Luigi Pirandello (1867-1936)
EL HOMBRE DE LA FLOR EN LA BOCA

(L'uomo dal fiore in bocca - 1923)
Traducción de Idelfonso
Grande, Miguel Bosch Barret para Plaza & Janés
Nota. Hacia el final, cuando se indique, asomará dos veces
la cabeza, desde la esquina, una sombra de mujer vestida de
negro, con un viejo sombrero de plumas lloronas.
Se ven al fondo los árboles de una avenida. Lámparas
eléctricas se divisan entre las hojas. A los lados, las
últimas casas de una calle que empalma con la avenida. A la
izquierda, un mísero café nocturno con veladores en la acera.
Delante de la casa de la derecha, una bombilla encendida. En
el ángulo de la última casa de la izquierda, que hace
esquina con la avenida una farola también encendida. Es un
poco después de medianoche. A intervalos, se oirá lejano el
sonido tintineante de una mandolina.
Al levantarse el telón, EL HOMBRE DE LA FLOR EN LA BOCA
sentado a uno de los veladores, observa largo rato en
silencio al PARROQUIANO PACÍFICO, que, en el velador de al
lado, está chupando con la paja un jarabe de menta.
EL HOMBRE DE LA FLOR EN LA BOCA: iAh! Estaba por
decirlo; usted es un hombre pacífico... ¿Ha perdido usted el
tren?
EL PARROQUIANO PACÍFICO: Por un minuto, ¿sabe? Llego
a la estación y me lo veo escapar delante.
HOMBRE: Podía usted haber corrido detrás.
PARROQUIANO: Claro. Es para reírse. Ya lo sé. Si no
hubiera sido por el engorro de tantos paquetes, paquetitos y
envoltorios... ¡Más cargado que un asno! Pero las mujeres...
Empiezan a darle encargos y no acaban nunca. Créame usted:
al apearme del coche, tardé tres minutos en colgarme de los
dedos los lacitos de todos aquellos paquetes. Dos para cada
dedo.
HOMBRE: ¡Debió de ser bonito! ¿Sabe lo que hubiera
hecho yo? Dejármelos en el coche.
PARROQUIANO: ¡Ya, ya! ¿Y mi mujer? ¿Y mis hijas? ¿Y
todas sus amigas?
HOMBRE: ¡Habrían puesto el grito en el cielo! Y yo me
hubiera divertido la mar.
PARROQUIANO: ¡Usted no sabe lo que son las mujeres
cuando están de veraneo!
HOMBRE: ¡Claro que lo sé! ¡Precisamente porque lo sé!
(Pausa) Todas dicen que no van a necesitar nada.
PARROQUIANO: ¿Sólo eso? Son capaces de decir que van
para hacer ahorros. Pero luego, apenas llegan al pueblecito
de los alrededores, cuanto más feo, más sucio y más pobre
sea, más prisa se dan a embellecerlo poniéndose sus más
vistosos adornos. ¡Ah, las mujeres, caballero! Pero, después
de todo, esa es su profesión... «¿Por qué no haces una
escapadita a ciudad, querido? Es que yo necesitaría esto...
o lo otro... Y, ya que vas, si no te molesta -vale un mundo
ese «si no te molesta... » -Y ya, de paso, nada te cuesta...»
- «Pero, hija mía, ¿cómo quieres que en tres horas haga
todos esos encargos?» - «iVamos, calla! Cogiendo un
coche...» Y lo peor es que, como vine sólo para tres horas,
no me traje la llave de casa.
HOMBRE: ¡Esa es buena! ¿Y por eso...?
PARROQUIANO: Dejé aquella montaña de paquetes en la
consigna de la estación; me fui a cenar a una fonda, y luego,
para quitarme el mal humor, al teatro. Se asaba uno de
calor. A la salida, me digo: «¿Qué hago?: es la una; a las
cuatro cojo el primer tren. No vale la pena acostarse.» Y me
vine aquí. Este café no cierra, ¿verdad?
HOMBRE: No cierra, no, señor. (Pausa) ¿Así que dejó
usted todos aquellos paquetes en la estación?
