Cada cual a su manera – Personajes, Acto II, Segundo Intermedio Coral

In Italiano – Ciascuno a suo modo

Introducción, Advertencia
Personajes, Acto Primero, Primo Intermedio Coral
Acto Segundo, Segundo Intermedio Coral

Cada cual a su manera - Acto II
Vittorio Caprioli e Mariano Rigillo, Ciascuno a suo modo, 1989

Cada cual a su manera
Acto segundo

Estamos en casa de Francisco Savio, a la mañana siguiente; en un saloncito de paso que da a una hermosa galería que Savio utiliza para practicar la esgrima. Por eso se verán en ella, a través de la gran vidriera que cogerá casi toda la pared del fondo del saloncito, una alfombra, un largo banco para los amigos que vienen a entrenarse y los espectadores, máscaras, guantes de esgrima, pecheras, floretes, sables. Una doble cortina de tela verde, que corre con anillas colocadas en la parte interior, en la puerta del centro, cuando está cerrada puede ocultar la galería y aislar el salón. Otra cortina de la misma tela, sostenida por varillas de hierro basadas en la balaustrada del fondo, impide ver la galería desde el jardín, que se supone detrás de ella, y que se entrevé cuando alguien, para bajar, abre la cortina, que cae también a lo largo de la escalinata. En el salón no hay más muebles que alguna mecedora de junco pintado de verde, y dos pequeños divanes, y dos mesitas también de junco. Dos únicos huecos, una ventana a la izquierda y una puerta a la derecha, además del que da sobre la galería.

Al levantarse el telón se ven en la galería a Francisco Savio y al Profesor de esgrima con las máscaras, las pecheras y los guantes, entrenándose con los sables. Prestino y otros Dos amigos están mirando.

Profesor: ¡Prolongue, prolongue el contacto! ¡Atento a esa posición! ¡Muy bien! ¡Bonita encuarta! Atento ahora: ¡Parada! ¡Ataque! ¡Deje ya las fintas! ¡Atento al contraataque! ¡Alto! (Cesan de batirse) Una buena salida a tiempo; sí.

Se quitan las máscaras.

Francisco: Y basta. Gracias, profesor.

Le estrecha la mano.

Prestino: (Quitándose los guantes y luego el plastrón) Pero ya verá usted como no le resulta tan fácil con Palegari, que cuando propone, prevé…

El primero de los amigos: …y sabe parar el golpe a la perfección, ¡ten cuidado!

El otro: ¡Y tiene una acción vivacísima! ¡Ya lo creo!

Francisco: ¡Sí, hombre, sí, ya lo sé!

Se quita él también los guantes y el plastrón. 

El primero de los amigos: ¡Tú, maniobra con destreza!

Profesor: ¡Y no busque usted el hierro continuamente!

Francisco: ¡Ya verá usted, ya verá usted!

El otro: Únicamente, si te viene preparada, lanzas una estocada…

El primero: No: un golpe de parada, un golpe de parada es mejor, fíjate lo que te digo: verás cómo se ensarta.

Profesor: Por de pronto, le felicito: tiene usted magníficas tiradas.

Prestino: Sigue mi consejo: no te propongas nada. Saldrás del paso, como de costumbre, con un puño. Y danos algo de beber, anda. Beberemos a tu salud.

Avanza con los otros hacia el salón. 

Francisco: Muy bien. De acuerdo. (Oprime el botón del timbre. Luego, dirigiéndose al profesor:) ¿Qué tomará usted, profesor?

Profesor: Nada, nada, gracias. Por la mañana nunca tomo nada.

Francisco: Tengo una cerveza estupenda.

Prestino: ¡Magnífico!

El primero: ¡Bien por la cerveza!

Se presenta en la puerta el criado. 

Francisco: Tráenos en seguida unas botellas de cerveza.

El criado se retira para volver a poco con una botella y varios vasos en una bandeja: escancia, sirve y se retira. 

El primero: Va a ser el duelo más divertido de este mundo; puedes jactarte de ello.

El otro: ¡En efecto! No creo que se haya dado nunca el caso de dos que se baten porque estaban dispuestos a darse mutuamente una explicación.

Prestino: ¡Naturalísimo!

El primero: ¡No; cómo, naturalísimo!

Prestino: Iban por dos caminos opuestos; se volvieron los dos a la vez para ir cada uno al camino del otro, y por fuerza tenían que encontrarse, chocar…

Profesor: …¡cierto! Si el que antes acusaba, ahora quería defender, y viceversa, utilizando cada uno los argumentos del otro…

El primero: …¿está usted seguro?

Francisco: Te ruego que me creas: fui a verlo con el corazón en la mano, y…

El primero: …¿no por la consideración…?

Francisco: …no, no… ¡lejos…!

El primero: …no, digo que habías cometido sin darte cuenta una ligereza al acusar tan encarnizadamente a la Morello…

Francisco: …¡no, no! Si yo…

El primero: …¡espera, hombre…! Digo, ¿sin tener en cuenta lo que saltaba a la vista de todo el mundo, aquella noche…?

El otro: …¿que él defendía porque estaba enamorado de ella…?

Francisco: …¡en absoluto! ¡Si precisamente por eso se produjo el choque entre nosotros dos! Por no haber hecho esa consideración ni antes ni después. Hace uno el imbécil… Y luego lo juzgan a uno así, por haberse dejado coger en un momento… en un acto espontáneo… que ha traído todas estas ridículas consecuencias… Hoy pensaba yo irme a descansar al campo, a casa de mi hermana y mi cuñado, que me esperan.

Prestino: Había discutido la noche antes apasionadamente…

Francisco: …sin tener en cuenta, os lo juro, más que mis razones, y sin la menos sospecha de que él pudiera tener un sentimiento secreto.

El otro: ¡Luego, entonces, es verdad!

El primero: ¡Claro, claro!

Prestino: ¡Seguramente!

Francisco: ¡Si yo lo hubiera sospechado, no habría ido a su casa a darle la razón, con la certeza de que iba a irritarlo!

El otro: (Con fuerza) Yo quería… ¡esperad…! yo quería decir… (Queda confuso, sin terminar la frase. Todos lo miran, suspensos)

El primero: (Después de haber esperado un poco) …¿el qué…?

El otro: …una cosa… ¡Caramba…! ¡Se me ha olvidado! (En este momento se presenta en el umbral de la puerta derecha Diego CINCI)

Diego: ¿Se puede?

Francisco: (Asombrado) ¡Ah…! Diego… ¿tú?

Prestino: ¿Vienes enviado por alguien?

Diego: (Encogiéndose de hombros) ¿Quién quieres que me envíe…? Buenos días, profesor.

Profesor: Buenos días, querido Cinci… y hasta la vista. (Estrechando la mano a Savio) Hasta mañana por la mañana, querido Savio. Y serenidad, ¿eh?

Francisco: Serenísimo, no lo dude. Gracias.

Profesor: (A los otros, despidiéndose) Señores, siento abandonar tan grata compañía, pero tengo que marcharme. (Los otros corresponden al saludo)

Francisco: Profesor, por aquí, si usted quiere… (Indica la galería) …detrás de la cortina del fondo está la escalinata, y llegará en seguida al jardín.

Profesor: Gracias. Así lo haré. Buenos días a todos.

Sale. 

El primero: (A Diego) Creíamos que tú serías uno de los padrinos de Doro Palegari.
Diego: (Dice que no con el dedo. Luego:) No he querido. Anoche me encontré entre dos fuegos: amigo del uno y del otro. He preferido quedarme al margen.

El otro: ¿Y por qué has venido ahora?

Diego: Para decir que me alegro muchísimo de que os batáis.

Prestino: Alegrarse muchísimo es demasiado.

Ríen los otros. 

