El injerto – Acto III

In Italiano – L’innesto

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Acto Tercero

El injerto - Acto III
Compagnia Teatrale “Volti dal Kaos”, L’innesto, 2016. Immagine dal Web.

El injerto
Acto Tercero

Una habitación de la villa. Puerta en el fondo. Puerta lateral a la derecha. Una ventana a la izquierda. Es inmediatamente después del segundo acto.

Escena I
El doctor Romeri, la Señora Francesca. 

Al levantarse el telón, el doctor Romeri está en pie junto a la puerta de la derecha, esperando. Poco después entra la Señora Francesca.

Francesca: ¡No quiere! ¡Dice que no quiere… de ningún modo, doctor!

Romeri: ¿No sabe que su marido lo desea?

Francesca: Se lo he dicho. Todavía se ha irritado más.

Romeri: Pero ¿por qué?

Francesca: Se ha irritado también conmigo esta mañana, cuando le he dicho por teléfono que le traería a usted aquí.

Romeri: ¡Es curioso…!

Francesca: Dice que no hay necesidad.

Romeri: (Con alegre sorpresa, como aligerado de un gran peso) ¡Ah! ¿No hay necesidad?

Francesca: Y al parecer se lo ha dicho también a Giorgio…

Romeri: ¡Mejor que mejor, entonces! ¡Digámoselo en seguida a su yerno, que está preocupado!

Hace ademán de salir.

Francesca: Espere, doctor. ¿Giorgio está preocupado? ¿Por qué?

Romeri: Pues… ya lo comprende usted, Señora…

Francesca: ¡Ah…! Si es por esto, mucho me temo que no puedan caber dudas…

Romeri: (Aturdido, sin reflexionar) ¿Ah, sí? ¿Y cómo?

Francesca: Sí, doctor…

Romeri: ¿Entonces…?

Francesca: Así, pues, ¿Giorgio ha llegado a sospechar que…?

Romeri: Dios mío, sí, Señora.

Francesca: Pero ¿por qué?

Romeri: Porque… Porque también usted puede llegar a sospecharlo… Y yo también… Y todos…

Francesca: ¡Oh, no! No se puede saber con seguridad.

Romeri: ¡Basta la duda, Señora!

Francesca: ¿Y si mi hija no la tuviese?

Romeri: ¡Diga que quisiera no tenerla!

Francesca: Precisamente. ¡No quiere…, no quiere tenerla!

Romeri: ¡Ah, si se tratase solamente de querer o no querer…!

Francesca: ¿Entonces, también usted cree, doctor…?

Romeri: No importa lo que yo crea. Su hija debería inspirar a su marido esta misma certidumbre. Parece que no lo ha conseguido. El solo hecho de haberle ocultado hasta ahora su estado, demuestra…, me parece a mí…, que también a ella le ha asaltado esta sospecha.

Francesca: ¡No! ¡No le ha ocultado nada! La duda sobre su estado data solamente de esta misma mañana.

Romeri: ¿Y por qué se opone, entonces, de esta manera, al deseo de su marido?

Francesca: ¡Pues porque para ella se trata de algo muy natural!

Romeri: ¿Y quisiera que le pareciese natural a él también?

Francesca: Eso es; exactamente.

Romeri: Temo, Señora, que su hija pretenda demasiado.

Francesca: ¡Oh, no, no pretende demasiado…! Es que no puede admitir…

Romeri: No quisiera admitir; lo comprendo.

Francesca: ¿Y no le parece natural que no quiera? ¡Le repugna admitirlo!

Romeri: Comprendo. Pero comprenda usted también, Señora, que, de la misma manera, al marido le repugna la duda, incluso la más remota. Tanto más cuanto que, usted lo sabe, esta duda cobra valor por el hecho de que en siete años de matrimonio no han tenido hijos.

Francesca: Sí, es verdad… ¡Dios mío! ¡Dios mío…!

Romeri: Convendría que usted intentase hacérselo comprender a su hija…

Francesca: ¿Yo?

Romeri: Su yerno me ha dicho ya, abajo, explícitamente, que sobre este punto no podría transigir de ninguna manera.

Francesca: Pero ¿y usted, doctor?

Romeri: Yo… ¿Sabe usted, Señora, que he sido médico militar y que dimití?

Francesca: Sí, lo sé.

Romeri: ¿Sabe por qué dimití?

Francesca: No.

Romeri: Porque en nuestra profesión hay ciertos deberes a los cuales no corresponden iguales derechos.

Francesca: ¿Y qué pretende usted decir con esto, doctor?

