Como tu me deseas – Acto II

In Italiano – Come tu mi vuoi

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Como tu me deseas - Acto II
Greta Garbo, As you desire me (Como tu me deseas), film, 1932. Immagine dal Web.

Como tu me deseas
Acto Segundo

Salón claro y luminoso en la planta baja de Villa Pieri. La pared del fondo está abierta sobre una terraza con balaustrada de mármol, de la que salen cuatro delgadas columnas que sostienen el techo de vidrio. Desde la terraza se divisa un delicioso paisaje, tranquilo, verde, soleado, de colores claros. En la pared de la derecha (del actor), está la escalera, más bien ancha, que conduce a los pisos superiores del chalet. Se ven los primeros escalones, con rica alfombra roja en medio. En la pared de la izquierda, hay una gran puerta de cristales, que conduce al jardín de entrada al chalet. El mobiliario es claro y rico, de «hall». En la pared del fondo, a la derecha, resalta un gran retrato, pintado al óleo, ovalado, de Lucía Pieri, como era ella en el año de su boda, antes de la Gran Guerra, ataviada con un gracioso vestido juvenil de la moda de entonces. Cuatro meses después del primer acto. Una tarde de abril.

Al levantarse el telón, la Tía Lena Cucchi habla con alguien que está en el jardín. La Tía Lena tiene unos sesenta años, gruesa, pero sólida, con una cabeza casi varonil, llena de extraños manchones grises. Tiene las cejas negrísimas, gruesas y pobladas, y lleva gafas redondas de concha. Viste de negro, varonilmente, con cuello almidonado. Es franca y desenvuelta.

Tía Lena: ¡Sí, hombre, sí, sube ya! ¡Te digo que bastan, señor…! ¡Ah, por fin…! ¡Menudo ramo…! ¡Si se le caen! ¡Ya está bien…! ¡No te pares a recogerlas! Hay veces que deja el jardín pelado.

Entra por la puerta de cristales el Tío Salesio Nobili, con un gran ramo de flores entre los brazos. Es un viejecito débil, que estaría todavía vivaracho si no tuviera la nuez y la espalda casi engomadas. Está todo teñido, cabello, bigote… El bigote es como un par de tiznazos bajo su gran nariz aguileña. La elegancia es la primera tarea de Tío Salesio, y quizá también su martirio. Un cuello alto, lo menos de cuatro dedos, le sostiene el suyo extraviado. Viste un impecable «taid».

Tío Salesio: Ahora te explicaré…

Tía Lena: No expliques nada: ¡deja ahí las flores! (En la mesa que hay en medio de la escena)

Tío Salesio: (Dejando las flores sobre la mesa) No; si me lo permites, te lo explicaré, querida prima.

Tía Lena: ¡Bueno, explica! Mientras tanto, yo iré colocando las flores.

Empieza a poner flores en los vasos, por la sala.

Tío Salesio: No las he cortado para esos que van a venir…

Tía Lena: No me interesa saber para quién las has cortado. Lo único que te digo es que has cortado demasiadas.

Tío Salesio: Te explicaré por qué…

Tía Lena: Explica, explica: tú te pasas la vida dando explicaciones.

Tío Salesio: ¡Claro! Con la poca comprensión que se tiene…, o mejor: que se quiere tener…

Tía Lena: Yo hoy me siento bien: explica eso. Y tú te sientes mal.

Tío Salesio: ¡Yo me encuentro buenísimo!

Tía Lena: No, querido: mal…

Tío Salesio: ¡Buenísimo!

Tía Lena: ¡Malísimo!

Tío Salesio: ¿Quieres explicarme, tú, ahora, por qué tengo que sentirme malísimo?

Tía Lena: ¡Si necesitas que te lo explique, señal de que no tienes conciencia de lo que has hecho!

Tío Salesio: ¿Qué he hecho yo?

Tía Lena: ¡Basta! ¡No me des más la lata! Si Dios quiere, hoy acabará todo: se tomarán los acuerdos para ese famoso acto notorio…

Tío Salesio: (Riendo) ¿Qué notorio, notorio? ¡Acta notarial!

Tía Lena: ¡De sobra lo sé! ¿Notarial? «Derrotarial», diría yo. Y no se volverá a hablar de ello. En castigo, fíjate, si de mí dependiera, te asignaría una cantidad… Pero, con Luchi aquí, ya no querrán nada contigo.

Tío Salesio: ¡Bravo! En pago de haberme despojado de todo por mi sobrina.

Tía Lena: Cuando le diste como dote las tierras y el chalet, no te despojaste de todo: entonces eras rico, y podías hacerlo como si nada.

Tío Salesio: Y ahora que no tengo nada, ¡a la calle!, ¿eh? El castigo que me merezco.

Tía Lena: ¡No vayas a suponer…! Quiero decir: en castigo por no haber tenido la misma fe inconmovible de Bruno en que nuestra Luchi no había muerto.

Tío Salesio: ¡Sí, hasta cierto punto…, tú tampoco la tenías! ¡Sí, sí, me lo dijiste a mí!

Tía Lena: Te lo diría… ¡Pero yo no me presté a hacer nada para que fuera declarada muerta!

Tío Salesio: ¡Claro! ¡Porque no te correspondía a ti hacerlo!

Tía Lena: ¡Ni lo habría hecho yo jamás, te digo! Y así no nos encontraríamos ahora todos en este apuro, de tener que tomar acuerdos para que sea anulado… Y cuando pienso que lo hicisteis por la ruindad de querer quitarle a Bruno las tierras y el chalet…

Tío Salesio: ¿Ruindad…? ¿Quitarle…? ¡Como si hubiera sido suyo!

Tía Lena: ¡Más que suyo! ¡Dos veces suyo! ¡Reconstruido el chalet de nueva planta, y las tierras revalorizadas por él! ¡Pero le negasteis el derecho…!

Tío Salesio: ¡Si no lo tenía!

Tía Lena: ¡Ya lo sé! Con la bonita disculpa de Inés, de que las reparaciones era el Estado el que tenía que hacerlas, después de las seguridades… Yo, mira, antes que prestarme a las maniobras de Inés…

Tío Salesio: ¡Pero, Dios santo! Tú olvidas que Bruno, ya sin Lucía, para nosotros había vuelto a ser un extraño; mientras que Inés seguía siendo mi otra sobrina, por la que yo no había podido hacer nada porque ya me había quedado pobre cuando ella se casó.

Tía Lena: ¡Ah, luego confiesas que lo hiciste por Inés!

Tío Salesio: Perdona: lo hice también por mí.

Tía Lena: ¡Sin que se te revolviera el estómago, de verla tan furiosa, porque su hermana fuese declarada muerta!

Tío Salesio: Furiosa por la ruina de Bruno Eres curiosa: ¡Bruno me ha comprendido y disculpado; y tú, no!

Tía Lena: ¡Y yo, no! ¡Porque no me dejo manejar por nadie! ¡Yo pienso con mi cabeza! ¡Sí! «¡Bruno, un extraño, y yo reducido a la pobreza! ¡Recuperar lo que un día había dado a mi sobrina.!» Hasta donde llega mi entendimiento, comprendo que no es hermoso; pero es humano. Los hombres no son hermosos; tanto es así que nunca he querido saber nada de ellos.

Tío Salesio: (Desatándose después de haber aguantado tanto) ¡Ni los hombres de ti!

