El placer de la honestidad – Acto II

In Italiano – Il piacere dell’onestà

Introducción
Personajes, Notas per la Rapresentatión, Acto Primero

Acto Segundo
Acto Tercero

El placer de la honestidad – Acto II
Luigi Cimara, Il piacere dell’onestà, 1954. Immagine dal Web.

El placer de la honestidad
Acto Segundo

Magnífico salón en casa de Baldovino. Han puesto en él algunos muebles ya vistos en el salón del primer acto. Puerta común al fondo, puertas laterales a derecha e izquierda.Marcos Fongi, al levantarse el telón, con el sombrero y el bastón en una mano tiene con la otra abierto el batiente de la puerta de la izquierda, y habla hacia el interior con Baldovino. Fabio está esperando, como alguien que no quiere que lo vean ni lo oigan desde dentro.

Fongi: (Hacia dentro) Gracias, gracias, Baldovino, sí… ¡Figúrate, si no voy a querer asistir a la candida fiesta! Gracias. Estaré aquí, estaré aquí con los amigos consejeros, dentro de una media hora. Hasta luego.

Cierra la puerta; se vuelve hacia Fabio, que se le acerca de puntillas, guiñando un ojo, y le hace un gesto picaresco con la cabeza.

Fabio: (En voz baja, con ansiedad) ¿Sí? ¿Crees tú?

Fongi: (Le contesta antes con la cabeza, guiñando todavía el ojo) ¡Ha caído! ¡Ha caído!

Fabio: Eso me parece a mí. ¡Son ya seis días!

Fongi: (Muestra tres dedos de una mano y los agita) Tres… trescientas… trescientas mil liras… ¿Qué te dije? ¡No podía fallar!

(Lo coge del brazo y se dirige con él hacia la puerta común, hablando) Será una escena de comedia. ¡Pero déjame actuar a mí! ¡Déjame a mí! Lo cogeremos cortésmente por la solapa. (Salen)

La escena queda vacía un momento. Se abre la puerta de la izquierda y entran Baldovino y Mauricio.

Mauricio: (Mirando a su alrededor) ¿Sabes que te has instalado bien?

Baldovino: (Abstraído) Sí.

(Con una sonrisa ambigua) Con perfecto decoro.

(Pausa) Con que… cuenta, cuenta ¿dónde has estado?

Mauricio: ¡Ah… pues dando una vuelta! Fuera de las vías ordinarias.

Baldovino: ¿Tú?

Mauricio: ¿Por qué? ¿No lo crees?

Baldovino: ¿Fuera de las vías ordinarias? En el sentido de que no habrás estado en París, o en Niza, o en El Cairo. ¿Dónde has estado?

Mauricio: ¡En el país del caucho y de las bananas!

Baldovino: ¿En el Congo?

Mauricio: Sí. En la selva: ¡Pero auténtica!, ¿sabes?

Baldovino: ¡Ah! ¿Y fieras, has visto?

Mauricio: Aquellos pobres negros de la «mehala».

Baldovino: No, digo fieras en serio: ¡algún tigre, algún leopardo!

Mauricio: ¡Ah, no, gracias! ¡Caramba, cómo te brillan los ojos!

Baldovino: (Sonríe amargamente; encoge los dedos de una mano y le muestra las uñas a Mauricio) ¿Ves adónde hemos llegado? ¡Y no nos las cortamos por distracción! ¡Al contrario! Para que nuestras manos parezcan más civiles; es decir, más aptas para una lucha más feroz que la que sostenían nuestros antepasados salvajes sólo con sus uñas. Por eso les he tenido siempre envidia a las fieras. Y tú, desgraciado, has estado en la selva virgen y no has visto ni siquiera un lobo.

Mauricio: Bueno, bueno: vamos a hablar de ti, ¿Qué, cómo va eso?

Baldovino: ¿El qué?

Mauricio: Pues… tu mujer. Es decir… la señora

Baldovino: ¿Cómo quieres que vaya? Muy bien.

Mauricio: ¿Y… tus relaciones?

Baldovino: (Lo mira un poco; luego, levantándose) ¿Cómo quieres que sean?

Mauricio: (Cambiando de tono, franqueándose) Te encuentro muy bien, ¿sabes?

Baldovino: Sí, estoy ocupado.

Mauricio: ¡Ah, ya! Sé que Fabio ha constituido una sociedad anónima.

Baldovino: Sí, para hacerme meter las manos en la masa. Hace muy buenos negocios.

Mauricio: Eres el Consejero Delegado, ¿no?

Baldovino: Por eso hace buenos negocios.

Mauricio: ¡Ya, ya, me he enterado! Y quisiera entrar yo también; pero… ¡dicen que sois de un rigor espantoso!

Baldovino: ¡Caramba! No robo…

(Se le acerca, le pone las manos en ambos brazos) ¡Cientos de miles pasan por mis manos!, ¿sabes? Poder considerarlos como simple papel sucio; no sentir ya la menor necesidad..

Mauricio: …¡para ti debe ser un gran placer!

Baldovino: …¡divino! ¡Y sin fallar un golpe!, ¿sabes? ¡Pero se trabaja, se trabaja! ¡Y todos tienen que seguirme!

