1920 – Todo sea para bien – Comedia en tres actos

Todo sea para bien – Comedia en tres actos

In Italiano – Tutto per bene

Tutto per bene - Gabriele Lavia - 2012

Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero


Personajes

Martino Lori, Consejero de Estado
El Senador Salvo Manfroni
Palma Lori
El marqués Flavio Gualdi
La Barbetti, viuda Agliani, viuda Clarino
Carlo Clarino, su hijo
La señorita
Cei
El conde Veniero Bongiani
Giovanni, criado de casa de los Gualdi
Un viejo criado de Manfroni

En Roma. Época actual.


Acto Primero

Salita de paso en casa de Lori, entre el recibidor y la habitación de Palma; amueblada señorialmente, aunque sin ostentación. Puertas laterales a derecha e izquierda; la de la izquierda da al recibimiento; la de la derecha, a la habitación de Palma. En el fondo, hacia la derecha, otra puerta que da a un corredor.

Es el día de la boda de Palma, e incluso en esta salita hay ricos ramos y cestas de flores.

Al levantarse al telón, la escena está vacía. Poco después, entra por la puerta de la izquierda la Barbetti, seguida por su hijo Carlo Clarino. La primera lleva sombrero; cuenta sesenta y tres años, lleva el pelo teñido y viste ostentosamente y sin distinción, como podría hacerlo una provinciana rica. Es dominante y poco agraciada, pero, en el fondo, no resulta antipática. Su hijo Carletto, que cuenta unos treinta años, viste a la última moda y tiene aspecto de libertino fatigado, hastiado de todo y arrastrado por la madre, rica y entrometida, a hacer lo que no quiere. Entran ambos en escena, como buscando a alguien; la madre, resuelta; el hijo, vacilando.

La Barbetti: (En el umbral) ¿Se puede entrar? ¿No hay nadie? Entra, entra, Carletto.

Carletto: (Como advirtiéndole que la cosa puede terminar mal) ¡Prudencia, mamá!

La Barbetti: ¡No me fastidies! Nos han dejado plantados en aquel saloncito como dos postes…

Carletto: Pero eso de introducirse así…

La Barbetti: Es preciso que yo sepa… Es preciso que hable con alguien…

(Mira a su alrededor) Pero ¿no hay timbre en esta habitación?

Carletto: (Suspira, resignado) Ya que hemos de hacer a la fuerza un papel ridículo, hagámoslo.

La Barbetti: (Llamando a la puerta de la derecha) ¿Se puede pasar?

(Aguarda unos instantes, y repite la llamada) ¿Se puede?

(Nueva espera. Abre luego la puerta y se asoma al interior de la habitación) Tampoco hay nadie aquí.

(A su hijo, irritada) ¿A qué viene eso del papel ridículo, imbécil? ¡Traigo de regalo un broche de tres mil setecientas liras!

(Vuelve a mirar el interior de la otra habitación) ¡Me gustaría saber dónde se ha metido ese idiota de criado!

(Va a la puerta del fondo y llama) ¡Camarero! ¡Camarero…!

Carletto: (Tras una pausa) Habrá ido también a la iglesia, con el resto del servicio, para ver la boda.

La Barbetti: ¿Y habrán dejado la casa sola?

Carletto: (En el mismo tono de antes) Quizá sea una suerte, mamá. ¡Larguémonos de aquí, ya que aún estamos a tiempo!

La Barbetti: Tú te quedas aquí conmigo, porque así lo quiero. Te obligaré a aprender a vivir entre la gente bien.

Carletto: ¡Figúrate qué alegría!

La Barbetti: ¡Ah, te aseguro que se te ha acabado eso de malgastar mi dinero! ¡Sí, te lo aseguro!

Carletto: ¡Mamá, por Dios…!

La Barbetti: ¡Ya verás, de ahora en adelante!

Carletto: Pero ¿de veras crees que nos harán una buena acogida?

La Barbetti: ¡La que sea! ¡La que sea! Para esto he venido de Perugia. Aquí estarás en buen camino y, con la ayuda de tu cuñado…

Carletto: (Con ligero sobresalto) ¡Por Dios, mamá! ¿Qué cuñado? ¡No le llames cuñado, por lo que más quieras! Me entra un sudor frío…

La Barbetti: ¡Pues claro que es tu cuñado! ¡Vaya asunto!

Carletto: ¡Mamá, por favor, no le llames cuñado mío, o salgo corriendo de aquí!

La Barbetti: Pues ¿cómo he de llamarle?

Carletto: ¡No quiero que me agarren por los hombros y me saquen a la calle de un puntapié!

La Barbetti: (Resuelta, plantándose ante él) Perdona, ¿eres hijo mío?

Carletto: ¡Bah! ¡No me vengas con eso, mamá!

La Barbetti: ¿No eres mi hijo?

Carletto: ¡Te digo que no me vengas con eso! Sabes muy bien que no se trata de ti.

La Barbetti: (Irritada) ¿Qué pretendes decir, imbécil?

Carletto: ¿Quieres que nos pongamos a discutir aquí?

La Barbetti: ¡No! ¡Pero quiero que me hables con más respeto!

Carletto: ¡Pero si te hablo con respeto, mamá! Y precisamente porque quisiera que todos te hablasen y tratasen con respeto, vuelvo a repetirte: ¡vámonos de aquí!

La Barbetti: ¡No, no y no! ¿Sabes lo que eres? ¡Un pobre de espíritu, un tonto! ¡Porque todo eso son tonterías! Si la situación entre tu padre y yo fue al principio (sí, he de admitirlo) algo irregular, después nos casamos.

Carletto: Eso es: después.

La Barbetti: ¡O antes o después! El caso es que tú llegaste a ser hijo legítimo, tan legítimo como lo fue Silvia. Fue hermanastra tuya, eso sí, hermanastra, lo cual no debe ser impedimento para que ese señor Martino Lori, marido de la pobre Silvia y, por lo tanto, yerno mío, te considere cuñado suyo, al menos en cierto modo. ¡La cosa me parece clara!

Carletto: ¡Ah, sí, magnífico! ¡Haciendo caso omiso de lo que hubo anteriormente!

La Barbetti: ¡Cómo, haciendo caso omiso…!

Carletto: ¡Claro que sí! Tú haces caso omiso de lo que hubo al principio. De aquella irregularidad primera.

La Barbetti: ¡Que tontería! ¿Quién quieres que se acuerde de aquello? Mi primer marido murió hace veinte años.

Carletto: Y yo, que soy su hijo, tengo treinta y dos, mamá. Es una grave irregularidad, en perjuicio de tu primer marido. Tan grave es, te lo aseguro, que no habrías tenido el valor de presentarte aquí, si aún viviera tu hija Silvia.

La Barbetti: Pero ¿murió, sí o no? ¿Y hace, sí o no, dieciséis años que ha muerto? Y dieciséis años no son un día, ¿no crees? Y ahora se casa la hija de mi hija y yo me presento aquí con un bonito regalo de bodas.

Carletto: ¡Ah, sí, claro! Te presentas en calidad de abuela. Abuela sí lo eres, nadie puede dudarlo: Silvia era tu hija y ésta es la hija de Silvia; así es que no hay nada que decir, eres de veras la abuela. En cuanto a los parentescos entre hombres, más vale no meterse. Ni siquiera el parentesco entre padre e hijo puede darse por seguro. ¡Calcula lo que será entre cuñados!

Por la puerta del fondo, atraída por el ruido de voces, entra la señorita Cei. Es rubia, alta, delgada, cuenta unos treinta años y viste, en la presente ocasión, con sobria elegancia. Acostumbrada a esconder la intimidad de su vida bajo una aparente compostura, habla y mira con atención, y muestra, en general, en sus modales, una delicadeza naturalmente señoril.

Señorita Cei: ¿Quién hay aquí?

La Barbetti: (Volviéndose al oírla) ¡Ah…! Hemos preguntado…

Señorita Cei: Perdón, pero ¿quién es usted?

La Barbetti: Soy la abuela de la novia. Y éste es el tío. (Señala a su hijo, que hace un gesto de irritación)

Señorita Cei: (Notándolo y quedando perpleja) ¡Ah…! ¿La abuela?

La Barbetti: (Con retintín) Y el tío. Venimos de Perugia.

Señorita Cei: Pero aquí no esperaban a la señora. Al menos, según tengo entendido…

La Barbetti: No, no me esperaban Venimos a darles una sorpresa.

Señorita Cei: (A los dos) Siéntense, por favor…

La Barbetti: (Sentándose) Gracias. Y, con perdón, usted debe ser…

Señorita Cei: Soy… ¿cómo diré? Estoy aquí para hacer compañía a la señorita.

La Barbetti: ¡Ah! ¿Es la señorita de compañía?

Señorita Cei: Si quiere llamarlo así… Pero soy más bien una amiga de Palma.

La Barbetti: ¡Ah, ya…! De Palma. (Repite el nombre, como si acabara de oírlo por primera vez)

Señorita Cei: Siento que la señorita no me haya avisado…

La Barbetti: Nada, nada, no se preocupe. Tiene que ser una sorpresa.

Señorita Cei: Ya… Pero en cuanto a eso…

Carletto: (Que ha mostrado cierta agitación al oír la última frase de su madre) ¡Eso es! Precisamente le decía eso mismo a mi madre.

La Barbetti: ¡Tú te callas!

(Volviéndose a la señorita Cei) Mire usted, ha habido un error. Según nuestros informes, creíamos que el matrimonio tenía que celebrarse mañana por la mañana, y hemos querido llegar la víspera…

Señorita Cei: Pues, en realidad, se celebró ayer.

La Barbetti: ¡Cómo! ¿Ayer?

Señorita Cei: El matrimonio civil, sí, señora. Y esta mañana ha habido la ceremonia religiosa.

La Barbetti: ¡Ah, ayer el matrimonio civil y hoy el religioso! ¡Vaya!

Señorita Cei: Creo que regresarán dentro de un momento.

La Barbetti: ¡Me imagino que será un cortejo lucido y que habrá un gran festín!

Señorita Cei: No, señora. Nada de eso…

La Barbetti: ¿Cómo que nada de eso? Aquella sala… (señala hacia la izquierda) está llena de flores.

(Mira a su alrededor) Y ésta también.

Señorita Cei: Sí, pero no habrá boato alguno. Ayer, sí, hubo recepción, comida… Todo estuvo muy bien, pero fue en la intimidad.

Carletto: Sí, como suele hacerse ahora. En traje de viaje.

Señorita Cei: No, señor, eso no. Pocos amigos; solamente los más íntimos; pero la novia, como es de ritual, va esta mañana de blanco, con su velo y sus flores de azahar. Ya la verá: ¡una verdadera belleza!

La Barbetti: Me la imagino. ¡Un encanto! Digo, casándose con un marqués…

Señorita Cei: Sí, pero… en cuanto a eso, mire usted…, la señora marquesa madre…

La Barbetti: ¿Se oponía a la boda?

Señorita Cei: ¡Oh, no, señora! ¡Al contrario! ¡Si viese qué regalos le ha enviado! Pero el caso es que… como anda un poco mal de salud…

Carletto: (Con tono de hombre de mundo) Lo comprendemos, lo comprendemos…

Señorita Cei: Recibirá con gran pompa a la novia en su palacio, al regreso del viaje de novios.

La Barbetti: Así es que ahora, aquí…

Señorita Cei: …todo ha terminado ya. Creo que en esta casa solamente se detendrán un poco para dar tiempo a que la novia se cambie de vestido para el viaje. Vendrán los testigos y algunos amigos del señor marqués y del señor senador.

La Barbetti: ¿De mi yerno? (A Carletto) ¿Lo oyes? ¡Le han nombrado senador!

Señorita Cei: (Sonriendo imperceptiblemente) No, señora. Me refiero al senador Manfroni.

La Barbetti: ¡Ah!, ¿no es mi yerno el senador? ¿Y quién es ese Manfroni?

Carletto: ¿Quién ha de ser? ¡Salvo Manfroni, mamá! El que fue nuestro diputado y luego, incluso, ministro.

La Barbetti: ¡Ah, él! ¿Y cómo es que viene aquí?

Carletto: ¿Que cómo es que viene? ¡Es el que ha elevado a tu yerno hasta el Consejo de Estado!

La Barbetti: ¿Ah, sí?

Carletto: Cuando fue ministro, lo tomó como jefe de gabinete. ¿No recuerdas que te lo dije en Perugia?

Señorita Cei: Y también yo estoy aquí gracias al señor senador…

Carletto: Fue discípulo de tu primer marido.

La Barbetti: ¡Ah, ya, ahora recuerdo…! ¡De mi primer marido!

Señorita Cei: ¿El abuelo de la señorita?

La Barbetti: Mi primer marido era profesor, ¿sabe usted?

Señorita Cei: (Con asombro no disimulado) ¿Cómo…? La señora… ¿era la esposa de Bernardo Agliani?

La Barbetti: ¡Sí, sí yo misma!

Señorita Cei: ¡Una lumbrera de la ciencia!

La Barbetti: ¿Le ha hablado de él mi nietecita?

Señorita Cei: ¡Hablan de él todos los libros de texto, señora!

La Barbetti: Murió de desgracia, ¿sabe usted?, en su…

(A Carletto) ¿Cómo se dice?

Carletto: Laboratorio, mamá.

La Barbetti: Eso es, laboratorio de… de…

Carletto: ¡De física, mamá!

La Barbetti: De física, eso es. ¡Murió fulminado! Todos los periódicos hablaron del caso.

Señorita Cei: ¡Ah, sí, lo sé muy bien, señora!

La Barbetti: Fue una desgracia. Y, créame, me arrepentí tanto, cuando ocurrió, de no haber tenido paciencia con él hasta el final… ¡Qué sabio era! ¡Siempre estudiaba! ¡Y publicaba siempre tantos libros!

Carletto: Pero, mamá, ¿no ves que la señorita ya lo sabe? Y creo que también Salvo Manfroni sabe algo de ello, puesto que publicó su último libro, el póstumo…

La Barbetti: ¡Ah, sí! Una obra… ¿cómo se dice?

Carletto: ¡Póstuma, mamá, póstuma!

La Barbetti: ¡No! Me refiero a una obra que ese Manfroni se apropió, porque mi marido la había dejado… ¿cómo se dice?

Carletto: ¡Ah, inédita!

La Barbetti: ¿Cómo?

Carletto: ¡Inédita, mamá!

La Barbetti: Eso es, inédita. Se la apropió y llegó a ser célebre: ¡a ser senador!

Carletto: Pero no lo digas así, no digas que se la apropió. ¡Parece que la haya robado! Se trataba sólo de esbozos, de apuntes para una obra nueva…

Señorita Cei: Salvo Manfroni los recogió, desarrolló, completó…

Carletto: ¡Y alcanzó con su trabajo grandes honores!

Señorita Cei: Creo que muy merecidos. Y sin ningún detrimento de la fama de su maestro.

La Barbetti: ¡No lo creen así en Perugia! ¡No, no lo creen! Y soy muy capaz de decírselo así mismo al propio interesado, ¿sabe usted?

Carletto: ¡No, mamá, no!

Señorita Cei: Parece ser, por otra parte, que aquello fue una suerte para la señorita. Por lo menos, así lo he oído decir.

La Barbetti: ¿Qué es lo que fue una suerte?

Señorita Cei: Pues que el senador Manfroni encontrara en casa del señor Lori aquellos papeles inéditos de su maestro.

La Barbetti: ¡Para él sí que fue una suerte!

Señorita Cei: Sí, quizá sí; pero también lo fue para la señorita, que entonces era una niña de pocos años. Obligado a trabajar aquí, porque parece ser que la difunta señora sentía algo así como celos si alguien tocaba aquellos papeles de su padre, tomó afecto a la niña a partir de entonces; y luego, cuando la señora murió, él tomó bajo su protección a la pobre huérfana. Como es soltero y rico, la ha tratado como si fuera hija suya; incluso le ha encontrado ahora este buen partido.

La Barbetti: ¡Ah, bien, sí! ¡No ha hecho más que pagar la deuda que contrajo con el abuelo! También habrá hecho algún favor a mi yerno…

Señorita Cei: ¡Ah, en cuanto al consejero, todos lo hemos visto, lo ha tratado siempre como si fuera hermano suyo!

La Barbetti: Y él, dígame…, él, mi yerno, ¿cómo es?

Señorita Cei: Pues… la señora debe ya saberlo.

