Luigi Pirandello (1867-1936)
Seis personajes en busca de autor

Título original: Sei personaggi in cerca d'autore - 1921
Prefacio
Hace muchos años sirve a mi arte (aunque parece que fuera
ayer) una criadita agilísima, y por eso nada primeriza en el
oficio.
Se llama Fantasía.
Es un poco despectiva y burlona. Aunque le gusta vestir de
negro, nadie le negará que no tiene sus ocurrencias, así
como nadie creerá que todo lo hace siempre en serio y sólo
de esa manera. Mete la mano en el bolsillo, saca de él un
gorrito de cascabeles, rojo como una cresta, se lo pone y
desaparece. Hoy está aquí, mañana allá. Y se divierte
llevando a casa, para que yo componga relatos, novelas y
comedias, a la gente más insatisfecha del mundo: hombres,
mujeres, muchachos, vinculados a extraños problemas de los
cuales no saben cómo librarse; contrariados en sus proyectos,
frustrados en sus esperanzas, y con quienes, en fin, de
verdad que es muy fastidioso conversar.
Pues bien, esta criadita, Fantasía, tuvo hace ya muchos años
la perversa inspiración o el desafortunado capricho de
llevar a mi casa a toda una familia, no sé de dónde ni cómo
recogida, pero de quienes ella pensaba que yo habría podido
sacar el tema para una magnífica novela.
Me encontré a un hombre que rondaba los cincuenta años,
vestido con chaqueta negra y pantalón claro, de un aire
tenso y de ojos malhumorados por alguna mortificación; a una
pobre mujer con vestido de luto, que agarraba con la mano a
una chiquilla de cuatro años y con la otra a un niño de poco
más de diez; a una muchacha osada y procaz, también vestida
de negro pero con una ostentación equívoca y agresiva, toda
ella una crispación arrogante e incisiva dirigida contra
aquel viejo mortificado y contra un veinteañero que
permanecía aparte y ensimismado, como si despreciara a todos.
En resumen, aquellos seis personajes que suben al escenario
al principio de la comedia. O bien uno u otro, pero con
frecuencia uno desautorizando al otro, empezaban a contarme
sus tristes asuntos, cada uno gritando sus razones,
aventándome en la cara sus descontroladas pasiones, casi del
mismo modo como ahora lo hacen en la comedia con el
desdichado Director.
¿Qué autor podrá contar alguna vez cómo y por qué un
personaje nació en su fantasía? El misterio de la creación
artística es el mismo misterio del nacimiento. Puede ser que
una mujer, amando, desee convertirse en Madre, pero el deseo
por sí sólo, por más intenso que sea, no basta. Un
afortunado día ella será Madre, sin advertir de manera
precisa la concepción. De igual modo un artista, viviendo,
recibe muchos motivos de la vida, y no puede jamás decir
cómo y por qué, en determinado momento, uno de estos motivos
vitales entra en su fantasía y se convierte en una criatura
viva, en un plano de vida superior a la voluble existencia
diaria.
Sólo puedo decir que sin saber que los había buscado me
encontré delante de aquellos seis personajes, tan vivos como
para tocarlos, como para oírlos respirar, que ahora se
pueden ver en escena. Y aguardaban, allí presentes, cada uno
con su secreta tortura y unidos por el nacimiento y
desarrollo de sus mutuos percances, que yo los introdujera
en el mundo del arte, haciendo de ellos, de sus pasiones y
de sus casos una novela, un drama o, por lo menos, un relato.
Habían nacido vivos y querían vivir.
Ahora sería conveniente saber que a mí no me ha bastado
representar la figura de un hombre o de una mujer, por más
especiales y característicos que sean, ni narrar una
aventura peculiar, amena o triste, por el sólo gusto de
narrarla, o describir un paisaje por el sólo gusto de
describirlo.
Hay algunos escritores (y no son pocos) que tienen este
gusto y, conformes, no exploran otro. Son escritores de
naturaleza específicamente histórica.
Pero hay otros que más allá de ese gusto experimentan una
necesidad espiritual más profunda, por la cual no admiten
figuras, acontecimientos, paisajes que no se embeban, por
decirlo así, de un particular sentido de la vida, y no
adquieran con ello un valor universal. Son escritores de
naturaleza específicamente filosófica.
Yo tengo la desgracia de pertenecer a estos últimos.
Odio el arte simbólico, para el que la representación pierde
cada movimiento espontáneo y se convierte en una máquina, en
una alegoría. Es un esfuerzo vano y equívoco, porque el sólo
hecho de dar sentido alegórico a una representación revela
claramente que ya se sobreentiende en ella un valor de
fábula que no tiene por sí misma ninguna verdad, ni
fantástica ni real, y que ha sido hecha para demostrar
cualquier tipo de verdad moral. Esa necesidad espiritual de
la que hablo no se puede satisfacer con ese simbolismo
alegórico, sino es ocasionalmente y debido a una ironía
sublime (por ejemplo, en Ariosto) Este simbolismo parte de
un concepto, e incluso de un concepto que se hace o intenta
convertirse en imagen. Aquella necesidad, en cambio, busca
en la imagen, que debe permanecer viva y libre en toda su
expresión, un sentido que le dé valor.
Ahora, por más que lo buscara, yo no lograba descubrir este
sentido en esos seis personajes. Consideraba por lo tanto
que no valía la pena hacerlos vivir.
Pensaba para mí mismo: «Ya he agobiado tanto a mis lectores
con centenares y centenares de relatos: ¿por qué tendría que
agobiarlos todavía más con la narración de los casos tristes
de estos seis desafortunados?»
Pensando así los alejé de mí. O, mejor dicho, hacía lo
posible por alejarlos.
Pero no se da vida en vano a un personaje.
Criaturas de mi espíritu, las seis ya vivían una vida que
era suya y ajena a mí, una vida que yo no podía seguir
negándoles.
Es tan cierto que, a pesar de insistir en excluirlos de mi
espíritu, ellos, casi del todo distanciados de cualquier
tipo de soporte narrativo, personajes de novela surgidos
prodigiosamente de las páginas que los contenían, seguían
viviendo por su cuenta. Aprovechaban ciertos momentos del
día para acercarse a mí en la soledad de mi estudio, y uno u
otro, o al unísono, me tentaban y me proponían ésta o
aquella escena para representar o
describir, hablaban del impacto que se podría lograr, del
interés nuevo que despertaría una situación insólita, y así
sucesivamente.
Por momentos me rendía, y bastaba cada vez mi
condescendencia o el dejarme llevar, para que ellos ganaran
un poco más de vida y aumentaran su presencia. También, por
eso mismo, lograban persuadirme con mayor eficacia. De esta
manera, poco a poco, se me hacía más difícil librarme de
ellos y se les hacía más fácil tentarme. Tanto es así que
llegó a convertirse, en cierto momento, en una tremenda
obsesión. Al menos hasta que encontré, casi al mismo tiempo,
el modo de resolverlo.
«¿Por qué no represento —me dije— esta novedosa situación de
un autor que se niega a dar vida a ciertos personajes que, a
pesar de haberles infundido vida, no se resignan a quedar
excluidos del mundo del arte? Ellos se han separado de mí,
viven por su cuenta, han logrado voz y movimiento, a la
fuerza se han hecho a sí mismos personajes dramáticos en
esta lucha sostenida conmigo por su propia vida, personajes
que pueden moverse y hablar por sí mismos, se ven ya como
tales y han aprendido a defenderse de mí, por lo que también
sabrán defenderse de los demás. Pues, entonces, dejémoslos
ir a donde deben ir los personajes dramáticos para cobrar
vida: sobre un escenario. Y veamos qué ocurre»
Así lo he hecho. Y, como era de esperarse, ha ocurrido lo
que tenía que ocurrir: es una mezcla de tragedia y comedia,
de fantasía y realismo, en una situación humorística
completamente nueva y, como nunca, compleja. Por un lado, un
drama que en sí y a través de sus personajes extremados,
locuaces y autosuficientes, que lo llevan a cuestas y lo
sufren en ellos mismos, quiere alcanzar al precio que sea el
modo de ser representado. Por otro, una comedia sobre el
vano intento de esta improvisada ejecución escénica. Desde
un comienzo, la sorpresa de aquellos pobres actores de una
compañía dramática, que ensayaban de día una comedia sobre
un escenario despojado de bastidores y decorados; sorpresa e
incredulidad al ver aparecer a aquellos seis personajes que
se anunciaban como tales buscando un autor; después, casi de
inmediato, la inesperada ausencia de la Madre enlutada, el
instintivo interés en el drama que entreveían en ellos y en
los otros miembros de esa extraña familia; un drama oscuro,
ambiguo, que se abatía sin pensarlo sobre aquel escenario
vacío e inadecuado para recibirlo, y poco a poco el aumento
de este interés cuando prorrumpieron las pasiones
contrastadas, bien del Padre o de la Hijastra, del Hijo, o
de aquella pobre Madre; pasiones que buscan, como dije,
imponerse entre sí con una furia trágica y lacerante.
Y entonces aquel sentido universal, buscado en vano al
comienzo en estos seis personajes, lo alcanzaron ellos
mismos una vez que subieron al escenario, encontrándolo en
sí mismos al concitar la lucha desesperada de cada uno
contra el otro, y todos contra el Director y los actores que
no los comprenden.
Sin quererlo, sin saberlo, en el ajetreo de sus atormentados
espíritus, para defenderse de las acusaciones mutuas,
expresan como si fueran suyas las exaltadas pasiones y el
tormento que, en realidad, han sido durante tantos años
pesares de mi espíritu: el engaño que supone la comprensión
recíproca, basado de modo irremediable en la vacía
abstracción de las palabras, y en la personalidad múltiple
de cada uno de acuerdo con todas las posibilidades de ser
que subyacen en nosotros. Y, finalmente, el trágico
conflicto inmanente entre la vida que se mueve sin pausa,
transformándose, y la forma inmutable que la detiene.
Sobre todo dos de aquellos seis personajes, el Padre y la
Hijastra, hablan de esta atroz e inevitable fijeza de su
forma, en la cual el uno y la otra consideran expresada para
siempre su esencia, sin que pueda modificarse, y que en uno
representa castigo y, en la otra, venganza. Defienden su
esencia de los gestos ficticios y la inconsciente
volubilidad de los actores, tratando de imponerse al vulgar
Director que quisiera alterarla y acomodarla a las llamadas
exigencias del teatro.
No todos los seis personajes están aparentemente en el mismo
grado de conformación, pero no porque exista entre ellos
figuras de primer o segundo plano, es decir «protagonistas»
y «comparsas» —que sería una perspectiva elemental y
necesaria para una composición escénica o narrativa—, ni
tampoco porque todos no estén debidamente conformados para
su propósito. Los seis están en el mismo grado de
realización artística y en el mismo plano de realidad: lo
fantástico de la comedia. Tanto el Padre como la Hijastra e
incluso el Hijo están realizados como espíritus; la Madre
como naturaleza; y como «presencia» el jovencito que mira y
gesticula y la niña por completo inerte. Este hecho crea
entre ellos una perspectiva inédita. Inconscientemente, yo
había tenido la impresión de que en algunos casos necesitaba
revelarlos más acabados (artísticamente), en otros menos, y
en el resto apenas o un poco configurados como elementos de
un hecho por narrar o escenificar: los más vivaces y
logrados, el Padre y la Hijastra, que obviamente vayan por
delante, guíen e incluso arrastren el peso casi muerto de
los otros: uno, el Hijo, rebelde; el otro, la Madre, como
una víctima resignada en medio de esas dos criaturitas que
casi no tienen consistencia de no ser por su apariencia y
por depender de que los lleven de la mano.
¡Tal cual! Definitivamente, cada uno debía aparecer en ese
estadio de creación, alcanzado en la fantasía del autor, en
el momento en que iba a expulsarlos de sí.
Si ahora lo pienso, haber intuido esta necesidad y haber
encontrado el modo de resolverla con una nueva perspectiva,
y de la manera cómo lo logré, me parece un milagro. El hecho
es que la comedia fue de verdad concebida en una espontánea
iluminación de la fantasía, cuando prodigiosamente se
corresponden y obran elementos del espíritu en una
concertación divina. Ningún cerebro humano, por más
calculador o por más afanoso, habría logrado jamás penetrar
y satisfacer todas las necesidades de su forma. Por eso, las
razones que expondré para esclarecer sus valores no se deben
tomar como intenciones preconcebidas por mí cuando me
disponía a su creación, y de la que ahora asumo su defensa,
sino sólo como hallazgos que yo mismo, luego, con la mente
clara, he podido hacer.
He querido representar seis personajes que buscan un autor.
El drama no alcanza a escenificarse precisamente porque
falta el autor que buscan, y se representa, en cambio, la
comedia de su inútil tentativa, con todo lo que tiene de
trágica por el hecho de que estos seis personajes han sido
rechazados.
Pero ¿se puede representar un personaje rechazándolo?
Evidentemente que para representarlo se necesita, al
contrario, acogerlo en la fantasía y luego expresarlo. Yo,
en efecto, he acogido y realizado aquellos seis personajes:
pero los he acogido y realizado como rechazados: en busca de
otro autor.
Es necesario ahora comprender qué rechacé de ellos; no a
ellos mismos, obviamente, sino a su drama, que sin duda les
interesa sobre todo a ellos, pero que no me interesaba a mí
en absoluto por las razones expuestas.
¿Qué es, para un personaje, su propio drama?
Cada fantasma, cada criatura del arte, para llegar a existir
debe tener su propio drama. Es decir, un drama del cual sea
personaje y por el cual es personaje. El drama es la razón
de ser del personaje, es su función vital: lo necesita para
existir.
Yo, de los seis, he acogido el ser, pero rechazando la razón
de ser; he tomado el organismo para confiarle, en vez de su
función inherente, otra función más compleja, en la cual
apenas sí entraba como una simple anécdota. Situación
terrible y desesperada de manera especial para dos
personajes —el Padre y la Hijastra— quienes viven más que
los demás y poseen una conciencia mayor de ser personajes,
es decir, seres absolutamente necesitados de un drama, del
suyo propio, un drama en el que sólo ellos pueden imaginarse
a sí mismos y que, por lo pronto, lo ven rechazado. Es una
situación «imposible» de la cual sienten que deben salir
cueste lo que cueste, como si se tratara de un asunto de
vida o muerte. Lo cierto es que, en cuanto razón de ser, en
cuanto función, yo les di otra, justamente esa situación «imposible»,
el drama de estar a la busca de un autor por haber sido
rechazados: pero ni siquiera sospechan que ésta sea una
razón de ser y que haya devenido para ellos, que ya tenían
una vida propia, la función necesaria y suficiente para
existir. Si alguien se lo dijera, no lo creerían; porque no
es posible creer que la única razón de nuestra vida se cifre
en un tormento que nos parece injusto e inexplicable.
No logro imaginar, por eso, con qué fundamento se me hizo la
observación de que el personaje del Padre no fue aquel que
debía ser, porque prescindía de sus cualidades y posición de
personaje al invadir, en ciertas ocasiones y haciendo suyos,
los atributos del autor. Yo, que comprendo a quienes no me
comprenden, supongo que la observación se deriva del hecho
de que aquel personaje expresa como suya una inquietud que
es reconocidamente mía. Lo que es muy natural y no significa
nada en absoluto. Aparte de especificar que la inquietud
padecida y vivida por el personaje del Padre se debe a
causas y razones que no tienen nada que ver con el drama de
mi experiencia personal, consideración suficiente para
desautorizar la crítica, quiero aclarar que una cosa es la
inquietud inmanente de mi espíritu, inquietud que de manera
legítima puedo reflejar en un personaje —hasta el punto de
hacerla orgánica—, y que otra cosa es la actividad de mi
espíritu dedicada a la creación de este trabajo, es decir,
la actividad que logra establecer el drama de esos seis
personajes en busca de un autor. Si el Padre fuera partícipe
de esta última actividad, si concurriera a crear parte del
drama del ser de aquellos personajes sin autor, entonces sí,
y sólo entonces, sería justificado decir que él sea en
ocasiones el mismo autor, y, por lo tanto, no aquel que
debería ser. Pero el Padre, en su posición de «personaje en
busca de autor», lo sufre y no lo crea, lo sufre como una
fatalidad inexplicable y como una situación frente a la cual
busca rebelarse con todas sus fuerzas y remediarla: lo que
es propio de un «personaje en busca de un autor», y nada más,
aunque exprese como suya la inquietud de mi espíritu. Si
fuera parte de la actividad del autor, se explicaría
perfectamente su fatalidad. Se sentiría vinculado, incluso
como personaje rechazado, porque siempre sería acogido en la
matriz fantástica de un poeta, y no tendría más motivo para
padecer la desesperación de no encontrar quien afirme y
componga su vida de personaje: quiero decir que aceptaría
sin inconvenientes la razón de ser que le da el autor y, sin
ninguna queja, renunciaría a la que tenía, despachando al
Director y a aquellos actores a los que debe recurrir, por
el contrario, como única posibilidad.
Hay un personaje, en cambio, el de la Madre, al cual no le
importa de hecho tener vida, considerando el tenerla como un
fin en sí mismo. Ella no tiene la menor duda de estar viva,
ni se le ha ocurrido jamás la idea de preguntarse cómo y por
qué, o en qué modo, lo está. No tiene, en suma, conciencia
de ser personaje: esto en cuanto no está jamás, ni siquiera
por un momento, desencajada de su «papel». No sabe que tiene
un «papel».
Esto la hace perfectamente orgánica. De hecho, su papel de
Madre no genera, por su «naturalidad», movimientos
espirituales. Ella no vive como un espíritu: vive en un
sentimiento continuo que no tiene progresión, y por lo tanto
no puede adquirir conciencia de su vida, en lo que respecta
a ser personaje. Pero, con todo eso, también ella busca a su
modo y para sus propios fines un autor; hasta cierto punto
parece sentirse contenta de haber sido llevada ante el
Director. Quizá porque también ella espera cobrar vida
debido a él. Pero no: porque ella espera que el Director la
haga representar una escena con el Hijo, en la cual pondría
mucho de su propia vida; pero es una escena que no existe,
que jamás ha podido ni podrá existir. Es inconsciente de ser
personaje, es decir, inconsciente de la vida que podría
tener, fijada y determinada toda, segundo a segundo, en cada
gesto y cada palabra.
Ella se presenta con los demás personajes en el escenario
pero sin entender lo que la obligan a hacer. Evidentemente,
imagina que la obsesión por vivir que empuja al marido y a
la hija, y por la cual ella también se encuentra en un
escenario, no es más que una de las frecuentes e
incomprensibles extravagancias de aquel hombre atormentado y
atormentador, y —horrible, horrible— una nueva y equívoca
arrogancia de la pobre y descarriada muchacha. Es por
completo pasiva. Los acontecimientos de su vida y el valor
que éstos han adquirido, incluso su carácter, son cosas que
se dicen los demás y que ella sólo contradice una vez,
porque el instinto materno surge y se rebela en ella para
aclarar que no quiere abandonar ni al Hijo ni al marido,
porque el Hijo le fue arrancado y el marido la obligó a
abandonarlo. Pero sólo rectifica simples datos: no sabe y no
se explica nada.
Es, en resumen, naturaleza. La naturaleza fijada en la
figura de una Madre.
Este personaje me ha dado una satisfacción inesperada, que
debo explicar. Casi todos mis críticos, en vez de definirla
como acostumbran de «inhumana» —lo que parece ser el
carácter peculiar e incorregible de todas mis criaturas, sin
distinción— han tenido la bondad de señalar, «con verdadera
complacencia», que finalmente había surgido de mi fantasía
una figura humanísima. El elogio me lo explico así: estando
mi pobre Madre ceñida a su carácter de Madre, sin
posibilidad de libres movimientos espirituales, es decir,
casi como si fuera un pedazo de carne completamente viva en
todas sus funciones de procrear, dar de mamar, cuidar y amar
a su prole, sin necesidad de recurrir al cerebro, ella
realiza en sí misma el verdadero y perfecto «tipo humano».
Es cierto que ocurre así, porque nada parece más superfluo
en un organismo humano que el espíritu.
Pero los críticos, a pesar de aquel elogio, han despachado a
la Madre sin preocuparse por dilucidar el núcleo de valores
poéticos que, en la comedia, representa el personaje.
Humanísima figura, de acuerdo, porque carece de espíritu, es
decir, inconsciente de lo que es o despreocupada por
explicárselo. Pero el hecho de ignorar que es un personaje
no la priva de serlo. Ése es su drama en mi comedia. Y la
expresión más viva de eso se manifiesta en aquel grito que
da al Director, cuando él quiere persuadirla de que todo ya
ha ocurrido y que, por lo tanto, no puede haber motivo de un
nuevo llanto: «¡No! ¡Ocurre ahora, ocurre siempre! ¡Mi dolor
no es falso, señor! Estoy viva y presente en cada momento de
mi dolor, que se renueva y está siempre presente y vivo».
Esto lo siente ella sin conciencia, y, por lo tanto, como
cosa inexplicable: pero lo siente de manera tan terrible que
no piensa siquiera que pueda explicárselo a sí misma o a los
demás. Lo siente y punto. Lo siente como un dolor, y este
dolor inmediato es el que grita. Así, en ella se refleja la
fijeza de su vida en una forma que, de otro modo, atormenta
al Padre y a la Hijastra. Éstos son espíritu; ella, un
carácter de la naturaleza. El espíritu se rebela contra esa
fijeza, o busca, de la manera que sea, aprovecharla. La
naturaleza, si no es instigada por los estímulos sensitivos,
llora.
El conflicto inmanente entre el movimiento vital y la forma
es una condición inexorable no sólo de orden espiritual sino
también natural. La vida que se ha fijado para que exista en
nuestra forma corporal, poco a poco mata la forma adquirida.