Mauricio: Ya… eso es…

Baldovino: Se quejan, ¿eh? Pues mira: si chirrían, es que muerden el freno.

Mauricio: Dicen… dicen que ¡podrías ser un poco menos… menos meticuloso!

Baldovino: ¡Ya, ya lo sé! ¡Los sofoco! ¡Los sofoco a todos! ¡A todo el que se me acerque! Pero tú comprendes: no puedo menos. ¡Desde hace diez meses he dejado de ser un hombre!

Mauricio: ¿Sí? ¿Y qué eres ahora?

Baldovino: ¡Ya te lo he dicho: casi una divinidad! ¡Ya podías comprenderlo! Sólo tengo cuerpo en apariencia. Estoy enfrascado entre cifras, especulaciones; pero son para los demás; no es, ni quiero que sea, un sólo céntimo para mí. Estoy aquí en esta hermosa casa, y apenas si veo ni toco nada. A veces me maravillo de oír mi propia voz, el rumor de mis pasos; de advertir que yo también tengo necesidad de beber un vaso de agua, o de descansar. Vivo, ¿comprendes?, de-li-cio-sa-men-te, en el absoluto de una pura forma abstracta.

Mauricio: ¡Deberías sentir un poco de compasión por los pobres mortales!

Baldovino: La siento; pero no puedo obrar de otro modo. Se lo dije, sin embargo, se lo hice notar bien, antes, a tu primo el marqués. Y cumplo lo pactado.

Mauricio: ¡Y experimentas así un placer diabólico!

Baldovino: ¡No, diabólico, no! Suspendido en el aire, me he colocado sobre una nubécula: ¡es el placer de los Santos en los frescos de las iglesias!

Mauricio: Bueno, pero comprenderás que eso no puede durar mucho tiempo así.

Baldovino: (Hosco, después de una pausa) ¡Ah, ya lo sé! Acabará. ¡Y quizá muy pronto! ¡Pero que tengan cuidado! ¡Falta saber cómo acabará!

(Lo mira a los ojos) Lo digo por ellos. ¡Ábrele bien los ojos a tu primo! Me parece que desea demasiado deshacerse de mí cuanto antes. ¿Te turbas? ¿Es que sabes algo?

Mauricio: No, absolutamente nada.

Baldovino: ¡Vamos, sé sincero! Mira, ¡le compadezco! ¡Es tan natural!

Mauricio: Te aseguro que no sé nada. He hablado con doña Magdalena. Todavía no he visto a Fabio.

Baldovino: ¡Me lo imagino! Los dos, la madre y tu primo, habrán pensado: «La casamos pro forma; y cuando pase algún tiempo, con un pretexto cualquiera, nos deshacemos de él». Era de esperar, en efecto. ¡Pero que no lo esperen! En eso también han estado de una ligereza lamentable.

Mauricio: ¡Lo sospechas tú! ¿Quién te dice…?

Baldovino: ¡Tan cierto como que pusieron como condición esencial mi honradez!

Mauricio: ¡Precisamente! ¡Y eso demuestra…!

Baldovino: ¡Qué tonto eres! La lógica es una cosa, y el ánimo es otra. Por coherencia lógica se puede proponer una cosa, y con el ánimo esperar otra. Ahora, créeme, yo podría prestarme, para serles grato a él y a la señora, a darles un pretexto para que se libraran de mí. Pero que no lo esperen porque yo… sí, podría hacerlo, pero no lo haré… por ellos… ¡No lo haré, porque ellos no pueden en absoluto desear que yo lo haga!

Mauricio: ¡Caramba, eres terrible! ¡Les niegas a ellos hasta la posibilidad de desear que tú cometas una mala acción!

Baldovino: Mira; supongamos que la haga. Primero, respirarían. Se quitarían de delante el oprimente estorbo de mi persona. La honradez que a mí me habría faltado, podría creerse – si no del todo al menos en parte – que permanecía en ellos: la señora se convertiría en una esposa legítima separada de un marido indigno; y esta indignidad del marido, siendo ella joven, como lo es, podría ser una disculpa para que ella pudiera buscar un consuelo en un viejo amigo de la casa. Lo que no le estaba permitido a una señorita, se le puede perdonar fácilmente a una señora absuelta de toda obligación de fidelidad conyugal. ¿No es así? De modo que yo, marido, podría cometer un acto deshonroso para que me echaran de aquí. Pero no entré en esta casa solamente como marido. ¡Como simple marido no hubiera entrado nunca: ni hubiera sido necesario! Me necesitaban, porque este marido, dentro de poco tenía que ser padre; dentro de poco, digo… casi a su debido tiempo. Aquí se necesitaba un padre. ¡Y el padre… ¡ah!… el padre, en interés del propio marqués, tiene que ser forzosamente honrado! Porque, si como marido puedo marcharme sin acarrear daño a mi mujer, la cual, al perder mi apellido recupera el suyo, como padre, mi mala acción perjudicaría forzosamente al hijo, el cual no puede librarse de mi apellido, y cuanto más bajo cayera yo, más daño le haría a la criatura. Y esto él no puede desearlo, en absoluto.

Mauricio: ¡Ah, no, verdaderamente!

