1920 – Como antes, mejor que antes – Comedia en tres actos

Como antes, mejor que antes – Comedia en tres actos

In Italiano – Come prima, meglio di prima

Come prima, meglio di prima - Anna Proclemer, 1983

Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero


Personajes

Fulvia Gelli, (Flora y Francesca)
Silvio Gelli, su marido.
Livia, su hija.
Marco Mauri.
Tía Ernestina Galiffi.
Betta, vieja sirvienta.
Don Camillo Zonchi.
La viuda Náccheri.
Giuditta, su hija.
El terrateniente Roghi.
El señor Cesarino, organista y maestro de música.
La señora Barberina, su esposa.
Un Viajante de comercio .
Giovanni, jardinero.
Una Niñera.

El primer acto, en un pueblecillo de la Valdichiana; el segundo y el tercero, en una «villa» cerca del lago de Como.
Época actual.


Acto Primero

Una sala de la Pensión Zonchi, vasta habitación de casa vieja en la que el enjalbegado nuevo no consigue ocultar la vetustez. En el foro, una ancha y alta puerta de cristales deja adivinar el oscuro vestíbulo de entrada que tiene en el fondo; a su vez, una puertecilla se abre sobre la escalerilla del huerto, de la cual se ve el rellano con la barandilla de madera descolorida. El fondo, tras esta barandilla, es un cielo luminoso, porque la casa se eleva en lo alto de una colina; desde el rellano se goza de una bonita vista sobre el valle y se domina la carretera que sube a la colina, dándole dos veces la vuelta. La puerta de cristales, una vez cerrada, no deja ver el vestíbulo de entrada, porque a cierta altura tiene sobre los cristales unos visillos de muselina azul celeste, nuevos, colgados torpemente con unas varillas. En la sala, el acostumbrado moblaje de las viejas pensiones de provincia, dispuesto con meticulosa simetría. Una estufa de porcelana; un canapé de estilo antiguo, sillones y sillas acolchadas, adornados con almohadones y bordados hechos en casa; una mesita no menos antigua, con un gran espejo de ancho marco, rameado y dorado, recubierto por un trozo de tul, de un azul amarillento, para preservarlo de las moscas; jarritos con flores de papel; una rinconera con figuras de vieja mayólica; oleografías vulgares, un poco ennegrecidas, en las paredes, y un reloj antiguo que da las horas y las medias horas con lánguido sonido de campana lejana. Puertas laterales a derecha e izquierda.  Es una clara mañana de finales de abril.

Al levantarse el telón, están en escena don Camillo Zonchi, el propietario Roghi, la viuda Náccheri y su hija Giuditta. Estas dos, de pie, en el rellano de la escalera del huerto, miran hacia el valle, la Náccheri con unos gemelos, la hija, Giuditta, haciendo pantalla con la mano, tratando de ver si a lo lejos, en la carretera que sube hacia la colina, se ven los coches que regresan de la estación ferroviaria. Don Camillo Zonchi y Roghi están en la sala; el primero, sentado en una silla cerca de canapé; el otro, de pie.

La viuda Náccheri, que cuenta unos cincuenta años, lleva una curiosa peluca ondulada con unos ricitos que le caen sobre la frente, todo ello sujeto dentro de una redecilla. El rostro, demacrado, anguloso, con los ojos de color claro y hundidos, da la impresión de una máscara blanca de polvos torpemente pintada; produce el horrible efecto de un cráneo maquillado. Viste juvenilmente, y quiere disfrazar su edad moviéndose con ridícula ligereza y embelleciéndose grotescamente. Habla a su cuñado en tono casi legítimamente imperioso; a su hija, con constante malhumor, pues se siente celosa de ella, y a los demás con lánguida importancia de señora venida a menos.

Su hija, Giuditta, tiene veintiocho años; abandonada por su marido, es humilde y tolerante; tiene cabellos lacios, rostro amarillento y demacrado, y el aire asustadizo de una pobre bestia recogida por caridad.

Don Camillo Zonchi tiene cincuenta y cuatro años, es canónigo de la Colegiata y maestro de escuela. Es un hombrecillo moreno, ictérico, nervioso, con ojillos maliciosos. Soporta el escandaloso dominio de su cuñada bullendo interiormente de cólera. Dueño de la pensión, figura como huésped de la Náccheri, a quien, por lo menos en apariencia, deja la dirección. Va sin sotana, con una larga chaqueta de sarga negra, cuello de clérigo cosido al chaleco, calzones, medias de lana y zapatos con hebillas de plata.

El propietario Roghi, que cuenta unos cuarenta años, es un hombretón pesado, triste, con barba de varios días. Lleva una cazadora, un viejo sombrero blanco y gruesas botas de campo con espuelas.

Don Camillo: (A la espera, dirigiéndose a las dos mujeres que miran desde la escalera del huerto) ¿No, eh?

Roghi: (Después de una breve pausa) Será un poco temprano aún.

Náccheri: (Avanzando desde la escalera, furiosa y echando veneno) Puedes estar seguro de que si estuviesen a la vista, entre yo y la Giuditta, es a mí a quien deberías preguntar, porque con esto (muestra los grandes gemelos y subrayando las palabras), si estuviesen a la vista, vería mejor yo que ella.

Don Camillo: ¡Ah, no! Ten paciencia, Marianna. Incluso con esto (muestra los lentes y se los pone en la punta de la nariz), entre el señor Roghi y yo, veo menos yo que él.

Roghi: ¡Ah, sí, gracias a Dios, la vista…!

Náccheri: ¡Yo también, señor Roghi, yo también! No tengo necesidad de usar lentes, ¿sabe usted…? Ni para leer, ni para coser, ni para ver aquí ciertas cosas que sabe Dios si tendrían que verse…

Don Camillo: ¡Vamos, vamos, Marianna! No se trata ahora de las cosas que puedan verse aquí dentro, sino de ver si vienen los coches por el valle, de regreso de la estación.

Giuditta: (Que ha seguido mirando) ¡Ahí están! ¡Ahí están! ¡Los dos! Pero van hacia abajo…

Náccheri corre a mirar con los gemelos.

Don Camillo: ¿Hacia abajo? ¿Cómo es posible, hacia abajo?

Giuditta: ¡Sí, sí! ¡Y ahí va otro! El coche de Dodo.

Náccheri: ¿De Dodo? ¡Cómo! ¡Si el de Dodo es el primero!

Giuditta: No, mamá, fíjate bien; es el tercero.

Náccheri: ¡El primero, te digo!

Don Camillo: El primero o el tercero, si van hacia abajo…

Náccheri: (Volviéndose hacia su cuñado, viperina) ¡Os digo que es el primero!

Roghi: Me parece difícil que puedan distinguirse uno de otro a tanta distancia. Desde aquí arriba tienen que verse pequeños, así de pequeños.

(Señala la punta del índice) Y a Dodo, perdóneme, señora, le he visto yo salir de la plaza después que los demás.

Náccheri: Esto no quiere decir nada, porque Dodo tiene un caballo que es un demonio. Aunque salga el último, llega siempre el primero.

Giuditta: (A su madre, sin dejar de mirar) Y es verdad, mira, mira; ha pasado ya delante del segundo y está a punto de pasar al primero. ¡Es él, sin ninguna duda!

Náccheri se encoge de hombros y entra en la sala.

Don Camillo: No sé, seguramente llevaría retraso esta mañana. A esta hora, de costumbre… (el reloj toca las once) mira, son las once; los demás días, a las once, están de regreso y se ven en la segunda revuelta de la carretera. A propósito, Giudi… (Se interrumpe, con cierto embarazo, tratando de volverse atrás), es decir…, quería…

Náccheri: (De nuevo viperina, llamándola) ¡Giuditta! ¡Ven, corre, que tu tío quiere preguntarte otra cosa!

Don Camillo: (Como antes) ¡Oh, nada, nada…! Quería saber algo que… (esforzándose en dar a su rostro expresión enérgica), algo que me parecía mejor preguntarle a ella que a ti.

Náccheri: (Con expresión de desafío) ¡Pues bien, díselo! ¡Sepamos de qué se trata!

Don Camillo: (Volviéndose a Roghi) He mostrado al señor profesor, antes de que se marchase, la conveniencia de hacer parar al regreso el coche debajo de nuestro huerto, para tomar el atajo, en lugar de tener que hacer, con el coche al paso, toda la vuelta hasta aquí, hasta la cima.

Náccheri: (Como antes) ¿Y qué más?

Don Camillo: Quería preguntar a Giuditta si se ha acordado de ir a abrir el portillo de allá abajo, del huerto.

Náccheri: ¿Nada más? (Volviéndose a su hija, que se mantiene aparte, mortificada) ¡Vamos, contesta a tu tío! ¿Te has acordado?

Giuditta: (Mirando hacia otro lado, contrariada) ¡Claro que sí! ¡Está abierto!

Náccheri: (Con una reverencia irónica a su cuñado, como si lo hiciese por cuenta de su hija) Está abierto. ¡Orden del tío! ¡Me extrañaría que no se hubiese acordado! ¡Si hubiera obedecido así a su marido! No me hubiera tocado tenerla ahora en casa, a mi cargo, ni verde ni madura…

Roghi: Pero… ¿es seguro que regresará el profesor esta mañana? No quisiera esperarle inútilmente…

Don Camillo: ¡Oh, en cuanto a volver, con seguridad que vuelve!

Náccheri: ¡Pues me gustaría ver que no volviese! ¡Ah!, ya estoy harta, ¿sabes?

Don Camillo: ¡Por Dios, Marianna!

Náccheri: ¡Harta! ¡Harta! ¡Harta!

Don Camillo: Quédate tranquila, que regresará… Pero… no le oculto, querido Roghi, que me parece difícil (difícil, por no decir imposible), que quiera aceptar su invitación.

Roghi: ¿Ni siquiera para una simple consulta?

Don Camillo: Ni… siquiera para eso…

Roghi: A mí me bastaría con que viese a mi pobre hijita…

Don Camillo: ¡Oh, si consigue usted que vaya a verla…! ¡Dicho y hecho, la opera y la salva!

Roghi: ¡Ojalá lo quisiera Dios! Vendría a buscarlo en seguida con el automóvil.

Giuditta: ¡Como ser, es la caridad en persona!

Don Camillo: Pero no puede. Comprenderá, después del milagro, que…

Náccheri: (Interrumpiéndolo) Y a fe que era necesario ese milagro.

Don Camillo: (Con una mirada a su cuñada, pasando por alto la interrupción) ¡Una vez extendida la fama, todos querrían tenerle!

Roghi: Pero como ayer, ante una necesidad, fue a Sarteano, ¿no podría hoy…?

Don Camillo: No podrá. Tendrá más de veinte peticiones, por no decir más

Náccheri: ¡Y no faltaría más sino que, por caridad hacia los demás, nos tuvieses aquí a nosotros en este desorden un mes todavía!

Don Camillo: Además, tiene allí, en Merate, a su hija…, tendrá sus asuntos. Había venido sólo para un día…

Náccheri: ¡Y han transcurrido cuarenta y cinco!

Giuditta: Parece que la muchacha no sabe todavía nada.

Roghi: ¿Ah, sí? ¿De que la madre está aquí?

Don Camillo: (Guiñando el ojo y señalando con la mano la puerta de la derecha) Cuidado…, cuidado… Se ha levantado ya de la cama.

(Misteriosamente, a Roghi) ¡Ah, querido Roghi, no sé cómo no hemos perdido todos el seso!

Roghi: ¿Con aquel juez, verdad?

Don Camillo: ¡Pero qué juez, ni qué…! ¡No le llamemos juez, por caridad!

Giuditta: (Muy bajo, afligida) ¡Loco, hay que llamarle!

Don Camillo: (Enérgicamente) ¡Sí, loco de atar!

Giuditta: (Tristemente) ¡Las que nos hizo ver!

Don Camillo: (Colérico, con más energía aún) ¡El diablo era! ¡Todos los diablos del infierno! ¡No me hagan pensar en ello!

Náccheri: (Que ha estado mirando al tío y a la sobrina) Fíjese, fíjese, señor Roghi, cómo hablan ahora los dos…

Don Camillo: ¿Y cómo hablamos?

Náccheri: Una, con suavidad, con gran suavidad (imitando a su hija, con voz nasal): «¡Las que nos hizo ver!» Y el otro, como el ron que da sabor al pastel (imitándole también a él): «¡El diablo! ¡Todos los diablos del infierno!»

Roghi: (No pudiendo contener la risa) ¡Tiene usted ganas de bromear, señora Marianna!

Don Camillo: ¡Ya! ¡Como si fuese el momento oportuno…! ¿O es que no es verdad que aquí se ha visto al diablo?

Náccheri: ¡No! ¡No está bien el diablo en casa de un sacerdote como tú! ¡El terremoto, se dice! Y crea, señor Roghi, que me hubiera divertido mucho verlos en danza a los dos, al tío y a la sobrina, si por causa suya no me hubiese tocado danzar a mí también…

Don Camillo: Si se pudiesen saber las cosas con antelación…

Náccheri: ¡Gran mérito, saberlas después…!

Don Camillo: ¿Podría jamás suponer que el marido vendría aquí?

Náccheri: ¡Claro que podía, si le llamaste tú mismo!

Don Camillo: ¡No, señor! ¡Nada de esto! Si le escribí a Merate fue a causa de mi ministerio sacerdotal; apenas recibida la confesión…

Roghi: ¡Ah! ¿Cuando la señora…?

Don Camillo: Precisamente. Cuando quiso confesarse. Para morir en paz con todos, pidió al marido, por mi intervención, perdón de sus errores. El profesor podía contestar a mi carta con otra carta. Pues, no, señor. Por su bondad, quiso venir a conceder el perdón con su presencia.

Roghi: ¿Y encontró aquí al otro?

Don Camillo: Sí, al otro, que se había dejado caer en Perugia al amanecer, pocas horas después de que la señora se hubiese herido. Con la confusión, al principio, no nos habíamos dado siquiera cuenta.

Giuditta: No sabíamos quién era la señora…

Don Camillo: Le vimos a él al lado de la cama, llorando; lloraba como no he visto nunca llorar a nadie.

Roghi: ¡Vaya! ¡Era el amante!

Náccheri: ¡Sí, sí, el amante! ¡Qué amante, ni qué…! Uno de tantos… El último.

Roghi: ¡Ah…! ¿Porque la señora… había acabado mal?

Náccheri: ¡Bah…, cosas…, cosas de la guerra!

Giuditta: ¡Bajo, por caridad!

Náccheri: ¡Cuántos escrúpulos! ¡No vale la pena de tener tantas consideraciones…!

Don Camillo: Al menos por el profesor.

Náccheri: Sí…, que pagará el gasto. Las molestias, entretanto, seguro que no las paga. Ya van dos meses, por ahora.

Don Camillo: ¡Oh, cuántas palabras! (Después, hipócritamente, a Roghi) Ella abandonó el lecho conyugal hace trece años, y…

No termina la frase, y entorna los ojos, haciendo con las manos un gesto de indulgencia.

Náccheri: (Imitando con una mueca el gesto de su cuñado, con aire compungido) Y…, y…

(Súbitamente, recalcando las palabras:) Aquí, para dar el ejemplo, amigo mío, todos tenemos buena voluntad, pero una buena voluntad para hacernos daño con la indulgencia y la tolerancia que Dios, esperémoslo, no nos tendrá en cuenta allá arriba; porque aquí abajo, no hacemos más que reírnos unos de otros, te lo aseguro…

Don Camillo: ¡Eso no es verdad!

Náccheri: (Recalcando aún las palabras) ¡Ah, me parece que no faltan sitios a propósito en Valdichiana! ¡Y en cuanto a pensiones para la cura de aguas, me parece que no hay sólo la mía! Pues bien…, ¡esta señora tenía que venir a caer aquí, en nuestra casa! Pero es culpa suya, ¿sabe usted?

(Señalando a su cuñado) Suya y de ésta. (Señala a su hija)

Giuditta: Yo tengo siempre la culpa de todo…

Náccheri: ¡Si para ti no fuese siempre el Evangelio todo lo que hace y dice tu tío…! Y así, ¿comprendes?, todas las calamidades se me acumulan aquí… ¡Ah, no madurará nunca nada aquí… (canturreando), hay demasiada palabrería…!

Don Camillo: La vi llegar por la noche, en el coche de Dodo… Sola, triste, melancólica, con una maletita… Yo regresaba de la escuela…

Náccheri: ¡Yo no estaba!

Giuditta: Se lo dijimos muy claramente, mamá, que la pensión no estaba abierta todavía a los forasteros.

Náccheri: ¡Entonces no se la debía haber admitido!

Don Camillo: Una señora sola, de noche… Insistió, pidiéndonos albergue al menos hasta el día siguiente…

Giuditta: (Levantando las manos al cielo) Y por la noche…

Náccheri: Un disparo, amigo mío, que me hizo pegar un salto de a palmo sobre la cama. En el silencio de la casa…

Roghi: ¿Apuntó al vientre?

Don Camillo: ¡Qué va! Al corazón había querido apuntar…

Náccheri: ¡Eso lo supones tú!

Don Camillo: ¡Claro que sí! Manos de mujer, ¿comprende usted? Al apretar el gatillo, el cañón se inclinó. Se hirió en el vientre.

Giuditta: Acudimos todos. La pobre…, sobre la cama…

Náccheri: ¡La pobre…, sí, claro!

Roghi: ¡Vamos, en aquel estado…!

Don Camillo: Blanca como un papel, sonreía como para pedirnos perdón y decía que no era nada. Ésta salió en busca de un médico… (Señala a Giuditta)

Roghi: ¿Del doctor Baila?

Don Camillo: Sí. ¿Sabe usted cómo es?

Roghi: ¡Que si lo sé…! ¡Está dejando que mi pobre hijita se acabe…!

Don Camillo: Y también aquí dijo, en efecto, que no había nada que hacer; cuando, en cambio, una vez hubo venido el profesor, se vio que de operarla a tiempo no hubiera habido peligro; mientras que, cuando la operó él, el marido; cuatro días después, había ya infección, estaba casi agonizante, era un caso ya desesperado.

Giuditta: ¡Y aquel loco que no quería! ¡No quería…!

Roghi: ¿Ah, sí…? ¿El amante? ¡Vaya! ¿No quería que el marido la operase?

Don Camillo: ¡Qué va! ¡La que armó! Quería llevársela en brazos, tal como estaba, moribunda, para que no pudiese tocarla…

Roghi: ¡Qué horror!

Don Camillo: Porque decía que si el marido la salvaba estaba perdida para él.

Giuditta: ¡Y prefería que se muriese!

Roghi: ¿Y el marido? ¿Cómo pudo soportar su presencia, junto a su mujer?

Don Camillo: ¡La tomó conmigo!

Náccheri: ¡Qué gusto!

Don Camillo: ¡Ya! ¡Como si yo no hubiese hecho todo lo posible para que se marchara antes de que él llegase! ¡No hubo manera! No quiso marcharse ni siquiera cuando llegó el profesor, que, al fin y al cabo, era el marido.

En este momento Giuditta saldrá de nuevo a ver si se ven llegar los coches de regreso.

Náccheri: ¡Y cómo le hizo frente! ¡Había que verle!

Roghi: ¿De veras?

Don Camillo: Con el pretexto, ¿comprende usted?, de que delante de la muerte no hay celos que valgan y que el marido no podía meterse con él después de trece años, y de todo lo que había pasado. ¡Tuvo que venir la policía a sacarle de allí!

Giuditta: (Desde el rellano de la escalera del fondo, anunciando:) ¡Aquí están los coches! ¡Ya regresan!

Náccheri acude contoneándose patosamente.

Don Camillo: ¡Por fin!

Giuditta: (Con un grito de espanto) ¡Oh, Dios mío! ¡Pero si es él! ¡Él que viene de nuevo!

Roghi: ¿Quién?

Don Camillo: ¿El loco? ¿Viene de nuevo?

Náccheri: ¡Él, sí, él, él! ¡Volvemos a empezar otra vez!

Don Camillo: ¡Cómo! ¿Y qué querrá ahora?

Giuditta: (Retirándose, asustada) ¡Viene corriendo! Ha saltado por el muro de la huerta.

Roghi: ¡Vaya desfachatez!

Don Camillo: ¡Y de nuevo en ausencia del profesor! Se lo encontrará aquí entre pies.

Náccheri: ¡Y qué contento viene! Hace unos ademanes… Así… Así… (Agita los brazos en el aire)

Don Camillo: ¡Ayúdenos, querido Roghi! ¡No hay que dejar que vea a la señora…! ¡Vámonos, vámonos todos allí! (Señala el vestíbulo exterior y sale empujando a todos los demás) Cerremos esta puerta. Cerremos esta puerta…

Vuelve a cerrar la puerta de cristales, saliendo con Roghi, Náccheri y Giuditta.

Casi en el mismo momento se abre la puerta de la derecha y aparece Fulvia Gelli, vacilante, asustada, palidísima, como una persona que acaba de ser arrancada a las garras de la muerte. Hay aún en sus ojos algo hosco, sombrío. Tiene el rostro endurecido, petrificado, y hay en él una especie de desesperación triste e indiferente a todo. Habiendo venido a Valdichiana solamente a morir, y hallándose, al levantarse ahora del lecho, desprovista de todo, se ha puesto, a falta de otra cosa, su traje de aventurera y de perdida, que contrasta violentamente con la expresión de su rostro. Contrasta aún más con esa expresión el magnífico y abundante cabello que lleva en desorden, descaradamente teñido de un color rojo encendido que enmarca en una llamarada fulgurante el rostro desesperado.

No ha tenido fuerzas para abrocharse el traje sobre el pecho, que está casi al descubierto y aparece provocativo, aunque involuntariamente, porque hay en ella un evidente desdén y un verdadero odio íntimo hacia su bella persona, como si fuese algo que desde hace tiempo ya no le pertenece y no supiese siquiera cómo es, no habiendo nunca compartido el placer que los demás han encontrado en ella y no habiendo hallado, por el contrario, sino hastío en su vida anterior. 

