Seis personajes en busca de autor – Primera Parte

Seis personajes en busca de autor – Primera Parte

In Italiano – Sei personaggi in cerca d’autore
In English – Six characters in search of an author

Introducción, Resumen, ArticulosPrefacio del AutorPersonajes, Primera ParteSegunda ParteTercera Parte

Personajes

LOS PERSONAJES DE LA COMEDIA POR ESCENIFICAR
El padre
La madre
La hijastra
El hijo
El muchacho
La niña (estos dos últimos no hablan)
(luego, evocada) Madama Paz

LOS ACTORES DE LA COMPAÑÍA
El director
La primera actriz
El primer actor
La segunda actriz
La actriz joven
El actor joven
Otros actores y actrices
El director de escena
El apuntador
El guardarropa
El tramoyista
El secretario del director
El conserje
Montadores y ayudantes de escena

De día, sobre un escenario de teatro. La acción, en una villa solitaria de la campaña de Umbría.
En nuestros días.


Primera Parte

Nota bene: La comedia no tiene actos ni escenas. La representación será interrumpida por primera vez, sin bajar el telón, cuando el director y el primer personaje se retiren para acordar el escenario y los actores desaparezcan del escenario; la segunda vez, cuando el tramoyista haga caer el telón por error.

Sei personaggi in cerca d’autore - 10 aprile 1923 - Comédie des Champs-Elysées di Parigi di Georges PitóeffAl entrar en la sala del teatro, los espectadores encontrarán el telón levantado y el escenario tal como está de día, sin bastidores ni decorados, casi a oscuras, vacío, para que tengan desde el principio la impresión de un espectáculo no preparado de antemano. Dos escalerillas, una a la derecha y otra a la izquierda, comunicarán el escenario con la sala. Sobre el escenario, la concha del apuntador estará junto al foso. Al otro lado, cerca del proscenio, una mesita y un sillón de espaldas al público, para el Director. Otras dos mesitas, una más grande, una más pequeña, con muchas sillas alrededor, colocadas para tenerlas a mano, si hubiera necesidad, en el ensayo. Otras sillas, aquí y allá, a derecha e izquierda, para los actores, y un piano, en el fondo, a un costado, casi oculto. Apagadas las luces de la sala, se verá entrar por la puerta del foro al tramoyista con un mono azulado y una bolsa atada a la cintura; cogerá de un rincón al fondo algunos listones, los colocará en el proscenio y se arrodillará para fijarlos.

Al escucharse los martillazos, saldrá de la puerta de los camerinos el director de escena.

El director de escena: ¿Qué haces?

El tramoyista: ¿Qué hago? Estoy clavando.

El director de escena: ¿A estas horas?

(Mirará el reloj): Son las diez y media. En un momento llegará el Director para el ensayo.

El tramoyista: Bueno, ¡yo también necesito mi tiempo para trabajar!

El director de escena: Lo tendrás, pero no ahora.

El tramoyista: ¿Cuándo, entonces?

El director de escena: Cuando no sea la hora de ensayo. Apresúrate y llévatelo todo. Déjame disponer la escena para el segundo acto de El juego de los papeles.

El tramoyista Resoplando, refunfuñando, recogerá los listones y se irá.

Entretanto, por la puerta del foro, empezarán a aparecer los actores de la compañía, hombres y mujeres, primero uno y después otro, después dos al mismo tiempo, a su gusto: nueve o diez, los que se supone que deban formar parte en los ensayos de la comedia de Pirandello El juego de los papeles, prevista para ese día.

Entrarán, saludarán al Director de escena y se saludarán entre ellos, deseándose un buen día. Algunos irán a los camerinos; otros, entre los cuales estará el apuntador, que tendrá el guión enrollado bajo el brazo, permanecerán en el escenario esperando al Director para dar inicio al ensayo, mientras que, sentados en círculo o de pie, cruzarán palabras; alguno encenderá un cigarrillo, otro se quejará del papel asignado, aquel leerá en voz alta a sus compañeros la noticia de una revista teatral. Sería bueno que tanto las actrices como los actores vistieran ropas claras y alegres, y que esta primera escena improvisada tuviera mucha vivacidad. En un determinado momento, uno de los cómicos se podrá sentar al piano y tocar una música bailable; los más jóvenes entre los actores y actrices bailarán.

El director de escena (Batiendo palmas para llamarlos al orden): Vamos, vamos, orden. ¡Ha llegado el Director!

La música y el baile cesarán al mismo tiempo. Los actores se volverán para mirar hacia la sala del teatro, por cuya puerta se verá entrar al Director, quien, con un sombrero de copa, el bastón bajo el brazo y un grueso puro en la boca, cruzará el pasillo de butacas y, saludado por los cómicos, subirá al escenario por una de las dos escalerillas. El secretario le entregará el correo: un periódico y un guión sellado.

El Director: ¿Cartas?

El Secretario: Ninguna. Esto es todo.

El Director (Entregándole el guión sellado): Llévelo al camerino.

(Después, mirando alrededor y dirigiéndose al Director de escena): Pero aquí no se ve nada. Por favor, que nos den un poco más de luz.

El director de escena: ¡De inmediato!

Irá a dar la orden. Y poco después el escenario se iluminará con una intensa luz blanca en la parte de la derecha, donde estarán los actores. En tanto, el apuntador habrá tomado su lugar en el foso, habrá encendido la lamparita y extendido ante sí el guión.

El Director (Dando palmadas): Vamos, vamos, que tenemos que empezar.

(Al Director de escena): ¿Falta alguien?

El director de escena: Falta la Primera Actriz.

El Director: ¡Como siempre!

(Mirará el reloj): Estamos atrasados diez minutos. Anótelo, hágame el favor. Así aprenderá a ser puntual en los ensayos.

No habrá terminado la amonestación, cuando del fondo de la sala se escuchará la voz de la primera actriz.

La primera actriz: ¡No, no, por favor! ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!

(Está toda vestida de blanco, con un sombrero excéntrico y un gracioso perrito entre los brazos; correrá a través del corredor de la sala y subirá apresuradamente por una de las escalerillas.)

El Director: Usted insiste en hacerse esperar.

La primera actriz: Discúlpeme. ¡Busqué desesperadamente un automóvil para llegar a tiempo! Pero veo que todavía no han empezado. Y yo no aparezco al comienzo de la obra.

(Luego, llamando por su nombre al Director de escena, le encarga el perrito): Por favor, déjelo en el camerino.

El Director (Renegando): ¡También el perrito! Como si fuéramos pocos los que parecemos mascotas aquí.

(Dará palmadas otra vez y se dirigirá al apuntador): Vamos, vamos, el segundo acto de El juego de los papeles.

(Sentándose en la butaca): Atención, señores. ¿A quién le toca la escena?

Los actores y las actrices despejarán el proscenio y se irán a sentar a un costado, salvo los tres que participarán en el ensayo y la primera actriz, que sin hacer caso de la pregunta del Director se sentará delante de una de las mesitas.

El Director (A la primera actriz): ¿Interviene usted en la escena?

La primera actriz: Yo no.

El Director (Molesto): ¡Entonces muévase, por Dios!

La primera actriz se levantará y se irá a sentar junto a los otros actores que ya estarán acomodados aparte.

El Director (Al apuntador): Comience, comience.

