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Luigi Pirandello (1867-1936)
Esencia, caracteres y materia del humorismo |
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Traducción de José Miguel Velloso
Abstracts:
El consagrado autor universal italiano muestra su
talento de ensayista teórico con un estudio
legendario sobre la esencia del Humor en la
Literatura y en la vida cotidiana. La teoría de
Pirandello es única por basamentarse en el aspecto
emocional del proceso humorístico: el
humor es el resultado de la contraposición de dos
sentimientos que suscita la reflexión activa
durante la lectura de una obra o situación.
1.
Insatisfacción ante las notas con las que algunos
autores, como Richter,
definen el humorismo
¿Qué es el humorismo?
Si quisiéramos tener en cuenta todas las respuestas
que se han dado a esta pregunta,
todas las definiciones que han propuesto autores y
críticos, podríamos llenar bastantes
páginas y, probablemente, a1 final, confundidos
entre tantos pareceres, no
conseguiríamos otra cosa que repetir la pregunta:
-Pero, en resumen, que es el humorismo?
Hemos dicho ya que todos los que, aposta o
incidentalmente, han hablado de él, están
solamente de acuerdo en una cosa, en declarar que es
dificilísimo decir lo que es
verdaderamente, porque el humorismo tiene infinitas
variedades y tantas
características que, al querer describirlo en
general, se corre siempre el riesgo de
olvidarse de alguna.
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Esto es cierto, pero también es cierto que hace ya
tiempo que se hubiera podido
comprender que partir de estas características no es
el mejor camino para llegar a
entender la verdadera esencia del humorismo, porque
siempre ocurre que se toma
como fundamental una de ellas, aquella que resulta
ser común a varias obras o a
varios escritores estudiados con predilección; de
manera que se llegan a tener tantas
definiciones del humorismo como características
encontradas, definiciones que tienen
todas parte de verdad, aunque ninguna es la
verdadera.
No hay duda de que sumando todas estas
características y las consiguientes
definiciones, se puede llegar a comprender, así, de
manera general, lo que es el
humorismo; pero se tendrá siempre de él un
conocimiento sumario y exterior
precisamente porque este estará basado en
determinaciones sumarias y exteriores.
La característica, por ejemplo, de aquella especial
benignidad o benévola indulgencia
que algunos descubren en el humorismo, definido ya
por Richter como « melancolía
de un espíritu superior que llega incluso a
divertirse con aquello que le entristece»,
aquella mirada tranquila, jocunda y, reflexiva sobre
las cosas», aquel «modo de acoger
los espectáculos divertidos, que parece, en su
moderación, satisfacer el sentido del
ridículo y pedir perdón por lo que tiene de poco
delicada tal satisfacción», aquella
«expansión de los espíritus del interior a1 exterior
encontrada y retardada per la
corriente contraria de una especie de benignidad
pensativa», de que habla Sully en su
Essai sur le rire, no se encuentran en todos los
humoristas. A1gunos de esos rasgos,
que según el crítico francés, y para muchos más, son
los principales del humorismo,
es posible que se encuentren en algunos, y en otros,
no. Es más, en determinados
humoristas se encuentran los rasgos contrarios, como,
por ejemplo, en Swift, que es
melancólico en el sentido original de la palabra; es
decir, lleno de hiel. Además,
veremos un poco más adelante, al hablar del don
Abbondio, de Manzoni, a qué se
reduce, en el fondo, esa particular benignidad o
simpática indulgencia.
Se pueden citar bastantes definiciones de Richter,
el cual llama incluso al humorismo
«lo sublime al revés». La mejor descripción, según
su modo de entenderlo, es aquella
a la que hemos aludido al hablar de la diferencia
entre risa antigua y risa moderna: «El
humor romántico es la actitud grave del que compara
el pequeño mundo finito con la
idea infinita, lo cual da como resultado una risa
mezcla de dolor y de grandeza. Es un
cómico universal, lleno de tolerancia y de simpatía
hacia todos aquellos que,
participando de nuestra naturaleza, etc.» En otra
parte habla de aquella «idea que
aniquila», que ha tenido mucha fortuna entre los
críticos alemanes, aplicada incluso en
sentido menos filosófico.
Por el contrario, esa « agria disposición para
descubrir y expresar lo ridículo de lo serio
y lo serio de lo ridículo humano», de que habla
Bonghi, conviene a Swift y a otros
humoristas semejantes a é1, burlones y mordaces,
pero no conviene a otros. Ni, por
otra parte, como observa Lipps, oponiéndose a la
teoría de Lazzarus, que considera el
humorismo so1o como una disposición de ánimo, este
modo de considerarlo es
completo. Como tampoco es completo el modo de Hegel
que dice que es una « actitud
especial del intelecto y del espíritu por la que el
artista se pone en el lugar de las
cosas», definición que, si no nos situamos para
contemplar el humorismo en el mismo
punto de vista desde el que Hegel lo contemplaba,
tiene todo el aspecto de un acertijo.
Características más comunes, y, sin embargo, más
generalmente observadas, son la
«contradicción» fundamental, cuya causa primera
suele considerarse el desacuerdo
que el sentimiento y la meditación descubren o bien
entre la vida real y el ideal
humano o bien entre nuestras aspiraciones y nuestras
debilidades y miserias, y cuyo
principal efecto es una especie de perplejidad entre
el llanto y la risa; luego, el
escepticismo, que colorea toda observación, toda
pintura humorística, y, finalmente, el
modo de proceder del humorismo minuciosa y
maliciosamente analítico.
Repito que de la suma de todos esas características
y consiguientes definiciones
puede llegarse a comprender, en general, qué es el
humorismo, pero nadie negará
que este conocimiento es demasiado sumario, puesto
que si junto a algunas
determinaciones totalmente incompletas, como hemos
visto, hay otras indudablemente
más comunes, 1a íntima razón de éstas no se ve con
precisión ni está explicada.
2.
Es preciso definir el humorismo, no renunciar a
su definición. Contra Croce.
¿Renunciaremos nosotros a verla y a explicarla
aceptando la opinión de
Benedetto Croce que en el Journal of Comparative
Literature (fasc. III, 1903) declaró
que el humorismo es indefinible como todos los
estados psicológicos, y en el libro
sobre la Estética lo colocó entre los muchos
conceptos de la estética del simpático?
«La investigación de los filósofos -dice Croce- ha
trabajado durante mucho tiempo
sobre estos hechos, y especialmente sobre alguno de
ellos, como, en primer lugar, lo
cómico, y luego lo sublime, lo trágico, lo
humorístico y lo gracioso. Pero debemos
evitar el error de considerarlos como sentimientos
especiales, notas del sentimiento,
admitiendo así distinciones y clases de sentimientos
allí donde el sentimiento orgánico
por sí mismo no puede dar lugar a clases; y hay que
aclarar en qué sentido pueden
llamarse hechos mixtos. Estos dan lugar a conceptos
complejos, o sea de complejos
de hechos, en los cuales entran sentimientos
orgánicos de placer o de disgusto (o
incluso sentimientos espirituales-orgánicos), y
circunstancias exteriores dadas que
procuran a aquellos sentimientos meramente orgánicos
o espirituales-orgánicos un
determinado contenido. El modo de definición de
estos conceptos es el genético:
puesto el organismo en la situación a, al sobrevenir
la circunstancia b, tenemos el
hecho c. Este proceso y otros semejantes no tienen
ningún contacto con el hecho
estético, salvo el contacto general de que todos, en
cuanto constituyen la materia o 1a
realidad, pueden ser representados por el arte; y
otro contacto accidental, de que en
estos procesos intervengan a veces hechos estéticos,
como en el caso de la
sensación de sublime que puede causar la obra de un
gran artista, como Dante o
Shakespeare, o la cómica que puede provocar el
intento de un ensucialienzos o de un
ensuciapapeles. También en estos casos el proceso es
extrínseco al hecho estético, al
cual no va unida más que la sensación de placer o
disgusto, de valor o de falta de
valor estética, de lo bello y lo feo.»
Ante todo, ¿por qué son indefinibles los procesos
psicológicos? Acaso lo sean para un
filósofo, pero el artista, en el fondo, no hace sino
definir y representar estados
psicológicos. Y luego, si el humorismo es un proceso
o un hecho que da lugar a
conceptos complejos, o sea a complejos de hechos,
¿cómo se convierte después en
un concepto? Concepto será aquello a que da lugar el
humorismo, no el humorismo
mismo. Ciertamente, si por hecho estético debemos
entender lo que entiende Croce,
todo es extrínseco a aquel y no só1o este proceso.
Pero hemos demostrado ya en otra
parte, y también en el curso de este trabajo, que el
hecho estético no es ni puede ser
el que entiende Croce. Y, por otra parte, ¿qué
significa la concesión de que «este roceso y otros semejantes no tienen ningún contacto
con el hecho estético, salvo el
contacto general de que todos, en cuanto constituyen
la materia o la realidad, pueden
ser representados por el arte»? El arte puede
representar este proceso que da lugar al
concepto de humorismo. Ahora bien: yo, como crítico,
¿cómo podré darme cuenta de
esta representación artística, si no me doy cuenta
del proceso del que resulta? ¿En
que consistiría, entonces, la crítica estética? « Si
una obra de arte -observa Cesareo,
precisamente, en su ensayo sobre La crítica
estética- ha de provocar un estado de
ánimo, parece claro que el efecto final será tanto
más pleno cuanto de forma más
intensa y concorde todas las determinaciones
singulares cooperen en él. También en
estética la suma está en razón de las aportaciones.
El examen una a una de todas las
expresiones particulares nos dará la medida de la
expresión total. Ahora bien: como la
perfecta reproducción de un estado de ánimo, en el
que precisamente consiste la
belleza estética, es un hecho emocional que solo
puede resultar de la suma de
algunas representaciones sentimentales, el análisis
psicológico de una obra poética es
la base necesaria para cualquier valoración
estética.»
Hablando de este ensayo mío en su revista La Crítica
(vol. VII, a. 1909, págs. 219-23),
Croce, a propósito del estudio de Baldensperger, Les
definitions de l' humeur (en
Etudes d' histoire litteraire, Paris, Hachette,
1907), dice que Baldensperger recuerda
también las investigaciones de Cazamian, editadas en
la Revue Germanique de 1906:
Pourquoi nous ne pouvons definir l’ humour, en que
el autor, partidario de Bergson,
sostiene que e1 humorismo escapa a la ciencia,
porque sus elementos característicos
y constantes son pocos y sobre todo negativos,
mientras que los elementos variables
se encuentran en número indeterminado. Por lo que la
misión de la crítica es estudiar
el contenido y el tono de cada humor; es decir, la
personalidad de cada humorista.
- Il n'y a pas d'humeur, il n'y a que des
humouristes- dice el señor
Baldensperger.
Y Croce se apresura a proclamar:
-La cuestión queda así agotada.
¿Agotada? Volvemos y volveremos siempre a preguntar
cómo es posible, si el
humorismo no existe, ni se puede decir qué es, que
haya escritores de los que luego
se pueda saber y decir que son humoristas.
¿Basándose en qué se sabrá y se podrá
decir?
El humorismo no existe; hay escritores humoristas.
Lo cómico no existe; hay escritores
cómicos.
¡Perfecto! ¿Y si uno, equivocándose, afirma que
determinado escritor humorista es
cómico, cómo me las arreglaré para aclararle su
error, para demostrarle que se trata
de un humorista y no de un cómico?
Croce alega el prejuicio metódico acerca de la
posibilidad de definir un concepto. Yo le
planteo este caso, y le pregunto cómo podría
demostrar él, por ejemplo, a Arcoleo, que
afirma que el personaje de don Abbondio es cómico,
que no, que ese personaje es
humorístico, si no tiene bien claro en la cabeza qué
es el humorismo y qué debe
entenderse por humorismo.
Pero Croce dice, en el fondo, que no pretende atacar
las definiciones, y que el
rechazarlas todas, filosóficamente, equivale a
aceptarlas todas, empíricamente. Hasta
la mía, la cual, por otra parte, no es ni pretende
ser una definición, sino más bien la
explicación de ese íntimo proceso que se produce, y
no puede dejar de producirse, en
todos aquellos escritores que se dicen humoristas.