La Barbetti: No, no… Mire usted, mi hija murió hace tantos años… Se dedicaba a la enseñanza. Cuando, a la muerte de su padre, se vino a vivir a Roma, conoció a ese Lori, que estaba entonces en el Ministerio, y se casó con él sin ni siquiera decirme nada. Sí, porque la pobre Silvia, que también fue víctima del exceso de sabiduría de aquel bendito hombre, sintió siempre, no obstante, por él, una verdadera adoración. ¡Ay de quién se lo tocase! Pero usted comprenderá… Una hija puede excusar, mostrarse indulgente; pero una esposa llega a cansarse de ciertas situaciones. Y yo, se lo digo sinceramente, me cansé. Y una vez separada del padre, no tuve más tratos con mi hija. Ésta murió a los siete años de matrimonio. De manera que no conozco a mi yerno.

Señorita Cei: ¡Cómo! ¿No lo ha visto nunca?

La Barbetti: Nunca.

Señorita Cei: ¿Y a la señorita tampoco?

La Barbetti: Tampoco.

Señorita Cei: ¡Oh, pues, entonces…!

Carletto: El momento escogido para presentarnos no es muy acertado, ¿verdad? Esta misma observación le he hecho a mamá.

Señorita Cei: Es que… comprendan ustedes…

Carletto: Quiere decir que hoy es un día de mucho jaleo, ¿verdad, señorita?

Señorita Cei: ¡Oh, pues, entonces…!

Carletto: Los apuros y dificultades de una explicación…

La Barbetti: ¡Nada de eso! ¡Qué apuros ni qué explicaciones! Aquí no hay más que una abuela que viene a traer el regalo de boda a su nieta. Hubiera sido mejor, desde luego, llegar la víspera. Pero, después de todo, ¿qué quieres que le importe a mi nieta la explicación de cosas que pasaron hace tantos años? Y en cuanto a mi yerno, viudo desde hace dieciséis años, ¿qué le importarán los asuntos de su suegro, a quien no conoció, y los rencores de su mujer? ¡Si de su mujer ni siquiera debe de acordarse!

Señorita Cei: ¡Ah, eso no, señora, se equivoca!

La Barbetti: ¿La recuerda aún?

Señorita Cei: ¡Y de qué manera! Crea usted… para una mujer, es algo que…, no sé, casi produce cierto despecho. Eso es, despecho. Y no por él, señora, sino por nosotras mismas, a poco que nos tengamos un mínimo de propia estimación. Le aseguro que eso de ver a un hombre tan afectado aún, tan deshecho por la muerte de su mujer, cuando tantos años han pasado desde entonces…

La Barbetti: ¿Ah, sí? ¿Está aún deshecho?

Señorita Cei: Tiene unos ojos…, no sé… ¡Si viese su manera de mirar, su manera de escuchar! Es como si las cosas, los rumores, incluso las voces que le son más conocidas, la de su hija, la de su amigo, tuvieran para él un sonido que ya no acertase a comprender. Como si la vida, a su alrededor, hubiera…, no sé…, perdido sus matices, su expresión… Será quizá por la costumbre que ha cogido…

La Barbetti: (Acompañando con un gesto su pregunta) ¿Bebe?

Señorita Cei: (Sonriendo, horrorizada) ¡No, señora! ¡Qué ha de beber!

(Luego, con tristeza) Me refiero a la costumbre de ir allá todos los días…

La Barbetti: ¿Al cementerio?

Señorita Cei: ¡Todos los días, haga el tiempo que haga! Y al volver de allí, parece como si lo viese todo desde muy lejos.

Carletto: (Tras una pausa, levantándose) Me parece, mamá, que sería mejor dejar para otro día nuestra presentación.

La Barbetti: ¡Vuelve a sentarte! Quiero saber…

(A la señorita Cei, resueltamente, dándoselas de persona a quien no es fácil engañar) Perdone, ¿qué edad tiene?

Señorita Cei: Pues… unos cuarenta y cinco o cuarenta y seis años…

La Barbetti: Menos dieciséis, ¿cuántos son?

Señorita Cei: ¿Qué quiere decir?

La Barbetti: Cuarenta y seis años menos dieciséis, ¿cuántos son?

Señorita Cei: Pues… treinta.

La Barbetti: ¡Treinta, eso es, señorita! ¿Y a quién pretende engañar el señor Lori, que se quedó viudo a los treinta años, con eso de ir todos los días a visitar la tumba de su mujer? ¡Vamos, señorita…! ¡Que también somos de carne!

Señorita Cei: ¿Supone usted que…?

La Barbetti: ¡Cuesta muy poco suponer ciertas cosas, con perdón de usted!

Señorita Cei: Pues bien, puede usted estar segura de que en cuanto le conozca no volverá a decir eso. Además, se sabría…

Por la puerta del fondo entra un Criado de uniforme, y anuncia con grandes prisas.

Criado: ¡Ya llegan, señorita, ya llegan! (Y vuelve a salir por la misma puerta)

Señorita Cei: (Levantándose) Aquí están. Permítanme… ¿O quieren hacer el favor de pasar a la sala?

Carletto: ¡No, no, por favor!

La Barbetti: Esperemos aquí… Será mejor.

Señorita Cei: Como quieran.

Carletto: ¡Anuncie a la abuela, por lo que más quiera! ¡Sólo a la abuela!

La señorita Cei sale por la puerta de la izquierda.

La Barbetti: ¡Llevas bien las cosas, imbécil! ¡Menos mal que estoy yo aquí!

Carletto: Perdona: supón que no te tratan con la debida consideración; ¿qué he de hacer yo?

La Barbetti: ¡No has de hacer nada!

Carletto: ¿He de dejar insultar a mi madre?

La Barbetti: ¿Quién quieres que me insulte…? ¿Por qué han de insultarme?

Por la puerta de la izquierda entra Martino Lori. Viene turbado y excitado. Aunque no ha llegado aún a los cincuenta años, tiene casi todo el pelo blanco. Viste con mucha pulcritud. Tiene viveza de expresión, sobre todo en los ojos; son éstos muy vivos, cambiantes bajo las mudanzas de una sensibilidad variable y acusadísima que, sin embargo, a veces se desvanece súbitamente, casi olvidada de improviso, dejando indefenso al espíritu, que queda entonces triste, abúlico y, sobre todo, crédulo.

Lori: ¡No, no, señora, por favor! ¡No sé cómo puede usted tener la osadía de presentarse en mi casa!

La Barbetti: ¿Hablo con mi yerno?

Lori: ¿Su yerno? ¡Por favor…! ¡Yo nunca he sido su yerno!

La Barbetti: ¿No hablo con el consejero Lori?

Lori: ¡Claro que sí! Soy yo.

La Barbetti: Pues si se casó usted con mi hija…

Lori: ¡Precisamente por esto, señora! ¿Es posible que no se dé cuenta de que su presencia en esta casa es para mí una ofensa intolerable, una ofensa a la memoria de su hija?

La Barbetti: ¡Dios mío, pero si creí que después de haber pasado tantos años desde aquellos disgustos…!

Lori: ¡No, no, señora! Y, por otra parte, cuando yo me casé con su hija, hacía tiempo que usted ya no era la mujer de Bernardo Agliani.

La Barbetti: ¡Desde luego, pero sí la madre de mi hija!

Lori: ¡Vamos! ¿La madre? ¡Sabe usted muy bien que, desde entonces, Silvia no quiso ya considerarla madre suya, y con razón!

Carletto: ¡Escuche, le ruego que…!

Lori: ¿Quién es usted?

La Barbetti: (Yendo rápidamente a la defensa de su hijo) ¡Es mi hijo!

(A Carletto) ¡Déjame hablar a mí!

Carletto: ¡Espera! Quiero decir a este señor que, por mi parte, yo no quería venir, y no hubiera venido; pero…

Lori: ¡Y hubiera usted hecho bien!

Carletto: ¡Bien, no: muy bien! Y así se lo he dicho a mi madre. Pero esto no es motivo para que…

La Barbetti: (Interrumpiendo rápida y entrometiéndose) …para que hable usted en esta forma…

Carletto: (Interrumpiendo a su vez) …sin saber siquiera lo que…

La Barbetti: (ídem) …¡eso…!, lo que he venido a hacer aquí por mi nieta.

Lori: (Luchando por no desviarse del asunto) No creo que mi hija piense y sienta de otro modo que yo en lo que concierne al recuerdo de su madre y al respeto que se le debe.

Se oye en este momento, dentro y hacia la izquierda, la voz de Palma.

Voz de Palma: ¡Sí, sí, estaré lista en dos minutos!

Y entra Palma por la puerta de la izquierda, en traje de novia, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta de la derecha, que da a su habitación. Tiene dieciocho años y es bellísima. Trata a su padre con mal disimulada frialdad. En cuanto aparece, la Barbetti se adelanta hacia ella, tendiéndole los brazos)

La Barbetti: ¡Aquí está! ¡Aquí está! ¡Qué bonita eres, hija mía!

Palma: (Sorprendida y confusa, deteniéndose) Perdone… usted…

La Barbetti: ¡Soy tu abuela! ¡Tu abuela, hijita mía…!

Palma: (Al principio más aturdida que asombrada) ¿Mi abuela? ¡Cómo…!

(Volviéndose hacia su padre con aire de cómica incredulidad) ¿Tengo incluso una abuela?

Lori: ¡No, no, Palma!

La Barbetti: (A Lori) ¿Cómo que no?

(Y a Palma, rápidamente y con énfasis) ¡La madre de tu madre!

Carletto: (A Lori) ¡Esto sí que no puede usted negarlo!

Lori: ¡No me obliguen ustedes a decir lo que, por otra parte, sabe muy bien mi hija!

Palma: (Recordando de pronto, pero sin dar importancia alguna a la indignidad de aquella abuela, que, por su aspecto ridículo y ordinario, le parece cosa de risa, de comedia) ¡Ah, usted es… ya entiendo!

Lori: Comprenderás, Palma, que si tu madre estuviera aquí…

Palma: (Fastidiada del aprieto imprevisto en que le pone su padre, encogiéndose de hombros) Sí, pero…, no sé… ¿Qué le vamos a hacer?

La Barbetti: Dice que he hecho mal en venir…

Lori: ¡Muy mal!

Palma: (Secamente, protestando) ¡Nada de eso! No me parece que sea muy oportuno pensar ahora en…

Lori: (Dolido) ¡Cómo!

La Barbetti: (Rápida, radiante) ¡Eso es, hija mía! ¡Es verdad, llevas mucha razón!

Lori: ¿Quieres decir que no es oportuno pensar ahora en tu madre?

Palma: (Como antes) ¡Sí, en mamá, sí! Pero, por favor, ahora que estoy a punto de marcharme…

La Barbetti: ¡Eso es, ahora que ya estás casada…! ¡Él ya no tiene ni siquiera el derecho de oponerse!

Lori: Si me opongo, no es en nombre de un derecho.

La Barbetti: ¿Acaso puede usted impedirme que tenga yo mis proyectos sobre mi nieta?

Palma: (Contrariada, se dispone a salir) ¡Ah, es demasiado! ¡Es demasiado!

La Barbetti: (Se coloca ante ella, queriendo calmarla) No, por favor, no te excites… Vestida así…

Palma: He de ir a cambiarme para marcharnos.

Lori: (Desorientado y taciturno, retrocediendo hacia el fondo) Quizá me he excedido…, quizá he ido demasiado lejos…

Palma: ¡Te has excedido, sí, es cierto! ¡Pero ahora basta, por amor de Dios!

La Barbetti: Siento que por causa mía…

Palma: (Serenándose de pronto y volviendo al lado grotesco de aquel encuentro inesperado) No, no… ¡Hay que tener un poco de ecuanimidad, Dios santo! En medio de todo, ha sido una sorpresa divertida encontrarse de buenas a primeras con una abuela, ahí, inesperadamente…

La Barbetti: (Radiante) ¡Qué bonita eres! ¡Qué encantadora!

(Volviéndose de pronto hacia su hijo para que le dé el regalo de boda) ¡Dame, Carletto!

Palma: (Sin comprender) ¿Qué…?

La Barbetti: Te había traído incluso un regalito…

Palma: (Volviéndose a su padre, como en demanda de cómica indulgencia) ¿No ves? ¡Hasta un regalito!

La Barbetti: ¡Date prisa, Carletto!

(Presentándole a Palma) Este es mi otro hijo…

Palma: ¡Ah! Tantísimo gusto…

La Barbetti: (Prosiguiendo) …que sería…, sí, sería un hermanastro de tu pobre madre.

Palma: ¡Ah! Entonces es un medio tío, ¿no?

Carletto: Eso es, un medio tío… Encantado de conocerla.

(Tendiendo el estuche a su madre) Aquí lo tienes, mamá.

La Barbetti: (Tendiéndoselo a Palma) Toma, toma, hijita mía.

Palma: (Abriéndolo y admirándolo exageradamente, por complacencia) ¡Oh, qué bonito!

La Barbetti: Habrás tenido muchos otros…

Carletto: Con muchos deseos de que sea feliz…

La Barbetti: ¡Sí, querida mía, feliz como mereces serlo! En cuanto a mí, trataré también de hacer algo más por ti.

Lori: (No pudiendo contenerse por más tiempo) Tu abuelo, Bernardo Agliani, devolvió a esta mujer todo su dinero, incluso el de la dote, que pertenecía a tu madre. Y ésta se alegró muchísimo de ello, y, una vez quedó huérfana de padre, prefirió ganarse la vida dando lecciones. Pero, a pesar de ello, coge, coge lo que te dan. Estoy turbando tu fiesta…

Por la puerta de la izquierda entran en este instante Salvo Manfroni, el marqués Flavio Gualdi y el conde Veniero Bongiani. El primero cuenta poco más de cincuenta años, y es alto, delgado, rígido. Si el nombramiento de senador no le hubiera sido otorgado por sus méritos científicos y académicos, unidos a su pasado político, hubiera podido serle otorgado por sus cualidades y presencia. En efecto, es el prototipo del gran señor, que manda en los demás y es, sobre todo, dueño de sí.

El marqués Flavio Gualdi tiene treinta y cuatro años, y es rubio, de un rubio ardiente; pero es ya casi calvo. Su cara es sonrosada y fresca, como la de una figurita de fina porcelana esmaltada. Habla lentamente, con acento más francés que piamontés, y afecta, al hablar, cierta benigna condescendencia, que contrasta extrañamente con la fría y dura mirada de sus ojos azules, casi vidriosos.

El conde Veniero Bongiani tiene cerca de cincuenta años y es elegantísimo; hace especulaciones en cinematografía y ha fundado una de las más ricas casas productoras de películas)

Salvo Manfroni: ¿Qué ocurre?

Palma: ¡Nada, nada! ¡Una bonita sorpresa! ¡Mira, Flavio!

Flavio: Pero, ¿cómo? ¿Aún estás así?

Palma: ¡He encontrado una abuela, aquí, en la antesala!

Flavio: ¿Una abuela?

Veniero: (Simultáneamente) ¡Qué divertido!

Salvo: (Simultáneamente) ¿Es la señora?

Flavio: (Señalando a Lori) ¿Su madre?

Palma: (Rápida) ¡No, por suerte!

(Volviéndose inmediatamente a Carletto) Y también… Perdón, ¿quiere decirme su nombre?

Carletto: (Inclinándose, con gracia) Clarino.

Salvo: (Estupefacto, en tono de represión) ¿Qué enredo es éste, Palma?

Palma: (Aparentemente sin hacerle caso) Este es el señor Clarino, hijo de mi abuela. ¡Un medio tío!

(Volviéndose de pronto a la Barbetti) Así, pues, ¿es la abuela Clarino, verdad? ¿Viuda?

La Barbetti: Sí, querida, viuda por dos veces..

Palma: (Casi en tono de triunfo, volviéndose a Lori) ¡Ah, pues, entonces, dejémoslo correr! Como ves, no es ni siquiera necesario recordar a Bernardo Agliani, ni a mamá. Puede tomarse la cosa así, a la ligera, e incluso…

(volviéndose a Flavio, con una mirada, significativa) incluso alegremente, Flavio. Cuando está uno a punto de marcharse…

Flavio: ¡Claro que sí! ¡Por mí, figúrate!

La Barbetti: (Sincera e ingenuamente) ¡Esto mismo decía yo!

Lori: (Herido en lo vivo por las últimas palabras de Palma) Podía no quererlo incluso por ti, mientras no hayas salido de esta casa.

Salvo: (Notando el tono apasionado de Lori y encontrándolo fuera de tiempo y de lugar, le interrumpe rápidamente, acercándose a él) ¡Vamos, vaya, basta…! ¿Qué ocurre, amigo mío?

Queda hablando con él en voz baja, aunque animadamente.

Palma: (A Salvo, que parece no escucharla) Como si la hubiese invitado él, ¿te das cuenta? (Se acerca a Flavio y a Veniero, que se hallan junto a la puerta de la izquierda)

Flavio: (A Palma, sonriendo) Luego me explicarás…

Palma: ¡Claro que sí! ¡Te aseguro que es cosa de risa!

Veniero: ¡Es una abuela en estupendo estado de conservación!