Diego: Y me gustaría que se hirieran los dos, sin consecuencias, por supuesto. Un ligero arañazo sería saludable. Y luego que, por lo menos, se vea una pequeña herida, dos, tres centímetros, cinco…

(Le toma un brazo a Francisco y le levanta un poco la manga) Te descubres el pulso. No tienes nada. Pero mañana tendrás aquí un hermoso rasguño, y podrás contemplártelo.

Francisco: ¡Gracias por tu excelente consuelo!

Los otros ríen de nuevo. 

Diego: (De repente) ¡Y esperemos que él también! ¡Él también…! no hay que ser egoístas. Traigo una noticia bomba. ¿Sabéis qué visita tuvo Palegari después que te marchaste tú, y yo te seguí corriendo?

Prestino: ¿Delia Morello?

El otro: ¡Iría a darle las gracias por la defensa!

Diego: Sí. Pero… cuando supo la razón por la cual tú la acusaste… ¿sabéis lo que hizo?

Francisco: ¿Qué hizo?

Diego: Reconoció como justa tu acusación.

Francisco, Prestino y El primero: (A un tiempo) ¡Ah!, ¿sí? ¡Esa es buena! ¿Y él, Doro?

Diego: Podéis figuraros cómo se quedaría.

El otro: ¡Ahora ya no debe saber por qué se bate!

Francisco: ¡No, eso sí lo sabe! Se bate porque me insultó, delante de ti. Cuando yo, como les he dicho a estos amigos y como tú mismo pudiste ver, fui sinceramente a reconocer que tenía razón él.

Diego: ¿Y ahora?

Francisco: ¿Ahora, qué?

Diego: Ahora que sabe que Delia Morello te da la razón a ti.

Francisco: ¡Ah!, ahora… si ella misma…

Diego: ¡No, amigo mío, no! ¡Mantente en tu papel, porque ahora más que nunca hay que defender a Delia Morello! Y debes defenderla precisamente tú, que fuiste el primero en acusarla.

Prestino: ¿Contra ella misma, que se acusa ante el que primero quiso defenderla?

Diego: ¡Precisamente por eso! ¡Mi admiración por ella se ha centuplicado en cuanto lo he sabido!

(De pronto, volviéndose a Francisco) ¿Quién eres tú? (A Prestino) ¿Quién eres tú…? ¿Quién soy yo…? ¿Y todos los que estamos aquí…? Tú te llamas Francisco Savio; yo, Diego; tú, Prestino. Sabemos nosotros, recíprocamente, y cada uno sabe de sí mismo alguna pequeña certeza de hoy, que no es la misma de ayer, ni será la misma de mañana… (A Francisco) tú vives de las rentas y te aburres…

Francisco: …no ¿quién te ha dicho eso…?

Diego: …¿no te aburres? Te felicito. Yo me he estropeado el alma a fuerza de excavar en una topera (A Prestino) ¿Tú que haces?

Prestino: Nada.

Diego: ¡Magnífica profesión…! Pero incluso los que trabajan, queridos amigos, la gente seria, todos, todos: la vida, dentro y fuera de nosotros – ¡acercaos a ella: vividla!-  es una tal rapiña continua que, si ni los más puros afectos tienen fuerzas para resistir, figuraos las opiniones, las ficciones que conseguimos formarnos, todas las ideas que apenas si llegamos a entrever en esta fuga sin descanso. Basta que se llegue a saber una cosa contraria a lo que sabíamos ¿Fulano era blanco?, y se vuelve negro; o que se tenga una impresión distinta, de una hora a otra; a veces, basta una palabra dicha en este o en el otro tono. Y luego, las imágenes de cientos de cosas que nos pasan por la mente, continuamente sin saberlo, nos hacen cambiar de humor inopinadamente. Vamos tristes por una calle ya invadida por las sombras de la tarde; basta alzar los ojos hacia un balcón todavía iluminado por el sol, con un geranio rojo que se marchita con aquel sol y… quién sabe qué lejano sueño nos enternece de pronto…

Prestino: ¿Y qué quieres deducir de eso?

Diego: Nada. ¿Qué quieres deducir, si es así? Para tocar cualquier cosa y mantenerte firme, vuelves a caer en la aflicción y en el tedio de tu pequeña certeza de hoy, de lo poco que consigues saber de ti, de tu nombre, del dinero que llevas en el bolsillo, de la casa donde vives, tus costumbres, tus afectos… todo lo habitual de tu existencia… con tu pobre cuerpo que todavía se mueve y puede seguir el flujo de la vida, hasta que el movimiento, que poco a poco va haciéndose más lento y entumeciéndose con la vejez, cesará por completo, y ¡buenas noches!

Francisco: ¡Pero estabas hablando de Delia Morello!

Diego: …¡ah, sí!… para deciros toda mi admiración… y que al menos es una alegría… una gran alegría espantosa… cuando, cercados por la corriente en un momento de tempestad, asistimos al hundimiento de todas aquellas formas ficticias en que se había coagulado nuestra estúpida vida cotidiana; y bajo los diques, más allá de los límites que nos habían servido para componernos a toda costa una conciencia, para construirnos una personalidad cualquiera, vernos también aquella parte del flujo que no se deslizaba ignorado dentro de nosotros, que se nos descubría distinto porque lo habíamos encauzado cuidadosamente en nuestros afectos, en los deberes que nos habíamos impuesto, en las costumbres que nos habíamos trazado, desbordarse en una magnífica crecida vertiginosa, trastornándolo y revolviéndolo todo… ¡Ah, por fin…! ¡El huracán, el terremoto!

TODOS: (A coro) ¿Te parece bonito?

– ¡Ah, muchas gracias!
– ¡De lejos!
– ¡Dios nos libre!

Diego: Queridos amigos, después de la farsa de la volubilidad, de nuestros ridículos cambios, la tragedia de un alma trastornada, que ya no sabe cómo coordinarse… ¡Y no es ella sola…! (A Francisco) Verás como caerán sobre ti, aquí, como una ira de Dios… la una y el otro.

Francisco: …¿el otro? ¿Quién? ¿Miguel Roca?

Diego: Él, él; Miguel Roca.

El primero: ¡Llegó anoche de Nápoles!

El otro: ¡Es verdad! He sabido que buscaba a Palegari para abofetearlo… Pensaba decíroslo hace un momento: ¡Sí, hombre, sí! ¡Ya lo sabíamos!

(A Francisco) Ya te lo dije.

Francisco: (A Diego) ¿Y por qué ha de venir aquí, a mi casa, ahora?

Diego: Porque quiere batirse antes que tú con Doro Palegari. Pero ahora… ¡claro…! debería batirse contigo, en vez de… ahora…

Francisco: ¿Conmigo…?

Los otros: (A un tiempo) … ¿cómo? ¿cómo?

Diego: ¡Claro! Si tú sinceramente has cambiado de opinión, haciendo por lo tanto tuyos todos los vituperios lanzados por Palegari contra él en casa de Avanzi… ¡está clarísimo…! invertís los papeles… Roca, ahora, debería abofetearte a ti.

Francisco: ¡Poco a poco! ¿Qué diablos dices?

Diego: Dispensa: tú te bates con Doro solamente porque te ha insultado, ¿no es así…? Ahora bien: ¿por qué te ha insultado Doro?

El primero y el otro: (Sin dejarlo terminar) ¡Claro, claro, es justo! ¡Diego tiene razón!

Diego: Invertir los papeles, tú eres ahora el defensor de Delia Morello, culpando así de todo a Miguel Roca.

Prestino: (Sorprendido) ¡Déjate de bromas!

Diego: ¿Broma? (A Francisco) Por mi parte, puedes jactarte de defender a quien tiene razón.

Francisco: ¿Y quieres que me bata también con Miguel Roca?

