una noticia.

Ludovico: Mire esto; lea, lea esto. (Le da el periódico)

Franco: (Después de leer) ¿Un mentís?

Ludovico: Sí. Que se publicará mañana.

Entra por la puerta del fondo la señora Honoria, seguida de Emma, que se va por la común.

Franco: (Viéndola entrar) ¡Ah, ya viene…!

Honoria: (Agitando las manos en el aire) ¡Qué noche! ¡Ay, qué noche!

Franco: ¿Y qué hace? ¿No viene?

Honoria: Si puede. Ya sabe que está usted también aquí. ¡Pero no la turbe, por caridad! Esta mañana se había adormecido un poco.

Ludovico: Y con ese ruido de la calle…

Honoria: No. Entró la mujer a decirme que estaba usted con otro señor… y se ha despertado. Yo tenía miedo a que se negara, como anoche…

Franco: (Como conjurando) ¡No, no!

Honoria: No, en efecto, ha dicho que quería hablar con usted.

Franco: ¡Ah, bien! Se habrá convencido…

Ludovico: Claro que sí. Y si no, ya la convenceremos.

Honoria: Yo tengo mis dudas: anoche, en cuanto salieron ustedes, quiso escaparse de aquí.

Ludovico: ¿Escaparse?

Franco: ¿Adónde? ¿Por qué escaparse?

Honoria: ¡No lo sé! ¡Quería huir! ¡No saben ustedes lo que me costó detenerla! ¡Yo no sé cómo le han dado el alta en el hospital; todavía no está bien!

Ludovico: (Un poco molesto, con frialdad) Pues, la verdad… cuando estaba conmigo…

Honoria: ¡Ni mucho menos! ¡Haciendo un gran esfuerzo se mantenía de pie; pero sufriendo mucho! ¡Teme tanto que usted se canse…!

Ludovico: ¿Yo? ¡No…! Ahora, más bien… (Señala a Franco)

Franco: ¡Sí, sí: la curaré yo! ¡La curaré, la curaré yo!

Honoria: Yo me voy a descansar un momento. No puedo más. Pero si ustedes me necesitaran…

Ludovico: Sí, sí, vaya usted…

Honoria: …no tienen más que llamar.

(Se dirige a la puerta común, pero se vuelve y dice a Ludovico:) ¡Figúrese que la pobrecita no tiene más que lo puesto! Le han requisado la maleta, no sé si en la pensión o en Comisaría. ¡Hay que ir a recogerla!

Ludovico: Sí, sí; ya nos encargaremos…

Honoria: ¡Pero pronto: hoy mismo! Está…

(Iba a decir «desnuda», pero se detiene y exclama:) ¡Y si tiene que comparecer…! ¡Dios mío…! ¿Se encargará usted?

Franco: ¡Yo me ocuparé de eso! ¡Yo me encargaré!

Honoria: Creo que sería mejor que se encargara usted, señor Nota.

Ludovico: (De nuevo, aburrido) ¡Está bien!

(Luego, en otro tono) Vamos a esperar, y que ella (Ersilia) diga…

Honoria: ¡Por caridad, no la abandone!

Ludovico: (Colérico) ¡No está mal! ¡Ahora viene usted a recomendármela: usted, que ayer…!

Honoria: ¡Pero ayer yo no sabía nada! ¡Dios mío, si parece como cuando un animalito va por la calle y todos los perros se le echan encima; y cuanto más manso es, más dentelladas le dan! ¡Está tan asustada, la pobrecita…!

Ludovico: (Como antes) ¡Pero comprenderá usted que también a mí, ahora, me parece otra cosa!

Honoria: (Con pena, aludiendo a Ersilia) ¿Quién? ¿Ella?

Ludovico: ¡Toda esta historia, que yo creía ya terminada, y tan distinta! ¡No podía ser peor! Primero, el periodista con su crónica; ahora, aquí el señor (Laspiga); y luego, ese señor cónsul que aparece protestando…

(A Franco) ¿Ha visto usted en el periódico…?

Franco: Pero, entonces, ¿el cónsul Grotti está aquí?

Ludovico: (Con vivacidad, para decir el motivo de su cólera) ¡Aquí, aquí, también él, aquí todos! Y parece ser que el padre de su prometida ha ido también en su busca.

Franco: (Estupefacto, turbándose) ¿El padre de mi prometida? ¿Y para qué?

Ludovico: Pues… ¡no lo sé! ¡Para informarse!

Franco: (Indignado) ¿Y qué es lo que pretende todavía? ¡Después de haberme echado a empujones! ¿De manera que el cónsul Grotti también se ha puesto en contra de ella? (Indica la puerta del fondo, refiriéndose a Ersilia)

Honoria: ¡Ah, todos contra ella…!

Ludovico: Eso parece. Mejor dicho: así es. Comprenderá usted que yo vivo aquí escribiendo, absorto en mi trabajo.

Franco: (Casi para sí, con rabia) Quisiera yo saber por qué razón el cónsul Grotti…

Ludovico: ¡Él lo sabrá! Yo, por mí, sólo le digo que me había interesado el caso de una vida; cosas, personas…, naturalmente, como yo me lo había imaginado. Ahora, toda esta secuela, toda esta maraña, me lo ha estropeado; ¡me lo ha estropeado todo! Pero, afortunadamente, ahora está usted aquí.

Franco: ¡Sí, sí! ¡Aquí estoy yo! ¡Aquí estoy yo!

Honoria: Bueno, yo voy a descansar. (Juntando las manos para recomendar:) ¡Miren por ella! (Sale por la común)

Franco: (Resuelto, con ímpetu) Me la llevaré lejos de aquí. Puedo hacerlo. ¡Lejos, lejos!

Ludovico: ¡No se entusiasme demasiado! ¿Ve usted lo que ocurre?

Franco: Ya, pero ¿y ella? (Ersilia)

Ludovico: Pues me parece que es la prueba más desgraciada. La víctima.

Franco: Sí, pero ¿por qué? Porque yo, precisamente «por no entusiasmarme demasiado», como usted dice, la traicioné, y me traicioné a mí mismo. Dejé el mar para venir a ahogarme en el pantano de la vida corriente.

Ludovico: Sin embargo, llega un momento…

Franco: (Con ímpetu creciente) ¡No! ¡No, cuando llegamos al convencimiento de que no es posible vivir como habíamos soñado, y de que es irrealizable lo que en el sueño nos parecía tan fácil que podíamos palparlo!

Ludovico: Ya. Porque, en ciertos momentos, el alma se libera de todas las miserias.

Franco: ¡Eso es, sí, señor!

Ludovico: Salta por encima de todos los pequeños obstáculos de la vida cotidiana; se sacude de encima las cosas pequeñas, los cuidados mezquinos y los deberes mediocres.

Franco: ¡Exacto! ¡Y así se libera, y respira un aire donde las cosas más difíciles se hacen facilísimas!

Ludovico: Y todo se desliza suavemente, como en una divina embriaguez. Sí. Pero son sólo momentos, amigo mío.

Franco: (Rápido, con fuerza) ¡Porque nuestro ánimo cede, porque no sabe resistir!

Ludovico: (Sonriendo) No. Porque, entretanto, usted no sabe las jugarretas que le arma, las bromas que le da, las sorpresas que le prepara su alma, mientras respira y palpita en el aéreo fervor de aquellos momentos, libre de todo freno, destituida de toda reflexión, encendida, alucinada en aquella llama de sueño. Usted no se da cuenta; pero un buen día – un mal día – se siente arrastrado hacia abajo.

Franco: ¡Sí; pero no hay que dejarse arrastrar! Por eso le digo que quiero volverme allá, lejos; llevármela adonde ella estuvo esperándome alegre, confiada, en aquella luminosa felicidad de sueño, que a mí – por un oscurecimiento de todo – me pareció una locura de la cual ya estaba curado… Pero ahora me siento otra vez en aquel estado de ánimo: he vuelto a encontrarme; ¡y se lo debo a ella!

Ludovico: No se entusiasme. Ya verá usted lo caída que está.

Franco: ¡Yo volveré a levantarla!

(Se abre la puerta del fondo. Aparece Ersilia) ¡Ah, aquí está!

(Al verla se queda pálido y dice para sí:) ¡Dios mío!

En efecto, Ersilia aparece con el cabello suelto, deshecha, palidísima, y avanza, desesperadamente resuelta, hacia Ludovico.

Ersilia: ¡Renuncio, señor Nota! ¡Renuncio! ¡No quería esto tampoco! Su proposición… ¡No, no es posible! ¡Renuncio a todo, a todo!

Ludovico: ¡Pero qué dice! ¡Mire quién está aquí! (Señala a Franco)

Franco: ¡Ersilia! ¡Ersilia!

Ersilia: Usted… ¿a quién llama? ¿Ve usted quién soy… cómo soy?

Franco: (Acercándose a ella, con pasión) ¡Veo que has quedado reducida a esto! ¡Pero eres Ersilia! ¡Mi Ersilia! (Y va a abrazarla) ¡Volverás a ser mi Ersilia!

