El placer de la honestidad – Acto I

In Italiano – Il piacere dell’onestà

Introducción
Personajes, Notas per la Rapresentatión, Acto Primero

Acto Segundo
Acto Tercero

El placer de la honestidad – Acto I
Alberto Lionello, Il piacere dell’onestà, 1984. Fotogramma RAI.

Personajes

Ángel Baldovino.
Águeda Renni.
Doña Magdalena, su madre.
El marqués Fabio Colli.
Mauricio Setti, su primo.
Párroco de Santa Marta.
Marcos Fongi, bolsista.
Primer Consejero.
Segundo Consejero.
Tercer Consejero.
Cuarto Consejero.
Una doncella.
Un criado.
Comadrona (no habla)

En una ciudad de la Italia central. En nuestros días.

El placer de la honestidad
Notas per la Rapresentatión

Ángel Baldovino: cuarenta años: grave; cabello leonado, descuidado; barba corta, un poco hirsuta, rojiza; mirada penetrante; habla con cierta lentitud, con gravedad. Lleva un severo traje color marrón; lleva casi siempre entre los dedos unos lentes. Su desaliño personal, su aspecto, su manera de hablar, de sonreír, denotan un hombre con la vida rota, que conserva dentro de sí, bien escondidos, tempestuosos y muy amargos recuerdos de los que ha sacado una extraña filosofía llena de ironía, y a la vez de indulgencia. Esto, especialmente en el primer acto y en parte del tercero. En el segundo, aparece, por lo menos exteriormente, transformado: sobriamente elegante; desenvuelto, pero con dignidad; señor; lleva el pelo y la barba cuidados; ya no lleva los lentes en la mano.
Águeda Renni: Veintisiete años; altiva, casi dura por el esfuerzo de resistir al hundimiento de su honestidad. Desesperada y rebelde en el primer acto; luego va fieramente recta y obediente a su suerte.

Doña Magdalena : Cincuenta y dos años; elegante, todavía hermosa, pero resignada a su edad; llena de pasión por su hija: sólo ve por sus ojos.

El marqués Fabio Colli: Cuarenta y tres años, apuesto, hombre de bien; con ese tanto de torpeza que predispone a algunos hombres a ser desgraciados en amores.

Mauricio Setti: Treinta y ocho años; elegante y desenvuelto, de palabra fácil, hombre de mundo, amante de las aventuras.

Marcos Fongi: Cincuenta años, viejo zorro, pequeño individuo, patizambo, torcido; ingenioso, sin embargo, tiene cierta espiritualidad y hasta cierto aire señorial.

El placer de la honestidad
Acto Primero

Elegante salón en casa de Renni. Puerta común al fondo. Puerta lateral a la derecha. Ventana a la izquierda.
Al levantarse el telón, la escena está vacía. Se abre la puerta del fondo, entra la doncella y da paso a Mauricio Setti.

Doncella: Siéntese. Voy a anunciarle en seguida.

Sale por la derecha.

Poco después llega por la misma puerta Doña Magdalena, turbada, llena de ansiedad.

Magdalena: Buenos días, Setti. ¿Qué…?

Mauricio: Está aquí. Ha llegado conmigo esta mañana.

Magdalena: ¿De acuerdo en todo?

Mauricio: En todo.

Magdalena: ¿Se lo ha explicado usted todo, claramente?

Mauricio: Todo, todo, no lo dude.

Magdalena: (Vacilante) Pero., claramente, ¿cómo?

Mauricio: Pues, nada: se lo he dicho… le he dicho la cosa como es.

Magdalena: (Moviendo la cabeza, amargamente) La cosa… ¡ya!

Mauricio: ¡Era preciso decirla, señora!

Magdalena: Sí, claro, pero…

Mauricio: Después, la cosa cambia, no lo dude; tiene diverso peso según la calidad de las personas, los momentos, las condiciones.

Magdalena: ¡Eso, eso es, sí!

Mauricio: ¡Y eso… esté usted segura: se lo he explicado bien!

Magdalena: ¿Cómo somos nosotros, quién es mi hija…? Y… ¿ha aceptado? ¿Sin dificultades?

Mauricio: ¡Sin dificultad: tranquilícese!

Magdalena: ¡Ah… tranquilizarme, amigo mío! ¿Cómo puedo estar tranquila? Pero, ¿cómo es? Dígame al menos cómo es.

Mauricio: Pues… un buen mozo. No quiero decir que sea un Adonis: pero un buen mozo, ya verá. Buena presencia, cierto aire de dignidad nada afectada. Y noble auténtico, de nacimiento: ¡un Baldovino!

Magdalena: Pero… sus sentimientos; le pregunto por sus sentimientos.

Mauricio: Óptimos, óptimos, créame.

Magdalena: ¿Sabe hablar? Sabe hablar… quiero decir…

Mauricio: ¡Oh, en Macerata, señora, se habla muy bien!

Magdalena: ¡Digo si sabe hablar con tacto! Comprenderá usted que, en el fondo, todo está en eso. Una palabra fuera de tono, sin esa cierta…

(Apenas toca las palabras con la voz, como si se sintiera herida al pronunciarlas) esa cierta… ¡Ay, no sé siquiera cómo expresarme…!

Saca su pañuelo de bolsillo. Está llorando. 

Mauricio: ¡Hay que hacerse el ánimo, señora!

Magdalena: …¡sería una puñalada para mi pobre Águeda!

Mauricio: No, sobre ese punto puede usted estar tranquila, señora. No pronunciará jamás una palabra que no sea absolutamente correcta. Se lo garantizo. Es muy reservado. Mesurado. Le digo que es un señor. Y comprende las cosas al vuelo. No tema por esa parte. Se lo garantizo.

Magdalena: ¡Créame, amigo Setti, yo no sé ni cómo estoy! Me siento perdida… estoy atontada… ¡Encontrarse así, de pronto, ante una necesidad semejante! Me parece una desgracia, de esas… ¿comprende?, que dejan la puerta abierta, de modo que todo extraño pueda introducirse a curiosear.