Diego: ¡Ah, no! Entonces el asunto se pondría verdaderamente serio. Le desesperación de ese desgraciado…

El primero: …con el cadáver de Salvi entre él y la hermana de su prometida…

El otro: ¡y la boda suspendida definitivamente…!

Diego: … ¡y Delia Morello que ha jugado con él!

Francisco: (Con irritación, estallando) ¡Cómo, «jugado»! ¡Ah, ahora dices tú «jugado»!

Diego: Es innegable que lo ha utilizado como medio…

Francisco: …pérfidamente, pues… ¡como sostenía yo antes!

Diego: (Con reprobación para detenerlo) ¡Ah, ah, ah, ah, ah, no, escucha: la irritación que te produce el lío en que te has metido, no debe ahora hacerte cambiar otra vez de opinión!

Francisco: ¡Nada de eso! ¡Dispensa, tú mismo has dicho que ella ha ido a confesarle a Doro Palegari que yo había adivinado cuando la acusé de perfidia!

Diego: ¿Lo ves? ¿Lo ves?

Francisco: ¿Qué tengo que ver, haz el favor? Si me entero de que ella misma se acusa, sola, y me da la razón a mí, ¡claro que cambio y vuelvo a mi primitiva opinión!

(Volviéndose a los otros) ¿No os parece? ¿No os parece?

Diego: (Con fuerza) ¡Pero yo te digo que se sirvió de él… sí, ¡ojalá! pérfidamente, como tú quieres…, sólo por salvar a Jorge Salvi del peligro de casarse con ella! ¿Comprendes? ¡No vas a sostener que ha estado pérfida también con Salvi…! ¡eso no…! y estoy dispuesto a defenderla yo, incluso si ella misma se acusa; contra ella misma, sí, sí…

Francisco: (Concediendo, irritado) …por todas las razones… ¡sí…! por todas la razones encontradas por Doro Palegari…

Diego: …que te hicieron…

Francisco: …cambiar de opinión… ¡bueno, sí! cambiar de opinión. ¡Pero eso no modifica el hecho de que ella obrara con Roca de una manera verdaderamente pérfida!

Diego: ¡Como mujer! ¡Como mujer! Él le salió al encuentro con aire de jugar con ella, y ella entonces ¡jugó con él! Y eso es sobre todo lo que le duele a Miguel Roca: ¡su amor propio masculino mortificado! Todavía no quiere resignarse a confesar que ha sido un juguete en manos de una mujer: un payasito que Delia Morello tiró a un rincón, haciéndolo pedazos, después de haberse divertido haciéndole abrir y cerrar los brazos en actitud de plegaria, oprimiéndole con un dedo en el pecho el resorte de la pasión. El payasito se ha vuelto a poner de pie: con la carita y las manitas hechas una lástima, sin dedos las manitas; la carita, sin nariz, toda rajada, astillada; el resorte del pecho ha agujereado la chaquetilla de raso rojo, y ha saltado fuera, roto; y sin embargo, no: el payasito grita que no, que no es verdad que aquella mujer le ha hecho abrir y cerrar los brazos por reírse, y que después de haberse reído lo ha roto: ¡dice que no! ¡que no! ¡Yo os pregunto si puede haber un espectáculo más conmovedor que éste!

Prestino: (Encolerizado y llegándole con las manos casi a la cara) ¿Y por qué entonces querías hacernos reír de eso, guasón?

Diego: (Quedando, como los otros que miran a Prestino, asombrado) ¿Yo?

Prestino: ¡Sí, tú, sí! ¡Desde que entraste estás haciendo aquí el ganso, tratando de ponernos en ridículo a éste, a mí, a todos!

Diego: ¡Y a mí mismo, tonto!

Prestino: ¡El tonto eres tú! ¡Es fácil reírse así! ¡Representándonos a todos como molinos de viento, que al menor soplo giran en sentido opuesto! ¡No puedo oírlo! ¡Qué sé yo! Me parece que nos quema el alma, como esos falsos tintes que queman las telas.

Diego: ¡No, querido amigo! ¡Pero si yo me río porque…!

Prestino: …porque has excavado en tu corazón como en una topera: tú mismo lo has dicho; y ya no tienes nada dentro… ¡por eso!

Diego: ¡Eso es lo que tú crees!

Prestino: ¡Lo creo porque es verdad! ¡E incluso si fuera verdad lo que tú dices, que fuéramos así, me parece que debiera inspirar tristeza, compasión…!

Diego: (Saltando a su vez, agresivo, poniéndole las manos sobre los hombros y mirándolo a los ojos, fijo, de cerca) …sí… si te haces mirar así…

Prestino: (Asombrado) …¿cómo?

Diego: …así, dentro de los ojos… ¡así…! no… mírame… así… desnudo, como eres, con todas las miserias y fealdades que tienes dentro – tú, como yo – , los temores, los remordimientos, las contradicciones… Descuelga de ti el payasito con la interpretación ficticia de tus actos, y verás en seguida que no tiene nada que ver con lo que tú eres y puedes ser verdaderamente, con lo que hay en ti y tú no lo sabes, y que es un dios terrible, fíjate, si te opones a él, pero que, en cambio, se hace tolerante con todas tus culpas, si te abandonas y no quieres justificarte… ¡Ah!, pero este abandono nos parece cosa indigna de un hombre; y siempre será así, mientras creamos que la humanidad consiste en la llamada conciencia… o en el valor que hemos demostrado una vez, en lugar de en el miedo que tantas veces nos ha aconsejado ser prudentes. Tú has aceptado representar a Savio en este estúpido duelo con Palegari… (De repente, a Savio) ¿Y tú has creído que Palegari te llamaba «pelele» a ti anoche, en aquel momento? ¡Se lo llamaba a sí mismo! No lo has comprendido. ¡El payasito que no veía en sí mismo, sino en ti, le servía de espejo…! Me río… Pero me río así… Y mi risa se refiere a mí mismo antes que a nadie. {Pausa. Quedan todos como absortos, pensando), cada uno para sí. Y cada uno, después, entre una y otra pausa, hablará como para sí solo)

Francisco: Cierto, yo no le tengo ningún odio a Doro Palegari. Me ha arrastrado él…

Prestino: (Después de otra pausa) ¡Tantas veces tenemos que hacer como si creyéramos…! No debe disminuir, sino más bien aumentar la piedad, cuando la mentira nos sirve para llorar más.

El primero: (Después de otra pausa, como si leyera el pensamiento de Francisco Savio) Quién sabe, el campo… ¡Qué hermoso debe estar ahora…!

Francisco: (Espontáneamente, sin sorpresa, como justificándose) ¡Pero si hasta había comprado los juguetes para llevárselos a mi sobrinita!

El otro: ¿Sigue tan mona como cuando yo la conocí?

Francisco: ¡Más guapa! ¡Un amor de criatura…! ¡Limpia…! ¡Es una preciosidad!

Diciendo esto, ha sacado de una caja un osito; le ha dado cuerda; y ahora lo pone en el suelo para hacerlo saltar, entre la risa de los amigos.

Después de la risa, una pausa, triste.

Diego: (A Francisco) Oye; yo, en tu lugar…

Es interrumpido por la llegada del criado que se presenta en la puerta de la derecha.

Criado: ¿Se puede…?

Francisco: ¿Qué ocurre?

Criado: Tengo que decirle una cosa…

Francisco: (Se le acerca y escucha lo que el criado le dice en voz baja; luego, contrariado) ¡No, no! ¿Ahora?

Se vuelve a mirar a los amigos, inseguro, perplejo. 

Diego: (De repente) ¿Es ella?

Prestino: ¡Tú no puedes recibirla: no debes!

El primero: Claro… mientras esté pendiente el conflicto…

Diego: …¡no, hombre, no! ¡El conflicto no es con ella!