La estética de Croce es tan abstracta y negativa que
es absolutamente imposible
aplicarla a la crítica, a no ser con la condición de
negarla constantemente, como hace
él mismo, aceptando esos llamados conceptos
empíricos que, expulsados por la
puerta, se le cuelan de nuevo por la ventana.
¡Ah, que espléndida satisfacción la filosofía!
3.
La obra de arte y la obra humorística. El
sentimiento de lo contrario
Veamos, pues, sin más, cuál es el proceso que tiene
como resultado esa particular
representación que se suele denominar humorística;
si ésta tiene caracteres
peculiares que la distinguen y de qué derivan, y si
hay un modo particular de
considerar el mundo que constituya precisamente la
materia y la razón del humorismo.
Ordinariamente -lo he dicho ya en otra parte y aquí
es forzoso que lo repita-, la obra
de arte está creada por el libre movimiento de la
vida interior, que organiza las ideas y
las imágenes en una forma armoniosa, cuyos elementos
se corresponden entre sí y
con la idea madre que los coordina. La reflexión,
tanto durante la concepción como
durante la ejecución de la obra de arte, no
permanece inactiva: asiste al nacimiento y
al crecimiento de la obra, sigue sus pasos
progresivos y goza con ellos, reúne los
diversos elementos, los coordina, los compara. La
conciencia no ilumina todo el
espíritu; para el artista, sobre todo, la conciencia
no es una luz distinta del
pensamiento, que permite a la voluntad extraer de
ella, como si fuera un tesoro,
imágenes e ideas. La conciencia, en suma, no es una
potencia creadora, sino el
espejo interior en que se mira el pensamiento. Es
más, se puede decir que la
conciencia es el pensamiento que se ve a sí mismo
asistiendo a aquello que hace
espontáneamente. Y, generalmente, en el artista, en
el momento de la concepción, la
reflexión se esconde, permanece, por así decirlo,
invisible: para el artista es, casi, una
forma del sentimiento. A medida que la obra se va
haciendo, la reflexión la critica, no
fríamente, como haría un juez desapasionado,
analizándola, sino de repente, gracias a
las impresiones que recibe de ella. Véase, en mi
libro ya citado Arte e Scienza, el
ensayo Un critico fantástico.
Esto, ordinariamente. Veamos ahora si, por la
natural disposición de ánimo de
aquellos escritores que se llaman humoristas y por
el modo particular que éstos tienen
de intuir y considerar los hombres y la vida, este
mismo procedimiento se produce en
la concepción de sus obras; es decir, si la
reflexión representa el papel que acabamos
de describir, o si, por el contrario, asume una
actividad especial.
Pues bien, veremos que en la concepción de toda obra
humorística, la reflexión no se
esconde, no permanece invisible; es decir, no
permanece casi como una forma del
sentimiento, casi como un espejo en que el
sentimiento se mira, sino que se pone ante
él como un juez, lo analiza, desapasionadamente, y
descompone su imagen. Sin
embargo, de este análisis, de esta descomposición,
surge o emana otro sentimiento,
aquel que podría llamarse, y yo lo llamo así, el
sentimiento de lo contrario.
4.
La observación de lo contrario y el sentimiento
de lo contrario. Lo cómico y lo
humorístico. Ejemplos.
Veo a una anciana señora, con los cabellos teñidos,
untados de no se sabe bien qué
horrible grasa, y luego burdamente pintada y vestida
con ropas juveniles. Me echo a
reír. Advierto que esa anciana señora es lo
contrario de lo que una anciana y
respetable señora tendría que ser. Así puedo, de
buenas a primeras y
superficialmente, detenerme en esta impresión
cómica. Lo cómico es precisamente un
advertir lo contrario. Pero si ahora en mí
interviene la reflexión y me sugiere que
aquella anciana señora tal vez no encuentra ningún
placer en vestirse como un loro,
sino que tal vez sufre a causa de ello y lo hace
sólo porque se engaña piadosamente y
piensa que, vestida así, escondiendo sus arrugas y
sus canas, conseguirá retener el
amor de su marido, mucho más joven que ella,
entonces yo ya no puedo reírme como
antes, porque precisamente la reflexión, trabajando
dentro de mí, me ha hecho
superar mi primera observación, o más bien, me ha
hecho penetrar en ella: de aquella
primera observación de lo contrario me ha hecho
pasar a este sentimiento de lo
contrario. Esta es toda la diferencia que hay entre
lo cómico y lo humorístico.
«¡Señor, señor! ¡Oh señor!, tal vez, como los demás,
pensáis que todo esto es ridículo;
tal vez os aburro contándoos estos estúpidos y
miserables detalles de mi vida
doméstica; pero para mí no es ridículo, porque yo
siento todo esto ...»
Así grita Marmeladof en la posada, en Crimen y
castigo, de Dostoyevski, a
Raskolnikof, entre las carcajadas de los dientes
borrachos. Y este grito es
precisamente la dolorosa y exasperada protesta de un
personaje humorístico contra
quien, ante él, se detiene en una primera
observación superficial y no consigue ver
otra cosa que su comicidad.
Y he aquí un tercer ejemplo, que por su deslumbrante
claridad podría llamarse típico.
Un poeta, Giusti, entra una día en la iglesia de San
Ambrosio, en Milán, y encuentra en
ella un grupo de soldados.
Di que' soldati settentríonali,
Come sarebbe boemi e croati,
Messi qui nella vigna a far da pali...
Su primer sentimiento es de odio; aquellos soldados
hirsutos y duros están allí para
recordarle la esclavitud de su patria. Pero he aquí
que en el templo se eleva el sonido
del órgano y luego aquel cántico alemán lentísimo
D'un suono grave, flebile, solemne
que es una plegaria y parece un lamento. Pues bien,
este sonido determina, de
repente, una disposición desusada en el poeta,
acostumbrado a usar el látigo de la
sátira política y cívica; determina en él la
disposición propiamente humorística; es
decir, le dispone a esa particular reflexión que,
desapasionándose del primer
sentimiento, el odio provocado por la visión de
aquellos soldados, engendra
precisamente el sentimiento de lo contrario. El
poeta ha percibido en el himno
la dolcezza amara
Dei canti uditi da fanciullo: il core,
Che da voce domestica gl’impara,
Ce ti ripete i giorni del dolore.
Un pensier mesto della madre cara
Un desiderio di pace e d'amore,
Uno sgomento di lontano esilio...
Y reflexiona que aquellos soldados, arrancados de
sus hogares por un rey temible,
A dura vita, a dura disciplina,
Muti, derisi, solitari stanno,
Strumenti ciechi d’ occhiuta rapina,
Che lor non tocca e che forse non sanno.
Y he aquí lo contrario del odio de antes:
Povera gente! lontana da suoi
In un paese qui che le viiol male...
El poeta se ve obligado a escapar de la iglesia
porque
Qui se non fuggo, abbraccio un caporale,
Colla su' brava mazza di nocciuolo
Duro e piantato lí come un piuolo.
Al observar esto, es decir, al advertir este
sentimiento de lo contrario que nace de una
especial actividad de la reflexión, yo no me muevo
del campo de la crítica estética y
psicológica. El análisis psicológico de esta poesía
es la base necesaria para su
valoración estética. Yo no puedo entender su belleza
si no entiendo el proceso
psicológico que tiene como resultado la perfecta
reproducción de aquel estado de
ánimo que el poeta quería provocar, en la que
precisamente consiste la belleza
estética.
5.
El sentimiento de lo contrario como fruto de
reflexionar el autor sobre sus
experiencias, no de asignar categorías éticas.
Contra Lipps.
Veamos ahora un ejemplo más complejo, en el que la
especial actividad de la reflexión
no se descubre así a primera vista. Tomemos un libro
del que ya hemos hablado: el
Quijote, de Cervantes. Queremos juzgar su valor
estético. ¿Qué haremos? Después
de la primera lectura y de la impresión que nos haya
causado, tendremos en cuenta,
además, el estado de ánimo que el autor ha querido
provocar. ¿Cuál es este estado
de ánimo? Nosotros quisiéramos reírnos de todo lo
que hay de cómico en la
representación de ese pobre loco que disfraza con su
locura a sí mismo, a los demás y
a todas las cosas; quisiéramos reírnos, pero la risa
no acude a nuestros labios pura y
fácil; sentimos que hay algo que nos la turba y
obstaculiza; es una sensación de pena,
de conmiseración e incluso de admiración, sí, porque
si bien las heroicas aventuras de
ese pobre hidalgo son ridiculísimas, no hay duda,
sin embargo, de que él, en su
ridiculez, es verdaderamente heroico. Tenemos una
representación cómica, pero de
ella emana un sentimiento que nos impide reír o nos
turba la risa de la comicidad
representada; nos la amarga. A través de lo cómico,
tenemos, en este caso también,
el sentimiento de lo contrario. El autor lo ha
despertado en nosotros porque se ha
despertado en él, y nosotros hemos visto ya las
razones de ello. Pues bien, ¿por qué
aquí no se descubre la especial actividad de la
reflexión? Pues porque ésta -fruto de la
tristísima experiencia de la vida, experiencia que
ha determinado la disposición
humorística del poeta- se había ejercido ya sobre el
sentimiento del autor, sobre este
sentimiento que le había armado caballero de la fe
en Lepanto. Desembarazándose de
este sentimiento y poniéndose en contra de él, como
juez, en la oscura cárcel de la
Mancha, y analizándolo con amarga frialdad, la
reflexión había ya despertado en el
poeta el sentimiento de lo contrario, fruto del cual
es precisamente el Quijote, el cual
es este sentimiento de lo contrario objetivado. El
poeta no ha representado la causa
del proceso -como Giusti en su poesía-, sólo ha
representado el efecto, pero el
sentimiento de lo contrario emana a través de la
comicidad de la representación. Esta
comicidad es fruto del sentimiento de lo contrario
engendrado en el poeta por la
especial actividad de la reflexión sobre el primer
sentimiento, mantenido oculto.
Ahora bien, ¿qué necesidad tengo yo de asignar un
valor ético cualquiera a este
sentimiento de lo contrario, como hace Theodor Lipps
en su libro Komik und Humor?
Es decir -entendámonos bien-, en Lipps este
sentimiento de lo contrario no aparece
nunca. Lipps, por un lado, sólo ve una especie de
mecanismo, tanto de lo cómico
como del humor, el mismo que Croce cita en su
Estética como ejemplo de explicación
aceptable para tales «conceptos»: «Puesto el
organismo en la situación a, al
sobrevenir la circunstancia b, tenemos el hecho c.»
Y, por otro lado, se atiborra
continuamente de valores éticos, porque para él
cualquier placer artístico y estético en
general es goce de algo que tiene valor ético: no ya
como elemento de un complejo,
sino como objeto de la intuición estética. Y saca
constantemente a colación el valor
ético de la personalidad humana, y habla de positivo
humano y de negación de éste.
Dice:
« Por el mismo hecho de negarlo, lo que de positivo
hay en el hombre parece
aproximársenos, cobrando un valor que nos resulta
más evidente y fácil de
captar. En ello consiste, como ya vimos, la esencia
de lo trágico, en su sentido
más general. Exactamente en lo mismo consiste
también la esencia del humor,
en su sentido más general. Lo que sucede es que el
tipo de la negación es
distinto en los dos casos; en el humor, la negación
es cómica. Ya indicamos
que la comicidad ingenua constituye un paso de lo
cómico hacia el humor; pero
esto no quiere decir que llegue hasta él. Lo cómico,
en cuanto tal, viene a ser
más bien lo contrario del humor. La comicidad
ingenua surge cuando, por
enfocarlo desde el punto de vista de la ingenuidad
personal, se nos presenta
como justo, bueno o sensato lo que, desde el
nuestro, tiene características
diametralmente opuestas. El humor, por el contrario,
viene de la restauración
de esa justicia, bondad o cordura relativas que el
proceso cómico ha aniquilado
por completo, y que sólo ahora se aprecian y
disfrutan en su verdadero valor.»
Y un poco más adelante:
«La base y el meollo auténticos del humor estriban,
en todo momento y lugar,
en esa bondad, belleza o cordura relativas que se
encuentran también allí
donde nuestras rutinarias ideas se empeñan en negar
sistemáticamente que
pueden estar.»
