1919 – El injerto – Comedia en tres actos

El injerto – Comedia en tres actos

In Italiano – L’innesto

Compagnia Teatrale "Volti dal Kaos" - 2014

Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero


Personajes

Laura Banti, esposa de
Giorgio Banti
La Señora Francesca Betti, madre de Laura y de Giulietta
El abogado Arturo Nelli
La Señora Nelli
El Doctor Romeri
El Comisario
La Zena, campesina
Filippo, viejo jardinero
Un Criado
Una Camarera
El Portero
dos Gurdias que no hablan.

El primer acto en Roma. El segundo y el tercer acto en una villa de Monteporzio.
Época actual.


Acto Primero

Salón elegantemente amueblado en casa Banti. Puerta principal al fondo y laterales a derecha e izquierda.

Escena I
La Señora Nelli, la Señora Francesca y Giulietta. 

Al levantarse el telón, la Señora Nelli, que ha venido de visita, espera, hojeando de pie, junto a una pequeña mesa, una revista ilustrada. Entran poco después, por la puerta de la izquierda, la Señora Francesca y Giulietta. Vienen, como la Señora Nelli, de sombrero.

Francesca: (Vieja provinciana enriquecida, embutida en un traje muy ceñido y demasiado elegante, que contrasta con su aspecto un poco vulgar y su manera de hablar. No es tonta; más bien un poco pesada) ¡Mi querida Señora!

Señora Nelli: (Elegante, pero ya ajada, con ciertas veleidades de mantenerse en un mundo que no es ya el suyo) ¡Oh, la Señora Francesca! ¡Y Giulietta! ¡(Intercambio de saludos)

Francesca: ¿Lo ve? Aquí nos tiene también, esperando.

Señora Nelli: Ya, lo he sabido…

Francesca: Hará una hora. ¡Más, más, qué digo! ¡Lo menos hace dos horas!

Giulietta: (Muy fina, actitud fatigada; afecta cierta superioridad) Es verdaderamente extraño, créame. Estoy preocupada.

Señora Nelli: ¿Por qué? ¿Está fuera desde hace mucho tiempo?

Giulietta: ¡Oh, sí, desde esta mañana a las seis, figúrese…!

Señora Nelli: ¡Oh! ¿Desde las seis? ¿Laura ha salido de casa a las seis?

Francesca: (A Giulietta, resentida) Si lo dices así, «a las seis», Dios sabe lo que puedes hacer creer… Hay que decir que ha salido con…, con la cosa.

Giulietta: (En voz baja, fastidiada) Con la caja.

Francesca: ¡Eso es, sí! De colores…

Señora Nelli: ¡Ah, bravo! ¿Ha vuelto a la pintura?

Francesca: Sí, Señora. Hace tres días. Va al campo…; bueno, no sé… A un bosque.

Giulietta: ¿A un bosque, mamá? ¡Si va a Villa Julia!

Francesca: Yo he vivido siempre en Nápoles, Señora. Estas ciudades de por aquí me desorientan.

Giulietta: Bien, pero ayer y anteayer, a las once, como máximo, estaba de regreso, ¿comprende? Y ahora pronto será de noche y…

Señora Nelli: Habrá querido terminar el cuadro.

Francesca: ¡Claro que sí! (A Giulietta) ¿Lo ves? Es lo mismo que yo he pensado.

Señora Nelli: Eso debe de ser. Si ha salido con la caja de pinturas, no hay por qué preocuparse. Se explica…

Giulietta: No, perdone, esto no explica nada. Si desde hace tres días sale al amanecer, es de suponer que quiere pintar… No sé… Ciertos efectos de color a primera hora que después, al avanzar el día, desaparecen.

Señora Nelli: ¡Ah! ¿Es usted pintora, Giulietta?

Giulietta: ¡Ah, no, Señora, por favor…!

Francesca: No lo niegues; entiende también, ¿sabe usted? ¡Ah, Señora me ha gustado siempre la instrucción! Yo no pude tenerla, pero mis hijas, gracias a Dios…, han tenido los mejores profesores. Francés, inglés, música… Y Laura, que tenía disposición para la pintura, tomó clases del profesor Dalbuono; ya sabe usted… ¡Es conocidísimo! Giulietta no quiso estudiar, pero…

Señora Nelli: (Completando la frase) …estando al lado de su hermana…

Francesca: ¡Eso es! (A Giulietta, que se aleja, encogiéndose de hombros) ¿Qué te pasa?

Señora Nelli: (Fingiendo no comprender que la muchacha se siente mortificada por la vulgaridad de su madre) ¡Vamos, Giulietta, no esté tan preocupada! Dice usted muy bien, pero ¿no puede habérsele ocurrido a Laura empezar algún otro cuadro en otro sitio?

Giulietta: (Fríamente, accediendo, por cortesía) Es probable, sí.

Señora Nelli: Si ha vuelto a pintar con el ardor de antes…

Giulietta: ¡No, qué va! ¡Laura ya no siente ningún entusiasmo por eso!

Francesca: ¡Claro! Cuando una se casa… Estas son cosas, ¿cómo se dice?, de adorno, eso es, de adorno, para las muchachas. ¿No le parece? Pero mi yerno lo quiere. ¡Hay que decir la verdad! ¡Es mi yerno quien la empuja!

Señora Nelli: ¡Y hace bien! ¡Hace muy bien! Sería una verdadera lástima que Laura, después de haber dado tantas muestras de…

Giulietta: Sí, pero mi cuñado no lo hace por esto. Quizá, si Laura viese en su marido cierta afición a su arte… Pero sabe que la empuja a volver a tomar la paleta como la empujaría a… ¿qué sé yo? A cualquier otra ocupación…

Francesca: ¿Y te parece mal? Hay que tener una ocupación u otra… Sí, Señora, cuando se ha crecido como han crecido mis hijas… ¿Sabe cuál es la verdadera lástima, aquí? ¡Que no hay hijos!

Señora Nelli: ¡Oh, por favor, Señora, no los nombre! ¡Si supiese cuánto envidio a Laura! Se casó dos años antes que yo, hace ya siete, ¿no es verdad? Y yo, en cinco años que llevo de matrimonio, tengo ya tres…

Francesca: ¡Sí, pero es que usted, hablemos claro, se lanzó con todo su ímpetu…!

Señora Nelli: (Riendo, con fingido horror) ¡Oh, no! ¿Qué está diciendo? ¡Pobre de mí…! Han venido porque tenían que venir…

Francesca: Yo digo que en una casa ha de haber, al menos, uno…

Señora Nelli: Me parece que Laura y su marido viven tan unidos…

Francesca: ¡Ah, sí, en cuanto a esto…!

(Se inclina hacia la Señora Nelli y le confía, al oído:) ¡Demasiado, Señora! ¡Demasiado! ¡Demasiado!

Señora Nelli: (Bajo, sonriendo ligeramente) ¿Cómo, demasiado?

Francesca: Sí, porque… ¿sabe lo que ocurre? En los primeros tiempos, cuando marido y mujer son jóvenes y se quieren, si piensan que pueden tener hijos, el marido, particularmente, se…, se…

(Hace un gesto expresivo con la mano, contrayendo los dedos delante del pecho y echándose atrás, como para indicar: «se asusta») ¿Me explico? Porque teme que su mujercita no esté del todo para él.

Señora Nelli: ¡Ah, bastante lo sé…! Después pasa un año, pasan dos…, tres… ¿Desea ahora un hijo el señor Banti?

Francesca: ¡No! ¡Lo desea Laura! ¡Y si supiese cuánto! Giorgio dice que él lo desea solamente para ella.

Giulietta: Y, naturalmente, Laura lo desea también para ella.

Francesca: Pero, ¿qué dices? ¿Por qué hablas así? ¿Quieres hacer creer a la Señora que Laura no está contenta con su marido?

Giulietta: ¡No, no, mamá! Yo no he dicho esto. Cuando pasan, no dos, ni cinco, sino siete años…

Francesca: ¡Tú no entiendes nada de esto! La mujer, Señora mía, después de tantos años, si no tiene hijos, ¿qué hace? Se estropea. ¡Se lo digo yo! ¡E incluso el hombre se estropea! ¡Se estropean los dos, a la fuerza! (Señalando a Giulietta) No puedo hablar. Pero es todo lo contrario de lo que imagina esta muchacha. Porque el hombre pierde la idea de ver mañana en su mujer a la madre de sus hijos y… y… ¿me he explicado, verdad?

Señora Nelli: Sí, comprendo… comprendo…

Francesca: ¡Estas benditas muchachas! ¡Sabe Dios qué sueños se forjan!

Giulietta: ¡Dios mío, mamá! ¡Sabes muy bien que yo no vivo soñando!

Francesca: ¡Ah, sí, ella no sueña! ¿Y crees que es muy bonito no soñar? No puedo sufrir, Señora, a estas muchachas de hoy día, con ese aire tan… tan…

Señora Nelli: (Apuntando, con una sonrisa) Fané.

Francesca: ¿Como ha dicho?

Señora Nelli: Fané.

Francesca: ¡Exacto!

Giulietta: (Con desdén) Es la moda.

Francesca: Yo no sé el francés, pero sé que esta moda no me gusta en absoluto.

La Camarera: (Llega corriendo, con gran agitación, por la puerta del fondo) ¡Señora! ¡Señora!

Escena II

Dichos y Camarera. 

Francesca: ¿Qué ocurre?

La Camarera: ¡Oh, Dios mío! ¡La señorita Laura! ¡Venga! ¡Venga!

Francesca: ¿Mi hija? (Se pone en pie)

Señora Nelli: (Levantándose al mismo tiempo:) ¡Oh, Dios mío! ¿Qué ha sido?

La Camarera: ¡La traen herida!

Francesca: ¿Herida? ¡Cómo! ¿A Laura?

Giulietta: (En un grito, corriendo hacia la puerta del fondo) ¡Ya lo decía yo!

Francesca: (Corriendo también hacia allá:) ¡Hija mía! ¡Hija mía!

Escena III
Dichos, Laura, el Comisario, un Criado, el Portero, dos Guardias. 

Laura, sostenida por el Comisario y un Criado, aparece en el umbral, casi desfalleciente, con el traje y los cabellos en desorden. Su rostro tiene palidez cadavérica y le sangra un labio. La piel de su cuello está hecha jirones sanguinolentos. El Portero lleva en la mano el sombrero de Laura y la caja de colores. Los dos Guardias quedan en pie junto a la puerta.

Francesca: (Que ha corrido hacia allí junto con los demás, retrocede, aterrada, ante la aparición de su hija en aquel estado; después, con un grito, corre hacia ella) ¡Laura! ¡Dios mío! ¿Qué te han hecho? ¡Laura mía!

Laura: (Arrojándose al cuello de su madre, convulsa, con espanto y desesperación:) ¡Madre! ¡Madre…! ¡Madre!

Francesca: ¿Estás herida? ¿Dónde? ¿Dónde?

Giulietta: (Tratando de abrazar también a su hermana) ¡Laura! ¡Mi Laura! ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?