El apuntador (Leyendo el guión): «En casa de Leone Gala. Un extraño salón, comedor y despacho al mismo tiempo»

El Director (Dirigiéndose al director de escena): Pondremos la sala de color rojo.

El director de escena (Apuntándolo en un papel): De color rojo, de acuerdo.

El apuntador (Sigue leyendo el guión): «Mesa puesta y escritorio con libros y papeles. Estanterías de libros y vitrinas con lujosas vajillas y utensilios de mesa. Puerta al fondo por la cual se llega a la habitación de Leone. Puerta lateral a la izquierda por la cual se va a la cocina. La puerta principal está a la derecha»

El Director (Levantándose e indicando): Por lo tanto, presten atención: allá, la puerta principal. Aquí, la cocina.

(Dirigiéndose al actor que hará el papel de Sócrates): Usted entrará y saldrá por este lado.

(Al Director): Colocará la mampara en el fondo y luego colgará las cortinas.

Se vuelve a sentar.

El director de escena (Anotándolo): De acuerdo.

El apuntador (Leyendo el guión): «Primera escena. Leone Gala, Guido Venanzi, Filippo, llamado Sócrates»

(Al Director): ¿Debo leer también las acotaciones?

El Director: ¡Sí, sí! ¡Se lo he dicho mil veces!

El apuntador (Leyendo el guión): «Al levantarse el telón, Leone Gala, con gorrito de cocinero y delantal, trata de batir un huevo en un cuenco con un cucharón de madera. Filippo bate otro, también vestido de cocinero. Guido Venanzi escucha, sentado»

El primer actor (Al director): Disculpe, pero ¿me tengo que poner el gorrito en la cabeza?

El Director (Fastidiado por el comentario): ¡Obviamente! ¡Está escrito allí! (Señalará el guión.)

El primer actor: ¡Pero si es ridículo!, usted perdone.

El Director (Poniéndose de pie, furioso): «¡Ridículo, ridículo!» ¿Qué quiere que yo haga si de Francia no vienen más comedias buenas y nos tenemos que resignar a poner en escena comedias de Pirandello, que nadie comprende y parecen creadas a propósito para que ni los actores, ni los críticos, ni el público queden contentos?

Los actores reirán.

Y entonces él, levantándose y acercándose hacia el primer actor, gritará: ¡El gorrito de cocinero, sí señor! ¡Y batirá los huevos! ¿Usted cree que no tiene que hacer nada más que batir los huevos con sus manos? Pues no. ¡Tendrá que representar el papel de la cáscara de los huevos que está batiendo!

Los actores reirán de nuevo y harán comentarios irónicos entre ellos

El Director: ¡Silencio! ¡Y presten atención cuando estoy hablando!

(Se dirige de nuevo al primer actor): Sí, señor, la cáscara. ¡Lo que quiere decir la forma vacía de la razón, sin la plenitud del instinto, que es ciego! Usted es la razón y su esposa el instinto, en un juego de papeles asignados, por lo que usted, al representar su papel, es voluntariamente el títere de sí mismo. ¿Comprendido?

El primer actor (Abriendo los brazos): ¡Yo no!

El Director (Volviendo a su sitio): ¡Yo menos! Así que mejor seguimos. ¡Después me elogiará el resultado!

(En tono confidencial): Le aconsejo que se ponga siempre de medio perfil, porque si no, entre las complicaciones del diálogo y usted que no se dejará escuchar por el público, nadie entenderá nada.

(Dando palmadas de nuevo): ¡Atención, atención! Empezamos.

El apuntador: Disculpe, señor Director. ¿Me permitiría cubrirme con la concha? ¡Corre un aire!

El Director: ¡Cómo no, hágalo!

El conserje del teatro habrá entrado mientras tanto en la sala, con su gorrita galoneada, en la cabeza, y atravesando el pasillo de butacas, se acercará al escenario para anunciar al Director la llegada de los seir personajes, quienes también han entrado en la sala y lo han seguido a cierta distancia, un poco desorientados y perplejos, mirando a su alrededor.

Quien vaya a intentar una puesta en escena de esta comedia debe valerse de todos los medios disponibles para lograr un efecto gracias al cual estos seir personajes no se confundan nunca con los actores de la compañía. La disposición de unos y otros, indicada en las anotaciones, cuando ya se encuentren en el escenario, será sin duda útil; tanto como una intensidad luminosa variada de reflectores especiales. Pero el medio más eficaz e idóneo que se sugiere será el uso de máscaras especiales para los personajes: máscaras especialmente elaboradas con una materia que el sudor no ablande, así que no serán ligeras para los actores que deberán llevarlas; se confeccionarán de tal modo que dejen libres los ojos, la nariz y la boca. Se interpreta de esta manera el sentido más profundo de la comedia. Los personajes no deberán, por lo tanto, aparecer como fantasmas, sino como realidades creadas, elaboraciones inalterables de la fantasía: y por lo tanto más reales y consistentes que la voluble naturalidad de los actores. Las máscaras ayudarán a dar la impresión de la figura construida artísticamente y fijada de manera inalterable en la expresión del propio sentimiento fundamental, que es el remordimiento en el padre, la venganza en la hijastra, el desdén en el hijo, el dolor en la madre, con lágrimas de cera, fijas en lo más lívido de las ojeras y las mejillas, como se puede ver en las imágenes esculpidas y pintadas de las Mater dolorosa de las iglesias. Y que incluso la vestimenta sea de paño y corte particular, sin extravagancia, con pliegues rígidos y de un volumen estatuario. En resumen, que no dé la idea de estar confeccionada con una tela, que se pueda comprar en cualquier tienda de la ciudad y en cualquier sastrería.

El padre rondará los cincuenta años: de frente amplia, pero no calvo, de cabello rojizo, con bigote espeso y crespo alrededor de una boca fresca, dispuesta a una sonrisa incierta y vana. Pálido, especialmente en la amplia frente; ojos azules y ovalados, centellantes y agudos; vestirá pantalones claros y chaqueta oscura: en ocasiones será melifluo, en otras tendrá gestos duros y ásperos. La madre estará aterrada y sobrecogida por el intolerable peso de la vergüenza y de la humillación. Cubierta por un tupido velo de viuda, vestirá humildemente de negro, y cuando se levante el velo, mostrará un rostro nada atormentado, pero como si fuera de cera, y siempre estará con los ojos bajos. La hijastra, de dieciocho años, será desvergonzada, casi impúdica. Bellísima, ella también, vestirá de luto, pero con una elegancia vistosa. Mostrará desprecio por el aire tímido, afligido y casi desorientado del hermanito, un escuálido muchacho de catorce años, también de negro; y en la. hermanita, en cambio, una niña de aproximadamente cuatro años, habrá una ternura vivaz y estará vestida de blanco con una cinta de seda negra en la cintura. El hijo, de veintidós años, alto, casi inmovilizado en un contenido desdén por el padre y en una indiferencia ceñuda hacia la madre, llevará un sobretodo morado y una larga cinta verde alrededor del cuello.

El conserje (Con el gorrito en la mano): Disculpe, señor.

El Director (Brusco, despectivo): ¿Y ahora qué ocurre?

El conserje (Tímidamente): Han llegado unos señores que preguntan por usted.

