1917 – El piacer de la honradez – Comedia en tres actos

El piacer de la honradez – Comedia en tres actos

In Italiano – Il piacere dell’onestà

Il piacere dell'onestà (1978) - Alberto Lionello, Erica Blanc

Personajes, Notas per la Rapresentatión, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero

El placer de la honradez, en ocasiones también traducido como El placer de la honestidad (Il piacere dell’onestà en su título original) es una obra de teatro en tres actos , escrita en 1917.

Argumento

Fabbio Colli, un hombre separado, inicia un romance con la joven Agata Renni, con consentimiento de la madre de ésta Maddelena. Ella, sin embargo, queda embarazada. Ante esa situación, se consigue arreglar un matrimonio con un conocido de nombre Angelo Baldovino que accede al trato, bajo condición de que su esposa deje de ver a su amante. No es esa la intención de Fabbio que ante las obstrucciones del marido, intenta involucrarle falsamente en un asunto de desfalco. Ello causa un enfrentamiento entre ambos hombres. Angelo tiene sobradas razones para dudar de la fidelidad de su esposa, quien en la tesitura finalmente opta por su matrimonio.


Personajes

Ángel Baldovino.
Águeda Renni.
Doña Magdalena, su madre.
El marqués Fabio Colli.
Mauricio Setti, su primo.
Párroco de Santa Marta.
Marcos Fongi, bolsista.
Primer Consejero.
Segundo Consejero.
Tercer Consejero.
Cuarto Consejero.
Una doncella.
Un criado.
Comadrona (no habla)

En una ciudad de la Italia central. En nuestros días.

Notas per la Rapresentatión

Ángel Baldovino: cuarenta años: grave; cabello leonado, descuidado; barba corta, un poco hirsuta, rojiza; mirada penetrante; habla con cierta lentitud, con gravedad. Lleva un severo traje color marrón; lleva casi siempre entre los dedos unos lentes. Su desaliño personal, su aspecto, su manera de hablar, de sonreír, denotan un hombre con la vida rota, que conserva dentro de sí, bien escondidos, tempestuosos y muy amargos recuerdos de los que ha sacado una extraña filosofía llena de ironía, y a la vez de indulgencia. Esto, especialmente en el primer acto y en parte del tercero. En el segundo, aparece, por lo menos exteriormente, transformado: sobriamente elegante; desenvuelto, pero con dignidad; señor; lleva el pelo y la barba cuidados; ya no lleva los lentes en la mano.
Águeda Renni: Veintisiete años; altiva, casi dura por el esfuerzo de resistir al hundimiento de su honestidad. Desesperada y rebelde en el primer acto; luego va fieramente recta y obediente a su suerte.

Doña Magdalena : Cincuenta y dos años; elegante, todavía hermosa, pero resignada a su edad; llena de pasión por su hija: sólo ve por sus ojos.

El marqués Fabio Colli: Cuarenta y tres años, apuesto, hombre de bien; con ese tanto de torpeza que predispone a algunos hombres a ser desgraciados en amores.

Mauricio Setti: Treinta y ocho años; elegante y desenvuelto, de palabra fácil, hombre de mundo, amante de las aventuras.

Marcos Fongi: Cincuenta años, viejo zorro, pequeño individuo, patizambo, torcido; ingenioso, sin embargo, tiene cierta espiritualidad y hasta cierto aire señorial.

Acto Primero

Elegante salón en casa de Renni. Puerta común al fondo. Puerta lateral a la derecha. Ventana a la izquierda.
Al levantarse el telón, la escena está vacía. Se abre la puerta del fondo, entra la doncella y da paso a Mauricio Setti.

Doncella: Siéntese. Voy a anunciarle en seguida.

Sale por la derecha.

Poco después llega por la misma puerta Doña Magdalena, turbada, llena de ansiedad.

Magdalena: Buenos días, Setti. ¿Qué…?

Mauricio: Está aquí. Ha llegado conmigo esta mañana.

Magdalena: ¿De acuerdo en todo?

Mauricio: En todo.

Magdalena: ¿Se lo ha explicado usted todo, claramente?

Mauricio: Todo, todo, no lo dude.

Magdalena: (Vacilante) Pero., claramente, ¿cómo?

Mauricio: Pues, nada: se lo he dicho… le he dicho la cosa como es.

Magdalena: (Moviendo la cabeza, amargamente) La cosa… ¡ya!

Mauricio: ¡Era preciso decirla, señora!

Magdalena: Sí, claro, pero…

Mauricio: Después, la cosa cambia, no lo dude; tiene diverso peso según la calidad de las personas, los momentos, las condiciones.

Magdalena: ¡Eso, eso es, sí!

Mauricio: ¡Y eso… esté usted segura: se lo he explicado bien!

Magdalena: ¿Cómo somos nosotros, quién es mi hija…? Y… ¿ha aceptado? ¿Sin dificultades?

Mauricio: ¡Sin dificultad: tranquilícese!

Magdalena: ¡Ah… tranquilizarme, amigo mío! ¿Cómo puedo estar tranquila? Pero, ¿cómo es? Dígame al menos cómo es.

Mauricio: Pues… un buen mozo. No quiero decir que sea un Adonis: pero un buen mozo, ya verá. Buena presencia, cierto aire de dignidad nada afectada. Y noble auténtico, de nacimiento: ¡un Baldovino!

Magdalena: Pero… sus sentimientos; le pregunto por sus sentimientos.

Mauricio: Óptimos, óptimos, créame.

Magdalena: ¿Sabe hablar? Sabe hablar… quiero decir…

Mauricio: ¡Oh, en Macerata, señora, se habla muy bien!

Magdalena: ¡Digo si sabe hablar con tacto! Comprenderá usted que, en el fondo, todo está en eso. Una palabra fuera de tono, sin esa cierta…

(Apenas toca las palabras con la voz, como si se sintiera herida al pronunciarlas) esa cierta… ¡Ay, no sé siquiera cómo expresarme…!

Saca su pañuelo de bolsillo. Está llorando. 

Mauricio: ¡Hay que hacerse el ánimo, señora!

Magdalena: …¡sería una puñalada para mi pobre Águeda!

Mauricio: No, sobre ese punto puede usted estar tranquila, señora. No pronunciará jamás una palabra que no sea absolutamente correcta. Se lo garantizo. Es muy reservado. Mesurado. Le digo que es un señor. Y comprende las cosas al vuelo. No tema por esa parte. Se lo garantizo.

Magdalena: ¡Créame, amigo Setti, yo no sé ni cómo estoy! Me siento perdida… estoy atontada… ¡Encontrarse así, de pronto, ante una necesidad semejante! Me parece una desgracia, de esas… ¿comprende?, que dejan la puerta abierta, de modo que todo extraño pueda introducirse a curiosear.

Mauricio: ¡Ah, en la vida…!

Magdalena: ¡Y esa hija, esa hija mía, con ese corazón que tiene! ¡Si la viera usted, si la oyera…! ¡Está que da pena…!

Mauricio: Me lo imagino. Crea usted, señora, que con todo el corazón me he preocupado…

Magdalena: (Interrumpiendo, estrechándole la mano) ¡Ya lo sé, ya lo sé! Y ve usted cómo le hablo: porque sé que es usted uno de la familia: más que primo, un hermano de nuestro marqués.

Mauricio: ¿Está ahí Fabio?

Magdalena: Ahí está, sí. Quizá todavía no se atreve a dejarla. Hay que vigilarla continuamente. En cuanto oyó que le anunciaban a usted, se precipitó a la ventana.

Mauricio: ¡Caramba! ¿Por mí?

Magdalena: ¡No, no por usted! Porque sabe el motivo que le ha llevado a usted a Macerata, y con quién habrá vuelto usted de allí.

Mauricio: Pues me parece que, al contrario… eso…

Magdalena: ¡No! ¡Qué dice usted! Llora, se desespera. Está que da verdadera lástima verla.

Mauricio: Pero, ¿no habíamos quedado en eso? ¿No había consentido ella misma?

Magdalena: Sí, sí… ¡Y precisamente por eso…!

Mauricio: (Consternado) ¿Ahora no quiere?

Magdalena: ¡No! ¡Cómo va a querer! ¿Cree usted que puede querer? Pero debe, debe, por fuerza: no tiene otro remedio…

Mauricio: ¡Claro, que se haga cargo…!

Magdalena: Amigo Setti, esto le costará la vida a mi hija.

Mauricio: No, señora, ya verá usted…

Magdalena: ¡Le costará la vida! ¡Si antes no hace algún disparate! Yo he sido demasiado condescendiente, lo reconozco. Me fiaba… confiaba en que Fabio sería más prudente… – ¿Usted abre los brazos? – Tiene usted razón:, es lo único que se puede hacer ya: abrir los brazos, cerrar los ojos y dejar entrar la vergüenza.

Mauricio: ¡No diga usted eso, señora! Si estamos arreglando…

Magdalena: (Cubriéndose el rostro con las manos) ¡No…, usted… no diga usted eso, por caridad! Es peor.

¡Ah, créame, Setti, es remordimiento ahora, lo que antes sólo fue debilidad mía! ¡Se lo juro!

Mauricio: Lo creo, lo creo, señora.

Magdalena: ¡Pero no puede usted comprenderlo! ¡Es usted hombre, y ni siquiera es usted padre! No puede usted comprender el dolor que es para una madre ver a su hija que va entrando en años, que empieza a perder la flor de la juventud… Acaba una por perder aquel rigor que la prudencia aconseja…; más todavía: ¡que la honestidad manda! ¡Ah, la honestidad, querido Setti, qué escarnio en ciertos momentos! Tienen que enmudecer los labios de una madre que – bien o mal – ha estado en el mundo…, ha amado… ¡cuando los ojos de su hija la miran casi implorando piedad! Para no concederle abiertamente, fingimos no darnos cuenta de nada; y esta ficción y nuestro silencio se hacen cómplices, hasta que se llega…, se llega a este extremo… Pero esperaba que Fabio fuera prudente.

Mauricio: ¡Ay…, la prudencia, señora mía…!

Magdalena: ¡Lo sé! ¡Lo sé!

Mauricio: Si él mismo hubiera podido…

Magdalena: Lo sé…, lo veo… Está como loco él también, ¡el pobre! Y si él no fuera el hombre honrado que es, ¿cree usted que todo esto hubiera ocurrido?

Mauricio: ¡Fabio es tan bueno!

Magdalena: ¡Y lo veíamos tan desgraciado, separado de aquella su mujer indigna! ¡Ya ve usted: ésa, precisamente esa razón, que debería haber impedido que se llegara a este punto, ha sido la que nos tiene así! ¿No está usted seguro – dígamelo, en conciencia – de que Fabio, si hubiera sido libre, se habría casado con mi hija?

Mauricio: ¡Ah, sin duda!

Magdalena: ¡Dígamelo, dígamelo en conciencia! ¡Por caridad!

Mauricio: ¿Pero no ve usted misma lo enamorado que está en el estado que se encuentra ahora?

Magdalena: ¿Es verdad? ¿Es verdad? ¡No puede usted imaginarse el consuelo que da una pequeña prueba, en un momento como éste!

Mauricio: ¡Pero qué dice usted, señora! ¡Qué cosas piensa! Yo tengo por usted, por su hija Águeda, el máximo respeto, la más sincera y devota consideración.

Magdalena: ¡Gracias! ¡Gracias!

Mauricio: ¡Le ruego que me crea! ¡Si no, no me hubiera interesado yo tanto!

Magdalena: Gracias, Setti. Y crea usted, cuando una mujer, una pobre joven ha esperado durante tantos años un compañero para toda la vida, y no lo encuentra, y al final ve un hombre que merecía todo el amor, y sabe que ese hombre ha sido maltratado, amargado, ofendido inicuamente por otra mujer… créame, no puede resistir el espontáneo impulso de demostrarle que no todas las mujeres son como aquélla: que hay alguna que sabe responder al amor con amor, y apreciar el tesoro que la otra ha pisoteado.

Mauricio: ¡Eso es! ¡Pisoteado! ¡Pobre Fabio! Dice usted bien, señora. No se lo merecía.

Magdalena: La razón dice: «No, tú no puedes, no debes», no sólo en el corazón de ella, sino también en el de aquel hombre, si es honrado, y en el de la madre, que mira al uno y a la otra y se consume. Se calla un poco; se escucha la razón, se ahoga el dolor…

Mauricio: …y al final viene el momento…

Magdalena: …¡viene! ¡Ah, llega insidiosamente…! Es una deliciosa noche de mayo. La mamá se asoma a la ventana. Flores y estrellas. Dentro, la angustia, la ternura más afligida. Y la mamá grita para sus adentros: «¡Por lo menos una vez, que sean para mi hija todas las flores y todas las estrellas!» Y se queda allí, en la sombra, como cómplice de un delito que toda la naturaleza que hay alrededor aconseja, y que mañana todo el mundo y nuestra conciencia condenará; pero que en aquel momento se siente la felicidad de dejar que se realice, con una extraña satisfacción incluso de nuestros sentidos, y un orgullo que desafía a la condenación, aunque sea a costa del dolor con que lo pagaremos mañana. ¡Ahí tiene usted, amigo Setti! No puedo ser justificada, pero compadecida, sí. Debería una morirse, después. Pero no se muere.

Queda la vida, que necesita, para sostenerse, de todas las cosas que en un momento hemos echado a rodar.

Mauricio: Sí, señora. Eso es. Y se necesita, ante todo, calma. Usted reconoce que hasta ahora, aquí, los tres, usted por una parte, y Fabio y su hija por otra, han concedido demasiado al sentimiento.

Magdalena: ¡Ah, demasiado, demasiado, sí, demasiado!

Mauricio: Pues bien, ahora es preciso que el sentimiento sea contenido, que se retraiga para ceder el puesto a la razón, ¿eh?

Magdalena: Sí, sí.