Tía Lena: ¡Ni los hombres de mí, de acuerdo!

Tío Salesio: …Porque eres buena, Lena, eso sí ¡Pero eres fea! ¡Fea! ¡Fea! ¡Incluso fea de carácter…! No tienes en cuenta que si me quedé pobre fue por haber dado lo que tenía.

Tía Lena: ¡Sí, querido Salesio! Te estoy diciendo que tú, que te has quedado pobre, sí…, lo comprendo; pero a tu sobrina Inés, que ahora tiene el valor de presentarse aquí, a su hermana, yo, en castigo, le hubiera dicho en su cara: «Pero las tierras y el chalet, no, ¿sabes? Mira: antes que dejártelo a ti, se lo dejo a los perros; y tú…»

(Viendo bajar por la escalera a la Desconocida) ¡Pero aquí tenemos a nuestra Luchi!

(Y, en seguida, se hace cruces, porque la Desconocida, de manera que parece evidentemente estudiada, incluso para los que han estado a su lado, como Tía Lena y Tío Salesio, se ha vestido y arreglado como en el gran retrato ovalado que hay en la pared) ¡Oh! ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Mira! ¿Te has convertido en aquélla?

Tío Salesio: ¡El retrato que habla!

La Desconocida: Venía a confrontar. Tengo que representar la comedia.

Tía Lena: ¿La comedia?

La Desconocida: ¿Pues no van a venir…? Muerta al cabo de diez años… Nunca se sabe… Es mejor volver al punto de partida… Sólo me…

(Se golpea en el estómago, para indicar que le oprime) ¡Basta! ¿Quién va a venir, además de mi hermana Inés?

Tía Lena: El marido…

La Desconocida: ¿Livio? ¿Silvio?

Tía Lena: Silvio, Silvio…

La Desconocida: No sé por qué, se me ha quedado el nombre de Livio.

Tío Salesio: Abogado: ¡ten cuidado!

Tía Lena: ¿Por qué ha de tener cuidado?

Tío Salesio: Es el que ha llevado…

Tía Lena: ¡Bah! Ya ni se acordará Es un hombre agradable…

Tío Salesio: ¡Fino!

La Desconocida: ¡Estaré encantada de conocerlo!

Tía Lena: ¡Pero si lo conoces…! No como cuñado, claro. Era amigo de Bruno…

La Desconocida: ¡Tantos amigos ha tenido Bruno…! Espero que no será obligación que yo los conozca a todos, si los trae aquí, ahora que se abre la puerta… ¿Quién más tiene que venir?

Tía Lena: Pues… tu cuñada Bárbara, supongo; si Bruno se acuerda de mandar a buscarla.

Tío Salesio: Ésa no es nada.

Tía Lena: ¿Nada? Ésa ha sido siempre…, solamente…, la más enemiga.

La Desconocida: ¿Y Boffi? ¿Vendrá también Boffi?

Tío Salesio: No sé si está en la ciudad.

La Desconocida: Sí, sí, está. Le he dicho a Bruno que lo haga venir a él también. A Boffi, lo quiero yo, lo quiero yo.

(Mira al retrato, y luego se mira a sí misma) Perfecto, ¿verdad?

Tío Salesio: ¡Pareces bajada de ahí!

Tía Lena: Sí. Aunque a mí, la verdad, nunca me pareció que ese retrato tuyo de muchacha se te pareciera mucho.

La Desconocida: ¡Ah!, ¿no? Pues Bruno me ha dicho que lo habían tomado de una «foto» ampliada…

Tío Salesio: ¡Cómo no…! De la «foto»…

La Desconocida: …Y con todas las indicaciones que él le dio al pintor…

Tío Salesio: ¡Ahora se puede ver bien el parecido! ¡Exacta, caramba! ¡Lo que he dicho yo siempre! ¡Ahí la tienes!

Tía Lena: Yo decía…, los ojos… ¿Me permites?

(Coge entre sus manos el rostro de La Desconocida, y le mira los ojos de cerca) ¡Míralos! ¡Aquí los tienes, sus ojos verdaderos, como los he visto yo siempre: son éstos; no aquéllos!

La Desconocida: ¿Tú has visto a Luchi siempre con estos ojos?

Tía Lena: ¡Claro, éstos!

Tío Salesio: ¿Y no son los mismos?

Tía Lena: ¡Qué, los mismos! ¡Éstos son los mismos; no aquéllos…! Un poco verdes…

Tío Salesio: ¡Cómo, verdes! ¡Si son azules!

La Desconocida: (Primero a Lena) Para ti, verdes.

(Luego a Tío Salesio) Para ti, azules.

(Y llevando a Tío Salesio frente al retrato) Y para Bruno, mira, tío: grises, entre las pestañas negras. Luego, el pintor, por su cuenta… «Los verdaderos ojos de Luchi»… ¡Cualquiera lo asegura, ni con la prueba de un retrato!

Tío Salesio: Yo no puedo equivocarme. Fraternal amigo de tu padre… ¡Tú tienes los mismos ojos suyos!

Tía Lena: ¡Suyos, dice! Los de Inés, sí: son los mismos ojos de su padre. ¡Pero no éstos!

(A la Desconocida) ¡Tú tienes los ojos de tu madre, te lo digo yo! Tu madre y yo, nos criamos juntas; primas, y tocayas, tu madre, la pobre Lena, y yo. ¡Figúrate si lo sabré!

(Tío Salesio se ríe) ¡Sí, sí, ríete!

La Desconocida: ¿Por qué se ríe?

Tía Lena: Porque, de muchachas, los chicos, cuando nos veían juntas a las dos primas…

Tío Salesio: …Las llamábamos: la Lena guapa y la Lena fea.

La Desconocida: ¡Lena no es fea!

Tía Lena: ¡Así protestabas, de pequeñita! «Lena no es fea.» Porque esta Lena fea, cuando murió la Lena guapa, te hizo de mamá…

La Desconocida: (Turbándose) Basta, Lena, por favor…

Tía Lena: (Como si le recordaran un pacto convenido) Sí, basta. Pero ése es un pasado que no puede dolerte.

Tío Salesio: Se ve que le duele, cuando te ha dicho: «Basta.»

Tía Lena: No puede dolerle: era tan pequeñita que no puede acordarse.

(Para concluir) Eres el retrato de tu madre cuando murió, era exactamente como tú ahora.

Tío Salesio: Yo la veo completamente distinta.

Tía Lena: ¡Uf!

La Desconocida: Ésa es precisamente, tío, la comedia que voy a representar: ¡cómo me ves tú, y cómo me ve Lena; y cómo se hace reconocer, al cabo de diez años, una desaparecida, con todo el ejército enemigo que debe haberle pasado por encima! ¡Ya verás, ya verás!

(Sentándose, e invitando a sentarse a Tía Lena y a Tío Salesio) Pero ahora es preciso, ante todo, que los dos me expliquéis bien cuál es la verdadera situación de Bruno aquí, en relación con las tierras y el chalet.

Tío Salesio: (Maravillado) ¿La situación? Pero, ¿no la conoces?

La Desconocida: (Seca) No la conozco.

Tío Salesio: Bruno te habrá dicho…

La Desconocida: Me ha hablado…, no sé… de derechos negados… Pero estaba tan turbado… Quizá porque yo, al oír hablar de eso…

Tía Lena: ¡Me lo figuro! ¡A mí también se me revuelve el estómago…!

