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Doctor Hinkfuss: ¡Pero qué es eso! ¿Quién ha mandado tocar el gong? ¡Daré yo la
orden, cuando sea hora!
Estas frases serán gritadas por el Doctor Hinkfuss mientras atraviesa el
pasillo y sube la escalerilla que conduce de la sala al escenario.
Ahora se
dirige al público, conteniendo con admirable rapidez sus nervios alterados.
Viste de frac, con un rollo de papel bajo el brazo.
El Doctor Hinkfuss sufre la
terribilísima e injustísima condena de ser un hombrecillo poco más alto que un
brazo.
Pero se venga de ello llevando una cabellera así de larga.
Mira primero
sus manitas, que quizá le infunden repugnancia a él mismo, con aquellos deditos
pálidos, velludos, que al moverse parecen orugas; luego dice, sin dar mucho peso
a las frases:
Doctor Hinkfuss: Siento mucho el momentáneo desorden que el público ha podido
advertir detrás del telón, antes de la presentación, y pido a ustedes que me
perdonen; aunque, quizá, si se quiere tomar y considerar como prólogo
involuntario...
El señor de las butacas: (Interrumpiendo, contentísimo) ¡Eso, eso! ¡Lo había
dicho yo!
Doctor Hinkfuss: (Con fría dureza) ¿Qué tiene que observar el señor?
El señor de las butacas: Nada. Estoy contento de haberlo adivinado.
Doctor Hinkfuss: ¿Adivinado, qué?
El señor de las butacas: Que esos rumores formaban parte del espectáculo.
Doctor Hinkfuss: ¡Ah!, ¿sí? ¿De veras? ¿Le ha parecido que era un truco?
¡Precisamente esta noche que me he propuesto jugar con las cartas boca arriba!
No se haga ilusiones, caballero. He llamado prólogo involuntario, y añado no del
todo impropio, quizá, al insólito espectáculo a que asisten ustedes esta noche.
Le ruego no me interrumpa. He aquí, señoras y señores... (Saca el rollo de papel
de debajo del brazo) En este rollo de pocas páginas, tengo todo lo que necesito
Casi nada. Un cuentecillo, o poco más, apenas dialogado, a trozos, por un
escritor que a ustedes no les es desconocido.
Algunos, en sala: ¡El nombre! ¡El nombre!
Uno de la galería: ¿Quién es?
Doctor Hinkfuss: Por favor, señores, por favor. No es mi intención convocar al
público para unas elecciones.
Quiero, sí, responder de lo que he hecho; pero no
puedo admitir que me pidan cuentas durante la representación.
El señor de las butacas: Todavía no ha empezado.
Doctor Hinkfuss: Sí, señor, ha empezado.
Y el que menos derecho tiene a ponerlo
en duda es usted, que ha tomado esos rumores del principio como prólogo del
espectáculo.
La representación ha empezado, puesto que estoy yo aquí, ante
ustedes.
El señor anciano, desde el palco: (Congestionado) Yo creí que venía usted a
pedir perdón por el escándalo inaudito de esos rumores.
Por lo demás, le
advierto a usted que no he venido al teatro a oír una conferencia.
Doctor Hinkfuss: ¡Pero qué conferencia! ¿Cómo se atreve usted a creer y a decir
a gritos que yo estoy aquí para hacerle oír a usted una conferencia?
El señor
anciano, muy indignado por este apóstrofe, se levanta rápido y sale gruñendo del
palco.
Doctor Hinkfuss: ¡Ah, puede usted marcharse!, ¿sabe? Nadie se lo impide.
Yo estoy aquí,
señores, sólo para prepararles para todo lo insólito que van ustedes a
presenciar esta noche.
Creo merecer su atención. ¿Quieren ustedes saber quién es
el autor del cuentecillo? Puedo decírselo, si quieren.
Algunos, en sala: ¡Claro que sí! ¡Dígalo! ¡Dígalo!
Doctor Hinkfuss: Bueno, pues lo diré: Pirandello.
Exclamaciones en la sala: ¡Uhhhh...!
El de la galería: (Fuerte, dominando las exclamaciones) ¿Y quién es ése?
Muchos, en las butacas, en los palcos y plateas, se ríen.
Doctor Hinkfuss: (Riendo un poco él también) ¡Siempre el mismo, sí;
incorregiblemente! ¡Pero si ya les ha hecho de las suyas dos veces a mis colegas;
una vez, mandándole a uno seis personajes perdidos, en busca de autor, que
armaron una revolución en el escenario y les hicieron perder la cabeza a todos;
y otra vez, presentando con engaño una comedia con clave, por la cual otro de
mis colegas tuvo que ver cómo el espectáculo fue interrumpido por todo el
público sublevado; esta vez no hay peligro de que me haga a mí lo mismo. Estén
ustedes tranquilos. Lo he eliminado. Su nombre ni siquiera figura en las
carteleras; porque también hubiera sido injusto por mi parte hacerlo responsable
del espectáculo de esta noche, aunque sólo fuera en parte. El único responsable
soy yo. He cogido un cuento suyo, como podría haber cogido otro cualquiera. He
preferido uno suyo, porque, entre todos los autores teatrales, quizá sea el
único que ha demostrado comprender que la obra del escritor ha terminado en el
mismo momento en que él termina de escribir la última palabra. De esta obra suya,
responderá al público de lectores y a la crítica literaria. No puede ni debe
responder al público de espectadores y a los señores críticos teatrales, que
juzgan sentados en el teatro.
Voces, en la sala: Ah, ¿no? ¡Ésta es buena!
Doctor Hinkfuss: No, señores. Porque, en el teatro, la obra del escritor ya no
existe.
El de la galería: ¿Pues qué existe, entonces?
Doctor Hinkfuss: La creación escénica que haya hecho yo, y que es sólo mía.
Vuelvo a rogar al público que no me interrumpa. Y advierto..., ya que he visto
sonreír a alguno de los señores críticos..., que ésa es mi convicción. Son muy
dueños de no respetarla y de seguir metiéndose injustamente con el escritor, al
cual, sin embargo, concederán ustedes que tiene derecho también a sonreírse de
sus críticas, como ustedes ahora de mi convicción: en el caso, se entiende, de
que las críticas sean desfavorables; porque, en el caso contrario, sería el
escritor el injusto tomando para él los elogios que me corresponden a mí. Mi
convicción está basada en sólidas razones. La obra del escritor es ésta. (Y
enseña el rollito de papel) ¿Qué hago yo con ella? La tomo como materia prima
de mi creación y me sirvo de la calidad de los actores elegidos para hacer los
papeles según la interpretación que yo he dado a la obra; y de los escenógrafos
y tramoyistas, a los que ordeno que pinten o monten los decorados; y de los
electricistas que lo iluminan; todos, según las instrucciones e indicaciones que
yo dé.
En otro teatro, con otros actores y otro montaje, con otra disposición y otras
luces, admitirán ustedes que la creación sería ciertamente distinta. ¿Y no les
parece a ustedes que queda demostrado con esto que lo que se juzga en el teatro
no es nunca la obra del escritor —única en su texto—, sino ésta o aquella
creación escénica que se ha hecho de la misma, todas distintas, mientras la obra
sigue siendo una? Para juzgar el texto, sería preciso conocerlo; y en el teatro
no es posible, a través de una interpretación, que hecha por ciertos actores
será una y hecha por otros será forzosamente otra. Sólo la obra que pudiera
representarse por sí sola, no con actores, sino con sus mismos personajes, que,
por prodigio, adquirieran cuerpo y voz; sólo en ese caso, podría, sí, ser
juzgada directamente en el teatro. Pero, ¿es acaso posible tal prodigio? Hasta
ahora, nadie lo ha visto. Y entonces, ¡oh, señores!, queda el que con más o
menos empeño se las ingenia para crear, cada noche, con sus actores: el director
de escena. El único posible.
Para evitar a lo que digo todo aspecto de paradoja, les invito a considerar que
una obra de arte queda fija para siempre en una forma inmutable que representa
la liberación del poeta de su trabajo creador: la perfecta quietud, alcanzada
después de todas las agitaciones de ese trabajo.
Bien. ¿Les parece a ustedes, señores, que pueda seguir habiendo vida donde ya
nada se mueve; donde todo reposa en una perfecta quietud?
La vida debe obedecer a dos necesidades que, por ser opuestas entre sí, no le
consienten tener consistencia duradera ni moverse siempre. Si la vida se moviera
siempre, no tendría consistencia nunca; si tuviera consistencia siempre, ya no
se movería. Y la vida necesita tener consistencia y moverse.
El poeta se engaña cuando cree haber encontrado la liberación y alcanzado la
quietud fijando para siempre su obra de arte en una forma inmutable. Solamente
ha terminado de vivir esa su obra. La liberación y la quietud hay que pagarlas
al precio de dejar de vivir
Y cuantos las han encontrado y alcanzado, se encuentran en esa miserable ilusión,
que creen estar todavía vivos; pero están tan muertos que ni siquiera perciben
ya el hedor de su cadáver.
Si una obra de arte sobrevive, es sólo porque nosotros podemos todavía moverla
de la fijeza de su forma; desatar esa su forma dentro de nosotros en movimiento
vital; y la vida se la damos nosotros entonces; de vez en cuando, diversa, y
distinta, según cada uno de nosotros; tantas vidas, y no una, como se puede
deducir de las continuas discusiones que suscitan y que nacen de no querer creer
precisamente esto: que somos nosotros los que le damos esa vida; de manera que
la que le doy yo no puede ser igual, en absoluto, a la de otro. Les ruego me
dispensen, señores, del largo rodeo que he tenido que hacer para llegar a esto,
que es el punto a donde quería llegar.
Alguno podría preguntarme:
«¿Pero quién le ha dicho a usted que el arte tenga que ser vida? Cierto que la
vida debe obedecer a las dos opuestas necesidades que usted dice, y por eso no
es arte; como el arte no es vida, precisamente, porque consigue liberarse de
esas opuestas necesidades y consiste para siempre en la inmutabilidad de su
forma. Y justamente por eso, el arte es el reino de la creación realizada, allí
donde está la vida, como debe ser, en una formación infinitamente varia y
continuamente mudable. Cada uno de nosotros intenta crearse a sí mismo y la
propia vida, con las mismas facultades del espíritu con que el poeta crea su
obra de arte. Y, en efecto, el mejor dotado y que sabe emplearlas mejor,
consigue alcanzar una mayor altura y darle una consistencia más duradera. Pero
nunca será una verdadera creación; ante todo porque está destinada a acabar y
perecer con nosotros en el tiempo; luego, porque tendiendo a alcanzar una meta,
nunca será libre; y, por último, porque, expuesta a todos los azares imprevistos,
a todos los obstáculos que los demás le ponen, corre el riesgo continuo de ser
contrariada, desviada, deformada. El arte, en cierto sentido, se venga de la
vida, porque la suya sólo es verdadera creación en cuanto está liberada del
tiempo, de las casualidades y de los obstáculos, sin otro fin que en sí misma.»
Sí, señores, respondo yo; así es, precisamente.
Y cuántas veces, les digo, me ha ocurrido pensar con angustioso espanto en la
eternidad de una obra como en una inalcanzable y divina soledad, de la cual
hasta el mismo poeta, inmediatamente después de haberla creado, queda excluido:
ellos, mortales de aquella inmortalidad.
Tremenda, en la inmovilidad de su actitud, una estatua. Tremenda, esta eterna
soledad de las formas inmutables, fuera del tiempo.
Todo escultor —yo no lo sé, pero me lo supongo—, después de haber creado una
estatua, si verdaderamente cree haberle dado vida para siempre, debe desear que
ella, como una cosa viva, tenga que poder liberarse de su actitud, y moverse, y
hablar.
Dejaría de ser estatua; se convertiría en persona viva. Pero sólo a ese precio,
señores, puede traducirse en vida y volver a moverse lo que el arte fijó en la
inmovilidad de una forma; con la condición de que esa forma vuelva a tener
movimiento en nosotros, una vida diversa, y varia, y momentánea: la que cada uno
de nosotros sea capaz de darle.
Hoy día se dejan fácilmente en aquella su divina soledad fuera del tiempo las
obras de arte. Los espectadores, después de una gravosa jornada de
preocupaciones gravosas y afanosas ocupaciones, angustias y trabajos de todo
género, por la noche, en el teatro, quieren divertirse.
El señor de las butacas: ¿Divertirnos? ¿Con Pirandello? (Se ríe)
Doctor Hinkfuss: No hay peligro. Estén ustedes seguros. (Muestra de nuevo el
rollito) Esto no es nada. Lo haré yo, lo haré yo: todo por mí. Y espero
haberles creado un espectáculo agradable, si los cuadros y escenas se hacen con
el atento cuidado con que yo los he preparado, tanto en el conjunto como en los
detalles; y si mis actores responden en todo a la confianza que he puesto en
ellos. Por lo demás, estaré yo aquí, entre ustedes, dispuesto a intervenir si es
necesario, sea para encarrilar la representación, al menor obstáculo, o para
suplir con explicaciones y aclaraciones cualquier defecto en el trabajo; lo cual
—y ello me halaga— les hará a ustedes más agradable la novedad de esta tentativa
de comedia improvisada. He dividido en tantos cuadros el espectáculo. Breve
pausa de uno a otro. Muchas veces, sólo un momento de oscuridad, del cual un
nuevo cuadro nacerá de improviso, aquí, en el escenario, o también entre ustedes:
sí, en la sala he dejado expresamente un palco vacío, allí arriba, que a su
tiempo será ocupado por los actores; y entonces todos ustedes participarán
también en la acción. Una pausa más larga les será concedida, para que puedan
ustedes salir de la sala, pero no a respirar, se lo advierto desde ahora, porque
les he preparado también allí, en el vestíbulo, una nueva sorpresa.
Una última y brevísima advertencia, para que puedan ustedes orientarse.
La acción se desarrolla en una pequeña ciudad del interior, en Sicilia, donde —como
saben ustedes— las pasiones son fuertes, anidan en lo más profundo, y luego
arden con violencia: entre todas, ferocísima, la de los celos. El cuento
representa precisamente uno de esos casos de celos, y de los más tremendos, por
irremediables: los del pasado. Y ocurren en una familia de la que deberían haber
estado más alejados que nunca, porque, entre la clausura casi hermética de todas
las demás, es la única de la ciudad abierta a los forasteros, con una
hospitalidad excesiva, practicada como de intento, a despecho de la maledicencia
y para desafiar el escándalo que los demás hacen de ello.
La familia La Croce.
Está compuesta, como verán ustedes, por el padre, don Palmiro, ingeniero de
minas: Zampoña, como lo llama todo el mundo, porque, distraído, siempre está
silbando; la madre, doña Ignacia, oriunda de Nápoles, conocida en la comarca por
La Generala; y cuatro bellas hijas, regordetas y sentimentales, vivaces y
apasionadas:
Mommina, Totina, Dorina y Nené.
Y ahora, con permiso. (Da unas palmadas, como para llamar; y, apartando un poco
el telón, ordena en el interior del escenario:) ¡Gong! (Se oye un golpe de gong) Llamo a los actores para la presentación de los personajes.
Se abre el telón.
ACTO PRIMERO
Se ve, casi a la espalda, un telón ligero, verde, que puede abrirse por el
medio.
Doctor Hinkfuss: (Separando un poco un ala de este telón y llamando:) Por favor, señor...
(Pronuncia el nombre del Primer actor, que hará el papel de Rico Verri.
Pero EL Primer actor, aunque está detrás de las cortinas, no quiere salir.
Entonces, el Doctor Hinkfuss repite:) Por favor, por favor, salga usted, señor...
(Como antes) Espero que no insistirá usted en su protesta, incluso delante del
público.
El Primer actor: (Vestido y caracterizado de Rico Verri, con uniforme de oficial
de aviación, saliendo de detrás de la cortina excitadísimo) ¡Insisto, sí, señor!
¡Tanto más que usted se atreve ahora a llamarme por mi nombre delante del
público!
Doctor Hinkfuss: ¿Le he ofendido?
El Primer actor: Sí, y sigue usted ofendiéndome, sin darse cuenta, al tenerme
discutiendo con usted después de haberme obligado a salir.
Doctor Hinkfuss: ¿Quién le manda discutir? ¡No discuta! ¡Yo lo llamo para que
cumpla usted con su deber!
El Primer actor: Estoy dispuesto. Cuando me toque salir a escena.
Se retira,
apartando la cortina con un gesto de cólera.
Doctor Hinkfuss: (Que ha quedado mal) Quería presentarlo...
El Primer actor: (Volviendo a salir) ¡No, señor! ¡Usted no tiene que
presentarme al público, que me conoce! ¡Yo no soy ningún títere en manos de
usted, para mostrarme al público como aquel palco que han dejado allí vacío, o
una silla puesta en un sitio determinado para conseguir algún efecto mágico de
los suyos!
Doctor Hinkfuss: (Apretando los dientes, frito) Usted abusa en este momento de
la paciencia que debo tener...
El Primer actor: (Rápido, interrumpiendo) ...no, señor mío: nada de paciencia;
usted debe creer solamente que, bajo estos vestidos, el señor... (dice su nombre)
ya no existe; porque, habiéndose comprometido con usted para trabajar esta
noche improvisando, para tener a punto las frases que han de nacer, nacer del
personaje que represento, y espontánea la acción, y natural todo gesto; el señor...
(como antes) tiene que vivir el personaje de Rico Verri: y lo es, lo es ya;
tanto que, como le decía al principio, no sé si podrá adaptarse a todas las
combinaciones, sorpresas y jueguecitos de luz y sombra preparados por usted para
divertir al público. ¿Ha comprendido?
Se oye en este momento el chasquido de
una sonorísima bofetada detrás de la cortina, e, inmediatamente después, la
protesta del Viejo actor de carácter, que hará el papel de «Zampoña».
El viejo actor de carácter: ¡Ay! ¿Qué es eso? ¡No pegue usted esas bofetadas en
serio, caramba!
La protesta es acogida con risas detrás
de la cortina.
Doctor Hinkfuss: (Mirando detrás de la cortina, hacia el escenario) ¿Pero qué
diablos ocurre? ¿Qué ha pasado ahora?
El viejo actor de carácter: (Saliendo de la cortina con una mano en la mejilla,
vestido y caracterizado de «Zampoña») Pues pasa que no tolero que la señora...
(dice el nombre de La Carácteristica), con el pretexto de que tiene que
improvisar, me suelta cada bofetada - ¿no ha oído usted?- que, entre otras cosas
(le muestra la mejilla golpeada), me estropea el maquillaje, ¿no?
La Carácteristica: (Saliendo, vestida y caracterizada de Doña Ignacia) ¡Pues
defiéndase, santo cielo! ¡Eso poco cuesta! Es un movimiento instintivo y natural.
El viejo actor de carácter: ¿Y cómo voy a defenderme, si usted me las suelta así,
de improviso?
La Carácteristica: ¡Cuando se las merece, señor mío!
El viejo actor de carácter: ¡Ya! ¡Pero yo no sé cuándo me las merezco, señora
mía!
La Carácteristica: ¡Pues esté siempre a la defensiva, porque se las merece
siempre!
¡Y yo, si he de improvisar, no voy a soltárselas en un momento señalado
de antemano!
El viejo actor de carácter: ¡Pero no hay necesidad de que me las suelte de
verdad!
La Carácteristica: Y entonces, ¿cómo? ¿Fingidas?
Yo no tengo un papel aprendido
de memoria: tiene que venir todo de aquí (señala del estómago para arriba)
y ser
todo espontáneo.
Usted me las arranca, y yo se las suelto.
Doctor Hinkfuss: ¡Vamos, señores, que están ustedes delante del público!
La Carácteristica: Estamos haciendo ya nuestro papel, señor Director.
El viejo actor de carácter: (Volviendo a llevarse la mano a la mejilla) ¡Y cómo!
Doctor Hinkfuss: ¡Ah! ¿Usted lo entiende así?
La Carácteristica: Dispense, ¿no quería usted hacer la presentación? ¡Pues aquí
estamos presentándonos nosotros solos! ¡Una bofetada, y este imbécil de mi
marido ya está presentando. (El viejo actor de carácter, en su papel de «Zampoña»,
se pone a silbar) ¿Ve usted? Ya está silbando. Perfectamente dentro de su papel.
Doctor Hinkfuss: ¿Pero les parece a ustedes posible, fuera de esta cortina,
fuera de cuadro, y sin ningún orden?
La Carácteristica: ¡No importa! ¡No importa! ¡No importa!
Doctor Hinkfuss: ¿Cómo, no importa? ¿Qué quiere usted que comprenda el público,
así?
El Primer actor: ¡Claro que comprenderá! ¡Así comprenderá mucho mejor! Déjelo de
nuestra cuenta.
Estamos todos caracterizados para hacer nuestros papeles.
La Carácteristica: Actuaremos, créame, con mucha más facilidad y naturalidad,
sin el estorbo y sin el freno de un campo limitado de una acción preestablecida.
¡Haremos, haremos también todo lo que usted ha preparado!