El director y los actores se dan la vuelta sorprendidos para mirar desde el escenario hacia abajo, en la sala.

El Director (De nuevo enojado): ¡Estamos ensayando! ¡Y usted sabe muy bien que no debe entrar nadie mientras estamos ensayando!

(Dirigiéndose hacia el fondo): ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?

El padre (Dando un paso adelante, seguido por los demás, hasta llegar a una de las escalerillas): Hemos venido en busca de un autor.

El Director (Entre sorprendido e iracundo): ¿De un autor? ¿Qué autor?

El padre: Del que sea, señor.

El Director: Pero si aquí no hay ningún autor, porque no estamos ensayando ninguna comedia nueva.

La hijastra (Con una alegre vivacidad, subiendo rápidamente la escalerilla): ¡Mucho mejor, mucho mejor entonces, señor! Nosotros podríamos ser su nueva comedia.

Alguno de los actores (En medio de los comentarios bulliciosos y las risas de los demás): ¡Escúchenla, escúchenla!

El padre (Siguiendo sobre el escenario a la hijastra): Bueno, pero ¿si no hay autor?

(Al Director): A menos que usted quiera serlo…

La madre, con la niña de la mano, y el muchacho subirán los primeros peldaños de la  escalerilla y se quedarán a la espera.

El hijo se quedará abajo, enojado.

El Director: ¿Están bromeando?

El padre: ¿Cómo se le ocurre, señor? Todo lo contrario, le traemos un drama doloroso.

La hijastra: ¡Y podríamos ser su fortuna!

El Director: ¡Háganme el favor de largarse, que no tenemos tiempo para perderlo con locos!

El padre (Herido y melifluo): Pero señor, usted sabe muy bien que la vida está llena de infinitos absurdos, que, descaradamente, ni siquiera tienen necesidad de parecer verosímiles, porque son verdaderos.

El Director: Pero, ¿qué diablos dice?

El padre: Digo que puede considerarse una locura, sí señor, esforzarse en hacer lo contrario; es decir, crear lo verosímil para que parezca verdadero. Pero permítame hacerle la observación de que, si fuera locura, ésta es la única razón de su oficio.

Los actores se agitarán, molestos.

El Director (Levantándose y retándolo): ¿Ah, sí? ¿De manera que nuestro oficio le parece cuestión de locos?

El padre: Bueno, dar la apariencia de verdadero a aquello que no lo es, sin necesidad de hacerlo, señor; como un juego… ¿O acaso no es el oficio de ustedes dar vida en la escena a personajes fantasiosos?

El Director (Rápidamente, haciéndose portavoz de la irritación creciente de sus actores): ¡Yo le aseguro que la profesión del cómico, estimado señor, es una noble profesión! Si hoy por hoy los nuevos señores comediógrafos nos dan a representar comedias banales y a títeres en lugar de hombres, ¡sepa que es nuestro orgullo haber dado vida   – aquí, sobre estas tablas  –  a obras inmortales!

Los actores, satisfechos, aprobarán y aplaudirán a su Director.

El padre (Interrumpiendo con vehemencia): ¡Eso es! ¡Muy bien! ¡A seres vivos, más vivos que aquellos que visten y calzan! Menos reales, quizá; ¡pero más verdaderos! ¡Somos de la misma opinión! Los actores se miran entre sí, sin entender.

El Director: ¿No entiendo? Pero si antes dijo…

El padre: No me interprete mal. Lo decía por usted, señor, que nos ha gritado no tener tiempo para perderlo con locos, cuando nadie mejor que usted sabe que la naturaleza se sirve de la fantasía humana como instrumento para continuar, a un mayor grado, su obra creada.

El Director: Está bien, está bien. ¿A qué quiere llegar con eso?

El padre: A nada, señor. Sólo a demostrar que se nace a la vida de diferentes maneras, y en muchas formas: árbol o piedra, agua o mariposa… o mujer. ¡Y que también se nace como un personaje!

El Director (Con un fingido e irónico estupor): Y usted, junto a quienes lo acompañan, ¿han nacido como personajes?

El padre: Exacto, señor. Y vivos, como puede comprobarlo.

El director y los actores se ríen a carcajadas, como si se burlaran.

El padre (Herido): Me apena que se burlen así, porque llevamos en nosotros, repito, un drama doloroso, como los señores pueden deducir al ver a esta mujer vestida de luto.

Diciendo esto le ofrecerá la mano a la madre para ayudarla a subir los últimos escalones y, guiándola todavía, la conducirá con una solemnidad trágica hacia el otro lado del escenario, que se iluminará de inmediato con una luz fantástica. La niña y el muchacho seguirán a la madre; después el hijo, que se mantendrá aparte, al fondo; y también la hijastra, que se colocará en el proscenio, apoyada sobre el borde del escenario. Los actores, primero estupefactos, luego admirados por esta evolución de los hechos, reventarán en aplausos como si les fuera ofrecido un espectáculo.

El Director (Primero sorprendido, luego fastidiado): ¡Déjenlo! ¡Cállense!

(Luego, dirigiéndose a los personajes): ¡Y ustedes váyanse de aquí! ¡Despejen el lugar!

(Al Director de escena): ¡Por Dios, sáquelos de aquí!

El director de escena (Acercándose, pero luego deteniéndose como si lo retuviera una rara turbación): ¡Fuera! ¡Fuera!

El padre (Al director): Mire, nosotros…

El Director (Gritando): ¡Basta, tenemos que trabajar!

El primer actor: No es posible que alguien se burle así…

El padre (Resuelto, adelantándose): ¡Me sorprendo de su incredulidad! ¿Acaso no están los señores acostumbrados a ver cómo aparecen casi vivos aquí, uno frente a otro, los personajes creados por un autor? ¿O a lo mejor no tienen (señalará la concha del apuntador): un guión que nos contenga?

La hijastra (Colocándose frente al Director, risueña, zalamera): Puede creer, señor, que somos de verdad seis personajes interesantísimos. Lamentablemente frustrados.

El padre (Apañándola): ¡Sí, frustrados, eso es!

(Al director, de inmediato): En el sentido, claro está, de que el autor que nos dio vida, después no quiso o no pudo materialmente introducirnos en el mundo del arte. Y de verdad que fue un delito, señor, porque quien ha tenido la suerte de nacer como personaje vivo, puede reírse incluso de la muerte. ¡No morirá jamás! Y para vivir eternamente ni siquiera necesita de dotes extraordinarias o realizar prodigios. ¿Quién era Sancho Panza? ¿Quién era don Abundio? Y, sin embargo, son eternos, porque  – semillas vivientes – ¡tuvieron la suerte de encontrar una matriz fecunda, una fantasía que supo nutrirlos y desarrollarlos, darles vida eterna!

El Director: ¡Todo lo que dice está bien! Pero ¿qué quieren aquí?

El padre: ¡Queremos vivir, señor!

El director 🙁Irónico): ¿Por toda la eternidad?

El padre: No, señor. Por lo menos un momento, a través de ustedes.

Un actor: ¡Qué ocurrencia!

La primera actriz: ¡Quieren vivir en nosotros!

El actor joven (Señalando a la hijastra): Por mí no hay problema, si a mí me toca ella.

El padre: Fíjense, fíjense: todavía hay que hacer la comedia;

(al Director): pero si usted quiere y sus actores están dispuestos, la organizamos rápidamente entre nosotros.