Avanza algunos pasos por la sala en dirección a la puerta de cristales cerrada, a través de la cual llegan las voces apagadas de las dos mujeres, de don Camillo y de Roghi, que tratan de cerrar el paso a Marco Mauri. En un momento dado, sin embargo, éste, escapando a todos con gesto violento, irrumpe en la estancia abriendo de par en par la puerta y se precipita sobre Fulvia (a quien él llama Flora), abrazándola, estrechándola frenéticamente contra su pecho. Tiene unos cuarenta años, es moreno, flaco, con ojos luminosos y huidizos, de loco; casi alegres, sin embargo, en su feroz exageración, alegres y elocuentes. Su cabello es negro y abundante, pero ya en parte gris, peinado con raya en medio. Sus cejas, sumamente pobladas. Habla y gesticula con aquella especie de teatralidad propia de las pasiones exaltadas; teatralidad ardiente y sincera, pero que, por momentos, parece darse cuenta de sí misma y manifiesta entonces sus remordimientos, con gestos iracundos o adoptando improvisadamente, casi como una compensación, tonos confidenciales, que producen, por contraste y sin transición, un curiosísimo efecto.

Fulvia, al principio, trata de rechazar, casi con odio, el abrazo; después, subyugada, sofocada por aquel frenesí, en el extravío de la debilidad que el mal reciente le ha dejado, cede y se abandona como una muerta en sus brazos.

Mauri: (Escapando al grupo y abriendo la puerta) ¡Fuera de aquí todos, os digo!

(Precipitándose sobre Fulvia y abrazándola) ¡Flora! ¡Flora mía! ¡Flora! ¡Flora! ¡Libre! ¡Estoy libre! ¡Vuelvo a ti libre…! ¡Me he liberado de todo y de todos!

(Notando que ella se abandona en sus brazos, desfalleciendo) ¡Flora mía!

A este grito, don Camillo, Roghi, Náccheri y Giuditta, que han entrado en la sala detrás de Mauri y que, aturdidos ante aquella violencia, han quedado asustados y suspensos mirando el frenético abrazo, acuden apresuradamente, amenazadores, gritando todos a la vez.

Roghi: ¡Pero no ve usted, por Dios, que no se sostiene en pie!

Don Camillo: ¿Qué violencias son éstas?

Giuditta: ¡Se ha desmayado! ¡Se ha desmayado!

Mauri: ¿Desmayado? ¡No…! ¡Flora! ¡Flora!

Don Camillo: (Agresivo) ¡Vamos, déjela! ¡Déjela y salga inmediatamente de aquí!

Mauri: (Sin escucharle, sosteniendo a Flora) ¡Flora mía…! Flora… Flora…

Don Camillo: (A las mujeres) Pero… ¡quitádsela de las manos!

Giuditta y Náccheri avanzan un paso.

Mauri: (Gritando, amenazador) ¡Que nadie me la toque!

Don Camillo: ¡No pertenece a usted!

Mauri: ¡Sí, me pertenece! ¡A mí solo!

Don Camillo: ¡No, señor! ¡No, señor! ¡Está aquí el marido!

Mauri: ¡Pues que venga! ¿Dónde está…? ¡Que me la arranque de los brazos, si se atreve!

Roghi: (Viendo a Fulvia en los brazos de Mauri, tan desfallecida que está a punto de caer) Pero ¡tiéndala aquí, por lo menos, de momento! ¡En nombre de Dios! (Señala el canapé)

Giuditta: (Corriendo a ayudarle a transportar a Fulvia) ¡Venga, venga, yo le ayudo…!

Mauri: (Transportando a Fulvia sobre el canapé) ¡Les digo que no es nada! Ahora volverá en sí…

Giuditta: Voy a buscar las sales…

Sale corriendo por la puerta de la izquierda y regresa al poco rato.

Náccheri: (A su cuñado) ¿Pero quién eres tú, aquí? ¿Eres el dueño, sí o no?

Roghi: (A don Camillo) ¡Esta es su casa al fin y al cabo!

Mauri: (Alzándose súbitamente, con los ojos saliéndose de sus órbitas, grita, recalcando sílaba por sílaba:) ¡No, señor! ¡Hotel!

Don Camillo: (Encarándose con él) ¿Eh? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quién le ha dicho que esto es un hotel? ¿Dónde está escrito?

Mauri: Allí, sobre la puerta: «Pensión Zonchi»…

Don Camillo: ¡Sí, señor…, pero en verano! Ahora no es época, ¿comprende? ¡Es mi casa y recibo en ella a quien me place y me parece!

Mauri: (Gritando) ¡No chille así!

Don Camillo: (Extrañado, casi sorprendido) ¿Eh, soy yo el que chilla?

Mauri: Además, es inútil. No me voy.

Don Camillo: Usted se marchará, se marchará, porque…

Náccheri: (Interviniendo y terminando la frase) …¡porque ésta no es su casa!

Don Camillo: (Continuando) …y no tiene nada que hacer aquí, ¿comprende?

Mauri, por toda respuesta, al ver a Giuditta regresar con las sales, se inclina sobre Fulvia para hacérselas respirar.

Mauri: (A Giuditta) ¡Déme…! ¡Déme…!

Don Camillo: (A Roghi, indicándoselo) ¿Ve cómo entiende cuando quiere?

Mauri: (Inclinado sobre Fulvia) ¡Flora mía, estoy aquí…! ¡Vamos! ¡Vamos! Estás salvada, curada… Y yo libre…, ¡libre!, ¿comprendes? ¡Y ahora te voy a llevar conmigo!

Don Camillo: (Avanzando un paso, resuelto) ¡Ah, no!, ¿sabe usted? ¡De esto puede estar seguro! ¡Usted no se lleva a nadie!

Mauri: ¿Me lo impedirá usted?

Roghi: (Avanzando) Podría, en rigor, impedírselo yo también…

Don Camillo: ¡No, no, querido Roghi, ya lo hará el marido, que estará aquí dentro de un momento!

Mauri: ¡Y yo he venido para hablar con él…!

Don Camillo: Le echaré otra vez de aquí.

Mauri: ¡Me gustaría verlo! ¡No se había querido matar por él, esta mujer! ¡Por mí, por mí se había querido matar! ¡Y yo, por ella… yo, Marco Mauri… he abandonado mi cargo, a mi familia, a mi mujer y a mis hijos!

(Mirando a todos, en mirada circular; después, decidido, a Roghi) Vea si es posible que alguien me separe ahora de ella…

Don Camillo: (Viendo que Fulvia, socorrida por Giuditta, empieza a volver en sí y mira, como extraviada) Ella misma lo hará… sí, ella misma, la señora…

Mauri: (Volviéndose súbitamente y acercándose a ella) ¿Tú, Flora? ¿Me rechazas tú también?

Fulvia levanta una mano para mantenerle alejado y se vuelve hacia Don Camillo, aún aturdida, pero de nuevo sombría.

Don Camillo: Le ruego que crea, señora, que ha entrado a la fuerza, aprovechando la ausencia del profesor.

Fulvia: (Levantándose) ¿Qué quiere… usted, todavía de mí?

Don Camillo: ¡Eso es! ¡Eso es! ¡Tal como yo le he dicho!

Mauri: (Casi trastornado) ¡Flora…! ¡Dios mío…! ¿Me tratas de usted?

Fulvia: (Con sequedad) ¡Pero si casi no le conozco!

Don Camillo: ¡Y usted la ha engañado, a esta señora! ¡Lo sé!

Mauri: (Violentísimo) ¡Cállese usted!

Don Camillo: ¡La ha engañado! ¡La ha engañado! ¡Me lo ha dicho ella!

Mauri: (A Fulvia) ¡Cómo! ¿Apenas me conoces? ¿A mí, Flora? ¿A mí, que te he dado toda mi vida?

Fulvia: (Con náuseas) ¡Acabe ya de una vez de hablar en este tono!

Mauri: (Como antes, desfalleciendo) ¡Ah, Dios mío! ¿Cómo hablo…? Si eres tú, Flora…

Fulvia: Yo no me llamo Flora.

Mauri: ¡Fulvia, sí, Fulvia, lo sé! ¡Pero tú misma quisiste que te llamase Flora…!

Fulvia: (Con crudeza desdeñosa) ¿Y va a decir también delante de estos señores en qué circunstancias ocurrió eso?

Mauri: (Herido) ¡No…! ¿Yo…? ¡Ah…! Entonces, ¿es verdad que me desprecias?

Fulvia: (Volviendo a sentarse, absorta, concentrada en sí misma, murmura, con sequedad) Yo no desprecio a nadie.

Mauri: (Insistiendo) ¿Es porque te engañé?

Fulvia: (Exasperada) ¡Le digo que no!

Mauri: (Volviéndose hacia Don Camillo) ¿Me lo echa en cara? ¡Pero si yo mismo grité aquí, delante de todos, que llevaba dentro de mí el dolor de un doble remordimiento! ¡Incluso lo grité delante de tu marido! ¡Todos éstos son testigos de ello! ¡Díganlo, digan si no le grité que era un impostor! ¡Impostor, sí, impostor! ¡Porque había «venido a perdonar»! ¡Él… a perdonar! ¡Cuando hubiera debido caer de rodillas delante de ti y pedirte perdón! ¡Como yo! ¡Como yo! ¡Así! (Cae delante de ella de rodillas y grita:) ¡Porque a esta mujer la hemos engañado todos!

Fulvia: (Se incorpora para sentarse, lentamente, y dice con desesperada fatiga) ¡Dios mío, todavía esta comedia…! ¡Qué asco!

Mauri: (Como si se viese con los ojos de ella; de rodillas, sin conseguir todavía levantarse) ¡Ah, sí, asco, tienes razón! ¡Me veo, me doy cuenta yo mismo…!

(Se cubre el rostro con las manos y dice, llorando:) Pero no soy yo, es mi pasión, Flora… No soy yo quien grita, es ella. Me da asco de mí mismo al oírme gritar así, pero no puedo evitarlo. ¡No quisiera gritar y grito!

(Se levanta al fin resueltamente, como si de improviso, a la fuerza, reaccionase) He venido aquí para demostrarte que, a pesar de todo, no te he mentido, ¿sabes? Te dije la verdad, lo que era la verdad para mí; porque… en toda mi vida he tenido nunca a nadie que fuese verdaderamente mío, excepto a ti… ¡y, por pocos días…! Veinte… ¿cuántos fueron? Sólo veinte, en toda una vida…

Fulvia: Sí, está bien. Veinte y ya han terminado. Por lo tanto, basta ya.

Mauri: ¡No! ¿Cómo, basta? ¡No…! ¿Ahora, que ha terminado precisamente el engaño?

Fulvia: Pero, ¿qué engaño? ¿De qué engaño me habla?

Mauri: ¡Del mío! ¡Del que te hice…! ¡Ha terminado… terminado! ¡Me he liberado! ¡Ahora soy libre!

Fulvia: (Fijando en él una mirada hosca, como si empezase sólo ahora a prestarle atención, por alguna idea que se maduraba dentro) ¿De qué es libre?

Mauri: ¡De disponer de mí mismo! ¡Lo he abandonado todo! He dimitido mi cargo. Y mi mujer, ¿sabes?, me ha abierto ella misma la puerta… «¡Vete…» me ha dicho.

Náccheri: ¡Qué escándalo!

Mauri: (Volviéndose hacia ella, rápido) ¡No me ha querido nunca! ¡No ha sabido nunca qué hacer de mí! Vive por sus propios medios; es rica; posee casas y bienes… Sólo por un malvado instinto fue a encontrarla… (señala a Fulvia) allá, en Perugia, y le dijo…

(se vuelve hacia Fulvia, que se ha sentado de nuevo, como ausente, siempre absorta en sus pensamientos) ¿Qué te dijo? ¿Qué te dijo…? ¡Aún no lo sé!

(Y viendo que Fulvia no responde, prosigue, dirigiéndose a los demás) Quizá ella, ¿comprenden?, con la ilusión de devolver la paz a una familia, vino aquí decidida a quitarse de en medio.

(Acercándose nuevamente a Fulvia, alegre, lanzándose a decirle una cosa que en un momento dado no le parece tan fácil de decir; sin embargo, la dice, dándose ánimos, con una osadía que da un poco de pena y un poco de risa) ¡Pero ahora el engaño ha terminado! ¡Figúrate que… sí, sí, no me da vergüenza decirlo… ella misma, con sus manos, me dio… un poco de dinero para que me marchase…!

Fulvia: (Levantando la cabeza, rápida, para impedir que los otros se extrañen) ¿Y después?

Mauri: (Aturdido por la inesperada pregunta) ¿Después? ¿Qué quieres decir?

Fulvia: ¿Qué hará después?

Mauri: ¿Qué haré…? ¡Oh…! ¿No ves que si te tengo a ti, lo tengo todo? ¡Haré cualquier cosa! Empezaré a dar conciertos… Puedo hacerlo… no en las grandes ciudades, se entiende…

Fulvia: (Fría y extrañamente, levantándose) Todo esto, me hará el favor de decírselo a él, en cuanto esté de regreso.

Mauri: (Con júbilo impetuoso, mientras los otros permanecen atónitos) ¿Yo? ¿A él? ¿Quieres que le diga todo esto?

Fulvia: (Para cortar en seco, más fría que nunca, volviéndose hacia Don Camillo) Debería estar aquí ya…

Don Camillo: Sí, no sé… este retraso…

Mauri: ¡Y alegremente!, ¿sabes?, ¡se lo diré alegremente…! Y ahora que tú… ¡Soy feliz!

Fulvia: (Fastidiada) ¡Por favor… por favor…!

Mauri: ¡Pero no he sido nunca yo, Flora! Tú, en cambio… debes convenir en ello… ¡Has sido tú quien ha querido tomar la cosa en serio! ¡Hacer esto que has hecho…! ¡Vamos…! ¡Por aquel viejo camello!

Roghi: (Sin poder contener la risa) ¡Vaya!

Náccheri: (Al mismo tiempo, gargarizando) ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¿Su mujer, un camello?

Don Camillo: (Al mismo tiempo) ¿No se lo digo yo, que está loco?

Mauri: (Con perfecta seriedad) Un camello viejo, se lo aseguro, señores. Tiene nueve años más que yo. Es huraña, pueblerina… Ella la ha visto.

(Indicando a Fulvia) Me casé con ella porque tenía piano.

Náccheri: (Como antes, más fuerte, sin poder contenerse) ¡Ja, ja, ja, ja! (La risa se contagia a Roghi y a Giuditta)

Mauri: (Como antes, pero un poco irritado) Permita que le diga, señora, que todo esto no tiene nada de risible.

Roghi: (Siempre riendo) ¡Cómo que no! ¡Tenga un poco de paciencia!

Mauri: Porque no comprenden ustedes lo que significa caer a los veinticinco años, lleno de ilusiones, en un poblado de mala muerte, más pequeño, más feo, con perdón, que éste suyo, y vegetar en él durante cuatro, cinco, diez eternos años…, haciendo de juez.

Roghi: (A Don Camillo) ¡Ah, entonces, es de veras juez!

Don Camillo: (Con convicción) ¡Está loco!

Mauri: (Súbitamente serio) He dimitido. ¡Una vida como no pueden imaginar! Una vida como ninguno de ustedes, que se consumen aquí, puede conocer. Ni siquiera tú, Flora, que, no obstante, has conocido todos los horrores de la vida. Pero, Dios mío… ¡son horrores, por lo menos! No una vida hecha de nada. ¡De nada! ¡Todo eran sombras! ¡Silencio de un tiempo que no pasa nunca! No había ni agua para beber. Agua de cisterna, amarga, fangosa… ¡Pero esto no era aún nada! ¡Aquel silencio! ¡Aquel silencio! Figúrense que se notaba hasta un soplo de aire cuando sacudía la cuerda del pozo, allá abajo, en la plaza y la polea chirriaba; mientras que dentro de casa… ¡Ah, una mesa vieja, grasienta, polvorienta, llena de papeles judiciales… y una mosca que se pasea por encima de ellos! Y toda la vida allí, delante de aquella mosca que uno pasa horas y horas mirando… Pues bien, imaginen oír un día, en medio de aquel silencio, el sonido de un piano; el único del pueblo. ¡Corrí a verlo como una flecha! ¡Y sí, señores, me casé con aquella mujer, que tenía más años que yo y me parecía bellísima e inteligentísima, sólo porque tenía un piano! Porque yo he estudiado música, ¿comprenden? ¡No he estudiado nunca leyes! ¡Soy músico! Y aquella, aquella con quien me casé, me ha llamado siempre juez. ¡Sí, incluso los hijos me han llamado así! Cuatro, han crecido con ella, en el campo… Son… an-al-fa-betos. ¡También ellos, también ellos, me llaman juez, no me llaman nunca papá! ¡Como su madre, sí, señor! «¿Está en casa el juez?» «¡No, el juez está en el juzgado!» ¡El juez…! (Todos se echan a reír, menos Fulvia)

Roghi: (Entre risas) ¡Muy bueno! ¡Muy bueno!

Mauri: ¡Ríanse, sí, ríanse! ¡Quiero reírme yo también, ahora! ¡Me he liberado de todo, gracias, a Dios! ¡Con muchísimo gusto! ¡Sí, y con algunas caricias, además…! ¡Yo la habría destrozado, se lo aseguro!

Don Camillo: (Consternado, viendo aparecer por la puertecilla del huerto, en el fondo, a Silvio Gelli, que avanza hacia aquellas risas) ¡Oh, bendito sea Dios!

¡Aquí está, por fin, el señor profesor…!

Silvio Gelli es de alta estatura, cuenta unos cincuenta años, es huesudo, robusto y lleva lentes de oro. No tiene barba ni bigote. Es casi calvo en la parte superior de la cabeza, pero unos mechones de pelo, rubios y descoloridos, le caen sobre la frente y las sienes. De vez en cuando se los levanta y entonces permanece un momento con la mano en la cabeza, como si reflexionara, con gesto que le es habitual. Tiene el aire, entre aturdido y preocupado, del hombre que atraviesa una gran crisis de conciencia. Pero quiere disimularla. Para lo cual, con frecuencia permanece casi obtusamente impávido, los labios distendidos en una sonrisa fría y vana, expresión involuntaria de un no sé qué burlón que está en su naturaleza y que casi roza, sin que él se dé cuenta de ello, antiguas y malignas pasiones, todavía no apagadas en él, pero sí ya desde hace tiempo domeñadas. Si se hurga un poco en estas «ausencias» de obtusa inercia, que son en él como ambiguos arrestos de defensa moral, se turba y aquella sonrisa vana se convierte en una contraída mueca de dolor, como si tuviese necesidad de que el dolor fuese también físico y de poder sentirlo en sus huesos y en su carne. Después de estas contracciones su fisonomía vuelve a quedar en calma, o mejor dicho, aparece en ella una grave y cansada expresión de probidad, que quisiera mostrarse aparentemente serena, como alejadísima desde hace mucho tiempo de aquellas pasiones que acaban de alterar tempestuosamente su ánimo.

A su entrada, Fulvia se pone en pie con movimiento felino y en el mismo estado de ánimo que trece años antes la llevó a la perdición. Es aquél, posa ella, el momento de la prueba suprema. Y en todo su aspecto habrá, por lo tanto, la firme resolución de afrontar aquella prueba ya meditada y preparada oscuramente durante la escena precedente; la hará a costa de alguna crudeza, poniendo al desnudo, como una llaga viva, su conciencia y la de su marido, con la más brutal sinceridad, valiéndose incluso de la presencia de su alocado amante.

Silvio: (Notando la presencia de Mauri, jovial entre la hilaridad de los demás y el aire de reto de su mujer) ¿Ah, de nuevo aquí?

Mauri: (Interrumpiendo) Sí, señor. Y he venido para…

Fulvia: (Rápida, interrumpiendo, imperativa) ¡Déjeme hablar a mí!

(Al marido, escuetamente:) Sí, de nuevo aquí. Ruega a todos estos señores que nos dejen solos.

Don Camillo: ¡Oh, en seguida, señora! Quisiera tan sólo decir al señor profesor…

Fulvia: (Interrumpiendo de nuevo, para cortar) Que este señor ha entrado a la fuerza ¡Está bien!

Mauri: (A Don Camillo, señalando a Fulvia) ¡Pero si estamos ya de acuerdo!

Náccheri: (A su cuñado) ¡Si están de acuerdo! ¡Qué historias!

Silvio: (A Fulvia) ¿Le has llamado acaso tú?

Fulvia: No le he llamado yo. Ya hablaremos de esto.

Silvio: Oigo decir que hay un acuerdo.

Fulvia: ¡No hay ningún acuerdo! ¡No es verdad!

Mauri: Yo he venido por mi voluntad.

Fulvia: (Como antes) ¡Espere, para hablar!

Don Camillo: ¡Bueno, bueno! ¡Vámonos, vámonos! (Haciendo signo de salir a Roghi, la Náccheri y Giuditta)

Náccheri: (Volviéndose) Eso, eso. Pero digamos nosotros también al señor y a la señora, que nosotros, aquí…

Don Camillo: (Sobre ascuas) Pero, Marianna, ¿qué dices?

Náccheri: Digo que estamos a fines de abril, ¡eh!, y que en mayo, lo sabe usted muy bien, empiezan a venir los forasteros para las curas de aguas.

Silvio: Cuento, por mi parte, marcharme muy pronto, señora.

Náccheri: Espero que se acordará de ordenar a sus enfermos esa cura de aguas, señor profesor. Pero, ahora, nosotros tenemos todavía que poner en orden la pensión, compréndalo usted, y…

Don Camillo: Pero no quisiera que el señor profesor creyese…

Silvio: Ya sabe usted que tengo razones imperiosas para marcharme cuanto antes.

Roghi: Pero si no tuviese que marcharse hoy, señor profesor, yo quisiera…

Silvio: (Señalando a su mujer) Les ruego que…

Roghi: Sí, sí, desde luego, atienda a su comodidad, señor profesor… yo puedo esperar…; esperaré, volveré otro día…

Don Camillo: Retirémonos… retirémonos, ahora.

Empuja hacia fuera a Roghi, a la Náccheri y a Giuditta y sale el último, cerrando tras sí la puerta de cristales.

Fulvia: (Rápida, nerviosamente) Mira, Silvio. Este señor, a quien conozco apenas…

Mauri: (Ofendido, protestando) ¡Oh, no, Flora!

Fulvia: ¡Le he dicho que me deje hablar a mí!

Mauri: Sí, pero si dices estas cosas…

Fulvia: ¿Qué quiere que signifique, para una mujer como yo, conocer a alguien mucho o poco?

(Volviéndose hacia su marido) «Flora» . ¿has oído? ¡Me llama Flora!