PARROQUIANO: ¿No estarán seguros allí? Estaban todos
bien atados...
HOMBRE: No, no. No lo digo por eso. (Pausa) Ya me
imagino que estarán bien atados: con ese arte especial que
ponen los jóvenes dependientes para envolver la mercancía
vendida...
(Pausa) ¡Qué manos! Un buen pliego, grande, de papel doblado,
liso... que da gusto verlo; tan fino, que dan ganas de poner
en él la cara para sentir su caricia... Lo extienden sobre
el mostrador; luego, con garbo y desenvoltura, colocan
encima, en medio, la tela, bien dobladita. Levantan primero,
con el dorso de la mano, un borde; luego, encima, doblan el
otro, y hacen todavía otra pequeña doblez, con gracia; una
doblez más, por amor al arte; luego doblan a los lados, en
forma de triángulo, y vuelven para abajo las dos puntas;
alargan la mano a la cajita del bramante; de un tirón,
desenrollan el trozo necesario, para atar el paquete; y lo
atan tan de prisa, que ni siquiera ha tenido uno tiempo de
admirar aquella habilidad, cuando le presentan el paquetito
con la lazada dispuesta para colgarla de un dedo.
PARROQUIANO: Se ve que ha prestado usted mucha
atención a los jóvenes dependientes.
HOMBRE: ¿Yo? Caballero: me he pasado jornadas enteras
observándolos. Soy capaz de estarme una hora mirando una
tienda a través del escaparate. Allí se me vida todo. Me
parece ser... quisiera realmente ser aquella tela de seda...
aquel bordado, aquella cinta roja azul celeste que los
jóvenes de la mercería han medido con el metro, y luego...
¿ha visto cómo hacen?: la recogen formando un ocho alrededor
del pulgar y el meñique de la mano izquierda, antes de
envolverla. (Pausa) Miro al cliente o a la cliente que salen
de la tienda con el paquete colgado de un dedo, o en la
mano, bajo el brazo ... Los sigo con la mirada hasta que se
pierden de vista... imaginándome... ¡ah! ¡cuántas cosas
imagino! No puede usted hacerse una idea. (Pausa.)
Luego, taciturno, como hablando consigo mismo) Pero me sirve.
Me sirve esto.
PARROQUIANO: ¿Le sirve? ¿El qué... ? Y perdone...
HOMBRE: Agarrarme así, con la imaginación... A la
vida. Como una enredadera a los barrotes de una reja (Pausa)
¡Ah! No dar un momento de reposo a la imaginación:
adherirse... adherirse con ella a la vida de los demás...
pero no de la gente que conozco. No, no. ¡A esa no podría!
Siento un fastidio, ¡si usted supiera! Verdadera náusea. ¡A
la vida de los extraños, en torno a los cuales mi
imaginación puede trabajar libremente; pero no a capricho,
sino más bien teniendo en cuenta las menores apariencias
descubiertas; en éste o en aquél! ¡Y si supiera usted cómo
trabajo, y hasta dónde consigo penetrar! Veo la casa de éste
o del otro; vivo en ella; me siento allí como en la mía,
hasta percibir... ese aliento particular que tiene cada
casa: la de usted, la mía. Pero en la nuestra... nosotros ya
no lo notamos, porque es el mismo aliento de nuestra vida.
¿Me explico? ¡Ah! Veo que usted dice que sí...
PARROQUIANO: Sí, porque... Digo que debe ser un gran
placer el que usted siente imaginando tantas cosas...
HOMBRE: (Con fastidio, después de haber pensado un
poco) ¿Placer? ¿Yo?
PARROQUIANO: Claro... Me figuro...
HOMBRE: Dígame: ¿ha estado alguna vez en la consulta
de algún buen médico?
PARROQUIANO: No. ¿Por qué? ¡Gozo de perfecta salud!
HOMBRE: ¡No se alarme! Se lo pregunto, por saber si
ha visto usted alguna vez en casa de esos médicos famosos,
la sala donde los clientes esperan su turno para ser
examinados.
PARROQUIANO: ¡Ah, sí! Una vez tuve que acompañar a
una hija mía que padecía de los nervios.