Mauricio: ¡Para hacer frente a una necesidad que no admite dilación! Así, pues… ¡Ah! Aquí está Fabio.

Fabio: (Entrando por la derecha, angustiado, desesperado, desvariando, a Doña Magdalena) ¡Por favor, vaya usted! ¡No la deje sola!

Magdalena: Sí, ya voy… Pero me parece que…

Fabio: ¡Vaya, por favor!

Magdalena: Sí, sí

(A Mauricio) Con permiso.

Sale por la derecha.

Mauricio: Pero ¿cómo? ¿También tú así?

Fabio: ¡No me digas nada, Mauricio, por caridad! ¿Crees haber encontrado tú el remedio? ¿Sabes lo que has hecho? Has dado colorete a un enfermo para que no esté pálido.

Mauricio: ¿Yo?

Fabio: ¡Tú, sí! ¡Le has dado apariencia de salud!

Mauricio: ¡Pero si lo has pedido tú mismo! ¡Entendámonos! ¡Yo no quiero meterme a redentor!

Fabio: ¡Yo sufro, yo sufro, Mauricio! ¡Sufro por esa pobre criatura y por mí las penas del infierno! ¡Y por causa de tu remedio, que estimo justo!, ¿comprendes? ¡Pero es un remedio externo, que puede salvar las apariencias, pero nada más!

Mauricio: ¿Ya no cuentan nada, ahora, las apariencias? ¡Estabas desesperado hace cuatro días, por las apariencias que había que salvar!

Ahora que puedes salvarlas…

Fabio: … ¡veo mi dolor! ¿No te parece natural?

Mauricio: No, amigo mío. ¡Porque así ya no las salvas! ¿Debe ser apariencia? ¡Pues es preciso que te la des! Tú no te ves. Te veo yo. Y debo sacudirte por fuerza, sacarte a flote…, darte colorete, como tú dices. Él está aquí; ha venido conmigo. Si ha de hacerse pronto…

Fabio: Sí, sí, dime, dime… ¡Pero ya es inútil! ¿Le has advertido que no le daré ni un céntimo?

Mauricio: Se lo he advertido.

Fabio: ¿Y ha aceptado?

Mauricio: ¡Si te digo que está aquí conmigo…! Únicamente con el fin de poder cumplir las obligaciones que asume contigo, pide – y me parece justo – la liquidación de su pasado. Tiene algunas deudas.

Fabio: ¿Cuántas? ¿Muchas? ¡Ah, me lo imagino!

Mauricio: No, no, pocas. ¡Caramba! ¿Querías uno que no tuviera deudas? Tiene pocas. Pero debo añadir – y nota que él mismo me recomendó que lo añadiera – que son tan pocas, no por falta de voluntad por su parte, sino por falta de crédito por parte de los demás.

Fabio: ¡Ah, muy bien!

Mauricio: ¡Honrada confesión! Comprenderás que, si todavía gozara de algún crédito…

Fabio: (Cogiéndose la cabeza entre tas manos) ¡Basta! ¡Basta, por caridad! Dime el discurso que le has pronunciado. ¿Va mal vestido? ¿Cómo es? ¿Qué pinta tiene?

Mauricio: Lo he encontrado un poco decaído, desde la última vez. Pero eso se remedia. En parte, ya lo he remediado. Es un hombre para el cual la moral tiene mucha importancia. Las malas acciones que se ve obligado a cometer…

Fabio: …¿Juega? ¿Hace trampa? ¿Roba? ¿Qué Hace?

Mauricio: Jugaba. Hace tiempo que no lo dejan jugar. Estaba de una amargura que daba pena. Estuve paseando con él toda una noche, por la avenida que bordea la muralla. ¿Has estado alguna vez en Macerata?

Fabio: Yo, no.

Mauricio: Te aseguro que fue para mí una noche fantástica, entre las miles de lucecitas de aquella avenida, junto a aquel hombre que hablaba con una sinceridad espantosa: y, como aquellas luces ante los ojos, hacía cruzar por la mente ciertos pensamientos inesperados, salidos de la más oscura profundidad del alma. Me parecía, no sé, no estar ya en la tierra, sino en una región de sueño, extraña, lúgubre, misteriosa, en la que él se movía como en su casa, donde las cosas más extrañas, más inverosímiles, podían llegar a parecer naturales y habituales.

Él lo notó… – lo nota todo—, sonrió, y me habló de Descartes.

Fabio: (Asombrado) ¿De quién?

Mauricio: De Cartesio. ¡Ah, sí, porque, verás: posee también una cultura, especialmente filosófica, formidable. Me dijo que Cartesio…

Fabio: ¡Pero qué quieres que me importe a mí ahora de Cartesio!

Mauricio: ¡Déjame hablar! ¡Verás cómo te importa! Me decía que Cartesio, escrutando en nuestra conciencia de la realidad, tuvo uno de los más terribles pensamientos que se hayan asomado jamás a la mente humana: que, si los sueños tuvieran regularidad, ¡nosotros ya no sabríamos distinguir el sueño de la realidad…! ¿No has notado nunca esa extraña turbación, cuando un sueño se repite varias veces…? Parece casi imposible dudar de que no estemos frente a una realidad. Porque todo nuestro conocimiento del mundo está suspendido de un hilo sutilísimo: la re-gu-la-ri-dad de nuestras experiencias… Nosotros, que tenemos esta regularidad, no podemos imaginar qué cosas puedan ser reales, verosímiles, para el que vive fuera de la regla, como aquel hombre… Te digo que, en un momento dado, me fue facilísimo hacerle la proposición. Me hablaba de ciertos proyectos suyos, que a él le parecían posibles, y a mí tan extraños e irrealizables, que mi propuesta…, ¿comprendes…?, de repente se hizo de una facilidad que no puedes imaginarte siquiera; tan razonable, que cualquiera hubiera podido aceptarla. ¡Y me quedé asombrado! Porque no fui yo el primero en decirle aquella condición del dinero; fue él, rápido, el que protestó, resentido, que «¡de dinero, ni hablar!», no quería ni oír hablar de eso. Pero ¿sabes por qué?

Fabio: ¿Por qué?

Mauricio: Porque es mucho más fácil – sostiene él – ser un héroe que una buena persona. Héroe se puede ser de vez en cuando; buena persona se debe ser siempre. Y no es fácil.

Fabio: ¡Ah!

(Inquieto, hosco, se pone a pasear por la estancia) Al parecer, es, pues, un hombre de ingenio, ¿no?

Mauricio: ¡Ah, de mucho, de mucho ingenio!

Fabio: ¡Pues lo ha utilizado muy mal…, según parece!

Mauricio: ¡Malísimamente, malísimamente! Desde muchacho. Fuimos compañeros de colegio, te lo he dicho. Con su ingenio podía llegar a donde quisiera. Estudió siempre lo que le gustaba, lo que menos podía servirle. Y dice que la educación es la enemiga de la sabiduría; porque la educación hace necesarias muchas cosas, de las cuales habría que prescindir para ser sabio. Fue educado como un gran señor: gustos, costumbres, ambiciones, y hasta vicios. Luego… los azares de la vida…, la bancarrota de su padre, y…, ¡no es extraño…!

Fabio: (Volviendo a pasearse por la estancia) ¿Y…, además, un buen mozo, has dicho?

Mauricio: Sí, de buena presencia. ¿Por qué? (Ríe) Nada, nada, veo que empiezas a temer que haya elegido demasiado bien.

Fabio: ¡Vamos, haz el favor! ¡Veo…, veo algo superfluo, eso es todo! Ingenio, cultura…

Mauricio: …¡filosófica! No me parece que sea superflua en este caso.

Fabio: ¡Mauricio, por favor, déjate de bromas! ¡Yo estoy en ascuas! Hubiera querido, por lo menos…, un hombre modesto, bueno…

Mauricio: …¿que se descubriera en seguida? ¿Que no tuviera la apariencia conveniente? ¡Perdona, pero… era necesario tener también en cuenta la casa donde iba a entrar…! Un hombre mediocre, de edad avanzada, hubiera hecho sospechar… Era necesario un hombre de mérito, que inspirara respeto y consideración…, de manera, en fin, que mañana la gente pueda explicarse la razón por la que la señorita Renni ha podido aceptarlo… Y yo estoy seguro de que…

Fabio: …¿qué?

Mauricio: ...de que lo aceptará; y no sólo eso, sino que, además, me dará las gracias un poco mejor de como me las das tú, ¿sabes?

Fabio: ¡Sí! Te dará las gracias… ¡Si la oyeras…! ¿Le has dicho que es cosa urgente?

Mauricio: ¡Naturalmente! Verás cómo él sabrá llegar en seguida a tener confianza…

Fabio: …¿es decir..?

Mauricio: …¡hombre, la que queráis darle!

Doncella: (Acudiendo por la puerta de la derecha) Señor marqués, la señora le ruega que vaya un momento.

Fabio: ¡Pero si ahora no puedo! Tengo que ir con mi primo… (A Mauricio) Tengo que verlo…, hablarle.

(A la Doncella) ¡Diga a la señora que me disculpe: ahora no puedo!

Doncella: Sí, señor.

Sale.

Mauricio: Está aquí, a dos pasos: en el hotel más próximo. Pero ¿así?

Fabio: ¡Yo me vuelvo loco…, me vuelvo loco! Entre ella allí, llorando, y tú aquí, que me dices…

Mauricio: ¡Hasta ahora no hay firmado ningún compromiso! Y, si tú no quieres…

Fabio: ¡Te digo que quiero verlo, hablarle…!

Mauricio: ¡Pues vamos allá! ¡Es aquí, al lado!

Magdalena: (Llega agitada) ¡Fabio! ¡Fabio! ¡Venga, venga usted, por caridad! ¡No me deje sola en este momento!

Fabio: ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Magdalena: ¡Es una crisis terrible! ¡Venga, se lo suplico!

Fabio: Pero si tengo que…

Mauricio: ¡No, hombre, no: anda ahora…!

Magdalena: ¡Sí, por caridad, Fabio!

Mauricio: ¿Quieres que lo traiga aquí? Sin compromiso. Le hablarás aquí. Quizá sea mejor, incluso por la señorita…

Fabio: Sí, sí, anda. ¡Ah, pero sin compromiso!, ¿eh? ¡Que hable antes conmigo!

Sale por la derecha.

Mauricio: (Gritándole de lejos) ¡Claro que sí! En dos minutos estoy de vuelta.

Sale por la común. 

Magdalena: (Detrás de él) ¿Con él? ¿Aquí?

Se dirige a la puerta de la derecha, pero llegan Águeda y Fabio. 

Águeda: (Despeinada, enloquecida, liberándose de Fabio) ¡Déjame! ¡No, déjame! ¡Déjame marchar! Fuera…, fuera…

Magdalena: ¿Pero adónde quieres ir, hija mía?

Águeda: ¡No lo sé! ¡Fuera!

Fabio: ¡Águeda! ¡Águeda! ¡Por candad!

Magdalena: ¡Es una locura!

Águeda: ¡Dejadme! ¡Volverme loca, o morirme! ¡No hay salvación para mí! ¡No puedo más!

Cae sentada. 

Magdalena: ¡Pero espera, al menos, a que Fabio lo vea, le hable, que lo veas tú también!

Águeda: ¡No! ¿Yo? ¡No! ¿Pero no comprendéis que me da horror? ¿No comprendéis que es monstruoso lo que queréis hacer conmigo?

Magdalena: ¡Cómo! Pero si tú misma, hija mía…

Águeda: ¡No! ¡No quiero! ¡No quiero!

Fabio: (Desesperado, resueltamente) ¡Bueno, pues, no! ¡Si tú no quieres, no! ¡Yo tampoco quiero! ¡Es monstruoso, sí! ¡Y me da horror a mí también! Pero, por lo menos, ¿tienes valor para hacer frente conmigo a la situación?

Magdalena: ¡Por caridad!, ¿qué dice usted, Fabio? ¡Usted es hombre y puede reírse del escándalo! ¡Nosotras somos dos pobres mujeres solas, y la vergüenza caería sobre nosotras! ¡Se trata de elegir el menor entre dos males: entre la vergüenza ante todo el mundo…

Águeda: (Rápida) …y la vergüenza ante uno solo, ¿verdad?, ¡que me la pasaría yo sola! ¡Y tendría que estarme yo con ese hombre, verlo delante de mí, ese hombre que debe ser vil, vil, cuando se presta a esto!

(Se levanta rápida y se dirige, contenida por los otros, hacia la puerta del fondo) ¡No, no, no quiero! ¡No quiero verlo! ¡Dejadme marchar! ¡Dejadme marchar!

Magdalena: Pero ¿adónde? ¿Qué quieres hacer…? ¿Afrontar el escándalo? Si es eso lo que quieres…, yo…, yo…

Águeda: (Abrazándola y rompiendo a sollozar, desesperadamente) ¡No, por ti, mamá, por ti…!

Magdalena: ¿Por mí? ¡No! ¿Qué dices?, ¡por mí! ¡No pienses en mí, hija mía! ¡No tenemos que evitarnos dolor, ahora, la una a la otra! ¡Ni escapar! Debemos estar aquí, sufrir los tres juntos, tratar de repartirnos la amargura, porque el mal lo hemos hecho los tres!

Águeda: ¡Tú, no…, tú, no, mamá!

Magdalena: ¡Yo, más que tú, hija mía! ¡Y te juro que mucho más que tú!

Águeda: ¡No, mamá! ¡Porque yo sufro también por ti!

Magdalena: ¡Y yo sólo por ti; y por eso, más! ¡Yo no comparto mi amargura, porque estoy toda en ti, hija mía! Espera…, espera…, se trata de ver…

Águeda: ¡Es horrible! ¡Es horrible!

Magdalena: ¡Lo sé! ¡Pero vamos a ver, antes!

Águeda: ¡No puedo, no puedo, mamá!