Señora Nelli: Pero, ¿cómo ha sido? ¿Qué ha sido?

Francesca: ¿Quién te ha herido? ¡Hija! ¡Hija mía! ¿Dónde estás herida?

Giulietta: (Acercando una silla y gritando) ¡Aquí, mamá!

Francesca: ¿Dónde? ¿Dónde?

Giulietta: ¡Hazla sentar, mamá, que no se sostiene en pie! ¿No lo ves?

Francesca: ¡Ah, sí, sí, siéntate, hija mía…! Pero ¿quién ha sido el asesino? ¿Quién?

No puede seguir hablando porque Laura, desplomándose sobre la silla sin soltar su cuello, la obliga a inclinarse.

Giulietta: ¿Quién ha sido? (Al Comisario, fuerte:) ¡Dígalo usted! ¿Quién ha sido?

Comisario: (Apurado, mirando a la Señora Nelli, como para hacerse comprender) La señorita ha sido víctima de una… de una agresión.

Señora Nelli: (Con un grito ahogado) ¡Ah!

Giulietta: (Arrodillándose y haciendo gesto de rodear con sus brazos a su hermana) ¡Oh, Laura, di…! ¿Qué ha pasado?

Laura: (Soltando los brazos del cuello de su madre y rechazando por impulso instintivo, pero con angustioso afecto, a su hermana) ¡No… tú, no, Giulietta…! ¡Vete… vete… vete!

Giulietta: (Poniéndose en cuclillas y echándose hacia atrás, perpleja) ¿Por qué?

Francesca: (Intuyendo lo que ocurre, levantando las manos y cerrando los ojos) ¡Ah, Dios mío…!

(A la Señora Nelli, haciéndole signos de llevarse a Giulietta) Señora…

(Después, inclinándose sobre Laura:) ¿Pero, cómo…? ¡Hija mía!

(De nuevo a la Señora Nelli) Señora, por favor…

Señora Nelli: (A Giulietta) Venga…, venga, querida. Vámonos de aquí…

Giulietta: Pero, ¿por qué…?

Después mira al Comisario; comprende que debe marcharse; irrumpe en sollozos sobre el hombro de la Señora Nelli, que se la lleva por la puerta del fondo.

Laura: (Mostrando el cuello a su madre) Mira… mira…

Francesca: Pero ¿quién ha sido? ¿Quién?

Laura: (No puede hablar; su estado convulso ha llegado al punto álgido; por tres veces, entre el espantoso temblor de todo su cuerpo, retorciéndose las manos de vergüenza, de asco, grita, a empellones:) ¡Un bruto…! ¡Un bruto…! ¡Un bruto…!

Y prorrumpe en un llanto que parece un relincho, brotando de sus vísceras agitadas.

Francesca: ¡Hija mía!

Se precipita hacia ella y, sintiéndola desfallecer, la sostiene can la ayuda de la Camarera) Llevémosla allá…

(La llevan hacia la puerta de la izquierda) ¡Un médico, pronto! ¡El doctor Romeri!

Criado: Ya ha sido avisado, Señora.

Portero: Le he llamado por teléfono…

Francesca, Laura y la Camarera salen por la puerta de la izquierda.

Escena IV
Dichos, el doctor Romeri, después Giorgio Banti, Arturo Nelli, la Señora Nelli.

El Criado: (Al Comisario) ¿Le han cogido?

El Comisario no responde; abre los brazos.

El Portero: Pero ¿cómo ha sido?

Entra apresuradamente por la puerta del fondo el doctor Romeri.

El Criado: ¡Ah, aquí está el doctor!

Romeri: ¿Dónde está? ¿Dónde está?

El Criado: Por aquí, doctor. Venga…

Le señala la puerta de la izquierda.

Se oyen, mientras tanto, dentro las voces de Giorgio Banti y de Arturo Nelli que llaman…

Giorgio Banti y Arturo Nelli: ¡Doctor! ¡Doctor…!

El doctor Romeri se detiene, se vuelve. Aparece Giorgio, pálido, descompuesto; el abogado Nelli, la Señora Nelli.

Giorgio: ¿Está herida? ¿Está herida?

Romeri: No sé, acabo de llegar…

Giorgio: ¡Venga! ¡Venga!

Se precipita hacia la puerta de la izquierda, seguido por el doctor.

Escena V
Dichos, menos Giorgio y Romeri. 

Señora Nelli: (Al Comisario) Pero ¿cómo ha sido?

Nelli: (Al Criado y al Portero) ¡Idos, idos, vosotros! Señor Comisario, estos guardias…

El Comisario: (A los guardias) Podéis retiraros…

Los guardias saludan y salen con el Criado y el Portero.

Escena VI
Nelli, la Señora Nelli, el Comisario.

Nelli: ¿Una agresión?

El Comisario: Sí, parece ser que en Villa Julia.

Señora Nelli: Había ido a pintar.

El Comisario: No lo sé muy bien todavía. He sido encargado de las primeras investigaciones.

Señora Nelli: Iba allí desde hace tres días.

Nelli: ¿Siempre al mismo sitio?

Señora Nelli: Creo que sí. Lo ha dicho Giulietta. Cada mañana, a las seis.

Nelli: ¿Pero, cómo…? ¿Sola?

El Comisario: Un guarda de Villa Julia la encontró por el suelo…

Señora Nelli:¿Desmayada?

El Comisario: Dice que no daba señales de vida. Parece ser que ha oído primero los gritos de la Señora.

Señora Nelli: ¿Cómo? ¿Y no ha acudido…?

El Comisario: Dice que estaba demasiado lejos. La villa está siempre desierta.

Nelli: Pero ¡qué locura! ¡Ir sola de esta manera!

Señora Nelli: Aquí está la caja de los colores…

Los otros dos se vuelven para mirar la caja, impresionados, como se suele estar ante un objeto que ha sido testigo de un drama reciente.

El Comisario: Sí, y el sombrero. (Pausa) Fueron encontrados por el guarda a mucha distancia del sitio donde yacía la Señora.

Nelli: ¡Ah…! ¿Pero, entonces…?

El Comisario: Seguramente la Señora trató de huir.

Señora Nelli: ¿Y fue perseguida?

El Comisario: No lo sé. Es algo increíble. Fue encontrada echada sobre un seto de espinos.

Señora Nelli: (Estremeciéndose, horrorizada) ¡Ah! Quizá lo quiso saltar.

El Comisario: Y fue alcanzada allí. Es posible.

Señora Nelli: Lleva arañazos por todas partes. En el cuello, en la boca… ¡Da lástima de ver!

Nelli: Moviendo la cabeza, con amarga irrisión.) Entre los espinos…

El Comisario: Un granuja… Parece ser que el guarda le ha visto.

Nelli: (Con ansia) ¿Ah, sí?

El Comisario: Sí, señor. Cuando saltaba por encima de las malezas de espino. Un granuja, un jovenzuelo. Pero en vez de perseguirle, como hubiera debido, pensó en auxiliar a la Señora y…

Se interrumpe, volviéndose hacia la puerta de la izquierda, por la que llegan voces apagadas.

Escena VII
Dichos; Giorgio, el doctor Romeri, Francesca, después, Giulietta.

Romeri: (Desde dentro) ¡Y yo le digo que no! ¡Perdone! Le ruego que…

Francesca: (Desde dentro) ¡Por favor, Giorgio! ¡Por favor!

Giorgio: (Saliendo por la puerta de la izquierda, descompuesto, gritando entre sollozos:) ¡Pero yo tengo el derecho de saber! ¡Debo, quiero saber!

Romeri: (Gritando también) ¡Ya lo sabrá, pero a su hora!

Giorgio: ¡No! ¡Ahora! ¡Ahora mismo!

Romeri: Le digo que por ahora no solamente no debe hacerla hablar, sino que no debe ni siquiera dejarse ver.

(A los demás) ¡Reténganle aquí! (Vuelve a salir por la puerta de la izquierda)

Nelli: Ven, Giorgio…

(Y como quiera que Giorgio, convulso, le apoya la cabeza y las manos sobre el pecho, echándose a llorar, Nelli añade:) ¡Pobre amigo mío! ¡Pobre amigo mío!

Francesca: (A la Señora Nelli) Le ruego, Señora, que acompañe a mi casa a Giulietta.

Señora Nelli: Sí, Señora. ¿Quiere que la acompañe ahora mismo?

Francesca: Sí, por favor. Dígale que yo me quedo todavía… mientras pueda… ¡Dios mío! Es ya de noche y tiene que ocuparse de mi pobre marido… Ya sabe usted en qué estado está…

Señora Nelli: ¡Lo sé, lo sé…! Si yo pudiese…

Francesca: No, muchas gracias. No se deja tocar por nadie… ¡Ah, aquí está Giulietta!

Giulietta aparece llorosa por la puerta del fondo.

Francesco, con la mano, le hace signo de acercarse…

Francesca: Tú te irás con la Señora. Yo iré en cuanto pueda.

Giulietta: Pero ¿y Laura?

Francesca: Laura está aquí al lado.

Giulietta: ¿Y no puedo ni siquiera verla?

Francesca: ¿Para qué la quieres ver? Tiene que estar tranquila, por ahora. Ve, ve a ocuparte del pobrecito de tu padre. ¡Y no digas nada, sobre todo!

Giulietta: Pero… ¿de qué se trata? ¿Qué pasa?

Francesca: ¡Nada! ¡Nada! ¡Llévesela, Señora!

Señora Nelli: Sí. ¡Vámonos, Giulietta!

Giulietta: (Resuelta, acercándose a su cuñado) Giorgio…, ¿tú también me dices que no es nada?

Giorgio: ¿Yo?

Giulietta: Lo quiero saber de ti.

Giorgio: Pero… ¿qué quieres que te diga yo? Si no lo sé… No sé…

Francesca: ¡Pero vete de una vez, hija mía! Me haces estar aquí… ¡Ve, ve con la Señora!

Sale por la puerta de la izquierda.

Señora Nelli: (Llevándose a Giulietta) Vamos, vamos, querida…

Salen por la puerta del fondo.

Escena VIII
Nelli, Giorgio, el Comisario.

Giorgio: (Agresivo, al Comisario) ¿Qué sabe usted? ¡Diga lo que sabe! ¡Tiene usted que decirme ahora mismo todo lo que sabe! Porque, por un delito como éste, si le cogen…

(A Nelli) Dilo tú… ¿Cuánto? Dos, tres años de cárcel, ¿no es verdad?

(Al Comisario) ¡Mientras que yo tengo el derecho de matarlo! ¿Lo sabe usted?

El Comisario: Yo no sé nada, señor. Estoy aquí para las debidas indagaciones.

Nelli: ¡Pero si no hay nada que saber!

Giorgio: ¿Cómo que no hay nada que saber?

Nelli: ¡Nada! Nada que saber, nada que indagar. ¡Basta ya, por Dios!

Giorgio: ¿Basta?