La Desconocida: (Con el aspecto y el tono de quien tiene una sospecha que enoja y entristece) No, Lena; no es por lo que tú supones. A mí me repugna otra cosa… Se fue encogiéndose de hombros: «¡Bah, no hagas caso!; puedes hacerte de nuevas; es preferible que sepan que yo no te he informado de nada.» Pues bien, yo quiero, ¡al contrario!, estar informada de todo.

Tío Salesio: ¡Pero si ahora ya está la situación clarísima!

Tía Lena: …Con tu regreso…

Tío Salesio: …Toda competencia, cortada por lo sano.

Tía Lena: De eso estábamos hablando, precisamente.

La Desconocida: Pero, ¿todavía no ha sido anulada la declaración de muerte?

Tía Lena: ¡Qué te imaginas! Será anulada, con el acta que va a levantarse ahora.

Tío Salesio: Habría sido anulada en seguida, si tú hubieras querido desde el primer momento…

La Desconocida: (Se lanza a decir con desprecio) Desde el primer momento…

(Pero se frena un momento) ¡No me hagáis hablar!

(Luego, no pudiendo menos de expresar lo que siente:) Yo no he querido nada… desde el principio…, ¡nada de todo esto!

Tía Lena: ¡Sí, sí, lo sabemos…! ¡Debería habérsete evitado por lo menos esta amargura!

La Desconocida: ¡Si sólo fuera amargura…!

Tía Lena: Pero hay intereses de por medio, ¿sabes?

La Desconocida: ¡Nadie me ha dicho nada!

Tía Lena: Son también tus intereses…

La Desconocida: ¡Yo no tengo ningún interés…!

Tío Salesio: ¡Cómo no vas a tenerlo!

La Desconocida: ¡No, ah, no, no! Si hay intereses de por medio, os lo advierto desde ahora, yo no me presto! Decídmelo, decídmelo. Porque si tuviera que… ¡Lo primero de todo, iría a quitarme esto! (El vestido que lleva puesto) Sería indigno, indigno…

Tía Lena: ¡Oh, no!, ¿por qué dices eso?

La Desconocida: ¡Porque es así! ¡Esta declaración de muerte que hicieron, es justa! ¡Es justa!

Tío Salesio: (Atónito) ¿Cómo, justa?

La Desconocida: ¡Justa! ¡Se lo dije allí a Boffi, y a él también! Habéis estado diez años esperándola. ¿La visteis volver? ¡No! ¿Y por qué no volvió? ¿Es tan difícil de imaginar la razón…? ¡Muerta, muerta, o como si hubiera muerto para la vida que tuvo aquí antes; para todo recuerdo de aquella vida que no quiere volver a tener…, está claro…, no quiere volver a tener…, aunque haya quedado viva!

Tía Lena: (Conmovida) ¡Sí, sí.. , tienes razón hija mía! ¡Y yo lo comprendo perfectamente!

Tío Salesio: ¡Y yo, también, Luchi! ¡Yo también! Pero ahora que has vuelto…

La Desconocida: ¡Sin saber nada de todos estos contrastes, de estos intereses, ni de que iba a verme obligada a hacer este papel que me repugna! ¡Yo he venido por él! ¡Lo he hecho sólo por él! ¡Y puso como primera condición que, si venía aquí, nadie, nadie pretendería que yo lo reconociera; nadie recordaría nada, ni de antes, ni de después! Al principio, ni siquiera quise veros a vosotros dos, que estabais aquí, con él…

Tío Salesio: …Sí, y, en efecto, nos alejamos durante más de un mes…

La Desconocida: (Levantándose, furiosa) ¡Debió decírmelo! ¡Debió decírmelo! ¡Y yo no hubiera venido!

Tía Lena: (Tímida, después de una breve pausa) Quizá por delicadeza no te lo dijo; porque había sido tu hermana…

Tío Salesio: …Después de la desaparición…

Tía Lena: ¡Ya está otra vez disculpándola!

Tío Salesio: …No la disculpo… Estoy explicando… Ella misma acaba de decirlo, ¿no la has oído? Al cabo de diez años…

La Desconocida: Pidió, con razón, la declaración de muerte, para que le fueran asignadas a ella las tierras y el chalet, ¿no es así?

Tía Lena: (Corrigiendo) ¡No, no a ella! Para que volvieran a ser de éste (Tío Salesio), que te los había dado como dote…

Tío Salesio: …¡Como no había descendencia…!

La Desconocida: (Con alegría, a Tío Salesio) ¡Ah!, ¿pero los has recuperado tú? ¿Ya no pertenecen a Bruno?

Tía Lena: No: son de Bruno, son de Bruno…

La Desconocida: Pero ¿y la declaración de muerte? Y yo que me alegré tanto, porque me liberaba de la obligación… No sé… Le pareció una salvación también a él… (Vuelve a sentarse) Pero decidme, decidme: ¿cómo es que todavía son de Bruno?

Tía Lena: Sí; porque Bruno se opuso, justamente…

Tío Salesio: …¡Justamente, no!

Tía Lena: …¡Justamente, sí!

Tío Salesio: …¡No!

La Desconocida: ¿Pero no comprendes, Lena, que yo sería feliz si las tierras y el chalet hubieran vuelto a poder de tío Salesio, y él pudiera disponer libremente y dárselos a ella?

Tía Lena: ¡Ah, no!

Tío Salesio: ¡Eso, no! ¡Qué tiene que ver…!

La Desconocida: ¡Sí, sí! ¡A ella! ¡A ella!

Tío Salesio: ¡Ah, no! ¡Yo ya no tengo nada que ver con eso! ¡Yo ya estoy fuera de ese asunto! ¡Con tu regreso, se acabó! Precisamente, antes de bajar tú, estaba yo aquí discutiendo académicamente con Lena si el motivo de la querella era lícito o no… Ya puedes figurarte cómo quedaron aquí, las tierras y el chalet, después de la guerra: escombros, todo devastado…

Tía Lena: Y mientras todo estuvo devastado y reducido a escombros, ¿comprendes?, nadie se acordó de pedir una declaración de tu muerte. La ambición nació después que Bruno…

Tío Salesio: …¡Si tú lo dices…!

Tía Lena: …¿Y qué quieres que diga? ¿Que no es verdad?

La Desconocida: …Déjalo, Lena; déjalo que hable él. Quiero conocer también su opinión.

Tío Salesio: Tú has tenido siempre más juicio que todos juntos, Luchi…, y quieres ahora ver claro…

La Desconocida: ¡Sí, sí, ver claro, ver claro!

Tío Salesio: Pues verás… (A Tía Lena, como entre paréntesis) ¿Permites?

(De nuevo, a La Desconocida) Éste es el verdadero punto de la cuestión: ¿a quién correspondía hacer las reparaciones de los daños de guerra?

Tía Lena: ¡Al Estado! ¡Respóndele eso, dale ese gusto! Es eso, ¿comprendes? Toda pretensión sobre lo que hizo aquí tu marido, reconstruyéndote en seguida el chalet, con la esperanza de que tú tenías que venir de un momento a otro, fue impugnada por la parte contraria. «¡Gracias!», le dijeron. «¿Las reparaciones? ¡El Estado las hubiera hecho a su tiempo! No puedes alegar ningún derecho…»

Tío Salesio: Así estaban las cosas…

Tía Lena: …¡Cuando cayó como una bomba la noticia de tu reaparición!