Pero, mientras tanto,
mire, con su permiso voy a presentar también a mis hijas.
(Aparta la cortina
para llamar) ¡Chicas! ¡Venid aquí!
(Coge por un brazo a la primera y la hace
salir) Mommina.
(Luego, a la segunda) Totina.
(Luego, a la tercera) Dorina .
(Luego,
a la cuarta) Nené.
Todas, excepto la primera, hacen al entrar una magnífica
reverencia.
La Carácteristica: ¡Unas chicas estupendas, gracias a Dios, que se merecen las cuatro
llegar a ser reinas!
¿Quién dice que son hijas de un hombre como ése?
(Don Palmiro, al verse señalado, vuelve rápido la cabeza y se pone a silbatear) ¡Silba, sí, silba! ¡Ay, querido, un poco de grisú, mira, como yo tomo un poco de
rapé, un poco de grisú en tus narices es lo que debía ponerte tu mina de azufre:
sí, querido, que te deje tieso y te quite de una vez de delante de mi vista!
Totina: (Acudiendo con Dorina a sujetarla) ¡Por caridad, mamá, no empieces!
La Carácteristica: ¡Él es el que se ha puesto a silbar! (Luego, saliéndose del
papel, al Doctor Hinkfuss) ¡No dirá usted que no sale bien! ¿Eh?
Doctor Hinkfuss: (Con una chispa de malicia, encontrando rápidamente una salida
para salvar su prestigio) Como el público habrá comprendido, esta rebelión de
los actores que están a mis órdenes, es fingida, concertada de antemano entre
ellos y yo, para hacer más espontánea y viva la representación.
Ante esta mala
pasada, los actores se quedan de repente como fantoches con gesto de turbación.
El Doctor Hinkfuss lo nota en seguida: Se vuelve a mirarlos y los muestra al
público:
El Doctor Hinkfuss: Este azoramiento también es fingido.
El Primer actor: (Agitándose, indignado) ¡Tonterías! Yo ruego al público se
digne creer que mi protesta no ha sido fingida, ni mucho menos.
Retira la
cortina, como antes, y se va furioso.
Doctor Hinkfuss: (Rápido, como confidencialmente, al público) Todo es fingido:
incluso esta divergencia.
Al amor propio de un actor como... (dice el nombre
del actor), uno de los mejores de nuestra escena, yo no puedo menos de
concederle alguna satisfacción.
Pero ustedes comprenderán que todo lo que ocurra
aquí arriba no puede menos de ser fingido.
(Dirigiéndose a La Carácteristica) Siga, siga usted, señora... (Como antes) Va muy bien. No podía esperar menos de
usted.
La Carácteristica: (Desconcertada, casi atolondrada de tanta falta de discreción,
sin saber ya qué hacer) ¡Ah!, ¿quiere usted... ahora, que siga yo...? Y...
y..., perdone, ¿qué tengo que hacer?
Doctor Hinkfuss: ¿Qué va a hacer? ¡La presentación! ¡La presentación, que había
empezado tan bien, como habíamos convenido!
La Carácteristica: No, no, escuche: no diga «convenido», por favor, si no quiere
que me quede yo aquí parada, sin saber qué decir.
Doctor Hinkfuss: (De nuevo al público, como confidencialmente) ¡Es magnífica!
La Carácteristica: ¿Pero quiere usted dar a entender, en serio, que habíamos
concertado con usted esta nuestra salida a escena?
Doctor Hinkfuss: Pregúntele usted al público, a ver si no tiene la impresión, en
este momento, de que estamos improvisando la comedia.
El señor de las butacas,
los cuatro del palco platea, el de la galería, empiezan a aplaudir; pero, si el
público no los sigue por contagio, dejarán de aplaudir en seguida.
La Carácteristica: ¡Ah, bien, eso sí! ¡Verdaderamente, estamos improvisando!
Hemos salido, y tanto yo como usted no hacemos más que improvisar.
Doctor Hinkfuss: Bueno, pues siga usted. ¡Siga, y llame a los demás actores para
presentarlos!
La Carácteristica: ¡Ahora mismo!
(Llamando hacia dentro del telón) ¡Eh,
jovencitos! ¡Aquí, aquí todos!
Doctor Hinkfuss: ¡Haciendo su papel, por supuesto!
La Carácteristica: No lo dude, están en ello. ¡Aquí, aquí, amiguitos!
Entran
ruidosamente cinco jóvenes oficiales de aviación, de uniforme. Primero saludan
enfáticamente a Doña Ignacia:
- ¡Querida doña Ignacia!
- ¡Viva nuestra gran Generala!
- ¡Y nuestra Santa Protectora!
Y otras explicaciones por el estilo. Luego
saludan a las cuatro muchachas, que contestan alegremente.
Alguno va a saludar
también a Don Palmiro.
Doña Ignacia trata de interrumpir aquel alboroto de
saludos verdaderamente improvisados.
La Carácteristica: ¡Piano, piano, queridos, no alborotar así! ¡Usted aquí,
Pomárici, mi sueño dorado para Totina! ¡Venga, cójala usted del brazo, así!
¡Y
usted, Sarelli, aquí con Dorina!
El tercer official: ¡No, hombre, no! ¡Dorina está conmigo (la sujeta por un brazo),
déjese de bromas!
Sarelli: (Cogiéndola por el otro brazo y tirando de ella) ¡Ahora me la cedes,
que su madre me la ha asignado!
El tercer official: ¡Ni hablar! ¡Esta señorita y yo estamos de acuerdo!
Sarelli: (A Dorina) ¡Ah! ¿Ustedes están de acuerdo? ¡Enhorabuena!
(Denunciándolos) ¿Ha oído usted, Doña Ignacia?
La Carácteristica: ¿Cómo, de acuerdo?
Dorina: (Enfadada) ¡Claro que sí, señora... (dice el nombre
de La actriz de Carácter), de acuerdo para hacer nuestros papeles!
El tercer official: Señora, haga el favor de no armar líos. Habíamos quedado...
La Carácteristica: ¡Ah, sí, perdonen, no me acordaba! Usted, Sarelli, está con
Nené.
Nené: (A Sarelli, abriendo los brazos) ¡Conmigo! ¿No recuerda usted que
habíamos quedado en eso?
Sarelli: ¡Si es igual! Nosotros estamos aquí sólo para armar un poco de jaleo.
Doctor Hinkfuss: (A la Carácteristica) ¡Un poco de atención, señora, por favor!
La Carácteristica: Sí, sí, perdone; tenga un poco de paciencia. Como son tantos,
me había confundido.
(Volviéndose para buscar a su alrededor) Pero ¿y Verri?
¿Dónde está Verri? Tenía que estar aquí con sus compañeros.
El Primer actor: (Dispuesto, asomando la cabeza por entre las cortinas) ¡Sí,
buenos compañeros, que dan lección de modestia a sus queridas hijas!
La Carácteristica: ¿Pues qué quiere? ¿Que las tenga en un colegio de monjas,
aprendiendo el catecismo y a bordar?
Pasaron aquellos tiempos, Eneas...
(Va a cogerlo y lo hace salir cogido de la mano) ¡Vamos, venga usted aquí, sea bueno!
¡Mírelas: usted que habla de modestia: no hacen alarde de ello; pero tienen sus
virtudes de mujercitas de su casa, ¿sabe?
¡Como pocas, en estos tiempos! Mommina
es una gran cocinera...
Mommina: (En tono de reproche, como si la madre acabara de revelar un secreto
vergonzoso) ¡Mamá!
Doña Ignacia: ...y Totina sabe remendar...
Totina: (Como antes) Pero ¡qué estás diciendo!
Doña Ignacia: ...y Nené...
Nené: (Rápida, agresiva, amenazándole con taparle la boca) ¿Quieres callarte,
mamá?
Doña Ignacia: ...no hay otra que sepa, como ella, hacer un vestido nuevo de uno
viejo...
Nené: (Como antes) ¿Pero no puedes callarte? ¡Ya está bien!
Doña Ignacia: ...quitarle las manchas...
Nené: (Le tapa la boca) ¡...ya está bien, mamá!
Doña Ignacia: (Liberándose de la mano de Nené) ...darles la vuelta... ¡Y para
llevar las cuentas, Dorina !
Dorina: ¿Has acabado ya de vaciar el saco?
Doña Ignacia: ¡Adónde hemos llegado! ¡Se avergüenzan...!
Zampoña: ¡...como de vicios secretos!
Doña Ignacia: Y luego, no son nada exigentes; se conforman con poco. ¡Con tal de
poder ir al teatro, no les importa quedarse sin comer!
¡Nuestro viejo melodrama:
¡ah!, me gusta tanto, a mí también!
Nené: (Que entró con una rosa en la mano) ¡El melodrama no, mamá! ¡La ópera
Carmen!
Se pone la rosa en la boca y canta, contoneándose, provocativa:
«Es el amor un extraño pájaro
que no se puede domesticar...»
La Carácteristica: Sí, claro, la Carmen también; pero no hace bullir el corazón
como el fuego de nuestro viejo melodrama, cuando ves que la inocencia grita y
nadie la cree, y la desesperación de la enamorada: «¡Ah! ¡Ese infame ha vendido
mi honor...!» ¡Pregúntaselo a Mommina! Basta.
(Dirigiéndose a Verri) Usted vino
por primera vez a nuestra casa, acuérdese bien, presentado por estos jóvenes...
El tercer official: ¡...y ojalá no se nos hubiera ocurrido nunca...!
La Carácteristica: ...oficiales de guarnición en nuestro campo de aviación...
El Primer actor: ...oficiales de complemento, si le es a usted lo mismo... por
seis únicos meses... y luego, si Dios quiere, ¡se les acabó a éstos el momio de
poder vivir a costa mía!
Pomárici: ¿Nosotros? ¿A costa tuya?
Sarelli: ¡Míralo!
La Carácteristica: Eso no tiene nada que ver. Quería decir que ni yo, ni mis
hijas, ni ése...
De nuevo, Don Palmiro, al verse indicado, vuelve la cabeza y
se pone a silbar
La Carácteristica:¡Deja de silbar, o te doy en la cara con este bolsito!
(Es un
bolso enorme. Don Palmiro deja de silbar en el acto) ...Ninguno de nosotros
nos dimos cuenta, al principio, de que usted tenía esa sangre negra de los
sicilianos...
El Primer actor: ¡...y a mucha honra...!
La Carácteristica: ¡...Ah, pero ahora ya lo sé...! ¡Y de qué manera!
Doctor Hinkfuss: ¡No anticipe nada, señora, no anticipe nada, por caridad!
La Carácteristica: No, no tenga miedo, no anticiparé nada.
Doctor Hinkfuss: Limítese a la presentación, clarísima; y basta.
La Carácteristica: Clarísima, sí, no lo dude. Digo, y es verdad, que antes no se
jactaba de ello: al contrario, estaba con nosotros, haciendo frente a estos
salvajes de la isla, que tomaban casi como una ofensa nuestro inocente género de
vida, al estilo del continente; el que recibiéramos en casa a unos cuantos
jóvenes, y toleráramos algunas bromas sin malicia...
¡Pero, Dios mío, si son
cosas de la juventud!
Él también bromeaba con mi hija Mommina... (La busca) ¿Dónde está...? ¡Ah, está aquí! Ven, acércate, pobre hija mía desgraciada;
todavía no es hora de que te pongas así; (La primera actriz, que hace el papel
de Mommina, tirando de la mano, se resiste) ¡Ven, ven aquí!
La primere actriz: No, déjeme, señora... (dice el nombre de La Carácteristica;
luego, resueltamente, adelantándose, al Doctor Hinkfuss) ¡Yo así no puedo
trabajar, señor Director! Se lo digo desde ahora. ¡No es posible! Usted ha
trazado un plan, ha establecido un orden de cuadros: bien, ¡pues aténgase a
ellos! Yo tengo que cantar. Necesito sentirme segura, en mi puesto, en la acción
que se me ha asignado. Pero así, a merced del viento, yo no voy.
El Primer actor: ¡Claro! Porque quizá esta señorita haya copiado y se haya
aprendido de memoria las frases que tiene que decir, según el guión.
La primere actriz: Naturalmente que me he preparado. ¿Y usted no?
El Primer actor: Yo también, yo también; pero no las frases que tengo que decir.
¡Las cosas claras, señorita!
Entendámonos: no espere usted que yo hable como
usted quiera hacerme hablar según las réplicas que usted se ha preparado, ¿sabe?
Yo diré lo que tengo que decir.
A esta pelotera, sigue un murmullo de comentarios simultáneos entre los actores.
- ¡Claro! ¡Estaría bonito!
- ¡Que uno le hiciera decir a otro lo que a él le conviniera!
- ¡Pues, entonces, adiós comedia improvisada!
- ¡Ya, puesta a ello, podría escribir también los papeles de los demás!
Doctor Hinkfuss: (Cortando los comentarios) ¡Señores míos, señores míos, hablen
ustedes lo menos posible, hablen lo menos posible, ya se lo tengo dicho...!
Basta. La presentación ya está hecha. Más actitudes, más actitudes y menos
palabras, háganme caso. Les aseguro que las frases saldrán solas,
espontáneamente, de la actitud que adopten según la acción, como yo se la he
trazado. Sigan el guión y no se equivocarán. Déjense guiar y colocar por mí,
como hemos acordado... Bueno, retírense ahora. Vamos a bajar el telón.
(El telón
ha bajado. El Doctor Hinkfuss, quedando en el proscenio, añade, dirigiéndose al
público:) Un momento, por favor, señoras y señores.
Ahora empezará el
espectáculo en serio. Cinco minutos, solamente cinco minutos, con permiso de
ustedes, porque tengo que ver si está todo en orden.
Se retira, bordeando el tetón.
Cinco minutos de pausa.
ACTO SEGUNDO
Vuelve a abrirse el telón.
El Doctor Hinkfuss empieza a dar largas.
«En principio, no estará mal —habrá pensado— hacer una presentación sintética de
Sicilia con una procesión religiosa. Eso dará colorido.»
Y lo ha dispuesto todo para que esta procesión se mueva desde la puerta de
entrada al patio de butacas, hacia el escenario, por el pasillo central, en el
siguiente orden:
1) Cuatro monagos, con sotanas negras y roquetes blancos con guarniciones de
encajes; dos delante y dos detrás, llevan cuatro antorchas encendidas;
2) cuatro jovencitas, llamadas «Virginales», vestidas de blanco, con velos
blancos, guantes blancos de hilo, demasiado grandes para sus manos, expresamente
para que parezcan más desmañadas; de dos en dos ellas también, llevan las cuatro
varas de un baldaquín de seda azul celeste;
3) bajo el baldaquín, la «Sagrada Familia»; es decir, un viejo caracterizado y
vestido de San José, como se le ve en los cuadros sacros que representan la
Navidad, con un nimbo de purpurina y un largo báculo florecido en la parte de
arriba; a su lado, una bellísima muchacha rubia, con los ojos bajos y una dulce
y modestísima sonrisa en los labios, vestida y arreglada de Virgen María,
también ella con el nimbo en torno a su cabeza, y en los brazos un hermoso
muñequito de cera que representa al Niño Jesús, como los que se ven todavía en
Sicilia, por Navidad, en ciertas representaciones rústicas con acompañamiento de
música y coros;
4) un pastor, con montera de piel y anguarina de paño basto, polainas de piel de
cabra, y otro pastor más joven; tocan el primero la zampoña y el segundo la
ocarina;
5) un cortejo de aldeanos y aldeanas de todas las edades; las mujeres con sayas
largas, abombadas a los lados, con plieguecitos, y la «mantellina» en la cabeza;
los hombres con chaquetillas cortas y calzones acampanados, sostenidos por
anchas fajas de seda de colores; en la mano, los gorros de punto de media,
negros, con la borlita en la punta; entran en la sala cantando, al son de la
zampoña y de la ocarina, la cantilena:
«Hoy y siempre sea alabado
nuestro Dios sacramentado:
y alabada a porfía
nuestra Virgen María.»
En el escenario, mientras tanto, se ve una calle de la población, con las
paredes blancas, toscas, de una casa, que irá de izquierda a derecha ocupando
más de las tres cuartas partes de la escena, donde hará ángulo en profundidad.
En la esquina, una farola con su brazo. Después de la esquina, en la otra pared
de la casa de ángulo obtuso, se ve la puerta de un Cabaret, iluminada por
bombillitas de colores; y, casi enfrente, un poco más al fondo, y de perfil, el
portal de una antigua iglesia, sobre tres gradas.
Un poco antes de levantarse el telón y de que la procesión entre en la sala,
llegará del escenario el sonido de las campanas y, apenas perceptible, la música
de un órgano que toca en el interior de la iglesia. Al levantarse el telón y
entrar la procesión, se ve en el escenario a hombres y mujeres —no más de ocho o
nueve— que se arrodillan a lo largo de la pared de la derecha; pasaban por la
calle, al llegar la procesión. Las mujeres se santiguan; los hombres se quitan
la gorra. Cuando la procesión ha subido al escenario, y entra en la iglesia,
estos hombres y mujeres se unen al cortejo, y entran también. Cuando ha entrado
el último, cesa el toque de campanas; ahora, en el silencio, se oye mejor, y
dura un momento todavía, el sonido del órgano, que irá apagándose gradualmente,
al mismo tiempo que la luz de escena.
De repente, apenas extinguido el sonido sacro, estallará, en violento contraste,
el sonido de un jazz en el Cabaret, y, al mismo tiempo, la pared blanca, que
recorre más de tres cuartos de la escena, se hace transparente. Se ve el
interior del Cabaret, radiante de luces de colores. A la derecha, hasta cerca de
la puerta de entrada, está el mostrador, detrás del cual hay tres muchachas
descotadas y pintarrajeadas. En la pared del fondo, cerca del mostrador, una
gran cortina de terciopelo rojo chillón, y delante de ella, como si fuera un
bajorrelieve, una extraña chantease1 vestida con velos negros, pálida, con la
cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, canta lúgubremente la letra
del jazz. Tres bailarinas rubias mueven cadenciosamente los brazos y las piernas,
de espaldas al mostrador, en el poco espacio que hay entre éste y la primera
fila de veladores, a los que están sentados los clientes —no muchos— con las
consumiciones delante.
Entre estos clientes se encuentra Zampoña, con el sombrero en la cabeza y un
largo puro en la boca.
El cliente que se sienta detrás de él, en la segunda fila de veladores, viéndolo
tan atento a los movimientos de las tres bailarinas, le está preparando una
broma feroz: dos largos cuernos, recortados en la cartulina donde está impresa,
junto con el programa, la lista de vinos y licores del Cabaret.
Los demás clientes, que se han dado cuenta y les divierte la idea, le hacen
guiños y señas para que se dé prisa.
Cuando los dos hermosos cuernos están recortados y montados sobre el círculo de
cartulina que hace de base, el cliente se levanta y con mucha cautela los coloca
sobre el sombrero de Zampoña.
Todos se echan a reír y aplauden.
Zampoña, creyendo que las risas y los aplausos son para las tres bailarinas, que
justamente han terminado su número, se pone a reír y aplaudir él también,
haciendo duplicar la intensidad de las carcajadas de los otros y el fragor de
los aplausos. Pero no se explica por qué lo miran todos, incluso las muchachas
del bar, y las tres bailarinas, que se van muertas de risa. Se turba; la risa se
le cuaja en los labios; el aplauso se le apaga en las manos.
Entonces, aquella extraña chanteuse tiene un impulso de indignación, se destaca
de la cortina de terciopelo y avanza para quitarte a Zampoña aquel ignominioso
trofeo, gritando:
La Chanteuse: ¡No! ¡Pobre viejo! ¿No os da vergüenza?
Los Clientes la detienen, gritando a su vez simultáneamente en gran confusión.
Los Clientes: ¡Quieta, boba!
—¡Tú, a callar! ¡A tu sitio!
—¡Qué, pobre viejo!
—¿A ti qué te importa?
—¡Deja, deja!
—¡Se lo merece!
—¡Se lo merece!
Y entre estos gritos confusos, La Chanteuse sigue gritando y protestando,
mientras la sujetan, debatiéndose.
La Chanteuse: ¡Bellacos! ¡Soltadme! ¿Por qué se lo merece? ¿Qué daño os ha hecho
él?
Zampoña: (Levantándose más turbado que nunca) ¿Qué me merezco? ¿Qué me merezco?
El Cliente que le ha gastado la
broma: ¡Nada, don Palmiro! ¡No haga caso!
El segundo Cliente: ¡Está borracha, como de costumbre!
El Cliente que le ha gastado la
broma: ¡Márchese, márchese, éste no es sitio
para usted!
Y lo empuja con los otros hacia la puerta.
El tercer Cliente: ¡Nosotros sabemos muy bien lo que usted se merece,
don Palmiro!
Zampoña es conducido a la calle con sus hermosos cuernos en la cabeza.
El transparente de la pared se apaga.
Se oyen todavía los gritos de los que
sujetan a La Chanteuse; luego, una gran carcajada y vuelve a tocar el jazz.