Baldovino: ¿Ves? ¡Y en cuanto a caer bajo, yo caería: tú me conoces! Para vengarme de lo que me hicieran, echándome de aquí de mala manera, yo reclamaría al hijo, que por ley me pertenece; se lo dejaría aquí dos o tres años, para que se encariñaran con él; luego, demostraría que mi mujer convivía como adúltera, con su amante, y les quitaría el hijo, y lo arrastraría conmigo, abajo, abajo… Tú sabes que llevo dentro una bestia horrible, de la que he querido liberarme, encadenándola a estas condiciones que me fueron ofrecidas. A ellos, más que a nadie, les conviene hacérmelas respetar, según mi firme voluntad de hacerlo; porque, liberado de ellas, hoy o mañana, no sé precisamente adónde iría a parar.

(Cambiando de tono de pronto) Basta, basta… Dime: ¿te han mandado ellos hablar conmigo, en cuanto llegaste? ¡Venga, venga!, ¿qué tienes que preguntarme? ¡Date prisa, por favor! (Mira el reloj) Te he concedido más tiempo del que debía. ¿Sabes que esta mañana es el bautizo del niño? Y antes de comer tengo una reunión con los consejeros invitados. ¿Te ha mandado tu primo? ¿Te ha mandado la señora madre?

Mauricio: Pues, sí; se trata precisamente del bautizo del pequeño. Ese nombre que quieres ponerle…

Baldovino: ¡Ah, ya lo sé!

Mauricio: Pero escucha… ¿te parece…?

Baldovino: ¡Lo sé! ¡Pobre pequeño; es un nombre demasiado grande! ¡Casi capaz de aplastarlo!

Mauricio: (Silabeando) ¡Segismundo!

Baldovino: ¡Pero es un nombre tradicional en mi familia! Mi padre se llamaba así; mi abuelo se llamaba así…

Mauricio: ¡Pero eso no es una razón para ellos, comprenderás!

Baldovino: Ni a mí se me hubiera ocurrido nunca… tú lo sabes… Pero, ¿es culpa mía? El nombre es feo, sí, especialmente para un pequeño… y… te confieso… (en voz baja) que si yo hubiera tenido uno mío, quizá no lo hubiera llamado así…

Mauricio: ¡Ah!, ¿ves?, ¿ves?

Baldovino: ¿Veo, qué? ¡Eso debe demostrarte que no puedo, ahora, derogar ese nombre! ¡Es lo de! siempre! ¡No es por mí: es por la forma! ¡Por la forma…, tú lo comprendes… ya que tengo que ponerle un nombre, no puedo ponerle otro! ¡Es inútil, ¿sabes?, es verdaderamente inútil que insistan! ¡Lo siento, pero no transijo, puedes decírselo! ¡Que me dejen trabajar, caramba! ¡Todo eso son tonterías! Siento tener que hacerte este recibimiento, amigo mío. Hasta luego, ¿eh? Hasta luego.

Le estrecha la mano con prisa y sale por la izquierda.

Mauricio queda como el que han dejado plantado en el momento más interesante.

  Poco después, entran por la derecha, primero Doña Magdalena y detrás Fabio, mohínos, como si supieran ya la noticia que les espera.

Mauricio los mira y se rasca la nuca con un dedo. Primero Doña Magdalena, y después Fabio, le hacen un gesto interrogativo con la cabeza; ella con ojos lastimosos, él con el ceño fruncido. Mauricio contesta con otro gesto negativo, con la cabeza, cerrando los ojos; luego, abre los brazos. Doña Magdalena cae sentada, como anonadada. Fabio también se sienta, pero acurrucado, con los puños cerrados sobre las rodillas. Se sienta también Mauricio, moviendo la cabeza, y dando más de un largo suspiro, por la nariz.

Ninguno de los tres tiene fuerzas para romper el silencio que los abruma. A los suspiros por la nariz de Mauricio, contestan los bufidos a todo pulmón de Fabio. Doña Magdalena no puede dar bufidos ni suspiros. Mueve desconsoladamente la cabeza, con las comisuras de los labios contraídas hacia abajo, a cada suspiro, a cada bufido de los otros dos.

No teman los actores prolongar esta escena muda. En un momento dado Fabio se levanta y pasea nervioso, abriendo y cerrando los puños. Poco después se levanta también Mauricio, se acerca a Doña Magdalena, se inclina y le da la mano para despedirse.

Magdalena: (En voz baja, como si se lamentara, dándole la mano) ¿Se va usted?

Fabio: (Volviéndose de pronto) ¡No lo deje marchar! ¡No sé cómo ha tenido valor para presentarse aquí!

(A Mauricio) ¡No vuelvas a mirarme a la cara!

Vuelve a pasearse. 

Mauricio: (No se atreve a protestar; se vuelve apenas a mirarlos, con la mano de Doña Magdalena todavía en la suya; luego, dice en voz baja) ¿La señora?

Magdalena: (En voz baja, como en una queja) Ahí está esperando, con el niño.

Mauricio: (Con la mano de Doña Magdalena todavía en la suya, en voz baja) Salúdela de mi parte.

(Se lleva a la boca la mano de Doña Magdalena y la besa; luego, vuelve a abrir los brazos) Dígale que me perdone.

Magdalena: ¡Ah, ella, por lo menos, ahora tiene a su niño!