Tío Salesio: … ¡Se acabó la disputa, y todo volvió a su sitio!

Tía Lena: ¡Puedes figurarte cómo se quedaron! ¡Estaban tan seguros de ganar la partida…!

Pausa.

La Desconocida queda pensativa y taciturna.

La Desconocida: Y entonces si esta «reaparición», como tú dices, no hubiera ocurrido, ¿Bruno lo habría perdido todo?

Tío Salesio: ¡Seguro! ¡Todo!

Tía Lena: Una vez obtenida la declaración de tu muerte, por haber transcurrido los años que marca la ley…

La Desconocida: ¿Y Boffi sabía todo eso cuando fue a Berlín?

Tía Lena: ¡Claro! ¡Cómo no iba a saberlo! ¡Si fue un escándalo…!

Tío Salesio: Durante todo este tiempo, no se ha hablado aquí de otra cosa, como puedes figurarte.

Tía Lena: Por una parte, razones sentimentales, y, contrastando con ellas, razones de intereses importantes, como sabes; porque ¡son tantas las tierras convertidas en una verdadera fuente de riqueza por los cuidados de tu marido! Y los contrarios jugaban con ventaja; porque las razones sentimentales que alegaba tu marido suscitaban fácilmente la burla de los maliciosos, como si Bruno disimulara con ellas la defensa de sus intereses.

La Desconocida: ¡Ah! ¿Han pensado también que a él le resultaba cómodo alegar razones sentimentales para defender sus intereses?

Tía Lena: ¡Los malpensados! ¡Los maliciosos!

Tío Salesio: Los ánimos estaban tan envenenados..

Nueva pausa.

La Desconocida: (Sombría, cada vez más hundida en una sospecha que la descompone) Comprendo, comprendo…

Tía Lena: (Por distraerla) ¡Pero ya se acabó todo…! ¡Basta! ¡No hablemos más de eso…! ¡Claro!, el volver a ver ahora… te turba…

La Desconocida: (Con arranque desdeñoso) ¡No…! ¡Qué quieres que me importe eso!

(Luego, en otro tono) Otra cosa me turba…

(Se ensombrece) Que también allí, en Berlín…

Tía Lena: (Tímida) ¿Qué…?

La Desconocida: ¡Nada, nada!

Tía Lena: Pero… son, como ves…, formalidades. Figúrate: muerta. ¡Tienes que reaparecer viva!

La Desconocida: (Sin hacer caso) Boffi me dijo allí que había avisado a Bruno, cuando le pareció haberme reconocido…

Tía Lena: ¡Sí..! ¡Y puedes imaginarte cómo se precipitó…!

La Desconocida: Porque ya se había hecho aquí la declaración de mi muerte, ¿verdad?, con lo cual él perdería el pleito…

Tía Lena: ¡No, por Dios! ¿Qué piensas?

La Desconocida: ¡Tengo motivos, Lena! ¡Ahora tengo motivos para pensar así!

Tía Lena: ¡Ah, no! Él no lo creyó nunca. ¡Sólo él no creyó nunca que tú hubieras muerto!

Tío Salesio: ¡Eso es verdad! ¡Eso es verdad!

Tía Lena: Corrió a buscarte, porque se imaginaba precisamente lo mismo que tú has contado, para explicarse por qué tú no habías querido volver.

La Desconocida: (Levantándose, nerviosísima) ¿Sabes dónde me encontró? Yo tenía que acompañar, de noche, a una clínica, con su hija, a uno que había intentado suicidarse por mí…

Tía Lena: …¿Por ti…?

La Desconocida: … Sí…

Tía Lena: …¡Dios mío! ¿Un loco..?

La Desconocida: No quería dejarme —escribe todavía—… A la puerta, cuando salía yo detrás de los camilleros…, me encontré frente a frente…

Tío Salesio: …¿Con Bruno?

La Desconocida: Bruno, Bruno, sí. Boffi había ido a buscarlo al hotel. Quiso detenerme. Lo llamé loco, y le dije que yo no tenía marido, ni lo había tenido nunca. Que me dejara en paz. Que yo no había visto en mi vida a aquel señor que lo había traído allí.

Tío Salesio: ¿Y Bruno…?

La Desconocida: Me fui detrás de aquel herido, sin darle tiempo a responder. Cuando volví, dos horas después, los encontré allí a los dos, todavía. Boffi debía haberle dicho que yo…

(A Lena) Comprenderás, con la precipitación, ante aquel loco que tenía el arma en el bolsillo, y me había amenazado ya…, con tal de liberarme…; como recurso, me había sometido a admitir algo… ¡Qué sé yo…!, que lo conocía, que me acordaba de Filippo, el jardinero…; que me había encontrado sola en el chalet. Al encontrarlos luego allí a los dos, segura de que habrían hablado de esas mis admisiones, ¡lo negué todo! ¡Todo! Dije que antes había confesado coaccionada; pero que todo era mentira, que yo no lo conocía de nada…, que no conocía a ninguno de los dos… y, por lo tanto, que se fueran. Que se fueran de allí, y desistieran de aquella comedia insulsa que Boffi se obstinaba en representar… de haberme reconocido.

Tío Salesio: ¡Pero Bruno también te reconoció en seguida!

La Desconocida: ¡No, no! ¡Él, no!

Tío Salesio: (Sorprendido) ¿No?

La Desconocida: …Por eso digo… ¡No! ¡Me di perfecta cuenta! Allí, frente a la puerta, cuando lo vi…, no encontró, ¡seguro que no!, aquella semejanza que Boffi le había descrito. Debió llevarse una desilusión. ¡Lo noté, lo noté!

(A Lena) TÚ sabes lo que ocurre: al primer golpe de vista, notas cierta semejanza; se lo dices a otro, el otro mira… y no le ve el parecido. ¡Todos no tenemos los mismos ojos! (Casi para sí) Y yo me pregunto: ¿Por qué, entonces, si en el primer momento no le parecí?

(Luego, a ellos) Sí, algún parecido tenía que haber; era innegable, y lo admití; admití también que era veneciana. ¡Pero no de aquí, no de aquí! ¡Y hasta les dije de dónde…! Tanto dije, tanto hice, que al final los convencí a los dos de que se trataba solamente de un parecido, un gran parecido, no sólo de personas, sino de circunstancias; pero nada más. En una palabra: que no era yo la que ellos andaban buscando. ¿Qué otra cosa podía hacer? Si no que…, fue entonces…, yo no sé…

Tía Lena: ¿Que te arrepentiste?

La Desconocida: ¡No! La situación en que me encontraba… (Casi para sí) ¡No debe ser ahora para él una excusa! ¡No tiene que aprovecharse! ¡Se aprovecha para defender sus intereses…!

Tía Lena: ¡No, no! ¿Por qué te atormentas así? ¿Qué quieres decir…?

La Desconocida: (Sentándose abatida) Cansada, Lena… ¡Estaba tan cansada… y desesperada, desesperada como nunca me había sentido hasta entonces…, perdida…, acabada…, asqueada de la vida…! No podía más…, sin saber ya dónde ir, ni qué hacer… en aquella noche tremenda en la que me parecía que mi vida estaba pendiente de un hilo de angustia…

Tía Lena: (Conmovida) ¡Pobre hija mía…!

