La rázon de los demás – Personajes, Acto I

In Italiano – La ragione degli altri

Premisa
Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero

La rázon de los demás - Acto IPersonajes

Livia Arciani
Elena Orgera
Leonardo Arciani
Guglielmo Groa
Cesare D’albis
Ducci
Un conserje
Una camarera
Un tipógrafo.

La rázon de los demás
Acto Primero

Sala de redacción del diario político de La Lucha. Puerta de entrada en el fondo, que da a un corredor. Dos mesasescritorio, dispuestas lateralmente, casi una frente a otra. En el centro una mesita llena de periódicos. Dos vitrinas, estanterías, un canapé, sillones, sillas. En las paredes un reloj, un anuncio ilustrado del periódico La Lucha; otros anuncios, etc..

Al alzarse el telón la escena está vacía. Poco después, se abre la puerta y Cesare D’Albis muestra desde el umbral a Livia Arciani la estancia vacía.

D’Albis: ¿Ve usted? No está.

(Deja pasar a Livia) No está, de veras.

Livia: Sí, sí, lo creo… lo veo,

D’Albis: Insisto, con su perdón: he querido darle esta prueba para que no tenga usted sospechas.

Livia: ¡Pero si no tengo ninguna sospecha! ¡Por mí, puede recibir a quien le parezca!

D’Albis: ¡No, no! ¡Al contrario! Orden expresa, señora, de no hacer entrar nunca a nadie aquí.

Livia: Y… ¿puedo esperarle aquí?

D’Albis: ¡Ah…! ¿Quiere… quiere esperarle?

Livia: Si no está permitido, no.

D’Albis: ¡Sí, sí…! ¿Por qué no? ¡Claro que puede esperarle! ¡Vaya! ¡Vaya! Usted sospecha que…

Livia: No sospecho nada. Veo que aquí hay dos mesas. No quisiera estorbar.

D’Albis: ¡Pero si no hay nadie! Además, ¿por qué habría de estorbar? Usted no puede estorbar. ¡Es una suerte! ¡No se la ve nunca! Es usted… es usted… la mujer de los misterios.

Livia: Sí, vamos, la hurona…

D’Albis: (Sorprendido, desconcertado) ¿Cómo?

Livia: Sé que me llaman así. Y no me importa. Soy realmente una hurona. Lo digo porque usted…

D’Albis: (Sorprendido, desconcertado) Le ruego me perdone si…

Livia: ¿Qué es lo que he de perdonar…? Como me ha parecido que usted trataba de traducir amablemente la expresión… Llámeme hurona.

D’Albis: ¿Sin ningún misterio?

Livia: ¡Sin ningún misterio!

D’Albis: Imposible. Es imposible que exista una hurona con estos ojos, sin que haya bajo ellos, bien escondido, algún misterio.

Livia: Si lo dice usted…

D’Albis: Lo sabe todo el mundo.

Livia: ¿Ah, sí? ¿Y de qué misterio se trata? ¡Es curioso que todo el mundo sepa de mí una cosa que yo misma ignoro!

D’Albis: ¿Curioso? ¿Que los demás vean en nosotros lo que no vemos nosotros mismos? ¡Pero si esto ocurre siempre! Yo no me veo y usted me ve. No podemos salir a nuestro propio exterior para vernos como nos ven los demás. Y cuanto más retraídos vivimos dentro de nosotros mismos, menos nos damos cuenta de cómo se nos ve desde fuera.

Livia: ¡Oh, Dios mío…! ¿Y cómo se me ve a mí?

D’Albis: Veo sus ojos… Y veo que ha venido usted aquí.

Livia: Ya le he dicho a lo que he venido; no hay en ello ningún misterio. Sé que tiene que venir aquí mi padre y he venido a prevenir a mi marido. En cambio, usted sospecha que bajo todo eso puede haber alguna otra razón misteriosa.

D’Albis: Es que yo veo su impaciencia, que usted no ve.

Livia: Porque ahora no sé qué hacer. Si por lo menos pudiese encontrar a mi padre…

D’Albis: No creo que Leonardo tarde. Debe estar en la imprenta. Espérele. Pero tenga la bondad, estará mejor en el salón. Digo salón por decir algo. Estamos alojados aquí provisionalmente. Pero allí estará por lo menos un poco mejor. Venga.

Livia: No, gracias. Será mejor que le deje una nota. ¡Quién sabe a qué hora vendrá! Le dejaré una notita. Voy a escribirla.

D’Albis: Como quiera…

Livia: ¿Y en caso de que mi padre llegase antes que él?

D’Albis: Le recibiré yo. Tendré mucho gusto en conocerle. Sé que es muy amigo del señor Ruvo. Incluso había rogado a Leonardo que le trajese aquí cualquier día de éstos…

Livia: Estará aquí dentro de poco, seguramente. Pero si su conserje, como ha dicho usted, tiene orden de no introducir aquí a nadie…

D’Albis: ¡Oh, se lo avisaremos en seguida! Es un celoso Cerbero…, pero… (Toca un timbre eléctrico que hay en la pared) Le aseguro que es una orden necesaria para la salud de aquel pobre hombre de su marido, con el cual es usted…, ¿me permite?

Livia: Diga, diga sin miedo.

D’Albis: Cruel.

Livia: ¿Ah, sí? ¿Yo, cruel…? ¿Y quién se lo ha dicho?

D’Albis: Sus deudas. Lo gritan a los cuatro vientos, ¿sabe usted?

Livia: (Yendo a sentarse a una de aquellas mesas) ¿Y qué tengo que ver yo con sus deudas? ¡Le aseguro que no entro para nada en ellas!

D’Albis: Lo sé. Pero, en fin, debería perdonar… Porque a fin de cuentas…

Livia: (Indicando la carpeta que hay sobre la mesa) ¿Puedo escribir aquí?

D’Albis: Espero que no se haya ofendido nuevamente.

Livia: Por tan poca cosa…

D’Albis: ¡Ah, no! ¡Las deudas son muchas! ¡Está acribillado por todas partes! Espere…, ¿dónde escribe?

Livia: No importa. Son sólo dos palabras. Puedo escribirlas aquí mismo.

D’Albis: ¡No, no! Espere…, le haré traer una hoja de papel de carta. ¡Pardiez, para algo he llamado!

(Toca de nuevo el timbre. Se oye llamar a la puerta) ¡Adelante!

Entra el Conserje.

Livia: Escribo aquí; no importa. Necesito más bien un sobre…

D’Albis: (Al Conserje) Papel y sobres, pronto.

(Sale el Conserje. D’Albis a Livia, que escribe:) Escriba allí Aquí no hay nunca nada. Por donde pasa Arciani…, ¡pasa la tormenta! Estaba pensando, sin embargo…, ¿sabe qué?, que en rigor no hubiera debido dejarla entrar aquí, ni siquiera a usted.