Magdalena: ¡Pero si estamos aquí nosotros contigo…! ¡No hay engaño…! ¡No ocultamos nada! ¡Nos quedamos aquí, Fabio y yo, a tu lado!

Águeda: ¿Pero no te lo imaginas, Fabio? ¡Estará siempre aquí, entre nosotros, uno que sabe lo que le ocultamos a todo el mundo!

Fabio: ¡Pero él también tendrá interés en ocultarlo… por él mismo, e incluso a sí mismo…, y se atendrá a lo pactado! ¡Y si no se atiene, mejor para nosotros…! Apenas insinúe que no quiere atenerse, encontraré yo el medio de hacer que se marche. ¡Tanto más que entonces ya no nos importará nada de él!

Magdalena: ¡Compréndelo! ¡Claro! ¿Por qué para siempre? Puede ser para poco tiempo.

Fabio: ¡Para poco tiempo! ¡Para poco tiempo! ¡Y de nosotros depende también que sea para poco tiempo!

Águeda: ¡No, no! ¡Lo tendremos siempre delante!

Magdalena: Pero si todavía no lo conocemos siquiera. Setti ha asegurado precisamente…

Fabio: ¡Ya habrá manera, ya habrá manera…!

Magdalena: Es muy inteligente, y…

(Llaman a la puerta del fondo. Pausa de susto) ¡Ah, ya está ahí… será él…!

Águeda: (Se levanta rápida y se agarra a su madre) ¡Vámonos, vámonos, mamá! ¡Dios mío!

Se lleva a su madre hacia la puerta de la derecha. 

Magdalena: Sí, sí, él le hablará. Vámonos nosotras…

Fabio: ¡Tranquilízate!

(Magdalena y Águeda salen por la derecha) Adelante.

Doncella: (Abriendo la puerta del fondo y anunciando) El señor Setti, con un señor.

Fabio: Que pasen.

Sale la Doncella.

Mauricio: (Entrando) ¡Hola, Fabio…! Te presento a mi amigo, Ángel Baldovino. (Fabio se inclina)

(A Baldovino) Mi primo, el marqués de Setti. (Baldovino se inclina)

Fabio: Siéntese, por favor.

Mauricio: Vosotros tenéis que hablar. Os dejo.

(A Baldovino, estrechándole la mano) Nos veremos después en el hotel, ¿eh? Adiós, Fabio.

Fabio: Adiós.

Mauricio sale por la común. 

Baldovino: (Sentado, se coloca los lentes en la punta de la nariz, y, reclinando la cabeza hacia atrás:) Ante todo, deseo pedirle un favor.

Fabio: Usted dirá.

Baldovino: Que me hable usted abiertamente, señor marqués.

Fabio: ¡Ah, sí, sí…! ¡Precisamente ése es mi deseo!

Baldovino: Gracias. Pero es posible que usted no entienda la expresión «abiertamente» como la entiendo yo.

Fabio: No sé… abiertamente… con toda franqueza…

(Y como Baldovino, con un dedo, dice que no) ¿Pues, cómo, entonces?

Baldovino: No basta. Verá usted, señor marqués: inevitablemente, nos construimos. Me explicaré. Yo entro aquí, y me transformo inmediatamente, frente a usted, en el que debo ser, en el que puedo ser – me construyo—; es decir, me presento ante usted en una forma adaptada a la relación que voy a tener con usted. Y lo mismo hace usted conmigo, al recibirme. Pero, en el fondo, dentro de estas construcciones nuestras puestas así, una frente a otra, detrás de las celosías y de las imposiciones, quedan perfectamente ocultos nuestros más secretos pensamientos, nuestros sentimientos más íntimos, todo lo que somos por nosotros mismos, fuera de las relaciones que queremos establecer. ¿Me he explicado?

Fabio: ¡Sí, sí, muy bien…! ¡Ah, muy bien! Mi primo me ha dicho que es usted muy inteligente.

Baldovino: Y usted ha creído que yo quería darle una muestra de mi inteligencia.

Fabio: No, no… lo decía, porque… apruebo, apruebo eso que usted ha sabido decir tan bien.

Baldovino: Entonces, si usted me lo permite, empezaré yo a hablar abiertamente. Hace tiempo, señor marqués, que siento en mi interior una indecible repugnancia por las abyectas construcciones que tengo que hacerme, en las relaciones que me veo obligado a contraer con mis… diré: mis semejantes, si usted no se ofende.

Fabio: No, no… diga usted, diga…

Baldovino: Yo me veo, me veo continuamente, señor marqués; y me digo: «¡pero qué vil, qué indigno es esto que estás haciendo ahora!»

Fabio: (Desconcertado, en un apuro) ¡Oh, no…! ¿por qué…?

Baldovino: Porque sí, dispense. Usted, a lo sumo, podría preguntarme que, entonces, por qué lo hago. Pues porque… en gran parte por culpa mía, y en gran parte también por culpa de los demás, y ahora, por necesidad, no puedo hacer otra cosa. Querer ser de una manera o de otra, señor marqués, no es nada difícil. Todo está, luego, en poder ser como queremos. ¡No estamos solos! ¡Estamos nosotros y la bestia! La bestia que nos lleva. Por muchos palos que le dé usted, no entra nunca en razón. Vaya usted a convencer a un asno para que no vaya por el borde de un precipicio: se lleva vergajazos, correazos, estirones; pero va por allí, porque no puede menos. Y después de haberlo apaleado, maltratado de lo lindo, mírelo usted un poco a los ojos transidos. Dígame: ¿no siente usted piedad? ¡Digo piedad, no disculpa! La inteligencia que disculpa a la bestia, se embrutece ella también. ¡Pero tener piedad es otra cosa! ¿No le parece?

Fabio: ¡Ah, sí, sí…! claro… Pero, volvamos a nosotros.

Baldovino: Si hablo de nosotros, señor marqués. Le he dicho esto, para hacerle comprender que, teniendo el sentimiento de lo que hago, tengo también cierta dignidad que me importa mucho salvar. No hay otra manera de salvarla que hablando abiertamente. Fingir sería horrible, además de sucio, vulgarísimo. ¡La verdad!

Fabio: Eso es… sí… claramente… Procuraremos entendernos…

Baldovino: Pues entonces, si me lo permite, le preguntaré.

Fabio: ¿Qué dice?

Baldovino: Le haré algunas preguntas, si me lo permite.

Fabio: ¡Ah, sí, sí, pregunte usted!

Baldovino: Vamos allá.

(Saca del bolsillo un cuadernito) Tengo aquí los extremos de la situación. Debiendo hacer una cosa seria, es mejor para usted, y mejor para mí.

(Abre el cuadernito y lo hojea, entretanto, empieza a preguntarle con el aspecto de un juez indulgente) ¿Usted, señor marqués, es el amante de la señorita…?

Fabio: (Tratando de cortar rápidamente esa pregunta, y la búsqueda en el cuadernito) ¡Ah, no! ¡Perdone, pero así…!

Baldovino: (Tranquilo, sonriente) ¿Ve usted? ¡A la primera pregunta…!

Fabio: ¡Naturalmente! Porque…

Baldovino: (Rápido, severo) ¿No es verdad? ¿Dice, usted que no es verdad? En ese caso (se levanta) ,usted perdonará, señor marqués. Le he dicho que tengo mi dignidad. No podría prestarme a una triste y humillante comedia.

Fabio: ¡Cómo! Yo creo que, al contrario, precisamente en la forma que usted quiere…

Baldovino: Se equivoca usted. Mi dignidad – la que puedo tener – sólo puedo salvarla con la condición de que usted hable conmigo como con su propia conciencia. O es así, señor marqués, o no hacemos nada. No me presto a ficciones indecorosas. La verdad. ¿Quiere usted contestarme?

Fabio: Pues bien… sí… Pero no busque usted en ese cuadernito, por caridad. ¿Se refiere usted a la señorita Águeda Renni?

Baldovino: (No transige, sigue buscando; encuentra, y repite:) Águeda Renni, precisamente. ¿Veintisiete años?

Fabio: Veintiséis.

Baldovino: (Mira el cuadernito) Cumplidos el nueve del mes pasado: por consiguiente, está en los veintisiete. Y… (mira nuevamente el cuaderno) ¿hay también una mamá?

Fabio: ¡Perdone, pero…!

Baldovino: Es escrúpulo, créame, solamente escrúpulo por mi parte; una garantía para usted. Me encontrará usted siempre así de preciso, señor marqués.

Fabio: Pues bien, sí, está la madre…

Baldovino: ¿Cuántos años, por favor?

Fabio: Pues… no sé… tendrá cincuenta y uno… cincuenta y dos…

Baldovino: ¿Solamente? Es que… le digo francamente… sería mejor que no existiera. La madre es una construcción irreductible. Pero ya sabía que había que contar con ella. Conque, seamos espléndidos… digamos: cincuenta y tres. Usted, señor marqués, tendrá poco más o menos mi edad… Yo estoy deteriorado: aparento más edad de la que tengo. He cumplido cuarenta y uno.

Fabio: Entonces, soy más viejo que usted. Cuarenta y tres.

Baldovino: Pues lo felicito: está usted muy bien conservado. Quizá yo también, reponiéndome un poco… ¿sabe? Así es que cuarenta y tres. Ahora, usted me perdonará, tengo que tocar otra tecla muy delicada.

Fabio: ¿Mi esposa?

Baldovino: Está usted separado. Por culpa… ya sé que usted es un perfecto caballero, incapaz de hacer daño, destinado a que se lo hagan a usted. Por culpa, pues, de su esposa. Y ha encontrado usted un consuelo. Pero la vida – implacable usurera – se cobra el bien que nos presta con cientos de contrariedades y disgustos.

Fabio: ¡Ya lo creo!

Baldovino: ¡Y tiene usted que enterarse! ¡Es preciso que usted pague su consuelo, señor marqués! Tiene usted delante la sombra de una letra que vence, sin dilación. Vengo yo a poner una firma de aval, y a comprometerme a pagar su letra de cambio. No puede usted imaginarse, señor marqués, el placer que siento con esta venganza que puedo tomarme contra la sociedad, que le niega todo crédito a mi firma. Imponer esta firma mía; decir: «Aquí tenemos a uno que ha tomado de la vida lo que no debía, y ahora pago yo por él, porque, si yo no pagara, fallaría aquí una honestidad, el honor de una familia daría en quiebra.» Señor marqués, es para mí una gran satisfacción: un desquite. rea usted que no lo hago por otra cosa. ¿Usted lo duda? ¡Está usted en su derecho!; porque yo soy… ¿me permite un parangón?

Fabio: Sí, sí, diga, diga.

Baldovino: (Siguiendo) …como uno que llega a poner en circulación oro contante y sonante, en un país que sólo conoce el papel moneda. Se desconfía del oro. Es natural. Usted siente la tentación de rechazarlo, ¿no? Pero es oro, puede usted estar seguro, señor marqués. No he podido despilfarrarlo, porque lo tengo en el alma, y no en los bolsillos. ¡Si no…!

Fabio: ¡Eso es, muy bien! ¡Muy bien! Yo no busco otra cosa, señor Baldovino. ¡La honradez! ¡La bondad, de sentimientos!

Baldovino: Tengo también el recuerdo de mi familia… Ha podido costarme sacrificios de amor propio, amarguras sin fin, repugnancia, asco… ser honrado. ¿Qué quiere que me cueste la honradez? Usted me invita…, sí, digo, a una doble boda: me caso fingidamente con una mujer; pero en serio me caso con la honradez.

Fabio: ¡Eso es, sí… basta! ¡Eso me basta!

Baldovino: ¿Basta? ¿Cree usted que basta? Perdone, señor marqués, pero ¿y las consecuencias?

Fabio: ¿Cómo? No comprendo.

Baldovino: ¡Ah!, veo que usted… sin duda porque sufre delante de mí y tiene que violentarse mucho para resistir esta situación penosa, con tal de salir de ella, trata la cosa con mucha ligereza.

Fabio: ¡No, no, al contrario! ¿Cómo, con ligereza?

Baldovino: Dígame, señor marqués: mi honradez, ¿es indispensable, o no lo es?

Fabio: ¡Claro que lo es! ¡Es la única condición que le pongo!

Baldovino: Muy bien. En mis sentimientos, en mi voluntad, en todos mis actos. La tengo. La siento. La quiero. La demostraré. ¿Y qué más?

Fabio: ¡Le he dicho que me basta eso!

Baldovino: ¡Pero… las consecuencias, señor marqués, perdone…! Mire usted: la honradez, tal como usted la quiere en mí, ¿qué es? Piénselo un poco. Nada. Una abstracción. Una pura forma. Digamos: lo absoluto. Ahora bien: si yo debo ser tan honrado, será preciso que viva esa abstracción; que le dé cuerpo a esa forma; que yo sienta esa honradez abstracta y absoluta. ¿Y cuáles serán entonces las consecuencias? La primera de todas, ésta: que yo tendré que ser un tirano.

Fabio: ¿Un tirano?

Baldovino: ¡Por fuerza! ¡Aunque no quiera! ¡En lo referente a la pura forma, entendámonos! – El resto no me pertenece -. Pero por la pura forma, honrado como usted me quiere y como yo me quiero… necesariamente tendré que ser un tirano, se lo advierto. Querré respetar escrupulosamente todas las apariencias, lo cual necesariamente impondrá gravísimos sacrificios a usted, a la señorita, a la mamá; una angustiosísima limitación de libertad, el respeto a todas las formas abstractas de la vida social. Y… hablemos claro señor marqués, para hacerle ver también que estoy animado por el más firme propósito… ¿sabe usted lo que resultará, en seguida, de todo esto; lo que se impondrá entre nosotros y saltará a la vista de todo el mundo? ¡Que, tratando conmigo – no se hagan ilusiones – siendo honrado, como lo seré yo, las malas acciones las cometerán ustedes, no yo! Yo no veo más que una sola cosa: la posibilidad de ser honrado.

