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Por Artes Escénicas
“Si un poeta épico o dramático puede representar a un héroe en el cual luchen
elementos contrapuestos e inconciliables, pero él con esos elementos compondrá
un carácter, y querrá captarlo como algo coherente en todos sus aspectos.
Pues
bien, el humorista hace precisamente lo contrario: descompone el carácter en sus
elementos integrantes; y mientras aquél intenta captarlo como alguien coherente
en cada uno de sus actos, éste se divierte representándolo en todas sus
incongruencias.
El humorista no reconoce héroes (…); sabe qué es la leyenda y
cómo se forma, qué es la historia y cómo se forma: composiciones todas, más o
menos ideales, y quizás tanto más ideales cuanto más aspiran a un estatuto de
realidad: composiciones que se divierte en descomponer”.
(Pirandello. Ensayo
“EL Humorismo”, 1908).
Este relativismo humorístico, ya nos deja ver el fondeo de una contraposición
fundamental en la dramaturgia de Pirandello: la que se manifiesta entre la Forma
(la impuesta por la educación y la sociedad, que tienden al orden y la
coherencia) y la Vida (como las pulsiones profundas del hombre, lo caótico e
indistinto).
“En suma, Pirandello no busca un arte que reconcilie al hombre con la vida o
que pretenda destilar su esencia profunda y oculta, sino que tiende a un arte de
la discordancia y la contradicción, consciente de que la realidad es
irreductible a un sentido último”.
(Romano Luperini y Miguel Ángel Cuevas,
en la Introducción a Obras de Luigi Pirandello, editorial Cátedra Letras
Universales, 1998).
Pirandello desarrolla una reflexión sobre el Teatro y la Literatura,
contraponiéndolas en cierto sentido, pues reconoce que la voz del
poeta (el
dramaturgo), no permanece en el momento de representación, ya que son los
actores quienes la toman para si y la interpretan a través de sus cuerpos y sus
voces, dándole su propio matiz.
Esta es la base para el desarrollo posterior de dos conceptos centrales en el
trabajo de Pirandello, y que aparecen luego de la I Guerra Mundial:
La autonomía de los personajes respecto al autor.
La proyección de formas capaces de autocriticarse (el teatro dentro del teatro).
Todo ello además le lleva a construir
con mucho cuidado y claridad la máscara o carácter de sus personajes. Ellos
deben ser claramente delineados, cobrando así existencia propia, más allá de la
pluma del poeta; simultáneamente, hay en Pirandello una preocupación particular
por la representación: debe estar tan claro el personaje, que el actor no tenga
mucha libertad para asumirlo y desarrollarlo en escena, de modo que tampoco
pueda desvirtuarlo.
Los distintos rasgos de la personalidad del personaje se concentran en unos
cuantos rasgos específicos: su máscara.
Seis Personajes en Busca de un Autor (publicada en 1921) es una de sus piezas
más emblemáticas y aparece en un período de madurez del dramaturgo, cuando más
profundizó en los conceptos de teatro dentro del teatro, la máscara y el espejo.
“Cuando Pirandello escribe en el Prefacio de Seis Personajes en Busca de
Autor ´yo no conseguía encontrar el sentido universal en aquellos personajes´,
el problema que plantea es - como diría Walter Benjamín- ontológico y no
psicológico. Es el acto de dar significado lo que está en discusión.
Los Personajes querrían dotar de significado su historia vivida, pero el autor ya no
puede hacerlo.
En el Prefacio él declara haber rechazado no el ser, sino la
razón de ser de sus Personajes (es decir, su pretensión de valor), y haberles
dado otra, y, con ella, un valor diferente.
De esta forma Pirandello describe
con precisión el mecanismo de la alegoresis descubriendo también presupuestos
últimos (se trata en efecto de alegoresis totalmente negativa -el mundo
permanece como algo inexplicable). En Seis Personajes el acto de la
significación alegórica se pone a sí mismo en escena”.
(Romano Luperini y
Miguel Ángel Cuevas, en la Introducción a Obras de Luigi Pirandello, editorial
Cátedra Letras Universales, 1998).
Es así que Pirandello denuncia la propia imposibilidad de dar luz a las
contradicciones, a las fuerzas irracionales del ser humano. Los personajes se
empeñan en cobrar significado en escena, durante su representación; el director
insiste en poner orden; los actores hacen esfuerzos infructuosos por representar
sus papeles; pero finalmente todo se hunde en una profunda incertidumbre, donde
dejamos de saber cuál es la realidad y cuál la ficción.
En pocas palabras, Pirandello señala
que los hombres estamos condenados a la oscuridad.
Se trata del reflejo de una crisis de valores, lo auténtico en la vida ya no
existe porque se ha desintegrado la realidad (lo cual se hace mucho más evidente
en medio de un conflicto bélico de orden mundial). Se trata de la muerte de la
tragedia, la muerte del héroe de altos valores morales, del sentido ético de la
existencia.
Ahora el ser está escindido,
fragmentado en múltiples posibilidades, perdido en su propia contingencia.
“…Cuando un hombre vive, vive y no se ve vivir.
Ahora bien, colocad un espejo
ante él y haced que se vea a sí mismo en el acto de vivir y, conmovido por sus
pasiones, o se quedará atónito y sin habla ante su propio aspecto, o apartará la
vista para no verse, o escupiendo con repugnancia a su propia imagen cerrará el
puño como si fuese a golpearla; y, si ha llorado, ya no podrá seguir llorando; y
si reía, ya no podrá seguir riendo, y así sucesivamente.
En una palabra, se
producirá una crisis…
Esa crisis es mi teatro” (Pirandello).
Los motivos controversiales de Pirandello sólo pudieron comprenderse mejor en
tiempos de la Guerra, y de hecho su trabajo como narrador fue reduciéndose, a
medida que se multiplicaba el de dramaturgo (más y más voces se suman, en
discordancia).
La destrucción de hogares, de ciudades enteras, las muertes,
produjeron ineludiblemente la disolución y resquebrajamiento de la identidad, la
desintegración del yo.
Esas muertes físicas eran también la
muerte de los valores e ideales.
“La finalidad principal del teatro de Pirandello, catalogado como ´Teatro del
Espejo´, tomando en cuenta una afirmación del propio dramaturgo: ´cuando uno
vive, vive y no se ve vivir´, es la de objetivar dramáticamente la
transformación que se actúa en el alma de un hombre, cuando la situación en que
él ha vivido durante años, revela su verdadera realidad. Se produce una crisis,
una sacudida violenta en la trama de la vida psíquica.
