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LA VIDA QUE TE DI
(La vita che ti diedi) - 1923 -
tragedia en tres actos |
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PERSONAJES |
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Doña Ana Luna.
Lucia Maubel.
Francisca Noretti, su madre.
Doña Flora Segni, hermana de Doña Ana.
Don Jorge Mei, párroco. |
Lida y Flavio, hijos de Doña Flora.
Isabel, vieja nodriza.
Juan, viejo jardinero.
Dos criadas.
Mujeres del pueblo. |
En una solitaria villa del campo toscano.
Época actual.
Habitación casi desmantelada y fría, de piedra gris,
en la villa solitaria de Doña Ana Luna. Un escaño, un armario, una mesaescritorio y otros
cuantos muebles antiguos que exhalan paz y apartamiento del mundo. Hasta la luz que entra por una amplia ventana
parece venir de una vida lejanísima. Una puerta al fondo y otra en la pared de la
derecha, mucho más cerca de la pared del fondo que del proscenio.
Al levantarse el telón, delante de la puerta de la derecha, que conduce a la
habitación donde se supone está agonizando el hijo de Doña Ana Luna están unas
aldeanas en pie; otras, arrodilladas, inclinadas en actitud de orar, con las
manos juntas ante la boca, estas últimas, casi tocando el suelo con la frente,
rezan en voz baja la letanía de los agonizantes. Las demás, ansiosas y amedrentadas, espían el
momento del fallecimiento y, en un momento dado, hacen señas a las otras para
que interrumpan la letanía. Después de un breve silencio de angustia, se
arrodillan también ellas y, alternativamente, van haciendo las supremas
invocaciones por el difunto.
Unas: (Arrodilladas, invocando; las otras, contestando al rezo)
- Sancta María,
- Ora pro eo.
- Sancta Virgo Virginum,
- Ora pro eo.
- Mater Christi,
- Ora pro eo.
- Mater Divinae Gratiae,
- Ora pro eo.
- Mater purissima,
- Ora pro eo.
Las otras en pie, hacen señas en este momento para que se interrumpa
la letanía. Quedan un momento suspensas, con gesto de angustia y de miedo. Luego
se arrodillan ellas también.....
Una: Santos de Dios, acudid en su auxilio.
Otra: Ángeles del Señor, venid a acoger su alma.
Una tercera: Jesús, que la ha llamado, la reciba.
Una cuarta: Y que los espíritus bienaventurados la conduzcan desde el seno de
Abraham al Señor Omnipotente.
La primera: Señor, tened piedad de nosotros.
Una quinta: Dadle el eterno descanso y haced resplandecer sobre él vuestra
eterna luz.
Todas: Que en paz descanse.
Permanecen arrodilladas un momento más,
rezando en silencio cada una su oración particular; luego se levantan
santiguándose. Salen de la cámara mortuoria, atribulados, llenos de estupor y
compasión, Doña Flora Segni y el párroco Don Jorge Mei.
La primera, modesta
señora del campo, de unos cincuenta años, lleva un poco desmañadamente sobre su
cuerpo, ya deformado por la edad, un vestido de última moda, pero discreto, como
quieren que vaya vestida sus hijos, que viven en la ciudad. Ya se sabe lo que
son los hijos cuando empiezan a tener influencia sobre los padres.
Don Jorge es
un grueso y tardo párroco rural. Habla trabajosamente, y siempre tiene algo que
añadir a lo que han dicho los demás, o él mismo; aunque a veces él mismo no sabe
qué. Pero si le dan tiempo para expresarse reposadamente, a su gusto, dice cosas
sensatas y con garbo, porque, después de todo, le gustan las buenas lecturas y
no es tonto.
Don Jorge: (A las mujeres, en voz baja) Vayan, hijas, vayan, y recen otra
oración en sufragio de su alma bendita.
Las mujeres hacen una inclinación,
primero a él, luego a Doña Flora, y se van por la puerta del fondo. Quedan ambos
callados un buen rato; ella, como afligida por su hermana; él, en la
incertidumbre de una desaprobación que quisiera hacer y de un consuelo que no
sabe dar.
Doña Flora, en un momento dado, no puede resistir más la imagen que
tiene todavía delante de los ojos, de la desesperación de su hermana; se cubre
el rostro con las manos y va a reclinarse sobre el escaño.
Don Jorge se le
acerca despacio: la mira un momento, sin decir nada, moviendo la cabeza; luego
levanta las manos, como encomendándose a Dios. Que los actores, por favor, no
tengan miedo al silencio, que en ciertos momentos es más elocuente que las
palabras, si saben hacerle hablar. Sigue Don Jorge un momento más junto a la
señora, que se ha sentado en el escaño, y dice, por fin, como completando su
pensamiento...
Don Jorge: Y... ni siquiera se ha arrodillado...
Doña Flora: (Levantándose del banco sin descubrir la cara) ¡Acabará de perder
el juicio!
(Mostrando la cara y volviéndose a mirar a Don
Jorge:) ¿Ha visto con
qué ojos, con qué voz nos ha obligado a dejarla sola?
Don Jorge: No, no. Demasiado fuerte me parece en ella la razón, al contrario
y... mi temor entonces es muy otro, mi querida señora: que desgraciadamente le
faltará el divino consuelo de la fe, y entonces ya no...
Doña Flora: (Frenética) Pero ¿qué estará haciendo ahí sola?
Don Jorge: (Intentando calmarla) No está sola. Consintió en que se quedara con
ella Isabel. Déjela. Isabel es prudente, y...
Doña Flora: (Brusca) ¡Si la hubiera oído usted esta noche!
(Se
interrumpe al ver salir de la cámara mortuoria a la vieja nodriza Isabel, que se
dirige hacia la puerta del fondo) ¡Isabel!
(Y en cuanto Isabel se vuelve, le pregunta con
ansiedad, más con el gesto que con la voz:) ¿Qué está haciendo?
Isabel: (Con ojos atontados y voz opaca, sin gestos) Nada. Allí, mirándolo.
Doña Flora: ¿Y todavía no llora?
Isabel: No. Está allí, mirándolo.
Doña Flora: (Con arrebato) ¡Si siquiera llorara, Dios mío! ¡Si llorara...!
Isabel: (Acercándose, siempre con aspecto de atontada, mirándolos
alternativamente, añade:) ¡Y sigue diciendo que está allá! (Hace con la
mano un movimiento que significa: «allá lejos»)
Don Jorge: ¿Quién? ¿Él? (Isabel dice que sí con la cabeza) ¿Allá..., dónde?
Isabel: Habla sola, en voz baja, yendo de un lado para otro...
Doña Flora: ¡Y no poder hacer nada por ella!
Isabel: ..tan segura de lo que dice, que da miedo estar oyéndola.
Doña Flora: Pero ¿qué más dice? ¿Qué más dice?
Isabel: Dice: «Se ha ido, pero volverá.»
Doña Flora: ¿Volverá?
Isabel: Y lo dice convencida.
Don Jorge: Irse, se ha ido. Pero lo que es volver...
Isabel: Me lo ha dicho mirándome a los ojos, y repitió más fuerte: «¡Volverá!
¡Volverá!» Porque aquello que tiene allí, ante sus ojos, dice que no es él.
Don Jorge: (Sorprendido) ¿No es él?
Doña Flora: ¡Anoche también decía eso!
Isabel: Y quiere que se lo lleven en seguida.