Fabio: Pues… caballero… comprenderá usted… usted mismo lo ha dicho… no… no me encuentro en condiciones de seguir bien lo que dice… en este momento… Usted habla maravillosamente, pero ¡toquemos tierra, por favor!

Baldovino: ¿Yo? ¿Tierra? ¡No puedo!

Fabio: ¿Cómo, no puede? ¿Qué quiere decir?

Baldovino: ¡No puedo, por la condición misma en que usted me pone, señor marqués! Yo tengo que vagar forzosamente por lo abstracto. ¡Ay, si tocara tierra! La realidad no es para mí: se la reserva usted. Tóquela usted. Hable; yo le escucharé. Seré la inteligencia que no disculpa, pero compadece…

Fabio: (Rápido, señalándose a sí mismo) ¿a la bestia?

Baldovino: Perdone: ¡es una consecuencia!

Fabio: ¡Sí, claro! ¡Tiene usted razón! ¡Es así, en efecto! Por lo tanto, si hablo yo, habla la bestia: tocando tierra, ¿sabe? Usted escuche y compadezca. Se trata de entendernos…

Baldovino: ¿Dice usted: de entenderse conmigo?

Fabio: ¡Con usted, claro! ¿Con quién, si no?

Baldovino: ¡No, señor marqués! ¡Es preciso que se entienda usted consigo mismo! Yo, por mí, lo he entendido ya todo perfectamente. He hablado tanto… no suelo hablar mucho yo, ¿sabe…? He hablado porque quisiera que usted se hiciera capaz de todo, bien.

Fabio: ¿Yo?

Baldovino: Usted, usted. Por mí, yo ya lo estoy. Es facilísimo. ¿Qué tengo que hacer yo? Nada. Represento la forma. La acción – nada bonita – la comete usted: la ha cometido ya, y yo se la reparo; seguirá cometiéndola, y yo se la encubriré. Pero, para esconderla bien, en su propio interés, y sobre todo en interés de la señorita, es preciso que usted me respete; ¡y no le será fácil, en el papel que quiere usted reservarse! Respete, digo, no propiamente a mí, sino a la forma, la forma que yo represento: el honrado marido de una señora decente. ¿No quiere usted respetarla?

Fabio: ¡Sí, sí, claro!

Baldovino: ¿Y no comprende que esa forma será tanto más rigurosa y tirana cuanto más pura quiera usted que sea mi honradez? Por eso le decía que tuviera usted cuidado con las consecuencias. No por mí; ¡por usted! Yo, mire: tengo buenos lentes para mi filosofía. Y para salvar, en estas condiciones, mi dignidad, me bastará ver en la mujer que nominalmente será la mía… a una madre.

Fabio: ¡Eso es! ¡Muy bien!

Baldovino: Y concebir mis relaciones con ella a través de la criaturita que ha de venir… esto es: a través del oficio que me tocará adoptar: cándido, nobilísimo oficio, todo impregnado de la inocencia del niño o de la niña que nazca. ¿Va bien así?

Fabio: ¡Muy bien, sí, sí, muy bien!

Baldovino: ¡Muy bien para mí, fíjese, no para usted! ¡Cuanto más aprueba usted, señor marqués, más directo va usted a un mundo de dificultades!

Fabio: ¿Cómo… por qué…? ¡Yo no veo todas esas dificultades que usted ve!

Baldovino: Me creo en la obligación de hacérselas ver, señor marqués. Usted es un caballero. La necesidad, las circunstancias, le obligan a usted a no obrar honradamente. ¡Pero usted no puede prescindir de la honradez! Tanto es así que, no pudiendo encontrarla en lo que hace, la quiere usted en mí. Debo representar yo su honradez: es decir, ser el honrado marido de una mujer que no puede ser su esposa; el honrado padre de una criatura que va a nacer y no puede ser su hijo. ¿Es esto cierto?

Fabio: Sí, sí, es cierto.

Baldovino: Pero si la mujer es suya, y no mía; si el hijo es suyo, y no mío, ¿no comprende usted que no bastará que sea honrado yo solamente? ¡Tendrá que ser honrado usted también, señor marqués, ante mí! ¡Por fuerza! Honrado yo, honrados todos. ¡Por fuerza!

Fabio: ¿Cómo, cómo? ¡No comprendo! Espere…

Baldovino: Usted nota que le falta terreno donde pisar.

Fabio: No, no, digo… que si hay que cambiar las condiciones…

Baldovino: ¡Por fuerza! ¡Las cambia usted! ¡Estas apariencias que hay que guardar, no son sólo para los demás, señor marqués! ¡Habrá aquí una también para usted: una que usted mismo ha querido, y a la que yo debo dar cuerpo; su honradez.  ¿Ha pensado usted en eso? ¡Mire que no es fácil!

Fabio: ¡Pero si usted sabe…!

Baldovino: ¡Precisamente porque sé! Hablo contra mis intereses, pero no puedo menos. ¡Le aconsejo que lo piense bien, señor marqués!

Pausa.

Fabio se levanta y se pone a pasearse agitado, consternado. Se levanta también Baldovino y espera.

Fabio: (Paseando) Cierto que… comprenderá si yo…

Baldovino: Claro que sí. No estaría mal que usted reflexionara un poco sobre cuanto le he dicho, y que se lo diga… si lo cree oportuno… también a la señorita.

(Mira apenas hacia la puerta de la derecha) Quizá no sea necesario, porque…

Fabio: (Volviéndose rápido, con ira) ¿Qué cree usted?

Baldovino: (Muy tranquilo, triste) ¡Oh… en el fondo, sería naturalísimo! Yo me retiro. Me comunicará, o me hará comunicar, en el hotel, su decisión.

(Inicia el mutis. Se vuelve) Entretanto, señor marqués, pueden ustedes contar con mi entera discreción.

Fabio: Con ella cuento.

Baldovino: (Lento, grave) Llevo sobre mí el peso de otras muchas culpas; y aquí, para mí, no se trata de una culpa, sino de una desventura. Cualquiera que sea su decisión, sepa que le quedaré siempre muy agradecido – en secreto – a mi antiguo compañero de colegio, por haberme considerado digno de acercarme honradamente a esta desventura.

(Se inclina). Señor Marqués…

TELÓN


Acto Segundo

Magnífico salón en casa de Baldovino. Han puesto en él algunos muebles ya vistos en el salón del primer acto. Puerta común al fondo, puertas laterales a derecha e izquierda.Marcos Fongi, al levantarse el telón, con el sombrero y el bastón en una mano tiene con la otra abierto el batiente de la puerta de la izquierda, y habla hacia el interior con Baldovino. Fabio está esperando, como alguien que no quiere que lo vean ni lo oigan desde dentro. Fongi: (Hacia dentro) Gracias, gracias, Baldovino, sí… ¡Figúrate, si no voy a querer asistir a la candida fiesta! Gracias. Estaré aquí, estaré aquí con los amigos consejeros, dentro de una media hora. Hasta luego.

Cierra la puerta; se vuelve hacia Fabio, que se le acerca de puntillas, guiñando un ojo, y le hace un gesto picaresco con la cabeza.

Fabio: (En voz baja, con ansiedad) ¿Sí? ¿Crees tú?

Fongi: (Le contesta antes con la cabeza, guiñando todavía el ojo) ¡Ha caído! ¡Ha caído!

Fabio: Eso me parece a mí. ¡Son ya seis días!

Fongi: (Muestra tres dedos de una mano y los agita) Tres… trescientas… trescientas mil liras… ¿Qué te dije? ¡No podía fallar!

(Lo coge del brazo y se dirige con él hacia la puerta común, hablando) Será una escena de comedia. ¡Pero déjame actuar a mí! ¡Déjame a mí! Lo cogeremos cortésmente por la solapa. (Salen)

La escena queda vacía un momento. Se abre la puerta de la izquierda y entran Baldovino y Mauricio.

Mauricio: (Mirando a su alrededor) ¿Sabes que te has instalado bien?

Baldovino: (Abstraído) Sí.

(Con una sonrisa ambigua) Con perfecto decoro.

(Pausa) Con que… cuenta, cuenta ¿dónde has estado?

Mauricio: ¡Ah… pues dando una vuelta! Fuera de las vías ordinarias.

Baldovino: ¿Tú?

Mauricio: ¿Por qué? ¿No lo crees?

Baldovino: ¿Fuera de las vías ordinarias? En el sentido de que no habrás estado en París, o en Niza, o en El Cairo. ¿Dónde has estado?

Mauricio: ¡En el país del caucho y de las bananas!

Baldovino: ¿En el Congo?

Mauricio: Sí. En la selva: ¡Pero auténtica!, ¿sabes?

Baldovino: ¡Ah! ¿Y fieras, has visto?

Mauricio: Aquellos pobres negros de la «mehala».

Baldovino: No, digo fieras en serio: ¡algún tigre, algún leopardo!

Mauricio: ¡Ah, no, gracias! ¡Caramba, cómo te brillan los ojos!

Baldovino: (Sonríe amargamente; encoge los dedos de una mano y le muestra las uñas a Mauricio) ¿Ves adónde hemos llegado? ¡Y no nos las cortamos por distracción! ¡Al contrario! Para que nuestras manos parezcan más civiles; es decir, más aptas para una lucha más feroz que la que sostenían nuestros antepasados salvajes sólo con sus uñas. Por eso les he tenido siempre envidia a las fieras. Y tú, desgraciado, has estado en la selva virgen y no has visto ni siquiera un lobo.

Mauricio: Bueno, bueno: vamos a hablar de ti, ¿Qué, cómo va eso?

Baldovino: ¿El qué?

Mauricio: Pues… tu mujer. Es decir… la señora

Baldovino: ¿Cómo quieres que vaya? Muy bien.

Mauricio: ¿Y… tus relaciones?

Baldovino: (Lo mira un poco; luego, levantándose) ¿Cómo quieres que sean?

Mauricio: (Cambiando de tono, franqueándose) Te encuentro muy bien, ¿sabes?

Baldovino: Sí, estoy ocupado.

Mauricio: ¡Ah, ya! Sé que Fabio ha constituido una sociedad anónima.

Baldovino: Sí, para hacerme meter las manos en la masa. Hace muy buenos negocios.

Mauricio: Eres el Consejero Delegado, ¿no?

Baldovino: Por eso hace buenos negocios.

Mauricio: ¡Ya, ya, me he enterado! Y quisiera entrar yo también; pero… ¡dicen que sois de un rigor espantoso!

Baldovino: ¡Caramba! No robo…

(Se le acerca, le pone las manos en ambos brazos) ¡Cientos de miles pasan por mis manos!, ¿sabes? Poder considerarlos como simple papel sucio; no sentir ya la menor necesidad..

Mauricio: …¡para ti debe ser un gran placer!

Baldovino: …¡divino! ¡Y sin fallar un golpe!, ¿sabes? ¡Pero se trabaja, se trabaja! ¡Y todos tienen que seguirme!

Mauricio: Ya… eso es…

Baldovino: Se quejan, ¿eh? Pues mira: si chirrían, es que muerden el freno.

Mauricio: Dicen… dicen que ¡podrías ser un poco menos… menos meticuloso!

Baldovino: ¡Ya, ya lo sé! ¡Los sofoco! ¡Los sofoco a todos! ¡A todo el que se me acerque! Pero tú comprendes: no puedo menos. ¡Desde hace diez meses he dejado de ser un hombre!

Mauricio: ¿Sí? ¿Y qué eres ahora?

Baldovino: ¡Ya te lo he dicho: casi una divinidad! ¡Ya podías comprenderlo! Sólo tengo cuerpo en apariencia. Estoy enfrascado entre cifras, especulaciones; pero son para los demás; no es, ni quiero que sea, un sólo céntimo para mí. Estoy aquí en esta hermosa casa, y apenas si veo ni toco nada. A veces me maravillo de oír mi propia voz, el rumor de mis pasos; de advertir que yo también tengo necesidad de beber un vaso de agua, o de descansar. Vivo, ¿comprendes?, de-li-cio-sa-men-te, en el absoluto de una pura forma abstracta.

Mauricio: ¡Deberías sentir un poco de compasión por los pobres mortales!

Baldovino: La siento; pero no puedo obrar de otro modo. Se lo dije, sin embargo, se lo hice notar bien, antes, a tu primo el marqués. Y cumplo lo pactado.

Mauricio: ¡Y experimentas así un placer diabólico!

Baldovino: ¡No, diabólico, no! Suspendido en el aire, me he colocado sobre una nubécula: ¡es el placer de los Santos en los frescos de las iglesias!

Mauricio: Bueno, pero comprenderás que eso no puede durar mucho tiempo así.

Baldovino: (Hosco, después de una pausa) ¡Ah, ya lo sé! Acabará. ¡Y quizá muy pronto! ¡Pero que tengan cuidado! ¡Falta saber cómo acabará!

(Lo mira a los ojos) Lo digo por ellos. ¡Ábrele bien los ojos a tu primo! Me parece que desea demasiado deshacerse de mí cuanto antes. ¿Te turbas? ¿Es que sabes algo?

Mauricio: No, absolutamente nada.

Baldovino: ¡Vamos, sé sincero! Mira, ¡le compadezco! ¡Es tan natural!

Mauricio: Te aseguro que no sé nada. He hablado con doña Magdalena. Todavía no he visto a Fabio.

Baldovino: ¡Me lo imagino! Los dos, la madre y tu primo, habrán pensado: «La casamos pro forma; y cuando pase algún tiempo, con un pretexto cualquiera, nos deshacemos de él». Era de esperar, en efecto. ¡Pero que no lo esperen! En eso también han estado de una ligereza lamentable.

Mauricio: ¡Lo sospechas tú! ¿Quién te dice…?

Baldovino: ¡Tan cierto como que pusieron como condición esencial mi honradez!

Mauricio: ¡Precisamente! ¡Y eso demuestra…!