El Director (Molesto): ¿Pero qué quiere organizar? ¡Aquí no se hace nada de eso! ¡Aquí se interpretan dramas y comedias!

El padre: ¡Por eso mismo! ¡Hemos venido con usted justamente por eso!

El Director: ¿Y dónde está el guión?

El padre: Está en nosotros mismos, señor.

Los actores reirán.

El padre: El drama está en nosotros, somos nosotros, y estamos impacientes por representarlo, así como dentro nos urge la pasión.

La hijastra (Sarcástica, con la pérfida gracia de una oscura desvergüenza): ¡Mi pasión, si la conociera, señor! Mi pasión… ¡Por él!

Señalará al padre e intentará abrazarlo, pero estallará en una carcajada estruendosa.

El padre (Con un arranque de ira): ¡Por ahora quédate en tu sitio! ¡Y no te rías de esa manera!

La hijastra: ¿No? Y ahora permítanme: si bien huérfana hace apenas dos meses, ¡miren los señores cómo canto y cómo bailo!

Sugerirá maliciosamente que está bailando con paso de baile la primera estrofa de «Prends garde a Tchou-Tchin-Tchou» de Dave Stamper en la adaptación a Fox-trot o One-Step lento de Francis Salabert.

Les chinois sont un peuple malin,
De Shangai à Pekin,
Ils ont mis des écriteaux partout:
Prenez garde à Tchou-Tchin-Tchou!

Los actores, de manera particular los jóvenes, mientras ella canta y baila, como atraídos por una extraña fascinación, se desplazarán hacia ella y apenas levantarán las manos como si la quisieran atrapar. Ella se hará la escurridiza. Cuando los actores estallen en aplausos, y después de que el Director le llame la atención, se quedará como abstraída y lejana.

Los actores y Las actrices (Entre risas y aplausos): ¡Muy bien! ¡Bravo! ¡Bravo!

El Director (Iracundo): ¡Silencio! ¿Creen que están en un cabaret?

(Haciéndose a un lado con el padre, y con cierta consternación): Pero, dígame. ¿Está loca?

El padre: ¿Loca? No. ¡Algo peor!

La hijastra (Corriendo rápidamente hacia el director): ¡Peor! ¡Peor! ¡Mucho peor, señor! ¡Peor! Escuche, si es tan amable: haga representar en breve este drama, porque verá que en cierto momento, yo, cuando esta pequeña preciosa…

(Tomará de la mano a la niña, que habrá estado junto a la madre, y la llevará delante del Director): ¿Ve lo preciosa que es?

(La levantará en brazos y la besará): ¡Cariño mío, cariño mío!

(La dejará de nuevo en el suelo y añadirá, casi involuntariamente, conmovida): Y bien, cuando a esta preciosa se la quite Dios a su pobre Madre, y cuando este bobalicón.

(Tirará hacia delante del muchacho agarrándolo sin miramientos por la manga): haga la estupidez más grande, propia del estúpido que es (lo devolverá junto a la madre de un empujón), ¡entonces sí podrá verse cómo volaré! ¡Sí, señor! ¡Volaré! ¡Muy alto! ¡Y no veo el momento de hacerlo, créame, no lo veo! Porque después de lo que ocurrió íntimamente entre él y yo.

(Señalará al padre con un guiño atroz): no puedo seguir junto a todos ellos, presenciando el tormento de aquella Madre por aquel granuja.

(Señalará al Hijo): ¡Mírelo! ¡Mírelo! ¡Indiferente y frío, porque él es el Hijo legítimo! Lleno de desprecio por mí, por aquel, (señalará al muchacho): por aquella criaturita. ¿Y sabe por qué? Porque somos bastardos. ¿Queda claro? Bastardos.

(Se acercará a la madre y la abrazará): Y a esta pobre Madre, que es la Madre de todos nosotros, él no la quiere reconocer como Madre suya. Él la desprecia y la considera Madre únicamente de nosotros tres, los bastardos. ¡Es vil!

Dirá todo esto rápidamente, excitadísima, y al llegar al «vil» final, después de haber inflado la voz en «bastardos», lo pronunciará despacio, como si escupiera la palabra.

La madre (Se dirige al Director con una angustia infinita): Señor, le suplico en nombre de estas dos criaturitas…

(Se sentirá desfallecer y vacilará): Dios mío…

El padre (Se aproxima para sostenerla mientras casi todos los actores están aturdidos y consternados): Por favor, una silla, una silla para esta pobre viuda.

Los actores (Acercándose): Entonces, ¿es verdad? ¿Desfallece?

El Director: ¡Una silla, rápido!

Uno de los actores ofrecerá una silla; los otros la rodearán presurosos. La madre, sentada, intentará impedir que el padre le retire el velo que esconde su rostro.

El padre: Mírela, señor, mírela…

La madre: No, no, déjame.

El padre: ¡Déjate ver! Le quitará el velo.

La madre (Irguiéndose y cubriéndose desesperadamente el rostro con las manos): Señor, le suplico que impida a este hombre utilizarme para sus propósitos. ¡Sería horrible para mí!

El Director (Impresionado, aturdido): ¿Qué está pasando? ¿De quién se trata?

(Al padre): ¿Es su esposa o no?

El padre (De inmediato): Sí, señor, mi mujer.

El Director: ¿Entonces por qué es viuda, si usted vive?

Los actores desahogarán todo su aturdimiento en una estruendosa carcajada.

El padre (Herido, con un áspero resentimiento): ¡No se burlen! ¡No se rían así, por amor a Dios! Éste es justamente su drama, señor. Ella tuvo otro hombre. ¡Otro hombre que debería estar aquí!

La madre (Dando un grito): ¡No! ¡No!

La hijastra: Por suerte para él, está muerto: hace dos meses, se lo dije. Llevamos su luto, como puede ver.

El padre: Pero fíjese que no está aquí porque haya muerto. No está aquí porque… Mírela, señor, por favor, y lo comprenderá de inmediato. Su drama no consiste en el amor a dos hombres, por quienes ella es incapaz de sentir nada, más allá que un poco de reconocimiento.  – No para mí, sino para el otro. – Porque no es una mujer. ¡Es una Madre! Y su drama  – terrible, señor, terrible – consiste, de hecho, en estos cuatro hijos de esos dos hombres que tuvo.

La madre: ¿Que yo los tuve? ¿Tienes el valor de decir que fui yo quien los tuvo, como si los hubiera deseado? ¡Fue él, señor! ¡Me los dieron él y el otro, a la fuerza! ¡Me obligó, me obligó a largarme con aquél!

La hijastra (Cortante, indignada): ¡No es cierto!

La madre (Aturdida): ¿Cómo que no es cierto?

La hijastra: ¡No es cierto! ¡No es cierto!

La madre: ¿Y tú qué sabes?

La hijastra: ¡No es cierto!

(Al Director): ¡No se lo crea! ¿Sabe por qué lo dice? Por ése…

(Señalará al hijo): ¡Lo dice por él! Porque se mortifica y sufre por la indiferencia de ese hijo, a quien quiere explicarle que si lo abandonó a los dos años fue porque él (señalará al padre): la obligó.

La madre (Decidida): ¡Me obligó, me obligó! ¡Pongo a Dios por testigo!