Dice también:
«En lo cómico no es sólo lo ridículo en sí lo que se
resuelve en nada, como
escamoteado, sino que nosotros mismos, con todas
nuestras esperanzas,
nuestra fe en algo sublime o grandioso, las normas o
rutinas de nuestro modo
de pensar, etc., vamos a dar, en cierto sentido, en
una nada igualmente
aniquiladora. El humor, en cambio, se remonta sobre
este aniquilamiento de
uno mismo. Este tipo de humor -humor por oposición a
comicidad- consiste, en
última instancia, lo mismo que el que sirve
conscientemente al suceso
humorístico, en la libertad de espíritu, en la
certidumbre acerca del propio yo y
de lo que de racional, bueno y sublime hay en el
mundo, en la certidumbre de
lo que queda pese a la inanidad de lo objetivo y de
uno mismo, de lo que
precisamente por esa inanidad cobra valor.»
Pero después se ve obligado a reconoce que « No todo
el mundo se eleva a esta
suprema categoría» y que hay «Junto al humor
benévolo, un humor desgarrado y
disolvente.»
¿Pero qué necesidad tengo yo, repito, de dar un
valor ético cualquiera a lo que llamo
el sentimiento de lo contrario, o de determinarlo a
priori de alguna manera? Este
sentimiento de lo contrario se determinará por sí
mismo, de acuerdo con la
personalidad del poeta o el objeto de la
representación.
¿Qué me importa a mí, crítico estético, saber en
quién o dónde está la razón relativa y
lo justa y el bien? Yo no quiero ni debo salir del
campo de la fantasía pura. Yo me
pongo ante cualquier representación artística, y me
propongo solamente juzgar su
valor estético. Para este juicio necesito, ante
todo, saber el estado de ánimo que
aquella representación quiere provocar: lo sabré por
la impresión que me produzca.
Este estado de ánimo, siempre que me encuentro ante
una representación
verdaderamente humorística, es de perplejidad: me
siento como entre dos cosas.
Quisiera reírme, me río; pero la risa está turbada y
obstaculizada por algo, que emana
de la representación. Busco la razón de ello. Para
encontrarla no tengo en absoluto
necesidad de desplegar la expresión fantástica en
una relación ética, de sacar a
colación el valor ético de la personalidad humana, y
así sucesivamente.
Encuentro este sentimiento de lo contrario,
cualquiera que sea, que emana de muchas
maneras de la propia representación, constantemente
en todas las representaciones
que suelo llamar humorísticas. ¿Por qué limitar
éticamente su causa, o bien
abstractamente, atribuyéndola, por ejemplo, al
desacuerdo que el sentimiento y la
meditación descubren entre la vida real y el ideal
humano o, entre nuestras
aspiraciones y nuestras debilidades y, miserias? Tal
vez provenga de esto, como de
muchísimas otras causas indeterminables a priori. A
nosotros nos importa solamente
dar fe de que este sentimiento de lo contrario nace,
y que nace de una especial
actividad que la reflexión asume en la concepción de
tales obras artísticas.
6.
El carácter de la reflexión humorística. Polémica
con Benedetto Croce
Atengámonos a esto. Sigamos esta especial actividad
de la reflexión, y veamos si nos
explica, una a una, las diversas características que
cabe encontrar en toda obra
humorística.
Hemos dicho que, ordinariamente, en la concepción de
una obra de arte, la reflexión
es casi una forma del sentimiento, casi un espejo en
el que el sentimiento se mira. Si
siguiéramos esta imagen, podríamos decir que, en la
concepción humorística, la
reflexión es, en efecto, como un espejo, pero de
agua helada, en el que la llama del
sentimiento no sólo se mira, sino se arroja y apaga.
El chirrido del agua es la risa que
provoca el humorista; el vapor que exhala es la
fantasía, muchas veces algo
humeante, de la obra humorística.
-¡Finalmente hay justicia en este mundo! -grita
Renzo, el novio, apasionado y
rebelde.
-Tan cierto es que un hombre avasallado por el dolor
no sabe ya lo que se dice
-comenta Manzoni.
He aquí la llama del sentimiento que se arroja y
apaga en el agua helada de la
reflexión.
La reflexión, al asumir aquella especial actividad,
turba, interrumpe el movimiento
espontáneo que organiza las ideas y las imágenes en
una forma armoniosa. Muchas
veces se ha observado que las obras humorísticas
están mal compuestas, tienen
interrupciones, están entreveradas de continuas
digresiones. Hasta en una obra tan
armónica en su conjunto como I Promessi Sposi, se ha
observado algún defecto de
composición, una excesiva minuciosidad en algunos
pasajes y la frecuente
interrupción de la representación, bien por llamadas
al famoso anónimo, bien por la
aguda intrusión del propio autor. Esto, que a
nuestros críticos les ha parecido un
exceso, por un lado, y un defecto, por otro, es la
característica más evidente de todos
los libros humorísticos. Baste citar el Tristram
Shandy, de Sterne, que es un amasijo
de variaciones y digresiones, a pesar de que el
autobiógrafo se proponga narrarlo todo
ab ovo, punto por punto, Y empiece por el útero de
su madre y el reloj al que el señor
Shandy padre solía dar puntualmente cuerda.
Pero si bien se ha observado esta característica,
sus razones no han sido vistas
claramente. Esa falta de compostura, esas
digresiones, esas variaciones, no
provienen del extravagante arbitrio o del capricho
de los escritores, sino que son
precisamente la necesaria e inevitable consecuencia
de la turbación y de las
interrupciones del movimiento organizador de las
imágenes por obra de la reflexión
activa, la cual provoca una asociación entre
contrarios, es decir, las imágenes, en
lugar de asociarse por similitud o contigüidad, se
presentan en contraposición; cada
imagen, cada grupo de imágenes, despierta y llama a
las contrarias, lo cual divide,
naturalmente, el espíritu, que, inquieto, se empeña
en encontrar o en establecer entre
ellas las relaciones más impensadas.
Cualquier humorista verdadero no sólo es poeta, sino
que además es crítico, pero -
obsérvese- un crítico sui generis, un crítico
fantástico; y digo fantástico no solamente
en el sentido de extravagante o caprichoso, sino
también en el sentido estético de la
palabra, por mucho que a primera vista pueda esto
parecer una contradicción entre los
términos. Pero es realmente así; y sin embargo, yo
siempre he hablado de una
especial actividad de la reflexión.
Esto se apreciará claro si pensamos que, si bien y
de modo indudable, una melancolía
innata o heredada, los tristes sucesos, una
experiencia amarga de la vida, o incluso un
pesimismo o un escepticismo adquirido con el estudio
y las consideraciones sobre las
suertes de la existencia humana, el destino de los
hombres, etc., pueden determinar
esa particular disposición de ánimo que se suele
llamar humorística, esta disposición,
por sí sola, no basta para crear una obra de arte.
Esta disposición no, es otra cosa que
el terreno propicio: la obra de arte es la semilla
que cae en este terreno, y brota y se
desarrolla alimentándose del humor de éste; es
decir, tomando de él su condición y su
calidad. Pero el nacimiento y desarrollo de esta
planta tienen que ser espontáneos. La
semilla sólo cae en el terreno preparado para
recibirla; es decir, donde mejor pueda
germinar. La creación del arte es espontánea; no es
composición exterior por adición
de elementos cuyas relaciones se han estudiado; no
es posible componer, injertando,
combinando, un cuerpo vivo, partiendo de miembros
esparcidos. En resumen, una
obra de arte es en cuanto es «ingenua»; no puede ser
resultado de una reflexión
consciente.
Así, pues, la reflexión de que hablo no es una
oposición del consciente ante lo
espontáneo, sino que es una especie de proyección de
la propia actividad fantástica:
nace del fantasma, como la sombra del cuerpo; tiene
todos los caracteres de la
«ingenuidad» o natividad espontánea; está en el
propio germen de la creación, y de
hecho emana de ésta lo que yo he llamado el sentido,
de lo contrario.
Por eso precisamente he añadido que podría decirse
que el humorismo es un
fenómeno de desdoblamiento, en el acto de la
concepción. En el fondo, la concepción
de la obra de arte no es otra cosa que una forma de
organización de las imágenes. La
idea del artista no es una idea abstracta; es un
sentimiento que se convierte en centro
de la vida interior, se apodera del espíritu, lo
agita y, al agitarlo, tiende a crearse un
cuerpo de imágenes. Cuando un sentimiento sacude
violentamente el espíritu, suelen
despertarse todas las ideas, todas las imágenes que
están de acuerdo con él; aquí, en
cambio, gracias a la reflexión injertada en la
semilla del sentimiento, como si fuera un
muérdago maligno, se despiertan las imágenes que
están en contraposición. Se trata
de la condición, de la calidad que adquiere la
semilla al caer en el terreno que hemos
descrito anteriormente: se le injerta el parásito de
la reflexión y la planta brota, se
cubre de un verde extraño y, sin embargo, connatural
con ella.
Al llegar a este punto se adelanta Croce con toda la
fuerza de su lógica reunida en un
así que, para inferir de cuanto he dicho más arriba
que yo contrapongo arte y
humorismo. Y se pregunta: «¿Quiere decir que el
humorismo no es arte o que es más
que arte? Y en este caso, ¿qué es? ¿Reflexión sobre
el arte, o sea crítica de :arte?
¿Reflexión sobre la vida, o sea filosofía de la
vida? ¿O una forma sui generis del
espíritu, que los filósofos, hasta ahora, no han
conocido? Si Pirandello la ha
descubierto, habría tenido, de todos modos, que
demostrarla, señalarle un puesto,
deducirla y dar a comprender sus conexiones con las
demás formas del espíritu. Cosa
que no ha hecho, sino que se ha limitado a afirmar
que el humorismo es lo opuesto al
arte.»
Miro a mi alrededor, maravIllado. ¿Dónde, cuándo he
afirmado yo esto? Una de dos: o
yo no sé escribir o Croce no sabe leer. ¿A qué viene
lo de la reflexión sobre el arte,
que es crítica de arte, y la reflexión sobre la
vida, que es filosofía de la vida? Yo he
dicho que ordinariamente, en general, en la
concepción de una obra de arte, es decir,
mientras un escritor la concibe, la reflexión tiene
una misión que he intentado definir,
para luego determinar cuál es la especial actividad
que asume, no sobre la obra de
arte, sino en aquella especial obra de arte que se
llama humorística. Pues bien, ¿por
eso el humorismo no es arte o es más que arte?
¿Quién lo dice? Lo dice él, Croce,
porque quiere, no porque yo no me haya expresado
claramente demostrando que es
arte con este carácter particular y aclarando de
dónde le proviene este carácter; es
decir, de esta especial actividad de la reflexión,
la cual descompone la imagen creada
por un primer sentimiento para hacer que surja de
esta descomposición otro contrario
y presentarlo, como justamente hemos visto en los
ejemplos aducidos, y se podría ver
en todos los demás que podría aducir, examinando una
por una las más famosas
obras humorísticas.
No quisiera admitir una hipótesis enormemente
ofensiva para Croce: la de que él cree
que una obra de arte se hace como cualquier pastel,
tanto de huevos, tanto de harina,
tanto de éste y tanto de aquel otro ingrediente, que
se puede poner o no. Pero, por
desgracia, él mismo me obliga a admitir esta
hipótesis cuando, «para hacerme tocar
con la mano que el humorismo como arte se puede
distinguir del resto del arte», pone
estos dos casos acerca de la reflexión, la cual yo
-según él- quisiera convertir en
carácter distintivo del arte humorístico, como si
fuera lo mismo decir, así, en general, la
reflexión y hablar, como yo hago, de una especial
actividad de la reflexión, más como
proceso íntimo, que nunca falta en el acto de la
concepción y de la creación de tales
obras, que como carácter distintivo que por fuerza
tiene que aparecer. Pero dejémoslo
correr. Pone, decía, estos dos casos: que la
reflexión «o entra como componente en la
materia de la obra de arte, y, en este caso, entre
el humorismo y la comedia (o la
tragedia, la lírica, etc.) no hay diferencia alguna,
ya que entran o pueden entrar, en
todas las obras de arte, el pensamiento y la
reflexión; o bien es extrínseca a la obra de
arte, y entonces tendremos crítica y no arte, y ni
siquiera arte humorístico».