Ersilia: (Deteniéndolo con horror) ¡No me toque! ¡No me toque! ¡Déjeme!

Franco: ¿Me hablas de usted? ¡Tú, que tienes que ser mía, mía, como ya lo fuiste!

Ersilia: ¡Ah, esto es una afrenta insoportable! Pero, Dios mío, ¿cómo tengo que decir que para mí ha terminado todo?

Franco: ¡Pero si no ha terminado! ¿No ves cómo estoy yo aquí, a tu lado?

Ersilia: Usted ya no puede ser para mí lo que fue, allí…

Franco: ¡Sí, sí; soy el mismo! ¡Soy el mismo!

Ersilia: ¡No! Y además… ¡Dios mío, podía usted notarlo… yo ya no puedo ser la misma!

Franco: No es verdad. Quisiste matarte por mí. ¡Lo dijiste! ¿Y entonces…?

Ersilia: (Sombría, con extrema resolución) Y entonces… ¡no es verdad!

Franco: ¿Cómo que no es verdad?

Ersilia: No es verdad. ¡No fue por ti! ¡Ni siquiera vine a buscarte! ¡Mentí!

Franco: ¿Mentiste?

Ersilia: ¡Sí! Di una razón… la última, que en aquel momento era verdadera; pero ya no lo es.

Franco: ¿Ya no? ¿Por qué?

Ersilia: ¡Porque yo, ahora, por mi desgracia, estoy viva; estoy viva todavía!

Franco: ¿Por tu desgracia? ¡Es una suerte!

Ersilia: (Irónica) ¡Gracias! ¿Quieres condenarme a ser la que yo quise matar? ¡No, no; basta; aquélla, no! ¡Aquélla, no! ¡O déjala vivir con la explicación que dio entonces, y que ahora ya no vale, ni para ti ni para mí! ¡Basta!

Ludovico: Pero ¿por qué ya no vale?

Franco: Si por aquella razón quisiste morir…

Ersilia: ¡Eso es! ¡Precisamente: morir! ¡Acabar! Pero como no he muerto, ya no vale.

Franco: Si yo no pudiera remediar… ¡Pero puedo!

Ersilia: ¡No, no!

Franco: ¿Cómo no? ¡Al contrario: lo que era para ti la razón de morir, debe ser ahora la razón de vivir!

Ludovico: ¡Así es!

Franco: ¡Para eso estoy aquí!

Ersilia: (Con otra voz, imprevista, cortante, silabeando, juntando el índice y el pulgar para acompañar las sílabas con el gesto) Me cuesta trabajo reconocerte.

Franco: (Parado) ¿Tú… a mí?

Ersilia gesticula de pronto con las manos en el aire, y, ante el estupor de los dos, va a sentarse. Ellos la miran como al que, inesperadamente, se nos aparece completamente distinto de como lo habíamos imaginado.

Después de una pausa:

Ersilia: ¡No me haga perder el juicio!

(Otra pausa; luego, en el mismo tono) ¿Acaso a ti no te cuesta también trabajo reconocerme?

Franco: (Sumiso, apesadumbrado) No, no… ¿por qué te parece así?

Ersilia: Hasta tal punto… ¿sabes?, que, si te hubiera visto antes, no habría podido siquiera decir…

Franco: ¿Qué?

Ersilia: …que me mataba por ti. ¡No es verdad! ¡Pero es que ni la voz, ni los ojos…! ¿Me hablabas con esa voz? ¿Me mirabas con esos ojos?

Yo te veía… ¡Qué sé yo…!

Franco: (Helado) Me alejas, Ersilia… Me haces dudar de mí… y de ti…

Ersilia: Porque tú no puedes comprender esta cosa horrible de una vida que vuelve a ti así… como… como un recuerdo que, en vez de tenerlo dentro, te llega de fuera inesperadamente; y tan cambiado, que apenas si puedes reconocerlo. Ya no sabes encontrarle sitio dentro de ti, porque tú también has cambiado, y no consigues volver a sentirte vivo en él, aun viendo que sí, era vida tuya, como fuiste quizá – ¡pero no para mí!—; cómo hablabas, cómo mirabas, cómo te movías en el recuerdo de aquel otro, sin ser tú.

Franco: ¡Pero soy yo, Ersilia! ¡Yo, que vuelvo a ser aquél, que quiero ser otra vez aquél para ti!

Ersilia: No puedes. Dios mío, ¿no lo comprendes? ¡Porque ahora, al verte, estoy segura de que jamás has sido aquél!

Franco: ¿Yo?

Ersilia: ¿Por qué te asombras? Me he dado cuenta de que tú, hace un instante, al oírme hablar, has tenido la misma impresión.

Franco: Sí, es cierto; pero es porque ahora dices cosas…

Ersilia: ¡…que son verdad! ¿Por qué no quieres aprovecharte de ello? Todos pueden aprovecharse de ello. ¡Yo soy la única que no puede! Tú no tienes la culpa…

Franco: Pero, Dios mío, ¿de qué no tengo yo la culpa?

Ersilia: Del daño que me hiciste.

Franco: ¿Cómo no voy a tener la culpa? ¡Si estoy aquí por eso!

Ersilia: En la vida… ¿eh..? en la vida se hacen cosas… pueden hacerse cosas…

Franco: Pero luego viene el remordimiento… como el que yo siento. Verdadero remordimiento, no un simple sentimiento del deber.

Ersilia: Pero cuando sepas que yo no soy la que tú creías…

Franco: (Desesperado) Dios mío, ¿pero qué dices?

Ersilia: Y usted, también, señor Nota… ¡Soy otra! ¡Pero le juro que yo lo hubiera dado todo por ser la que usted había imaginado! ¡Para usted sí; para usted sí podía, porque se trataba de vivir en la ficción de su arte! Pero, no, señores: la vida… ¡eso es…! la vida que yo me quité… ¿ve usted…? ¡no quiere soltarme! ¡Me ha agarrado con los dientes, y no quiere soltarme! ¡Helos ahí a todos, otra vez sobre mí! ¿Adónde tendré que irme?

Ludovico: (Bajo a Franco) Ya se lo dije: el estado de ánimo de la señorita… tiene que recuperarse poco a poco, y…

Ersilia: ¿Quiere usted también atormentarme ahora?

Ludovico: ¡Yo, no… al contrario!

Ersilia: ¡Pero si usted sabe que ya no es posible!

Ludovico: ¿Por qué no?

Ersilia: ¡Ah, para usted, que lo había imaginado tan bien, puede no tener importancia; sólo el placer de haber adivinado! ¡Pero lo que para usted fue sólo inspiración literaria, yo tuve que sufrirlo en mi carne viva, que soportó la vergüenza, el horror!

Ludovico: ¡Ah… aquello…!

Ersilia: ¡Dígaselo! ¡Dígale lo que he hecho, para que se marche!

Ludovico: ¡No, no! ¡Nadie puede culparla a usted…!

Ersilia: ¡Se lo diré yo! (A Franco) ¡Sepa usted que me ofrecí, en la calle, al primero que pasó!

Ludovico: (A Franco, que se cubre el rostro con las manos) ¡Desesperada! ¡Fue la víspera del suicidio! ¿Comprende?

Franco: ¡Sí, sí! ¡Ah… Ersilia!

Ludovico: A la mañana siguiente se envenenó en un parque, porque no podía pagar la pensión. ¿Comprende?

Franco: ¡Sí! ¡Y eso aumenta mi remordimiento; mi obligación de reparar el daño que te he hecho!

Ersilia: (En un grito, exasperada) ¡Pero no tú!

Franco: ¡Yo, yo! ¿Y quién más?

Ersilia: (En el colmo de la exasperación) ¿Quieren obligarme a decirlo todo… todo? ¿Hasta lo que nadie se confiesa a sí mismo?

(Se para un momento, por contenerse; luego dice firme, decidida, mirando al vacío, con ojos de loca) ¡Medí fríamente el asco que me daba, para ver si podría seguir soportándolo! Me maquillé un poco, antes de salir de la pensión con el veneno en el bolso, en un tubito de vidrio. Tenía tres tubos de aquéllos en la maleta. Institutriz. Me servían, en caso necesario, como desinfectantes. Maquillándome, me miré – exactamente como usted lo imaginó – en el espejito giratorio que había sobre la consola, en la habitación. Y no sólo la primera vez; sino también después de aquella prueba, al día siguiente, cuando salí de la pensión para suicidarme. ¡Sí! Porque hasta un momento antes, en aquel banco del parque, yo no sabía, no quería saber que iba a intentarlo. Al contrario: habría repetido la prueba, sin dificultad, si la casualidad lo hubiera querido. Si hubiera pasado alguno que se fijara en mí, y que no me desagradara demasiado… no sé si después habría intentado el suicidio. Me había dado incluso un poco de rojo a los labios, y me había puesto expresamente este vestido azul celeste.

(Se levanta) ¿Y qué significa que yo esté ahora aquí, en esta casa? Quiere decir que… después de haberlo comparado con la muerte, he vencido aquel asco. Si no, no estaría en casa de uno que me escribió sin conocerme, ofreciéndome asilo.