Romeri: Pretendo decir, Señora, que me encontré una vez…, y me bastó…, ante un caso que me hizo comprender que cumplir con mi deber era verdaderamente monstruoso.

Francesca: Sí, sería monstruoso, en efecto…

Romeri: No, Señora, usted no comprende en qué sentido lo digo. Es precisamente lo contrario. Un soldado, en el cuartel, hace ya muchos años…, en un acceso de furor, disparó contra un superior y después volvió el arma contra sí mismo para matarse también. Quedó mortalmente herido. Pues bien, Señora: ante un caso como éste, nadie piensa en el médico, cuya obligación es curar, salvar, si puede, al herido; como si el médico fuese únicamente un instrumento de la ciencia y nada más; como si el médico no tuviese además una conciencia propia para juzgar, como hombre, si (por ejemplo) contra el deber que le es impuesto de salvar, no tiene también el derecho de no hacerlo, o el derecho, por lo menos, de disponer después de aquella vida que ha devuelto a un hombre que había intentado quitársela para castigarse con el mayor de los castigos: ¡la muerte! ¡No, Señora! ¡El médico tiene el deber ineludible de salvar a aquel hombre contra su voluntad patente, manifiesta! ¿Y después? ¿Cuando le ha restituido la vida? ¿Para qué se la ha restituido? Para hacerle matar en frío, por quien me ha impuesto a mí un deber que me resulta infame, negándome todo derecho de conciencia sobre mi propia obra. Le explico esto, Señora, para decirle que he reconocido siempre, y quiero reconocer, en los casos de mi profesión, frente a los deberes que me son impuestos, los derechos que mi conciencia reclama.

Francesca: ¿Entonces, usted se prestaría…?

Romeri: Sí, Señora, sin la más mínima vacilación. Siempre que…, se entiende…, siempre que la Señora consintiese.

Escena II
Dichos y Giorgio.

Giorgio ha aparecido durante las últimas frases del diálogo anterior y ha estado escuchando.

Giorgio: (Avanzando hacia ellos) ¿En qué había de consentir?

Francesca: ¡No, no! ¡No lo sabemos todavía, Giorgio!

Giorgio: Entonces, ¿es seguro?

Romeri: Parece que sí.

Giorgio: ¡Cómo! ¿Y ella…? (Alude a Laura)

Romeri: No la he visto todavía.

Francesca: (Para calmarle, casi suplicante) Quizá Laura cree que…

Giorgio: (Rápido, interrumpiéndola) ¿Cree? ¿Qué cree? Si está segura, ¿cómo puede vacilar todavía…? ¡Yo lo exijo!

Romeri: (Encogiéndose de hombros, contrariado, casi desdeñoso) ¡No, por Dios!

Giorgio: (Con fuerza, duramente) ¡Lo exijo! ¡Lo exijo!

Romeri: (Netamente, con cierta altivez) ¡Usted no puede exigirlo de esta forma!

Giorgio: ¿Cómo que no? ¿Puedo admitir que Laura vacile?

Romeri: Pero tiene que decirlo ella espontáneamente. De otra manera, ni me prestaría yo, ni se prestaría nadie.

Giorgio: Lo que me asombra es que ella no lo haya pedido ya, que no lo pida en seguida…

Francesca: ¡No creas que, para una mujer, es eso algo sin importancia, Giorgio! ¡A ti te basta exigirlo!

Giorgio: ¡Cómo! ¡Me parece que, incluso por sí misma, debería pedirlo a cualquier precio! ¡A ella no tendría que importarle nada eso, frente al horror de un hecho semejante! ¡Cómo! ¿Cree acaso que yo podría admitirlo, volver a ceder, cerrar los ojos, aceptarlo? ¡Por Dios! Pero ¿dónde está? ¿Dónde está?

Se dirige, gesticulando, hacia la habitación de Laura.

Francesca: (Tratando de impedírselo) ¡No, por caridad, Giorgio!

Romeri: (Fuerte, con firmeza) ¡Así, no! ¡Así, no!

Giorgio: (Aludiendo a Laura) ¿Qué dice? ¿Puedo saber al menos lo que dice de esto? ¿O quisiera quizá darme a entender que su amor…?

Escena III
Dichos y Laura.

Laura: (Entrando por la puerta de la derecha) Que mi amor… ¿qué?

(Ante su aparición y ante sus palabras, quedan todos atónitos, perplejos) ¡Di! ¡Di! ¡Acaba!

Giorgio: Laura, necesito saber inmediatamente que tú no te opones.

Laura: ¿A qué?

Francesca: (Tratando de interponerse) ¡Pero si no sabe todavía nada! ¡Si no le hemos hablado aún de nada!