Está claro. ¡El pastel! Recipe: tanto de fantasía,
tanto de sentimiento, tanto de
reflexión, amásese y se obtendrá cualquier obra de
arte, porque en la composición de
una obra de arte cualquiera pueden entrar todos esos
ingredientes y, además, otros.
Pero pregunto yo: ¿qué tiene que ver ese pastel, esa
composición de elementos,
como materia de la obra de arte, cualquiera y
comoquiera que sea, con lo que yo he
dicho más arriba y que he presentado, punto por
punto, hablando, por ejemplo, del
Sant’Ambrogio, de Giusti, cuando he demostrado cómo
la reflexión, insertándose
como un muérdago en el primer sentimiento del poeta,
que es de odio hacia aquellos
soldadotes extranjeros, engendra, poco a poco, el
sentimiento contrario del primero?
¿Y acaso porque esta reflexión, siempre alerta y
reflectante en todo artista durante la
creación no sigue aquí el primer sentimiento, sino
que hasta cierto punto se le opone,
se convierte en extrínseca a la obra de arte, se
convierte en crítica? Yo hablo de una
actividad intrínseca de la reflexión y no de la
reflexión como materia componente de la
obra de arte. ¡Está claro! Y no es verosímil que
Croce no lo entienda. No quiere
entenderlo. Y lo demuestra su intento de presentar
mis distinciones como imprecisas y
que diga que yo las repito, modifico y matizo
constantemente y que, cuando no sé por
dónde salirme, recurro a las imágenes; mientras que,
por el contrario, desafío a quien
quiera a que descubra en los ejemplos que Croce cita
de mis pretendidas repeticiones,
modificaciones y piadosas imágenes, el más pequeño
desacuerdo, la más pequeña
modificación, la más pequeña matización de la
primera afirmación, y no halle, en
cambio, una explicación más clara, una imagen más
precisa; desafío a quien quiera a
reconocer, con él, mi empacho, porque los conceptos,
según él, se me deforman en
las manos cuando los tomo para pasárselos a otro.
Todo esto es verdaderamente lamentable. Pero tanta
fuerza ejerce sobre Croce lo que
una vez se le escapó: que no se debe ni se puede
hablar del humorismo.
7.
Contraste en la disposición de ánimo y contraste
en las cosas
Para explicarnos la razón del contraste entre la
reflexión y el sentimiento tenemos que
penetrar en el terreno en que cae la semilla, quiero
decir en el espíritu del escritor
humorista. Porque si bien la disposición humorística
no vale por sí sola, ya que se
requiere la semilla de la creación, esta semilla
luego se alimenta del humor que
encuentra. El mismo Lipps, que considera que hay
tres modos de ser del humorismo:
a) El humor como disposición o modo de considerar
las cosas;
b) el humor como representación;
c) el humor objetivo; llega a la conclusión de que
el humor está solamente en
quien lo tiene.
Subjetivismo y objetivismo no son
otra cosa que una actitud diferente
del espíritu en el acto de la representación. Es
decir, la representación del humor, que
está siempre en quien lo tiene, puede adoptar dos
modos: subjetivo u objetivo.
Lipps considera aquellos tres modos de ser porque
limita y determina éticamente la
razón del humorismo, el cual, para él, como hemos
visto, es superación de lo cómico a
través de lo cómico mismo. Veamos qué entiende por
superación. Yo, según él, tengo
humor cuando soy yo mismo el que se siente perfecto,
el que se afirma a sí mismo, el
que representa la sensatez y la moral. Entonces
contemplo el mundo desde esa
perfección mía o a la luz de ella. Y entonces
encuentro en él cosas ridículas que me
llevan conscientemente al concepto de lo cómico. Con
lo que me reafirmo en mí
mismo al elevarse y fortalecerse el sentimiento de
esa perfección que hay en mí.
Ahora bien: para nosotros ésta es una consideración,
en primer lugar, absolutamente
extraña y, en segundo lugar, unilateral. Quitando a
la fórmula su valor ético, el
humorismo está considerado en ella, acaso, en su
efecto, no en su causa.
Para nosotros, tanto lo cómico como su contrario
están en la disposición de ánimo e
insertos en el proceso que resulta de la misma. En
su anormalidad, sólo puede ser
amargamente cómica la condición del hombre que
siempre está fuera de tono, que es
a un mismo tiempo violín y contrabajo; del hombre en
el que no puede nacer un
pensamiento sin que nazca inmediatamente en él otro
opuesto, contrario; a quien por
cada razón que le obliga a decir sí, se le
presentan, en seguida, una, dos o tres que le
obligan a decir no; y le tienen entre el sí y el no
en suspenso, perplejo por toda la vida;
del hombre que no puede entregarse a un sentimiento
sin sentir, en seguida, algo
dentro de él que le hace una mueca y le turba, le
desconcierta y le indigna.
Este mismo contraste, que está en la disposición del
ánimo, se observa en las cosas y
pasa a la representación.
Es una fisonomía psíquica especial a la que resulta
absolutamente arbitrario atribuir
una causa determinante. Puede ser fruto de una
experiencia amarga de la vida y de
los hombres, de una experiencia que si bien, por un
lado, impide al sentimiento
ingenuo tener alas y elevarse como una alondra para
lanzar su trino al sol, puesto que
lo retiene por la cola en el momento de levantar el
vuelo, por otro lado induce a
reflexionar sobre la tristeza de los hombres, que
suele deberse a la tristeza de la vida,
a los males de que está llena y que no todos saben o
pueden soportar; induce a
reflexionar que la vida, al no tener fatalmente para
la razón humana un fin claro y
determinado, debe tener, para no oscilar en el
vacío, uno particular, ficticio, ilusorio,
para todo hombre, bajo o alto, poco importa, puesto
que no es, ni puede ser, el fin
verdadero que todos buscan afanosamente y nadie
encuentra, tal vez porque no
existe. Lo que importa es que se dé importancia a
cualquier cosa, aunque sea vana, la
cual valdrá lo mismo que otra considerada seria,
porque, en el fondo, ni una ni otra
satisfacen. Tanto es así que siempre será ardiente
la sed de saber, nunca se
extinguirá la facultad de desear y,
desgraciadamente, no está claro que la felicidad de
los hombres consista en el progreso.
Veremos que todas las ficciones del alma, todas las
creaciones del sentimiento, son
materia del humorismo; es decir, veremos cómo la
reflexión se convierte en un trasgo
que desmonta el mecanismo de toda imagen, de todo
fantasma elaborado por el
sentimiento; lo desmonta para ver cómo está hecho;
veremos cómo deja escapar el
muelle y todo el mecanismo, convulsivamente,
chirría. Puede ocurrir que a veces esto
lo haga con aquella simpática indulgencia de que
hablan los que consideran
solamente un humorismo bonachón. Pero no hay que
fiarse, porque si bien la
disposición humorística tiene a veces esta
particularidad, es decir, esta indulgencia, sta compasión o incluso esta piedad, debemos pensar
que son fruto de la reflexión
que se ha ejercido sobre el sentimiento opuesto; son
un sentimiento de lo contrario,
nacido de la reflexión sobre aquellos sucesos,
aquellos sentimientos, aquellos
hombres, que provocan al mismo tiempo el desdén, la
indignación y la burla del
humorismo, el cual es tan sincero en este desdén,
esta indignación y esta burla como
en aquella indulgencia, aquella compasión, aquella
piedad. Si no fuera así, se
produciría no ya el humorismo verdadero y propio,
sino la ironía, que proviene, como
hemos visto- de una contradicción solamente verbal,
de una ficción retórica, totalmente
contraria al puro humorismo.
Cualquier sentimiento, cualquier pensamiento,
cualquier impulso que surge en el
humorista, en seguida se desdobla en su contrario:
todo sí en un no, que finalmente
asume el mismo valor del sí. A veces, el humorista
puede incluso fingir que está
solamente de una parte; pero mientras tanto le habla
dentro el otro sentimiento; le
habla y empieza a presentar, primero, una tímida
excusa, después, un atenuante, que
disminuye el calor del primer sentimiento; luego,
una reflexión aguda que desmonta la
seriedad de éste e incita a reír.
8.
El ejemplo de don Abbondio, en Los novios, de
Alessandro Manzoni.
Así sucede que todos deberíamos sentir desprecio e
indignación ante don Abbondio,
por ejemplo, y considerar que don Quijote es muy
ridículo y está casi siempre loco de
atar; y, sin embargo, nos sentimos inclinados a
sentir compasión y hasta casi simpatía
por aquél, y a admirar con infinita ternura las
ridiculeces de éste, ennoblecidas por un
ideal alto y puro.
¿Dónde está el sentimiento del poeta? ¿En el
desprecio o en la compasión por don
Abbondio? Manzoni tiene un ideal abstracto,
nobilísimo, de la misión del sacerdote en
la tierra, ideal que encarna en Federigo Borromeo.
Pero la reflexión, fruto de la
disposición humorística, sugiere al poeta que este
ideal abstracto sólo puede
encarnarse de manera raramente excepcional, y que
las debilidades humanas son
muchas. Si Manzoni hubiera escuchado solamente la
voz de este ideal abstracto,
habría representado a don Abbondio de manera que
todos hubieran tenido que sentir
por él odio y desprecio; pero Manzoni escucha,
además, dentro de sí, la voz de las
debilidades humanas. Por la natural disposición de
su espíritu, por la experiencia de la
vida, que se la ha determinado, Manzoni no puede
dejar de partir en germen la
concepción de aquel idealismo religioso, sacerdotal;
y entre las dos llamas encendidas
de Fra Cristóforo y del Cardenal Federigo Borromeo
ve alargarse, en el suelo,
cautelosa y encogida, la sombra de don Abbondio. Y
en cierto punto se complace
poniendo frente a frente, en contraposición, el
sentimiento activo, positivo, y la
reflexión negativa; la llama encendida del
sentimiento y el agua helada de la reflexión;
la predicación alada, abstracta, del altruismo, para
ver cómo se diluye en las razones
pedestres y concretas del egoísmo.
Federigo Borromeo pregunta a don Abbondio: «Y cuando
os habéis presentado a la
Iglesia para investiros con este ministerio, ¿os ha
asegurado la vida? ¿Os ha dicho
que los deberes inherentes al ministerio estaban
libres de obstáculos, inmunes de todo
peligro? ¿O tal vez os ha dicho que allí donde
empezaba el peligro, allí cesaba el
deber? ¿O no os ha dicho expresamente todo lo
contrario? ¿No os ha advertido que
os mandaba como a un cordero entre lobos? ¿No
sabíais que habría personas
violentas a quienes podría molestar lo que os
mandaran? Aquel de quien nos viene la
doctrina, Aquel por imitación del cual nos dejamos
llamar y nos llamamos pastores,
¿puso, acaso, como condición salvar la vida? Y para
salvarla, para conservarla
algunos días más en la tierra, a costa de la caridad
y el deber, ¿había necesidad de la
santa unción, de la imposición de las manos, de la
grada del sacerdocio? Basta el
mundo para dar esta virtud, para enseñar esta
doctrina. Mas ¿qué digo? ¡Oh
vergüenza!, el mundo mismo la rechaza. El mundo
dicta también sus leyes, que
prescriben tanto el mal como el bien; tiene también
su evangelio, un evangelio de
soberbia y odio; y no quiere que se diga que el amor
a la vida sea una razón para no
cumplir los mandamientos. ¡No quiere y se le
obedece! ¡Y nosotros, nosotros, hijos y
anunciadores de la promesa! ¿Qué sería de la Iglesia
si vuestro lenguaje fuera el de
todos vuestros cofrades? ¿Dónde estaría, si hubiera
aparecido en el mundo con estas
doctrinas?»