El llanto de esta naturaleza detenida es el irreparable y
continuo envejecer de nuestro cuerpo. El llanto de la Madre
es, del mismo modo, pasivo y perpetuo. Expuesto en tres
fases, valorado en tres dramas diversos y contemporáneos,
aquel inmanente conflicto encuentra en la comedia, de esta
manera, la expresión más lograda. Y más aún, porque la Madre
también declara el valor específico de la forma artística en
aquel grito suyo al Director: la forma no abarca ni siega su
vida, y la vida, a su vez, no termina por agotar a la forma.
Si el Padre y la Hijastra acometieran cien mil veces
seguidas su escena, siempre en el punto establecido, en el
instante en el que la vida de la obra de arte debe
expresarse con aquel grito suyo, el grito siempre volvería a
estallar: sería inalterado e inalterable en su forma, pero
no como una repetición mecánica, ni como una repetición
obligada por necesidades exteriores, sino todo lo contrario,
cada vez vivo, como si fuera nuevo, como si siempre naciera
de improviso: embalsamado vivo en su forma imperecedera. De
esta manera, cada vez que abrimos el libro, encontraremos a
Francesca viva confesando a Dante su dulce pecado, y si
volviéramos cien mil veces seguidas, Francesca diría de
nuevo sus palabras, sin repetirlas jamás de manera mecánica,
sino diciéndolas como si fuera la primera vez, con una
pasión tan viva y brusca que Dante desfallecerá cada vez que
la escuche. Todo lo que tiene vida, por el hecho de vivir,
tiene forma, y por eso debe morir: salvo la obra de arte,
que precisamente vivirá por siempre porque es forma.
El nacimiento de una criatura de la fantasía humana,
nacimiento que es el paso del umbral entre la nada y la
eternidad, puede ocurrir de golpe, cuando su gestación
responde a una necesidad. Para un drama imaginado se
necesita un personaje que haga o diga algo preciso y
necesario; por eso aquel personaje nació, y es eso
exactamente lo que tenía que existir. Así nace Madama Paz
entre aquellos seis personajes, y es como un milagro.
Incluso es un artilugio sobre aquel escenario representado
de manera realista. Pero no es artilugio. El nacimiento es
real, el nuevo personaje está vivo no porque ya estaba vivo
sino porque felizmente nació, como corresponde a su
naturaleza de personaje «obligado», por decirlo de alguna
manera. Ha ocurrido un resquebrajamiento, una mutación
inédita en el plano de realidad de la escena, porque un
personaje sólo puede nacer de ese modo en la fantasía del
poeta y no sobre las tablas de un escenario. Sin que nadie
se percate, ha cambiado de golpe la escena: la he vuelto a
acoger en ese momento en mi fantasía sin necesidad de
privársela a los espectadores; les he mostrado, en vez del
escenario, pero bajo la imagen del mismo escenario, el acto
de creación de mi fantasía. La mutación inesperada y fuera
de control de una apariencia, desde un plano de la realidad
a otro, es un milagro parecido a los realizados por aquel
santo que hace mover su estatua, que en ese momento ya no es
por cierto ni de madera ni de piedra, pero tampoco es un
milagro arbitrario. Aquel escenario, por acoger también la
realidad fantástica de los seis personajes, no existe por sí
mismo como un hecho fijo e inmutable, como nada en esta
comedia existe con un lugar asignado o preconcebido: todo
deviene, todo gira, todo se improvisa. También el plano de
realidad del lugar, en el cual se transforma y vuelve a
transformar esta vida informe que busca una forma, llega a
modificarse orgánicamente. Cuando concebí que naciera allí
Madama Paz, en el escenario, sentí que podía hacerlo y lo
hice; si hubiera advertido que este nacimiento descuadraba y
modificaba silenciosamente y casi sin advertirlo, en un sólo
segundo, el plano de realidad de la escena, seguro que no lo
hubiera intentado, detenido por la aparente falta de lógica.
Habría infligido un defecto a la belleza de mi obra, de la
que me salvó el fervor de mi espíritu: porque contra una
falsa apariencia lógica, aquel nacimiento fantástico está
sustentado por una verdadera necesidad, que tiene una
misteriosa y orgánica correspondencia con toda la vida de la
obra.
Que alguien me diga ahora que ésta no tiene todo el valor
que podría tener, porque su expresión no es coherente sino
caótica, porque peca de romanticismo, y me hará sonreír.
Comprendo por qué se me hizo esa observación. Porque en mi
trabajo la representación del drama en el cual se ven
implicados los seis personajes parece tumultuosa y no
procede de acuerdo a un orden establecido: no hay desarrollo
lógico, no hay una concatenación de los acontecimientos. Es
muy cierto. Ni por más que lo buscara hubiera podido
encontrar un modo más desordenado, estrambótico, arbitrario
y complicado, es decir, más romántico, de representar «el
drama en que se ven implicados los seis personajes». Es muy
cierto, pero yo, a propósito, no he representado ese drama:
he representado otro —¡y no voy a repetir cuál!— en el que,
entre las otras cosas bellas que cada uno encontrará de
acuerdo a sus gustos, hay una discreta sátira de los
procedimientos románticos. La sátira radica en el hecho de
que mis personajes se desesperan por desautorizarse en el
papel que tiene cada uno en su drama, mientras yo los
presento como personajes de una comedia distinta, que ellos
no saben ni sospechan, de manera que su agitación pasional,
propia de los procedimientos románticos, está tratada
humorísticamente, montada en el vacío. Y el drama de los
personajes, representado no como se hubiera dispuesto en mi
fantasía si yo lo hubiera acogido, sino de esta manera, como
drama rechazado, no podía hallar lugar en mi trabajo si no
fuera como una «situación» a desarrollarse, y no podía
aparecer si no fuera por indicios, tumultuosamente,
desordenadamente, en escorzos violentos, de manera caótica:
interrumpido a cada rato, descaminado, contradictorio, e
incluso negado por uno de sus personajes, y por otros dos ni
siquiera vivido.
Justamente, hay un personaje —el que «niega» el drama que lo
hace personaje, el Hijo— que todo su realce y valor deriva
del ser personaje no de la «comedia por escenificar» —que
como tal casi no aparece— sino de la representación que 70
realicé. Es, en resumen, el único que vive como «personaje
en busca de autor»; tanto es así que el autor que busca no
es un autor dramático. También esto no podía ser de otro
modo; tanto la actitud del personaje es orgánica en mi
concepción cuanto es lógica que, en la situación, establezca
mayor confusión y desorden y otro motivo de contraste
romántico.
Pero precisamente este caos, orgánico y natural, es el que
yo quería representar. Representar un caos no significa en
absoluto representarlo caóticamente, sino románticamente.
Que mi representación no sea en absoluto confusa, sino
incluso clara, simple y ordenada, lo demuestra la evidencia
con que, a ojos de todos los públicos del mundo, se ha
comprendido la trama, los caracteres, los planos fantásticos
y realistas, dramáticos y cómicos del trabajo, y hasta para
quienes tienen una mirada más penetrante resaltan los
valores inesperados que encierra.
Es enorme la confusión de lenguas entre los hombres, si
críticas como las imputadas consiguen palabras para
expresarse. Es tan grande esta confusión cuan perfecta la
íntima ley del orden que, respetada del todo, hace clásica y
ejemplar mi obra, y niega cualquier palabra de fracaso.
Cuando resulta evidente para todos que por un artificio no
se crea vida, y que el drama de los seis personajes no se
puede representar al faltar el autor que le infunda espíritu,
el Director, ansioso por conocer cómo se desarrolló la
historia, instiga al Hijo a que recuerde los hechos, y éste,
privado de razón y de voz, se abalanza torpe e inútilmente
cuando escucha la detonación de un arma de fuego en el
escenario. Con eso se quiebra y dispersa el estéril intento
de los personajes y de los actores, aparentemente no
asistido por el poeta.
Sólo que el poeta, sin que ellos lo sepan, casi observando
todo el tiempo de lejos aquel intento, ha logrado entretanto
crear con él, y de él, su obra.
LOS PERSONAJES DE LA COMEDIA POR ESCENIFICAR
el padre
la madre
la hijastra
el hijo
el muchacho
la niña
(estos dos últimos no hablan)
madama paz (Luego, evocada)
LOS ACTORES DE LA COMPAÑÍA
el director
la primera actriz
el primer actor
la segunda actriz
la actriz joven
el actor joven
otros actores y actrices
el director de escena
el apuntador
el guardarropa
el tramoyista
el secretario del director
el conserje
montadores y ayudantes de escena
De día, sobre un escenario de teatro.
Nota bene: La comedia no tiene actos ni escenas. La
representación será interrumpida por primera vez, sin bajar
el telón, cuando el director y el primer personaje se
retiren para acordar el escenario y los actores desaparezcan
del escenario; la segunda vez, cuando el tramoyista haga
caer el telón por error.
Dos escalerillas, una a la derecha y otra a la izquierda,
comunicarán el escenario con la sala. Sobre el escenario, la
concha del apuntador estará junto al foso. Al otro lado,
cerca del proscenio, una mesita y un sillón de espaldas al
público, para el DIRECTOR.
Otras dos mesitas, una más grande, una más pequeña, con
muchas sillas alrededor, colocadas para tenerlas a mano, si
hubiera necesidad, en el ensayo. Otras sillas, aquí y allá,
a derecha e izquierda, para los ACTORES, y un piano, en el
fondo, a un costado, casi oculto.
Apagadas las luces de la sala, se verá entrar por la puerta
del foro al TRAMOYISTA con un mono azulado y una bolsa atada
a la cintura; cogerá de un rincón al fondo algunos listones,
los colocará en el proscenio y se arrodillará para fijarlos.
Al escucharse los martillazos, saldrá de la puerta de los
camerinos el DIRECTOR DE ESCENA.
EL DIRECTOR DE ESCENA. ¿Qué haces?
EL TRAMOYISTA. ¿Qué hago? Estoy clavando.
EL DIRECTOR DE ESCENA. ¿A estas horas? (Mirará el reloj.)
Son las diez y media. En un momento llegará el Director para
el ensayo.
EL TRAMOYISTA. Bueno, ¡yo también necesito mi tiempo para
trabajar!
EL DIRECTOR DE ESCENA. Lo tendrás, pero no ahora.
EL TRAMOYISTA. ¿Cuándo, entonces?
EL DIRECTOR DE ESCENA. Cuando no sea la hora de ensayo.
Apresúrate y llévatelo todo. Déjame disponer la escena para
el segundo acto de El juego de los papeles.
EL TRAMOYISTA. Resoplando, refunfuñando, recogerá los
listones y se irá. Entretanto, por la puerta del foro,
empezarán a aparecer los ACTORES de la compañía, hombres y
mujeres, primero uno y después otro, después dos al mismo
tiempo, a su gusto: nueve o diez, los que se supone que
deban formar parte en los ensayos de la comedia de
Pirandello El juego de los papeles, prevista para ese día.
Entrarán, saludarán al DIRECTOR DE ESCENA y se saludarán
entre ellos, deseándose un buen día. Algunos irán a los
camerinos; otros, entre los cuales estará el APUNTADOR, que
tendrá el guión enrollado bajo el brazo, permanecerán en el
escenario esperando al DIRECTOR para dar inicio al ensayo,
mientras que, sentados en círculo o de pie, cruzarán
palabras; alguno encenderá un cigarrillo, otro se quejará
del papel asignado, aquel leerá en voz alta a sus compañeros
la noticia de una revista teatral. Sería bueno que tanto las
ACTRICES como los ACTORES vistieran ropas claras y alegres,
y que esta primera escena improvisada tuviera mucha
vivacidad. En un determinado momento, uno de los cómicos se
podrá sentar al piano y tocar una música bailable; los más
jóvenes entre los ACTORES y ACTRICES bailarán.
EL DIRECTOR DE ESCENA. (Batiendo palmas para llamarlos al
orden.) Vamos, vamos, orden. ¡Ha llegado el Director!
La música y el baile cesarán al mismo tiempo. Los ACTORES se
volverán para mirar hacia la sala del teatro, por cuya
puerta se verá entrar al DIRECTOR, quien, con un sombrero de
copa, el bastón bajo el brazo y un grueso puro en la boca,
cruzará el pasillo de butacas y, saludado por los cómicos,
subirá al escenario por una de las dos escalerillas. El
SECRETARIO le entregará el correo: un periódico y un guión
sellado.
EL DIRECTOR. ¿Cartas?
EL SECRETARIO. Ninguna. Esto es todo.
EL DIRECTOR. (Entregándole el guión sellado.) Llévelo al
camerino. (Después, mirando alrededor y dirigiéndose al
DIRECTOR DE ESCENA.) Pero aquí no se ve nada. Por favor, que
nos den un poco más de luz.
EL DIRECTOR DE ESCENA. ¡De inmediato! Irá a dar la orden. Y
poco después el escenario se iluminará con una intensa luz
blanca en la parte de la derecha, donde estarán los ACTORES.
En tanto, el APUNTADOR habrá tomado su lugar en el foso,
habrá encendido la lamparita y extendido ante sí el guión.
EL DIRECTOR. (Dando palmadas.) Vamos, vamos, que tenemos que
empezar. (Al DIRECTOR DE ESCENA) ¿Falta alguien?
EL DIRECTOR DE ESCENA. Falta la
Primera Actriz.
EL DIRECTOR. ¡Como siempre! (Mirará el reloj.) Estamos
atrasados diez minutos. Anótelo, hágame el favor. Así
aprenderá a ser puntual en los ensayos.
No habrá terminado la amonestación, cuando del fondo de la
sala se escuchará la voz de la PRIMERA ACTRIZ.
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡No, no, por favor! ¡Aquí estoy! ¡Aquí
estoy! Está toda vestida de blanco, con un sombrero
excéntrico y un gracioso perrito entre los brazos; correrá a
través del corredor de la sala y subirá apresuradamente por
una de las escalerillas.
EL DIRECTOR. Usted insiste en hacerse esperar.
LA PRIMERA ACTRIZ. Discúlpeme. ¡Busqué desesperadamente un
automóvil para llegar a tiempo! Pero veo que todavía no han
empezado. Y yo no aparezco al comienzo de la obra. (Luego,
llamando por su nombre al DIRECTOR DE ESCENA, le encarga el
perrito.) Por favor, déjelo en el camerino.
EL DIRECTOR. (Renegando.) ¡También el perrito! Como si
fuéramos pocos los que parecemos mascotas aquí. (Dará
palmadas otra vez y se dirigirá al APUNTADOR) Vamos, vamos,
el segundo acto de El juego de los papeles. (Sentándose en
la butaca.) Atención, señores. ¿A quién le toca la escena?
Los ACTORES y las ACTRICES despejarán el proscenio y se irán
a sentar a un costado, salvo los tres que participarán en el
ensayo y la PRIMERA ACTRIZ, que sin hacer caso de la
pregunta del DIRECTOR se sentará delante de una de las
mesitas.
EL DIRECTOR. (A la PRIMERA ACTRIZ) ¿Interviene usted en la
escena?
LA PRIMERA ACTRIZ. Yo no.
EL DIRECTOR. (Molesto.) ¡Entonces muévase, por Dios!
La PRIMERA ACTRIZ se levantará y se irá a sentar junto a los
otros ACTORES que ya estarán acomodados aparte.
EL DIRECTOR. (Al apuntador) Comience, comience.
EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) «En casa de Leone Gala. Un
extraño salón, comedor y despacho al mismo tiempo»
EL DIRECTOR. (Dirigiéndose al director de escena.) Pondremos
la sala de color rojo.
EL DIRECTOR DE ESCENA. (Apuntándolo en un papel.) De color
rojo, de acuerdo.
EL APUNTADOR. (Sigue leyendo el guión.) «Mesa puesta y
escritorio con libros y papeles. Estanterías de libros y
vitrinas con lujosas vajillas y utensilios de mesa. Puerta
al fondo por la cual se llega a la habitación de Leone.
Puerta lateral a la izquierda por la cual se va a la cocina.
La puerta principal está a la derecha»
EL DIRECTOR. (Levantándose e indicando.) Por lo tanto,
presten atención: allá, la puerta principal. Aquí, la cocina.
(Dirigiéndose al ACTOR que hará el papel de Sócrates.) Usted
entrará y saldrá por este lado. (Al DIRECTOR.) Colocará la
mampara en el fondo y luego colgará las cortinas. (Se vuelve
a sentar.)
EL DIRECTOR DE ESCENA. (Anotándolo.) De acuerdo.
EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) «Primera escena. Leone
Gala, Guido Venanzi, Filippo, llamado Sócrates» (Al DIRECTOR)
¿Debo leer también las acotaciones?
EL DIRECTOR. ¡Sí, sí! ¡Se lo he dicho mil veces!
EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) «Al levantarse el telón,
Leone Gala, con gorrito de cocinero y delantal, trata de
batir un huevo en un cuenco con un cucharón de madera.
Filippo bate otro, también vestido de cocinero. Guido
Venanzi escucha, sentado»
EL PRIMER ACTOR. (Al director.) Disculpe, pero ¿me tengo que
poner el gorrito en la cabeza?
EL DIRECTOR. (Fastidiado por el comentario.) ¡Obviamente!
¡Está escrito allí! (Señalará el guión.)
EL PRIMER ACTOR. ¡Pero si es ridículo!, usted perdone.
EL DIRECTOR. (Poniéndose de pie, furioso.) «¡Ridículo,
ridículo!» ¿Qué quiere que yo haga si de Francia no vienen
más comedias buenas y nos tenemos que resignar a poner en
escena comedias de Pirandello, que nadie comprende y parecen
creadas a propósito para que ni los actores, ni los críticos,
ni el público queden contentos? (Los actores reirán. Y
entonces él, levantándose y acercándose hacia el PRIMER
ACTOR, gritará.) ¡El gorrito de cocinero, sí señor! ¡Y
batirá los huevos! ¿Usted cree que no tiene que hacer nada
más que batir los huevos con sus manos? Pues no. ¡Tendrá que
representar el papel de la cáscara de los huevos que está
batiendo! (Los ACTORES reirán de nuevo y harán comentarios
irónicos entre ellos.) ¡Silencio! ¡Y presten atención cuando
estoy hablando! (Se dirige de nuevo al primer ACTOR.) Sí,
señor, la cáscara. ¡Lo que quiere decir la forma vacía de la
razón, sin la plenitud del instinto, que es ciego! Usted es
la razón y su esposa el instinto, en un juego de papeles
asignados, por lo que usted, al representar su papel, es
voluntariamente el títere de sí mismo. ¿Comprendido?
EL PRIMER ACTOR. (Abriendo los brazos.) ¡Yo no!
EL DIRECTOR. (Volviendo a su sitio.) ¡Yo menos! Así que
mejor seguimos. ¡Después me elogiará el resultado! (En tono
confidencial.) Le aconsejo que se ponga siempre de medio
perfil, porque si no, entre las complicaciones del diálogo y
usted que no se dejará escuchar por el público, nadie
entenderá nada. (Dando palmadas de nuevo.) ¡Atención,
atención! Empezamos.
EL APUNTADOR. Disculpe, señor Director. ¿Me permitiría
cubrirme con la concha? ¡Corre un aire!
EL DIRECTOR. ¡Cómo no, hágalo!
El CONSERJE del teatro habrá entrado mientras tanto en la
sala, con su gorrita galoneada, en la cabeza, y atravesando
el pasillo de butacas, se acercará al escenario para
anunciar al DIRECTOR la llegada de los SEIS PERSONAJES,
quienes también han entrado en la sala y lo han seguido a
cierta distancia, un poco desorientados y perplejos, mirando
a su alrededor.
Quien vaya a intentar una puesta en escena de esta comedia
debe valerse de todos los medios disponibles para lograr un
efecto gracias al cual estos SEIS PERSONAJES no se confundan
nunca con los ACTORES de la compañía. La disposición de unos
y otros, indicada en las anotaciones, cuando ya se
encuentren en el escenario, será sin duda útil; tanto como
una intensidad luminosa variada de reflectores especiales.
Pero el medio más eficaz e idóneo que se sugiere será el uso
de máscaras especiales para los PERSONAJES: máscaras
especialmente elaboradas con una materia que el sudor no
ablande, así que no serán ligeras para los actores que
deberán llevarlas; se confeccionarán de tal modo que dejen
libres los ojos, la nariz y la boca. Se interpreta de esta
manera el sentido más profundo de la comedia. Los PERSONAJES
no deberán, por lo tanto, aparecer como fantasmas, sino como
realidades creadas, elaboraciones inalterables de la
fantasía: y por lo tanto más reales y consistentes que la
voluble naturalidad de los ACTORES. Las máscaras ayudarán a
dar la impresión de la figura construida artísticamente y
fijada de manera inalterable en la expresión del propio
sentimiento fundamental, que es el remordimiento en el
PADRE, la venganza en la HIJASTRA, el desdén en el HIJO, el
dolor en la MADRE, con lágrimas de cera, fijas en lo más
lívido de las ojeras y las mejillas, como se puede ver en
las imágenes esculpidas y pintadas de las Mater dolorosa de
las iglesias.
Y que incluso la vestimenta sea de paño y corte particular,
sin extravagancia, con pliegues rígidos y de un volumen
estatuario. En resumen, que no dé la idea de estar
confeccionada con una tela, que se pueda comprar en
cualquier tienda de la ciudad y en cualquier sastrería.
El PADRE rondará los cincuenta años: de frente amplia, pero
no calvo, de cabello rojizo, con bigote espeso y crespo
alrededor de una boca fresca, dispuesta a una sonrisa
incierta y vana. Pálido, especialmente en la amplia frente;
ojos azules y ovalados, centellantes y agudos; vestirá
pantalones claros y chaqueta oscura: en ocasiones será
melifluo, en otras tendrá gestos duros y ásperos.