Zampoña: (A los dos o tres Clientes que lo han sacado a empujones y ahora se
divierten a su costa, a costa de su «corona», bajo la farola encendida) Pero yo
quisiera saber qué es lo que ha pasado.
El segundo Cliente: Nada. Es por la historia de la otra noche.
El tercer Cliente: Todos saben que le gusta a usted la chanteuse...
El segundo Cliente: Querían, así, en broma, que ella me otra bofetada, como la
otra noche...
El tercer Cliente: ¡...claro... diciendo que usted se lo merece!
Zampoña: ¡Ah, comprendido! ¡Comprendido!
El primer Cliente: ¡Oh...! ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Arriba, en el cielo! ¡Las estrellas!
El segundo Cliente: ¿Las estrellas?
El tercer Cliente: ¿Qué pasa con las estrellas?
El primer Cliente: ¡Que se mueven! ¡Se mueven!
El segundo Cliente: ¡Vamos, anda!
Zampoña: ¿Es posible?
El primer Cliente: ¡Sí, sí, mirad! ¡Como si uno las tocara con dos... varas!
Y levanta los brazos en forma de cuernos.
El segundo Cliente: ¡Calla, calla! ¡Tú estás bebido!
El tercer Cliente: ¡Los farolillos te parecen estrellas!
El segundo Cliente: ¿Qué decía usted, don Palmiro?
Zampoña: ¡Ah!, sí, que yo, esta noche, no sé si se han dado ustedes cuenta, he
estado mirando todo el tiempo a las bailarinas, con toda intención, sin volver
la cabeza una sola vez para ella. ¡Me impresiona tanto, tanto, la pobre, cuando
canta con los ojos cerrados y con aquellas lágrimas que le resbalan por las
mejillas!
El segundo Cliente: ¡Son lágrimas profesionales, don Palmiro! ¡No crea usted en
ellas! ¡Es la profesión!
Zampoña: (Negando seriamente, también con el dedo) ¡No, ah, no, no! ¡Qué
profesión! ¡Qué profesión! Les doy mi palabra de honor, que esa mujer sufre:
sufre de veras. Y luego... tiene la misma voz de mi hija mayor: ¡idéntica!,
¡idéntica! Y me ha confiado que ella también es hija de buena familia...
El tercer Cliente: ¿Ah, sí? ¡Mira! ¿Es ella también hija de algún ingeniero?
Zampoña: Eso no lo sé. Pero sé que ciertas desventuras pueden ocurrirle a
cualquiera. Y cada vez que la oigo cantar... me entra una angustia, una pena...
Llegan en este momento por la izquierda, marcando el paso, Totina, del brazo de
Pomárici; Nené, del brazo de Sarelli; Dorina, del brazo del Tercer oficial ;
Mommina, junto a Rico Verri, y Doña Ignacia, del brazo de los otros dos Jóvenes oficiales.
Pomárici canta el paso para los demás, antes de que la Compañía entre
en escena.
Los tres Clientes, que se han convertido en cuatro o más, al oír las
voces, se retiran junto a la pared del Cabaret, dejando sólo a Don Palmiro bajo
la farola, con sus cuernos en la cabeza.
Pomárici: Un, dos..., un, dos..., un, dos...
Van al teatro; las cuatro muchachas y Doña Ignacia visten elegantes trajes de
noche.
Totina: (Viendo a su padre con aquellos cuernos en la cabeza) ¡Pero... papá!
¿Qué te han hecho?
Pomárici: ¡Bellacos, asquerosos!
Zampoña: ¿A mí? ¿Qué...?
Nené: ¡Pero quítate eso que te han puesto en el sombrero!
Doña Ignacia: (Mientras su marido tantea con las manos el sombrero) ¿Los
cuernos?
Dorina: : ¡Canallas! ¿Quién ha sido?
Totina: ¡Vamos, mira que...!
Zampoña: (Quitándoselos) ¿A mí? ¿Los cuernos? ¡Ah, entonces, por eso...!
¡Miserables!
Doña Ignacia: ¡Y los tienes todavía en la mano! ¡Tíralos, imbécil! ¡Sólo sirves
para ser el hazmerreír de todos los bribones!
Mommina: (A su madre) ¡Sólo falta que la tomes tú ahora con él...!
Totina: ¡...cuando han sido esos asquerosos!
Verri: (Dirigiéndose a la puerta del Cabaret, al encuentro de los Clientes que
están mirando) ¿Quién ha tenido el atrevimiento...?
(Agarra a uno por las
solapas) ¿Ha sido usted?
Nené: ¡Y se ríen...!
El Cliente: (Tratando de soltarse) ¡Déjeme! ¡Yo no he sido! ¡Y cuidadito con
ponerme la mano encima!
Verri: ¡Pues diga usted quién ha sido!
Pomárici: ¡No, Verri, deja...! ¡Vámonos!
Sarelli: ¿Para qué vamos a armar aquí un jaleo?
Doña Ignacia: ¡No, no, yo quiero una satisfacción, del dueño de esa guarida de
gente de mal vivir!
Totina: ¡No hagas caso, mamá!
El segundo Cliente: (Adelantándose) ¡Cuidado con lo que dice, señora! ¡Nosotros
también somos caballeros!
Mommina: ¿Caballeros que se conducen así?
Dorina: : ¡Lo que son, unos sirvergüenzas...!
El tercer oficial: ¡No haga caso, no haga caso, señorita...!
El cuarto Cliente: Son jovenzuelos, han dado una broma...
Pomárici: ¡Ah! ¿A eso lo llama usted una broma?
El segundo Cliente: Todos apreciamos a don Palmiro...
El tercer Cliente: (A Doña Ignacia) ¡...y en cambio, a usted no la apreciamos,
señora, en absoluto!
El segundo Cliente: ¡Es usted la comidilla del pueblo!
Verri: (Irritado, levantando los brazos) ¡A ver si medimos las palabras, o no
respondo...!
El cuarto Cliente: ¡Nosotros daremos parte al Coronel!
El tercer Cliente: ¡Parece mentira que vistiendo el uniforme de oficiales...!
Verri: ¿Quién va a dar parte?
Los Clientes: (Incluso desde dentro del Cabaret) ¡Todos! ¡Todos!
Pomárici: ¡Ustedes han insultado a las señoras que van acompañadas por nosotros,
y nosotros tenemos el deber de defenderlas!
El cuarto Cliente: ¡Nadie las ha insultado!
El tercer Cliente: ¡Es usted, señora, la que ha insultado.
Doña Ignacia: ¿Yo? ¡No! ¡Yo no he insultado a nadie! ¡Yo no he hecho más que
decirles a ustedes lo que son gentes de mal vivir! ¡Bribones! ¡Pícaros! ¡Dignos
de estar enjaulados, como los animales salvajes! ¡Eso es lo que son!
(Y como
todos los Clientes ríen a mandíbula batiente) ¡Sí, ríanse, ríanse, pícaros,
salvajes!
Pomárici: (Con los otros
oficiales y las hijas, tratando de calmarla) ¡Vámonos,
vámonos, señora...!
Sarelli: ¡Basta ya!
El tercer oficial: ¡Vámonos al teatro!
Nené: ¡No te manches la boca contestándoles a esos!
El cuarto oficial: ¡Vámonos, vámonos! ¡Se ha hecho tarde!
Totina: ¡Seguro que ya habrá terminado el primer acto!
Mommina: ¡Sí, vámonos, mamá, mándalos a paseo!
Pomárici: ¡Venga, venga usted al teatro con nosotros, don Palmiro!
Doña Ignacia: ¡No, qué, al teatro él! ¡A casa! ¡Ale, a casa ahora mismo! ¡Mañana
tiene que madrugar para ir a la mina de azufre! ¡A casa! ¡A casa!
Los Clientes
vuelven a reírse de esta orden perentoria de la mujer al marido.
Sarelli: ¡Y nosotros al teatro! ¡No perdamos tiempo!
Doña Ignacia: ¡Imbéciles! ¡Cretinos! ¡Ríanse de su ignorancia!
Pomárici: ¡Basta! ¡Basta!
Los otros oficiales: ¡Al teatro! ¡Al teatro!
En este momento, el Doctor Hinkfuss, que desde el principio, había entrado en
la sala detrás de la procesión, y se había parado para presenciar la
representación, y está sentado en una butaca de primera fila reservada para él,
se levanta para gritar:
Doctor Hinkfuss: ¡Sí, sí, basta! ¡Basta ya! ¡Al teatro! ¡Al teatro!
¡Fuera todos! ¡Los clientes, vuelvan a entrar en el Cabaret!
¡Los otros, hagan
el mutis a la derecha! ¡Y cierren un poco las cortinas, por ambos lados!
Los actores obedecen.
El telón se ha cerrado un poco, dejando en medio un espacio
para que quede visible la pared blanca que servirá de pantalla para la
proyección cinematográfica del espectáculo de ópera.
Sólo el Viejo actor de
carácter ha quedado allí delante cuando todos los demás han desaparecido.
El viejo actor de carácter: (Al Doctor Hinkfuss) Si no voy con ellos al teatro,
yo tendré que hacer el mutis por la izquierda, ¿no?
Doctor Hinkfuss: ¡Por supuesto! ¡Usted por la izquierda! ¡Venga, márchese! ¡Qué
pregunta!
El viejo actor de carácter: No, quería hacerle notar que no me han dejado decir
una palabra. ¡Demasiada confusión, señor director!
Doctor Hinkfuss: ¡Ni mucho menos! ¡Ha ido todo muy bien! ¡Venga, venga, márchese!
El viejo actor de carácter: ¡Debo hacerle notar que siempre tengo yo que pagar
los vidrios rotos!
Doctor Hinkfuss: ¡Muy bien! ¡Ya me lo ha hecho usted notar; y ahora váyase!
¡Ahora viene la escena del teatro!
El Viejo actor de carácter se va por la
izquierda.
Doctor Hinkfuss: ¡El gramófono! ¡Y preparen en seguida la proyección! ¡Tonfilm!
El Doctor Hinkfuss vuelve a sentarse en su butaca.
Mientras tanto, a la derecha,
detrás del telón, corrido hasta tapar la esquina de la pared donde está la
farola, los tramoyistas habrán colocado un gramófono con un disco del final de
un viejo melodrama italiano, «La fuerza del destino», o «Un baile de máscaras»,
o cualquier otro, con tal de que se tenga sincrónicamente la proyección sobre la
pared blanca que hace de pantalla.
En cuanto se oye el gramófono y empieza la
proyección, el palco que se había dejado vacío en la sala se ilumina con una luz
especial que no se sabe de dónde procede; y se ve entrar a Doña Ignacia con sus
cuatro hijas, Rico Verri y los otros Jóvenes oficiales.
La entrada será ruidosa
y provocará la inmediata protesta del público.
Doña Ignacia: ¡Tenías tú razón! ¡Está ya terminando el primer acto!
Totina: ¡Qué carrera! ¡Yo vengo sin aliento!
(Se sienta en la primera silla del
palco, frente a su madre) ¡Ay, qué calor! ¡Estamos todas sofocadas!
Pomárici: (Echándole aire en la cabeza con un abanico) ¡Aquí estoy yo para
servirla!
Dorina: : ¡Hemos venido a marchas forzadas! ¡Un, dos..., un, dos...!
Voces, en la sala: ¡Pero qué es eso!
—¡Silencio!
—¡Mira que es una manera de entrar en un teatro!
Mommina: (A Totina) ¡Has cogido mi sitio: levántate!
Totina: ¡Pero si Dorina y Nené se han sentado ahí en medio...!
Dorina: : Porque creímos que Mommina querría sentarse detrás, con Verri, como la
vez pasada.
Voces, en la sala: ¡Silencio! ¡Silencio!
—¡Siempre son ellas!
—¡Es una vergüenza!
—¡Es asombroso que unos señores oficiales...!
—¿Pero no hay quién les llame la atención?
Entretanto, en el palco arman un verdadero barullo para cambiar de sitio.
Totina ha cedido el suyo a Mommina y ha cogido el de Dorina, que ha pasado a la
silla que ocupaba Nené, la cual ha ido a sentarse en el diván, junto a su madre.
Rico Verri se sienta junto a Mommina, en el diván de enfrente; detrás de Totina,
Pomárici; detrás de Dorina, el Tercer oficial; y en el fondo, Sarelli y los
otros dos oficiales.
Mommina: ¡No hagáis tanto ruido, por favor!
Nené: ¡Eso es! ¡Después que organizas tú el jaleo..!
Mommina: ...¿yo...?
Nené: ...¡no, a ver...! ¡Con todos estos cambios de sitio!
Dorina: : ¡Y encima, protesta!
Totina: ¡Como si no hubiera visto nunca...! (Dice el título del melodrama)
Pomárici: ¡Podían tener un poco de consideración con las señoras!
Voces en la sala: ¡Cállese usted!
—¡Es una vergüenza!
—¡Que los echen!
—¡Que los pongan en la puerta!
—¡Y que sea precisamente el palco de los oficiales el que dé este escándalo!
—¡Fuera! ¡Fuera!
Doña Ignacia: ¡Caníbales! ¡No es culpa nuestra si hemos llegado tan tarde! ¡Y
dirán que estamos en un país civilizado!
¡Primero una agresión en la calle, y
ahora agredidas en el teatro! ¡Caníbales!
Totina: ¡En el Continente se hace así!
Dorina: : ¡Se va al teatro a la hora que uno quiere!
Nené: ¡Y aquí hay gente que lo sabe, cómo se hace y se vive en el Continente!
Voces: ¡Basta! ¡Basta!
Doctor Hinkfuss: (Levantándose, y dirigiéndose a los actores del palco) ¡Sí, sí,
basta! ¡Basta! ¡No exageren, por favor, no exageren!
Doña Ignacia: ¡Pero qué, exagerar! ¡La culpa la tienen los de abajo! Es una
persecución insoportable, ¿no lo ve usted? ¡Total, porque hemos hecho un poco
de ruido al entrar!
Doctor Hinkfuss: ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Pero basta ya! ¡Por otra parte, el
acto ha terminado!
Verri: ¿Ha terminado? ¡Ah, alabado sea Dios! Salgamos, salgamos.
Doctor Hinkfuss: ¡Muy bien, sí, salgan, salgan!
Totina: ¡Yo tengo una sed!
Sale del palco.
Nené: ¡Menos mal si venden helados! (Como antes)
Doña Ignacia: ¡Vamos, vamos, salgamos de aquí, o exploto!
Terminada la proyección, cesa el gramófono.
El telón se cierra del todo.
El
Doctor Hinkfuss sube al escenario y se dirige al público, mientras se enciende
la luz de la sala.
Doctor Hinkfuss: Los espectadores que tengan por costumbre salir en el entreacto,
podrán hacerlo, si lo desean, y asistirán al escándalo que esa dichosa gente
seguirá dando en el vestíbulo. No porque ellos se lo propongan, sino porque
ahora ya cualquier cosa que hagan llamará la atención, ya que son objeto de
curiosidad y están condenados a servir de pasto a la maledicencia general. Vayan,
vayan ustedes; pero no todos, por favor; aunque sólo sea por evitar las
apreturas, y el tener gente detrás empujando porque quieren ver lo que, poco más
o menos, ya han visto aquí.
Puedo asegurarles que los que permanezcan sentados en sus butacas, no perderán
nada sustancial. Seguirán viéndose ahí, mezclados entre los espectadores, esos
que han visto ustedes salir del palco, para el acostumbrado intervalo entre un
acto y el siguiente.
Yo aprovecharé este intervalo para cambiar el decorado. Y lo haré delante de
ustedes, ostensiblemente, para ofrecerles también a ustedes, los que se quedan
en la sala, un espectáculo al que no están acostumbrados.
(Da unas palmadas,
como señal, y ordena:) ¡Abrid el telón!
El telón se abre.
INTERMEDIOS
Representación simultánea, en el vestíbulo del teatro y en el escenario.
En el vestíbulo, los actores y actrices actuarán con la máxima libertad y
naturalidad - cada uno dentro de su papel, por supuesto - como espectadores entre
los espectadores, durante el entreacto.
Se agruparán en cuatro puntos distintos del vestíbulo, y, allí, cada grupo hará
su escena independientemente de los otros, y al mismo tiempo: Rico Verri, con
Mommina; Doña Ignacia, con dos de los oficiales - que se llaman el uno Pometti y
el otro Mangini -, estará sentada en algún banco; Dorina se pasea conversando con
el tercer oficial, que se llama Nardi; Nené y Totina irán con Pomárici y Sarelli
al fondo del vestíbulo, donde hay un pequeño bar con licores, café, cerveza,
caramelos y otras golosinas.
Estas escenitas esparcidas y simultáneas, por necesidad de espacio, son
transcritas aquí unas después de otras.
I
Nené, Totina, Sarelli y Pomárici, en el bar del fondo del vestíbulo.
Nené: ¿No tiene helados? ¡Qué lástima! Pues deme algo de beber. Algo fresco, por
favor. Una menta, sí.
Totina: A mí, una limonada.
Pomárici: Un paquetito de chocolatinas; y caramelos, también.
Nené: ¡No, no los compre, Pomárici! Gracias.
Totina: No serán buenos. ¿Son buenos? ¡Ah, entonces, sí, cómprelos, cómprelos!
¡Es una de las cosas que más nos gustan a las mujeres!
Pomárici: ...¿las chocolatinas?
Totina: ...¡no... hacer gastar dinero a los hombres!
Pomárici: ¡Por tan poca cosa! Lástima que no tuvimos tiempo de entrar en el
café, según veníamos al teatro...
Sarelli: ...por aquel maldito incidente...
Totina: ¡En parte, es culpa de papá! ¡Parece que él mismo va buscando las
ocasiones de esa indigna persecución, frecuentando ciertos sitios!
Pomárici: (Poniéndole entre los labios una chocolatina) ¡No se amargue! ¡No se
amargue!
Nené: (Abriendo la boca como un pajarito) ¿Y a mí?
Pomárici: (Poniéndole un caramelo en la boca) En seguida: pero a usted, un
caramelo.
Nené: ¿Y es seguro que en el Continente se hace así?
Pomárici: ¿Cómo no? ¿Poner un caramelo en la boca a una señorita guapa?
¡Segurísimo!
Sarelli: ¡Eso, y otras cosas!
Nené: ¿Qué cosas? ¿Qué cosas?
Pomárici: ¡Ah, si quisiéramos hacer en todo como en el Continente!
Totina: (Provocando) ¿Por ejemplo?
Sarelli: Aquí no podemos darle el ejemplo.
Nené: ¡Entonces, mañana, las cuatro tomaremos por asalto el campo de aviación!
Totina: ¡Y pobres de ustedes si no nos dan una vueltecita en avión!
Pomárici: La visita será gratísima; pero eso de volar...
Sarelli: ¡Prohibido por el reglamento!
Pomárici: Con el comandante que tenemos ahora...
Totina: ¿No habían dicho ustedes que ese ogro se iba a ir en seguida con
permiso?
Nené: Yo no atiendo razones: quiero volar sobre la ciudad, para darme el gustazo
de escupir desde allá arriba. ¿Se podrá?
Sarelli: Volar, imposible...
Nené: No, digo, tirarle así... ¡puaf!, un escupitajo. Le doy a usted el encargo.
II
Dorina: y Nardi, paseando.
Nardi: ¿Sabe usted que su papá está enamorado como un loco de la chanteuse del
Cabaret?
Dorina: ¿Papá? ¿Qué me dice?
Nardi: Papá, papá; se lo aseguro yo; por lo demás, lo sabe toda la comarca.
Dorina: ¿Pero lo dice usted en serio? ¿Papá enamorado? (Una carcajada que hace
volverse a todos los espectadores vecinos)
Nardi: ¿No vio usted que estaba allí, en el Cabaret?
Dorina: ¡Por Dios, que no se entere mamá! ¡Lo descuartizaría! ¿Pero quién es esa
chanteuse? ¿Usted la conoce?
Nardi: Sí, la he visto una vez. Una loca afligida.
Dorina: ¿Afligida? ¿Cómo...?
Nardi: Dicen que llora cuando canta, con los ojos cerrados; lágrimas auténticas;
y algunas veces, se cae al suelo, anonadada por la desesperación que la hace
llorar, borracha.
Dorina: ¡Ah! ¿sí? ¡Entonces será el vino!
Nardi: Quizá. Pero parece ser que bebe porque está desesperada.
Dorina: ¡Dios mío! ¿Y papá...? ¡Pobrecito! ¿Sabe usted que papá es
verdaderamente desgraciado, el pobre? No, no, yo no lo creo.
Nardi: ¿No lo cree? ¿Y si yo le dijera que una noche, quizá un poco alegre él
también, dio el espectáculo en el Cabaret, yendo con un pañuelo en la mano y
las lágrimas en los ojos a enjugárselas a la que cantaba con los ojos cerrados?
Dorina: .—¡Oh, no! ¿En serio?
Nardi: ¿Y sabe cómo le contestó ella? ¡Propinándole una solemnísima bofetada!
Dorina: ¿A papá? ¿También ésa? ¡Le da tantas mamá, al pobre papá!