Don Abbondio escucha este largo y animoso sermón con
la cabeza baja. Manzoni dice
que su espíritu «se encontraba entre aquellos
argumentos, como un polluelo en las
garras del halcón, que lo lleva por una región
desconocida, por un aire que nunca ha
respirado». La comparación es bonita, aunque a
algunos la idea de rapacidad y orgullo
que hay en el halcón no haya parecido muy
conveniente para el Cardenal Federigo. El
error, a mi parecer, no está en la menor o mayor
conveniencia, sino que Manzoni, al
querer remedar la fábula de Hesíodo, tal vez haya
dicho lo que no quería.
¿Realmente, se encontraba don Abbondio elevado a una
región desconocida entre
aquellos argumentos del Cardenal Borromeo? Sin
embargo, la comparación del
cordero entre los lobos está en el Evangelio de
Lucas, allí donde Cristo dice
justamente a los apóstoles: He aquí que Yo os envío
como corderos entre los lobos.
Quién sabe cuántas veces don Abbondio lo había
leído; igual que quién sabe cuántas
veces habría leído en otros libros aquellas severas
advertencias, aquellas elevadas
consideraciones. Es más, tal vez el propio don
Abbondio, hablando abstractamente,
predicando sobre la misión del sacerdote, hubiera
dicho más o menos lo mismo. Tanto
es así que, en abstracto, las entiende muy bien:
-Monseñor ilustrísimo, estaré equivocado -responde-
en efecto; pero se apresura a
añadir-: Si la vida no tiene importancia, no sé qué
decir.
Y cuando el cardenal insiste:
- ¿Y no sabéis que padecer por justicia es nuestra
victoria? Y si no lo sabéis, ¿qué
predicáis? ¿De quién sois maestro? ¿Cuál es la Buena
Nueva que anunciáis a los
pobres? ¿Quién pretende que venzáis a la fuerza con
la fuerza? Cierto que no se os
pedirá, un día, si habéis mantenido a raya a los
poderosos, ya que no tenéis medios
para ello ni es vuestra misión. Pero si que se os
pedirá si habéis adoptado los medios
que estaban a vuestro alcance para hacer lo que
teníais prescrito, aun cuando tuvieran
la temeridad de prohibíroslo.
-Estos santos son bien curiosos -piensa don
Abbondio-; en sustancia, si exprimimos
bien el jugo, le importan más los amores de dos
jóvenes que la vida de un pobre
sacerdote.
Y como el cardenal parece que espere su respuesta,
le responde:
-Vuelvo a decir, monseñor, que la culpa será mía...
El valor, uno no puede dárselo.
Lo que significa: Sí, señor; razonando
abstractamente, la razón stá de parte de su
señoría ilustrísima; la culpa es mía. Su señoría
ilustrísima habla bien, pero aquellas
caras las he visto yo, y yo he escuchado aquellas
palabras.
-¿Y por qué, pues -le pregunta finalmente el
cardenal-, os habéis empeñado en un
ministerio que os impone estar en guerra con las
pasiones del siglo?
- ¡Oh, el porqué lo sabemos muy bien!. Manzoni mismo
nos lo cuenta desde un
principio; nos lo ha querido decir y podía
prescindir de ello. Don Abbondio, ni noble ni
rico, menos aún valiente, se había dado cuenta,
antes casi de llegar a los años de la
razón, que en aquella sociedad era como una vasija
de barro obligada a viajar en
compañía de muchas vasijas de hierro. De bastante
buen grado, pues, había
obedecido a sus padres, que querían que fuera cura.
A decir verdad, no había
pensado mucho en las obligaciones ni en los nobles
fines del ministerio a que se
dedicaba: procurarse de qué vivir con holgura y
meterse en una clase privilegiada y
fuerte le habían parecido dos razones más que
suficientes para su elección. ¿En lucha
con las pasiones del siglo? ¡Pero si don Abbondio se
ha hecho cura para preservarse,
precisamente, de los choques con aquellas pasiones y
con su sistema particular, evitar
todas las disputas!
- Señores míos, no hay más remedio que escuchar las
razones del conejo! Una vez
imaginé que acudían a la madriguera de la zorra o de
Maese Zorro, como se le suele
llamar en el mundo de las fábulas, todos los
animales a causa de una noticia que se
había difundido entre ellos acerca de que la zorra
pretendía escribir una serie de
contrafábulas en respuesta a todas las que desde
tiempo inmemorial escriben los
hombres, por las cuales los animales tienen, acaso,
motivos para sentirse
calumniados. Y entre otros, llegaba a la madriguera
de Maese Zorro el conejo, para
protestar contra los hombres que le llaman miedoso,
y decía: «Pero yo, por lo que a mí
respecta, puedo deciros que siempre he puesto en
fuga a ratones y lagartijas, pájaros
y grillos y a muchas otras bestezuelas, las cuales,
si les preguntarais qué concepto
tienen de mí, quién sabe lo que os contestarían,
pero seguro que no os dirían que soy
un animal miedoso. ¿Acaso pretenderían los hombres
que, al verlos, me irguiera sobre
mis dos patas traseras y saliera a su encuentro para
que me cogieran y mataran? ¡Yo,
Maese Zorro, creo, verdaderamente, que para los
hombres no debe de haber ninguna
diferencia entre heroísmo e imbecilidad!».
Ahora bien, yo no lo niego, don Abbondio es un
conejo. Pero nosotros sabemos que
don Rodrigo no amenazaba en vano, sabemos que para
mantener su empeño era
capaz de todo; sabemos qué tiempos eran aquellos y
podemos imaginar
perfectamente que si don Abbondio hubiera casado a
Renzo y Lucía, un arcabuzazo
no se lo quitaba nadie de encima, y que, tal vez,
Lucía, esposa solamente de nombre,
hubiera sido raptada al salir de la iglesia y Renzo
muerto también. ¿De qué sirven la
intervención, las sugerencias de Fra Cristóforo? ¿No
ha sido raptada Lucía del
monasterio de Monza? Es la liga de los bribones,
como dice Renzo. Para deshacer
esa madeja hace falta la mano de Dios; no es un
decir, la mano de Dios de verdad.
¿Qué podía hacer un pobre cura?
Don Abbondio es un miedoso, sí, señores. Y De
Sanctis ha escrito algunas páginas
maravillosas examinando el sentimiento de miedo en
el pobre sacerdote; pero,
caramba, no ha tenido en cuenta que el miedoso es
ridículo, cómico, cuando se crea
resgos y peligros imaginarios; pero cuando un
miedoso tiene verdaderamente razón
de tener miedo, cuando vemos que uno que por
naturaleza quiere evitar todas las
discusiones, incluso las más triviales, se encuentra
preso en una porfía terrible, y que
a causa de su deber sacrosanto tendría que hacer
frente a esa porfía, ese miedoso no
es ya solamente cómico. Para esta situación no basta
siquiera un héroe como Fra
Cristóforo, que va a enfrentarse con el enemigo en
su propio palacio. Don Abbondio no
tiene el valor del propio deber; pero este deber es
muy difícil de cumplir a causa de la
perversidad ajena y aquel valor no tiene nada de
fácil; para llevarlo a cabo haría falta
un héroe. En lugar de un héroe encontramos a don
Abbondio. Sólo abstractamente
podemos indignamos con él; es decir, si consideramos
abstractamente el ministerio
sacerdotal. Sin duda, habríamos admirado a un
sacerdote héroe que, en el lugar de
don Abondio, hubiera hecho caso omiso de la amenaza
y del peligro y hubiese
cumplido el deber de su ministerio. Pero no podemos
dejar de compadecer a don
Abbondio, que no es el héroe que hubiera tenido que
estar en su lugar, que no
solamente no tiene el grandísimo valor que se
requeriría, sino que no tiene ni poco ni
mucho: ¡y el valor uno no puede dárselo!
Un observador superficial tendrá solamente en cuenta
la risa que nace de la comicidad
de los actos, gestos, frases reticentes, etc., de
don Abbondio y lo llamará ridículo sin
más o dirá que es una figura simplemente cómica.
Pero el que no se dé por satisfecho
con esta superficialidad y sepa calar más hondo,
siente que la risa brota de otra cosa
muy distinta y no es solamente la propia de la
comicidad.
Don Abbondio es aquel que se encuentra en el lugar
de aquello que hubiera sido
preciso. Pero el poeta no se indigna con esta
realidad que encuentra, porque, aun
teniendo, como hemos dicho, un ideal altísimo de la
misión del sacerdote en la tierra,
tiene también dentro de sí la reflexión que le
sugiere que este ideal sólo se encarna en
rarísimas excepciones, y por ello le obliga a
limitar este ideal, como observa De
Sanctis. Pero ¿qué es esta limitación del ideal? Es
precisamente el fruto de la reflexión
que, al ejercerse sobre este ideal, sugiere al poeta
el sentimiento de lo contrario. Y don
Abbondio es precisamente este sentimiento de lo
contrario objetivado y vivo; y por ello
no sólo es cómico, sino pura y profundamente
humorístico.
¿Bonachoneria? ¿Simpática indulgencia? Vayamos
despacio: dejemos correr estas
consideraciones que, en el fondo, son extrañas y
superficiales, y que, si quisiéramos
profundizar en ellas, correríamos el riesgo de que
también aquí nos harían descubrir lo
contrario. ¿Lo vemos? Sí, Manzoni siente compasión
de este pobre de don Abbondio;
pero es una compasión, señores míos, que al mismo
tiempo lo destroza,
necesariamente. En efecto, sólo con la condición de
reírse de él y de hacer que la
gente se ría de él, puede compadecerle y hacer que
le compadezcan, conmiserarle y
hacer que le conmiseren. Pero, riéndose de él y
compadeciéndole al mismo tiempo, el
poeta se ríe también, amargamente, de la pobre
naturaleza humana aquejada de
tantas debilidades; y cuanto más las consideraciones
piadosas se apretujan para
proteger al pobre cura, más se extiende alrededor de
éste el descrédito del valor
humano. El poeta, en suma, nos induce a sentir
compasión del pobre cura,
haciéndonos reconocer que, a pesar de todo, si nos
hurgamos bien la conciencia, es
humano, de todos nosotros, lo que éste siente y
experimenta. ¿Qué se deduce de
ello? Se deduce que si, por su misma virtud, este
caso particular se convierte en
general, si este sentimiento entreverado de risa y
llanto, cuanto más se estrecha y
determina en don Abbondio tanto más se ensancha y
casi se evapora en una infinita
tristeza; se deduce, decíamos, que si consideramos
desde este punto de vista la
representación del cura manzoniano, somos ya
incapaces de reírnos de él. Esa
piedad, en el fondo, es despiadada: la simpática
indulgencia no es tan bonachona
como parece a primera vista.
¡Gran cosa es, como se ve, tener un ideal -religioso
en Manzoni, caballeresco en
Cervantes- para ver luego cómo nos lo derriba la
reflexión en don Abbondio y don
Quijote! Manzoni se consuela de ello creando al lado
del cura de pueblo a Fra
Cristóforo y al Cardenal Borromeo; pero es cierto
que, por el hecho de ser sobre todo
un humorista, su criatura más viva es la otra; es
decir, aquella en la que se ha
encarnado el sentimiento del contrario. Cervantes no
se puede consolar de ninguna
manera, porque, en la cárcel de la Mancha -como él
mismo dice-, con don Quijote
engendra a alguien que se te parece.
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9.
Diferencias entre el humorista, el cómico y el
satírico
Ver en el humorismo una especial contraposición
entre el ideal y la realidad es, hemos
dicho, considerar aquél superficialmente y desde un
solo punto de vista. En el
humorismo puede haber un ideal, repetimos; esto
depende de la personalidad del
poeta; pero si este ideal -existe, es para verse
descompuesto, limitado, representado
de este modo. Ciertamente, como todos los demás
elementos constitutivos del espíritu
del poeta, el ideal penetra y se hace sentir en la
obra humorística a la que da un
carácter especial, un sabor particular; pero no es
condición indispensable, ¡nada de
eso!, ya que precisamente, por la especial actividad
que en él asume la reflexión -al
engendrar el sentimiento de lo contrario-, es
característico del humorista no saber ya
de qué parte colocarse, la perplejidad, el estado
irresoluto de la conciencia.