Mauricio: ¡Ah, en la vida…!

Magdalena: ¡Y esa hija, esa hija mía, con ese corazón que tiene! ¡Si la viera usted, si la oyera…! ¡Está que da pena…!

Mauricio: Me lo imagino. Crea usted, señora, que con todo el corazón me he preocupado…

Magdalena: (Interrumpiendo, estrechándole la mano) ¡Ya lo sé, ya lo sé! Y ve usted cómo le hablo: porque sé que es usted uno de la familia: más que primo, un hermano de nuestro marqués.

Mauricio: ¿Está ahí Fabio?

Magdalena: Ahí está, sí. Quizá todavía no se atreve a dejarla. Hay que vigilarla continuamente. En cuanto oyó que le anunciaban a usted, se precipitó a la ventana.

Mauricio: ¡Caramba! ¿Por mí?

Magdalena: ¡No, no por usted! Porque sabe el motivo que le ha llevado a usted a Macerata, y con quién habrá vuelto usted de allí.

Mauricio: Pues me parece que, al contrario… eso…

Magdalena: ¡No! ¡Qué dice usted! Llora, se desespera. Está que da verdadera lástima verla.

Mauricio: Pero, ¿no habíamos quedado en eso? ¿No había consentido ella misma?

Magdalena: Sí, sí… ¡Y precisamente por eso…!

Mauricio: (Consternado) ¿Ahora no quiere?

Magdalena: ¡No! ¡Cómo va a querer! ¿Cree usted que puede querer? Pero debe, debe, por fuerza: no tiene otro remedio…

Mauricio: ¡Claro, que se haga cargo…!

Magdalena: Amigo Setti, esto le costará la vida a mi hija.

Mauricio: No, señora, ya verá usted…

Magdalena: ¡Le costará la vida! ¡Si antes no hace algún disparate! Yo he sido demasiado condescendiente, lo reconozco. Me fiaba… confiaba en que Fabio sería más prudente… – ¿Usted abre los brazos? – Tiene usted razón:, es lo único que se puede hacer ya: abrir los brazos, cerrar los ojos y dejar entrar la vergüenza.

Mauricio: ¡No diga usted eso, señora! Si estamos arreglando…

Magdalena: (Cubriéndose el rostro con las manos) ¡No…, usted… no diga usted eso, por caridad! Es peor.

¡Ah, créame, Setti, es remordimiento ahora, lo que antes sólo fue debilidad mía! ¡Se lo juro!

Mauricio: Lo creo, lo creo, señora.

Magdalena: ¡Pero no puede usted comprenderlo! ¡Es usted hombre, y ni siquiera es usted padre! No puede usted comprender el dolor que es para una madre ver a su hija que va entrando en años, que empieza a perder la flor de la juventud… Acaba una por perder aquel rigor que la prudencia aconseja…; más todavía: ¡que la honestidad manda! ¡Ah, la honestidad, querido Setti, qué escarnio en ciertos momentos! Tienen que enmudecer los labios de una madre que – bien o mal – ha estado en el mundo…, ha amado… ¡cuando los ojos de su hija la miran casi implorando piedad! Para no concederle abiertamente, fingimos no darnos cuenta de nada; y esta ficción y nuestro silencio se hacen cómplices, hasta que se llega…, se llega a este extremo… Pero esperaba que Fabio fuera prudente.

Mauricio: ¡Ay…, la prudencia, señora mía…!

Magdalena: ¡Lo sé! ¡Lo sé!

Mauricio: Si él mismo hubiera podido…

Magdalena: Lo sé…, lo veo… Está como loco él también, ¡el pobre! Y si él no fuera el hombre honrado que es, ¿cree usted que todo esto hubiera ocurrido?

Mauricio: ¡Fabio es tan bueno!

Magdalena: ¡Y lo veíamos tan desgraciado, separado de aquella su mujer indigna! ¡Ya ve usted: ésa, precisamente esa razón, que debería haber impedido que se llegara a este punto, ha sido la que nos tiene así! ¿No está usted seguro – dígamelo, en conciencia – de que Fabio, si hubiera sido libre, se habría casado con mi hija?

Mauricio: ¡Ah, sin duda!

Magdalena: ¡Dígamelo, dígamelo en conciencia! ¡Por caridad!

Mauricio: ¿Pero no ve usted misma lo enamorado que está en el estado que se encuentra ahora?

Magdalena: ¿Es verdad? ¿Es verdad? ¡No puede usted imaginarse el consuelo que da una pequeña prueba, en un momento como éste!

Mauricio: ¡Pero qué dice usted, señora! ¡Qué cosas piensa! Yo tengo por usted, por su hija Águeda, el máximo respeto, la más sincera y devota consideración.

Magdalena: ¡Gracias! ¡Gracias!

Mauricio: ¡Le ruego que me crea! ¡Si no, no me hubiera interesado yo tanto!

Magdalena: Gracias, Setti. Y crea usted, cuando una mujer, una pobre joven ha esperado durante tantos años un compañero para toda la vida, y no lo encuentra, y al final ve un hombre que merecía todo el amor, y sabe que ese hombre ha sido maltratado, amargado, ofendido inicuamente por otra mujer… créame, no puede resistir el espontáneo impulso de demostrarle que no todas las mujeres son como aquélla: que hay alguna que sabe responder al amor con amor, y apreciar el tesoro que la otra ha pisoteado.

Mauricio: ¡Eso es! ¡Pisoteado! ¡Pobre Fabio! Dice usted bien, señora. No se lo merecía.