Quien adquiere conocimiento improviso de esta realidad viene a hallarse, poco
más o menos, en aquel estado de asombro y turbación, de NAUSEA (tal y como el
personaje de la novela de Sartre), al darse cuenta por primera vez y de modo
inesperado, del hecho de existir”. (Del libro PIRANDELLO, de Vicenzo Josia -
1970).
Su trabajo refleja, por todo lo ya planteado, la soledad en la que vivimos los
seres humanos, y la imposibilidad de comunicarnos o encontrarnos verdaderamente.
En esta línea sienta las bases del
teatro del absurdo, adelantándose en sus planteamientos a Ionesco y Beckett.
Habiéndose iniciado como un narrador vital, su vida va progresivamente
colocándolo ante un escepticismo radical y una profunda relatividad de la verdad,
que se convierte en su obsesión medular.
Como bases de su dramaturgia encontramos:
- Concepto de realidad, su relatividad. La ficción puede ser una experiencia aún
más clara que aquello que llamamos realidad. No hay nada fijo ante lo cual
podamos constatar nuestra posición actual, todo está en continuo movimiento e
intentamos vivir una ilusión de estabilidad, de consistencia, pero en realidad
no consistimos (sólo a través de la máscara, pero esto es un engaño).
- Los hombres en sociedad sólo vemos apariencias, lo que percibimos es nuestro
“ser aparente”. Nos reflejamos los unos a los otros en el intento continuo por
comunicarnos, por encontrarnos, pero sólo nos desciframos por medio del
comportamiento. El conflicto base esté en “vivir o verse vivir”. Si nos
detenemos para vernos vivir, tendríamos que dejar de vivir (dejar de movernos,
dejar de actuar), y entonces caeríamos en la conciencia de la inutilidad de lo
que hacemos (nuestra inconsistencia). Esta visión, plantea Pirandello, es
insoportable para el hombre, y por ello no se ve vivir. Somos espejo, reflejos
los unos de los otros, reflejo de lo imposible de nuestros intentos, reflejos
del vacío en nuestras existencias y ello nos lleva al aislamiento.
- La vida humana es un transcurrir hacia la muerte, pero intentamos engañar el
tiempo (tintes de cabello, cirugías) transformando nuestra imagen. Nunca somos
el mismo, siempre estamos en transformación, en un movimiento indetenible del
cual surge una imperiosa necesidad de consistir. Sólo logramos la ilusión de
consistencia a través de la máscara.
- La realidad creada ES una realidad. Se dice mucha verdad cuando se inventa.
- A través de todo lo anterior es más fácil comprender la contraposición
actor-personaje y actor-personaje, al tomar esa “realidad creada” su papel
interpelante, la fuerza que supera al creador y que coloca a estas creaciones en
posición de preguntarle al ser humano sobre su significado.
“Las gentes dicen que mi teatro es
un teatro oscuro y le aplican el calificativo de cerebral. El teatro moderno
posee un carácter diferente del antiguo. La base del teatro antiguo es el
intelecto y el del teatro moderno la pasión.
Una de las novedades que ha formado al nuevo drama consiste en convertir el
intelecto en pasión”. (Pirandello)
La LOCURA es la única máscara que permite al ser humano ver la vida y
confrontarla desde el otro lado de la línea, fuera de la razón. Pirandello tuvo
la locura muy cerca de sí, dado que su esposa entró en ese estado y tuvo que
recibir cuidados especiales.
En su pieza “Enrique IV”, el autor plantea sus ideas en torno a la locura. Su
protagonista cae de un caballo en una fiesta de disfraces, perdiendo la razón y
asumiendo entonces el rol de Enrique IV, correspondiente a su máscara en la
celebración. Obliga entonces a los demás a mantener indefinidamente la
representación de sus partes para luego darse el gusto de desenmascararlos.
“Ese gusto es el placer puramente racional de mirar vivir a los demás y
atenerse, en su propia existencia, a la rigidez codificada de formas y normas, a
un guión conocido escrito con antelación que excluye los imprevistos y sorpresas
de la vida verdadera”. (Romano Luperini y Miguel Ángel Cuevas, en la
Introducción a Obras de Luigi Pirandello, editorial Cátedra Letras Universales,
1998).
La locura para a ser en este caso un distanciamiento de la vida misma, incluso
de la propia, convirtiéndose entonces en LUCIDEZ.
“Precisamente esa lucidez, esa capacidad de abstracción, esa distancia
extrañada que suspende el sentido común aceptado por todos mostrando la locura
de la vida social diaria y dejando abierto un vacío incalmable entre los hechos
y su interpretación (…) Enrique IV es ante todo una alegoría de una desesperada
defensa de la razón obligada a disfrazarse de locura para desenmascarar así la
verdadera locura de quienes no saben que están locos pero se comportan como
tales”. (Romano Luperini y Miguel Ángel Cuevas, en la Introducción a Obras
de Luigi Pirandello, editorial Cátedra Letras Universales, 1998).
Enrique IV afirma: “Estoy curado, señores: porque sé perfectamente que me
hago el loco aquí, y lo hago sereno. Lo malo para vosotros es que vuestra locura
la vivís con agitación, sin saberlo y sin quererlo”.
Enviado
por
Rebecca
S.
(Córdoba
-
Argentina)
Ildefonso Grande
Prólogo a la obra de Luigi Pirandello
El coloso del teatro mundial contemporáneo, Luigi Pirandello, nació
involuntariamente, en el año 1867, en Agrigento (Sicilia).
De muchacho, representó comedias de Goldoni y una tragedia suya titulada Bárbaro.
Jugaba al teatro.
Cursó sus estudios en Palermo y Roma. Luego marchó a Alemania, a la Universidad
de Bonn.
Escribía por afición, sin cobrar un céntimo por sus colaboraciones, en revistas
literarias.
Tras una pasajera época de grata vida bohemia en Roma, se casó con Antonieta
Portulano (1894), hija de un socio de su padre en el negocio del azufre.
El joven recién casado ignora los negocios y se dedica a escribir cuentos y
novelas, para lo que busca inútilmente editor durante varios años.