Livia: (Deja de escribir y le mira, sin haber comprendido bien) ¿Ni a mí? ¿Cómo?

D’Albis: Sí, porque la disposición en realidad es esta: puerta cerrada a todos los acreedores. Y como usted, sin duda…

Livia: (Vuelve a bajar la cabeza y sigue escribiendo) Se equivoca.

D’Albis: ¿Su marido no le debe nada?

(Livia hace un signo negativo con la cabeza) ¡Milagro! Pero le pido el permiso de no creerlo.

Vuelve a entrar el Conserje.

El Conserje: (Dando a D’Albis papel y sobres) Aquí están.

D’Albis: (Dándoselos a Livia) Voilá!

(Después al Conserje) Escucha: la señora volverá más tarde. Vendrá también un señor…

Livia: (Metiendo la carta en el sobre) Viejo…, más bien gordo… con el pelo casi blanco.

D’Albis: El señor…

Livia: Guglielmo Groa.

D’Albis: Groa. Recuérdalo bien. Le dejarás pasar. Sólo a él, ya lo sabes.

El Conserje: Ha venido también, hace poco, aquella señora…

Livia levanta apenas la cabeza mientras escribe la dirección en el sobre.

D’Albis: (Contrariado) ¿Qué señora? ¿Cuándo?

El Conserje: Sí, señor, hace poco. Ha dicho que volvería.

D’Albis: Será para el periódico. Entendido. Está bien. Vete. (Sale el Conserje) Alguna pintora que habrá expuesto sus cuadros: o alguna mujer que quiere vender algún cuadro de familia… Ya sabe que su marido, además de crítico de arte, se ocupa…, tiene tratos con los anticuarios o con el ministerio…

Livia: Me da usted explicaciones que no le he pedido.

D’Albis: Sí, porque quiero llegar a una pregunta un poco indiscreta.

Livia: (Levantándose de la mesa con la carta en la mano) ¿La dejo aquí?

D’Albis: No, su mesa es aquélla. Démela a mí. La dejaremos aquí, bien a la vista…

(Observando el sobre) ¡Qué caligrafía!

Livia: ¡Oh, sí! ¡Garabatos!

D’Albis: No. Fuerte, llena de…, de intención. Y se comprende: responde perfectamente a su carácter. Pongámosla aquí.

Livia: Así, pues, me voy.

D’Albis: ¿Cómo? ¿Y la pregunta? ¿No me permite que…?

Livia: En realidad, tendría que marcharme…

D’Albis: Espere… Es cuestión de un momento.

(Se acerca a ella; después, en voz baja y en tono confidencial) ¿De veras no es usted celosa? ¡Ah, se pone usted pálida…! Y hace poco, además…

Livia: (Seria) ¡Nada de esto! ¡Estoy completamente tranquila! Usted mismo ha dicho que no había venido nunca aquí. Y no he ido nunca detrás de mi marido.

D’Albis: ¡Entonces, con perdón de usted, su marido es un tonto! Y en cuanto llegue, le enseño la lección que aprendí un día de un mastín.

Livia: ¡Ah, me alegro!

D’Albis: ¡Los animales son los mejores maestros! Estaba atado, el pobrecito, a la cadena sujeta a tierra cerca de su casita. Pero él lo pasaba, digámoslo así, magníficamente, ya que la cadena era larga, y tenía mucho cuidado en detenerse antes de que ésta le tirase del cuello. Así no la notaba apenas. Vivía libre y contento en su esclavitud…

Livia: Esa cadena, ¿seré quizá yo?

D’Albis: Es la medida de la libertad que le concede. Una cadena bastante larga al parecer. Me parece, sin embargo, que él no la lleva como debería, o por lo menos no la soporta con la filosofía de aquel animal inteligente. O quizá la filosofía… Quíteme una duda. ¿Ha perdido el juicio su marido?

Livia: ¿Cómo que si ha perdido el juicio? ¡No comprendo!

D’Albis: Debe haberse vuelto loco. ¿Pretende seriamente pagar su deudas (las suyas particulares, entendámonos) haciendo de periodista? Sería cosa de risa, si no fuese una lástima. Porque, vamos a ver, hablemos en serio; Arciani es… un artista. Si sigue así… ¡Ya hace tiempo que no hace nada! La Incrédula, ¡caramba!, tiene ciertas páginas que… ¿La recuerda?

Livia: No, no la he leído.

D’Albis: ¿Cómo…? ¿No ha leído usted la novela de su marido? ¡Ah, esta sí que es buena!

Livia: Pero sé que usted ha hablado mal de ella.

D’Albis: Esto no quiere decir nada. También yo tenía la desgracia de pertenecer a aquella…, ¿sabe cómo llamaba a los literatos un emperador…?, «categoría de ociosos que por profesión propagan el mal humor entre la gente». ¡Exacto! Yo, por profesión, hablaba mal de todo y de todos. Y me había hecho un buen nombre, ¿sabe usted? ¡Lástima de aquellos buenos tiempos! Ahora, tanto yo como su marido, estamos muertos y sepultados para el arte. Usted, sin embargo, con su dinero y un poco de  indulgencia, podría resucitar a su marido perdonándole. ¡Sí, sí, y quitármelo de entre pies, por favor! ¡Que escriba versos, que escriba novelas! ¡Como periodista, lo hace pésimamente, se lo aseguro! Se echa a perder él, me echa a perder el hígado a mí… Pero usted quiere marcharse…

Livia: Sí, en efecto, tengo que marcharme.

D’Albis: La he tenido en pie durante todo este tiempo… Es culpa suya; hubiéramos podido…

Livia: Volveré más tarde. Dejo a su cuidado esta carta.

D’Albis: Esté usted tranquila. La acompaño

Van a salir.

En aquel momento, entra un Tipógrafo con un fajo de galeradas en la mano.

D’Albis: (dirigiéndose al Tipógrafo) ¿Es así como se entra?

El Tipógrafo: El conserje no está. No hay nadie.

D’Albis: ¿Son las galeradas puestas en orden?

El Tipógrafo: Sí, señor. Aquí están.

D’Albis: Bien, vuelvo en seguida.

(A Livia) Perdone…

La deja pasar primero y sale tras ella. El Tipógrafo desdobla el fajo de galeradas y las extiende sobre la mesa.

Regresa, poco después,

D’Albis: ¿Están todas?

El Tipógrafo: Segunda y tercera páginas.

Por el corredor se ve pasar a Ducci, a través de la puerta abierta.

D’Albis: (Llamándole) ¡Eh…! ¡Ducci! ¡Ducci!