Magdalena: La razón dice: «No, tú no puedes, no debes», no sólo en el corazón de ella, sino también en el de aquel hombre, si es honrado, y en el de la madre, que mira al uno y a la otra y se consume. Se calla un poco; se escucha la razón, se ahoga el dolor…

Mauricio: …y al final viene el momento…

Magdalena: …¡viene! ¡Ah, llega insidiosamente…! Es una deliciosa noche de mayo. La mamá se asoma a la ventana. Flores y estrellas. Dentro, la angustia, la ternura más afligida. Y la mamá grita para sus adentros: «¡Por lo menos una vez, que sean para mi hija todas las flores y todas las estrellas!» Y se queda allí, en la sombra, como cómplice de un delito que toda la naturaleza que hay alrededor aconseja, y que mañana todo el mundo y nuestra conciencia condenará; pero que en aquel momento se siente la felicidad de dejar que se realice, con una extraña satisfacción incluso de nuestros sentidos, y un orgullo que desafía a la condenación, aunque sea a costa del dolor con que lo pagaremos mañana. ¡Ahí tiene usted, amigo Setti! No puedo ser justificada, pero compadecida, sí. Debería una morirse, después. Pero no se muere.

Queda la vida, que necesita, para sostenerse, de todas las cosas que en un momento hemos echado a rodar.

Mauricio: Sí, señora. Eso es. Y se necesita, ante todo, calma. Usted reconoce que hasta ahora, aquí, los tres, usted por una parte, y Fabio y su hija por otra, han concedido demasiado al sentimiento.

Magdalena: ¡Ah, demasiado, demasiado, sí, demasiado!

Mauricio: Pues bien, ahora es preciso que el sentimiento sea contenido, que se retraiga para ceder el puesto a la razón, ¿eh?

Magdalena: Sí, sí.

Mauricio: ¡Para hacer frente a una necesidad que no admite dilación! Así, pues… ¡Ah! Aquí está Fabio.

Fabio: (Entrando por la derecha, angustiado, desesperado, desvariando, a Doña Magdalena) ¡Por favor, vaya usted! ¡No la deje sola!

Magdalena: Sí, ya voy… Pero me parece que…

Fabio: ¡Vaya, por favor!

Magdalena: Sí, sí

(A Mauricio) Con permiso.

Sale por la derecha.

Mauricio: Pero ¿cómo? ¿También tú así?

Fabio: ¡No me digas nada, Mauricio, por caridad! ¿Crees haber encontrado tú el remedio? ¿Sabes lo que has hecho? Has dado colorete a un enfermo para que no esté pálido.

Mauricio: ¿Yo?

Fabio: ¡Tú, sí! ¡Le has dado apariencia de salud!

Mauricio: ¡Pero si lo has pedido tú mismo! ¡Entendámonos! ¡Yo no quiero meterme a redentor!

Fabio: ¡Yo sufro, yo sufro, Mauricio! ¡Sufro por esa pobre criatura y por mí las penas del infierno! ¡Y por causa de tu remedio, que estimo justo!, ¿comprendes? ¡Pero es un remedio externo, que puede salvar las apariencias, pero nada más!

Mauricio: ¿Ya no cuentan nada, ahora, las apariencias? ¡Estabas desesperado hace cuatro días, por las apariencias que había que salvar!

Ahora que puedes salvarlas…

Fabio: … ¡veo mi dolor! ¿No te parece natural?

Mauricio: No, amigo mío. ¡Porque así ya no las salvas! ¿Debe ser apariencia? ¡Pues es preciso que te la des! Tú no te ves. Te veo yo. Y debo sacudirte por fuerza, sacarte a flote…, darte colorete, como tú dices. Él está aquí; ha venido conmigo. Si ha de hacerse pronto…

Fabio: Sí, sí, dime, dime… ¡Pero ya es inútil! ¿Le has advertido que no le daré ni un céntimo?

Mauricio: Se lo he advertido.

Fabio: ¿Y ha aceptado?

Mauricio: ¡Si te digo que está aquí conmigo…! Únicamente con el fin de poder cumplir las obligaciones que asume contigo, pide – y me parece justo – la liquidación de su pasado. Tiene algunas deudas.

Fabio: ¿Cuántas? ¿Muchas? ¡Ah, me lo imagino!

Mauricio: No, no, pocas. ¡Caramba! ¿Querías uno que no tuviera deudas? Tiene pocas. Pero debo añadir – y nota que él mismo me recomendó que lo añadiera – que son tan pocas, no por falta de voluntad por su parte, sino por falta de crédito por parte de los demás.

Fabio: ¡Ah, muy bien!

Mauricio: ¡Honrada confesión! Comprenderás que, si todavía gozara de algún crédito…

Fabio: (Cogiéndose la cabeza entre tas manos) ¡Basta! ¡Basta, por caridad! Dime el discurso que le has pronunciado. ¿Va mal vestido? ¿Cómo es? ¿Qué pinta tiene?

Mauricio: Lo he encontrado un poco decaído, desde la última vez. Pero eso se remedia. En parte, ya lo he remediado. Es un hombre para el cual la moral tiene mucha importancia. Las malas acciones que se ve obligado a cometer…

Fabio: …¿Juega? ¿Hace trampa? ¿Roba? ¿Qué Hace?

Mauricio: Jugaba. Hace tiempo que no lo dejan jugar. Estaba de una amargura que daba pena. Estuve paseando con él toda una noche, por la avenida que bordea la muralla. ¿Has estado alguna vez en Macerata?

Fabio: Yo, no.

Mauricio: Te aseguro que fue para mí una noche fantástica, entre las miles de lucecitas de aquella avenida, junto a aquel hombre que hablaba con una sinceridad espantosa: y, como aquellas luces ante los ojos, hacía cruzar por la mente ciertos pensamientos inesperados, salidos de la más oscura profundidad del alma. Me parecía, no sé, no estar ya en la tierra, sino en una región de sueño, extraña, lúgubre, misteriosa, en la que él se movía como en su casa, donde las cosas más extrañas, más inverosímiles, podían llegar a parecer naturales y habituales.

Él lo notó… – lo nota todo—, sonrió, y me habló de Descartes.

Fabio: (Asombrado) ¿De quién?

Mauricio: De Cartesio. ¡Ah, sí, porque, verás: posee también una cultura, especialmente filosófica, formidable. Me dijo que Cartesio…

Fabio: ¡Pero qué quieres que me importe a mí ahora de Cartesio!