(Al Director): ¡Pregúnteselo a él (señalará al marido): si no es verdad! ¡Que él se lo diga!… Ella (señalará a la hijastra): no puede saber nada.

La hijastra: Sé que con mi Padre, mientras vivió, tú viviste en paz y contenta. ¡Niégalo, si puedes!

La madre: No lo niego…

La hijastra: ¡Siempre amoroso y preocupado por ti!

(Al muchacho, con rabia): ¿No es verdad? ¡Dilo! ¿Por qué no hablas, tonto?

La madre: ¡No lo molestes! ¿Por qué quieres hacerme parecer una ingrata, hija mía? ¡Nunca quise ofender a tu Padre! ¡Sólo he dicho que no fue por mi culpa ni por mi propio deseo que abandonara su casa y a mi hijo!

El padre: Es verdad, señor. Fui yo.

Pausa.

El primer actor (A sus compañeros): ¡Pero mira tú que espectáculo!

La primera actriz: ¡Nos lo dan ellos, a nosotros!

El actor joven: Por una vez.

El Director (Que comenzará, a interesarse en el asunto): ¡Presten atención! ¡Presten atención! Y diciendo esto bajará por una de las escalerillas a la sala y se quedará de pie delante del escenario, como si quisiera recoger las impresiones de la escena tal como lo haría un espectador.

El hijo (Sin moverse de su lugar, frío, pausado, irónico): ¡Escuchen ahora el discursito filosófico! Hablará el demonio de los experimentos.

El padre: ¡Eres un cínico imbécil, te lo he dicho mil veces!

(Al Director, que ya está en la sala): Se burla, señor, por las palabras que usé en defensa propia.

El hijo (Despreciativo): Palabras.

El padre: ¡Palabras! ¡Palabras! ¡Como si no diera alivio a cualquiera frente a lo inexplicable, frente a un mal que nos consume, el dar con una palabra que nada dice pero que nos da calma!

La hijastra: ¡Calma sobre todo el remordimiento!

El padre: ¿El remordimiento? Eso no es verdad. No lo he calmado en mí sólo con las palabras.

La hijastra: También con algo de dinero. ¡Sí, sí, también con un poco de dinero! ¡Con la miseria que iba a ofrecerme de paga, señores!

Reacción de indignación de los actores.

El hijo (Con desprecio hacia su hermanastra): ¡Eso es una canallada!

La hijastra: ¿Canallada? Si estaba allá, en un sobre azulado sobre la mesita de caoba, en la trastienda de Madama Paz. Usted sabe, una de esas señoras que con el pretexto de vender Robes et Manteaux atraen a sus atelliers a chicas pobres y de buena familia como una…

El hijo: Y se ha comprado el derecho a tiranizarnos a todos con ese dinero que él estaba a punto de pagar, y que por suerte  – escúcheme bien – después ya no tuvo motivo para pagarlo.

La hijastra: ¡Estuvimos a punto, a punto, para que lo sepas! (Estalla en risas.)

La madre (Indignada): ¡Es una vergüenza, hija! ¡Una vergüenza!

La hijastra (Cortante): ¿Vergüenza? ¡Si es mi venganza! ¡Me muero de ganas, señor, de revivir esa escena! La habitación… por acá la vitrina de los mantos; allá, el sofá cama; el tocador; un biombo; y delante de la ventana esa mesita de caoba con el sobre azulado del dinero. ¡Puedo verlo! ¡Hasta podría tomarlo!

¡Pero los señores deberían dar media vuelta porque estoy casi desnuda! No me sonrojo más porque ¡es él quien debe sonrojarse!

(Señalará al padre): ¡Pero les aseguro que estaba muy, muy pálido en ese momento!

(Al Director): ¡Créame, señor!

El Director: ¡Yo no me entrometo más!

El padre: ¡Lo desafío a que lo haga! ¡No se deje engañar! ¡Imponga un poco de orden, señor, y déjeme hablar sin hacer caso a la afrenta que con tanta ferocidad ella quiere imputarme, sin las debidas aclaraciones del caso!

La hijastra: ¡Aquí nadie está inventando nada!

El padre: ¡Yo tampoco, quiero decirte!

La hijastra: ¡Sí, cómo no! ¡Haz lo que te parezca!

El director, en este punto, volverá a subir al escenario para poner un poco de orden.

El padre: ¡Aquí está todo el daño! ¡En las palabras! Llevamos todos por dentro un mundo de cosas, en cada uno el suyo propio. ¿Cómo es posible que nos entendamos, señor, si en las palabras que yo digo incluyo el sentido y el valor de las cosas tal como yo las considero, mientras quien lo escucha, las asume inevitablemente con el sentido y el valor que tienen para él, de acuerdo al mundo que lleva en su interior? Creemos que es posible entendernos, ¡pero no nos entendemos nunca! Mire: mi piedad, toda mi piedad por esta mujer (señalará a la madre), ella la asume como la peor de las crueldades.

La madre: ¡Pero si me alejaste tú!

El padre: ¿Se da cuenta? ¡Alejarla yo! ¡A usted le parece que yo la haya despreciado!

La madre: Tú sabes hablar y yo no… Pero créame, señor, que después de haberse casado conmigo… quién sabe por qué…, yo era una pobre y humilde mujer…

El padre: Exactamente por eso, por tu humildad me casé contigo, y eso es lo que amé en ti, creyendo… (Se detendrá por los desmentidos de ella, abrirá los brazos en alto, desesperado, ante la imposibilidad de que lo comprenda, y se dirigirá hacia el Director ¿Se da cuenta? ¡Dice que no! Horrenda, señor, créame, (se golpeará la frente) es horrenda su turbación, su turbación mental. Tiene corazón, sí, ¡pero para sus hijos! ¡Y no atiende a razones, señor, es desesperante!

La hijastra: ¡Cómo no! Pero que le diga también la suerte que nos acarreó su inteligencia.

El padre: ¡Si se pudiera anticipar todo el mal que puede nacer del bien que creemos estar haciendo!

Llegados a este punto, la primera actriz, que se habrá molestado viendo al primer actor coqueteando con la hijastra, se adelantará y preguntará al Director.

La primera actriz: Disculpe, señor Director, ¿continuaremos el ensayo?

El Director: Sí, sí, cómo no. ¡Ahora déjeme escuchar!

El actor joven: ¡Es un caso tan inédito!

La actriz joven: ¡Muy interesante!

La primera actriz: ¡Al que le interese!

Y lanzará una mirada cargada, al primer actor.

El Director (Al padre): Es necesario que se explique usted con claridad. (Se sentará.)

El padre: ¡Cómo no! Mire, señor, trabajaba conmigo un pobre hombre, subalterno mío, mi secretario, lleno de devoción, que se entendía muy bien con ella (señalará a la madre), sin ninguna mala intención  – ¡faltaba más! -, un tipo bueno, humilde como ella, incapaz tanto el uno como la otra no sólo de hacer el mal, sino incluso de pensarlo.

La hijastra: Pero en cambio sí lo pensó él contra ellos. ¡Y lo hizo!