Nelli: ¡Sí! ¡Te digo que basta! Laura ha sido víctima de una agresión en una villa; el ladrón…

Giorgio: ¿El ladrón?

Nelli: Sí, sí, el ladrón… Un miserable cualquiera… No se ha hallado el rastro… ¡Así es que basta! ¡Aquí termina todo! ¿Para qué hablar más del asunto?

Giorgio: ¡Ah, no, amigo mío, te equivocas!

El Comisario: Yo he recibido instrucciones. El delito es de orden público.

Nelli: Lo cual quiere decir que pasaré por la Jefatura y hablaré con el Comisario. Usted puede marcharse; ¡hágame caso!

Giorgio: ¡No! ¡No! ¿Y yo? ¡Para los demás, termina todo aquí…! Pero… ¿y yo?

Nelli: ¿Tú? ¿Qué quieres hacer? ¿Te imaginas que aunque lo pesquen te lo pondrán en las manos para que lo mates? ¡Vamos! ¿Entonces? Tú mismo lo has dicho. Sí, por un delito que tú, el ofendido, podrías castigar con la muerte y no tendrías ni un día de castigo, la ley no le impone más allá de dos o tres años de cárcel. ¿Es esto lo que quieres? ¿El escándalo de un proceso? ¿La publicación de la sentencia en los periódicos? ¡Vamos, vamos!

(Al Comisario) ¡Váyase, váyase, señor comisario…!

El Comisario: En vista de que el médico dice que por ahora no hay que hacer hablar a la señorita, creo que puedo retirarme.

Nelli: Sí, sí, desde luego. Y ya pasaré a ver al Comisario general.

El Comisario: Les saludo…

Se inclina y sale por el fondo.

Escena IX
Giorgio y Nelli.

Nelli: ¡No falla! En caso de necesidad, esta gente no interviene nunca. En cambio, se obstinan en meterse entre pies cuando para nada se les necesita, cuando lo único que hacen es estorbar.

Giorgio: ¡Pero, qué me importan a mí los demás! ¿Qué quieres que me importen?

Nelli: Hoy no te importan; pero ya verás como te importarán mañana.

Giorgio: En primer lugar, es inútil, porque ahora ya lo sabe todo el mundo: aquí, y donde la han visto y recogido… Pero, aunque nadie lo supiese, si lo sé yo…, ¿no comprendes que para mí todo ha terminado?

Nelli: Comprendo, Giorgio, todo el horror que debes experimentar en este momento. Pero es necesario que lo venzas con la compasión que debe inspirarte tu pobre mujer.

Giorgio: ¿Es a mí a quien hablas de compasión?

Nelli: ¿No quisieras tenerla?

Giorgio: ¡Yo soy el marido! Podéis sentirla vosotros, la compasión, y quien haya pasado por esta tortura. ¡Pero soy yo, yo solo, quien se encuentra realmente en presencia del horror de este tormento, de esta ofensa que no ha sido hecha a ella sola, sino también a mí! ¡Y nadie sino yo puede sentir con mayor intensidad ese horror! ¡Nadie, ni siquiera ella!

Nelli: ¡Te comprendo, Giorgio, te comprendo…! Es cruel, sí. Pero ¿qué quieres hacer?

Giorgio: No lo sé…, no lo sé… Me vuelvo loco… ¿Compasión, dices? ¿Sabes cuál sería la verdadera compasión, en este momento, para mí? Acercarme a su lecho, y allí mismo, por este mismo amor, matarla mientras aún fuera inocente.

Nelli: ¡Esto es una locura! ¡No razonas!

Giorgio: ¿Y quieres que razone?

Nelli: ¡Debes razonar!

Giorgio: No me extraña que me hables así. Es lógico… Pero, si el caso te hubiese ocurrido a ti, ¿razonarías?

Nelli: ¡Claro que sí! ¡No es culpa suya!

Giorgio: Esto es precisamente lo que me parece cruel. ¡Que exista la ofensa más brutal, sin haber culpa! Para mí, es peor…, mucho peor. Si hubiese culpa, estaría ofendido el honor; podría vengarme. Pero está ofendido, en cambio, el amor. ¿Y no comprendes que nada es más cruel para mi amor, que esta obligación que le impongo, de sentir compasión?

Nelli: ¡Pero el mismo amor que sientes por ella debería moverte a compasión!

Giorgio: ¡Imposible! ¡El amor, no!

Nelli: Eso sería aún más cruel…

Giorgio: (Interrumpiendo) ¡Más cruel, sí!

Nelli: (Prosiguiendo) …que lo que la pobre ha padecido…

Giorgio: ¡Sí, sí! ¡Es así mismo! No tener compasión sería cruel para ella; pero tenerla es cruel para mí. Y cuanto más reflexiono y más reconozco la justeza de tus razones, más crece la crueldad en mí. Debo reflexionar, claro… Reconocer que no hay culpa; que ella ha sido más ofendida que yo, en su cuerpo, y que sufre ahora su vergüenza, sufre por el escarnio que se ha hecho de ella… Y yo, ¿qué quiero? ¿Qué pretendo? ¿Aumentar la dosis de crueldad que recae sobre ella? ¿Dejarla pasar sola esta vergüenza? ¿Despreciarla?

Nelli: ¡Sería falta de generosidad!

Giorgio: ¡Sería vil!

Nelli: ¿Lo ves? Tú mismo lo reconoces.

Giorgio: ¡Vil, sí, vil! Pero si el amor se revela igualmente vil cuando se encuentra, como me encuentro yo ahora, en el límite de sus celos más vivos, ¿qué puedo hacer yo? ¿Que puedo hacer? (Prorrumpe en sollozos desesperados)

Nelli: ¡Vamos, vamos, Giorgio! ¡Te atormentas inútilmente! ¡Es el primer momento, te lo aseguro…!

Giorgio: ¡No! ¡Es como en la selva, en la selva primitiva! Pero antes, por lo menos, había el horror sagrado hacia aquella monstruosidad primitiva, en la naturaleza, en el bruto… Ahora, estamos en una villa, con sus senderos, sus setos y sus bancos… Una Señora, con sombrero, está pintando, sentada en su banquillo. ¡Y viene el bruto! ¡Pero va vestido, oh, sí, vestido decentemente! ¡Me parece que lo estoy viendo! Quién sabe si no llevaba guantes… ¡Aunque no, la ha arañado! ¿No sientes que es mucho más obsceno? ¿Mucho más vil? ¿Y yo tengo que mostrarme generoso, mientras todos mis sentimientos rugen como fieras en mi pecho…? ¡Generoso! (Súbitamente, dejando el tono irónico) ¡No, no! ¡Veo que no puedo! ¡No puedo! Tengo que marcharme. Me voy… Me voy…

Nelli: ¿Pero, cómo? ¿Y dónde? ¿Serías en serio capaz de dejarla así?

Giorgio: Sería más cruel quedándome.

Nelli: Pero ¿qué quieres hacer? ¿Dónde quieres ir?

Giorgio: Necesito destruir, huyendo como un loco, lo que ahora siento ante esta ignominia.

Escena X
Dichos, la Señora Francesca, el doctor Romeri.

Francesca: (Entrando, ansiosa, seguida del doctor Romeri, por la puerta de la izquierda) Giorgio… Giorgio…

(Conteniéndose en el acto a la vista de la sobreexcitación de su yerno) ¿Qué ocurre…? ¡Ah, hijo mío, pobre hijo mío…!

Giorgio: ¡Por caridad, no se me acerque, no me diga nada!

Romeri: Señora, hágame caso… ¿Lo ve usted?

Giorgio: ¿Usted comprende, doctor?

Romeri: Sí, sí; comprendo que usted, en estos momentos…

Francesca: ¡Pero si ella le llama! ¡Si no hace más que preguntar por él!

Giorgio: (Con horror, retrocediendo) ¡No puedo! ¡Ah, no puedo, no puedo, no puedo…!

Romeri: ¿Lo ve? Le haría más daño, Señora, créame a mí… También él necesita esperar un poco…

Giorgio: ¿Qué quiere que espere yo?

Romeri: Pues… algún tiempo.

Giorgio: (Con ironía) Y resignación, ¿no?

Francesca: ¿Por qué resignación? Entonces, ¿es que tú…?

Nelli: ¡Déjelo, Señora, hay que tenerle consideración también a él…!

Francesca: ¡Sí, hijo mío, te tengo consideración… y cuánta! Pero el único remedio a lo que sufres…

Giorgio: …es la compasión, ¿no? ¡También usted! ¡Todos lo mismo! ¡La compasión!

Francesca: Uno de otro, sí, desde luego. ¡Así lo entiendo yo, que soy una pobre ignorante! ¡Compasión, no resignación a un mal que no existe!

Giorgio: ¿Cómo que no existe?

Francesca: ¡No existe! ¡No existe! ¡Vuestro mismo amor ha de decir que no existe! ¡Si quieres de veras a mi hija…! Si no, ¿qué amor es el tuyo? ¿No es verdad? ¡Dígalo usted, doctor! ¡Dígalo, señor Nelli!

Giorgio: (Prorrumpiendo de nuevo en llanto, doblándose hacia adelante y ocultando el rostro en sus manos) ¡Yo la quería…, la quería mucho…! Pero precisamente porque la quería tanto… ¡Ustedes no comprenden! ¡La compasión puede ser para aquella a quien yo quería! Pero, ahora, ya no…

Francesca: ¿No la quieres ya, pues? ¿Y por qué?

Giorgio: ¡Si queréis que tenga compasión de ella! ¿Qué compasión? ¿La vuestra, la mía, pueden acaso ayudarme? ¡Necesito ser cruel! ¿Usted cree que porque no quiero a su hija? ¡No! ¡Precisamente porque la quiero!

Francesca: ¡No es verdad! ¡No es verdad! ¡No la quieres, si obras así!

Giorgio: ¿Quiere acaso que mi amor sea como el suyo? ¿Le parece que el caso es el mismo para usted que para mí? ¡Lo que siento yo, no puede sentirlo usted!

Francesca: Está bien, pero… ¿cómo, de qué manera quieres ser cruel?

Giorgio: ¿Cómo? ¡Ya he dicho cómo! ¡Y si ella siente lo que siento yo, debería alegrarse por ello!

Giorgio: ¡Pero ella te llama! ¿Qué piensas hacer?

Giorgio: ¡No pienso nada! ¡Pero tengo que marcharme…, que marcharme!

Francesca: ¿Y quieres abandonarla de ese modo?

Romeri: ¡Sí, sí, es mejor, Señora! ¡Déjelo estar!

Francesca: Pero ¿cómo va a quedarse sola?

Romeri: Quédese usted con ella…

Nelli: Eso es… Sería muy oportuno…

Francesca: ¿Y quién le dirá que te has ido? ¡Tú, que tienes el valor de hacerlo, tendrías que tener también el de decírselo!

Giorgio: (Resueltamente) ¿Quiere que se lo diga yo?

Romeri: ¡No, por caridad, Señora!