Mientras tanto, nacían sus tres hijos: Stéfano, Lietta y Fausto. Su padre y su
suegro invierten todo su capital, y hasta la dote de Antonieta, en el negocio
del azufre. Un mal día se anegan las galerías y sobreviene la ruina total. Y
aquí tenemos a Pirandello en la mi-seria, sin más capital que su mujer y sus
tres hijos.
Su mujer, al recibir el telegrama con la funesta noticia de la ruina, cayó al
suelo y perdió la razón. Ahora era necesario escribir y cobrar. Cinco días más
tarde, la revista Marzocco —en la que Pirandello había colaborado
desinteresadamente durante años— le pidió un cuento, y le envió tres mil liras
como compensación por sus pasadas colaboraciones.
Viviendo con ese dinero y cuidando personalmente a su esposa demente, escribió
su célebre novela El difunto Matías Pascal.
Se vio en la necesidad de ejercer la enseñanza. Dio clases en el Instituto
Femenino Superior del Magisterio. A pesar de su absoluta seriedad, su mujer,
enferma, sentía unos celos terribles de las alumnas y, con esa idea fija,
avanzaba hacia la demencia total.
Mientras tanto, el escritor continúa su obra alternándola con las tareas
docentes, sin permitirse más que tres días al año de descanso absoluto
En 1910 consigue estrenar sus primeras piezas teatrales: dos obras en un acto.
Al estallar la guerra de 1914-18, su hijo Stéfano se alista voluntario. Fausto
no tardó en ser movilizado. El primero fue hecho prisionero, y del segundo no se
tuvieron noticias durante varios meses. Lietta, atormentada por su madre,
padecía una crisis nerviosa. Y de aquel hogar salían constantemente novelas,
dramas, cuentos.
En su «cuaderno secreto» y en las cartas dirigidas a su hijo Stéfano, han
quedado descritas la angustia y la preocupación del autor y padre de familia. He
aquí fragmentos de esa interesante correspondencia con su hijo, al que tenía al
corriente de sus proyectos literarios.
Roma 24 de octubre de 1915
Ni ayer ni hoy hemos tenido noticias tuyas. Ayer, como te he dicho, llegó la
carta del 16 con la fotografía del campamento; la hemos recibido con siete días
de retraso, después de las postales del 17 y del 18. Hoy es domingo y, después
de mediodía, ya no esperamos nada pero aunque pudiera llegarnos alguna noticia
tuya no sería la que nos urge, traería la fecha del 19 o del 20; y nosotros
necesitamos noticias de después del 21 que no podrán llegarnos hasta dentro de
dos o tres días, si llegan. Quizá por la tarjeta del 19, si hubiera llegado,
habríamos podido saber si te habían destinado a segunda línea o a permanecer en
primera, en vista del avance general. Momigliano recibió ayer una tarjeta de su
sobrino, que está en el frente como tú, precisamente fechada el 19, y en la que
le anunciaba el próximo movimiento ofensivo en toda la línea. Pienso que quizá
nos lo anunciabas tú también en tu tarjeta, pero no la hemos recibido, y no
sabemos nada ni qué pensar ¿Cómo se explica que ni ayer ni hoy hayamos recibido
nada? Si Momigliano recibió ayer la tarjeta de su sobrino fechada el 19, es
señal de que el correo del campamento no ha sido suspendido, por lo menos, no lo
había sido hasta ayer. Comprendo que me consumo inútilmente, porque de todos
modos las noticias que nos urgen de verdad, es decir, las posteriores al día 21,
no podrán llegarnos, repito, antes del 26 o 27, si llegan. Lo comprendo, lo
comprendo. Pero no soy yo por mucho que la razón quiera moderar el ansia y la
trepidación del corazón, el corazón no puede escucharla, y se consume. En este
vacío de espera, me parece que toda mi vida se ha vaciado de todo sentido, y ya
no comprendo la razón de los actos que realizo ni de las palabras que digo, y
casi me maravillo de que los demás puedan moverse fuera de esta mi pesadilla, y
obrar y hablar. Pero lo bueno del caso es esto que yo también obro y hablo en
este momento estoy de exámenes, ¿comprendes? Estoy examinando. Voy todas las
mañanas a las ocho vuelvo a casa a las doce vuelvo a las dos y media y regreso a
casa a las seis. ¡Yo!... Y tú, ¿qué haces? ¿Qué haces, hijo mío? ¿Dónde estas?
Daría diez años de mi vida por saberlo...
Roma, 14 de febrero de 1916
Hace tres (días) que no nos llegan noticias tuyas, pero ya estamos
habituados a estos intervalos de silencio, largos, larguísimos, sin otro remedio
que un telegrama con respuesta pagada. Pero incluso para recibir la respuesta al
telegrama nos toca esperar siete u ocho días ¡Paciencia! Sabemos que no estás
mal de salud, y nos resignamos a esta pena de tenerte lejos.
Ahora, ya, nuestra vida ha recobrado su ritmo habitual. Yo trabajo por la mañana
y un poco por la tarde los martes, jueves y viernes, de trece a quince, voy a
dar mis clases a la Normal, por la tarde voy hasta Porta Pía a comprar el
periódico, y me vuelvo a casa; pero una tarde sí y otra no tomo en el Viale de
la Reina el tranvía municipal, hacia las seis, y llego hasta la plaza Colonna, y
desde allí hasta la plaza Montecitorio, para depositar en la Cruz Roja (oficina
de prisioneros de guerra) estas cartas que escribimos cada dos días. Mamá y
Lietta salen por su cuenta casi siempre después de comer; a las siete y media
estamos todos de regreso en casa; cenamos a las ocho; luego yo me leo los
periódicos en el despacho. Hacia las nueve y media viene San Secondo, algunas
veces con Borgese; hablando de arte y de la guerra, nos dan las doce, y a la
cama.
Como ves, nada ha cambiado. Pero ¡no hay un momento en que yo no note y sienta
tu falta! Sentado junto al velador, levanto los ojos y veo tu fotografía, que me
mira, me mira intensamente... Y te echo de menos cuando nos sentamos a la mesa y
cuando entro en tu cuarto, que te espera desde hace tantos meses... Un gran peso
de tristeza grava entonces el aburrimiento de esta mi monótona y amarguísima
existencia, y respiro con angustia esperando días mejores.
Hablemos de otra cosa.
En breve publicaré en la Nueva Antología la lección que di en Florencia sobre el
canto XXI del Infierno. La reduciré a un artículo y lo titularé: «La comedia de
los diablos y la tragedia de Dante», porque creo haber descubierto en ese canto
la grotesca representación de la condena y el destierro del poeta de Florencia,
cosa que en Florencia ha parecido nueva y audacísima. Te mandaré el extracto en
cuanto se haya publicado.