Baldovino: ¡Qué tonto eres! La lógica es una cosa, y el ánimo es otra. Por coherencia lógica se puede proponer una cosa, y con el ánimo esperar otra. Ahora, créeme, yo podría prestarme, para serles grato a él y a la señora, a darles un pretexto para que se libraran de mí. Pero que no lo esperen porque yo… sí, podría hacerlo, pero no lo haré… por ellos… ¡No lo haré, porque ellos no pueden en absoluto desear que yo lo haga!

Mauricio: ¡Caramba, eres terrible! ¡Les niegas a ellos hasta la posibilidad de desear que tú cometas una mala acción!

Baldovino: Mira; supongamos que la haga. Primero, respirarían. Se quitarían de delante el oprimente estorbo de mi persona. La honradez que a mí me habría faltado, podría creerse – si no del todo al menos en parte – que permanecía en ellos: la señora se convertiría en una esposa legítima separada de un marido indigno; y esta indignidad del marido, siendo ella joven, como lo es, podría ser una disculpa para que ella pudiera buscar un consuelo en un viejo amigo de la casa. Lo que no le estaba permitido a una señorita, se le puede perdonar fácilmente a una señora absuelta de toda obligación de fidelidad conyugal. ¿No es así? De modo que yo, marido, podría cometer un acto deshonroso para que me echaran de aquí. Pero no entré en esta casa solamente como marido. ¡Como simple marido no hubiera entrado nunca: ni hubiera sido necesario! Me necesitaban, porque este marido, dentro de poco tenía que ser padre; dentro de poco, digo… casi a su debido tiempo. Aquí se necesitaba un padre. ¡Y el padre… ¡ah!… el padre, en interés del propio marqués, tiene que ser forzosamente honrado! Porque, si como marido puedo marcharme sin acarrear daño a mi mujer, la cual, al perder mi apellido recupera el suyo, como padre, mi mala acción perjudicaría forzosamente al hijo, el cual no puede librarse de mi apellido, y cuanto más bajo cayera yo, más daño le haría a la criatura. Y esto él no puede desearlo, en absoluto.

Mauricio: ¡Ah, no, verdaderamente!

Baldovino: ¿Ves? ¡Y en cuanto a caer bajo, yo caería: tú me conoces! Para vengarme de lo que me hicieran, echándome de aquí de mala manera, yo reclamaría al hijo, que por ley me pertenece; se lo dejaría aquí dos o tres años, para que se encariñaran con él; luego, demostraría que mi mujer convivía como adúltera, con su amante, y les quitaría el hijo, y lo arrastraría conmigo, abajo, abajo… Tú sabes que llevo dentro una bestia horrible, de la que he querido liberarme, encadenándola a estas condiciones que me fueron ofrecidas. A ellos, más que a nadie, les conviene hacérmelas respetar, según mi firme voluntad de hacerlo; porque, liberado de ellas, hoy o mañana, no sé precisamente adónde iría a parar.

(Cambiando de tono de pronto) Basta, basta… Dime: ¿te han mandado ellos hablar conmigo, en cuanto llegaste? ¡Venga, venga!, ¿qué tienes que preguntarme? ¡Date prisa, por favor! (Mira el reloj) Te he concedido más tiempo del que debía. ¿Sabes que esta mañana es el bautizo del niño? Y antes de comer tengo una reunión con los consejeros invitados. ¿Te ha mandado tu primo? ¿Te ha mandado la señora madre?

Mauricio: Pues, sí; se trata precisamente del bautizo del pequeño. Ese nombre que quieres ponerle…

Baldovino: ¡Ah, ya lo sé!

Mauricio: Pero escucha… ¿te parece…?

Baldovino: ¡Lo sé! ¡Pobre pequeño; es un nombre demasiado grande! ¡Casi capaz de aplastarlo!

Mauricio: (Silabeando) ¡Segismundo!

Baldovino: ¡Pero es un nombre tradicional en mi familia! Mi padre se llamaba así; mi abuelo se llamaba así…

Mauricio: ¡Pero eso no es una razón para ellos, comprenderás!

Baldovino: Ni a mí se me hubiera ocurrido nunca… tú lo sabes… Pero, ¿es culpa mía? El nombre es feo, sí, especialmente para un pequeño… y… te confieso… (en voz baja) que si yo hubiera tenido uno mío, quizá no lo hubiera llamado así…

Mauricio: ¡Ah!, ¿ves?, ¿ves?

Baldovino: ¿Veo, qué? ¡Eso debe demostrarte que no puedo, ahora, derogar ese nombre! ¡Es lo de! siempre! ¡No es por mí: es por la forma! ¡Por la forma…, tú lo comprendes… ya que tengo que ponerle un nombre, no puedo ponerle otro! ¡Es inútil, ¿sabes?, es verdaderamente inútil que insistan! ¡Lo siento, pero no transijo, puedes decírselo! ¡Que me dejen trabajar, caramba! ¡Todo eso son tonterías! Siento tener que hacerte este recibimiento, amigo mío. Hasta luego, ¿eh? Hasta luego.

Le estrecha la mano con prisa y sale por la izquierda.

Mauricio queda como el que han dejado plantado en el momento más interesante.

  Poco después, entran por la derecha, primero Doña Magdalena y detrás Fabio, mohínos, como si supieran ya la noticia que les espera.

Mauricio los mira y se rasca la nuca con un dedo. Primero Doña Magdalena, y después Fabio, le hacen un gesto interrogativo con la cabeza; ella con ojos lastimosos, él con el ceño fruncido. Mauricio contesta con otro gesto negativo, con la cabeza, cerrando los ojos; luego, abre los brazos. Doña Magdalena cae sentada, como anonadada. Fabio también se sienta, pero acurrucado, con los puños cerrados sobre las rodillas. Se sienta también Mauricio, moviendo la cabeza, y dando más de un largo suspiro, por la nariz.

Ninguno de los tres tiene fuerzas para romper el silencio que los abruma. A los suspiros por la nariz de Mauricio, contestan los bufidos a todo pulmón de Fabio. Doña Magdalena no puede dar bufidos ni suspiros. Mueve desconsoladamente la cabeza, con las comisuras de los labios contraídas hacia abajo, a cada suspiro, a cada bufido de los otros dos.

No teman los actores prolongar esta escena muda. En un momento dado Fabio se levanta y pasea nervioso, abriendo y cerrando los puños. Poco después se levanta también Mauricio, se acerca a Doña Magdalena, se inclina y le da la mano para despedirse.

Magdalena: (En voz baja, como si se lamentara, dándole la mano) ¿Se va usted?

Fabio: (Volviéndose de pronto) ¡No lo deje marchar! ¡No sé cómo ha tenido valor para presentarse aquí!

(A Mauricio) ¡No vuelvas a mirarme a la cara!

Vuelve a pasearse. 

Mauricio: (No se atreve a protestar; se vuelve apenas a mirarlos, con la mano de Doña Magdalena todavía en la suya; luego, dice en voz baja) ¿La señora?

Magdalena: (En voz baja, como en una queja) Ahí está esperando, con el niño.

Mauricio: (Con la mano de Doña Magdalena todavía en la suya, en voz baja) Salúdela de mi parte.

(Se lleva a la boca la mano de Doña Magdalena y la besa; luego, vuelve a abrir los brazos) Dígale que me perdone.

Magdalena: ¡Ah, ella, por lo menos, ahora tiene a su niño!

Fabio: (Que sigue paseándose) ¡Sí! ¡Va a divertirse mucho con su niño! ¡En cuanto empiece el otro a ejercitar sobre él también sus vejaciones!

Magdalena: ¡Ah, ese, ese es mi terror!

Fabio: (Paseando) ¡Ya ha empezado con el nombre!

Magdalena: (A Mauricio) ¡Hace diez meses que no hemos vuelto a respirar!

Fabio: (Paseándose) ¡Figurémonos cómo querrá educarlo!

Magdalena: ¡Es terrible! ¡Ya no podemos ni leer un periódico!

Mauricio: ¿No? ¿Por qué?

Magdalena: Pues porque… ¡tiene sus ideas sobre la prensa…!

Mauricio: Pero… ¿es duro, en casa; áspero?

Magdalena: ¡Es peor: amabilísimo! Sabe decirnos las cosas más duras para nosotros de una manera… con argumentos tan impensados y que parecen, al oírlo, tan irrefutables, que nos vemos obligados a hacer siempre lo que él quiera! ¡Es un hombre espantoso, espantoso, Setti! Yo ya no tengo fuerzas ni para respirar.

Mauricio: Señora mía, ¡qué quiere que le diga! Me siento aniquilado. Nunca hubiera creído…

Fabio: (Saltando de nuevo) ¡Hazme el favor! ¡Yo no puedo marcharme en este momento, porque es el bautizo; si no, me iría ahora mismo! ¡Pero vete, vete tú! ¿No comprendes que no puedo oírte hablar así; que no puedo verte delante de mí?

Mauricio: Sí, sí, tienes razón… Me voy… me voy…

Criado: (Por el fondo, anunciando) El señor Párroco de Santa Marta.

Magdalena: (Levantándose) Que pase.

  Se retira el criado. 

Mauricio: Adiós, señora.

Magdalena: ¿De veras, se va usted? ¿No quiere asistir al bautizo? ¡Le daría usted una alegría a Águeda! ¡Venga a vernos alguna vez! ¡Yo espero mucho de usted!

  Mauricio abre una vez más los brazos; se inclina, mira a Fabio, y no se atreve ni siquiera a saludarlo. Sale por el fondo, inclinándose al pasar el Párroco de Santa Marta que, entretanto, ha entrado acompañado por el criado, que se retira y cierra la puerta.

Magdalena: Bienvenido, señor Párroco. Siéntese, por favor.

Párroco: ¿Cómo está? ¿Cómo está usted, señora?

Fabio: ¡Reverendo señor Párroco!

Párroco: ¡Querido señor marqués…! He venido, señora, a tomar las disposiciones…

Magdalena: Gracias, señor Párroco. Ya ha estado aquí el coadjutor que envió usted.

Párroco: ¡Ah, bien, bien!

Magdalena: Sí, señor. Y lo hemos preparado todo ahí. Hemos puesto también los ornamentos que han traído de la iglesia. Está muy hermoso el niño, ¿sabe? ¡Un encanto! Ahora pasará usted a verlo.

Párroco: ¿Y la señora?

Magdalena: (Un poco turbada) ¡Ah, ahora la llamo!

Párroco: ¡No, no, si está ocupada…! Preguntaba por su salud.

Magdalena: Sí, ahora está muy bien, gracias. Como comprenderá usted, está pendiente de su pequeño.

Párroco: ¡Ah, me lo imagino!

Magdalena: No se separa un momento de la cuna.

Párroco: ¿De manera que el señor marqués va a ser el padrino?

Fabio: Ya… sí…

Magdalena: ¡Y yo la madrina!

Párroco: ¡Ah, por supuesto…! Y… el nombre, ¿por fin será…?

Magdalena: ¡No hay más remedio! (Un gran suspiro)

Fabio: (Rabioso) ¡No hay más remedio!

Párroco: Pero si… después de todo… fue un gran santo… un rey… Yo me ocupo modestamente de hagiografía…

Magdalena: ¡Ya sabemos que es usted muy docto…!

Párroco: ¡No, no… por caridad, no diga eso…! Estudio con pasión…, sí… Fue rey de Borgoña, San Segismundo, y estuvo casado con Amalberga, hija de Teodorico… Si bien luego quedó viudo… y desgraciadamente se casó con una damisela… una pérfida que, por infames instigaciones, le hizo cometer… el más atroz de los crímenes… en la persona de su propio hijo…

Magdalena: ¡Dios mío! ¿Su hijo? ¿Y qué le hizo?

Párroco: Pues… (gesto con las dos manos) …lo estranguló.

Magdalena: (Casi en un grito, a Fabio) ¿Ha comprendido usted?

Párroco: (Rápido) ¡Ah!, pero se arrepintió, ¿sabe? ¡En seguida! Y se dedicó en expiación al ejercicio de la más rígida penitencia; se retiró a una abadía; vistió el sayal; y su virtud y el suplicio soportado con tanta resignación lo hicieron honrar como mártir.

Magdalena: ¿Sufrió también el martirio?

Párroco: (Con los ojos entornados, alarga el cuello, lo inclina, y con un dedo hace el gesto de la decapitación) En el año 524, si no me equivoco.

Fabio: ¡No está mal! ¡Un gran santo! ¡Estrangula a su hijo… muere decapitado…!

Párroco: Muchas veces los más grandes pecadores, señor marqués, llegan a ser los santos más excelsos. Y éste fue además, un sabio. ¡A él se debe el código de los borgoñeses, la famosa Ley Combeta! ¡Es una opinión muy discutida; pero yo estoy con Savigny, que la sostiene… sí, sí… yo estoy con Savigny!

Magdalena: Para mí, padre, el único consuelo es que podré llamarlo por el diminutivo: Dino.

Párroco: Eso, eso… Segismundo, Segismundino, Dino… Va muy bien: para un niño, el diminutivo cuadra a las mil maravillas, ¿verdad, señor marqués?

Magdalena: ¡Sí! ¡Pero falta ver si él lo consentirá!

Fabio: Eso es… precisamente…

Párroco: Y después de todo… si el señor Baldovino tiene interés en que lleve el nombre de su padre deben ustedes resignarse… Conque ¿a qué hora quedamos…?

Magdalena: Eso tendrá que decidirlo él también, señor Párroco. Espere.

(Oprime el botón de un timbre de la pared) Le pasaremos recado ahora mismo. Un momento por favor.

  El criado entra por el fondo.

Magdalena: Diga al señor que está aquí el señor Párroco. Si puede venir un momento… Aquí, aquí…

Señala la puerta de la izquierda.

  El criado se inclina, atraviesa la escena, llama a la puerta de la izquierda, abre, y sale. 