Palma: ¡Oh, es algo que no se paga con dinero! Debería usted contratarla para su casa cinematográfica. (A Flavio) Luego te explicaré…

Flavio: Pero es preciso que te des prisa, querida…

Palma: Sí, en seguida, pero lleváoslos de aquí.

(A Bongiani) ¡Hágale la proposición también al hijo!

(Luego, en voz alta, llevándoles ante la Barbetti) Les presento a mi abuela: el marqués Flavio Gualdi, mi marido; el conde Veniero Bongiani.

(Volviéndose a Carletto) El señor… Carlo, ¿verdad?

Carletto: Carletto, sí…

Palma: ¡Tío Carletto! ¡Ah, nunca hubiera imaginado que un día me tocaría hacer este papel, en traje de novia! Con permiso de ustedes. Voy a quitármelo.

Ustedes pasen allá…

Sale Palma por la puerta de la derecha.

La Barbetti: (Gritando tras ella) ¡Querida…! ¡Querida mía!

(Se vuelve luego a Flavio, mientras se dispone a salir por la puerta de la izquierda) ¡Ay! ¡Soy muy feliz!

Flavio: (Cediéndole el paso al llegar a la puerta) Por favor. (Sale tras la Barbetti)

Veniero: (Ídem a Carletto) Por favor…

Carletto: (Echándose atrás) ¡Ah, no permito que…! (Mostrándole a su vez la puerta) Por favor…

Veniero: (Pasando ante él) Es justo. Usted es casi de la casa…

Salen, pues, también, Veniero y Carletto, por la puerta de la izquierda.

Lori: (Prosiguiendo en voz alta su conversación con Manfroni, en tono apasionado) ¡Puedo renunciar a cualquier sentimiento, pero no a éste! ¡Porque sabes muy bien que no vivo para otra cosa!

Salvo: (Excitado, casi para sí) ¡Es increíble! ¡Increíble!

(Luego, rápidamente, agresivo) Está bien; persiste en esta actitud; pero repara al menos en la pena que causas a todo el que te ve obstinado en esta forma y quisiera librarte del ridículo en que te pones voluntariamente.

Lori: ¿Del ridículo? ¿Te parece esto ridículo?

Salvo: ¡Claro que sí, amigo mío, porque exageras la cosa, exageras enormemente! ¡Y justamente ahora que Palma se libera y te libera, creo que podrías evitarlo, santo Dios!

Lori: No he podido.

Salvo: Lo comprendo. Pero precisamente porque has establecido y dado por sentada la demostración de un sentimiento que…, sí, está bien, ha servido hasta ahora de excusa para tantas cosas…, por ejemplo, para descuidar tus obligaciones respecto a Palma…

Lori: Eso fue porque estabas tú aquí…

Salvo: Muy bien; estaba yo, que tomé afecto a la niña, al verla tan abandonada…

Lori: (Protestando) ¡No, no…!

Salvo: (Irritado, para cortar por lo sano) ¡Dios mío, me refiero en este momento al abandono en que la tenían los demás!

Lori: (Como si mirase a lo lejos, a través del tiempo) Sí, lo sé, esas debían ser las apariencias…

Salvo: (Contrariado) ¡Nada de eso! Porque, en lugar de ello, se ha visto incluso demasiado que tu luto te impedía tomar parte en las distracciones que hubieras debido procurar a tu hija.

(Con energía, exasperado) ¡Pero ahora, basta! ¡Ahora basta! ¡Se acabó! ¡Ella se va! ¡De manera que hubieras podido ahorrarte todo ese desdén y ese enojo ante la aparición de aquella bruja, en el momento en que tu hija iba a marcharse!

Lori: (Con penoso desdén, casi humillado) ¿Con la acogida que le ha hecho ella?

Salvo: (Más irritado que nunca) Pero ¿qué acogida ni qué…? ¿No comprendes que la ha tomado a risa, escabulléndose con mucho tacto y gracia del aprieto en que tú la has puesto con tus exageraciones?

Lori: Ha aceptado ante mis propios ojos el regalo que le han traído…

Salvo: ¿Querías que lo rechazase?

Lori: …¡y la promesa de la donación de un dinero que repugnó en su tiempo a su madre!

Salvo: (Impresionado) ¿Le ha prometido dárselo?

Lori: ¡Pero yo le grité a la cara su vergüenza!

Salvo: (Aturdido) ¿Y no comprendes que…?

(Esconde el rostro entre las manos) ¡Dios mío! ¿No comprendes que no debiste hacerlo?

Lori: ¿Por qué? Gracias a Dios, Palma…

(Corrigiéndose a sí mismo) Es decir, gracias a Dios y gracias a ti, Palma no necesita ese dinero.

Salvo: ¡Precisamente por esto!

(Casi para sí) ¡Es increíble!

Lori: ¿Precisamente por esto? ¿Por qué?

Salvo: ¡Claro que sí! ¡No eres tú quien tenía que decírselo, con perdón!

Lori: ¿Por qué no tengo el derecho de hacerlo?

Salvo: ¡No, no lo tienes! ¡No lo tienes en modo alguno! Esa mujer es riquísima, y tú no sabes si el marido de Palma…

Lori: Pero con la dote que tan generosamente has otorgado a mi hija…

Salvo: ¡Déjalo correr! ¡Nunca se tiene demasiado dinero!

Lori: (Estupefacto y dolorido) ¡Ah, perdona…! ¡No creí que…!

Salvo: ¿Qué es lo que no creíste?

Lori: No esperaba de ti, que tanto has venerado y veneras aún el recuerdo de Bernardo Agliani…

Salvo: (En el colmo de la irritación, disponiéndose a salir por la puerta de la izquierda) ¡Oh, por favor! ¡Ya es demasiado!

En ese instante, vuelve a entrar por esa puerta Flavio Gualdi.

Flavio: Con permiso…

Salvo: ¡Entra, entra, Flavio!

Flavio: (Riendo, aludiendo a la Barbetti, que está fuera) ¡Ah, es estupenda! ¡Estupenda! ¡Y el hijo es aún más estupendo que la madre! Se ha comprometido en serio, ¿sabes? Ha aceptado el contrato de Bongiani, que está disfrutando de lo lindo…

Salvo: ¿Has comprendido, pues, de qué se trata?

Flavio: ¡Claro que sí! ¡De una farsa!

(Recapacitando, serio, con una mirada significativa a Salvo) ¡Oh, naturalmente, razón de más para…!

(Hace con la mano un gesto que significa: «cortar en seco.») «Ça va sans dire…»  [Ni que decir tiene. (En francés en el original.)]

Lori: Nadie podía prever que tuviese la desfachatez de presentarse aquí…

Salvo: ¿Comprendes, querido, lo que has estropeado? ¡Una comedia! La comedia que ese viejo papagayo venía a ofrecernos inesperadamente.

(A Flavio) Ya te diré algo más. Voy entretanto a hacerle cierto discursito… Ven, ven conmigo.

Flavio: En seguida iré; espera a que diga antes a Palma que se dé prisa.

Sale Salvo por la puerta de la izquierda. Flavio se acerca a la derecha, llama y se detiene a escuchar la voz de Palma.

Lori: Yo también quisiera hablarte…

Flavio: (Con sequedad y frialdad) Perdone, (Habla, vuelto hacia la puerta) Soy yo, Palma…

(Pausa. Se detiene a escuchar, luego ríe) No, no quiero entrar…

(Pausa; como antes) Eso es, porque se hace tarde.

(Pausa; como antes) ¡Pero deja hacer a la señorita! ¡Y tú, date prisa!

(Pausa; como antes) Sí, creo que…, creo que…

Y se dirige apresuradamente hacia la puerta del fondo.

Lori: Quisiera decirte que…

Flavio: Perdone, pero ahora no tengo tiempo. Le deja plantado y sale.

Lori queda helado ante el patente desprecio de Gualdi. No puede suponer que nadie cree en sus sentimientos; supone, más bien, que esos sentimientos disgustan a todos y que, si los que le rodean no tienen para él consideración alguna, es porque su hija, gracias a la protección de Manfroni, sale de su modesta casa y entra con su marido en el gran mundo. Permanece abatido y como avergonzado, mirando ante sí durante largo rato. Se abre al fin la puerta de la derecha y sale la señorita Cei, sacando de allí bolsas de viaje, maletas, sombrereras, que el Criado, que ha entrado por la puerta del fondo, se lleva poco a poco.

Señorita Cei: (Al Criado) Tome, Giovanni… Ahora esto… ¡Cuidado con esto!

(Le va dando las bolsas, maletas, etc) No, no, despacio… Una por una…

Por la misma puerta de la derecha, sale por fin Palma, vestida con un elegante traje de viaje; se está poniendo los guantes.

Palma: (A la señorita Cei) Hágame el favor, Gina, de recomendarles que no confundan el equipaje que hay que facturar con el que hay que llevar a mano, en el departamento.

Señorita Cei: Tranquilícese; irá Giovanni.

Criado: Sí, señorita; iré yo mismo. No se preocupe.

Palma: (A Lori) ¿Vienes con nosotros a la estación?

Lori: Sí, claro.

Palma: (A la señorita Cei, que se dispone a salir por la puerta del fondo) Espere un momento, Gina… Usted se va ahora mismo de aquí, ¿verdad?

Señorita Cei: Si el señor comendador no me necesita…

Lori: No, no, gracias. Por mí…

Palma: ¿Quién queda aquí?

Señorita Cei: Pues… no sé… La criada.

Lori: No importa, no importa… Escucha, Palma…

Palma: Ten paciencia, quisiera dar a Gina algunas órdenes.

Lori: Haz, haz como gustes…

Palma: (A la señorita Cei) ¿Estará usted de regreso antes de fin de mes?

Señorita Cei: Y antes también, si usted quiere.

Palma: No, no, me basta con lo dicho. Por otra parte, ya le escribiré.

Señorita Cei: No dude de que a su regreso todo estará listo y en orden, como usted me ha dicho.

Palma: ¡Le recomiendo sobre todo aquel armario!

(A Lori) Y tú, acuérdate de las joyas de mamá.

Lori: Ya te las he puesto aparte.

Señorita Cei: A mi regreso, vendré yo a recogerlas.

Palma: Está bien. Adiós, entonces, Gina… Deme un beso.

Señorita Cei: ¡Buen viaje! Y le expreso de nuevo todos mis buenos deseos hacia usted.

Palma: Gracias. Pero aún tendremos ocasión de vernos antes de marcharme.

Sale la señorita Cei por la puerta del fondo).

Lori: No quisiera, Palma que este desagradable incidente…

Palma: ¡No, no, basta! ¡No hablemos más de ello! (Aludiendo a la abuela) ¿Está aún ahí?

Lori: Sí, creo que sí…

Palma: Es ya hora de salir.

Lori: Espera un momento. He de decirte una cosa que me preocupa por encima de todo.

Palma: Pero, ¿por qué, Dios mío? Hubiera comprendido que me hablaras de eso antes. Pero, ¿ahora?

Lori: No, ahora, ahora que te vas, hija mía.

Palma: ¡Pero si ya no es necesario!

Lori: ¡Cómo! ¿No quieres que te diga, antes de que te vayas para siempre, lo que ha sido y es todavía mi pena más secreta y profunda?

Palma: (En voz queda, con impaciencia, aunque comprendiendo la necesidad de tocar cierto tema delicadísimo que hubiera sido mejor dejar de lado) Sí, sí…, ya lo sé…

Lori: ¿Lo sabes?

Palma: (Como antes) Sí, lo sé. Y por esto mismo me parece inútil que me hables de ello ahora. Perdona.

Lori: No es inútil, porque veo que no has comprendido a qué precio más distinto del que a ti te ha tocado pagar he tenido que pagar yo el papel que me he adjudicado…

(Queda unos instantes indeciso y luego añade con gran tristeza) el papel de padre irresponsable.

Palma: Pero me parece que ahora…

Lori: ¡Déjame hablar! Se trata de cosas ya lejanas, que tú no puedes saber porque eras entonces una niña. Y quiero que las sepas.

Palma: (Suspira, sin disimular su impaciencia, pero resignándose) Pues bien, si es así, habla…

Lori: Con este modo tuyo de tratarme…

Palma: Perdona, pero…

Lori: ¡Déjame hablar! No te lo reprocho. Lo que quiero decir es que con este modo de tratarme das ahora la razón a tu madre contra mí…

Palma: ¿Vuelves a hablarme de mamá?

Lori: (Con esfuerzo) Sí… ¡Porque previó esto!

Palma: (Un poco extrañada ante el tono con que su padre pronuncia estas palabras) Previó… ¿qué?

Lori: (Se detiene, arrepintiéndose de su arranque, y no responde, porque, en realidad, debería decirle: «que ya no me tendría consideración alguna». Dice al fin, con dulzura triste) Repito que no es mi intención reprochártelo. Siento tan sólo la necesidad de decirte que he querido adquirir el derecho de negarle la razón a ella, que no quería, no quería en modo alguno…

Palma: ¿Qué es lo que no quería?

Lori: Pues que Salvo Manfroni estuviera siempre aquí, demasiado a tu alrededor.

Palma: Bien, ¿y qué?

Lori: Te decía que he querido adquirir este derecho de negarle la razón a ella, a costa de largos sufrimientos, que tú (no me digas que no, porque está a la vista), que tú no has adivinado, no has podido suponer y no supones aún en mí.

Palma: Pero, Dios mío, ¿quién te ha dicho eso?

Lori: Me lo dice el mismo tono con que me lo preguntas.

Palma: No, perdona, este tono es precisamente porque estoy enterada, y bien enterada, de estos sufrimientos tuyos sobre los cuales está edificada, ¿no es esto lo que querías decirme?, está edificada mi fortuna. ¡Ah! ¿Cómo querrías que no lo supiese?

Lori: Si lo sabes, no deberías mostrar la contrariedad que muestras.

Palma: No es contrariedad; es que no veo el motivo por el cual quieres recordarme todo eso ahora, cuando ya ha dejado de pesar sobre ti, sobre mí, sobre todos nosotros…

Lori: ¡Me he mantenido tan aparte!

Palma: ¡Demasiado por un lado, demasiado poco por otro!

Lori: ¿O sea que…?

Palma: Pero ¿no te parecen inútiles, ahora, estas recriminaciones? ¡Vamos, vamos!

Entran por la puerta de la izquierda Salvo Manfroni y Flavio Gualdi.

Flavio: (Impaciente) Vamos, Palma, ya es hora de salir.

Palma: Ya estoy lista, sí. Vámonos, vámonos…

Va a salir con Flavio.

Salvo: Esperad un momento.

(A Lori) Escucha: es mejor que Palma se despida aquí de ti.

Lori: (Deteniéndose) ¿Por qué? La acompaño a la estación.

Salvo: No…

Flavio: Por aquellos dos… (Señala hacia la sala, donde están la abuela y Carletto)

Salvo: Comprende que, si tú vienes, vendrán también ellos, y…

Flavio: Estará mi hermana, estarán los amigos…

Palma: (Rápida) ¡Ah, no! Entonces, es mejor despedirse aquí.

Lori: ¡Pero a aquellos dos se les puede mandar a paseo!

Flavio: Ya les hemos dicho que…

Salvo: …que tú también te quedabas. ¡Ya se disponían a venir con nosotros!

Palma: ¡Vamos, paciencia! ¡Despidámonos!

Lori: (Helado, abriendo los brazos) Paciencia…

Palma: Adiós, pues. (Le abraza sin cariño ni efusión)

Lori: (Después de darle un beso en la frente) Adiós, hija mía. Así, de improviso… Quisiera decirte tantas cosas…, y no acierto a decirte nada. Sé feliz…

Salvo: Vamos, vamos ya…

Lori: (A Flavio, que le tiende la mano) Adiós también a ti, y…

Flavio: Perdone.

(Se vuelve hacia Palma) Ve, Palma, ve a despedirte mientras tanto de aquéllos.

Palma: Sí, eso es. Ya voy.

Sale por la puerta de la izquierda.

Flavio: (A Lori) ¿Decía usted…?

Lori: (Triste, con frialdad) Nada. Te decía adiós.

Flavio: ¡Ah, bien! Yo también le he dicho adiós; así es que ya podemos marcharnos.

Salvo: ¡Vamos, sí!

(A Lori, antes de salir por la puerta de la izquierda) Nosotros ya nos veremos.
Salen Flavio y Salvo.

Lori queda largo rato absorto, bajo el peso de su helada desilusión; al fin, por la puerta de la izquierda, entran en escena la Barbetti y Carletto, silenciosos; ella, malhumorada, y él, como un pelele insulso; fastidiadísimo y aburrido.

La Barbetti: ¡Vaya! Es una suerte casar a una hija con un marqués.

Carletto: Me hace gracia; tanto jaleo como armó a nuestra llegada, y luego…

Lori: ¿Luego? ¡Me he quedado aquí precisamente por su llegada!