Fabio: (Que sigue paseándose) ¡Sí! ¡Va a divertirse mucho con su niño! ¡En cuanto empiece el otro a ejercitar sobre él también sus vejaciones!

Magdalena: ¡Ah, ese, ese es mi terror!

Fabio: (Paseando) ¡Ya ha empezado con el nombre!

Magdalena: (A Mauricio) ¡Hace diez meses que no hemos vuelto a respirar!

Fabio: (Paseándose) ¡Figurémonos cómo querrá educarlo!

Magdalena: ¡Es terrible! ¡Ya no podemos ni leer un periódico!

Mauricio: ¿No? ¿Por qué?

Magdalena: Pues porque… ¡tiene sus ideas sobre la prensa…!

Mauricio: Pero… ¿es duro, en casa; áspero?

Magdalena: ¡Es peor: amabilísimo! Sabe decirnos las cosas más duras para nosotros de una manera… con argumentos tan impensados y que parecen, al oírlo, tan irrefutables, que nos vemos obligados a hacer siempre lo que él quiera! ¡Es un hombre espantoso, espantoso, Setti! Yo ya no tengo fuerzas ni para respirar.

Mauricio: Señora mía, ¡qué quiere que le diga! Me siento aniquilado. Nunca hubiera creído…

Fabio: (Saltando de nuevo) ¡Hazme el favor! ¡Yo no puedo marcharme en este momento, porque es el bautizo; si no, me iría ahora mismo! ¡Pero vete, vete tú! ¿No comprendes que no puedo oírte hablar así; que no puedo verte delante de mí?

Mauricio: Sí, sí, tienes razón… Me voy… me voy…

Criado: (Por el fondo, anunciando) El señor Párroco de Santa Marta.

Magdalena: (Levantándose) Que pase.

  Se retira el criado. 

Mauricio: Adiós, señora.

Magdalena: ¿De veras, se va usted? ¿No quiere asistir al bautizo? ¡Le daría usted una alegría a Águeda! ¡Venga a vernos alguna vez! ¡Yo espero mucho de usted!

  Mauricio abre una vez más los brazos; se inclina, mira a Fabio, y no se atreve ni siquiera a saludarlo. Sale por el fondo, inclinándose al pasar el Párroco de Santa Marta que, entretanto, ha entrado acompañado por el criado, que se retira y cierra la puerta.

Magdalena: Bienvenido, señor Párroco. Siéntese, por favor.

Párroco: ¿Cómo está? ¿Cómo está usted, señora?

Fabio: ¡Reverendo señor Párroco!

Párroco: ¡Querido señor marqués…! He venido, señora, a tomar las disposiciones…

Magdalena: Gracias, señor Párroco. Ya ha estado aquí el coadjutor que envió usted.

Párroco: ¡Ah, bien, bien!

Magdalena: Sí, señor. Y lo hemos preparado todo ahí. Hemos puesto también los ornamentos que han traído de la iglesia. Está muy hermoso el niño, ¿sabe? ¡Un encanto! Ahora pasará usted a verlo.

Párroco: ¿Y la señora?

Magdalena: (Un poco turbada) ¡Ah, ahora la llamo!

Párroco: ¡No, no, si está ocupada…! Preguntaba por su salud.

Magdalena: Sí, ahora está muy bien, gracias. Como comprenderá usted, está pendiente de su pequeño.

Párroco: ¡Ah, me lo imagino!

Magdalena: No se separa un momento de la cuna.

Párroco: ¿De manera que el señor marqués va a ser el padrino?

Fabio: Ya… sí…

Magdalena: ¡Y yo la madrina!

Párroco: ¡Ah, por supuesto…! Y… el nombre, ¿por fin será…?

Magdalena: ¡No hay más remedio! (Un gran suspiro)

Fabio: (Rabioso) ¡No hay más remedio!

Párroco: Pero si… después de todo… fue un gran santo… un rey… Yo me ocupo modestamente de hagiografía…

Magdalena: ¡Ya sabemos que es usted muy docto…!

Párroco: ¡No, no… por caridad, no diga eso…! Estudio con pasión…, sí… Fue rey de Borgoña, San Segismundo, y estuvo casado con Amalberga, hija de Teodorico… Si bien luego quedó viudo… y desgraciadamente se casó con una damisela… una pérfida que, por infames instigaciones, le hizo cometer… el más atroz de los crímenes… en la persona de su propio hijo…

Magdalena: ¡Dios mío! ¿Su hijo? ¿Y qué le hizo?

Párroco: Pues… (gesto con las dos manos) …lo estranguló.

Magdalena: (Casi en un grito, a Fabio) ¿Ha comprendido usted?

Párroco: (Rápido) ¡Ah!, pero se arrepintió, ¿sabe? ¡En seguida! Y se dedicó en expiación al ejercicio de la más rígida penitencia; se retiró a una abadía; vistió el sayal; y su virtud y el suplicio soportado con tanta resignación lo hicieron honrar como mártir.

Magdalena: ¿Sufrió también el martirio?

Párroco: (Con los ojos entornados, alarga el cuello, lo inclina, y con un dedo hace el gesto de la decapitación) En el año 524, si no me equivoco.

Fabio: ¡No está mal! ¡Un gran santo! ¡Estrangula a su hijo… muere decapitado…!