Baldovino: (Entrando, presuroso, por la izquierda) ¡Oh, reverendísimo señor Párroco, muy honrado con su visita! No, no se levante, por favor.

Párroco: El honor es mío. Gracias, señor Baldovino. Le hemos molestado a usted.

Baldovino: ¡No diga eso, por Dios! Estoy encantado de verle a usted en mi casa. ¿En qué puedo servirle?

Párroco: Pues verá usted… queríamos ponernos de acuerdo sobre la hora del bautizo.

Baldovino: Cuando usted disponga, señor Párroco, cuando usted guste. La madrina está aquí, está aquí el padrino, la comadrona creo que estará ahí… Yo estoy preparado… la iglesia está a un paso…

Magdalena: (Con estupor) ¿Cómo?

Fabio: (Con ira difícilmente contenida) ¿Cómo?

Baldovino: (Volviéndose a mirarlos, casi asombrado) ¿Por qué?

Párroco: (Rápido) Es que…, señor Baldovino…, se había dispuesto… ¡Pero, cómo! ¿Usted no lo sabía?

Magdalena: Está todo preparado ahí…

Baldovino: Preparado, ¿el qué?

Párroco: Para el bautizo. Para celebrarlo en casa, para hacer la fiesta más digna.

Fabio: ¡El señor Párroco ha enviado algunos ornamentos de la iglesia!

Baldovino: ¿Para hacer la fiesta más digna? Perdóneme, señor Párroco; no esperaba que usted se expresara así.

Párroco: No… quiero decir… que en la ciudad es costumbre, ¿sabe?, de todas las familias más distinguidas, celebrar en casa la fiesta.

Baldovino: (Con sonriente sencillez) ¿Y no le parece mejor, señor Párroco, que demos ejemplo de humildad, según el cual no hay ricos ni pobres delante de Dios?

Magdalena: ¡Pero si nadie quiere ofender a Dios celebrando en casa el bautizo!

Fabio: ¡Perdona, pero… parece que te has propuesto estropearlo todo, poniendo siempre obstáculos a todo lo que propongan los demás…! ¡Es curioso que tú…, precisamente tú…, te mezcles en estas cosas y te pongas a dar lecciones!

Baldovino: ¡Por favor, querido marqués, no me hagas levantar la voz! ¿Quieres quizás que haga profesión de fe?

Fabio: ¡No, yo no quiero nada!

Baldovino: Si te parece una hipocresía por mi parte…

Fabio: ¡No he dicho hipocresía! ¡Me parece un puntillo, y nada más!

Baldovino: ¿Quieres meterte en mis sentimientos? ¿Tú que sabes? Pero admitamos que tú creas que, según mis sentimientos, no debería dar importancia a este acto, que todos ustedes quieren realizar…, ¡del bautismo! ¡Muy bien! Pero si el acto no es para mí, sino para el niño, y yo, como ustedes, reconozco que debe celebrarse, entiendo que hay que hacerlo como es debido; que el niño, sin ningún privilegio que ofendería al acto mismo que se le hace realizar, vaya a la iglesia, a la pila bautismal. No deja de ser curioso que me hagan decir a mí estas cosas, delante del señor Párroco, que no puede menos de reconocer cuánta mayor devoción y solemnidad tiene el bautismo celebrado sin boato en su sede digna. ¿No es cierto?

Párroco: ¡Ah, ciertamente! ¡De eso no hay duda!

Baldovino: Por otra parte, no sólo cuento yo. Puesto que se trata del niño… que, ante todo, pertenece a la madre…, ¡oigamos también lo que dice ella!

(Oprime el botón del timbre en la pared, dos veces) No hablaremos ni ustedes ni yo: dejaremos hablar al señor Párroco.

La Doncella aparece en la puerta de la izquierda. 

Baldovino: Ruegue a la señora que venga un momento, si puede. (La Doncella se inclina y sale)

Párroco: Pues, la verdad. Yo preferiría que hablara usted, señor Baldovino, que habla tan bien.

Baldovino: ¡No, no! Al contrario: yo me retiraré. Usted expondrá, como cree, mis razones.

(A Magdalena y a Fabio) Ustedes expondrán las suyas. Y así la madre podrá decidir con absoluta libertad. Y se hará lo que ella decida. Aquí está.

  Entra Águeda por la derecha, en elegante traje de casa. Está pálida, rígida. Fabio y el Párroco se levantan. Baldovino está de pie.

Águeda: ¡Ah, el señor Párroco!

Párroco: La felicito, señora.

Fabio: (Inclinándose) Señora…

Baldovino: (A Águeda) ES para que dispongas acerca del bautizo. (Al Párroco) Mis respetos, Padre.

Párroco: Mucho gusto, señor Baldovino.

  Baldovino sale por la izquierda. 

Águeda: ¿Pero no está decidido? Yo no sé…

Magdalena: Sí. ¡Está todo preparado ahí! ¡Todo…, tan bien…!

Fabio: ¡Pero hay algo nuevo!

Párroco: Ya…, el señor Baldovino…

Magdalena: ¡No quiere que el bautizo se celebre en casa!

Águeda: ¿Y por qué no quiere?

Magdalena: Pues, porque dice…

Párroco: ¿Me permite, señora? En realidad, no ha dicho que no quiera. Quiere que decida usted, señora, porque, sobre todo – ha dicho – el niño pertenece a la madre. De modo que, si usted, señora, quiere que se celebre en casa…

Magdalena: ¡Claro que sí! ¡Como habíamos quedado…!

Párroco: Yo, verdaderamente, no veo nada malo en ello.

Fabio: Y yo lo he hecho notar, ¿no es cierto?, lo he hecho notar también al señor Baldovino.

Águeda: ¿Y entonces…? No sé qué tengo que decidir yo.

Párroco: Pues verá usted… Porque el señor Baldovino ha hecho observar – y justamente, hay que reconocerlo; con un sentido del respeto que le honra – , ha hecho observar que el bautizo, ciertamente, tendría mayor solemnidad celebrado en la iglesia, en su digna sede; también por no ofender… – ¡ah, dijo una frase verdaderamente hermosa! – «sin ningún privilegio», dijo, «que ofendería al acto mismo que se le hace realizar al niño.» – ¡Como principio…! ¡Como principio…!

Águeda: Pues bien, si usted aprueba…

Párroco: ¡Ah, como principio, no puedo menos de aprobar…!

Águeda: Entonces, haremos lo que desee.

Magdalena: ¡Cómo! ¿Apruebas tú también?

Águeda: ¡Claro que apruebo, mamá!

Párroco: Como principio, digo, señora; pero por otra parte…

Fabio: ¡No habría en ello ninguna ofensa!

Párroco: ¡Ofensa ninguna, ciertamente!

Fabio: ¡Es por el gusto de estropear una fiesta!

Párroco: Pero si la señora, personalmente, decide que se haga así…

Águeda: Sí, señor Párroco. Decido así.

Párroco: Pues muy bien. La iglesia está al lado: no tienen más que avisarme. Tanto gusto, señora.

(A Doña Magdalena) Señora…

Magdalena: Le acompaño.

Párroco: No se moleste, por favor… Señor marqués…

Fabio: Mis respetos…

Párroco: (A Magdalena) No se moleste, señora…

Magdalena: Nada, nada, no faltaría más…

  Salen por la puerta común el Párroco y Doña Magdalena. Águeda, palidísima, va a salir por la derecha. Fabio, todo tembloroso, se le acerca y le habla en voz baja, agitadamente.

Fabio: ¡Águeda, por Dios, no lleves mi paciencia hasta el extremo!

Águeda: ¡Basta (Indica austeramente, más con la cabeza que con la mano, la puerta de la izquierda), te lo ruego!

Fabio: ¿Otra vez…, otra vez lo que él quiere?

Águeda: Si lo que quiere es otra vez justo…

Fabio: ¡Todo, todo ha sido justo para ti, todo lo que él ha dicho desde el primer día que se interpuso entre nosotros!

Águeda: ¡No volvamos a discutir ahora sobre lo que ya llegamos a un acuerdo!

Fabio: ¡Porque veo que eres tú, ahora, tú! ¡Para ti todo ha consistido en vencer el horror de la primera impresión! ¡Lo venciste oyéndolo hablar, sin ser vista! ¡Y ahora estás tan tranquila, así, con lo convenido entonces, y que yo acepté solamente para tranquilizarte a ti! ¡Eres tú, ahora, eres tú! Porque él sabe…

Águeda: (Rápida, furiosa) …¿qué sabe?

Fabio: ¿Ves? ¿Ves? ¡Él te interesa! ¡Te interesa que él sepa que entre nosotros no hay nada de lo de antes!

Águeda: ¡Me interesa por mí misma!

Fabio: ¡No! ¡Te interesa él! ¡Él!

Águeda: ¡Yo no puedo tolerar, por mí misma, que él suponga otra cosa!

Fabio: ¡Claro: por su estimación, que tú deseas! ¡Como si él no se hubiera prestado a ese pacto entre nosotros!

Águeda: Hablar así, no significa otra cosa, para mí, que la vergüenza suya debería ser también la nuestra. ¡Tú la quisieras para él! ¡Yo no la quiero para mí!

Fabio: ¡Pero yo quiero lo que es mío! ¡Lo que debería ser mío otra vez, Águeda! ¡Tú, tú…, tú! (La agarra frenéticamente, para estrecharla contra sí)

Águeda: (Rechazando, sin ceder en lo más mínimo) No…, no…, ¡vamos! ¡Déjame marchar! Te lo he dicho: eso no volverá, no volverá jamás, si antes no consigues echarlo de aquí…

Fabio: (Sin soltarla, cada vez más enardecido) ¡Será hoy mismo! ¡Hoy mismo lo echaré de aquí, como a un ladrón!

Águeda: (Atontada, sin fuerzas ya para resistir) ¿Cómo a un ladrón?

Fabio: (Estrechándola) ¡Sí…, sí…, como a un ladrón, como a un ladrón! ¡Ha caído! ¡Ha robado!

Águeda: ¿Estás seguro?

Fabio: ¡Claro que sí! ¡Tiene ya más de trescientas mil libras en el bolsillo! ¡Lo echaré hoy mismo! ¡Y tú volverás a ser mía, mía, mía…!

Se abre la puerta de la izquierda y entra, con sombrero de copa, Baldovino. De pronto se para, sorprendido, al descubrir a los dos abrazados. 

Baldovino: ¡Oh… dispensen…!

(Luego, con severidad atenuada con una sonrisa de finísima argucia) ¡Caramba, señores: menos mal que he sido yo el que ha entrado; pero imagínense que hubiera sido el criado! Cierren al menos las puertas, por favor.

Águeda: (Temblando de desdén) ¡No era necesario cerrar las puertas!

Baldovino: ¡No lo digo por mí, señora; lo digo por el señor marqués, por usted!

Águeda: Yo misma se lo he dicho al señor marqués, que, por otra parte (lo mira furiosa..), ¡tendrá que entendérselas con usted!

Baldovino: ¿Conmigo? No tengo inconveniente. ¿Y sobre qué?

Águeda: (Despectiva) ¡Pregúnteselo usted a sí mismo!

Baldovino: ¿A mí?

(Se vuelve a Fabio) ¿De qué se trata?

Águeda: (A Fabio, imperiosamente) ¡Hable!

Fabio: No, ahora no…

Águeda: ¡Quiero que se lo diga usted delante de mí!

Fabio: ¡Es preciso esperar…!

Baldovino: (Rápido, sarcástico) ¿El señor marqués quizá necesita testigos?

Fabio: ¡No necesito a nadie! ¡Usted se ha metido en el bolsillo trescientas mil liras!

Baldovino: (Muy tranquilo, sonriente) ¡No: más, señor marqués! ¡Son más! ¡Son quinientas sesenta y tres mil…, espere!

(Saca del bolsillo interior la cartera, y de ella cinco cartulinas con tablas de cifras debidamente anotadas, y lee en la última la cifra total) Quinientas sesenta y tres mil setecientas noventa y ocho, con sesenta céntimos! ¡Más de medio milloncito, señor marqués! ¡Me estimaba usted en muy poco!

Fabio: ¡Sea la cifra que sea! ¡No me importa! ¡Puede usted guardársela y marcharse!

Baldovino: ¡Se enfurece usted demasiado, señor marqués! Tiene usted razón para ello, al parecer; pero precisamente por eso tenga usted en cuenta que el caso es mucho más grave de lo que usted se imagina.

Fabio: ¡Vamos! ¡Puede usted prescindir ahora de esos humos!

Baldovino: ¿Qué humos? No…

(A Águeda) Ruego a la señora que se acerque y escuche.

(Luego, como Águeda se ha acercado con ceñuda frialdad) Si quieren ustedes darse el placer de tratarme de ladrón, también podremos llegar a un acuerdo sobre eso: y conviene más bien que nos entendamos en seguida. Pero les ruego que consideren entretanto que no es justo ante todo, para mí. Miren ustedes (muestra las cartulinas, extendidas en forma de abanico): De estos papeles…, vea usted, señor marqués, resulta que están anotadas como ahorros y ganancias imprevistas de su Sociedad las quinientas y pico mil liras. Pero eso no importa: ¡se puede arreglar, señora! Yo hubiera podido metérmelas en el bolsillo con dos dedos, según ustedes (indica a Fabio, aludiendo también a sus socios), si hubiera caído en la trampa que me hicieron tender por un hombrecillo retorcido que me echaron ustedes entre los pies, ese señor Marcos Fongi, que ha estado aquí esta misma mañana… ¡Oh! (A Fabio) ¡No niego que la trampa estaba puesta con cierta habilidad!

(A Águeda) USted no entiende de estas cosas, señora; pero me habían combinado una contrapartida, según la cual debía resultar un excedente de ganancias que yo hubiera podido meterme en el bolsillo sin que nadie se hubiera dado cuenta. Sólo que ellos, que me habían preparado esa trampa, si yo hubiera caído en ella, y me hubiera guardado el dinero, me habrían cogido en seguida con las manos en la masa.