Ducci: (Volviéndose atrás y asomándose al despacho) ¿Eh?

D’Albis: ¿Vienes, verdad? ¿Me lo aseguras…? Aquí tienes la segunda y tercera páginas para revisar.

Ducci: Perdona, pero no puedo. Son las cuatro. Tengo que estar en la Cámara; me espera Bersi. Me ha dicho que no puede quedarse en la tribuna después de las cuatro y cuarto.

D’Albis: ¡Esta sí que es buena, caramba! ¡Me gusta! Tú tienes que marcharte, Livi no está, Arciani no viene; todos os vais. ¿Y soy yo quien tiene que corregir las galeradas? ¡Ni el conserje está en su sitio! ¿Qué hace? ¿Dónde se mete ese majadero? ¿Sabes que por poco me arma la de…? ¿Has visto quién ha estado aquí?

Ducci: No, no he visto a nadie.

D’Albis: (Se levanta y avanza hasta Ducci; después, con gran misterio, seguro de la sorpresa) La mujer de Arciani.

Ducci: ¡Oh…! ¿La Hurona?

D’Albis: ¡Cuidado, que lo sabe!

Ducci: ¿Qué es lo que sabe?

D’Albis: Que la llaman la Hurona. Me lo ha dicho ella misma.

Ducci: ¡Bah, bah!

D’Albis: Me he divertido un poco haciéndola enfadar. Pero no tiene nada de tonta, ¿sabes? ¡Todo lo contrario! Y tiene un cierto…, un cierto sabor… aquella mujercita…

Ducci: Sí, de canela fina, buena para las moscas.

D’Albis: ¡No, no, un sabor fuerte!

(Coge la carta de encima de la mesa) ¡Mira qué letra! Llena de… de intención. ¿No te parece?

Ducci: (La mira, después:) De mala intención, sí.

D’Albis: No ha querido decirlo, pero seguramente ha venido a sorprender al marido. Y por poco lo consigue porque parece que la otra había venido hacía poco. Llamé al conserje para que me trajera un poco de papel y aquel imbécil se lo dijo…

Ducci: ¡Cómo! ¿Se lo ha dicho?

D’Albis: No ha dicho el nombre. Ha dicho, volviéndose hacia mí:. «Aquella señora», insinuando que había venido y tenía que volver.

Ducci: ¡Santo Dios! ¿Y ella?

D’Albis: Nada. Impasible. Yo he tratado de arreglarlo. Pero dice que no ha ido nunca detrás de su marido.

Ducci: ¡Ya se ve! ¡Ha venido aquí!

D’Albis: Para prevenirle no sé de qué, ha dicho. Le ha dejado esta carta. Pero en cuanto llegue Arciani, se lo digo: «¡Aquí no quiero líos! ¡Los líos, fuera! ¡Aquí, nada de eso…!» ¡Qué mujercita, amigo! Con aquel par de ojos…, fría…, dura…

Ducci: Basta. Me escapo. Voy a liberar a Bersi.

D’Albis: Regresa en cuanto haya terminado el discurso de Ruvo; quiero saber qué impresión ha producido.

Ducci: ¡Sí, sí, hasta luego!

Sale por la puerta del fondo.

D’Albis regresa a la mesa y coloca la carta en el sitio de antes.

D’Albis: ¿Las primeras galeradas?

El Tipógrafo: Aquí están.

D’Albis: (Tomando de encima de la mesa algunas cuartillas manuscritas) ¿Y éstas?

El Tipógrafo: Es el manuscrito.

D’Albis: ¿De quién? ¿Qué quiere decir?

El Tipógrafo: Dice el jefe que lo ha corregido.

D’Albis: ¿Arciani?

El Tipógrafo: No, señor. El jefe. Al señor Arciani no se le ha visto.

D’Albis: ¿Ni en la imprenta?

El Tipógrafo: No, señor.

D’Albis: (Irritado, lanzando al aire las cuartillas manuscritas y levantándose furioso) ¡Vaya! ¿Pretende acaso que yo me ponga ahora a corregir sus majaderías?

El Tipógrafo: (Recogiendo las cuartillas del suelo) Había dicho que volvería…

D’Albis: ¿Y cómo se arriesga el jefe a poner en orden las galeradas no corregidas?

El Tipógrafo: Para ganar tiempo.

D’Albis: (Volviendo a la mesa) Dame. ¿Dónde está?

El Tipógrafo: Aquí. Pero mire, aquí, en la segunda página… Espere… En el manuscrito…

D’Albis: ¿Qué más hay?

El Tipógrafo: Nada… Todo está corregido. Hay un solo punto… Está señalado con lápiz en el manuscrito… Sí, señor, en la quinta cuartilla… No liga bien.

(Llega, jadeante, Leonardo Arciani)

Leonardo: ¡Aquí estoy! ¿Las galeradas?

D’Albis: ¿A esta hora?

Leonardo: Dame, dame… Creía llegar a tiempo. Déjame, termino en seguida.

D’Albis: (Examinando las cuartillas) ¿Pero qué pastel es éste? ¿Qué hacen aquí estas dos cuartillas?

Leonardo: A ver… Trae acá.

(Leyendo) «El puño de ónice de la sombrilla, rodeado de oro, en las manos de doña María…» (Se echa a reír)

D’Albis: ¿Qué diablos has hecho?

Leonardo: ¿Las han unido a esto? Son dos cuartillas de la novela, que había perdido… Escucha, escucha qué bien suena…

(Lee las pruebas impresas) «El Seiscientos, en cambio, acaba con igual exuberancia en toda la península y produce el puño de ónice rodeado de oro de la sombrilla de doña María…»

Se echa a reír de nuevo.

D’Albis: ¿Ah, y te divierte, además?

Leonardo: Claro que sí…

D’Albis: ¡Acaba ya, caramba! ¡No tengo tiempo para estas estupideces!

Leonardo: (Señalando al Tipógrafo) ¡Querrás decir que son ellos los estúpidos!

El Tipógrafo: Perdone usted, pero nosotros…

Leonardo: ¿Ustedes, qué? En primer lugar, podía esperarme un minuto; vengo corriendo de la imprenta…

D’Albis: ¿La tomas con ellos, ahora?

Leonardo: Pero ¿tan difícil es darse cuenta de que estas dos cuartillas no ligan?

D’Albis: (Enfadándose) ¡Eres tú, querido, el que no ligas! ¡Y ya estoy harto! ¡Y te lo he dicho! ¿Das la culpa a los demás? Pues, ¿quién ha metido estas dos cuartillas dentro del artículo? (Mostrándoselas)

Leonardo: Despacio, por favor. Son de la novela, te he dicho.