Párroco: Muchas veces los más grandes pecadores, señor marqués, llegan a ser los santos más excelsos. Y éste fue además, un sabio. ¡A él se debe el código de los borgoñeses, la famosa Ley Combeta! ¡Es una opinión muy discutida; pero yo estoy con Savigny, que la sostiene… sí, sí… yo estoy con Savigny!

Magdalena: Para mí, padre, el único consuelo es que podré llamarlo por el diminutivo: Dino.

Párroco: Eso, eso… Segismundo, Segismundino, Dino… Va muy bien: para un niño, el diminutivo cuadra a las mil maravillas, ¿verdad, señor marqués?

Magdalena: ¡Sí! ¡Pero falta ver si él lo consentirá!

Fabio: Eso es… precisamente…

Párroco: Y después de todo… si el señor Baldovino tiene interés en que lleve el nombre de su padre deben ustedes resignarse… Conque ¿a qué hora quedamos…?

Magdalena: Eso tendrá que decidirlo él también, señor Párroco. Espere.

(Oprime el botón de un timbre de la pared) Le pasaremos recado ahora mismo. Un momento por favor.

  El criado entra por el fondo.

Magdalena: Diga al señor que está aquí el señor Párroco. Si puede venir un momento… Aquí, aquí…

Señala la puerta de la izquierda.

  El criado se inclina, atraviesa la escena, llama a la puerta de la izquierda, abre, y sale. 

Baldovino: (Entrando, presuroso, por la izquierda) ¡Oh, reverendísimo señor Párroco, muy honrado con su visita! No, no se levante, por favor.

Párroco: El honor es mío. Gracias, señor Baldovino. Le hemos molestado a usted.

Baldovino: ¡No diga eso, por Dios! Estoy encantado de verle a usted en mi casa. ¿En qué puedo servirle?

Párroco: Pues verá usted… queríamos ponernos de acuerdo sobre la hora del bautizo.

Baldovino: Cuando usted disponga, señor Párroco, cuando usted guste. La madrina está aquí, está aquí el padrino, la comadrona creo que estará ahí… Yo estoy preparado… la iglesia está a un paso…

Magdalena: (Con estupor) ¿Cómo?

Fabio: (Con ira difícilmente contenida) ¿Cómo?

Baldovino: (Volviéndose a mirarlos, casi asombrado) ¿Por qué?

Párroco: (Rápido) Es que…, señor Baldovino…, se había dispuesto… ¡Pero, cómo! ¿Usted no lo sabía?

Magdalena: Está todo preparado ahí…

Baldovino: Preparado, ¿el qué?

Párroco: Para el bautizo. Para celebrarlo en casa, para hacer la fiesta más digna.

Fabio: ¡El señor Párroco ha enviado algunos ornamentos de la iglesia!

Baldovino: ¿Para hacer la fiesta más digna? Perdóneme, señor Párroco; no esperaba que usted se expresara así.

Párroco: No… quiero decir… que en la ciudad es costumbre, ¿sabe?, de todas las familias más distinguidas, celebrar en casa la fiesta.

Baldovino: (Con sonriente sencillez) ¿Y no le parece mejor, señor Párroco, que demos ejemplo de humildad, según el cual no hay ricos ni pobres delante de Dios?

Magdalena: ¡Pero si nadie quiere ofender a Dios celebrando en casa el bautizo!

Fabio: ¡Perdona, pero… parece que te has propuesto estropearlo todo, poniendo siempre obstáculos a todo lo que propongan los demás…! ¡Es curioso que tú…, precisamente tú…, te mezcles en estas cosas y te pongas a dar lecciones!

Baldovino: ¡Por favor, querido marqués, no me hagas levantar la voz! ¿Quieres quizás que haga profesión de fe?

Fabio: ¡No, yo no quiero nada!

Baldovino: Si te parece una hipocresía por mi parte…

Fabio: ¡No he dicho hipocresía! ¡Me parece un puntillo, y nada más!

Baldovino: ¿Quieres meterte en mis sentimientos? ¿Tú que sabes? Pero admitamos que tú creas que, según mis sentimientos, no debería dar importancia a este acto, que todos ustedes quieren realizar…, ¡del bautismo! ¡Muy bien! Pero si el acto no es para mí, sino para el niño, y yo, como ustedes, reconozco que debe celebrarse, entiendo que hay que hacerlo como es debido; que el niño, sin ningún privilegio que ofendería al acto mismo que se le hace realizar, vaya a la iglesia, a la pila bautismal. No deja de ser curioso que me hagan decir a mí estas cosas, delante del señor Párroco, que no puede menos de reconocer cuánta mayor devoción y solemnidad tiene el bautismo celebrado sin boato en su sede digna. ¿No es cierto?

Párroco: ¡Ah, ciertamente! ¡De eso no hay duda!

Baldovino: Por otra parte, no sólo cuento yo. Puesto que se trata del niño… que, ante todo, pertenece a la madre…, ¡oigamos también lo que dice ella!

(Oprime el botón del timbre en la pared, dos veces) No hablaremos ni ustedes ni yo: dejaremos hablar al señor Párroco.

La Doncella aparece en la puerta de la izquierda. 