La MADRE estará aterrada y sobrecogida por el intolerable
peso de la vergüenza y de la humillación. Cubierta por un
tupido velo de viuda, vestirá humildemente de negro, y
cuando se levante el velo, mostrará un rostro nada
atormentado, pero como si fuera de cera, y siempre estará
con los ojos bajos.
La HIJASTRA, de dieciocho años, será desvergonzada, casi
impúdica. Bellísima, ella también, vestirá de luto, pero con
una elegancia vistosa. Mostrará desprecio por el aire
tímido, afligido y casi desorientado del hermanito, un
escuálido MUCHACHO de catorce años, también de negro; y en
la. hermanita, en cambio, una NIÑA de aproximadamente cuatro
años, habrá una ternura vivaz y estará vestida de blanco con
una cinta de seda negra en la cintura.
El HIJO, de veintidós años, alto, casi inmovilizado en un
contenido desdén por el PADRE y en una indiferencia ceñuda
hacia la MADRE, llevará un sobretodo morado y una larga
cinta verde alrededor del cuello.
EL CONSERJE. (Con el gorrito en la mano.) Disculpe, señor.
EL DlRECTOR. (Brusco, despectivo.) ¿Y ahora qué ocurre?
EL CONSERJE. (Tímidamente.) Han llegado unos señores que
preguntan por usted.
El DIRECTOR y los ACTORES se dan la vuelta sorprendidos para
mirar desde el escenario hacia abajo, en la sala.
EL DIRECTOR. (De nuevo enojado.) ¡Estamos ensayando! ¡Y
usted sabe muy bien que no debe entrar nadie mientras
estamos ensayando! (Dirigiéndose hacia el fondo.) ¿Quiénes
son ustedes? ¿Qué quieren?
EL PADRE. (Dando un paso adelante, seguido por los demás,
hasta llegar a una de las escalerillas) Hemos venido en
busca de un autor.
EL DIRECTOR. (Entre sorprendido e iracundo.) ¿De un autor?
¿Qué autor?
EL PADRE. Del que sea, señor.
EL DIRECTOR. Pero si aquí no hay ningún autor, porque no
estamos ensayando ninguna comedia nueva.
LA HIJASTRA. (Con una alegre vivacidad, subiendo rápidamente
la escalerilla.) ¡Mucho mejor, mucho mejor entonces, señor!
Nosotros podríamos ser su nueva comedia.
ALGUNO DE LOS ACTORES. (En medio de los comentarios
bulliciosos y las risas de los demás.) ¡Escúchenla,
escúchenla!
EL PADRE. (Siguiendo sobre el escenario a la HIJASTRA.)
Bueno, pero ¿si no hay autor? (Al DIRECTOR.) A menos que
usted quiera serlo...
La MADRE, con la NIÑA de la mano, y el MUCHACHO subirán los
primeros peldaños de la escalerilla y se quedarán a la
espera. El HlJO se quedará abajo, enojado.
EL DIRECTOR. ¿Están bromeando?
EL PADRE. ¿Cómo se le ocurre, señor? Todo lo contrario, le
traemos un drama doloroso.
LA HIJASTRA. ¡Y podríamos ser su fortuna!
EL DIRECTOR. ¡Háganme el favor de largarse, que no tenemos
tiempo para perderlo con locos!
EL PADRE. (Herido y melifluo.) Pero señor, usted sabe muy
bien que la vida está llena de infinitos absurdos, que,
descaradamente, ni siquiera tienen necesidad de parecer
verosímiles, porque son verdaderos.
EL DIRECTOR. Pero, ¿qué diablos dice?
EL PADRE. Digo que puede considerarse una locura, sí señor,
esforzarse en hacer lo contrario; es decir, crear lo
verosímil para que parezca verdadero. Pero permítame hacerle
la observación de que, si fuera locura, ésta es la única
razón de su oficio. Los ACTORES se agitarán, molestos.
EL DIRECTOR. (Levantándose y retándolo.) ¿Ah, sí? ¿De manera
que nuestro oficio le parece cuestión de locos?
EL PADRE. Bueno, dar la apariencia de verdadero a aquello
que no lo es, sin necesidad de hacerlo, señor; como un
juego... ¿O acaso no es el oficio de ustedes dar vida en la
escena a personajes fantasiosos?
EL DIRECTOR. (Rápidamente, haciéndose portavoz de la
irritación creciente de sus ACTORES.) ¡Yo le aseguro que la
profesión del cómico, estimado señor, es una noble
profesión! Si hoy por hoy los nuevos señores comediógrafos
nos dan a representar comedias banales y a títeres en lugar
de hombres, ¡sepa que es nuestro orgullo haber dado vida
—aquí, sobre estas tablas— a obras inmortales! Los ACTORES,
satisfechos, aprobarán y aplaudirán a su DIRECTOR.
EL PADRE. (Interrumpiendo con vehemencia.) ¡Eso es! ¡Muy
bien! ¡A seres vivos, más vivos que aquellos que visten y
calzan! Menos reales, quizá; ¡pero más verdaderos! ¡Somos de
la misma opinión! Los ACTORES se miran entre sí, sin
entender.
EL DIRECTOR. ¿No entiendo? Pero si antes dijo...
EL PADRE. No me interprete mal. Lo decía por usted, señor,
que nos ha gritado no tener tiempo para perderlo con locos,
cuando nadie mejor que usted sabe que la naturaleza se sirve
de la fantasía humana como instrumento para continuar, a un
mayor grado, su obra creada.
EL DIRECTOR. Está bien, está bien. ¿A qué quiere llegar con
eso?
EL PADRE. A nada, señor. Sólo a demostrar que se nace a la
vida de diferentes maneras, y en muchas formas: árbol o
piedra, agua o mariposa... o mujer. ¡Y que también se nace
como un personaje!
EL DIRECTOR. (Con un fingido e irónico estupor.) Y usted,
junto a quienes lo acompañan, ¿han nacido como personajes?
EL PADRE. Exacto, señor. Y vivos, como puede comprobarlo.
El DIRECTOR y los ACTORES se ríen a carcajadas, como si se
burlaran.
EL PADRE. (Herido.) Me apena que se burlen así, porque
llevamos en nosotros, repito, un drama doloroso, como los
señores pueden deducir al ver a esta mujer vestida de luto.
Diciendo esto le ofrecerá la mano a la MADRE para ayudarla a
subir los últimos escalones y, guiándola todavía, la
conducirá con una solemnidad trágica hacia el otro lado del
escenario, que se iluminará de inmediato con una luz
fantástica. La NlÑA y el MUCHACHO seguirán a la MADRE;
después el HlJO, que se mantendrá aparte, al fondo; y
también la HIJASTRA, que se colocará en el proscenio,
apoyada sobre el borde del escenario. Los ACTORES, primero
estupefactos, luego admirados por esta evolución de los
hechos, reventarán en aplausos como si les fuera ofrecido un
espectáculo.
EL DIRECTOR. (Primero sorprendido, luego fastidiado.)
¡Déjenlo! ¡Cállense! (Luego, dirigiéndose a los PERSONAJES.)
¡Y ustedes váyanse de aquí! ¡Despejen el lugar! (Al DIRECTOR
DE ESCENA.) ¡Por Dios, sáquelos de aquí!
EL DIRECTOR DE ESCENA. (Acercándose, pero luego deteniéndose
como si lo retuviera una rara turbación.) ¡Fuera! ¡Fuera!
EL PADRE. (Al director) Mire, nosotros...
EL DIRECTOR. (Gritando.) ¡Basta, tenemos que trabajar!
EL PRIMER ACTOR. No es posible que alguien se burle así...
EL PADRE. (Resuelto, adelantándose.) ¡Me sorprendo de su
incredulidad! ¿Acaso no están los señores acostumbrados a
ver cómo aparecen casi vivos aquí, uno frente a otro, los
personajes creados por un autor? ¿O a lo mejor no tienen
(señalará la concha del APUNTADOR) un guión que nos
contenga?
LA HIJASTRA. (Colocándose frente al DIRECTOR, risueña,
zalamera.) Puede creer, señor, que somos de verdad seis
personajes interesantísimos. Lamentablemente frustrados.
EL PADRE. (Apañándola.) ¡Sí, frustrados, eso es! (Al
director, de inmediato.) En el sentido, claro está, de que
el autor que nos dio vida, después no quiso o no pudo
materialmente introducirnos en el mundo del arte. Y de
verdad que fue un delito, señor, porque quien ha tenido la
suerte de nacer como personaje vivo, puede reírse incluso de
la muerte. ¡No morirá jamás! Y para vivir eternamente ni
siquiera necesita de dotes extraordinarias o realizar
prodigios. ¿Quién era Sancho Panza? ¿Quién era don Abundio?
Y, sin embargo, son eternos, porque —semillas vivientes—
¡tuvieron la suerte de encontrar una matriz fecunda, una
fantasía que supo nutrirlos y desarrollarlos, darles vida
eterna!
EL DIRECTOR. ¡Todo lo que dice está bien! Pero ¿qué quieren
aquí?
EL PADRE. ¡Queremos vivir, señor!
El DIRECTOR. (Irónico.) ¿Por toda la eternidad?
EL PADRE. No, señor. Por lo menos un momento, a través de
ustedes.
UN ACTOR. ¡Qué ocurrencia!
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Quieren vivir en nosotros!
EL ACTOR JOVEN. (Señalando a la HIJASTRA) Por mí no hay
problema, si a mí me toca ella.
EL PADRE. Fíjense, fíjense: todavía hay que hacer la
comedia; (al DIRECTOR) pero si usted quiere y sus actores
están dispuestos, la organizamos rápidamente entre nosotros.
EL DIRECTOR. (Molesto.) ¿Pero qué quiere organizar? ¡Aquí no
se hace nada de eso! ¡Aquí se interpretan dramas y comedias!
EL PADRE. ¡Por eso mismo! ¡Hemos venido con usted justamente
por eso!
EL DIRECTOR. ¿Y dónde está el guión?
EL PADRE. Está en nosotros mismos, señor. (Los ACTORES
reirán.) El drama está en nosotros, somos nosotros, y
estamos impacientes por representarlo, así como dentro nos
urge la pasión.
LA HIJASTRA. (Sarcástica, con la pérfida gracia de una
oscura desvergüenza.) ¡Mi pasión, si la conociera, señor! Mi
pasión... ¡Por él! (Señalará al PADRE e intentará abrazarlo,
pero estallará en una carcajada estruendosa.)
EL PADRE. (Con un arranque de ira.) ¡Por ahora quédate en tu
sitio! ¡Y no te rías de esa manera!
LA HIJASTRA. ¿No? Y ahora permítanme: si bien huérfana hace
apenas dos meses, ¡miren los señores cómo canto y cómo
bailo!
Sugerirá maliciosamente que está bailando con paso de baile
la primera estrofa de «Prends garde a Tchou-Tchin-Tchou» de
Dave Stamper en la adaptación a Fox-trot o One-Step lento de
Francis Salabert.
Les chinois sont un peuple malin,
De Shangai à Pekin,
Ils ont mis des écriteaux partout:
Prenez garde à Tchou-Tchin-Tchou!
Los ACTORES, de manera particular los jóvenes, mientras ella
canta y baila, como atraídos por una extraña fascinación, se
desplazarán hacia ella y apenas levantarán las manos como si
la quisieran atrapar. Ella se hará la escurridiza. Cuando
los ACTORES estallen en aplausos, y después de que el
DIRECTOR le llame la atención, se quedará como abstraída y
lejana.
LOS ACTORES Y LAS ACTRICES. (Entre risas y aplausos.) ¡Muy
bien! ¡Bravo! ¡Bravo!
EL DIRECTOR. (Iracundo.) ¡Silencio! ¿Creen que están en un
cabaret? (Haciéndose a un lado con el PADRE, y con cierta
consternación.) Pero, dígame. ¿Está loca?
EL PADRE. ¿Loca? No. ¡Algo peor!
LA HIJASTRA. (Corriendo rápidamente hacia el director.)
¡Peor! ¡Peor! ¡Mucho peor, señor! ¡Peor! Escuche, si es tan
amable: haga representar en breve este drama, porque verá
que en cierto momento, yo, cuando esta pequeña preciosa...
(Tomará de la mano a la NIÑA, que habrá estado junto a la
MADRE, y la llevará delante del DIRECTOR.) ¿Ve lo preciosa
que es? (La levantará en brazos y la besará.) ¡Cariño mío,
cariño mío! (La dejará de nuevo en el suelo y añadirá, casi
involuntariamente, conmovida.) Y bien, cuando a esta
preciosa se la quite Dios a su pobre Madre, y cuando este
bobalicón (tirará hacia delante del MUCHACHO agarrándolo sin
miramientos por la manga) haga la estupidez más grande,
propia del estúpido que es (lo devolverá junto a la MADRE de
un empujón), ¡entonces sí podrá verse cómo volaré! ¡Sí,
señor! ¡Volaré! ¡Muy alto! ¡Y no veo el momento de hacerlo,
créame, no lo veo! Porque después de lo que ocurrió
íntimamente entre él y yo (señalará al PADRE con un guiño
atroz) no puedo seguir junto a todos ellos, presenciando el
tormento de aquella Madre por aquel granuja. (Señalará al
Hijo.) ¡Mírelo! ¡Mírelo! ¡Indiferente y frío, porque él es
el Hijo legítimo! Lleno de desprecio por mí, por aquel,
(señalará al MUCHACHO) por aquella criaturita. ¿Y sabe por
qué? Porque somos bastardos. ¿Queda claro? Bastardos. (Se
acercará a la MADRE y la abrazará.) Y a esta pobre Madre,
que es la Madre de todos nosotros, él no la quiere reconocer
como Madre suya. Él la desprecia y la considera Madre
únicamente de nosotros tres, los bastardos. ¡Es vil!
Dirá todo esto rápidamente, excitadísima, y al llegar al
«vil» final, después de haber inflado la voz en «bastardos»,
lo pronunciará despacio, como si escupiera la palabra.
LA MADRE. (Se dirige al DIRECTOR con una angustia infinita.)
Señor, le suplico en nombre de estas dos criaturitas... (Se
sentirá desfallecer y vacilará.) Dios mío...
EL PADRE. (Se aproxima para sostenerla mientras casi todos
los ACTORES están aturdidos y consternados.) Por favor, una
silla, una silla para esta pobre viuda.
LOS ACTORES. (Acercándose.) Entonces, ¿es verdad?
¿Desfallece?
EL DIRECTOR. ¡Una silla, rápido!
Uno de los ACTORES ofrecerá una silla; los otros la rodearán
presurosos. La MADRE, sentada, intentará impedir que el
PADRE le retire el velo que esconde su rostro.
EL PADRE. Mírela, señor, mírela...
LA MADRE. No, no, déjame.
EL PADRE. ¡Déjate ver! Le quitará el velo.
LA MADRE. (Irguiéndose y cubriéndose desesperadamente el
rostro con las manos.) Señor, le suplico que impida a este
hombre utilizarme para sus propósitos. ¡Sería horrible para
mí!
EL DIRECTOR. (Impresionado, aturdido.) ¿Qué está pasando?
¿De quién se trata? (Al PADRE) ¿Es su esposa o no?
EL PADRE. (De inmediato.) Sí, señor, mi mujer.
EL DIRECTOR. ¿Entonces por qué es viuda, si usted vive?
Los ACTORES desahogarán todo su aturdimiento en una
estruendosa carcajada.
EL PADRE. (Herido, con un áspero resentimiento.) ¡No se
burlen! ¡No se rían así, por amor a Dios! Éste es justamente
su drama, señor. Ella tuvo otro hombre. ¡Otro hombre que
debería estar aquí!
LA MADRE. (Dando un grito.) ¡No! ¡No!
LA HIJASTRA. Por suerte para él, está muerto: hace dos
meses, se lo dije. Llevamos su luto, como puede ver.
EL PADRE. Pero fíjese que no está aquí porque haya muerto.
No está aquí porque... Mírela, señor, por favor, y lo
comprenderá de inmediato. Su drama no consiste en el amor a
dos hombres, por quienes ella es incapaz de sentir nada, más
allá que un poco de reconocimiento. —No para mí, sino para
el otro.— Porque no es una mujer. ¡Es una Madre! Y su drama
—terrible, señor, terrible— consiste, de hecho, en estos
cuatro hijos de esos dos hombres que tuvo.
LA MADRE. ¿Que yo los tuve? ¿Tienes el valor de decir que
fui yo quien los tuvo, como si los hubiera deseado? ¡Fue él,
señor! ¡Me los dieron él y el otro, a la fuerza! ¡Me obligó,
me obligó a largarme con aquél!
LA HIJASTRA. (Cortante, indignada.) ¡No es cierto!
LA MADRE. (Aturdida.) ¿Cómo que no es cierto?
LA HIJASTRA. ¡No es cierto! ¡No es cierto!
LA MADRE. ¿Y tú qué sabes?
LA HIJASTRA. ¡No es cierto! (Al DIRECTOR) ¡No se lo crea!
¿Sabe por qué lo dice? Por ése... (Señalará al HlJO) ¡Lo
dice por él! Porque se mortifica y sufre por la indiferencia
de ese hijo, a quien quiere explicarle que si lo abandonó a
los dos años fue porque él (señalará al PADRE) la obligó.
LA MADRE. (Decidida.) ¡Me obligó, me obligó! ¡Pongo a Dios
por testigo! (Al DIRECTOR.) ¡Pregúnteselo a él (señalará al
marido) si no es verdad! ¡Que él se lo diga!... Ella
(señalará a la HIJASTRA) no puede saber nada.
LA HIJASTRA. Sé que con mi Padre, mientras vivió, tú viviste
en paz y contenta. ¡Niégalo, si puedes!
LA MADRE. No lo niego...
LA HIJASTRA. ¡Siempre amoroso y preocupado por ti! (Al
MUCHACHO, con rabia.) ¿No es verdad? ¡Dilo! ¿Por qué no
hablas, tonto?
LA MADRE. ¡No lo molestes! ¿Por qué quieres hacerme parecer
una ingrata, hija mía? ¡Nunca quise ofender a tu Padre!
¡Sólo he dicho que no fue por mi culpa ni por mi propio
deseo que abandonara su casa y a mi hijo!
EL PADRE. Es verdad, señor. Fui yo,
Pausa.
EL PRIMER ACTOR. (A sus compañeros.) ¡Pero mira tú que
espectáculo!
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Nos lo dan ellos, a nosotros!
EL ACTOR JOVEN. Por una vez.
EL DIRECTOR. (Que comenzará, a interesarse en el asunto.)
¡Presten atención! ¡Presten atención! Y diciendo esto bajará
por una de las escalerillas a la sala y se quedará de pie
delante del escenario, como si quisiera recoger las
impresiones de la escena tal como lo haría un espectador.
EL HIJO. (Sin moverse de su lugar, frío, pausado, irónico.)
¡Escuchen ahora el discursito filosófico! Hablará el demonio
de los experimentos.
EL PADRE. ¡Eres un cínico imbécil, te lo he dicho mil veces!
(Al DIRECTOR, que ya está en la sala.) Se burla, señor, por
las palabras que usé en defensa propia.
EL HIJO. (Despreciativo.) Palabras.
EL PADRE. ¡Palabras! ¡Palabras! ¡Como si no diera alivio a
cualquiera frente a lo inexplicable, frente a un mal que nos
consume, el dar con una palabra que nada dice pero que nos
da calma!
LA HIJASTRA. ¡Calma sobre todo el remordimiento!
EL PADRE. ¿El remordimiento? Eso no es verdad. No lo he
calmado en mí sólo con las palabras.
LA HIJASTRA. También con algo de dinero. ¡Sí, sí, también
con un poco de dinero! ¡Con la miseria que iba a ofrecerme
de paga, señores!
Reacción de indignación de los actores.
EL HIJO. (Con desprecio hacia su hermanastra.) ¡Eso es una
canallada!
LA HIJASTRA. ¿Canallada? Si estaba allá, en un sobre azulado
sobre la mesita de caoba, en la trastienda de Madama Paz.
Usted sabe, una de esas señoras que con el pretexto de
vender Robes et Manteaux atraen a sus atelliers a chicas
pobres y de buena familia como una...
EL HIJO. Y se ha comprado el derecho a tiranizarnos a todos
con ese dinero que él estaba a punto de pagar, y que por
suerte —escúcheme bien— después ya no tuvo motivo para
pagarlo.
LA HIJASTRA. ¡Estuvimos a punto, a punto, para que lo sepas!
(Estalla en risas.)
LA MADRE. (Indignada.) ¡Es una vergüenza, hija! ¡Una
vergüenza!
LA HIJASTRA. (Cortante.) ¿Vergüenza? ¡Si es mi venganza! ¡Me
muero de ganas, señor, de revivir esa escena! La
habitación... por acá la vitrina de los mantos; allá, el
sofá cama; el tocador; un biombo; y delante de la ventana
esa mesita de caoba con el sobre azulado del dinero. ¡Puedo
verlo! ¡Hasta podría tomarlo! ¡Pero los señores deberían dar
media vuelta porque estoy casi desnuda! No me sonrojo más
porque ¡es él quien debe sonrojarse! (Señalará al PADRE.)
¡Pero les aseguro que estaba muy, muy pálido en ese momento!
(Al DIRECTOR.) ¡Créame, señor!
EL DIRECTOR. ¡Yo no me entrometo más!
EL PADRE. ¡Lo desafío a que lo haga! ¡No se deje engañar!
¡Imponga un poco de orden, señor, y déjeme hablar sin hacer
caso a la afrenta que con tanta ferocidad ella quiere
imputarme, sin las debidas aclaraciones del caso!