Nardi: Y eso mismo le dijo él, allí, delante de los clientes que se reían: «¿También
tú, ingrata? ¡Me da tantas mi mujer!»
En este momento están cerca del bar.
Dorina ve a sus hermanas y corre hacia ellas
con Nardi.
III
Delante del bar, Nené, Totina, Dorina, Pomárici, Sarelli y Nardi.
Dorina: ¿Sabéis lo que dice Nardi? ¡Que papá está enamorado de la chanteuse del
Cabaret!
Totina: ¡No!
Nené: ¿Tú lo crees? ¡Es una broma!
Dorina: ¡No, no: es verdad, es verdad!
Nardi: Puedo garantizar que es verdad.
Sarelli: Claro que sí; yo también me he enterado.
Dorina: ¡Y si supierais lo que ha hecho!
Nené: ¿Qué ha hecho?
Dorina: ¡Se ha llevado una bofetada, también de ella, en pleno café!
Nené: ¿Una bofetada?
Totina: ¿Y por qué?
Dorina: ¡Porque quería enjugarle las lágrimas!
Totina: ¿Las lágrimas?
Dorina: Sí, porque dicen que es una mujer que siempre llora...
Totina: ¿Habéis comprendido? ¡Tenía yo razón, cuando lo dije hace poco! ¡Es él,
es él! ¿Cómo queréis que luego la gente no se ría y no hagan mofa de él?
Sarelli: Si quieren ustedes una prueba, regístrenle los bolsillos de la
chaqueta: tiene que tener el retrato de la chanteuse: me lo enseñó a mí una vez,
con unas exclamaciones que... no les digo nada, ¡el pobre don Palmiro!
IV
Rico Verri y Mommina, aparte.
Mommina: (Un poco intimidada por el aspecto hosco con que Verri salió del
palco) ¿Qué le pasa?
Verri: (De mal talante) ¿A mí? Nada. ¿Qué me va a pasar?
Mommina: Entonces, ¿por qué está así?
Verri: No lo sé. Sé que, si estoy un momento más en el palco, acabo haciendo una
locura.
Mommina: No hay quien soporte esta vida.
Verri: (Fuerte, áspero) ¿Ahora se da usted cuenta?
Mommina: ¡Por favor, cállese! Todas las miradas están pendientes de nosotros.
Verri: ¡Pues por eso mismo! ¡Por eso mismo!
Mommina: Yo ya he llegado a un extremo que no sé ni moverme ni hablar.
Verri: Yo quisiera saber por qué tiene que mirarnos tanto, y estar escuchando lo
que hablamos entre nosotros.
Mommina: ¡Sea usted bueno, hágame ese favor, no los provoque!
Verri: ¿No estamos aquí como todos los demás? ¿Qué ven en nosotros de
particular, en este momento, para estar mirándonos así?
Yo pregunto si alguna
vez es posible...
Mommina: ...Claro que sí..., vivir..., se lo he dicho..., volver a hacer un
gesto, levantar los ojos, así, bajo la mirada de todo el mundo. Mire allí,
también en torno a mis hermanas, y allí, en torno a mamá.
Verri: ¡Como si estuviéramos aquí dando un espectáculo!
Mommina: ¡Claro!
Verri: Sin embargo, dispense, pero... sus hermanas, allí...
Mommina: ¿Qué hacen?
Verri: Nada; no quisiera darme cuenta de ello, pero me parece que les encanta...
Mommina: ¿El qué?
Verri: ¡Llamar la atención!
Mommina: Pero si no hacen nada malo: se ríen, charlan...
Verri: ¡Van provocando, con esa actitud descarada!
Mommina: Pero si son también sus compañeros, perdone...
Verri: Los que las animan, ya lo sé; y crea usted que ya están empezando a
cargarme, especialmente ese Sarelli, y también Pomárici y Nardi.
Mommina: Están de buen humor...
Verri: Podrían darse cuenta de que lo están a expensas de la buena reputación de
tres muchachas decentes; y, por lo menos, abstenerse de ciertas actitudes, y de
ciertas confianzas.
Mommina: Eso sí que es verdad.
Verri: Yo, por ejemplo, no consentiría que uno de ellos se permitiera con
usted...
Mommina: ...no lo consentiría yo; sería la primera en no consentirlo, ¡usted lo
sabe!
Verri: ¡Bueno, vamos a dejar eso, por caridad! ¡Usted también, usted también lo
ha consentido antes!
Mommina: ¡Pero ahora ya no, desde hace tiempo, me parece! Debería usted saberlo.
Verri: ¡Pero no basta que lo sepa yo: deberían saberlo también ellos!
Mommina: ¡Lo saben! ¡Lo saben!
Verri: ¡No lo saben! Más de una vez han querido demostrarme que no querían
saberlo; y precisamente como desafiándome.
Mommina: ¡No, eso no! ¿Cuándo? ¡Por Dios, no se meta esas ideas en la cabeza!
Verri: ¡Deberían comprender que conmigo no se juega!
Mommina: ¡Lo comprenden, esté usted seguro! Pero cuanto más deje usted ver que
le molesta la broma más inocente, más seguirán ellos, aunque sólo sea por
demostrar que no lo habían hecho con ninguna malicia.
Verri: Entonces, ¿usted los disculpa?
Mommina: ¡Ni mucho menos! Lo digo por usted, para que esté tranquilo; y también
por mí, que sabiendo que es usted así, vivo en continuo sobresalto.
Vamos,
vamos. Mamá se ha levantado; parece que quiere entrar.
V
Doña Ignacia en un banco, con Pometti y Mangini, uno a cada lado
Doña Ignacia: ¡Ah, ustedes podrían hacer grandes méritos, grandes méritos,
amigos míos, en pro de la civilidad!
Mangini: ¿Nosotros? ¿Y cómo, doña Ignacia?
Doña Ignacia: ¿Cómo? ¡Poniéndose a dar lecciones, en su círculo!
Pometti: ¿Lecciones? ¿A quién?
Doña Ignacia: ¡A estos groseros palurdos del pueblo! Aunque sólo fuera una hora
diaria.
Mangini: ¿Lecciones de qué?
Pometti: ¿De buena crianza?
Doña Ignacia: No, no, demostrativa.
Una leccioncita al día, de una hora, que les
informara de cómo se vive en las grandes ciudades del Continente. ¿Usted de
dónde es, amigo Mangini?
Mangini: ¿Yo? De Venecia, señora.
Doña Ignacia: ¿De Venecia? ¡Oh, Venecia, mi sueño dorado! ¿Y usted, Pometti?
Pometti: De Milán.
Doña Ignacia: ¡Oh, Milán! Milano... ¡Si estuviéramos allí! II nostro Milano... Y
yo soy de Nápoles; de Nápoles, que... sin hacer de menos a Milán... digo... y
salvando los méritos de Venecia... como paisaje, digo... ¡un paraíso! ¡Chiaja!
¡Posillipo! Me dan... me dan ganas de llorar, cuando me acuerdo... ¡tantas
cosas! ¡tantas cosas...! Aquel Vesubio, Capri... ¡ustedes tienen el Duomo, la
Galería, la Scala... Y ustedes la Plaza de San Marcos, el Gran Canal... ¡tantas
cosas! ¡tantas cosas! En cambio, aquí, toda esta mezquindad... ¡Y si sólo fuera
en la calle!
Mangini: ¡No lo diga usted tan fuerte, delante de ellos, por caridad!
Doña Ignacia: ¿Cómo que no? Yo hablo fuerte. ¡Santa Clara de Nápoles, amigos
míos! La tienen dentro, la mezquindad.
En el corazón, en la sangre la llevan.
¡Comidos por la rabia! ¿No les da a ustedes esa impresión, como si estuvieran
todos rabiosos?
Mangini: La verdad, a mí...
Doña Ignacia: ...¿No les parece...? ¡Claro que sí!, todos siempre quemados por
una... ¿cómo diría yo?, sí, rabia instintiva, que los hace feroces a unos contra
otros; basta que uno..., no sé..., mire para aquí, en lugar de mirar para allí,
o se suene un poco fuerte, o se sonría porque se acuerda de algo... ¡Dios nos
libre! «¡Se ha reído de mí!», «¡Se ha sonado tan fuerte para hacerme una afrenta
a mí!» «¡Ha mirado para allí, por hacerme un desprecio a mí!» No puede una hacer
nada sin que sospechen que hay doble intención, y quién sabe qué malicia; porque
la malicia la tienen todos ellos dentro, al acecho. Mírenles ustedes a los ojos.
Meten miedo. Ojos de lobo... ¡Bueno, vamos, que debe ser hora de entrar...!
Vamos con esas pobres hijas.
Medido el tiempo necesario para que los cuatro grupos reciten simultáneamente
sus réplicas, cada uno en su puesto indicado, se hará de modo - incluso suprimiendo o añadiendo, cuando sea necesario, algunas frases
- que todos, al
final, se muevan al mismo tiempo para reunirse y salir juntos del vestíbulo.
Pero esta simultaneidad deberá estar también cronometrada con el tiempo que
necesite el Doctor Hinkfuss para hacer sus prodigios en el escenario.
Tales prodigios podrían ser dejados al capricho del Doctor Hinkfuss; pues como
él, y no el Autor del Cuento, ha querido que Rico Verri y los otros Jovenes
oficiales fueran aviadores, es posible que también haya querido reservarse el
placer de preparar delante del público que se haya quedado en la sala, un
hermoso campo de aviación, escenificado con admirables efectos de perspectiva.
De noche, bajo un magnífico cielo estrellado, con pocos elementos sintéticos: en
tierra, todo pequeño, para dar la sensación del inmenso espacio con aquel cielo
sembrado de estrellas; pequeñita, al fondo, la caseta blanca de los Oficiales,
con las ventanas iluminadas; pequeños los aparatos, dos o tres, esparcidos por
el campo; y una gran sugestión de luces oscuras, y el ronquido de un aeroplano
invisible, que vuela en la noche serena. Se le puede permitir ese gusto al
Doctor Hinkfuss, aunque en la sala no haya quedado ni un sólo espectador. En ese
caso - que hay que tener previsto - ya no se tendría la representación simultánea
de este intermedio en el vestíbulo y en el escenario. Pero el mal sería
fácilmente remediable. El Doctor Hinkfuss, mandando abrir el telón, y viendo que
su celo no produce el efecto de retener en la sala a un pequeño sector del
público, se retiraría entre bastidores, un poco contrariado, y se desahogaría,
dando la prueba de su valer, al terminar la representación del vestíbulo, cuando
los espectadores, llamados por el toque del timbre, vuelvan a la sala a ocupar
sus localidades.
Lo que importa, sobre todo, es que el público soporte estas cosas que, si no
superfluas, son ciertamente accesorias. Pero en vista de que hay tantos síntomas
de que gustan, y de que estas cosas de relleno van saboteándose más que la
auténtica pitanza, ¡que le aproveche! El Doctor Hinkfuss tiene razón, por lo
tanto, después de este cuadro del campo de aviación, le sirve al público otra
escena diciendo claramente, y con el desdén del gran señor que puede permitirse
ciertos lujos, que, en realidad, del primero se puede prescindir, por no ser
estrictamente necesario. Se habrá perdido un poco de tiempo para conseguir un
bello efecto, pero se dará a entender lo contrario: que no se quiere perder el
tiempo, tanto es así, que se ha cortado una escena que podía ser suprimida sin
daño para la representación. Omitiremos también nosotros las órdenes que el
Doctor Hinkfuss podrá concertar por sí mismo fácilmente con los tramoyistas y
electricistas para la preparación de ese campo de aviación. Apenas montado, baja
del escenario a la sala, se coloca en medio del pasillo para, con otras
oportunas órdenes, regular bien los efectos de luces, y cuando los haya obtenido
perfectos, vuelve a subir al escenario.
Doctor Hinkfuss: ¡No, no! ¡Fuera todo! ¡Fuera todo! ¡Que cese ese zumbido!
¡Apaguen! ¡Apaguen! Estoy pensando que esta escena puede suprimirse también. Sí,
el efecto es bonito, pero con los medios que tenemos a nuestra disposición,
podemos obtener otros no menos bonitos, que llevarán la acción adelante más
expeditamente. Por fortuna, esta noche estoy libre delante de ustedes y espero
que no les desagradará ver cómo se monta un espectáculo, no sólo ante sus
propios ojos, sino también - ¿por qué no? - con la colaboración de ustedes.
El teatro, como ustedes ven, señores, es la boca abierta hasta atrás de una gran
maquinaria que tiene hambre: un hambre que los señores poetas...
Un poeta, desde los sillones: ¡Por favor, no llame señores a los poetas; los
poetas no son señores!
Doctor Hinkfuss: (Rápido) Tampoco los críticos son, en ese sentido, señores;
pero yo los he llamado así, por una especie de afectación polémica que, sin
ánimo de ofender, creo que puede ser permitida en este caso. Un hombre, decía,
que los señores poetas tienen la poca habilidad de no saber saciar.
Para esta
máquina del teatro, como para otras máquinas enormes y admirablemente
multiplicadas y desarrolladas, es deplorable que la fantasía de... los poetas,
atrasada, no consiga ya encontrar un alimento adecuado y suficiente. No quieren
entender que el teatro es, ante todo, espectáculo.
Arte, sí, pero también vida.
Creación, sí, pero no durable: momentánea.
Un prodigio: ¡la forma que se mueve!
Y el prodigio, señores, no puede ser más que momentáneo.
En un momento, ante los
ojos de ustedes, crear una escena; y dentro de ésta, otra, y otra más.
Un
momento de oscuridad; una rápida maniobra; un sugestivo juego de luces. Así,
verán ustedes.
(Da una palmada y ordena:) ¡Oscuro!
Se hace el oscuro, el telón se cierra silenciosamente a la espalda del Doctor
Hinkfuss.
Se enciende la luz de la sala mientras los timbres llaman a los
espectadores porque ha terminado el entreacto.
En el caso de que todos los espectadores hubieran salido al vestíbulo, y que el
Doctor Hinkfuss - habiendo faltado la simultaneidad de la doble representación,
la del vestíbulo y la del escenario - se viera obligado a esperar a la maniobra
de la primera escena en el campo de aviación y a la charla sucesiva, se entiende
que el telón no bajaría, y que, una vez ordenado el oscuro, él, delante de todo
el público presente en la sala, seguiría dando las demás órdenes para la
continuación del espectáculo.
Aquí se previene el caso de la simultaneidad, como sería de desear que se
produjera, y se procurará que se produzca.
Cerrando entonces el telón y dada la
luz de la sala, el Doctor Hinkfuss seguirá diciendo.
Doctor Hinkfuss: Esperaremos hasta que haya entrado todo el público. Tenemos que
dar tiempo a que Doña Ignacia y las señoritas La Croce entren en casa, después
del teatro, acompañadas por sus jóvenes amigos oficiales. (Dirigiéndose al SEÑOR
DE LAS BUTACAS, que entra ahora en la sala:) Y si mientras tanto, usted,
caballero, mi impertérrito interruptor, quisiera informar al público que se
quedó aquí en la sala, de si ha ocurrido algo nuevo en el vestíbulo...
El señor de las butacas: ¿Me dice a mí?
Doctor Hinkfuss: A usted, sí. Si quisiera usted ser tan amable...
El señor de las butacas: No, nada nuevo. Un gracioso entretenimiento. Han
charlado.
Solamente se ha sabido que ese payaso de don Palmiro, «Zampoña», está
enamorado de la chanteuse del Cabaret.
Doctor Hinkfuss: ¡Ah, sí! Pero eso ya habían podido comprenderlo. Por lo demás,
tiene poca importancia.
El joven espectador de la platea: No, dispense, también se ha comprendido que el
oficial Rico Verri...
El Primer actor: (Asomando la cabeza por el telón, a la espalda del Doctor
Hinkfuss) ¡Basta, basta ya de ese oficial!
¡Dentro de poco me libero de este
uniforme!
Doctor Hinkfuss: (Volviéndose al Primer actor, que ya ha retirado la cabeza)
Pero, usted, ¿por qué interviene? Y perdone.
El Primer actor: (Asomando nuevamente la cabeza) Porque me irrita ese
calificativo, y por poner las cosas en su punto: yo no soy oficial de carrera.
Retira
nuevamente la cabeza.
Doctor Hinkfuss: Lo hice constar desde el principio. Basta.
(Al joven espectador:) ¡Usted dispense! ¿Decía usted, señor...?
El joven espectador: (Intimado y azarado) Pues... nada... Decía que... que
también allí, en el vestíbulo, ese señor Verri ha demostrado su mal humor y
que... y que parece que empieza a estar bastante harto del escándalo que dan
esas señoritas y su... señora madre...
Doctor Hinkfuss: Sí, sí, está bien; pero también eso ha podido verse desde el
principio. Gracias, de todos modos.
Se oye, detrás del telón, el piano que toca
el aria de Siebel del Fausto de Gounod: «Le parlate d'amoro cari fior...»
Doctor Hinkfuss: Bien: el piano: todo está listo.
(Retira un poco el telón y da orden hacia
dentro) ¡Gong!
Al golpe de gong, vuelve a bajar a su butaca de primera fila, y
se abre el telón.
ACTO TERCERO
A la derecha, al fondo, la armazón de una pared de cristales, con puerta en
medio, de modo que se entrevea, en la parte de allá, la antesala; pero apenas
con algunos sabios toques de color y alguna lámpara encendida.
En medio de la escena, otra armazón de pared, también con puerta en medio, abierta, que desde
el salón, que queda a la derecha, conduce al comedor, indicado esquemáticamente
con un pretencioso aparador y una mesa cubierta con un tapete rojo, sobre la
cual pende del techo una lámpara, ahora apagada, con enorme pantalla de campana
de bonitos colores naranja y verde. Encima del aparador, habrá, entre otras
cosas, una palmatoria de botella.
En el salón, además del piano, un diván,
algunos veladores, sillas.
Abierto el telón se ve a Pomárici que sigue tocando sentado al piano, y a Nené,
que baila con Sarelli, como Dorina con Nardi. Es un vals.
Han regresado del
teatro. Doña Ignacia se ha atado a la cara un pañuelo de seda negro, para un
dolor de muelas que le ha entrado.
Rico Verri ha ido corriendo a una farmacia de
guardia en busca de un calmante.
Mommina está sentada junto a su madre, en el
diván, cerca del cual está también Pometti.
Totina está allí - fuera de
escena - con Mangini.
Mommina: (A su madre, mientras Pomárici toca y las dos parejas bailan) ¿Te
duelen mucho?
Y le acerca una mano a la mejilla.
Doña Ignacia: ¡Estoy rabiosa! ¡No me toques!
Pometti: Verri ha ido corriendo a la farmacia: estará aquí en seguida.
Doña Ignacia: ¡No le abrirán! ¡No le abrirán!
Mommina: ¡Pero si tienen obligación de abrir: farmacia de guardia!
Doña Ignacia: ¡Ya! ¡Como si no supiera yo en qué país vivimos! ¡Ay! ¡Ay! ¡No me
hagáis hablar; estoy rabiosa!
¡Capaces de no abrirle, si saben que es para mí!
Pometti: ¡Ya verá usted cómo Verri consigue que le abran! ¡Él también es capaz
de echar la puerta abajo!
Nené: (Plácida, mientras sigue bailando) ¡Claro que sí, puedes estar segura,
mamá!
Dorina: (Como antes) ¡Figúrate, si no abren! ¡Se les mete dentro, es más bestia
que ellos!
Doña Ignacia: No, no, pobrecillo, no digas eso. ¡Es tan bueno! ¡En seguida fue
corriendo!
Mommina: ¡Y tanto! ¡Él solo! Mientras ustedes están ahí bailando.
Doña Ignacia: ¡Deja, deja que bailen! Después de todo, el dolor no se me iba a
pasar porque estuvieran a mi alrededor preguntándome qué tal estoy.
(A Pometti) Es la furia, la furia que me pone en la sangre esta gente, la razón de
todos mis dolores.
Nené: (Dejando de bailar y acudiendo a su madre, toda encendida por la
proposición que va a hacer) Mamá, ¿y si dijeras el Ave María, como aquella vez?
Pometti: ¡Eso! ¡Muy bien!
Nené: (Siguiendo) ¡Ya sabes que, diciéndola, se te pasó el dolor!
Pometti: ¡Sí, pruebe, señora, pruebe usted!
Dorina: (Mientras sigue bailando) ¡Sí, sí, dila, dila, mamá! ¡Verás cómo se te
pasa!
Nené: ¡Claro! ¡Pero ustedes dejen de bailar!
Pometti: ¡Cierto! ¡Y tú, de tocar, eh, Pomárici!
Nené: ¡Mamá dirá el Ave María como aquella vez!
Pomárici: (Levantándose del piano y acudiendo) ¡Ah, muy bien, sí! ¡Vamos a ver,
vamos a ver si se repite el milagro!
Sarelli: ¡Dígala en latín, en latín, doña Ignacia!
Nardi: ¡Eso! ¡Hará más efecto!
Doña Ignacia: ¡Pero dejadme en paz! ¿Qué queréis que diga?