Y precisamente esto distingue claramente al
humorista del cómico, del irónico, del
satírico. En éstos no se produce el sentimiento de
lo contrario; si se produjera, la risa,
provocada en el primero por el darse cuenta de
cualquier anormalidad, sería amarga;
es decir, ya no sería cómica; la contradicción, que
en el segundo es solamente verbal
entre lo que se dice y lo que se pretende que sea
entendido, se volvería efectiva,
sustancial y, por tanto, ya no sería irónica; y
cesaría el desdén o la aversión por la
realidad, razón de toda sátira.
¡Sin embargo, no es que al humorista le guste la
realidad! Bastaría que le gustara un
poco para que la reflexión, al ejercerse sobre este
placer, se lo estropeara.
Esta reflexión se insinúa, aguda y sutil, por todas
partes y todo lo descompone: toda
imagen del sentimiento, toda función ideal, toda
apariencia de la realidad, toda ilusión.
El pensamiento del hombre, decía Guy de Maupassant,
tourne comme une mouche
dans une bouteille. Todos los fenómenos o son
ilusorios o su razón se nos escapa,
inexplicable. Falta, absolutamente, a nuestro
conocimiento del mundo y de nosotros
mismos ese valor objetivo que comúnmente creemos
atribuirle. Es una construcción
ilusoria constante.
¿Asistimos a la lucha entre la ilusión, que se
insinúa también en todas partes y
construye a su manera, y la reflexión humorística,
que descompone una a una estas
construcciones ?
Empecemos por aquella que la ilusión hace en cada
uno de nosotros; es decir, por la
construcción que cada uno, gracias a la ilusión, se
hace de sí mismo. ¿Nos vemos en
nuestra verdadera y pura realidad, tal como somos, o
no más bien tal como
quisiéramos ser? Por un espontáneo artificio
interior, fruto de secretas tendencias o de
inconscientes imitaciones, ¿no nos creemos, de buena
fe, diferentes de aquel que
sustancialmente somos? Y pensamos, actuamos, vivimos
de acuerdo con esta
interpretación ficticia, y sin embargo sincera, de
nosotros mismos.
Ahora bien, la reflexión es, en efecto, capaz de
descubrir esta construcción ilusoria
tanto al cómico y al satírico como al humorista.
Pero el cómico se reirá solamente de
ella y se contentará con deshinchar esta metáfora de
nosotros mismos, creada por la
ilusión espontánea; el satírico se irritará; el
humorista, no: a través de lo ridículo de
este descubrimiento, verá el lado serio y doloroso;
desmontará esta construcción, pero
no para reírse de ella solamente, y, en lugar de
irritarse, tal vez riéndose, la
compadecerá.
El cómico y el satírico saben, por la reflexión,
cuánta baba extrae de la vida social la
araña de la experiencia para formar la telaraña de
la mentalidad en cualquier individuo,
y cómo en esta telaraña suele quedar envuelto lo que
se llama el sentido moral. ¿Qué
son, en el fondo, las relaciones sociales de la
llamada convivencia? Consideraciones
de cálculo a las que la moralidad suele estar
siempre sacrificada. El humorismo
profundiza más, y ríe sin irritarse al descubrir
cómo, ingenuamente, con la máxima
buena fe, gracias a una ficción espontánea, nos
vemos inducidos a interpretar como
verdadero respeto, como verdadero sentimiento moral,
en sí, aquello que, en realidad,
no es otra cosa que respeto o sentimiento de la
conveniencia; es decir, cálculo. Y va
incluso más allá, y descubre que puede llegar a ser
convencional hasta la necesidad
de aparecer peor de lo que uno es realmente, cuando
el estar vinculado a cualquier
grupo social comporta la manifestación de ideales y
sentimientos propios de ese
grupo, los cuales, sin embargo, aparecen, al que
participa en aquel grupo, como
contrarios e inferiores al propio e íntimo
sentimiento. ( Me valgo de algunas agudas
consideraciones contenidas en el libro de Giovanni
Marchesini, Le finzioni dell'anima
(Bari, Gius. Laterza e Figli, 1905)).
10.
Nuestras múltiples almas
La conciliación de las tendencias estridentes, de
los sentimientos repugnantes, de las
opiniones contrarias, parece más realizable sobre la
base de una mentira común que
sobre la explícita y declarada tolerancia de la
disensión y el contraste; parece, en
resumen, que debe considerarse más ventajosa la
mentira que la veracidad, por
cuanto aquélla es capaz de unir allí donde ésta
divide, lo cual no impide que, mientras
la mentira es tácitamente descubierta y reconocida,
se tome como garantía de su
eficacia asociadora la veracidad misma, haciendo
aparecer como sinceridad la
hipocresía.
La contención, la reserva, el dejar entrever más de
lo que se dice o hace, el silencio
mismo, acompañado del conocimiento de los signos que
lo justifican -¡oh inolvidable
conde tío del Consejo secreto!"- son artimañas que
se utilizan frecuentemente en la
práctica de la vida; y también el no dar ocasión a
que se note lo que se piensa, el
hacer ver que se piensa menos de cuanto
efectivamente se piensa, el pretender que
nos tomen por otra cosa de lo que en el fondo somos.
Observaba Rousseau en el Émile: «Se puede hacer lo
que se ha hecho y no se
debía hacer. Ya que un interés mayor puede hacer que
se viole una promesa que se
había hecho por un interés menor, lo que importa es
que la violación se produzca
impunemente. El medio para este fin es la mentira,
que puede ser de dos clases:
corresponder al pasado, por la cual nos declararnos
autores delo que no hemos
hecho, o bien, siendo autores de ello, declarar que
no lo somos; y corresponder al
futuro, como sucede cuando hacemos promesas que en
nuestro ánimo está no
mantener. Es evidente que, en ambos casos, la
mentira surge de las relaciones de la
conveniencia, como medio para conservar la
benevolencia ajena y merecer la ayuda
de los demás.»
Cuanto más difícil es la lucha por la vida, y más se
percibe en esta lucha la debilidad
propia, mayor se hace la necesidad del engaño
recíproco. La simulación de la fuerza,
de la honestidad, de la simpatía, de la prudencia,
en resumen, de cualquier máxima
virtud de la veracidad, es una forma de adaptación,
un hábil instrumento de lucha. El
humorista percibe en seguida estas diversas
simulaciones para la lucha por la vida; se
divierte en desenmascararlas; no se indigna: ¡es
así!
11.
«Un modo de hablar ambiguo, un silencio
significativo, un quedarse en el
medio, un guiño de los ojos que indicaba: "no puedo
hablar-; un lisonjear sin
prometer, un amenazar con educación, todo estaba
encaminado al mismo fin, y
todo, más o menos, surtía efecto. Hasta el punto que
incluso un: "no puedo
hacer nada en este asunto", dicho acaso por la pura
verdad, pero dicho de
modo que no se le creía, servía para aumentar el
concepto, y por tanto la
realidad, de su poder, como aquellas cajas que aún
se ven en algunas tiendas
de boticario, con unas palabras árabes escritas por
fuera y dentro de las cuales
no hay nada, pero sirven para mantener el crédito de
la tienda.»
Y mientras el sociólogo describe la vida social tal
como resulta de las observaciones
exteriores, el humorista, armado de su aguda
intuición, demuestra, revela hasta qué
punto las apariencias son profundamente diversas del
ser íntimo de la conciencia de
los asociados. Y, sin embargo, se miente
psicológicamente, igual que se miente
socialmente. Y ese mentimos a nosotros mismos,
viviendo conscientemente sólo la
superficie de nuestro ser psíquico, es un efecto de
la mentira social. El alma que se
refleja. a sí misma es un alma solitaria; pero la
soledad interior nunca es tanta que no
penetren en la conciencia las sugestiones de la vida
en común, con las ficciones y las,
artes de transfiguración que la caracterizan.
En nuestra alma vive el alma de la raza o de la
colectividad de que formamos parte.
Inconscientemente perdimos la presión del modo de
juzgar, del modo ajeno de sentir y
actuar, e igual que en el mundo social imperan la
simulación y el disimulo, que se
advierten menos cuanto más habituales son, del mismo
modo simulamos y
disimulamos con nosotros mismos, desdoblándonos e
incluso multiplicándonos
muchas veces. Sentimos en nosotros mismos esa
vanidad de parecer distintos de lo
que somos, que es consustancial con la vida social;
y rehuimos ese análisis que, al
desvelar la vanidad, excitaría el remordimiento de
la conciencia y nos humillaría ante
nosotros mismos. Pero este análisis lo realiza por
nosotros el humorista, que puede
también asumir el oficio de desenmascarar todas las
vanidades y de representar la
sociedad, como hace precisamente Thackeray, como una
Vanity Fair (el mismo oficio
asume Thackeray también en el Libro de los snobs y
en aquel «cuento sin héroes, o
vanidades iluminadas en las luces del autor»).
Y el humorista sabe perfectamente que incluso la
pretensión de lógica supera con
mucho, en nosotros, la coherencia lógica real, y que
si nos fingimos lógicos
teóricamente, la lógica de la acción puede desmentir
la del pensamiento, demostrando
que es una ficción creer en su sinceridad absoluta.
El hábito, la imitación inconsciente,
la pereza mental, contribuyen a crear el equívoco. Y
cuando a la razón rigurosamente
lógica se adhiere, pongamos, el respeto y el amor
hacia determinados ideales, ¿es
siempre sincera la referencia que de ellos hacemos a
la razón? ¿Está siempre en la
razón pura, desinteresada, el origen verdadero y
único de la elección de los ideales y
de la perseverancia en cultivarlos? ¿O no será más
conforme a la realidad sospechar
que éstos son juzgados, no con un criterio objetivo
y racional, sino más bien de
acuerdo con especiales impulsos afectivos y oscuras
tendencias?
Las barreras, los límites que ponemos a nuestra
conciencia, son también ilusiones,
son las condiciones de la apariencia de nuestra
individualidad relativa; pero, en
realidad, esos límites no existen. No sólo nosotros,
tal como ahora somos, vivimos en
nosotros mismos, sino también nosotros, tal como
fuimos en otros tiempos, vivimos
aún y sentimos y razonamos con pensamientos y
afectos oscurecidos, borrados,
apagados en nuestra conciencia presente a causa de
un largo olvido, pero que pueden
aún dar señales de vida ante un choque, un tumulto
imprevisto del espíritu,
mostrándonos vivo en nosotros a otro ser
insospechado. Los límites de nuestra
memoria personal y consciente no son límites
absolutos. Más allá de esa línea hay
recuerdos, percepciones y razonamientos. Lo que
sabemos de nosotros mismos no es
más que una parte, tal vez una pequeñísima parte de
lo que somos. Y en ciertos
momentos excepcionales sorprendemos en nosotros
mismos muchas cosas,
percepciones, razonamientos, estados de conciencia,
que están verdaderamente más
allá de los límites relativos de nuestra existencia
normal y consciente. Algunos ideales
que creemos ya muertos en nosotros e incapaces de
ninguna acción sobre nuestro
pensamiento, nuestros afectos, nuestros actos, acaso
persisten aún, aunque no en su
forma intelectual pura, sí en su substrato,
constituido por las tendencias afectivas y
prácticas. Y ciertas tendencias de las que nos
creíamos liberados pueden ser motivos
reales de acción, y, en cambio, pueden no tener
ninguna eficacia práctica en nosotros,
sino ilusoria, creencias nuevas que consideramos
poseer de verdad, íntimamente.
Precisamente las diversas tendencias que contraseñan
la personalidad hacen pensar
en serio que el alma individual no es una. ¿Cómo
afirmar que es una, en efecto, si
pasión y razón, instinto y voluntad, tendencias e
ideales, constituyen, en cierto modo,
otros tantos sistemas distintos y móviles que hacen
que el individuo, viviendo ora uno
ora otro de éstos, ora algún compromiso entre dos o
más orientaciones psíquicas,
aparezca como si en él realmente hubiera varias
almas diversas e incluso opuestas,
varias y opuestas personalidades?
No hay hombre, observó Pascal, que difiera tanto de
otro como de sí mismo en el
transcurso del tiempo.