LA HIJASTRA. ¡Aquí nadie está inventando nada!
EL PADRE. ¡Yo tampoco, quiero decirte!
LA HIJASTRA. ¡Sí, cómo no! ¡Haz lo que te parezca!
El DIRECTOR, en este punto, volverá a subir al escenario
para poner un poco de orden.
EL PADRE. ¡Aquí está todo el daño! ¡En las palabras!
Llevamos todos por dentro un mundo de cosas, en cada uno el
suyo propio. ¿Cómo es posible que nos entendamos, señor, si
en las palabras que yo digo incluyo el sentido y el valor de
las cosas tal como yo las considero, mientras quien lo
escucha, las asume inevitablemente con el sentido y el valor
que tienen para él, de acuerdo al mundo que lleva en su
interior? Creemos que es posible entendernos, ¡pero no nos
entendemos nunca! Mire: mi piedad, toda mi piedad por esta
mujer (señalará a la MADRE), ella la asume como la peor de
las crueldades.
LA MADRE. ¡Pero si me alejaste tú!
EL PADRE. ¿Se da cuenta? ¡Alejarla yo! ¡A usted le parece
que yo la haya despreciado!
EL MADRE. Tú sabes hablar y yo no... Pero créame, señor, que
después de haberse casado conmigo... quién sabe por qué...,
yo era una pobre y humilde mujer...
EL PADRE. Exactamente por eso, por tu humildad me casé
contigo, y eso es lo que amé en ti, creyendo... (Se detendrá
por los desmentidos de ella, abrirá los brazos en alto,
desesperado, ante la imposibilidad de que lo comprenda, y se
dirigirá hacia el DlRECTOR ¿Se da cuenta? ¡Dice que no!
Horrenda, señor, créame, (se golpeará la frente) es horrenda
su turbación, su turbación mental. Tiene corazón, sí, ¡pero
para sus hijos! ¡Y no atiende a razones, señor, es
desesperante!
LA HIJASTRA. ¡Cómo no! Pero que le diga también la suerte
que nos acarreó su inteligencia.
EL PADRE. ¡Si se pudiera anticipar todo el mal que puede
nacer del bien que creemos estar haciendo!
Llegados a este punto, la PRIMERA ACTRIZ, que se habrá
molestado viendo al PRIMER ACTOR coqueteando con la
HIJASTRA, se adelantará y preguntará al DIRECTOR.
LA PRIMERA ACTRIZ. Disculpe, señor Director, ¿continuaremos
el ensayo?
EL DIRECTOR. Sí, sí, cómo no. ¡Ahora déjeme escuchar!
EL ACTOR JOVEN. ¡Es un caso tan inédito!
LA ACTRIZ JOVEN. ¡Muy interesante!
LA PRIMERA actriz. ¡Al que le interese! (Y lanzará una
mirada cargada, al PRIMER ACTOR)
EL DIRECTOR. (Al PADRE.) Es necesario que se explique usted
con claridad. (Se sentará.)
EL PADRE. ¡Cómo no! Mire, señor, trabajaba conmigo un pobre
hombre, subalterno mío, mi secretario, lleno de devoción,
que se entendía muy bien con ella (señalará a la MADRE), sin
ninguna mala intención —¡faltaba más!—, un tipo bueno,
humilde como ella, incapaz tanto el uno como la otra no sólo
de hacer el mal, sino incluso de pensarlo.
LA HIJASTRA. Pero en cambio sí lo pensó él contra ellos. ¡Y
lo hizo!
EL PADRE. ¡No es verdad! Mi intención fue hacerles un bien,
y también hacérmelo, lo confieso. Es que yo había llegado al
punto, señor, en que no podía decirles ni una palabra a
ninguno de los dos sin que ellos intercambiaran una mirada
inteligente y cómplice, sin que ella no buscara rápidamente
los ojos del otro para recibir consejo sobre el modo en que
debía tomar mis palabras para no hacerme enojar. ¡Eso era
suficiente, como comprenderá, para mantenerme enojado, en un
estado de intolerable exasperación!
EL DIRECTOR. ¿Y entonces por qué no despedía a su
secretario?
EL PADRE. ¡Lo hice! ¡Lo despedí! Pero luego me encontré con
que esta pobre mujer se quedaba en casa como perdida, como
uno de aquellos animales sin dueño a los que se acoge por
compasión.
LA MADRE. ¡Y cómo no!
EL PADRE. (Volviéndose rápidamente hacia ella,
adelantándose.) Nuestro hijo, ¿no?
LA MADRE. ¡Me arrancó primero el hijo de los brazos, señor!
EL PADRE. ¡Pero no por crueldad! Sino para hacerlo crecer
sano y robusto, en contacto con la naturaleza.
LA HIJASTRA. (Señalándolo, irónica.) ¡Se ve!
EL PADRE. (De inmediato.) ¿También es culpa mía si después
creció así? Lo dejé en manos de una nodriza, señor, en el
campo, en manos de una campesina, al no parecerme ella lo
bastante fuerte pese a su origen humilde. La misma razón por
la que me casé con ella. Prejuicios, quizá, ¿pero qué puedo
hacer? ¡Siempre he tenido estas malditas aspiraciones a una
firme salud moral! (La HIJASTRA, en este punto, estallará de
nuevo en risas escandalosamente.) ¡Hágala callar! ¡Es
insoportable!
EL DIRECTOR. ¡Cállese! ¡Déjeme escuchar, por Dios!
De inmediato, a raíz de la llamada de atención del director,
ella se quedará callada y absorta, cortando la risa. El
DIRECTOR bajará del escenario para ver mejor la escena.
EL PADRE. Yo no podía seguir junto a esta mujer. (Señalará a
la MADRE.) Pero no tanto por el fastidio que sentía, por la
sofocación —verdadera sofocación—, sino por la pena, la pena
angustiosa que sentía por ella.
LA MADRE. ¡Y por eso me echó de casa!
EL PADRE. La envié con aquel hombre, sin que le faltara de
nada. Sí, señor. ¡Lo hice para librarla de mí!
LA MADRE. ¡Y para librarse él!
EL PADRE. Sí, señor. Yo también, lo admito. Y lo que vino
fue un gran malestar. Pero lo hice con buena intención... y
más por ella que por mí. ¡Lo juro! (Cruzará los brazos sobre
el pecho; después, rápidamente, se dirigirá a la MADRE.)
Dilo si dejé de tenerte presente. ¡Dilo! Di si te abandoné
hasta que él no te llevó a otra ciudad, de un día para otro,
sin yo saberlo, estúpidamente impresionado por mi interés
puro, créame que puro, señor, sin ninguna otra intención. Me
interesé con una ternura increíble por la nueva familia que
iba surgiendo. ¡Ella misma se lo puede asegurar! (Señalará a
la HIJASTRA)
LA HIJASTRA. ¡Y más que eso! Yo era muy pequeña, ¿sabe?
Llevaba trencitas a la espalda e incluso con el vestidito
corto —así era de pequeña— y me lo encontraba a él delante
del portón de la escuela cada vez que salía. Venía a ver
cómo crecía.
EL PADRE. ¡Eso es una calumnia! ¡Infame!
LA HIJASTRA. ¿Seguro? ¿Por qué?
EL PADRE. ¡Infame! ¡Infame! (De inmediato se dirigirá al
DIRECTOR explicando con vehemencia.) Mi casa, señor, una vez
que se fue ella (señalará a la MADRE), me pareció
espantosamente vacía. Era una pesadilla. ¡Ella al menos la
llenaba! Una vez que estuve solo, me encontré en casa
desorientado. Ése (señalará al HlJO), criado lejos de mí, no
sé, cuando volvió a casa ya no parecía mi hijo. Ausente
entre él y yo la Madre, creció a solas, por su cuenta, sin
ninguna relación afectiva ni espiritual conmigo. Y ahora —es
extraño, señor, pero es así—, me dio curiosidad por esa
familia que se formó por mi culpa. Pensar en esa familia
llenó el vacío en el que vivía. Tenía necesidad, verdadera
necesidad de saberla en paz, toda entregada a los detalles
más sencillos de la vida, y afortunada al estar alejada de
los complicados tormentos de mi espíritu. Y para
constatarlo, iba a ver a esa niña a la salida de su escuela.
LA HIJASTRA. ¡Seguro! Me seguía por la calle, me sonreía y
se despedía con un saludo de mano cuando llegaba a mi casa,
así. No le quitaba los ojos de encima, enojada como estaba.
¡No sabía quién era! Se lo dije a mamá. Y ella supo de
inmediato de quién se trataba. (La MADRE asentirá con un
movimiento de cabeza.) Desde un principio no quiso mandarme
más a la escuela, al menos varios días. Cuando volví, lo
encontré de nuevo a la salida, ¡ridículo! con un paquete en
las manos. Se me acercó, me acarició, y extrajo de aquel
paquete un bello y enorme sombrero florentino, de paja, con
una guirnalda de florecitas primaverales. ¡Era para mí!
EL DIRECTOR. ¡Pero todo esto no es más que un cuento,
señores!
EL HlJO. (Despectivo.) Por supuesto, ¡literatura y más
literatura!
EL PADRE. ¿Cómo que literatura? ¡Esto es pura vida, señor!
¡Pasiones!
EL DIRECTOR. No lo dudo. ¡Pero es irrepresentable!
EL PADRE. Desde luego, señor. Todo esto es una
presuposición. No digo que necesariamente haya que
escenificarlo. Como ve, de hecho, ella (señalará a la
HIJASTRA) no es más esa niñita de las trencitas.
LA HIJASTRA. ¡Y con el vestidito corto!
EL PADRE. El drama viene ahora, señor. Nuevo y complicado.
LA HIJASTRA. (Sombría, feroz, dando un paso adelante.)
Apenas muerto mi Padre.
EL PADRE. (Rápido, para no dejarla hablar.) ¡La miseria,
señor! Volvieron a ella, sin yo saberlo. Por las tonterías
de ella. (Señalará a la MADRE) Apenas sabe escribir, ¡pero
podía escribirme a través de la hija o de ese muchacho que
estaban pasando necesidades!
LA MADRE. Dígame usted, señor, si yo hubiera podido adivinar
que él tenía esos sentimientos.
EL PADRE. Justamente ése es tu error. ¡No haber adivinado
nunca ninguno de mis sentimientos!
LA MADRE. Después de tantos años de alejamiento y de todo lo
que había ocurrido...
EL PADRE. ¿Es culpa mía, entonces, si aquel buen hombre se
los llevó? (Dirigiéndose al DIRECTOR) Ya le digo, fue de un
día al otro... porque había encontrado en otro sitio un
trabajo. No me fue posible seguirles el rastro, y entonces,
por fuerza, se apagó mi interés, durante tantos años. El
drama quema, señor, imprevisto y violento, a su regreso;
además, que yo, lamentablemente, arrastrado por las
limitaciones de la carne que todavía vive... ¡Ah! Miseria,
de verdad que es miseria la de un hombre solo que nunca
quiso ataduras que lo envilezcan. ¡No tan viejo como para
prescindir de una mujer, pero tampoco tan joven como para ir
fácilmente y sin vergüenza a la busca! ¿Miseria? Pero ¡qué
digo! Es un horror, un horror porque ninguna mujer le dará
amor. Y cuando se comprende esto, uno debería desistir...
Bueno, señor, cualquiera se viste de dignidad frente a los
demás, en lo exterior, pero dentro de sí sabe todo lo que
hay de inconfesable en su intimidad. Se cae, se cae en la
tentación, para luego erguirse rápidamente, quizá con un
poco de prisa, para restituir entera y sólida, como una
lápida sobre la tumba, nuestra dignidad, para ocultar y
sepultar a nuestros propios ojos cualquier rastro y el
recuerdo mismo de la vergüenza. ¡Y así somos todos!
¡Únicamente falta el coraje para decir estas cosas!
LA HIJASTRA. ¡Porque eso, de hacerlo, a fin de cuentas, lo
hacen!
EL PADRE. ¡Todos lo hacen! ¡Pero a escondidas! ¡Y por eso se
necesita coraje para decirlo! Porque basta con que uno sólo
lo diga, y ya está hecho. ¡Le dirán que es un cínico! Y no
es verdad, señor. Es como todos los demás. Incluso mejor. Es
mejor porque no tiene miedo a descubrir, con la luz de la
inteligencia, el rubor de la vergüenza. Descubrirla allí, en
su humana bestialidad, frente a la que cierra siempre los
ojos para no verla. La mujer, ahí está, la mujer, de hecho,
¿cómo es? Nos mira, insinuante, coqueta. Atrápela y, apenas
la estreche en sus brazos, cerrará los ojos rápidamente. Es
la señal de su rendición voluntaria. La señal con la que
dice al hombre: «¡Enceguece, que yo ya estoy ciega!»
LA HIJASTRA. ¿Y cuando no los quiere cerrar más? ¿Cuándo no
siente ya la necesidad de esconderse a sí misma, cerrando
los ojos, el rubor de su vergüenza, y en cambio mira con los
ojos áridos e impasibles el rubor del hombre que, incluso
sin amor, ha enceguecido? ¡Qué asco me dan todas estas
complicaciones intelectuales, esta filosofía que descubre la
bestia y luego la salva y la justifica... ¡No puedo
escucharlo más, señor! Porque cuando se reduce la vida a una
«simplificación» así, bestial, dejando a un lado el
compromiso «humano» de cada aspiración pura, de cada
sentimiento puro, de ideales y deberes, del pudor y la
vergüenza, nada es más repugnante y despreciable que ciertos
remordimientos. ¡Lágrimas de cocodrilo!
EL DIRECTOR. ¡Vayamos al hecho! ¡Vayamos al hecho, señores!
¡Esto no son más que rodeos!
EL PADRE. ¡De acuerdo, señor! Pero recuerdo que un hecho es
como un saco: si está vacío no se sostiene. Para que se
mantenga en pie, primero es necesario que entren las razones
y los sentimientos que lo han determinado. Yo no podía saber
que, muerto allá aquel hombre y ellos de regreso en la
miseria, para alimentar a sus hijitos, ella (señalará a la
MADRE) haya ido a trabajar de modista, y que precisamente
fuera de esa... ¡de esa Madama Paz!
LA HIJASTRA. ¡Modista fina, si los señores necesitan
saberlo! Servía aparentemente a las mejores señoras, pero
estaba todo dispuesto para que luego estas señoras la
sirvieran a ella... sin prejuicio de las otras, no tan
dignas.
LA MADRE. Debe creerme, señor, si le digo que no me pasó ni
remotamente por la cabeza que esa víbora me daba trabajo
porque tenía puesto el ojo en mi hija...
LA HIJASTRA. ¡Pobre mamá! ¿Sabe, señor, qué cosa hacía esa
mujer cuando le llevaba los trabajos de mamá? Decía que mi
madre desperdiciaba la tela que le daba para coser, e iba
restando y restando. Así que, como comprenderá, terminaba
pagando yo, mientras que la pobre de mamá creía sacrificarse
por mí, y por esos dos, cosiendo hasta la noche los encargos
de Madama Paz. (Movimientos y
exclamaciones de indignación de los ACTORES)
EL DIRECTOR. (Rápido.) Y allá encontró usted a...
LA HIJASTRA. (Señalando al PADRE.) ¡A él, a él, sí señor!
¡Un viejo cliente! ¡Mire qué escena para representar!
¡Magnífica!
EL PADRE. Con la aparición de ella, de la Madre.
LA HIJASTRA. (Rápido, con maldad.) ¡Casi a tiempo!
EL PADRE. (Gritando.) ¡No! ¡Fue justo a tiempo! ¡Porque por
suerte la reconocí a tiempo! ¡Y me los llevé a todos a casa,
señor! Usted se imagina ahora mi situación y la de ella, uno
frente al otro. Ella, así como la ve, y yo que no puedo
mirarla a los ojos.
LA HIJASTRA. ¡Ridículo! ¿Es posible, señor, pretender que
yo, después de «eso», me comporte como una señorita modesta,
bien criada y virtuosa, de acuerdo con sus malditas
aspiraciones a una «sólida salud moral»?
EL PADRE. Aquí radica todo mi drama, señor: en la conciencia
que tengo. Cualquiera de nosotros, como verá, se cree
«único», pero eso no es cierto. Somos «muchos», señor.
«Muchos» según las posibilidades de ser que tenemos en
nosotros: «uno» con éste, «uno» con aquél. ¡Muy diversos! Y
con la ilusión, mientras tanto, de ser siempre «el mismo
para todos», y siempre el mismo para cada uno en todos
nuestros actos. ¡Y eso no es verdad! ¡No es verdad! Sabemos
muy bien que en cualquiera de nuestros actos, por alguna
circunstancia desafortunada, nos quedamos sorprendidos y
como en suspenso. ¡Y es que nos percatamos de no estar
completos en ese acto, y que por lo tanto es una injusticia
que se nos juzgue sólo por ese acto, que nuestra vida quede
reducida a ese acto, como si nada más se debiera a él!
¿Comprende ahora la malicia de esta chica? Me ha sorprendido
en un lugar, en un acto, en el cual y por el cual no debía
conocerme, como yo no debía presentarme a ella, y por eso me
quiere atribuir una realidad que nunca hubiera querido
representar para ella. ¡Todo por culpa de un momento fugaz y
vergonzoso de mi vida! Esto, señor, esto es lo que más
lamento. Y por esto mismo se puede dar cuenta de que el
drama adquiere un gran valor. ¡Pero luego también está la
situación de los demás! La suya... (Señalará al HlJO.)
EL HlJO. (Alzando los hombros desdeñosamente.) ¡A mí déjame
en paz! ¡Yo no tengo nada que ver!
EL PADRE. ¿Cómo que no?
EL HlJO. ¡No tengo nada que ver ni quiero tenerlo! ¡Sabes
muy bien que no he sido creado para figurar en medio de
ustedes!
LA HIJASTRA. ¡Nosotros, vulgares! ¡El, muy fino! Pero dése
cuenta, señor. Cada vez que lo miro para mostrarle mi
desprecio, él baja los ojos, y eso es porque sabe el mal que
me ha hecho.
EL HIJO. (Casi sin mirarla.) ¡Yo!
LA HIJASTRA. ¡Sí, tú! ¡Tú! ¡Por ti me quedé en la calle!
¡Por ti! (Reacción de espanto entre los ACTORES) ¿Dime si
con tu desdén no hiciste imposible, no digo ya la intimidad
de la casa, sino la discreción que hace sentir menos
incómodos a los que son recogidos? ¡Fuimos los intrusos que
venían a invadir el reino de tu «legitimidad»! Si usted
hubiera visto, señor, ciertas escenitas entre nosotros dos.
Dice que yo los he tiranizado a todos. ¿Se da cuenta? Ha
sido precisamente por su desdén por el que me tuve que valer
de esa razón que él llama «vil»; la misma razón por la cual
entré en su casa como lo había hecho mi madre —que también
es su madre—, como si yo fuera la dueña.
EL HIJO. (Avanzando lentamente.) Todos hacen un buen juego,
señor, el fácil papel de estar contra mí. Pero usted se
imagina a un hijo que, tranquilo en casa, le toca ver llegar
a una señorita altiva, con la mirada petulante, que pregunta
por su padre y a quien tiene que decirle no sé que cosa,
para luego verla regresar acompañada de esa pequeñita de
allá, y finalmente verla pedir dinero al padre —quién sabe
porqué— de un modo ambiguo y «apremiante», con un tono que
sobreentiende que debe dárselo, porque tiene toda la
obligación de hacerlo.
EL PADRE. ¡Pero de verdad que tenía la obligación! ¡Por tu
madre!
EL HIJO. ¡Y yo qué sé de todo eso! ¿Cuándo he visto a esa
mujer, señor? ¿Cuándo he escuchado hablar de ella? Hasta que
un día la veo aparecer con ella (señalará a la HIJASTRA) con
ese muchacho, con esa niña, y me dicen: «¿Lo sabes? ¡Ella
también es tu madre!» Me doy cuenta por sus maneras
(señalará de nuevo a la HlJASTRA) del motivo por el cual han
entrado en casa de un día para el otro... Lo que experimento
y siento, señor, no puedo y no quiero expresarlo. Quizá
pueda confesarlo, pero no lo quiero hacer ni conmigo mismo.
Por eso no puede haber ninguna posibilidad, como ve, de que
yo participe en modo alguno. ¡Créame, señor, que yo soy un
personaje no «acabado» dramáticamente hablando, y que me
siento mal, pésimo, en compañía de ellos! ¡Déjenme en paz!
EL PADRE. ¿Qué dices? Si precisamente porque tú eres así...
EL HlJO. (Violentamente exasperado.) ¡Y tú qué sabes cómo
soy! ¿Cuándo te preocupaste por mí?
EL PADRE. ¡Está bien, está bien! Pero ¿no es ésta también
una situación dramática? Este alejamiento tuyo, tan cruel
conmigo como con tu madre, que, apenas de regreso a casa, te
ve casi por primera vez así de grande y no te reconoce, pero
sabe que eres su hijo... (Señalará la MADRE al DIRECTOR)
¡Ahí lo tiene, mírela! ¡Está llorando!
LA HIJASTRA. (Rabiosa, dando un golpe en el suelo con el
pie.) ¡Cómo una estúpida!
EL PADRE. (Señalándola rápidamente.) ¡Y ella no puede
soportarlo! (Volverá a referirse al HlJO.) Dice que no
quiere tener nada que ver en el asunto, ¡si es él el centro
de la acción! Mire a ese muchacho, que siempre está apegado
a la madre, temeroso, humillado... ¡Es así por culpa de él!
Quizá la situación más triste sea la de él. Se siente
extraño más que los demás. Y vive, pobrecito, una angustiosa
mortificación al haber sido acogido en casa como si
recibiera caridad. (Aparte, discretamente.) ¡Se parece al
padre! Es humilde, no habla...