Mauri: (En tono de reproche) ¡Fulvia!

Fulvia: (Precipitadamente) ¡No, no, Flora, Flora…! ¡Soy Flora! (De nuevo al marido) A mí se me llama pronto por el nombre y se me trata de tú.

Silvio: Yo quisiera saber cuanto antes, cómo y por qué, después de todo lo ocurrido… se encuentra de nuevo aquí este señor.

Fulvia: Eso es, sí… Este señor, Silvio, cree sinceramente que yo he querido matarme por él. ¡Y no es verdad!

Mauri: ¿Ah, no es verdad?

Fulvia: No, no es verdad. Lo he hecho por mí. Dígale cómo y dónde me ha conocido. Bastará para hacérselo comprender.

Silvio: ¡Pero yo no quiero saberlo!

Fulvia: Estaba detenida.

Mauri: (Protestando) ¡No! ¡Nada de eso! ¡Qué dices!

Fulvia: Sí. Con una citación del juzgado. Complicada en un vulgarísimo delito.

Mauri: (Como antes) ¡No lo crea! ¡No lo crea! ¡Fue absuelta libremente!

Silvio: ¡Le digo que no quiero saberlo!

Mauri: (Prosiguiendo con ardor) Vino solamente a declarar. ¡Lo sé muy bien! Fue en Perugia, fíjese bien, apenas un mes después de mi traslado allí. Yo estaba en el despacho del juez, mi colega. Fue en el proceso del asesinato de un tal Gamba.

Fulvia: Con el cual había ido a Perugia.

Mauri: Sí, un pintor…

Fulvia: ¿Un pintor? ¡Un miserable obrero de la fábrica de mosaico de Murano!

Mauri: Sí… había ido allí a restaurar no sé qué mosaico…

Fulvia: Un granuja que se emborrachaba todos los días.

Mauri: ¡Y le pegaba! ¡Le pegaba!

Fulvia: Fue encontrado muerto, una noche, en la calle, con la cabeza aplastada.

Silvio Gelli, con gesto de horror, se pasa la mano por la cabeza.

Mauri: (Viendo el gesto de Silvio Gelli) ¡Qué horror, eh! «¡Hasta donde había caído!», está pensando, ¿verdad? ¡Vamos, por favor…!

Fulvia: (Rápida, con energía) ¡No declame, como de costumbre!

Mauri: (Sin hacerle caso, prosiguiendo, pero en tono más bajo, dirigiéndose a Silvio) Usted se imagina que todo consiste en quitarse de encima, por primera vez, ante los ojos de todo el mundo, el hábito que nos ha impuesto la sociedad. Pruebe de hacerlo, usted que sonríe…

Silvio: Yo no sonrío.

Mauri: ¡Ha sonreído…! Pruebe, pruebe de robar una vez cinco liras y de ser descubierto en el momento de robarlas. ¡Ya sabrá usted decirme algo! Pero usted no roba… ¡Claro! Y esta desgraciada no hubiera hecho lo que hizo si usted, su marido…

Fulvia: (Cortando, con fiereza) ¡Basta! ¡Le prohibo que prosiga!

Silvio: (Con calma, lentamente) Yo he venido aquí…

Mauri: Para perdonar, ya lo sabemos…

Silvio: (Rápido, firme, grave) ¡No! Para reconocer mis antiguos errores para con esta mujer. No esperaba sin embargo que otros aquí, aparte de ella, pudiesen irrogarse el derecho de reprochármelos.

Mauri: (Rápido, retador) ¿Y reparar?

Fulvia: (Como antes) ¡Espere usted! ¡No sabe lo que está diciendo!

Mauri: ¡No, si digo reparar, Flora! ¡Y lo digo delante de él! Porque también yo tengo mis culpas contra ti. Tú me has perdonado, pero yo estoy aquí para reparar, para reparar…

Fulvia: (Con gesto de quien no quiere discutir) Sí, sí, está bien…; eso es…, quería decirte esto, Silvio… Él está dispuesto…

Mauri: (Insistiendo, retador) ¡A reparar, sí, a reparar!

Fulvia: (Exasperada, indignada, gritando) ¡No tiene usted que reparar nada si yo no le reconozco la falta de que quiere acusarse…! ¡Esta sí que es buena! Me ha mentido usted…, como tantos… ¿Qué quiere que me importe?

(Volviéndose de pronto hacia su marido) ¿Crees acaso que tienes algún deber hacia mí por haberme salvado? ¡No, ninguno, querido! ¡Gracias!

Silvio: (Sorprendido) ¡Cómo! Yo…

Fulvia: (Rápida, suplicante, pero en el tono de quien quiere razonar) ¿Has venido acaso aquí en calidad de médico para operarme?

Silvio: No.

Fulvia: (Como antes) Pero incluso operándome… cosa que sin embargo nadie te pidió que hicieses…

Mauri: ¡Yo me opuse! ¡Yo me opuse!

Fulvia: (Como antes, sin hacer caso a Mauri) Yo, en todo caso, no te lo pedí, ¿verdad?

Silvio: (Azorado, abrumado por aquella escena, no sabiendo a qué viene todo aquel interrogatorio) No, lo hice por…

Fulvia: (Súbitamente, acudiendo en su ayuda, con un brillo extraño en los ojos) Por algo irresistible, ¿no es verdad?

Silvio: Viéndote en aquel estado…

Fulvia: Estaba como muerta. Fue un milagro incluso para ti. ¡Si supieses cuánto creo ahora en los milagros…!

Silvio: ¿A qué conclusión quieres llegar, en resumen?

Fulvia: A ninguna. A esto. Que no debes creer tampoco tú tener para conmigo ningún deber por haberme… digamos «restituido a la vida», de esa manera. Ningún deber, ningún deber… ¡No los reconozco! ¡Ni de ti ni de nadie! ¡No quiero deberes ni reparaciones!

Silvio: ¿Y qué piensas hacer, entonces?

Mauri: Se viene conmigo.

Fulvia: Vedlo vosotros mismos… Puesto que me encuentro entre un deber que reconozco inexistente y un remordimiento que declaro imaginario…

Silvio: ¡Tú siempre serás la misma!

Fulvia: ¡Ah, esto sí! ¿Ves? ¡Esto sí, me produce un verdadero placer!

Que mi cabello pintado, que este rostro mío de ahora, no te impidan verme aún, frente a ti, la de antes…

Silvio: Así te veo ahora… en este momento… No te he visto así durante todos estos días.

Mauri: ¡Ahora estoy yo aquí!

Fulvia: (Rápida, volviéndose hacia él) ¡Usted no entra para nada en esto! ¡Ya le he dicho que se callase!

(Volviéndose de nuevo hacia su marido) ¿Me has visto como en otro tiempo? Por esto te has quedado… no sé… como suspenso…

Silvio: ¿Yo?

Fulvia: Sí, turbado, vacilante, arrepentido en tu interior… ¡estoy segura!

Silvio: Arrepentido, ¿de qué?

Fulvia: De haber hecho aquí, inconscientemente, más de lo que te habías propuesto.

Silvio: ¡No, no es verdad…! ¡No es por esto!

Fulvia: Y, en serio, ¿te crees muy cambiado?

Silvio: Podrías deducirlo del hecho de que me encuentres aquí.

Fulvia: ¡Ah…! No esperabas esto, al venir aquí, ¿verdad?

Silvio: No, esto no… ¡De veras! No hubiera venido.

Fulvia: (Rápida, con desprecio) ¡Entonces puedes marcharte!

Silvio: (Conteniéndose) Me refiero a… tener que verme ante ti, en estas circunstancias… (Señala a Mauri)

Mauri: ¡De usted, lo sé todo!, ¿sabe? ¡Todo!

Silvio: ¿Qué es lo que sabe? ¡Lo que le habrá dicho ella! Sólo mis errores. No de lo que he sufrido a causa de ellos.

Fulvia: ¿Has sufrido mucho?

Silvio: Mucho… Desde el momento que me han traído aquí… No me obligarás a confesarlo delante de un extraño.

Fulvia: ¡Ah, no, querido, eso no! Porque este extraño está aquí más por ti que por mí.

Mauri: Y para ella no soy un extraño. (Indica a Fulvia)

Silvio: (Respondiendo a su mujer) ¿Por mí? ¿Qué quieres decir?

Fulvia: ¡Oh! ¡De un gran profesor como eres ahora, nadie se lo imaginaría, ciertamente! Casi me cuesta a mí misma, decirlo. Pero estoy aquí… así… con éste al lado, o con otro… ¡vamos!, sabes muy bien que es por causa tuya… por ti, como eras antes. ¿Qué quieres? Yo sólo puedo acordarme de entonces… De cuando jugabas conmigo, que tenía apenas dieciocho años, como un gato con un ratón… por el placer de ver hasta dónde habría llegado… Ya lo ves, dónde he llegado. ¿Y tú has sufrido mucho? Me gustaría, por simple curiosidad, saber cómo.

Silvio: Ya te he dicho cómo.

Fulvia: No, perdona; me has dicho más bien que no aciertas a sufrir.

Silvio: Te he dicho… que no siento… ni sufrimiento: en mí, en ti… ¡Esto es lo que te he dicho!

Fulvia: ¡Ah, ya! ¡El vacío, vamos!

Silvio: Tú no puedes entenderlo. Hay ciertas cosas que no se explican.

Fulvia: ¿No has traído a nadie contigo? (Alude con esto a su hija, y su expresión se hace más sombría que nunca)

Silvio: Me consideraba incapaz de…

Fulvia: Indigno, ¿no?

Silvio: Incluso indigno. Porque he reconocido que habías huido de casa por culpa mía. Y por esto precisamente no he conseguido llenar el vacío que dejaste.

Fulvia: (Con desprecio) Pero, ¡puesto que dices que has sufrido por mí…!

Silvio: No, no como tú crees. Ni aún en este momento. ¡No! He sufrido por la vida, que es así…

Mauri: ¡Ah, esto es verdad! ¡Tiene razón! Yo también, ¿sabe usted?

Silvio: (Sin hacerle caso) Tú, aquí, te matas… otro, allá, enloquece… Hay quien cree razonar y no llega a ninguna conclusión…

Mauri: (Casi para sí mismo) ¡La vida es brutal! ¡Si lo sabré yo!

Silvio: (Como antes) Vengo aquí y me digo: «Se muere; quiere morir en paz; ve, ve, acude…» Y mi sentimiento se quiebra, al llegar, contra una realidad que no podía suponer.

Fulvia: ¿Qué quieres hacer, ahora?

Silvio: Me has arrojado a la cara, apenas he entrado, a este señor… No sé… Te veo decidida… no sé a qué.

Fulvia: (Con voz improvisa, como ante un inesperado descubrimiento) No sabes, querido, cuánta malicia tienes todavía en la mirada, cuando… como sin querer… miras a hurtadillas.

Silvio: (Asombrado) ¿Yo?

Fulvia: Tú, sí, tú.

Silvio: ¿Malicia?

Fulvia: ¡Malicia, malicia! ¡Me he dado perfectamente cuenta! Ahora, sí, ahora… cuando te has vuelto a mirar así… (Imita el modo de mirar)

Silvio: Eso es fastidio, quizá… o cansancio.

Fulvia: No. Es malicia, malicia. ¡La de antes! Incluso ahora tienes que adoptar delante de mí, forzosamente, una actitud estudiada. Esta u otra. ¡Todos los hombres la adoptáis! Pero olvidáis que las mujeres os han visto en ciertos momentos, cuando no la adoptáis. ¿Me explico? Y por esto se ríen luego para sus adentros, al ver la actitud de los hombres… O sienten despecho, o fastidio. Pero esto ahora no importa…

Silvio: ¿Quieres liberarme de todo deber hacia ti, para probar si de veras he cambiado o no?

Fulvia: No, no, no es por esto. Pero… ¿ves tu malicia, la malicia que te decía?

Silvio: ¡No, Fulvia, créeme! Lo que pasa es que no podría darte prueba alguna de esto, si fuera esto lo que quieres saber.

Fulvia: ¡Ni yo quiero esa prueba! ¿No comprendes que no quiero ahora ligarte a ninguna obligación? Yo soy ahora… la que soy. No quiero aprovecharme de tu venida, atándote a mí por la vida que me has devuelto. De esta vida mía de ahora, de lo que soy ahora, de todo lo que puede ocurrirme en adelante, no me importa nada… ¡absolutamente nada! Y tú serías muy tonto si te dejaras llevar de algún escrúpulo. Has venido aquí porque creías que no iba a sobrevivir. ¡Peor para mí, si no he muerto!

Mauri: (Con fuerza) ¡Pero estoy aquí yo, Flora!

Fulvia: (Con ligereza despreciativa, mostrándolo al marido) ¿Ves…? aquí lo tienes… está él… Quería decirte esto.

Mauri: ¡Yo…! ¡Yo, que soy todo tuyo!

Fulvia: (Casi aterrada) ¡Por caridad… no hable usted de amor!

(A su marido) Como te decía, está aquí, dispuesto a llevárseme con él de nuevo.

Mauri: ¡Sí, conmigo! ¡Y para siempre!

Fulvia: ¡Bravo, querido! Como dicen los novios.

Mauri: (Con fuerza) ¡No! ¡Como puedo decírtelo yo!

Fulvia: (Explicando, como antes, al marido) Ha dejado por mí a la esposa y a los hijos… Incluso su cargo… ¿no es verdad?

Mauri: ¡Todo!

Fulvia: ¡Y me ofrecerá una bellísima posición! Dará conciertos en provincias. ¡Lástima que la voz, con la vida que he llevado, se me haya enronquecido! Trabajaríamos juntos; él tocaría y yo cantaría. (Se echa a reír, con risa estridente)

Mauri: (Ofendido) ¿Te ríes de mí?

Fulvia: (Rápida) ¡No, no, creo en sus dotes de pianista!

Silvio: (Desdeñoso) ¡Vamos, vamos, todo esto es poco serio!

Fulvia: ¿Y te impresiona mucho? A mí, nada. En resumen, os ruego que ninguno de los dos os preocupéis por mí. ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Convengámoslo así por las buenas. He vivido así años enteros, querido, día tras día. He carecido de las cosas más necesarias; y el mañana incierto no me asusta ya. El destino puede gastar todos sus caprichos en mí… Soy cosa suya.

(Se acerca al marido y le hace un extraño guiño de mujer perdida) Incluso los tuyos…

Silvio: (Palideciendo) ¿Mis qué?

Fulvia: (Riendo, pero con una mezcla de llanto, en una convulsión que se irá haciendo cada vez más fuerte, para vencer la cual se atormentará diciendo de sí misma las cosas más crudas) ¡Pues… los que te pasaste, caprichos que tenías cuando yo era casi una chiquilla y me enseñabas cosas que parecían horribles!

Silvio: (Para hacerla reaccionar) ¡Fulvia!

Fulvia: Ahora han llegado a serme familiares.

Silvio: (Como antes) ¡Fulvia! ¡Fulvia!

Fulvia: ¡Oh, era algo digno de verse!

Silvio: ¿Quieres desgarrarte el corazón?

Fulvia: ¡Con tus manos! Se lo he hecho saber a él, ¿comprendes? Por esto suspira tanto por mí. (Súbitamente, recalcando las palabras, en el colmo de la excitación, grita tres veces:) ¡Qué asco! ¡Qué asco! ¡Qué asco! (Suelta una especie de relincho y añade, tras un largo estremecimiento de repulsión, agarrándose el cabello con las dos manos y escondiendo el rostro entre los brazos:) ¡Dios mío, qué asco! Silvio y Mauri se acercan a ella rápidamente, solícitos e impresionados, y mientras la excitación de Fulvia parece ir convirtiéndose en un temblor convulsivo, de frío, hablan al unísono, excitados a su vez:

Silvio: ¡No es posible seguir así!

Mauri: (Suplicante) Pero, ¡cómo, Flora! ¡Si te he considerado siempre una santa! ¡Una santa!

Fulvia: (De improvisto, levantándose, aún convulsa, pero de nuevo resuelta, poniendo las manos sobre los hombros de Mauri) ¡SÍ, es verdad! ¡Usted, sí! (Corrigiéndose súbitamente) ¡Tú, sí…! ¡Pero… por favor…, calla!

Mauri: (Feliz, intentando cogerle una mano para besarla) ¡Oh, Flora! ¡Gracias!

Fulvia: (Retirando súbitamente la mano, con asco) ¡No… no… no!

Mauri: Me bastará que sientas sólo… pena… esta pena que sientes ante mi amor, y nada más… ¡Nada! Es tan dulce, que me bastará…

Fulvia: (De prisa) ¡Sí, sí, está bien!

(Volviéndose al marido) Por lo tanto, será así. Me voy con él…

Puedes volver a marcharte, querido, con la conciencia tranquila por haber realizado una buena acción.

Silvio: (La mira con expresión de atroz sufrimiento; después, conteniéndose a duras penas, dice): Te ruego, Fulvia, que me saques de esta situación.

Fulvia: Te lo digo sinceramente, Silvio. El haber venido ha sido una buena acción. De la otra que has realizado, casi sin quererlo, y que no entraba seguramente en tus intenciones al venir aquí, aunque para mí se reduzca a un mal servicio, te digo en conciencia que no puedo ni quiero hacerte responsable; puedes, pues, volver a marcharte con la conciencia tranquila. Mejor dicho, espera… si quieres, (como no me queda nada mío) – ¿ves…? soy una mujer del todo vulgar – puedes darme un poco de dinero… como a él le dio su mujer…

Se echa a reír señalando a Mauri.

Mauri: (Fuera de sí) ¡No! ¡Nada de dinero! ¡No aceptes dinero de él, Flora!

Fulvia: ¡Estúpido! ¿No comprendes que no lo hago por nosotros? ¡Lo hago por él! Cuanto más da, mejor para él… Se ve tan claro que (recalcando con intención las palabras) a pesar de que yo haga toda clase de cosas… le queda un cierto remordimiento… Le propongo que lo liquide en dinero contante y sonante.

Silvio: (No pudiendo más, firmemente decidido) ¡Basta ya, Fulvia! ¡Tengo que hablar contigo!

Fulvia: (Con furor apenas contenido y tono de amenaza) ¡Ah, no, no! ¡No te arriesgues a hablarme de esto que leo en tus ojos!

Mauri: (Para sí, sonriendo levemente) De la hija… de la hija…

Silvio: ¡Y sin embargo, he de hablarte de ella!

Fulvia: ¡Ay de ti si lo haces! Pero ¿no ves que hace una hora que estoy cubriéndome de fango para impedirte hablarme de esto?

Silvio: ¿No quieres, pues, que te hable?

Fulvia: ¡No!

Silvio: ¡Me provocas!

Fulvia: ¡Si incluso has rehuido hablar de ella hace poco!

Silvio: Pero te hablo ahora.

Fulvia: Te desafío a hacerlo, estando tan decidida como estoy (pasa un brazo por el cuello de Mauri) a marcharme con él.

Silvio: Está bien. Me voy… Pero, fíjate bien, pierdes todo derecho a acusarme…

Fulvia: ¿Yo? (Volviéndose a Mauri) ¿Le he acusado de algo?

(A su marido) Te he alabado, te he dado las gracias…, te he dicho que te marchases tranquilo. Eres tú quien sigue aquí, impertérrito. Quieres hablar para encontrar unas excusas que no te pido.

Mauri: (Como antes) ¡Ah…, el espejo, el espejo!

Silvio: (Desafiante) ¿Qué espejo es ése?

Mauri: (Plácido, casi sonriente) Aquel, mi querido señor, que nosotros mismos nos ponemos delante sin saberlo. Nos lo encontramos delante; nos parece que nos habla otro y somos nosotros mismos… Lo sé muy bien.

Silvio: ¡Lo sabrá por usted!

Mauri: Y por ella también, por ella también…

Silvio: (A Fulvia) ¿Por qué me echas en cara un remordimiento que yo mismo te he declarado?

Fulvia: No, perdona: lo que quiero es quitártelo.

Silvio: ¿Y cómo? ¿«Cubriéndote de fango», como dices, para aumentármelo?

Fulvia: (Con otra voz, en tono de desesperada sinceridad, casi humillada, como si hubiese llegado al punto de no poder ya desempeñar su papel) ¡Dios mío!

He pasado tantos días aquí con él… y él mismo ha dicho… como la que yo era antes… con todo el corazón en suspenso… mi corazón de otros tiempos… de cuando estaba en mi casa… mi corazón de madre… ha estado todo estos días esperando que me hablase de la hija… diciéndome: «no te muevas… no te muevas…, ahora es bueno… ha venido… ahora te hablará, ahora te hablará de ella…»

Silvio: (Fuerte, vibrante, para cortar la emoción de Fulvia) ¡Pero si no podía hablarte de ella!

Fulvia: (Súbita, violenta, cambiando de tono también) ¿Y por qué quieres hablarme ahora?

Silvio: Precisamente para decirte por qué no te he hablado antes.

Fulvia: ¡Ahora no quiero saberlo! ¡Son motivos tuyos!

Silvio: ¡No, no es por mí! ¡Es por tu hija!

Fulvia: ¿Por causa de ella?

Silvio: ¡Únicamente a causa de ella!

Fulvia: Porque me cree muerta, es verdad… Lo sé. Es una vieja historia. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Se lo has dicho tú, que había muerto?

Silvio: No se lo he dicho yo…

Fulvia: ¿Lo ha creído sola y tú se lo has dejado creer…? Está bien. Basta. Lo suponía. ¿Quieres decir que te es imposible hacer el milagro de hacerme revivir también para ella?

Silvio: ¡Dime si lo crees, si lo ves posible! No hago más que pensar en esto desde hace un mes. Lo pensé en seguida, en cuanto vi la posibilidad de que te salvases. Tú esperabas que te hablase de ello. ¡Pues no te he hablado por esto! ¿Cómo hacerlo? ¡Dímelo tú! ¿Regresar a casa, ahora… así?

Fulvia: (Con horror) ¡No, no!

Silvio: (Prosiguiendo) ¿Cómo decirle dónde has estado todo este tiempo? ¿Y por qué se le ha dejado creer que estabas muerta sin estarlo?

Fulvia: ¡No es posible… no!