Nené: ¡Perdona, tienes la prueba de la otra vez! ¡Se te pasó!
Dorina: ¡En la oscuridad! ¡En la oscuridad!
Nené: ¡Recogimiento! ¡Recogimiento! ¡Pomárici, apague la luz!
Pomárici: Pero, ¿dónde está Totina?
Dorina: Está ahí con Mangini. ¡No te ocupes de Totina y apaga la luz!
Doña Ignacia: ¡De ningún modo! ¡Hace falta por lo menos una vela! ¡Y las manos,
en su sitio! Y Totina, aquí.
Mommina: (Llamando) ¡Totina! ¡Totina!
Dorina: ¡La vela está allí!
Nené: ¡Cógela tú; yo voy a buscar la estatuita de la Madona!
Sale corriendo por
el fondo.
Mientras tanto, Dorina va al comedor, con Nardi, a coger la palmatoria que está encima del aparador.
Antes de encenderla, en la oscuridad, Nardi
abraza fuertemente a Dorina: y le da un beso en la boca.
Doña Ignacia: (Gritando a Nené que ha salido corriendo) ¡No, deja! ¡No hace
falta! ¡Qué, estatuita! ¡Se puede prescindir!
Pomárici: (Como antes) ¡A la que debe usted llamar es a Totina!
Doña Ignacia: ¡Un velador que haga de altarcito!
Va a cogerlo.
Dorina: (Volviendo con la palmatoria encendida, mientras Pomárici apaga la luz)
¡Aquí está la vela!
Pometti: ¡Aquí, sobre el velador!
Nené: (Por el fondo, con la estatuilla de la Madona) ¡Y aquí la Madona!
Pomárici: ¿Y Totina?
Nené: ¡Ahora viene, ahora viene! ¡No nos dé la lata con Totina!
Doña Ignacia: Pero ¿se puede saber qué hace ahí?
Nené: ¡Nada, prepara una sorpresa, ahora veréis!
(Luego, invitándolos a todos
con el gesto) ¡Aquí, detrás, detrás todos, y en semicírculo! ¡Recógete, mamá!
Cuadro.
En la oscuridad, apenas modificada por la luz oscilante de la
palmatoria, el Doctor Hinkfuss ha preparado un delicadísimo efecto: la fusión de
una suavísima «luz de milagro» - luz psicológica - , verde, casi emanación de la
esperanza de que el milagro se produzca.
Esto, en cuanto Doña Ignacia, ante la
Madona - colocada, como la palmatoria, sobre el velador - , se ponga a recitar con las manos juntas, con voz lenta y profunda, las palabras de la oración, casi
esperando que el dolor se le pase al terminar de pronunciar cada palabra.
Doña Ignacia: «Ave María, gratia plena, Dominus tecum...»
De improviso, un trueno y el reflejo diabólico de un relámpago rojo lo estropea
todo.
Totina, vestida de hombre, con el uniforme de oficial, de
Mangini, entra
cantando, seguida de Mangini, que se ha puesto un larguísimo batín de Don
Palmiro.
El trueno se convierte de repente en la voz de Totina que canta; como
el relámpago rojo, en la luz del salón que Mangini da al entrar.
Totina: «Le parlate d'amor
- o cari fior...»
Grito unánime, fortísimo, de
protesta.
Nené: ¡Cállate, estúpida!
Mommina: ¡Lo has estropeado todo!
Totina: (Azorada) ¿Qué pasa?
Dorina: Mamá estaba rezando el Ave María.
Totina: (A Nené) ¡Podías habérmelo dicho!
Nené: ¡Claro! ¡Iba yo a figurarme que tú ibas a aparecer así en este momento!
Totina: ¡Ya estaba vestida cuando entraste a buscar la Madona!
Nené: ¡Basta! ¡Basta! ¿Qué hacemos ahora?
Pomárici: ¡Volver a empezar! ¡Volver a empezar!
Doña Ignacia: (Atontada, en espera, como si ya tuviera el milagro en la boca)
No... Esperad... Yo no sé...
Mommina: (Contenta) ¿Se te ha pasado?
Doña Ignacia: (Como antes) No sé... habrá sido el diablo... o la Madona...
(Se aprieta toda la mejilla por una nueva punzada de dolor) No, no... ¡Ay...! ¡Otra
vez...! ¡Qué, pasado! ¡Ayyyy! ¡Dios mío, qué congoja...!
(De pronto, dominándose, da una patada en el suelo y se impone a sí misma) ¡No! ¡No quiero
darme por vencida! ¡Cantad, cantad, hijas! ¡Dadme ese gusto, cantad, cantad!
¡Pobre de mí, pobre de mí, si me acobardo ante este cochino dolor! ¡Vamos,
Mommina: «Stride la vampa»!
Mommina: (Mientras todos gritan aplaudiendo: «¡Sí, sí! ¡Muy bien! ¡El coro de
«II Trovatore»!) ¡No, no, mamá, no estoy en vena! ¡No!
Doña Ignacia: (Suplicando con rabia) ¡Hazme esta caridad, Mommina! ¡Es para mi
dolor!
Mommina: ¡Te digo que no estoy en vena!
Nené: ¡Vamos! ¿No puedes complacerla una vez?
Totina: ¡Te está diciendo que no quiere acobardarse por el dolor!
Sarelli y Nardi: ¡Sí, sí, venga!
- ¡Dele ese gusto, señorita!
Nené: ¿Te figuras que no nos suponemos por qué ya no quieres cantar?
Pomárici: ¡No, no, si la señorita va a cantar!
Sarelli: ¡Si es por Verri, no dude que nos encargaremos nosotros de tenerlo a
raya!
Pomárici: Cantando, le juro que el dolor se le conjura.
Doña Ignacia: ¡Sí, sí, hazlo, hazlo, por tu mamá!
Pometti: ¡Qué valor tiene esta Generala nuestra!
Doña Ignacia: Tú, Totina, haces de Manrico, ¿eh?
Totina: ¡Por supuesto! ¡Ya estoy vestida!
Doña Ignacia: ¡Póngale el bigote, póngale el bigote a mi hija!
Mangini: ¡Eso, sí! ¡Yo se lo pinto!
Pomárici: ¡No! ¡Si me lo permite, se lo pintaré yo!
Nené: ¡Aquí está el tapón de corcho, Pomárici! ¡Voy corriendo a buscarle un
sombrero con plumas! ¡Y un pañuelo amarillo, y un chal rojo para Azucena! Escapa
por el fondo, y poco después vuelve con todo lo que ha dicho.
Pomárici: (A Totina, mientras le pinta el bigote) ¡Estése quietecita, por
favor!
Doña Ignacia: ¡Muy bien! Mommina, Azucena...
Mommina: (Casi para sí, sin fuerza ya para oponerse) No, yo no...
Doña Ignacia: (Siguiendo) ...y Totina, Manrico...
Sarelli: ¡...y todos nosotros, el coro de zíngaros!
Doña Ignacia: (Aludiendo al coro de zíngaros)
«All'opra, all'opra! Dàgli. Martella.
Chi del gitano la vita abbella?»
(Se lo pregunta cantando a algunos, que se quedan mirándola sin saber si lo
pregunta en serio o en broma; y entonces, ella, dirigiéndose a otros, pregunta):
«Chi del gitano la vita abbella?»
(Pero éstos la miran como los primeros; no puede aguantar el dolor; y rabiosa,
pregunta a todos, para obtener la respuesta):
«Chi del gitano la vita abbella?»
(Todos, comprendiendo, por fin, entonan la respuesta):
«La zingarééé... eeélla!»
Doña Ignacia: (Primero, respirando por haber sido, al fin, comprendida) ¡Ah!
(Luego, mientras los otros sostienen la nota, para sí, retorciéndose de dolor) ¡Ayyy! ¡Ayyy! ¡No aguanto más! ¡Valor! ¡Valor! ¡Venga, hijitos, cantad pronto!
Pomárici: ¡No, no: esperen que termine!
Dorina: ¿Todavía? ¡Ya está bien así!
Sarelli: ¡Está muy bien!
Nené: ¡Un amor! ¡Ahora, el sombrero! ¡El sombrero!
(Se lo da, y se dirige a Mommina) ¡Y tú, sin historias! ¡El pañuelo en la cabeza!
(A Sarelli) ¡Áteselo
atrás! (Sarelli lo hace) ¡Y el chal, así!
Dorina: (Con un empujón, a Mommina, que sigue inmóvil) ¡Pero muévete!
Pomárici: ¡Ah, pero hace falta algo para tocar!
Nené: ¡Lo he encontrado! ¡Los almireces de cobre!
Va a cogerlos del aparador
del comedor; vuelve y los distribuye.
Pomárici: (Yendo al piano) ¡Vamos, atentos! ¡Empecemos por el principio!
«Vedi le fosche notturne spoglie...»
Se pone a tocar el coro de los zíngaros con que empieza el segundo acto de
«II Trovatore».
Coro: (Atacando):
«Vedi le fosche notturne spoglie
de' cieli sveste l'immensa volta:
sembra una vedova che alfin toglie
i bruni panni ond'era involta.»
(Luego, golpeando los almireces:)
«All'opra, all'opra! Dàgli. Martella.
Chi del gitano la vita abella?»
(Tres veces)
«La zingarella!»
Pomárici: (A Mommina) ¡Atención, señorita! ¡Usted! ¡Y vosotros todos a su
alrededor!
Mommina: (Adelantándose)
«Stride la vampa! la folla indomita
corre a quel foco, lieta in sembianza!
Urli di gioja intorno echeggiano:
cinta di sgherri donna s'avanza.»
Mientras los otros cantan, primero a coro, y ahora Mommina sola, Doña Ignacia,
sentada en una sillita, agitándose como un oso, pateando tan pronto con una
pierna como con la otra, murmura entre dientes, cadenciosamente, como si dijera
una letanía en su sufragio.
Doña Ignacia: ¡Dios mío, yo me muero! ¡Dios mío, yo me muero! ¡Castigo por mis
pecados! ¡Dios mío, Dios mío, qué congoja! ¡Dame fuerzas, Dios mío! ¡Golpéame y
hazme sufrir a mí sola! ¡Que pague yo sola, Dios mío, la diversión de mis hijas!
¡Cantad, cantad, sí, sí, disfrutad, hijas! ¡Dejad que rabie yo sola con estos
dolores que son la penitencia por todos mis pecados! ¡Yo os quiero contentas,
alegres, alegres, así...! ¡Sí, dagli, martella, dale, martillea encima de mí! ¡A
mí sólo, Dios mío, y deja disfrutar a mis hijas...! ¡Ah, Dios, la alegría que yo
no pude tener nunca... nunca, Dios mío, nunca..., quiero que la tengan mis
hijas...! ¡Deben tenerla! ¡Deben tenerla! Pagaré yo, pagaré yo por ellas,
incluso si faltan a tus mandamientos. (Y entona con los otros, mientras las
lágrimas le ruedan por las mejillas) «La zingarééé... eeellaaaa...» ¡Silencio!
¡Ahora canta Mommina, con su voz de «primo cartello»...«La vampa», sí...! La
llama... ¡La tengo yo en la boca, la llama...! «Lieta, sí, lieta in sembianza...
Alegre en apariencia...
Llega en este momento por el fondo Rico Verri.
Queda primero suspenso, como si
el asombro abriera un precipicio delante de él; luego da un salto y se lanza
contra Pomárici; lo agarra en el taburete del piano y lo tira al suelo,
gritando:
Rico Verri: Con que sí, ¿eh? ¿Así os mofáis de mí?
Todos se quedan helados, lo que se traduce en alguna exclamación tonta,
incongruente.
Nené: ¡Mira qué modales!
Dorina: ¿Estás loco?
Luego, una riña, al levantarse Pomárici, que se lanza contra Verri, mientras
los otros se interponen, para separarlos y sujetarlos, hablando todos a la vez,
en gran confusión.
Pomárici: ¡Me responderás de lo que has hecho!
Verri: (Rechazándolo violentamente) ¡Todavía no he acabado!
Sarelli Y Nardi: ¡Estamos nosotros aquí, también!
- ¡Nos responderás a todos!
Verri: ¡A todos, a todos! ¡Me basto yo solo para romperos el hocico a todos
vosotros!
Totina: ¿Es usted el amo en nuestra casa?
Verri: Me envían a buscar la medicina...
Doña Ignacia: ...la medicina: y ¿luego?
Verri: (Por Mommina) ¡...me la presentan disfrazada así!
Doña Ignacia: ¡Usted se va ahora mismito de mi casa!
Mommina: ¡Yo no quería, yo no quería! ¡Les he dicho a todos que no quería!
Dorina: ¡Mira! ¡Qué cosas hay que oír! ¡Esta estúpida, disculpándose!
Nené: ¡Abusa de que no tenemos en casa un hombre que lo eche de aquí a patadas,
como se merece!
Doña Ignacia: (A Nené) ¡Anda a llamar a tu padre, ahora mismo! ¡Que se levante
de la cama y que venga en seguida!
Sarelli: ¡Si por eso es, podemos echarlo de aquí nosotros!
Nené: (Corriendo a llamar a su padre) ¡Papá! ¡Papá!
Sale.
Verri: (A Sarelli) ¿Vosotros? ¡Me gustaría veros! ¡Intentadle!
(A Nené, que
corre) ¡Llame, sí, llame a su papá: responderé ante el cabeza de familia de lo
que hago: exigir de éstos el respeto para todas ustedes!
Doña Ignacia: ¿Y quién le ha dado a usted ese encargo? ¿Cómo se atreve?
Verri: ¿Cómo? ¡La señorita lo sabe! (Señala a Mommina)
Mommina: ¡Pero no así, por la violencia!
Verri: ¡Ah! ¿Es mía la violencia? ¿No de los otros sobre usted?
Doña Ignacia: ¡Le repito que no quiero saber nada! Esa es la puerta: ¡fuera!
Verri: ¡No, eso no debe decírmelo usted!
Doña Ignacia: ¡Se lo dirá también mi hija! ¡Además, el ama en mi casa soy yo!
Dorina: ¡Se lo decimos todas!
Verri: ¡No basta! ¡Si la señorita está conmigo! ¡Soy aquí el único que viene con
intenciones honestas!
Sarelli: ¡Mira! ¡Honestas!
Nardi: ¡Aquí no se hace nada malo!
Verri: ¡La señorita lo sabe!
Pomárici: ¡Payaso!
Verri: ¡Los payasos sois vosotros! (Blandiendo una silla) ¡Y guardaos muy bien
de volver a entrometeros, o acabaremos mal ahora mismo!
Pometti: (A sus compañeros) ¡Vámonos, vámonos de aquí!
Dorina: ¡No, no! ¿Por qué?
Totina: ¡No nos dejen ustedes solas! ¡Él no es el dueño de esta casa!
Verri: ¡No te pongas enfermo mañana, tú, Nardi! ¡Nos veremos!
Nené: (Entrando con gran ansiedad) ¡Papá no está en casa!
Doña Ignacia: ¿No está en casa?
Nené: ¡Lo he buscado por todas partes! ¡No aparece!
Dorina: ¡Pero, cómo! ¿No ha vuelto a casa?
Nené: ¡No ha venido!
Mommina: ¿Y dónde estará?
Doña Ignacia: ¿Todavía fuera de casa, a estas horas?
Sarelli: ¡Habrá vuelto al Cabaret!
Pomárici: Señora, nosotros nos retiramos.
Doña Ignacia: No, no, esperen...
Mangini: ¡Por fuerza! ¡Esperad! ¡No voy a salir así a la calle!
Totina: ¡Ah, claro! Dispense. Ya no me acordaba de que llevaba puesto su
uniforme. ¡Voy a quitármelo! (Sale corriendo)
Pomárici: (A Mangini) Espera tú a que la señorita te lo devuelva; nosotros nos
vamos.
Doña Ignacia: Pero dispensen..., no veo...
Verri: Ellos, ellos ven, si usted no quiere ver.
Doña Ignacia: ¡Vuelvo a decirle que debe marcharse usted! ¡No ellos! ¿Ha
comprendido?
Verri: ¡No, señora: ellos! ¡Porque, ante la seriedad de mis intenciones, saben
que éste no es sitio para sus bromas de mal gusto!
Pomárici: ¡Sí, sí, mañana verás cómo nos divertimos nosotros!
Verri: ¡No sé por qué, mañana!
Mommina: ¡Por caridad, por caridad, Verri!
Verri: (Temblando) ¡Usted no me venga con ruegos!
Mommina: ¡No, no ruego! ¡Quiero solamente decir que la culpa es mía, que me
sometí...! ¡No debí, sabiendo que usted...
Nardi: ...como buen siciliano, no podría soportar la broma!
Sarelli: ¡Pero si nosotros tampoco la soportamos ya!
Verri: (A Mommina, como Primer actor, saliéndose espontáneamente de su papel,
con la cólera del primer actor arrastrado a decir lo que no quiere) ¡Muy bien!
¿Está usted satisfecha?
Mommina: (Como Primera
actriz, desconcertada) ¿De qué?
Verri: (Como antes) ¡De haber dicho lo que no debía! ¿Por qué tenía usted que
culparse a sí misma, al final?
Mommina: (Como antes) Me ha salido espontáneo...
Verri: ¡Y mientras tanto, le ha dado pie a éstos! ¡Tengo que ser yo el último
que grita que se las verán conmigo todos ellos!
Mangini: ¿Y yo también, así, con este batín?
(Y se descoyunta torpemente para
ponerse firme) ¡A sus órdenes!
Nené Y Dorina: (Riendo y aplaudiendo) ¡Muy bien! ¡Bravo!
Verri: (Como antes, indignado) ¡Qué bravo, ni qué...! ¡Así se echa a perder una
escena! ¡Y no hay manera de acabarla!
Doctor Hinkfuss: (Surgiendo de su butaca) ¡No, hombre, no! ¿Por qué?
¡Pero si estaba saliendo muy bien! ¡Adelante, adelante!
Se empieza a oír llamar,
cada vez más fuerte, dentro, al fondo, como si fuera a la puerta de entrada.
Mangini: (Disculpándose) Es que... con este batín... no pude resistir la
tentación de bromear un poco...
Nené: ¡Naturalmente!
Verri: (Desdeñoso, a Mangini) ¡Pues váyase a jugar a la gallina ciega, y no
venga aquí a representar comedias!
Mommina: ¡Si el señor... (dice el nombre del Primer actor) quiere hacer él solo
su papel, y los demás nada, que lo diga, y nos iremos todos!
Verri: No, al contrario, me iré yo, si los demás quieren actuar cada uno a su
capricho, aunque no venga a cuento.
Doña Ignacia: ¡Pero si resultaba tan bien, y tan oportuna, santo Cielo, la
súplica de la señorita: «¡La culpa es mía, que me sometí!»
Pomárici: (A Verri) ¡Tenga usted en cuenta que nosotros también tenemos que
actuar!
Sarelli: ¡Sólo quiere lucirse él! ¡Cada uno tiene que decir lo suyo!
Doctor Hinkfuss: (Gritando) ¡Basta! ¡Basta! ¡Sigan ustedes la escena! ¡Ahora me
parece que es precisamente usted, señor... (Dice el nombre del primer actor) el
que lo estropea todo!
Verri: ¡No, yo no, por favor! Al contrario, yo digo que hable al que le toque, y
que me respondan a tono. (Alude a la Primera actriz) ¡Hace tres horas que estoy
repitiendo: «¡La señorita lo sabe!, ¡la señorita lo sabe!», y la señorita no
encuentra una palabra para sostenerme. ¡Siempre en esa actitud de víctima!
Mommina: (Exasperada, casi llorando) ¡Claro, como que soy la víctima! ¡Víctima
de mis hermanas, de la casa, de usted; víctima de todos! (En este momento, entre
los actores que hablan en el proscenio, frente al Doctor Hinkfuss, se hace sitio
EL Viejo actor de carácter, O sea «Zampoña», con cara de muerto, las manos
ensangrentadas, el vientre herido de una cuchillada, y ensangrentados también el
chaleco y el pantalón)
Zampoña: ¡Bueno, pero... señor Director, yo venga llamar, llamar, así, todo
ensangrentado; tengo las tripas en la mano, tengo que venir a morirme en escena,
que no es fácil para un actor cómico; nadie me abre la puerta; encuentro aquí un
desorden... Los actores fuera de su papel; faltando el efecto que yo me prometía
sacarle a mi entrada en escena, porque, además de ensangrentado y moribundo,
estoy borracho... Ahora le pregunto yo a usted: ¿cómo se remedia esto!
Doctor Hinkfuss: ¡Eso se arregla en seguida! Apóyese en su chanteuse: ¿dónde
está?
La Chanteuse: Estoy aquí.
Uno del los clientes del Cabaret: Y estoy aquí yo también, para sostenerlo.
Doctor Hinkfuss: ¡Muy bien! ¡Sosténgalo!
Zampoña: ¡Tenía que subir las escaleras, llevado en brazos por los dos...!
Doctor Hinkfuss: ¡Pues suponga que ya las han subido, caramba...! ¡Y ustedes,
cada uno a su sitio! ¡Y no se desesperen!