D’Albis: ¿Y la escribes aquí la novela?

Leonardo: No sólo aquí, sino incluso por la calle, sobre la espalda de la gente que pasea. Tengo que entregarla dentro de ocho días.

D’Albis: ¿Y a mí qué me importa?

Leonardo: ¡Me importa a mí, si no tienes inconveniente! (Se sienta a la mesa)

D’Albis: ¿Qué haces ahora?

Leonardo: Corto las dos cuartillas.

D’Albis: ¿Con el periódico compaginado?

Leonardo: Serán unas veinte líneas, alargaré el artículo. ¡Le estás dando una importancia pontifical!

D’Albis: ¡Porque quiero que esta noche salgamos antes que de costumbre, en cuanto termine la sesión de la Cámara!

Leonardo: (Que se ha puesto a escribir) Bien, bien, vete…

(Al Tipógrafo) Váyase también. Acabo en dos minutos.

D’Albis: (Va a salir; después, volviéndose) ¡Ah, ha venido tu mujer!

Leonardo: (Asombrado) ¿Aquí?

D’Albis: Aquí, ha venido aquí. Por otra parte, después tengo que hablar contigo. Mira, te ha dejado una nota.

Leonardo: ¿A mí?

D’Albis: Me harás el favor de leerla después. Te estamos esperando.

Leonardo: ¡Ya estoy, ya estoy! ¡Dos minutos!

Salen D’Albis y el Tipógrafo.

Leonardo vuelve a ponerse a escribir, mirando de vez en cuando, con cierta inquietud, la carta de su mujer. Finalmente, no pudiendo resistir más la tentación, la coge, rasga el sobre, la lee. Después de haberla leído, queda un momento pensativo, sombrío de expresión; menea luego la cabeza rabiosamente, se pasa una mano por el rostro y por el cabello, y haciendo un violento esfuerzo empieza a pensar, a escribir.

Dos golpecitos en la puerta.

Leonardo: (grita) ¡Un momento! (Aparece el Conserje en el umbral) ¡Por Dios, no soy una máquina!

El Conserje: ¿No sabe usted? Quería decirle que está aquí…

Leonardo: ¡Tengo trabajo! No recibo a nadie…

El Conserje: (En voz baja) La señora Orgera.

Leonardo: ¿Ahora? ¿Aquí?

El Conserje: Vino hace cosa de una hora…

Leonardo: ¡Pero es imposible, ahora!

(Después de haber reflexionado un momento) Oiga: venga quien venga a buscarme…

El Conserje: Tiene que venir…

Leonardo: Lo sé. Hágala entrar en el salón.

El Conserje: Sí, señor.

Leonardo: Mientras tanto… (Hace signo de hacer entrar a la señora Orgera).

El Conserje: (Asomando la cabeza por la puerta y hablando hacia dentro) Tenga la bondad de entrar, señora.

Entra Elena Orgera. El Conserje se retira, cerrando la puerta.

Leonardo: (Sin dejar de escribir) Un momento, por favor…

(Coge de encima de la mesa la carta de su mujer y se la tiende) Lee. (Vuelve a escribir)

Elena: (La lee y después mira con desdeñosa conmiseración a Leonardo, que sigue escribiendo) Me voy en seguida.

Leonardo: Te he rogado, suplicado, que no vinieses a verme aquí.

Elena: ¿Y dónde, pues? ¡Ya no lo sé! ¡Si hace una semana que no se te ve por ninguna parte!

Leonardo: ¿Has leído?

Elena: ¡Pero yo también tengo que hablarte!

Leonardo: (Tratando de hacerla callar) Basta, basta…

Elena: (Prosiguiendo) No he venido por darme el gusto de verte.

Leonardo: Por favor… Estoy a punto de terminar.

Elena: (Después de haber recorrido de nuevo la carta de Livia con los ojos, dice, dejándola sobre la mesa) ¿Conque el viejo empieza a sospechar y ella… (recalcando cada sílaba) generosamente te lo avisa…? La pobrecita trata de ahorrarte disgustos y contrariedades. Yo, en cambio…

Leonardo: (Con sequedad) No la conoces.

Elena: ¡Es admirable! ¡Si digo que es admirable!

Leonardo: No lo hace ni por mí ni por ti.

Elena: ¿Por su padre? ¡Sigue siendo igualmente admirable!

Leonardo: (Recogiendo las galeradas y los demás papeles de encima de la mesa) Ya estamos listos…

(Se levanta y toca el timbre de la pared) Hubiera ido hoy, ¿sabes?, costase lo que costase. (Se pone a leer apresuradamente lo que ha escrito)

Elena: No creas que tengo prisa en que vengas si no la tienes tú. Quisiera sólo…

Leonardo le hace un signo con la mano de que guarde un momento de silencio y sigue leyendo.

Se oye llamar a la puerta.

Leonardo: ¡Adelante! (Entra el Conserje. Leonardo le tiende tos papeles) Aquí está. Para el tipógrafo.

(Sale el Conserje) Bien, pues… Me ha sido totalmente imposible. Ya te lo he escrito.

Elena: ¿Estará aquí mucho tiempo aún?

Leonardo: ¿Su padre? ¡Qué sé yo! Ha venido no sé para qué asunto. Quizá sea una excusa. Sospecho que alguien…

Elena: ¡Ella misma!

Leonardo: ¡No, no! ¡Qué va! ¡Si ella ha venido aquí a prevenirme!

Elena: ¡Política! ¡Qué ingenuo eres!

Leonardo: Si hubiese querido decir algo a su padre, lo hubiera hecho en seguida, abiertamente. ¿Quién hubiera podido impedírselo? Además, ¿para qué fingir, conmigo?

Elena: Pero, ¡qué empeño…! No comprendo… ¿Que interés puede tener en callar de esta manera, en que su padre no lo sepa, en que no se dé cuenta de nada?

Leonardo: ¿Qué interés? ¡Ante todo, el orgullo!

Elena: ¿Incluso frente a su padre, el orgullo?

Leonardo: Lo cierto es esto: que al día siguiente de su llegada, ella, que no me había dirigido la palabra desde hacía más de un año…

Elena: ¿Ah, te habló? ¿Se rompió el hielo? ¡Di, di…!

Leonardo: Entró en mi estudio para decirme solamente que supiese fingir por lo menos durante los pocos días que su padre estaría en nuestra casa.

Elena: ¡Facilísimo!

Leonardo: ¿Qué?

Elena: Digo que para ti era facilísimo fingir… ¡Ahora comprendo! ¿Y no te dijo nada más?

Leonardo: Nada más.

Elena: ¿Fría, verdad? ¡Impasible…! ¡Sublime!

Se echa a reír.

Leonardo: No creo que todo esto sea motivo de risa.