Silvio: Ya lo ves tú misma…

Fulvia: ¿Y crees que me importa? Si estuviese muerta de veras… ¡Pero no lo estoy! No lo digo por mí, fíjate bien. No sabes todavía, querido mío, la intensidad del milagro que has realizado… ¡Nunca lo hubiera imaginado! ¡He vuelto a ser, por un momento, como entonces…! Querido, si no puedes hacerme revivir para tu hija, ella puede, en cambio, revivir para mí.

Silvio: (Aturdido, consternado) ¿Qué dices? ¿Para ti? ¿Y cómo?

Fulvia: Ella… u otra… si la tengo ya en mí, para mí es la misma.

Silvio: ¡Fulvia…! ¿qué dices?

Mauri: Entonces… tú…

Fulvia: ¿Y por qué me ves tan indiferente a todo…? ¡Por esto…! ¿No ves que ya nada me importa?

Mauri: ¿Te has dejado volver a coger por él?

Silvio: (Abandonando ya toda angustia, toda duda, con ánimo firmísimamenle resuelto) ¡Ah… si es así… entonces…!

Fulvia: ¿Qué?

Mauri: (Casi para sí mismo) ¡Pero esto es una traición!

Silvio: Había ya pensado… antes de que dijeses esto… que había quizá un medio… uno solo… de repararlo todo.

Fulvia: ¿Qué medio? ¡Si me has matado para ella!

Silvio: ¡No…, lo hay… lo hay! Y ahora, sin más, es necesario que lo aceptes por muy duro que pueda ser para ti.

Fulvia: ¿Y se trata…?

Silvio: Vendrás conmigo.

Mauri: ¡No, Flora! ¡No lo hagas! ¡No lo hagas!

Silvio: ¡Pues lo hará!

Fulvia: (A Mauri, para tranquilizarle) ¡Espere!

(A su marido, con aire de reto) Contigo… ¿dónde?

Silvio: ¿Dónde? ¡A casa!

Fulvia: ¿Y en calidad de qué?

Silvio: (Súbito, con fuerza) ¡De esposa! ¡En calidad de esposa!

Fulvia: ¿Y qué pensará ella, que me cree muerta?

Silvio: Pues… sí, esto es duro… irreparable. Pero hay que superarlo de la única manera posible.

Fulvia: No comprendo como…

Silvio: ¡Pues que tú seas mi esposa, aunque en apariencia no puedas ser su madre!

Fulvia: ¿Esposa sin ser madre? ¡Ah, quieres decir otra esposa!

Mauri: (Rápido) ¡Es una barbaridad!

Fulvia: ¡Pero yo no soy otra!

Silvio: Es cierto. Será sólo en apariencia. Serás sin embargo, la madre.

Fulvia: ¿Y ella me creerá la madrastra?

Mauri: ¡No aceptes, Flora! ¡No aceptes! ¡Es una barbaridad!

Silvio: No hay otro remedio. Si esto es una barbaridad… ¿qué es mejor? ¿las condiciones que le ofrece usted?

Mauri: ¡Mejor! ¡Sí, son mejores! ¡Cien mil veces mejores! ¡El hambre, Flora… conmigo! ¡Piensa qué afrenta sería para ti que tu hija te creyera otra!

Silvio: Si puedes soportarlo…

Fulvia: (Súbitamente, con desprecio, pero reflexionando) ¡No es esto! ¡Yo lo soporto todo! Si la hija es mía… yo no soy otra… ¡soy su madre!

(Se levanta y como si sólo entonces empezase a comprender:) ¿Me tomarías, pues, de nuevo contigo?

Mauri: (Asombrado) ¿Aceptas?

Fulvia: (Sin hacerle caso, volviéndose a su marido, o, más bien, hablando casi para sí) Pero… ¿cómo…? ¡Ah, ya, el matrimonio existe…! No habría necesidad de nada…

Silvio: Es sólo para ella. Para guardar las apariencias.

Mauri: (Para sí mismo) ¡Ah, qué traición…! ¡Dejarse coger de nuevo!

Fulvia: (Como antes) Tiene ya dieciséis años… Es cierto, no puede conservar ningún recuerdo de mí…

Silvio: Tenía poco más de tres…

Fulvia: (De súbito, con desdén) ¡Cuándo me morí…!

(Cambiando de tono:) Pero… ¿y los demás? Pueden reconocerme…

Silvio: Donde vivo ahora, no. Casi en el campo. ¡Pero no importa! Nos iremos a otra parte.

Mauri: (Resuelto) Entonces, para mí, Flora, ¿todo ha terminado? ¡No es posible! ¿oyes? ¡No es posible!

Fulvia: (Reaccionando, fastidiada) ¿Qué quiere usted?

Mauri: (Terrible) ¿Cómo que qué quiero? ¿Y qué hago ahora yo? ¿Cómo me quedo sin ti?

Silvio: (Avanzando un poco) ¡Debería comprender que no es ya el momento de hablar así!

Mauri: (Como antes) ¡Yo he destrozado, destruido mi vida por ella!

Fulvia: (Interrumpiéndole, volviéndose hacia su marido) Deja, espera. Le hablaré yo…

Mauri: (Abrazándola, frenético) ¡No quiero saber nada! ¡Eres mía! ¡No te suelto más!

Silvio: (Acercándose para arrebatársela) ¡Ah…! ¿conque violencias?

Fulvia: (Retorciéndose) ¡Suélteme!

Mauri: (Como antes) ¡No te suelto! ¡No te suelto!

Fulvia: (Consiguiendo liberarse y rechazándolo) ¡Suélteme, le digo!

Silvio: ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡Vamos, fuera!

Mauri: (Rompiendo en desesperados sollozos) ¡Por piedad…, al menos!

Fulvia: (Vibrante) ¿Qué piedad pretende si había ya roto todo vínculo con usted?

Mauri: ¡Pero yo, no! ¡Pero yo, no!

Fulvia: Estas lágrimas están verdaderamente fuera de lugar aquí.

Mauri: Una vida tronchada… ¡Como si yo no fuese nadie…! Dice que estoy fuera de lugar aquí.

Cae sentado, como verdaderamente tronchado, siempre sollozando.

Silvio: ¡Vamos, vamos! ¡Basta!

Fulvia: (Haciendo una señal a Silvio y acercándose a Mauri) Un poco de caridad, un poco de caridad… ¡Hay que despedirse por las buenas…! ¡No por las malas!

Telón


Acto Segundo

Sala en la villa del doctor Silvio Gelli, cerca de uno de los pueblecillos que rodean el lago de Como. La sala es vasta, clara, bañada en el azul que tiene a su alrededor y que se funde con el verde. Mobiliario de tintas tenues, muy señorial, pero no nuevo, a fin de que Fulvia Gelli pueda reconocerlo como el mismo que trece años antes dejó en otra casa. En el fondo hay un mirador, desde el cual se baja al jardín. Dos puertas laterales a la derecha. La puerta de entrada, a la izquierda.

Han transcurrido desde el primer acto casi cuatro meses. Estamos en agosto.
Están en escena, al levantarse el telón, Fulvia, Betta, el ama de llaves, y el Viajante de comercio.

Fulvia luce todavía su cabello color de fuego, pero lo lleva recogido en un modesto peinado. No tiene ya la oscura palidez del primer acto; parece tranquilizada. La anciana ama de llaves Betta, tiene un ligero aire señorial; está con las otras dos personas cerca de una mesita y examina con sus impertinentes varios retales de telas blancas y de colores, (rosa, azul, lila) y unos encajes que el Viajante de comercio  ha sacado de una gran caja de hule con correa de cuero, puesta sobre una silla al lado de la mesita.

Viajante: Si la señora quisiera tomarse la molestia…

Fulvia: ¡No, no! No será ninguna molestia…

Viajante: Comprendo… perdón… para una madre… Pero será un poco largo, me permito hacérselo observar, preparar toda una canastilla de recién nacido.

Fulvia: ¡Oh, me servirá incluso para pasar el tiempo!

Viajante: Comprendo. Lo decía, porque tenemos tantas en la tienda ya preparadas y muy bonitas, una maravilla, ¿sabe usted?, haciendo juego… a punto… delicadísimas…

Fulvia: (A Betta, que examina un retal) ¿Qué le parece ésta?

Betta: ¡Ah, floja, floja…!

Viajante: ¡Es piel de ángel! Superfina. Se hacen de este tejido, ahora. O bien de nansouk.

Betta: (Haciendo un juego de palabras) Quizás sea nansú, pero es flojilla.

Viajante: (Ofendido) No, perdone, he dicho que ésta era piel de ángel.

Betta: Piel de ángel… pero floja.

Viajante: ¡Oh, no, eso no! Es suave, mórbida… ¡Caramba! Para las carnes tiernecitas de un recién nacido… ¡Pero es muy resistente! Se lo garantizo.

Fulvia: Lo será, lo será… Pero no es, de todos modos, lo que yo buscaba. Había en otros tiempos una tela suave, mórbida… ¡pero mucho más sólida!

Viajante: La señora se refiere sin duda al cambril…

Betta: ¡Ah, las antiguas muselinas…!

Fulvia: ¡No, no, cambril, no!

Viajante: ¿Batista de hilo? ¿Batista de algodón?

Fulvia: No sé. Quiero enseñársela… Hágame el favor, Betta, suba al primer piso. Livia conserva todavía en aquel viejo arcón…, ¿sabe cuál?

Betta: Lo sé.

Fulvia: Algunas piezas de su canastilla. Las he visto.

Betta: Voy. (Sale)

Fulvia: ¡No, espere! No le diga nada. Ruéguele que baje un momento.

Betta: Sí, señora. (Sale por la segunda puerta de la derecha)

Fulvia: ¡Verá, verá qué suavidad y qué solidez!

Viajante: Sí, pero una vez lavado, este nansouk, ¿sabe como se espesa? Y como suavidad crea que no hay nada que pueda compararse a esta piel de ángel.

Fulvia: De todos modos, quedamos de acuerdo para estas batistas de color, ¿verdad? Si hubiese un lila un poco más pálido…

Viajante: Sí, señora, lo tenemos en la tienda. Pero éste me parece que queda muy bien…

Fulvia: En cuanto a las valenciennes, no, francamente, no. No queda bien.

Viajante: ¡Ay… ya lo sé! Y es para llorar, crea. Las condiciones actuales del mercado…

Entra Livia por la segunda puerta a la derecha. Tiene un poco más de dieciséis años. Seria, rígida, se turba un poco cada vez que tiene que mirar cara a cara. Va vestida insólitamente de luto riguroso. Al principio Fulvia no se da cuenta de que ha entrado.

Livia: ¿Me has mandado llamar?

Fulvia: (Dando apenas la vuelta) ¡Ah, sí, Livia, ven! (Viéndola vestida de negro, sin moverse) ¡Oh! ¿Por qué vas así…?

Livia baja los ojos y no responde.

Fulvia: (Recordando, súbitamente) ¡Ah, ya… sí, sí… perdóname!

(Cambiando de idea, consecuente) Entonces nada, nada…

Livia: (Fría) ¿Qué querías?

Fulvia: No, nada. ¿Vas en seguida a la iglesia?

Livia: Dentro de poco. El párroco ha dicho que antes de las once no podía.

Fulvia: erminaréis tarde, entonces. Tres misas…

Livia: Yo quería dos.

Fulvia: (Rápida, en tono de reproche, pero suavemente; como herida) No, Livia. Esto es querer contrariar a papá. No digo que a mí también.

Livia: (Como antes) Yo quería que fuesen dos, precisamente para no contrariarte. (Dirá esto como si, bajo la apariencia de una benévola atención, no estuviese contenida una injuria para ella)

Fulvia: (Con amargura) ¿Qué quieres que me contraríe sino esto: que tú puedas pensarlo? Han sido tres misas cada año, serán tres misas éste también. ¿Papá irá contigo?

Livia: No sé si quiere venir.

Fulvia: Irá, irá, yo le diré que vaya. (Con intención) Estaba escogiendo las telas de la canastilla.

Livia: (Rígida, como si la cosa no tuviese nada que ver con ella) ¡Ah…!

Fulvia: (A quien no puede pasar inadvertida su actitud) Ve, ve, no necesitaba para nada tu ayuda.

(Y viendo que Livia se va sin contestar, salta irritada, cambiando de improviso de tono y de humor:) Quisiera que me dejases, al menos por un momento, la llave de aquel arcón donde está guardado lo que queda de tu canastilla.

Livia: Está bien. Te la mandaré.

Sale por la segunda puerta de la derecha.

Fulvia: (Al Viajante, que durante este tiempo habrá recogido y metido dentro de la caja todos los retales y encajes) Perdone…

Viajante: ¡Por favor, señora!

Fulvia: Para terminar, quedemos así: tomo el nansouk.

Viajante: ¡Ah, muy bien! Crea que ha elegido lo mejor, señora.

Fulvia: La cantidad que le he dicho.

Viajante: Muy bien. He tomado ya nota. Se lo mandaré hoy mismo. Mis respetos, señora…

Fulvia: Hasta la vista…

El Viajante, llevando la caja, sale por la puerta de salida; al mismo tiempo entra Betta por la segunda puerta de la derecha.

Fulvia: (Rápida, al verla, en tono irónico) Así, pues, ¿también usted hace decir una misa en sufragio de aquella alma bendita?

Betta: (Como vieja zorra) Perdone, señora. Es costumbre, ya. Cada año en este día… Perdóneme.

Fulvia: (Desdeñosa, severa) ¿Qué he de perdonarle?

Betta: Es que… quizás podría no haberse dicho nada a la señora…

Fulvia: ¿Entonces cree usted que hay algo malo en ello?

Betta: No, señora. Se hace por la pobre hijita…

Fulvia: ¿Ah, por ella? ¿Entonces no lo hace por usted ni por la dueña muerta?

Betta: Por mí también, sí, señora, y por la pobre señora muerta. Es costumbre, le digo.

Fulvia: ¿Cada año desde que murió?

Betta: Cada año, sí, señora. Una la hija, otra yo, otra el doctor.

Fulvia: ¿También Livia, desde entonces?

Betta: ¡Oh! ¡Ella, la primera!

Fulvia: ¡Ah! esto no, ¿ve usted? ¡No saca bien la cuenta, querida Betta! Livia tenía que ser muy pequeña y no podía pensar en hacer decir misas. A menos que fuese usted quien pensó por ella… o su padre…

Betta: (Algo turbada) Claro… es verdad. Debió ser su padre…

Fulvia: (Riendo) ¿Cómo fue, cómo fue este asunto? ¡Usted debe recordarlo, porque ha estado siempre aquí…! ¿Verdad que murió en sus brazos, la señora?

Silvio Gelli, que ha estado en la habitación contigua hablando con Livia, entra en aquel momento por la primera puerta de la derecha, oye las últimas palabras de Fulvia y, rápidamente, consternado, temiendo que esté a punto de revelar el secreto, la llama.

Silvio: ¡Fulvia! (Pero en el acto queda turbado, traicionado por el primer impulso, que ha hecho venir a sus labios el nombre verdadero)

Fulvia: (Dando rápidamente la vuelta, remedando, con alegría maligna) ¿A quién llamas? ¿A Fulvia? ¡Oh, bendito sea Dios! Comprendo que hoy es el aniversario; pero que tengas que pensar en ello hasta el punto de llamarme con «su» nombre…

Silvio: Perdóname… tienes razón…

Fulvia: ¡De nada, querido! Es natural. Los nombres que vienen después, se olvidan… Me llaman Flora, ¿sabe usted, Betta? Es un nombre feo de verdad, de perra. Él me ha llamado siempre Francesca, mi segundo nombre. (A su marido) Tienes que recordarlo, querido… (Le mira, lo ve consternado, suspenso) ¿Qué le pasa? He tratado de remediar, con buena gracia, me parece, tu indiscreción.

Silvio: (Un poco irritado, dándole a comprender que su irritación no es por esto) Bien, está bien… Pero…

Fulvia: (Comprendiendo) Nada, hablábamos de las tres misas de hoy…

(A Betta) ¿No le ha dado nada Livia para mí?

Silvio: (Rápido) Precisamente venía por esto.

Fulvia: (Turbándose, excitándose) ¿No me quiere dar la llave del arcón?

Silvio: (A Betta) Váyase, Betta, váyase. Creo que Livia la necesita.

Fulvia: Quizás está llorando porque se la he pedido.

Silvio: (A Betta, que no se decide a marcharse) ¡Váyase, le digo!

Betta sale por la segunda derecha.

Fulvia: (Lanzándose al ataque, con desdén) ¡Esto, no! ¿Me oyes?

Silvio: ¡Déjame decir!

Fulvia: Al ver que sufría he hecho transportar yo misma a su habitación, los antiguos muebles de nuestro dormitorio y le he entregado las llaves.

Silvio: Sí. Es verdad.

Fulvia: (Prosiguiendo con ardor cada vez más apasionado) ¡Y, si supieras, necesitaba tanto, tanto, verme rodeada de aquellos muebles!

Silvio: Pero tienes que pensar…

Fulvia: (Rápida, con voz fuerte) ¡Pienso en todo! Pero esto no, Dios mío… La hice yo, con mis propias manos, aquella canastilla, antes de que naciese…

Silvio: ¡Sí, sí!

Fulvia: ¿Recuerdas que no querías? ¡Me arrancabas la ropita de las manos! Volverla a encontrar junto con mis vestidos de entonces fue para mí… ¡Ah, Dios mío, no sé cómo decirlo…! Hundí allí mi rostro; respiré mi pureza de entonces; la sentí viva en mí, aquí, en la garganta, como un sabor extraño… Lloré y me lavé con aquello toda el alma… (Recalcando las palabras) Bien; se lo he dado; me lo he arrancado yo misma de mí…

Silvio: Pero comprende…

Fulvia: (Pronta, como antes) ¡Comprendo! ¡Comprendo! Pero estaba aquí el viajante, quería mostrarle la tela de aquellas camisitas. ¿Qué hay de mal en ello? ¿No me estaba permitido?

Silvio: ¡No se trata de eso!

Fulvia: ¿De qué entonces? ¿Porque las ha llevado ella no quiere que las haga iguales, ahora, para esta otra?

(Turbada, amenazadora) ¡Fíjate en lo que te digo! Como esposa… está bien… ahora represento aquí a otra… que piense de mí lo que quiera. Pero como madre, no, ¿sabes? ¡Como madre debe respetarme!

Silvio: ¡Ya te respeta…!

Fulvia: ¡No digo madre suya, digo madre de la que vendrá! ¡Ten en cuenta lo que te digo! La defiendo porque no tengo aquí otra cosa que me haga sentirme todavía viva.

Silvio: No te excites así, por favor…

Fulvia: No me excito, no. ¡Hay que ver lo que has sabido hacer para matarme…!

(Pausa. Después, despacio, moviendo la cabeza:) ¡Fijar incluso el día de mi muerte…!

Silvio: ¡Oh, no…! Me lo preguntó, un día…

Fulvia: Y tú, en seguida, fijaste la fecha… Y celebráis desde entonces tres misas… Di la verdad; debes haber sido también tú quien ordenaste a aquella vieja marmota…

Silvio: ¡Y dale! ¡Te lo he dicho! A fuerza de repetirlo… acaso para conquistarse una mayor benevolencia por parte de Livia… es fácil que aquella imbécil lo crea también, al final…

Fulvia: ¿Haberme tenido muerta en sus brazos?

(Se echa a reír) ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Hasta el punto de hacerme celebrar, ella también, una misa en sufragio de mi alma…!

Silvio: Esto de las misas fue idea de Livia. Me lo pidió una vez; no creí poder negárselo.

Fulvia: ¡Pero si la has acompañado siempre a la iglesia!

Silvio: Para complacerla.

Fulvia: ¡Irás hoy también!

Silvio: No voy.

Fulvia: ¡Quiero que vayas!

Silvio: ¡No voy! ¡No voy!

Fulvia: No me prives de este espectáculo que, por lo menos, vamos… es de risa. Un espectáculo póstumo… ¡en obsequio mío!

(Destacando) Le he dicho ya a Livia que irás.

Silvio: Y yo acabo de decirle que no voy.

Fulvia: ¿Lo haces exprofeso, entonces?

Silvio: ¿El qué?

Fulvia: ¿Para hacerme odiar más?

Silvio: Debe comprender ella misma, y en realidad lo comprende, que ahora es una consideración…

Fulvia: (Rápida, echándose a reír alegremente) ¿Qué debes tenerme? ¡Ja, ja, ja!

Silvio: Te sienta bien, reír…

Fulvia: ¡Sí, querido! ¡Es mejor que me lo tome a risa!

(Sigue riendo) Porque tú mismo te sientes ridículo, vestido de negro, compungido, yendo a misa por mí, que estoy viva… aquí…

(Se ríe de nuevo) y que te he puesto cuernos…

Silvio: No lo he hecho por mí…

Fulvia: (Recalcando, con voz cambiada) Perdona, ¿me debes ahora consideración?

Silvio: ¿Ahora? ¿Por qué?

Fulvia: Porque todo se vuelve contra mí.

Silvio: (Fuerte, con convicción) ¡Yo siempre he creído respetarte, aquí!

Fulvia: (Rápida) ¿A mí? ¡No, querido! ¿Y tu impostura?

Silvio: (Grave y serio) Te ruego que creas en mi sinceridad…

Fulvia: ¡Creo en ella, oh, sí, creo en ella! ¡Y lo que es horrible en ti es esto, precisamente; la sinceridad de tu impostura; esta… ¡vamos, vamos, no me hagas hablar!

Silvio: ¡Sí, di, habla!

Fulvia: (Recalcando, con otro tono de voz) ¿Quieres hacerme de veras algún bien?

Silvio: (Sorprendido por lo que le parece una imprevista digresión) ¿Cómo? ¡Claro que sí!

Fulvia: (Fríamente) ¡No tengas entonces la menor consideración hacia mí!

Silvio: ¿Qué dices?

Fulvia: Digo que me trates como…, como a un perro de la calle que te ha seguido, que se ha pegado a tus talones…

Silvio: ¡Vaya! ¡Bonito sería!

Fulvia: (Como antes, casi como si hablase de otra) ¡Así, así…! No pudiendo alejarle de ti, resignado a la fuerza, has tenido que traértelo a casa. Si Livia pudiese llegar a creer esto, quizás, viéndome tratada así, despreciada, humillada, mientras que yo seguiría siendo humilde, dócil…

Silvio: ¡Pero esto no es posible!