Baldovino: Ruegue a la señora que venga un momento, si puede. (La Doncella se inclina y sale)

Párroco: Pues, la verdad. Yo preferiría que hablara usted, señor Baldovino, que habla tan bien.

Baldovino: ¡No, no! Al contrario: yo me retiraré. Usted expondrá, como cree, mis razones.

(A Magdalena y a Fabio) Ustedes expondrán las suyas. Y así la madre podrá decidir con absoluta libertad. Y se hará lo que ella decida. Aquí está.

  Entra Águeda por la derecha, en elegante traje de casa. Está pálida, rígida. Fabio y el Párroco se levantan. Baldovino está de pie.

Águeda: ¡Ah, el señor Párroco!

Párroco: La felicito, señora.

Fabio: (Inclinándose) Señora…

Baldovino: (A Águeda) ES para que dispongas acerca del bautizo. (Al Párroco) Mis respetos, Padre.

Párroco: Mucho gusto, señor Baldovino.

  Baldovino sale por la izquierda. 

Águeda: ¿Pero no está decidido? Yo no sé…

Magdalena: Sí. ¡Está todo preparado ahí! ¡Todo…, tan bien…!

Fabio: ¡Pero hay algo nuevo!

Párroco: Ya…, el señor Baldovino…

Magdalena: ¡No quiere que el bautizo se celebre en casa!

Águeda: ¿Y por qué no quiere?

Magdalena: Pues, porque dice…

Párroco: ¿Me permite, señora? En realidad, no ha dicho que no quiera. Quiere que decida usted, señora, porque, sobre todo – ha dicho – el niño pertenece a la madre. De modo que, si usted, señora, quiere que se celebre en casa…

Magdalena: ¡Claro que sí! ¡Como habíamos quedado…!

Párroco: Yo, verdaderamente, no veo nada malo en ello.

Fabio: Y yo lo he hecho notar, ¿no es cierto?, lo he hecho notar también al señor Baldovino.

Águeda: ¿Y entonces…? No sé qué tengo que decidir yo.

Párroco: Pues verá usted… Porque el señor Baldovino ha hecho observar – y justamente, hay que reconocerlo; con un sentido del respeto que le honra – , ha hecho observar que el bautizo, ciertamente, tendría mayor solemnidad celebrado en la iglesia, en su digna sede; también por no ofender… – ¡ah, dijo una frase verdaderamente hermosa! – «sin ningún privilegio», dijo, «que ofendería al acto mismo que se le hace realizar al niño.» – ¡Como principio…! ¡Como principio…!

Águeda: Pues bien, si usted aprueba…

Párroco: ¡Ah, como principio, no puedo menos de aprobar…!

Águeda: Entonces, haremos lo que desee.

Magdalena: ¡Cómo! ¿Apruebas tú también?

Águeda: ¡Claro que apruebo, mamá!

Párroco: Como principio, digo, señora; pero por otra parte…

Fabio: ¡No habría en ello ninguna ofensa!

Párroco: ¡Ofensa ninguna, ciertamente!

Fabio: ¡Es por el gusto de estropear una fiesta!

Párroco: Pero si la señora, personalmente, decide que se haga así…

Águeda: Sí, señor Párroco. Decido así.

Párroco: Pues muy bien. La iglesia está al lado: no tienen más que avisarme. Tanto gusto, señora.

(A Doña Magdalena) Señora…

Magdalena: Le acompaño.

Párroco: No se moleste, por favor… Señor marqués…

Fabio: Mis respetos…

Párroco: (A Magdalena) No se moleste, señora…

Magdalena: Nada, nada, no faltaría más…

  Salen por la puerta común el Párroco y Doña Magdalena. Águeda, palidísima, va a salir por la derecha. Fabio, todo tembloroso, se le acerca y le habla en voz baja, agitadamente.

Fabio: ¡Águeda, por Dios, no lleves mi paciencia hasta el extremo!

Águeda: ¡Basta (Indica austeramente, más con la cabeza que con la mano, la puerta de la izquierda), te lo ruego!

Fabio: ¿Otra vez…, otra vez lo que él quiere?

Águeda: Si lo que quiere es otra vez justo…

Fabio: ¡Todo, todo ha sido justo para ti, todo lo que él ha dicho desde el primer día que se interpuso entre nosotros!

Águeda: ¡No volvamos a discutir ahora sobre lo que ya llegamos a un acuerdo!

Fabio: ¡Porque veo que eres tú, ahora, tú! ¡Para ti todo ha consistido en vencer el horror de la primera impresión! ¡Lo venciste oyéndolo hablar, sin ser vista! ¡Y ahora estás tan tranquila, así, con lo convenido entonces, y que yo acepté solamente para tranquilizarte a ti! ¡Eres tú, ahora, eres tú! Porque él sabe…

Águeda: (Rápida, furiosa) …¿qué sabe?

Fabio: ¿Ves? ¿Ves? ¡Él te interesa! ¡Te interesa que él sepa que entre nosotros no hay nada de lo de antes!

Águeda: ¡Me interesa por mí misma!

Fabio: ¡No! ¡Te interesa él! ¡Él!

Águeda: ¡Yo no puedo tolerar, por mí misma, que él suponga otra cosa!