Doña Flora se cubre el
rostro con las manos.
Don Jorge: ¿A la iglesia?
Isabel: Fuera, dice. Y no quiere que lo amortajen.
Doña Flora: (Descubriendo el rostro) ¿Pues, cómo?
Isabel: En cuanto le dije que había que vestirlo...
Don Jorge: Claro, antes que se ponga rígido...
Isabel: ...hizo un gesto de horror. Me ha dicho que vaya a buscar agua de
lavanda. Lavado, envuelto en una sábana, y fuera. Así. Voy un momento a dar
órdenes y vuelvo.
Sale por el fondo.
Doña Flora: ¡Se volverá loca! ¡Se volverá loca!
Don Jorge: Verdaderamente... Vestir al que se ha despojado de todo... Quizá por
eso no quiera.
Doña Flora: Será por eso; pero yo... estoy desconcertada... viendo cómo es...
Don Jorge: Negarse a hacer lo que hace todo el mundo...
Doña Flora: Y no es que lo haga de intento, créame...
Don Jorge: Lo creo; pero digo que, desviándose así de las costumbres de todos,
se nos puede trastornar, y..., y ni siquiera encontraremos compañía en nuestro
dolor. Comprenderá usted que otras madres es probable que no comprendan esa
desnudez de la muerte que ella quiere para su hijo...
Doña Flora: ¡Claro! ¡Ni yo tampoco la comprendo!
Don Jorge: ¿Ve usted? Y pudieran juzgarla mal...
Doña Flora: Siempre ha sido así. A veces parece que escucha cuando le están
hablando, y de repente sale con alguna frase que nadie podía esperar, como si
viniera de lejos; dice cosas que..., que son verdad..., que cuando las dice ella
parecen cosas palpables... Pero cuando se piensan, un momento después, asombran,
porque a nadie se le ocurrirían. Y dan hasta miedo. A mí me da miedo, se lo
aseguro, oírla hablar. Ya no me atrevo ni a mirarla. ¡Qué ojos, Dios mío, qué
ojos!
Don Jorge: ¡Pobre madre!
Doña Flora: ¡Ver desaparecer así a su hijo, en dos días!
Don Jorge: ¡El único hijo, y que acaba de regresar!
El viejo jardinero, Juan, aparece en este momento, apesadumbrado, en el umbral
de la puerta del fondo, y se adelanta un poco hacia la puerta de la derecha;
desde allí contempla un poco el cadáver con angustioso estupor; se arrodilla
hasta casi tocar el suelo con la frente, y permanece así un rato, mientras Doña
Flora y Don Jorge siguen hablando.
Doña Flora: Después de haberlo esperado tantos años, tantos años; más de siete.
Se había ido siendo un muchacho...
Don Jorge: Lo recuerdo; para sus estudios de ingeniero; a Lieja, creo...
Doña Flora: (Lo mira. Luego, moviendo la cabeza desaprobando) Allí, allí,
donde luego...
Don Jorge: (Con un suspiro) Lo sé, lo sé. Estoy entreteniéndome, porque tengo
que decirle... (Alude a la madre, que está en la habitación contigua.)
El viejo
jardinero se levanta santiguándose y sale por la puerta del fondo.
Doña Flora: (Espera a que haya salido el jardinero, y de pronto, con ansia,
pregunta, aludiendo al hijo muerto) ¿Le dejó, al confesarse, alguna disposición?
Don Jorge: (Con gravedad) Sí.
Doña Flora: ¿Para aquella mujer?
Don Jorge: (Como antes) Sí.
Doña Flora: ¡Si se hubiera casado con ella cuando la conoció de estudiante en
Florencia!
Don Jorge: Es una señora francesa, ¿no?
Doña Flora: Sí; ahora, sí; pero de nacimiento es italiana. Estudiaba ella
también en Florencia. Luego se casó con un francés, un tal señor Maubel, que se
la llevó primero a Lieja, precisamente, y luego a Niza.
Don Jorge: ¡Eso es! ¿Y él la siguió?
Doña Flora: ¡Qué dolor para esta pobre madre! ¡No volver, en siete años, ni
siquiera unos días, a verla Y al final, esto: volver a casa para morirse así,
en un momento. Y no había terminado la correspondencia con aquella mujer. Usted
debe saberlo: se lo habrá confesado.
(Lo mira, y luego pregunta vacilando:)
¿Habrá dejado disposiciones para los niños?
Don Jorge: (Mirándola a su vez) No. ¿Qué niños?
Doña Flora: ¿No sabe usted que ella tiene dos niños?
Don Jorge: ¡Ah, los niños de ella..., sí; me lo ha dicho! Y me ha dicho que han
sido la salvación de la madre y la suya.
Doña Flora: ¿La salvación, ha dicho?
Don Jorge: Sí.
Doña Flora: Entonces..., ¿no son de él?
Don Jorge: (Rápido) ¡Ah, no, señora! Sin embargo, no se puede llamar puro un
amor adúltero, aunque se haya mantenido sólo en el corazón y en el recuerdo;
pero es cierto que..., por lo menos él me ha dicho...
Doña Flora: Si se lo ha dicho a la hora de la muerte... Dios me perdone: su
madre me lo había asegurado varias veces.
Le aseguro que yo no podía creerlo. La
pasión era tanta, que... llegué a sospechar que esas dos criaturas...
Don Jorge: No, no.
Doña Flora: (Escuchando y haciendo señas a
Don Jorge para que se
calle) ¡Dios
mío! ¿Oye usted? ¡Está hablando...! ¡Está hablando con él... (Se acerca
despacito a la puerta de la derecha y escucha un momento)
Don Jorge: Déjela. Es el dolor. Está desvariando.
Doña Flora: No. Es que las cosas, como son para nosotros como nosotros las
pensamos - una desventura - ¡quién sabe qué sentido tendrá para ella!
Don Jorge: Usted debería obligarla a dejar, al menos por algún tiempo, esta
soledad de aquí.
Doña Flora: ¡Imposible! ¡Ni lo intento siquiera!
Don Jorge: ¡Por lo menos, llevársela con usted, a su villa, aquí al lado!
Doña Flora: ¡Si ella quisiera...! Pero hace más de veinte años que no sale de
aquí. Pensando, siempre pensando. Y poco a poco se ha ido poniendo así, como
loca del todo.
Don Jorge: Mala cosa es acoger los pensamientos que nacen de la soledad; son
como aguas estancadas que, dentro de nosotros, desprenden sus miasmas.
Doña Flora: Ya tiene la soledad dentro de ella. Basta mirarla a los ojos para
comprender que no puede venirle de fuera otra vida, ni ninguna distracción. Se
ha encerrado aquí, en esta villa, donde el silencio - arriba, al atravesar las
grandes habitaciones desiertas - da miedo. Parece..., no sé..., como si el tiempo
nos hubiera hundido. ¡Ese rumor de las hojas cuando hace viento...! Me entra una
angustia cuando pienso que ella estará aquí sola. Me parece que el viento se le
va a llevar el alma. Y antes, cuando el hijo estaba ausente, yo sabía dónde se
la llevaba; pero ¿y ahora? ¿Y ahora?
(Viendo aparecer a su hermana en el umbral
de la puerta de la derecha) ¡Dios mío, aquí está!