Elena: No, ¿verdad? ¡Oh, no, me guardaría muy bien de reírme! ¡Te digo que es sublime!

Leonardo: ¿Tengo pocas contrariedades, según tú, pocas amarguras…? ¿Tendría que procurarme yo mismo más?

Elena: ¡Oh, no…, no…!

Leonardo: Esto, por lo menos, tenemos que agradecérselo, me parece, sea cual sea el motivo por el que lo hace.

Elena: ¡Ja…, ja…, ja…! Esto suele ocurrir, querido…, suele ocurrir…

Leonardo: ¿Qué es lo que suele ocurrir?

Elena: ¡Nada! ¡Lo sé yo! Fíjate en eso: no me importa… Quisiera solamente que tuvieses la franqueza de decírmelo. Todo, todo, menos la ficción, ya lo sabes. ¡Fingir, no! ¡No lo puedo sufrir!

Leonardo: Pero ¿de qué se trata? ¿Qué es lo que tendría que decirte?

Elena: Ahora ya… ¿Qué más quieres…? ¡Soy vieja! Y además… (Pausa tensa)

Leonardo: (Prosiguiendo en voz alta sus pensamientos) ¡En este preciso momento! He hecho todo lo que he podido… ¡Imposible! Por muchos esfuerzos que se hagan, en las condiciones en que me encuentro… No cabe duda, sin embargo, de que alguien, lo repito, ha debido escribirle… Estoy bajo el peso de su vigilancia… ¡No puedo más! Creo incluso que me hace espiar…, ¿comprendes? No he ido a verte, por esto.

Elena: Y ha sido para mí un placer. ¿Sabes por qué he venido? Ayer volvió el de la casa.

Leonardo: ¿Otra vez?

Elena: Y volverá hoy. Quería darle algo a cuenta sobre mi pensioncilla, pero… ¡nada! «¡Todo, en el acto, o largo!» ¡Sin ceremonias!

Leonardo: Está bien, está bien. Espera a que hable yo a este tipo…

Elena: Es inútil. No quiere esperar más. Ha hablado claro.

Leonardo: ¡Esperará, vive Dios! ¿Le has dicho que he de cobrar…?

Elena: ¿De la novela? ¡Ya! ¡Para hacerle reír!

Leonardo: No había necesidad de hablarle de la novela ni de nada. Son cuatrocientas liras que me serán pagadas dentro de ocho días, a la entrega del manuscrito. ¡Si puedo entregarlo…, fíjate bien! ¡No encuentro ni manera ni tiempo de escribir…!

Elena: ¿Entonces…?

Leonardo: ¡Si pudiese tener un poco de paz! ¡Un momento de tregua! Aquí, ya lo sabes, este mes no puedo pedir nada más. ¿Qué entregaré dentro de ocho días? Y no sé qué hacer, esto es lo peor… No sé dónde tengo la cabeza… ¡No resisto más!

Elena: ¡De esto hace ya tiempo! ¿Hasta ahora no te has dado cuenta?

(Poniéndose de pie con un profundo suspiro) Pero cuando uno no puede más…, ¿comprendes…? cuando se dice «basta», se dice claramente. Tampoco yo resisto por más tiempo verte así.

Leonardo: (Fríamente) ¿Tampoco tú? ¿Entonces…?

Elena: ¿Te parece posible seguir así? ¿Te parece posible? ¡Di!

Leonardo: El mal consiste precisamente en esto, querida: en que tiene que ser posible. ¿Crees que sería tan difícil levantar el vuelo, tú por aquí y yo por allá? Sería cómodo; pero ni tú ni yo podemos hacerlo.

Elena: ¿Y por qué no? ¡Si yo te dejo libre…!

Leonardo: ¿Libre? ¿Qué quieres decir?

Elena: ¡Pues de volverte en paz con tu mujer!

Leonardo: ¡No la conoces!

Elena: Pero si te ha hablado ya… Si ha venido incluso hasta aquí, a buscarte…

Leonardo: (Después de mirarla con cierto desdén) Ahora finges no comprender…

Elena: No comprender… ¿qué? ¿Que tu mujer quiere que sigamos juntos? ¿Es esto lo que debo comprender?

Leonardo: ¡Esto, esto, sí, y lo sabes muy bien! ¡Debemos seguir ligados a la cadena! Y es inútil desesperarse. Me lo digo a mí mismo, ¿sabes? Por el contrario, si es preciso, hay que reír… ¡Sí! Como tantas veces río yo. ¿No me has oído reír? ¿Quieres ver cómo río? ¡Sé muy bien hacer el bufón! ¡Tantas otras veces…, paciencia! Sin embargo, tengo que lamentarme… Oprimido, sofocado, sujeto así, pinchado por todas partes…, ¿quieres que no diga ni «ay»? ¡Basta, no…! ¡Basta, no! ¡Sabes muy bien que no puedo decir basta!

Elena: Pero yo lo digo por ti, al fin y al cabo. No por mí.

Leonardo: Gracias, querida. No pensemos más en ello. Yo también lo diría por ti; pero ni tú ni yo podemos. Por lo tanto, es inútil hablar. ¿Estás cansada? Te compadezco sinceramente. Porque yo, por desgracia mía, tengo ojos incluso para los demás… Veo la vida que llevas…

Elena: Menos mal…

Leonardo: ¡Ah, sí! Y comprendo que no se puede tener compasión de los demás cuando sufrimos demasiado nosotros mismos.

Si me quejo, es porque no consigo romper esta red de dificultad que me envuelve por todas partes y me corta la respiración. Y, sin embargo, mira, en medio de este infierno, no me ha venido nunca la idea de salir de él… Estoy dispuesto, incluso, si aquel viejo imbécil tiene la mala inspiración de ocasionarme en estos momentos nuevas molestias…

En este momento se oye la voz de Ducci gritar fuerte desde el interior.

Ducci: ¡Sí, sí…! ¡Viva Ruvo! ¡Dentro de poco!

(Abre bruscamente la puerta y en el acto se detiene) ¡Oh, perdón…! Por favor… Me voy en seguida… Con permiso…

(Coge algunos papeles de encima de la mesa) Eso es… (Al salir, dice, en voz baja, a Leonardo:) Está en el salón…

Leonardo: Gracias, lo sé.

Ducci se inclina ante Elena y sale, volviendo a cerrar la puerta tras sí.

Elena: Me voy…

Leonardo: Sí, será mejor. Ya está aquí. No lo dudes: iré antes de la noche, sin falta.

Elena: Te espero, pues. Cree que es necesario. No quiero esperar más.

Leonardo: Iré, iré, no lo dudes. Adiós…

Sale Elena. Leonardo permanece un momento en el umbral de la puerta. Por el corredor interior se acerca a él el Conserje.