Prestino: ¿Cómo que no? ¡Ella es la causa! ¡En una palabra: yo, que te represento, te digo que no, que no debes recibirla!

El otro: ¡Pero a una señora no se la rechaza así… sin saber siquiera a qué viene! Y perdona.

Diego: Yo ya no digo nada.

El primero: (A Francisco) Podrías escuchar…

El otro: …¡eso…! y si por casualidad…

Francisco: …¿indicará que desea hablar del conflicto…?

Prestino: … ¡cortar por lo sano!

Francisco: …¡no, pero si yo, por mí, la mando al diablo, figuraos!

Prestino: Está bien. Anda, ve.

Sale Francisco, seguido del criado. 

Diego: Para mí, lo único sería que él le aconsejara…

En este momento, sacudiendo furiosamente la cortina de la galería, irrumpe, viniendo del jardín, Miguel Roca, presa de una sombría agitación que difícilmente puede contener. Tiene unos treinta años, moreno, macerado por los remordimientos y la pasión. Por su rostro alterado, por todos sus ademanes, se ve claramente que está dispuesto a cualquier exceso. 

Roca: ¿Se puede? (Sorprendido de encontrarse entre tantos que no se esperaba) ¿Es aquí? ¿Dónde he entrado?

Prestino: (Entre el asombro de los otros y el suyo) ¿Pero quién es usted? Y perdone.

Roca: Miguel Roca.

Diego: ¡Ah! ¡Helo aquí!

Roca: (A Diego) ¿Usted es el señor Francisco Savio?

Diego: Yo, no. Savio está ahí.

Señala la puerta de la derecha. 

Prestino: Pero usted… dispense… ¿cómo ha entrado aquí… así…?

Roca: Me indicaron esta entrada.

Diego: El portero… creyéndole quizá un amigo…

Roca: ¿No ha entrado aquí, antes que yo, una señora?

Prestino: ¿Es que venía siguiéndola?

Roca: ¡Venía siguiéndola, sí, señor! ¡Sabía que tenía que venir aquí!

Diego: ¡Y yo también! Y hasta había previsto la llegada de usted, ¿sabe?

Roca: De mí se han dicho cosas atroces. Sé que el señor Savio, sin conocerme, me ha defendido. Ahora él no debe escuchar a esa mujer, sin que yo lo haya informado de cómo han ocurrido las cosas, en realidad.

Prestino: ¡Pero si ya es inútil, caballero!

Roca: ¡No! ¿Cómo, inútil?

Prestino: ¡Inútil, sí, sí, inútil toda intromisión!

El primero: Hay un desafío aceptado…

El otro: …las condiciones establecidas…

Diego: …y los ánimos radicalmente cambiados.

Prestino: (Irritadísimo, a Diego) ¡Te ruego que no te inmiscuyas, y cállate ya de una vez, caramba!

El primero: ¡Qué ganas de embrollar más las cosas!

Diego: ¡No, hombre, no! ¡Al contrario! Él ha venido aquí creyendo que Savio lo había defendido… Le hago saber que ahora ya no lo defiende.

Roca: ¡Ah! ¿Ahora me acusa él también?

Diego: ¡Pero no sólo él, créame!

Roca: ¿Usted también?

Diego: Yo también, sí, señor. Y todos los que estamos aquí, como puede usted ver.

Roca: ¡Apuesto a que han estado hablando con esa mujer!

Diego: ¡No, no!, ¿sabe? Ninguno de nosotros. Y Savio tampoco, que está ahí oyéndola ahora por primera vez.

Roca: Y entonces ¿por qué me acusan? ¿También el señor Savio, que antes me defendía? ¿Y por qué se bate él ahora con el señor Palegari?

Diego: Señor mío, en usted… lo comprendo… asume… asume formas impresionantes, pero crea usted que… como decía… todos estamos un poco locos.

Si quiere usted saberlo, le diré que se bate precisamente porque ha cambiado de opinión con respecto a usted.

El primero: (Saltando, con los otros) ¡No, hombre, no! ¡No le haga caso…!

El otro: …se bate porque, después de la violenta discusión de anoche, Palegari se irritó…

El primero: (Reforzando) …y lo insultó…

Prestino: (Como antes) …y Savio recogió el insulto y lo desafió…

Diego: (Dominando a todos) …a pesar de que ahora ya están todos de acuerdo…

Roca: (De pronto, con fuerza) …¿en juzgarme sin haberme oído? ¿Pero cómo ha podido conseguir esa mujer infame llevárselos a todos de su parte?

Diego: ¡A todos, a todos, sí… excepto a sí misma!

Roca: ¿Excepto a sí misma?

Diego: Bueno: no vaya usted a creer que ella esté de una parte o de otra. Ella ni siquiera sabe de qué parte está… Y usted, señor Roca, mire bien en su fuero interno, y verá como probablemente usted tampoco está de ninguna parte.

Roca: ¡Usted tiene gana de broma…! Anúncienme al señor Savio.

Prestino: ¿Pero qué quiere usted decirle? ¡Le repito que es inútil!

Roca: ¿Y usted qué sabe? ¡Si ahora está él en contra mía, mejor!

Prestino: Pero si ahora está ahí con la señora…

Roca: …¡tanto mejor, también eso! Yo la he seguido aquí a propósito. Quizá sea una suerte para ella que yo la encuentre en presencia de alguien… de un extraño que la casualidad ha querido poner entre nosotros dos… así… ¡Dios mío! Yo estaba decidido a todo, como ciego, y… y por el solo hecho de encontrarme ahora aquí, inopinadamente, en medio de ustedes, y de tener que hablar, responder… me… me siento como… como aliviado, con el espíritu ensanchado… ¡Hacía tantos días que no hablaba con nadie! ¡Y ustedes, señores, no saben qué infierno me quemaba por dentro! Yo quise salvar al que iba a ser mi cuñado, al que quería como a un hermano.

Prestino: ¿Salvarlo? ¡Bonita manera!

El primero: ¿…quitándole la novia…?

El otro: ¿… en vísperas de la boda?

Roca: ¡No, no! ¡Escúchenme! ¡Qué, quitarle…! ¡Qué novia!… ¡No se necesitaba mucho para salvarlo! Bastaba demostrarle, hacerle palpar que aquella mujer que él quería hacer suya casándose con ella, podía ser suya, como había sido de otros, como podría haber sido de cualquiera de ustedes, sin necesidad de casarse con ella.

Prestino: ¡Pero usted, entretanto, se la quitó!

Roca: ¡Desafiado! ¡Desafiado!

El primero: ¡Cómo!

El otro: ¿Desafiado por quién?

Roca: Desafiado por él. ¡Déjenme hablar! De acuerdo con su hermana, con la madre… después de la presentación, que él hizo de ella a la familia, hiriendo todos sus más puros sentimientos… yo… de acuerdo, repito, con su hermana y con la madre… me fui con él y con ella a Nápoles, con el pretexto de ayudarles a poner la casa – iban a casarse dentro de unos meses – . Fue por una de esas riñas que suelen tener los novios… Ella, enfurecida, se alejó de él durante unos días.

(De pronto, como ante una visión tentadora que le horroriza, se tapa los ojos) Dios mío… parece que la estoy viendo, cuando se marchó…

(Descubre los ojos, más turbado que nunca) …porque fui testigo de la riña.

(Recobrándose) Yo aproveché entonces el momento que me pareció más oportuno para demostrarle a Jorge la locura que iba a cometer: ¡Es increíble, sí! ¡Es increíble! –  Con la táctica común a todas esas mujeres, ella no había querido jamás concederle ni el más mínimo favor…

El primero: (Atentísimo como todos los demás) ¡Por supuesto!