Roma, 11 de febrero de 1916
...Hoy es el cumpleaños de mamá: cumpleaños triste, faltando tú. Puedes
imaginarte el augurio que hemos formulado, porque mamá no podrá ponerse bien con
un hijo en tus condiciones. Ciertamente, tú te pasas los días pensando uno por
uno y sientes el peso de cada uno, y sientes en cada uno el reclamo de los
recuerdos; habrás pensado hoy que es el cumpleaños de mamá, y quizá nuestros
augurios se han encontrado.
Desde hace varios días, más de ocho, no hemos vuelto a recibir noticias tuyas, y
no sabemos qué pensar de esta interrupción. Nos tranquiliza un poco pensar que
las cartas que pudiéramos recibir serían todas anteriores a tu telegrama, en el
que nos dices que estás bien. Esperaremos con paciencia a que, superando el
obstáculo, tus cartas vuelvan a encontrar la ruta hasta nosotros.
Ayer llegaron, por fin, del depósito de Macerata, tu cofrecito y tu sable.
Puedes imaginarte con qué emoción los hemos acogido. El cofrecito está clavado,
porque no tenía llave (y nos hemos acordado de que tu asistente poeta había
perdido la llave, en efecto, como nos escribiste una vez desde el campamento).
Lo abrí en seguida, con la esperanza de encontrar dentro de él algún recuerdo
vivo de tu vida de trincheras, algún apunte, por ejemplo, o el cuadernito. Nos
quedamos decepcionados. Sólo contenía aquella sábana, o, mejor dicho, aquel
trozo de tela que nos dijiste que habías mandado comprar para poder probar el
placer de dormir desvestido en la famosa camilla. Había también algunas
camisetas, dos camisas, el uniforme de dril que te hiciste en Macerata, un
pañuelo; entre los papeles, el reglamento de los ejércitos de Infantería,
algunas tarjetas de visita en una cajita, tu cartilla personal de alumno oficial
y algunos papeles más, dispersos, todos del tiempo en que estabas en Roma. Ni
una sola de tantas cartas como te hemos escrito, y que, supongo, se habrán
perdido todas con tu macuto, del que no ha quedado rastro. En cambio, de
nuestras cartas, he encontrado dos que te conservaré religiosamente, porque
ambas llevan la letra de mi santa madre: nobles palabras, últimos juicios de su
alma generosa. Exhumadas así de tu cofrecito, me han parecido palabras de
ultratumba, y no he podido releerlas sin lágrimas. El sable lo hemos dejado como
estaba, envuelto en la tela de saco.
Roma, 16 de febrero de 1916
Ayer recibimos, después de las del 12, 13 y 20 de enero, una carta con fecha
10, tristísima, y, según tu propia confesión, escrita en un momento de mal humor.
Muchas veces te he recomendado, hijo mío, prudencia y firmeza para soportar esos
momentos de mal humor. Vuelvo a hacerte la misma recomendación, seguro de que,
viniéndote de mí, tú sabrás apreciarla, puesto que sabes que procede de un ánimo
nada flaco que ha sabido probar su fuerza con paciencia contra tantos
inmerecidos y acerbísimos dolores. En gran parte, he tenido esta fuerza por
vosotros; y así, quiero que tú la tengas ahora por mí. Cuando más sombría y más
fuertemente te oprima la angustia de tu situación, piensa en mí, que te espero.
Y no te digo más.
...Ayer salió, por fin, el Si Gira... Hoy me han llegado de Milán doce copias, y
la primera copia te la envío a ti. Cuando te oprima la angustia de tu situación,
piensa en extractos de Se non cosí y el artículo de San Secondo sobre mí.
Los muchos gastos, y este último de la operación de Fausto, me han obligado a
dejar de nuevo suspendida la novela. Escribo cuentos, uno tras otro.
Es posible que pronto me llegue a faltar también la compañía de San Secondo. A
primeros del próximo marzo tendrá que presentarse en Caltanisseta a
reconocimiento, y es probable que lo declaren útil. Será para mí una verdadera
contrariedad, como puedes suponer, porque realmente San Secondo me tiene afecto
filial, y yo también lo quiero mucho.
Roma, 22 de febrero de 1916
Aquí tenemos ya primavera, y los días que no tengo clase, al terminar de
comer, bajamos media horita al jardín al sol, y hablamos de ti. Yo recuerdo
siempre las cartas que nos escribiste desde el frente y aquellos versos que te
costaron un cicchietto del comandante, en los cuales recordabas precisamente
nuestra villa, el portoncito de hierro, las rosas. ¡Qué lejano parece, y cuánto
más lejano te parecerá a ti, Stenù mío, el tiempo en que nos escribías desde el
frente y nos hablabas de Paoletti, y del pobre Spinelli, y de tu asistente
poeta, que quizá también haya muerto! Un día (¡y que sea pronto!) nos parecerá
también lejano este tiempo de tu cautiverio.
El día 24, esto es, pasado mañana, Musco, que hace furor desde hace un mes en el
nuevo teatro Morgana, que dirige Nino Martoglio, dará, para su homenaje, Lumie
di Sicilia. Quizá vaya a verlo, pero todavía estoy indeciso porque mamá y Lietta,
todavía con el luto, no tienen vestidos para ir, y me aburre ir yo solo, aunque,
por otra parte, tengo curiosidad por ver cómo resulta en la escena siciliana mi
comedieta. Me han dicho que Musco hace, como suele decirse, una «creación» del
papel de Micuccio Bonavino.
¿Sabes que el hermano de Nino Martoglio, el menor Julio, cayó como un héroe,
hace un par de meses, en el Carso? El pobre Nino recibió la noticia precisamente
la noche en que se representaba con gran éxito en Milán una comedia suya: El
aire del Continente, en la cual, a decir verdad, había más que un poco mío, el
argumento y toda la construcción de la obra íbamos a hacerla en colaboración
pero precisamente, en aquellos días, caíste tú prisionero, y yo abandoné la obra
en manos de Nino, diciéndole que la hiciera suya. Así he perdido de ganar, por
lo menos, unas diez mil liras, porque la comedia ha tenido en Milán, Turín,
Florencia, Génova y Roma un exitazo y cientos de representaciones. Pero...