Franco: (Con repentina decisión) ¡No! ¡Yo sé por qué hablas así! ¡Sientes el placer de denigrarte a ti misma!

Ersilia: (Rápida, violenta) ¿Yo? ¡Vosotros!

Franco: ¡Ah! ¿Ves? ¡Sabes decirlo! ¡Lo sientes como una crueldad de los demás! Pues ¿por qué té opones a que al menos uno de esos otros, al que se le ha despertado la conciencia, repare esa crueldad?

Ersilia: ¿De qué manera? ¿Repitiéndome el daño?

Franco: ¡No, no…!

Ersilia: (Subrayando las frases) ¡Te he dicho que fingí, te digo que mentí, te repito que no es verdad! ¡No han sido los demás! ¡No has sido tú! ¡Ha sido la vida! ¡Esta vida que todavía me dura – ¡Dios mío, qué desesperación! – sin haber podido jamás consistir en nada! Pero ¿qué más puedo decirte para que te vayas?

Llaman fuerte en la puerta común.

Ludovico: ¿Quién es? ¡Pase!

(Se abre la puerta y entra Emma) ¿Qué desea usted?

Emma: (Desde la puerta) Está aquí el señor cónsul Grotti.

Ersilia: (En un grito) ¡Ah! ¡Aquí está! ¡Me lo esperaba!

Ludovico: ¿Pregunta por mí?

Franco: ¡Aquí estoy yo también!

Emma: No. Desea hablar con la señorita.

Ersilia: ¡Sí! ¡Sí! ¡Déjenme hablar con él, por favor!

(A Emma) ¡Dígale que pase! (Sale Emma) ES mejor, es mejor que hable con él. ¡Cuando antes, mejor!

Entra el cónsul Grotti. Moreno, fuerte, de poco más de treinta años, viste de negro, y hay en su mirada, en todo el rostro, una expresión de dureza contenida.

Ersilia: Pase, pase, señor cónsul.

(A Ludovico, presentando) El señor cónsul Grotti.

(Luego, a Grotti) El señor Nota…

Grotti: (Inclinándose) Lo conozco por su fama.

Ersilia: (Continuando) …que ha tenido la bondad de acogerme en su casa. (Señalando a Franco) Al señor Laspiga ya lo conoce usted.

Franco: Me conoció en tiempos muy distintos. Pero yo ahora estoy aquí…

Ersilia: (Interrumpiéndolo) ¡Por caridad, no hable usted!

Franco: ¡No! (A Grotti) ¡Mire! (Le muestra a Ersilia) ¡Mire aquella que yo le pedí, allí, por esposa!

Ersilia: (Temblorosa) ¡Le ruego que no añada nada más!

Franco: ¡No añado nada!

(A Grotti) ¡Ese desdén, el estado en que vuelve usted a verla, le bastarán para comprender por qué estoy aquí!

Ersilia: (Como antes, exasperada) ¡Deje en paz mi estado! ¡Le he dicho que usted no tiene por qué estar aquí; y me place repetírselo delante de él, para que sepa que ese desdén mío, es precisamente por su obstinación en no querer comprenderlo!

Franco: ¿Sí? ¿Te place repetírmelo porque sabes que el padre de mi prometida ha ido a verlo a él?

Ersilia: (Asombrada) ¡No! ¡Yo no lo sé!

(Mirando con gran turbación a Grotti y dominándose con dificultad) ¡Ah! ¿y usted… usted le habló de mí…?

Grotti: (Con estudiada frialdad) No, señorita: le prometí venir a hablar con usted.

Franco: (Rápido, con fuerza) ¡Ah, es inútil!

Ersilia: (Con imperioso arranque de desdén) ¡Déjenme hablar a solas con el cónsul!

(Inmediatamente, y en otro tono, a Ludovico) Yo le ruego, señor Nota…

Ludovico: ¡Ah! por mí… (E inicia el mutis)

Franco: (A Ludovico, resuelto, deteniéndolo) ¡No, no! ¡Espere!

(A Ersilia, con rígida fiereza) Yo me voy.

(A Grotti) Pero antes quiero decirle, señor cónsul, para que se lo repita usted a quien quiera saberlo, que es inútil. ¡Inútil! ¡Porque no tiene que decidir ella, sino yo!

(A Ersilia) ¡Y esto lo sostengo firmemente delante de ti! Hasta ahora he rogado, he suplicado, te he escuchado mientras me herías diciéndome las cosas mas crudas. ¡Pero ahora, basta! Eres muy dueña de rechazarme; pero no por eso he de volver junto a la otra que, al leer tu desgraciada historia, sintió desprecio y vergüenza de mi comportamiento, hasta el punto de cerrarme las puertas de su casa… ¡y ahora cambia de opinión, y me manda embajadores!

Grotti: ¡No, no! ¡Yo no he venido aquí a eso!

Ersilia: Y yo le he dicho que no fue su comportamiento el motivo de mi acto desesperado.

Franco: ¡No es verdad!

Ersilia: Aquí está el señor Nota, que puede atestiguarlo…

Franco: ¡…que tú lo has dicho; pero no que sea verdad!

(A Grotti) Me ha dicho de sí misma las cosas más horribles; «lo que nadie se confiesa a sí mismo».

(A Ersilia) ¡No importa lo que él (Grotti) te diga, o tú a él para defender los intereses de otros! ¡Mi conciencia no cambiará! ¡Esto es lo que quería decirte!

(A Ludovico) Y ahora, vámonos. Yo sé que usted está conmigo. Buenos días, señor Cónsul.

Se dirige a la puerta común.

Grotti: (Inclinando apenas la cabeza) Buenos días.

Ludovico: (Que se ha acercado a Ersilia, le dice voz baja, en tono afectuoso, de consuelo) Yo iré entretanto a recuperar su maleta. Espero traérsela en seguida.

Ersilia: (Conmovida) Sí; gracias. Y perdóneme, señor Nota.

Ludovico: ¡No faltaría más!

(A Grotti) Buenos días.

Grotti: Mucho gusto.

Salen por la común Ludovico y Franco. Apenas se ha cerrado la puerta tras ellos, Ersilia se queda encogida y temblando, mirando con miedo a Grotti, que se vuelve bruscamente, enojado y tembloroso, y la fulmina con la mirada. Ella no resiste aquella mirada, se cubre el rostro con las manos, encogiéndose, con los hombros levantados, como si sintiera el peso de aquella furia.

Grotti: (Acercándose amenazador, dice en voz baja, casi silbando entre dientes) ¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Mentir de esa manera tan infantil!

Ersilia: (Gime asustada, bajo el codo todavía en alto, como para defenderse) ¡Es verdad que quise matarme!

Grotti: (Atacando) ¿Y por qué? ¿Para mentir luego? ¿Para tener un remordimiento más?

Ersilia: (Dispuesta a defenderse) ¡No! ¡Se lo he dicho a él en su cara: que mentí cuando dije que fue mataba por él! ¡Te juro que se lo he dicho!

Grotti: (Con desdén y con ira) ¡Pero si no lo cree! ¿No has visto que no lo cree?

Ersilia: (Levantándose, desdeñosa) ¡Y qué quieres que yo le haga! ¡No se lo deja creer el remordimiento que debe sentir él también!

Grotti: (Despectivo) ¿Y tienes tú el valor de hablar del remordimiento de nadie?

Ersilia: ¿Crees que soy yo la que más remordimiento debe tener? ¡Yo soy la que menos! ¡Lo tengo, sí, sí!

¡Ah, ya sé que tú no lo admites; porque yo tuve el valor de matarme; y tú, no!

Grotti: ¿Yo? ¿Matarme?

Ersilia: No, tranquilízate. Si lo intenté yo, tampoco fue por remordimiento. Tú, el tuyo, puedes soportarlo. No conoces el hambre. Yo me encontré en medio de la calle. Yo, desnuda. Y así, ¿sabes?, es más difícil; casi imposible. Estaba desesperada por lo de la niña; y después de haber llegado al último envilecimiento, podía hacerlo.

Grotti: ¿Y no pudiste menos de mentir? ¿Ni siquiera en el que tú creíste el último momento de tu vida?

Ersilia: ¡Casi sin querer! A pesar de todo, es verdad que él, allí, me había prometido casarse conmigo.

Grotti: ¡Sí, en broma!

Ersilia: ¡No es verdad! Pero, si así hubiera sido, eso duplicaría su vileza; porque él ignoraba lo que había ocurrido entre tú y yo, después de su marcha, cuando se disponía a casarse aquí con otra.

Grotti: ¡Pero tú sí sabías lo que había ocurrido entre nosotros; y mentiste!

Ersilia: ¿Y no era peor lo que iba a hacer él, que sin saber nada de mi indignidad, me traicionaba aquí tranquilamente?

Grotti: ¡Eso demuestra que él, allí, no te había hablado en serio!

Ersilia: ¡No es verdad! ¡Él me lo ha dicho; y no tienes más que ver cómo está ahora! Tú hablas así porque te conviene, para encontrar una disculpa a lo que hiciste allí, en cuanto él se marchó.