¿Es posible que se ahoguen ustedes
así, en un vaso de agua?
(Vuelve a su butaca refunfuñando) ¡Por una tontería de
nada!
Continúa la escena.
Don Palmiro aparece por el fondo sostenido por La Chanteuse
de un lado yel cliente del Cabaret del otro.
De repente, la mujer y las hijas,
en cuanto lo ven, dan un grito.
Pero el Viejo actor de carácter está fuera de su
papel y las deja desahogarse un buen rato, con una sonrisa de paciencia en los
labios, como diciendo: «Cuando acabéis vosotras empezaré yo.»
A las angustiosas
preguntas con que se ve acosado, deja que contesten un poco la Chanteuse y otro
poco el cliente del Cabaret, aunque él desearía que se callaran, en espera de la
verdadera respuesta que él se reserva para el final.
Los otros, al verlo con
aquel aspecto, no saben adónde quiere ir a parar, y siguen haciendo sus papeles
lo mejor que pueden.
Doña Ignacia: ¡Ay, Dios mío! Pero, ¿qué ha pasado?
Mommina: ¡Papá! ¡Papá mío!
Nené: ¿Herido?
Verri: ¿Quién lo ha herido?
Dorina: ¿Dónde está herido? ¿Dónde?
El Cliente: ¡En el vientre!
Sarelli: ¿Con un cuchillo?
La Chanteuse: ¡Desgarrado! ¡Ha perdido toda la sangre por el camino!
Nardi: Pero ¿quién ha sido, quién ha sido?
Pometti: ¿En el Cabaret?
Mangini: ¡Pero acuéstenlo, por el amor de Dios!
Pomárici: ¡Aquí, aquí, en el diván!
Doña Ignacia: (Mientras la Chanteuse y
el cliente acuestan a Don Palmiro en el
diván) Entonces, ¿es que había vuelto al Cabaret?
Nené: ¡Pero, mamá, no pienses ahora en el Cabaret! ¿No ves cómo está?
Doña Ignacia: ¡Veo entrar en casa...! ¡Y mira, mira, cómo se abraza a ella!
¿Quién es?
La Chanteuse: ¡Una mujer, señora, que tiene más corazón que usted!
El Cliente: ¡Piense usted, señora, que su marido está aquí muriéndose!
Mommina: Pero, ¿cómo ha sido? ¿Cómo ha sido?
El Cliente: Quiso defenderla a ella... (Indica
la Chanteuse)
Doña Ignacia: (Con una risa sarcástica) ¡Claro...! ¿Cómo no? ¡El caballero!
El Cliente: ...y aquel burro...
El Cliente: ...la dejó a ella y se volvió contra él.
Verri: ¿Y lo han detenido, al menos?
El Cliente: No, huyó, con el cuchillo en la mano, amenazando a todo el mundo.
Nardi: Pero ¿se sabe, por lo menos, quién es?
El Cliente: (Señalando a la Chanteuse) Ella lo sabe bien...
Sarelli: ¿Su amante?
La Chanteuse: ¡Mi verdugo! ¡Mi verdugo!
El Cliente: ¡Quería hacer una carnicería!
Nené: ¡Pero hay que ir a buscar un médico en seguida! (Llega Totina, todavía
medio vestida)
Totina: ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? ¡Dios mío, papá! ¿Quién lo ha herido?
Mommina: ¡Habla, papá, habla! ¡Di algo, por lo menos!
Dorina: ¿Por qué nos miras así?
Nené: Nos mira y sonríe.
Totina: Pero ¿dónde ha sido? ¿Cómo ha sido?
Doña Ignacia: (A Totina) ¡En el Cabaret! ¿No lo ves? (Señalando a
la Chanteuse) ¡Ya lo creo!
Nené: ¡Un médico! ¡Un médico! ¡No vamos a dejarlo morir así!
Mommina: ¿Quién va? ¿Quién va corriendo a llamarlo?
Mangini: Yo iría, si no estuviera así... (Muestra el batín)
Totina: ¡Ah, ya!, vaya, vaya a coger su uniforme: está allí.
Nené: ¡Usted, Sarelli, por caridad!
Sarelli: ¡Sí, yo voy, yo voy ahora mismo!
Sale por el fondo, con Mangini.
Verri: Pero ¿cómo es que no dice nada? (Alude a Don Palmiro) ¡Debería decir
algo...!
Totina: ¡Papá! ¡Papá!
Nené: Sigue mirando y sonriendo.
Mommina: ¡Estamos aquí todos, a tu alrededor, papá!
Verri: ¿Es posible que quiera morirse sin decir nada?
Pomárici: ¡Muy cómodo! Se está ahí, ni muerto ni vivo. ¿Qué espera?
Nardi: ¡Yo ya no sé qué añadir! Sarelli ha ido corriendo en busca del médico,
¡feliz él!, y Mangini a buscar su uniforme...
Doña Ignacia: (A su marido) ¡Habla! ¡Habla! ¿No sabes decir nada?
¡Si hubieras
obedecido... pensando que tenías cuatro hijas, a las que ahora puede llegar a
faltarles el pan!
Nené: (Después de haber esperado un poco con todos) Nada. Míralo. Sonríe.
Mommina: Eso no es natural.
Dorina: ¡Tú no puedes sonreír así, papá, mirándonos! ¡Estamos aquí también
nosotras!
El Cliente: Quizá sea porque ha bebido un poco...
Mommina: ¡Eso no es natural! ¡Cuando uno ha bebido, si las coge melancólicas, se
está callado; pero si puede reírse, lo mismo puede hablar.
¡O no debería reírse!
Doña Ignacia: ¿Se puede saber, por lo menos, por qué sonríes así?
Otra vez
quedan todos suspensos en una nueva pausa de espera.
Zampoña: Porque me complazco en ver que todos sois mejores que yo.
Verri: (Mientras los demás se miran a los ojos, repentinamente enfriados en su
papel) ¿Pero qué dice?
Zampoña: (Incorporándose en el diván) Digo que yo, así, sin saber cómo he
entrado en casa, puesto que nadie ha venido a abrirme, después de haber estado
un rato llamando a la puerta...
Doctor Hinkfuss: (Levantándose de la butaca, furioso) ¿Otra vez? ¿Vuelta a
empezar?
Zampoña: ...No consigo morirme, señor Director; me entra la risa, viendo lo bien
que lo hacen todos, y no consigo morirme.
La doncella (mira a su alrededor)
- ¿dónde está? No la veo - tenía que haber salido corriendo, y anunciar: «¡Ay,
Dios mío! ¡El señor! ¡Ay, el señor! ¡Lo traen herido!»
Doctor Hinkfuss: Pero ¿qué nos viene usted contando ahora? ¿No habíamos dado ya
por hecha la escena de su entrada en casa?
Zampoña: ¡Pues entonces, usted perdone; más vale que me dé usted también por
muerto, y ni una palabra más!
Doctor Hinkfuss: ¡No, señor! ¡Usted tiene que hablar, hacer la escena, morirse!
Zampoña: ¡Está bien! ¡Aquí está la escena: (se abandona sobre el diván) ¡estoy
muerto!
Doctor Hinkfuss: ¡Pero no así!
Zampoña: (Levantándose y avanzando) Querido señor Director, suba y acabe usted
de matarme, ¿qué quiere que le diga?
Le repito que así, solo, no consigo
morirme. Yo no soy ningún acordeón, y dispense, que se estira y se encoge, y con
pisar las teclas sabe la sonatina.
Doctor Hinkfuss: ¡Pues sus compañeros...!
Zampoña: (Rápido..) son mejores que yo; lo he dicho y lo he celebrado. Yo no
puedo. Para mí, la entrada era el todo. Usted ha querido saltársela... Para
entrar en situación, yo necesitaba aquel grito de la doncella. Y la Muerte tenía
que entrar conmigo, presentarse aquí, entre la vergonzosa francachela de esta mi
casa: la Muerte borracha, como habíamos convenido: borracha de un vino que se
había convertido en sangre. Y tenía que hablar, sí, ya lo sé; empezar yo a
hablar en medio del horror de todos... yo... sacando valor del vino y de la
sangre junto a esta mujer.
(Va al lado de La Chanteuse y se le cuelga del cuello
con un brazo) - así - y decir palabras insensatas, incongruentes y terribles, para
mi mujer, para mis hijas, y también para estos jóvenes, a los cuales tenía que
demostrar que, si he estado haciendo el idiota, es porque ellos han sido malos:
mala esposa, malas hijas, malos amigos; y no yo tonto, no; yo solo bueno; y
ellos, estúpidos; yo, en mi ingenuidad; y ellos, en su bestialidad perversa; sí,
sí; (enfureciéndose como si alguien le llevara la contraria) ¡Inteligente,
inteligente!, como son inteligentes los niños - no todos; los que crecen tristes
entre la bestialidad de los mayores - .
Pero, tenía que decir todo esto borracho,
delirando; y pasarme las manos ensangrentadas por la cara, así... y manchármela
de sangre (pregunta a los compañeros..) ¿se ha manchado? (y como ellos dicen
con el gesto que sí..) bien... (y continúa..) y aterrorizaros, y haceros
llorar... pero llorar de verdad... y yo, sin aliento ya, poniendo los labios
así... (intenta silbar, pero ya no tiene fuerzas..) para silbar un poquito antes
de morirme; y luego... (llama al cliente del Cabaret) ven, aquí tú también...
(se le cuelga del cuello con el otro brazo) así... entre vosotros dos... pero
más cerca de ti, hermosa mía... inclinar la cabeza... como hacen enseguida los
pajaritos... y morirme.
Inclina la cabeza sobre el seno de La Chanteuse; afloja
después tos brazos; cae en tierra, muerto.
La Chanteuse: ¡Dios mío!
(Intenta sostenerlo, pero luego lo deja caer) ¡Está
muerto! ¡Está muerto!
Mommina: (Arrojándose sobre él) ¡Papá, papá mío, papá mío...! (Y se echa a
llorar de verdad)
(Este ímpetu de sincera emoción en la Primera actriz, provoca la emoción también
en las demás actrices, que se echan a llorar sinceramente ellas también. Y
entonces el Doctor Hinkfuss surge gritando:)
Doctor Hinkfuss: ¡Muy bien! ¡Apaguen el cuadro! ¡Apaguen el cuadro! ¡Oscuro!
(Se hace el oscuro) ¡Fuera todos...! Las cuatro hijas y la madre, a la mesa del
comedor... seis días después... apagado el salón ¡luz a la lámpara del comedor!
Mommina: (En la oscuridad) Pero, señor Director, tenemos que ir a vestirnos de
negro.
Doctor Hinkfuss: ¡Ah, ya! De negro. Tenía que bajar el telón después de la
muerte. No importa.
Vayan a vestirse de negro. ¡Y que bajen el telón! ¡Luz a la
sala!
Ha bajado el telón. Se ha encendido la luz de la Sala.
El Doctor Hinkfuss
sonríe, arrepentido.
Doctor Hinkfuss:El efecto ha fallado, en parte; pero mañana por la tarde saldrá de maravilla.
Ocurre también en la vida, señores, que un efecto preparado con toda diligencia,
y con el que contábamos, venga a fallar en lo mejor, y siguen, naturalmente, los
reproches a la mujer, a las hijas: «¡Si tú hubieras hecho esto!» y «¡Si tú
hubieras dicho lo otro!» Cierto que aquí era un caso de muerte. ¡Lástima que el
bueno de... (dice el nombre del actror de Caracter) se obstinara en aquello de
que si su entrada en escena...! Pero es un buen actor. Seguramente en la función
de mañana hará una escena de maravilla. Escena capital, señores, por las
consecuencias que trae. Se me ha ocurrido a mí; en el guión no está; y estoy
seguro de que el autor no la habría puesto nunca, por un escrúpulo que yo no
tengo por qué respetar: por no remachar el clavo de la creencia, muy extendida,
de que en Sicilia se usa tan fácilmente la navaja. Si se le hubiera ocurrido
hacer morir al personaje, lo habría hecho morir de un síncope, o de otro
accidente cualquiera. Pero ya han visto ustedes qué efecto teatral más distinto
se obtiene con una muerte como la que yo he imaginado, con el vino y la sangre,
y un brazo al cuello de esa Chanteuse. El personaje tiene que morir; la familia,
por esa muerte, tiene que caer en la miseria; sin estas condiciones, no me
parece natural que la hija Mommina pueda consentir en casarse con Rico Verri,
ese energúmeno, y resistir a los consejos en contra de la madre y las hermanas,
las cuales se han informado ya en la vecina ciudad de la costa meridional de la
Isla, y se han enterado de que él, sí, es de familia acomodada, pero que el
padre tiene fama de usurero en la región, y de ser hombre tan celoso que en
pocos años mató a su mujer a disgustos. ¿Cómo no se imaginaba esta muchacha la
suerte que le esperaba? ¿Y las condiciones que ese Verri por salirse con la suya
casándose con ella, en contra de sus compañeros oficiales, habría acordado con
aquel padre celoso y usurero, y qué otras condiciones habría establecido consigo
mismo, no sólo para compensarse del sacrificio que le cuesta aquel puntillo,
sino también para elevarse frente a sus paisanos, que conocen bien la fama de
que goza la familia de la mujer? ¡Sabe Dios cómo le hará pagar los placeres que
ha podido darle la vida, tal como la ha vivido hasta ahora en casa, con su mamá
y sus hermanas! Consejos, como ven ustedes, valiosísimos. Mi excelente primera
actriz, la señorita... (dice el nombre de la Primera actriz), no es,
verdaderamente, de mi opinión. Mommina es para ella la más prudente de las
cuatro hermanas, la sacrificada, la que ha preparado siempre las diversiones
para las otras, y no ha disfrutado nunca de ellas, sino a costa de fatigas, de
desvelos, de atormentados pensamientos; el peso de la familia cae todo sobre
ella. ¡Y comprende tantas cosas! Y lo primero de todo, que los años pasan; y que
el padre, con todo aquel desorden en casa, no ha podido ahorrar nada; que ningún
joven de la comarca se casará con ninguna de ellas; mientras que Verri, ¡ah!,
Verri se batirá por ella, no una vez sino todas las que hagan falta, contra esos
oficiales que, de repente, al primer golpe de la desgracia, las han dejado a
todas plantadas: la pasión de los melodramas, en el fondo, la tiene ella
también, como sus hermanas: Raúl, Ernani, don Álvaro...
«ni quitarme podrá
su imagen del corazón...»
¡Y se casa con él!
El Doctor Hinkfuss ha estado habla que te habla para dar tiempo a las actrices
que tienen que vestirse de negro; pero ya no puede más: tiene un arranque;
separa un poco el telón y grita hacia dentro:
Doctor Hinkfuss: ¡Bueno!, pero ¿no suena el gong?
¡Me parece que ya han tenido tiempo de vestirse las actrices!
(Y añade,
simulando hablar con alguien que está detrás del telón) ¿No...? ¿Qué pasa
ahora...? ¿Qué? ¿Que no quieren seguir trabajando...? ¿Pero qué es eso? ¡Con el
público aquí esperando...! ¡Venga, venga, adelante!
Se presenta el Secretario del Doctor Hinkfuss, todo apurado y azorado.
El Secretario: Pues nada, que dicen...
Doctor Hinkfuss: ¿Qué dicen?
El Primer actor: (Detrás del telón, al Secretario) ¡Hable, hable usted fuerte,
diga a gritos nuestras ratones!
Doctor Hinkfuss: ¡Ah, otra vez el señor...! (Dice el nombre del Primer
actor; pero aparecen fuera del telón también los demás actores y actrices;
empezando por la Carácteristica, que se quita la peluca delante del público,
como el Actor de Carácter. El Primer actor se ha quitado el uniforme militar)
La Carácteristica: ¡No, no, somos todos, somos todos, señor Director!
La primere actriz: ¡Así no hay manera de continuar!
Los otros: ¡Imposible! ¡Imposible!
El actor de Carácter: Yo he terminado mi papel, pero aquí estoy, aquí, por...
Doctor Hinkfuss: Bueno, pero, ¿se puede saber qué ha pasado ahora?
Cae como una ducha fría la frase del actor de Carácter:
El actor de Carácter: ...¡solidaridad con mis compañeros!
Doctor Hinkfuss: ¿Solidaridad? ¿Qué quiere decir?
El actor de Carácter: ¡Que nos marchamos todos, señor Director!
Doctor Hinkfuss: ¿Que se van ustedes? ¿Adónde?
Algunos: ¡Nos vamos! ¡Nos vamos!
El Primer actor: ¡A no ser que se vaya usted!
Otros: ¡O se marcha usted o nos marchamos nosotros!
Doctor Hinkfuss: ¿Que me vaya yo? ¿Cómo se atreven? ¿A mí con semejante
intimidación?
Los actores: ¡Pues entonces, nos vamos nosotros!
- ¡Claro que sí, vámonos, vámonos!
- ¡No queremos hacer de marionetas!
- ¡Vámonos, vámonos!
(Y se mueven agitados)
Doctor Hinkfuss: (Deteniéndolos) ¿Adónde? ¿Están ustedes locos? ¡Está aquí el
público que ha pagado!
¿Qué quieren ustedes que hagamos con el público?
El actor de Carácter: ¡Eso decídalo usted! Nosotros le decimos: ¡O se marcha
usted, o nos marchamos nosotros!
Doctor Hinkfuss: Yo vuelvo a preguntarles: ¿qué ha sucedido ahora?
El Primer actor: ¿Ahora? ¿Le parece poco lo que ha pasado?
Doctor Hinkfuss: Pero ¿no se había remediado ya todo?
El actor de Carácter: ¿Cómo remediado?
La Carácteristica: Usted pretende que improvisemos la comedia...
Doctor Hinkfuss: ¡Y ustedes se habían comprometido a ello!
El actor de Carácter: ¡Ah!, pero no así, dispensa pitando escenas, y usted
ordenando y mandando cuando tenga que morir...
La Carácteristica: ¡Volviendo a empezar las escenas por la mitad, en frío!
La primere actriz: No le salen a una las frases...
El Primer actor: ...¡Eso es! ¡Lo que le dije yo desde el principio...! ¡Las
frases, tienen que nacer...!
La primere actriz: ¡Perdone, pero usted ha sido el primero en no respetar las
que me nacían a mí por un impulso espontáneo!
El Primer actor: ¡Sí, tiene usted razón; pero la culpa no es mía!
Pomárici: ¡Pues usted es el que empezó...!
El Primer actor: ¡Déjeme hablar! ¡No es mía la culpa, sino suya! (Señala
al Doctor Hinkfuss)
Doctor Hinkfuss: ¡Cómo, mía? ¿Por qué?
El Primer actor: ¡Por estar aquí entre nosotros, son, su maldito teatro, que
Dios confunda!
Doctor Hinkfuss: ¿Mi teatro? Pero ¿se ha vuelo usted loco? ¿Dónde estamos? ¿No
estamos en el teatro?
El Primer actor: ¿Estamos en el teatro? ¡Bien! ¡Pues repártanos usted los
papeles que hemos de hacer cada uno...!
La primere actriz: ...acto por acto, escena por escena.
Nené: ...con las réplicas escritas, palabra por palabra...
El actor de Carácter: ...y en ese caso, corte usted todo lo que quiera; y
háganos saltar lo que le parezca; ¡pero en un punto señalado, convenido de
antemano!
El Primer actor: ¡Y no que empieza usted por desencadenar en nosotros la
vida...!
La primere actriz: ...con tanta furia de pasiones...
La Carácteristica: ...cuanto más se habla, más se entra en situación, ¿sabe...?
Nené: ¡...estamos todos alborotados...!
La primere actriz: ¡Todos bullendo...!
Totina: (Indicando al Primer actor) ...¡Yo lo mataría...!
Dorina: ...¡dominante! ¡que viene a dictar leyes en nuestra casa!
Doctor Hinkfuss: ¡Pero mejor, sí, es mejor así!
El Primer actor: ¡Qué, mejor, si luego pretende que estemos al mismo tiempo
atentos a la escena...!
El actor de Carácter: ...que no se pierda tal o cuál efecto...
El Primer actor: ¡...porque estamos en el teatro...! ¿Cómo quiere que sigamos
pensando en su teatro, nosotros, si tenemos que vivir? ¿No ha visto usted cómo
le he seguido, cómo he tenido en cuenta por un momento que había que terminar la
escena como usted quería, con la frase final para mí, y me metí con la
señorita...? (Señala a la Primera actriz), que tenía razón, sí, tenía razón ella
al suplicar en aquel momento...
La primere actriz: ...¡he suplicado por usted...!
El Primer actor: ...¡sí, sí, de acuerdo...!
(Al actor que ha hecho el papel de
Mangini) ¡...Como usted, bromeando con el batín!; y perdone: el tonto he sido yo,
que le hice caso (Señala al Doctor Hinkfuss)
Doctor Hinkfuss: ¡Tenga cuidado con lo que dice!, ¿sabe?
El Primer actor: ¡No me saque usted de quicio!