Roca: …¡y en Capri se le había mostrado tan desdeñosa con todos los hombres, apartada y altiva…! Pues bien… me desafió… él, él… me desafió, ¿comprenden…? me desafió a que le demostrara todo lo que yo le decía, prometiéndome que, en cuanto tuviera la prueba, se separaría de ella y rompería el compromiso… ¡Pero, en vez de eso, se mató!

El primero: Pero, ¡cómo…! ¿y usted se prestó…?

Roca: …¡desafiado! ¡por salvarlo!

El otro: Pero entonces, la traición…

Roca: …¡horrible, horrible…!

El otro: … ¡se la hizo él a usted!

Roca: …¡Él, él…!

El otro: …¡matándose…!

Prestino: …¡increíble…! ¡Ah, es increíble…!

Roca: …¿que yo me haya prestado…?

Prestino: …¡no! ¡Que él le haya permitido a usted prestarse a darle semejante prueba…!

Roca: …¡aposta!, porque de repente se había dado cuenta, ¿sabe?, de que ella, desde el primer momento en que me vio al lado de la novia, malvadamente había intentado atraerme, atraerme hacia ella, envolviéndome con su simpatía. Y me lo hizo notar… ¡él, el mismo Jorge! De modo que me fue fácil… ¿comprende?, decirle: «¡Pero si tú sabes muy bien que si yo quisiera…!»

Prestino: Pero, ¡entonces…! ¡ah, caramba…! casi se desafió él mismo.

Roca: ¡Ojalá me hubiera gritado, me hubiera hecho comprender que estaba ya envenenado para siempre, y que ya era inútil que yo intentara machacarle los dientes del veneno a aquella víbora!

Diego: (Saltando) ¡No, hombre, no! ¡Qué víbora! Y perdone.

Roca: ¡Una víbora! ¡Una víbora!

Diego: ¡Demasiada ingenuidad, señor mío, para una víbora! ¡Dirigir hacia usted, tan pronto, casi de repente, los dientes del veneno!

Prestino: ¡Suponiendo que no lo hiciera aposta para motivar la muerte de Jorge Salvi!

Roca: ¡Quizá!

Diego: ¿Y por qué? ¡Si ya había conseguido obligarlo a casarse con ella! ¿Cree usted que podía convenirle que le aplastaran los dientes antes de conseguir su fin?

Roca: ¡Pero si no lo esperaba!

Diego: ¡Pues vaya una víbora, entonces! ¿Quiere usted que una víbora no sospeche? ¡Una víbora habría mordido después, y no antes! Si mordió antes, eso quiere decir que… o no era una víbora… o para Jorge Salvi quería perder los dientes del veneno.

Roca: Pero, entonces, ¿usted cree…?

Diego: Perdón: es usted el que me lo hace creer; usted, que considera pérfida a esa mujer. ¡Si nos atenemos a lo que usted dice, para una pérfida no es lógico lo que ha hecho! Una pérfida que quiere casarse, y antes de la boda se entrega a usted tan fácilmente…

Roca: (Saltando) …¿se entrega a mí? ¿Quién le ha dicho que se haya entregado a mí? ¡No ha sido mía! ¡No ha sido mía! ¿Cree usted que yo podía pensar siquiera…?

Diego: (Asombrado, con los otros) ¿Ah, no?

Los otros: ¡Cómo! ¿Y entonces…?

Roca: ¡Yo quería solamente tener la prueba, que, por ella, no habría faltado! Una prueba para demostrarle a él…

En este momento se abre la puerta de la derecha y aparece, turbado y excitadísimo, Francisco Savio, que ha estado allí con Delia Morello, la cual, con tal de conseguir que no se bata con Doro Palegari, lo ha como embriagado de sí. Él ataca rápido, decidido, a Miguel Roca.

Francisco: ¿Qué pasa? ¿Qué busca usted aquí? ¿Qué gritos son esos en mi casa?

Roca: He venido a decirle…

Francisco: ¡Usted no tiene nada que decirme!

Roca: ¡Se equivoca usted! Yo tengo que hablar, y no sólo con usted…

Francisco: ¡No se arriesgue usted a amenazar!

Roca: ¡Pero si yo no amenazo! ¡He pedido que se me escuche…!

Francisco: Usted ha seguido hasta mi casa a una señora…

Roca: He explicado aquí a sus amigos…

Francisco: ¡Y a mí qué me importa de sus explicaciones! ¡Usted ha venido siguiéndola, no lo niegue!

Roca: ¡Sí! Porque, si usted quiere batirse con el señor Palegari…

Francisco: ¡Qué, batirme! ¡Yo ya no me bato con nadie!

Prestino: (Asombrado) ¡Cómo! ¿Qué dices?

Francisco: ¡Ya no me bato!

El primero, Diego y el otro: (Juntos) Pero, ¿estás loco?

– ¿Hablas en serio?
– ¡Es formidable!

Roca: (Al mismo tiempo, más fuerte, riendo a carcajadas) ¡Ah, apuesto a que lo ha seducido! ¡Lo ha seducido!

Francisco: (A punto de arrojarse sobre él) ¡Cállese, o…!

Prestino: (Poniéndose delante) …¡no! ¡Contéstame antes a mí! ¿Es que ya no vas a batirte con Palegari?

Francisco: No. ¡Porque, por una tontería de nada, no debo agravar la desesperación de una mujer!

Prestino: ¡Pero el escándalo será peor, si no te bates! ¡Con las condiciones del encuentro ya firmadas!

Francisco: ¡Pero si ahora ya es ridículo que yo me bata con Palegari!

Prestino: ¡Cómo! ¿Ridículo?

Francisco: ¡Ridículo! ¡Ridículo! ¡Si estamos de acuerdo! ¡Y tú lo sabes bien! ¡En cuanto puedes verte en una de estas payasadas, para ti es una fiesta!

Prestino: ¡Pero has sido tú el que ha desafiado a Palegari, porque te insultó!

Francisco: ¡Estupideces! ¡Eso lo ha dicho Diego! ¡Basta!

Prestino: ¡Es increíble! ¡Es increíble!

Roca: ¡Le ha prometido a ella no batirse con su paladín!

Francisco: ¡Sí! Ahora que está usted delante…

Roca: ¿por lo cual le ha hecho una promesa contraria…?

Francisco: …¡no! ¿Es que viene a provocarme hasta mi casa? ¿Qué quiere usted aquí de esa señora?

Prestino: ¡Deja!

Francisco: ¡La sigue desde anoche!

Prestino: ¡Pero tú no puedes batirte con él!

Francisco: ¡Nadie podrá decir que me elijo un adversario menos temible!

Prestino: ¡No, amigo mío! Porque, si voy yo ahora a ponerme a disposición de Palegari, en tu lugar…

El primero: (Gritando) …¡para ti sería la descalificación!

Prestino: …¡la descalificación!

Roca: ¡Pero yo puedo hacer caso omiso también de la descalificación!

El primero: ¡No! ¡Porque entonces nos tendría enfrente a nosotros, que lo hemos descalificado!

Prestino: (A Francisco) ¡Y no encontrarás a nadie que quiera representarte! ¡Tienes todavía el día entero para pensarlo! ¡Yo ya no puedo estar aquí, y me voy!

Diego: ¡Claro que lo pensará! ¡Lo pensará!

Prestino: (A los otros dos) ¡Vámonos nosotros! ¡Vámonos! (Salen los tres por el jardín del fondo)

Diego: (Los sigue un momento, recomendando:) ¡Calma, calma, señores míos! ¡No hay que precipitar las cosas!

(Luego, volviéndose a Francisco) ¡Y tú, mira bien lo que haces!

Francisco: ¡Vete al diablo tú también!

(Atacando a Roca) ¡Y usted, váyase, váyase! ¡Fuera de mi casa! ¡Estoy a sus órdenes cuándo y dónde quiera!