HOMBRE: Bien. No quiero enterarme. Digo, aquellas
salas... (Pausa) ¿Se ha fijado en ellas? Divanes oscuros,
anticuados... Aquellas sillas con tela acolchada, que a
veces no hacen juego... aquellos silloncitos... Es mercancía
comprada de ocasión, de segunda mano puesta allí para los
clientes; no pertenecen a la casa. El señor doctor tiene
para él, para las amigas de su mujer, un salón muy diferente:
rico, hermoso. ¡Quién sabe cómo gritaría cualquier silla,
cualquier butaquilla de aquel salón, si la trajeran a la
sala de espera de clientes, donde bastan esos otros muebles...
decentes, sobrios! Me gustaría saber si usted, cuando fue
con su hija, observó atentamente los sillones y sillas donde
estuvieron sentados, esperando.
PARROQUIANO: Pues... yo... la verdad, no...
HOMBRE: Claro. Porque no estaba enfermo. (Pausa)
Pero, muchas veces, ni siquiera los enfermos se fijan,
preocupados como están con su enfermedad. (Pausa) Y sin
embargo... ¡cuántas veces están allí algunos mirándose el
dedo que hace signos sin sentido sobre el brazo lustroso del
sillón en donde están sentados! Están pensando y no ven.
(Pausa.) Pero, al atravesar la sala, cuando se sale de la
consulta, ¡qué efecto hace volver a ver la silla, en la cual
estuvimos sentados poco antes, en espera de la sentencia
sobre nuestra enfermedad, que todavía desconocíamos!
¡Encontrarla ocupada por otro cliente, que también está
enfermo y no sabe de qué; o allí, vacía, impasible,
esperando a que otro cliente venga a ocuparla...! (Pausa)
Pero ¿qué decíamos? ¡Ah, ya! El placer de la imaginación...
¡Quién sabe por qué me habré acordado de pronto de una de
esas sillas de la sala de casa del médico, donde los
enfermos esperan la hora de la consulta!
PARROQUIANO: Ya... Verdaderamente...
HOMBRE: ¿No ve usted la relación? Ni yo tampoco.
(Pausa) Pero es que ciertas asociaciones de imágenes lejanas
entre sí, son tan particulares en cada uno de nosotros, y
determinadas por razones y experiencias tan singulares...
que no podríamos entendernos unos a otros, si, al hablar, no
las suprimiéramos. Nada más ilógico, a veces, que esa
analogía. (Pausa) Pero, mire usted: la relación, quizá pueda
ser ésta: Sienten placer aquellas sillas, imaginándose quién
será el cliente que viene a sentarse en ellas, en espera de
consulta, qué enfermedad llevará dentro, adónde irá, qué
hará después de la consulta? Ningún placer. Pues eso me pasa
a mí: ¡ninguno! Las sillas están allí sólo para servir de
asiento a tantos clientes como lleguen. Pues algo así es mi
ocupación. Tan pronto me ocupo de una cosa como de otra. En
este momento me ocupo de usted, y, créame, no experimento
ningún placer por el tren que ha perdido, por la familia que
le espera donde veranea, por todo el fastidio que puedo
suponer en usted.
PARROQUIANO: ¡Y tanto! ¿Sabe?
HOMBRE: Dé usted gracias a Dios, si sólo es fastidio.
(Pausa) Hay cosas peores, caballero.
(Pausa) Yo le digo que necesito agarrarme con la imaginación
a la vida de los demás; pero así, sin placer, sin
interesarme siquiera... Más bien... para sentir un fastidio
para juzgarla tonta y vana, la vida, de manera que a ninguno
pueda importarle acabar. (Taciturno, con rabia) Y esto es
fácil de demostrar, ¿sabe?, con pruebas y ejemplos continuos,
en nosotros mismos, implacablemente. Porque, caballero, el
deseo de vivir no sabemos de qué está hecho; pero..., ahí
está, ahí está; lo sentimos todos aquí, como una angustia en
la garganta; y no se satisface nunca; no puede satisfacer
nunca, porque la vida, en el mismo acto en que la vivimos,
es siempre tan voraz de sí misma, que no se deja saborear.