La Desconocida: …Él se puso a hablar de su Luchi…, de cómo era…, de lo que había significado para él, el año que la conoció… con una pena y un desconsuelo que, al oírlo hablar… allí, tan solo… y tan desconsolada como estaba yo también, ya sin esperar nada bueno de la vida…, me eché a llorar, a llorar… sin pensar que mis lágrimas… —lágrimas por mí, por mi desolación— podían ser interpretadas por él como un signo de arrepentimiento de haber negado obstinadamente. ¡Mi cuerpo estaba allí, como prueba de que yo era su Luchi…! Se lo dejé abrazar, apretar, apretar contra su pecho, hasta quedarme sin respiración… ¡Pero no lo hice por otra cosa, yo…! Y vine con él aquí, sólo para eso, después de hacérselo entender bien, y prometer que tenía que ser sólo para eso; que vendría aquí… como de una muerte, sólo para él… ¡sólo para él!

Tía Lena: Sí, sí, truncada tu vida de antes… lo leí claramente en tus ojos, en cuanto volví a verte…

La Desconocida: ¿Me reconociste tú también, en seguida?

Tía Lena: No, hija. Yo tampoco. En el primer momento…

La Desconocida: ¡Ah! ¿Tampoco tú?

Tío Salesio: ¡Ni yo tampoco! ¡Pero se explica: después de tantos años…!

Tía Lena: ¡No, no! ¡Qué, los años! ¡Al contrario! ¡Si parece que los años no han pasado por ella! No: fue… no sé… el aspecto… el porte… y la voz un poco…

La Desconocida: ¿Notaste diferencia en la voz?

Tía Lena: Sí, me pareció…

La Desconocida: ¡Boffi también! Me lo dijo después… ¡Fue lo único que notó!

(Pausa) Es extraño que él… (Alude a Bruno) ¡También él lo notaría! No me lo ha dicho.

(Casi para sí, levantándose) Estoy recogiendo ahora tantas impresiones.

Tía Lena: Ahora digo yo lo que Salesio: se explica: tanto tiempo lejos, hablando otro idioma… Pero sobre todo, el ánimo cambiado… Me dijiste: «Lena » así, con la voz apagada… y yo sentí… sentí la muerte en aquella voz tuya, la muerte de todo lo que había habido en ti… y que intencionadamente ya no exisTía . Y que si yo te hubiera recordado una cosa… la cosa más viva en ti antes… tú te habrías quedado… como estás ahora… sin querer recordarla ya… quizá sin poder ya recordar…

La Desconocida: (En efecto, completamente ensimismada, no ha prestado atención a las palabras de Lena, y ahora dice:) Yo estoy pensando…

Tío Salesio: ¡Ahora ya no debías pensar en nada!

La Desconocida: (Siempre casi para sí) ¡Sí, eso es! Así se aprovechó antes: me dijo que tenía un pretexto… y fuerte, para no verla…

Tía Lena: ¿Te refieres a Inés?

La Desconocida: No. Me refiero a este doble juego que él está haciendo. Al principio me negué rotundamente a venir aquí… sabiendo…

Tía Lena: ¿Lo que Inés te había hecho?

La Desconocida: ¡Oh, no! Yo no sabía nada. Estoy diciéndote que ese fue, más bien, el pretexto que encontró para convencerme que no la vería. La razón que tendría, ante los demás, para no verla, ¿comprendes? ¡Y ahora se vale de lo que hizo Inés …esa declaración de mi muerte… para obligarme a verla!

Tía Lena: ¡Pero debes pensar que, de esa cuestión con tu hermana, él no tiene la menor culpa!

Tío Salesio: ¡Te has estado aquí encerrada desde hace cuatro meses!

La Desconocida: ¡Y quizás haya calculado eso también!

Tía Lena: (Asombrada) ¿Calculado?

La Desconocida: ¡Pondría la mano en el fuego!

Tío Salesio: ¿Qué quieres decir?

La Desconocida: ¿Qué quiero decir? (Se refrena) ¡Perfecto! ¡Perfecto todo su juego! ¡Y eso de hacerse ver ahora como sobre ascuas…!

Tío Salesio: ¡No, no! ¡Eres injusta, Luchi! ¡Te lo digo yo!

Tía Lena: ¡A mí también me parece que eres injusta!

La Desconocida: ¡Porque vosotros no podéis saber…!

Tío Salesio: Y yo te digo que tampoco tú sabes… Perdona… o no quieres saber… que tiene toda la razón para sentirse así, sobre ascuas… Ha respetado demasiado tu sentimiento… Debes tener en cuenta toda la curiosidad que ha despertado tu reaparición, al cabo de diez años, curiosidad fomentada por estos cuatro meses de tu clausura… Lo que se piensa. Lo que se dice…

La Desconocida: Me lo imagino… ¡Ah, me lo imagino…!

(A Lena, guiñando el ojo) ¿Los maliciosos…?

Tío Salesio: «Sí, cierto que han tenido un pleito», dicen, «pero eso de no querer ver siquiera a su hermana, a los parientes de su marido…», dicen…

La Desconocida: ¿Todo contra mí? ¡Y quién sabe qué otras cosas, eh! ¡Quién sabe qué otras cosas de mi vida allí…! ¡Lo sabrán todo! Boffi…

Tío Salesio: ¡Ah, no! ¡Él, no! ¡Al contrario! Él…

Tía Lena: ¡… siempre te ha defendido! ¡Me consta!

La Desconocida: ¡Pero donde me encontró… lo que estaba haciendo… seguro que lo habrá dicho! Cuanto más se haya contenido para no hablar, más habrá dado a entender con la mirada, con el gesto, con aquel tic nervioso que tiene… quién sabe lo que… que he sido bailarina… ¿se sabe eso? ¿Se dice?

Tía Lena: ¡Infamias!

La Desconocida: ¡No! ¡Qué infamias, Lena! ¡Es verdad…! ¡Es verdad…! ¡Bailarina, y algo peor! ¡Tú no puedes imaginarte siquiera lo que he hecho! Lo de bailarina era más bien un título honorífico. Sí, porque mis danzas, las inventaba yo, lo mismo que la música y los vestidos… No: ¡peor! ¡peor!

Tía Lena: ¿Y él… lo sabe?

La Desconocida: ¿Bruno? ¡No va a saberlo! Y también de ese «peor» estarán informados, ¿no? ¡Vamos, tío Salesio, dímelo, dímelo! ¿Se sabe? ¿Se dice?

Tío Salesio: ¡Dicen tantas cosas…!

La Desconocida: Entonces, también dirán que él ha pasado por todo, porque yo le era útil aquí…

Tía Lena: No, no.

La Desconocida: ¡Tú, cállate!

Tía Lena: ¿Quién quieres que haya dicho eso? ¡Ni pensarlo siquiera!

La Desconocida: Pues yo, entretanto, lo estoy pensando… Di la verdad, tío Salesio… ¿lo dicen?

Tío Salesio: Sí, lo dicen.

La Desconocida: (A Lena) ¿Lo ves?

Tía Lena: ¿Quién lo ha dicho?

Tío Salesio: El que sea, lo ha dicho…

La Desconocida: Puedo… puedo imaginarme bien las sospechas que se tendrán sobre mí, y sobre él. ¡Ah, todo sucio! ¡Todo ensuciado ahora por esa cochina intriga de intereses!