Francesca: Entonces, ¿comprende usted que mi hija podría morir al verse abandonada de esta manera, en este momento, por aquel que debería estar más a su lado, si tuviese un poco de corazón?

Romeri: ¡No, no es esto, Señora!

Giorgio: ¡Todo ha terminado! Siento que para mí todo ha terminado. Puedo sentir compasión y quedarme, pero ¿cómo me quedo? ¿No lo comprenden? Por los demás, ¿verdad? Pues bien, me quedo. Pero será peor.

Nelli: ¡No, no…! Ya verás, Giorgio…

Giorgio: ¿Qué quieres que vea?

Nelli: Ya verás… No quiero decirte nada, porque comprendo que en este momento cada palabra te produce una herida. Escuche, Señora: usted tiene que ocuparse de su marido, ¿verdad? Pues váyase…

Francesca: Pero sola… se volverá loca…

Nelli: Váyase, ¡hágame caso!, y esté tranquila. Giorgio se queda.

Giorgio: ¡Por los demás! ¡Por los demás!

Nelli: ¡Está bien, sí, por los demás!

(A la Señora Francesca, haciéndole un signo y dirigiéndole una mirada significativa para darle a entender que es mejor que marido y mujer se queden solos) Ahora irá a cambiarse y pasará la noche conmigo.

Francesca: ¿Y Laura?

Romeri: La Señora necesita que la dejen tranquila. Vaya usted a decirle que yo he obligado al señor Banti a alejarse.

Francesca: Pero sola… se volverá loca…

Romeri: No, Señora. Ya verá como con la medicina que le he dado para calmar su agitación, descansará. Quizá a esta hora ya descansa. Vaya, vaya a verlo.

Francesca: Bien, yo…

Sale por la puerta de la izquierda.

Escena XI
Dichos, menos Francesca.

Romeri: Voy yo también…

Acercándose y estrechando las manos a Giorgio) Le hago una recomendación: hay que ser siempre más fuertes que la desgracia que nos aflige.

Giorgio: Ésta es para mí peor que la muerte. ¿Se la imagina usted, doctor, a ella, mañana, delante de mí… todavía viva?

Escena XII
Dichos y Francesca. 

Francesca: (Saliendo animadamente por la puerta de la izquierda, de nuevo con el sombrero puesto) Sí, descansa, es verdad…

Romeri: ¿No se lo he dicho yo?

Francesca: Y ahora me voy, ya que no puedo hacer otra cosa. Estaré aquí mañana por la mañana

(Se acerca a Giorgio) Adiós, Giorgio. Y… no te digo, no te digo nada, hijo mío…

Giorgio: Buenas noches.

Nelli: Me voy también con usted, Señora.

(A Giorgio) ¿Quieres que pase a buscarte?

Giorgio: No, no. Pasaré yo, si acaso, a buscarte a ti.

Nelli: Cuando quieras. Estaré en casa. Hasta la vista.

(A la Señora Francesca y al Doctor) ¡Vamos, vamos!

Sale con ellos por la puerta del fondo.

Escena XIII
Giorgio solo, después el Criado, finalmente, Laura. 

Giorgio: (Permanece algún tiempo absorto, hundido en su dolor, mostrando en las contracciones de su rostro los sentimientos que le agitan. Después se pone en pie, se pasa las manos por la frente, se vuelve hacia la puerta de la izquierda y repite:) ¡No puedo…! No puedo… (Toca el timbre y aparece el Criado) Di a Antonio que prepare el coche. Voy a salir.

El Criado: ¿El señor… solo?

Giorgio: Solo, sí, y pronto. Tú prepárame entretanto la maleta.

Sale el criado.

Giorgio está a punto de salir de la estancia cuando aparece Laura por la puerta de la izquierda; está muy pálida; lleva una bata de color violeta y un velo negro alrededor del cuello. Giorgio, apenas la ve, levanta las manos como para detener la compasión que le inspira y ahoga en su garganta un lamento que es como un breve y profundo rugido, de exasperación. Laura le mira y se acerca a él, lentamente, sin decir nada, expresando en su rostro la necesidad que siente de él; y en su actitud hay la certeza de que él no huirá. Giorgio, al verla cerca de él, prorrumpe en llanto convulsivo, y ciegamente, en medio de sus lágrimas, la abraza. Ella no hace un solo movimiento; permanece quieta allí, entregada. Sólo levanta el rostro como en un ansia de trágica expectación deseando que él haga desaparecer como pueda, con la muerte o con él amor, la vergüenza que la mata. Y como él, presa ya de la embriaguez de su persona, y siempre sollozando, busca con sus labios las heridas del cuello, ella reclina apasionadamente su mejilla sobre la cabeza de Giorgio, con los ojos cerrados.

Telón


Acto Segundo

Explanada delante de la villa de los Banti en Monteporzio. La villa se alza a la izquierda, con pórtico de columnas y arcadas. En el fondo, y hacia la derecha, frondoso arbolado. Es otoño.

Escena I
Laura y el jardinero Filippo. 

Laura está tendida sobre un sillón extensible, pálida, un poco lánguida, ardiente de insaciada pasión; presta atención con interés y, al mismo tiempo, con cierta turbación que quisiera disimular, a lo que le dice el viejo jardinero, que está en pie, cerca de ella, con un pequeño saco colgando del hombro, un puñado de ramitas bajo el brazo y la cuchilla de injertar en la mano.

Filippo: ¡Ah, pero el arte es necesario! Si no hay arte, Señora, se quiere dar vida a una planta y la planta se muere.

Laura: ¿Puede una planta morir de eso?

Filippo: ¡Ya lo creo! ¡Es sabido! Uno corta… en cruz, pongamos por caso…, en horca…, en cuña…, en zampoña…; ¡hay tantas maneras de injertar! Se prepara la vaina, se aplica dentro de estas incisiones.

(Muestra una de las ramitas que lleva bajo el brazo) Se ata bien, haciendo una buena ligadura en seguida, se cree haber hecho un injerto…, se espera… y ¿qué ha pasado? Se ha matado a la planta. ¡Se necesita arte, arte! Y yo, que no soy más que un campesino, con unas manazas que hacen daño al que tocan… Pero con estas manazas… Mire usted.

(Va a buscar una gruesa maceta, en la cual hay plantada una frondosa planta, y la trae cerca de Laura) Aquí hay una planta. La mira uno, y, como es bonita, disfruta viéndola. Pero sólo la vista disfruta, porque es una planta que no da fruto. Vengo luego yo, con mis manazas de campesino, y… mire…

(Comienza a deshojarla para hacer el injerto; habla y ejecuta lo que va diciendo, tomándose todo el tiempo que necesitará para llevar a cabo la operación) Parece que en un momento haya destruido la planta; he arrancado de ella mucha cosa. Ahora corto, corto…, hago una incisión… espero un poco… y sin que usted sepa lo que va a pasar, hago que dé fruto. ¿Qué he hecho? He tomado un tallo de otra planta y lo he injertado aquí. ¿Estamos en agosto? Pues la primavera próxima dará fruto… ¿Y sabe como se llama este injerto?

Laura: (Sonriendo, triste) No.

Filippo: A ojo cerrado. Este es el injerto a ojo cerrado, que se hace en agosto. Porque hay además el de ojo abierto, que se hace en mayo, cuando la yema puede brotar en seguida.

Laura: (Con infinita tristeza) Pero ¿y la planta?

Filippo: ¡Ah, la planta necesita estar en jugo, Señora! Esto siempre. ¡Si no hay savia, el injerto no prende!

Laura: ¿En jugo? No comprendo.

Filippo: ¡Ah, sí, en jugo…! ¿Cómo diría yo…? ¡En amor…, eso es! Que desee el fruto que por sí sola no puede dar.

Laura: (Interesándose vivamente) ¿El amor de hacer suyo este fruto? ¿De hacer que sea un fruto de su amor?

Filippo: Y de sus raíces, que tienen que nutrirlo; de sus ramas que deben llevarlo.

Laura: ¡De su amor, de su amor! ¿Sin saber nada más, sin saber de dónde le ha venido aquella yemita, la hace suya, la hace de su amor?

Filippo: ¡Eso es, eso mismo!

(Se oye a lo lejos, hacia la derecha, la voz de Zena, que llama: «¡Filippo! ¡Filippo!») ¡Ah, ahí viene la Zena con su hijo! Voy a abrirle la puerta.

Desaparece tras los árboles de la derecha.

Laura: (Permanece absorta; después se levanta, se acerca a la planta recién injertada y mete la cara por entre las ramas, repitiendo para sí misma, lentamente, con angustia e intenso y desesperado deseo:) ¡De su amor…! De su amor…

Escena II
Dichos y la Zena. 

Filippo: (Desde dentro) ¡Vamos, ven, adelante! ¿Qué miedo tienes?

Entra en escena por la derecha, seguido de la Zena, que viste a la manera de las campesinas de la campiña romana…

Filippo: Aquí está. Le da vergüenza, a la muy tonta…

Zena: No. ¡Qué ha de darme vergüenza…! Buenos días, Señora.

Laura: Buenos días.

(La mira, esforzándose en disimular su desilusión) ¿Ah, eres tú la Zena?

Zena: Sí, Señora. Aquí estoy.

Filippo: ¿Ha visto usted como se ha vuelto vieja y fea?

Laura: No, ¿por qué?

Zena: Somos pobres, Señora.

Filippo: ¿Cuántos años tienes? ¡No debes tener más de veinticinco!

Zena: ¿Me has mirado bien, Señora…? ¡Ah, tú no lo sabes y quizá llevas razón al asombrarte! Pero tú, viejo asqueroso, que haces el señor en la finca y andas medio torcido, ¿quieres comparar tus fatigas con las mías?

Filippo: ¡Oh, sí, vaya fatigas…!

Zena: ¡Y cinco hijos, Señora! ¿Quién los ha tenido? ¿Los ha tenido él?

Filippo: (Dándose cuenta solamente ahora) ¿Cómo? ¿Has venido sin tu hijo? Te había dicho que le trajeses, que la Señora quería conocerle…

Zena: No lo he traído, Señora.

Laura: ¿Y por qué no lo has traído?

Zena: Porque trabaja; trabaja con su padre.

Filippo: ¿Y no podías llamarle un momento?

Zena: ¿Cómo iba a llamarle, delante de su padre, para decirle que la Señora quería verle?

Filippo: ¿Y qué de mal hay en ello?

Zena: ¿Después de todo lo que se ha hablado?

Filippo: ¡Vamos, vamos…! ¿Quieres que tu marido se acuerde aún de todo lo que se hablado?

Zena: No piensa en aquello si alguien no le hace pensar. Pero… ¿qué tiene que hacer aquí el chico? ¿Para qué querías al chico, Señora? No hemos hablado más de ello desde entonces.

Laura: Lo sé, Zena. Te he llamado porque quería hablar contigo. A solas.

Zena: ¿Y de qué?

Laura: Tú vete, Filippo… Vete a tu trabajo.