Giorgio: Dejadme, entonces, tener una explicación con ella, os lo ruego.

Laura: Sí, es mejor.

Giorgio: Espéreme un momento ahí al lado, doctor.

Laura: (Rápida, con severidad) ¡También tú, mamá!

La Señora Francesca y el doctor Romeri salen por el fondo.

Escena IV
Laura y Giorgio.

Laura: Hablabas de mi amor, así, delante de…

Giorgio: (Rápido, completando la frase) …delante de tu madre y del doctor…

Laura: Hasta una madre es una extraña, en este caso. ¡No digo ya el otro! Parecía que me lo echases en cara…

Giorgio: Sí, porque no creo, no quiero creer, que ahora tú puedas o quieras valerte de ese amor para…

Laura: ¡Dios mío, Giorgio, pero mírame! ¿Es que no puedes mirarme ya?

Giorgio: ¡No! ¡Si es verdad esto, no! Que tú puedas pensar… Quiero saber…, y en seguida, en seguida, sin tantas palabras…, lo que quieres hacer.

Laura: ¿Qué debo hacer? Dependerá de ti, Giorgio. De tu estado de ánimo.

Giorgio: ¡Cómo! ¿Necesitas acaso que te diga yo cuál es mi estado de ánimo? ¿Cuál puede ser? ¿No lo comprendes? ¿No lo ves? ¿No lo sientes?

Laura: Siento que de repente te has convertido en mi enemigo. Como…, como si yo…

Giorgio: Entonces, ¿dices que no?

Laura: (Se deja caer sentada y dice desesperadamente, como para sí:) ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿No ha servido, pues, para nada?

Giorgio: (La mira, atónito, durante un instante; después) ¿Qué es lo que no ha servido? ¿Qué dices? ¡Quiero que me respondas!

Laura: ¿Tú, entonces, recuerdas sólo una cosa? ¿Y olvidas todo lo demás?

Giorgio: Pero ¿qué quieres que piense yo en este momento?

Laura: ¿No puedes pensar siquiera que para mí es todo lo contrario?

Giorgio: ¿Lo contrario? ¿El qué?

Laura: (Pensativa, lejana, con cierta crueldad, lentamente) Que yo no tengo memoria ni recuerdo ya aquello…, ¡nada! ¡Yo no vi nada! ¡No supe nada! Nada…, ¿comprendes?

Giorgio: Está bien. ¿Y después?

Laura: Después… (Se interrumpe y guarda un silencio sombrío. Después dice:) Nada. Si eres tú, ahora, quien no recuerda nada de lo que sucedió después…

Giorgio: ¡Ah! ¿De tu amor, verdad? ¿Se trata de esto, no? ¿Me has rodeado de amor, me has envuelto en tus caricias esperando que yo creyese que…?

Laura: (En un grito) ¡No!

(Después, con asco y repugnancia:) ¡Ah!

Giorgio: ¿Entonces?

Laura: ¡No me he detenido a reflexionar! ¡No he hecho cálculos! ¡He amado! Aquí me tienes casi muerta de amor por ti; he sido tuya como jamás mujer alguna ha sido de un hombre, y tú lo sabes; es imposible que no hayas notado que he querido que fueras completamente mío y ser yo completamente tuya…

Giorgio: Bien, ¿y qué?

Laura: (Gritando) ¡No he hecho cálculos, te digo!

Giorgio: Pero, ¿qué esperabas?

Laura: Pues haber borrado… haber destruido…

Giorgio: Haber borrado… ¿qué?

Laura: Nada. (Levantándose) Tienes razón. Ha sido una locura por mi parte.

Giorgio: ¡Claro que sí! Una locura. ¡Tú misma te das cuenta!

Laura: Sí. Y fíjate bien, ya terminó. ¡Pero cuidado! Ahora no puedes hablarme ya como se habla a una loca.

Giorgio: ¡Pero si lo que yo quiero precisamente es que razones, Laura!

Laura: (Con frialdad) ¿Y después? Que se haga lo que quieres, ¿verdad? Después de haberme arrojado a la cara con desprecio, con horror, todo lo que te he dado de mí, todo lo que has creído que era un cálculo vil… un bajo engaño…

Giorgio: ¡No, no, Laura! ¡Pero si tú misma has dicho que era una locura!

Laura: ¡Ah, una locura, sí! ¡Y esperaba inflamarte en el ardor de esta locura mía, aquí, en medio de las plantas que saben, que conocen muy bien esta clase de locuras! O que tú, por lo menos, me pidieses eso que deseas, como se pide a una pobre loca un sacrificio que ella no puede comprender… el de su propia vida… y, ¡quién sabe…!, quizás hubieras obtenido lo que querías… Porque no puedes creer que yo quisiera salvar en mí a quien todavía no siento ni conozco. ¡Yo quería salvar el amor! ¡Borrar el recuerdo de una aventura brutal, no brutalmente como tú querrías…!