Doña Ana Luna toda pálida y como alucinada, tiene en los ojos una luz y en
los labios una voz tan «suyas», que la hacen casi religiosamente solitaria entre
los demás y entre todo lo que la rodea. Sola y nueva. Y esta su «soledad» y esta
su «novedad» emocionan tanto más cuanto que se expresan con una casi divina
sencillez, incluso hablando como en un delirio lúcido, que es casi el hálito
tembloroso del fuego interior que la devora y se consume así. Se va por la
puerta del fondo sin decir una palabra. En el umbral espera un momento. Luego,
viendo a Isabel que vuelve con dos criadas que traen una artesa de agua humeante
con infusión balsámica, dice con dolorida impaciencia...
Doña Ana Luna: Pronto, pronto, Isabel.
Y haz lo que te he dicho. Pero pronto.
Las dos criadas, sin detenerse,
atraviesan la escena de una puerta a otra.
Isabel: (Disculpándose) He tenido que dar también las otras órdenes...
Doña Ana: (Cortando las disculpas) Sí, sí...
Isabel: (Continuando con la misma voz) ...y, además, tendrá que venir el
médico a ver; habrá que dar tiempo a que...
Doña Ana: (Como antes) ...sí, sí, anda... ¡Mira...! (Señala al suelo, junto
a Isabel) Una corona... Se le habrá caído a una de esas mujeres. (Isabel se
agacha para recogerla, se la entrega y se dirige a la puerta de la derecha.
Antes que salga, Doña Ana vuelve a ordenarle:) Como yo te he dicho, Isabel.
Isabel: Sí, ama. Usted descuide. (Sale)
Doña Ana: (Mirando la humilde corona) Tenga, don Jorge. Doblegar, hacer
arrodillar al propio dolor... (Le da la corona a Don Jorge) Para mí es más
difícil. He de seguir en pie. Seguirlo a él aquí, instante tras instante. A
veces, casi me falta el aliento, me desanimo e imploro: «¡Dios mío, no resisto
más: haz que se doblen mis rodillas!» Pero no quiere. Nos quiere en pie, vivos
en todo momento: aquí, aquí, sin volver a tener jamás descanso.
Don Jorge: ¡Pero la verdadera vida está allá, señora mía!
Doña Ana: Yo sé que Dios no puede morir en cada criatura suya que muere. Usted
tampoco puede decirme que mi criatura ha muerto: usted me dice que Dios ha
vuelto a tomarla para Él.
Don Jorge: ¡Eso es! ¡Precisamente!
Doña Ana: (Con amargura) ¡Pero yo estoy aquí todavía, don Jorge!
Don Jorge: (Rápido, consolándola) Sí, pobre señora mía.
Doña Flora: ¡Sí, pobre Ana mía!
Doña Ana: ¿Y no sienten ustedes que Dios, para nosotros, no está allá, mientras
quiera durar aquí, en mí, en nosotros; no sólo por nosotros, sino también para
que sigan viviendo todos los que se han ido definitivamente?
Don Jorge: Viviendo en nuestro recuerdo, sí.
Doña Ana: (Lo mira como herida por la palabra «recuerdo», y vuelve lentamente
la cabeza como para no ver su herida; va a sentarse, y dice para sí misma,
dolida, pero fría:) Ya no puedo hablar ni oír hablar.
Doña Flora: ¿Por qué, Ana?
Doña Ana: Las palabras... ¡Cómo las siento proferir por los demás!
Don Jorge: Yo he dicho «recuerdo».
Doña Ana: Sí, don Jorge; pero el recuerdo es como una muerte para mí. ¡Si yo
nunca, nunca he vivido de otra cosa; si no tengo otra vida que ésta..., la única
que puedo tomar: precisa, presente...! Usted me dice «recuerdo», y en el acto se
aleja de mí esa vida, me la borra.
Don Jorge: Pues ¿cómo debo decir?
Doña Ana: ¡Que Dios quiere que mi hijo me viva todavía...! ¡Así...! ¡Pero no ya
con esa vida que Él quiere darle aquí, sino con la que le he dado yo, sí,
siempre! ¡Esa no puede acabársele mientras la vida me dure a mí! ¿Acaso no es
verdad que así se puede vivir eternamente también aquí, cuando con las obras nos
hacemos dignos de ello? Eterno mi hijo, no; pero aquí conmigo, desde este día
que lo ha truncado, y desde mañana, mientras yo viva, mi hijo debe vivir, con
todas las cosas de la vida, aquí con toda mi vida, que es suya, y nadie puede
quitársela!
Don Jorge, compasivo y como para hacerla volver de lo que a él le
parece soberbia, levanta la mano señalando a Dios.
Doña Ana: (rápida, entendiendo
el gesto) No. ¿Dios? ¡Dios no quita la vida!
Don Jorge: Me refiero a lo que fue su vida aquí.
Doña Ana: ¡Porque usted sabe que ahí hay un pobre cuerpo que ya no le ve ni le
oye a usted! ¡Y basta!, ¿no es eso? Todo acabó. Sí, vestirlo con uno de sus
trajes, traídos de Francia, aunque eso no sirva para resguardarlo del hielo que
tiene dentro, y que ya no le viene de fuera.
Don Jorge: Pero no deja de ser un rito, señora mía...
Doña Ana: Sí, rezar por él, encender cirios... ¡Hágalo, sí; pero pronto...! Yo
quiero esa habitación, la suya, como era; que esté ahí viva, con la vida que yo
le doy, y esperar su retorno con todas las cosas dispuestas, como él me las
confió antes de partir. Pero ¿no sabe usted que mi hijo, aquel que se me fue, no
ha vuelto?
(Cogiendo una mirada de Don Jorge a su hermana) No mire usted a
Flora. ¡Sus hijos también! Se le fueron el año pasado a la ciudad, Flavio y Lida.
¿Y cree usted que van a volver?
(Al oír esto, Doña Flora rompe a llorar en
silencio) ¡No, no llores! ¡Yo también lloré tanto... entonces, sí..., cuando se
me fue! ¡Y sin saber bien por qué! ¡Como tú, que lloras y todavía no sabes por
qué!
Doña Flora: ¡No, no; yo lloro por ti, Ana!
Doña Ana: ¿Entonces, no te parece que se debería estar siempre llorando...? ¡Ay,
Flora!
(Le coge la cabeza entre las manos y la mira cariñosamente) ¿Eres tú ésa?
¿Con esta frente? ¿Con estos ojos? ¿En esto has venido a parar? Cuando pienso en
cómo eras..., ¡una flor! ¿Y quieres que no me parezca un sueño verte ahora así?
Y a ti, di la verdad, si piensas en tu imagen de entonces...
Doña Flora: ¡Sí, un sueño, Ana!
Doña Ana: ¿Lo ves? Todo es así. Un sueño. Y si tu cuerpo va cambiando así, sin
que te des cuenta..., tus imágenes..., ésta y aquélla..., ¿qué son? Recuerdos de
sueños. Eso es: ésta... y aquélla. ¡Todas!
Doña Flora: Recuerdos de sueños, sí.
Doña Ana: Pues entonces yo digo que basta que esté vivo el recuerdo para que el
sueño sea vida. Mi hijo, como yo lo veo, ¡está vivo! No ese que está ahí, ¡A ver
si me comprenden!
Doña Flora: (Casi para sí) ¡Y, sin embargo, es ese que está ahí!
Don Jorge: ¡Ojalá fuera un sueño!