Tía Lena: Bruno no tiene la culpa…

La Desconocida: Quiero decir, como lo veo yo ahora todo, si puedo pensar que lo hizo…

Llega de la izquierda el ruido de las ruedas de un coche que marcha sobre la arena del jardín.

Tío Salesio: (Recobrándose) ¡Ah! Deben de ser ellos.

La Desconocida: (Recobrándose de pronto, en actitud de desafío) Sí, sí, en seguida, en seguida.

Tía Lena: Pero, ¿tan pronto?

Tío Salesio: (Asomado al jardín) No; es Bruno.

Tía Lena: ¡Ah, ya me parecía…! Habían dicho que a las seis.

Tío Salesio: Viene también Boffi. Viene Boffi.

Tía Lena: ¿Ves cómo Bruno lo ha traído?

Pausa larga.

La Desconocida: ¿Qué hacen?

Tía Lena: Bruno está leyendo una carta…

La Desconocida: ¿Una carta?

Tío Salesio: Sí. Se la ha dado el portero.

Tía Lena: ¡Oh! ¿Y qué hace? Boffi vuelve a marcharse con la carta.

La Desconocida: No… ¡Corre, tío Salesio! ¡Llámalo! ¡Quiero que venga aquí!

Tío Salesio: (Saliendo al jardín) ¡Bruno! ¡Boffi! ¡Aquí…! ¡Sí: Boffi también! ¡Aquí!

Entran Bruno y Boffi seguidos de Tío Salesio.

Bruno tiene unos treinta y cinco años. Parece estar consternado y preso de un ansia nerviosa que le empalidece el rostro, y lo hace, en cada mirada, en cada movimiento, inquieto e impaciente.

Bruno: ¿Para qué quieres a Boffi ahora? ¡Déjalo marchar, haz el favor!

Boffi: Buenas tardes, señora. Sí, es mejor que yo vaya en seguida…

Bruno: (Apoyando) ¡En seguida! ¡En seguida: e impedir a toda costa…!

La Desconocida: ¿El qué?

Boffi: Ha llegado otra carta…

La Desconocida: ¿De él? ¿Todavía?

Boffi: ¡Se aprovecha, señora, de no haber muerto! ¡Y se venga!

La Desconocida: Pero, ¿qué dice…?

Bruno: (A Boffi, impaciente) ¡Anda, por favor! ¡No pierdas tiempo!

La Desconocida: (Primero a Boffi) ¡No, espera!

(Luego, a Bruno) Quiero saber… ¡Dame esa carta!

Bruno: ¡Pero si no es nada, la carta! ¡Si sólo fuera la carta…!

(Volviéndose a Tía Lena y a Tío Salesio) ¡Por favor, Lena, y tú, también, tío Salesio…! (Les señala a ambos la escalera)

Tía Lena: ¡Ah, sí, en seguida!

Tío Salesio: ¡Vamos, vamos…!

Ambos se van escalera arriba.

La Desconocida: ¿Por qué? ¿Qué ocurre?

Bruno: Precisamente hoy… ¡Precisamente hoy! Esto ya es una persecución inaudita.

La Desconocida: ¿Qué ha escrito?

Bruno: ¿Escrito? ¡No sólo escrito! ¡Ha emprendido el viaje! ¡Viene aquí!

La Desconocida: ¿Él? ¿Aquí?

Bruno: ¡Aquí, aquí…! ¡Y no sólo él!

La Desconocida: ¿También su hija?

Bruno: No. ¡Qué, su hija! A desenmascararte, dice.

La Desconocida: ¿Desenmascararme?

Boffi: ¡Como de costumbre! Recuerde aquella amenaza que hizo…

La Desconocida: ¿Qué amenaza? No recuerdo.

Boffi: Cuando dijo que había leído en los periódicos…

La Desconocida: ¡Ah, sí, la historia…!

Boffi: ¿No recuerda usted que habló de un doctor, amigo suyo, de Viena?

Bruno: ¡Ha ido a Viena! ¡Escribe desde Viena!

(Le muestra la carta sin dársela) ¡Mira!

La Desconocida: ¿Ha ido…? ¿A qué?

Bruno: ¡Increíble! ¡Increíble!

Boffi: Está jugando la última carta: el todo por el todo.

La Desconocida: Pero, en resumen, ¿qué dice en esa carta?

Bruno: ¿No te lo estoy diciendo? Anuncia para esta noche su llegada aquí, con una refugiada… demente, y el médico que la acompaña.

La Desconocida: ¡Ah, sí! Ahora recuerdo… ¿Y trae aquella refugiada?

Bruno: Sí. Y dice que tiene pruebas…

La Desconocida: (Mirándolo fijamente) ¿Pruebas? ¿Pruebas… de qué?

Bruno: ¡Pues de que es aquélla…, de que es aquélla, y no tú!

Boffi: ¡Y la trae aquí!

Bruno: ¡La trae aquí…! ¿Has comprendido ahora?

La Desconocida: (Impasible, sigue mirando fijamente a Bruno) ¿Aquí? ¿Y para qué la trae aquí?

Bruno: Nos ha escrito varias veces a ti y a mí… Tal vez hemos hecho mal en no contestarle…

La Desconocida: ¡…Pero a mí no me habló nunca de esa amenaza!

Bruno: ¡Me hablo a mí…! Y me invitó a que fuera a Viena a ver a aquella refugiada…

La Desconocida: (Maravillada, y siempre vigilante) ¡Ah…, sí…!

Bruno: (Irritándose al verla tan vigilante) ¡Sí, sí… y a hablar con aquel médico del manicomio, amigo suyo, que ahora viene con él!

La Desconocida: (Sin dejar de mirarlo fijamente, como si sólo su talante le impresionara) ¿Y por qué no me lo has dicho nunca?

Bruno: ¿Iba a decirte, precisamente a ti, que me habían invitado a ir a Viena a ver a otra?

Boffi: ¡Pero, por lo menos, debías haberle contestado, aunque fuera para llamarlo loco!

Bruno: ¿Sabiendo que lo hacía por vengarse de ella?

La Desconocida: (Casi silabeando) Yo te habría aconsejado que fueras.

Boffi: (Rápido) ¿Lo ves? Yo también se lo hubiera aconsejado, señora.

Bruno: (Más irritado que nunca) ¿Pero a qué? ¿A ver a una pobre estúpida que sonríe alelada, con una cara…?

La Desconocida: ¿Cómo lo sabes?

Boffi: Me ha mandado a mí una «foto». ¡Suerte que no ha tenido la idea de dirigirse a las autoridades!

La Desconocida: ¿Y tiene usted esa «foto»?

Boffi: Sí. No la llevo encima… Créame, no valía la pena hacer el menor caso. Yo quise contestarle… Pero él (Bruno), ante el encargo…

La Desconocida: ¿Qué encargo?

Boffi: …Contenido en aquella carta dirigida a mí…

La Desconocida: …Yo no sé nada… Ahora me entero… ¡Y creo que tenía derecho a saberlo! ¡«Foto»… encargo…! ¿Qué encargo?