Fulvia: ¡No, ahora, no, gracias, lo sé! ¡Has hecho todo lo contrario de lo que hubiera querido! Hay aquí un olor de santidad que viene de la muerta…

Silvio: (Aludiendo a la hija) No había tenido madre… Que se la imaginase santa, ya que debía engañarla, me pareció lo más piadoso, no solamente por ella, sino por ti.

Fulvia: (Con ímpetu súbitamente reprimido) ¡No digas por mí! ¡No digas por mí! No lo has hecho por mí, perdona. Lo has hecho por ti, para apaciguar en cierto modo los remordimientos de tu conciencia. Y no los has apaciguado. ¡Las conciencias no se apaciguan con imposturas!

Silvio: Te he rogado que no usases más esta palabra.

Fulvia: Perdona. Primero me has hecho morir, después me has santificado. ¡Y te has santificado! ¡Y lo has santificado todo aquí!

(Recalcando y cambiando de voz una vez más) Puedo admitir que mi muerte podría ser, en cierto modo, una mentira «necesaria». ¡Pero Livia era tan pequeña! Había vivido, por lo que podía recordar, siempre sola contigo. Te habrá preguntado… por su madre, ya de mayorcita, ¿verdad? Debiendo fingir, ¿no podías, aunque fuese sin decírselo claro, darle a entender que no habías sido feliz en tu matrimonio?

Silvio: ¡Ya, sí…! Juzgándolo ahora…

Fulvia: Te hubiera querido más; no hubiera echado de menos a nadie.

Silvio: Pero, ¿podía yo imaginar que tuviese que suceder esto? ¡Perdona, es extraño! Hablas como si estuvieses celosa…

Fulvia: ¡Ah, sí, del corazón de mi hija!

Silvio: Pero piensa que, en el fondo, es a ti misma a quien echa de menos.

Fulvia: ¡No es verdad! ¡No es verdad! ¡Lo he palpado! ¡Lo he sentido! ¡Estoy muerta! ¡Verdaderamente muerta! ¡Estoy delante de ella, y soy una muerta! ¡No soy yo, aquella persona viva, es otra; su madre… ha muerto! Quisiera cogerla por los brazos (alude a Livia), sacudirla, mirarla fijamente a los ojos y decirle: «¡No, no! Créeme a mí, querida; ya que ha muerto… Los muertos no pueden hacer daño, y por esto, al cabo de mucho tiempo, sólo se piensan cosas buenas de ellos. ¡Incluso la muerte, querida mía, puede ser una mentira!» (Con expresión casi de locura) ¿Sabes cuántas veces siento esta tentación?

Silvio: ¡Por caridad, Fulvia!

Fulvia: No, no temas; pienso más yo que tú.

(Pausa) ¡Claro! Al verte enteramente dedicado durante tantos años a la veneración de aquella alma santa, tenía que parecerle a la fuerza una traición, así, de improviso, de la noche a la mañana…

(Pausa) Al principio, sí, habrá pensado en ella… a veces…, por ejemplo, una vez al año…

(Recalcando) ¡Pero no es verdad! ¡No es verdad! ¡Se olvida todo! ¡Se adapta uno a todo! Ahora es otra cosa. Ahora sí que vinieron los verdaderos celos, los celos de todo lo que pueda parecer profanación del recuerdo de la muerta.

(Pausa) Esos celos tenían que nacer forzosamente en cuanto entré yo aquí. Primero era ella representándose sólo a sí misma. Apenas entré yo aquí, a ocupar el puesto de la otra a tu lado, ella se ha convertido en la representante de esa otra. ¡Es natural! ¡Esa, la que ocupaba su sitio, ha querido todo lo que le pertenecía: los muebles, todo! He tenido que dárselo yo misma. Me ha parecido justo. La mentira ha acabado haciéndose aquí realidad para todos; es la única, la única realidad en que vive tu hija: digo tuya, ¿lo ves? ¡No la siento…, no la siento realmente mía! ¿Y no te parece una cosa inhumana? ¡Hay que matarla, hay que matar esta mentira, porque yo estoy viva, viva, viva!

Silvio: ¡Por caridad, Fulvia! ¡Has reconocido tú misma la necesidad de callar…, incluso por ti!

Fulvia: ¿Por mí, de veras? Tú quieres callar para no ofender a su madre, ¡he aquí el por qué!

Silvio: ¡Pero si eres tú misma!

Fulvia: ¡No es verdad! Yo para ella soy…, ésta…, y no puedo ser su madre. ¡He llegado incluso a creerlo yo misma! Me parece verdaderamente hija de aquella otra. ¡Es espantoso! ¡Desde el primer momento en que la vi, cuando tuve que reprimir todo impulso de abrazarla, de volverla a hacer mía sobre mi pecho! Las palabras prudentes que me vi obligada a decirle, que ella casi me impuso con su reserva, han seguido siendo… inamovibles…, una verdadera realidad…, una realidad…, incluso para mí. La miro, miro sus hombros, su cuello, su cabeza, su cuerpo entero, y yo misma no creo ya, no siento ya, que los haya hecho yo; aquellos ojos, aquella boca; es como si verdaderamente hubiese habido aquí otra mujer, de la cual ha nacido ella y que yo no conozco. Y lo mejor del caso es que no la conoce ella tampoco. ¡La sombra convertida en realidad! ¡Ha matado en mí, verdaderamente, mi instinto maternal hacia ella! Ahora más que nunca, que lo siento vivo dentro de mí por otra. ¡Vamos, vamos, vamos…! No quiero pensar en ello. Que se quede con su muerta. Y me deje viva en paz… para la que vendrá.

Silvio: ¡No lo digas! Llevas aquí con ella… cuatro meses ya…

Fulvia: Sí, sonriéndole sobre esta parrilla a fuego lento… ¡Dios mío! ¡Basta, te digo! ¡No hablemos más de ello!

(Va a tenderse en un sillón extensible) Discursos que se hacen…, después no se piensa más en lo dicho.

(Pausa tensa) Esta noche me he despertado… Empecé a pensar, con gran calma… Sí, este dolor es real, esta cosa horrible de mi vida existe. Y, no obstante…, se duerme. Y si me despierto, y empiezo a examinar mis manos a la luz de la lamparilla rosa…

(Silvio, tentado, en aquel momento se acerca a ella y la contempla, tendida allí) ¿Qué? ¡Nada…!, las manos…, el lecho…, los muebles nuevos del dormitorio… La vida es siempre la misma; ¡y hay tantas cosas en que puedo pensar, aparte de este dolor mío…!

(Animándose un poco) Hay que convenir en que no es cierto que cuando uno tiene una pena no se piensa en nada más. Se piensa en muchas otras cosas. Yo pensaba esta noche…, ¡adivínalo! ¡Ah, cuánto quisiera estar, cuánto quisiera estar contenta! Y esto es signo, ¿comprendes?, de que no soy una canalla.

Silvio: (Que se ha ido acercando más y sigue contemplándola) Por piedad…, ¿qué dices?

Va a cogerle una mano.

Fulvia: (Retirándola) ¡Ve, ve! Ahora te gusto porque tengo el cabello rojo.

Silvio: No, Fulvia… Desde luego que te sienta bien, pero…

Fulvia: ¿Te excita?

Silvio: ¡Por favor, no digas eso!

Fulvia: (Desdeñosa, al verle cerca de ella, atraído por su gracia ambigua involuntaria) ¡Pero yo no quiero estar contenta por eso!

En aquel momento llega Betta por la puerta de entrada, con gran exaltación.

Betta: (Anunciando) ¡Señor doctor! ¡Señor doctor!

Silvio: (Levantándose, molesto de haber sido sorprendido en un momento de intimidad) ¿Qué hay?

Betta: ¡La tía Ernestina! ¡Ha llegado la tía Ernestina!

Silvio: (Rápido, consternadísimo) ¡Cómo!

Fulvia: (Con alegre asombro) ¡Cómo! ¿Tía Ernestina? Pero ¿vive todavía?

Silvio: (Para llamarla a la ficción de segunda esposa) ¡Francesca!

(Volviéndose rápidamente hacia Betta y dirigiéndose con ella hacia la puerta) ¿Dónde está? ¿Cómo ha llegado?

Fulvia: (Para sí misma, mientras su marido se va con Betta) ¡ES verdad! ¡No la conozco…!

Betta: (Respondiendo a Silvio) En coche. Está pagando al cochero…

Silvio: ¡Vaya en seguida! No la haga entrar aquí. Llévela a la habitación de Livia.

Betta: Voy, sí, señor. ¡Ah, qué contenta estará la señorita!

Sale de la habitación.

Silvio: ¡Hoy no nos faltaba más que ella!

Fulvia: Pero, oye…, ¿cómo la mandas con Livia? ¡Es mi tía, y lo sabe todo!

Silvio: Todo, sí; pero sabe también cómo debe comportarse con Livia.

Fulvia: ¡Ah…! ¿también ella?

Silvio: Sabes muy bien cómo es…

Fulvia: ¡Me lo imagino! Indignada, ofendida en su pudor… para sacarte más dinero…, muerta, sepultada…

Silvio: Pero ¿qué hacemos ahora? ¡Si te ve, se traicionará! ¡Hay que despedirla rápidamente…! Me la había quitado de encima y sólo falta que caiga otra vez por aquí.

Se oyen dentro las voces de Betta y de Tía Ernestina. Poco después ésta se precipitará en escena, yendo hacia Silvio con los brazos abiertos, en actitud trágica. Es una viejecita flaca, amargada más por los antiguos desengaños que por la miseria, tonta como una gallina y siempre medio aturdida, como si fuese sorda. Pero no lo es. Y ese embobamiento puede incluso ser fingido. Lleva el cabello teñido de un horrible rubio manteca. Se presenta vestida de luto riguroso.

Betta: (Desde dentro) ¡No, no, perdone; por aquí, no! ¡Por aquí no!

Tía Ernestina: (Desde dentro) ¡Déjeme! (Entra, seguida por Betta) ¿Ha muerto? ¿Conque ha muerto de veras mi pobre sobrina?

Silvio: (Furioso, temiendo que Livia la oiga desde arriba) ¡Cállese, por favor! ¡Le prohibo que hable!

(A Betta) Vaya, vaya usted arriba, e impida por lo menos a Livia que baje.

Betta sale apresuradamente por la segunda puerta de la derecha.

Tía Ernestina: Tiene que haber muerto a la fuerza, puesto que has podido volver a casarte. Te escribí, pero no me has contestado…

Silvio: (Con rabia, para hacerla callar, indicándole a Fulvia) ¡Allí está! ¡Pero cállese!

Tía Ernestina: (Verdaderamente aturdida, dándose cuenta de la presencia de Fulvia, pero no reconociéndola y creyéndola la segunda mujer de Silvio) ¡Oh, perdone…!, no la había visto, señora. Soy la tía de su primera mujer…

Por la segunda puerta de la derecha sale de improviso Livia, con los brazos abiertos, corriendo hacia Tía Ernestina.

Livia: ¡Tía! ¡Tía! ¡Tía!

Tía Ernestina: ¡Livia!

Livia: (Se abrazan estrechamente durante largo rato) ¡Tiíta mía!

Tía Ernestina: (Llorando) ¡Mi huerfanita! ¡Pobre huerfanita mía!

Silvio: (Furioso, tratando de arrancarla al abrazo) ¡Vamos, basta! ¡No me hagáis estas escenas!

Tía Ernestina: ¡Sí, sí, tienes razón…! Por consideración a…

Silvio: ¡Por consideración a nada! Pero quiero que recuerde que su sobrina murió hace trece años…

Recalcará estas palabras para dar a entender que delante de Livia es necesario que le ayude a mantener la antigua ficción.

Tía Ernestina: (Sin comprender nada) ¡Ah, ya…!, sí… Pero para mí, ahora…

Silvio: (Rápido, tratando de remediar la situación) Para usted, el dolor será como si fuese reciente, pero recuerde, no obstante, que tanto para Livia como para usted, la desgracia no data de ayer, ni de hace cuatro meses.

Tía Ernestina: (Como antes, siempre sin reconocer a Fulvia) ¡Ah, ya, sí…! Hace más de cuatro meses… Perdone, señora…

Livia: (Cruel, fría, provocativa, suponiendo que su padre ha mostrado aquella dureza por consideración a su segunda esposa) ¡Ven, vamos! ¡Vente conmigo, tía Ernestina!

Tía Ernestina: (Rápida) ¡Sí, sí, hija mía…, huerfanita mía…, sí, sí… También tú vas vestida de negro… (Y las dos, abrazadas, salen por la segunda puerta de la derecha)

Fulvia: (Que se ha quedado helada) No me ha reconocido…

Silvio: Es culpa mía, es culpa mía. Me escribió, es verdad, pidiéndome…

Fulvia: Pero… ¿has visto? No me ha reconocido.

Silvio: Debe creerlo… que…

Fulvia: ¿Que he muerto realmente?

Silvio: ¡Si me supone casado por segunda vez…! Hubiese debido responderle, avisarle lo que ocurre, explicarle… Pero no podía imaginar que volviese, después de que la eché de mala manera, hace tantos años, por lo mucho que me fastidiaba…

Fulvia: Ha vuelto por ella (alude a Livia), segura de encontrar una aliada que la proteja contra ti y contra mí.

Silvio: ¡Ah, no, pues se engaña!

Fulvia: ¿Estás seguro de que no le ha escrito ella?

Silvio: ¡Oh, no! ¿No has visto que ha llegado de improviso?

Fulvia: (Casi para sí) Tía Ernestina… Me ha mirado… No me ha reconocido…

Silvio: (Haciendo acción de salir por la segunda puerta de la derecha) ¡Se marchará ahora mismo por donde ha venido!

Fulvia: (Llamándole) ¡No! ¿Qué haces?

Silvio: ¡La voy a mandar a paseo!

Fulvia: (Aludiendo a Livia) ¿Pero no has visto cómo se ha plantado ante nosotros, desafiante, creyendo que la tratabas mal por causa mía?

Silvio: ¡Pues se lo diré yo, que no la quiero aquí! ¡Yo! ¡Yo!

Fulvia: Seguirá creyendo que es por causa mía. ¿No ves que, a la fuerza, todo lo que sale mal se me atribuye a mí?

Silvio: Pues, entonces, ¿qué quieres que haga?

Fulvia: ¡Cómo la ha estrechado entre sus brazos! «¡Tía! ¡Tiíta mía!» Y aquella estúpida… «¡Huerfanita mía!» Si no fuese como para llorar…

Silvio: En una palabra, yo no puedo estar tranquilo sabiéndola aquí. ¡Es necesario que se marche inmediatamente!

Fulvia: Hazme un favor; acompaña a Livia a la iglesia y mándamela aquí. Me daré a conocer.

Silvio: ¿Y la inducirás a marcharse en seguida?

Fulvia: Ya veremos…

Silvio: ¡No, no, no la quiero por mi casa! ¡Debe marcharse!

Fulvia: ¿Y si pudiese ayudarnos?

Silvio: ¿Qué quieres que ayude?

Sale por la segunda puerta de la derecha.

Fulvia: (Sola, tras una pausa, absorta) Tía Ernestina… La creía muerta…

Entra Betta, llevando con fatiga dos pesadas maletas de Tía Ernestina, una a cada lado, en contrapeso.

Betta: Pesan, pesan…

Fulvia: ¿Son de la tía… (corrigiéndose rápida), de la señorita Galiffi?

Betta: Y ha traído también un baúl.

Fulvia: ¡Ah! ¿Entonces ha venido para quedarse?

Betta: Si hay que juzgar por el equipaje que trae… Las llevo arriba, al cuarto de forasteros, ¿verdad?

Fulvia: Sí, sí…, por ahora.

Betta sale con las maletas por la segunda puerta de la derecha. Poco después, entra la Tía Ernestina por esta puerta, turbada y titubeando como un pollo viejo escapado del gallinero.

Tía Ernestina: ¿Se puede?

Fulvia: (Yendo a cerrar la puerta por la cual ha entrado, decidida a divertirse un poco antes de revelar el secreto) ¡Venga, venga! ¡Siéntese! ¿Livia se ha marchado ya? Debe haber salido con retraso…

Tía Ernestina: (Recelosa) Sí, ha ido con su padre…

Fulvia: ¡Siéntese! ¡Siéntese!

Tía Ernestina: Gracias…, a la iglesia.

Fulvia: ¿Qué dice usted?

Tía Ernestina: Digo que ha ido a la iglesia, con su padre.

Fulvia: Sí, para las misas. Quizá usted hubiera deseado ir también…, porque ya debe saber que hoy…

(despacio, marcando, con una mirada significativa), para la hija…, es el aniversario.

Tía Ernestina: ¡Ah! ¿Lo sabe usted, entonces?

Fulvia: ¿Cómo quiere que no lo sepa?

Tía Ernestina: ¡Yo no sé nada, en cambio! Debe haber muerto hace poco, mi pobre sobrina, ¿verdad?

Fulvia: (La mira, esforzándose en disimular el estupor que la hiela; después dice:) En realidad, no… No hace muy poco…

Tía Ernestina: Hace cerca de seis años que salí de aquí. Era la única parienta. Se me podía avisar… Pero, ¿cómo ha muerto? ¿Cómo ha muerto? ¿Usted lo sabe?

Fulvia: (Meneando la cabeza, dice:) Sí, lo sé.

Tía Ernestina: ¿Ha muerto… mal?

Fulvia: ¡Sí, mal! (Pausa. Después:) La han matado.

Tía Ernestina: (Pegando un salto) ¿La han matado? ¡Cómo! ¿Quién la ha matado?

Fulvia: ¡Calle, por piedad! (Con aire misterioso) No se ha sabido nada.

Tía Ernestina: ¡Matado…! ¿Pero, cómo? ¿Dónde? Ni los periódicos dijeron nada…

Fulvia: Hay ciertos delitos de los que los periódicos no hablan…, ¿comprende?

(Despacio, mirándola de nuevo con aire misterioso, como para tranquilizarla, en confianza) Esté tranquila…

Tía Ernestina: (Como atontada) ¿Yo?

(Después, más desorientada que nunca) ¿Y usted cómo lo ha sabido? ¿Por su marido?

Fulvia: (Hace signo afirmativo, frunciendo el ceño; después, en voz baja, en tono de confidencia) Me lo ha confiado todo.

Tía Ernestina: (Pasmada) ¿Él? ¡Oh, Dios mío! ¿Qué le ha confiado?

Fulvia: (Como antes) ¡No tema! ¡No tema! Yo sé callar… (Y le pone como para jurarlo, una mano sobre las suyas)

Tía Ernestina: (Como antes) Le juro que no sé nada, señora… ¡Dios mío! ¿Pero qué tiene que ver él? ¡Yo era la tía de ella, fíjese bien!

Fulvia: ¿Qué tía? ¡Por favor! ¡No siga representando esta comedia conmigo! ¡Si le digo que lo sé todo…!

Tía Ernestina: ¿Comedia? ¿Yo? ¿Qué comedia?

Fulvia: ¡Pero si usted fue cómplice!

Tía Ernestina: ¿Cómplice? ¿Yo?

Fulvia: ¡Usted! ¡Usted!

Tía Ernestina: ¿Qué dice? ¿Cómplice de qué?

Fulvia: ¿Cómo, de qué? ¡De la muerte!

Tía Ernestina: ¿Yo?

Fulvia: (No pudiendo ya más al ver el asombrado terror de la vieja, se echa a reír como una loca) ¡Ja, ja, ja, ja!

(Y acercándose a ella súbitamente, apartándose el cabello de las sienes y de la frente y cogiéndose la cara como para ponérsela a la tía ante los ojos) ¿Hablas en serio, tía Ernestina? ¡Mírame bien! ¿No me reconoces?

Tía Ernestina: (Como aturdida, retrocediendo) ¿Qué? ¿Qué…?

Fulvia: ¡Soy yo! ¿No me reconoces, de verdad?

Tía Ernestina: ¡Fulvia!

Fulvia: ¡Calla! Ahora me llamo Francesca.

Tía Ernestina: ¿Pero, cómo…?

Fulvia: ¡Oh, cómo…! ¡Ya te he dicho cómo!

Tía Ernestina: ¡Ah, Dios mío! ¡Yo me vuelvo loca! ¿Tú…? ¿Tú aquí de nuevo?

Fulvia: (Negando enérgicamente con el dedo) Francesca, Francesca…

Tía Ernestina: ¡Cómo…! ¡Fulvia!

Fulvia: (Recalcando sílaba por sílaba) Francesca…

Tía Ernestina: ¡Yo me vuelvo loca!

Fulvia: (Rápidamente, abrazándola) ¡No, pobre tía Ernestina, no! Pero es la pura verdad, ¿sabes? Y tú eres cómplice… Me lo ha dicho él.

Tía Ernestina: No…, no… Te juro que yo…

Fulvia: Perdona… ¿Por quién ha ido Livia a rezar a la iglesia?

Tía Ernestina: (Empezando a desorientarse de nuevo) Ya…, yo…

Fulvia —¿Lo ves? Tú misma te has vestido de negro… ¿Quieres mayor complicidad todavía?

Tía Ernestina: Es porque he creído…

Fulvia: ¡Y es así! ¡Heme aquí: la señora Francesca Gelli…!

Tía Ernestina: Déjame que te vea… Sabes que ya casi no veo…

Fulvia: Efectos de la tintura, tía.

(Señalando el cabello teñido de la vieja) Es nocivo, nocivo para la vista… ¡Mírame! También yo, ¿ves?

(Muestra los suyos) Puede una incluso quedarse ciega. Me lo han dicho.

Tía Ernestina: ¡No, no, es la edad! Precisamente por este cabello no te he reconocido…

Fulvia: Perdona…, ¿y la voz?

Tía Ernestina: Al cabo de trece años, ¿cómo quieres que…? Y me he vuelto también un poco sorda. Además, ¡estaba tan segura de que…! Que no sea nunca, hija mía… Pero, dime, dime, ¿qué ha ocurrido? Os habéis reconciliado, ¿eh? Y habréis tenido que hacer esta ficción por vuestra hija…

Fulvia: Sí, por lo menos creía yo que…

Tía Ernestina: ¡Ah…! ¿se ha sabido? Pero Livia, no; Livia cree que…

Fulvia: ¡Lo creen todos…!

Tía Ernestina: ¿Y entonces?

Fulvia: ¡El mal está en que he acabado creyéndolo yo también… como Betta!

Tía Ernestina: ¿Qué? ¡Oh, por Dios, no volvamos a empezar!