Giorgio: ¿Pero, cómo… cómo?

Laura: ¿Puedo acaso decirte cómo, si tú no lo entiendes?

Giorgio: ¿Aceptando tu locura?

Laura: (En un grito, con toda el alma) ¡Sí! ¡Aceptándome por completo! ¡Viéndome completamente tuya en tu hijo; tuyo, porque procede de todo mi amor hacia ti! ¡Esto! ¡Esto era lo que quería!

Giorgio: (Retrocediendo, casi horrorizado) ¡Ah, eso no!

Laura: No es posible; lo veo.

Giorgio: ¿Cómo quieres que yo pueda aceptar…?

Laura: Entonces deja que acepte yo, en cambio, mi desventura.

Giorgio: ¿Tú?

Laura: Sí, yo sola, toda mi desventura.

Giorgio: ¿Ah, entonces, está dicho? ¿Te niegas a lo que yo quería?

Laura: ¿Para qué voy a acceder si después de todo lo que te he dado de mí no he conseguido borrar lo que pasó?

Giorgio: ¡Oh, por Dios! ¡No puedes…! ¡No debes…!

Laura: ¿Por qué no puedo?

Giorgio: ¿Después de lo que has hecho?

Laura: ¿Qué he hecho?

Giorgio: ¿Después de lo que has querido?

Laura: ¿Qué he querido?

Giorgio: (Con ferocidad) Has querido mi amor… ¡después!

Laura: (Con desprecio) ¿Para disimular lo que en realidad ocurría, verdad?

Giorgio: ¿No sabes que mi nombre está de por medio?

Laura: ¡Oh, no temas! ¡Tendré el valor que tuvo la Zena! ¡Lástima que yo no pueda dar el hijo… después del engaño… a su verdadero padre!

Giorgio: ¡Pero querías dármelo a mí! ¿No es esto un engaño?

Laura: Llámalo engaño, si quieres. Yo sé que era amor.

Giorgio: ¡Te digo que no puedes hacer eso!

Laura: ¿Y qué querrías…? ¿Recurrir a la violencia? (Se acerca a la puerta del fondo y llama:) ¡Mamá! ¡Mamá!

Giorgio: (Recalcando) ¡Incluso a la violencia… sí!

Acuden por la puerta del fondo, muy agitados, la Señora Francesca y el doctor Romeri.

Escena V
Dichos, la Señora Francesca, el doctor Romeri.

Francesca: ¡Laura! ¿Qué ocurre?

Giorgio: (A Romeri) Doctor, dígale que siendo mi mujer…

Laura: ¡Ya no soy tu mujer! ¡Mamá, me voy contigo!

Giorgio: ¡Pero no basta que te vayas!

Laura: (Con altivez) ¿Por qué? ¿Qué tengo yo tuyo?

Giorgio se deja caer sobre la silla, como abrumado.

Larguísima pausa)

Laura: Mamá, podemos irnos ya… (Se acerca a su madre)

Giorgio: (Levantándose con un grito de exasperación) ¡No! ¡Laura! ¡Laura!

Pronunciará dos veces su nombre movido por diferentes sentimientos; de acongojada turbación, primero, después implorante, casi iracundo. Laura se detiene. Le mira.

Pausa.

Giorgio se cubre el rostro con las manos y prorrumpe en sollozos.

Laura: (Corriendo hacia él) Giorgi… ¿me crees?

Giorgio: ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Pero no quiero perder tu amor!

Laura: (Con ímpetu apasionado) ¡Si es en esto solo en lo que debes creer!

Giorgio: ¿Cómo? ¿Creer… en qué?

Laura: (Como antes) ¡Pues en esto que yo he querido, con todo mi ser, por ti, y que debes querer tú también! ¿Es acaso posible que no creas en ello? (Le abraza, zarandeándole casi)

Giorgio: Sí, sí… En tu amor sí creo.

Laura: (Casi delirando) Entonces, ¿qué más quieres, si crees en mi amor? ¡En mí no hay nada más! ¡En mí estás tú, sólo tú! ¡No hay nada más dentro de mí! ¿No lo notas…?

Giorgio: Sí, sí…

Laura: (Radiante, feliz) ¡Ah, mi amor ha vencido! ¡Ha vencido! ¡Ha vencido…!

Telón

1919 – El injerto
Comedia en tres actos
Personajes, Acto Primero
Acto Segundo

Acto Tercero

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