Mauricio: ¡Déjame hablar! ¡Verás cómo te importa! Me decía que Cartesio, escrutando en nuestra conciencia de la realidad, tuvo uno de los más terribles pensamientos que se hayan asomado jamás a la mente humana: que, si los sueños tuvieran regularidad, ¡nosotros ya no sabríamos distinguir el sueño de la realidad…! ¿No has notado nunca esa extraña turbación, cuando un sueño se repite varias veces…? Parece casi imposible dudar de que no estemos frente a una realidad. Porque todo nuestro conocimiento del mundo está suspendido de un hilo sutilísimo: la re-gu-la-ri-dad de nuestras experiencias… Nosotros, que tenemos esta regularidad, no podemos imaginar qué cosas puedan ser reales, verosímiles, para el que vive fuera de la regla, como aquel hombre… Te digo que, en un momento dado, me fue facilísimo hacerle la proposición. Me hablaba de ciertos proyectos suyos, que a él le parecían posibles, y a mí tan extraños e irrealizables, que mi propuesta…, ¿comprendes…?, de repente se hizo de una facilidad que no puedes imaginarte siquiera; tan razonable, que cualquiera hubiera podido aceptarla. ¡Y me quedé asombrado! Porque no fui yo el primero en decirle aquella condición del dinero; fue él, rápido, el que protestó, resentido, que «¡de dinero, ni hablar!», no quería ni oír hablar de eso. Pero ¿sabes por qué?

Fabio: ¿Por qué?

Mauricio: Porque es mucho más fácil – sostiene él – ser un héroe que una buena persona. Héroe se puede ser de vez en cuando; buena persona se debe ser siempre. Y no es fácil.

Fabio: ¡Ah!

(Inquieto, hosco, se pone a pasear por la estancia) Al parecer, es, pues, un hombre de ingenio, ¿no?

Mauricio: ¡Ah, de mucho, de mucho ingenio!

Fabio: ¡Pues lo ha utilizado muy mal…, según parece!

Mauricio: ¡Malísimamente, malísimamente! Desde muchacho. Fuimos compañeros de colegio, te lo he dicho. Con su ingenio podía llegar a donde quisiera. Estudió siempre lo que le gustaba, lo que menos podía servirle. Y dice que la educación es la enemiga de la sabiduría; porque la educación hace necesarias muchas cosas, de las cuales habría que prescindir para ser sabio. Fue educado como un gran señor: gustos, costumbres, ambiciones, y hasta vicios. Luego… los azares de la vida…, la bancarrota de su padre, y…, ¡no es extraño…!

Fabio: (Volviendo a pasearse por la estancia) ¿Y…, además, un buen mozo, has dicho?

Mauricio: Sí, de buena presencia. ¿Por qué? (Ríe) Nada, nada, veo que empiezas a temer que haya elegido demasiado bien.

Fabio: ¡Vamos, haz el favor! ¡Veo…, veo algo superfluo, eso es todo! Ingenio, cultura…

Mauricio: …¡filosófica! No me parece que sea superflua en este caso.

Fabio: ¡Mauricio, por favor, déjate de bromas! ¡Yo estoy en ascuas! Hubiera querido, por lo menos…, un hombre modesto, bueno…

Mauricio: …¿que se descubriera en seguida? ¿Que no tuviera la apariencia conveniente? ¡Perdona, pero… era necesario tener también en cuenta la casa donde iba a entrar…! Un hombre mediocre, de edad avanzada, hubiera hecho sospechar… Era necesario un hombre de mérito, que inspirara respeto y consideración…, de manera, en fin, que mañana la gente pueda explicarse la razón por la que la señorita Renni ha podido aceptarlo… Y yo estoy seguro de que…

Fabio: …¿qué?

Mauricio: ...de que lo aceptará; y no sólo eso, sino que, además, me dará las gracias un poco mejor de como me las das tú, ¿sabes?

Fabio: ¡Sí! Te dará las gracias… ¡Si la oyeras…! ¿Le has dicho que es cosa urgente?

Mauricio: ¡Naturalmente! Verás cómo él sabrá llegar en seguida a tener confianza…

Fabio: …¿es decir..?

Mauricio: …¡hombre, la que queráis darle!

Doncella: (Acudiendo por la puerta de la derecha) Señor marqués, la señora le ruega que vaya un momento.

Fabio: ¡Pero si ahora no puedo! Tengo que ir con mi primo… (A Mauricio) Tengo que verlo…, hablarle.

(A la Doncella) ¡Diga a la señora que me disculpe: ahora no puedo!

Doncella: Sí, señor.

Sale.

Mauricio: Está aquí, a dos pasos: en el hotel más próximo. Pero ¿así?

Fabio: ¡Yo me vuelvo loco…, me vuelvo loco! Entre ella allí, llorando, y tú aquí, que me dices…

Mauricio: ¡Hasta ahora no hay firmado ningún compromiso! Y, si tú no quieres…

Fabio: ¡Te digo que quiero verlo, hablarle…!

Mauricio: ¡Pues vamos allá! ¡Es aquí, al lado!

Magdalena: (Llega agitada) ¡Fabio! ¡Fabio! ¡Venga, venga usted, por caridad! ¡No me deje sola en este momento!

Fabio: ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Magdalena: ¡Es una crisis terrible! ¡Venga, se lo suplico!

Fabio: Pero si tengo que…

Mauricio: ¡No, hombre, no: anda ahora…!

Magdalena: ¡Sí, por caridad, Fabio!

Mauricio: ¿Quieres que lo traiga aquí? Sin compromiso. Le hablarás aquí. Quizá sea mejor, incluso por la señorita…

Fabio: Sí, sí, anda. ¡Ah, pero sin compromiso!, ¿eh? ¡Que hable antes conmigo!

Sale por la derecha.

Mauricio: (Gritándole de lejos) ¡Claro que sí! En dos minutos estoy de vuelta.

Sale por la común. 

Magdalena: (Detrás de él) ¿Con él? ¿Aquí?

Se dirige a la puerta de la derecha, pero llegan Águeda y Fabio. 