(A Fabio) ¿No es así?

Águeda: (Con desdén apenas contenido, mirando a Fabio, que no responde) ¿Eso ha hecho usted?

Baldovino: (Rápido) ¡Oh, no, señora! ¡No hay por qué tomarlo a mal! Y si usted puede hacerle con tanta fiereza esa pregunta, mire que no él, sino yo, debo sentirme en falta…, porque eso quiere decir que verdaderamente las condiciones de este hombre se han hecho intolerables. ¡Y si se han hecho intolerables las suyas, se hacen, por consiguiente, intolerables las mías!

Águeda: ¿Por qué las de usted?

Baldovino: (Le dirige una rápida mirada de profunda intensidad, y de pronto baja los ojos, turbado, como extraviado) Pues porque… si yo me hago hombre delante de usted…, yo…, yo… ya no podría – ¡ah, señora! – me ocurriría la cosa más triste que puede ocurrir: el no poder volver a levantar la vista, a sostener la mirada de los demás…

(Se pasa una mano por los ojos, por la frente, para recobrarse) No…, no… ¡Es preciso llegar rápidamente a una solución!

(Con amargura) ¡He podido pensar que hoy me daría la satisfacción de tratar a chiquillos, a esos señores consejeros, a ese Marcos Fongi, y también a usted, marqués, que se había hecho la ilusión de poder cazar a lazo, así, a uno como yo…! Pero ahora pienso que, si ha podido usted recurrir a ese medio, de denunciarme como ladrón, para vencer la reserva de ella (señala a Águeda), sin considerar siquiera que la vergüenza de verme arrojado de aquí, por ladrón, en presencia de cinco extraños, habría recaído sobre el niño recién nacido…, ¡ah, pienso que debe ser muy otro, para mí, el placer de la honradez!

(Le alarga a Fabio las cartulinas, que ha mostrado) ¡Tenga, para usted, señor marqués!

Fabio: ¿Y qué quiere usted que haga yo con eso?

Baldovino: ¡Rómpalas: son la única prueba que tengo a mi favor! El dinero está en casa, hasta el último céntimo.

(Lo mira firme a los ojos; luego, con fuerza y con dureza despectiva) ¡Pero es preciso que lo robe usted!

Fabio: (Rebelándose como si le hubiera dado una bofetada) ¿Yo?

Baldovino: Usted, usted, usted.

Fabio: ¿Está usted loco?

Baldovino: ¿Quiere usted las cosas a medias, señor marqués…? ¡Le he demostrado, sin embargo, que, queriéndome a mí honrado, tenía que resultar esto: que la mala acción la cometería usted! Robe ese dinero: pasaré yo por ladrón…, y me iré de aquí, porque, verdaderamente, aquí ya no puedo estar.

Fabio: ¡Pero eso es una locura!

Baldovino: ¡No, qué locura! Yo razono por usted y por todos. No digo que usted tenga que enviarme a galeras. No podría. Usted robará el dinero solamente por mí.

Fabio: (Temblando y saliéndole al paso) ¿Pero qué dice usted?

Baldovino: ¡No se ofenda: es una frase, señor marqués! Usted hará un magnífico papel. Cogerá por un momento el dinero de la casa, para hacer ver que lo he robado yo. Luego, en seguida, vuelve a reponerlo, para que sus socios, naturalmente, no tengan que sufrir daño por la confianza que depositaron en mí, por consideración a usted. Está claro. El ladrón seguiré siendo yo.

Águeda: (Sublevándose) ¡No! ¡No! ¡Eso, no!

(Contrapartida de los dos hombres. Y entonces, como para enmendar, sin cancelarla, la impresión de su protesta🙂 ¿Y el niño?

Baldovino: ¡Pero si es una necesidad, señora…!

Águeda: ¡Ah, no! ¡Yo no puedo, no quiero admitirla!

Criado: (Presentándose a la puerta de la derecha, al fondo, y anunciando:) Los señores Consejeros, y el señor Fongi.

Se retira.

Fabio: (Rápido, consternadísimo) ¡Aplacemos hasta mañana esta discusión!

Baldovino: (Dispuesto, fuerte, desafiando) Yo estoy decidido y dispuesto desde ahora.

Águeda: ¡Y le digo que no quiero!, ¿comprende? ¡No quiero!

Baldovino: (Con extraña resolución) ¡Pues ahora más que nunca, señora…!

Marcos Fongi: (Entrando con cuatro Consejeros) ¿Se puede…? ¿Se puede…?

  Al mismo tiempo, entran por la derecha Doña Magdalena, con el sombrero puesto, y la Comadrona, ataviada para la ceremonia del bautizo, emperifollada, llevando en los brazos al neófito en un riquísimo portenfant, cubierto con un velo azul celeste.

  Todos se agrupan alrededor con exclamaciones, felicitaciones, saludos, ad libitum, mientras Doña Magdalena levanta cautelosamente el velo para mostrar al recién nacido.

TELÓN


Acto Tercero

El estudio de Baldovino. Ricamente amueblado, con sobria elegancia. Puerta al fondo. Puerta lateral a la derecha.Baldovino, vestido con el mismo traje que llevaba en el primer acto, está sentado, hosco y duro, con los dos codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, mirando al suelo. Doña Magdalena le habla con ansiedad, junto a él.

Magdalena: ¡Pero debería usted comprender que no tiene usted derecho a hacer eso! ¡Ya no se trata de usted, ni de él; ni siquiera de ella; sino del niño, del niño!

Baldovino: (Levantando la cabeza para mirarla ferozmente) ¿Y qué quiere usted que me importe a mí el niño?

Magdalena: (Aterrada; pero conteniéndose) ¡Dios mío, es verdad! ¡Pero le recuerdo lo que usted mismo decía, por el niño, precisamente: el daño que se le acarrearía! ¡Santas palabras que se han grabado en el corazón de mi hija, y que ahora – debería usted comprenderlo – se lo hacen sangrar; ahora que ella ya no es más que madre, madre solamente!

Baldovino: ¡Ahora ya, señora, yo no comprendo nada!

Magdalena: ¡No es verdad! ¡Se lo hizo usted notar a él, usted mismo, ayer tarde!

Baldovino: ¿El qué?

Magdalena: ¡Que no debería haberlo hecho por el niño!

Baldovino: ¿Yo? ¡No, señora, no! A mí no me importa nada que el señor marqués lo haya hecho. Yo sabía muy bien que lo haría.

(La mira, con más aburrimiento que desprecio) ¡Y usted también lo sabía, señora!

Magdalena: ¡Yo, no! ¡Yo, no, se lo juro!

Baldovino: ¡Cómo que no! ¿Para qué constituyó esa Sociedad Anónima, entonces?

Magdalena: Porque… Yo creo que para darle a usted una ocupación…

Baldovino: ¡Ya:, y alejarme de casa…! Sin duda, en principio, solamente para eso: porque sabía que, teniendo más libertad aquí, mientras yo estuviera ocupado en otra parte, su hija de usted…

Magdalena: (Rápida, interrumpiendo) ¡…No! ¡Águeda, no! Él, sí, ciertamente lo haría por eso. Pero puedo asegurarle que Águeda…

Baldovino: (Levantando los brazos, estañando) ¡Pero, caramba!, ¿tan ciega está usted también? ¿Puede usted darme esa seguridad… a mí?

Magdalena: Es la verdad…

Baldovino: ¿Y no la horroriza a usted?

(Pausa) ¿No comprende usted que eso quiere decir que yo debo marcharme, y que usted, en vez de venir aquí a verme a mí, debería estar junto a su hija, persuadiéndola de que conviene que yo me vaya?

Magdalena: ¿Pero cómo, Dios mío, cómo?

Baldovino: ¡No importa cómo! ¡Lo que importa es que yo me vaya!

Magdalena: ¡No, no, se lo impedirá ella!

Baldovino: ¡Por caridad, señora, no me haga usted perder la cabeza a mí también! ¡No me quite usted las fuerzas que todavía me quedan, para ver las consecuencias de lo que los demás hacen ciegamente! Ciegamente, pero no por falta de inteligencia, sino porque cuando uno vive, vive y no se ve. Veo yo, porque entré aquí para no vivir. ¿Quiere usted hacerme vivir a la fuerza? ¡Tenga usted cuidado, porque si la vida vuelve a cogerme y me ciega a mí también…!

(Se interrumpe, dominando con dificultad la irrupción de su humanidad que, cada vez que amenaza, le da un aspecto casi feroz; y continúa después tranquilo, casi frío) Mire usted…, mire usted… Yo solamente he querido hacer notar al señor marqués la consecuencia de lo que ha hecho; es decir, que al querer hacer pasar por ladrón a un hombre honrado – no yo, honrado, ¿comprende?; sino el hombre honrado que él quiso tener aquí, y que yo me presté a representar, para demostrarle su ceguera -, al querer hacerlo pasar por ladrón, era preciso que el dinero lo robara él.

Magdalena: Pero ¿cómo quiere usted que lo robe él?

Baldovino: Para hacerme pasar a mí por ladrón.

Magdalena: ¡Pero él no puede! ¡No debe!

Baldovino: ¡Él lo robará, se lo digo yo! Fingirá haberlo robado; si no, lo robaré yo de verdad. ¿Quiere usted obligarme a robarlo?

Por la derecha entra Mauricio, consternado. Baldovino, apenas lo ve entrar, suelta una gran carcajada.

Baldovino: ¡Ja, ja, ja! ¿Vienes a rogarme tú también «que no cometa esa locura»?

Magdalena: (Rápida, a Mauricio) ¡SÍ, sí, por caridad, Setti, persuádalo usted!

Mauricio: ¡Esté usted tranquila, que no la cometerá! ¡Porque sabe bien que es una locura; no suya, sino de Fabio!

Baldovino: ¿Te ha empujado él para que acudas rápidamente a repararla?

Mauricio: ¡No, no! Yo estoy aquí porque tú mismo me has escrito que viniera.

Baldovino: ¡Ah, ya! ¿Y me has traído las cien liras que te pedía prestadas?

Mauricio: ¡No te he traído nada!

Baldovino: ¿Porque has comprendido – hombre ingenioso – que todo era fingido? ¡Muy bien!

(Se toca con las manos la chaqueta, y:) ¡Pero ya ves que estoy vestido para marcharme – como te decía en mi carta – con el mismo traje con que llegué! A un hombre honrado vestido así, ¿eh?, sólo le faltan las cien liras prestadas por un proverbial amigo de la infancia, para irse decentemente.

(En un arranque imprevisto, acercándose y colocándole una mano en cada brazo) ¡Mira que me interesa mucho esta ficción!

Mauricio: (Confuso) ¿Pero qué diablos dices?

Baldovino: (Volviéndose a mirar a Doña Magdalena y riendo de nuevo) Esta pobre señora mira con tantos ojos…

(Amablemente, ambiguo:) Ahora le explicaré, señora… Conque, mire usted, el error del señor marqués, señora mía – error excusabilísimo, y digno para mí de la mayor compasión -, ha consistido en creer que yo podía realmente caer en una trampa. El error no es irreparable. El señor marqués se convencerá de que, habiendo entrado yo aquí para una ficción, a la cual me he aficionado, esta ficción tiene que ser seguida hasta el final – hasta el robo, sí señores -, pero no en serio, ¿comprendido?, es decir, que yo tenga que meterme en el bolsillo, de verdad, trescientas mil liras – son más de quinientas mil, señora -. ¡Lo hago todo gratis, incluso el drama necesario de ese robo, por el placer que me ha proporcionado! ¡Y no tema, oh, que lleve a efecto la amenaza que esgrimí únicamente para tener a raya al marqués: de llevarme al niño dentro de tres o cuatro años! ¡Historias! ¿Qué quiere usted que haga yo con el niño? ¿O temen ustedes quizá un chantaje?

Mauricio: ¡Vamos, calla! ¡Aquí nadie ha pensado…!

Baldovino: ¿Y si, por ejemplo, lo hubiera pensado yo?

Mauricio: ¡Te digo que te calles!

Baldovino: No, el chantaje, no… ¡sino llevar la ficción hasta gozar del exquisito placer de verles aquí a todos apurados, suplicándome que no me haga pasar por ladrón, quedándome con un dinero que, sin embargo, con tanta astucia, querían hacerme coger!

Mauricio: ¡Pero si tú no lo has cogido!

Baldovino: ¡Muy bien! ¡Porque quiero que lo coja él, con sus manos!

(Viendo llegar muy alborotado, palidísimo, a Fabio por el umbral de la puerta de la derecha) ¡Y lo cogerá, se lo aseguro yo!

Fabio: (Acercándose tembloroso a Baldovino) ¿Lo cogeré…? ¿Pero es que…? ¡Dios mío…!, ha dejado usted… ¿ha dejado usted las llaves en otras manos?

Baldovino: No, no, señor marqués. ¿Por qué?

Fabio: ¡Dios mío…, Dios mío…! ¿Alguien habrá llegado a saber, por alguna confidencia de Fongi…?

Mauricio: ¿Falta el dinero?

Magdalena: ¡Dios mío!

Baldovino: ¡No, señor marqués: tranquilícese (golpea con una mano en la chaqueta, para indicar el bolsillo interior); lo tengo yo aquí!

Fabio: ¡Ah, lo ha cogido usted!

Baldovino: ¡Ya le he dicho a usted que conmigo no se hacen las cosas a medias!

Fabio: Pero ¿adónde quiere usted llegar?

Baldovino: No tema. Yo sabía que a un caballero como usted le habría repugnado coger ese dinero de la casa, aunque fuera por un momento y por simulación; y en vista de eso, fui a cogerlo yo anoche.

Fabio: ¡Ah!, ¿sí? ¿Y con qué fin?