Grotti: ¿Y tú has armado aquí ahora todo este alboroto para impedir que él se casara con otra?

Ersilia: ¡No! ¡Ni he pensado en eso siquiera! ¡Lo dije, cuando creí que iba a morir! ¡Yo no he querido impedir nada! ¡Ni quiero! ¡Ni quiero!

Grotti: ¿Y si al llegar aquí no te hubieras encontrado con su traición; si lo hubieras encontrado libre; y dispuesto a cumplir su promesa?

Ersilia: (Con horror) ¡No, no! ¡Jamás! ¡No lo habría engañado! ¡Te juro por el alma de la niña que no lo habría engañado! ¡No fui siquiera a buscarlo; él mismo puede decírtelo! Y si yo pude mentir diciendo que me mataba por él, fue por su traición; porque, por su parte, era una verdadera traición.

Grotti: ¿Conque no fuiste a buscarlo?

Ersilia: ¡No!

Grotti: Y entonces ¿cómo te enteraste de que iba a casarse?

Ersilia: ¡Ah, sí… fui a… al Ministerio de Marina!

Grotti: ¿Ves? ¡Y no fuiste a buscarlo!

Ersilia: (Con contenido furor de desesperación) ¡Tú deberías estarme agradecido!

Grotti: ¿Por qué? ¿Porque fuiste a buscarlo?

Ersilia: ¡No! Porque sentí desaparecer toda tentación de venganza, en cuanto me dijeron que iba a casarse y que ya no estaba en la Marina. ¿Tú crees cogerme en falta, con intención de engañarlo, cuando subí las escaleras del Ministerio? ¡Si supieras en qué estado de ánimo me encontraba yo, recién llegada aquí, perdida, arrojada a la calle por tu mujer de aquella manera, cuando nos sorprendió en aquel terrible momento, entre los gritos de la gente que había recogido a la niña caída desde la azotea… Yo estaba desesperada. Como una mendiga que no ve otra salida que la locura o la muerte. ¡Y como una loca fui en busca de él, para contárselo todo!

Grotti: ¿De nosotros dos?

Ersilia: ¡No! ¡De ti! De ti, que en cuanto él se marchó, te aprovechaste…

Grotti: …¿yo solo?

Ersilia: …sí; de mi situación! ¡Mira que yo, ahora, puedo decirlo todo, lo que nadie se ha atrevido a decir jamás! ¡Estoy tocando el último, el último fondo, yo! ¡Estoy gritando la verdad de los locos; lo más abyecto de quien ya no piensa volver a levantarse, cubrir su más íntima vergüenza! ¡Tú me agarraste cuando todavía ardía en mi carne el fuego que él había encendido! ¡Niega que te mordí! Niega que te arañé el cuello, los brazos, las manos!

Grotti: ¡Bellaca! ¡Tú me provocabas!

Ersilia: ¡Eso no es verdad! ¡No es verdad! ¡Jamás! ¡Fuiste tú!

Grotti: Al principio, sí; pero ¿y luego?

Ersilia: ¡Jamás! ¡Jamás!

Grotti: ¡Me agarrabas el brazo a escondidas!

Ersilia: ¡Mentira! ¡Mentira!

Grotti: ¿No es verdad? ¡Embustera! ¡Si una vez hasta me pinchaste con la aguja, en la espalda!

Ersilia: ¡Porque usted no dejaba de perseguirme!

Grotti: ¡Mira! ¡Ahora me habla de usted!

Ersilia: ¡Yo estaba a su servicio!

Grotti: ¿Y tenías que obedecerme también en eso?

Ersilia: ¡Obedeció la carne! ¡El corazón no obedeció jamás! ¡Sentía sólo odio, rencor!

Grotti: ¡Placer, placer, sentías!

Ersilia: ¡Odio! ¡Más odio cuanto más placer me dabas! ¡Después, te hubiera hecho pedazos, como a mi propia vergüenza, sí! ¡El corazón me sangraba después, por haberlo traicionado, y yo me sentía como una ladrona avergonzada! ¡Miraba mis brazos desnudos, y me los mordía de rabia! ¡Infame! Con el vicio, me quitaste la única alegría de mi vida, que casi me parecía un sueño: la felicidad de sentirme novia…

Grotti: …mientras él, aquí, iba a casarse con otra.

Ersilia: ¿Lo ves? ¡Todos canallas! ¿Y vienes a echarme en cara que soy yo? ¡Yo, porque nunca he tenido fuerzas para ser algo…! ¡Dios mío! Ni siquiera una cosa, ¡qué sé yo!, de arcilla, que se cae, se rompe, ¡pero al menos los pedazos en el suelo dicen que aquello ha sido algo! Mi vida… un día tras otro… y jamás uno que haya podido ser mío… Siempre he sido como los demás han querido… a la aventura… injuriada en todas partes… destrozada… y jamás nada que me hiciera decir: ¡yo también soy alguien!

(Cambiando de tono de repente, y volviéndose como un animal apaleado) ¿Y tú qué quieres ahora? ¿Por qué te me presentas delante?

Grotti: ¡Porque tú has hablado! ¡Por eso! ¡Por lo que has dicho! ¡Por lo que has hecho: has querido matarte!

Ersilia: ¡Ya sé que debía haberme callado! ¡Una piedra encima, y adiós!

Grotti: ¡Una piedra! ¡Pero la has tirado a un charco, y nos has salpicado a todos de agua y de fango; lo llevamos todos encima…

Ersilia: ¡…y el fango ya no resbala!

Grotti: ¡Se ha formado un pantano a tu alrededor!

Ersilia: ¡Y queréis que me ahogue yo sola, para volver vosotros tranquilamente a vuestra vida; él, con su prometida, después de haber descubierto lo que soy, por tu culpa; y tú, a tu Consulado!

Grotti: ¡A toda mi vida, que tú, maldita, has enturbiado un momento! ¿Pero qué crees? ¿Que mi vida es aquella tontería de pasatiempo contigo, un poco de vicio que tan caro iba a pagar: la muerte de mi niña?

Ersilia: ¡Fuiste tú! ¡Fuiste tú! ¡No se me borra un momento la imagen de aquella silla, que tú no me diste tiempo a quitar de la azotea, adonde había subido con la niña!

Grotti: Tu puesto estaba junto a la habitación donde dormía mi mujer enferma, para poder acudir, si ella te llamaba. ¿Qué tenías tú que hacer en la azotea?

Ersilia: Estaba haciendo labor, mientras la niña jugaba.

Grotti: ¡No! ¡Subiste para que yo fuera a buscarte!

Ersilia: ¡Oh, vil! ¡Tú hubieras ido lo mismo a buscarme a la habitación, junto a tu mujer!

Grotti: No, no.

Ersilia: ¡Niégalo! ¡Como si no lo hubieras hecho otras veces! Y como no me sentía segura ni siquiera allí, lo mismo me daba…

Grotti: ¡Porque tú querías! ¡Tú también querías!

Ersilia: ¡No! ¡Porque ante tus infames tentaciones y tu insistencia, había acabado por ceder: eso es lo que debes decir…! Exasperada, porque tu mujer no pudiera oír… ¡Ah, ahora estoy segura de que una voz interior me avisaba que no dejara allí aquella silla, que la niña podría subirse y caer de la barandilla! ¡No tuve tiempo de escuchar aquella voz, porque tú – ¿te acuerdas? – como una bestia, desde la puerta de la azotea, insistías, insistías! ¡Y ahora sueño siempre con aquella silla; en mi pesadilla… la veo allí, y nunca llego a tiempo de quitarla…

Rompe a llorar.

Pausa.

Grotti: (Absorto, como por necesidad de ver su vida fuera de aquel horror, en voz baja, mientras Ersilia sigue llorando) Yo trabajaba… siempre lejos de mí mismo… todo para los demás… Sólo el trabajo llenaba aquel vacío de mi vida… la casa, como yo la soñaba y nunca había podido tener, para aquella mujer con que me encontré: triste, enfermiza, desgarbada… Y llegaste tú… ¿Cómo te traté al principio? ¿Cómo te traté?

Ersilia: (Tiernamente, en medio del llanto) Bien.

Grotti: Porque, angustiado por toda la tristeza de mi vida, necesitaba hacer bien a los demás, cargar yo con todo el peso, para que los demás pudieran respirar libremente en la vida. Eso me aliviaba. ¿Y cómo te pinté yo ante los ojos del otro, cuando llegó en un crucero? ¿Qué no le dije, por hacerte bien, para que él se enamorase de ti? Y estuve entonces, con mi mujer, más afectuoso que nunca, para que ella también se alegrara y favoreciera vuestro amor. Y conste que yo buscaba sólo tu felicidad. Y cuando os vi a los dos enamorados… No, no: no fue porque comprendiera que os habíais abandonado demasiado, que tú te habías entregado a él; eso indignó a mi mujer, no a mí; ella dejó de estimarte por completo.

Ersilia: ¡Pero yo jamás había sido de nadie! ¡Fue un vértigo, un vértigo, allá… la víspera de su partida!