El sabor está en el pasado que nos
queda vivo dentro. El deseo de vivir nos viene de eso: de
los recuerdos, que nos tienen atados.
Pero, ¿atados a qué?: a esta tontería..., a este
disgusto..., a tantas ilusiones estúpidas..., ocupaciones
insulsas... Sí, sí. Esto que ahora, aquí, es una tontería;
esto que ahora, aquí, es un aburrimiento; y llego hasta a
decir: esto que ahora parece una desventura, una verdadera
desventura... sí, señor..., a la distancia de cuatro, cinco,
diez años, ¡quién sabe qué sabor adquirirá..., qué gusto
tendrán las lágrimas de ahora! Y la vida, ¡Dios mío!, al
solo pensamiento de perderla..., especialmente cuando se
sabe que es cuestión de días... (En este momento por la
esquina de la izquierda, asoma la cabeza, para espiar, la
mujer vestida de negro) ¡Mire...! ¿Ve usted allí? Allí, en
aquella esquina.... ¿ve usted aquella sombra de mujer?
¡Mire! ¡Ya se escondió!
PARROQUIANO: ¿Cómo? ¿Quién..., quién era?
HOMBRE: ¿No la ha visto? Se ha escondido.
PARROQUIANO: ¿Una mujer?
HOMBRE: Mi mujer, sí.
PARROQUIANO: ¡Ah! ¿Su señora?
HOMBRE: (Después de una pausa) Me vigila desde lejos.
Iría a echarla de allí a patadas; pero sería inútil. Es como
uno de esos perros perdidos, obstinados, que, cuanto más
patadas se les da, más se nos pegan a los talones. (Pausa)
Lo que esa mujer está sufriendo por mí..., usted no puede
imaginárselo. Ya ni come, ni duerme. Viene siempre detrás de
mí, día y noche, así, a distancia. Y..., si al menos se
preocupara de cepillarse ese andrajo que lleva en la cabeza,
ese vestido... Ya no parece una mujer; parece el trapo de
limpiar. Se le han empolvado para siempre los cabellos,
aquí, en las sienes; y apenas si tiene treinta y cuatro
años. (Pausa) Me da una rabia, que no puede usted
figurárselo. A veces la cojo por los hombros y le grito en
la cara: «¡Estúpida!», zarandeándola. Se aguanta con todo.
Se queda allí, mirándome, con unos ojos... Con unos ojos
que, se lo juro, me hacen venir a los dedos un deseo salvaje
de ahogarla. Nada. Espera a que me aleje para ponerse otra
vez a seguirme a distancia. (La mujer se asoma de nuevo)
¡Mire! ¡Otra vez asoma la cabeza en la esquina!
PARROQUIANO: ¡Pobre señora!
HOMBRE: ¡Qué pobre señora! Ella querría, ¿comprende?,
que yo me estuviera quieto en casa, tranquilo, acurrucado en
medio de todos sus amorosos y apasionados cuidados; gozando
del orden perfecto que reina en todas las habitaciones, de
la lindeza de todos los muebles; de aquel silencio de espejo
que había antes en mi casa, medido por el tictac del reloj
de péndulo del comedor. ¡Eso querría ella! Ahora, yo le
pregunto a usted, para hacerle comprender lo absurdo...,
¡qué digo, absurdo...! la macabra ferocidad de esa
pretensión; le pregunto si cree posible que las casas de
Avezzano, las casas de Messina, sabiendo que un terremoto
iba a destrozarlas dentro de poco, habrían podido estarse
allí tranquilamente, a la luz de la luna, ordenadas fila a
lo largo de calles y plazas, obedientes al plano regulador
de la comisión edilicia municipal. ¡Hasta las casas de
piedras y vigas se habrían escapado! ¿Se imagina usted a los
ciudadanos de Avezzano, a los de Messina, desnudándose
tranquilamente para acostarse, doblando sus ropas, colocando
los zapatos a la puerta de la habitación, tapándose bajo las
mantas y gozando la suavidad de las sábanas bordadas,
sabiendo que dentro de unas horas estarían todos muertos?