Baldovino: Para darle a usted ocasión, señor marqués, de realizar el magnífico gesto de la restitución.

Fabio: ¿Todavía se obstina usted en esa locura?

Baldovino: Ya ve usted que lo he cogido realmente. Y si usted no quiere hacer lo que le digo, esto que iba a ser otra ficción, será en serio, lo que usted quería.

Fabio: Quería… ¿Pero no comprende usted que ahora ya no quiero?

Baldovino: ¡Pero ahora quiero yo, señor marqués!

Fabio: ¿Qué es lo que quiere usted?

Baldovino: Precisamente lo que usted quería. ¿No le dijo usted ayer, allí, a la señora (alude a Águeda), que yo tenía el dinero en el bolsillo? Pues bien, ¡lo tengo en el bolsillo!

Fabio: ¡Pero a mí no me tiene usted en el bolsillo, caramba!

Baldovino: ¡A usted, también! ¡A usted, también, señor marqués…! Yo voy ahora a la reunión del Consejo. Tengo que hacer la exposición. Usted no puede impedírmelo. Me callaré, naturalmente, lo de este excedente que el señor Marcos Fongi me había combinado tan bien, y le daré la satisfacción de sorprenderme robando. ¡Ah, y no dude usted que sabré simular maravillosamente el estupor del ladrón cogido in fraganti. Después, aquí, ajustaremos cuentas.

Fabio: ¡Usted no hará eso!

Baldovino: ¡Lo haré, lo haré, señor marqués!

Mauricio: ¡No se puede pasar por ladrón voluntariamente, cuando no se es!

Baldovino: (Firme, amenazando) ¡He dicho que estoy decidido incluso a robar de verdad, si se obstinan ustedes en impedirlo!

Fabio: Pero ¿por qué? ¡Por Dios…!, ¿por qué, si yo mismo le ruego que se quede?

Baldovino: (Sombrío, con gravedad lenta, volviéndose a mirarlo) ¿Y cómo quiere usted, señor marqués, que yo me quede aquí, ahora?

Fabio: Le digo que estoy arrepentido…, arrepentido, sinceramente.

Baldovino: ¿De qué?

Fabio: ¡De lo que he hecho!

Baldovino: ¡Pero no debe usted estar arrepentido de lo que ha hecho, señor mío, porque es naturalísimo, sino de lo que no ha hecho!

Fabio: ¿Y qué debía haber hecho?

Baldovino: ¿Cómo? ¡Haber venido a mí de repente, al cabo de algunos meses, a decirme que si yo cumplía lo pactado – lo cual no me costaba nada – y quería cumplirlo también usted – como era natural – había alguien aquí, por encima de usted y de mí, al cual – como yo mismo le había predicho – la dignidad, la nobleza de alma le habría impedido cumplirlo; y yo, entonces, le habría demostrado a usted en seguida lo absurdo de su pretensión: es decir, que entrara aquí un hombre honrado a representar ese papel!

Fabio: ¡Sí, sí, tiene usted razón! ¡Y, en efecto, al que le guardo rencor es a éste (Mauricio), que me trajo aquí a un hombre como usted!

Baldovino: ¡No, no; pero si él ha hecho muy bien en traerme! ¿Qué quería usted aquí: un honrado mediocre? ¡Como si fuera posible que un mediocre aceptara semejante posición, sin ser un pícaro! ¡Solamente he podido aceptarla yo, que – como ve usted – tampoco tengo inconveniente en hacerme pasar por ladrón!

Mauricio: ¡Pero, cómo! ¿Por qué?

Fabio: (Al mismo tiempo) ¿Así, por gusto?

Mauricio: ¿Quién le obliga? ¡Nadie quiere!

Magdalena: ¡Nadie! ¡Estamos todos aquí, suplicándole!

Baldovino: (A Mauricio) Tú, por amistad…

(A Magdalena) Usted, por el niño…

(A Fabio) Y usted, ¿por qué?

Fabio: También por eso.

Baldovino: (Mirándolo a los ojos, de cerca) ¿Y por qué más?

(Fabio no responde) Yo le diré por qué más: porque ahora ha visto usted el efecto de lo que ha hecho.

(A Magdalena) Señora mía, ¿el buen nombre del niño? ¡Pero si eso es una ilusión!

Este (Mauricio) sabe que con mi pasado… Sí, esta vida mía de ahora…, tan intachable, desde su llegada al mundo, podía hacer olvidar, quizá, tantas cosas tristes…, nocturnas…, de mi otra vida… ¡Pero éste (Fabio) ahora tiene que pensar en otra cosa muy distinta del niño, señora!

(Se dirige también a los otros) ¿No quieren ustedes tenerme en cuenta? ¿Creen ustedes que yo puedo estar aquí, y ser para ustedes como esa lámpara y basta? ¡Yo también tengo mi pobre carne, que grita! ¡Yo también tengo sangre, sangre negra, amargada por todo el veneno de mis recuerdos…, y tengo miedo de que se me encienda! Ayer, ahí, cuando este señor (Fabio) me echó en cara, delante de su noble hija de usted, mi supuesto hurto, caí yo más ciego que él, más ciego que todos, en otra insidia mucho más grave, que, desde hace diez meses, estando aquí, junto a ella, sin atreverme apenas a mirarla, ocultamente me ha tendido ésta mi carne: – se ha servido de su combinación infantil, señor marqués, para hacerme sentir el abismo -. Yo debí callarme, ¿comprende?, tragarme su injuria allí, delante de ella, pasar por ladrón, sí, delante de ella; y luego cogerlo a usted a solas y decirle y demostrarle que no era verdad, y obligarle a usted secretamente a seguir representando la farsa, nosotros dos, hasta el final. Pero no supe callarme. ¡Mi carne gritó! ¡Y usted…, ella…, tú…, tienen todavía valor para decirme que me quede! ¡Yo digo que para castigar como es debido a ésta mi vieja carne, quizá me vea obligado ahora a robar de verdad!

Quedan todos en silencio, mirándolo, asustados.

  Pausa.

  Por la puerta de la derecha, entra Águeda, pálida y decidida. Se para después de haber dado algunos pasos. Baldovino la mira; quisiera esforzarse para resistirla, compuesto y grave; pero en sus ojos se lee casi un desvarío de terror.

Águeda: (A su madre, a Fabio, a Mauricio) Déjenme hablar con él a solas.

Baldovino: (Casi balbuciente, con la vista baja) No…, no…, señora; mire…, yo…

Águeda: Tengo que hablarle.

Baldovino: Es… es inútil, señora… Les he dicho a ellos… todo lo que tenía que decir…

Águeda: Y ahora oirá usted lo que tengo que decirle yo.

Baldovino: No, no…, por caridad… Es inútil, se lo aseguro…, basta…, basta…

Águeda: Quiero yo.

(A los otros) Déjennos solos, por favor.

Doña Magdalena, Fabio y Mauricio se retiran por la derecha.

Águeda: No vengo a decirle que no se marche… Vengo a decirle que me iré yo con usted.

Baldovino: (Tiene otro momento de turbación; apenas se sostiene; luego, dice en voz baja🙂 Comprendo. No quiere usted hablarme del niño. Una mujer como usted no pide sacrificios: los hace.

Águeda: No es ningún sacrificio. Es lo que debo hacer.

Baldovino: ¡No, no, señora: no debe usted hacerlo, ni por él, ni por usted! ¡Y me corresponde a mí impedírselo a toda costa!

Águeda: No puede usted. Soy su esposa ¿Quiere usted marcharse? Es justo. Yo lo apruebo, y lo sigo a usted.

Baldovino: Pero ¿adónde? ¡Vamos, qué dice usted! Tenga usted piedad de sí misma, y de mí…, y no me haga usted hablar… Entiéndalo usted sola, porque yo…, porque yo…, delante de usted no sé…, ya no sé hablar…

Águeda: Ya no son necesarias las palabras. Me bastó desde el primer día lo que dijo usted. Debí entrar y estrecharle la mano.

Baldovino: ¡Ah, si lo hubiera hecho usted, señora! ¡Le juro que esperé…, durante un momento, esperé que lo hiciera…! Quiero decir, que hubiera entrado usted… – no que hubiera podido tocar su mano…—¡Todo hubiera terminado desde ese momento!

Águeda: ¿Se hubiera vuelto usted atrás?

Baldovino: No: me hubiera avergonzado, señora, delante de usted…, como me avergüenzo ahora.

Águeda: ¿De qué? ¿De haber hablado honradamente?

Baldovino: Ah, señora: la honradez era una cosa facilísima, mientras se trataba sólo de guardar una apariencia, ¿comprende…? Si usted hubiera entrado a decir que el engaño ya no era posible para usted, yo no habría podido quedarme ni un minuto más.

Como no puedo quedarme ahora.

Águeda: Pero, entonces, ¿ha pensado usted…?

Baldovino: …no, señora. He esperado… No la vi entrar a usted… Pero hablé precisamente para demostrarle a él que pretender de mí la honradez era imposible – no para mí, ¡para ustedes! -. Por eso debe usted comprender que ahora, habiendo cambiado usted las condiciones…, es a mí a quien le resulta imposible; no por falta de voluntad, ni de deseo…, sino por todo lo que yo soy, señora, por lo que he hecho… Ya sólo este papel que me he prestado a representar…

Águeda: ¡Lo hemos querido nosotros, ese papel!

Baldovino: ¡Y yo lo acepté!

Águeda: ¡Pero declarando de antemano cuáles serían las consecuencias, para que él no tuviera que pagarlas! Pues bien, ¡yo las he aceptado!

Baldovino: ¡Pero no debe usted, no debe usted, señora! Ese es su error. Yo no he hablado nunca… aquí ha hablado una máscara grotesca. ¿Y por qué? ¡Estaban ustedes tres aquí, en la pobre humanidad que sufre con la alegría o goza con el tormento de su vida! ¡Una pobre madre débil, aquí, había sabido hacer el sacrificio de consentir que su hija amara fuera de toda ley! ¡Y usted, enamorada de ese buen hombre, pudo olvidar que él estaba desgraciadamente ligado a otra mujer! ¿Eso les parecieron culpas? ¿Quisieron repararlas en seguida, y me llamaron a mí para eso? ¡Y yo vine a hablarles un lenguaje asfixiante, el de una honradez ficticia y contra natura, contra el que ustedes habían tenido el valor de rebelarse…! Yo sabía muy bien que, a la larga, ellos dos, la madre y el marqués, no podrían soportar las consecuencias. ¡Su humanidad tenía que rebelarse! He oído todos los bufidos de su señora madre y del marqués. ¡Y me ha gustado tanto, puede usted creerlo, verlos urdir ahora esta insidia, hasta en contra de la más grave consecuencia que yo les había predicho…! El peligro más grave era para usted, señora: ¡que usted la aceptara hasta el fin! Y, en efecto, la ha aceptado usted; ha podido aceptarla usted, porque, en usted, con su maternidad, forzosamente tenía que morir el amante. Eso es: usted ya es solamente madre… ¡Pero yo, yo no soy el padre de su niño, señora! ¿Comprende usted bien lo que eso quiere decir?

Águeda: ¡Ah, por el niño…!, ¿porque no es suyo?

Baldovino: ¡No, no! ¿Qué dice usted? ¡Entiéndame bien! ¡Por el solo hecho de que usted quiera venirse conmigo, hace usted al niño suyo, solamente suyo – y, por lo tanto, más sagrado para mí que si fuera verdaderamente mío -, prueba de su sacrificio y de su estima!

Águeda: ¡Pues entonces!

Baldovino: ¡Pero lo he dicho para recordarle mi realidad, señora, puesto que usted no ve más que a su niño! ¡Usted está hablando todavía con una máscara de padre!

Águeda: ¡No, no…, yo le hablo a usted, como hombre!

Baldovino: ¿Y qué sabe usted de mí? ¿Quién soy yo?

Águeda: ¡Este es usted, como yo lo veo!

(Y, como Baldovino baja la cabeza, casi aniquilado, dice:) ¡Puede usted levantar la vista, si yo puedo mirarle a usted; porque, delante de usted, aquí, todos debemos bajar la cabeza, sólo por eso, porque usted se avergüenza de sus culpas!

Baldovino: Nunca me hubiera imaginado que me esperara la suerte de oír hablar así…

(Recobrándose violentamente, como de una fascinación) ¡No…, no…, señora…! ¡No! ¡Crea usted que soy indigno de…! ¿Sabe usted que tengo…, aquí…, más de quinientas mil liras?

Águeda: Las devolverá usted, y nos iremos de aquí.

Baldovino: ¡Cómo! ¡Estaría loco! ¡No las restituyo, señora! ¡No las res-ti-tu-yo!

Águeda: Pues el niño y yo le seguiremos, aunque sea por ese camino…

Baldovino: ¿Me seguiría…, aunque fuera ladrón?

Cae sentado como si lo hubieran cortado. Tiene un violento ataque de llanto, y se oculta el rostro con las manos. 

Águeda: (Lo mira un momento; luego, se acerca a la puerta de la derecha y llama:) ¡Mamá!

Doña Magdalena, al entrar, ve a Baldovino llorando y se queda como temblando. 

Águeda: Puedes decir a esos señores que ya no tienen nada que hacer aquí.

Baldovino: (Rápido, levantándose) ¡No, espere…! ¡El dinero!

(Saca del bolsillo una abultada cartera) ¡No, usted…: yo!

Trata de contener el llanto, de recomponerse; no encuentra el pañuelo.

Águeda, en seguida, le da el suyo. Él comprende el acto que los une ahora, por primera vez, en aquel llanto. Besa el pañuelo; luego, se lo lleva a los ojos, tendiéndole a ella una mano. Se recobra con un suspiro que lo llena de emocionada alegría, y dice:

  Baldovino: ¡Ahora sé muy bien lo que tengo que decir a esos señores!

TELÓN


In Italiano – Il piacere dell’onestà

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