Grotti: ¡Lo sé! Te compadecí… En ningún momento me pasó por la mente culparte. Y jamás hubiera aprovechado la situación, si tú…

Ersilia: …¿yo?

Grotti: …Yo no me había propuesto nada. Pero no sé… cómo me miraste una noche, al levantarnos de la mesa… ¡Porque tú no creías, sentí que no creías que yo hubiera podido ser tan bueno, sólo por buscar tu felicidad! ¡Eso es: y por no creer en mi desinterés, lo estropeaste todo! ¡Porque yo necesitaba que tú lo creyeras, para vencer aquella terrible tentación!

Ersilia: ¡Pero no mía! ¡No mía!

Grotti: No. Mía solamente. Pero si tú hubieras creído en mi bondad, que era desinteresada, ¡no lo dudes!, la bestia no se habría despertado en mí, con toda su hambre desesperada. Incluso ahora que vuelvo a verte, después que has sembrado la muerte, la discordia irremediable entre mí y aquella mujer…

(Se le echa encima con odio, amenazador) No. ¿sabes?

Ersilia: (Asustada) ¿Qué quieres?

Grotti: ¡Quiero que tú llores, que llores conmigo el daño que hemos hecho!

Ersilia: ¿Más de lo que he llorado?

Grotti: ¡No he de sufrir yo solo el dolor de la muerte de mi niña, mientras tú vuelves con él, como si eso tan horrible no hubiera ocurrido!

Ersilia: ¡No, no! ¡Eso jamás! ¡Puedes estar seguro: jamás! Yo me quedaré aquí, con quien me ha dado asilo.

Grotti: No podrás. Él está ya de acuerdo con el otro. ¿No lo has visto? Se han ido juntos. A estas horas estará aburrido de ti; y le parecerá una locura que tú no quieras aceptar la reparación que te ofrece el otro arrepentido.

Ersilia: ¡Pero si ya he dicho que no acepto!

Grotti: ¡Sí, como una obstinación tuya, nada razonable, que ni el uno ni el otro pueden aceptar! ¡Pero no les has dicho la verdadera razón!

Ersilia: ¡Pues bien: si es preciso, se la diré!

Grotti: Y entonces verán lo sucio que es todo lo que has hecho: la mentira que contaste, el trastorno que has causado con ella; una boda deshecha la víspera, el escándalo, la piedad usurpada, la compasión de todos…

Ersilia: (Decaída, casi desvaneciéndose) Es verdad… es verdad… pero yo… yo no quería esto… Se lo he dicho a él también, que hablé, que mentí, porque creía que todo había terminado. ¡No son cosas que puedan decirse; son demasiado sucias! ¡Sí, sucias! Hemos podido decirlas nosotros… así, ahora… porque es una vergüenza común a los dos. ¿Cómo puedes querer tú, y por qué quieres que se descubra?

Grotti: Yo me sublevé al conocer tus embustes. Y cuando supe por aquel padre lo que habías ocasionado: la indignación de aquella novia, el remordimiento de él, su propósito de reparar el daño… ¡No sé cómo pude contenerme ante aquel anciano! ¡Fui corriendo al periódico a dar un mentís por lo que a mí se refería! ¡Y hubieras visto a mi mujer! ¡Quería ir a casa de la novia para descubrirlo todo: por qué te había echado de casa, cómo nos había sorprendido a los dos! ¡Tuve que prometerle que tus embustes serían descubiertos, y que, por lo menos, le sería devuelta la paz a aquella familia! ¿Comprendes?

Ersilia: (Como antes) Comprendo… comprendo…

(Pausa. Durante un momento, queda mirando al vacío, sombría, y dice:) Está bien.

(Se levanta. Nueva pausa, y añade:) Vete. Lo haré.

Grotti: (La mira asustado) ¿Qué vas a hacer?

Ersilia: Me dices que hay que hacerlo. Lo haré.

Grotti: (Después de una pausa, sin dejar de mirarla) Estás más desesperada que yo. ¡Cómo te has quedado… cómo te has quedado…!

(Va hacia ella para abrazarla) Ersilia… Ersilia…

Ersilia: (De repente, furiosa, separándose de él) ¡Ah, no! ¡Déjame!

Grotti: (Volviendo a ella, abrazándola, frenético) No, no… escucha… escucha…

Ersilia: (Debatiéndose) ¡Déjame, te digo!

Grotti: (Como antes) ¡Estrujemos juntos nuestra desesperación!

Ersilia: (En un grito, para que él la suelte) ¡La niña! ¡La niña!

Grotti: (Rápido, soltándola, agarrándose la cabeza con ambas manos, como fulminado) ¡Asesina!

(Pausa. Todo él tiembla, convulso) Pero… pierdo la cabeza.

(Vuelve a acercarse a ella) Te necesito… te necesito… Somos desgraciados…

Ersilia: (Corriendo a una de las ventanas) ¡Vete! ¡Vete… o grito!

Grotti: (Siguiéndola) ¡No, no… escucha…!

Ersilia: (Abriendo la ventana) ¡Abro… y grito!

Los ruidos de la calle invaden alegres la escena. Ella, acompañando la palabra con el gesto, le impone:

Ersilia: ¡Vete!

Telón


Acto Tercero

El mismo decorado. El mismo día, al atardecer.

La señora Honoria está asomada a una de las ventanas, por la que entran los acostumbrados ruidos de la calle, que poco a poco van cediendo con el declinar de la tarde. A una de las ventanas de la casa de enfrente, se supone que está asomada alguna vecina, con la que conversa la señora Honoria, mientras Emma acaba de quitar el polvo a los muebles del estudio.

Honoria: ¡Ah, sí! Luego le diré…

(Pausa) Hasta por la tarde; pero ¿sabe usted cómo es?, no es nunca el sueño de la noche…

(Pausa) ¿Cómo dice? No oigo…

(Pausa) ¡Ah, sí!: ahora ha salido con el señor Nota… ¡Sí!: a buscar la maleta. A él no quisieron dársela.

Emma: Y verá usted cómo tampoco se la dan a ella.

Honoria: (Sigue hablando hacia fuera) ¡Ah…! no ha podido ser antes.

Emma: ¡Espero que no pasará esto todos los días!

Honoria: (A Emma) ¿Qué estás rezongando? ¡No me dejas oír!

Emma: Digo, esto de volver a hacer la habitación a estas horas. ¡Es casi de noche!

Honoria: (Volviendo a hablar hacia fuera) El señor Nota será uno… ¿Qué quiere?

(Se echa a reír) Parece ser que quiere tenerla con él…

(Pausa) ¡Ah, no!: del otro no quiere saber nada… La habrá besado él…

(Pausa. Luego precipitadamente:) ¡No! ¡No es posible!

(Pausa. Luego, se inclina y saluda con la mano) Sí, adiós, adiós.

(Cierra la ventana) ¡Vamos! ¡Dice que ha visto aquí a tres hombres, y que los tres la han abrazado!

Emma: ¿También ese cónsul?

Honoria: ¡Vamos! ¡Ha visto mal! ¡No es posible!

Emma: ¡Yo los oí gritar tanto a los dos, cuando se quedaron solos…!

Honoria: ¿Y no has… no pudiste entender…?

Emma: ¡Ah…! no me paré a escuchar. Al pasar por el salón, oí que gritaban, y nada más. Pero más ella que él.

Honoria: Me gustaría saber qué es lo que pretende ahora de esta pobrecita, y a qué ha venido aquí, después de haber ido a protestar contra ella al periódico, amenazando con una querella judicial.

Emma: No querrá que haga las paces con el novio.

Honoria: ¿Y con qué derecho puede pretender eso? ¡Es ella la que no lo quiere! ¡Y yo creo que hace mal!

Emma: ¡Mire usted que preferir quedarse aquí, con un viejo medio loco…

Honoria: …que está ya aburrido de ella! ¡Está aburrido! Y me parece que ya se lo ha dado a entender.

Emma: Quizá sea un bien para ella; así se convencerá de que le conviene irse con el otro.

Honoria: A lo mejor… ¿sabes lo que pasará? Pues que ya no se fiará del joven. Aunque a mí me parece que ahora está sinceramente arrepentido.

Emma: Eso me parece a mí.

Honoria: Pero tiene el reparo de la otra; que tendría que abandonarla ahora por ésta.

Emma: ¡Ah, pues lo que es yo, no tendría ese escrúpulo! ¡Si ésta ha estado a punto de morir…!

Honoria: ¡Ah, ella sabe bien lo que es verse abandonada! ¡Y lo bien que lo explicaba el periódico! ¡Pero ahora debe odiarlo! Y debe haber comprendido que aquí, el señor Nota…

(Hace una mueca) La vi cuando salía con él. Me pareció que tenía en los ojos., no sé… como un velo; miraba y no veía; no podía ni hablar, ni levantar una mano. Le pregunté qué tal se encontraba, y contestó con una sonrisa que me dejó helada; y la mano fría, fría…

(Se calla de repente y escucha. Luego, con otra voz) ¿A ver? Me parece que se oye pregonar al buhonero; sí, baja, baja a comprar ese cordón. Ya sabes: dos metros y medio. Desde aquí lo llamo.