¿Le parece posible?
PARROQUIANO: Pero..., ¿acaso su señora...?
HOMBRE: ¡Déjeme hablar! Si la muerte, señor fuera
como uno de esos insectos extraños, repugnantes, que a veces
descubre uno encima de sí... Va usted por la calle; un
transeúnte lo para de improviso, y, con cautela, con los
dedos extendidos, le dice: «¿Me permite, caballero? Lleva
usted la muerte encima.» Y, con aquellos dos dedos
extendidos, la pilla y la arroja... ¡Sería magnífico! Pero
la muerte no es como esos insectos repugnantes. ¡Cuántos que
están paseándose, tan alegres y confiados, quizá la llevan
encima! Nadie la ve; y ellos están tranquilamente haciendo
proyectos para mañana o pasado mañana. Ahora, yo ... (Se
levanta)
¡Mire, caballero!, venga usted aquí ... (Lo hace levantarse
y lo lleva junto a la farola encendida), aquí, junto a esta
luz..., venga... Voy a enseñarle una cosa... Mire aquí,
debajo de mi bigote... ¿Ve usted esta acerola violácea?
¿Sabe cómo se llama esto? ¡Ah! Tiene un nombre dulcísimo...,
más dulce que un caramelo: epitelioma, se llama. Pronuncie
la palabra, y sentirá su dulzura: epitelioma...; la muerte,
¿comprende?, ha pasado. Me ha puesto esta flor en la boca, y
me ha dicho: «Tenla, querido: volveré a pasar dentro de ocho
o diez meses.» (Pausa) Ahora, dígame usted si con esta flor
en la boca, puedo estarme en casa tranquilo y quieto, como
quisiera aquella desgraciada. (Pausa) Le grito: «¿Ah, sí?
¿Quieres que te dé un beso?» «¡Sí, bésame!»
Pero, ¿no sabe usted lo que hizo la semana pasada? Con un
alfiler se arañó aquí, en el labio; luego me agarró la
cabeza y quería besarme... besarme en la boca.... porque
dice que quiere morirse conmigo. (Pausa) Está loca. (Luego,
con ira) ¡Yo no me estoy en casa! ¡Quiero estar detrás de
los escaparates de las tiendas, yo, para admirar la
habilidad de los dependientes! Porque..., usted
comprenderá..., si en un momento siento el vacío dentro de
mí... Puedo también matar, como el que no hace nada, toda la
vida de uno que no conozco... ; sacar el revólver y matar a
uno que, como usted, haya tenido la desgracia perder el
tren... (Se ríe) No, no; no tenga miedo caballero: ¡es una
broma! (Pausa) Me voy. (Pausa) Me mataré yo, si acaso...
(Pausa) Pero..., ¡en esta época hay unos albaricoques tan
ricos...! ¿Cómo los come usted? Con toda la boca, ¿verdad?
Se abren por la mitad; se oprimen con los dedos..., como
labios jugosos..., ¡ah, qué delicia! (Se ríe. Pausa) Mis
respetos a su distinguida esposa y a sus hijas, que están de
veraneo. (Pausa) Me las imagino vestidas de blanco o de azul
celeste, en un hermoso prado, a la sombra... (Pausa) Y
mañana, al llegar, me hará usted un pequeño favor: me figuro
que el pueblo estará cerquita de la estación; al amanecer,
puede usted hacer el caminito a pie. La primera mata de
hierba que vea usted en el borde... Cuente usted por mí los
tallos que tiene. Tantos tallos tenga.... tantos días me
quedan de vida. (Pausa) Pero elija usted una mata muy
espesa, por favor. (Se ríe; luego:) Buenas noches caballero.
(Y se va canturreando, con la boca cerrada, el motivo de la
«Mandolina lejana», hacia la esquina de la derecha; pero
luego se acuerda de que la mujer está allí esperándolo; se
vuelve y va hacia la otra esquina, mientras el PARROQUIANO
PACÍFICO, casi desmayado, lo sigue con la mirada)
TELÓN
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