Roma 25 de febrero de 1916
Anoche fui al teatro Morgana a ver Lumie de Sicilia, que obtuvo un gran
éxito con la maravillosa interpretación del Musco... Le he prometido a Musco
sacarle una comedia del cuento ¡Piénsalo bien, Jacobito! y ya tengo planeada la
construcción de la comedia.
Roma, 11 de julio de 1916
Una noticia que te gustará mucho: anoche (10) estrenó Musco en el teatro
Nazionale mi comedia ¡Piénsalo bien, Jacobito!, con éxito triunfal. Al terminar
el tercer acto, el público en masa se puso en pie, aclamándome, pero no me
presenté. En total doce llamadas a escena. Toda la comedia fue escuchada con una
atención que casi daba miedo. Musco estuvo inmenso. ¿Estás contento, Stenu mío?
Durante la representación me acordé varias veces de ti, y hubiera deseado
tenerte a mi lado, como a Fausto, que me acompañaba en un palquito de tercer
orden, escondido. Quizá hubieras sufrido y palpitado demasiado como él, pero
también hubieras tenido luego una gran alegría.
Roma 14 de julio de 1916
La comedia ¡Piénsalo bien, Jacobito! ha tenido un gran éxito, y recorreré la
península triunfalmente. Musco está entusiasmado con su papel. Me he
comprometido a escribirle otra comedia para el próximo octubre, y espero cumplir
mi promesa, aunque, como tú sabes, el teatro me tienta poco. Pero sueño con una
casucha rústica, en cualquier burgo solitario, donde ir a enterrarme, en un
tiempo más o menos lejano, solo, con las uñas largas, sucio y peludo. Mi mayor
satisfacción será lanzarle desde allí un solemnísimo escupitajo a toda la
civilidad.
Roma, 20 de julio de 1916
...He vuelto a empezar a trabajar en la novela que quiero terminar estas
vacaciones. La titularé solamente Uno, ninguno y cien mil. Pero también le he
prometido a Musco llevarle una comedia para la próxima temporada anual en el
teatro Argentina. Ya tengo el argumento, la trama y el título: Liolà. Será la
comedia de un aldeano poeta, borracho de sol, ¿sabes?, como se ven tantos en
Sicilia.
Roma, 10 de agosto de 1916
...Estoy muy contento de saber que sigues estudiando con fuerza; estudia por
ti, principalmente, para ser más dueño de tu mundo y dar más fuertes y amplias
bases a tu realidad; lo demás es sueño.
Roma, 10 de agosto de 1916
...Dices que estudias y que en el estudio encuentras una razón de vivir, ya
que no es dado poder morir... Será una razón para ti, y no pequeña; pero espero
que en mí encontrarás otra razón para seguir viviendo, hijito mío, ¿verdad?
¡Piensa cuál será mi alegría, la nuestra, la de todos, cuando por fin podamos
volver a abrazarte! Basta. He escrito demasiado y no quiero abusar de la
paciencia de la censura.
Roma, 18 de agosto de 1916
...He terminado y entregado la comedia El gorro de cascabeles; y ahora,
también para Musco, estoy escribiendo Liolà, en tres actos. Luego escribiré U
cuccu, y cerraré este paréntesis teatral para volver a mi trabajo de narrador,
que me es más natural.
Roma, 24 de octubre de 1916
...En efecto, la comedia se estrenará probablemente el próximo viernes, 26.
Es, después de El difunto Matías Pascal, lo que más me interesa... Ya sabes que
se titula Liolà. La he escrito en quince días, este verano... Es tan alegre, que
no me parece mía. Lo único que siento es que no estés a mi lado, Stenu mío. Pero
ya la verás cuando vuelvas, porque esta obra durará mucho tiempo.
San Secondo salió ayer para Venecia, con harto sentimiento mío, y quién sabe
cuándo volverá.
Roma, 3 de abril de 1917
...Tengo casi terminada la comedia en tres actos (parábola casi, más que
comedia) Cosí è (se vi pare) [Así es, si así os parece], también traducida con
el título La verdad de cada cual. Estoy contento. La obra es de una originalidad
que grita. Pero no sé qué éxito podrá tener, por la audacia extraordinaria de su
situación.
Roma, 18 de abril de 1917
...A juicio de los amigos, Cosí è (se vi pare) es lo mejor que he hecho
hasta ahora. Yo también lo creo. No es difícil que la represente Ruggero Ruggeri
el próximo mayo en Roma. Ya te tendré al corriente. Es una gran diablura que
verdaderamente podrá tener un gran éxito. Ahora me ocuparé de terminar II
piacere dell'onestà [El placer de la honradez]. Como ves, el paréntesis
dramático todavía no se cierra. Te enviaré, quizá durante esta misma semana, el
volumen de cuentos Y mañana lunes..., que espero me manden de Milán cualquier
día de éstos.
Roma, 23 de julio de 1917
...Por fin me he liberado de los exámenes ayer. Y desde el día 7 de junio no he
podido volver a escribir una sola línea, ¡figúrate!... He prometido a Talli una
comedia para la próxima temporada: La señora Gelli, dos en una [La señora Morli
una y dos], y quiero terminar durante estas vacaciones a toda costa, la novela.
Pero tengo ya la cabeza llena de cosas nuevas ¡tantos cuentos...! Y una cosa
extraña y tan triste, tan triste Seis personajes en bus-ca de autor: novela por
hacer. Quizá tú lo entiendas. Seis personajes, cogidos en un drama terrible que
andan detrás de mí para que los meta en una novela. Una obsesión. Y yo no quiero
saber nada, y les digo que es inútil, que me tiene sin cuidado de ellos y que ya
no me importa nada de nada, y ellos mostrándome todas sus llagas, y yo
echándolos de aquí, y así, al final de la novela, estará todo hecho. Y otros
muchos proyectos que tengo en la mente. Pena de vivir así, cuento largo. La
divina realidad... otro cuento largo, casi una novela. Pero antes quiero
terminar Uno, ninguno y cien mil.
Florencia, 6 de setiembre de 1917
En este último año, mis libros se han puesto muy en boga. Treves me escribe
que cinco de mis volúmenes se han agotado y prepara otra edición. También el
Matías Pascal volverá a ser editado en una bonita edición en volumen único a
3,50 liras, aprovecharé la ocasión para revisarlo a fondo.