Filippo: Me voy, sí, Señora, me voy. Pero la Zena… Déjemelo decir por el mal que le deseo… La Zena… Yo soy viejo y lo sé todo; me acuerdo de cuando estaba aquí con los padres del señorito; ella tenía apenas dieciséis años, y el señorito no tenía ni veinte… No fue nunca ella quien habló.

Zena: Eso es verdad, Señora.

Filippo: ¡Fue la madre! ¡Fue la madre!

Zena: ¡Pero nadie se acuerda ya de esto! ¡Ni mi madre!

Laura: Lo sé, Zena. No te he llamado por esto. ¡Ve, ve, Filippo!

Filippo: Sí, ya me voy, Señora… Perdóneme si he hablado demasiado. Me voy.

Sale por la izquierda.

Escena III
Laura y la Zena. 

Zena: (Súbitamente ofendida) ¿Ha venido quizá alguien, sin que yo lo sepa, a hablarte del chico?

Laura: No, Zena; nadie, te lo aseguro.

Zena: ¡Dímelo, Señora! Porque sólo una palabra tuve entonces, cuando hubiera podido aprovecharme de ella, si no hubiese tenido conciencia… Yo sola, ¿sabes? ¡Contra todos…! Y una palabra tengo ahora también.

Laura: No, no; no ha venido nadie, puedes estar tranquila. Se me ha ocurrido a mí… Porque me he acordado de que, antes de casarme, me dijeron que mi marido, aquí, en la finca, siendo muy joven…

Zena: Pero ¡en qué estás pensando, Señora!

Laura: Espera. Quiero saber. Quiero hablar contigo, Zena. Siéntate. Aquí, cerca de mí. (Señala un pequeño taburete)

Zena: (Sentándose, algo apurada) Pero ¿sabes que me hace el efecto de que vas a hablarme de otro mundo…, de un mundo que no tiene ya nada que ver con éste en que vivo?

Laura: Sí, porque eras entonces tan chiquilla…

Zena: ¡Oh, una chiquilla sin cabeza! Y era además un poco…

Laura: Me lo imagino. Debías ser bonita.

Zena: No era del todo fea.

Laura: Y tenías ya novio, ¿verdad?

Zena: Sí, Señora. Este que ahora es mi marido.

Laura: ¡Ah!

Zena: (Bajando los ojos, se encoge ligeramente de hombros) ¡Ah…! ¿Qué le vamos a hacer? (Breve pausa)

Laura: (Casi con timidez) ¿Y él lo sabía?

Zena: (Rápida, pero sin impudicia) ¿Quién? ¿El señorito?

Laura: Sí, que tenías novio…

Zena: Sí, Señora; ¿cómo no iba a saberlo? Pero el señorito era también un chiquillo.

Laura: Sí, pero dime…

Zena: Señora, soy una pobrecilla; pero cree que si hice mal entonces, me lo hice únicamente a mí, y no quise que le fuese hecho a nadie más sin motivo.

Laura: Te creo, Zena, lo sé. Pero dime… Quiero saber… «Sin motivo», has dicho. Así, pues, ¿estabas completamente segura?

Zena: ¿De qué? ¿De que el hijo no era del señorito?

Laura: Eso es, sí. Porque, ¿sabes…?, pasa a veces que… Hubieras podido tú misma estar en dudas.

Zena: (La mira, sorprendida, molesta; después se levanta) ¿Por qué me dices esto, Señora?

Laura: No, por nada… ¿Por qué te turbas? ¡Siéntate, siéntate…!

Zena: No, no me siento más.

Laura: Quisiera saberlo, porque me alegraría de que…, de que tú…, de que me dijeses…

Zena: (La mira, de nuevo sorprendida y molesta) ¿Que el chiquillo era del señorito?

Laura: ¿No tienes ninguna clase de duda?

Zena: (La mira primero con la misma expresión molesta; luego dice, algo más conciliadora:) Señora…

Laura: (Ansiosa) ¡Di…, di…!

Zena: Deberías alegrarte, me parece, de lo que te he dicho siempre.

Laura: Si estás completamente segura…

Zena: (Como antes) Acuérdate, Señora, de que la pobreza es mala consejera…

Laura: ¡Oh, no, porque ahora apelo incluso a tu conciencia, Zena!

Zena: ¡Deja en paz a mi conciencia! Mi conciencia ya habló entonces, y dijo lo que tenía que decir.

Laura: ¿Fue de veras tu conciencia la que habló? ¿O quizá…? Quisiera saber esto… Lo que entonces dijiste… ¿no lo dirías por temor?

Zena: (Se ríe, casi con escarnio) ¿Sabes que me estás hablando ahora como me habló mi madre cuando se dio cuenta de lo del señorito? Así mismo me habló; me dijo que era una chiquilla, que era muy inexperta…, que si no tenía por lo menos alguna duda…, que si no negaba por temor…

Laura: ¿Ves? También tu madre te lo dijo.

Zena: Pero de mi madre lo comprendo. Sin embargo, el mal estaba ya echo con el otro…

Laura: ¿Con tu novio?

Zena: Sí. Y él, mi novio, sabía ya que iba a ser madre. Pero tú, Señora, ¿Por qué me sales a hablar de ese asunto del niño, al cabo de nueve años?

Laura: Porque…, porque sé…, sé que tu marido quiso que se le diera mucho dinero, entonces, para casarse…

Zena: ¿Ah, es por esto? ¡Oh, sí, Señora! ¡No en balde era pobre…! Mi madre lo puso al corriente de lo que pasaba haciendo saber a todos lo del señorito. Mi novio no se quería casar ya conmigo, aun sabiendo que el hijo era suyo. Había dinero que sacar a los señores y quiso aprovecharse él también. ¡Imagínate que ahora se entere de que a ti te gustaría… (la mira de una manera ambigua y provocativa, quién sabe por qué motivo) …que a ti te gustaría que yo tuviese todavía alguna duda…!

Laura: ¡Ah, estás haciendo que me arrepienta de haber querido hablarte con el corazón en la mano por un escrúpulo que no puedes siquiera comprender!

Zena: ¿Quién sabe, Señora? Quizá sí lo comprendo; no te arrepientas.

Laura: ¿Y qué comprendes?

Zena: ¡Ah…, somos muy pillos los campesinos! Veo que te gustaría que tu marido hubiese tenido un hijo conmigo. Pues bien, yo sólo te digo esto: que yo, una campesina, di el hijo a quien era su verdadero padre… ¡Ah, ahí está el señorito!

Retrocede unos pasos, con la cabeza baja.

Escena IV
Dichos y Giorgio

Laura, apenas ve entrar a Giorgio, se levanta y corre temblando a agarrarse a él, en una crisis de llanto.

Laura: ¡Giorgio! ¡Giorgio! ¡Giorgio mío!

Giorgio: (Sorprendido, solícito, sin fijarse en Zena) ¿Qué pasa? ¿Qué te ocurre?

Laura: ¡Nada! ¡Nada!

Giorgio: Pero ¡estás llorando!

Laura: ¡Nada…, no es nada!

Giorgio: ¿Cómo que no? ¿Qué ha ocurrido?

Laura: ¡Nada, te digo…! Es la sorpresa… No esperaba que volvieras tan pronto.

Zena: Yo me voy, Señora. Adiós.

Laura: Sí, sí, puedes marcharte, Zena.

Zena sale por la derecha.

Escena V
Laura y Giorgio. 

Giorgio: (Sorprendido, apenado) Pero… ¿cómo? ¿Estabas hablando con…? ¿Ha venido acaso a decirte algo?

Laura: (Con ímpetu, negando con fuerza) ¡No, no! ¡Qué va! ¡Nada! ¡Ya no se acuerda!

Giorgio: ¿Para qué ha venido, entonces?

Laura: No, no ha venido ella; la he hecho llamar yo.

Giorgio: ¿Tú? ¿Y por qué?

Laura: Un capricho…, una curiosidad…

Giorgio: ¡Has hecho mal, Laura!

Laura: Filippo habló de ella…, así de paso… Y sentí deseos de conocerla, y de conocer también al niño. Pero no lo ha traído.

Giorgio: ¿Te ha dicho acaso que…?

Laura: ¡No, nada! ¡Si, al contrario, lo negó siempre…!

Giorgio: ¡No faltaría más! Querían dinero…

Laura: ¡Ella, no; su madre! En realidad, me lo ha dicho así mismo.

Giorgio: Pues entonces… ¿por qué has llorado?

Laura: ¡No ha sido por ella! ¡No ha sido por ella! Ha sido…, te lo he dicho…, no sé por qué, cuando te he visto ahora que no te esperaba. Es por lo que siento, Giorgio… Y ya ves que ahora me río, ahora que te tengo aquí de nuevo, conmigo…

Giorgio: Tú misma has dicho, sin embargo, que no me esperabas tan pronto…

Laura: Sí, es verdad… Pero he sufrido tanto, ¿sabes? aquí sola… ¡Te necesito tanto! ¡Necesito tanto que me tengas así, abrazada a ti, para no separarme de ti nunca, nunca más…!

Giorgio: Pero yo me marché por ti, Laura mía…

Laura: ¡Lo sé, es verdad!

Giorgio: ¡Mira qué frías están estas manitas! Te he traído lo necesario para que te abrigues bien. Nos vinimos aquí de repente… Ha pasado más de un mes desde entonces.

Laura: Pero nos quedaremos aquí algún tiempo más. Se estará mejor aquí, ahora, los dos solos… Tú no le tienes miedo al trío, ¿verdad?

Giorgio: No, querida.

Laura: Estando conmigo no debes tenerle miedo.

Giorgio: ¡Si me ha asustado el frío ha sido por ti, querida!

Laura: ¡No me llames «querida» de este modo!

Giorgio: ¿Cómo quieres que te llame?

Laura: Laura… Como sabes decirlo tú.

Giorgio: Pues bien… Laura…

Laura: Así. Me gusta mirarte los labios cuando recalcas las sílabas.

Giorgio: ¿Por qué? ¿Cómo las recalco?

Laura: No sé… Así…

Giorgio: ¡Laura mía!

Laura: ¡Tuya, tuya, sí! ¡Ah, no puedes imaginarte hasta qué punto lo soy! Y, no obstante, quisiera serlo más todavía. Pero no sé cómo…

Giorgio: ¿Más aún?

Laura: Sí, más tuya. Pero no sé cómo, no me es posible serlo más. Tú lo sabes, ¿verdad? ¿Tú sabes que más no me es posible?

Giorgio: Sí, Laura.

Laura: ¿Lo sabes? Más, nos moriríamos. Y, no obstante, quisiera morir de ello.

Giorgio: ¿Qué dices?

Laura: Lo digo por mí; para no ser ya… No sé explicarte… Para no ser una cosa que vive para sí, sino una cosa tuya, que tú puedas hacer más tuya aún, tuya con tu amor, y toda de tu amor, ¿comprendes? Tuya por completo de tu amor, tal como soy.

Giorgio: ¡Sí, sí, como eres! ¡Como eres!