La Barbetti: ¿Ah, sí? Pues su hija…

Lori: ¡Mi hija me ha impedido dar el escándalo de echarles de aquí en presencia de su marido!

Carletto: El cual nos ha acogido con tanta cortesía…

La Barbetti: (Apoyándole, rápida) …y benevolencia…

Carletto: Lo mismo que aquel amigo suyo.

La Barbetti: E incluso Salvo Manfroni, ¿has visto en qué forma me ha hablado?

Carletto: Sí, pero de ése no te fíes, mamá.

La Barbetti: No sé… Comprendo que un padre se sacrifique por el bien de su hija… Pero que luego se haga sustituir de ese modo…

Lori: (Conteniendo difícilmente un estallido de ira) ¡Les ruego que salgan de aquí!

Carletto: ¡En seguida! Y nos iremos por nuestra iniciativa, sin necesidad de que nos lo pidan.

La Barbetti: Y en casa de su hija, aquí entre nosotros, seré mejor acogida yo que usted.

Carletto: ¡Vámonos, mamá, vámonos! ¡Deja correr todo eso!

Antes de que la Barbetti y Carletto acaben de salir, entra por la puerta del fondo la señorita Cei, con el sombrero puesto y un bolso en la mano, como dispuesta a salir también.

Señorita Cei: (A Lori) ¿Quiere que le acompañe?

Lori: (Desdeñosamente) ¡No, deje!

Señorita Cei: (Después de aguardar unos instantes) Entonces, señor comendador, si no me necesita…

Lori: No, gracias. Puede irse…

Señorita Cei: Ya que todas estas flores se quedan aquí, si usted me lo permite…

Lori: (Como si las viese solamente entonces) ¡Ah, sí, habrá que pensar en ello! Me queda la casa llena de flores…

Señorita Cei: Incluso le pueden hacer daño.

Lori: Me las han dejado aquí…

Señorita Cei: ¡Qué lástima! Algunas son tan bonitas…

Lori: Coja usted todas las que quiera.

Señorita Cei: Gracias. Cogeré unas cuantas de éstas. (Se acerca a una cesta de flores)

Lori: ¿No cree usted que para un padre ningún sacrificio es excesivo cuando se trata del bien de su hija?

Señorita Cei: ¡Oh, para un padre como usted, señor comendador! ¡Mire qué rosas!

(Se las enseña, antes de cogerlas de la cesta) ¡Mire!

Lori: Muy bonitas, sí. Coja… Quisiera coger yo también algunas. (Consulta su reloj)

Señorita Cei: (Tristemente, aludiendo a su acostumbrada visita al cementerio) ¿También hoy quiere ir allí?

Lori: No me han dejado ir a la estación por culpa de aquellos dos. Iré a llevarle unas cuantas flores de su hija y a explicarle también a ella, que no quería mis razones.

Telón


Acto Segundo

Rico salón en casa Gualdi. En el fondo, cerca del techo, hay una especie de galería interior, de madera, sostenida por ménsulas. En esa misma pared del fondo hay dos puertas de cristales esmerilados plomados; por la de la derecha se baja al jardín, la otra da al interior de la casa. Entre las dos puertas se encuentra la chimenea, que se distingue apenas, porque tiene delante un diván con el respaldo vuelto hacia el público, de manera que entre éste y la chimenea que tiene delante, se forma como un salón aparte, más íntimo, en torno al fuego. Apoyada contra el respaldo del diván, hay una mesita de seis patas, antigua, sobre la cual hay un magnífico jarrón lleno de flores. A ambos lados de la mesita, se ven dos lámparas de alto pie, iguales, con una gran pantalla de seda, y sillas y escabeles de cara al proscenio. En la pared de la izquierda hay dos puertas de cristales más; la más cercana a las candilejas da al comedor, la otra, a la sala de billar. En la parte anterior de la escena, hacia la puerta del vestíbulo, o sea a la derecha, hay una mesa octogonal, con algunas revistas ilustradas, jarrones y otros objetos de adorno; un gran sillón de cuero, otra lámpara de pie, como las anteriores, y sillas de estilo con muchos almohadones. El resto de los muebles del salón, dispuestos entre la puerta del vestíbulo y la ventana, y entre las dos puertas de la izquierda, serán de rica y sobria elegancia, como corresponde al señorío y buen gusto de los dueños de la casa. El salón está espléndidamente iluminado.

Al levantarse el telón, la escena está vacía. Poco después, por la puerta del fondo que da al jardín, entran Palma y Salvo Manfroni, seguidos por un criado, al que Manfroni da su sombrero y el gabán. El criado sale rápidamente por la puerta del vestíbulo, mientras los otros dos prosiguen la conversación ya comenzada, al bajar del automóvil en el jardín.

Salvo: (Mientras el criado le toma el abrigo) Sí, sí…, pero siempre hay manera, créeme… (el criado se va), de dar a los demás una apreciación de sus cualidades que les engrandezca a sus propios ojos…

Palma: (Rápidamente, mientras se quita los guantes) ¡Y los haga insufriblemente pretensiosos!

Salvo: No, querida; y que al mismo tiempo, al contrario, consiga aventajarnos incluso a nosotros.

Palma: ¡Pero yo observo ahora tantas cosas…!

Salvo: ¡Tú no observas nada! Presta atención. Él (alude al marido) te habla. Tú ves que son palabras dichas por decir…

Palma: ¡Oh, sí, tontas, sin ninguna sustancia…!

Salvo: Bien… Al recordarlas, tú haz ver que la tienen…

Palma: Pero ¿cómo? ¡Si no la tienen!

Salvo: ¡Oh, Dios santo! ¡Pues dándosela tú, metiéndosela dentro tú, dándoles la sustancia que te conviene, pero como si fuese él…, ¿comprendes?, el que se la ha dado; y él estará contentísimo, créeme a mí, al encontrarse con que sus palabras tienen «consistencia». Tú te las arreglarás así, a tu manera, poco a poco, pero dejándole siempre la ilusión de que es a la suya. ¿Comprendes?

Palma: ¡No es fácil!

Salvo: ¡Ah, ya lo sé! No te digo que sea fácil. Pero, créeme a mí, en la vida hay que hacerlo así…

Palma: ¡Se necesita una paciencia!

Salvo: ¡Ah, sí, querida, sobre todo paciencia!

(Después, en voz muy baja) Y en esta casa, no solamente con tu marido…

Palma: (Le mira un momento, después pregunta) ¿Te refieres a Gina?

Salvo: ¡Tiene un aire de zorra, esta señorita…!

Palma: Ha empezado a mostrarlo ahora, desde que ha dejado de trabajar en la otra casa.

Salvo: ¿Te has dado cuenta también tú del cambio?

Palma: Siempre se muestra impecable, fíjate.

Salvo: Pero ha seguido siendo muy amiga de…

Palma: ¡Y, sin embargo, Dios sabe…!

Salvo: ¡Calla! Aquí viene…

Entra la señorita Cei por la segunda puerta del fondo y se acerca a Palma para cogerle el sombrero y el abrigo.

Señorita Cei: ¿Me permite, señora marquesa?

Salvo: ¡Oh, buenas tardes, señorita!

Señorita Cei: Buenas tardes, señor senador.

Palma: No, gracias, Gina. Voy a ir allá un momento…

(A Salvo) Con permiso…

Salvo: Como quieras, pero me parece que más tarde te tocará salir de nuevo para ir a ver a tu suegra.

Palma: ¡Dios mío, qué fastidio! ¿Otra vez?

Salvo: Vuelve a tener fiebre.

Señorita Cei: ¡Sí, señora! Ha mandado a decirlo.

Salvo: (Con gran premura, a la señorita Cei) Pero ¿nada grave?

Señorita Cei: Como de costumbre…

Salvo: (A Palma) Es necesario que vayas…

Palma: Hay que tener paciencia.
Palma sale por la segunda puerta del fondo.

Salvo está de pie junto a la mesa octogonal; coge una revista, la hojea.

Salvo: Mi querida señorita, me gustaría ir un poco a su escuela.

Señorita Cei: ¿Usted, señor senador? ¿Qué me dice…?

Salvo: (Sin mirarla, siguiendo hojeando la revista) Admiro sus ojos.

Señorita Cei: ¿Ah, sí? ¡Pues no creo que sean muy bonitos…!

Salvo: Son bonitos. Pero, además de esto, los admiro porque son sabios.

Señorita Cei: ¿Sabios?

Salvo: Son ojos que saben estar atentos. Pero atentos sin parecerlo.

Señorita Cei: ¿Mis ojos le parece que están atentos…?

Salvo: No precisamente esto. No lo parecen, pero lo están. Y yo quisiera, le digo, aprender de ellos.

Señorita Cei: ¿Aprender, qué?

Salvo: Pues, por ejemplo, esto mismo: aprender a preguntar así, fingiendo no comprender una cosa que ha comprendido perfectamente.

Señorita Cei: (Retándole casi) ¡Ah! ¿El arte de hacer ver que no se comprende?

Salvo: (No responde, como si estuviese absorto en la lectura de su revista, pero después niega con el dedo, añadiendo tras breve pausa) Este es un arte fácil. Basta con simular la ignorancia. Hay otro mucho más difícil: el de no parecer haber comprendido cuando los demás se han dado cuenta de que hemos comprendido perfectamente.

(Para atenuar lo que acaba de decir, añade, fingiendo no darle importancia) ¡Oh, cosas, desde luego, que todo el mundo comprende!

Señorita Cei: Pues entonces…

Salvo: ¡Oh, se equivoca! Se necesita entonces una naturaleza que es bastante más difícil de simular que aquella fingida ignorancia que nadie nos pide y que nos daría un aspecto atontado.

Señorita Cei: Será así. Pero quizá puede no ser un arte, señor senador…

Salvo: ¿No? ¿Y qué es, entonces?

Señorita Cei: Pues… una penosa necesidad…

Salvo: ¡Ah, querida señorita, quizá sólo se aprende bien esto cuando es de todo punto necesario aprenderlo…!

Entran, en aquel momento, en traje de etiqueta, Flavio Gualdi y Veniero Bongiani por la puerta del vestíbulo.

Flavio: ¡Ah, aquí está!

Salvo: Hace ya rato que estoy aquí.

La señorita Cei sale por la segunda puerta del fondo.

Veniero: Ilustre senador, mis felicitaciones más sinceras.

Salvo: Gracias, querido Bongiani.

Flavio: (A Salvo) Perdona… ¿Corresponsal o efectivo?

Salvo: (Como no pudiendo más) ¡Sí, sí, efectivo, efectivo!

Veniero: ¡De una academia extranjera! ¡Y de qué academia! Los socios corresponsales son varios, los efectivos sólo dos o tres. Pero quíteme una duda, senador…

Salvo: (Como antes) ¡No, no, Bongiani, por favor, no me hable de esto!

Veniero: Perdone, a propósito de este nuevo nombramiento…

Flavio: Eso es; en el artículo se discutía si era verdaderamente necesario que atribuyeses el mérito…

Veniero: En parte…

Flavio: ¡En parte, se entiende…! El mérito de tu descubrimiento científico a Bernardo Agliani.

Veniero: ¡Si el descubrimiento, según decían, era totalmente suyo…!

Toda esta conversación tendrá lugar con ligereza, como si la cosa no tuviese la menor importancia

Salvo: Se ve claramente que vuestros amigos del círculo no han visto nunca, ni de lejos, mi libro.

Veniero: ¡Ah, esto es positivo!

Flavio: ¿Porque en tu libro se dice…?

Salvo: Amigos míos, precisamente porque en la introducción del libro he considerado un caso de conciencia atribuir a Bernardo Agliani algún mérito, ahora todos dicen que hubiera podido prescindir de ello Si no lo hubiese hecho…

Veniero: Hubiesen dicho lo contrario.

Flavio: ¡Los incompetentes!

Salvo: ¡No, al contrario, los competentes! Incluso sabiendo muy bien que en los papeles de Bernardo Agliani no hay nada que deje, ni remotamente, vislumbrar la idea del descubrimiento, y que él exponía allí, para otros fines, ciertos problemas suyos de física… ¡Pero dejemos esto!

(Cambiando de tono, como si la conversación empezase sólo ahora a ser interesante) Decidme…, ¿la escisión, entonces, se ha producido?

Flavio: ¡Qué va! ¡Una payasada!

Veniero: Se resolverá para todos en un gasto doble a partir de ahora.

Flavio: Hemos ido a hacernos socios también del nuevo círculo.

Salvo: ¿Ah, sí? (Ríe)

Veniero: ¡En masa! ¡Una invasión!

Flavio: ¡Y esta noche se inaugura!

Veniero: ¿Vendrá usted con nosotros, senador?

Salvo: ¡Están ustedes locos!

Flavio: ¡Ah, no! ¡Vendrás con nosotros!

Veniero: ¡Lo hemos prometido!

Flavio: ¡Figúrate si llegas a faltar!

Salvo: Yo, amigos míos, no me muevo de aquí…

(Se sienta, o mejor dicho, se tumba plácidamente en el vasto sillón de cuero que hay cerca de la mesa octogonal) Me quedo aquí…, como todas las noches.

Flavio: ¡Nada de eso! ¡Te arrancaremos!

Salvo: ¿Me arrancaréis? ¿Ya sabéis a qué precio me he ganado este sillón?

Flavio: ¡Vamos, por una noche…!

Salvo: No veo la hora, cada noche, en que Giovanni viene a apagar la luz y me deja medio a oscuras, tumbado aquí…

Veniero: ¡Pero escuche…! ¡Usted no puede hacernos esta traición!

Flavio: Además, Palma no estará aquí siquiera esta noche…

Entra Palma por la segunda puerta del fondo.

Palma: ¿Hablabais de mí?

Veniero: Buenas noches, marquesa.

Palma: Buenas noches, Bongiani. ¿Qué ocurre?

Veniero: Persuádalo usted, por favor, de que venga con nosotros esta noche a la inauguración del nuevo círculo…

Palma: ¿Ah, se celebra esta noche?

Flavio: (A Salvo) ¡Verás cómo ella te convence!

Salvo: No me convencerá nadie.

Flavio: Porque, Palma, tú tendrás que ir de nuevo a ver a mamá.

Palma: ¿Es verdaderamente necesario?

Salvo: ¡Sí, sí, tienes que ir! ¡Tienes que ir!

Flavio: He pasado ahora por allí y le he prometido que irías. No tienes necesidad de estar mucho rato.

Salvo: ¡Eso es! ¡Una horita! Y yo te esperaré aquí sin renunciar a mi habitual deleite…

Flavio: Me da rabia oírte.

Veniero: ¡Ya veréis cómo vendrá!

Salvo: ¡No iré!

Palma: ¡Sí, sí! ¡Dejadlo correr!

Veniero: ¡No podemos! ¡No podemos!

Flavio: ¿No comprendes que no nos dejarán entrar si nos presentamos sin él?

Salvo: ¡Pues no vayáis!

Palma: ¡Qué egoísmo! A mí me tocará ir antes allá…

Flavio: ¡Oh, Dios mío… una visita corta…!

Palma: No, perdona. Si al volver a casa no he de encontrar aquí ni siquiera a él, lo mismo da que me quede allí toda la velada. ¡Mientras vosotros vais a divertiros!

Salvo: Puedes estar segura, querida, de que me dejarás aquí y aquí me encontrarás a tu regreso.

En este momento aparece Martino Lori en la puerta del vestíbulo y pregunta.

Lori: ¿Se puede?

Gesto de contrariedad en todos.

Flavio: (En voz baja, resoplando) ¡Dios mío!

La conversación decae súbitamente, mientras Lori avanza, con vacilación, entre la frialdad general.

Lori: Buenas noches. ¿Estorbo?

Palma: No, en absoluto…

Salvo: Entra, entra… No me levanto…

Lori: (Acercándose a Flavio, que se ha llevado aparte a Veniero para hablar con él) Buenas noches, Flavio…

Flavio: (Sin volverse casi) ¡Ah, perdone, buenas noches!

Veniero: Mi querido Comendador… (le estrecha la mano).

Palma: (A Lori) Ven a sentarte…

Salvo: Aquí, Martino, a mi lado.

Flavio: (En voz baja a Veniero) ¡Si es una suerte! Verás cómo ahora vendrá con nosotros.

Salen los dos por la segunda puerta de la izquierda.

Salvo: ¿Dónde vais ahora, vosotros?

Flavio: Aquí, al billar, un momento.

Palma: Vamos a cenar en seguida.

Flavio: Ven, ven también tú, Palma.

Palma: ¿Qué hay?

Flavio: Tenemos que decirte una cosa. Ven…

Palma: Con permiso…

Flavio, Veniero y Palma salen por la segunda puerta de la izquierda.

Salvo: (Con un suspiro de cansancio, siempre tumbado en el sillón) ¿Qué hay, mi viejo y querido amigo…?