En este momento aparece en la puerta de la derecha Delia Morello. Apenas ve a Miguel Roca tan cambiado de como era, que parece otro, siente de improviso caérsele de los ojos, de las manos, la mentira con que se había armado hasta ahora para defenderse contra la secreta y violenta pasión de que fueron presa, locamente, él y ella, desde el primer instante en que se vieron, y que han querido enmascarar ante sí mismos por piedad, por interés por Jorge Salvi, gritando que querían ambos, cada cual a su manera, y la una frente al otro, salvarlo. Desnudos ahora de esa mentira, la una frente al otro, por la piedad que de improviso se inspiran, pálidos y temblorosos, se miran un momento. 

Roca: (Casi gimiendo) Delia… Delia… (Y va hacia ella para abrazarla)

Delia: (Abandonada, dejándose abrazar) No… no… ¿Has cambiado de opinión?

Y en medio del estupor de los otros dos, se abrazan frenéticamente.

Roca: ¡Delia mía!

Diego: ¡Mira cómo se odian! ¡Para esto!, ¿eh? ¿Ves? ¿Ves?

Francisco: ¡Pero es absurdo! ¡Es monstruoso! ¡Hay entre ellos un cadáver! ¡El de un hombre!

Roca: (Sin soltarla, volviéndose como una fiera sobre el pasto) ¡Es monstruoso, sí! ¡Pero tiene que estar conmigo! ¡Sufrir conmigo! ¡Conmigo!

Delia: (Presa de horror, soltándose ferozmente) ¡No! ¡No! ¡Vete! ¡Vete! ¡Déjame!

Roca: (Sujetándola, como antes) ¡No! ¡Aquí conmigo! ¡Con mi desesperación! ¡Aquí!

Delia: (Como antes) ¡Déjame, te digo! ¡Déjame! ¡Asesino!

Francisco: ¡Déjela usted! ¡Déjela!

Roca: ¡No se acerque usted!

Delia: (Consiguiendo soltarse) ¡Déjame!

(Y mientras Francisco y Diego sujetan a Miguel Roca, que quiere arrojarse sobre ella) ¡No te tengo miedo! ¡No te tengo miedo, no, no! ¡Ningún mal puede venirme de ti, ni aunque me mates!

Roca: (Al mismo tiempo, sujeto por los otros dos, gritando) ¡Delia! ¡Delia! ¡Necesito agarrarme a ti! ¡No estar solo!

Delia: (Como antes) ¡No siento nada! ¡Me hice la ilusión de sentir compasión, miedo… no! ¡No es verdad!

Roca: (Como antes) ¡Me vuelvo loco! ¡Soltadme!

Diego y Francisco: ¡Son dos fieras! ¡Qué espanto!

Delia: ¡Suéltenlo! ¡No le tengo miedo! ¡Me he dejado abrazar fríamente! ¡No por miedo, ni por compasión!

Roca: ¡Ah, infame! ¡Ya lo sé, ya lo sé, que no vales nada…! ¡Pero yo te quiero! ¡Te quiero!

Delia: ¡Cualquier mal… y si me matas… incluso ese mal es menor para mí! ¡Otro crimen, la prisión, la misma muerte! ¡Quiero quedarme sufriendo así!

Roca: (Continuando, a los dos que le sujetan) ¡No vale nada; pero ahora le da precio todo lo que he sufrido por ella! ¡No es amor, es odio! ¡Es odio!

Delia: ¡Odio, sí! ¡El mío también! ¡Odio!

Roca: ¡Es la sangre misma que se ha vertido por ella!

(Con una violenta sacudida, consiguiendo soltarse) ¡Ten piedad…, ten piedad…!

Y la sigue por la habitación. 

Delia: (Huyendo de él) ¡No! ¡No, entérate! ¡Pobre de ti!

Diego y Francisco: (Sujetándolo de nuevo) ¡Estése usted quieto! ¡Tendrá que entenderse conmigo!

Delia: ¡Pobre de él, si intenta suscitarme un poco de compasión por mí misma o por él! ¡No la tengo! ¡Si ustedes le compadecen, hagan que se vaya de aquí!

Roca: ¿Cómo quieres que me vaya? ¡Tú sabes que en aquella sangre quiso ahogarse mi vida para siempre!

Delia: ¿No querías salvar del deshonor al hermano de tu prometida?

Roca: ¡Infame! ¡No es verdad! ¡Tú sabes que la mía y la tuya, son dos mentiras!

Delia: ¡Dos mentiras, sí! ¡Dos mentiras!

Roca: ¡Tú me quisiste, como yo te quise, desde la primera vez que nos vimos!

Delia: ¡Sí, sí! Para castigarte.

Roca: ¡Yo también, para castigarte! ¡Pero tu vida también se ahogó en aquella sangre para siempre!

Delia: ¡Sí, también la mía! ¡También la mía! (Y corre hacia él como una llama, apartando a los dos que la sujetan) ¡Es verdad! ¡Es verdad!

Roca: (Volviendo a abrazarla de repente, frenéticamente) ¡Y ahora tenemos que estar los dos hundidos, los dos juntos, agarrados así! ¡Así! ¡Yo solo, no…! Tú sola, no… ¡Los dos juntos… así…, así…!

Diego: ¡Si eso pudiera durar!

Roca: (Llevándosela por la escalinata del jardín y dejando a los otros dos asombrados y aterrados) Ven, vámonos, ven conmigo…

Francisco: ¡Pero son dos locos!

Diego: Porque tú no te ves.

Telón

Cada cual a su manera
Segundo Intermedio Coral

De nuevo el telón, apenas bajado al final del segundo acto, se alza para mostrar la misma parte del pasillo que conduce al escenario. Pero esta vez el público tarda en salir de la sala. En el pasillo, los porteros, algunas acomodadoras, las señoras de los palcos, estarán llenos de aprensión; porque, al terminar el acto, han visto a la Moreno, sujetada en vano por los tres amigos, atravesar corriendo el pasillo y precipitarse en el escenario. Ahora llega de la sala un clamor de gritos y de aplausos, que irá en aumento, ya porque los actores aplaudidos no hayan salido todavía a saludar al público, ya porque se oigan extraños chillidos y descompuestos rumores a través del telón, en el escenario, y aquí, en el pasillo, se oyen más fuertemente.

Uno de los porteros: ¿Qué diablos pasa?

Otro portero: ¿No es un estreno? ¡El jaleo de siempre!

Una acomodadora: ¡No, no! ¡Aplauden, y los actores no salen a saludar!

Una señora de los palcos: Pero si gritan en el escenario, ¿no oyen ustedes?

Segundo portero: ¡Y alborotan también en la sala!

Segunda señora de los palcos: ¿Será por esa señora que pasó ahora mismo por aquí?

El primer portero: ¡Será por ella! ¡La sujetaban como a una endemoniada!

Primera señora de los palcos: ¡Ha subido corriendo al escenario!

El primer portero: ¡También quiso subir al terminar el primer acto!

Tercera señora de los palcos: Pero ¿no oyen ustedes? ¡Si parece que se han desencadenado los infiernos!

Dos o tres portezuelas de los palcos se abren al mismo tiempo y salen algunos espectadores, consternados, mientras sigue oyéndose cada vez más fuerte el fragor de la sala.

Los señores de los palcos: (Saliendo y asomándose a las puertas)

– ¡Sí, hombre, sí! ¡Es en el escenario!
– ¿Pero qué pasa? ¿Se han pegado?
– ¡Están chillando! ¡Están chillando!
– ¡Y los actores no salen a saludar!

Otros señores, cada vez más consternados, vienen de los palcos al pasillo, para mirar hacia la puerta del escenario, al fondo. Inmediatamente después, acuden muchos espectadores, excitados, por la izquierda.