Fulvia: No, no. Me he acostumbrado ya. Debes creerlo tú también, tía, pero creerlo como… ¿cómo te diré? ¡Como puedes creer en ti misma!

Tía Ernestina: ¿Lo dices por Livia, por la gente?

Fulvia: ¡No, no, lo digo por ti! ¡Por ti misma! ¡Como tía suya!

Tía Ernestina: ¿De Livia?

Fulvia: ¡No! ¡De la que fue tu sobrina!

(Con ironía) ¡Bonita sobrina, puedes vanagloriarte de ella!

(Pausa) Lo hiciste por dinero, pero te aseguro que hubieras podido, con toda sinceridad, sentirte avergonzada de tener tal sobrina.

Tía Ernestina: (Aturdida) ¿Cómo?

Fulvia: ¡Ah, qué horrible vida!

(Recalcando las palabras, al ver la expresión de Tía Ernestina:) ¿Pretenderías acaso defenderla, después de que…?

Tía Ernestina: (Como antes) Pero, perdona… ¿no estás hablando de ti misma?

Fulvia: ¡No, querida tía! Te digo que soy la señora Francesca Gelli, y no puedes saber con cuánta voluptuosidad vierto todas las infamias que conozco sobre las espaldas de aquella sobrina tuya, de aquella por quien, habiéndola en esta casa elevado a la gloria eterna, van ahora a rezar a la iglesia… todos… ¿lo ves?, incluso la sirvienta.

(Con un arranque de júbilo casi frenético) ¡Y yo… soy de nuevo madre…! ¿sabes?

Tía Ernestina: ¿Madre?

Fulvia: ¡Madre! ¡Madre! ¡Como antes! ¡Como aquella de antes a quien ella no conoció! (Alude a su hija) ¡Ah, tía Ernestina… créelo, créelo…! ¡Es un verdadero renacimiento para mí! ¿Comprendes que me sienta madre de nuevo…, como antes…, antes de que ella naciese? ¡Así! ¡Así mismo! y me siento… yo, yo sola… lo que soy ahora… Me siento viva como antes… y me siento santa… yo, sí, por todo el martirio que he sufrido, antes y después… Estos cuatro meses que llevo aquí, con ella… ¡Ah, si supieses! ¡Dios mío, Dios mío…! ¡si supieses…!

Tía Ernestina: Sí, me lo imagino… pero te ha atormentado sin saberlo, la pobre…

Fulvia: Sin saberlo, pero… ¡con qué crueldad! Fría, ¿sabes…? ¡Oh, y mansa! ¡Qué rencor, el suyo!

(De improviso se turba profundamente, se levanta apretándose con fuerza una mano sobre los ojos) ¡Ah, Dios mío, no quiero pensar más en ello!

Tía Ernestina: (Sorprendida de aquel súbito impulso) ¿En qué?

Fulvia: En nada. En una cosa que le he dicho hace poco a su padre. Tengo que quitármela de la cabeza.

(Haciendo un esfuerzo por volver a su estado habitual) Cree que lo he hecho todo, tía… no por hacerme amar… no por mí… sino para que ella… no sé, sintiese… eso es… sintiese que yo… ¡no lo sé decir! Incluso sus desprecios me han parecido dulces algunas veces… me han hecho sonreír interiormente… Pero se ha dado cuenta. ¡Y si la hubieses visto cambiar de cara entonces! ¡Te digo que ha sido un verdadero martirio! He podido soportarlo porque soy nuevamente como era para ella a los dieciocho años, créeme…

(Como si le viniera de pronto una idea:) ¡A propósito! Tendrías que hacerme un favor, tía Ernestina. Puedes estar segura de que ella se prestará.

Tía Ernestina: ¿Un favor? ¿Yo?

Fulvia: Sí. Deberías inducirla, diciéndole que es para hacerme un desaire, a comparecer delante de mí, uno de estos días, vestida con aquel traje de tul con rositas que conserva.

Tía Ernestina: ¡Oh, no! ¡Qué ideas se te ocurren!

Fulvia: ¡Sí, sí, tía! ¡Me gustaría tanto verme en ella, por un momento, como era yo a su edad…!

Tía Ernestina: Pero ¡qué ocurrencia…!

Fulvia: Es verdad que se me parece poco…

Tía Ernestina: ¿Y cómo quieres que lo haga? ¡No lo haría nunca!

Fulvia: ¿Por no profanar aquel vestido delante de mis ojos? Quizás tengas razón.

Tía Ernestina: Además, yo… ¡figúrate! Oye, ¿sabes que me encontraré en un buen aprieto, ahora?

Fulvia: ¡Oh! ¡No te arriesgues a dejar traslucir nada, sobre todo! ¡Silvio está consternado! Me ha recomendado sólo que te vayas en seguida.

Tía Ernestina: ¿Eh…? ¿Cómo? ¿Tan aprisa?

Fulvia: ¡Pobre tía Ernestina, que había venido para vejar y humillar a la intrusa, de acuerdo con la sobrinita…!

Tía Ernestina: ¡Oh, no! ¿Qué dices?

Fulvia: ¿No te ha llamado ella? ¡Di la verdad!

Tía Ernestina: ¡No, te lo juro! Había venido únicamente para saber…

Fulvia: Perdona… ¿y el baúl? (Se ríe)

Tía Ernestina: (Cogida en la trampa) Sí, lo he traído… Pero no podía imaginar…

Fulvia: No importa… no importa. Y por mí, incluso, ahora… Pero tendrías que saber fingir muy bien… sin traicionarte jamás…

Tía Ernestina: ¡Dios mío… será difícil…!

Fulvia: ¡Lo has hecho durante tantos años!

Tía Ernestina: Sí, pero no delante de ti.

Fulvia: Ya. Tú piensas siempre en lo que fue tu sobrina.

Tía Ernestina: ¡Oh, no! ¡Dios me libre!

Fulvia: ¿Por qué?

Tía Ernestina: No he pensado nunca en eso, al hablar con Livia.

Fulvia: Precisamente. Piensa ahora.

Tía Ernestina: (Con horror) ¿Al hablarte a ti? ¡Oh!

Fulvia: No seas tonta. Yo no soy tu sobrina. Pero verás como Livia me trata como a una… Se lo leo en los ojos, sospecha de mí sabe Dios qué horrores…

Tía Ernestina: ¡Oh, no! ¡Es una inocente!

Fulvia: El odio le hace de diablo. Aquello del árbol, ¿sabes?

Tía Ernestina: ¿Qué árbol?

Fulvia: La historia sagrada, tía. El árbol del Bien y del Mal. La serpiente…

Tía Ernestina: (Sin comprender) ¡Ah, ya…! (Después) ¿Y tu marido? ¿Tu marido…?

Fulvia: ¿Qué?

Tía Ernestina: ¿Cómo os lleváis?

Fulvia: (Se turba, la mira, vacila en contestar; después, frunciendo el ceño) Me repugna.

Tía Ernestina: ¿Ya sabes que se ha vuelto…?

Fulvia: ¡Ya lo sé, ya lo sé, lo que se ha vuelto! Pero… ¿comprendes? Me quiere como a aquella otra, todavía… cara a cara, ¿comprendes? Querría que aquella santa, resucitada y debidamente instruida, arrastrase por los suelos toda su virtud… (Hace un gesto ambiguo con las manos)

Tía Ernestina: (Pudibunda, pero con viva curiosidad) No comprendo…

Fulvia: (Con asco) ¡Sí, sí, para después, la mañana siguiente, volver a mostrar esa virtud todavía un poco maltrecha, delante de la hija! Como entonces, ¿comprendes? Pero entonces, por lo menos, no tenía cincuenta años y no hacía el probo por profesión, y yo no comprendía, como comprendo ahora. ¡Perdóname, perdóname, tía Ernestina! ¡No debes comprender siquiera tú!

Tía Ernestina: (Ofendida en su pudor, vuelve, como si no hubiese ocurrido nada, a su primer tema) Verás, tendría que tenerte delante lo menos posible…

Fulvia: ¿Para no traicionarte, quieres decir?

Tía Ernestina: Eso mismo. Pero, escucha, ¿no se podría, poco a poco…?

Fulvia: ¡No! ¡Imposible! ¿No te lo estoy diciendo? ¡Además, estos trece años han transcurrido de veras! Y este odio suyo de ahora… Sería terrible, para ella… ¡Estoy tan convencida de ello que no pienso siquiera ya en ello, y…

(recalcando súbitamente, en voz baja e imperiosa:) ¡Calla!

Entra Betta.

Betta: Señora, es el profesor, el señor Cesarino.

Fulvia: ¡Dios mío! ¡Si Livia no va a dar clase hoy! Había que decírselo sin hacerle venir hasta aquí…

Betta: Ya. Pero la señora ya sabe que vienen también para… (Hace un signo con la mano: que significa: «para comer»)

Fulvia: ¡Ah…! ¿También la señora Barberina?

Betta: Sí, señora. Están los dos quitándose el polvo de encima, llenos de sudor.

Fulvia: Hágalos entrar, pobres…

Sale Betta.

Fulvia: (En voz baja, acercándose) ¡Cuidado ahora, tía Ernestina, te lo recomiendo!

Entran el señor Cesarino y la señora Barberina. Dos tipos cómicos; él, delicado, calvo, pero todavía con mucho cabello alrededor de la cabeza y sobre las orejas, cabello blanquísimo y hueco. Está casi morado de haber tomado tanto el sol por el camino, viniendo a pie. Perdido en un anchísimo traje de seda cruda visiblemente cortado y cosido por la abnegada esposa, no solamente ha doblado hacia arriba el bajo de los pantalones sino también las mangas, en las muñecas, varias veces a causa del calor; lleva en la mano un pañuelo empapado de sudor.

La señora Barberina, robusta y bobalicona, siempre inquieta ante la nerviosa vivacidad de su marido, viste un traje claro, de una claridad que chilla sobre la sordidez pesada de su morena y pacífica carnadura; lleva un vistoso sombrerito de paja puesto de través, que es digno de verse)

Señora Barberina: (Desde la puerta) ¿Se puede pasar?

Fulvia: ¡Adelante, adelante, señora Barberina!

Señora Barberina: Mis respetos, señora.

Señor Cesarino: (Inclinándose, haciendo reverencias) Señora, señora.

Fulvia: (Haciendo las presentaciones) Permítanme: el señor Cesarino Rota, maestro de música de Livia, la señora Barberina, su esposa. La señorita Galiffi, tía de Livia… (Inclinaciones por una y otra parte) Siéntense, por favor.

Señor Cesarino: ¡Qué calor, qué calor, señora mía…! ¡Aquí se está deliciosamente! ¡Qué polvo, por el camino!

Señora Barberina: (Observando, con horror, y haciendo observar a su marido que ha entrado con los pantalones y las mangas remangadas) ¡Pero, Cesarino!

Señor Cesarino: (Sin comprender) ¿Qué ocurre?

Señora Barberina: ¡Dios mío! ¿Se entra así en una casa?

Señor Cesarino: (Rápido, reparando su indumentaria, empezando por los pantalones) ¡Ah, ya…! ¡Perdónenme!

(Al desdoblar el primer pliegue del pantalón cae sobre la alfombra un montoncillo de polvo) ¡Oh, mira cuánta tierra!

Señora Barberina: ¡Pero sal de aquí, Dios mío!

Señor Cesarino: (Levantándose rápido y dirigiéndose a la puerta) Sí… eso es… Permítanme, permítanme… (Sale, para regresar poco después)

Señora Barberina: ¡Dispénsele, señora!

Fulvia: ¡No, no, no es nada!

Señora Barberina: Es tan distraído… No pueden imaginárselo.

Fulvia: ¡Claro…! ¡Un artista!

Señora Barberina: Por la carretera, además, hay que ver…

Fulvia: Siento tanto que…

Señor Cesarino: (Entrando de nuevo) Aquí estoy, ya está…

(Volviendo en el acto a arremangarse la chaqueta) ¿Y mi discípula? ¿Y mi discípula?

Fulvia: Esto estaba diciendo, señor Cesarino. Lamento que Livia…

Señor Cesarino: ¿No está bien, acaso?

Fulvia: Sí, sí… Ha ido a la iglesia con su padre…

Señor Cesarino: (Preocupadísimo, por su calidad de organista) ¿Qué es hoy? ¿Qué función hay? ¡Dios santo, Barberina…!

Fulvia: No, no, tranquilícese. Es una función privada. Hoy es… (volviéndose a Tía Ernestina) dígalo usted, señorita, ¿es el duodécimo o el decimotercero?

Tía Ernestina: (Aturdida, cayendo de las nubes) ¿Yo? ¿Qué?

Fulvia: Me refiero al aniversario…

Señor Cesarino: (Recordando de repente) ¡Ah, de la muerte…!

Señora Barberina: (Compungidísima) ¡De su mamá, sí!

Fulvia: (Indicando, también compungida, a la Tía Ernestina) Sobrina precisamente de la señora…

Tía Ernestina: (Vivamente, como para reaccionar de su aturdimiento) Esto es, sí… es hoy el aniversario…

Fulvia: ¿El decimotercero, verdad?

Tía Ernestina: El decimotercero, sí…

Señor Cesarino: ¡Oh, vaya, vaya…!

Señora Barberina: No lo sabíamos. Perdónenos. No hubiéramos venido…

Fulvia: No hemos pensado en avisarles…

Señora Barberina: ¡Cuánto lo siento!

(Haciendo ademán de levantarse) En este caso…

Fulvia: (Rápida) ¡No, no, pueden quedarse!

(A Tía Ernestina) De todos modos, no creo que hoy Livia toque…

Señor Cesarino: ¡Pero, vamos, al cabo de trece años!

Señora Barberina: (Chillando) ¡Cesarino! ¡No te das cuenta de que está aquí…! (Señala con un signo a la Tía Ernestina, que no sabe ya qué cara poner)

Señor Cesarino: ¡Oh, perdón!

Señora Barberina: Viste todavía de negro, ¿no lo ves?

Fulvia: Sí, porque la quería verdaderamente como a una hija.

Señora Barberina: Se ve, se ve… Ha venido a ver a su sobrinita, ¿verdad?

Tía Ernestina: Pues… sí… he venido…

Señor Cesarino: ¿Exprofeso para esta triste circunstancia?

Tía Ernestina: (No sabiendo qué responder) Eso… sí…

Señora Barberina: Entonces será mejor que nosotros…

Fulvia: No, espere. Escuchen: no creo que Livia tenga inconveniente en que nos acompañen a la mesa, como de costumbre, tanto más cuanto que es ella quien hubiera debido pensar en avisarles que no viniesen. Pero, comprendan… está aquí la tía… Diga, diga usted misma, señorita…

Tía Ernestina: (Como antes) ¿Qué? ¿Qué debo decir…?

Fulvia: Nadie mejor que usted está en condiciones de interpretar el estado de ánimo de la muchacha…

Tía Ernestina: (Aturullándose, no sabiendo qué decir) Ya… pues… comprenderás… comprenderás… yo… yo también estoy aquí invitada, y…

Fulvia: ¡Bien! En este caso, yo, por mi cuenta, no permitiré que el profesor y la señora regresen, a mediodía, con este sol…

Señor Cesarino: ¡Ya suena la campana! ¡La campana!

Fulvia: ¿Sí? Entonces de un momento a otro estarán aquí…

Señor Cesarino: Volando… en el auto… ¡qué maravilla! Le aseguro, señora, que si tuviésemos que regresar ahora a pie, con este sol, ¡nos moriríamos…!

Fulvia: (Levantándose) No, no… Vayan, vayan a ponerse cómodos. (Se levantan todos) Pueden ir allá, como de costumbre.

Indica la primera puerta de la derecha.

Señora Barberina: Gracias… Entonces, con permiso, me quitaré el sombrero…

Señor Cesarino: Y yo quisiera, con la venia de la señora… Precisamente hoy tenía que afinar el piano…

Señora Barberina: ¡No, no, Cesarino! ¿No has oído que hoy no se toca?

Señor Cesarino: Afinar no es tocar.

Fulvia: Será mejor que lo haga después; después de la comida.

Señor Cesarino: Bien, bien… Entonces, con su permiso, iremos a refrescarnos un poco.

Señora Barberina: Con permiso…

Se inclina.

Salen marido y mujer por la primera puerta a la derecha.

Tía Ernestina: (Precipitadamente, como loca) ¡Ah, no, no, no! ¡Yo me voy! ¡Yo me voy! ¡No resisto más!

Fulvia: (Sonriendo) ¡Ah… veo también, tía Ernestina, que…!

Tía Ernestina: ¡Nada! ¡No resisto! ¡Ahora mismo me voy!

(En aquel momento se oye la voz de Betta detrás de la puerta)

Voz de Betta: (Que anuncia) ¡Ya están de regreso!

Tía Ernestina: ¡Me voy! ¡Me voy! ¡Voy ahora mismo a prepararme!

Sale furiosa por la segunda puerta de la derecha.

Casi en el mismo momento entra Silvio Gelli por la de entrada.

Silvio: (Con ansia, aludiendo a la salida de Tía Ernestina) ¿Y bien…?

Fulvia: (Mira hacia la puerta de entrada, después pregunta) ¿Y Livia?

Silvio: Ha entrado por allá. Estará arriba ¿Qué has hecho?

Fulvia: Se va. Se va por su propia iniciativa

Silvio: ¿Hoy mismo?

Fulvia: Hoy o mañana, no sé… Ha reconocido ella misma la imposibilidad de seguir aquí.

Silvio: ¡Ah, muy bien! Pero no quisiera que hoy, en la mesa…

Fulvia: Están, afortunadamente, el maestro y su mujer.

Silvio: ¿Están allá? (Indicando la primera puerta de la derecha)

Fulvia: Sí. Ve, date prisa. Dentro de un momento nos sentaremos a la mesa.

Silvio sale por la primera puerta de la derecha. Poco después entra Livia por la segunda y se dirige resueltamente hacia Fulvia, frunciendo el ceño.

Livia: ¿Le has dicho tú a tía Ernestina que se marchase?

Fulvia: (Dolorida al verla ante sí de aquel talante, responde con gran dulzura) No, querida. Yo no…

Livia: ¿Quién hace, pues, que se marche apenas ha llegado?

Fulvia: No lo sé. Nadie, ella misma.

Livia: ¡Ella misma no puede ser!

Fulvia: Y, sin embargo, vuelvo a decirte que ha sido ella…

Livia: ¡Pero si esta mañana, al llegar, me ha dicho que venía a pasar una larga temporada conmigo!

Fulvia: Lo sé también. Me han dicho que había traído incluso un baúl.

Livia: Por lo tanto, ya lo ves…

Fulvia: Te aseguro, Livia, que por mi parte no tenía absolutamente nada contra ella. Le dije incluso a tu padre que me hubiera gustado mucho que se quedase.

Livia: Entonces… ¿se va por él? (Con fiereza, dura, mirándola a los ojos) ¿Por qué?

Fulvia: No es por mí, Livia, créelo… Lo sé, y tú debes también figurártelo.

Livia: ¡Figurármelo…! ¡Bastante claro está, me parece!

Fulvia: No, perdona. Porque podrías recordar que otra vez… sin que estuviese yo aquí, tu padre no la quiso más en casa y la echó de ella.

Me lo ha dicho él mismo… Si es verdad…

Livia: ¡Sí, es verdad…! Pero el caso, ahora, me parece distinto.

Fulvia: (Siempre con dulzura y tristeza) Porque ahora estoy yo aquí, ¿verdad? Y así mismo se lo he dicho a tu padre. Le he hecho observar precisamente esto, que tú me darías las culpas a mí.

Livia: A pesar de todo, sin embargo… por encargo suyo… debes haber sido tú quien la ha despedido.

Fulvia: ¡Yo no la he despedido! ¡Ni yo ni nadie…! ¿Cómo he de decírtelo? Ha decidido marcharse, así, de repente… Debe ser porque… no sé, después de haber hablado conmigo, habrá concebido quizás hacia mí… una adversión, una antipatía… Es mi destino, en esta casa, pese a todo lo que yo haga… Y tú, si pudieses ser un poco justa conmigo, tendrías que reconocerlo. Créeme, he estado con ella amabilísima. Pero me han dicho que ha sido siempre un poco entrometida…

Livia: Yo la quiero…

Fulvia: Me lo imagino. Y cree que la he tratado amablemente precisamente por esto. No sé, incluso nos hemos reído juntas. No sé qué puede haber tomado a mal.

(Tratando de dar un cariz humorístico a la conversación, aludiendo a lo que tiene de cómico la figura de Tía Ernestina) Quizás… ¿sabes por qué habrá sido?

(Se inclina hacia ella sonriendo, para mostrarle la cabeza; levantando una mecha de cabello con una mano, añade:) Este cabello…

Livia: ¿Qué quieres decir?

Fulvia: También ella lleva el pelo teñido, ya lo sabes. Ha mirado el mío con una expresión tan ceñuda… Quizá teme que su tintura desentone demasiado al lado de la mía. Tú no puedes comprender todavía estas debilidades…

Livia: (Dura, con brevedad) ¡Ah, ciertamente! ¡Es mejor que no las comprenda!

Fulvia: (Advirtiendo que su desprecio va dirigido sólo a su cabello teñido y no al de la tía) Y sin embargo… sin embargo, he seguido tiñéndome por ti… ¿sabes?

Livia: (Con asco) ¿Por mí?

Fulvia: Por ti, sí. Y por consejo de tu padre.

Livia: No comprendo.

Fulvia: No comprendes, lo sé. Pero imagina por un momento que yo tenga, debajo de esta tintura, los cabellos del mismo color que los tuyos… ¡exactamente iguales!

Livia: ¿Y qué?

Fulvia: Podrías pensar que has heredado de tu madre el color de tu cabello…

Livia: (Llevándose las manos a la cabeza, como para defender el cabello de su madre, dice, retrocediendo:) ¡Sí, lo sé!

Fulvia: ¿Te lo ha dicho tu padre? Y por esto me aconseja seguir tiñéndome el mío. Y yo lo hago así, a pesar de que no quisiera, te lo juro.

(Con un anhelo angustioso, imprevisto, que la enternece, al recordarse a sí misma joven, como lo es ahora su hija) Te miro estos ricitos tiernos de la nuca… Me vienen deseos de cogerlos con los dedos y alargarlos poco a poco… sin hacerles daño.