Laura: Te das cuenta, ¿verdad? ¿Te das cuenta de que soy tuya, de tu amor? ¿Y de que no me queda nada para mí, ni un pensamiento, ni un recuerdo, nada ya…? Soy tuya, absolutamente tuya, para ti, para tu amor…

Giorgio: ¡Sí, sí!

Laura, que ha proferido las palabras precedentes con la máxima intensidad, intensidad que es casi el jugo de la planta del cual le ha hablado el jardinero, se pone palidísima; sonríe, con una sonrisa que se desvanece en la beatitud del éxtasis, y apoya la frente sobre el pecho de su marido.

Giorgio: ¡Laura!

Laura: ¿Qué…?

Giorgio: ¡Dios mío, Laura! ¿Qué tienes?

Laura: Nada…, nada… (Sonríe, alzando el rostro hacia él) ¿Lo ves? Nada.

Giorgio: Pero te has puesto pálida…

Laura: No, no es nada…

Giorgio: ¡Estás helada! ¡Siéntate! ¡Siéntate!

Laura: No, no…, no te inquietes… No comprendes…

Giorgio: ¿Qué?

Laura: Que es así… que es así…

Giorgio: ¿Qué es lo que es así?

Laura: Que yo soy toda de tu amor…, así…

Giorgio: Sí, sí… Siéntate. Siéntate aquí…

Laura: La he tocado aquí, en tu pecho… por un instante…

Giorgio: ¿Qué es lo que has tocado?

Laura: Sí, unida a tu amor y al mío, sobre tu pecho, por un instante: la vida.

Giorgio: Pero ¿qué dices?

Laura: (Un estremecimiento violento la sacude de pies a cabeza, obligándola a agarrarse de nuevo a él) ¡Oh, Dios mío!

Giorgio: (Sosteniéndola) ¡Te haces daño a ti misma, Laura! ¿Qué tienes…? ¿Qué tienes…?

Laura: Nada… Un poco de frío… Se me ha ido un poco la cabeza…

Giorgio: Es demasiado, ¿lo ves…? Te exaltas demasiado.

Laura: (Rápida, con ardor casi heroico) ¡Sí, pero lo quiero así!

Giorgio: ¡No, así no está bien! ¡No!

(Le toma el rostro entre sus manos) Tú eres mi amor, pero no quiero, no quiero que ello te haga daño…

Laura: (Bebiendo la dulzura de sus palabras) ¿No…?

Giorgio: ¡No, no quiero! ¿Ves…? Tus ojos… (Se interrumpe al ver que ella le mira de una manera que le deja sin palabras)

Laura: (Siempre mirándole, casi provocativa) Di, habla…, habla…

Giorgio: (Ebrio) ¡Dios mío, Laura…!

Laura: (Riendo, alegre) ¿Mis ojos? ¡Míralos…! ¿No ves que estás tú en ellos?

Giorgio: Lo veo… Pero te ríes…

Laura: ¡No, no; ya no me río!

Giorgio: Es por ti, fíjate…

Laura: Sí. Basta. Seamos juiciosos, ahora. Siéntate, siéntate también tú. Te voy a hacer sitio… (En el sillón extensible)

Giorgio: No, me siento aquí. (Señala el taburete)

Laura: (Levantándose del sillón extensible) No, aquí; y yo… así. (Se sienta en las rodillas de él)

Giorgio: Sí, sí…

Laura: ¡Seamos juiciosos! Di, ¿has pasado por casa de mamá?

Giorgio: Sí, pero no la he encontrado.

Laura: ¿No has visto siquiera a Giulietta?

Giorgio: No, había salido con tu madre.

Laura: ¿Y no te han dicho nada en casa?

Giorgio: No, nada. ¿Por qué?

Laura: Porque esta mañana he telefoneado a mamá.

Giorgio: ¿Tú? ¿Esta mañana?

Laura: Sí.

Giorgio: ¿Por mí? ¿Querías algo?

Laura: No. Me he encontrado un poco mal…

Giorgio: ¿Ah, sí? ¿Cuándo?

Laura: Poco después de que te marchases. Cuando me he levantado. Pero no es nada, ¿sabes…? Ya ha pasado.

Giorgio: ¿Qué has sentido?

Laura: Nada, te digo. No sé. Al levantarme, he notado que me desmayaba. Ha sido un momento, ¿sabes…?

Giorgio: ¿Y has telefoneado a tu madre para que avisase al médico?

Laura: ¡No! ¡Nada de eso! La he llamado por ti. Para decirte que volvieras pronto. Mamá me contestó que haría venir contigo al doctor Romeri.

Giorgio: ¡Pues nadie me ha dicho nada!

Laura: Más vale así. Ha sido una idea de mamá. Yo me he opuesto. Le he repetido diez veces que no había necesidad. Pero ya sabes cómo es. Temo verla comparecer aquí de un momento a otro con el doctor.

Giorgio: ¡Y hará bien! Así verá…

Laura: ¡No, no…! ¿Qué quieres que vea? ¡Yo sólo necesitaba que volvieras pronto…! Has vuelto. Me basta.

Giorgio: Pero quizá el médico…

Laura: ¿Qué quieres que me haga el médico…? Mira, si viene, ni siquiera dejaré que me visite.

Giorgio: Pero ¿por qué?

Laura: ¡Porque no! O si no, mira, le hablaré así.

(Uniendo la acción a la palabra) Con la cara oculta en tu chaqueta. Y le diré…

Giorgio: (Sonriendo) ¿Que es por culpa mía?

Laura: (Después de una pausa, escuchando sobre el pecho de él) ¡Espera!

Giorgio: ¿Qué haces?

Laura: Un latido fuerte, lento…; un latido débil, débil, tenue…

Giorgio: ¿Qué dices?

Laura: ¡El corazón y el reloj!

Giorgio: ¡Bonito descubrimiento!

Laura: ¿Es posible que midan el mismo tiempo? ¡Mi corazón late seguramente más de prisa que el tuyo! ¡Oh, Dios mío, no! ¡Qué corazón más malo…!

Giorgio: (Riendo) ¿Malo…? ¿Por qué?

Laura: No había oído nunca cómo latía tu corazón. ¿Sabes cómo late? Plácido, lento, seguro…

Giorgio: ¿Y cómo quieres que lata?

Laura: ¿Cómo? Si mi corazón supiese que escuchas sus latidos, ¡le oirías precipitarse! Mientras que el tuyo, nada. No se conmueve…

Giorgio: ¡Y decías que no quieres ver al médico!

Laura: No; ¡decía que quería verle para acusarte!

Giorgio: ¡Ya! ¡Pero con el rostro oculto! Porque sabes muy bien que no soy yo quien…

No bien ha dicho esto, se turba profundamente, como si al darse cuenta de lo que le ocurre a Laura, sus palabras hubiesen adquirido de improviso un valor distinto del que él quería atribuirles.

Laura: ¿No eres tú? ¿Cómo que no eres tú?

Giorgio: (Con creciente turbación) No, yo…

Laura: (Levantándose de sus rodillas) Giorgio…, ¿qué es lo que estás pensando?

Giorgio: (Con creciente turbación, levantándose) ¡Oh, Dios mío, nada…!

(Después, taciturno y preocupado:) ¿Tú crees que debe venir el doctor Romeri?

Laura: No sé; pero… ¿por qué?

Giorgio: ¡Porque conviene que venga! ¡Quiero que venga!

Laura: ¡Pero, Giorgio, por Dios…! ¡Lo decía en broma!

Giorgio: ¡Lo sé! ¡Lo sé!

Laura: ¿Crees que puedo acusarte de algo, como no sea en broma?

Giorgio: ¡No, no, Laura, no es por esto!

Laura: ¿Por qué es, entonces?

Giorgio: Pues… si te encuentras mal…

Laura: ¡No! ¡No! ¡No tengo nada! Te tengo a ti… Eso es, a ti; y no tengo nada que no me venga de ti… Si gozo, si sufro, si me muero…, es por ti. Porque soy enteramente como tú me quieres, como me quiero yo: tuya por completo… ¡Y basta ya! ¡Lo ves y lo sabes!

Giorgio: Sí, sí…

Laura: Por lo tanto…, ¡basta! ¿Qué enfermedad quieres que tenga?

(Se tambalea de nuevo) ¡Dios mío! ¿Lo ves…?

Giorgio: ¿Otra vez?

Laura: No… Es un poco de cansancio… Sostenme…

Escena VI
Dichos, Filippo, después la Señora Francesca; finalmente, Romeri. 

Filippo: (Entra corriendo por la derecha) ¡Señora! ¡Señora! ¡Viene la mamá con otro señor! (Sale)

Giorgio: ¡Ah, aquí está el médico!

Laura: ¡No, no, Giorgio! ¡No quiero verle!

Giorgio: ¡Y yo, en cambio, quiero que le veas!

Se dirige hacia el fondo para ir al encuentro del doctor.

Laura: ¡No…, no! Ve, llévatelo, hazle entrar en la casa… ¡No quiero verle!

Francesca: (Entrando) Buenos días, Giorgio.

Giorgio: (Disponiéndose a salir, precipitadamente) Buenos días. ¿El doctor…?

Francesca: Aquí está.

Laura: ¡No, por favor! ¡Llévatelo, Giorgio! ¡No le traigas aquí!

Sale Giorgio.

Escena VII
Laura y Francesca. 

Francesca: (Atónita) Pero ¿qué ocurre?

Laura: (Excitada) ¡Ah, no hubieras debido hacerlo, mamá, no hubieras debido…!

Francesca: ¿Qué es lo que no hubiera debido hacer?

Laura: Traer aquí al médico. ¡Has hecho mal! ¡Un mal incalculable, mamá!

Francesca: Pero ¿por qué? Me has telefoneado que te habías encontrado muy mal…

Laura: ¡No tengo nada! ¡No tengo nada!

Francesca: ¡Tanto mejor!

Laura: ¡Dices que tanto mejor…! ¿Qué quieres que entienda, qué quieres que sepa, qué remedio va a poner un médico a lo que yo siento y sufro? ¿En eso que yo no quiero calificar de enfermedad y que, con la presencia del médico en esta casa, adquiere para Giorgio el carácter de enfermedad, de una enfermedad especial, de un estado especial de mi organismo? ¡Por aquel daño que me fue hecho…!

Francesca: ¿Pero es que acaso…? ¿Qué dices, Laura? ¡Ah, Dios mío…! ¿Acaso tú…?

Laura: (Convulsa, agarrando a su madre) ¡Sí, mamá! ¡Sí!

Francesca: ¡Ah, Dios mío! ¿Y él? ¿Tu marido? ¿Lo sabe?

Laura: ¡Pero si es precisamente éste el mal que has hecho, mamá!

Francesca: ¿Yo?

Laura: ¡Sí! ¡Que lo sepa, que piense en ello, ahora, como en un mal al cual se puede poner remedio; un remedio más odioso que la misma enfermedad!

Francesca: Pero si le dices que es…

Laura: ¡No lo es! ¡No lo es! ¡Sé muy bien que no lo es! ¡Lo siento dentro de mí!