La simplicidad del alma contradice el concepto
histórico del alma humana. Su vida es
equilibrio inestable; es un constante resurgir y
adormecerse de afectos, tendencias,
ideas; un incesante fluctuar entre términos
contradictorios, y un oscilar entre polos
opuestos, como la esperanza y el miedo, lo verdadero
y lo falso, lo bello y lo feo, lo
justo y lo injusto y así sucesivamente. Si de
repente se dibuja en la oscura imagen del
porvenir un luminoso proyecto de acción, o brilla
vagamente la flor del placer, no tarda
en aparecer, vindicador de los derechos de la
experiencia, el pensamiento del pasado,
muchas veces sombrío y triste; o interviene para
frenar la briosa fantasía el
sentimiento porfiado del presente. Esta lucha de
recuerdos, de esperanzas, de
presentimientos, de percepciones, de ideales, puede
representarse como una lucha de lmas que se disputan el dominio pleno y definitivo
de la personalidad. Véase en el
libro de Alfredo Binet Les altérations de la
personnalité la reseña de maravillosos
experimentos psico-fisiológicos de los que tantas
consideraciones se pueden sacar,
como observaba G. Negri en su libro Segni dei Tempi.
He aquí un alto funcionario que se considera, y lo
es de verdad, pobrecillo, un
caballero. En él domina el alma moral. Pero un buen
día, el alma instintiva, que es
como la bestia original que acecha en el fondo de
cada uno de nosotros, da un
puntapié al alma moral, y aquel caballero roba.
¡Oh!, él mismo, pobrecillo, él mismo es
el primero, poco después, en asombrarse de ello, y
llora, se pregunta, desesperado:
¿Cómo, cómo he podido hacerlo? Pues sí, señores, ha
robado. ¿Y aquel otro? Un
hombre bueno, es más, buenísimo: sí señores, ha
matado. El ideal moral constituía en
su personalidad un alma que contrastaba con el alma
instintiva y también en parte, con
la afectiva o pasional; constituía un alma adquirida
que luchaba con el alma
hereditaria, la cual, abandonada un poco a sí misma,
de improviso ha robado, ha
delinquido.
La vida es un flujo continuo que nosotros intentamos
detener, fijar en formas estables
y determinadas, dentro y fuera de nosotros, porque
nosotros ya somos formas fijadas,
formas que se mueven entre otras inmóviles, y que
pueden seguir, sin embargo, el
flujo de la vida, hasta que, haciéndose cada vez más
rígido, el movimiento, poco a
poco disminuido, cesa. Las formas en que intentamos
detener, fijar en nosotros este
flujo continuo, son los conceptos, son los ideales
con los que quisiéramos
mantenernos coherentes, las ficciones que nos
creamos, las condiciones, el estado en
que tendemos a establecernos. Pero dentro de
nosotros mismos, en lo que llamamos
alma, y que es la vida en nosotros, el flujo
prosigue, indistinto, más allá de los límites
que nosotros le imponemos al formar una conciencia y
construir una personalidad. En
algunos momentos tempestuosos, todas aquellas formas
ficticias, embestidas por el
flujo, se derrumban míseramente; y hasta aquello que
no discurre más allá de los
límites, pero que se nos muestra distinto y que
hemos canalizado cuidadosamente en
nuestros afectos, en los deberes que nos hemos
impuesto, en las costumbres que nos
hemos trazado, en ciertos momentos de inundación se
desborda y lo altera todo.
Hay almas inquietas, casi en estado de fusión
constante, que no quieren reprimirse,
entumecerse en una forma determinada de
personalidad. Pero la fusión siempre es
posible incluso para aquellas más quietas, que han
adoptado una forma u otra: el flujo
de la vida está en todas.
Y para todas, empero, puede acaso representar una
tortura, con respecto al alma que
se mueve y funde en él, nuestro propio cuerpo fijado
para siempre en formas
inmutables. ¿Por qué tenemos que ser precisamente
así? -nos preguntamos a veces
ante el espejo-, ¿con esta cara, con este cuerpo?
Inconscientemente levantamos una
mano, y el gesto se nos queda en suspenso. Nos
parece extraño que lo hayamos
hecho nosotros. Nos vemos vivir. Con ese gesto en
suspenso podemos parecernos a
una estatua; a aquella estatua de orador antiguo,
por ejemplo, que se ve en una
hornacina, subiendo por la escalinata del Quirinal.
Con un rollo de papel en una mano
y la otra levantada con gesto sobrio, ¡qué afligido
y maravillado parece estar aquel
orador antiguo de haberse quedado allí, en piedra,
por todos los siglos, en suspenso
en aquella postura, ante tanta gente que ha subido,
sube y subirá por aquella
escalinata!
En algunos momentos de silencio interior, en que
nuestra alma se despoja de todas
las ficciones habituales y nuestros ojos se vuelven
más agudos y penetrantes, nos
vemos a nosotros mismos en la vida, y a ésta en sí
misma, casi en una árida
desnudez inquietante; sentimos que nos asalta una
extraña impresión, como si, en un
relámpago, se nos iluminara una verdad distinta de
la que normalmente percibimos,
una realidad viva más allá de la vista humana, fuera
de las formas de la humana
razón. Entonces, la trabazón de la existencia
cotidiana, casi suspendida en el vacío de
ese silencio interior nuestro, se nos aparece
lúcidamente privada de sentido, privada
de finalidad; y esa realidad distinta nos parece
horrible en su crueldad impasible y
misteriosa, ya que todas nuestras habituales
relaciones ficticias de sentimientos e
imágenes se han escindido y disuelto en ella. El
vacío interior se ensancha, supera los
límites de nuestro cuerpo, se convierte en un vacío
a nuestro alrededor, un vacío
extraño, como si el tiempo y la vida se detuvieran,
como si nuestro silencio interior
cayera en los abismos del misterio. Con un esfuerzo
supremo intentamos entonces
readquirir la conciencia normal de las cosas, trabar
con ellas las relaciones
acostumbradas, reconectar las ideas, volver a
sentimos vivos como antes, de la
manera acostumbrada. Pero ya no podemos dar fe a
esta conciencia normal, a estas
ideas reconectadas, a este sentimiento habitual de
la vida, porque sabemos que son
un engaño nuestro para vivir y que por debajo hay
algo diferente, a lo que el hombre
no puede asomarse, so pena de morir o enloquecer. Ha
sido un instante; pero su
impresión perdura largamente en nosotros, como de
vértigo, con la que contrasta la
estabilidad, aunque sea vana, de las cosas:
ambiciones o míseras apariencias. La
vida, entonces, que rueda pequeña, habitual, entre
estas apariencias nos parece que
ya no es verdad, que es como una fantasmagoría
mecánica. ¿Cómo darle
importancia? ¿Cómo tenerle respeto?
Hoy somos; mañana, no. ¿Qué cara nos han dado para
representar el papel de vivo?
¿Una fea nariz? ¡Qué pena tener que llevar por toda
la vida una nariz fea...! Suerte
que, con el tiempo, ya no nos damos cuenta. Los
otros sí se dan cuenta, es verdad,
incluso cuando nosotros hemos llegado a creer que
teníamos una nariz bonita. Y
entonces ya no sabemos explicamos por qué los demás,
al mirarnos, se ríen. ¡Qué
estúpidos son! Consolémonos contemplando las orejas
que tiene aquél y los labios de
aquel otro; los cuales no se dan cuenta de que los
tienen y se atreven a reírse de
nosotros. Máscaras, máscaras... Duran lo que un
soplo, para ceder el puesto a otras.
Aquel pobre cojo de allí ¿quién es? Corre hacia la
muerte con muletas... La vida, aquí,
aplasta el pie a uno, saca allí un ojo a otro...
Pierna de madera, ojo de vidrio, ¡y
adelante! Cada uno se enmienda la máscara lo mejor
que puede..., la máscara
exterior. Porque dentro está la otra, que muchas
veces no está de acuerdo con la de
fuera. ¡Y nada es verdad! Verdad el mar, si; verdad
la montaña; verdad la piedra;
verdad la brizna de hierba; ¿pero el hombre? Siempre
disfrazado, sin saberlo, de
aquello que de buena fe cree ser: guapo, bueno,
gracioso, generoso, infeliz, etc. Y
esto, si lo pensamos, da risa. Sí, porque un perro,
pongamos, ¿qué hace cuando se le
ha pasado el primer hervor de la vida?: cierra los
ojos, paciente, y deja que el tiempo
pase, frío si es frío, caliente si es caliente; y si
le dan un puntapié lo toma, porque es
señal de que también le tocaba esto. ¿Pero el
hombre? Hasta de viejo, siempre con el
hervor; delira y no se da cuenta; no puede
prescindir de adoptar una postura, incluso
ante sí mismo, y se imagina muchas cosas que
necesita creer que son verdad y
tomárselas en serio.
11.
La lógica extrae las ideas de los sentimientos y
tiende a dar valor absoluto a
lo que es relativo
En esto le ayuda cierta maquinilla infernal que la
naturaleza le regaló y montó en su
interior, para darle muestras de su benevolencia.
Los hombres, por su salud, hubieran
tenido que dejar que se oxidara, sin moverla, sin
tocarla nunca. ¡Pero qué va! Algunos
se han mostrado tan orgullosos de poseerla y se han
sentido tan felices de ello que se
han puesto a perfeccionarla con celo furioso. Y
Aristóteles llegó incluso a escribir un
libro sobre ella, un gracioso tratado que aún se
utiliza en las escuelas, para que los
niños aprendan prontamente y bien a jugar con ella.
Es una especie de bomba con
filtro que pone en comunicación el corazón con el
cerebro.
Los señores filósofos la llaman LÓGICA.
Gracias a ella el cerebro absorbe los sentimientos
del corazón y saca de ellos las
ideas. A través del filtro, el sentimiento deja
cuanto tiene en sí de caliente, de turbio: se
refriega, se purifica, se i-de-a-li-za. De ese modo
un pobre sentimiento, provocado por
un caso particular, por una contingencia cualquiera,
muchas veces dolorosa, absorbido
y filtrado por el cerebro mediante aquella
maquinilla, se convierte en idea abstracta; ¿y
qué se deduce de ello? Se deduce que no debemos
afligirnos solamente por ese caso
particular, por esa contingencia pasajera, sino que
debemos intoxicamos la vida con el
extracto concentrado, con el sublimado corrosivo de
la deducción lógica. Y muchos
desgraciados creen que así curan todos los males de
que está lleno el mundo, y
absorben y filtran, absorben y filtran, hasta que el
corazón se les queda árido como un
pedazo de corcho y su cerebro es como un anaquel de
farmacia lleno de pomos que
llevan una etiqueta negra con una calavera entre dos
tibias cruzadas y la leyenda
VENENO.
El hombre no tiene de la vida una idea, una noción
absoluta, sino un sentimiento
mutable y vario, según los tiempos, los casos, la
fortuna. Ahora bien: la lógica, al
extraer las ideas de los sentimientos, tiende a
fijar lo que es móvil, mutable, fluido;
tiende a dar un valor absoluto a lo que es relativo.
Y agrava un mal grave ya por sí
mismo. Porque la primera raíz de nuestro mal está
precisamente en este sentimiento
que tenemos de la vida. El árbol vive y no se
siente: para él la tierra, el sol, el aire, la
luz, el viento, la lluvia, no son cosas que él no
sea. En cambio, al hombre, al nacer, le
ha tocado el triste privilegio de sentirse vivir,
con la hermosa ilusión que resulta de ello:
la de tomar como una realidad fuera de sí mismo este
sentimiento interior que tiene de
la vida, mutable y vario.
Los antiguos crearon la leyenda de que Prometeo robó
una chispa del sol para
regalársela a los hombres. Ahora bien: el
sentimiento que tenemos de la vida es
precisamente esta chispa prometeica. Ella nos hace
ver perdidos en la tierra; ella
proyecta alrededor de nosotros un círculo más o
menos amplio de luz, más allá del
cual está la sombra negra, la sombra pavorosa que no
existiría si la chispa no hubiera
prendido en nosotros; sombra que nosotros, en
cambio, debemos, desgraciadamente,
tener por verdadera, mientras que aquella chispa se
nos mantenga viva en el pecho.