Águeda: (Despeinada, enloquecida, liberándose de Fabio) ¡Déjame! ¡No, déjame! ¡Déjame marchar! Fuera…, fuera…

Magdalena: ¿Pero adónde quieres ir, hija mía?

Águeda: ¡No lo sé! ¡Fuera!

Fabio: ¡Águeda! ¡Águeda! ¡Por candad!

Magdalena: ¡Es una locura!

Águeda: ¡Dejadme! ¡Volverme loca, o morirme! ¡No hay salvación para mí! ¡No puedo más!

Cae sentada. 

Magdalena: ¡Pero espera, al menos, a que Fabio lo vea, le hable, que lo veas tú también!

Águeda: ¡No! ¿Yo? ¡No! ¿Pero no comprendéis que me da horror? ¿No comprendéis que es monstruoso lo que queréis hacer conmigo?

Magdalena: ¡Cómo! Pero si tú misma, hija mía…

Águeda: ¡No! ¡No quiero! ¡No quiero!

Fabio: (Desesperado, resueltamente) ¡Bueno, pues, no! ¡Si tú no quieres, no! ¡Yo tampoco quiero! ¡Es monstruoso, sí! ¡Y me da horror a mí también! Pero, por lo menos, ¿tienes valor para hacer frente conmigo a la situación?

Magdalena: ¡Por caridad!, ¿qué dice usted, Fabio? ¡Usted es hombre y puede reírse del escándalo! ¡Nosotras somos dos pobres mujeres solas, y la vergüenza caería sobre nosotras! ¡Se trata de elegir el menor entre dos males: entre la vergüenza ante todo el mundo…

Águeda: (Rápida) …y la vergüenza ante uno solo, ¿verdad?, ¡que me la pasaría yo sola! ¡Y tendría que estarme yo con ese hombre, verlo delante de mí, ese hombre que debe ser vil, vil, cuando se presta a esto!

(Se levanta rápida y se dirige, contenida por los otros, hacia la puerta del fondo) ¡No, no, no quiero! ¡No quiero verlo! ¡Dejadme marchar! ¡Dejadme marchar!

Magdalena: Pero ¿adónde? ¿Qué quieres hacer…? ¿Afrontar el escándalo? Si es eso lo que quieres…, yo…, yo…

Águeda: (Abrazándola y rompiendo a sollozar, desesperadamente) ¡No, por ti, mamá, por ti…!

Magdalena: ¿Por mí? ¡No! ¿Qué dices?, ¡por mí! ¡No pienses en mí, hija mía! ¡No tenemos que evitarnos dolor, ahora, la una a la otra! ¡Ni escapar! Debemos estar aquí, sufrir los tres juntos, tratar de repartirnos la amargura, porque el mal lo hemos hecho los tres!

Águeda: ¡Tú, no…, tú, no, mamá!

Magdalena: ¡Yo, más que tú, hija mía! ¡Y te juro que mucho más que tú!

Águeda: ¡No, mamá! ¡Porque yo sufro también por ti!

Magdalena: ¡Y yo sólo por ti; y por eso, más! ¡Yo no comparto mi amargura, porque estoy toda en ti, hija mía! Espera…, espera…, se trata de ver…

Águeda: ¡Es horrible! ¡Es horrible!

Magdalena: ¡Lo sé! ¡Pero vamos a ver, antes!

Águeda: ¡No puedo, no puedo, mamá!

Magdalena: ¡Pero si estamos aquí nosotros contigo…! ¡No hay engaño…! ¡No ocultamos nada! ¡Nos quedamos aquí, Fabio y yo, a tu lado!

Águeda: ¿Pero no te lo imaginas, Fabio? ¡Estará siempre aquí, entre nosotros, uno que sabe lo que le ocultamos a todo el mundo!

Fabio: ¡Pero él también tendrá interés en ocultarlo… por él mismo, e incluso a sí mismo…, y se atendrá a lo pactado! ¡Y si no se atiene, mejor para nosotros…! Apenas insinúe que no quiere atenerse, encontraré yo el medio de hacer que se marche. ¡Tanto más que entonces ya no nos importará nada de él!

Magdalena: ¡Compréndelo! ¡Claro! ¿Por qué para siempre? Puede ser para poco tiempo.

Fabio: ¡Para poco tiempo! ¡Para poco tiempo! ¡Y de nosotros depende también que sea para poco tiempo!

Águeda: ¡No, no! ¡Lo tendremos siempre delante!

Magdalena: Pero si todavía no lo conocemos siquiera. Setti ha asegurado precisamente…

Fabio: ¡Ya habrá manera, ya habrá manera…!

Magdalena: Es muy inteligente, y…

(Llaman a la puerta del fondo. Pausa de susto) ¡Ah, ya está ahí… será él…!

Águeda: (Se levanta rápida y se agarra a su madre) ¡Vámonos, vámonos, mamá! ¡Dios mío!

Se lleva a su madre hacia la puerta de la derecha. 

Magdalena: Sí, sí, él le hablará. Vámonos nosotras…

Fabio: ¡Tranquilízate!

(Magdalena y Águeda salen por la derecha) Adelante.

Doncella: (Abriendo la puerta del fondo y anunciando) El señor Setti, con un señor.

Fabio: Que pasen.

Sale la Doncella.

Mauricio: (Entrando) ¡Hola, Fabio…! Te presento a mi amigo, Ángel Baldovino. (Fabio se inclina)

(A Baldovino) Mi primo, el marqués de Setti. (Baldovino se inclina)

Fabio: Siéntese, por favor.

Mauricio: Vosotros tenéis que hablar. Os dejo.

(A Baldovino, estrechándole la mano) Nos veremos después en el hotel, ¿eh? Adiós, Fabio.

Fabio: Adiós.

Mauricio sale por la común. 

Baldovino: (Sentado, se coloca los lentes en la punta de la nariz, y, reclinando la cabeza hacia atrás:) Ante todo, deseo pedirle un favor.

Fabio: Usted dirá.