El Conserje: ¿Le hago entrar?

Leonardo: Sí.

Aguarda un momento en el umbral.

Después, al entrar D’Albis y Guglielmo Groa, que van hablando entre ellos, viene a apoyarse sobre la mesa.

Guglielmo: Yo, mi querido amigo, como sólo soy un pobre provinciano, me siento aturdido, sí, señor, completamente aturdido. ¡Qué grande es Roma! ¡Qué grande! ¡Y también él, Nitto Ruvo, se ha vuelto grande! Pero para mí, se llamará siempre Nitto…

(Saludando a Leonardo) ¡Querido yerno!

D’Albis: (Sonriendo) ¿Cómo? ¿Nitto…?

Guglielmo: Sí, señor. Benedetto, Nitto; nosotros, allí, al hablar de él, le llamamos Nitto. ¡Figúrese que fuimos compañeros de colegio…! Pero yo, en un momento dado, harto de pizarras y de tiza, me di cuenta de que si quería seguir siendo un hombre juicioso tenía que cerrar los libros. Y los cerré. Escribo, como dice mi yerno, hombre, sin h, es verdad; pero la cabeza, mi querido amigo… ¡me va como un reloj! Nitto Ruvo, en cambio, sigue estudiando, y, pobre infeliz, he aquí que ahora le nombran ministro.

D’Albis: (Echándose a reír) ¡Bravo! ¡Bravo…! ¿Para usted es un pobre infeliz?

Guglielmo: Le nombran ministro… Acabará mal, se lo digo yo. ¡Pero es un amigo!, ¿sabe usted? ¡Un amigo mío! ¡Un amigazo…! ¡No quiero hablar mal de él!

D’Albis: Sí, ya sé que es amigo suyo. Él también me ha hablado bien de usted.

Guglielmo: ¡Ah, él habla bien, ya lo sé! Tiene palabra fácil, elegante… Si se le escucha, parece que, como si nada, tiene el mundo entre su manos… Cuatro y cuatro, ocho…, ya está, todo arreglado. ¿Que lo quiere blanco? ¡Blanco! ¿Que lo quiere negro? ¡Negro! Pero, amigo mío…, yo peino ya canas… Dale, dale, dale vueltas, pero… Y con esto no digo, fíjese bien, que no tengo empeño en que nombren ministro a Nitto Ruvo. Por mí, incluso rey. Parece que esté, como dicen ustedes, en el umbral del poder…

D’Albis: ¡No en el umbral, sino dentro ya! Hemos luchado sin tregua. Y la lucha se ha presentado desde el principio neta, precisa, clara… Y la hemos llevado a cabo con tal lógica, con tal sencillez de maniobra, que es verdaderamente una satisfacción para nosotros haberla sostenido.

Guglielmo: ¡Jesús, Jesús, qué cosas! ¡Pero es un gusto, ¿sabe usted…? ¡Un gustazo! Porque yo, aunque no lo parezca, en el colegio he sido, como suele decirse, un puntal de Ruvo.

D’Albis: ¡Oh, lo sé muy bien!

Guglielmo: Pero sea rey o ministro, Ruvo, no nos hagamos ilusiones, señor mío, da muchas vueltas…

D’Albis: Es una veleta, ¿no? Pero…

Guglielmo: Nada, dejémoslo correr. Cuando se habla de política, yo soy como un turco en un sermón.

D’Albis: Bajo este concepto, ahí tiene al verdadero turco… (Señala a Leonardo) Apostaría a que no sabe siquiera contra quién hemos luchado. Y ha vivido aquí, en medio de nosotros, en el ardor de la lucha. Escribe aquí su novela y, cuando puede, me desliza alguna cuartilla entre los artículos.

Leonardo: Ya lo he remediado, ¿sabes?

D’Albis: Sí, querido. Pero yo quisiera estar presente para la votación. ¿Usted viene de la Cámara? ¿En qué punto ha dejado la discusión?

Guglielmo: No he entendido nada.

D’Albis: Pero ¿quién hablaba, por lo menos?

Guglielmo: ¡Ah, esto sí! Él. Nitto Ruvo.

D’Albis: Un exitazo, ¿no? ¡Ya sabemos lo que contestará el gobierno! ¡Derrotado, derrotado, por precedencia! Voy a asistir al derrumbamiento final. Con permiso.

Guglielmo: Es usted muy dueño, querido señor mío…

D’Albis: Adiós, Arciani.

Leonardo: ¡Adiós!

Sale D’Albis.

Guglielmo: Sí, sí, que le dejen llegar, a su gran hombre, después ya me dirá algo… Por curiosidad: ¿verdad que Nitto Ruvo da…

(hace con el índice y el pulgar un expresivo signo que significa «dinero») a este periódico?

Leonardo: (Distraído) No sé.

Guglielmo: Claro que da, puesto que hablan bien de él… ¡Afloja, afloja! ¡Y baila, comadre, que la bolsa suena! Pero tú, quítame una duda, ¿no acudiste a él, a Ruvo, verdad? ¿Para entrar a (¿cómo se dice?) a colaborar, a escribir, en este periódico?

Leonardo: ¿Yo? No. ¿Por qué?

Guglielmo: Porque no quisiera, yo que conozco la pelambre de aquel animal, no quisiera que creyese que le tengo que estar agradecido por haberte hecho entrar en un periódico financiado por él.

Leonardo: ¡Nada de esto! No le conozco siquiera. Presto aquí, como en otros sitios, mis servicios, y no creo necesitar a Ruvo ni a nadie para escribir en un periódico como éste.

Guglielmo: ¿Y encuentras gusto en esto?

Leonardo: ¡Ah, no, sinceramente, no!

Guglielmo: Entonces, ¿por qué lo haces? El hombre, según tengo entendido, hoy es así (muestra la palma de la mano y después el dorso) y mañana así… servidumbre…

Leonardo: (Encendiendo un cigarrillo) Sí, eso me parece.

Guglielmo: (Levantándose) Hijo mío…, ¿me permites? (Le quita el cigarrillo de la boca) Déjate de fumar; es una porquería. Te echas a perder la…

Leonardo: (Sonriendo, saca otro cigarrillo y lo enciende) ¡Pues déjeme echarla a perder…!

Guglielmo: (Cogiéndole otro cigarrillo y encendiéndolo en su cerilla) Espera, en este caso me la echo a perder yo también…

(Vuelve a sentarse) Una servidumbre, o esclavitud, decías… Que se podía soportar únicamente por pasión, o por vanidad, o por necesidad. ¿Es verdad, sí o no?