Doña Ana: (Ya sin impaciencia, después de haber estado absorta un
momento)
Hacen falta siete años..., ya lo sé..., siete años pensando en el hijo que no
vuelve, y sufrir lo que he sufrido yo, para comprender esta verdad que sobrepasa
a todo dolor y se convierte aquí, aquí (apretándose las sienes con ambas manos),
en una luz que ya no puede apagarse nunca..., y da esa terrible fiebre helada
que seca los ojos y hace cruel el sonido de la voz. (Cuando me oigo hablar,
casi me vuelvo como si fuera otra la que habla)
Doña Flora: Deberías descansar un poco, Ana mía.
Doña Ana: No puedo. Me quiero viva. Don Jorge, dígame si no es todo verdad,
como yo se lo digo. Usted cree que mi hijo se me ha muerto ahora, ¿verdad? No se
me ha muerto ahora. En cambio, yo lloré todas mis lágrimas, a escondidas, cuando
lo vi llegar. ¡Y por eso ya no tengo lágrimas! Cuando vi llegar a otro que ya no
tenía nada, nada, de mi hijo.
Don Jorge: Claro, sí... Había cambiado..., ¡cierto...! Como ha cambiado su
hermana. Usted misma lo decía hace un momento. Pero ya sabemos que la vida nos
cambia, y...
Doña Ana: Y nos parece que podemos consolarnos con decir: «Ha cambiado.» Y
cambiado, ¿no quiere decir «otro distinto del que era»? Yo no pude reconocerlo
como el hijo que se me había marchado. Lo observaba, a ver si al menos una
mirada, o una ligera sonrisa..., ¡qué sé yo...!, a ver si de pronto se aclaraba
su frente, aquella frente suya de muchacho, con tantos cabellos finos...,
¡cabellos de oro al sol...!, algo que me recordara vivo, al menos por un
momento, a mi hijo de entonces en este otro hijo que había vuelto. No, no. Eran
otros ojos, fríos. Y una frente siempre opaca, hundida aquí, en las sienes. Y
casi calvo, casi calvo. ¡Como está ahí! (Señala a la cámara mortuoria) Admitirá
usted que yo sé muy bien cómo era mi hijo. Una madre mira a su hijo y sabe
siempre cómo es. ¡Si lo ha hecho ella...! Pero la vida puede mostrarse tan cruel
con una madre: le roba al hijo y se lo cambia. Se había hecho otro; y yo no lo
sabía. Había muerto; y yo seguía haciéndolo vivir en mí...
Don Jorge: Pero, señora, eso era válido sólo para usted; lo que había muerto
era la imagen que usted conservaba de él; no él mismo, puesto que, hasta hace
muy poco, vivía...
Doña Ana: ...su vida, sí; su vida, y la que nos daba a nosotros, a mí. ¡Muy
poca ya a mí, casi ninguna! ¡Estaba siempre allí, entregado por entero! (Señala
a lo lejos) ¿Comprende usted lo horrible de lo que me ha tocado padecer? Mi hijo..., el que yo conservo en el recuerdo, vivo..., se había quedado allí,
junto a aquella mujer; y el que volvió aquí, no sé siquiera cómo podía verme,
con aquellos ojos cambiados; ya no podía darme nada, ni podía sentirme como
antes, si alguna vez me tocaba con la mano. ¿Y qué puedo saber yo de su vida,
tal como la vida era ahora para él; de las cosas, tal como él las veía, y cómo
las sentía cuando las tocaba? ¿Ve usted? Es así: lo que nos falta ahora es sólo
lo que no sabemos, lo que no podemos saber: cómo era la vida para él. La que nos
daba a nosotros, sí. Pero entonces, ¡Dios mío!, debería entenderse que la
verdadera razón por la que se llora ante la muerte es otra distinta de la que se
cree.
Don Jorge: Lloramos por lo que nos llega a faltar.
Doña Ana: ¡Eso es: nuestra vida en el que muere, lo que no conocemos!
Don Jorge: ¡Ah, no, señora...!
Doña Ana: Sí, sí; lloramos por nosotros, porque el que muere ya no puede darnos
- él, él - ninguna vida a nosotros con aquellos sus ojos apagados que ya no nos
ven, con aquellas manos frías y rígidas que ya no pueden acariciarnos. ¿Y por
qué quiere usted que yo llore ahora, si sería por mí? Cuando él estaba lejos,
decía yo: «Si en este momento se acuerda de mí; estoy viva para él.» Y eso me
sostenía, me consolaba en mi soledad. ¿Qué tengo que decir ahora? ¡Diré que yo,
yo, ya no vivo para él, porque él no puede ya acordarse de mí! Y usted, en
cambio, quiere decir que él no está ya vivo para mí. ¡Claro que está vivo para
mí! ¡Vivo, con toda la vida que le he dado siempre: la mía, la mía: no la suya,
que yo no conozco! ¡Su vida la había vivido él, lejos de mí, sin que yo volviera
a saber nada de ella! Y, si se la he dado durante siete años sin que él
estuviera ya aquí, ¿por qué no voy a poder seguir dándosela ahora de la misma
manera? ¿Qué ha muerto ahora de él, que no hubiera muerto ya para mí? Me he dado
perfecta cuenta de que la vida no depende de que tengamos o dejemos de tener un
cuerpo ante nuestros ojos. Puede haber un cuerpo, y estar delante de nosotros, y
haber muerto para aquella vida que le dábamos. Aquellos sus ojos, que de cuando
en cuando se dilataban como con un destello de luz repentina que les hacía
sonreír, límpidos y felices, él los había perdido en su vida, pero no en mí. En
mí los tiene todavía, aquellos ojos, y se le alegran de pronto, límpidos y
felices, cuando yo lo llamo y él se vuelve a mirarme, vivo. Quiero decir que yo
ahora ya no debo permitir que se aleje de mí adonde tiene su vida, ni que otra
vida se interponga entre él y yo. ¡Eso sí! Tendrá la mía, en mis ojos que lo ven,
en mis labios que le hablan; y puedo también hacérsela vivir allí, donde él la
quiera; ¡no me importa!, sin que él tenga ya que darme nada a mí, si no quiere
dármelo. Toda, toda mi vida para él, allí. La vivirá él, y yo seguiré aquí
esperando su vuelta, si alguna vez consigue desprenderse de aquella su
desesperada pasión. (A Don Jorge) Usted lo sabe.
Don Jorge: Sí, me habló de eso.
Doña Ana: Me lo he supuesto, don Jorge.
Don Jorge: Y me dijo cómo quería que le fuera anunciada a ella su muerte.
Doña Ana: (Como si el hijo hablara por su boca) Que su amor no le faltó nunca
hasta el último momento.
Don Jorge: Sí, pero comunicándoselo con las debidas precauciones, escribiéndole
a la madre de ella, allí.
Doña Ana: (Como antes) Que nunca, nunca le faltará este amor.
Don Jorge: (Asombrado) ¿Cómo?
Doña Ana: (Con la mayor naturalidad) Si ella sabe mantenerlo vivo en su
corazón, esperando que él vuelva de aquí, como yo espero que vuelva de allí... Si ella lo ama, me comprenderá. Y su amor, por fortuna, era tal, que no
necesitaba la presencia del cuerpo. Así se amaron. Por eso pueden seguir
amándose todavía.
Doña Flora: (Consternada) Pero ¿qué dices, Ana?