Roma, 29 de noviembre
...Yo no te he escrito porque he estado dos días un poco resfriado como de
costumbre —y todavía lo estoy un poco— y luego, porque han empezado los exámenes,
y, además, los ensayos de Il Giocco delle Partí [El papel de cada cual, también
traducida con el título Cada cual en su papel]. Lietta ha escrito una
afectuosísima carta desde Florencia con motivo de tu repatriación. Arde en
deseos de volver a verte y abrazarte.
****
Aparte de esta correspondencia con su hijo, se conserva un «cuadernito secreto»
de Pirandello, en el que anotaba ideas, como un dibujante toma apuntes para sus
obras posteriores.
He aquí algunas de esas notas, que después desarrolló en sus obras:
Hablo, y ya no reconozco mi voz. ¿Quién habla en mí? ...Somos todos fantasmas,
apariencias: la idea que nos hemos hecho de nosotros mismos. Se cambia. ¡Ay de
nosotros si la idea nos queda fija!
En otra página anota.
...Mi profundo sentimiento es éste: que no puede ser grande aquello que (sea
cosa, idea u hombre) nace y vive en un planeta tan pequeño como la Tierra.
En su cuadernito secreto se encuentran también estos versos improvisados:
¿Quien dice que el tiempo pasa?
Pasa el tiempo, que no es nada.
Yo te veo, María Lembo,
como eras de muchacha,
con tu vestido nuevo
con rayas blancas y azules.
Bajo el ala y la guirnalda
de aquel tu gran sombrero de paja
mira, el tiempo ya no pasa.
Me han dicho que has muerto;
pero eras vieja, y poco importa.
Yo también soy viejo, María;
pero ahora soy joven contigo
en el casino Valadier,
en la terraza que contempla a Roma;
quieres saber dónde está Tordinona
(Tordinona, que también ha muerto);
allí está, te digo, no temas
que tu tía te vea conmigo.
Y en una nota que titula Diario de los personajes:
Mirad y prestad atención a todas las cosas que duelen cuando se miran.
Para los «verdaderos» delitos no hay tribunales.
Cread un tribunal para los «verdaderos» delitos.
Son tantos, sin fin continuos. La vida está llena.
Grandes, grandes delitos.
Pequeños delitos, pero feroces, horribles, que matan en nosotros —no una vida
que nos es dada y que muchas veces pertenece y beneficia más a los demás que a
nosotros mismos—, sino a lo que nace en nosotros, a lo que surge en nosotros por
nosotros mismos.
...Es preciso que el tiempo pase y nos lleve a nosotros con todos los escenarios
de nuestra vida. El mío ya me lo he enrollado y puesto bajo el brazo.
...¡Ya! Se me había olvidado... Mientras yo estoy aquí tan aburrido..., debe de
existir otra vida que yo no me imagino..., lejana, diversa...
La mejor cosa, mientras vuestra mujer os aflige..., o mientras..., o mientras...,
la mejor cosa es pensar que, en este mismo momento, en el Congo..., o en Laponia,
o en la masa incandescente del sol... Sí, querida esposa, parece imposible que...
...¡Ya! Es una cosa que se hace todos los días. Morir. Lo hacen los demás, claro.
No lo hacemos nosotros. Ya no debería impresionarnos. Cualquiera sabe en qué
consiste morir. ¡Si pudiéramos decírselo a los demás en qué consiste!... Pero no
podremos nunca.
De todas sus obras, fue, sin duda, Seis personajes en busca de autor la que
hubiera bastado para hacer inmortal el sonoro nombre de Luigi Pirandello, que de
la noche a la mañana se repitió en el mundo entero con asombro y curiosidad. Fue
a partir de la noche del 10 de mayo de 1921, en que se produjo el mayor alboroto
que se registra en la historia del teatro, con el estreno de la obra que
revolucionaría la técnica en el arte de hacer comedias. Pirandello había roto
los moldes del pasado. Muchos espectadores y críticos no entendieron de qué se
trataba. Otros aplaudían como locos. Las discusiones fueron tan violentas, que
se originaron grescas en la sala y, después, en la calle. Como último argumento,
funcionaron los puños.
Las polémicas se sucedieron. La rabia de los contrarios no pudo impedir que los
Seis personajes recorrieran los escenarios de todo el mundo, ni que siga siendo,
hoy todavía, una obra de vanguardia, aun después de las imitaciones posteriores.
Todos los autores de nuestra generación y de la próxima deben algo a Pirandello
y a sus Personajes.
En 1925, en colaboración con otros colegas y con su hijo Stéfano, fundó
Pirandello el Teatro Odescalchi, para representar comedias italianas y
extranjeras, de autores modernos, y donde se revelaron valores de la escena. De
allí salió Marta Abba, la actriz y amiga de Pirandello. Con su compañía recorrió
triunfalmente Italia y el extranjero, incluso América.
En 1934 le fue otorgado el Premio Nobel.
Ganó mucho dinero, pero tuvo la habilidad de no hacerse rico. ¿Supo vivir
Pirandello? Él decía que, cuando no se sabe vivir la vida, hay que escribirla.
Y se pasó la vida escribiendo. Pocos minutos antes de morir exclamó: «¡Qué
lástima!», refiriéndose a sus obras sin terminar.
Por Stéfano tenemos noticia de las obras que su padre tenía pensadas. La última
noche de su vida la pasó despierto, esforzándose por dejar terminado, frase por
frase, el último acto de Los gigantes de la montaña, que Stéfano hubo de
reconstruir.
Ésos hubieran sido sus últimos personajes para el teatro, ya que quería volver
al arte de la narración.
Y proyectaba una larga temporada de trabajo para escribir dos obras de altos
vuelos: la novela Adán y Eva y un curioso libro de Informaciones sobre mi
involuntaria permanencia en la Tierra, varias veces empezado con aquellos
pacientes ensayos de estilo en que solía buscar siempre el camino secreto más
directo para llegar a la esencia de lo que tenía que decir.
Y pensaba todavía escribir otros muchos cuentos, para dejar completa la
colección de Cuentos para un año. Él mismo se había asignado la tarea de
escribir todavía cien cuentos y dos novelas. Le agradaba la idea de que su
teatro quedara como un paréntesis en su vida de gran narrador. Y si después le
quedaba tiempo..., sonreía ante la idea de volver a terminar como empezó en su
juventud: como poeta.