Emma sale corriendo por la común. La señora Honoria corre a una de las ventanas, la abre, se asoma, y hace señas al buhonero para que se detenga. Queda asomada. Mientras tanto, por la puerta común, entra Franco Laspiga, sombrío, con la cara desencajada.

Franco: (Entre los ruidos que suben de la calle, pregunta dos veces desde el dintel) ¿Se puede? ¿Se puede?

Honoria: (Volviéndose y cerrando la ventana) ¡Ah!, ¿es usted, señor Laspiga? Siéntese. El señor Nota y la señorita no tardarán en volver.

(En voz baja, insinuante) ¡Insista, insista, que la convencerá!

Franco: (La mira primero como el que no ha comprendido; luego, con rabia contenida, irónico) ¡Sí, sí! ¡Ya verá! ¡Ahora verá usted cómo insisto!

Honoria: (Confidencial) Le ha parado los pies, ¿sabe? ¡Debe haberle parado bien los pies, a ese cónsul! ¡Se lo digo yo!

Franco: (Entre dientes) Miserable… canalla…

Honoria: ¡Tiene usted razón! ¡Tiene usted razón! ¡Pobre señorita!

Franco: (Saltando, irrefrenable) ¡Qué, señorita! ¡No la llame señorita! ¿Sabe usted lo que es ésa? ¡Una mujerzuela! ¡Una mujerzuela!

Honoria: (Casi vacilando) ¡Oh, no, Dios mío! ¿Qué me dice?

En este momento entra por la puerta común, con el sombrero en la mano, Ludovico Nota.

Ludovico: (Viendo a Franco) ¡Ah!, ¿ya está usted aquí?

(A Honoria, aludiendo a Ersilia) ¿No ha vuelto todavía?

Honoria: (Se vuelve a mirarlo asombrada. Luego, sin responderle, se dirige a Franco) ¿Pero es posible?

Ludovico: (Que no comprende) ¿Qué ocurre?

Franco: (Resuelto, furioso, vibrante) ¡Ocurre que la mujer del cónsul Grotti, cuando se ha enterado de que su marido había venido aquí esta mañana a ver a su amante…!

Ludovico: (Rápido, sorprendido) ¿A quién?

Honoria: (Lo mismo) ¿De él? ¿Del cónsul?

Franco: ¡Su amante, su amante, sí, señores! Su mujer se ha presentado esta mañana en casa de los padres de mi prometida a decirles lo que pasaba…

Ludovico: …¿entre la señorita Drei y su marido?

Honoria: ¿La amante de su marido?

Franco: ¡Sí, señores! ¡Lo que yo necesito saber ahora, es si lo era ya antes de que yo le pidiera su mano, allá! ¡A eso he venido!

Honoria: ¡Pero, cómo…! ¡Entonces…! ¡Dios mío! ¡Yo creo que acabará volviéndose loca!

Franco: ¿Y saben ustedes en qué momento los sorprendió la mujer? ¡Mientras la niña se caía de la azotea!

Honoria: (En un grito, cubriéndose el rostro con las manos) ¡Dios mío!

Franco: ¡Los sorprendió! ¡Y a ella la echó de allí, como a una asesina, porque había dejado a la niña sola en la azotea!

Honoria: ¡Asesinos! ¡Ah, verdaderos asesinos!

Franco: Si no estaba comprometido él también… ¡A presidio debía ir! ¡A presidio! Y después de aquello… ¿comprende?

Honoria: …ya, ha tenido el valor…

Franco: …¡de venir a trastornar mi vida!

Honoria: ¡Y a todos, de compasión!

Franco: Pero ¿comprenden ustedes lo que me ha hecho a mí?

Ludovico: (Casi para sí) Parece increíble…

Honoria: ¡Con aquel aspecto de santa mártir…! ¡Impostora!

Franco: ¡Todos mis proyectos, deshechos! ¡La vergüenza pública! ¡El desprecio de mi prometida! ¡No sé cómo no me he vuelto loco!

Honoria: ¡Claro: así quería ella escaparse cuando lo vio a usted, cuando supo que el otro estaba aquí! ¡La impostora! ¡Claro: vio que sus embustes iban a descubrirse!

(Cambiando de tono, colérica) ¡Y con las lágrimas que me hizo verter a mí!

(De pronto, a Ludovico) ¡Ah!, ¿sabe usted? ¡Fuera, fuera de aquí! ¡Ni un momento más! ¡No quiero estas desvergüenzas en mi casa!

Ludovico: (Fastidiado, soplando de cólera) Espere… espere…

Honoria: ¡No, no, no, no! ¡Qué voy a esperar! ¡Fuera! ¡No la quiero aquí! ¡No la quiero aquí!

Ludovico: ¡Pero cállese, por Dios! Yo todavía no comprendo…

(A Franco) Dígame: ¿cómo es que el cónsul…? (Se interrumpe) ¿Sabe usted que el cónsul fue precisamente el primero en ir al periódico a protestar?

Franco: ¡Claro!

Ludovico: No, no está claro. Me parece que, siendo amantes, deberían estar los dos de acuerdo.

Franco: ¡Pero estaba aquí su mujer con él! ¡Su mujer, de la que ella se había atrevido a decir infamias en el periódico!

Ludovico: (Recordando) ¡Ah, ya; sí, sí! Y en efecto, sí… Por eso se turbó ella tanto cuando supo que el periódico decía…

Honoria: …que aquella pobre señora la había enviado a un recado.

Ludovico: Y entonces… todo ha sido una impostura…

Franco: …¡vil! ¡Una vil impostura!

Ludovico: …¿eso de que quiso suicidarse por usted?

Honoria: ¡Pero yo me pregunto cómo podrán mentir tan descaradamente!

Ludovico: (Casi para sí, pensando) Sí, claro… en efecto… Así se obstinaba ella en no aceptar de usted la reparación…

Franco: ¡Sólo hubiera faltado que la admitiera!

Honoria: ¡Claro! ¡Pobre señor!

Ludovico: (Cada vez más afectado por la falta de tacto de Honoria, que lo lleva a ponerse también contra Franco) No, no, dispense: hay que reconocer que, al menos, un poco de arrepentimiento sí ha tenido.

Franco: Pero ¿cuándo? ¡Cuando me ha visto a mí aquí dispuesto a reparar lo que yo creía una culpa mía!

Ludovico: Sí, claro…

Franco: ¡Y eso, en el caso menos grave; quiero decir, en el caso de que ella haya sido su amante después de conocerme a mí! ¡Que si lo hubiera sido ya antes!, ¿se lo imagina usted?, ¡yo hubiera sido víctima del más ignominioso engaño por parte de ambos!

Ludovico: ¡No…! ¡Eso…!

Franco: ¡De eso es de lo que tengo que asegurarme, y por eso estoy aquí!

Ludovico: ¿Y qué quiere usted hacer? Porque no podrá usted negar, y perdone, que aquí ha tropezado usted con la más decidida y violenta oposición por parte de ella…

Franco: ¡No; si me refiero a lo de antes: al engaño de antes!

Ludovico: ¡Ah, no, perdone: usted, en todo caso, jamás hubiera perdido nada!

Franco: ¡Ah!, ¿no? ¿Cómo? Yo…

Ludovico: (Firme) ¡Nada! ¡Ni siquiera antes! ¡Pero si usted estaba a punto de casarse con otra! Y perdone…

Franco: ¡No, no, espere…!

Ludovico: ¡Déjeme hablar! ¡Usted ya le había devuelto la china, me parece, aun antes de saber que ellos lo habían engañado!

Franco: ¿Y acaso mi traición anula la suya?

Ludovico: ¡No, ciertamente; pero ya no tiene usted derecho a exigir cuentas a nadie! ¡Resígnese!

Franco: (Con fuerza) ¡Tengo derecho! ¡Lo tengo! ¡Porque ellos llevaron a cabo su traición: la consumaron; mientras que yo, al contrario, deshice mi boda y acudí aquí en seguida!

Ludovico: ¡Cuando supo usted que ella había intentado matarse!

Franco: (Como antes) ¡Pero no por mí! ¡Lo ha confesado ella misma! ¡Ésta es buena! ¡Me reprocha usted mi traición, como si para ésa pudiera ser todavía una traición!

Ludovico: No, no, mire usted… Yo no le reprocho nada; quiero demostrarle simplemente que usted sólo tiene razón en una cosa: en que ella haya mentido al decir – cuando ya no tenía derecho a ella – que se mataba por usted. ¡Y, la verdad, yo no llego a comprender el por qué de esa mentira, precisamente a la hora de la muerte! Ciertas mentiras pueden ser útiles para la vida; y, para la vida, ella misma la ha reconocido inútil.

Franco: ¡Usted lo ha dicho: inútil!

Honoria: ¡Si usted no quiere tener en cuenta los hechos…!

Ludovico: ¡Ah, eso sí! ¡Eso es verdad! Ése es mi defecto. No consigo nunca tener en cuenta los hechos.