Baldovino: Que me hable usted abiertamente, señor marqués.

Fabio: ¡Ah, sí, sí…! ¡Precisamente ése es mi deseo!

Baldovino: Gracias. Pero es posible que usted no entienda la expresión «abiertamente» como la entiendo yo.

Fabio: No sé… abiertamente… con toda franqueza…

(Y como Baldovino, con un dedo, dice que no) ¿Pues, cómo, entonces?

Baldovino: No basta. Verá usted, señor marqués: inevitablemente, nos construimos. Me explicaré. Yo entro aquí, y me transformo inmediatamente, frente a usted, en el que debo ser, en el que puedo ser – me construyo—; es decir, me presento ante usted en una forma adaptada a la relación que voy a tener con usted. Y lo mismo hace usted conmigo, al recibirme. Pero, en el fondo, dentro de estas construcciones nuestras puestas así, una frente a otra, detrás de las celosías y de las imposiciones, quedan perfectamente ocultos nuestros más secretos pensamientos, nuestros sentimientos más íntimos, todo lo que somos por nosotros mismos, fuera de las relaciones que queremos establecer. ¿Me he explicado?

Fabio: ¡Sí, sí, muy bien…! ¡Ah, muy bien! Mi primo me ha dicho que es usted muy inteligente.

Baldovino: Y usted ha creído que yo quería darle una muestra de mi inteligencia.

Fabio: No, no… lo decía, porque… apruebo, apruebo eso que usted ha sabido decir tan bien.

Baldovino: Entonces, si usted me lo permite, empezaré yo a hablar abiertamente. Hace tiempo, señor marqués, que siento en mi interior una indecible repugnancia por las abyectas construcciones que tengo que hacerme, en las relaciones que me veo obligado a contraer con mis… diré: mis semejantes, si usted no se ofende.

Fabio: No, no… diga usted, diga…

Baldovino: Yo me veo, me veo continuamente, señor marqués; y me digo: «¡pero qué vil, qué indigno es esto que estás haciendo ahora!»

Fabio: (Desconcertado, en un apuro) ¡Oh, no…! ¿por qué…?

Baldovino: Porque sí, dispense. Usted, a lo sumo, podría preguntarme que, entonces, por qué lo hago. Pues porque… en gran parte por culpa mía, y en gran parte también por culpa de los demás, y ahora, por necesidad, no puedo hacer otra cosa. Querer ser de una manera o de otra, señor marqués, no es nada difícil. Todo está, luego, en poder ser como queremos. ¡No estamos solos! ¡Estamos nosotros y la bestia! La bestia que nos lleva. Por muchos palos que le dé usted, no entra nunca en razón. Vaya usted a convencer a un asno para que no vaya por el borde de un precipicio: se lleva vergajazos, correazos, estirones; pero va por allí, porque no puede menos. Y después de haberlo apaleado, maltratado de lo lindo, mírelo usted un poco a los ojos transidos. Dígame: ¿no siente usted piedad? ¡Digo piedad, no disculpa! La inteligencia que disculpa a la bestia, se embrutece ella también. ¡Pero tener piedad es otra cosa! ¿No le parece?

Fabio: ¡Ah, sí, sí…! claro… Pero, volvamos a nosotros.

Baldovino: Si hablo de nosotros, señor marqués. Le he dicho esto, para hacerle comprender que, teniendo el sentimiento de lo que hago, tengo también cierta dignidad que me importa mucho salvar. No hay otra manera de salvarla que hablando abiertamente. Fingir sería horrible, además de sucio, vulgarísimo. ¡La verdad!

Fabio: Eso es… sí… claramente… Procuraremos entendernos…

Baldovino: Pues entonces, si me lo permite, le preguntaré.

Fabio: ¿Qué dice?

Baldovino: Le haré algunas preguntas, si me lo permite.

Fabio: ¡Ah, sí, sí, pregunte usted!

Baldovino: Vamos allá.

(Saca del bolsillo un cuadernito) Tengo aquí los extremos de la situación. Debiendo hacer una cosa seria, es mejor para usted, y mejor para mí.

(Abre el cuadernito y lo hojea, entretanto, empieza a preguntarle con el aspecto de un juez indulgente) ¿Usted, señor marqués, es el amante de la señorita…?

Fabio: (Tratando de cortar rápidamente esa pregunta, y la búsqueda en el cuadernito) ¡Ah, no! ¡Perdone, pero así…!

Baldovino: (Tranquilo, sonriente) ¿Ve usted? ¡A la primera pregunta…!

Fabio: ¡Naturalmente! Porque…

Baldovino: (Rápido, severo) ¿No es verdad? ¿Dice, usted que no es verdad? En ese caso (se levanta) ,usted perdonará, señor marqués. Le he dicho que tengo mi dignidad. No podría prestarme a una triste y humillante comedia.

Fabio: ¡Cómo! Yo creo que, al contrario, precisamente en la forma que usted quiere…

Baldovino: Se equivoca usted. Mi dignidad – la que puedo tener – sólo puedo salvarla con la condición de que usted hable conmigo como con su propia conciencia. O es así, señor marqués, o no hacemos nada. No me presto a ficciones indecorosas. La verdad. ¿Quiere usted contestarme?

Fabio: Pues bien… sí… Pero no busque usted en ese cuadernito, por caridad. ¿Se refiere usted a la señorita Águeda Renni?

Baldovino: (No transige, sigue buscando; encuentra, y repite:) Águeda Renni, precisamente. ¿Veintisiete años?

Fabio: Veintiséis.

Baldovino: (Mira el cuadernito) Cumplidos el nueve del mes pasado: por consiguiente, está en los veintisiete. Y… (mira nuevamente el cuaderno) ¿hay también una mamá?

Fabio: ¡Perdone, pero…!

Baldovino: Es escrúpulo, créame, solamente escrúpulo por mi parte; una garantía para usted. Me encontrará usted siempre así de preciso, señor marqués.

Fabio: Pues bien, sí, está la madre…

Baldovino: ¿Cuántos años, por favor?