Adán y Eva era la historia, entre mítica y humorística, de la Humanidad, vuelta
a empezar con un nuevo Adán y una nueva Eva, cuando, dentro de miles de años, la
Tierra hubiera quedado deshabitada, como consecuencia de un cataclismo, del que
sólo se habrían salvado un hombre y una mujer.
Hay que perdonarles a las aguas el que en aquella terrible conmoción inundaran
toda la faz de la Tierra, y, una vez pasada la conmoción, volvieran a sus
abismos, dejando toda la historia de los hombres tiñosa y lavada.
La irreparable pérdida de una historia varias veces milenaria, fatigosísima y a
veces también gloriosísima, si la medimos por la total calamidad de la cual
apenas si se ha-bía salvado la Tierra, nos parecerá completamente
insignificante. Sólo yo puedo decir cómo fue, ya que ningún ojo humano pudo
verla.
Porque había imaginado que él, en pena, vagando por los cielos, apenas difundida
la noticia de aquel cataclismo, había sido autorizado a volver a la Tierra para
ver lo que pasaba. Y la Tierra le había parecido como la cabeza de un ahogado
saliendo del negro charco cenagoso. Y así, toda calamitosa y salvaje, parecía
lanzada a un tiempo completamente nuevo y sin edad.
Valiéndose de su facultad de espíritu, invisible, pero dotado de la facultad de
ver milagrosamente a distancia, y capaz de volar rápido como el pensamiento,
descubriría en medio de aquella desolación a los dos supervivientes, muy lejos
el uno del otro; vería al hombre en el suelo de lo que había sido Inglaterra, y
a la mujer, en el que había sido España, tendiendo a unirse, como guiados por
una fuerza prodigiosa, salvando mares, nubes y montañas. Asistiría a la
maravilla de su gozoso encuentro; el encuentro de dos almas salidas de la más
espantosa soledad que pueda imaginarse.
Luego la narración había tomado otro tono, como se desprende del siguiente
apunte:
Prestileo no es Prestileo. Ese es el nombre que le da la mujer, que era española.
Él, antes, cuando había sobre la Tierra un idioma inglés, se llamaba Prestley.
Pero tampoco la mujer se llamaba Gueli. Gueli la llamaba el marido. Ella, antes,
cuando había en la Tierra un idioma español, se llamaba Consuelo. Prestley,
Prestileo. Consuelo, Gueli. La mujer quisiera conferirle algo de león cuando en
diminutivo lo llama Leo, como para decirle: «¡Arriba!» Y él, en verdad, cada vez,
al oírse llamar, se yergue; pero quizá sólo por el efecto del insolente fastidio
que le produce el oírse llamar así, porque es de una exquisita aprensión y la
más pequeña incorrección lo turba; mejor dicho, «lo turbaba». Porque ahora, todo
lo de antes se le pasa en seguida. Apenas se ha erguido, sin saber por qué,
vuelve a encorvarse.
¡Qué vida la de aquellos dos, y más adelante, la de tantos hijos como tendrían,
varones y hembras! ¡El ansia de la mujer para mantenerlos vivos; la angustia del
marido por no poder transmitirles el sentido de una civilidad que ya no sirve
nada, en sus condicio-nes de vida rudimentaria; pero que, sin embargo, él no
puede resignarse a ver desaparecer en la noche de los recuerdos!
Las luchas entre papá y mamá, entre el padre y los hijos, por esa necesidad del
hombre de conservar en sus descendientes, por lo menos, una noción, algún
sentimiento de los valores humanos dignos de subsistir: nuestra historia,
nuestra ciencia, nuestra fi-losofía, nuestra poesía... Ahora, todo eso se ha
convertido en algo vano, inútil. La angustia de Prestileo es ridícula, un
estorbo, un fastidio. Prestileo, del que desciende la nueva Humanidad, que
fatalmente vuelve a empezar a vivir desde el principio, no consigue hacerse
padre en espíritu de aquellos hombres nuevos, y se queda solo.
Con él muere el único superviviente de la sociedad de antes. Su mujer quiere
compadecerlo, y lo compadece mientras puede; pero acaba de abandonarlo ella
también, para irse con los hijos, cuando Prestileo, temblando de horror y de
repugnancia, quiere impedir a toda costa que se casen unos con otros, lo que le
parece un sacrilegio, según su vieja conciencia; pero que es algo natural y
fatal en la natural inocencia de la nueva vida.
Y quizá Prestileo, viejo y solo, cuando piensa en matar, es muerto; y,
finalmente, después de muerto, conseguirá hacer pensar a sus hijos, resucitando
en ellos veneración y remordimiento.
En cuanto a las Informaciones sobre mi involuntaria permanencia en la Tierra, no
tenían una trama propiamente dicha. Empezaban así:
No me gusta hablar a espaldas de nadie; y por eso ahora que preveo para muy
pronto mi marcha, me pongo a decir delante de todos las informaciones que daré,
si en otra parte me piden noticias de ésta mi involuntaria permanencia en la
Tierra. Y pensaba: ¿En otra parte? Sería necesario saber dónde, al menos
aproximadamente; y, sin embargo, no se sabe. Por fe se puede sólo esperar. Pero
en el dónde esperado por la fe ya se sabe todo y, por consiguiente, mis
informaciones serían superfluas. Si me pongo a decir cosas, es porque preveo que
a Dios no se llega así, de repente, partiendo de la Tierra, sino después de
pruebas en otras vidas y en otros cielos...
Y seguía pensando:
También podría ser que, apenas privado de los sentidos y de todos sus engaños —quiero
decir, de todas las cosas que al verlas, al mirarlas, me parecía que existían,
pero no existían— yo terminara en el aire, como una pompa de jabón que se
deshace de pronto: luz, forma, colores, todo convertido en nada, de un soplo. Y
silencio. Pero no empecemos a hacer suposiciones de éstas; si no..., ¡adiós todo!...
Estaba seguro de que tendría a quién dar estas informaciones. Y estaba seguro de
otra cosa: que todo el mundo hubiera querido saber por él, no acerca de las
grandezas humanas —que fuera de la Tierra pierden en seguida toda su importancia,
y quizá hasta dejan de tener sentido—, sino las cosas pequeñas y llenas de
gracia; por ejemplo: que milagro es un niño desnudo que juega en un prado, al
sol; una tropa de polluelos detrás de la clueca; un hilo de hierba que nace
detrás de una roca, que tiembla agitado por un soplo de aire, y una nube que
pasa por el cielo. Iba a ser el libro de las cosas bellas de la vida, que son
las que más nos olvidamos de gozar, de admirar y de cultivar en nosotros: los
sentimientos desinteresados hacia las cosas y hacia las criaturas, todo lo que
nace espontáneamente en la Naturaleza o en un corazón, una flor o un deseo, con
aquel sentido arcano de solemnidad que adquieren las vidas efímeras ante los
ojos del que las mira religiosamente. En el fondo, iba a ser un libro de
consuelos, una gran oferta de riquezas verdaderas para todo el mundo.