Boffi: Comprenderá usted, señora… Al no recibir ninguna contestación, y sospechando que él, como marido, después de haberla reconocido a usted, estuviera muy interesado en que no apareciera ahora otra…, se dirigió a mí…, y suerte, repito, que se le ocurrió enviarme a mí, como fotógrafo, aquella fotografía; podía haber tenido la idea de mezclar en el asunto a las autoridades, con el encargo de enseñar a otros parientes de la desaparecida, si los tenía, aquella fotografía, para el reconocimiento; y, además, la invitación a que alguno de esos parientes fuera…

Bruno: ¡Un ensañamiento!

Boffi: Tanto él como yo, nos quedamos perplejos, naturalmente… El envío de esa fotografía es de hace unos días. ¿Mostrársela a los parientes? Con esta historia en medio, una palabra bastaría… ¿Hacer un viaje hasta Viena? Yo estaba inclinado a hacerlo… para cortar por lo sano, allí, personalmente…

Bruno: Un viaje…, un viaje… Se dice muy pronto. ¿Cómo? ¿A escondidas?

La Desconocida: ¿Por qué a escondidas?

Bruno: ¿Comunicándoselo a todo el mundo, entonces? ¡Aquí, basta un gesto, y todo el mundo queda informado! Nadie hace otra cosa que mirarnos y hablar de nosotros.

La Desconocida: Y así, no me digas nada; no respondas; no te muevas…

Bruno: Te estoy diciendo por qué…

La Desconocida: Como el avestruz, que esconde la cabeza debajo del ala…

Boffi: ¡Claro! Si hubieras hecho el viaje, habrías impedido…

Bruno: ¡Cómo iba yo a prever que el viaje lo harían ellos!

Boffi: No, yo no digo eso; eso no se podía prever. Y luego, así, de repente…

La Desconocida: Pero yo pregunto, ¿cómo ha podido conseguir que ese médico…?

Boffi: ¡Lo dice en esta carta que acaba de llegar! Por lo visto, le sobra dinero que tirar. Ha convencido a su amigo el médico. Vienen cuatro: él, el médico, la refugiada y una enfermera. Lo ha convencido de que aquí se tiene gran interés porque no llegue a descubrirse…, y de que la vista de los lugares…, ¡quién sabe!, podría despertar en esa desgraciada… Y quizá el placer de poder hacer gratis un viaje a Italia…

Bruno: ¡Pero es por vengarse!

Boffi: Me refiero al médico. ¡De él, ya lo sabemos: no lo hace por otra cosa! ¿Qué pruebas pueden tener?

Durante un momento, quedan los tres indecisos, suspensos. La Desconocida estudia a Bruno; luego, le pregunta….

La Desconocida: ¿Y tú?

Bruno: ¿Yo…, qué?

La Desconocida: Te veo con una ansiedad, asustado…

Bruno: No, no… Yo quiero…

La Desconocida: …¿Qué quieres?

Bruno: Quiero…, quiero… ¿Qué puedo querer ahora, así…? ¡Dímelo, tú! Entretanto, irá Boffi a informarse de en qué tren pudieran llegar.

La Desconocida: ¡Ah…! ¿Y luego?

Bruno: ¡Eres curiosa! ¡Impedir, al menos, que se presenten aquí cuando estén esos otros!

La Desconocida: Impedir…, ¿con qué fin? Si han emprendido el viaje, tendrán que llegar más pronto o más tarde. Te veo así…

Bruno: ¿Cómo me ves? ¡Me ves con el pensamiento!

La Desconocida: No, querido: como el que espera que se le caiga la casa encima, o que se le hunda el terreno donde pisa.

Bruno: Pero, ¿te parece poco que se nos presenten aquí, en presencia de los otros, con supuestas pruebas, que ellos considerarán como dignas de ser tenidas en cuenta, cuando ese doctor se ha decidido a desplazarse con la refugiada…?

La Desconocida: Ah, ¿de manera que tú les tienes miedo a esas pruebas?

Boffi: ¡Oh, no, señora!: a que los otros intenten aprovecharse…

La Desconocida: …¿De qué? ¿De esas pruebas…?

Boffi: …Incluso de una duda que pudiera nacer en ellos, sí…, ante esas pruebas…

La Desconocida: …¿De que no sea yo… sino esa…?

Bruno: ¡Pero no porque la duda sea auténtica!, ¿comprendes? ¡No! ¡Porque les conviene!

La Desconocida: (Irónica) ¡Ah! ¿Quieres decir que utilizarían esa duda para defender sus intereses?

Boffi: ¡Claro! ¿No cree usted…?

La Desconocida: Pero eso… aunque consiga impedirlo hoy, no podrá impedirlo mañana. Es una carta que podrán jugar siempre, incluso si hoy llegan a reconocerme a mí. Si mañana quieren admitir como válidas esas pruebas…, ¿dices que por su conveniencia? ¡No! ¡Si reconocen a la otra, dispense, Boffi, será peor para ellos!

Bruno: ¿Cómo peor?

La Desconocida: ¡Naturalmente…, la reconocerían basándose en esas pruebas, admitidas como indiscutibles! En cambio, yo estoy aquí sin prueba alguna… y eso basta. Yo…, a quien ellos podrán excluir, si quieren, tan pronto como me vean.

Boffi: (En su seguridad) ¡Me parece difícil!

La Desconocida: ¿Difícil? ¡Yo no tengo ninguna prueba!

Boffi: ¡Pero si no hacen falta!

La Desconocida: ¿No hacen falta? ¡Al contrario! Es facilísimo dudar, querido Boffi! Mire, yo podría empezar a decirle los motivos que tengo para dudar, yo, yo, de mí misma; viéndolo a él, así…

(volviéndose a Bruno con violento arranque desdeñoso) ¡Pero piensa que tú…, de todos modos…, no perderías nada!

Bruno: ¿Yo? ¿Qué estás diciendo?

La Desconocida: Me refiero a lo que más te preocupa en este momento.

Bruno: ¡No, no, no! ¡Me preocupa en este momento el escándalo que se producirá, inevitablemente! ¡Hemos dado ya tanto pretexto para las habladurías con la vida que hemos hecho aquí, cuatro meses apartados…!

La Desconocida: ¿Lo lamentas?

Bruno: ¡No! Pero mira ahora…

Boffi: ¡Eso es verdad!

La Desconocida: En el peor de los casos, querido, puedes estar tranquilo: tú te equivocaste, y nada más…

Bruno: ¿Me equivoqué? Pero, ¿Qué dices?

La Desconocida: ¡En que fuera yo…, allí, como Boffi; y aquí, como Lena y tío Salesio! ¡Ya ves que estás bien acompañado! Y no perderías nada…, porque del engaño sólo yo sería culpable; yo, «con mi impostura», como vendrá ahora a sostener aquel otro.(Ríe)

Boffi: ¡Claro! Después de todo, vale más tomarlo a risa.

La Desconocida: Quizá. Pero quizá en este momento a él le resulte difícil reírse… Porque él sabe muy bien que yo quise engañarlo… y no lo conseguí.

Bruno: ¿Desvarías? ¿De qué engaño hablas? ¿Estás loca? ¿Qué engaño? ¿Que tú seas Luchi?