El padre: ¡No es verdad! Mi intención fue hacerles un bien, y también hacérmelo, lo confieso. Es que yo había llegado al punto, señor, en que no podía decirles ni una palabra a ninguno de los dos sin que ellos intercambiaran una mirada inteligente y cómplice, sin que ella no buscara rápidamente los ojos del otro para recibir consejo sobre el modo en que debía tomar mis palabras para no hacerme enojar. ¡Eso era suficiente, como comprenderá, para mantenerme enojado, en un estado de intolerable exasperación!

El Director: ¿Y entonces por qué no despedía a su secretario?

El padre: ¡Lo hice! ¡Lo despedí! Pero luego me encontré con que esta pobre mujer se quedaba en casa como perdida, como uno de aquellos animales sin dueño a los que se acoge por compasión.

La madre: ¡Y cómo no!

El padre (Volviéndose rápidamente hacia ella, adelantándose): Nuestro hijo, ¿no?

La madre: ¡Me arrancó primero el hijo de los brazos, señor!

El padre: ¡Pero no por crueldad! Sino para hacerlo crecer sano y robusto, en contacto con la naturaleza.

La hijastra (Señalándolo, irónica): ¡Se ve!

El padre (De inmediato): ¿También es culpa mía si después creció así? Lo dejé en manos de una nodriza, señor, en el campo, en manos de una campesina, al no parecerme ella lo bastante fuerte pese a su origen humilde. La misma razón por la que me casé con ella. Prejuicios, quizá, ¿pero qué puedo hacer? ¡Siempre he tenido estas malditas aspiraciones a una firme salud moral!

La hijastra, en este punto, estallará de nuevo en risas escandalosamente.

El padre: ¡Hágala callar! ¡Es insoportable!

El Director: ¡Cállese! ¡Déjeme escuchar, por Dios!

De immediato, a raíz de la llamada de atención del director, ella se quedará callada y absorta, cortando la risa. El director bajará del escenario para ver mejor la escena.

El padre: Yo no podía seguir junto a esta mujer.

(Señalará a la madre): Pero no tanto por el fastidio que sentía, por la sofocación  – verdadera sofocación -, sino por la pena, la pena angustiosa que sentía por ella.

La madre: ¡Y por eso me echó de casa!

El padre: La envié con aquel hombre, sin que le faltara de nada. Sí, señor. ¡Lo hice para librarla de mí!

La madre: ¡Y para librarse él!

El padre: Sí, señor. Yo también, lo admito. Y lo que vino fue un gran malestar. Pero lo hice con buena intención… y más por ella que por mí. ¡Lo juro!

(Cruzará los brazos sobre el pecho; después, rápidamente, se dirigirá a la madre): Dilo si dejé de tenerte presente.

¡Dilo! Di si te abandoné hasta que él no te llevó a otra ciudad, de un día para otro, sin yo saberlo, estúpidamente impresionado por mi interés puro, créame que puro, señor, sin ninguna otra intención. Me interesé con una ternura increíble por la nueva familia que iba surgiendo. ¡Ella misma se lo puede asegurar!

(Señalará a la hijastra).

La hijastra: ¡Y más que eso! Yo era muy pequeña, ¿sabe? Llevaba trencitas a la espalda e incluso con el vestidito corto  – así era de pequeña – y me lo encontraba a él delante del portón de la escuela cada vez que salía. Venía a ver cómo crecía.

El padre: ¡Eso es una calumnia! ¡Infame!

La hijastra: ¿Seguro? ¿Por qué?

El padre: ¡Infame! ¡Infame!

(De inmediato se dirigirá al Director explicando con vehemencia): Mi casa, señor, una vez que se fue ella (señalará a la madre), me pareció espantosamente vacía. Era una pesadilla. ¡Ella al menos la llenaba! Una vez que estuve solo, me encontré en casa desorientado. Ése (señalará al hijo), criado lejos de mí, no sé, cuando volvió a casa ya no parecía mi hijo. Ausente entre él y yo la Madre, creció a solas, por su cuenta, sin ninguna relación afectiva ni espiritual conmigo. Y ahora  – es extraño, señor, pero es así-, me dio curiosidad por esa familia que se formó por mi culpa. Pensar en esa familia llenó el vacío en el que vivía. Tenía necesidad, verdadera necesidad de saberla en paz, toda entregada a los detalles más sencillos de la vida, y afortunada al estar alejada de los complicados tormentos de mi espíritu. Y para constatarlo, iba a ver a esa niña a la salida de su escuela.

La hijastra: ¡Seguro! Me seguía por la calle, me sonreía y se despedía con un saludo de mano cuando llegaba a mi casa, así. No le quitaba los ojos de encima, enojada como estaba. ¡No sabía quién era! Se lo dije a mamá. Y ella supo de inmediato de quién se trataba. (La madre asentirá con un movimiento de cabeza). Desde un principio no quiso mandarme más a la escuela, al menos varios días. Cuando volví, lo encontré de nuevo a la salida, ¡ridículo! con un paquete en las manos. Se me acercó, me acarició, y extrajo de aquel paquete un bello y enorme sombrero florentino, de paja, con una guirnalda de florecitas primaverales.

¡Era para mí!

El Director: ¡Pero todo esto no es más que un cuento, señores!

El hijo (Despectivo): Por supuesto, ¡literatura y más literatura!

El padre: ¿Cómo que literatura? ¡Esto es pura vida, señor! ¡Pasiones!

El Director: No lo dudo. ¡Pero es irrepresentable!

El padre: Desde luego, señor. Todo esto es una presuposición. No digo que necesariamente haya que escenificarlo. Como ve, de hecho, ella (señalará a la hijastra) no es más esa niñita de las trencitas.

La hijastra: ¡Y con el vestidito corto!

El padre: El drama viene ahora, señor. Nuevo y complicado.

La hijastra (Sombría, feroz, dando un paso adelante): Apenas muerto mi Padre.

El padre (Rápido, para no dejarla hablar): ¡La miseria, señor! Volvieron a ella, sin yo saberlo. Por las tonterías de ella.

(Señalará a la madre): Apenas sabe escribir, ¡pero podía escribirme a través de la hija o de ese muchacho que estaban pasando necesidades!

La madre: Dígame usted, señor, si yo hubiera podido adivinar que él tenía esos sentimientos.

El padre: Justamente ése es tu error. ¡No haber adivinado nunca ninguno de mis sentimientos!

La madre: Después de tantos años de alejamiento y de todo lo que había ocurrido…

El padre: ¿Es culpa mía, entonces, si aquel buen hombre se los llevó?

(Dirigiéndose al Director): Ya le digo, fue de un día al otro… porque había encontrado en otro sitio un trabajo. No me fue posible seguirles el rastro, y entonces, por fuerza, se apagó mi interés, durante tantos años. El drama quema, señor, imprevisto y violento, a su regreso; además, que yo, lamentablemente, arrastrado por las limitaciones de la carne que todavía vive… ¡Ah! Miseria, de verdad que es miseria la de un hombre solo que nunca quiso ataduras que lo envilezcan. ¡No tan viejo como para prescindir de una mujer, pero tampoco tan joven como para ir fácilmente y sin vergüenza a la busca! ¿Miseria? Pero ¡qué digo! Es un horror, un horror porque ninguna mujer le dará amor. Y cuando se comprende esto, uno debería desistir… Bueno, señor, cualquiera se viste de dignidad frente a los demás, en lo exterior, pero dentro de sí sabe todo lo que hay de inconfesable en su intimidad. Se cae, se cae en la tentación, para luego erguirse rápidamente, quizá con un poco de prisa, para restituir entera y sólida, como una lápida sobre la tumba, nuestra dignidad, para ocultar y sepultar a nuestros propios ojos cualquier rastro y el recuerdo mismo de la vergüenza. ¡Y así somos todos! ¡Únicamente falta el coraje para decir estas cosas!