Fabio: Pues… no sé… tendrá cincuenta y uno… cincuenta y dos…

Baldovino: ¿Solamente? Es que… le digo francamente… sería mejor que no existiera. La madre es una construcción irreductible. Pero ya sabía que había que contar con ella. Conque, seamos espléndidos… digamos: cincuenta y tres. Usted, señor marqués, tendrá poco más o menos mi edad… Yo estoy deteriorado: aparento más edad de la que tengo. He cumplido cuarenta y uno.

Fabio: Entonces, soy más viejo que usted. Cuarenta y tres.

Baldovino: Pues lo felicito: está usted muy bien conservado. Quizá yo también, reponiéndome un poco… ¿sabe? Así es que cuarenta y tres. Ahora, usted me perdonará, tengo que tocar otra tecla muy delicada.

Fabio: ¿Mi esposa?

Baldovino: Está usted separado. Por culpa… ya sé que usted es un perfecto caballero, incapaz de hacer daño, destinado a que se lo hagan a usted. Por culpa, pues, de su esposa. Y ha encontrado usted un consuelo. Pero la vida – implacable usurera – se cobra el bien que nos presta con cientos de contrariedades y disgustos.

Fabio: ¡Ya lo creo!

Baldovino: ¡Y tiene usted que enterarse! ¡Es preciso que usted pague su consuelo, señor marqués! Tiene usted delante la sombra de una letra que vence, sin dilación. Vengo yo a poner una firma de aval, y a comprometerme a pagar su letra de cambio. No puede usted imaginarse, señor marqués, el placer que siento con esta venganza que puedo tomarme contra la sociedad, que le niega todo crédito a mi firma. Imponer esta firma mía; decir: «Aquí tenemos a uno que ha tomado de la vida lo que no debía, y ahora pago yo por él, porque, si yo no pagara, fallaría aquí una honestidad, el honor de una familia daría en quiebra.» Señor marqués, es para mí una gran satisfacción: un desquite. rea usted que no lo hago por otra cosa. ¿Usted lo duda? ¡Está usted en su derecho!; porque yo soy… ¿me permite un parangón?

Fabio: Sí, sí, diga, diga.

Baldovino: (Siguiendo) …como uno que llega a poner en circulación oro contante y sonante, en un país que sólo conoce el papel moneda. Se desconfía del oro. Es natural. Usted siente la tentación de rechazarlo, ¿no? Pero es oro, puede usted estar seguro, señor marqués. No he podido despilfarrarlo, porque lo tengo en el alma, y no en los bolsillos. ¡Si no…!

Fabio: ¡Eso es, muy bien! ¡Muy bien! Yo no busco otra cosa, señor Baldovino. ¡La honradez! ¡La bondad, de sentimientos!

Baldovino: Tengo también el recuerdo de mi familia… Ha podido costarme sacrificios de amor propio, amarguras sin fin, repugnancia, asco… ser honrado. ¿Qué quiere que me cueste la honradez? Usted me invita…, sí, digo, a una doble boda: me caso fingidamente con una mujer; pero en serio me caso con la honradez.

Fabio: ¡Eso es, sí… basta! ¡Eso me basta!

Baldovino: ¿Basta? ¿Cree usted que basta? Perdone, señor marqués, pero ¿y las consecuencias?

Fabio: ¿Cómo? No comprendo.

Baldovino: ¡Ah!, veo que usted… sin duda porque sufre delante de mí y tiene que violentarse mucho para resistir esta situación penosa, con tal de salir de ella, trata la cosa con mucha ligereza.

Fabio: ¡No, no, al contrario! ¿Cómo, con ligereza?

Baldovino: Dígame, señor marqués: mi honradez, ¿es indispensable, o no lo es?

Fabio: ¡Claro que lo es! ¡Es la única condición que le pongo!

Baldovino: Muy bien. En mis sentimientos, en mi voluntad, en todos mis actos. La tengo. La siento. La quiero. La demostraré. ¿Y qué más?

Fabio: ¡Le he dicho que me basta eso!

Baldovino: ¡Pero… las consecuencias, señor marqués, perdone…! Mire usted: la honradez, tal como usted la quiere en mí, ¿qué es? Piénselo un poco. Nada. Una abstracción. Una pura forma. Digamos: lo absoluto. Ahora bien: si yo debo ser tan honrado, será preciso que viva esa abstracción; que le dé cuerpo a esa forma; que yo sienta esa honradez abstracta y absoluta. ¿Y cuáles serán entonces las consecuencias? La primera de todas, ésta: que yo tendré que ser un tirano.

Fabio: ¿Un tirano?

Baldovino: ¡Por fuerza! ¡Aunque no quiera! ¡En lo referente a la pura forma, entendámonos! – El resto no me pertenece -. Pero por la pura forma, honrado como usted me quiere y como yo me quiero… necesariamente tendré que ser un tirano, se lo advierto. Querré respetar escrupulosamente todas las apariencias, lo cual necesariamente impondrá gravísimos sacrificios a usted, a la señorita, a la mamá; una angustiosísima limitación de libertad, el respeto a todas las formas abstractas de la vida social. Y… hablemos claro señor marqués, para hacerle ver también que estoy animado por el más firme propósito… ¿sabe usted lo que resultará, en seguida, de todo esto; lo que se impondrá entre nosotros y saltará a la vista de todo el mundo? ¡Que, tratando conmigo – no se hagan ilusiones – siendo honrado, como lo seré yo, las malas acciones las cometerán ustedes, no yo! Yo no veo más que una sola cosa: la posibilidad de ser honrado.

Fabio: Pues… caballero… comprenderá usted… usted mismo lo ha dicho… no… no me encuentro en condiciones de seguir bien lo que dice… en este momento… Usted habla maravillosamente, pero ¡toquemos tierra, por favor!

Baldovino: ¿Yo? ¿Tierra? ¡No puedo!

Fabio: ¿Cómo, no puede? ¿Qué quiere decir?