Lori: (Turbado, mortificado, lleno de angustia, dice para disimular, con una tenue sonrisa) ¡Aquí estamos…!

(Después) ¿Estabais acaso diciendo algo que no debo saber?

Salvo: No, no, nada. Es esta noche la inauguración de un nuevo club y habían complotado contra mí, que estoy tranquilamente reposando. Como tú. Tú, del Consejo de Estado; yo, de todas las molestias mundanas, amigo mío.

Lori: ¿Incluso de éstas?

Salvo: ¡De todas, de todas…!

Lori: (Con sincero y afectuoso disgusto) Está mal por tu parte. Tú que podrías tener todo lo que quisieras…

Salvo: ¡Ah, muchas gracias, querido amigo! Estoy ya hasta la coronilla. Para tener algo tienes que dar, dar, dar… Si después sacas las cuentas de lo que has dado y de lo que has conseguido…

Lori: Es cierto, sí. Pero precisamente por esto creo que no hay que calcular por uno mismo el valor de lo poco que se obtiene…

Salvo: ¿Y cómo quieres calcularlo?

Lori: En relación a lo que se ha dado.

Salvo: ¿Y no es esto lo que estoy diciendo? Haz los cálculos, y verás que el resultado es un fracaso.

Lori: No, perdona. Yo digo que por lo poco que se obtiene, el valor para nosotros viene de todo lo que hemos dado. ¡Ay de mí si no fuese así, en mi caso!

Salvo: (Molesto por la autopropaganda que se hace Lori) ¡Ah, ya comprendo! Ahora hablas de otra cosa.

Lori: También es un debe y un haber.

Salvo: ¡Un padre lo da siempre todo!

Lori: Y menos que esto… (Hubiera querido añadir «no hubiera podido obtener», pero Salvo no le da tiempo)

Salvo: (Interrumpiéndole para cambiar de tema) Dime, dime… Espero que has liquidado el máximo de la pensión…

Lori: (Ofendido) ¿Qué…? ¿Qué quieres decir?

Salvo: (Con indiferencia) Nada. Pregunto.

Lori: (Como antes, reprimiendo con dificultad el ansia y la angustia que le invaden con ímpetu creciente, cuanto más Salvo Manfroni trata de calmarlas con sus preguntas y sus respuestas, hechas en diverso tono) Tú no habías hecho pesar nunca sobre mí, hasta ahora, tu grado, tu dignidad…

Salvo: ¿Qué estás diciendo?

Lori: Me has tratado siempre con confianza…

Salvo: Es cierto.

Lori: Con cordialidad.

Salvo: ¡Sí..!

Lori: Hasta tutearme y hacer que te tutee, cuando esto podía apurarme un poco, porque tratando contigo he visto siempre en el amigo un superior.

Salvo: ¡Pero, Dios santo, qué discurso me estás haciendo…!

Lori: ¡No, no, déjame decir! Me muero de angustia…

Salvo: Pero… ¿por qué?

Lori: Me preguntas por qué? ¿Es ésta manera de tratarme?

Salvo: Pero yo estoy contigo…

Lori: No hablo de ti sino de los demás… Comprendo que él ha recibido a su mujer más de tus manos que de las mías..

Salvo: Pero esto… comprende que…

Lori: Lo sé; de las mías no la hubiera aceptado. Hay demasiada disparidad de condición; incluso de carácter, de educación…

Salvo: ¡Tenías que preverlo!

Lori: ¡Sí, sí, lo sé, no puede sentir ningún placer al verme! ¡Me rechaza!

Salvo: ¡Oh, no…!

Lori: Si no me rechaza exactamente, me tiene a distancia con su manera de tratarme.

Salvo: Perdona, pero deberías comprender…

Lori: ¿Que mi manera de ser era quizá demasiado sencilla antes, y ahora es demasiado circunspecta?

Salvo: (No pudiendo más) ¡Pero si es toda una manera de obrar, la tuya, incluso delante de mí…!

Lori: (Sorprendido) ¿La mía?

Salvo: ¡Hablemos claro, amigo mío! Ciertas situaciones se aceptan o no se aceptan desde un buen principio. Cuando se han aceptado, hay que saberse resignar; ahorrarse inútiles contrariedades y ahorrárselas a los demás.

Lori: ¡Pero si me he abstenido y me abstengo cuanto puedo de venir…!

Salvo: ¿Y te parece necesario?

Lori: (Como antes) ¿Qué? ¿Venir?

Salvo: Algunas veces, con esta cara que pones, me parece que encuentras gusto en desconcertarme. ¡Venir!

¡Nadie te ha dicho hasta ahora que no vengas! Ven, pero con un aire y una actitud más convenientes, que hagan incluso más asequible el trato contigo…

Lori: Me parece que yo…

Salvo: Lo has tomado mal desde el principio, te lo he dicho ya, y ahora no veo remedio. Sería, créelo, un gran alivio para todos, incluso para ti, que encontrases algún otro modo de… Lo digo, ¿comprendes?, por respeto a ti mismo, pues me importa salvarte ¡y no es de ahora, sino de antiguo, bien lo sabes!

Lori: Me he quedado solo… Antes tenía por lo menos el consuelo de la amistad con que tú, durante tantos años, viniendo a mi casa cada día, habías querido honorarme.

Salvo: Perdona, pero me parece natural que después de todo lo que he hecho, ahora venga aquí…

Lori: Sí, pero… al menos por respetar las apariencias… Es demasiado, vamos, que incluso delante de un extraño tenga yo que ser acogido así…

Salvo: Bongiani es un amigo íntimo. Querido, hay que valorar justamente las causas para poder darse cuenta de los efectos. Y tú no puedes, porque no te ves. Te veo yo, y te aseguro que provocas estas reacciones. Comprendo que para el que no sepa nada, deba y pueda parecer demasiado. Pero Bongiani sabe lo que saben todos; lo que, ¡Dios santo!, sabes incluso tú… Y por esto te digo que abandones esta actitud, que cambies como han cambiado las condiciones…

Lori: ¿Y cómo podría cambiar?

Entra por la primera puerta de la izquierda la señorita Cei.

Señorita Cei: Van a sentarse a la mesa, señor senador.

Por la segunda puerta de la derecha entran Palma, Flavio y Veniero.

Flavio: ¡Pronto, pronto, pronto, Salvo! ¡Hay que darse prisa!

Salvo: Aquí estoy, sí, ya voy. (Y se dirige hacia la puerta con Flavio y Bongiani)

Palma: (A Lori) Si quieres pasar tú también… (Indica la puerta del comedor)

Lori: No, me quedo aquí…

Palma: ¿Cenas siempre tarde, de costumbre?

Lori: Sí, tarde…

Flavio: (Entrando con Salvo y Veniero en el comedor) ¡Vamos, Palma!

Palma: ¡Voy…! ¿Se queda aquí, Gina?

Señorita Cei: Me quedo, sí…

Palma sale con los demás por la primera puerta de la izquierda.

Durante la escena siguiente, se oirán de vez en cuando los rumores de las conversaciones, risas, ruido de platos, etc., de los cuatro que están cenando.

Lori: No se moleste por mí, si tiene trabajo…

Señorita Cei: No tengo nada que hacer…

Lori: Me quedo todavía un rato porque quisiera hablar con Palma.

Señorita Cei: (Como para proponer un tema de conversación diferente) ¿Se ha enterado, señor Lori del nuevo honor concedido al señor senador?

Lori: (Recordando y reprochándose su olvido) ¡Ah, sí! He leído la noticia en los periódicos… Y me he olvidado de…

Señorita Cei: (En voz baja, como para sofocar en el acto aquel remordimiento) Usted tendría que guardar más celosamente cierto fajo de apuntes que están sobre su mesa de trabajo…

Lori: (Volviéndose con sobresalto, lleno de estupor, entre iracundo y aterrado) ¿Cómo lo sabe?

Señorita Cei: (Fría, plácida) ¿Recuerda el día en que fui a verle al Consejo de Estado para preguntarle cuándo podría ir a retirar las joyas de su esposa, puestas aparte por usted, para traerlas aquí?

Lori: Sí… ¿y qué?

Señorita Cei: Me dio usted la llave del cajón de su escritorio.

Lori: ¡Ah, ya…! Y usted, entonces…

Señorita Cei: Perdóneme, no supe resistir la curiosidad…

Lori: Pero todo aquello son apuntes, no es más que el primer esbozo de la obra de Agliani. Poca cosa habrá comprendido…

Señorita Cei: Lo he comprendido todo, señor comendador.

Lori: ¡Si no son más que fórmulas, cálculos…!

Señorita Cei: Leí la nota escrita por su mano: «A Silvia, para que desde allí me perdone.»

Lori: (Asustado al ver el secreto descubierto y pensar en todas las consecuencias que esto podría acarrear a Manfroni) ¡Ah, aquella nota…! Sentí la necesidad de excusarme ante mi mujer…

Señorita Cei: (Rápida) ¿De haber dejado cometer un delito?

Lori: (Ansiando defenderse de la acusación y queriendo al mismo tiempo excusarse) ¡No! Yo he callado…

(Corta en seco sus excusas para añadir, en tono imperioso) Y del mismo modo quiero que calle usted también.

(Dulcificando inmediatamente el tono, añade, en son de súplica) ¡Prométamelo, prométamelo, señorita!

Señorita Cei: Es usted demasiado generoso, señor Lori.

Lori: (Insistiendo en su ruego, aguadísimo) ¡No, no! ¡Prométame que se callará; se lo pido en nombre de lo más sagrado!

Señorita Cei: (Para calmarle, mirando hacia la puerta del comedor, inquieta) Se lo prometo. Pero que no lo descubran…

Lori: He callado, porque, de hablar, me hubiera parecido cometer a mi vez un delito contra quien reparaba el mal hecho a un muerto, con el bien que hacía a mi hija.

(Con pasión) ¡Hubiera debido destruir aquellos apuntes!

Señorita Cei: ¡No lo haga! ¡No lo haga! Salvo Manfroni, seguramente no saben que los posee usted.

Lori: Los encontré después, después de que él, muerta mi mujer y contra su voluntad, cogió y se llevó todos los papeles de su padre.

Señorita Cei: ¡Ah, él sí que habrá destruido aquellos papeles!

Lori: ¡Por caridad! ¡Por caridad, tenga en cuenta mis sentimientos…!

Señorita Cei: Sí, señor Lori. Pero él abusa odiosamente de su gratitud, porque no sabe el mal que podría venirle de usted…

Lori: ¡No, ningún mal!

Señorita Cei: ¡Ah, bastante sé que usted no se lo haría! Pero digo que ni él ni los demás le tratarían así, si supiesen que posee estos apuntes.

Lori: ¡Los destruiré!

Señorita Cei: ¡No lo haga!

Lori: Crea que yo mismo se los hubiera entregado, si no hubiese temido…

Señorita Cei: ¿Mortificarle?

Lori: ¡Más aún! Usted no sabe lo que ha sido para mí el descubrimiento de estos apuntes…, no solamente porque ha borrado, de repente, toda la estimación, la admiración infinita que sentía hacia él…, no, no sólo por esto. Él, en el fondo…, no le defiendo, no… Pero, vamos…, creo que tuvo la debilidad de no saber resistir la triste tentación de aprovecharse de todo aquel bien que encontró bajo su mano…

Señorita Cei: ¡Nada de eso! ¿Qué está diciendo? Ha cometido una acción…

Lori: ¡Horrible, sí! Pero ¿lo ve? ¡No disfruta de ella…! Está tan aburrido de todo…

Señorita Cei: ¡Oh, no lo veo así…! Por lo menos aquí…

Lori: ¡Oh, sí, está tan amargado, desde hace tantos años…! Yo le he conocido muy diferente. Se ha vuelto cada vez más ácido… Además, perdone, no se puede decir siquiera que se jacte… No, no; no es esto lo más grave. Digo, en lo que se refiere a mí, a la razón por la cual he callado, aun comprendiendo que con mi silencio me hacía cómplice del fraude, delante de mi mujer, tan celosa de la obra y del nombre de su padre…

Señorita Cei: ¡Eso es! ¡No hubiera debido hacerlo por ella!

Lori: Este es precisamente el sentimiento que le he rogado comprendiese, para explicárselo todo: mi conducta, mi actitud… Yo acepto, vea usted, acepto como un castigo, como un castigo merecido, el no poder disfrutar de esta vida, de esta fortuna de mi hija. Me he retirado tanto como he podido. Me alegro, casi, de no ser invitado a participar en ella…

Señorita Cei: ¡Ah…! ¿Entonces, es por esto?

Lori: Sí. Me parecería, ¿comprende usted?, ser más cómplice todavía si participase…

Señorita Cei: Sí, comprendo…

Lori: Tengo la excusa en este castigo y en el trato que me dan…, la única excusa… o, mejor dicho, el único medio que me es dado, de pagar la gravísima deuda hacia la memoria de mi compañera. ¡Y esto es todo!

Señorita Cei: Ya… Esto puede explicar la tolerancia de usted. Pero no les excusa a ellos.

Lori: Sí, es verdad. Y, en realidad, yo desearía que supiesen salvar un poco mejor las apariencias, para no suscitar… en usted, por ejemplo, este desprecio…

Señorita Cei: ¡Más que desprecio, es indignación! Tanto más cuanto que les sería tan fácil…

Lori: Desde luego… Es esto, esto mismo, lo que le he dicho hace poco… ¡Se lo he dicho! Y se lo repetiré ahora a mi hija, no lo dude.

(De nuevo en tono de súplica) Pero usted, señorita…

Señorita Cei: (Cortándole en el acto) ¡Calle! Se levantan de la mesa.

Entra en escena Palma, que, manteniendo abiertas las dos hojas de la puerta de cristales, habla hacia el interior.

Palma: Sí, en seguida. ¿Tú te quedas, pues?

La voz de Salvo: ¡Sí, me quedo, me quedo!

La voz de Flavio y Veniero: (Juntas y confusas) ¡No, no, viene con nosotros! ¡Viene con nosotros!

La voz de Salvo: (Dominando las otras) ¡Nada de esto! ¡Te digo que me quedo!

Palma: ¡Está bien!

(Suelta las dos hojas y, dirigiéndose apresuradamente hacia la segunda puerta del fondo, dice a la señorita Cei) ¿Quiere venir un momento, Gina?

Salen Palma y la señorita Cei por la segunda puerta del fondo.

Regresan del comedor, hablando entre sí, Salvo, Flavio y Veniero.

Salvo: Sí, sí, es cierto, de vez en cuando se necesita alguien que ponga un poco de confusión en el orden de la gente sabia…

Veniero: ¿Confusión…? ¿Por qué confusión?

Salvo: Para mostrar que en todo aquel orden hay polvo de antigualla. Pero hay que tener cuidado con que el polvo que se levanta no os impida luego ver qué nuevo orden hay que restablecer…

Flavio: ¡Eso, eso! ¡Muy bien!

Salvo: Querido Bongiani, en cuanto al polvo, no se haga ilusiones; volverá a caer siempre, y pronto, sobre este orden nuevo suyo, porque ese polvo procede en realidad del mundo, que es ya muy viejo…

(Prosigue como en una cantilena) y se agotaría los pulmones en vano si quisiera soplar sobre él. Lo levantaría por algún tiempo; pero volvería a caer sobre todas las cosas, inexorablemente.

(Acercándose a Lori y poniéndole una mano sobre el hombro) ¿Todavía estás aquí?

Veniero: Pero comprenderá que con estas filosofías…

Salvo: No, basta, amigo mío. No se nos vaya a cortar la digestión…

Flavio: ¡Entonces, marchémonos! Si realmente no quieres que se te corte…

(Guiña el ojo en dirección a Lori para significar «si te quedas aquí, es seguro que se te cortará»)

Veniero: ¡Ya…! Lo que más conviene hacer, ahora…

Salvo: (Como si no hubiese oído, dirigiéndose a Lori) Palma tiene que marcharse en seguida, ¿comprendes?

Lori: ¿Tú vas con ella?

Salvo: No.

Veniero: ¡Él se viene con nosotros! ¡Está ya decidido!

Flavio: ¡Vamos! ¡Vamos…!

Salvo: ¡Esperad, por Dios!

(A Lori) ¿Quieres hablar con ella?

Lori: Quisiera decirle una cosa…

Salvo: Me parece que no tendrá tiempo…

Lori: ¡Oh, no será ningún discurso!

Salvo: (Volviéndose hacia los otros) En este caso, quizá…

Flavio: ¡Sí, sí, vámonos! ¡Vámonos!

Veniero: Le garantizo que se divertirá…

Salvo: ¡Oh, en cuanto a esto…! (A Lori) Hazme el favor de decir a Palma que me voy con ellos.