La hijastra: ¡Porque eso, de hacerlo, a fin de cuentas, lo hacen!

El padre: ¡Todos lo hacen! ¡Pero a escondidas! ¡Y por eso se necesita coraje para decirlo! Porque basta con que uno sólo lo diga, y ya está hecho. ¡Le dirán que es un cínico! Y no es verdad, señor. Es como todos los demás. Incluso mejor. Es mejor porque no tiene miedo a descubrir, con la luz de la inteligencia, el rubor de la vergüenza. Descubrirla allí, en su humana bestialidad, frente a la que cierra siempre los ojos para no verla. La mujer, ahí está, la mujer, de hecho, ¿cómo es? Nos mira, insinuante, coqueta. Atrápela y, apenas la estreche en sus brazos, cerrará los ojos rápidamente. Es la señal de su rendición voluntaria. La señal con la que dice al hombre: «¡Enceguece, que yo ya estoy ciega!»

La hijastra: ¿Y cuando no los quiere cerrar más? ¿Cuándo no siente ya la necesidad de esconderse a sí misma, cerrando los ojos, el rubor de su vergüenza, y en cambio mira con los ojos áridos e impasibles el rubor del hombre que, incluso sin amor, ha enceguecido? ¡Qué asco me dan todas estas complicaciones intelectuales, esta filosofía que descubre la bestia y luego la salva y la justifica… ¡No puedo escucharlo más, señor! Porque cuando se reduce la vida a una «simplificación» así, bestial, dejando a un lado el compromiso «humano» de cada aspiración pura, de cada sentimiento puro, de ideales y deberes, del pudor y la vergüenza, nada es más repugnante y despreciable que ciertos remordimientos. ¡Lágrimas de cocodrilo!

El Director: ¡Vayamos al hecho! ¡Vayamos al hecho, señores! ¡Esto no son más que rodeos!

El padre: ¡De acuerdo, señor! Pero recuerdo que un hecho es como un saco: si está vacío no se sostiene. Para que se mantenga en pie, primero es necesario que entren las razones y los sentimientos que lo han determinado. Yo no podía saber que, muerto allá aquel hombre y ellos de regreso en la miseria, para alimentar a sus hijitos, ella (señalará a la madre): haya ido a trabajar de modista, y que precisamente fuera de esa… ¡de esa Madama Paz!

La hijastra: ¡Modista fina, si los señores necesitan saberlo! Servía aparentemente a las mejores señoras, pero estaba todo dispuesto para que luego estas señoras la sirvieran a ella… sin prejuicio de las otras, no tan dignas.

La madre: Debe creerme, señor, si le digo que no me pasó ni remotamente por la cabeza que esa víbora me daba trabajo porque tenía puesto el ojo en mi hija…

La hijastra: ¡Pobre mamá! ¿Sabe, señor, qué cosa hacía esa mujer cuando le llevaba los trabajos de mamá? Decía que mi madre desperdiciaba la tela que le daba para coser, e iba restando y restando. Así que, como comprenderá, terminaba pagando yo, mientras que la pobre de mamá creía sacrificarse por mí, y por esos dos, cosiendo hasta la noche los encargos de Madama Paz.

Movimientos y exclamaciones de indignación de los actores.

El Director (Rápido): Y allá encontró usted a…

La hijastra (Señalando al padre): ¡A él, a él, sí señor! ¡Un viejo cliente! ¡Mire qué escena para representar! ¡Magnífica!

El padre: Con la aparición de ella, de la Madre.

La hijastra (Rápido, con maldad): ¡Casi a tiempo!

El padre (Gritando): ¡No! ¡Fue justo a tiempo! ¡Porque por suerte la reconocí a tiempo! ¡Y me los llevé a todos a casa, señor! Usted se imagina ahora mi situación y la de ella, uno frente al otro. Ella, así como la ve, y yo que no puedo mirarla a los ojos.

La hijastra: ¡Ridículo! ¿Es posible, señor, pretender que yo, después de «eso», me comporte como una señorita modesta, bien criada y virtuosa, de acuerdo con sus malditas aspiraciones a una «sólida salud moral»?

El padre: Aquí radica todo mi drama, señor: en la conciencia que tengo. Cualquiera de nosotros, como verá, se cree «único», pero eso no es cierto. Somos «muchos», señor. «Muchos» según las posibilidades de ser que tenemos en nosotros: «uno» con éste, «uno» con aquél. ¡Muy diversos! Y con la ilusión, mientras tanto, de ser siempre «el mismo para todos», y siempre el mismo para cada uno en todos nuestros actos. ¡Y eso no es verdad! ¡No es verdad! Sabemos muy bien que en cualquiera de nuestros actos, por alguna circunstancia desafortunada, nos quedamos sorprendidos y como en suspenso. ¡Y es que nos percatamos de no estar completos en ese acto, y que por lo tanto es una injusticia que se nos juzgue sólo por ese acto, que nuestra vida quede reducida a ese acto, como si nada más se debiera a él! ¿Comprende ahora la malicia de esta chica? Me ha sorprendido en un lugar, en un acto, en el cual y por el cual no debía conocerme, como yo no debía presentarme a ella, y por eso me quiere atribuir una realidad que nunca hubiera querido representar para ella. ¡Todo por culpa de un momento fugaz y vergonzoso de mi vida! Esto, señor, esto es lo que más lamento. Y por esto mismo se puede dar cuenta de que el drama adquiere un gran valor. ¡Pero luego también está la situación de los demás! La suya…

(Señalará al hijo.)

El hijo (Alzando los hombros desdeñosamente): ¡A mí déjame en paz! ¡Yo no tengo nada que ver!

El padre: ¿Cómo que no?

El hijo: ¡No tengo nada que ver ni quiero tenerlo! ¡Sabes muy bien que no he sido creado para figurar en medio de ustedes!

La hijastra: ¡Nosotros, vulgares! ¡El, muy fino! Pero dése cuenta, señor. Cada vez que lo miro para mostrarle mi desprecio, él baja los ojos, y eso es porque sabe el mal que me ha hecho.

El hijo (Casi sin mirarla): ¡Yo!

La hijastra: ¡Sí, tú! ¡Tú! ¡Por ti me quedé en la calle! ¡Por ti!

(Reacción de espanto entre los actores).

¿Dime si con tu desdén no hiciste imposible, no digo ya la intimidad de la casa, sino la discreción que hace sentir menos incómodos a los que son recogidos? ¡Fuimos los intrusos que venían a invadir el reino de tu «legitimidad»! Si usted hubiera visto, señor, ciertas escenitas entre nosotros dos. Dice que yo los he tiranizado a todos. ¿Se da cuenta? Ha sido precisamente por su desdén por el que me tuve que valer de esa razón que él llama «vil»; la misma razón por la cual entré en su casa como lo había hecho mi madre  – que también es su madre -, como si yo fuera la dueña.