Todos gritan: – ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

Otros espectadores desembocan por la puerta del patio de butacas, ansiosos, agitados.

Voces confusas: ¡Se están pegando en el escenario! – ¡Sí, sí!; ¿oís? – ¿En el escenario? – ¿Por qué? ¿Por qué? – ¿Y quién lo sabe? – ¡Déjenme pasar! – ¿Qué ha sucedido? – ¡Pero, Dios mío!, ¿dónde estamos? – ¿Qué jaleo es éste? – ¡Déjenme pasar! – ¿Ha terminado el espectáculo? – ¿Y el tercer acto? – ¡Falta el tercer acto! – ¡Dejen paso! ¡Dejen paso! – Sí, a las cuatro en punto. ¡Adiós! – Pero ¿oye usted qué ruido en el escenario? – Bueno, yo quiero ir al guardarropa: ¡Oh, oh! ¿Oís? – ¡Esto es un escándalo! – ¡Una indecencia! – Pero ¿a qué viene todo este jaleo? – Porque parece ser que..: ¡No se entiende nada! – ¡Qué diablo! – ¡Oh, oh, allí, al fondo! – ¡Han abierto la puerta!

Se abre al fondo la puerta del escenario, y de repente se oyen más fuertes los gritos de los actores, de las actrices, del director de la Compañía, de La Moreno y de sus tres amigos, a los que hacen eco los gritos de los espectadores que, poco a poco, han ido amontonándose frente a la puerta del escenario, entre las protestas rabiosas de alguno que, molesto, indignado, quisiera abrirse paso entre la multitud para marcharse.

Voces del escenario:

(De los actores): ¡Fuera! ¡Fuera! – ¡Que la echen, hombre! – ¡Insolente! – ¡Arpía! – ¡Desvergonzada! – ¡Esto tendrá que pagarlo! – ¡Fuera! ¡Fuera!
(De La Moreno): ¡Es una infamia! ¡No! ¡No!
(Del director de la compañia): ¡Lárguese de aquí!
(De uno de los amigos): ¡No olviden ustedes que es una mujer!
(De La Moreno): ¡Me he sentido sublevar…!
(De otro de los amigos): ¡Hay que respetar a una mujer!
(De los actores): ¡Qué mujer ni qué…! – ¡Ha subido al escenario a agredir…! – ¡Fuera! ¡Fuera!
(De las actrices): ¡Arpía! ¡Desvergonzada!
(De los actores): ¡Dé gracias a Dios que es usted una mujer! ¡Se ha llevado lo que se merecía! – ¡Fuera! ¡Fuera!
(Del director de la compañia): ¡Venga! ¡Venga! ¡Desalojen esto ahora mismo!

Voces de los espectadores amontonados: (Al mismo tiempo, entre silbidos y aplausos) – ¡La Moreno! ¡La Moreno! – ¿Quién es la Moreno? – ¡Le han dado de bofetadas a la primera actriz! – ¿Quién? ¿Quién la ha pegado? – ¡La Moreno! ¡La Moreno! – ¿Y quién es la Moreno? – ¿La primera actriz? – ¡No, no! ¡Han abofeteado al autor! – ¿Al autor? ¿Abofeteado? – ¿Quién? ¿Quién ha abofeteado…? – ¡La Moreno! – ¡No, la primera actriz! – ¿El autor le ha pegado a la primera actriz? – ¡No, no, al contrario! – ¡La primera actriz ha abofeteado al autor! – ¡No, hombre, no! ¡Nada de eso! ¡La Moreno ha abofeteado a la primera actriz!

Voces del escenario: ¡Basta! ¡Basta! – ¡Que se marchen! – ¡Gentuza! – ¡Descocada! – ¡Fuera! ¡Fuera! – ¡Señores, dejen paso! – ¡Dejen pasar!

Voces de los espectadores: ¡Fuera los alborotadores! – ¡Basta! ¡Basta! – ¡Pero si es la Moreno! – ¡Basta! ¡Fuera! – ¡No; el espectáculo debe continuar! – ¡Que echen a los alborotadores! – ¡Abajo Pirandello! – ¡No, viva Pirandello! – ¡Abajo! ¡Abajo! – ¡Él es el provocador! – ¡Basta! ¡Basta! – ¡Dejen pasar! ¡Dejen pasar! – ¡Paso! ¡Paso!

La multitud de espectadores se abre para dejar pasar a algunos actores y actrices y al gerente de la Compañía y el empresario del teatro, que tratan de convencerlos para que se queden. En la confusa agitación de este paso, la multitud de espectadores, que primero se calla para escuchar, rompe de vez en cuando en algún clamoroso comentario.

El empresario: ¡Pero, por caridad, tengan prudencia! ¿Quieren ustedes estropear el espectáculo?

Actores y actrices: (Al mismo tiempo) ¡No, no! – ¡Yo me voy! – ¡Nos vamos todos! ¡Hombre, esto es demasiado! – ¡Es una vergüenza! – ¡Para protestar! ¡Para protestar!

El gerente: Pero, ¿qué protesta? ¿Contra quién protestan ustedes?

Uno de los actores: ¡Contra el autor! ¡Y con razón!

Otro: ¡Y contra el Director, que ha aceptado semejante comedia!

El empresario: ¡Pero ustedes no pueden protestar así, marchándose y dejando el espectáculo a la mitad! ¡Eso es una anarquía!

Voces de los espectadores en contraste: ¡Muy bien! – ¡Muy bien! – ¿Pero quiénes son? – Los actores de la Compañía, ¿no lo ves? – ¡No, nada de eso! – ¡Y tienen razón! ¡Tienen razón!

Los actores: (Al mismo tiempo) ¡Claro que podemos!

El actor de carácter: ¡Cuando nos obligan a representar una comedia con clave!

Voces de algunos espectatores ignaros: ¿Con clave? – ¿Dónde? ¿Por qué con clave? – ¿Una comedia con clave?

Los actores: ¡Sí, señores! ¡Sí, señores!

Voces de otros espectadores que saben: ¡Claro! – ¡Si ya se sabe! – ¡Es un escándalo! – ¡Todo el mundo lo sabe! – ¡El caso de la Moreno! – ¡Está aquí; la han visto en el teatro! – ¡Ha subido corriendo al escenario! – ¡Ha abofeteado a la primera actriz!

Los epectadores ignaros y los Favorables: (Al mismo tiempo y en gran confusión) ¡Pero nadie se ha dado cuenta! – ¡La comedia ha gustado! – ¡Queremos el tercer acto! – ¡Tenemos derecho a verlo! – ¡Muy bien! ¡Muy bien! – ¡El público ha pagado, y tiene derecho…!

Uno de los actores: ¡Y nosotros también tenemos derecho a que se nos respete!

Otro: ¡Y nos vamos! ¡Por lo menos, yo me voy!

La característica: ¡Por otra parte, la primera actriz se ha ido ya!

Voces de algunos espectatores: ¿Se ha ido? – ¿Cómo? ¿Por dónde? – ¿Por la puerta del escenario?

La característica: ¡Porque una espectadora ha subido a agredirla en el escenario!

Voces de los espectadores en contraste: ¿A agredirla? – ¡Sí, señores! – ¡La Moreno! – ¡Y tenía razón! – Pero ¿quién? ¿Quién? – ¡La Moreno! – ¿Y por qué fue a pegarle? – ¿La primera actriz?

Uno de los actores: ¡Porque se ha reconocido en el personaje de la comedia!

Otro actor: ¡Y ha creído que nosotros éramos cómplices del autor en la difamación!

La característica: ¡Que diga ahora mismo el público si este debe ser el premio de nuestro trabajo!