Honoria: Menos mal que usted mismo lo confiesa. Y los hechos, ¿sabe usted cuáles son? El primero de todos: que ha sido salvada de la muerte.

Franco: ¡Y que la mentira le ha sido útil! ¡Sí, señor, útil! Si no por mí, ¡que hubiera sido el colmo!, útil, porque gracias a su mentira ha encontrado aquí a uno como usted.

Honoria: ¡Figúrese: un escritor!

Ludovico: Ya: un idiota.

Franco: (Rápido) ¡No digo eso!

Ludovico: ¡Sí, sí, dígalo, dígalo!

Honoria: ¡Puede usted decírselo, si se lo llama él mismo!

Franco: ¡Claro que ella se habrá sentido halagada, oh, de ver acogida su impostura en el mundo del arte: esa historia romántica del suicidio por amor, narrada no ya por un periodista, sino por un escritor como usted…!

Ludovico: Pues, sí, en efecto, quería…

Franco: ¿Ve usted?

Ludovico: Incluso le desagradaba verse en mi novela… otra distinta.

Honoria: ¡Buena copia hubiera salido: ella diciendo mentiras, y él escribiéndolas!

Ludovico: Las mentiras, ¡ya!, que también se llaman historias. Pero no es una culpa que esa historia sea mentira. Al contrario: importa mucho que no sea verdadera, si luego resulta bonita. A ella puede haberle salido mal en la realidad; pero puede salirme bien a mí al escribirla. Y le digo más: que así es más bonita. ¡Ah, pero mucho más bonita! ¡Y yo estoy contentísimo de que se haya puesto en claro!

(A Franco, señalando a Honoria:) Mire: el que esta señora, por ejemplo, estuviera al principio toda enfurecida; luego, toda miel; y ahora, toda hiel…

Honoria: (Sublevándose) ¡Vamos!

Ludovico: (Rápido, aprobando) ¡Sí, sí tiene usted razón! ¡Pero no me negará usted que es preciosa!

(A Franco) Y que usted, ayer, primero exaltado…

Franco: (Sublevándose) ¡Pero si yo mismo se lo he dicho!

Ludovico: (Como antes) ¡Sí, sí, y es justo! ¡Justísimo! ¡Y por eso mismo es precioso! Pero…, perdonen: ¿creen ustedes que yo tenga que hacer aquí el papel de idiota? ¡Ah, no! Por eso me divierto haciéndoles ver a ustedes lo bonita que es – ¡preciosa, preciosísima! – esta comedia de un embuste descubierto…

Franco: (Sublevándose nuevamente, dolido) ¿Bonita, dice usted?

Ludovico: (Rápido, compenetrándose con su dolor) ¡Precisamente porque usted sufre y ha sufrido tanto en ella! ¡Ah, y, no crea, yo comprendo, siento como propio su sufrimiento; y no dude que sabré representarlo a lo vivo en la novela o la comedia que escriba!

Honoria: ¿Y a mí no me meterá? ¿Nada, nada?

Ludovico: Si escribo una comedia, sí.

Honoria: ¡Ah, Dios le libre de ponerme en una comedia!, ¿sabe?

Ludovico: ¿Qué haría usted? ¿Se pondría a gritar que no es verdad?

Honoria: ¡Que no es verdad! ¡Que no es verdad! ¡Que usted es un impostor que hace pareja con la otra!

Ludovico: (Riendo) Tranquilícese: eso de que no es verdad, lo dirán los críticos.

(Cambiando de tema) Bueno, pero entretanto, ¿cómo es que no vuelve? Ya es hora de que estuviera aquí… Le di un poco de dinero…

Honoria: (Rápida) ¿Dinero, a ella? ¡Ah, bravo! ¡Entonces, ya podemos figurarnos…!

Ludovico: Para pagar la cuentecita de la pensión y retirar la maleta.

Honoria: ¡Pero… si le ha dado dinero, no vuelve! ¡No vuelve! ¡Adiós, comedia! ¡Puedo estar tranquila, de verdad!

Ludovico: ¡No; en cuanto a eso, siempre se puede imaginar un desenlace, aunque un hecho de la vida real no lo tenga!

Franco: ¿De veras teme usted que ella no vuelva?

Ludovico: Según. Si la finalidad de su mentira estaba en los «hechos», me temo que no vuelva. Sólo volverá en el caso de que su propósito – como yo creo – estuviera fuera y por encima de los hechos. Y entonces, yo haré la comedia. Pero también la haré si no vuelve.

Franco: ¿Sin tener en cuenta los hechos?

Ludovico: ¡Los hechos! ¡Los hechos! Amigo y señor mío: los hechos son según se tomen; y entonces, en el ánimo, ya no son hechos, sino vida, que nos parece así o de otra manera. Los hechos son el pasado, cuando el ánimo cede – como usted decía – y la vida lo abandona. Por eso yo no creo en los hechos.

Emma: (Entra por la puerta común y anuncia) El señor cónsul Grotti. Pregunta por la señorita, o por usted, señor Nota.

Ludovico: ¡Ah, es él el que viene!

Franco: (Furioso, amenazador, con ademán de ir a su encuentro) ¡Y viene muy oportunamente!

Ludovico: (Tranquilo y firme, poniéndosele enfrente) ¡Usted hará el favor de estarse tranquilo en mi casa; y le repito que no tiene usted derecho a pedir cuentas a nadie!

Franco: ¡Pero también puedo marcharme!

Ludovico: ¡No! ¡Usted se queda aquí! Iré yo al encuentro de ese señor.

El cónsul Grotti, agitadísimo, lleno de ansiedad, aparece en el dintel. Emma se retira.

Grotti: Con permiso. ¿La señorita Drei?

Honoria: (Alarmada, irritada, impaciente) ¡Pero si no está aquí! ¡Se ha ido!

Franco: ¡Y quizá no vuelva!

Grotti: ¡Dios mío…! ¿Pero saben…? – Me dirijo a usted, señor Nota.

Ludovico: Usted se introduce en mi casa sin mi permiso.

Grotti: Mil perdones. Me urge saber si la señorita Drei está enterada de que mi mujer…

Franco: (Rápido) …ha ido a casa de los padres de mi prometida, a denunciar…

Grotti: (Rápido, furioso, gritando) …¡su locura!

Franco: ¡Ah, entonces, usted niega…!

Grotti: (Como antes, furioso y despectivo) ¡Yo no tengo nada que afirmarle ni negarle a usted!

Franco: ¡Sí, señor! ¡Usted tiene que responderme…!

Grotti: …¿De qué quiere que le responda? ¿De la locura de una mujer? ¡Estoy dispuesto: cuando usted quiera!

Franco: ¡Está bien!

Grotti: (Rápido, a Ludovico) ¡Solamente me urge saber, señor Nota, si la señorita Drei está enterada!

Ludovico: No, no creo.

Grotti: ¡Ah, gracias a Dios! ¡Gracias a Dios!

Ludovico: Ha estado conmigo. La he dejado, porque tenía que ir a la pensión.

Grotti: ¿Y usted tampoco lo sabía?

Ludovico: No. Lo he sabido ahora, por el señor Laspiga, al que he encontrado aquí, al llegar.

Grotti: ¡Ah…, bien! ¡Porque, con lo desesperada que está, este nuevo golpe…!

Ludovico: Pero el hecho es que… estamos esperándola…, y no viene.

Franco: ¡Si no lo sabe es más que probable que se lo espere! Y como el señor Nota le ha dado algún dinero, no sería extraño que hubiera cogido el vuelo.

Grotti: ¡Ojalá! Pero yo me temo…

Franco: ¡Ah!: luego usted ahora admite…

Grotti: ¡Yo no admito nada!

Franco: ¡Ya, por caballerosidad!

Grotti: ¿Pero no comprende usted, caballero, que a mí me tiene sin cuidado lo que usted crea o deje de creer? ¡Puede usted creer lo que se le antoje!

Franco: (Con ímpetu, furioso) ¿Yo? ¿Lo que se me antoje? ¡Quiero saber la verdad; no creer lo que se me antoje!

Grotti: ¿Y después, qué? ¿Si después le digo que no es verdad? ¿Pero no quiere usted comprender que ha sido usted, ¡usted!, el que la ha llevado a la desesperación?

Franco: ¿Yo?

Grotti: ¡Sí, usted!

Franco: Pero si fue su mujer la que la echó de allí, siendo inocente, y sin tener la menor culpa de la desgracia de la niña…

Grotti: (Rápido, decidido) ¡Eso, no!

Franco: ¿Es mentira eso?

Grotti: ¡He ido precisamente al periódico, a desmentir eso!

Franco: ¿Y luego vino usted aquí, a ponerse de acuerdo con ella?

Grotti: (Temblando, casi lanzándose sobre él, conteniéndose) Dispénseme, señor Nota…

(Luego, a Franco) Vine aquí, a ruego del padre de su prometida, y la encontré a ella aquí, desesperada, porque usted…

Franco: (Rápido, con fuerza) …¡Porque yo quería reparar el daño que le había hecho! ¿Por qué la desespera eso – quisiera yo saber—, si es verdad que yo le he hecho ese daño?