Livia tiene un instintivo movimiento de repulsión. Fulvia lo nota, pero casi por compasión hacia sí misma, dice con sonrisa indefinible…

Fulvia: Sientes cosquillas sólo al oírmelo decir…

Livia: (Como antes, con un gesto irreprimible) ¡No!

Fulvia: ¿Sientes asco de mis dedos? Tienes razón.

(Recalcando mucho) También yo pienso que quizás, cuando eras pequeñita, te los acariciaba así tu madre…

Livia oculta el rostro entre sus manos y rompe a llorar. Por la primera puerta de la derecha aparece Silvio que, evidentemente, las estaba observando.

Silvio: Livia, ¿qué ocurre?

Fulvia: (Rápida) ¡Nada! ¡Nada! Llora por la marcha de la tía. Es absolutamente necesario que la hagas quedar.

Silvio: Sí, veremos…

Fulvia: ¡No! ¡Tiene que quedarse! ¡Tiene que quedarse!

Silvio: Está bien, se quedará. Pero Livia sabe muy bien (se acerca a ella para abrazarla) que no merece estas lágrimas…

Livia: (Agarrándose a su padre, en una convulsión de odio y de repulsión) ¡No lloro por esto! ¡No lloro por esto!

Silvio: (Teniendo a Livia abrazada sobre su pecho, mirando a Fulvia severamente) ¿Entonces…?

Fulvia: (Abre desoladamente los brazos, mirando como desde muy lejos) No sé…

Tras breve pausa, entra Betta por la primera puerta de la derecha, y se detiene en el umbral.

Betta: La comida está servida. (Se retira)

Silvio: ¡Vamos, vamos, Livia! Basta ya… Vamos… Hay gente. No está bien que oigan…

Livia: (Serenándose) Sí, sí…

Silvio: Sécate estas lágrimas… (Se aleja, llevando a Livia abrazada; después vuelve la cabeza hacia Fulvia y dice:) Vamos…

Fulvia: (Abriendo nuevamente los brazos y suspirando) Vamos…

Telón


Acto Tercero

La misma escena del acto segundo. Han transcurrido seis meses. Estamos en una tarde de febrero.

Están en escena Livia y Tía Ernestina. Ni una ni otra van ya vestidas de negro. Livia está inquieta, nerviosa. Se halla sentada junto a una mesita sobre la cual hay libros y revistas. Coge alguno de ellos, lo hojea, lo vuelve a dejar. Tía Ernestina está de pie y va de un lado a otro para calentarse. La luz del día va bajando poco a poco.

Tía Ernestina: Parecía que hubiesen tenido que llegar con buen tiempo; temo, en cambio, que esté a punto de estropearse otra vez.

(Pausa) ¡Brrr…! Hace un frío que… (Pausa) ¿Tú no tienes frío?

Livia: (Arrojando sobre la mesa una revista, responde de mala gana) No.

Tía Ernestina: ¡Dichosa tú! (Pausa. Se frota las manos) Febrero, febrero… ¡Viajar con este hielo y una chiquilla recién nacida…!

(Pausa) Pero oye, ¿se puede saber dónde ha ido Betta?

Livia: No lo sé.

Tía Ernestina: Hace más de cuatro horas que está fuera. Me parece, sin embargo, que habría que preparar algo para su llegada. ¡No hay nada preparado!

Livia: (Levantándose, indignada) ¡Está todo preparado!

(Después de una pausa) ¡Podrías comprender que me indigna esta solicitud tuya!

Tía Ernestina: (Con sonrisa zalamera y mansa) ¿Sabes que pasa? Que pienso en la alegría que hubo cuando tú naciste…

Livia: ¿Y qué tengo yo que ver con esto?

Tía Ernestina: Al fin y al cabo es una hermanita tuya…

Livia: (Con arranque irresistible) ¡Estúpida!

Larguísima pausa.

Livia, vibrante, arroja sobre la mesa un libro que había cogido después de la revista. Se vuelve más de una vez hacia la tía, como para decirle algo, pero está demasiado saturada de odio y de despecho y no se decide a hablar.

Tía Ernestina: (Suspirando) ¡Válgame Dios!

Livia: ¡Es increíble! ¿Cómo puedes hablar ahora de mi nacimiento, de la alegría que dio a mi madre…? ¡Es increíble! ¡Increíble!

Tía Ernestina: Es otra vida que empieza. Y hay aquí tanta necesidad de ella…

Livia: Yo sólo espero a saber una cosa… En cuanto la sepa, te dejaré a ti, que has hecho alianza con ella, esta vida que empieza…

Tía Ernestina: ¿Esperas? ¿Qué esperas?

Livia: ¡Lo sé yo!

Tía Ernestina: Ahora te gusta también a ti hacer la misteriosa… ¿Qué pretendes decir, que me la dejas a mí? ¿Quieres marcharte?

Livia: (Fastidiada) ¡Oh, basta, basta, tía Ernestina! No quiero hablar más contigo.

Tía Ernestina: (Tras una pausa) Piensa que tienes a tu padre, que te quiere tanto y te tiene tantas consideraciones…

Livia: (Con violencia, rabiosa) ¡Basta, te digo! ¿No comprendes que no puedo oírte decir estas cosas?

Tía Ernestina: Descuida. No diré nada más.

(Después de una larga pausa, sin embargo, no sabiendo resistir, prosigue:) Pero hay ciertas ideas, sin embargo, que deberías quitarte de la cabeza…

(Otra pausa) Porque son prejuicios, créeme, prejuicios…

Livia: (Suspirando, rabiosa) ¡Dios mío, otra vez!

Tía Ernestina: (Insistiendo) Dices que he hecho alianza con ella… Yo había venido por ti.

Livia: ¡Para defenderme, ya!

Tía Ernestina: ¡Para defenderte! ¡Para defenderte!

Livia: Y ahora la defiendes a ella.

Tía Ernestina: ¡No la defiendo! Soy justa. ¡Veo que eres tú! No quiero ceder.

Livia: (Con súbito arranque agresivo) Pero… ¿aún no sabes qué clase de mujer ha traído a casa mi padre?

Tía Ernestina: (Aterrada) ¿Qué… qué mujer?

Livia: ¡Espera! ¡Espera! ¡Espero poder decírtelo dentro de poco!

Tía Ernestina: (Después de una pausa, aturdida, en tono de reproche contenido) Pero, ¿en qué estás pensando? ¿Qué buscas…? Tranquilízate, hija mía, y piensa que es una mujer que ha sufrido mucho…

Livia: Sí, claro… Se le ve en el cabello.

Tía Ernestina: Cree que… cree que…

(Con un gesto cómico, pensando en su cabello teñido) ¿Qué tiene que ver el cabello?

Livia: De momento, sepamos de dónde la ha traído.

Tía Ernestina: ¡Dios mío, si la conoció en…!

Livia: (Precipitadamente) Antes de que yo naciese; la había olvidado; después enfermó, fue llamado; corrió a salvarla…

(Se interrumpe de repente) Espera, te digo, que pronto sabré darte noticias más precisas…

Tía Ernestina: ¿Has pedido acaso informes?

Livia: ¡Tú no te metas en esto!

Tía Ernestina: ¿Está de por medio el señor párroco?

Livia: Se verán, se verán entonces las consideraciones que ha tenido conmigo mi padre. Está siempre como en acecho, y el miedo le hace mirar constantemente hacia atrás y hacia adelante. ¡Y yo sé muy bien lo que teme!

Tía Ernestina: ¡Tú no sabes nada! Está inquieto por causa tuya.

Livia: ¡Sí, teme que yo llegue a saberlo! En dos meses que lleva fuera ha venido ocho veces…

Tía Ernestina: Para verte y pasar un día contigo.

Livia: ¡No, no, por otra cosa! ¡Y no hace ya nada! Es una lástima, una vergüenza…, por no decir otra cosa, verle a los cincuenta años perdido por una mujer como ésta… ¿Por qué no se casó antes, si es verdad que la conocía desde hace tanto tiempo?

Tía Ernestina: Porque quizá antes no podía… ¡Qué cosas tienes!

Livia: Ella no estaba casada. Él era viudo. ¿Por qué no podía?

Tía Ernestina: ¿Y cómo sabes tú si, pudiendo hacerlo, quizá no lo hizo por ti, por ejemplo?

Livia: ¿Por mí? ¡No, por mí, no! Porque hubiera sido mejor que lo hubiese hecho antes, cuando todavía no comprendía las cosas.

Tía Ernestina: Entonces habrá sido por otra causa. No te preocupes más por eso.

Livia: ¿Quieres decir por mi madre? ¡No! Porque lo que más me indigna en este asunto es que se ve claramente que este amor lo siente desde su juventud, desde los tiempos mismos de mi madre… como una irreverencia mucho más cruel así a su memoria. Me parece casi que la engaña ahora; me produce esta impresión; como si mi madre, después de trece años, reviviera a causa de este amor suyo póstumo, para sufrir por él… Por esto, por esto odio mucho más a esta mujer, cuando la veo querer mostrarse conmigo maternal. Me da asco, horror, como si cada vez que me habla y me mira hiciese una traición a mi madre.

Tía Ernestina: Pero, ¿qué dices? ¿Qué desvarías? ¡Mirad qué ideas se le ocurren a esta chiquilla, Dios mío! ¡Es pecado pensar ciertas cosas!

Livia: Sí, sí… y cuando veas lo que haré…

Tía Ernestina: ¡Oye, menos mal que tu padre regresa esta noche!

Livia: ¡Trayéndome la hermanita!

Tía Ernestina: Quería marcharme. Me arrepiento de no haberlo hecho. Pero ahora, en el acto, en cuanto regresen… ¡Vaya, vaya! ¡Yo soy una persona pacífica!

Livia: ¡Cómo! Tendrás la vida que empieza…

Tía Ernestina: ¡Lo decía por ti! ¿Qué quieres que empiece, para mí? Yo soy vieja… ¡Molestias!

Livia: ¡Ah, sí…! ¡Empezará también para mí, la vida!

Tía Ernestina: (Afligida) ¡En fin! ¡Tú sabrás…!

(Otra larga pausa. Se asoma a mirar al mirador, hacia el jardín) ¡Mira! La verja del jardín otra vez abierta…

Livia: La habrá dejado así el jardinero. Estará por aquí cerca.

Tía Ernestina: Ya, pero va haciéndose de noche por momentos… ¡Y con este tiempo! Y ni siquiera Betta está en casa. Tengo miedo.

Livia: ¿Lo dices por aquel señor de la otra vez?

Tía Ernestina: Estaba allí mismo… delante de la verja… ¿te acuerdas?

Livia: Espiando… sí. Pero, ¿cómo no le conoces tú?

Tía Ernestina: ¿Yo…? ¿Por qué he de conocerle?

Livia: ¡Si te dijo que había conocido a mamá!

Tía Ernestina: ¡Qué va! Debió equivocarse… Tú estabas asomada a la ventana. Quería darnos a entender que conocía a la señora de la casa y dijo «la mamá» señalándote a ti.

Livia: ¿Entonces crees de veras que hablaba de… esta señora?

Tía Ernestina: (Impresionada) ¡Ah! ¿Acaso tus investigaciones…?

Livia: No, no. No me acordaba ya, si tú no me lo hubieses recordado ahora… Pero puede ser también una prueba… Uno que viene… sabe Dios de dónde… a buscarla…

Tía Ernestina: La habrá visto alguna vez.

Livia: Quién sabe dónde…

Tía Ernestina: ¡Pero, Livia! ¡Deja por lo menos de hablar delante de mí en esta forma! En mis tiempos, las muchachas…

Livia: ¡Vamos, querida tía! ¿Las muchachas? ¿Crees de veras que no comprendo qué clase de mujer tiene que haber sido ésta? ¡Con aquel esforzado paladín…! Ni abrigo llevaba… ¿Te dijo que volvería?

Tía Ernestina: Quería esperar su regreso.

Livia: Entonces hoy… (Casi para sí misma) Querría hablarle.

Tía Ernestina: (Después de un momento de reflexión, decidiéndose) Oye: voy a cerrar la verja. (Va para salir)

Livia: No, tía, ¿vas a dejar fuera al jardinero?

Tía Ernestina: Tendrá la llave.

Baja por el mirador al jardín, Livia permanece absorta, pensativa. Poco después, Tía Ernestina regresa, aterida de frío.

Tía Ernestina: ¡Ah, es que hiela, esta tarde!

Livia: (Después de una pausa, todavía absorta) ¿Y no te parece extraño que papá, volviéndose a casar, haya sentido la necesidad de venirse a vivir aquí, donde, al cabo de siete meses, no conoce todavía a nadie?

Tía Ernestina: ¡Ah, esto sí! ¡Ha escogido verdaderamente un mal sitio, esto te lo digo yo! Tan abandonado, fuera de paso… (Dirá esto rascándose los brazos con las manos cruzadas sobre el pecho a causa del frío. De repente, se sobresalta al oír un golpe sordo que viene del interior) ¡Oh, Dios mío!

Livia: ¿Qué ha sido?

Tía Ernestina: ¿No has oído, hacia allá?

(Entra Betta por la puerta de entrada, muy peripuesta, con un viejo sombrero en la cabeza)

Livia: (Riéndose) ¡Ah, es Betta!

Betta: (No comprendiendo el por qué del miedo ni de la risa) ¿Qué pasa?

Tía Ernestina: La puerta… ¡Qué susto!

(A Betta ) Hace frío, ¿verdad?

Betta: Va a llover de un momento a otro…

Tía Ernestina: Yo estoy muerta de frío. Voy a buscarme un chal…
Sale por la segunda puerta de la derecha.

Betta se acerca a Livia con aire misterioso.

Betta: (Bajo, haciendo gestos vivos con la mano) ¡Es más claro que la luz del sol! ¡No cabe duda!

Livia: (Con viva ansiedad) ¡Diga, diga!

Betta: No podía, aquí, no podía sin escándalo…

Livia: ¿Ha llegado la respuesta?

Betta: ¡Claro! Hace dos días… Quería venir él mismo a comunicárnosla. Pero el pobre es viejo… Me esperaba.

Livia: ¿Y qué? ¿Nada?

Betta: ¡Nada…! Ninguna amonestación en la iglesia, ni en Merate, ni en Lodi. Ninguna solicitud de fe de soltería.

Livia: ¿Entonces?

Betta: Está más claro que la luz que el matrimonio no se ha celebrado. ¡No es su mujer! ¡No están casados!

Livia: ¿Pero es seguro que el certificado de defunción no podía bastar?

Betta: ¡Completamente seguro! Incluso para los viudos, señorita, se necesitan amonestaciones. Porque, en trece años, ¿no hubiera podido volverse a casar, incluso más de una vez? ¡Nada! ¡No están casados! ¡Puede estar segura!

Livia: ¡Sí, sí, debe de ser así…!

Betta: Y así se explica todo, entonces… Por qué ha ido a dar a luz a su hija tan lejos… Aquí, debiendo inscribir el nacimiento, ¿comprende…? se hubiera descubierto el pastel; que no es su mujer; que la chiquilla es una bastardita cualquiera…

Pero lo sabremos pronto, dentro de un par de días.

Livia: No me servirá de nada. Me basta con esto.

Betta: ¡Y qué modales de señora, los suyos!

Livia: (Fija en un pensamiento odioso contra el padre) Ha podido hacer esto…

Betta: ¡Ay! ¡Las malas artes que gastan estas mujeres! Se puede ser un santo varón… pero si se tropieza con una de ellas…

Livia: ¡Pero, por lo menos, hubiera podido tener el pudor de no ponérmela delante, bajo el mismo techo! ¡De no hacer que la llamase mamá!

Betta: Sí… yo no sé…

Livia: ¡Ah…! ¡Pero, ahora…! (Bajo) ¡Silencio!

Entra Tía Ernestina por la segunda puerta de la derecha, con un pañuelo de lana sobre los hombros.

Tía Ernestina: ¡Oh, habría que encender la luz! Estamos a oscuras.

Livia: (A Betta, furiosa) ¡Vamos arriba, Betta! ¡Vamos arriba!

Livia y Betta salen por la segunda puerta de la derecha.

Tía Ernestina: (Sola, después de haberlas seguido con la mirada) Pero… ¿qué les pasa? ¿De dónde viene aquella chismosa?

(Permanece pensativa, conteniendo el aliento; luego hace un gesto de despreocupación:) ¡Ah, qué cuentos! Basta, encendamos la luz…
Se dirige a la puerta de entrada, junto a la cual está el interruptor de la luz.

Entretanto, Marco Mauri, que había entrado ya en el jardín cuando Tía Ernestina fue a cerrar la verja, entra por el mirador. En un año ha envejecido mucho, pero sus ojos son más expresivos que nunca, y tienen aquella trágica alegría que brilla en la mirada de los locos. Va sin abrigo y todavía con un traje viejo de verano. Se detiene en el fondo, en la sombra, cerca del mirador.

Mauri: (Apenas Tía Ernestina enciende la luz en la escena) ¿Se puede…?

Tía Ernestina: (Con terror, volviéndose en redondo, con la mano todavía en el interruptor) ¡Oh, Dios mío! ¿Quién es?

Mauri: Yo. No se asuste.

Tía Ernestina: ¿Entra así, como un ladrón? ¿Por dónde ha entrado?

Mauri: Por la verja, antes de que usted la cerrase.

Tía Ernestina: ¿Estaba usted al acecho?

Mauri: Los ladrones, señora, no piden permiso ni esperan que haya luz para entrar.

Tía Ernestina: Pero ¿quién es usted? ¿Qué quiere usted, al venir aquí de nuevo?

Mauri: Le pregunté el otro día, si mal no recuerda…

Tía Ernestina: ¡No han regresado!

Mauri: Me dijo que regresaban hoy.

Tía Ernestina: ¡Pero no han regresado! Y no se sabe siquiera si regresan, ni cuándo. Así es que puede marcharse.

Mauri: No se inquiete. Esto quiere decir que tendré que esperar un poco más. A menos que quiera usted indicarme dónde puedo ir a encontrarla en seguida. Y crea que sería lo mejor, porque aquí…

Tía Ernestina: ¡Están de viaje! ¡Están de viaje! (Mirándolo, con curiosidad, pero siempre recelosa y con aspereza:) Pero… ¿qué tiene usted que decirle? ¿Por qué quiere esperarla? ¿Quién es usted?

Mauri: Sería inútil que le diese a usted mi nombre. Necesito verla y hablarle. (Aludiendo a Fulvia) Me conoce; y el marido también. ¿Es usted quizá una parienta?

Tía Ernestina: Sí, la tía.

Mauri: (Mirándola ceñudo) ¿De quién?

Tía Ernestina: (Evasiva, recelosa ante la pregunta) La tía de… es decir… la tía abuela, en realidad… de la muchacha.

Mauri: ¿Por parte de su padre?

Tía Ernestina: (Sin reflexionar ya, confusa) No, de su madre.

Mauri: Entonces… (Conteniéndose) ¡Cómo…! ¡No puede ser…! ¡No tenía más que una…!

Tía Ernestina: (Vencida por la curiosidad, despacio, y, no obstante, sin rendirse) ¡Yo, yo! ¡Soy yo!

Mauri: (La mira con ojos alegres y dice despacio, contento) ¿Tía Ernestina? ¡Conque es usted la tía Ernestina…! Fulvia creía que había usted muerto…

Tía Ernestina: ¡Bajo… bajo… por caridad!

Mauri: (Más bajo, misteriosamente) Porque en cambio a ella, aquí, la tienen por muerta, ¿verdad?

(Pero lo dice con júbilo y se pone un dedo delante de la boca, mordiéndose el labio inferior. Después, con un movimiento alegre de las manos, añade como si fuese una suerte para él:) Todavía sigue muerta, para la hija, ¿verdad?

(Lanza un gran suspiro) ¡Ah, qué contento estoy! ¡Cuán ligero me siento! ¡Sólo temía esto! Que se hubiese puesto en claro…

(Súbitamente, abrazándola con ardor:) ¡Entonces ayúdeme, ayúdeme, tía Ernestina, usted que está enterada de la ofensa…!

Tía Ernestina: (Aterrada, soltándose) ¡Pero usted está loco! ¡No le conozco!

Mauri: ¡A mí, no, pero está enterada de la ofensa…!

Tía Ernestina: (Como antes) ¿De qué ofensa?

Mauri: ¡De la que me hizo Fulvia! ¡Fulvia!

Tía Ernestina: ¿Pero… dónde? ¡Suélteme…!

(Deshaciéndose de él:) ¡Suélteme o grito!

Mauri: ¡Si sigue aún muerta para su hija…!

Tía Ernestina: ¡Pero ahora tiene otra hija! ¡Enteramente suya…! ¡Desde hace un mes!

Mauri: (Con gesto y tono de alegre indiferencia) ¡No importa! ¡No importa!

Tía Ernestina: ¿Cómo que no importa?

Mauri: Lo sabía. ¡No importa…! Incluso con esta hija, quería entonces venirse conmigo. Nada… ¡Fue un momento! Tuvo la debilidad de ceder ante él…

¡Lo que he pasado, tía Ernestina! ¡Ah…!

(Hace una horrible mueca y junta las manos. Después, volviendo a abrir los ojos, palidísimo, tiene como un vértigo y está a punto de caer. Tía Ernestina se asusta) Nada, nada…

(Se ríe) Ando buscando desde esta mañana… ¿cómo llamaban los antiguos a aquel río…?

Tía Ernestina: ¿A qué río?

Mauri: ¡Ah, sí… el Leteo…! ¡Eso es…! ¡El Leteo! (Exagerando el tono) ¡El río del olvido!

Tía Ernestina: ¿Está usted borracho?

Mauri: No. Ahora, aquel río corre por las tabernas… Pero yo no bebo… ¡Y hace tantas noches, querida tía Ernestina, que no duermo…! Siento mis ojos… ¿sabe cómo? Aquí, estos dos arcos de las cejas… ¿sabe usted…? como los arcos de ciertos puentecillos que cabalgan sobre la arena, sobre los guijarros de una orilla enjuta, llena de grillos. ¡Así…! ¡Y aquí, en mis oídos… tengo realmente dos grillos, dos grillos malditos que chillan, chillan, hasta hacerme enloquecer…! ¡Ah, puedo hablar, puedo hablar, ahora, delante de usted! Y hablo bien, además, ¿no? Como cuando estaba en el campo, y me ejercitaba en la oratoria, esperando ser nombrado fiscal y enhebraba un tema tras otro, e improvisaba en voz alta, entre los árboles… «Señores magistrados… Señores del Jurado…» Hablo, hablo, perdóneme, porque no puedo hacer menos… Siento una sensación aquí, en el estómago… Por menos de nada me pondría a gritar de alegría… ¡La veré…! Fulvia le debe haber hablado de mí seguramente…

Tía Ernestina: ¡No! ¡Nunca! Pero… ¿quién es usted?