Apagada finalmente por el soplo de la muerte, ¿nos
acogerá de verdad aquella
sombra ficticia, nos acogerá la noche perpetua
después del día brumoso de nuestra
ilusión, o permaneceremos a merced del Señor, que
habrá roto solamente las vanas
formas de la razón humana? Toda esa sombra, el
enorme misterio sobre el que tantos
filósofos han especulado en vano y que ahora la
ciencia, si bien ha renunciado a indagarla,
no excluye, ¿no será, en el fondo, un engaño como
otro cualquiera, un engaño
de nuestra mente, una fantasía que no se encarna? En
resumen, ¿y si todo este
misterio no existiera fuera de nosotros, sino
solamente en nosotros, y necesariamente,
por el famoso sentimiento que tenemos de la vida? ¿Y
si la muerte fuera solamente el
soplo que apaga en nosotros este sentimiento penoso,
pavoroso, porque es limitado,
está definido por este cerco de sombra ficticia más
allá del breve espacio de la escasa
luz que proyectamos a nuestro alrededor, en el que
nuestra vida está como presa,
como excluida durante algún tiempo de la vida
universal, eterna, a la que nos parece
que un día tendremos que volver, mientras que
estamos en ella y siempre estaremos,
pero sin este sentimiento de exilio que nos
angustia? ¿No es también aquí ilusorio el
límite, y relativo a nuestra poca luz, a la luz de
nuestra individualidad? Tal vez siempre
hayamos vivido y siempre viviremos con el universo;
tal vez, incluso ahora, en esta
forma nuestra, participamos en todas las
manifestaciones del universo; tal vez no lo
sabemos, no lo vemos, porque, desgraciadamente,
aquella chispa que Prometeo nos
regaló nos hace ver solamente aquello a que alcanza.
Y mañana un humorista podría representar a Prometeo
en el Cáucaso considerando
melancólicamente su antorcha encendida y viendo en
ella, finalmente, la causa fatal
de su suplicio infinito. Finalmente se ha dado
cuenta de que Júpiter no es más que un
vano fantasma suyo, un miserable engaño, la sombra
de su propio cuerpo que se
proyecta gigantesca en el cielo, a causa,
precisamente, de la antorcha que tiene
encendida en la mano. Con una única condición
Júpiter podría desaparecer: con la
condición de que Prometeo apagara su antorcha. Pero,
no sabe hacerlo, no quiere, no
puede. Y la sombra sigue allí, pavorosa y tirana,
para todos los hombres que no logran
darse cuenta del fatal engaño.
Así el contraste se nos presenta inevitable,
imprescindible, como la sombra del cuerpo.
En esta rápida visión humorística, lo hemos visto
ensancharse, superar los límites de
nuestro ser individual, donde tiene las raíces, y
extenderse todo alrededor. Lo ha
descubierto la reflexión, que en todo ve una
construcción ilusoria, falsa o ficticia del
sentimiento, la cual desmonta y descompone con
análisis agudo, sutil y minucioso.
Uno de los mayores humoristas, sin saberlo, fue
Copérnico, que desmontó no
propiamente la máquina del universo, sino la
orgullosa imagen que nos habíamos
hecho de él. Léase aquel diálogo de Leopardi que
lleva precisamente como título el
nombre del canónigo polaco.
Nos dio el golpe de gracia el descubrimiento del
telescopio. Otra maquinilla infernal
que puede emparejarse con la que nos regaló la
naturaleza. Pero ésta la inventarnos
nosotros, para no ser menos. Mientras que el ojo
mira por la lente más pequeña y ve
grande aquello, que la naturaleza,
providencialmente, quería que viéramos pequeño,
¿qué hace nuestra alma? Salta para mirar por arriba,
por la lente mayor, y el
telescopio, entonces, se convierte en un terrible
instrumento que destruye la, tierra, el
hombre y todas nuestras glorias y grandezas.
Suerte que es propio de la reflexión humorística
provocar el sentimiento de lo
contrario, el cual, en este caso, dice: ¿Pero es
realmente tan pequeño el hombre como
nos lo hace ver el telescopio puesto del revés? Si
es capaz de entender y concebir su
pequeñez, quiere decir que entiende y concibe la
infinita grandeza del universo.¿Cómo
se puede llamar, pues, pequeño al hombre?
Pero también es verdad que si se siente grande y
humorista se entera de ello, puede
sucederle lo que le sucedió a Gulliver, gigante en
Liliput y muñeco entre las manos de
los gigantes de Brobdingnag.
12.
El poeta compone un carácter; el humorista lo
descompone en sus
elementos
De cuanto hemos dicho hasta ahora sobre la especial
actividad de la reflexión en el
humorista, se deduce claramente cuál es el íntimo
proceso del arte humorístico.
El arte también, como todas las construcciones
ideales ilusorias, tiende a fijar la vida.
La fija en un momento o en varios momentos
determinados: la estatua de un gesto, el
paisaje en un aspecto temporal, inmutable. Pero ¿y
la perpetua movilidad de los
aspectos sucesivos? ¿Y la constante fusión en que se
encuentran las almas?
El arte, en general, abstrae y concentra, es decir,
toma y representa, tanto de los
individuos como de las cosas, la idealidad esencial
y característica. Ahora bien: al
humorista le parece que todo eso simplifica
demasiado la naturaleza y tiende a hacer
demasiado razonable, o por lo menos demasiado
coherente, la vida. Y le parece que
el arte no tiene en cuenta como debiera aquellas
causas, aquellas causas verdaderas
que suelen llevar la pobre alma humana a realizar
los actos más inconsuetos,
absolutamente imprevisibles. Para el humorista las
causas en la vida nunca son tan
lógicas, tan ordenadas, como en nuestras obras
artísticas corrientes, en las que, en el
fondo, todo está combinado, engranado, ordenado para
los fines que el escritor se ha
propuesto.
¿El orden? ¿La coherencia? ¡Pero si tenemos dentro
cuatro, cinco almas que luchan
entre sí: el alma instintiva, el alma moral, el alma
afectiva, el alma social! Y según
domine una u otra, toma posiciones nuestra
conciencia; y consideramos válida y
sincera esa interpretación ficticia de nosotros
mismos, de nuestro ser interior que
ignoramos, porque no se manifiesta nunca entero,
sino unas veces de un modo, otrasde otro, como exigen los casos de la vida.
Sí, un poeta épico o dramático puede representar a
un héroe suyo en el que se ven en
lucha elementos opuestos y repugnantes; pero con
estos elementos compondrá un
carácter y querrá que sea coherente en todos sus
actos. Pues bien, el humorista hace
todo lo contrario: descompone el carácter en sus
elementos, y así como aquél procura
mostrarlo coherente en todos los actos, éste se
divierte representándolo en sus
incongruencias.
El humorista no reconoce héroes, o mejor dicho, deja
que los demás los representen.
El sabe qué es la leyenda y cómo se forma, qué es la
historia y cómo se forma. Todo
composiciones más o menos ideales, y acaso tanto más
ideales cuanto más
pretensiones tienen de realidad. Composiciones que
se divierte en descomponer,
aunque no se pueda decir que sea una diversión
agradable.
El humorista ve el mundo, aunque no propiamente
desnudo, por lo menos en camisa:
en camisa el rey, que tan buena impresión causa
cuando se le ve compuesto en la
majestad de su trono con el cetro, la corona, el
manto de púrpura y el armiño; y no
compongáis con demasiada pompa los muertos en las
cámaras ardientes sobre sus
catafalcos, porque el humorista es capaz de no
respetar ni esta composición, ni este
aparato; es capaz de sorprender, por ejemplo, en
medio de la compunción de los
asistentes, en aquel muerto, frío y duro, pero
condecorado y vestido de levita, una
especie de borboteo lúgubre en el vientre, y de exclamar (porque ciertas cosas se
dicen mejor en latín):
-Digestio post mortem.
También aquellos soldados austriacos de la poesía de
Giusti, de que hemos hablado
antes, son en la visión del poeta otros tantos
pobres hombres en camisa; es decir,
están despojados de sus odiosos uniformes, en los
que el poeta ve un símbolo de la
esclavitud de su patria. Esos uniformes componen en
el ánimo del poeta una
representación ideal de la patria esclavizada; la
reflexión descompone esta
representación, desnuda a aquellos soldados y ve en
ellos a una pandilla de pobres
hombres tristes y burlados.
«El hombre es un animal vestido -dice Carlyle en su
Sartor Resartus-, la sociedad
tiene como base el vestuario.» Y el vestuario
compone también, compone y esconde:
dos cosas que el humorismo no puede sufrir.
La vida desnuda, la naturaleza sin ningúnorden por
lo menos aparente, llena de
contradicciones, le parece al humorista muy lejana
de la trabazón ideal de las
concepciones artísticas comunes, en el que todos los
elementos, de modo visible, se
mantienen mutuamente y mutuamente cooperan.
En la realidad verdadera, las acciones que ponen de
relieve un carácter se recortan
sobre un fondo de vicisitudes ordinarias, de
detalles comunes. Pues bien, los
escritores, en general, no se valen de ellos, o poco
les importan, como si estas
vicisitudes, estos detalles no tuvieran ningún valor
y fueran inútiles y perfectamente
omitibles. El humorista, en cambio, los atesora. ¿No
se encuentra, acaso, en la
naturaleza, el oro mezclado con la tierra? Pues
bien, los escritores ordinariamente
desprecian la tierra y presentan el oro en monedas
nuevas, bien colado, bien fundido,
bien pesado y con su marca y su escudo bien
impresos. Pero el humorista sabe que
las vicisitudes ordinarias, los detalles comunes, la
materialidad de la vida, en suma,
tan varia y compleja, contradicen ásperamente esas
simplificaciones ideales, obligan a
acciones, inspiran pensamientos y sentimientos
contrarios a toda esa lógica armoniosa
de los hechos y los caracteres concebidos por los
escritores ordinarios. ¿Y lo que hay
de imprevisto en la vida? ¿Y el abismo que existe en
las almas? ¿Acaso no sentimos
muchas veces moverse dentro de nosotros pensamientos
extraños, casi como
relámpagos de locura, pensamientos inconsecuentes,
inconfesables incluso a nosotros
mismos, como surgidos realmente de un alma distinta
de aquella que normalmente
nos reconocernos? De ahí que en el humorismo se
encuentre toda esa búsqueda de
los detalles más íntimos y pequeños, que pueden
incluso parecer vulgares y triviales si
se comparan con las síntesis idealizadoras del arte
en general, y aquella búsqueda de
los contrastes y de las contradicciones, sobre la
que se basa su obra, en oposición a la
coherencia buscada por los demás; de ahí aquello que
tiene de descompuesto, de
desligado, de caprichoso, todas aquellas digresiones
que se notan en la obra
humorística, en oposición al mecanismo ordenado, a
la composición de la obra de arte
en general.
Son fruto de la reflexión que descompone: «Si la
nariz de Cleopatra hubiera sido más
larga, la historia del mundo no habría sido la
misma.» Y este si, esta minúscula
partícula que puede clavarse, meterse como una cuña
en todas las vicisitudes,
¡cuántas y qué disgregaciones puede producir, de
cuántas descomposiciones puede
ser causa, en mano de un humorista como, por
ejemplo, Sterne, que veía regulado
todo el mundo por lo infinitamente pequeño!
Resumiendo, el humorismo consiste en el sentimiento
de lo contrario, producido por la
especial actividad de la reflexión, que no se
oculta, que no se convierte, como suele
suceder ordinariamente en el arte, en una forma del
sentimiento, sino en su contrario,
aunque siguiendo paso a paso el sentimiento como la
sombra al cuerpo. El artista
ordinario se preocupa del cuerpo solamente; el
humorista tiene en cuenta el cuerpo y
la sombra, y tal vez más la sombra que el cuerpo; se
da cuenta de todas las bromas
de esta sombra, de cómo a veces se estira y otras se
encoge, como si remedara al
cuerpo, que mientras tanto no la calcula ni se
preocupa de ella.
En las representaciones cómicas medievales del
diablo, encontramos a un estudiante
que, para burlarse de él, le pide que atrape su
propia sombra en la pared. Quien
representó este diablo no era ciertamente un
humorista. El humorista sabe
perfectamente cuánto vale una sombra: que lo diga el
Peter Schlemiel, de Chamisso.
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