Saludos recíprocos, con mucha frialdad; y Salvo, Flavio y Veniero salen por la puerta que da al vestíbulo. Lori permanece un momento indeciso y después se sienta en el sillón de cuero en el cual tiene costumbre de sentarse Salvo Manfroni todas las noches después de cenar. Momento de espera.

Poco después, entra el criado por la puerta del comedor, apaga la lámpara y deja sólo encendidas las tres lámparas de pie. La luz debe quedar muy atenuada en la escena. El criado se retira inmediatamente. Finalmente, entra Palma, con sombrero y abrigo, por la segunda puerta del fondo.

Palma: (Dirigiéndose al sillón y pasando por encima del respaldo las manos para acariciar la barbilla del que está sentado, dice, tiernamente) ¡Papá…!

Lori: (Con súbita ternura, conmovido y lleno de agradecimiento) ¡Hija mía!

Palma: (Estupefacta al no encontrar a Salvo Manfroni, como creía, no consigue ahogar un grito de repulsión y de miedo, y retrocede rápidamente) ¡Ah…! ¿Eres tú? ¡Cómo…!

Lori: (Palideciendo ante la certeza de que aquel nombre no le había sido dado a él) ¿Entonces…, has llegado incluso a llamarle así, a solas?

Palma: (Exasperada y movida a una extrema resolución a causa del enojo que le causa su involuntario error) ¡Acabemos de una vez! ¡Le llamo así porque debo llamarle así!

Lori: ¿Porque te ha hecho de padre?

Palma: ¡No! ¡Acabemos de una vez para siempre esta comedia! ¡Estoy harta ya de ella!

Lori: ¿Qué comedia? ¿Qué estás diciendo?

Palma: ¡Comedia, sí, comedia! ¡Estoy harta de ella, te digo! ¡Sabes muy bien que mi padre es él, y que no debo dar este nombre a nadie más que a él!

Lori: (Como si hubiese recibido un golpe en la cabeza, sin acabar de comprender) ¿Él… tu padre? Pero ¿qué… qué dices?

Palma: ¿Quieres fingir todavía no saberlo?

Lori: (Agarrándola por el brazo, todavía aturdido, pero ya con la violencia de lo que empieza a presentir) ¿Qué dices? ¿Qué dices? ¿Quién te lo ha dicho? ¿Él?

Palma: (Soltándose) ¡Sí, él; suéltame! ¡Basta ya!

Lori: ¿Te ha dicho que eres su hija?

Palma: (Firme, decidida) Y que tú lo sabes todo.

Lori: (Con extravío, pasmado) ¿Yo?

Palma: (Deteniéndose al oírle y viéndole en aquel estado) ¿Pero… cómo?

Lori: ¿Te ha dicho que yo lo sé?

(Ante la perplejidad de Palma, casi tambaleándose y agarrándose a sus propias exclamaciones para sostenerse) ¡Dios mío…! ¡Dios mío…! ¡Qué cosas…!

(Volviendo a cogerle los brazos) ¿Qué te ha dicho? ¡Dime qué te ha dicho!

Palma: (Comprendiendo el sentido oculto de la pregunta, que se refiere a su madre) ¿Qué quieres que me haya dicho?

Lori: ¡Quiero saberlo! ¡Quiero saberlo!

Palma: (Con remordimiento casi temeroso, pero sin ceder aún a la evidencia) ¿Entonces, no lo sabes, de veras?

Lori: ¡No sé nada! ¿Dices que tu madre…? ¡Habla! ¡Habla!

Palma: Yo no sé… Me indicó…

Lori: ¿Que ella…? ¡Di! ¡Di!

Palma: ¡Pero si no sé nada!

Lori: ¿Te dijo que fue su amante?

Palma: ¡No…!

Lori: ¿No? ¿Cómo que no? ¡Si te dijo que eres hija suya…! Sea esto verdad o no lo sea, si pudo decírtelo, es indudable que él… ¡Dios, Dios…! ¿Es posible? ¿Es posible…? ¡Ella…! ¡No es posible! ¡No! ¡Ha mentido…, ha mentido…, ha mentido…! Porque… porque no, no es posible…, no es posible que ella…

(Como bajo un destello de luz) ¡Dios mío…! ¿Pero, entonces…? ¡No, no…! ¡Dios mío! ¡A menos que no fuese…! ¡Ah…! ¿Y cómo pudo después…? ¡No, no, no es posible! ¡Ella! ¡Ella! ¡Ella…!
(Dirá estos tres «ella» en diversos tonos con el horror de tres diversas visiones; y al final se desplomará, como abrumado, sobre el sillón, prorrumpiendo en un llanto convulsivo)

Palma: (Conmovida, acercándose a él) Perdóname…, perdóname… Yo no sabía… Creía… Me aseguró que lo sabías todo… Pero tú mismo, por lo que has sido para mí…, por lo que has dejado hacer…

Lori: (Reaccionando ante estas últimas palabras, como bajo un destello de esperanza) ¡Ah, quizá te lo ha dicho por esto! ¿Te lo habrá dicho quizá porque le he dejado hacerte de padre?

(Mira fijamente a Palma, que con su actitud le decepciona) ¿No? ¿Te dijo claramente que eres hija suya?

(Rápido, como sintiendo la necesidad de ofenderla) ¿Y tú te has vanagloriado del deshonor de tu madre? ¡Porque esto significa que ella fue su amante! Y entonces… ¡Ah, por esto me habéis tratado así!

Palma: ¡Pero si siempre creímos que lo sabías!

Lori: ¿Yo? ¿Que yo sabía…? ¿Podía saber esto y soportar ser tratado así? ¿Saber que él…! ¡Ah, Dios mío, fue seguramente entonces…! Sí, sí, debió ser entonces… ¡Sí, las lecciones…! ¡Quería volver a la enseñanza…! Decía que yo no podía tener opiniones, porque no tenía nervios… ¡He aquí el por qué del infierno de aquel primer año! Se enamoró en seguida… al venir de Perugia a la muerte de su padre, se enamoró en seguida del joven diputado… ¡Y por esto estaba tan entusiasmada cuando vino a verme con él al Ministerio para hacerse presentar y recomendar por él! Había sido discípulo de su padre; ahora era diputado… Se enamoró inmediatamente de él… y se casó conmigo. ¡Ya…! Pero he aquí por qué él… cuando fue ministro, me nombró jefe de gabinete… Y yo, deslumbrado… deslumbrado por dos glorias, por la del padre y por la del prestigio de mi jefe supremo, de mi dueño, no vi nada… ¡No vi nada…! Y entonces aparecieron aquellos papeles de su padre… ¡por esto fue, por esto! ¡Pero ella se había arrepentido ya! Cuando tú naciste se había arrepentido ya… Era mía, ¡mía! ¡Fue mía a partir de entonces, mía, mía, sólo mía, desde tu nacimiento hasta su muerte, durante tres años, mía como jamás mujer alguna fue de un hombre! ¡Por esto yo he seguido en mi ceguera! ¡Al principio no me di cuenta de nada; después, era imposible que me diese cuenta! ¡Ella, ella misma, con su amor, borró todo vestigio de traición! ¡Y fue tan grande, tan grande su amor, que me ha impedido descubrirlo incluso después de su muerte!

(Volviendo a su pensamiento anterior) ¿Pero cómo… cómo has podido creer que yo lo supiese? ¡Tú que me has visto, desde que eras pequeña, ir todos los días a su tumba!

Palma: Sí… pero… precisamente por esto, yo…

Lori: ¿Qué?

Palma: No te he ocultado…

Lori: ¡Ah, ya… tu desprecio! ¡Y todos han hecho lo mismo! ¿Conque era por esto, eh…? Vuestro desprecio… Creíais que sabía y que callaba… Pero dime, ¿por qué hubiera callado, si hubiese sabido que no eras hija mía? ¿Por qué hubiera fingido no darme cuenta de vuestro desprecio? ¡Pues ahora veo claramente cuanto me habéis despreciado! ¡Pero si yo sabía que no eras hija mía, no podía fingir por consideración a ti, a tu porvenir! ¿Entonces? ¿Por qué?

(En voz muy baja, señalándose varias veces a sí mismo con las manos, casi no atreviéndose, no ya a decir, sino ni tan sólo a pensar la horrible sospecha) ¿Por… mí? ¿Para avanzar en mi carrera? ¿Me habéis creído capaz de esto? ¿Hasta el punto de ir todos los días a representar aquella comedia?

(Cae sentado con el rostro entre las manos. Después, levantándose de nuevo) Pero, ¿qué ser vil he sido pues, yo, para vosotros?

Palma: ¡No… esto no… vil, no…!

Lori: ¡Vil! ¿Puede haber algo más vil que esto?

Palma: ¡Oh, no…! Creímos que querías obstinarte…

Lori: …¡Ah, claro…! Me habéis dicho tantas veces que me obstinaba, que exageraba… ¡Sí, sí, me habéis hablado siempre muy claro! Y yo no os comprendía. Debo reconocer el mérito de vuestra franqueza… ¡Me habéis mostrado vuestro desprecio en todas las formas imaginables…! (Con cierto extravío, como si todo aquello fuese demasiado para él) ¿Y en qué mundo me he movido? ¿Cómo he vivido? ¡Ah, Dios mío…! ¡Si he vivido fuera de la realidad! ¡No me ha traicionado nadie! ¡No me ha engañado nadie! Yo no he visto… no me he dado cuenta de tantas cosas… ¡Oh, Dios mío! Sí… sí, ahora acude todo a mi mente… (Saliendo de su aturdimiento para ser de nuevo presa del dolor, enterneciéndose sobre sí mismo, tan cruelmente ofendido) ¡Y yo la he llorado! ¡He llorado a aquella mujer durante dieciséis años! (Se echa de nuevo a llorar)

Palma: (Tratando de reconfortarlo) Vamos, vamos, piensa que…

Lori: ¡Se me muere ahora, se me muere ahora, víctima de su traición…! ¿No comprendes que ahora no tengo ya nada que me sostenga? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago en esta casa? Tú no eres mi hija, ahora lo sé… Tu sabías hace ya tiempo, como todos los demás, que era inútil que yo siguiese viviendo aquí…

Palma: No, yo quería…

Lori: ¡Dios Santo! Ahora tienes a tu marido y a tu padre; y a éste puedes ya tenerle a tu lado, en esta casa, a las claras. Por esto él me ha dicho… Sí…, sí… me lo ha dicho hace poco, que no viniese más por aquí… Y tú le llamas quizá papá, ahora incluso delante de todo el mundo, ¿verdad?

Palma: ¡No… no…!

Lori: No por mí, ciertamente… no por consideración hacia mí. ¡Ah, Dios mío… qué ciego…! ¡Que ciego he estado! No he sido nunca nada, no soy nada ya, no tengo nada, ni tan sólo el recuerdo de aquella muerte… nada…

(De nuevo aturdido, deshecho) ¡He vivido de una ilusión sin nada real que me sostuviese! Porque todos me habéis quitado siempre cualquier clase de apoyo; me lo habéis quitado porque os parecía inútil, y me dejabais con desprecio, con escarnio, apoyarme en aquella muerta para la representación exagerada de mi comedia. ¡Ah, qué horror!

(Con un estallido de rabia) ¡Por lo menos, podríais habérmelo dicho!

Palma: Pero…

Lori: ¿Me lo habéis dicho acaso?

Palma: No, abiertamente, nunca…

Lori: Es posible también que me lo hayáis dicho abiertamente y yo no os haya entendido. Habéis creído que no había nada que ocultarme porque lo sabía todo…

Palma: Comprenderás que si hubiésemos tenido la menor sospecha de que no sabías nada…

Lori: De que no era aquel miserable que imaginabais…

Palma: ¡No, no, no lo digas más!

Lori: Pero, ¿cómo pudo decirte que eras su hija? ¿Cómo tuvo la osadía de ofender a tu madre?

Palma: Me lo dijo cuando no podía ya ofenderme, porque tú le habías proporcionado el medio de demostrarme que era mi padre.

Lori: Sí… yo… en efecto… le hice fácil el camino… Y ahora, ¿qué? ¿Se me dan los despidos, no?

Palma: ¡Nada de eso! ¿Por qué quieres que…? Ahora todo ha cambiado…

Lori: ¿Qué es lo que ha cambiado?

Palma: Si tú no sabías…

Lori: ¿Vuelves acaso a ser mi hija, porque yo no sabía lo que pasaba?

Palma: No, pero cambian… han cambiado ya mis sentimientos hacia ti.

Lori: Pero no sabes que ahora yo… ahora, yo… ¡sí! Puedo hacer cosas…

Palma: ¿Qué cosas?

Lori: Cosas… cosas que yo mismo no sé… Estoy como… como vacío. No llevo ya nada dentro… Ha desaparecido aquello que… que puede nacer en mí, no lo sé… Yo… yo…

Palma: Pero siéntate… siéntate aquí… Estás temblando… Siéntate.

(Le hace sentar en el sillón; se arrodilla ante él, piadosa, solícita) Yo puedo ser para ti la que no he sido hasta ahora…

Lori: (Volviéndose con ímpetu de fiera) ¿Y él?

Palma: ¿Qué querrías hacer ahora contra él?

Lori: ¿Por qué me ha pagado?

Palma: ¡No!

Lori: ¡Sí! Me ha pagado la mujer, me ha pagado la hija…

Palma: ¡No! ¡No!

Lori: ¿Cómo no? Mi afecto por él… ¡Era como el sol, para mí!

Palma: Después de tantos años…

Lori: (Asaltado súbitamente por una visión lejana que le hace estremecerse de pies a cabeza) ¡Qué estoy viendo…! Oye. Muerta. Yo estaba como loco. Murió a los tres días, por haber querido llevarte a ti, que tenías entonces tres años, a un circo ecuestre. Era en invierno, cogió frío a la salida, y en tres días… cuando era ya mía, enteramente mía, y no quería ya que él viniese a casa y se enojaba conmigo, que no tenía el valor de impedírselo…  – pero, compréndelo, había sido mi superior – , se murió… entonces. Yo me quedé…, no sé… como ahora, vacío. Pues bien, él me echó de la cámara mortuoria, me obligó a ir a reunirme contigo, que llamabas a tu mamá… Me dijo que se quedaría él a velar. Me dejé echar de allí, pero después, por la noche, volví a reaparecer como una sombra en la cámara de la muerta. Él estaba allí, con el rostro hundido en el borde de la cama en que ella yacía, entre cuatro cirios. Al principio me pareció que, vencido por el sueño, había apoyado allí la cabeza inadvertidamente; después, observándole mejor, me di cuenta de que su cuerpo se estremecía de cuando en cuando, como sacudido por sollozos sofocados.

(Se vuelve a mirar a su hija, indignado ahora ante aquella imprudencia de Manfroni) La lloraba, la lloraba, allí delante de mis ojos… Y yo no comprendí, tan seguro estaba del amor de la muerta y del suyo propio. El llanto, que hasta entonces no había conseguido abrirse paso desde mi corazón, se desató furiosamente en aquel momento al verle llorar a él. Pero entonces él se levantó sobresaltado y como yo, convulso, deshecho, le tendía las manos para abrazarle, me rechazó, me rechazó con rabia, empujándome en el pecho, y yo volví a caer en mi aturdimiento y no pensé que aquello debía ser la exaltación de remordimiento y que no podía verme llorar, porque mi llanto le acusaba de la desgracia que me había ocasionado.

¡Ah, pero aquel llanto me lo paga! ¡Me lo paga ahora!

Se levanta, furioso, para marcharse.

Palma lo retiene.

Las frases siguientes serán dichas con enorme excitación.

Palma: ¿Ahora?

Lori: ¡Lo he sabido ahora!

Palma: ¡Pero es absurdo, al cabo de tanto tiempo! ¿Adónde vas?

Lori: (Como un loco) ¡No lo sé!

Palma: ¿Qué piensas hacer?

Lori: ¡No lo sé!

Palma: ¡Quédate todavía un rato!

Lori: ¡No, no!

Palma: Sí, para seguir hablando conmigo…

Lori: ¿Contigo? ¿Y para qué?

Palma: ¡Sí, sí, puedo ser para ti la que tú creías que era!

Lori: ¿Por miedo?

Palma: ¡No!

Lori: ¿Por piedad?

Palma: ¡No!

Lori: No eres ya nada para mí, no soy ya nada para ti. Nada…

(Se yergue y la rechaza) ¡Y si supieses cómo siento ahora, de repente, que haya habido tantos, tantos años, de esta nada…!

Telón


Acto Tercero

Vasto despacho en casa de Salvo Manfroni, amueblado con austera magnificencia. La puerta está a la izquierda. La misma noche del segundo acto. Pocas horas después.