Doña Ana: Que pueden. En el corazón de ella. Si ella sabe todavía darle vida en
su corazón, como seguramente se la da en este momento, si se lo imagina vivo
aquí, como yo me lo imagino vivo allí.
Don Jorge: Pero ¿usted cree, señora mía, que se puede saltar así por encima de
la muerte?
Doña Ana: No, ¿verdad? «Así» no se debe. La vida, sí, ha puesto siempre una
piedra sobre los muertos, para saltar por encima de ellos. Pero debe ser nuestra
vida, no la del que se muere. A los muertos los queremos precisamente muertos,
para poder vivir en paz nuestra vida. ¡Y así está bien saltar por encima de la
muerte!
Don Jorge: ¡No, no! Una cosa es olvidar a los muertos, señora (que no debe
hacerse), y otra cosa es imaginárselos vivos, como usted dice...
Doña Flora: Esperar su regreso...
Don Jorge: Que ya no puede ocurrir.
Doña Ana: Entonces hay que imaginárselo muerto, ¿verdad?, como está ahí...
Don Jorge: ¡Desgraciadamente..!
Doña Ana: ...y estar seguros de que ya no puede volver. Llorar mucho, mucho, y
luego tranquilizarse poco a poco...
Doña Flora: Consolarse de alguna manera.
Doña Ana: Y luego, como desde lejos, acordarse de él a cada momento: «Era así...»
«Él decía...» ¿No es eso?
Doña Flora: ¡Como ha hecho siempre todo el mundo, Ana mía!
Doña Ana: En una palabra: hacerlo morir, hacerlo morir también dentro de
nosotros; no así, de una vez, como murió él ahí, sino poco a poco; olvidándolo,
negándole aquella vida que le dábamos antes, porque él ya no puede darnos
ninguna a nosotros. ¿Eso es lo que hay que hacer...? Tanto me das, tanto te doy.
Como ya no me das nada, nada te doy. O, a lo sumo, considerando que si ya no me
das nada es porque ya no puedes dármelo, porque ya no tienes absolutamente nada,
ni siquiera para ti, te daré de cuando en cuando un poquito de mi vida,
recordándote - así, de lejos. ¡Ah, pero cuidado! De lejos, de manera que no pueda
ocurrirte que vuelvas a venir. ¡Porque, si no, Dios sabe el susto que me darías!
- Esa es la muerte perfecta. Y la vida, tal como incluso una madre, si quiere ser
prudente, debe seguir viviéndola, aunque el hijo haya muerto.
En este momento vuelve a presentarse en el umbral de la puerta del fondo Juan,
el viejo jardinero, asustado, con una carta en la mano. Al ver a Doña Ana se
detiene sin entrar y, a escondidas, hace señas a Doña Flora con la carta. Pero Doña Ana, viendo que se vuelven su hermana y
Don Jorge, se vuelve ella también a
mirar, y, notando el susto del viejo, le pregunta:
Doña Ana: Juan..., ¿qué ocurre?
Juan: (Escondiendo la carta) Nada. Quería... quería decirle a la señora...
Don Jorge: (Que ha visto la carta en la mano del viejo, pregunta con ansiedad,
consternado:) ¿Es la carta que él esperaba?
Doña Ana: (A Juan) ¿Hay una carta?
Juan: (Vacilando) Sí, pero...
Doña Ana: Dámela. ¡Sé que era para él!
El viejo jardinero entrega la
carta a Doña Ana y se marcha.
Don Jorge: La esperaba con tanta ansiedad...
Doña Ana: Sí, desde hace dos días... ¿Le habló a usted también de eso...?
Don Jorge: Sí, para decirme que debía usted abrirla en cuanto llegara.
Doña Ana: ¿Abrirla? ¿Yo?
Don Jorge: Sí, para conjurar a tiempo, si es posible, un peligro que lo tuvo
angustiado hasta el último momento...
Doña Ana: ¡Ah, sí! ¡Lo sé, lo sé!
Don Jorge: ...que ella cometiera la locura...
Doña Ana: ...de venir a reunirse aquí con él... ¡Lo sé...! ¡La esperaba!
Esperaba que ella abandonara allí a sus hijos, a su marido, a su madre.
Don Jorge: Y para conjurar ese peligro, me dijo, había empezado a escribir una
carta...
Doña Ana: ¿Para ella?
Don Jorge: Sí.
Doña Ana: ¡Entonces está ahí! (Señala la mesa escritorio)
Don Jorge: Quizá. Pero ahora ya debe destruirse y seguir su otra sugerencia:
escribirle a la madre de ella. Pero mire usted antes, a ver lo que ella le dice.
Doña Ana: (Abrirá con manos convulsas la carta) ¡Sí, sí!
Don Jorge: Me había quedado para decirle esto; y ha llegado la carta.
Doña Ana: (Sacándola del sobre) Aquí está, aquí está.
Doña Flora: ¡Para él, que ya nos ha dejado!
Doña Ana: ¡No! ¡Está aquí! ¡Está aquí!
(Y se pone a leer la carta con
la vista, expresando durante la lectura, con el rostro, el temblor de sus manos
y las exclamaciones que poco a poco se le van escapando del corazón, la alegría
de sentir al hijo viviendo en la pasión de la amante lejana) Sí..., sí... Le dice
que quiere venir.. , ¡que viene, que viene!
Don Jorge: ¡Habrá que impedírselo...!
Doña Flora:¡Sin perder tiempo!
Doña Ana: (Sigue leyendo, sin escucharlos) ¡Que ya no resiste...! ¡Que
mientras lo tenía allí, a su lado...!
(Con un imprevisto arranque de ternura)
¡Cómo le escribe...! ¡Cómo le escribe...!
(Sigue leyendo, y luego, con otro
arranque, que es a la vez un grito y una risa, casi le brillan los ojos de
lágrimas) ¿Sí? ¿Sí? Entonces, ¿también tú podrías?
(Luego, dolida) ¡Ah, pero
se desespera!
(Sigue leyendo) Este tormento, sí...
(Breve pausa. Luego sigue
leyendo otro poco, y exclama:) ¡Sí, tanto, tanto amor...!
(Con otra
expresión, después de un momento) ¡Ah..., no, no! (Luego, como
contestando a la carta) ¡Y
él también, él también, sí, aquí siempre tuyo!
(Con arraque de alegría) ¡Lo ve,
lo ve!
(Luego, turbándose de improvisto) ¡Ay, Dios mío..., pero si está
desesperada, desesperada! ¡No! ¡Ah, no!
(Interrumpiendo bruscamente la
lectura y dirigiéndose a Don Jorge y a su hermana) ¡No es posible, no se le puede decir
en este momento que él no puede ya darle el consuelo de su amor, de su vida!
Don Jorge: Por eso él mismo sugirió...
Doña Flora: ...que no le dijéramos directamente...
Don Jorge: ...que su madre se encargara de...
Doña Ana: ¡Imposible! La noticia la haría enloquecer, se moriría. ¡No, no!
Doña Flora: Sin embargo, Ana, no habrá más remedio que...
Doña Ana: ¡Qué dices! ¡Si sintieran ustedes lo vivo que está él aquí, en esta
desesperación de ella...! ¡Cómo le habla, cómo le grita su amor...! ¡Amenaza con
suicidarse! ¡Pobre, si él no estuviera tan vivo para ella en este momento!