Leonardo: Será…, no recuerdo. Yo, desde luego…

Guglielmo: Por pasión no es, me lo has dicho. Entonces, ¿es por vanidad? Porque necesidad, no la tienes…

Leonardo: ¿Ah, no tengo? ¿Y qué sabe usted?

Guglielmo: ¿Lo necesitas? ¿Escribes aquí por necesidad? ¡Cómo…! ¿Por qué no me lo has dicho nunca, hijo mío?

Leonardo: ¡No, no! ¡Ah, no, basta ya, basta por su parte! De ahora en adelante, de mis cosas me cuido yo.

Guglielmo: ¡Muy bien! ¿Cómo es aquel dicho? «Nobles sentimientos en verdad…»

Leonardo: (Interrumpiéndole) Oiga, déjeme hacer a mí, se lo ruego. Usted no puede comprender. Me hace daño, se lo aseguro, entrar con usted en estas discusiones. Debería comprender que delante de Livia, yo…

Guglielmo: ¿Livia? Pero ¿qué tiene que ver Livia con esto?

Leonardo: Sí, tiene que ver, porque después de la ruina de mi casa y la muerte de mi padre…

Guglielmo: ¿Mi hija te ha dado algún disgusto?

Leonardo: ¡No, no, ella no! ¡Nunca! Pero yo, yo, por mí mismo…

Guglielmo: ¡Bah, bah, bah…! ¿Querrías hacerme tragar, como un café en ayunas, que tú, para conservar tu…, ¿cómo he de llamarla…?, tu in-de-pen-den-cia frente a tu mujer, te resignas, te sometes a esta esclavitud con respecto a los demás?

Leonardo: ¡Si esto no es ninguna esclavitud…! ¿Quién le dice que yo soy un esclavo? ¡Esto, no! ¡Esclavo de nadie!

Guglielmo: ¿Cómo que no? ¡Esclavo de ti mismo, esclavo de tu misma necesidad, si no de la necesidad de los demás! Cuando…

¡Ah, amigo mío, yo tengo muy buena memoria…! Hace algún tiempo te obstinabas encarnizadamente en sostener que escribir…, que el arte, en una palabra, era también un trabajo, un gran trabajo, que necesita independencia…, ¿no es esto lo que decías? Y te indignabas contra los que sostenían que era, por el contrario, una diversión, una distracción. ¿Con que sí, eh…? Independencia, la has tenido. Tu padre y yo, de mutuo acuerdo, te la hemos dado. Después, tu pobre padre vino a menos… Pero tú, en tu casa, gracias a Dios, con la dote de tu mujer… ¿Te parece nada? Puedes trabajar como te guste y plazca, o no hacer nada, lo cual sería mejor, a juicio de un pobre ignorante.

Leonardo: ¡Ah, en cuanto a esto…! ¿Por qué le molesta que yo trabaje en un periódico financiado, como dice usted, por Ruvo?

Guglielmo: ¡Oh, no es solamente esto, hijo mío!

Leonardo: Entonces, ¿qué más hay?

Guglielmo: Ahora te lo diré. Tú, aviniéndote a vivir así, cohibido, angustiado…

Leonardo: ¡De ningún modo!

Guglielmo: (Prosiguiendo) …con el mísero fruto, sí, señor, con el mísero fruto que puedes recoger de esta servidumbre que te humilla…

Leonardo: ¡De ningún modo!

Guglielmo: ¡Quisiera un espejo para ponértelo delante de las narices! Me parece…, no sé…, me das la impresión de estar en la miseria… No te reconozco. Sí, sí, dispensa…, si puedes creer en serio que el no deber nada, materialmente, a tu mujer…, ¿vas a pensar en estas miserias?

Leonardo: ¡Pero si no es el dinero! ¡No es solamente el dinero, créame!

Guglielmo: ¡Cállate! Sé lo que es y por esto te hablo así. ¡No hagamos historias! El hecho es, querido, que crees en serio que este trabajo que haces puede liberarte de toda consideración…

Leonardo: ¿Quién le ha dicho esto?

Guglielmo: Te lo digo yo, pues me he dado cuenta. De toda consideración, de todo remordimiento, y capacitarte casi para ocasionar a tu mujer cualquier otro daño…

Leonardo: Pero yo no sé por qué me habla usted así. ¿Se queja de algo Livia? ¿Se ha quejado a usted de algo?

Guglielmo: ¡No! Pero esto es precisamente lo malo. Que no se queje, ni a mí ni a ti ni a nadie. Pero tú no debes aprovecharte de su silencio.

Leonardo: ¡Oh, en resumen! ¿Lo sabe usted todo? Dígame qué quiere de mí. Es inútil torturarme ahora. No me obligue a mentir más aún. ¡No puedo más!

Guglielmo: ¿Obligarte yo a mentir? ¡Nunca…! ¡Al contrario! ¡Mentir es pecado, hijo mío! Yo quiero conocer la verdad, saber qué motivos existen para…

Leonardo: ¿Quiere saber los motivos? ¿Y después?

Guglielmo: ¿Cómo, después?

Leonardo: ¿Los motivos? ¡Le digo desde ahora que para mí no los hay! ¿Le basta?

Guglielmo: ¡Ah…! Entonces, te acusas a ti mismo, así, sin más ni más…

Leonardo: Acusarme o excusarme, en el punto en que me encuentro, es completamente inútil, créame.

Guglielmo: ¿Inútil? Ten paciencia…

Leonardo: No puedo tener más paciencia de la que tengo. No se trata ya, créame, de ver qué motivos existen, quién tiene más razón o quién tiene menos, ni de acusar ni de excusar. No solamente reconozco mi culpa, sino que, puesto que he sido castigado, reconozco que el castigo ha sido justo y no me quejo.

Guglielmo: (Atónito) ¿Tú?

Leonardo: (Con fría tristeza, convencido, resignado) No me quejo.

Guglielmo: Veo que… (Hace un gesto con la mano para dar a entender: «Veo que empiezas a volverte loco.»)

Leonardo: ¡No…, desgraciadamente, no! ¡Ojalá estuviese loco!

Guglielmo: Perdona. Además, ¿cómo vas a quejarte, tú, reconociendo…?

Leonardo: ¡Pero si le digo que no me quejo!

Guglielmo: ¡Gracias por todas estas concesiones!

Leonardo: Reconozco, sin embargo, que…, ¿qué quiere que le diga? Reconozco que Livia tiene más que nadie el derecho de rebelarse…

Guglielmo: Entonces, ¿tener razón o no tenerla es lo mismo para ti? ¿Y el que no tiene razón, no debe…?

Leonardo: ¡Pero si ya he sido castigado! Créalo, he sido ya castigado…

Guglielmo: ¿Cómo has sido castigado? ¿Por quién?