Al levantarse el telón, está en escena Martino Lori. Su rostro parece cadavérico, sus ojos miran fijo, como extraviado. Espera, sabe Dios desde hace cuánto tiempo, en el silencio de la casa. De vez en cuando su expresión se inmuta bajo la influencia de los diversos sentimientos que se agolpan en su interior. Algunas veces, se estremece y murmura palabras ininteligibles, acompañadas de algún rápido gesto. Le ocurre abandonarse inconscientemente a alguna distracción, que puede parecer extraña aunque sea naturalísima, como por ejemplo, ir a observar de cerca algún objeto de la mesa que haya despertado puerilmente su curiosidad por el sólo sentido visual. Pero al llegar a él, se detiene, distraído, sin saber ya por qué se ha levantado; y presa de nuevo de su interno desvarío, vuelve a hablar sin voz consigo mismo; pero el objeto vuelve de nuevo a llamar su atención, y entonces, casi sin saberlo, lo coge en su mano, lo mira, pero como si no consiguiese verlo, y con él en la mano seguirá su pensamiento tumultuoso; después, deja el objeto y vuelve a su sitio.

Entra por la puerta el viejo criado de Salvo Manfroni.

Criado: Tarda mucho, señor comendador. De costumbre, las otras noches hace ya rato que está aquí leyendo o escribiendo. Son casi las doce.

Lori: Recuerdo ahora que… ha ido… ¿dónde? Me lo ha dicho. Me dijo que antes de salir…

(Recuerda que Manfroni le dijo que anunciase a Palma que se iba con Gualdi y con Bongiani, pero considera inútil proseguir) Ha ido a una inauguración… Con su…

(Está a punto de decir «yerno», e inicia una carcajada breve que es como un sollozo) Sí, sí… Y con aquel otro… El conde Bongiani.

Criado: ¿A una inauguración?

Lori: Creo que sí; de un círculo. No quería, y después… aquél…

(Siente realmente la tentación de decir su «yerno», pero dice únicamente) Su…

(Y mira de nuevo al Criado; después vuelve a iniciar la risa de antes, como si, viéndole tan viejo, naciese en él un pensamiento que le deja helado; levanta un dedo hacia él) ¿Hace ya tiempo que está usted con él?

Criado: ¿Con el señor senador? ¡Ya lo creo!

Lori: ¿Desde que era diputado?

Criado: Hará ya cerca de veinticinco años.

Lori: (Con una sonrisa horrible, y un guiño en los ojos) Entonces, me figuro que la habrá visto aquí…

Criado: (Sorprendido) ¿Cómo dice?

Lori: ¡Eh, aventuras! ¡Aventuras del joven diputado!

Criado: (Como para eludir la respuesta) ¿Mujeres?

Lori: ¡Sabe Dios cuántas!

Criado: ¡Ah, en sus tiempos…!

Lori: Señoras jóvenes, recién casadas… Y cuando fue ministro, además, jóvenes esposas de empleados… (Notando que el Criado se turba, añade, con picardía) Fui su jefe de gabinete y lo sé… ¡Puesto de confianza! De los que no se obtienen, amigo mío, si no es a costa de pasar por ciertas condescendencias… (Le hace los cuernos con los dedos, pálido y sonriente. El Criado le mira, sin saber qué actitud tomar. Pausa)

Criado: (Suspirando) ¡Cosas del pasado, señor comendador…!

Lori: ¡Ah! ¡Tenemos ya el cabello blanco…! ¡Ha llovido desde entonces!

(Pausa. El Criado lo mira de nuevo, más sorprendido y consternado que nunca. Pero él está absorto en sus pensamientos, le parece ver a su mujer, joven, en aquel mismo despacho, y habla casi para sí) Era hermosa… ¡Qué ojos, cuando hablaba! Se encendía toda ella…

(Con voz vibrante y gesto expresivo) Luminosa, precisa…

(Después, con amor, como si acariciase una remota gracia suya) Y quería dominar con la inteligencia. Pero una mujer, cuando es hermosa…

Se le miran los ojos, la boca…, el cuerpo entero… Y sonríe uno a aquellos labios que hablan, sin fijarse en lo que dicen. Ella se daba cuenta y se enfadaba; pero después…, mujer al fin…, sonreía de aquella misma sonrisa del que le miraba los labios… Lo cual era como responder al beso que aquellos ojos le daban… Y entonces…

(Queda un momento pensativo; después menea la cabeza y pregunta) Pero ¿yo solo…?

(Volviéndose de improviso, con otra expresión, al Criado) ¿Quién sabe cuántas veces la habrá abrazado y besado, aquí mismo, verdad?

Criado: (Atónito) Señor comendador…

Lori: ¡Vamos, vamos! ¡Cosas antiguas…! ¡Todo se sabe!

En aquel momento, aparece Salvo Manfroni en el dintel de la puerta, con el sombrero puesto.

Criado: ¡Ah, aquí está el señor senador…!

Salvo: ¡Cómo! ¿Tú aquí, Martino? ¿Ocurre algo? (Consternado) ¿Ha ocurrido algo?

Lori: No. Tengo que hablar contigo.

Salvo: (Refiriéndose a la escena del segundo acto, fastidiado) ¿Otra vez? ¿Y a esta hora?

Lori: Sí, inmediatamente. Dos palabras.

Entretanto, el Criado le habrá cogido el abrigo, el sombrero y el bastón a Salvo Manfroni, y al final de la frase de Lori, se habrá retirado.

Salvo: (Acercándose con la mano tendida) ¿Entonces…?

Lori: (Apartando la mano con ademán violento) Sobra darse la mano.

Salvo: (Deteniéndose) ¿Qué significa esto?

Lori: Ya lo sabrás. Espera. Cuando nos hayamos puesto de acuerdo, te la volveré a dar.

Salvo: Pero ¿de qué se trata?

Lori: ¡De nada! ¡De nada! Gracias a Dios, no hay necesidad de explicaciones. El hecho es cierto e innegable; tanto, que tú y todos los demás estabais seguros de que yo lo sabía; por lo tanto, no se discute.

Salvo: Perdona, ¿qué estás diciendo?

Lori: He venido, sencillamente, a darte dos noticias y a satisfacer una curiosidad.

Salvo: (Viéndole hablar y obrar en esta forma) ¡No te reconozco!

Lori: ¡Ah, lo comprendo! ¡Desde hace tres horas, no soy el mismo!

Salvo: Pero ¿qué ha ocurrido?

Lori: Nada. Todo se ha vuelto del revés; cabeza abajo. Sí. Un mundo que aparece de repente ante los ojos de uno como nunca se había soñado poderlo ver. ¡Ahora se me han abierto los ojos!

Salvo: ¿Has hablado con Palma?

Lori: (Hace un signo afirmativo con la cabeza, repetidamente, después) ¡Asómbrate! ¡No sabía nada!

Salvo: (Con consternación, mirándole) ¿No… no sabías…?

Lori: Nada. Ni que mi mujer hubiese sido tu amante ni que Palma fuese hija tuya…

Salvo: ¿Te lo ha dicho ella?

Lori: Ella. Que tú le habías dicho que era tu hija; y que yo lo sabía.

Salvo: ¿Y no es verdad?

Lori: (Con simplicidad, en tono naturalísimo y aseverativo) ¡No es verdad! ¡No sabía nada!

(Ante el estupor de Manfroni) ¡SÍ, SÍ! ¡ES increíble! ¡No sabía nada! Hace tres horas que me estoy diciendo: «No podían hacértelo comprender. Te lo han cantado en todos los tonos; lo han demostrado abiertamente, siempre, en todas las formas imaginables. ¿Cómo has podido creer que un diputado que no te conocía, una vez elevado a ministro, se fijase en ti, humilde secretario de ministerio, y sólo por el hecho de haberte casado con la hija de su maestro te nombrase jefe de su gabinete? ¿Y después, muerta la madre, tomase tanto cariño a la chiquilla que la criase como si fuera suya, y le encontrase marido, otorgándole una valiosísima dote?» Creía en la honradez de aquella mujer, ¿comprendes? Aquella mujer que murió demasiado pronto. Pero aunque hubiese vivido mucho, no me habría dado tampoco cuenta de nada, porque…, ¡sí, ya lo sé, es increíble…!, porque a mis ojos era honrada. Y creía en tu amistad como en la luz del sol; era una gran luz que había entrado en mi casa y me alumbraba, me cegaba… Creía en tu veneración por tu maestro, a pesar de que más tarde tuve la prueba de que era otra cosa, no veneración…, la tuya.

Salvo: (Turbándose vivamente) ¿Qué quieres decir…?

Lori: Esta es la otra noticia que he de darte. Espera. Tengo que decírtelo todo. Cuando tuve esta prueba, fue peor.

Salvo: (Como antes) ¿Prueba? ¿Qué prueba?

Lori: La prueba que vino a complicarlo todo, porque metió a mi ingenuidad en un laberinto de espinas, de espinas que la pinchaban por todas partes, hasta hacerla sangrar. ¡Pobrecita ingenuidad, cuánto la hicieron sufrir…! Pero ella, valientemente, se arrancó todas las espinas, las recogió y se hizo con ellas un cilicio para aprender a comprender, a comprender diversamente. ¡Pero no más allá de lo que puede comprender la ingenuidad, bien entendido!

(Suena el timbre del teléfono, sobre la mesa) ¿Oyes? Te llaman al teléfono.

Salvo: ¿Ellos? (Hace ademán de coger el receptor del teléfono)

Lori: (Deteniéndole el brazo) No. Espera. Diles que vengan aquí.

Salvo: ¿Aquí? ¿Estás loco? ¿Por qué?

Lori: Porque quiero que vengan. (Nueva llamada del teléfono)

Salvo: ¿A esta hora?

Lori: Con el auto, es cosa de dos minutos.

Salvo: ¿Pero qué quieres que vengan a hacer aquí? (Nueva llamada)

Lori: ¿Oyes qué prisas? Es ella. Debe querer hablarte de la explicación que ha tenido conmigo. (Nueva llamada) ¡Vamos, contesta!

Salvo: ¡No, no! Si primero no me dices…

Lori: Quiero que nos entendamos bien los cuatro.

Salvo: ¿Sobre qué? ¡Si estamos ya de acuerdo!

Lori: No, hemos de hablar del porvenir. Tenemos que establecer tantas cosas…

Salvo: Lo haremos mañana… si acaso.

Lori: ¡No, ahora! (Nueva llamada)

Salvo: (Hablando por teléfono) Diga… (Pausa) Sí, Palma…

Lori: Dile que estoy aquí.

Salvo: (Como antes) Sí, sí…

(Pausa) ¿Cómo?

(Pausa) Sí, está aquí, en mi casa…

Lori: Diles que vengan en seguida…, en seguida.

Salvo: (Como antes) Sí, sí, muy bien… Oye…

(Pausa) ¿Cómo?

(Pausa) Sí, sí… Pero conviene que vengas aquí…

(Pausa) ¡Sí, sí, en seguida!

(Pausa) ¡Pues para hablar!

(Pausa) Con Flavio, sí… ¿Cómo?

Lori: ¿No quiere venir?

Salvo: (A Lori) No; dice que no sabe si el auto…

(Se interrumpe para responder al teléfono) ¡Sí, sí! Está bien. Te espero, entonces. Daos prisa.

(Cuelga el teléfono) ¿Sobre qué quieres que nos entendamos los cuatro?

Lori: Entendámonos primero nosotros dos. Quiero saber cuándo fue.

Salvo: ¡Deja ya eso!

Lori: No. Responde. ¿Fue en seguida después de mi matrimonio? (Salvo se encoge de hombros) Responde. Porque ya estabais de acuerdo desde su llegada de Perugia…

Salvo: ¡Oh, no! ¡Entonces ni siquiera pensaba yo en eso!

Lori: ¿Pero quizá pensó ella…?

Salvo: ¡No! ¡No! (Atenuando su negativa) Por lo menos, no lo sé. Pero creo que no.

Lori: ¿Y entonces fue cuando empezó a gritar que quería volver a ejercer su carrera de maestra?

Salvo: (Para acabar) ¡Sí, sí…!

Lori: ¿Y un día ya no la encontré en casa?

Salvo: ¿En qué estás pensando ahora?

Lori: Quería hacer como su madre. Marcharse. Venirse contigo. ¡Ah…, pero tú tenías tu carrera política…!

Salvo: ¡Basta ya, te lo ruego!

Lori: Y persuadiste a la oveja descarriada a que volviese al redil…

Salvo: No sé qué gusto encuentras en…

Lori: ¡Si supieras de qué modo me quema todo esto por dentro!

Salvo: Comprendo…, comprendo… ¡Pero piensa que terminó hace tantos años…! Ella murió…

Lori: (Con un estallido brutal y atroz, surgiendo en él la necesidad de vengarse) ¡Oh, te odió, te odió, cuando regresó a mí! ¡Se dio cuenta de que para ti representaba más tu ambición que su persona, y te odió!

Salvo: Sí, sí, lo sé muy bien…

Lori: Y odió en ella incluso el fruto de tu amor. No quería ser madre, no quería…, lo sé. ¡Fue mi amante, más que la madre de Palma! Y yo, yo, que no obstante era feliz, sufría por ello. Por la chiquilla que creía mía, nacida de aquella reconciliación nuestra.

Salvo: ¡Basta, basta ya, te lo ruego!

Lori: ¿Basta? ¡Ah, no, querido! ¡Para mí, empieza ahora!

Salvo: ¿Qué es lo que empieza?

Lori: Ahora lo verás. ¡He necesitado diecinueve años para comprender! Ahora que todo ha terminado, según decís vosotros, así, tan elegantemente, como suele ocurrir entre gente de bien…

Salvo: Pero escucha…

Lori: ¡Ah, lo sé; gente que sabe hacer las cosas a su modo…! Ahora que ya no hay nada que hacer, ¿no es verdad? Muerta desde hace dieciséis años ella, casada la muchacha…, ¿y se acabó todo, verdad? ¡Allí está la puerta y… hasta la vista! ¡Ah, no! Ahora me toca a mí! Lo he comprendido todo. Lo he analizado todo.

Salvo: ¿Pero no ves que estás desvariando?

Lori: ¡No! ¡Hablo con toda lucidez! He reflexionado mucho… Y lo veo todo claro. Hablo así, obro en esta forma, porque no puedo hacer otra cosa. Soy como un caballo desbocado. Me persiguen y azotan todas las cosas que han aparecido súbitamente ante mí por todas partes, saliendo de las sombras. Pero sé ya dónde iré a parar. ¡Ten cuidado!

(Le agarra por un brazo) Antes que nada: ¿estás convencido ahora de que no soy aquel miserable que creísteis y que presentasteis a los ojos de todos?

Salvo: ¡Claro que sí! Y por esto no veo…

Lori: ¿Lo que yo pueda hacer? ¿Crees que nada, verdad? Hubiera debido saberlo antes, y ser un miserable de la más vil especie para aprovecharme de la situación. No lo he sabido; por consiguiente, piensas tú, al cabo de diecinueve años… ¡Te equivocas, amigo mío!

Salvo: ¿Quisieras aprovecharte ahora?

Lori: ¡No! Te equivocas, porque si lo hubiese sabido en seguida, a tiempo, no me hubiera aprovechado nunca. ¡Te hubiera matado!

Salvo: ¡No querrás matarme ahora, me figuro!

Lori: ¡Ah, ya no lo sé; ahora ya no puedo…!

(Se interrumpe, asaltado por una idea súbita, que le hace estremecer) ¡Espera! Dices… ¿aprovecharme ahora? Pues… ¿cómo podría…, cómo podría aprovecharme ahora?

Salvo: (Con cierta vacilación) No sé… Quizá… quizá podría yo hacer algo todavía por ti…

Lori: (Le mira primero con mirada terrible, y luego, casi saltándole a la garganta, le hace caer en un sillón, agarrándole, estrujándole el traje) ¿Tú? Merecerías que te matase ahora mismo, por esto que has dicho.

(Retrocediendo horrorizado, de nuevo bajo la idea que le ha asaltado) ¡No! ¡Levántate! ¡Levántate…! Aún hay un medio…, un medio de aprovecharme ahora de las circunstancias…

En aquel momento, entran Palma y Flavio Gualdi, ansiosos y asustados.

Lori: (Viéndoles) ¡Ah, aquí están!

Palma: ¿Qué hay? ¿Qué hay?

Lori: ¡Nada, nada, Palma! ¡Se ha aclarado, se ha aclarado, se ha aclarado todo! Ha tenido que reconocer, una vez le he recordado los hechos, las fechas precisas, que se había equivocado. No es verdad que seas su hija. ¡Eres hija mía! ¡Mi hija!

(A Salvo) ¡Dilo, decláralo en voz alta, aquí, delante de los dos! ¿No es verdad, no es verdad, que has tenido que rendirte a la evidencia?

Salvo: Sí, es verdad. (Momento de silencio)

Lori: ¡Es verdad!

(A Flavio) ¿Lo has oído?