EL DIRECTOR. ¡No crea que vale la pena! No imagina los
problemas que dan los niños en el escenario.
EL PADRE. ¡Él no le dará molestias! Y también la niña, que
incluso será la primera en irse...
EL DIRECTOR. ¡Perfecto! Y le aseguro que todo esto me
interesa, me interesa mucho. ¡Intuyo que hay materia para
hacer un excelente drama!
LA HIJASTRA. (Intentando entrometerse.) ¡Y con un personaje
como yo!
EL PADRE. (Apartándola, ansioso por lo que decidirá el
DIRECTOR) ¡Cállate!
EL DIRECTOR. (Prosiguiendo su discurso, sin hacer caso de la
interrupción.) Una materia nueva, sí...
EL PADRE. ¡Novedosa! ¿Verdad?
EL DIRECTOR. Se necesita mucho coraje de todas maneras, como
para venir y soltarlo así...
EL PADRE. Usted comprenderá, señor, nacidos para la
escena...
EL DIRECTOR. ¿Son cómicos aficionados?
EL PADRE. No, en absoluto. Digo nacidos para la escena
porque...
EL DIRECTOR. ¡No le creo! ¡Usted tiene que haber
interpretado antes!
EL PADRE. Pues no, señor. Cada uno interpreta el papel que
se ha asignado a sí mismo, o que los demás le han asignado
en la vida. En mí es la misma pasión que se vuelve siempre
un poco teatral apenas se exalta, como a todos...
EL DIRECTOR. ¡Olvidémoslo!... Pero debe comprender, estimado
señor, que sin autor... Yo podría recomendarle alguno...
EL PADRE. No, no... ¡Sea usted el autor!
EL DIRECTOR. ¿Yo? ¿Qué dice?
EL PADRE. ¡Sí, usted! ¡Usted mismo! ¿Por qué no?
EL DIRECTOR. ¡Porque nunca he sido un autor!
EL PADRE. Disculpe, ¿pero no podría serlo ahora? No se
necesita nada especial. Mucha gente lo hace. Su trabajo
tiene la ventaja de que ya estamos todos aquí, vivos delante
de usted.
EL DIRECTOR. ¡Pero eso no basta!
EL PADRE. ¿Cómo que no basta? Viéndonos vivir nuestro
drama...
EL DIRECTOR. Sí, sí, pero se necesita alguien que lo
escriba.
EL PADRE. Será que lo transcriba, porque lo tiene delante de
usted, en vivo, escena por escena. Para comenzar apenas
bastará un borrador y ensayar.
EL DIRECTOR. (Volviendo a subir, tentado, al escenario.)
Bueno... casi casi me está tentando... Así, por jugar... Se
podría probar...
EL PADRE. ¡Pues claro, señor! ¡Ya verá qué escenas! ¡Se las
puedo sugerir de inmediato!
EL DIRECTOR. Me tienta... Me tienta. Hagamos una prueba...
Venga conmigo a mi camerino. (Dirigiéndose a los ACTORES.)
Descansen un rato, pero no se alejen mucho. En un cuarto de
hora o veinte minutos, estaremos de nuevo aquí. (Al PADRE)
Veamos, probemos... Puede ser que salga algo verdaderamente
extraordinario...
EL PADRE. ¡Sin duda! Pero, ¿no cree que sería bueno que
ellos vinieran también? (Señalará a los otros PERSONAJES)
EL DIRECTOR. ¡Que vengan, que vengan! (Comenzará a salir
pero antes se dirigirá a los ACTORES.) ¡Sean puntuales, eh!
En un cuarto de hora.
El DIRECTOR y los SEIS PERSONAJES cruzarán el escenario y
desaparecerán. Los ACTORES se quedarán, como perplejos,
mirándose entre sí.
EL PRIMER ACTOR. ¿Estaba hablando en serio? ¿Que irá a hacer
ahora?
EL ACTOR JOVEN. ¡Eso es locura pura y dura!
UN TERCER ACTOR. ¿Querrá que improvisemos un drama, de
buenas a primeras?
EL ACTOR JOVEN. ¡Eso mismo! ¡Cómo improvisadores de la
Comedia del Arte!
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Ah, no! ¡Si cree que yo me voy a prestar
a bromas de ese tipo!...
LA ACTRIZ JOVEN. ¡Yo tampoco!
UN CUARTO ACTOR. Lo que quisiera es saber quiénes son esos.
(Aludirá a los PERSONAJES.)
EL TERCER ACTOR. ¿Quiénes quieres que sean? ¡Locos o
estafadores!
EL ACTOR JOVEN. ¿Y el Director se presta para escucharlos?
LA ACTRIZ JOVEN. ¡La vanidad! Es la vanidad de convertirse
en autor...
EL PRIMER ACTOR. ¡Sorprendente! Si el teatro, señores, si el
teatro termina reduciéndose a esto...
UN QUINTO ACTOR. ¡A mí me divierte!
EL TERCER ACTOR. ¡En fin! Ya veremos qué ocurre con todo
esto.
Conversando así entre ellos, los ACTORES abandonarán el
escenario, algunos saliendo por la puertecita del fondo,
algunos regresando a sus camerinos. El telón quedará
levantado. La representación se interrumpirá durante veinte
minutos.
El timbre avisará que continúa la representación.
De los camerinos, por la puerta y también de la sala,
volverán al escenario los ACTORES, el DIRECTOR DE ESCENA, el
TRAMOYISTA, el APUNTADOR, el GUARDARROPA. Al mismo tiempo,
vendrá del camerino el DIRECTOR con los SEIS PERSONAJES.
Se apagarán las luces de la sala y el escenario volverá a
iluminarse como antes.
EL DIRECTOR. ¡Vamos, vamos, señores! ¿Están todos? Atención,
atención. ¡Comenzamos!... ¡Tramoyista!
EL TRAMOYISTA. ¡Aquí estoy!
EL DIRECTOR. Arregle rápido la escena de la salita. Bastarán
dos bastidores y un telón con la puerta. ¡Rápido, por favor!
El TRAMOYISTA correrá deprisa a hacerlo, mientras el
DIRECTOR se las arreglará con el DIRECTOR DE ESCENA, el
GUARDARROPA, el APUNTADOR y los ACTORES para la
representación inmediata, y dispondrá ese simulacro de la
escena indicada: dos bastidores y un telón con la puerta,
con listones rojos y dorados.
EL DIRECTOR. (Al GUARDARROPA) Mire si tenemos una meridiana
en el almacén.
EL GUARDARROPA. Sí, señor. La verde.
LA HIJASTRA. ¿Verde? Era amarilla, floreada, de felpa y muy
grande, comodísima.
EL GUARDARROPA. Eso no lo tenemos.
EL DIRECTOR. No importa. Traiga la que haya.
LA HIJASTRA. ¿Cómo que no importa? ¡Si es la famosa
meridiana de Madama Paz!
EL DIRECTOR. ¡Es sólo para el ensayo! Le ruego que no se
entrometa. (Al DIRECTOR DE ESCENA) Mire si hay una vitrina
alargada y baja.
LA HIJASTRA. ¡La mesita, la mesita de caoba para el sobre
azulado!
EL DIRECTOR DE ESCENA. (Al DIRECTOR) Tenemos uno pequeño,
dorado.
EL DIRECTOR. Está bien. ¡Traiga ése!
EL PADRE. Un tocador.
LA HIJASTRA. ¡Y el biombo! Un biombo, por favor. De lo
contrario, ¿cómo lo haré?
EL DIRECTOR DE ESCENA. Sí, señora. Tenemos muchos biombos,
no se preocupe.
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) Y algunos percheros, ¿verdad?
LA HIJASTRA. ¡Sí, muchos, muchos!
EL DIRECTOR. (Al DIRECTOR DE ESCENA) Mire cuántos hay y que
los traigan.
EL DIRECTOR DE ESCENA. ¡Yo me encargo!
El DIRECTOR DE ESCENA también correrá
por lo suyo. Mientras, el DIRECTOR seguirá hablando con el
APUNTADOR y luego con los PERSONAJES y los ACTORES; el
DIRECTOR DE ESCENA hará que lleven los muebles solicitados
por los AYUDANTES DE ESCENA y las dispondrá como crea
oportunos.
EL DIRECTOR. (Al APUNTADOR) Usted, en tanto, coja su sitio.
Tenga, éste es el borrador de las escenas, acto por acto.
(Le dará varias cuartillas.) Pero ahora es necesario que nos
haga un favor.
EL APUNTADOR. ¿Taquigrafiar?
EL DIRECTOR. (Alegremente sorprendido.) ¡No me diga! ¿Sabe
taquigrafiar?
EL APUNTADOR. Puede que no sea un buen apuntador, pero la
taquigrafía...
EL DIRECTOR. ¡Mejor que mejor! (Dirigiéndose a uno de los
AYUDANTES DE ESCENA) Vaya a mi camerino y coja todo el papel
que encuentre. Cuanto más, mejor.
El AYUDANTE DE ESCENA saldrá corriendo y poco después
volverá con una muy buena cantidad de papeles, que le
entregará al APUNTADOR.
EL DIRECTOR. (Al APUNTADOR) Siga las escenas a medida que se
vayan representando y trate de anotar los diálogos, al menos
los más importantes. (Luego, dirigiéndose a los ACTORES)
¡Despejen, señores! Eso, colóquense de este lado (señalará a
su izquierda) ¡y presten mucha atención!
LA PRIMERA ACTRIZ. Disculpe, pero nosotros...
EL DIRECTOR. (Previniéndola.) ¡Quédese tranquila! ¡No
tendrán que improvisar!
EL PRIMER ACTOR. ¿Qué tenemos que hacer?
EL DIRECTOR. ¡Nada! Por ahora sólo quédense mirando y
escuchando. Después cada uno tendrá su parte debidamente
escrita. Ahora haremos un ensayo, como salga. ¡Lo harán
ellos! (Señalará a los PERSONAJES)
EL PADRE. (Como sorprendido en medio de la confusión del
escenario.) ¿Nosotros? ¿Cómo es eso de un ensayo?
EL DIRECTOR. Un ensayo. ¡Un ensayo para ellos! (Señalará a
los actores)
EL PADRE. Pero si los personajes somos nosotros...
EL DIRECTOR. Está bien, ustedes son «los personajes» Pero
aquí, estimado amigo, no actúan los personajes. Aquí actúan
los actores. Los personajes están allí, en el guión
(señalará al foso del APUNTADOR), ¡cuando haya un guión!
EL PADRE. ¡Por eso mismo! Ya que no lo hay y tienen la
suerte de tener vivos a los personajes delante de ustedes...
EL DIRECTOR. ¡Genial! ¿Quieren entonces hacerlo todo
ustedes? ¿Actuar y presentarse por sí solos delante del
público?
EL PADRE. Claro, tal y como somos.
EL DIRECTOR, ¡Ah! ¡Le aseguro que harían un bonito
espectáculo!
EL PRIMER ACTOR. ¿Entonces qué estamos haciendo nosotros
aquí?
EL DIRECTOR. ¡No imaginarán acaso que ustedes van a
representar los papeles! Si ustedes dan risa... (Los
ACTORES, en efecto, reirán.) ¡Ahí lo tiene, mire, se ríen!
(Recordando.) ¡A propósito! Será necesario asignar los
papeles. Es fácil. Ya están asignados por sí mismos (a la
SEGUNDA ACTRIZ): Usted, señora, será la Madre. (Al PADRE)
Habrá que darle un nombre.
EL PADRE. Amalia, señor.
EL DIRECTOR. Pero es el nombre de su esposa. ¡No querrá que
la llamen con su verdadero nombre!
EL PADRE. ¿Y por qué no? Se llama así. Aunque, claro, si
tiene que representarlo la señora... (Apenas señalará con la
mano a la SEGUNDA ACTRIZ) Yo la miro a ella (señalará a la
MADRE) como Amalia, señor. Pero haga usted lo que... (Se
turbará cada vez más.) No sé qué decirle... Empiezo... No lo
sé, empiezo a sentir falsas mis propias palabras, con otro
sonido.
EL DIRECTOR. ¡No se preocupe por eso! Ya nos encargaremos
nosotros de dar con el tono adecuado. Y si es por el nombre,
si usted quiere «Amalia», será entonces Amalia, o buscaremos
otro. Por ahora designaremos a los personajes de esta manera
(al ACTOR JOVEN): usted, el Hijo; (a la PRIMERA ACTRIZ)
usted, la señorita. La Hijastra, se supone.
LA HIJASTRA. (Risueña.) ¿Qué cosa? ¿Yo, ésa? (Estallará en
risas.)
EL DIRECTOR. (Furibundo.) ¿Qué le da tanta risa?
LA PRIMERA ACTRIZ. (Indignada.) ¡Ninguna ha osado jamás
reírse de mí! ¡O se me respeta o me voy!
LA HIJASTRA. No me interprete mal. No me río de usted.
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) Tendría que sentirse honrada
por ser representada por...
LA PRIMERA ACTRIZ. (Rápida, con desdén.) «¡Ésa!»
LA HIJASTRA. Pero si no lo decía por usted, créame. Lo decía
por mí, que no me reconozco en usted. No lo sé, es que...
¡no se parece a mí en nada!
EL PADRE. ¡Eso es! Mire, señor. Nuestra expresión...
EL DIRECTOR. ¿Pero qué expresión? ¿Creen tenerla ya en
ustedes? ¡En absoluto!
EL PADRE. ¿Cómo? ¿No tenemos expresión propia?
EL DIRECTOR. ¡En absoluto! Su expresión se convierte en
materia aquí, gracias a que le dan cuerpo y figura, voz y
gesto los actores, quienes —por su destreza— han sabido
expresar materias más altas incluso. Por más que sea pequeña
su expresión, se sostendrá en la escena, créame, gracias al
mérito exclusivo de mis actores.
EL PADRE. No me atrevo a contradecirlo, señor. Pero de
verdad que es indignante para nosotros que se nos vea así,
con estos cuerpos y figuras...
EL DIRECTOR. (Cortándolo, impaciente.) Eso se corrige con
maquillaje, estimado amigo, con maquillaje, en lo que toca a
la figura.
EL PADRE. Sí, pero la voz y el gesto...
EL DIRECTOR. ¡Seré sincero! ¡Usted, tal como es, imposible!
¡Aquí tenemos al actor que lo representa y punto!
EL PADRE. Comprendo, señor. Pero quizá ahora sospecho
también por qué nuestro autor, que nos vio vivos así, no
quiso adecuarnos para la escena. No quiero ofender a sus
actores. ¡Dios me libre! Pero pienso que verme
representado... no sé por quién...
EL PRIMER ACTOR. (Con altivez, levantándose y aproximándose
hacia él, seguido por las jóvenes actrices, que reirán.) Por
mí, si no le disgusta.
EL PADRE. (Humilde y melifluo.) Es un honor, señor. (Se
inclinará.) Pero creo que por más que el señor esté
dispuesto a representarme con toda su voluntad y su arte...
(Se turbará.)
EL PRIMER ACTOR. Concluya, concluya... (Risas de los
ACTORES)
EL PADRE. Decía, la representación que hará, incluso
forzando el parecido gracias al maquillaje, digo más bien...
con su estatura... (todos los ACTORES reirán) difícilmente
podrá hacer una representación sobre mí, tal como yo soy en
realidad. A lo sumo será..., aparte de la figura, será como
usted me represente, como usted me sienta —si llega a
sentirme— y no como yo me siento por dentro. Y me parece que
quien venga a juzgarnos debería tener esto en cuenta.
EL DIRECTOR. ¿Está pensando ahora en los juicios de la
crítica? ¡Y yo que le hago caso! Deje que la crítica diga lo
que quiera. Nosotros vamos a montar la comedia, ¡si es
posible! (Apartándose y mirando a su alrededor:) ¡Vamos,
vamos! ¿Ya está lista la escena? (A los ACTORES y los
PERSONAJES.) ¡Muévanse, muévanse de aquí! Necesito ver bien.
(Bajará del escenario.) ¡No perdamos más tiempo! (A la
HIJASTRA) ¿Le parece que está bien así la escena?
LA HIJASTRA. Yo, la verdad, no me siento identificada.
EL DIRECTOR. ¡Seguimos con lo mismo! ¡No querrá que
reconstruya exactamente la trastienda de Madama Paz! (Al
PADRE) ¿Me dijo un tapizado floreado?
EL PADRE. Sí, señor. Y blanco.
EL DIRECTOR. No es blanco, sino con listones. ¡Pero eso
importa poco! En lo que toca a los muebles, mal que bien,
parece que estamos listos. Esa mesita, tráiganla un poco más
hacia delante. (Los AYUDANTES DE ESCENA lo harán de
inmediato. Al GUARDARROPA) Usted, mientras tanto, consíganos
un sobre, posiblemente azulado, y entrégueselo al señor.
(Señalará al PADRE.)
EL GUARDARROPA. ¿Sobre de correspondencia?
EL DIRECTOR Y EL PADRE. Sí, sí. . .
EL GUARDARROPA. ¡Ahora mismo! (Saldrá.)
EL DIRECTOR. ¡Vamos, vamos! La primera escena es de la
señorita. (La primera actriz se acercará.) ¡Usted espere! Me
refería a la señorita. (Señalará a la HIJASTRA.) Usted se
limitará a observar...
LA HIJASTRA. (Acotando rápidamente.) ... ¡cómo la vivo yo!
LA PRIMERA ACTRIZ. (Resentida.) ¡Yo también sabré vivirla,
no lo dude, apenas empiece a actuar!
EL DIRECTOR. (Con las manos en la cabeza.) ¡Basta de
discusiones! Por lo tanto, la primera escena es de la
señorita con Madama Paz. ¡Oh! (Se turbará, mirando a su
alrededor y volviendo a subir al escenario.) ¿Y la tal
Madama Paz?
EL PADRE. No ha venido con nosotros, señor.
EL DIRECTOR. Y ahora, ¿qué hacemos?
EL PADRE. ¡Pero ella también vive!
EL DIRECTOR. De acuerdo... Pero, ¿dónde vive?
EL PADRE. Yo me encargo. (Dirigiéndose a las actrices) Si
ustedes quisieran tener la amabilidad de darme por un
momento sus sombreros.
LAS ACTRICES. (Un poco sorprendidas, riéndose en coro.)
—¿Cómo?
—¿Los sombreros?
—¿Pero qué dice?
—¿Para qué?
—¡Míralo!
EL DIRECTOR. ¿Qué quiere hacer con los sombreros de las
señoras?
Los ACTORES reirán.
EL PADRE. Nada, nada. Solamente colocarlos un momento en
estos percheros. Además, alguna debería ser tan amable como
para darme su abrigo.
LOS ACTORES: —¿También el abrigo?
—¿Y después?
—¡Tiene que estar loco!
ALGUNA DE LAS ACTRICES. —¿Por qué?
—¿Sólo el abrigo?
EL PADRE. Para colgarlo sólo un momento... Háganme el favor.
¿Pueden?,
LAS ACTRICES. (Quitándose los sombreros, y algunas de ellas
los abrigos, seguirán riendo y acercándose por aquí y por
allá a los percheros.) —¿Y por qué no?
—¡Aquí está!
—¡Esto es una auténtica broma!
—¿Quiere hacer una exposición?
EL PADRE. Eso es, señora. Así, expuestos.
EL DIRECTOR. ¿Se puede saber para qué?
EL PADRE. Ya lo verá, señor. Porque, a lo mejor, preparando
mejor la escena, adaptada con los mismos objetos de su
negocio, es posible que aparezca entre nosotros...
(Invitando a mirar hacia la puerta del fondo del escenario.)
¡Miren! ¡Miren!
La puerta del fondo se abrirá y MADAMA PAZ se aproximará. Es
una vieja enorme, con una pomposa peluca de lana color
zanahoria y una flamante rosa española a un costado; toda
pintada, vestida con la elegancia vulgar de un vestido de
seda rojo muy chillón, con un abanico de plumas en una mano
mientras en la otra sostiene entre dos dedos un cigarrillo
encendido. Apenas aparece, los ACTORES y el DIRECTOR darán
un grito de espanto y se irán del escenario, abalanzándose
hacia las escalerillas, huyendo por el corredor. La
HIJASTRA, en cambio, irá apresurada, humilde, hacia MADAMA
PAZ, como si ella fuera su tutora.
LA HIJASTRA. (Acercándose.) ¡Aquí está! ¡Aquí está!
EL PADRE. (Animado.) ¡Es ella! ¿No lo dije? ¡Aquí está!
EL DIRECTOR. (Superando el primer impacto, indignado.) ¿Qué
trucos son estos?
EL PRIMER ACTOR. (Casi al mismo tiempo.) ¿En dónde estamos,
mejor dicho?
EL ACTOR JOVEN. ¿De dónde salió ésa?
LA ACTRIZ JOVEN. ¡Se la estaban guardando!
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Éstos son juegos de magia!
EL PADRE. (Apaciguando las protestas.) ¡Disculpen! Pero,
¿por qué quiere dañar en nombre de una verdad vulgar este
prodigio de una realidad que nace evocada, atraída y formada
por la misma escena, y que tiene más derecho a vivir aquí
que ustedes mismos, ya que es más verdadera que ustedes?
¿Cuál de las actrices podrá hacer el papel de Madama Paz?
Pues bien: ¡Madama Paz es ella! Concederán al menos que la
actriz que la represente será siempre menos auténtica, pues
se trata de ella misma en persona. ¡Miren: mi hija la ha
reconocido y de inmediato se le ha acercado! ¡Quédense,
quédense a ver la escena!