Grotti: ¡Pues porque ella no quiere aceptar de usted la reparación! ¡No quiere aceptarla! ¡No quiere! ¡Se lo ha dicho a usted! ¡Se lo ha repetido! ¡También es usted obstinado!

Franco: (Como antes) ¡Pero que no se crea que yo me lo trago! ¡Esa desesperación es una excusa para excluirme a mí, y poder representar su papel delante de este señor (Ludovico), haciéndole creer que todo es mentira! ¡Pero yo no estoy aquí por mi gusto, sino porque ella declaró públicamente que había intentado matarse por mí!

Grotti: ¿Y no le ha confesado ya que mintió?

Franco: (Rápido, con violencia creciente) ¡Una segunda mentira! ¡Y dos! ¿Acaso la obligué a mentir?

Grotti: ¿Y quién sabe si no ha dicho después que no, por eso mismo?

Franco: (Como antes) ¿Y en ese caso, sería verdad que intentó suicidarse por mí?

Grotti: Yo no sé por qué lo hizo.

Franco: (Como antes) ¡Si es como usted dice, fue porque yo iba a casarme con otra! ¿Por qué otra razón si no?

Ludovico: A no ser que fuera, como me dijo a mí…

Franco: (Volviéndose, rápido) ¡No, no, perdone: usted dijo hace poco que tampoco usted veía ninguna razón!

Ludovico: No…, que se envileció… por la calle como una mendiga…

Franco: (Irónico) ¡Ya! Cuando se ofreció, por la noche, al primero que pasó…

Grotti: (Ensombreciéndose) ¿Dijo también eso?

Franco: (Fuerte, con ardor, avanzando) ¡También eso! ¡También eso! ¡Y que lo hizo también por mi culpa, por mi traición! ¿Y usted desearía que yo, admitiendo eso, no insistiera con todas las fuerzas de mi conciencia que ella aceptara mi reparación? ¡Pues yo estoy dispuesto a insistir ahora, si usted me da su palabra de honor de que su mujer ha mentido al acusarla de ser su amante!

En este momento, por la puerta común, llega Emma, agitada, espantada, y grita:

Emma: ¡Señora! ¡Señora! ¡Dios mío…, señora…!

Honoria: ¿Qué ocurre?

Ludovico: ¿Ella?

Emma: Sí, señor…, ha vuelto…

Grotti: ¿Dónde está?

Honoria: ¿Dónde está?

Emma: …Como una muerta…, al abrirle la puerta, se cayó…, con la maleta…

Ludovico: ¡El veneno…! ¡Dios mío…! ¡En la maleta tenía el veneno…!

Cuando se disponen a acudir, aparece Ersilia por la común: cadavérica, pero tranquila, dulce, casi sonriente.

Honoria: (Retrocediendo, como los otros) ¡Ah…, aquí está…!

Grotti: (Prorrumpe) ¡Ersilia…, Ersilia…! ¿Qué has hecho?

Franco: (Casi para sí) ¡Se ha traicionado!

Ludovico: (Acudiendo, como para socorrerla) Señorita…, señorita…

Honoria: (Asustada, casi para sí) ¡Dios mío! ¿Otra vez?

Ersilia: Nada. Silencio… Esta vez, nada… (Con el dedo sobre los labios, les indica que callen)

Grotti: (En un grito) ¡No! ¡No! ¡Dios mío! ¡Hay que buscar remedio, en seguida! ¡Llevarla en seguida…!

Honoria: (Espantada) ¡Sí, sí! ¡En seguida! ¡En seguida!

Ludovico: (Junto a Ersilia) SÍ, SÍ…, venga, venga…

Ersilia: (Defendiéndose) ¡No; no quiero! ¡Basta! Por caridad…

Grotti: (Acudiendo a ella también) ¡Sí, sí! ¡Ven conmigo! ¡Yo te llevaré!

Ersilia: (Como antes) ¡Te digo que no quiero!

Ludovico: (Como antes) ¡Sí, sí, por favor, deje que la llevemos, señorita…!

Honoria: ¡Voy a llamar un taxi!

Ersilia: ¡Por caridad, basta, digo! ¡Sería inútil!

Grotti: ¿Cómo, inútil? ¡Al contrario! ¡No debemos perder tiempo!

Ersilia: ¡Es inútil! Ya no hay remedio. Silencio, por caridad. Déjenme tranquila. Si usted, señor Nota, y usted, señora… No será inmediatamente, sin embargo; pero pronto…, espero…

Ludovico: Diga, sí… ¿Qué desea? ¿Qué desea?

Ersilia: Su cama.

Ludovico: ¡Sí, sí, pronto, venga usted!

Grotti: (De nuevo, con violenta conmoción) ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?

Ludovico: ¡Podía usted haberse acordado, señorita, de que estaba yo aquí! ¡Que podía quedarse aquí, conmigo!

Ersilia: Si no lo hubiera hecho, ya nadie me habría creído.

Franco: (Conmovido) Pero ¿qué? ¿Qué es lo que teníamos que creer?

Ersilia: Que si mentí, no fue para vivir. Eso es…

Franco: Pues ¿por qué, entonces?

Ersilia: ¡Para morir! ¿Lo ves? ¡Te repetí a gritos que, cuando dije aquella mentira, es porque para mí ya había acabado todo; y sólo por eso la dije; tú no quisiste creerlo, y tienes razón; sí, porque no pensé en ti…, no tuve en cuenta que te turbaría, te trastornaría así…! ¡Pero sentía tanto desprecio de mí misma…!

Franco: ¡Pero si me acusabas…!

Ersilia: No.

Franco: ¿Cómo, que no?

Ersilia: No, no… ¡Es tan difícil decirlo…!, ¡figúrate, creerlo! Pero ahora te diré, me despreciaba tanto a mí misma, que no creí que podía causarte todo ese daño. Puedes creerme. Ya ves, antes de decírtelo, he querido adquirir este derecho a que me creas. Os he causado a ti y a tu prometida todo ese trastorno…, y sabía que no tenía derecho a hacerlo, porque…

(Mira a Grotti, de nuevo a Franco:) ¿Te has enterado…? Por su mujer, ¿verdad?

Franco: (Casi sin voz) Sí.

Ersilia: Lo había previsto. Y él vino aquí a negar, ¿verdad?

Franco: (Como antes) Sí.

Ersilia: ¿Lo ves?

(Lo mira y hace un gesto de desconsolada piedad, abriendo apenas las manos: gesto que dice sin palabras la razón por la cual la humanidad martirizada siente la necesidad de mentir. Muy dulcemente añade:) Y tú también…

Franco: (Conmovido, en un arranque de sinceridad, entendiendo el gesto) ¡Sí, yo también, yo también!

Ersilia: (Sonriendo, casi con una sonrisa lejana) Has dicho el sueño…, no sé…, cosas bellas… Y acudiste aquí para reparar. Sí.

Como éste, por reparar, ha negado

(Grotti rompe a sollozar violentamente. Y entonces ella, turbándose y haciéndole señas para que cese su llanto:) No, no, por caridad… Es que todos, todos, queremos hacer un buen papel. Cuanto más… (quiere decir «sucios», pero le da asco y al mismo tiempo tanta lástima que casi no puede pronunciar la palabra) …más limpios queremos parecer. Es eso. (Y sonríe) ¡Dios mío, taparse con un vestidito decente! ¡Eso es! A mí ya no me quedaba ninguno para presentarme delante de ti. Pero supe que tú también…, sí, habías desechado aquel bonito traje de marino. Y entonces me vi…, me vi por la calle… ya sin nada… y… (se ensombrece con el recuerdo de aquella noche, por la calle, cuando salió de la pensión)… sí, un puñado de fango más encima, para acabar de ensuciarme. ¡Dios mío, qué asco, qué náusea! Y entonces…, entonces, al menos para la muerte, quise hacerme un vestidito decente. Eso es. ¿Ves por qué mentí? ¡Por eso, se lo juro a ustedes! En la vida, nunca pude tener un vestido que no me fuera desgarrado por tantos perros…, por tantos perros como se me han echado encima por todos los caminos; un vestido que no se haya manchado con las más bajas y viles miserias… Y quise hacerme uno…, bonito…, para la muerte… El vestido más bonito…, el que yo había soñado, allá…, y que también me fue arrancado en seguida…, el vestido de novia. Pero sólo para morir; con eso me bastaba; eso y un poco de llanto de todos, y basta. ¡Pues bien: no, no! ¡Ni siquiera ese he podido tener! ¡Desgarrado en cuanto me lo puse! ¡Roto también aquél! ¡Tengo que morir desnuda! ¡Descubierta, envilecida y despreciada! Ya está. ¿Estáis todos contentos? Y ahora, marchaos, marchaos. Dejadme morir en silencio: desnuda. ¡Marchaos! ¡Ahora creo que puedo decir que ya no quiero ver ni oír a nadie! ¡Marchaos, marchaos a decírselo, tú a tu mujer, y tú a tu prometida: que esta muerta…, no ha podido tener mortaja!

Telón


In Italiano – Vestire gli ignudi

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