(Lo descarta y se vuelve de
nuevo, con calor, a la Primera actriz) Usted es la verdadera víctima; veo,
siento que está usted viviendo plenamente su personaje, como yo el mío; viéndola
ante mí (le coge la cara entre las manos) con esos ojos, con esa boca, sufro
todas las penas del infierno; usted tiembla, se muere de miedo bajo mis manos:
ahí está el público, al que no podemos despedir; teatro, no; ya no podemos, ni
usted ni yo, ponernos a hacer teatro como de costumbre; pero como usted grita su
desesperación y su martirio, yo también tengo que gritar mi pasión, la que me
hace cometer el delito. Bien: ¡que el público esté ahí, como un jurado que nos
oiga y nos juzgue!
(De pronto, al Doctor Hinkfuss) ¡Pero es preciso que usted
se vaya!
Doctor Hinkfuss: (Asombrado) ¿Yo?
El Primer actor: ...sí... ¡y que nos deje solos! ¡Nosotros dos solos!
Nené: ¡Muy bien!
La Carácteristica: ¡Y que hagan lo que salga de ellos, como lo sientan!
El actor de Carácter: ¡Lo que salga de ellos, muy bien!
Todos los actores: (Empujando al Doctor Hinkfuss, echándolo del escenario) ¡Sí,
sí, váyase de aquí! ¡Váyase de aquí!
Doctor Hinkfuss: ¿Me arrojan ustedes de mi teatro?
El actor de Carácter: ¡Ya no le necesitamos a usted!
Todos los demás: (Empujándolo ahora por el pasillo del patio de butacas)
¡Váyase! ¡Váyase!
Doctor Hinkfuss: ¡Esto es un ultraje inaudito! ¿Quieren ustedes hacer de jueces?
El Primer actor: ¡Queremos hacer verdadero teatro!
El actor de Carácter: ¡Lo que usted menosprecia cada noche, para hacer que cada
escena sea sólo un espectáculo para la vista!
La Carácteristica: ¡Vivir una pasión: eso es el verdadero teatro! ¡Y entonces,
basta poner un rótulo!
Primera actriz: ¡No se puede jugar con las pasiones!
El Primer actor: ¡Sacrificarlo todo con tal de conseguir un efecto! ¡Eso puede
usted hacerlo con un juguete cómico!
Todos los demás: ¡Fuera! ¡Fuera!
Doctor Hinkfuss: ¡Yo soy vuestro director!
El Primer actor: ¡En la vida que nace no manda nadie!
La Carácteristica: ¡Hasta el escritor debe obedecerla!
La primere actriz: ¡Eso, obedecer, obedecer!
El actor de carácter: ¡Y que se vaya el que quiera mandar!
Todos los demás: ¡Fuera! ¡Fuera!
Doctor Hinkfuss: (Con la espalda a la puerta de la sala) ¡Protestaré! ¡Es
un escándalo! Soy vuestro direct...
Es empujado fuera.
Entretanto, se ha
abierto el telón en el escenario vacío y sin iluminar; el Secretario del Doctor
Hinkfuss, los Tramoyistas, los Electricistas, todo el personal del escenario, ha
venido a presenciar el extraordinario espectáculo del Director del Teatro expulsado por sus actores.
El Primer actor: (A la Primera actriz, invitándola a volver al escenario)
¡Vamos, vamos! ¡Volvamos arriba, en seguida!
La Carácteristica: ¡Lo haremos todo nosotros solos!
El Primer actor: ¡No necesitaremos nada!
Pomárici: Montaremos nosotros mismos los decorados...
El actor de carácter: ...¡Muy bien! ¡Y yo me encargaré de las luces!
La Carácteristica: ¡No, mejor así, todo vacío y oscuro! ¡Mejor así!
El Primer actor: ¡La luz indispensable para iluminar las figuras sobre este
fondo negro!
La primere actriz: ¿Y sin decorado?
La Carácteristica: ¡El decorado es lo de menos!
La primere actriz: ¿Ni siquiera las paredes de mi cárcel?
El Primer actor: Sí, pero apenas insinuadas... ahí... un momento; si usted las
toca; y basta: lo demás, oscuro; en suma, para hacer comprender que ya no es el
decorado el que manda.
La Carácteristica: Basta que tú, hija mía, te sientas encarcelada, ¡y la cárcel
aparecerá, la veremos todos, como sí la tuvieras a tu alrededor!
La primere actriz: ¡Pero tendré que arreglarme por lo menos un poco la cara...!
La Carácteristica: ¡Espera! ¡Tengo una idea! ¡Una idea!
(A un Tramoyista) ¡Una
silla aquí, pronto!
La primere actriz: ¿Qué idea?
La Carácteristica: ¡Ya verás!
(A los Atores) Ustedes, entretanto, preparen,
preparen, pero sólo lo indispensable.
Las sillitas de las dos niñas. Miren a ver
si están ahí ya preparadas.
El Tramoyista trae la silla.
La primere actriz: Yo decía, arreglarme la cara...
La Carácteristica: (Dándole la silla) Sí, siéntate aquí, hija mía.
La primere actriz: (Perpleja, como aturdida) ¿Aquí?
La Carácteristica: ¡Sí, aquí, aquí! ¡Y sentirás tu alma desgarrada...! Corre,
Nené, ve a buscar la caja del maquillaje, una toalla... ¡Ah, escuchad!
¡Las dos
niñas, con las camisitas largas de dormir!
La primere actriz: ¿Pero qué quiere usted hacer? ¿Cómo?
La Carácteristica: Deja eso de nuestra cuenta; lo arreglaré yo, tu madre, y tus
hermanas: te arreglaremos nosotras la cara... ¡Anda, Nené!
Totina: ¡Coge también un espejo!
La primere actriz: ¡Pero, entonces, el vestido también!
Dorina: (A Nené, que ya va corriendo hacia los camerinos) ¡El vestido también!
¡El vestido!
La primere actriz: ¡La falda y la blusa! ¡En mi camerino!
Nené dice que sí con
la cabeza, y desaparece por la izquierda.
La Carácteristica: Debe ser nuestro el dolor, ¿comprendes?; mío, de tu madre,
que sabe lo que es la vejez... antes de tiempo, hija, ¡envejecerte...!
Totina: ...¡y nuestro! ¡Nosotras que te ayudamos a ponerte guapa...;
ahora, a ponerte fea!
Dorina: - ...¡ajarte...!
La primere actriz: ...¿darme la condena de haber querido a aquel hombre?
La Carácteristica: ...sí, pero con dolor del alma, con dolor del alma, la
condena...
Totina: ...de haberte separado de nosotras...
La primere actriz: ...pero no creáis que fue por miedo a la miseria que nos
esperaba al morir nuestro padre... ¡no!
Dorina: ..¿Por qué, entonces? ¿Por amor? Pero, ¿de verdad pudiste enamorarte de
un monstruo como aquél?
La primere actriz: ...no; por gratitud...
Totina: ...¿de qué?
La primere actriz: ...de haber creído..., él sólo..., después de todo el
escándalo que se había sembrado...
Totina: ...¿que una de nosotras podía casarse todavía?
Dorina: ...¡pues, sí! ¡Vaya una ganancia, casarse con él...!
La Carácteristica: ...¿y cuál fue el resultado...? ¡Ahora..., ahora lo veréis!
Nené: (Volviendo con la caja del maquillaje, un espejo, una toalla, la falda y
la blusa) ¡Aquí está todo! No encontraba...
La Carácteristica: ¡Trae, trae!
(Abre la caja y empieza a maquillar a Mommina.
Levanta la cabeza) ¡Ay, hija mía, hija mía! ¡Tú sabes cuánta gente dice en el
pueblo cómo se dice de una muerta!: «¡Qué guapa era! ¡Y qué buen corazón tenía!»
Apagada ahora..., así, así... la cara que no recibe la caricia del aire, ni ha
vuelto a ver el sol...
Totina: ...y las ojeras, las ojeras, ahora...
La Carácteristica: ...sí..., eso es..., así...
Dorina: ...no le pongas muchas...
Nené: ...¡al contrario!, ¡muchas, ponle muchas...!
Totina: ...los ojos de quien tiene que morir de disgustos...
Nené: ...y ahora aquí, en las sienes, el pelo...
La Carácteristica: ...sí, sí...
Dorina: ...¡blanco, no!, ¡blanco, no...!
Nené: ...no; blanco, no...
La primere actriz: ...Dorina, queridita mía...
Totina: ...Así..., ya está bien..., a poco más de los treinta años...
La Carácteristica: ...¡empolvados de vejez...!
La primere actriz: ...¡ya no querrá ni que me peine! ¡Mi pelo...!
La Carácteristica: (Despeinándoselo) ...entonces, espera: así... así...
Nené: (Alargándole el espejo) Y ahora, ¡mírate...!
La primere actriz: (Rápida, retirando con ambas manos el espejo) ¡No! ¡Los ha
tirado! ¡Ha tirado todos espejos que había en casa!
¿Sabes dónde pude mirarme
todavía? ¡Como una sombra, en los cristales, o deformada en el agua de una
tinaja! ¡Y me quedé horrorizada!
La Carácteristica: ¡Espera...! ¡La boca! ¡La boca!
La primere actriz: ¡Sí! ¡Quítame todo el rojo: ya no me queda sangre en las
venas...!
Totina: Y las arrugas, en las comisuras...
La primere actriz: También algún diente caído, a los treinta años...
Dorina: (En un arranque de emoción, abrazándola) ¡No, no, Mommina mía, no, no!
Nené: (Casi iracunda, alcanzada ella también por la emoción, apartando a Dorina) ¡Fuera el vestido, fuera el vestido! ¡Desvistámosla!
La Carácteristica: ¡No, encima! ¡Se pone encima la blusa, y la falda!
Totina: ¡Eso, muy bien; así parecerá más desarreglada!
La Carácteristica: Se te escurrirán los hombres como a mí, que soy vieja...
Dorina: ...jadeante, andarás por la casa...
La primere actriz: ...aturdida por el dolor...
La Carácteristica: ...arrastrando los pies...
Nené: ...carne inerte...
Cada una, al decir su última réplica, irá retirándose hacia la derecha, en la
oscuridad.
La Primera actriz ha quedado sola entre las tres paredes desnudas de
su cárcel, que, durante la caracterización y mientras se vestía, han sido
colocadas en el oscuro de la escena. Avanza hasta golpear con la frente las
paredes: Primero la de la derecha; luego, la del fondo, y luego la de la
izquierda.
Al tocar cada pared con la frente, se hace visible durante un
momento, por un cortante rayo de luz, que viene de arriba, como un relámpago, y
vuelve a quedar en la oscuridad.
La primere actriz: (Con lúgubre cadencia, creciente en profunda intensidad,
pegando en las tres paredes con la frente, como un animal enfurecido en una
jaula) ¡Esto es pared! ¡Esto es pared! ¡Esto es pared!
Y va a sentarse en la
silla con el aspecto y la actitud de una insensata. Queda así un rato.
De la derecha, por donde se retiraron la madre y las hermanas, llega una voz de la
oscuridad: La voz de la madre, que dice, como si leyera una historia en un
libro.
La Carácteristica: «...fue encarcelada en la casa más alta del pueblo.
Tapada la puerta, tapadas todas las ventanas, vidrieras y persianas: solamente
una, pequeñita, abierta, con vista al lejano campo y al lejano mar. De aquel
pueblo, situado en lo alto de la colina, sólo podía ver los tejados de las casas,
los campanarios de las iglesias: tejados, tejados por los que se escurría el
agua, tendidos en tantos planos, tejas, tejas, nada más que tejas. Pero sólo por
la noche podía asomarse a aquella ventana a tomar un poco de aire.»
En la pared
del fondo se hace transparente una pequeña ventana, como velada y lejana, por la
cual entra un suave resplandor de luna.
Nené: (Desde la oscuridad, bajo, contesta con tono de maravilla infantil,
mientras se oye en la lejanía un débil sonido como de una remota serenata) ¡Uh,
la ventana, mira, la ventana de verdad...!
El actor de carácter: (Despacio, desde la oscuridad él también) Si ya estaba;
pero, ¿quién la ha iluminado?
Dorina: ¡Callad!
La prisionera ha quedado inmóvil.
La madre continúa diciendo, como si leyera:
La Carácteristica: «Todos aquellos tejados, como pedestales negros, le daban
vueltas a sus pies en la claridad que se esfumaba de las luces de las calles del
pueblo en declive; en medio del profundo silencio de las callejuelas más
próximas, se oía algún rumor de pasos que hacían eco; la voz de alguna mujer que
quizá estaba esperando, como ella; el ladrido de un perro, y, con más angustia,
las campanadas del reloj de la iglesia más cercana.
Pero, ¿por qué sigue midiendo el tiempo aquel reloj?
¿A quién le señala la hora?
Todo está muerto y vacío.»
Después de una pausa, se oyen cinco campanadas, veladas, lejanas. La hora.
Aparece, hosco, Rico Verri. Vuelve ahora a casa. Trae el sombrero en la cabeza;
levantado el cuello del abrigo; una bufanda al cuello.
Mira a la mujer, que
sigue allí inmóvil en aquella silla; luego, mira receloso a la ventana.
Verri: ¿Qué haces ahí?
Mommina: Nada. Esperándote.
Verri: ¿Estabas a la ventana?
Mommina: No.
Verri: Todas las noches te asomas.
Mommina: Esta noche, no.
Verri: (Después de haber tirado sobre una silla el abrigo, el sombrero, la
bufanda) ¿No te cansas nunca de pensar?
Mommina: No pienso en nada.
Verri: ¿Y las niñas? ¿En la cama?
Mommina: ¿Dónde quieres que estén a estas horas?
Verri: Te lo pregunto para recordarte en lo único que debes pensar; en ellas.
Mommina: He pensado en ellas durante todo el día.
Verri: ¿Y ahora, en qué piensas?
Mommina: (Comprendiendo las razones por las que le pregunta con tanta
insistencia, primero lo mira con desdén; luego, volviendo a su actitud de
apática inmovilidad, le contesta) En ir a echar sobre el lecho esta carne mía
deshecha.
Verri: ¡No es verdad! ¡Quiero saber en qué piensas! ¿En qué has pensado todo el
tiempo, mientras me esperabas?
(Pausa de espera. Y como ella no responde:) ¿No
contestas? ¡Ah, claro! ¡No me lo puedes decir! (Otra pausa) ¿Conque confiesas?
Mommina: ¿Qué confieso?
Verri: ¡Que piensas en cosas que no puedes decir!
Mommina: Ya te he dicho en qué pienso: en irme a dormir.
Verri: ¿Con esos ojos, a dormir? ¿Con esa voz...? ¡Quieres decir: a soñar!
Mommina: No sueño.
Verri: ¡No es verdad! ¡Todos soñamos! ¡No es posible, durmiendo, no soñar!
Mommina: Yo no sueño.
Verri: ¡Mientes! ¡Te digo que no es posible!
Mommina: Pues, entonces, sueño; como tú quieras...
Verri: Sueñas, ¿eh...? ¡Sueñas..., sueñas y te vengas! ¡Piensas y te vengas...!
¿Qué sueñas? ¡Dime qué sueñas!
Mommina: No lo sé.
Verri: ¿Cómo que no lo sabes?
Mommina: No lo sé. Lo dices tú, que sueño.
Tan pesado está mi cuerpo, y tan
cansada me siento, que caigo, en cuanto me acuesto, dormida como un lirón. Ya no
sé qué quiere decir soñar.
Si sueño, y al despertar ya no me acuerdo qué he
soñado, me parece que es lo mismo que no haber soñado. ¡Y quizá Dios quiere
ayudarme así!
Verri: ¿Dios? ¿Te ayuda Dios?
Mommina: ¡Sí, a soportar esta vida, que al abrir los ojos me parecería atroz, si
por casualidad en el sueño me hubiera hecho la ilusión de tener otra!
¡Pero
compréndelo, compréndelo! ¿Qué quieres de mí? Muerta me quieres; muerta; que no
vuelva a pensar; que no vuelva a soñar...
Y todavía, pensar, puede depender de
la voluntad, pero soñar - si soñara - sería sin querer, durmiendo; ¿cómo podrías
impedírmelo?
Verri: (Desvariando, agitándose él, ahora como una fiera enjaulada) ¡Eso es!
¡Eso es! ¡Eso es! ¡Cierro puertas y ventanas, pongo trancas y barrotes, y ¿de
qué me vale, si está aquí, aquí dentro de la misma cárcel, la traición? ¡Aquí,
en ella, dentro de ella, en esta su carne muerta..., viva..., viva la
traición..., puesto que piensa, y sueña, y recuerda! ¡Está delante de mí!; me
mira... ¿puedo abrirle la cabeza para ver lo que piensa? Se lo pregunto; me
contesta: «nada»; y mientras tanto, piensa, y sueña, y recuerda ante mis propios
ojos, mientras me mira, y quizá mientras lleva a otro dentro, en su recuerdo;
¿cómo puedo saberlo?, ¿cómo puedo verlo?
Mommina: ¿Pero qué quieres que tenga ya dentro, si ya no soy nada, no me ves?
¡Ni siquiera soy otra; ya, nada! ¡Con el alma apagada!, ¿de qué quieres que me
acuerde ya?
Verri: ¡No digas eso! ¡No digas eso! ¡Ya sabes que es peor que digas eso!
Mommina: ¡Bien, bien, no lo diré, no lo diré, estáte tranquilo!
Verri: ¡Aunque te quedaras ciega, lo que tus ojos han visto, los recuerdos que
tienes ahí, en los ojos, te quedarían en la mente; y si te arrancaras los
labios, esos labios que han besado, el placer, el placer, el sabor que has
probado al besar, seguirías sintiéndolo siempre, dentro de ti, recordando, hasta
morir, hasta morir ese placer! ¡No puedes negarlo; si niegas, mientes; tú sólo
puedes llorar y horrorizarte de todo lo que yo sufro contigo, lo malo que has
hecho, que te indujeron a hacer tu madre y tus hermanas; no puedes negarlo; lo
has hecho, lo has hecho ese mal; y sabes, ¡lo ves!, que yo sufro por ello, que
sufro hasta volverme loco; sin culpa, sólo por la locura que hice de casarme
contigo.
Mommina: Locura, sí, locura; y sabiendo cómo eras, no debí cometerla yo...
Verri: ¿Cómo era yo? ¡Ah, sí! ¿Cómo era yo, dices? ¡Sabiendo cómo eras tú,
deberías decir! ¡La vida que habías hecho con tu madre y tus hermanas!
Mommina: ¡Sí, sí, eso también, eso también! ¡Pero piensa que te diste cuenta de
que yo no aprobaba la vida que se hacía en mi casa...!
Verri: ...¡si la has vivido tú también...!
Mommina: ...¡por fuerza! ¡Estaba allí...!
Verri: ...y sólo cuando me conociste a mí dejaste de aprobarla...
Mommina: ...¡no! ¡antes también, antes también...! tanto es así, que tú mismo me
creíste mejor... No te digo esto por mí, por acusar a los demás y disculparme
yo, no; lo digo por ti, para que tú tengas piedad, no de mí, si para ti es una
especie de satisfacción no tenerla, o demostrar a los demás que no la tienes; sé
cruel, sé cruel conmigo; pero ten piedad al menos de ti mismo pensando que me
creíste mejor; que hasta, en medio de aquella vida, creíste poder amarme...
Verri: ...¡tanto, que me casé contigo...! ¡cierto que te creí mejor...! ¿y con
eso, qué...? ¿qué piedad de mí...?, si pienso que te amé, que pude amarte allí,
con la vida que habías vivido... ¿qué piedad?
Mommina: ...¡claro que sí...!, reconociendo que había en mí algo que
justificara, en parte, la locura cometida al casarte conmigo, ¡eso es... lo digo
por ti!
Verri: ¿Y no es peor? ¿Es que así consigo borrar la vida que hiciste antes de
que yo me enamorara de ti? El haberme casado contigo porque eras mejor, no puede
justificar mi locura, más bien la agrava. Más grave, tanto más grave se hace el
mal de aquella tu vida, cuanto mejor fueras tú. Te he retirado yo de aquel mal,
pero cargando con todo al cargar contigo, y trayéndomelo a casa, aquí, a esta
cárcel, para pagarlo junto contigo, como si yo también lo hubiera cometido; y
sintiéndome devorar, devorar por él, siempre vivo, mantenido siempre vivo por lo
que sé de tu madre y de tus hermanas.
Mommina: ¡Yo no he vuelto a saber nada de ellas!
Nené: (Surgiendo de la oscuridad) ¡Oh, vil! ¡Ahora le habla de nosotras!
Verri: (Gritando, terrible) ¡Silencio! ¡Vosotras no estáis aquí!
Doña Ignacia: (Viniendo hacia las paredes, desde la oscuridad) ¡Fiera! ¡Fiera!
¡La tienes ahí, entre los dientes, ahí, dentro de la jaula, para lacerarla!
Verri: (Tocando las paredes dos veces con las manos, haciéndolas visibles dos
veces) ¡Esto es pared! ¡Esto es pared...! ¡Vosotras no estáis aquí!