Leonardo: Hable bajo, se lo ruego.

Guglielmo: ¿Hay alguien que escucha por aquí cerca? Hablemos bajo, está bien. ¿Quién te ha castigado? ¿Y cómo? Me parece…, me parece muy cómodo condenarse uno mismo al castigo sometiéndose a un poco de cansancio por un escrúpulo tonto… ¡Sí, tonto, porque cuando a una mujer se le ha quitado todo: el amor, la paz, todo…, puede parecer incluso ridículo tener escrúpulos…!

Leonardo: Ahora usted me ofende.

Guglielmo: ¿Yo? ¡No, hijo querido…!

Leonardo: Entonces, ¿qué quiere de mí? ¡Déjeme tranquilo…! ¿Quiere razonar? Yo no puedo.

Guglielmo: ¿Y obrar? Dejemos de razonar, si quieres. ¡Obrar, obrar es lo que importa! ¿Qué piensas hacer? Ya no es posible que tú y tu mujer sigáis viviendo en esta forma. Es absolutamente necesario llegar a alguna solución. He intentado hablar largamente con aquella bendita hija mía; es inútil, con ella no se puede hablar. ¡Y la conozco, sin embargo! La pobre sufre en silencio, ¿sabes? Y tú finges no darte cuenta de nada porque te conviene así.

Leonardo: ¿Y si le dijese que ella, Livia en persona, ha venido aquí hace poco, para avisarme que usted sospechaba, aconsejándome mentir para que no supiese nada?

Guglielmo: ¿Eh? ¿Ella? ¿Livia? ¿Aquí?

Leonardo: Ella misma, hace media hora.

Guglielmo: ¿Para obligarte a mentir?

Leonardo: Lea. (Le da la carta de Livia)

Guglielmo: (Después de haber leído) ¿Un sacrificio de esta clase, por mí? ¡Quisiera Dios que fuese por esto! ¡Me la llevaría inmediatamente conmigo, pobre hija mía! ¡Pero no es esto, no! ¿Ves como no sabes comprenderla? Ella espera todavía…, espera que tú… ¿No es eso?

Leonardo: No. Livia sabe muy bien que no está en mi poder encontrar remedio a esta situación. Y no lo busca, no… Ni quiere que otro lo busque. ¿Ha visto?

Guglielmo: ¿No os digo que estáis locos los dos? Tú, en este momento, te haces un poco el tirano y un poco la víctima; dices que has sido castigado; ella te ruega que no te delates para que yo no me entere de nada. ¿A qué juego estamos jugando? Yo soy viejo, Leonardo, conozco el mundo; sé que has errado, tú mismo tienes la franqueza de confesarlo. Pero no hay más que una cosa que no tenga remedio: la muerte. Veamos juntos, estudiemos juntos lo que hay que hacer. ¡Somos hombres! Cuenta conmigo y con mi ayuda…

Leonardo: ¿Pero qué ayuda puede usted darme? ¿Ayuda pecuniaria? ¿Porque me ve trabajar de esta manera?

Guglielmo: Ayuda… incluso de experiencia…, de todo… Yo puedo…

Leonardo: ¡Nada, nada! ¡Usted no puede nada! ¡Todo es inútil, créame!

Guglielmo: Pero… ¿qué hay debajo de todo esto? ¿De qué se trata, en resumidas cuentas? Seguramente existirá un remedio… Lo encontraremos.

Leonardo: No hay remedio… No hay remedio…

Guglielmo: ¡Déjame por los menos intentarlo! ¿No? ¡Pero, por Dios, está mi hija de por medio…¡¿Tengo o no el derecho de saber? ¿Puedo dejaros así? Tú confiesas tu culpa y te obstinas en ella; ¿quieres que yo, siendo padre, permita que mi hija siga sufriendo en silencio, resignada, obstinada ella también en callarse? ¿Queréis hacerme volver loco? Si has perdido todo sentimiento de respeto, de lealtad…, si te niegas incluso a razonar…

Leonardo: (Gritando) ¡No puedo, le he dicho! ¿Qué quiere razonar? ¡Acabe ya de una vez de atormentarme!

Guglielmo: (Sorprendido) ¿Yo?

Se abre la puerta y aparece Livia en el umbral. Guglielmo y Leonardo permanecen atónitos, inmóviles.

Livia: (Avanza perpleja, escrutando el rostro de su marido y de su padre) He llamado… Nadie me ha oído…

Guglielmo: Hablábamos… Discutía con tu marido…

Livia: ¿He tardado mucho?

Guglielmo: No, yo me he adelantado para hablar con Leonardo.

Livia: (Mirando consternada a su marido) ¿Y…?

Guglielmo: Tu marido sostenía una tesis equivocada. Y yo quería hacerle ver su error. Sostenía que, en ciertas cuestiones… políticas, tener razón o no tenerla es lo mismo. El público, que es el verdaderamente interesado, no habla, se obstina en no hablar. El que no tiene razón se aprovecha. Y esto me parecía una indignidad…, ¡una verdadera indignidad! ¡Eso es!

Silencio.

Leonardo recoge apresuradamente, con manos temblorosas, las cuartillas que hay encima de la mesa. Livia, que lo ha comprendido todo, se lleva el pañuelo a la boca para ahogar un sollozo que pugna por salir. Guglielmo añade con mayor violencia aún, recalcando las palabras

Guglielmo: ¡Una falta de honradez que tiene que terminar, ira de Dios!

Livia: No, no, papá…

Leonardo toma su bastón, su sombrero y va a marcharse.

Guglielmo: ¡No quieres entrar en razón! ¿Te vas?

(Poniéndose de pie) ¡No basta marcharse!

Livia: (Reteniendo a su padre con un grito) ¡Tiene a su hija, papá! ¡Tiene una hija! ¡Por esto no puede entrar en razón!

Sale Leonardo, furioso.

Guglielmo: (Inmóvil) ¿Él?

Livia: Sí, tiene una hija…

Guglielmo: (Como antes) ¡Ah…! ¿Es por esto?

Se oyen simultáneamente en el interior gritos confusos, aplausos, entre los cuales resaltan estas palabras: «¡Victoria! ¡Victoria! ¡Derrotado!»

Guglielmo: ¿Qué sucede?

La puerta se abre violentamente y aparecen tres o cuatro exaltados, entre los cuales está Ducci.

Ducci: (Gritando) ¡Ochenta y cinco votos de minoría! ¡Victoria!

Guglielmo: (Inclinándose cómicamente) ¡Lo celebro mucho, señores míos!

TELÓN

1915 – La rázon de los demás
Comedia en tres actos
Premisa
Personajes, Acto Primero
Acto Segundo
Acto Tercero

In Italiano – La ragione degli altri

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