Doña Flora: Pero ¡cómo, Ana mía, cómo!
Doña Ana: ¡Ahí está su carta empezada! (Va a la mesa escritorio, abre
la carpeta que está encima y saca la carta del hijo) ¡Hela aquí!
Don Jorge: Y ¿qué quiere usted hacer con ella, señora?
Doña Ana: ¡Él habrá encontrado las palabras aquí vivas, para reconfortarla,
para retenerla, para quitarle ese propósito desesperado de venir!
Don Jorge: ¿Y quiere mandarle esta carta?
Doña Ana:¡Se la mandaré!
Don Jorge: ¡No, señora!
Doña Flora: ¡Piénsalo bien, Ana!
Doña Ana: ¡Digo que ella necesita la vida de mi hijo! ¿Quieren ustedes que se
lo mate yo ahora, matándola a ella también?
Doña Flora: Pero le escribirás a la madre al mismo tiempo.
Doña Ana: Le escribiré también a la madre, para suplicarle que se lo deje vivo
¡Déjenme! ¡Déjenme!
Don Jorge: ¡La carta no está ni siquiera terminada!
Doña Ana: ¡Yo la terminaré! Él tenía una letra igual a la mía. ¡Yo la terminaré!
Doña Flora: ¡No, Ana!
Don Jorge: ¡No haga usted eso, señora!
Doña Ana: ¡Déjenme sola! ¡Le queda todavía esta mano para escribirle, y le
escribirá! ¡Le escribirá!
TELÓN
La misma decoración. Pocos días después, a última hora de la tarde.
Junto a la ventana, en la pared de la izquierda, a cada lado, un macetón de
jardín, con plantas de alto tallo, muy florecidas. Un tercer macetón, igual a
los anteriores, lo tiene Juan entre las manos, en el umbral de la puerta del
fondo, cerca del cual están también Doña Ana y su hermana Doña Flora.
Doña Ana: (A Juan, indicándole el sitio para el macetón, junto a la
derecha de la puerta) Aquí, Juan. Ponlo aquí. (Juan lo coloca) Así. Y ahora ve a buscar
el último, y lo colocas al otro lado. Si pesa mucho, di que te ayuden.
Juan: No, ama.
Doña Ana: Ya, ya sé que todavía tienes fuerzas, viejo mío. Anda, anda.
Sale
Juan.
Ella se vuelve a su derecha y dice a Doña Flora, oliendo la planta...
Doña Ana: ¡Mira
qué bien huele, Flora!
(Luego, indicando las plantas de junto a la ventana) Y
¡qué hermosas son, aquí, vivas!
Doña Flora: Pero así te haces más difícil la situación, Ana. ¿No te das cuenta?
Doña Ana: ¡Déjame hacer esa locura! ¡Por las que no cometimos jamás, por
nosotras, ni tú ni yo, en nuestra juventud!
Doña Flora: ¡Pero ahora eres tú responsable de la suya!
Doña Ana: Él le dijo, de todas las maneras posibles, que no la cometiera. Pero
ella ha querido venir. ¡Tenía ya esa intención! ¡Escribiéndole, no hubiera
llegado a tiempo de impedírselo! ¡Ya había emprendido el viaje!
Doña Flora: ¡Si le hubieras escrito a la madre...!
Doña Ana: No he podido. Lo he intentado durante tres días, y no he podido. Por
el miedo que todavía tengo.
Doña Flora: ¿De qué?
Doña Ana: De que esto no sea para ella como es para mí: de que, «al enterarse»,
acabe su amor.
Doña Flora: Pero si deberías desearlo, deseárselo a ella.
Doña Ana: ¡No me lo digas, Flora...! Le ha escrito otra carta, ¿sabes?
Doña Flora: ¿Otra carta?
Doña Ana: (Con los ojos encendidos de oculta alegría voraz) ¡La he leído yo
por él!
(Y, de pronto, advierte) Pero ¡era más amarga que la primera!
Doña Flora: ¡Dios mío! ¡Me asustas, Ana!
Doña Ana: ¡Una madre que se asusta, como si no hubiera tenido vivos en su seno
a sus dos hijos y no los hubiera alimentado de sí misma, con aquella voracidad
de los dos...! ¿Acaso te asustabas entonces...? ¡Yo ahora devoro la vida para él!
¿Qué harías, si lo llamara? ¿Volverías a asustarte?
Doña Flora: (Se tapa los oídos, como si su hermana fuera a gritar el
nombre del hijo) ¡No, Ana mía: no, no!
Doña Ana: ¿Temes que se te aparezca, saliendo de ahí (señala la cámara
mortuoria), para castigar tu miedo? Yo no necesito creer en fantasmas. Sé que
vive para mí. No estoy loca.
Doña Flora: ¡Ya lo sé! Pero ¡te conduces como si lo estuvieras!
Doña Ana: ¿Qué sabes tú de lo que yo hago, de las horas que paso? Cuando estoy
arriba, y abandono la cabeza sobre la almohada, y siento yo también el silencio
de estas habitaciones, y ya no me basta ningún recuerdo para animarlo y
llenarlo, porque estoy cansada. ¡Entonces «sé» tu también! ¡«Sé» yo también! ¡Y
me entra un miedo horrible! Por eso, el único, el último consuelo, está ahora en
ella, en la que va a venir y todavía no «sabe»... Ella me reanimará y me llenará
de pronto estas habitaciones; me meteré toda entera en los ojos y en el corazón
de ella, para verlo y sentirlo vivo aquí todavía: porque ya no puedo por mí
misma.
Doña Flora: Pero ahora que viene ella...
Doña Ana: ¡Quieres hacerme pensar antes de tiempo en lo que va a ocurrir! ¡Eres
cruel! ¿No ves cómo desvarío? ¡Me parece respirar como si tuviera los minutos
contados y tú quieres quitarme este último minuto de respiro!
Doña Flora: Porque considero que, con este viaje, ella puede comprometerse,
ahora que todo ha terminado.
Doña Ana: No. Ya se lo dice en la carta: aprovecha la ausencia de su marido,
que ha salido de Niza para París, a sus negocios.
Doña Flora: ¿Y si el marido regresa de pronto y no la encuentra?
Doña Ana: Ella dejará a su madre algún recado para su marido, con alguna
excusa, justificando este viaje de unos días. Su madre tiene todavía tierras en
Cortona.
Doña Flora: Pero yo digo que ¡cómo se le habrá ocurrido venir a encontrarse con
él aquí, ante tus ojos!
Doña Ana: ¿Aquí? Pero ¡qué dices! Aquí la traeré yo. Ella le dice en la carta
que esté en la estación a esperarla.
Doña Flora: ¡Y te encontrará a ti, en vez de encontrarlo a él! Y ¿qué vas a
decirle?
Doña Ana: Le diré... le diré, ante todo, que venga conmigo. No puedo darle la
noticia allí, en la estación, delante de todo el mundo.
Doña Flora: Pero ¿cómo se quedará ella cuando te vea? ¿Qué pensará, cuando vea
que no está él?
Doña Ana: Pensará que no está porque ha salido de viaje. Y que me ha mandado a
mí para decírselo. Eso es: primero le diré eso..., o cualquier otra cosa.
Doña Flora: Pero luego, aquí, ¡tendrás que decírselo todo! ¿Se lo dirás?
Doña Ana: Cuando la haya convencido para que venga, sí.