Fabio: ¡Claro: por su estimación, que tú deseas! ¡Como si él no se hubiera prestado a ese pacto entre nosotros!

Águeda: Hablar así, no significa otra cosa, para mí, que la vergüenza suya debería ser también la nuestra. ¡Tú la quisieras para él! ¡Yo no la quiero para mí!

Fabio: ¡Pero yo quiero lo que es mío! ¡Lo que debería ser mío otra vez, Águeda! ¡Tú, tú…, tú! (La agarra frenéticamente, para estrecharla contra sí)

Águeda: (Rechazando, sin ceder en lo más mínimo) No…, no…, ¡vamos! ¡Déjame marchar! Te lo he dicho: eso no volverá, no volverá jamás, si antes no consigues echarlo de aquí…

Fabio: (Sin soltarla, cada vez más enardecido) ¡Será hoy mismo! ¡Hoy mismo lo echaré de aquí, como a un ladrón!

Águeda: (Atontada, sin fuerzas ya para resistir) ¿Cómo a un ladrón?

Fabio: (Estrechándola) ¡Sí…, sí…, como a un ladrón, como a un ladrón! ¡Ha caído! ¡Ha robado!

Águeda: ¿Estás seguro?

Fabio: ¡Claro que sí! ¡Tiene ya más de trescientas mil libras en el bolsillo! ¡Lo echaré hoy mismo! ¡Y tú volverás a ser mía, mía, mía…!

Se abre la puerta de la izquierda y entra, con sombrero de copa, Baldovino. De pronto se para, sorprendido, al descubrir a los dos abrazados. 

Baldovino: ¡Oh… dispensen…!

(Luego, con severidad atenuada con una sonrisa de finísima argucia) ¡Caramba, señores: menos mal que he sido yo el que ha entrado; pero imagínense que hubiera sido el criado! Cierren al menos las puertas, por favor.

Águeda: (Temblando de desdén) ¡No era necesario cerrar las puertas!

Baldovino: ¡No lo digo por mí, señora; lo digo por el señor marqués, por usted!

Águeda: Yo misma se lo he dicho al señor marqués, que, por otra parte (lo mira furiosa..), ¡tendrá que entendérselas con usted!

Baldovino: ¿Conmigo? No tengo inconveniente. ¿Y sobre qué?

Águeda: (Despectiva) ¡Pregúnteselo usted a sí mismo!

Baldovino: ¿A mí?

(Se vuelve a Fabio) ¿De qué se trata?

Águeda: (A Fabio, imperiosamente) ¡Hable!

Fabio: No, ahora no…

Águeda: ¡Quiero que se lo diga usted delante de mí!

Fabio: ¡Es preciso esperar…!

Baldovino: (Rápido, sarcástico) ¿El señor marqués quizá necesita testigos?

Fabio: ¡No necesito a nadie! ¡Usted se ha metido en el bolsillo trescientas mil liras!

Baldovino: (Muy tranquilo, sonriente) ¡No: más, señor marqués! ¡Son más! ¡Son quinientas sesenta y tres mil…, espere!

(Saca del bolsillo interior la cartera, y de ella cinco cartulinas con tablas de cifras debidamente anotadas, y lee en la última la cifra total) Quinientas sesenta y tres mil setecientas noventa y ocho, con sesenta céntimos! ¡Más de medio milloncito, señor marqués! ¡Me estimaba usted en muy poco!

Fabio: ¡Sea la cifra que sea! ¡No me importa! ¡Puede usted guardársela y marcharse!

Baldovino: ¡Se enfurece usted demasiado, señor marqués! Tiene usted razón para ello, al parecer; pero precisamente por eso tenga usted en cuenta que el caso es mucho más grave de lo que usted se imagina.

Fabio: ¡Vamos! ¡Puede usted prescindir ahora de esos humos!

Baldovino: ¿Qué humos? No…

(A Águeda) Ruego a la señora que se acerque y escuche.

(Luego, como Águeda se ha acercado con ceñuda frialdad) Si quieren ustedes darse el placer de tratarme de ladrón, también podremos llegar a un acuerdo sobre eso: y conviene más bien que nos entendamos en seguida. Pero les ruego que consideren entretanto que no es justo ante todo, para mí. Miren ustedes (muestra las cartulinas, extendidas en forma de abanico): De estos papeles…, vea usted, señor marqués, resulta que están anotadas como ahorros y ganancias imprevistas de su Sociedad las quinientas y pico mil liras. Pero eso no importa: ¡se puede arreglar, señora! Yo hubiera podido metérmelas en el bolsillo con dos dedos, según ustedes (indica a Fabio, aludiendo también a sus socios), si hubiera caído en la trampa que me hicieron tender por un hombrecillo retorcido que me echaron ustedes entre los pies, ese señor Marcos Fongi, que ha estado aquí esta misma mañana… ¡Oh! (A Fabio) ¡No niego que la trampa estaba puesta con cierta habilidad!

(A Águeda) USted no entiende de estas cosas, señora; pero me habían combinado una contrapartida, según la cual debía resultar un excedente de ganancias que yo hubiera podido meterme en el bolsillo sin que nadie se hubiera dado cuenta. Sólo que ellos, que me habían preparado esa trampa, si yo hubiera caído en ella, y me hubiera guardado el dinero, me habrían cogido en seguida con las manos en la masa.