El hijo (Avanzando lentamente): Todos hacen un buen juego, señor, el fácil papel de estar contra mí. Pero usted se imagina a un hijo que, tranquilo en casa, le toca ver llegar a una señorita altiva, con la mirada petulante, que pregunta por su padre y a quien tiene que decirle no sé que cosa, para luego verla regresar acompañada de esa pequeñita de allá, y finalmente verla pedir dinero al padre  – quién sabe porqué – de un modo ambiguo y «apremiante», con un tono que sobreentiende que debe dárselo, porque tiene toda la obligación de hacerlo.

El padre: ¡Pero de verdad que tenía la obligación! ¡Por tu madre!

El hijo: ¡Y yo qué sé de todo eso! ¿Cuándo he visto a esa mujer, señor? ¿Cuándo he escuchado hablar de ella? Hasta que un día la veo aparecer con ella (señalará a la hijastra) con ese muchacho, con esa niña, y me dicen: «¿Lo sabes? ¡Ella también es tu madre!» Me doy cuenta por sus maneras (señalará de nuevo a la hijastra) del motivo por el cual han entrado en casa de un día para el otro… Lo que experimento y siento, señor, no puedo y no quiero expresarlo.

Quizá pueda confesarlo, pero no lo quiero hacer ni conmigo mismo. Por eso no puede haber ninguna posibilidad, como ve, de que yo participe en modo alguno. ¡Créame, señor, que yo soy un personaje no «acabado» dramáticamente hablando, y que me siento mal, pésimo, en compañía de ellos! ¡Déjenme en paz!

El padre: ¿Qué dices? Si precisamente porque tú eres así…

El hijo (Violentamente exasperado): ¡Y tú qué sabes cómo soy! ¿Cuándo te preocupaste por mí?

El padre: ¡Está bien, está bien! Pero ¿no es ésta también una situación dramática? Este alejamiento tuyo, tan cruel conmigo como con tu madre, que, apenas de regreso a casa, te ve casi por primera vez así de grande y no te reconoce, pero sabe que eres su hijo…

(Señalará la madre al Director): ¡Ahí lo tiene, mírela! ¡Está llorando!

La hijastra (Rabiosa, dando un golpe en el suelo con el pie): ¡Cómo una estúpida!

El padre (Señalándola rápidamente): ¡Y ella no puede soportarlo!

(Volverá a referirse al hijo): Dice que no quiere tener nada que ver en el asunto, ¡si es él el centro de la acción! Mire a ese muchacho, que siempre está apegado a la madre, temeroso, humillado… ¡Es así por culpa de él! Quizá la situación más triste sea la de él. Se siente extraño más que los demás. Y vive, pobrecito, una angustiosa mortificación al haber sido acogido en casa como si recibiera caridad.

(Aparte, discretamente): ¡Se parece al padre! Es humilde, no habla…

El Director: ¡No crea que vale la pena! No imagina los problemas que dan los niños en el escenario.

El padre: ¡Él no le dará molestias! Y también la niña, que incluso será la primera en irse…

El Director: ¡Perfecto! Y le aseguro que todo esto me interesa, me interesa mucho. ¡Intuyo que hay materia para hacer un excelente drama!

La hijastra (Intentando entrometerse): ¡Y con un personaje como yo!

El padre (Apartándola, ansioso por lo que decidirá el Director): ¡Cállate!

El Director (Prosiguiendo su discurso, sin hacer caso de la interrupción): Una materia nueva, sí…

El padre: ¡Novedosa! ¿Verdad?

El Director: Se necesita mucho coraje de todas maneras, como para venir y soltarlo así…

El padre: Usted comprenderá, señor, nacidos para la escena…

El Director: ¿Son cómicos aficionados?

El padre: No, en absoluto. Digo nacidos para la escena porque…

El Director: ¡No le creo! ¡Usted tiene que haber interpretado antes!

El padre: Pues no, señor. Cada uno interpreta el papel que se ha asignado a sí mismo, o que los demás le han asignado en la vida. En mí es la misma pasión que se vuelve siempre un poco teatral apenas se exalta, como a todos…

El Director: ¡Olvidémoslo!… Pero debe comprender, estimado señor, que sin autor… Yo podría recomendarle alguno…

El padre: No, no… ¡Sea usted el autor!

El Director: ¿Yo? ¿Qué dice?

El padre: ¡Sí, usted! ¡Usted mismo! ¿Por qué no?

El Director: ¡Porque nunca he sido un autor!

El padre: Disculpe, ¿pero no podría serlo ahora? No se necesita nada especial. Mucha gente lo hace. Su trabajo tiene la ventaja de que ya estamos todos aquí, vivos delante de usted.

El Director: ¡Pero eso no basta!

El padre: ¿Cómo que no basta? Viéndonos vivir nuestro drama…

El Director: Sí, sí, pero se necesita alguien que lo escriba.

El padre: Será que lo transcriba, porque lo tiene delante de usted, en vivo, escena por escena. Para comenzar apenas bastará un borrador y ensayar.

El Director (Volviendo a subir, tentado, al escenario): Bueno… casi casi me está tentando… Así, por jugar… Se podría probar…

El padre: ¡Pues claro, señor! ¡Ya verá qué escenas! ¡Se las puedo sugerir de inmediato!

El Director: Me tienta… Me tienta. Hagamos una prueba… Venga conmigo a mi camerino.

(Dirigiéndose a los actores): Descansen un rato, pero no se alejen mucho. En un cuarto de hora o veinte minutos, estaremos de nuevo aquí.

(Al padre): Veamos, probemos… Puede ser que salga algo verdaderamente extraordinario…

El padre: ¡Sin duda! Pero, ¿no cree que sería bueno que ellos vinieran también? (Señalará a los otros personajes)

El Director: ¡Que vengan, que vengan!

(Comenzará a salir pero antes se dirigirá a los actores): ¡Sean puntuales, eh! En un cuarto de hora.

El director  y los seir personajes cruzarán el escenario y desaparecerán.

Los actores se quedarán, como perplejos, mirándose entre sí.

El primer actor: ¿Estaba hablando en serio? ¿Que irá a hacer ahora?

El actor joven: ¡Eso es locura pura y dura!

Un tercer actor: ¿Querrá que improvisemos un drama, de buenas a primeras?

El actor joven: ¡Eso mismo! ¡Cómo improvisadores de la Comedia del Arte!

La primera actriz: ¡Ah, no! ¡Si cree que yo me voy a prestar a bromas de ese tipo!…

La actriz joven: ¡Yo tampoco!

Un cuarto actor: Lo que quisiera es saber quiénes son esos. (Aludirá a los personajes.)

El tercer actor: ¿Quiénes quieres que sean? ¡Locos o estafadores!

El actor joven: ¿Y el Director se presta para escucharlos?

La actriz joven: ¡La vanidad! Es la vanidad de convertirse en autor…

El primer actor: ¡Sorprendente! Si el teatro, señores, si el teatro termina reduciéndose a esto…

Un quinto actor: ¡A mí me divierte!

El tercer actor: ¡En fin! Ya veremos qué ocurre con todo esto.

Conversando así entre ellos, los actores abandonarán el escenario, algunos saliendo por la puertecita del fondo, algunos regresando a sus camerinos.

El telón quedará levantado. La representación se interrumpirá durante veinte minutos.

Telón


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