Baldovino: ¡No puedo, por la condición misma en que usted me pone, señor marqués! Yo tengo que vagar forzosamente por lo abstracto. ¡Ay, si tocara tierra! La realidad no es para mí: se la reserva usted. Tóquela usted. Hable; yo le escucharé. Seré la inteligencia que no disculpa, pero compadece…

Fabio: (Rápido, señalándose a sí mismo) ¿a la bestia?

Baldovino: Perdone: ¡es una consecuencia!

Fabio: ¡Sí, claro! ¡Tiene usted razón! ¡Es así, en efecto! Por lo tanto, si hablo yo, habla la bestia: tocando tierra, ¿sabe? Usted escuche y compadezca. Se trata de entendernos…

Baldovino: ¿Dice usted: de entenderse conmigo?

Fabio: ¡Con usted, claro! ¿Con quién, si no?

Baldovino: ¡No, señor marqués! ¡Es preciso que se entienda usted consigo mismo! Yo, por mí, lo he entendido ya todo perfectamente. He hablado tanto… no suelo hablar mucho yo, ¿sabe…? He hablado porque quisiera que usted se hiciera capaz de todo, bien.

Fabio: ¿Yo?

Baldovino: Usted, usted. Por mí, yo ya lo estoy. Es facilísimo. ¿Qué tengo que hacer yo? Nada. Represento la forma. La acción – nada bonita – la comete usted: la ha cometido ya, y yo se la reparo; seguirá cometiéndola, y yo se la encubriré. Pero, para esconderla bien, en su propio interés, y sobre todo en interés de la señorita, es preciso que usted me respete; ¡y no le será fácil, en el papel que quiere usted reservarse! Respete, digo, no propiamente a mí, sino a la forma, la forma que yo represento: el honrado marido de una señora decente. ¿No quiere usted respetarla?

Fabio: ¡Sí, sí, claro!

Baldovino: ¿Y no comprende que esa forma será tanto más rigurosa y tirana cuanto más pura quiera usted que sea mi honradez? Por eso le decía que tuviera usted cuidado con las consecuencias. No por mí; ¡por usted! Yo, mire: tengo buenos lentes para mi filosofía. Y para salvar, en estas condiciones, mi dignidad, me bastará ver en la mujer que nominalmente será la mía… a una madre.

Fabio: ¡Eso es! ¡Muy bien!

Baldovino: Y concebir mis relaciones con ella a través de la criaturita que ha de venir… esto es: a través del oficio que me tocará adoptar: cándido, nobilísimo oficio, todo impregnado de la inocencia del niño o de la niña que nazca. ¿Va bien así?

Fabio: ¡Muy bien, sí, sí, muy bien!

Baldovino: ¡Muy bien para mí, fíjese, no para usted! ¡Cuanto más aprueba usted, señor marqués, más directo va usted a un mundo de dificultades!

Fabio: ¿Cómo… por qué…? ¡Yo no veo todas esas dificultades que usted ve!

Baldovino: Me creo en la obligación de hacérselas ver, señor marqués. Usted es un caballero. La necesidad, las circunstancias, le obligan a usted a no obrar honradamente. ¡Pero usted no puede prescindir de la honradez! Tanto es así que, no pudiendo encontrarla en lo que hace, la quiere usted en mí. Debo representar yo su honradez: es decir, ser el honrado marido de una mujer que no puede ser su esposa; el honrado padre de una criatura que va a nacer y no puede ser su hijo. ¿Es esto cierto?

Fabio: Sí, sí, es cierto.

Baldovino: Pero si la mujer es suya, y no mía; si el hijo es suyo, y no mío, ¿no comprende usted que no bastará que sea honrado yo solamente? ¡Tendrá que ser honrado usted también, señor marqués, ante mí! ¡Por fuerza! Honrado yo, honrados todos. ¡Por fuerza!

Fabio: ¿Cómo, cómo? ¡No comprendo! Espere…

Baldovino: Usted nota que le falta terreno donde pisar.

Fabio: No, no, digo… que si hay que cambiar las condiciones…

Baldovino: ¡Por fuerza! ¡Las cambia usted! ¡Estas apariencias que hay que guardar, no son sólo para los demás, señor marqués! ¡Habrá aquí una también para usted: una que usted mismo ha querido, y a la que yo debo dar cuerpo; su honradez.  ¿Ha pensado usted en eso? ¡Mire que no es fácil!

Fabio: ¡Pero si usted sabe…!

Baldovino: ¡Precisamente porque sé! Hablo contra mis intereses, pero no puedo menos. ¡Le aconsejo que lo piense bien, señor marqués!

Pausa.

Fabio se levanta y se pone a pasearse agitado, consternado. Se levanta también Baldovino y espera.

Fabio: (Paseando) Cierto que… comprenderá si yo…

Baldovino: Claro que sí. No estaría mal que usted reflexionara un poco sobre cuanto le he dicho, y que se lo diga… si lo cree oportuno… también a la señorita.

(Mira apenas hacia la puerta de la derecha) Quizá no sea necesario, porque…

Fabio: (Volviéndose rápido, con ira) ¿Qué cree usted?

Baldovino: (Muy tranquilo, triste) ¡Oh… en el fondo, sería naturalísimo! Yo me retiro. Me comunicará, o me hará comunicar, en el hotel, su decisión.

(Inicia el mutis. Se vuelve) Entretanto, señor marqués, pueden ustedes contar con mi entera discreción.

Fabio: Con ella cuento.

Baldovino: (Lento, grave) Llevo sobre mí el peso de otras muchas culpas; y aquí, para mí, no se trata de una culpa, sino de una desventura. Cualquiera que sea su decisión, sepa que le quedaré siempre muy agradecido – en secreto – a mi antiguo compañero de colegio, por haberme considerado digno de acercarme honradamente a esta desventura.

(Se inclina). Señor Marqués…

TELÓN

1917 – El placer de la henestidad
Comedia en tres actos
Introducción
Personajes, Notas per la Rapresentatión, Acto Primero

Acto Segundo
Acto Tercero

In Italiano – Il piacere dell’onestà

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