He aquí una descripción de su venida al mundo, que es un poema.
Una noche de junio yo caí como una luciérnaga bajo un gran pino solitario, en un
campo de olivos sarracenos, asomado a la orilla de una altiplanicie de arcilla
azul, sobre el mar africano. Ya se sabe cómo son las luciérnagas. Parece que la
noche hace su negrura para ellas, que, volando no se sabe hacia dónde, unas
veces acá y otras allá, nos abren un momento aquel su rayo de luz verde. Alguna,
de cuando en cuando, se cae; y entonces vemos centellear en el suelo aquel su
espíritu verde, que parece perdidamente lejano. Pues así me caí yo aquella noche
de junio, en que tantas otras lucecitas amarillas centelleaban sobre una colina
donde había una ciudad, la cual aquel año padecía una gran peste. Como
consecuencia de un susto debido a aquella gran peste, mi madre me trajo al mundo
antes del tiempo previsto, en aquel solitario campo lejano, donde se había
refugiado. Un tío mío andaba con una linternilla en la mano, por aquel campo, en
busca de una aldeana que ayudara a mi madre a traerme al mundo. Pero mi madre se
había ayudado ya a sí misma y yo había nacido antes que mi tío volviera con la
aldeana. Recogido por el campo, mi nacimiento fue firmado en el Registro de la
pequeña ciudad situada sobre la colina... Yo creo que, para los demás, será una
cosa cierta que yo debía nacer allí y no en otro sitio, y que no podía nacer
antes ni después. Pero confieso que de todas estas cosas jamás me he hecho una
idea ni sabré hacérmela nunca.
Y este sentimiento de la madre:
Amó siempre a sus hijos, incluso, cuando sin poder sentirlo, comprendió que
ellos ya no le pertenecían, y permaneció siempre como hija ella también; niña,
pero con algo ya perdido para siempre y la pena de pertenecerse ella sola.
Esto de permanecer niño, pero con algo ya perdido para siempre, y la pena de
pertenecerse solo, era en verdad muy suyo, según nos dice su hijo Stéfano.
El alma ingenua de Pirandello abandonó este mundo en 1936. Quiso morir desnudo,
como sus máscaras. Máscaras desnudas tituló el conjunto de su producción teatral.
La vida desnuda es el título de una de sus colecciones de cuentos.
He aquí su última voluntad, escrita muchos años antes de su muerte:
Que mi muerte pase en silencio. A mis amigos, a mis enemigos, ruego, no sólo que
no hablen de mí en los periódicos, sino que ni siquiera den la noticia de mi
muerte.
Que no me amortajen. Que me envuelvan desnudo en una sábana. Y nada de flores
sobre el lecho mortuorio ni cirios encendidos.
Carroza fúnebre de ínfima clase: la de los pobres. Desnudo. Y que no me acompañe
nadie, ni parientes ni amigos. La carroza, el caballo, el cochero, y basta.
Quemad mi cuerpo. Y en cuanto mi cuerpo haya ardido, dejad que se dispersen las
cenizas, porque ni eso quiero que de mí quede. Pero, si no fuera posible, llevad
la urna funeraria a Sicilia y amuralladla en cualquier tosca piedra del campo de
Agrigento, donde nací.
Su obra ha sido calificada de desesperado mensaje del arte al espíritu de una
época atormentada.
Nos dejó varias colecciones de poesías, de su juventud; varios ensayos sobre
estética y humorismo; más de doscientos cuentos, algunos adaptados después a la
escena; ocho novelas, veintitrés comedias largas y otras tantas en un acto. Se
conserva su cuaderno secreto, sus coloquios con la madre muerta, su
correspondencia con Stéfano...
Escribía siempre a mano y llenaba las cuartillas de dibujos. Usaba dos plumas
simultáneamente: una con tinta roja, para las acotaciones. Y dialogaba en voz
alta, al escribir, con la entonación correspondiente a cada personaje. En los
últimos diez años de su vida utilizó la máquina de escribir, que manejaba con un
solo dedo.
Pirandello señala el final de una época con el derrumbamiento de su credo. Él
escribió:
Mi teatro es serio. Quiere toda la participación de la entidad moral-hombre. No
es, ciertamente, un teatro cómodo. Teatro difícil. Teatro peligroso. Nietzsche
decía que los griegos levantaban blancas estatuas sobre el abismo para ocultarlo.
Yo, en cambio, las derribo para revelarlo... Es la tragedia del alma moderna.
Sus personajes son, a la vez, uno, ninguno y cien mil. La tragedia en Pirandello
es siempre del coro. Él mismo se complace en emplear la palabra «coral». Sin
otra envoltura que el jugueteo y la pirueta, nos muestra las almas desnudas de
los que luchan por llegar a ser personajes, que llevan en sí, lo mismo que
Hamlet, la debilidad de la voluntad, el demonio del pensamiento y el sabor de la
muerte.
Suele repetirse que las obras de Pirandello son cerebrales. Quizá porque no nos
cuenta la fábula como estamos acostumbrados a oírla. Él coge, como el
caricaturista, los rasgos esenciales de los tipos, juega con ellos, mezcla la
fantasía con la realidad, que a veces son inseparables; se burla de lo tópico,
y, entre dos salidas grotescas, nos hace sentir un escalofrío.
El público de los domingos sale defraudado cuando, después de dos horas de
intriga, el autor le escamotea el desenlace y lo deja con las ganas de saber la
«verdad». ¿Era un bromista Pirandello? ¿O sólo un filósofo convencido de que la
vida no tiene desenlace, y de que todo se reduce a volver a empezar? ¿O las dos
cosas?
Es lo cierto que, a medida que pasan los años, sus obras van dejando de ser para
la minoría. Se discuten cada vez menos y se aceptan más. Lo que prueba que el
genial siciliano se adelantó, por lo menos, treinta años a su época.
Ildefonso Grande |