Titubeando, el DIRECTOR y los ACTORES volverán a subir al
escenario. Pero ya la escena entre la HIJASTRA y MADAMA PAZ,
durante la protesta de los ACTORES y la respuesta del PADRE,
habrá empezado, susurrada, muy despacio, sobre todo
espontáneamente, como no sería posible lograrla sobre ningún
escenario. De manera que, cuando a los ACTORES les haya
llamado la atención el PADRE, se volverán a mirar y verán a
MADAMA PAZ, que ya habrá tomado del mentón a la HIJASTRA
para levantar su rostro, escuchándola hablar en un modo
incomprensible, y se quedarán por un momento alertas. Luego,
casi de inmediato, quedarán decepcionados.
EL DIRECTOR. ¿Y bien?
EL PRIMER ACTOR. Pero, ¿qué dice?
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Así no se escucha nada!
EL ACTOR JOVEN. ¡Más alto! ¡Más alto!
LA HIJASTRA. (Dejando por un momento a MADAMA PAZ, que
sonreirá con una sonrisa inigualable, se acercará al grupo
de ACTORES) «Más alto» ¡Cómo no! ¿Qué tanto más alto? ¡No
son cosas que se puedan decir en voz alta! Yo las he podido
decir en alto para avergonzarlo (señalará al PADRE), ¡y
también para vengarme! Pero para Madama Paz significa otra
cosa: ¡la cárcel!
EL DIRECTOR. ¡Ah, preciosa! ¡Sólo eso nos faltaba! ¡Aquí es
necesario escuchar lo que se dice! ¡Ni siquiera nosotros
podemos escucharla y estamos en el escenario! ¡Imagínense
cuando esté el público en el teatro! Hay que hacer bien la
escena. Y por otra parte pueden hablar en voz alta sin
ningún problema, porque no estaremos aquí en el escenario,
como ahora, escuchando. Imaginen que están solas en una
habitación, en la trastienda, y que nadie las escucha.
La HIJASTRA, con cierta gracia, sonriendo maliciosamente,
hará muchas veces con el dedo un gesto negativo.
EL DIRECTOR. ¿Cómo que no?
LA HIJASTRA. (Susurrando misteriosamente.) Hay alguien que
puede escucharnos, señor, si ella (señalará a MADAMA PAZ)
hablara fuerte.
EL DIRECTOR. (Consternado.) ¿Acaso va a aparecer alguien
más?
Los ACTORES se dispondrán a abandonar nuevamente el
escenario.
EL PADRE. No, no, señor. Se refiere a mí. Yo debo estar
allá, detrás de la puerta, a la espera. Y Madama lo sabe.
Más bien, permítanme, me voy de inmediato. (Se dispone a
irse.)
EL DIRECTOR. (Deteniéndolo.) ¡No lo haga, espere! ¡Aquí es
necesario respetar las exigencias del teatro! Antes de que
usted esté listo...
LA HIJASTRA. (Interrumpiendo.) ¡Rápido, rápido! Me muero de
ganas, le dije, de vivir, de ver esta escena. Si usted está
listo, yo también.
EL DIRECTOR. (Gritando.) Primero es necesario que quede
clara la escena entre usted y esa señora. (Señalará a MADAMA
PAZ) ¿Lo quiere comprender de una vez?
LA HIJASTRA. ¡Dios mío, señor! Lo que ella me ha dicho usted
ya lo sabe: que una vez más el trabajo de mamá está mal
hecho, que ha desperdiciado la tela y que es necesario que
yo tenga paciencia, si quiero que siga ayudándonos en
nuestra miseria.
MADAMA PAZ. (Adelantándose con aire imponente.) Cherto,
siñore. Yo non quiero aproffitarmi, sacare ventaka...
EL DIRECTOR. (Casi aterrorizado.) ¿Qué es esto? ¿Así habla?
Todos los ACTORES estallarán en carcajadas.
LA HIJASTRA. (También riéndose.) Sí, señor, habla así, mitad
italiano y mitad español, de un modo divertidísimo.
MADAMA PAZ. ¡Non mi pareze de buen gusto que se ridano de mí
por fare el esfuerzo de hablare españolo, señor!
EL DIRECTOR. ¡No, en absoluto! ¡Es más! ¡Hable así, hable
así, señora! ¡Es todo un efecto! No podría haber mejor
manera para romper cómicamente la crueldad de la situación.
Hable, hable así. ¡Está muy bien!
LA HIJASTRA. ¡Muy bien! ¿Cómo no? ¡Escuchar cómo le hacen a
una ciertas propuestas seguro que impactará, porque casi
parece una burla! Es como para reírse escuchar que le digan
a uno que hay un «siñor vieco» que quiere «hacerte alguni
mimos» ¿No es verdad, Madame Paz?
MADAMA PAZ. Ecco, uno viequito, bella. Pero eso é meglio
para ti. Si no te gusta, per lo meno te ayutará.
LA MADRE. (Reapareciendo, entre el estupor y la
consternación de los ACTORES, quienes
no se habían dado cuenta de ella e intentarán apartarla de
madama paz en medio de gritos y risas, porque a esas alturas
ya le habrá arrancado la peluca y la habrá tirado al suelo.)
¡Bruja! ¡Bruja asesina! ¡Es mi hija!
LA HIJASTRA. (Acude a contener a la MADRE) ¡No, mamá, no!
¡Por favor!
EL PADRE. (Acudiendo al mismo tiempo.) ¡Tranquila,
tranquila! ¡Mejor siéntate!
LA MADRE. ¡Sáquenla de aquí, ahora mismo!
LA HIJASTRA. (Al DIRECTOR, que también ha acudido.) ¡No
puede ser, no puede ser que mamá mire todo esto!
EL PADRE. (También dirigiéndose al DIRECTOR) ¡No pueden
estar juntas! Por eso es que, cuando llegamos, ésa señora no
estaba con nosotros. Si están juntas, es inevitable que todo
se precipite.
EL DIRECTOR. ¡No importa! ¡No importa! Por ahora es como un
primer bosquejo. Todo sirve para que yo pueda, incluso así,
de manera confusa, recoger varios elementos. (Dirigiéndose a
la MADRE y haciéndola sentar de nuevo en su sitio.) Vamos,
señora. Quédese tranquila y tome asiento de nuevo.
En tanto, la HIJASTRA, colocándose de nuevo en medio de la
escena, se dirigirá a MADAMA PAZ.
LA HIJASTRA. Dígame, Madama, dígame. ¿Entonces?
MADAMA PAZ. (Ofendida.) No, no. ¡Gracias muchas! Yo quí no
facho piú de nada se tu madre e presente.
LA HIJASTRA. Olvídelo. Haga pasar a ese «siñor vieco» que
quiere «hacerme alguni mimos» (Se volverá de manera
imperiosa hablando a todos los presentes.) En resumen, ¡hay
que hacer esta escena! ¿Qué esperan? ¡Vamos! (A MADAMA PAZ)
¡Usted puede irse!
MADAMA PAZ. Me ne voy, me ne voy, senza problema...
(Saldrá furiosa recogiendo la peluca
y mirando ferozmente a los ACTORES, quienes aplaudirán con
sorna.)
LA HIJASTRA. (Al PADRE.) ¡Y usted haga su entrada! ¡No es
necesario que dé la vuelta! ¡Venga aquí! Finja que ha
entrado. Eso es: yo me quedo aquí con la cabeza, baja,
recatada. ¡Vamos! ¡Hable! Dígame con la voz de un recién
llegado, de un extraño: «Buenos días, señorita...».
EL DIRECTOR. (Que ha bajado del escenario.) ¡Faltaba más! En
pocas palabras, ¿dirige usted o yo? (Al PADRE que observará
en suspenso, perplejo.) Prosiga, sí. Vaya al fondo, sin
salir, y regrese hacia delante.
El PADRE, consternado, hará lo que se le indica. Estará muy
pálido, pero se investirá de la realidad de su vida creada.
Sonreirá una vez colocado al fondo del escenario, como
distanciado todavía del drama que estará por abatirse sobre
él. Los ACTORES prestarán de inmediato mucha atención a la
escena que va a comenzar.
EL DIRECTOR. (Susurrando, con prisa, al APUNTADOR que está
en el foso.) ¡Y usted atento, listo para escribir, ahora
mismo!
La escena
EL PADRE. (Acercándose con una voz diferente.) Buenos días,
señorita.
LA HIJASTRA. (La cabeza gacha, con un reprimido disgusto.)
Buenos días.
EL PADRE. (La observará un poco, bajo el sombrerito que casi
oculta todo su rostro, e intuyendo que ella es muy joven,
exclamará de asombro, un poco por satisfacción pero también
por temor a comprometerse en una aventura arriesgada.)
Pero... ¿No será ésta la primera vez que... que viene aquí?
No, ¿verdad?...
LA HIJASTRA. No, señor.
EL PADRE. ¿Ha venido otras veces? (A lo que la HIJASTRA
asentirá con la cabeza.) ¿Más de una vez? (Esperará un poco
la respuesta, volverá a espiarla bajo el sombrerito,
sonreirá y dirá.) Entonces... No debería sentirse así... ¿Me
permite que le quite el sombrerito?
LA HIJASTRA. (Rápido, para prevenirlo, pero conteniendo su
disgusto.) No, señor. ¡Yo sola me lo quito! (Lo hará
deprisa, turbada.)
La MADRE, presenciando la escena, con
el Hijo y con los otros dos pequeños, que permanecerán
siempre junto a ella, colocados al lado opuesto de los
ACTORES, estará en vilo, con gestos de dolor, desdén,
ansiedad y horror por las palabras y los actos del PADRE y
la HIJASTRA. También ocultará el rostro, por momentos, o
emitirá algún lamento.
LA MADRE. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
EL PADRE. (Debido al lamento, se quedará rígido por un
momento, pero luego continuará con el tono previo.) Démelo.
Lo cuelgo yo. (Le quitará el sombrerito de las manos.) Pero
sobre una hermosa cabecita como la suya debería estar un
sombrerito más digno de usted. ¿Querrá ayudarme, después, a
escogerle alguno entre los que tiene Madama? ¿Sí?
LA ACTRIZ JOVEN. (Interrumpiendo.) ¡Mucho cuidado! ¡Esos
sombreros son nuestros!
EL DIRECTOR. (Rápido, enfurecido.) ¡Cállese, por Dios! ¡No
se haga la chistosa! ¡Estamos en mitad de la escena!
(Dirigiéndose a la HIJASTRA) Continúe, por favor, continúe.
LA HIJASTRA. (Prosiguiendo.) No, gracias, señor.
EL PADRE. ¡Vamos! ¡No me diga que no! Tiene que aceptármelo.
Me sentiría apenado... Mire que hay algunos muy bonitos,
¡mire! Y eso alegrará a Madama. ¡Los pone aquí a propósito!
LA HIJASTRA. No, señor. Es que ni siquiera podría llevarlo
puesto.
EL PADRE. ¿Acaso lo dice por lo que pensarán cuando la vean
volver a casa con un sombrero nuevo? No se preocupe. ¿Sabe
qué hacer? ¿Qué debe decir en casa?
LA HIJASTRA. (Arrebatada, sin contenerse.) ¡No es eso,
señor! No podría llevarlo, porque soy..., como puede ver...,
¡ya debería haberse percatado! (Le mostrará su luto.)
EL PADRE. ¡Está de luto! Es verdad. Le pido que me disculpe.
Me siento avergonzado, disculpe.
LA HIJASTRA. (Armándose de valor incluso para sobreponerse
al desdén y la náusea.) ¡Basta, basta, señor! Soy yo la que
tiene que agradecérselo, y no usted quien debe mortificarse
o sentirse afligido. No haga caso, por favor, de lo que
dije. También yo, como comprenderá... (Se esforzará por
sonreír y añadirá.) No debo pensar más en cómo estoy
vestida.
EL DIRECTOR. (Interrumpiendo, mirando al APUNTADOR en el
foso mientras sube al escenario.) ¡Espere, espere! ¡No
escriba más, deténgase en esta última frase! (Dirigiéndose
al PADRE y a la HIJASTRA) ¡Muy bien! ¡Muy bien! (Luego
únicamente al PADRE.) Usted continuará como hemos acordado.
(A los ACTORES.) Maravillosa esta escenita del sombrerito,
¿no les parece?
LA HIJASTRA. ¡Lo mejor está por venir! ¿Por qué no
continuamos?
EL DIRECTOR. ¡Tenga un poco de paciencia! (Volviendo a
dirigirse a los ACTORES) Hay que tratarla con un poco de
ligereza.
EL PRIMER ACTOR. De desenvoltura, de acuerdo...
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡No se necesita nada más! (Al PRIMER
ACTOR) Podríamos ensayarla ahora mismo, ¿no?
EL PRIMER ACTOR. ¡Por mí!... Ya está, me preparo para hacer
mi entrada. (Saldrá para volver a entrar por la puerta del
fondo.)
EL DIRECTOR. (A la primera actriz) Ahora, entonces, fíjese
bien. Ya ha terminado la escena entre usted y Madama Paz,
que ya me encargaré de escribir. Usted debe quedarse... ¿A
dónde va?
LA PRIMERA ACTRIZ. Un segundo, que me pongo el sombrero...
(Irá a cogerlo del perchero.)
EL DIRECTOR. ¡De acuerdo, muy bien! Entonces, usted se queda
aquí con la cabeza inclinada.
LA HIJASTRA. (Divirtiéndose.) ¡Pero si no está vestida de
negro!
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Ya me vestiré de negro, y mucho mejor
que usted!
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) ¡Le ruego que se calle! ¡Sólo
mire! ¡Tiene mucho que aprender! (Dando palmadas.)
¡Adelante, adelante! ¡Haga su entrada! (Y
bajará del escenario para tener una mejor imagen de la
escena. Se abrirá la puerta del fondo y se acercará el
PRIMER ACTOR, con el aire desenvuelto y pícaro de un viejo
galante. La representación de la escena, contemplada por los
ACTORES, será desde el principio algo completamente
diferente a una parodia, sino una copia exacta del drama.
Naturalmente, la HIJASTRA y el PADRE no se identificarán ni
con la primera actriz ni con el primer actor al escucharlos
decir sus mismas palabras. Lo expresarán de varias maneras,
bien con gestos, sonrisas, o con protestas explícitas por
las impresiones de sorpresa, asombro y sufrimiento, entre
otras, que reciben, como se verá a continuación. Se
escuchará claramente la voz del APUNTADOR, colocado en el
foso).
EL PRIMER ACTOR. «Buenos días, señorita...»
EL PADRE. (De inmediato, sin lograr contenerse.) ¡No y no!
LA HIJASTRA, al ver entrar de esa
manera al primer actor, estallará en carcajadas.
EL DIRECTOR. (Enfurecido.) ¡Cállense! ¡Y usted deje de reír
de una buena vez! ¡Así no podemos avanzar!
LA HIJASTRA. (Aproximándose al proscenio.) Disculpe, pero es
inevitable que me ría, señor. La señorita (señalará a la
PRIMERA ACTRIZ) se queda quieta allí donde está. Pero si
hubiera sido yo, le puedo asegurar que si alguien me dice
«buenos días» de esa manera y con ese tono, me habría dado
risa, tal como ha ocurrido.
EL PADRE. (Acercándose también un poco.) ¡Es eso!... El
aire, el tono...
EL DIRECTOR. ¡Pero qué aire! ¡Qué tono! ¡Ahora háganse a un
lado y déjenme ver el ensayo!
EL PRIMER ACTOR. (Adelantándose.) Si tengo que representar a
un viejo que va a una casa de citas...
EL DIRECTOR. ¡No le haga caso, por favor! ¡Repítalo,
repítalo, que estaba muy bien! (A la espera de que el actor
lo repita.) ¿Decía?...
EL PRIMER ACTOR. «Buenos días, señorita...»
LA PRIMERA ACTRIZ. «Buenos días...»
EL PRIMER ACTOR. (Repitiendo el gesto del PADRE, de
curiosear bajo el sombrerito, pero expresando luego de una
manera completamente distinta la complacencia y el temor.)
«¡Ah!... Pero... ¿No será ésta la primera vez que...? Espero
que no...»
EL PADRE. (Corrigiendo, sin resistirse.) ¡Nada de «¿Espero
que no?», sino «No, ¿verdad?». «No, ¿verdad?»
EL DIRECTOR. Dice «No, ¿verdad?», como preguntando.
EL PRIMER ACTOR. (Mirando al apuntador.) Yo he escuchado
«Espero que no...».
EL DIRECTOR. ¡Pero si es lo mismo! «No, ¿verdad?» que
«Espero que no...» Usted prosiga, prosiga. Quizá un poco
menos enfático. Mire cómo lo hago yo, mire... (Subirá al
escenario y repetirá el papel desde la entrada.) «Buenos
días, señorita...»
LA PRIMERA ACTRIZ. «Buenos días.»
EL DIRECTOR. «¡Ah!... Pero...» (Dirigiéndose al PRIMER ACTOR
para hacerle notar el modo como ha observado a la PRIMERA
ACTRIZ bajo el sombrerito.) Sorpresa..., temor y
complacencia... (Luego, retomando el parlamento, se dirige a
la PRIMERA ACTRIZ) «¿No será ésta la primera vez que... que
viene aquí? No, ¿verdad?...» (De nuevo, dirigiéndose con una
mirada aguda al PRIMER ACTOR) ¿Me explico? (A la PRIMERA
ACTRIZ.) Y ahora usted: «No, señor» (De nuevo, al primer
actor.) En fin, ¿cómo debo decirlo? ¡Souplesse!'
(Y bajará de nuevo del escenario.)
LA PRIMERA ACTRIZ. «No, señor...»
EL PRIMER ACTOR. «¿Ha venido otras veces? ¿Más de una vez?»
EL DIRECTOR. ¡No, no, espere! Deje primero que ella
(señalará a la PRIMERA ACTRIZ) asienta con la cabeza. «¿Ha
venido otras veces?»
La primera actriz levantará un poco la cabeza, entornará
disgustada los ojos y, después de una indicación del
DIRECTOR, asentirá dos veces con la cabeza.
LA HIJASTRA. (Sin contenerse.) ¡Por Dios! (Y de inmediato se
tapará la boca para contener la risa.)
EL DIRECTOR. (Dando media vuelta.) ¿Ahora qué pasa?
LA HIJASTRA. (Rápido.) ¡Nada, nada!
EL DIRECTOR. (Al primer actor.) ¡Continúe, continúe!
EL PRIMER ACTOR. «¿Más de una vez?... Entonces... No debería
sentirse así... ¿Me permite que le quite el sombrerito? (El
PRIMER ACTOR dirá estas últimas frases con un tono y un
movimiento tal, que la HIJASTRA, todavía con las manos
cubriendo su boca, por más que intente reprimirse, no
logrará contener la risa, que estallará estrepitosamente
entre sus dedos.)
LA PRIMERA ACTRIZ. (Indignada, regresando a su sitio,
aparte.) ¡Yo no voy a permitir que ésa de ahí se ría de mí!
el primer actor. ¡Ni yo! ¡Se acabó!
el director. (Gritando a la hijastra) ¡Acabe de una vez!
LA HIJASTRA. Sí, sí... Perdone, perdone...
EL DIRECTOR. ¡Es usted una maleducada! ¡Eso es lo que es!
¡Una presuntuosa!
EL PADRE. (Tratando de interponerse.) Sí, señor. Tiene toda
la razón. Pero perdónela...
EL DIRECTOR. (Subiendo de nuevo al escenario.) ¡Pero qué
quiere que perdone! ¡Es un insulto!
EL PADRE. Sí, señor, pero créame, créame... Es que produce
un efecto algo extraño...
EL DIRECTOR. ¿Extraño? ¿Qué resulta extraño? ¿Y por qué?
EL PADRE. Yo admiro, señor, admiro a sus actores: a este
señor (señalará al PRIMER ACTOR), a la señorita (señalará a
la PRIMERA ACTRIZ), pero, la verdad..., no son nosotros...
EL DIRECTOR. ¡Lo duda! ¿Cómo quiere que sean «ustedes» si
son los actores?
EL PADRE. Es por eso. ¡Por los actores! Hacen muy bien
nuestros papeles. Pero nos parece otra cosa, que quisiera
ser la misma, pero no lo es.
EL DIRECTOR. ¿Cómo que no es? Entonces, ¿qué es?
EL PADRE. Algo que... se vuelve de ellos, y ya no es
nuestro.
EL DIRECTOR. ¡Eso es inevitable! ¡Ya se lo dije!
EL PADRE. Comprendo, comprendo...
EL DIRECTOR. Entonces, ¡basta de lo mismo! (Dirigiéndose a
los ACTORES) Ya haremos luego los ensayos sólo entre
nosotros, como debe ser. ¡Siempre ha sido una maldición
ensayar junto a los autores! ¡Nada los satisface!
(Dirigiéndose al PADRE y a la HIJASTRA.) Empecemos de nuevo
con ustedes. Y espero que sea posible que usted no se vuelva
a reír.
LA HIJASTRA. ¡No reiré más, no reiré más! Ahora viene lo
mejor para mí. ¡Se lo aseguro!
EL DIRECTOR. Entonces, cuando usted dice: «No haga caso, por
favor, de lo que dije. También yo, como comprenderá...»
(Dirigiéndose al padre.) Es necesario que usted responda de
inmediato: «Comprendo, comprendo...» y que de inmediato
pregunte...
LA HIJASTRA. (Interrumpiendo.) ¡Qué!...
EL DIRECTOR. ¡La razón de su luto!
LA HIJASTRA. ¡No, señor! Mire: cuando yo le dije que no
prestara atención a cómo vestía, ¿sabe lo que respondió?
«¡Quitémoslo, quitémoslo de inmediato, ahora mismo, ese
vestidito!»
EL DIRECTOR. ¡Magnífico! ¡Muy bien! ¿Quiere que todo el
teatro se nos eche encima?