(A Fabio) ¿No es así?

Águeda: (Con desdén apenas contenido, mirando a Fabio, que no responde) ¿Eso ha hecho usted?

Baldovino: (Rápido) ¡Oh, no, señora! ¡No hay por qué tomarlo a mal! Y si usted puede hacerle con tanta fiereza esa pregunta, mire que no él, sino yo, debo sentirme en falta…, porque eso quiere decir que verdaderamente las condiciones de este hombre se han hecho intolerables. ¡Y si se han hecho intolerables las suyas, se hacen, por consiguiente, intolerables las mías!

Águeda: ¿Por qué las de usted?

Baldovino: (Le dirige una rápida mirada de profunda intensidad, y de pronto baja los ojos, turbado, como extraviado) Pues porque… si yo me hago hombre delante de usted…, yo…, yo… ya no podría – ¡ah, señora! – me ocurriría la cosa más triste que puede ocurrir: el no poder volver a levantar la vista, a sostener la mirada de los demás…

(Se pasa una mano por los ojos, por la frente, para recobrarse) No…, no… ¡Es preciso llegar rápidamente a una solución!

(Con amargura) ¡He podido pensar que hoy me daría la satisfacción de tratar a chiquillos, a esos señores consejeros, a ese Marcos Fongi, y también a usted, marqués, que se había hecho la ilusión de poder cazar a lazo, así, a uno como yo…! Pero ahora pienso que, si ha podido usted recurrir a ese medio, de denunciarme como ladrón, para vencer la reserva de ella (señala a Águeda), sin considerar siquiera que la vergüenza de verme arrojado de aquí, por ladrón, en presencia de cinco extraños, habría recaído sobre el niño recién nacido…, ¡ah, pienso que debe ser muy otro, para mí, el placer de la honradez!

(Le alarga a Fabio las cartulinas, que ha mostrado) ¡Tenga, para usted, señor marqués!

Fabio: ¿Y qué quiere usted que haga yo con eso?

Baldovino: ¡Rómpalas: son la única prueba que tengo a mi favor! El dinero está en casa, hasta el último céntimo.

(Lo mira firme a los ojos; luego, con fuerza y con dureza despectiva) ¡Pero es preciso que lo robe usted!

Fabio: (Rebelándose como si le hubiera dado una bofetada) ¿Yo?

Baldovino: Usted, usted, usted.

Fabio: ¿Está usted loco?

Baldovino: ¿Quiere usted las cosas a medias, señor marqués…? ¡Le he demostrado, sin embargo, que, queriéndome a mí honrado, tenía que resultar esto: que la mala acción la cometería usted! Robe ese dinero: pasaré yo por ladrón…, y me iré de aquí, porque, verdaderamente, aquí ya no puedo estar.

Fabio: ¡Pero eso es una locura!

Baldovino: ¡No, qué locura! Yo razono por usted y por todos. No digo que usted tenga que enviarme a galeras. No podría. Usted robará el dinero solamente por mí.

Fabio: (Temblando y saliéndole al paso) ¿Pero qué dice usted?

Baldovino: ¡No se ofenda: es una frase, señor marqués! Usted hará un magnífico papel. Cogerá por un momento el dinero de la casa, para hacer ver que lo he robado yo. Luego, en seguida, vuelve a reponerlo, para que sus socios, naturalmente, no tengan que sufrir daño por la confianza que depositaron en mí, por consideración a usted. Está claro. El ladrón seguiré siendo yo.

Águeda: (Sublevándose) ¡No! ¡No! ¡Eso, no!

(Contrapartida de los dos hombres. Y entonces, como para enmendar, sin cancelarla, la impresión de su protesta🙂 ¿Y el niño?

Baldovino: ¡Pero si es una necesidad, señora…!

Águeda: ¡Ah, no! ¡Yo no puedo, no quiero admitirla!

Criado: (Presentándose a la puerta de la derecha, al fondo, y anunciando:) Los señores Consejeros, y el señor Fongi.

Se retira.

Fabio: (Rápido, consternadísimo) ¡Aplacemos hasta mañana esta discusión!

Baldovino: (Dispuesto, fuerte, desafiando) Yo estoy decidido y dispuesto desde ahora.

Águeda: ¡Y le digo que no quiero!, ¿comprende? ¡No quiero!

Baldovino: (Con extraña resolución) ¡Pues ahora más que nunca, señora…!

Marcos Fongi: (Entrando con cuatro Consejeros) ¿Se puede…? ¿Se puede…?

  Al mismo tiempo, entran por la derecha Doña Magdalena, con el sombrero puesto, y la Comadrona, ataviada para la ceremonia del bautizo, emperifollada, llevando en los brazos al neófito en un riquísimo portenfant, cubierto con un velo azul celeste.

  Todos se agrupan alrededor con exclamaciones, felicitaciones, saludos, ad libitum, mientras Doña Magdalena levanta cautelosamente el velo para mostrar al recién nacido.

TELÓN

1917 – El placer de la honestidad
Comedia en tres actos
Introducción
Personajes, Notas per la Rapresentatión, Acto Primero

Acto Segundo
Acto Tercero

In Italiano – Il piacere dell’onestà

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