Francesca: ¿Cómo? ¿Qué es lo que sientes.? Tengo miedo de que tú, hija mía, estés demasiado excitada y que…

Laura: Crees que desvarío, ¿verdad? ¡No! No puedo explicártelo por medio de la razón, mamá; pero lo he sabido ahora que era así… ¡Y no puede ser más que así!

Francesca: ¿El qué, hija mía? No te entiendo…

Laura: ¡Esto! ¡Esto que siento! La razón no lo sabe, quizá no puede admitirlo; pero lo sabe la Naturaleza. ¡Lo sabe el cuerpo! Una planta…, una de estas plantas… Sabe que no podría suceder sin que hubiese en ella amor… Me lo han explicado hace poco. Ni siquiera una planta podría retoñar si no estuviese en período de amor. ¿Comprendes esto? ¡No estoy excitada! No, mamá… Sé muy bien esto; que en mí, en este pobre cuerpo mío, cuando fui…, en esta pobre carne mía, martirizada, mamá, debía haber amor entonces. ¿Y por quién? Si había amor, no podía ser más que por él, por mi marido.

(Con un gesto de triunfo, casi de alegría) ¡Por consiguiente…!

Francesca: Pero ¿qué dices? ¡Ah, éste es un nuevo martirio, hija mía! ¿Estás segura? ¿Completamente segura?

Laura: ¡Sí! ¡Pero es así! ¡Así como te digo…! ¡Tiene que ser así a la fuerza!

Francesca: Pero él, tu marido…, ¿lo sabe?

Laura: Creo que lo sabe ya. Pero ahora, con ese médico… ¡Ah, esto sí que no hubiera debido ocurrir! ¡Que él lo sepa así…!

Francesca: Pero si ya lo sabe, hija mía…

Laura: Yo quería que él sintiese también, de manera lógica y natural, lo que yo siento. ¡Y que se uniese a mí, que se identificase conmigo hasta sentir y querer en mí, conmigo, lo que yo siento y quiero!

Francesca: ¡Ah, Dios mío! ¡Tengo miedo, hija mía, de que…!

Laura: (Rápida, interrumpiéndola) ¡Calla! ¡Aquí están…! ¡Vámonos, vámonos de aquí!

(arrastrando a su madre) ¡No quiero que me visite! ¡No quiero que me visite!

Giorgio: (Llamándola desde el fondo) ¡Laura…! ¡Laura…!

Laura: ¡No, Giorgio! ¡Te he dicho que no…! ¡Ven, mamá!

Sale con su madre.

Escena VIII
Giorgio y el doctor Romeri. 

Giorgio: Venga, doctor.

Romeri: Aquí estoy, aquí estoy…

Giorgio: (Prosiguiendo con calma grave y forzada su discurso al doctor) Entonces, me doblegué; vencí mi primer impulso, como debía. ¡Era una desgracia!

Quizá también a usted, doctor, mi violencia…

Romeri: (Interrumpiéndole) No, yo, por mí…

Giorgio: Si no a usted, podía parecer excesiva a los demás, que no estaban en condiciones de sentir como yo sobre este punto…

Romeri: ¡Cada cual siente a su manera…!

Giorgio: Pero fue, por otra parte, en aquel mismo momento, una violencia incluso para mí. Esto es tan verdad, doctor, que apenas la vi, apenas se acercó a mí, mi furia cayó de golpe, y la recogí en mis brazos, no por un deber de compasión, no, sino porque debía, debía por mi propio amor hacerlo así. Y le juro que no he vuelto a pensar en ello, ni una sola vez. Hemos pasado un mes aquí, juntos, como dos recién casados.

(Cambiando de tono y de expresión) Pero ahora, doctor, si es verdad esto…

Romeri: Sí, comprendo…

Giorgio: He consentido en olvidar un agravio. Pero no toleraré esto otro.

Romeri: Esperemos todavía que no sea…

Giorgio: ¡No lo sé! Pero lo temo. Si fuese… ¿Usted me comprende…?

Romeri: Comprendo…, comprendo…

Giorgio: Y ahora vaya, se lo ruego. Y dígaselo si fuese…

(Lento, recalcando las palabras:) Yo no podría transigir. Vaya. Le espero aquí.

Telón


Acto Tercero

Una habitación de la villa. Puerta en el fondo. Puerta lateral a la derecha. Una ventana a la izquierda. Es inmediatamente después del segundo acto.

Escena I
El doctor Romeri, la Señora Francesca. 

Al levantarse el telón, el doctor Romeri está en pie junto a la puerta de la derecha, esperando. Poco después entra la Señora Francesca.

Francesca: ¡No quiere! ¡Dice que no quiere… de ningún modo, doctor!

Romeri: ¿No sabe que su marido lo desea?

Francesca: Se lo he dicho. Todavía se ha irritado más.

Romeri: Pero ¿por qué?

Francesca: Se ha irritado también conmigo esta mañana, cuando le he dicho por teléfono que le traería a usted aquí.

Romeri: ¡Es curioso…!

Francesca: Dice que no hay necesidad.

Romeri: (Con alegre sorpresa, como aligerado de un gran peso) ¡Ah! ¿No hay necesidad?

Francesca: Y al parecer se lo ha dicho también a Giorgio…

Romeri: ¡Mejor que mejor, entonces! ¡Digámoselo en seguida a su yerno, que está preocupado!

Hace ademán de salir.

Francesca: Espere, doctor. ¿Giorgio está preocupado? ¿Por qué?

Romeri: Pues… ya lo comprende usted, Señora…

Francesca: ¡Ah…! Si es por esto, mucho me temo que no puedan caber dudas…

Romeri: (Aturdido, sin reflexionar) ¿Ah, sí? ¿Y cómo?

Francesca: Sí, doctor…

Romeri: ¿Entonces…?

Francesca: Así, pues, ¿Giorgio ha llegado a sospechar que…?

Romeri: Dios mío, sí, Señora.

Francesca: Pero ¿por qué?

Romeri: Porque… Porque también usted puede llegar a sospecharlo… Y yo también… Y todos…

Francesca: ¡Oh, no! No se puede saber con seguridad.

Romeri: ¡Basta la duda, Señora!

Francesca: ¿Y si mi hija no la tuviese?

Romeri: ¡Diga que quisiera no tenerla!

Francesca: Precisamente. ¡No quiere…, no quiere tenerla!

Romeri: ¡Ah, si se tratase solamente de querer o no querer…!

Francesca: ¿Entonces, también usted cree, doctor…?

Romeri: No importa lo que yo crea. Su hija debería inspirar a su marido esta misma certidumbre. Parece que no lo ha conseguido. El solo hecho de haberle ocultado hasta ahora su estado, demuestra…, me parece a mí…, que también a ella le ha asaltado esta sospecha.

Francesca: ¡No! ¡No le ha ocultado nada! La duda sobre su estado data solamente de esta misma mañana.

Romeri: ¿Y por qué se opone, entonces, de esta manera, al deseo de su marido?

Francesca: ¡Pues porque para ella se trata de algo muy natural!

Romeri: ¿Y quisiera que le pareciese natural a él también?

Francesca: Eso es; exactamente.

Romeri: Temo, Señora, que su hija pretenda demasiado.

Francesca: ¡Oh, no, no pretende demasiado…! Es que no puede admitir…

Romeri: No quisiera admitir; lo comprendo.

Francesca: ¿Y no le parece natural que no quiera? ¡Le repugna admitirlo!

Romeri: Comprendo. Pero comprenda usted también, Señora, que, de la misma manera, al marido le repugna la duda, incluso la más remota. Tanto más cuanto que, usted lo sabe, esta duda cobra valor por el hecho de que en siete años de matrimonio no han tenido hijos.

Francesca: Sí, es verdad… ¡Dios mío! ¡Dios mío…!

Romeri: Convendría que usted intentase hacérselo comprender a su hija…

Francesca: ¿Yo?

Romeri: Su yerno me ha dicho ya, abajo, explícitamente, que sobre este punto no podría transigir de ninguna manera.

Francesca: Pero ¿y usted, doctor?

Romeri: Yo… ¿Sabe usted, Señora, que he sido médico militar y que dimití?

Francesca: Sí, lo sé.

Romeri: ¿Sabe por qué dimití?

Francesca: No.

Romeri: Porque en nuestra profesión hay ciertos deberes a los cuales no corresponden iguales derechos.

Francesca: ¿Y qué pretende usted decir con esto, doctor?

Romeri: Pretendo decir, Señora, que me encontré una vez…, y me bastó…, ante un caso que me hizo comprender que cumplir con mi deber era verdaderamente monstruoso.

Francesca: Sí, sería monstruoso, en efecto…

Romeri: No, Señora, usted no comprende en qué sentido lo digo. Es precisamente lo contrario. Un soldado, en el cuartel, hace ya muchos años…, en un acceso de furor, disparó contra un superior y después volvió el arma contra sí mismo para matarse también. Quedó mortalmente herido. Pues bien, Señora: ante un caso como éste, nadie piensa en el médico, cuya obligación es curar, salvar, si puede, al herido; como si el médico fuese únicamente un instrumento de la ciencia y nada más; como si el médico no tuviese además una conciencia propia para juzgar, como hombre, si (por ejemplo) contra el deber que le es impuesto de salvar, no tiene también el derecho de no hacerlo, o el derecho, por lo menos, de disponer después de aquella vida que ha devuelto a un hombre que había intentado quitársela para castigarse con el mayor de los castigos: ¡la muerte! ¡No, Señora! ¡El médico tiene el deber ineludible de salvar a aquel hombre contra su voluntad patente, manifiesta! ¿Y después? ¿Cuando le ha restituido la vida? ¿Para qué se la ha restituido? Para hacerle matar en frío, por quien me ha impuesto a mí un deber que me resulta infame, negándome todo derecho de conciencia sobre mi propia obra. Le explico esto, Señora, para decirle que he reconocido siempre, y quiero reconocer, en los casos de mi profesión, frente a los deberes que me son impuestos, los derechos que mi conciencia reclama.

Francesca: ¿Entonces, usted se prestaría…?

Romeri: Sí, Señora, sin la más mínima vacilación. Siempre que…, se entiende…, siempre que la Señora consintiese.

Escena II
Dichos y Giorgio.

Giorgio ha aparecido durante las últimas frases del diálogo anterior y ha estado escuchando.

Giorgio: (Avanzando hacia ellos) ¿En qué había de consentir?

Francesca: ¡No, no! ¡No lo sabemos todavía, Giorgio!

Giorgio: Entonces, ¿es seguro?

Romeri: Parece que sí.

Giorgio: ¡Cómo! ¿Y ella…? (Alude a Laura)

Romeri: No la he visto todavía.

Francesca: (Para calmarle, casi suplicante) Quizá Laura cree que…

Giorgio: (Rápido, interrumpiéndola) ¿Cree? ¿Qué cree? Si está segura, ¿cómo puede vacilar todavía…? ¡Yo lo exijo!

Romeri: (Encogiéndose de hombros, contrariado, casi desdeñoso) ¡No, por Dios!