LA HIJASTRA. ¡Pero es la verdad!
EL DIRECTOR. ¡Y qué tiene que ver la verdad! ¡Estamos en el
teatro! ¡La verdad sólo sirve hasta cierto punto!
LA HIJASTRA. ¿Y, entonces, qué quiere hacer ahora?
EL DIRECTOR. ¡Ya lo verá, ya lo verá! ¡Déjelo en mis manos!
LA HIJASTRA. ¡Eso sí que no, señor! De mi asco, de todos los
motivos, a cuál más cruel e infame, por los que soy «ésta» y
«así», ¿quiere hacer usted un pastiche romántico y
sentimentaloide, en el que él me pregunta por las razones de
mi luto y yo le respondo llorando que mi padre había muerto
dos meses atrás? ¡Eso no, señor! Es necesario que él me diga
lo que dijo: «¡Quitémoslo, quitémoslo de inmediato, ahora
mismo, ese vestidito!» Y yo, con mi corazón enlutado, apenas
dos meses atrás, me dirigí allá. ¿Lo ve? Allá, detrás del
biombo, y con estas manos que se estremecen por la deshonra,
por la repugnancia, me quité el vestido...
EL DIRECTOR. (Agarrándose los cabellos.) ¡Por favor! ¿Qué es
lo que está diciendo?
LA HIJASTRA. (Gritando, frenética.) ¡La verdad! ¡La pura
verdad, señor!
EL DIRECTOR. No lo dudo, será la verdad... Y comprendo todo
su espanto, señorita. ¡Pero comprenda también que todo eso
no es posible hacerlo sobre el escenario!
LA HIJASTRA. ¿No es posible? Entonces se lo agradezco, pero
no cuente conmigo.
EL DIRECTOR. Un momento...
LA HIJASTRA. ¡No cuente conmigo! ¡En absoluto! ¡Lo que se va
a representar en la escena lo han arreglado entre ustedes
dos! ¡Ahora lo comprendo! Él quiere que se representen
(enfatiza) ¡sus tormentos espirituales! ¡Pero yo quiero
representar mi drama, el mío!
EL DIRECTOR. (Molesto, agitándose con furia.) ¡Cómo no, su
drama! ¡Pues no sólo existe su drama! ¡Están los otros! El
suyo. (Señalará al PADRE) ¡El de su madre! No es posible que
un personaje llame más la atención y desplace a los demás,
acaparando la escena. ¡Es necesario que todos formen un
cuadro armonioso y que se represente lo que se puede
representar! Sé muy bien que cada uno tiene toda una vida
dentro de sí y quisiera contarla. Pero esto es precisamente
lo difícil: expresar sólo lo necesario y en relación con los
demás. ¡Y con eso, sólo con eso, sugerir todo lo que queda
oculto! ¡Ah! Sería muy cómodo si cada personaje pudiera en
un precioso monólogo, o... por decir..., en una conferencia,
¡soltar todo lo que quisiera contar! (Con un tono bondadoso,
conciliador.) Es necesario que se contenga usted, señorita.
Créame, es por su bien. Incluso porque podría dar una mala
imagen, se lo advierto. Toda esa furia ofensiva, ese
disgusto exasperado, cuando usted misma, si me permite, ha
confesado acostarse con otros hombres antes que con él, en
lo de Madama Paz, y más de una vez.
LA HIJASTRA. (Agachando la cabeza, con una voz honda,
después de un momento de recogimiento.) ¡Es verdad! Pero
tiene que pensar que los otros eran, para mí, como él.
EL DIRECTOR. (Sin comprender.) ¿Cómo que los otros? ¿Qué
quiere decir?
LA HIJASTRA. Para quien cae en la culpa, señor, ¿no es
responsable de todo lo que ocurre después el primero que
provocó la caída? Para mí lo es él, incluso antes de que yo
naciera. ¡Mírelo y dígame si no es verdad!
EL DIRECTOR. ¡Muy bien! ¿Y no le parece poco el peso de
tanto remordimiento en él? ¡Déjelo expresarse!
LA HIJASTRA. ¿Y cómo, señor? ¿Cómo podrá expresar todos sus
«nobles» remordimientos, todos sus tormentos «morales», si
usted quiere ocultar el horror de haber tenido en los
brazos, después de invitarla a desnudarse de su reciente
luto, a una mujer perdida que era al mismo tiempo aquella
niña, señor, aquella niña a la que él iba a ver a la salida
de la escuela? (Pronunciará estas últimas palabras con una
voz conmocionada.)
(La MADRE, al escucharla hablar así, oprimida por el ímpetu
de una angustia incontenible que se expresará primero en
unos cuantos gemidos sofocados, acabará estallando en un
llanto descontrolado. La conmoción dominará a todos. Larga
pausa.)
LA HIJASTRA. (Apenas la MADRE empiece a calmarse, añadirá de
manera sombría y resuelta.) Ahora estamos entre nosotros,
todavía desconocidos por el público. Y mañana usted dará un
espectáculo sobre nosotros de acuerdo con lo que quiere
tramar. ¿Quiere ver el verdadero drama? ¿Quiere verlo
estallar como realmente ocurrió?
EL DIRECTOR. ¡Por supuesto! No pido más que eso para extraer
todo lo que sea posible.
LA HIJASTRA. Entonces, haga salir a mi madre.
LA MADRE. (Sobreponiéndose al llanto, con un grito.) ¡No!...
¡No lo permita, señor! ¡No lo permita!
EL DIRECTOR. ¡Pero si es sólo para saber lo que ocurrió,
señora!
LA MADRE. ¡No puedo más! ¡No puedo más!
EL DIRECTOR. Discúlpeme. ¡Pero todo esto ya ocurrió! No
entiendo entonces...
LA MADRE. ¡No! ¡Está ocurriendo ahora, y ocurre siempre! ¡Mi
tormento no ha terminado, señor! ¡Yo estoy viva y presente,
siempre presente en cada momento de mi tormento, que siempre
se renueva, también vivo y presente! Y a esos dos
pequeñitos, ¿los ha escuchado hablar? ¡No pueden hablar más,
señor! Están apegados a mí, todavía, para tener presente mi
tormento. ¡Pero ellos ya no existen, no existen! Y ella,
señor (señalará a la HIJASTRA), se escapó, se alejó de mí y
se ha perdido, se ha perdido... ¡Si yo todavía la veo aquí
es todavía por eso, sólo por eso, siempre por lo mismo,
siempre, siempre, para recordármelo siempre, vivo y
presente, el tormento que he sufrido también por culpa de
ella!
EL PADRE. (Solemne.) ¡El instante eterno, como le dije,
señor! Ella (señalará a la HIJASTRA) está aquí para
retenerme, fijarme, mantenerme inmóvil y suspendido
eternamente en el escarnio, todo por culpa de un momento
fugaz y vergonzoso de mi vida. No puede renunciar a eso, y
usted no puede ayudarme.
EL DIRECTOR. ¡No he dicho que no se representará! Justamente
será el núcleo de todo el primer acto, hasta llegar a la
sorpresa de ella. (Señalará a la madre)
EL PADRE. Eso, sí. Porque es mi condena, señor: toda nuestra
pasión tiene que culminar en su grito final. (También
señalará a la madre.)
LA HIJASTRA. ¡Todavía lo escucho! ¡Ese grito me hizo
enloquecer! Usted puede hacerme aparecer como quiera, ya no
me importa. Incluso vestida, y bastará que por lo menos
tenga los brazos —sólo los brazos— descubiertos, porque,
¡fíjese bien!, cuando estaba así (se acercará al PADRE y
apoyará la cabeza en su pecho), con la cabeza apoyada, así,
y abrazándole el cuello, ¡vi palpitar aquí, en mi brazo, una
vena, y como si fuera esa única vena la que me diera asco,
cerré los ojos así, así, y hundí la cabeza en su pecho! (Se
volverá hacia la MADRE) ¡Grita, mamá! ¡Grita! (Y hundirá la
cabeza en el pecho del PADRE, y con los hombros alzados como
para no escuchar el grito, añadirá con una voz desgarrada y
sofocada.) ¡Grita! ¡Grita como lo hiciste esa vez!
LA MADRE. (Lanzándose a separarlos.) ¡No! ¡Hija, hija mía!
(Y luego de haberlos apartado.) ¡Bruto, bruto, es mi hija!
¿No te das cuenta de que es mi hija?
EL DIRECTOR. (Retrocediendo al proscenio tras el grito,
entre el estupor de los ACTORES.) ¡Magnífico! ¡Sí,
magnífico! ¡Telón, telón!
EL PADRE. (Acercándose a él, agitado.) ¡Así fue, así ocurrió
de verdad, señor!
EL DIRECTOR. (Admirado y convencido.) ¡No lo dudo! ¡Telón,
telón! (Ante los gritos reiterados del DIRECTOR, el
TRAMOYISTA hará caer el telón, dejando afuera al DIRECTOR y
al PADRE).
EL DIRECTOR. (Mirando hacia arriba, levantando los brazos.)
¡Pero qué imbécil! He dicho telón para dar a entender que el
acto debe terminar así, ¡y me tira el telón de verdad! (Al
PADRE, levantando una borde del telón para entrar en el
escenario.) ¡Está muy bien, muy bien! ¡Impactará sin duda!
Tiene que terminar así. ¡Se lo aseguro, se lo aseguro, al
menos este primer acto! (Entrará con el PADRE tras el
telón.)
Al levantarse el telón se verá que los TRAMOYISTAS y
MONTADORES habrán desmantelado el primer simulacro de escena
y que, en cambio, habrán colocado una pequeña fuente de
jardín. En una parte del escenario estarán sentados en fila
los ACTORES y, en la otra, los PERSONAJES. El DIRECTOR
estará de pie en mitad del escenario, agarrándose la
barbilla con el puño cerrado, pensando.
EL DIRECTOR. (Reaccionando después de una breve pausa.)
Entonces... ¡Veamos el segundo acto! ¡Déjenme, déjenme hacer
a mí, como había establecido desde un principio! ¡Irá de
maravillas!
LA HIJASTRA. Ahora vendría nuestra entrada en su casa
(señalará al PADRE), ¡a despecho de él! (Señalará al HlJO.)
EL DIRECTOR. (Impaciente.) Eso está bien, pero deje que yo
me encargue. ¿De acuerdo?
LA HIJASTRA. ¡Pero que quede claro su desprecio!
LA MADRE. (Titubeando con un movimiento de cabeza.) Para
todo lo que nos ha servido...
LA HIJASTRA. (Dirigiéndose a ella de manera tajante.) ¡No
importa! ¡Cuanto más daño para nosotros, más remordimiento
para él!
EL DIRECTOR. (Impaciente.) ¡Lo comprendo, lo comprendo! ¡Y
se lo tendrá en cuenta! ¡No lo dude!
LA MADRE. (Suplicante.) Pero hágalo entender bien, se lo
ruego, señor, por mi conciencia, que yo busqué de cualquier
modo...
LA HIJASTRA. (Interrumpiendo despectivamente, retomando la
palabra.) ... ¡calmarme, aconsejarme que no lo
menospreciara! (Al DIRECTOR) Déle el gusto, complázcala,
¡porque es verdad! Yo disfruto muchísimo porque, mientras
tanto, a la vista está: ¡cuanto más ella suplica o trata de
conmoverlo, tanto más se aleja él, se «ausenta»! ¡Qué
maravilla!, ¿no?
EL DIRECTOR. ¿Vamos empezar de una vez el segundo acto?
LA HIJASTRA. No digo ni una palabra más. ¡Pero tenga en
cuenta que desarrollar todo en el jardín, como quiere, no
será posible!
EL DIRECTOR. Y ¿por qué no?
LA HIJASTRA. Porque él (señalará de nuevo al HlJO) está
siempre encerrado en su habitación, ¡apartado! Luego, como
le he dicho, habrá que desarrollar todo el papel de ese
pobre muchacho confundido en casa.
EL DIRECTOR. ¡Sí, pero como comprenderán, no podemos colgar
cartelitos o cambiar el escenario a cada momento!
EL PRIMER ACTOR. Antes sí se hacía...
EL DIRECTOR. ¡Cuándo el público era quizá como esa niña!
LA PRIMERA ACTRIZ. ¡E incluso era más fácil lograr la
ilusión!
EL PADRE. (Levantándose de golpe.) ¿La ilusión? ¡Les suplico
que no hablen de ilusión! No usen esa palabra. ¡Es demasiado
cruel para nosotros!
EL DIRECTOR. (Sorprendido.) ¿Se puede saber por qué?
EL PADRE. ¡Es cruel, muy cruel! ¡Debería entenderlo!
EL DIRECTOR. Entonces, ¿Cómo deberíamos llamarla? ¿Cómo
llamar a la ilusión de crear, aquí, a los espectadores...
EL PRIMER ACTOR. ... con nuestra
representación...
EL DIRECTOR. ... la ilusión de una
realidad!
EL PADRE. Comprendo, señor. Quizá sea usted quien no nos
comprende. ¡Tiene que disculparme! Para usted y sus actores
todo esto no es más que un juego, y no lo critico.
LA PRIMERA ACTRIZ. (Interrumpiendo ofendida.) ¡De qué juego
habla! ¡No somos niños! ¡Aquí se actúa de verdad!
EL PADRE. ¡Sí, no lo niego, no! Y comprendo, justamente, que
el juego de su arte tiene que lograr, como dice el señor,
una perfecta ilusión de realidad.
EL DIRECTOR. ¡Eso es exactamente!
EL PADRE. ¡Pero también tiene que pensar que nosotros (se
señalará a sí mismo y rápidamente a los otros cinco
PERSONAJES) no tenemos otra realidad más allá de esta
ilusión!
EL DIRECTOR. (Aturdido, mirando a sus actores también
perplejos y desorientados.) ¿Y eso qué quiere decir?
EL PADRE. (Después de observarlos minuciosamente, con una
leve sonrisa.) ¡Por supuesto que sí, señores! ¿Qué otra
realidad? Lo que para ustedes es una ilusión a crear, para
nosotros es la única realidad. (Breve pausa. Dará unos
cuantos pasos en dirección al DIRECTOR y proseguirá.) ¡Y no
solamente para nosotros, créame! Piénselo bien. (Lo mirará
fijamente a los ojos.) ¿Podría decirme quién es usted? (Y se
quedará apuntándolo con el dedo.)
EL DIRECTOR. (Turbado, sonriendo a medias.) ¿Cómo que quién
soy?... ¡Soy yo!
EL PADRE. ¿Y si le dijera que no es verdad, porque usted es
yo?
EL DIRECTOR. ¡Le diría simplemente que está loco! (Los
ACTORES reirán.)
EL PADRE. Tienen razón para reírse: esto es un juego (al
DIRECTOR) y usted, por lo tanto, puede objetarme que sólo
por un juego ese señor, allá (señalará al PRIMER ACTOR), que
es «él», tiene que ser «yo», que sin embargo soy yo, «éste»
¿Se da cuenta cómo ha caído en la trampa? (Los ACTORES
reirán de nuevo.)
EL DIRECTOR. (Cortante.) ¡Ya hemos hablado de esto! ¿Se lo
repito de nuevo?
EL PADRE. No, no. No quería decir eso precisamente. Incluso
lo invito a salir de este juego (mirando a la PRIMERA
ACTRIZ, como anticipándose) —¡teatral, teatral!— que usted
acostumbra hacer aquí con sus actores. Pero vuelvo a
preguntarle en serio: ¿quién es usted?
EL DIRECTOR. (Dirigiéndose, maravillado y fastidiado, al
mismo tiempo, hacia los ACTORES) ¡Vaya si se puede ser
descarado! ¡Uno que se da ínfulas de personaje tiene el
atrevimiento de preguntarme quién soy!
EL PADRE. (Con dignidad pero sin soberbia.) Un personaje,
señor, siempre puede preguntar a un hombre quién es. Porque
un personaje tiene realmente una vida, con sus propios
atributos, por los que siempre es «alguien». Mientras que un
hombre —y no estoy hablando de usted ahora— un hombre
cualquiera puede que no sea «nadie».
EL DIRECTOR. ¡Claro! ¡Pero usted me lo pregunta a mí, que
soy el Director! ¡El Director de la compañía! ¿Se da cuenta?
EL PADRE. (Casi susurrando, con una meliflua humildad.) Sólo
lo hago para saber, señor, si verdaderamente usted puede
verse cómo es ahora mismo... y como ve, por ejemplo, con la
distancia del tiempo, a aquel que fue, con las ilusiones que
tenía entonces; con todas las cosas, dentro y a su
alrededor, de acuerdo a cómo las veía entonces —y que eran
realmente así para usted—. Pues bien, señor. Recordando esas
ilusiones que ya no se plantea, todas aquellas cosas que
ahora ya no le «parecen» como «eran» hace un tiempo para
usted, ¿no siente como si faltara, no digo estas tablas del
escenario, sino un piso firme, el suelo bajo sus pies, sobre
todo si piensa que de igual manera «esto» que siente ahora,
toda su realidad actual, tal como es, también está destinada
a parecerle una ilusión el día de mañana?
EL DIRECTOR. (Sin haber comprendido muy bien, aturdido por
la densa argumentación.) ¿Y? ¿Adónde quiere llegar?
EL PADRE. A ningún sitio, señor. Tan sólo hacerle ver que si
nosotros (se señalará a sí mismo otra vez, así como a los
otros PERSONAJES) no tenemos otra realidad más allá que la
ilusión, también sería bueno que usted desconfiase de su
realidad, de la que usted hoy respira y toca, porque, como
la de ayer, está destinada a revelársele el día de mañana
como una ilusión.
EL DIRECTOR. (Volviendo a tomárselo en broma.) ¡Tiene toda
la razón! ¡Ahora sólo falta que usted diga que con esta
comedia que viene a representarme es más verdadero y real
que yo!
EL PADRE. (Decididamente serio.) ¡No tengo la menor duda,
señor!
EL DIRECTOR. ¿Ah, sí?
EL PADRE. Supuse que usted lo había comprendido desde un
principio.
EL DIRECTOR. ¿Más real que yo?
EL PADRE. Si su realidad puede alterarse de un día para el
otro...
EL DIRECTOR. ¡Pero claro que puede cambiar! ¡Y
continuamente! ¡Cómo todos!
EL PADRE. (Dando un grito.) ¡Pero la nuestra no, señor!
¿Entiende? ¡Ésa es la diferencia! No cambia, no puede
cambiar ni ser otra, jamás, porque ha sido fijada, así,
«ésta», y para siempre. ¡Y eso es terrible, señor! ¡Es
realmente inalterable! ¡Hasta deberían sentir un escalofrío
cerca de nosotros!
EL DIRECTOR. (Tajante, colocándose delante por una idea que
se le ocurrirá de improviso.) Yo quisiera saber, sin
embargo, ¿cuándo se ha visto a un personaje salir de su
papel para dedicarse a ponderar como lo hace usted,
exponiendo y explicando sus ideas? ¿Me lo podría decir?
¡Jamás lo he visto en mi vida!
EL PADRE. No lo ha visto, señor, porque los autores esconden
con mucha frecuencia las inquietudes de su creación. Cuando
los personajes están vivos, verdaderamente vivos delante de
su autor, éste no hace otra cosa que observar las palabras y
los gestos que ellos proponen, y es necesario que él los
acepte tal como son, porque ¡mucho cuidado si no es así!
Cuando nace un personaje, éste adquiere de inmediato una
independencia tal, incluso frente a su propio autor, que
puede ser imaginado en muchísimas otras circunstancias que
el autor ni siquiera imaginó. ¡Y, con eso, incluso adquiere,
en ciertas ocasiones, un significado que el autor jamás
soñó!
EL DIRECTOR. ¡Por supuesto que lo sé!
EL PADRE. Entonces, ¿por qué se asombra de nosotros? Imagine
la desgracia que es para un personaje todo lo que le dicho,
haber nacido vivo de la fantasía de un autor que luego quiso
negarle la vida. Y luego dígame si este personaje,
abandonado de esa manera, vivo y sin vida, no tiene razón
para hacer lo que nosotros estamos haciendo, en este
momento, frente a ustedes, luego de haberlo hecho muchas
veces, créame, delante de nuestro autor, todo para animarlo,
compareciendo unas veces yo, otras ella (señalará a la
HIJASTRA), otras esa pobre madre...
LA HIJASTRA. (Adelantándose, ensimismada.) Es verdad. Yo
también, señor, yo también lo tenté muchas veces en medio de
la melancolía de su escritorio, al atardecer, cuando él,
derrumbado en su sillón, no se animaba a encender la luz y
dejaba que las sombras invadieran la habitación, y que
nosotros pululáramos en ellas, tratando de persuadirlo...
(Como si todavía se viera allá en ese escritorio y le
fastidiara la presencia de todos los ACTORES) ¡Si todos se
marcharan! ¡Si nos dejaran a solas! Esa madre, con ese hijo.
Yo con esa niña. Ese muchacho siempre sólo. Y después yo con
él. (Señalará apenas al PADRE) Y luego yo sola, sola... en
esa sombra. (Se sobresaltará, como si quisiera agarrarse de
la visión que tiene de sí misma, luminosa y viva en esa
sombra.) ¡Ah, mi vida! ¡Qué escenas, qué escenas le
sugeríamos! ¡Era yo, yo quien más lo provocaba!
EL PADRE. ¡Sí! ¡Pero quizá fue por tu culpa, por esas
insistencias tuyas, por tu excesivo descontrol!
LA HIJASTRA. ¡No es cierto! ¡Si él mismo quiso que yo fuera
así! (Irá hacia el DIRECTOR para hablar en confidencia.)
Yo, señor, creo que se debió al envilecimiento y al tedio
debidos al tipo de teatro que al público le gusta y pide
ver...