Doña Flora: Entonces ¿para qué has preparado estas plantas?
Doña Ana: Porque al llegar ella, todavía no sabrá nada. ¡Es él el que las ha
preparado, no yo...! ¡Por caridad, no me hagas hablar...! ¡Ella va a llegar, y
hacen falta estas plantas que adornen la casa!
(Viendo entrar a Juan con el
otro macetón) Allí, Juan, donde te he dicho.
Juan: (Después de haber colocado el macetón) Esta es la más hermosa.
Doña Ana: Sí, hemos elegido las más bonitas. Y ahora di que tengan preparado el
coche.
Juan: Está preparado, señora. En diez minutos está usted en la estación.
Doña Ana: Bien, bien. Puedes marcharte.
(Juan vuelve a marcharse por
la puerta del fondo. Doña Ana, presa de su creciente impaciencia, se acerca a la
puerta de la derecha y llama) ¡Isabel! ¿No acabas de preparar?
Doña Flora: Pero ¡cómo! ¿Allí, Ana?
Doña Ana: No, no es para ella. Para ella ya he mandado preparar la habitación,
arriba.
(Y llama más fuerte, acercándose a la puerta) ¡Isabel! ¿Por qué has
abierto la ventana?
Entra Isabel corriendo anunciando desde dentro.
Isabel: ¡Los señoritos! ¡Los señoritos!
(A Doña Flora) ¡Han llegado sus hijos,
señora!
Doña Flora: (Con alegre sorpresa) ¿Lida? ¿Flavio?
Isabel: ¡Los he oído gritar en el jardín! ¡Sí, señora! ¡Vienen corriendo!
Doña Ana: ¡Tus hijos!
Doña Flora: Pero ¡cómo! ¡Se han anticipado un día! ¡Si iban a venir mañana!
Se
oye gritar dentro: «¡Mamá! ¡Mamá!»
Isabel: ¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí!
Irrumpen en la habitación Lida, de unos dieciocho años, y
Flavio, de unos
veinte. Como se fueron el año pasado a la ciudad a estudiar, ahora parecen
otros, en tan poco tiempo, de los que eran antes de partir: no sólo en la manera
de pensar y de sentir, sino también en el físico, en la voz, en los gestos, en
la manera de moverse, de mirar, de sonreír. Ellos, naturalmente, no lo saben. Pero su madre se da cuenta en seguida, después de las primeras efusiones
afectuosas, y se queda pasmada ante el trágico sentido que de pronto adquiere
ante sus ojos la evidencia de la prueba de cuanto su hermana le ha revelado.
Lida: (Corriendo hacia su madre y echándole los brazos al cuello) ¡Mamá!
¡Mamaíta mía preciosa! (La besa)
Doña Flora: ¡Lida mía! (La besa) Pero ¡cómo...! ¡Flavio! ¡Flavio! (Le
tiende los brazos)
Flavio: (Abrazándola) ¡Mamaíta! (La besa)
Doña Flora: Pero ¡cómo! ¡Dios mío!, pero ¡cómo...! ¡Vosotros! ¡Tan de repente!
Lida: Pudimos arreglarlo todo para venir hoy.
Flavio: ¡Atropelladamente! ¡Despachándolo todo en dos horas!
Lida: ¡Ahora se jacta! ¡Y él no quería...!
Flavio: ¡Caramba! «¡Corre por aquí!» «¡Vamos volando allá!» De la modista, a la
sombrerera - Chypre Coty -, ¡medias de seda! ¡No sé qué vas a hacer con todo eso,
aquí, en el campo!
Lida: ¡Ya verás, ya verás, mamaíta, qué cosas más bonitas traigo para ti
también!
Doña Flora: (Que ha intentado sonreír, escuchándolos; pero que, sin embargo,
habiendo notado de pronto el cambio que han experimentado sus hijos, se queda un
poco helada, y dice, con los ojos un poco vueltos hacia su hermana, que se ha
apartado un poco en la sombra que empieza a invadir la estancia:) Sí..., sí...
Pero, ¡Dios mío...!, yo no sé... cómo habláis...
De pronto, Lida y Flavio notan la mirada de su madre y se dan cuenta de que están en casa de la tía:
recuerdan la reciente desgracia, que, con el ímpetu del primer momento de su
llegada, habían olvidado, y, atribuyendo a este olvido el asombro de su madre,
se azoran y se dirigen, confusos y mortificados, hacia su tía.
Flavio: ¡Hola, tía...!
Lida: ¡Perdónanos, tía! ¡Hemos entrado tan precipitados...!
Flavio: Hacía un año que no veíamos a mamá...
Lida: El pobre Fulvio...
Flavio: ...tuvimos mucha pena...
Lida: ¡Por ti, tía!
Flavio: Pensábamos encontrarlo aquí... Pasar con él las vacaciones...
Lida: Y conocerlo, porque...
Flavio: ...¡casi no lo recordábamos!
Lida: Tenía apenas nueve años, cuando partí...
Flavio: ¡Pobre tía!
Lida: ¡Perdónanos! ¡Y tú, mamá!
Doña Ana: No, Flavio, no; no, Lida. No es por mí; es por vosotros.
Lida: (Que no comprende) ¿El qué es por nosotros?
Doña Ana: ¡Nada, queridos!
(Los mira un momento; luego los besa en la
frente, uno tras otro) ¡Bienvenidos!
(Se acerca a su hermana y le dice muy bajito,
sonriendo, para consolarla:) Piensa que ahora, por lo menos, están más guapos...
Es mejor que yo me vaya.
Se va por la puerta del fondo.
Los otros quedan un
momento en silencio, suspensos. La penumbra sigue invadiendo poco a poco la
estancia.
Flavio: No nos dimos cuenta, al entrar...
Lida: Pero ¿qué ha querido decir «que es por nosotros»?
Doña Flora: (Como alejando una pesadilla) ¡Nada, nada, hijos míos! ¡No es
verdad! ¡No, no...! ¡Dejadme que os vea!
Isabel: ¡Ay, cómo están los dos!
Doña Flora: (Como antes) ¡Más guapos! ¡Más guapos...!
Isabel: (Admirando a Lida) Pero ¡vamos! ¡Si es ya una señorita! ¡No parece la
misma!
Doña Flora: (Con ímpetu, como defendiendo a su hija, y volviendo a
abrazarla)
¡No! ¡Son los mismos! ¡Lida mía! ¡Lida mía!
(Y de pronto, dirigiéndose al
otro)
¡Mi Flavio!
Flavio: (Abrazándola) ¡Mamaíta! ¿Qué te pasa?
Doña Flora: (Cogiendo entre sus manos la cara de
Lida) ¡Ven aquí! ¡Déjame que
te vea bien! ¡No pienses más! ¡Mírame!
Lida: Pero ¿cómo murió, mamá? ¿Fue por aquella...
Flavio: ...por aquella mujer?
Doña Flora: (Rápida, contrariada) ¡No! De una enfermedad que le entró de
pronto. Ya os lo contaré. ¡Ahora habladme de vosotros!
Flavio: (A Lida) ¿Ves cómo no era verdad? ¡Tus novelerías de siempre, lo que
yo te decía! Si había podido separarse de ella, es señal de que aquella gran
pasión, hasta morir...
Doña Flora: ¡No, no! ¡Qué estás diciendo!
Flavio: Te advierto que no hace más que leer novelas.