La Desconocida: Luchi, sí. ¡Ah, ahora que está eso bien consolidado, puedes estar tranquilo! (Señala al retrato) ¡Aquélla!, ¿eh? ¿Más parecida? (Ríe de nuevo) Usted es testigo, Boffi, de que yo hice todo lo imaginable para que él no fuera víctima de una posible «impostura» declarada…, o, simplemente, sospechada. ¡Pero no importa! Aquí estoy. Dispuesta a responder. ¡Pero, cuidado: sólo por mí! No por ti, ahora ya. Porque yo también me he equivocado, ¿sabes?

Bruno: ¿Tú? ¿En qué?

La Desconocida: Con respecto a ti. Si supieras cuánto… (A Boffi) Vaya usted, vaya usted, Boffi. No para evitar nada, que sería inútil; yo tengo que hablar con Bruno; mire, más bien, a ver si es posible que se presenten aquí, precisamente cuando estén los otros. ¡Mejor, mejor!

Bruno: ¿Qué quieres hacer?

La Desconocida: Ya lo verás.

Bruno: Estarán aquí de un momento a otro…

La Desconocida: Y yo te digo que estoy preparada. Con pocas palabras nos entenderemos. Tú quizá no puedas comprenderme: ¡No importa! No temas, no temas que ellos hagan su juego. ¡No lo harán! ¡El juego lo haré yo! ¡Lo haré yo! ¡Ya me siento completamente metida en el juego! ¡Y será para todos, incluso para mí, un juego terrible!

(A Boffi) ¡Vaya usted! ¡Vaya usted!

Boffi: Entonces, si llegan, ¿los traigo aquí?

La Desconocida: ¡Sí, sí, tráigalos, tráigalos aquí! Porque es inútil…

(De nuevo a Boffi para que se vaya rápido) ¡Vaya usted!

(Y después que Boffi ha salido por la parte del jardín, continúa con ímpetu de lucidísima exasperación:) ¡Inútil, inútil: siempre deben tener razón los hechos!

¡A ras del suelo! Con el alma, puedes elevarte un momento, saltar por encima de todo lo que el destino haya podido hacerte probar: sí, vuela, recrea en ti una vida; cuando te sientes impregnada de ella, arriba, tienes que bajar a volver a chocar con los hechos que te la rompen, te la machacan, te la ensucian; te la aplastan los intereses, las luchas, las contiendas… ¡Tú sabes bien que yo lo ignoraba todo, pero no importa! Sólo quiero decirte esto: he estado aquí contigo cuatro meses.

(Lo agarra por un brazo y lo pone frente a ella) ¡Mírame! ¡Aquí, a los ojos…, ven! ¡No han vuelto a ver para mí estos ojos; no han vuelto a ser míos, ni siquiera para verme a mí misma! ¡Han estado así…, así…, en los tuyos, siempre…, para que naciera en ellos, de esos tuyos, mi mismo aspecto, como tú me veías! ¡El aspecto de todas las cosas, de toda la vida, como tú la veías! Vine aquí, me entregué toda a ti, por entero; te dije: «Aquí estoy, tuya soy. En mí ya no queda nada mío; hazme tú, hazme tú como tú me deseas. ¿Me has esperado diez años? ¡Hazte cuenta que no ha pasado nada! ¡Heme aquí de nuevo contigo; pero ya no por mí, ni por todo lo que aquélla pudo haber pasado en su vida; no, no; ni un sólo recuerdo ya de los suyos: dame tú los tuyos, todos los que tú has conservado de ella, como era entonces para ti! Ahora volverán a vivir en mí, vivos, con aquella tu vida, con aquel amor tuyo, con aquellos primeros placeres que te di.» ¿Y cuántas veces no te he preguntado: «¿Así? ¿Así?»… Feliz con el placer que en ti renacía de mi cuerpo que lo senTía como tú.

Bruno: (Como ebrio) ¡Luchi! ¡Luchi!

La Desconocida: (Impidiendo el abrazo, como ebria ella también, pero del orgullo de haber sabido crearse así) ¡Sí…, yo…, Luchi…; yo soy Luchi! ¡Yo sola! ¡Yo, yo! ¡No aquélla (indica el retrato) que fue y… como… quizá ni ella misma lo supo entonces: hoy, así; mañana, como los azares de la vida la hacían… ¿Ser? ¡Ser no es nada! ¡Ser es hacerse! ¡Y yo me he hecho ésa! ¡Tú no has comprendido nada!

Bruno: ¡Sí, sí, que he comprendido!

La Desconocida: ¿Qué has comprendido? Pero si he sentido…, he sentido tus manos buscándome aquí. (Indica, sin precisar, un punto de su cuerpo un poco más arriba del costado) Yo no sé…, alguna señal que sabías que deberías encontrar… ¿No la has encontrado? ¿Y por aquella señal, que ya no has encontrado, o por alguna otra, yo no soy Luchi? ¿Verdad? ¡No puedo ser Luchi! ¡Me ha desaparecido! ¡Ya lo sabes! ¡Me ha desaparecido! ¿Qué puedes decir en contra? ¡No quise seguir teniéndola! ¡Hice todo lo posible para que me desapareciera! ¡Sí, sí! ¡Porque sabía, me había dado cuenta, que antes también me la buscabas! ¿No es verdad?

Bruno: Sí.

La Desconocida: ¿Lo ves? Y para impedir que otros pudieran encontrármela, la hice desaparecer. Pero a ti, ahora, te espanta la idea de que Inés, como hermana, confidencialmente, y Lena, que lleva gafas, quieran encontrarme aquella señal, para una comprobación legal en toda regla; y que no quieran creer lo que he dicho. «¡Ah!, ¿desaparecida? ¡Qué extraño! Una señal así… ¿cómo puede haberle desaparecido?» Querrán interpelar a la ciencia, tanto más, señores míos, que quizá esa pobre refugiada que va a venir ahora… ¡oh, todo es posible…! pudiera ocurrir que ella tuviera de verdad aquella señal. ¡Ella sí, y yo no! ¡Sería el colmo! ¡La más aplastante prueba! ¡Pobre Bruno, pobre Bruno, tan preocupado por esas pruebas y documentos que pudieran presentarse! Tranquilízate: yo soy Luchi…, nueva. ¡Tú quieres tantas cosas…! ¡Yo no he querido nada cuando vine, nada, ni siquiera vivir para mí, respirar este aire para mí, tocar una cosa con idea de que me perteneciera! ¡A ti, que durante diez años creí que habías esperado, enamorado, a tu mujer, te la he devuelto viva, sí, para volver a vivir yo también una vida pura, después de tanta náusea y tanta ignominia! Y esto es tan verdad, que delante de todo, contra todo prueba, incluso contra ti, sí, contra ti, si te vieras obligado a desconocerme por salvar tus intereses, delante de todos, tendré el valor de gritar que Luchi soy yo, yo; porque ésa (la del retrato) no puede estar viva así, más que en mí.

Se oye de nuevo el rumor de las ruedas de un automóvil sobre la arena del jardín.

Bruno: (Con ansiedad, sobresaltado) ¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí! ¡Han llegado…!

La Desconocida: ¡Déjame hacer a mí! ¡Recíbelos tú! ¡Yo ahora no puedo presentarme así! Bajo en seguida.

Sube rápidamente los primeros escalones.

Bruno: (Casi suplicante) ¡Luchi…!

La Desconocida: (Deteniéndose, se vuelve, placidísima, y en el tono con que se afirma algo indiscutible:) Sí…, Luchi..

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1930 – Como tu me deseas
Tragedia en tres actos
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