Mauri: ¡No es posible que no le haya dicho que trató de suicidarse, hace cosa de un año!

Tía Ernestina: Esto sí que me lo dijo.

Mauri: ¿Y no le habló de mí?

Tía Ernestina: Me dijo que no podía soportar la vida por más tiempo.

Mauri: ¡No es verdad! ¡Fue por mí! Sé que lo niega… ¡Pero fue por mí!

Tía Ernestina: (Mirándolo de nuevo, asustada, pero no obstante con cierta compasión) ¿Por usted?

Mauri: (Con un grito de desdén) ¡No me mire el traje, por favor!

Tía Ernestina: (Como antes, para remediar la situación) No… es que le veo… le veo así…

Mauri: ¡No tengo frío! ¡Tiemblo, pero no tengo frío…! ¡Son nervios! ¡Ni siquiera pienso en ello! Podría ganar, si quisiera… pero ni pienso en ello… Hace un año, hace un año que… (Cortando) ¡Es imposible…! ¡Esto tiene que terminar, sea como sea!

Tía Ernestina: Pero ¿qué más quiere terminar…? ¡Ya ha terminado todo!

Mauri: ¡Ah, no!, ¿sabe usted…? ¡No es verdad! ¡No puede ser verdad! ¡Ahora que la he encontrado…!

Tía Ernestina: ¡Pero si le digo que ahora tiene a su hija!

Mauri: ¡Precisamente por esto! ¡Ahora veremos!

Tía Ernestina: ¿Ha venido usted para esto? ¿Cuáles son sus intenciones?

Mauri: He venido… he venido porque no puedo más.

Tía Ernestina: ¡Pero yo le aseguro que no se acuerda ya de usted, y puede estar cierto de que ahora no piensa más que en su hija!

Mauri: Si fuese verdad, sería una desgracia. ¡Una desgracia, tía Ernestina, porque también cuento yo aquí! Hay, querida tía Ernestina, además de la nuestra, y aunque quisiéramos que no existiese, la vida de los demás. ¡Y qué le vamos a hacer…! ¡No podemos encerrarnos en la nuestra como si los demás no existiesen…! Si mi vida depende de la suya, y sin ella no puedo vivir…

Tía Ernestina: ¡Pero nadie tiene la obligación de…!

Mauri: ¿De amar a otro a la fuerza? ¡Lo sé! Y esta es la desgracia… Pero entonces, la vida, querida tía Ernestina, no importa nada y hay que cortarla…

Tía Ernestina: (Con terror) ¡Dios mío…! ¿Que quiere usted hacer?

Mauri: No lo sé. Estoy aquí. Me esfuerzo desde hace un año en intentar vivir sin ella. ¡Y he visto que no puedo!

En aquel momento llega por el mirador El Jardinero, con grandes prisas.

El Jardinero: (Anunciando) ¡Señorita… llegan los señores!

Tía Ernestina: ¡Dios mío!

(A Mauri) ¡Váyase! ¡Váyase, por caridad!

Mauri: Me quedo.

Tía Ernestina: (Al Jardinero) Suba, Giovanni, a avisar…

El Jardinero: (Corriendo hacia la segunda puerta de la derecha) ¡Sí, señora! ¡Sí, señora!

Sale.

Tía Ernestina: ¿Quiere usted dar un escándalo a su llegada, delante de la muchacha?

Mauri: ¡No! Pero hablaré. Lo diré todo.

Tía Ernestina: ¡Por favor! ¡Usted está loco! ¡Váyase, váyase!

Mauri: ¡No me voy!

Tía Ernestina: ¡Le prometo hablar yo! ¡Espere al menos hasta mañana!

Mauri: ¡No, ha de ser esta noche!

Tía Ernestina: ¡Sí, está bien, esta noche, pero más tarde, cuando esté sola!

Mauri: ¿Me lo promete?

Tía Ernestina: ¡Sí, sí… no lo dude! ¡Su nombre!

Mauri: Marco Mauri.

Tía Ernestina: ¡Váyase, váyase! ¡Ya llegan! ¡Márchese de aquí!

Lo hace salir al jardín por el mirador. Poco después entran simultáneamente Betta, por la segunda puerta de la derecha, y en traje de viaje, por la puerta de entrada, Fulvia y Silvio, seguidos por la Niñera, que lleva en un lujoso portenfant a la recién nacida, tapada por un largo velo color de rosa.

Fulvia: (Su primer impulso es correr a abrazar a Tía Ernestina, pero se contiene y le tiende solamente la mano) ¡Oh, tía… querida señorita Ernestina…! ¿Cómo está? ¿Cómo está? (Nota la ausencia de Livia)

Betta: ¡Bienvenida, señora! ¡Bienvenido, doctor!

Fulvia: Querida Betta… También usted… ¿Todos bien? (A la Niñera) Siéntese, siéntese…

(Se acerca a ella con Tía Ernestina y Betta y, aludiendo a la chiquilla, le dice:) ¿Sigue durmiendo?

La Niñera se sienta, Fulvia y las otras dos la rodean. Fulvia levanta el velo, despacio y les muestra la chiquilla dormida)

Fulvia: ¡Aquí la tienen!

Betta: ¡Oh, qué bonita es!

Tía Ernestina: ¡Qué encanto! ¡Cómo duerme…!

Betta: ¡Cómo se parece… a…! (A Tía Ernestina) ¡Fíjese, fíjese usted cómo se parece a la señorita Livia…! ¿No es verdad?

Tía Ernestina: Sí, sí…

Fulvia: (A Silvio) ¿No te lo decía yo?

Betta: ¡Idénticas!

Tía Ernestina: ¡Idénticas! Me parece verla aún… La recuerdo exactamente así.

Betta: ¡Yo también! ¡Yo también!

Fulvia: (Con una sonrisa indefinible) También ustedes lo han notado… Yo, claro, no sé… pero veo también que se parece…

Silvio: Y a todo esto, ¿dónde está Livia?

Tía Ernestina: Está arriba. He mandado que la avisaran.

Betta: (Confusa) Sí… sí… estaba conmigo…

Silvio: Vaya a decirle que baje.

Betta: Es que me parece que…

Fulvia: (A Silvio) ¡Déjala, por Dios! Si no quiere bajar…

Silvio: ¡Nada de esto!

Fulvia: Quizá no se encuentre bien…

Betta: Se ha encerrado en su habitación.

Fulvia: ¿Lo ves? La veremos mañana.

Silvio: Voy a subir yo.

Fulvia: Ve si quieres; pero no la obligues a bajar.

Silvio: Está bien… Está bien… (Sale por la puerta de la derecha)

Fulvia: (A Betta) Hágame el favor, Betta; acompañe a la niñera a la habitación.

Betta: En seguida, señora. Vamos…

Fulvia: (A LA Niñera, que se levanta y pasa cerca de ella) Despacito, ¿eh? Se lo ruego. Que no se despierte…

Betta: Pierda cuidado, señora…

Sale con la Niñera por la primera puerta de la derecha.

Fulvia: (Abrazando súbitamente a Tía Ernestina) ¡Ah, tía Ernestina…! ¿Has visto? (Alude a la chiquilla) ¡Soy feliz!

Tía Ernestina: (Tratando de eludir el abrazo) No… oye… oye…

Fulvia: ¿Qué ocurre?

Tía Ernestina: Hay un contratiempo… Un contratiempo…

Fulvia: ¿Livia? ¡Olvídala!

Tía Ernestina: ¡No! Hay uno que ha venido a buscarte.

Fulvia: ¿A mí? ¿Quién?

Tía Ernestina: Me ha dicho el nombre. Está allí en el jardín.

Fulvia: ¿En el jardín? ¿Y quién es? ¿A esta hora?

Tía Ernestina: Quiere hablarte.

Fulvia: ¿Allí…? ¿escondido?

Tía Ernestina: Es un forastero. No quiere marcharse. Le prometí decírtelo.

Fulvia: Pero… ¿cómo? ¿Ahora?

Tía Ernestina: Más tarde… Vino ya hace dos días.

Fulvia: (Como para sí misma) Que no sea otra vez aquel loco…

Tía Ernestina: ¡Un loco! ¡Sí, parece un loco…! Me dijo que tú, por él…

Fulvia: ¿Mauri? ¿Te ha dicho que se llamaba Mauri?

Tía Ernestina: Sí, me parece que sí.

Fulvia: ¿Y qué quiere?

Tía Ernestina: Me parece que lleva malas intenciones.

Fulvia: ¿Contra mí?

Tía Ernestina: Dice que no puede vivir sin ti…

Fulvia: ¡Vaya…! ¿Otra vez? ¿Le has dicho que…?

Tía Ernestina: ¡Sí, sí…! ¿Lo de la chiquilla?

Fulvia: ¡Claro que sí!

Tía Ernestina: Dice que no le importa.

Fulvia: ¡Está loco! No es nada, no temas, tía Ernestina…

Tía Ernestina: ¡Pero está allí…! Y si…

Fulvia: Esto sí, esto sí… es capaz de armar un escándalo. Pero ¿cómo ha venido? ¿Cómo ha sabido…? ¿Qué te ha dicho?

Tía Ernestina: Pues… yo no he entendido nada… Ha hablado incluso de grillos. Ha empezado a predicar… Dice que esto tiene que terminar.

Fulvia: ¿Todavía sigue con ésta?

Tía Ernestina: ¡Se lo he dicho…! Y me ha amenazado. Le he dicho que…

Fulvia: ¡Calla, calla! Temo que Livia oiga… Pero no quiero ponerme nerviosa, no quiero (Con alegría) Lo crío yo, ¿sabes?

Entra Silvio por la segunda puerta de la derecha.

Fulvia: ¡Oh, Silvio…!

Silvio: Me ha dicho que ahora baja.

Fulvia: ¿Livia? ¡Oh, no! Era mejor que se quedase arriba…

Silvio: Nada de esto. Debe bajar incluso por respeto hacia mí.

Fulvia: ¿Y le has obligado?

Silvio: ¡No puedo tolerar que siga portándose así! Ni siquiera ha querido abrirme. Al fin, me ha prometido que ahora bajará.

Fulvia: (A Tía Ernestina) ¡Trata de impedirlo, tía Ernestina!

Silvio: ¿Por qué?

Fulvia: Porque allí… en el jardín, está aquel… aquel Mauri, ¿sabes?

Silvio: (Deteniéndose) ¿Aquí? ¡Cómo…!

Fulvia: Parece ser que lleva dos días aquí.

Tía Ernestina: Sí, sí… Había venido a preguntar…

Silvio: (Con viva agitación) ¿Y ha hablado con Livia?

Tía Ernestina: ¡No, no…! ¡Conmigo!

Silvio: ¿Y qué quiere?

Fulvia: ¡Lo de siempre! ¡Su locura!

Silvio: ¿Todavía? Pero ¿cómo ha descubierto…?

Fulvia: ¿Cómo quieres que lo sepa…? ¡Ve…! ¡Ve…! Trata de conseguir que se marche antes de que baje Livia.

Silvio se dirige hacia el mirador.

Tía Ernestina: ¡No, no vayas solo!

Silvio: (Encogiéndose de hombros y saliendo) ¡Bah…!

Tía Ernestina: ¡Hazme caso a mí! Será mejor mandarle a Giovanni.

Fulvia: (Irritada) ¡Nada de eso! ¡Tienen que estar solos! Me estás asustando…

Tía Ernestina: Yo le he visto en un estado…

Fulvia: Entonces es mejor que vaya yo…

Tía Ernestina: ¡No, tú, no!

Entra Betta por la segunda derecha.

Fulvia: (Rápida a Betta) ¿Dónde está Giovanni?

Betta: Pues… no sé… Debe de estar en su casita, en el jardín.

Tía Ernestina: ¡Ah, bien, bien… entonces…! Habrá bajado por allí…

Betta: No sé, señora, si debo cumplir la orden que me ha dado la señorita…

Fulvia: ¿Qué orden?

Betta: Quisiera que el automóvil…

Tía Ernestina: ¡He comprendido! ¡Quiere marcharse! Me lo ha dicho.

Fulvia: ¿Qué? ¿Que se quiere marchar? ¿Adónde?

Tía Ernestina: Parece ser que ha hecho sus preparativos.

Fulvia: ¿Para marcharse? Pero, ¿cómo? ¿Así, exprofeso, la noche en que llego?

Tía Ernestina: No, querida mía, hace ya tiempo, hace ya tiempo que se conjura, aquí… (Mira a Betta, estremeciéndose)

Betta: ¿Me lo dice a mí, señorita?

Tía Ernestina: ¡A usted, a usted, sí! Con el señor párroco. No sé qué embajadas…

Fulvia: Pero, ¿dónde quiere irse? ¿Por qué?

Betta: Yo no sé nada… Yo he obrado obedeciendo órdenes…

Fulvia: ¿Y qué tiene que ver el párroco con todo esto?

Tía Ernestina: Ha estado usted hoy otra vez allí, cerca de cuatro horas. ¡No lo niegue!

Fulvia: (Con el desdén de quien no quiere preocuparse más por una tan manifiesta y dura injusticia) ¡Bah! ¡Ya se las entenderá con su padre! ¡Yo me voy con mi hija!
Va a salir por la primera derecha, cuando, por la segunda, aparece Livia, en traje de viaje.

Fulvia: (Deteniéndose) Pero, ¿qué es esto? ¿Qué locuras son éstas, Livia?

Livia: ¿Dónde está mi padre?

Fulvia: ¿Quieres marcharte? ¿Adónde quieres ir?

Livia: Esto, lo sé yo.

Fulvia: Pero… ¿lo dices en serio? ¿A esta hora? ¿Y por qué, además? ¿Sin ningún motivo?

Livia: El motivo lo sé yo. ¡Y usted también debería saberlo!

Fulvia: (Herida por aquel «usted», la mira) ¿Ah, ahora me tratas de usted? Pero, veamos…, ¿qué ha ocurrido?

¿Cuál es el motivo que yo también debería saber?

Livia: Quiero hablar con mi padre. ¿Dónde está?

Fulvia: Pero, ¿crees que tu padre te va a dejar marchar así?

Livia: ¡Mi padre no tiene ya derecho alguno a retenerme aquí, a su lado!

Fulvia: ¿Quieres decir… «a tu lado»?

Livia: ¡No! Digo al lado de «usted».

Fulvia: (Vuelve a mirarla, y se contiene) ¡Está bien! ¡Llámame como quieras! Pero ¿por qué crees que tu padre…?

Livia: ¡Esto lo veremos él y yo!

Fulvia: ¡Oh… está bien…! ¡Entiéndetelas con él! Yo estoy cansada… No has visto siquiera cómo y con quién he regresado… (Hace ademán de salir)

Livia: ¡Márchese, sí! Tanto mejor. Ahora, aquí, ya tendrán todos a la otra…

Fulvia: (Con un destello de esperanza de que la decisión de Livia sea por celos de su hermana) ¿Ah, es por esto? ¡No, Livia! No puedes figurarte, hija mía, con cuánto afán he deseado, al volver aquí, tenerte en mi corazón junto a esa pequeñita que duerme allá… (Y hace ademán de abrazarla)

Livia: (Con un súbito y fiero gesto de repulsión) ¡Ah, no… déjeme… por favor! ¡Al lado de aquélla yo no me pongo!

Fulvia: (Haciendo un esfuerzo sobrehumano por dominarse, lastimándose a sí misma con tal de salvar de aquella repulsión a la hija pequeña) Lo dices por mí, ¿verdad, Livia…? ¿No lo dices por la chiquitina?

Livia: ¡Lo digo por usted… y también por ella!

Fulvia: ¡No… no… no! Porque… pienses lo que pienses de mí… quieras o no quieras… es tu hermana.

Livia: ¡No es verdad! ¡Todavía no!

Fulvia: ¿Cómo que no es verdad?

Livia: No es verdad, porque usted no es la mujer de mi padre.

Fulvia: ¿No? ¿Y qué soy, entonces?

Livia: ¡Lo sabe usted mejor que yo, lo que es!

Fulvia: (De nuevo con aquel destello de esperanza) ¿Me desprecias por esto? ¡Ah… pues si es por esto…, no, Livia! No sé cómo has podido suponer…

Livia: ¿Dónde está su certificado de matrimonio?

Fulvia: (Volviéndose a medias hacia Tía Ernestina, a medias hacia Betta) ¡Ah…! ¿Conque esta es la conjuración…?

Habéis hecho investigaciones, ¿eh? (Señala a Betta y a Livia)

Livia: ¡No existe! ¡No existe!

Fulvia: (Con un arranque de altivez, para cortar en seco) ¡Existe! ¡Has buscado mal! ¡Existe!

Livia: ¡No basta negar! ¿No podría decir dónde?

Fulvia: Por caridad, Livia, no me hagas hablar… Por compasión de ti misma, más que de mí… no me pongas a prueba, te lo suplico. Estoy verdaderamente cansada.

Livia: No. No hace falta que diga nada más. Con esto me basta.

Fulvia: ¿Qué es lo que te basta?

Livia: Esta confesión.

Fulvia: ¿Qué confesión?

Livia: La de que por compasión hacia mí… oculta cosas… que no puede decir.

Fulvia: ¡No es verdad! ¡Yo no oculto nada!

Livia: Me ha pedido que no le haga hablar… ¿De qué no quiere hablar? ¿De cosas que hacen referencia a mí?

Fulvia: No, no… no digo esto.

Livia: Entonces… ¿son cosas que hacen referencia a usted?

Fulvia: ¡A mí…, sí!

Livia: ¡Ya me lo imaginaba!

Fulvia: ¡Tú no te imaginas nada! ¡No son cosas que puedas imaginar! ¡Y es mejor así… te digo yo misma que es mejor así…! ¡Déjame ahora tranquila!

Livia: ¡Oh, ya quedará tranquila, ahora! ¡Me voy!

Fulvia: ¡No puedes marcharte! ¡No debes! He sufrido un verdadero martirio, durante un año entero, para que, por lo menos, siguieses al lado de tu padre, ya que a mi lado no quieres…

(Livia la mira torvamente y Fulvia, corrigiéndose, añade:) No puedes, no puedes… está bien. Y yo no he hecho nada para obligarte a ello, como no sea tratarte con el afecto de una verdadera madre, hasta que me he abstenido también de esto, viendo que no podías responder a aquel afecto mío, y que incluso te causaba enojo, en lugar de placer… ¡Pues bien, no quiero ni pido ya nada! Puedes seguir despreciándome. Pero soy la esposa legítima de tu padre. Y no te lo digo por mí. Te lo digo por la pequeñita; debes quererla a pesar de todo, aunque no me quieras a mí… ¡porque es tu hermana!

Es hija de tu padre, exactamente igual que tú, sin la menor diferencia. Y conviene que comprendas en seguida esto: ¡Sin ninguna diferencia…!

No podría admitir que creyeras que entre tú y ella existe la menor diferencia.

Livia: Excepto la de la madre, me concederá usted…

Fulvia: (Perdiendo en este momento, ante la mordaz ironía, todo dominio de sí misma) ¡No, ni siquiera ésta!

Livia: (Fría, más irónica que minea) ¿Cómo que ni siquiera ésta? ¡No somos hijas de la misma madre, me parece!

Fulvia: Pero, ¿quién crees que soy? ¿Qué piensas de mí?

Livia: ¡Lo mismo que juzga útil ocultar…!

Fulvia: ¿Y quisieras hacerlo pesar sobre mi hija? ¡Ah, no; esto no!

Livia: Mi madre…

Fulvia: ¿Qué pasa con tu madre…? ¡Acaba ya…! ¡Si no la has conocido!

Livia: Si no la he conocido, sé quién era; y sé quién es usted.

Fulvia: ¿Quién soy yo? (La agarra; la sacude, en el colmo del furor) ¿Qué puedes saber tú de esto…? ¿Ah, sí..? ¿Estás segura? ¿Y no te lo quitarás de la cabeza? ¿Y seguirás creyendo que mi hija tiene por madre a una mujerzuela? ¿Sí, eh…? ¡Pues entonces yo te digo ahora que también tú eres hija de una mujerzuela!

Livia: (Aterrada, horrorizada) ¡No, no!

Fulvia: ¡Sí! ¡Tal como te lo digo! ¡Hijas de la misma madre! ¡Porque yo soy tu madre! ¡Yo! ¿Comprendes ahora? ¡Te han hecho creer que había muerto! ¡No es verdad! ¡Heme aquí! ¡Soy tu madre! ¡Y lo que soy para la otra lo soy para ti…! ¡Sin diferencias! ¡Sin diferencias…! ¡Ah, por fin me he liberado! ¡Ahora estoy viva! (Dirá esto abandonando como muerta a Livia en los brazos de su padre, que, al oír los gritos, ha acudido inmediatamente, acompañado de Marco Mauri, por el mirador)

Silvio: (Estrechando a Livia entre sus brazos) ¡Pero si… la has matado!

Fulvia: ¡La ha matado tu impostura! ¿Querías que pesase también sobre mi hija y la aplastase de igual modo? ¡Pues bien… no!

Silvio: ¡Pero tú ahora no puedes ya seguir aquí!

Fulvia: ¡Y me voy! ¡Me voy, sí! ¡Pero no como antes! ¡Ah, no, ahora no es como antes! (A Mauri) ¡Mi hijita…! ¡Ve…! ¡Por allá… mi hijita!

(Señala hacia la primera puerta de la derecha y Mauri sale por allí) ¡Mi hijita!

Silvio: (Tratando de sacudir suavemente a su hija, que está como muerta) ¡Livia! ¡Livia!

Fulvia: (Que se habrá acercado a la primera puerta de la derecha, esperando impaciente que Mauri le traiga a su hijita:) ¡Calla! ¡Esta vez me la llevo conmigo, a tu Livia! ¡Díselo cuando vuelva en sí…! Me la llevo… a ella, sí… viva… y mía… ¡Como yo, viva! ¡A la vida…! ¡Y a la ventura!

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