Giorgio: (Con fuerza, duramente) ¡Lo exijo! ¡Lo exijo!

Romeri: (Netamente, con cierta altivez) ¡Usted no puede exigirlo de esta forma!

Giorgio: ¿Cómo que no? ¿Puedo admitir que Laura vacile?

Romeri: Pero tiene que decirlo ella espontáneamente. De otra manera, ni me prestaría yo, ni se prestaría nadie.

Giorgio: Lo que me asombra es que ella no lo haya pedido ya, que no lo pida en seguida…

Francesca: ¡No creas que, para una mujer, es eso algo sin importancia, Giorgio! ¡A ti te basta exigirlo!

Giorgio: ¡Cómo! ¡Me parece que, incluso por sí misma, debería pedirlo a cualquier precio! ¡A ella no tendría que importarle nada eso, frente al horror de un hecho semejante! ¡Cómo! ¿Cree acaso que yo podría admitirlo, volver a ceder, cerrar los ojos, aceptarlo? ¡Por Dios! Pero ¿dónde está? ¿Dónde está?

Se dirige, gesticulando, hacia la habitación de Laura.

Francesca: (Tratando de impedírselo) ¡No, por caridad, Giorgio!

Romeri: (Fuerte, con firmeza) ¡Así, no! ¡Así, no!

Giorgio: (Aludiendo a Laura) ¿Qué dice? ¿Puedo saber al menos lo que dice de esto? ¿O quisiera quizá darme a entender que su amor…?

Escena III
Dichos y Laura.

Laura: (Entrando por la puerta de la derecha) Que mi amor… ¿qué?

(Ante su aparición y ante sus palabras, quedan todos atónitos, perplejos) ¡Di! ¡Di! ¡Acaba!

Giorgio: Laura, necesito saber inmediatamente que tú no te opones.

Laura: ¿A qué?

Francesca: (Tratando de interponerse) ¡Pero si no sabe todavía nada! ¡Si no le hemos hablado aún de nada!

Giorgio: Dejadme, entonces, tener una explicación con ella, os lo ruego.

Laura: Sí, es mejor.

Giorgio: Espéreme un momento ahí al lado, doctor.

Laura: (Rápida, con severidad) ¡También tú, mamá!

La Señora Francesca y el doctor Romeri salen por el fondo.

Escena IV
Laura y Giorgio.

Laura: Hablabas de mi amor, así, delante de…

Giorgio: (Rápido, completando la frase) …delante de tu madre y del doctor…

Laura: Hasta una madre es una extraña, en este caso. ¡No digo ya el otro! Parecía que me lo echases en cara…

Giorgio: Sí, porque no creo, no quiero creer, que ahora tú puedas o quieras valerte de ese amor para…

Laura: ¡Dios mío, Giorgio, pero mírame! ¿Es que no puedes mirarme ya?

Giorgio: ¡No! ¡Si es verdad esto, no! Que tú puedas pensar… Quiero saber…, y en seguida, en seguida, sin tantas palabras…, lo que quieres hacer.

Laura: ¿Qué debo hacer? Dependerá de ti, Giorgio. De tu estado de ánimo.

Giorgio: ¡Cómo! ¿Necesitas acaso que te diga yo cuál es mi estado de ánimo? ¿Cuál puede ser? ¿No lo comprendes? ¿No lo ves? ¿No lo sientes?

Laura: Siento que de repente te has convertido en mi enemigo. Como…, como si yo…

Giorgio: Entonces, ¿dices que no?

Laura: (Se deja caer sentada y dice desesperadamente, como para sí:) ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿No ha servido, pues, para nada?

Giorgio: (La mira, atónito, durante un instante; después) ¿Qué es lo que no ha servido? ¿Qué dices? ¡Quiero que me respondas!

Laura: ¿Tú, entonces, recuerdas sólo una cosa? ¿Y olvidas todo lo demás?

Giorgio: Pero ¿qué quieres que piense yo en este momento?

Laura: ¿No puedes pensar siquiera que para mí es todo lo contrario?

Giorgio: ¿Lo contrario? ¿El qué?

Laura: (Pensativa, lejana, con cierta crueldad, lentamente) Que yo no tengo memoria ni recuerdo ya aquello…, ¡nada! ¡Yo no vi nada! ¡No supe nada! Nada…, ¿comprendes?

Giorgio: Está bien. ¿Y después?

Laura: Después… (Se interrumpe y guarda un silencio sombrío. Después dice:) Nada. Si eres tú, ahora, quien no recuerda nada de lo que sucedió después…

Giorgio: ¡Ah! ¿De tu amor, verdad? ¿Se trata de esto, no? ¿Me has rodeado de amor, me has envuelto en tus caricias esperando que yo creyese que…?

Laura: (En un grito) ¡No!

(Después, con asco y repugnancia:) ¡Ah!

Giorgio: ¿Entonces?

Laura: ¡No me he detenido a reflexionar! ¡No he hecho cálculos! ¡He amado! Aquí me tienes casi muerta de amor por ti; he sido tuya como jamás mujer alguna ha sido de un hombre, y tú lo sabes; es imposible que no hayas notado que he querido que fueras completamente mío y ser yo completamente tuya…

Giorgio: Bien, ¿y qué?

Laura: (Gritando) ¡No he hecho cálculos, te digo!

Giorgio: Pero, ¿qué esperabas?

Laura: Pues haber borrado… haber destruido…

Giorgio: Haber borrado… ¿qué?

Laura: Nada. (Levantándose) Tienes razón. Ha sido una locura por mi parte.

Giorgio: ¡Claro que sí! Una locura. ¡Tú misma te das cuenta!

Laura: Sí. Y fíjate bien, ya terminó. ¡Pero cuidado! Ahora no puedes hablarme ya como se habla a una loca.

Giorgio: ¡Pero si lo que yo quiero precisamente es que razones, Laura!

Laura: (Con frialdad) ¿Y después? Que se haga lo que quieres, ¿verdad? Después de haberme arrojado a la cara con desprecio, con horror, todo lo que te he dado de mí, todo lo que has creído que era un cálculo vil… un bajo engaño…

Giorgio: ¡No, no, Laura! ¡Pero si tú misma has dicho que era una locura!

Laura: ¡Ah, una locura, sí! ¡Y esperaba inflamarte en el ardor de esta locura mía, aquí, en medio de las plantas que saben, que conocen muy bien esta clase de locuras! O que tú, por lo menos, me pidieses eso que deseas, como se pide a una pobre loca un sacrificio que ella no puede comprender… el de su propia vida… y, ¡quién sabe…!, quizás hubieras obtenido lo que querías… Porque no puedes creer que yo quisiera salvar en mí a quien todavía no siento ni conozco. ¡Yo quería salvar el amor! ¡Borrar el recuerdo de una aventura brutal, no brutalmente como tú querrías…!

Giorgio: ¿Pero, cómo… cómo?

Laura: ¿Puedo acaso decirte cómo, si tú no lo entiendes?

Giorgio: ¿Aceptando tu locura?

Laura: (En un grito, con toda el alma) ¡Sí! ¡Aceptándome por completo! ¡Viéndome completamente tuya en tu hijo; tuyo, porque procede de todo mi amor hacia ti! ¡Esto! ¡Esto era lo que quería!

Giorgio: (Retrocediendo, casi horrorizado) ¡Ah, eso no!

Laura: No es posible; lo veo.

Giorgio: ¿Cómo quieres que yo pueda aceptar…?

Laura: Entonces deja que acepte yo, en cambio, mi desventura.

Giorgio: ¿Tú?

Laura: Sí, yo sola, toda mi desventura.

Giorgio: ¿Ah, entonces, está dicho? ¿Te niegas a lo que yo quería?

Laura: ¿Para qué voy a acceder si después de todo lo que te he dado de mí no he conseguido borrar lo que pasó?

Giorgio: ¡Oh, por Dios! ¡No puedes…! ¡No debes…!

Laura: ¿Por qué no puedo?

Giorgio: ¿Después de lo que has hecho?

Laura: ¿Qué he hecho?

Giorgio: ¿Después de lo que has querido?

Laura: ¿Qué he querido?

Giorgio: (Con ferocidad) Has querido mi amor… ¡después!

Laura: (Con desprecio) ¿Para disimular lo que en realidad ocurría, verdad?

Giorgio: ¿No sabes que mi nombre está de por medio?

Laura: ¡Oh, no temas! ¡Tendré el valor que tuvo la Zena! ¡Lástima que yo no pueda dar el hijo… después del engaño… a su verdadero padre!

Giorgio: ¡Pero querías dármelo a mí! ¿No es esto un engaño?

Laura: Llámalo engaño, si quieres. Yo sé que era amor.

Giorgio: ¡Te digo que no puedes hacer eso!

Laura: ¿Y qué querrías…? ¿Recurrir a la violencia? (Se acerca a la puerta del fondo y llama:) ¡Mamá! ¡Mamá!

Giorgio: (Recalcando) ¡Incluso a la violencia… sí!

Acuden por la puerta del fondo, muy agitados, la Señora Francesca y el doctor Romeri.

Escena V
Dichos, la Señora Francesca, el doctor Romeri.

Francesca: ¡Laura! ¿Qué ocurre?

Giorgio: (A Romeri) Doctor, dígale que siendo mi mujer…

Laura: ¡Ya no soy tu mujer! ¡Mamá, me voy contigo!

Giorgio: ¡Pero no basta que te vayas!

Laura: (Con altivez) ¿Por qué? ¿Qué tengo yo tuyo?

Giorgio se deja caer sobre la silla, como abrumado.

Larguísima pausa)

Laura: Mamá, podemos irnos ya… (Se acerca a su madre)

Giorgio: (Levantándose con un grito de exasperación) ¡No! ¡Laura! ¡Laura!

Pronunciará dos veces su nombre movido por diferentes sentimientos; de acongojada turbación, primero, después implorante, casi iracundo. Laura se detiene. Le mira.

Pausa.

Giorgio se cubre el rostro con las manos y prorrumpe en sollozos.

Laura: (Corriendo hacia él) Giorgi… ¿me crees?

Giorgio: ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Pero no quiero perder tu amor!

Laura: (Con ímpetu apasionado) ¡Si es en esto solo en lo que debes creer!

Giorgio: ¿Cómo? ¿Creer… en qué?

Laura: (Como antes) ¡Pues en esto que yo he querido, con todo mi ser, por ti, y que debes querer tú también! ¿Es acaso posible que no creas en ello? (Le abraza, zarandeándole casi)

Giorgio: Sí, sí… En tu amor sí creo.

Laura: (Casi delirando) Entonces, ¿qué más quieres, si crees en mi amor? ¡En mí no hay nada más! ¡En mí estás tú, sólo tú! ¡No hay nada más dentro de mí! ¿No lo notas…?

Giorgio: Sí, sí…

Laura: (Radiante, feliz) ¡Ah, mi amor ha vencido! ¡Ha vencido! ¡Ha vencido…!

Telón


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