Totina: (Viniendo ella también con las otras hacia la pared, agresiva) ¿Y de
eso te aprovechas, vil, para decirle vituperios contra nosotras?
Dorina: ¡Estábamos a punto de hundirnos, Mommina!
Nené: ¡Habíamos gastado el último céntimo!
Verri: ¿Y cómo salisteis a flote?
Doña Ignacia: ¡Canalla! ¡Te atreves a echárnoslo en cara, tú que la estás
haciendo morir a ella, desesperada!
Nené: ¡Nosotras disfrutamos!
Verri: ¡Os habéis vendido! ¡Deshonradas!
Totina: Y el honor que le has conservado a ella, ¡cómo se lo estás haciendo
pagar!
Dorina: ¡A mamá, ahora, no le falta nada, Mommina! ¡Si vieras qué bien está!
¡Cómo va vestida! ¡Tiene un abrigo de piel de castor!
Doña Ignacia: Gracias a Totina, ¿sabes? ¡Ha llegado a ser una gran cantante!
Dorina: ¡Totina La Croce!
Nené: ¡Todas las empresas se la disputan!
Doña Ignacia: ¡Homenajes! ¡Triunfos!
Verri: ¡Y el deshonor!
Nené: ¡Si el honor es esto que tú le das a tu mujer, viva el deshonor!
Mommina: (Rápida, con ímpetu de afecto y de piedad, a su marido que se
desalienta llevándose las manos a la cabeza) No, no, no soy yo la que dice eso,
no lo digo yo; no lamento nada, yo...
Verri: Quieren hacerme condenar...
Mommina: ¡No, no, yo siento que tú tienes que gritar todo tu tormento para
desahogarte! ¡Tienes que gritarlo!
Verri: ¡Ellas me lo tienen encendido! ¡Si supieras el escándalo que siguen
dando! ¡En todo el pueblo hablan de eso, y figúrate la cara que pondré yo...!
El
triunfo que han obtenido las ha desenfrenado, las ha vuelto más descocadas...
Mommina: ¿También Dorina?
Verri: ¡todas! ¡Dorina también; pero especialmente esa Nené... anda por ahí...
de cocotte... (Mommina se cubre la cara con las manos) ...sí, sí... ¡pública!
Mommina: ¿Y Totina se ha dedicado a cantar?
Verri: Sí, en los teatros - de provincia, por supuesto - donde el escándalo es
siempre mayor, con aquella madre y aquellas hermanitas...
Mommina: ¿Las lleva con ella?
Verri: ¡Todas van con ella, de francachela...! ¿Qué te pasa? ¿Te impresionas?
Mommina: No... Me entero ahora... No sabía nada...
Verri: ¿Y te sientes toda estremecer? ¿El teatro, eh? ¡Cuando cantabas tú
también... con tu bonita voz!
¡Tú eras la que tenía mejor voz! ¡Piensa qué vida
más distinta! Cantar en un gran teatro... Tú pasión, cantar... Luces,
esplendores, delirios...
Mommina: ¡No, no...!
Verri: ¡No digas que no! ¡Lo estás pensando!
Mommina: ¡Te digo que no!
Verri: ¿Cómo que no? Si te hubieras quedado con ellas... fuera de aquí... ¡qué
vida más distinta sería la tuya...! ¡y no ésta...!
Mommina: ¡Pero si me lo haces pensar tú! ¿Qué quieres que piense yo, deshecha
como estoy ya?
Verri: ¿Te da ansia?
Mommina: Tengo el corazón que me sube a la garganta...
Verri: ¡Ya lo creo! ¡La añoranza...!
Mommina: Tú quieres matarme...
Verri: ¿Yo? Tus hermanas, la que fuiste, tu pasado que te revuelve todo en tu
interior, te hacen subir el corazón a la garganta.
Mommina: (Jadeante, con las manos en el pecho) Por caridad... te lo suplico...
ya no puedo ni respirar...
Verri: ¿Ves cómo es verdad, ves cómo es verdad lo que te digo?
Mommina: Ten compasión...
Verri: La que fuiste... los mismos pensamientos, los mismos sentimientos... los
creías borrados, apagados, ¿no es verdad?
¡La más pequeña llamada...! ¡y ahí los
tienes, en ti, vivos, los mismos!
Mommina: Los llamas tú...
Verri: No, cualquier cosa los llama, porque siguen vivos... tú no lo sabes, pero
viven dentro de ti, agazapados bajo tu conciencia. ¡Toda la vida que has vivido,
la tienes todavía viva dentro de ti! Basta una palabra, un sonido... la más
pequeña sensación... Mira lo que me pasa a mí: el olor de la salvia... y me veo
en el campo, en agosto, niño de ocho años, detrás de la casa del criado, a la
sombra de un gran olivo, asustado por un gran abejorro azul, hosco, que zumba
glotón dentro del cáliz blanco de una flor; veo aquella flor violentada
temblando sobre su tallo al choque de la voracidad feroz de aquel bicho que me
daba miedo; ¡y todavía tengo aquí aquel miedo, en los riñones, lo tengo aquí...!
...No digamos, tú... toda aquella vida tan buena, las cosas que ocurrían entre
vosotras, muchachas, y todos aquellos jóvenes por la casa, encerrados en esta o
en la otra habitación... ¡no lo niegues! He visto yo cosas..., aquella Nené, una
vez, con Sarelli... Se creían solos, y habían dejado la puerta entornada... pude
verlos... Nené simuló que huía por la otra puerta del fondo... había una cortina
verde... salió, y reapareció en seguida, entre las alas de aquella cortina... se
había descubierto el pecho, bajándose la malla de seda rosa... y con la mano
hacía el ademán de ofrecérselo, y lo escondía en seguida con la misma mano... lo
he visto yo; un pecho maravilloso, ¿sabes? Pequeño; ¡cabría todo en una mano!
Todo estaba permitido... Antes de llegar yo, tú, con aquel Pomárici... ¡lo he
sabido...! ¡Y antes de Pomárici, sabe Dios con cuántos otros! Durante años,
aquella vida, con la casa abierta a todo el mundo... (Se le acerca, tembloroso,
desfigurado) Tú, algunas cosas... conmigo por primera vez... Si verdaderamente,
como me dijiste, las ignorabas hasta entonces... no habrías podido hacerlas...
Mommina: ¡No, no, te lo juro, nunca, nunca antes que contigo, nunca!
Verri: Pero abrazos, apretones, aquel Pomárici... los brazos, los brazos, ¿cómo
te los apretaba?, ¿así?, ¿así?
Mommina: ¡Por caridad, déjame! ¡Yo me muero!
Verri: (Agarrándola con una mano por la nuca, furibundo) ¿Y la boca, la boca?
¿Cómo te la besaba, la boca? ¿Así...? ¿así...? ¿así...?
Y la besa y la muerde,
y ríe a carcajadas, y la agarra de los cabellos, como loco; mientras Mommina,
tratando de liberarse, grita desesperadamente.
Mommina: ¡Auxilio! ¡Auxilio!
Acuden, con las camisitas largas de dormir, las dos niñas, asustadas, y se
agrupan a su madre, mientras Verri, cogiendo de la silla solamente el sombrero,
huye gritando.
Verri: ¡Yo me vuelvo loco! ¡Yo me vuelvo loco! ¡Yo me vuelvo loco!
Mommina: (Atrincherándose detrás de sus dos niñas) ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Sal de
aquí, bruto! ¡Sal de aquí! ¡Sal de aquí! ¡Déjame con mis niñas! (Cae agotada
sobre la silla; las dos niñas están a su lado y ella las tiene abrazadas, una a
cada lado) ¡Hijas mías, hijas mías, qué cosas os toca ver! ¡Encerradas aquí,
conmigo, con esas caritas de cera y esos ojitos desencajados de terror! ¡Ya se
ha ido, ya se ha ido; no tembléis así, quedaos un poquito aquí, conmigo...! No
tenéis frío, ¿verdad...? La ventana está cerrada. Ya debe ser muy tarde. Estáis
siempre pegaditas allí, vosotras, en esa ventana, como dos pobrecitas que
mendigan la vista del mundo... Contáis las velas blancas de los balandros del
mar, y las casitas blancas del campo, donde nunca habéis estado; y queréis saber
cómo son el mar y el campo. ¡Ay, hijitas, hijitas, qué suerte ha sido la
vuestra! ¡Peor que la mía! ¡Pero vosotras, al menos, no lo sabéis! ¡Y vuestra
mamá tiene un dolor tan grande, tan grande aquí, en el corazón; me golpea, tengo
aquí, en el pecho, un galope como de un caballo que se escapa! ¡Aquí, aquí,
dadme las manitas, sentidlo...! ¡Que Dios no se lo haga pagar... por vosotras,
hijitas! Pero os dará el martirio también a vosotras, porque no puede evitarlo;
es su naturaleza; se martiriza también a sí mismo. ¡Pero vosotras sois
inocentes... vosotras sois inocentes...! (Acerca a sus mejillas las dos
cabecitas de las niñas y permanece así. Se acercan, como si las hubieran
invocado, por la derecha, a la pared, saliendo de la oscuridad, la madre y las
hermanas, lujosamente ataviadas, de modo que hagan un cuadro de vivísimo color,
iluminado desde arriba oportunamente)
Doña Ignacia: (Llamando, bajito) Mommina... Mommina...
Mommina: ¿Quién es?
Dorina: ¡Somos nosotras, Mommina!
Nené: ¡Estamos aquí! Todas.
Mommina: ¿Aquí? ¿Dónde?
Totina: ¡Aquí... en el pueblo: he venido a cantar aquí!
Mommina: ¡Totina...! ¿tú...? ¿a cantar aquí?
Nené: ¡Aquí, sí, en el teatro de aquí!
Mommina: ¡Ah, caramba! ¿Aquí? ¿Y cuándo? ¿Cuándo?
Nené: Esta noche, esta misma noche.
Doña Ignacia: ¡Dejadme hablar a mí también, dejadme decir algo, hijitas!
Escucha, Mommina... mira... ¿qué iba yo a decirte...? ¡ah, sí...! mira, ¿quieres
convencerte...? Tu marido ha dejado el abrigo allí, encima de la silla...
Mommina: (Volviéndose a mirar) Sí, es verdad.
Doña Ignacia: ¡Busca, busca en uno de los bolsillos de ese abrigo, y verás lo
que encuentras!
(En voz baja, a las chicas) ¡Hay que ayudarle a hacer la escena
ahora; estamos al final!
Mommina: (Levantándose y yendo a registrar febrilmente en los bolsillos de aquel
abrigo) ¿El qué? ¿El qué?
Nené: (En voz baja, a la Carácteristica) ¿Contesta usted?
La Carácteristica: No, no, diga usted... ¡Qué historia...!
Nené: (Fuerte, a Mommina) El anuncio del teatro... uno de esos prospectos
amarillos, ¿sabes?, que en provincias se reparten en los cafés...
Doña Ignacia: En él encontrarás el nombre de Totina, con letras grandes... el
nombre de la «Primadonna».
Desaparecen.
Mommina: (Encontrándolo) ¡Aquí está! ¡Aquí está...!
(Lo desdobla, lee:) «II
Trovatore... II trovatore... Leonora» - soprano - , Totina La Croce... Esta
noche... La tía, hijitas, la tía que canta... ¡Y la abuela, y las otras
tiítas... están aquí! ¡están aquí! Vosotras no las conocéis, no las habéis visto
nunca... ni yo tampoco, desde hace tantos años... ¡Están aquí!
(Pensando en la
furia del marido) ¡Ah, por eso...! - aquí, en el pueblo - Totina que canta en el
teatro de aquí... ¡Entonces, es que hay aquí un teatro...! yo no lo sabía...
¡Tía Totina...! ¡conque es verdad! Quizá con el estudio, la voz... ¡se puede
cantar en el teatro...! Pero vosotras no sabéis siquiera qué es un teatro,
pobres hijitas mías... El teatro, el teatro, ahora os lo digo yo cómo es...
¡Allí canta tía Totina esta noche...! ¡Qué guapa estará, vestida de Leonora...!
(Intenta cantar)
«Tacea la notte placida
e bella in ciel sereno
la luna il viso argenteo
mostrava lieto e pieno...»
¿Veis cómo sé cantar yo también? Sí, sí, yo también, yo también sé cantar;
cantaba siempre, yo, antes; Il Trovatore me lo sé todo de memoria; ¡y os lo
canto yo! Ahora os hago yo el teatro; para vosotras que no lo habéis visto
nunca, pobres pequeñitas mías, encerradas aquí conmigo. Sentaos, sentaos, aquí,
delante de mí, las dos juntas, en vuestras sillitas. ¡Hago yo el teatro para
vosotras! Primero os cuento cómo es: (Sienta frente a ella a las dos niñas
asombradas; y toda estremeciéndose, irá excitándose cada vez más, hasta que el
corazón, fallándole, la hará caer el suelo, muerta de dolor:) Una sala, una sala
grande, grande, con muchas filas de palcos todo alrededor: cinco o seis filas
llenas de señoras elegantísimas, con plumas, gemas preciosas, abanicos, flores;
y los señores de frac, con perlitas en la pechera de la camisa, y corbata
blanca; y mucha, mucha gente también abajo, en las butacas todas rojas, y en las
plateas: un mar de cabezas; y luces, luces por todas partes; y una gran araña en
el medio, que parece que está colgada en el cielo, y toda de brillantes; una luz
que deslumbra, que embriaga, como no podéis imaginaros; y un murmullo, un
movimiento; las señoras hablan con sus caballeros, se saludan de un palco a
otro, unas van a sentarse abajo, en su butaca, otras miran con los gemelos...
aquellos de nácar, con los que os dejé un día mirar el campo... ¡aquéllos...!
los llevaba yo, los llevaba vuestra mamá cuando iba al teatro, y ella también
miraba, entonces... De repente, se apagan las luces; sólo quedan encendidas las
lucecitas verdes, en los atriles de la orquesta, que están delante de las
butacas, debajo del telón; ya están allí los músicos, muchos músicos, afinando
sus instrumentos; y el telón es como una cortina, pero grande, y pesa mucho, y
es todo de terciopelo rojo con franjas de oro, lujosísimo; cuando se abre
- porque ha llegado el maestro a dirigir a los músicos con su batuta - empieza la
ópera; se ve el escenario, donde hay un bosque, o una plaza o un palacio real; y
tía Totina sale allí a cantar con los otros, mientras toca la orquesta... ¡Eso
es el teatro! Pero antes era yo, no tía Totina, la que tenía la voz más bonita;
yo, yo, bastante más bonita; una voz que, lo decían todos entonces, debería
haber ido a cantar en los teatros; yo, vuestra mamá; y en cambio, ha ido tía
Totina... ¡Ah, ella se ha atrevido...! Conque, oídme: se abre el telón - se abre
por la mitad - se ve en el escenario un atrio, el atrio de un gran palacio, con
hombres de armas que se pasean al fondo, y muchos caballeros, con un tal
Ferrando, que esperan a su jefe, el Conde de Luna. Todos están vestidos a la
antigua, con capas de terciopelo, sombreros con plumas, espadas, polainas... Es
de noche; están cansados de esperar al Conde que, enamorado de una dama de la
corte de España, que se llama Leonora, está celoso, y está acechando debajo de
los balcones de ella, en los jardines del palacio real; porque se sabe que a
Leonora, todas las noches, el Trovatore - que quiere decir: uno que canta y que
también es guerrero - viene a cantarle la misma canción:
«Deserto sulla térra...»
(Se interrumpe un momento para decir casi para sí:) ¡Ay, Dios mío, el
corazón...!
(Y rápidamente vuelve a cantar, pero con dificultad, luchando con la
ansiedad qué le ha entrado, también por la emoción de oírse a sí misma cantar:)
«Col mio destino in guerra,
é sola speme un cor (tres veces)
- un cor - al Trovator...»
Ya no puedo cantar... me... me falta el aliento... el corazón... el corazón me
da angustia... hace tantos años que no canto... Pero quizá poco a poco recupero
el aliento y la voz... Debéis saber que ese trovador es hermano del Conde de
Luna... sí... pero el Conde no lo sabe, y ni siquiera lo sabe él, el trovador,
porque fue robado por una gitana cuando era niño. ¡Es una historia horrible,
escuchad! La cuenta en el segundo acto la misma gitana, que se llamaba Azucena,
para vengar a su madre quemada viva por el Conde de Luna, siendo inocente. Son
vagabundas que leen la buenaventura, las gitanas, y todavía las hay, y dicen que
roban a los niños, tanto, que las mamás tienen mucho cuidado. Pero esta Azucena
roba al hijo del Conde, como os decía, para vengar a su madre, y quiere darle la
misma muerte que tuvo su madre inocente; enciende el fuego, pero en el furor de
la venganza, medio loca, confunde a su propio hijo con el hijo del Conde, y
quema a su propio hijo, ¿comprendéis? ¡a su propio hijo...! «II figlio mío... il
figlio mío...» No puedo, no puedo contároslo... Vosotras no sabéis lo que es
para mí esta noche, hijitas... Precisamente II Trovatore... esa canción de la
zíngara... mientras yo, una noche, la cantaba con todos alrededor...
(Canta entre lágrimas:)
«¿Chi del gitano la vita abbella?
¡La zingarella!»
mi padre, aquella noche, mi padre... vuestro abuelito... lo llevaron a casa todo
ensangrentado... y tenía a su lado a una especie de zíngara... y aquella noche,
aquella noche, hijitas, se cumplió, se cumplió mi destino...
(Se levanta y canta
con toda la voz:)
«¡Ah, che le morte ognora
é tarda nel venir
a chi desia
a chi desia morir!
Addio,
addio, Leonora, addio...»
Cae, de pronto, muerta.
Las dos niñas, más asombradas que nunca, no sospechan
lo más mínimo; creen que es el teatro que les está representando la mamá; y
siguen allí sentaditas en sus sillas, esperando. En aquella inmovilidad, el
silencio se hace de muerte, hasta que, en la oscuridad, por el fondo, a la
izquierda, llegan ansiosas las voces de Rico Verri, de Doña Ignacia, de Totina, Dorina y Nené.
Verri: Está cantando, ¿habéis oído? Era su voz...
Doña Ignacia: ¡Sí, como el pájaro en la jaula!
Totina: ¡Mommina! ¡Mommina!
Dorina: ¡Mira, estamos aquí con él: se ha sometido...!
Nené: Con el triunfo de Totina..., ¡si hubieras oído! ¡El pueblo en de...
Quiere decir «en delirio»; pero se para en seco, aterrorizada, como los demás,
a la vista del cuerpo inerte, allí en el suelo, y de las dos niñas, que siguen
esperando, inmóviles.
Verri: ¿Qué es esto?
Doña Ignacia: ¿Muerta?
Dorina: ¡Estaba haciendo el teatro para las niñas!
Totina: ¡Mommina!
Nené: ¡Mommina!
Cuadro.
Por la puerta de la sala aparece, corriendo a lo largo del pasillo, el
Doctor Hinkfuss, derecho al escenario!
Doctor Hinkfuss: ¡Magnífico! ¡Magnífico cuadro! ¡Han hecho ustedes lo que yo
había dicho! ¡Eso no está en el cuento!
La Carácteristica: ¡Ya está aquí otra vez!
El actor de carácter: (Apareciendo por la izquierda) ¡Pero si ha estado aquí
con los electricistas, dirigiendo a escondidas todos los efectos de luz!
Nené: ¡Ah, por eso han salido tan bonitos...!
Totina: Lo sospeché yo, cuando aparecimos allí, en grupo...
(Indica a la otra
parte, a la derecha, detrás de la pared) ...¡qué efecto debe hacer desde abajo!
Dorina: (Por El actor de carácter) ¡A mí me parecía que era éste!
La Carácteristica: (Por la Primera actriz, que sigue en el suelo) Pero ¿por qué
no se levanta la señorita? Sigue ahí...
El actor de carácter: ¿No se habrá muerto de verdad?
Todos se inclinan presurosos sobre la Primera actriz.
El Primer actor: (Llamándola y sacudiéndola) ¿Se siente usted mal, de verdad?
Nené: ¡Ay, Dios mío, está desmayada! ¡Vamos a levantarla!
La primere actriz: (Incorporándose ella sola) No... gracias... es el corazón,
de veras... Déjenme, déjenme respirar...
El actor de carácter: ¡Claro! ¡Quieren que vivamos los personajes, y mira las
consecuencias! Pero nosotros no estamos aquí para esto, ¿sabe?
Nosotros estamos
aquí para decir nuestros papeles copiados y aprendidos de memoria.
¡No
pretenderá usted que cada noche deje aquí la piel uno de nosotros!
El Primer actor: ¡Hace falta el autor!
Doctor Hinkfuss: ¡No, el autor, no!
Los papeles copiados, sí, a lo sumo,
para que volvamos a tener vida por nosotros mismos, durante un rato, y...
(vuelto hacia el público) sin que vuelvan a producirse las impertinencias de
esta noche, que el público sabrá perdonarnos.
Se inclinan.
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