EL DIRECTOR. ¡Avancemos, por Dios! ¡Y vamos a los hechos!
LA HIJASTRA. ¡Me parece que hechos hay demasiados desde que
entramos en su casa! (Señalará al PADRE) ¡Decía usted que no
podía colgar cartelitos o cambiar el escenario cada cinco
minutos!
EL DIRECTOR. ¡Sí, exacto! Prepararlos, agruparlos en una
acción simultánea y compacta, y no como pretende usted, que
quiere ver primero a su hermanito regresando de la escuela y
deambulando como una sombra por las habitaciones,
escondiéndose detrás de las puertas para meditar en un
propósito en el cual... ¿cómo había dicho?
LA HIJASTRA. ¡Se desuca, señor, se desuca todo!
EL DIRECTOR. ¡No había escuchado nunca esa palabra! Da
igual: un muchacho al que se le están «abriendo los ojos»,
¿verdad?
LA HIJASTRA. Sí, señor. ¡Ahí lo tiene! (Lo señalará junto a
la madre)
EL DIRECTOR. ¡Muy bien! Luego, al mismo tiempo, quisiera
también a esa niña que juega, incauta, en el jardín. Uno en
la casa y la otra en el jardín. ¿Es posible?
LA HIJASTRA. ¡Al sol, señor, y contenta! Su alegría, su
fiesta en ese jardín es mi mejor recompensa. Sacada de la
miseria, de la sordidez de un horrible dormitorio en el que
dormíamos los cuatro, y yo con ella. ¡Yo, imagínelo! Con el
horror de mi cuerpo pecaminoso junto a ella, que me abrazaba
con fuerza con sus bracitos amorosos e inocentes. En el
jardín, apenas me veía, corría a tomarme de la mano. No
miraba las flores grandes, pero en cambio descubría todas
las flores «pequeñitas, pequeñitas», como las llamaba. ¡Y me
las quería mostrar, con una alegría, como si fuera una
fiesta!
(Hablando así, desgarrada por el recuerdo, romperá a llorar
largamente, con desesperación, reclinando la cabeza entre
los brazos extendidos sobre la mesita. Todos acabarán
dominados por la conmoción.)
(El DIRECTOR se le acercará paternalmente, y le hablará para
confortarla.)
EL DIRECTOR. ¡Haremos ese jardín, lo haremos, no lo dude!
¡Ya verá como se pone contenta! ¡Agruparemos allí las
escenas! (Llamando por su nombre a un MONTADOR.) ¡Que
traigan unos apliques de árboles! ¡Dos cipreses pequeños
para colocarlos delante de la alberca! (Se
verán bajar desde lo alto un bastidor con la imagen de dos
cipreses. Se acercará el TRAMOYISTA para fijarlos al piso.)
EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA.) Ahora lo dejaremos así, sólo
para dar una idea. (Llamará de nuevo al MONTADOR.) ¡Dame un
poco de cielo!
EL MONTADOR. (Desde arriba.) ¿Cómo?
el DIRECTOR. ¡Un poco de cielo! ¡Un fondo de cielo para
colocar detrás de la alberca! (Se verá descender desde la
parte superior del escenario una tela blanca.)
EL DIRECTOR. ¡Blanca no! ¡Te dije color cielo! No importa,
déjalo. Yo me encargaré. (Llamando.) ¡Electricista! ¡Apague
todas las luces! Quiero algo parecido a una atmósfera
lunar... sí, lunar... luces azules, luces azules sobre la
tela... con el reflector... ¡Eso! ¡Así está bien! (Se
compondrá, de acuerdo a lo solicitado por el DIRECTOR, una
misteriosa iluminación lunar, que inducirá a los ACTORES a
hablar y moverse en el jardín como si fuera de noche, bajo
la luna.)
EL DIRECTOR. (A la hijastra.) ¡Mire! ¿Qué le parece? Y ahora
el muchachito, en vez de esconderse detrás de las puertas de
las habitaciones, podría venir al jardín y esconderse detrás
de los árboles. Pero debe tener en cuenta que será difícil
encontrar a una niña que haga bien la escena con usted,
cuando le muestre las flores. (Dirigiéndose al MUCHACHO.)
¡Ven, ven acá! ¡Concretemos un poco lo que hay que hacer! (Y
viendo que el muchacho no se mueve.) ¡Vamos, vamos! (Lo irá
a buscar, tratando que mantenga la cabeza erguida a pesar de
que el muchacho la deja caer.) ¡Vaya problema, este chico!
¿Cómo se puede hacer, Dios mío? Es necesario que por lo
menos diga algo... (Le pondrá las manos sobre los hombros y
lo conducirá detrás del bastidor de los árboles.) Colócate
aquí, eso... Así... Escóndete un poco... Así... Trata de
asomarte un poco, como si espiaras... (El DIRECTOR se
alejará un poco para evaluar el efecto. Apenas el MUCHACHO
se asoma, los ACTORES quedan impresionados.) ¡Muy bien!...
Eso está muy bien... (Dirigiéndose a la HIJASTRA.) Y si la
niña lo descubriera espiando de esa manera, ¿no cree que
podría acercarse y hacerlo hablar aunque sea unas cuantas
palabras?
LA HIJASTRA. (Poniéndose de pie.) ¡Ni lo sueñe! ¡No hablará
mientras esté aquí él! (Señalará al Hijo.) Primero sería
necesario que lo sacará de aquí a él.
EL HlJO. (Encaminándose resuelto hacia una de las dos
escalerillas.) ¡De inmediato y con gusto! ¡No espero otra
cosa!
EL DIRECTOR. (Reteniéndolo al instante.) ¡No, no! ¿Adónde
va? ¡Espere un momento!
(La MADRE Se levantará asustada y angustiada sólo por la
posibilidad de que se vaya de verdad, así que
instintivamente alzará los brazos como para retenerlo,
aunque no se mueva de su sitio.)
EL HlJO. (Ya en el proscenio, dirigiéndose al DIRECTOR, que
lo retiene.) ¡Yo no tengo nada que hacer aquí! ¡Déjeme ir,
por favor! ¡Deje que me vaya de una vez!
EL DIRECTOR. ¿Cómo que no tiene nada que hacer?
LA HIJASTRA. (Plácidamente, irónica.) ¡No lo retenga, no!
¡No se irá!
EL PADRE. ¡Tiene que representar la terrible escena del
jardín junto a su madre!
EL HlJO. (De inmediato, resuelto y furibundo.) ¡Yo no haré
nada! ¡Lo dije desde un comienzo! ¡Nada! (Al DIRECTOR.)
¡Déjeme ir!
LA HIJASTRA. (Acercándose al DIRECTOR) ¿Me permite, señor?
(Aflojará los brazos del DIRECTOR que retienen al HlJO)
Déjelo. (Luego, dirigiéndose al HlJO, apenas lo suelte el
DIRECTOR.) Ya está. ¡Vete! (El HlJO permanecerá quieto junto
a la escalerilla. No podrá bajar los escalones como si
estuviera retenido por un oculto poder. Luego, ante el
estupor y la sorpresa de los ACTORES, caminará a lo largo
del proscenio hacia la otra escalerilla del escenario. Se
detendrá de nuevo y tampoco podrá bajar. La HIJASTRA, que lo
habrá seguido con la mirada, estallará en carcajadas.) ¿Lo
ve? ¡No puede hacerlo, no puede! Tiene que quedarse aquí por
fuerza, encadenado irremediablemente. Si yo, señor, cuando
ocurra lo que tenga que ocurrir, levanto el vuelo
—justamente por el odio que siento por él, para no tener que
verlo más—, si incluso yo me quedo todavía aquí y soporto
sus miradas y su presencia, ¡imagine si va a irse él que
tendrá que permanecer con su maravilloso padre, y con esa
madre que ya no tiene otros hijos que él!... (Dirigiéndose a
la madre.) ¡Ven mamá, ven!... (Señalándosela al DIRECTOR)
Mire. Se había levantado, se había levantado para
retenerlo... (A la MADRE, casi atrayéndola como por efecto
de magia.) Ven, ven... (Luego, al /DIRECTOR) Imagine la
resistencia que puede tener ella como para mostrar a sus
actores lo que está sintiendo. Es tanto el anhelo por
acercarse a él... ¡Ahí lo tiene!... ¿Lo ve?... ¡Tanto que
está dispuesta a vivir su escena! (Efectivamente, la MADRE
se habrá acercado, y apenas la HIJASTRA termine de decir sus
últimas palabras, abrirá los brazos para dar a entender que
asiente a lo dicho.)
EL HlJO. (De inmediato.) ¡No me puedo ir! ¡No! ¡Si no me
puedo ir, entonces me quedaré aquí! ¡Pero le repito que no
representaré nada!
EL PADRE. (Al DIRECTOR, agitado.) ¡Usted puede obligarlo,
señor!
EL HIJO. ¡Nadie puede hacerlo!
EL PADRE. ¡Lo haré yo, entonces!
LA HIJASTRA. ¡Un momento, un momento! ¡Primero tiene que
estar la niña en la alberca! (Correrá a coger a la NIÑA, se
arrodillará delante de ella y le sujetará el rostro entre
las manos.) Pobrecita mía, miras todo esto asustada, con
esos lindos ojitos. ¿Qué pensarás de todo esto? Estamos en
un teatro, preciosa. ¿Qué es un teatro? ¿Lo ves? Es un lugar
donde se juega a fingir las cosas en serio. Se representan
las comedias. Y nosotros haremos ahora la comedia. ¡Pero de
verdad! Y tú también lo harás... (La abrazará, apretándola
contra su pecho y meciéndola un poco.) ¡Cariño mío, cariño
mío, qué fea comedia te va a tocar! ¡Qué cosa horrible han
pensado para ti! El jardín, la alberca... Es falsa, por
supuesto. Lo terrible es eso, querida: ¡que aquí todo es
falso! Aunque quizá te guste más una alberca falsa que una
verdadera. ¿Para jugar, no? Pero no, el juego es para los
demás, no para ti, que eres real, cariño, y que juegas de
verdad en una alberca de verdad, una alberca grande, verde,
con tantos bambús que dan sombra, reflejándose en el agua, y
muchos patitos que nadan en ella, atravesando las sombras.
Tú quieres atrapar a uno de estos patitos... (Con un grito
que sorprende a todos.) ¡No, Rosetta, no! ¡Mamá no se ocupa
de ti por el canalla ése de su hijo! ¡Y yo estoy con todos
mis demonios en la cabeza!... Y él... (Dejará a la niña y se
dirigirá con el mismo tono al MUCHACHO) ¿Qué hace aquí,
siempre con ese aire de mendigo? También será por culpa tuya
si esa pequeña se ahoga. ¡Por quedarte así, de esa manera,
como si yo no hubiera pagado por todos el ingreso en esa
casa! (Agarrándolo de un brazo para obligarle a que saque la
mano del bolsillo.) ¿Qué guardas? ¿Qué escondes? ¡Saca la
mano! (Lo obligará a sacar la mano y se descubrirá, en medio
del horror de todos, que empuña un pequeño revólver. Lo
mirará satisfecha por su descubrimiento, pero luego añadirá
de manera sombría.) ¿Dónde, cómo la has conseguido? (Sin
embargo, el MUCHACHO, intimidado, siempre con la cabeza
gacha, no responderá.) ¡Tonto! En vez de matarte, yo habría
asesinado a cualquiera de esos dos, o a los dos: ¡al padre y
al hijo! (Lo llevará de nuevo detrás de los árboles desde
los que espiaba. Luego tomará a la NlÑA y la introducirá en
la alberca, de tal manera que quedará oculta, y yacerá así,
con el rostro entre los brazos, que permanecerán apoyados
sobre el borde de la alberca.)
EL DIRECTOR. ¡Magnífico! (Dirigiéndose al HlJO.) Y al mismo
tiempo...
EL HIJO. (Desdeñoso.) ¡Nada de al mismo tiempo! ¡Nada de eso
es verdad, señor! ¡No hubo ninguna escena entre ella y yo!
(Señalará a la MADRE.) Que ella misma le diga lo que
ocurrió. (Entretanto, la SEGUNDA ACTRIZ y el ACTOR JOVEN se
habrán separado del grupo de los ACTORES. Ella se habrá
puesto a observar con mucha atención a la MADRE, que estará
enfrente, y él al Hijo, de manera que sabrán después cómo
interpretar sus papeles.)
LA MADRE. ¡Es verdad, señor! Yo había entrado en su
habitación.
EL HIJO. En mi cuarto, ¿se da cuenta? ¡No en el jardín!
EL DIRECTOR. ¡Eso que importa! ¡Hay que reagrupar los
acontecimientos, ya lo dije!
EL HIJO. (Percatándose de que el ACTOR joven lo observa.) ¿Y
usted qué quiere?
EL ACTOR JOVEN. Nada, observo.
EL HIJO. (Dirigiéndose al otro lado, a la segunda ACTRIZ.)
¡Ah!... Y allí está usted. ¿Seguro que para interpretar el
papel de ella? (Señalará a la madre.)
EL DIRECTOR. ¡Justamente! ¡Por eso mismo! ¡Debería agradecer
la preocupación que tienen!
EL HIJO. ¡Ah, sí! ¡Gracias! Pero, ¿todavía no se da cuenta
de que no puede representar esta comedia? Nosotros no
estamos dentro de usted, y sus actores lo ven todo desde
fuera. ¿Le parece posible que se viva delante de un espejo
que, a lo más, no satisfecho con devolvernos la imagen de
nuestra misma expresión, nos la devuelva como una mueca
irreconocible de nosotros mismos?
EL PADRE. ¡Eso es verdad! ¡Eso es verdad! ¡Acéptelo!
EL DIRECTOR. (Al actor joven y a la segunda actriz) ¡Está
bien, pero háganse a un lado!
EL HlJO. ¡Es inútil! Yo no me presto.
EL DIRECTOR. ¡Quédese callado, por ahora, y déjeme escuchar
a su madre! (A la MADRE) ¿Entonces? ¿Había entrado?
LA MADRE. Sí, señor. Entré en su habitación porque no
resistí más. Tenía que desahogar toda la angustia que me
oprimía. Pero apenas él me vio entrar...
EL HlJO. ¡Ninguna escena! Me fui, me fui porque no quería
hacer una escena. Porque yo nunca he hecho escenas,
¿comprende?
LA MADRE. ¡Es verdad! ¡Fue así! ¡Fue así!
EL DIRECTOR. ¡Pero ahora es necesario hacer esa escena entre
usted y él! ¡Es indispensable!
LA MADRE. ¡Aquí me tiene, señor! Aunque a lo mejor debería
permitirme hablar un momento con él para revelarle mi
corazón.
EL PADRE. (Acercándose al HlJO de manera agresiva.) ¡Lo
tienes que hacer! ¡Por tu madre! ¡Por tu madre!
EL HlJO. (Más convencido que nunca.) ¡No haré nada!
EL PADRE. (Agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo.) ¡Por
Dios, obedece! ¡Obedece! ¿No escuchas cómo te está hablando?
¿No tienes entrañas?
EL HlJO. (Agarrándolo también.) ¡No! ¡No! ¡No insistas!
(Agitación general. La MADRE, temerosa, tratará de
interponerse y separarlos.)
LA MADRE. ¡Por favor! ¡Por favor!
El PADRE. (Sin soltarlo.) ¡Tienes que obedecer! ¡Tienes que
obedecer!
EL HlJO. (Luchando con él, terminará por tumbarlo cerca de
la escalerilla, entre la consternación de todos.) ¿Qué
locura te ha dado? ¡No tiene dignidad como para dejar de
mostrar a todos su vergüenza y la nuestra! ¡A eso no me
presto! ¡Eso no! ¡Así interpreto la voluntad de quien no
quiso hacer de nosotros un espectáculo!
EL DIRECTOR. ¡Pero si han venido todos!
EL HlJO. (Señalando al PADRE) ¡Él, no yo!
EL DIRECTOR. ¿No está usted también aquí?
EL HlJO. ¡Fue él quien quiso venir, arrastrándonos a todos y
prestándose para arreglar con usted, no sólo lo que ocurrió,
sino también lo que no ha ocurrido, como si aquello fuera
insuficiente!
EL DIRECTOR. ¡Entonces dígame, dígame qué fue lo que
ocurrió! ¡Dígamelo! ¿Se fue de su habitación sin decir nada?
EL HlJO. (Después de un momento de indecisión.) Nada.
Justamente nada, para no dar pie a ninguna escena!
EL DIRECTOR. (Incitándolo.) Bien, ¿y luego qué hizo?
EL HIJO. (En medio de la angustiosa atención de todos, que
incluso se aproximan sobre el escenario.) Nada... Crucé el
jardín...
Se interrumpirá, hosco, absorto.
EL DIRECTOR. (Empujándolo para que hable, impresionado por
su contención.) ¿Y? ¿Cruzó el jardín y...?
EL HlJO. (Exasperado, escondiendo el rostro con el brazo.)
¿Por qué quiere que hable, señor? ¡Es horrible!
(La MADRE se estremecerá toda, con gemidos sofocados,
mirando la alberca.)
EL DIRECTOR. (Despacio, consciente de la mirada, se dirigirá
al HlJO con aprensión creciente.) ¿La niña?
EL HIJO. (Mirando hacia delante, hacia la sala del teatro.)
Allá, en la alberca...
EL PADRE. (En el suelo, señalando de manera compasiva a la
MADRE.) ¡Y ella lo seguía, señor!
EL DIRECTOR. (Al Hijo, con ansiedad.) ¿Y entonces, usted?
EL HlJO. (Lentamente, siempre mirando hacia delante.) Me di
cuenta y me precipité a salvarla... Pero me detuve en seco
porque detrás de los árboles vi algo que me heló la sangre:
era el muchacho, el muchacho que estaba allí quieto, con
ojos enloquecidos, mirando a la hermana ahogada en la
alberca... (La HIJASTRA, todavía inclinada sobre la alberca
para esconder a la NlÑA, responderá con un sollozo amargo,
profundo como un eco. Pausa.) Me aproximé a él, y entonces...
(Estallará un disparo detrás de los árboles, donde el
MUCHACHO permanecía escondido.)
LA MADRE. (Dando un grito desgarrado, se acercará junto con
el HlJO y con todos los ACTORES en medio de la conmoción
general.) ¡Hijo! ¡Hijo mío! (Luego, en medio de la confusión
y los gritos incoherentes de los demás.) ¡Auxilio, auxilio!
EL DIRECTOR. (En medio de los gritos, tratará de abrirse
paso mientras levantan al MUCHACHO y lo llevan detrás de la
tela blanca.) ¿Está herido? ¿Está herido de verdad?
(Todos, salvo el DIRECTOR y el padre, que yacía en el suelo,
desaparecerán detrás de la tela blanca que hacía de cielo, y
permanecerán un rato comentando desesperadamente lo ocurrido.
Luego reaparecerán en escena, saliendo por ambos lados de la
tela.)
LA PRIMERA ACTRIZ. (Saliendo por la derecha, apenada.) ¡Está
muerto! ¡Pobre chico! ¡Está muerto, Dios mío!
EL PRIMER ACTOR. (Saliendo por la izquierda, riendo.) ¡Qué
muerto ni qué nada! ¡Un simulacro, nada más! ¡No lo crean!
Los ACTORES DE LA DERECHA. ¿Simulacro? ¡Es la pura realidad!
¡Está muerto!
Los ACTORES DE IZQUIERDA. ¡No es cierto! ¡Es un simulacro!
¡Un simulacro!
EL PADRE. (Poniéndose de pie y gritando en medio de todos.)
¡Ningún simulacro! ¡Es la pura realidad, señores, es la
realidad! (Y desaparecerá, alterado, detrás de la tela.)
EL DIRECTOR. (Sin contenerse.) ¡Ficción! ¡Realidad! ¡Váyanse
todos al diablo! ¡Luces! ¡Luces! ¡Luces! (Al mismo tiempo,
todo el escenario y todo el teatro se iluminarán
intensamente. El DIRECTOR suspirará como si se hubiera
librado de una pesadilla, y todos se mirarán entre sí,
perplejos y desorientados.) ¡Nunca me había ocurrido algo
así! ¡Me han hecho perder un día entero! (Mirará el reloj.)
¡Váyanse, váyanse! ¿Qué más quieren hacer ahora? Ya es muy
tarde para retomar el ensayo. ¡Nos veremos por la noche! (Apenas
los actores se marchen, saludándolo, añadirá:) ¡Electricista!
¡Apáguelo todo! (A continuación, el teatro caerá en una
oscuridad total durante pocos segundos.) ¡Por Dios! ¡Al
menos déjeme una lucecita para ver por dónde camino!
Enseguida, detrás de la tela, como por error, se encenderá
un reflector verde que proyectará, aumentadas y espigadas,
las sombras de los personajes, salvo el muchacho y la niña,
El director, al verlos, huirá aterrado del escenario. Al
mismo tiempo se apagará el reflector detrás de la tela, y
volverá a iluminarse el escenario con la luz nocturna,
azulada, del comienzo. Lentamente, del lado derecho de la
tela, saldrá primero el HIJO, seguido por la MADRE, con los
brazos tendidos hacia él; luego, por la izquierda, el PADRE.
Se detendrán en el centro del escenario y se quedarán allí
como seres fantasmales. El último saldrá por la izquierda,
la HIJASTRA, que correrá hacia una de las escalerillas. Se
detendrá en el primer escalón para mirarlos y estallará en
una estridente carcajada, para luego precipitarse por la
escalera. Correrá a lo largo del pasillo de butacas, se
detendrá otra vez y reirá de nuevo mirando a los tres
personajes que permanecen arriba, en el escenario. Saldrá de
la sala y todavía se escuchará su risa.
Poco después caerá el telón.
Inizio
pagina