Flavio: (En voz baja, abriendo ligeramente los brazos) Lo he oído…

Lori: Lo digo por el respeto que me debes de ahora en adelante, como padre de tu mujer que soy. ¡Que soy yo…! ¿Lo oyes?

Flavio: (Como antes) Sí, sí, está bien…

Lori: Y para que no te vuelva a pasar por la cabeza acogerme como a un intruso, como a uno que no ha sabido nunca respetar su papel en la comedia. ¡Vaya! ¡Me lo habéis hecho representar sin darme cuenta, todos vosotros, el papel! El de marido engañado y contento; el del amigo; el del viudo; del padre; del suegro… ¡Y lo he representado mal! ¿Cómo no? ¡No sabía que lo representase! ¡Pero ahora que lo sé, ahora que lo sé…, ya veréis!

Pasa así, sin darse cuenta, arrastrado por su apasionado ardor, a delatar la comedia que está representando desde la llegada de Flavio y de Palma.

Palma: (Con estupor) ¡Cómo…!

Flavio: (Como antes, volviéndose a Salvo, que se mantiene aparte) ¿Qué dice?

Lori: (Reaccionando) ¿Qué digo?

(Se vuelve hacia Palma) Digo…, digo que tu madre… Está bien, sí, es cierta la traición…, pero esta infamia, ¡no! ¡Esta otra infamia no es verdad! ¡No es verdad!

Largo silencio.

Salvo Manfroni y Flavio permanecen con la cabeza baja. Palma ha quedado suspensa, llena de ansiosa inquietud. Lori mira primero a los dos hombres y luego a Palma.

Observa su actitud y se penetra de ella, empezando a sentirse casi asustado también él por aquella reiterada afirmación suya, hecha frente a la joven, que está muy impresionada, y por la comedia que se obstina en representar. A pesar de ello, casi como un desafío lanzado a sus propios sentimientos, repite, acercándose a ella amorosamente, en un tono distinto, casi lleno de ironía, por la efímera satisfacción que se ha otorgado.

Lori: ¡No es verdad! Pese a que a ti, ¿eh?, di la verdad, quizá no le guste saberlo…

Palma: Sí… ¿Por qué no?

Lori: (Mirándola a los ojos, no atreviéndose a creerla) ¿Sí?

Palma: Sí.

Lori: ¿Saber que yo soy tu padre?

Palma: Sí.

Lori: ¿Yo… y no él?

Palma: ¡Te digo que sí!

Lori: ¿A pesar de que yo sea un pobre hombre que tú, hasta hace poco, has despreciado?

Palma: ¡Pues, sí, precisamente por esto!

Lori: Un pobre hombre a quien todos siempre despreciarán, ¿comprendes…?, porque no puedo ya hacer creer a nadie que no sabía… ¡Si lo digo, haré reír!

Palma: ¡Pero yo sí te creo! ¡Y te he creído en seguida, apenas me lo has dicho! Y te creo aún más ahora, si me dices que no es verdad todo lo que él… (señalando a Manfroni) había supuesto.

Lori: (Conmovido ahora y temblando, casi aterrado por el vacío que ve ante sí) ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Es espantoso! ¡Basta saber una cosa, y todo, todo cambia en el acto! ¡Yo era así, como tú, hasta hace pocas horas! Me creía tu padre y tú me despreciabas porque creías no ser hija mía. Ahora, en cambio, que empiezas a creerme tu padre y te vuelves hacia mí, con otros sentimientos y actitud, yo no puedo, no puedo acogerte en mis brazos, porque sé que no eres hija mía y estoy representando una comedia delante de él, de ti y de tu marido.

Palma: (De nuevo, estupefacta) ¿Una comedia?

Lori: (Nerviosamente, áspero, casi con maldad, para reaccionar de su emoción y defenderse de ella) ¡Una comedia! Y la he representado bien, ¿verdad? ¡Tan bien, que durante un momento habéis creído en ella!

(Esboza una risa amarga) ¡Ja, ja! ¡Y yo también he llegado, sin querer, a creer que era verdad!

(Se pasa un dedo por los ojos y se lo muestra luego) ¡Y hasta he llorado!

(Acercándose a Flavio) ¡Pero tranquilízate, querido, tranquilízate!

Flavio: Entonces…, ¿no es verdad?

Lori: ¡No es verdad! He intentado hacer creer que… Pero no puedo. Me repugna. Me hace llorar…

Salvo: Basta ya, pues. Vamos, basta.

Lori: (Volviéndose rápidamente hacia él) ¿No te conviene? ¡Y, no obstante, deberías proseguirla, esta comedia, puesto que el drama pasó por mi vida sin darme cuenta, y no puedo representarlo más! Pero puedes estar tranquilo tú también. ¡No puedo representar ya ni la comedia! Lo sé… Si no lo revelase yo, mañana irías a casa de los demás a decir que habías tenido que fingir reconocer delante de ellos el engaño por compasión hacia mí; y les hubieras persuadido que fingiesen creer en ello también…

Salvo: ¡Nada de eso! ¿Por qué crees esto?

Lori: (Con fuerza) ¡Porque no soy ningún imbécil!

Salvo: ¿Y quién dice que lo seas?

Lori: ¡Ah! ¡Si os hubieseis contentado solamente con creerme un miserable…! ¡Pero, no, señor! ¡Incluso un imbécil! ¡Y es cierto que lo he sido un imbécil! ¡He creído en cosas santas y puras; en la honradez, en la amistad! ¡Ahora no, se acabó! ¡Y si para vengarme pudiese forzarme a ser todavía, a los ojos de todos, aquel miserable que habéis hecho creer, no podría ser más humilde, más tímido, más esquivo; aquel pobre hombre que iba todos los días a hacer la bufonada al cementerio! ¿Comprendéis esto? ¡Está bien claro! Por lo tanto…, por lo tanto… yo… (Mira como extraviado a su alrededor, como si buscase y no encontrase ya camino de huida, y hace un gesto vago con las manos; después, llevándoselas al rostro) ¡Oh, Dios mío…! ¿Cómo podré seguir viviendo ahora?

Salvo: ¡Oh! ¿Por qué dices esto?

Palma: ¡Si todo ha terminado ya…!

Lori: ¡Precisamente por esto! Si todo ha terminado ya, no puedo seguir viviendo. ¡Todo ha acabado! ¡No puedo destruir ya lo que he sido para los demás! Y aquí, en este cuerpo mío, en estos ojos míos que miraban sin ver lo que yo era para todos; en esta mano mía que se tendía hacia los demás, sin saber que pertenecía a un hombre del que todos hacían burla y que a todos repugnaba… ¿Cómo puedo ya mirar a la cara a la gente? ¡Ahora soy yo quien siente asco y repugnancia! ¡De mí mismo, sí, tal como me veo y me toco; de alguien que no soy yo, que no he sido nunca yo, y de quien no veo la hora de huir! ¡No veo la hora! (Diciendo esto, hace ademán de querer salir) ¡No veo la hora…!

Salvo: (Colocándose ante él para impedírselo) ¿Qué vas a hacer?

Lori: (Lo mira, como aturdido. Después, recordando) ¡Ah, sí, había además otra cosa! La olvidaba… Es lo único que puedo hacer contra ti. Y lo hago, aunque no porque me importe; lo hago para probarte que no soy un imbécil. Me vengo, sí, en frío, me vengo de la única manera que me es posible vengarme ya; haciéndote lo que tú me has hecho a mí: dejándote vivo, pero haciéndote vivir como tú me has hecho vivir a mí: sin la estimación de nadie, demostrando que el miserable eres tú. ¡Tú!

(Volviéndose a Palma y a Flavio) ¡Éste que te has vanagloriado de tener por padre no es sino un miserable, y no solamente por lo que me ha hecho a mí, sino también porque es un ladrón!

Salvo: (Acercándose a él, amenazador) ¿Qué dices?

Lori: (Rápido, firme, haciéndole frente) ¡Un ladrón! ¡Un ladrón!

(Volviéndose hacia los demás) ¡Es un ladrón, porque robó a Bernardo Agliani!

Salvo: (Echándose a reír estrepitosamente) ¡Ja, ja, ja, ja!

Lori: (Le mira un buen rato; después se vuelve hacia Palma y Flavio, y dice) Se ríe. ¡Pero tengo la prueba en casa!

Salvo: ¡Ah!, ¿te lo han dado a entender a ti también? ¿Te la han fabricado en Perugia esta prueba?

Lori: No, querido. Es de la mano del propio Agliani.

Salvo: ¡Si tengo yo aquí (señala la mesa) todos los papeles de Agliani!

Lori: ¡Todos… no!

Salvo: ¡Todos, todos!

Lori: No todos.

Salvo: (Vacilando ante la reiterada afirmación) A menos que…, a menos que tú tengas otros que yo ignoro…

Lori: ¡Te he asustado!

Salvo: ¡No!

Lori: ¡Te has puesto pálido! ¡Y ahora te sonrojas!

Salvo: Porque no quisiera que Agliani, en otros apuntes posteriores…

Lori: ¡No, son anteriores! ¡Son los primeros! ¡El primer esbozo de aquella copia que tienes tú!

Salvo: ¡Pero si en los papeles que tengo aquí no hay nada que…!

Lori: ¡No estarán todos!

Salvo: ¡Todos! ¡Todos!

Lori: Hasta donde te habrá convenido conservarlos. Los demás, los habrás destruido…

Salvo: ¡Esto es una calumnia!

Lori: Te lo puedo probar.

Salvo: ¿Qué? Podrás probarme, a lo sumo, que, quizá posteriormente, Agliani, ante aquellos problemas suyos, tuvo también la idea de que…

Lori: ¡Eso es, exacto! ¡Pero no la tuvo también Agliani; la tuvo sólo Agliani, y tú te la apropiaste! (Volviéndose hacia Palma y Flavio) ¡Tengo los apuntes en casa! ¡Un fajo así!

Salvo: ¡Está bien! ¡Entonces, pruébame que aquí, en los papeles que tengo aquí (golpeando furiosamente sobre la mesa) no hay ni el más remoto vestigio de aquella idea! ¡Pruébamelo!

Lori: ¡Ah, ahora ya no niegas, ahora desafías!

Salvo: (Con desprecio) Pero ¿cómo quieres que desafíe a un hombre como tú? ¿Quién quieres que dé fe a tus palabras y no a las mías, si afirmo que no he conocido, como es verdad, estos nuevos apuntes de Agliani y exhibo los papeles suyos que tengo aquí?

Lori: ¡Ah, ya…! Si no fuese por tu libro…

Salvo: (De nuevo inquieto) ¿Mi libro?

Lori: Al cual hay que dar fe… A mí, no; pero a tu libro, sí. ¡La prueba está en él!

Salvo: (Como antes) ¿En mi libro?

Lori: (Volviéndose hacia los otros dos) ¿Cómo queréis que un hombre tan ignorante como yo pudiese comprender algo de todas aquellas fórmulas, de todos aquellos cálculos? La evidencia del hurto me ha saltado claramente a la vista sin buscarla, confrontando aquellos apuntes con tu libro.

Salvo: ¡No eres digno de que se te responda!

Lori: Y hace ya tiempo que lo he descubierto, ¿me oyes…? Y me he callado por ella (señala a Palma), por el bien de mi hija, porque ignoraba aquel otro delito tuyo, del cual éste es quizá sólo la consecuencia accidental. Porque no has sentido nunca una pasión verdadera; y estos papeles de Agliani sólo te sirvieron, al principio, para disimular la trapisonda; para darte el pretexto de venir a mi casa, de estar cerca de ella. ¿Quieres que publique, si realmente no tienes nada que temer, aquellos apuntes que tengo en casa, así, tal como están?

Salvo: (Rápido) Dámelos y los publicaré yo mismo, reconociendo ante todo el mundo…

Lori: ¿Qué? ¿Tu apropiación indebida?

Salvo: (Con fuerza) ¡Ésta no existe! ¡Y nadie la creerá jamás!

Lori: ¡Ah, ya…! Entre tú y yo…

(Volviéndose hacia Palma y observando su actitud, entre desdeñosa e indignada) ¡Pero, mira…! Me bastará con que lo crea ella…, si se lo digo yo…, yo, que por ella he callado…, yo, que mañana no hablaré. ¿Qué quieres que me importe tu libro…? ¡Ni siquiera quien lo ha escrito…! ¡Ni tú!

(Agarra por el brazo a Palma, mirándola a los ojos) ¿Tú me crees?

Palma: Sí.

Lori: ¿Me crees a mí, y no a él?

Palma: ¡Sí, sí!

Lori: ¡Esto me basta! ¡No publico nada! ¡No hago nada! Había venido aquí para hacer no sé cuántas cosas, contra ti, contra todos… Se me han caído de las manos todas las armas… ¡No tengo ya ni un alfiler! Y además, ¿para qué? Es pequeño, es mezquino, es feo lo que he hecho. Yo mismo me avergüenzo de ello ahora. (Volviéndose una vez más hacia Palma) ¿Tú me crees?

Palma: ¡Sí, sí!

(Pausa)

Lori: Esto me basta. ¡Adiós!

Palma: (Conmovida, corriendo hacia él, abrazándole para retenerle) ¡No! ¡No! ¡Yo te lo impediré! ¡Para vivir…! ¡Para vivir debe bastarte!

Lori: No…, no…

Palma: (Insistiendo) ¿Cómo que no? ¡Si tú ahora tienes toda mi estimación, todo mi afecto!

(Invita con la mano a Flavio a acercarse y éste obedece solícito) Todo el respeto…

Flavio: (Asintiendo) Sí, es cierto…

Lori: (Profundo, casi duro) Ahora puedo ya, sin engaño, acercarme solamente a quien, después de su pecado, se arrepintió y me recompensó con tanto amor. Lo único vivo y verdadero que yo haya tenido, después del delito. Todo lo demás ha sido engaño. Quien más me engañó, me engañó menos. No podría…, no podría, sin repugnancia hacia mí y hacia vosotros, acercarme a vuestra vida.

Palma: ¡No, no! Repugnancia… ¿por qué? ¡Ninguna repugnancia!

Lo que tú has dicho, su equivocación (señala a Salvo Manfroni), su equivocación respecto a mí…

Lori: ¡Pero no es verdad!

Palma: ¡Y, sin embargo, yo lo he creído en el acto, al entrar aquí con él! (Señala a Flavio) ¡Pues bien, así lo creerán también los demás! Y seré yo, seré yo la primera en hacerlo creer, en hacérselo creer así a todos, porque todos sentimos por ti respeto, consideración…

Lori: ¿Tú? ¡Pero no puedes decir…!

Palma: ¡No hay necesidad de decir nada! Me verán contigo, a tu lado, en torno a ti, como nadie me ha visto hasta ahora. Y de acuerdo todos, aquí, a partir de ahora…

Lori: (Intentando aún defenderse de esta caridad suya que le conmueve, le trastorna y hasta casi le hace faltarse a sí mismo) Pero… ¡pero yo no puedo creerlo!

Palma: (Insistiendo cada vez más) ¡Tú también! ¡Tú también! ¡Lo creerás tú también, a la fuerza!

Lori: (Como antes) ¿Yo…? ¿Cómo?

Palma: Pues porque es verdad, ¿comprendes? ¡Es verdad, ahora, mi afecto por ti! ¡No es un engaño! ¡Mi afecto, mi estimación, son una realidad en la cual tú puedes vivir y que se impondrá a todos e incluso a ti!

Flavio: ¡Es cierto! ¡Es cierto! Será así…

Lori: (Extenuado, casi rendido de emoción, se agarra al brazo de Palma; después, alzando el rostro descompuesto y casi balbuceando) ¿Representaremos… de nuevo la comedia…, entonces?

Palma: ¡No! ¡Ninguna comedia! ¡Te digo que mi afecto es sincero!

Flavio: Es verdad…, es verdad…

Lori: (A Flavio) ¿Todo será para bien?

Palma: (Afectuosa, abrazándolo, casi sosteniéndolo) ¡Vamos, vamos! Debes estar tan cansado… Vámonos… Te acompañaremos a casa…

Flavio: Sí; es muy tarde ya…

Palma: Tenemos el auto abajo, llegaremos pronto.

Lori: A casa… El auto… ¡Ah, sí…, todo termina bien…, todo termina bien…!

(Sale con Palma, casi atontado, seguido por Flavio.

En un momento dado, se detiene, da media vuelta, mira a Salvo Manfroni y dice, dirigiéndose a Palma y señalándole) ¿Y… y él?

Palma: (Mirándole, sorprendida) ¿Qué dices?

Lori: ¡Eh…! ¡Saludémosle incluso, entonces…!

(Le dirige un saludo con la mano, insinuando casi una inclinación; después, volviéndose de nuevo hacia Palma, murmura) Todo sea para bien…

Telón


In Italiano – Tutto per bene

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