Barón De Nuti: (Sujetado, como en el primer intermedio, por dos amigos, más descompuesto y confuso que nunca, avanzando) ¡Es verdad! ¡Es una infamia inaudita! ¡Y ustedes tienen todos derecho a rebelarse!

Uno de los amigos: ¡No te comprometas! ¡Vamos! ¡Vamos!

Barón De Nuti: ¡Una verdadera iniquidad, señores…! ¡Dos corazones en la picota! ¡Dos corazones que están todavía sangrando, puestos en la picota!

El empresario: (Desesperado) ¡Ahora el espectáculo pasa del escenario al pasillo!

Voces de los espectadores Contrarios al autor: ¡Tiene razón! ¡Tiene razón! – ¡Son infamias! – ¡No es lícito! – ¡La rebelión es legítima! – ¡Es una difamación!

Voces de los espectadores Favorables: ¡Pero qué…! ¡Pero qué…! – ¡No queremos saber nada! – ¿Dónde está la calumnia? – ¡Ninguna difamación!

El empresario: Pero, señores, ¿estamos en el teatro o estamos en la plaza?

Barón De Nuti: (Agarrando por las solapas a uno de los espectadores favorables, mientras todos, casi aterrados por su aspecto y su furor, se callan suspensos) ¿Usted dice que es lícito hacer eso? ¿Cogerme a mí, vivo, y llevarme al escenario? ¿Mostrarme allí, con mi dolor vivo delante de todos, y hacerme decir frases que yo jamás he dicho? ¿A realizar actos que yo jamás he realizado?

Por el fondo, frente a la puertecilla del escenario, en medio del silencio que se ha producido, resaltan como respuesta las frases que de vez en cuando dice el Director de la compañia a La Moreno, a la que sus tres acompañantes llevan casi a rastras, llorosa, en desorden y casi desmayada. De repente, a las primeras frases, todos se vuelven hacia el fondo, haciendo sitio, y el Baron De Nuti soltará al espectador atacado y se volverá él también, preguntando:) – ¿Qué ocurre?

El Director de la Compañia: ¡Pero usted ha podido ver que ni el autor ni la actriz la conocían a usted!

La Moreno: ¡Mi misma voz! ¡Mis gestos! ¡Todos mis gestos! ¡Me he visto! ¡Me he visto retratada!

El Director de la Compañia: ¡Porque usted ha querido reconocerse!

La Moreno: ¡No! ¡No! ¡No es verdad! ¡Porque ha sido un horror, el horror de verme representada allí, en aquel acto! ¡Pero cómo! ¿Yo, yo abrazar a ese hombre?

(Descubre a Nuti de improviso, casi delante de ella, y da un grito levantando las manos para cubrirse el rostro) ¡Ah, Dios mío! ¡Está aquí! ¡Está aquí!

Barón De Nuti: ¡Amelia! ¡Amelia…!

Movimiento general de los espectadores, que apenas si pueden dar crédito a sus propios ojos, al encontrarse ante ellos, vivos, a los mismos personajes y la misma escena que han visto al final del segundo acto, y lo dejarán ver, además de con la expresión de los rostros, con breves comentarios en voz baja y algunas exclamaciones.

Voces de los espectadores: ¡Oh! ¡Mira! – ¡Están ahí! – ¡Oh! ¡Oh! – ¡Los dos! – ¡Están reproduciendo la escena! – ¡Mira! ¡Mira…!

La Moreno: (Fuera de sí, a sus acompañantes) ¡Quitádmelo de delante! ¡Quitádmelo de delante!

Los Acompañantes: ¡Sí, vámonos! ¡Vámonos!

Barón De Nuti: (Lanzándose sobre ella) ¡No, no! ¡Tú debes venir conmigo! ¡Conmigo!

La Moreno: (Soltándose) ¡No! ¡Déjame! ¡Déjame! ¡Asesino!

Barón De Nuti: ¡No repitas lo que te han hecho decir ahí arriba!

La Moreno: ¡Déjame! ¡No te tengo miedo!

Baròn: ¡Pero es verdad, es verdad que tenemos que castigarnos juntos! ¿No lo has oído? ¡Ahora ya lo sabe todo el mundo! ¡Ven! ¡Vámonos!

La Moreno: ¡No, déjame! ¡Maldito! ¡Te odio! ¡Te odio!

Barón De Nuti: ¡Estamos ahogados, ahogados verdaderamente, en la misma sangre! ¡Ven! ¡Ven!

Y se la lleva, casi arrastrando, por la izquierda, seguido por gran parte de los espectadores, entre rumores y comentarios:

«¡Oh, oh! – ¡Parece mentira! – ¡Es increíble! – ¡Espantoso! – ¡Míralos! – ¡Delia Morello y Miguel Roca!»

Los otros espectadores, que han quedado en gran número en el pasillo, los siguen con la mirada, haciendo los mismos comentarios.

Un espectador tonto: ¡Mira que rebelarse! ¡Rebelarse! ¡Para luego hacer lo mismo que en la comedia!

El Director de la Compañia: ¡Ya! ¡Ha tenido el valor de venir a agredirme a la primera actriz en el escenario…! «¿Yo, abrazar a ese hombre?»

Muchos: ¡Es increíble! ¡Es increíble!

Un espectador inteligente: ¡No, señores, no! ¡Pero si es naturalísimo! ¡Se han visto como en un espejo y se han rebelado, sobre todo al ver aquel su último gesto!

El Director de la Compañia: ¡Pero si han repetido precisamente aquel gesto!

El espectador inteligente: ¡Precisamente! ¡Exacto! ¡Han hecho por fuerza, ante nuestros ojos, sin quererlo, lo que el arte había previsto! (Los espectadores aprueban, alguno aplaude, otros se ríen)

El primer actor: (Que ha llegado por la puerta del escenario) ¡No lo crea usted, caballero! ¿Esos dos? Mire usted: yo soy el primer actor, he representado, convencidísimo, el papel de Diego Cinci en la comedia. En cuanto salgan de la puerta esos dos… ¡Ustedes, señores, no han visto el tercer acto!

Los espectadores: ¡Ah, ya! – ¡El tercer acto! – ¿Qué pasaba en el tercer acto? – ¡Díganoslo! ¡Díganoslo!

El primer actor: ¡Ah, pues… muchas cosas, muchas cosas, señores…! Y luego… después del tercer acto… ¡muchas cosas!, ¡muchas cosas!

Y, diciendo esto, se marcha.

El empresario: Pero, señor Director, usted dispense, pero, ¿cree usted que se puede tener aquí al público, en reunión electoral?

El Director de la Compañia: ¿Y a mí qué me dice usted? ¡Haga usted desalojar…!

El gerente: ¡Después de todo, el espectáculo no puede ya continuar! ¡Se han ido los actores!

El Director: ¿Y por eso se dirige usted a mí? ¡Ponga usted un aviso, y despida usted al público!

El empresario: ¡Pero debe haber quedado gente en la sala!

El Director: ¡Está bien! Para el público que haya quedado en la sala, me asomaré yo ahora al telón y los despediré con dos palabras.

El empresario: ¡Sí, sí, vaya usted, entonces, señor Director!
(Y mientras El Director se va por la puertecilla del escenario:) Retírense, señores, retírense; tengan la bondad de marcharse; el espectáculo ha terminado.

Cae el telón y, en seguida, el Director de la Compañia aparta una de las cortinas para salir al proscenio.

El Director de la Compañia: Lamento tener que anunciar al público que, en vista de los desagradables incidentes producidos al final del segundo acto, la representación del tercero no podrá tener lugar.

Telón

1924 – Cada cual a su manera
Comedia en tres actos
Introducción, Advertencia
Personajes, Acto Primero, Primo Intermedio Coral
Acto Segundo, Segundo Intermedio Coral

In Italiano – Ciascuno a suo modo

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