Doña Flora: ¿Tú, Lidita?
Lida: ¡No lo creas, mamá; no es cierto!
Flavio: ¡Se ha traído lo menos veinte, figúrate!
Lida: ¿Quieres hacer el favor de no meterte en mis asuntos?
Doña Flora: Pero ¡cómo! ¿Tenéis esas discusiones los dos?
Lida: ¡Es insoportable! ¡No le hagas caso, mamaíta!
Flavio: ¿De qué heroína te ha venido el «Chypre», si se puede saber?
Doña Flora: (Para si, angustiada) El «Chypre»... ¿Qué será?
Lida: Me lo recomendó una amiga mía.
Flavio: ¿La Rosi?
Lida: (En tono despectivo) ¡Bueno! ¡La Rosi!
Flavio: ¿La Franchi?
Lida: (Lo mismo) ¡Bueno! ¡La Franchi!
Flavio: ¡Cambia de amiga todos los días! ¡Veleta!
Isabel: Cuando se fueron parecían dos pastorcillos del campo, y ahora parecen
más bien dos señoritingos.
Doña Flora: (Intentando reaccionar) ¡Claro! La ciudad... Han crecido, y...
(A
Lida) Pero dime: ¿qué es eso del «Chypre»?
Flavio: ¡Un perfume, mamá: noventa liras el frasquito!
Doña Flora: ¿Perfumes, una muchacha?
Lida: ¡Tengo dieciocho años, mamá!
Flavio: ¡Tres frasquitos, doscientas setenta liras!
Lida: Tú te has gastado no sé cuánto en corbatas, cuellos, guantes, ¡y tienes
el valor de echarme a mí en cara los tres frasquitos de «Chypre»!
Doña Flora: ¡Callaos, por caridad! ¡No puedo oíros esas discusiones!
(A
Lida, acariciándola) Ya te peinas así..., como una chica mayor...
Isabel: ¡Se fue con la trencita a la espalda!
Doña Flora: (Sin hacer caso a Isabel) ¡Pero si ya estás más alta que yo!
(Luego, como asustada) Y a mí, ¿cómo me encuentras?
Lida: ¡Muy bien, mamá, muy bien!
Doña Flora: Entonces, ¿por qué me miras así?
Lida: ¿Cómo te miro?
Doña Flora: No sé... Y tú, Flavio...
Flavio: ¿Sabes que estás muy rara, mamá? (Se ríe al mirarla)
Doña Flora: ¡Oh, no te rías así, por favor!
Flavio: Ya sé que aquí no debo reírme; pero es que nos miras de una manera tan
curiosa.
Doña Flora: ¿Yo? (Estremeciéndose) Ha oscurecido: os busco con la mirada,
porque casi no puedo veros.
En efecto: la oscuridad se ha hecho más densa, y
con ella se ha ido avivando cada vez más el resplandor de la luz encendida en la
habitación del hijo muerto.
Isabel: Espere. Voy a dar la luz.
Doña Flora: No. Vámonos. Vamos, chicos, vámonos de aquí. Es tarde.
Lida: (Al volverse, notando aquel resplandor) ¡Hay luz en esa habitación!
¿Quién está ahí?
Doña Flora: ¡Si supieras...!
Flavio: (En voz baja, parada) ¿Ha muerto ahí?
Isabel: (Tétrica, después de una pausa) Ahí está, como si ya no tuviéramos
vida nosotros y estuviera vivo él solo.
Flavio: ¿Le tiene la luz encendida?
Lida: (Que se ha acercado, temerosa, para mirar) ¿Y la habitación intacta?
Doña Flora: ¡No te asomes, Lida!
Flavio: ¿Como si estuviera todavía esperando su llegada?
Isabel: No: como si no se hubiera ido nunca y estuviera todavía aquí, como era
antes de marcharse. Ella se encargará, dice, de no dejarlo irse.
(Breve pausa.
Luego añade tétricamente:) Porque los hijos que se van han muerto para su madre.
¡Dejan de ser lo que eran!
En medio de la oscuridad y de la pesadilla, Doña
Flora rompe a llorar silenciosamente.
Flavio: (Después que el llanto de su madre ha sobrecogido durante un momento
aquel silencio de muerte, dice, atribuyendo aquel llanto al dolor por la
hermana:) ¡Pobre tía! ¡Quién iba a decir...!
Lida: ¿Es como una locura?
Isabel: Habla de él de una manera que casi nos lo hace estar viendo siempre. Yo, cuando estoy aquí sola, miro para atrás; me parece que voy a verlo salir de
esa habitación y dirigirse a la ventana o al jardín por esa puerta. Vivo en
continuo sobresalto. Me hace arreglar la habitación, hacer todos los días la
cama y abrir el embozo todas las noches, como si él tuviera que ir a acostarse.
Doña Flora: (A Lida, que se ha apretado instintivamente contra ella,
atemorizada por lo que ha dicho Isabel, en tono suplicante:) ¡Lidita, Lidita
mía! ¿Me quieres tanto como antes?
Lida: (Pendiente de lo que dice Isabel, sin hacer caso a su madre) Entonces
sigue...
Isabel: ¡Haciéndolo vivir!
Doña Flora: (Que no puede más, como si le estallara el corazón) ¡Flavio, hijo
mío! ¡Vámonos de aquí, vámonos, por caridad!
Isabel: Espere, señora, que dé la luz; está todo a oscuras.
Doña Flora: Sí, gracias, Isabel. ¡Vámonos, vámonos!
Isabel sale
delante. Luego salen Doña Flora, Lida y Flavio.
La escena queda vacía y oscura.
Solamente llega aquel resplandor espectral de la puerta de la derecha.
Después
de una larga pausa, sin hacer el menor ruido, el sillón que está junto a la mesa
escritorio se retira lentamente, como si una mano invisible lo hiciera girar. Después de otra pausa más breve, la tenue cortina que hay delante de la ventana,
como apartada por la misma mano, se levanta un poco de un lado y vuelve a caer.
¡Quién sabe qué cosas ocurrirán, sin que nadie las vea, en la penumbra de una
habitación desierta, donde alguien está muerto! Poco después vuelve a entrar
Isabel y, rápida, da la luz de la habitación. Instintivamente vuelve a acercar
el sillón a la mesa, sin la menor sospecha de que «alguien» lo haya movido;
luego, para sustraerse a la vista de los objetos de la habitación, se dirige a
la ventana, levanta ella también con la mano la cortina; luego abre la ventana y
se asoma al jardín.
Isabel: (Desde la ventana) ¿Quién está ahí...?
(Pausa) ¡Ah...!, ¿eres tú,
Juan?
(Pausa) ¡Juan!
La voz de Juan: (Desde el jardín, alegre) ¿La ves?
Isabel: No. ¿El qué?
La voz de Juan: Allí está todavía, detrás de los olivos de la colina.
Isabel: ¡Ah, sí..., la veo! ¿Y tú estás ahí mirando la luna?
La voz de Juan: Quiero ver si es verdad lo que me dijo.
Isabel: ¿Quién?
La voz de Juan: ¡Quién! ¡El que ahora ya no la "ve!
Isabel: ¡Ah, él!
La voz de Juan: Desde ahí, desde donde tú estás.
Isabel: ¡No me asustes! ¡Tengo tanto miedo!
La voz de Juan: Al día siguiente de su llegada, por la noche.
Isabel: ¿Te habló de la luna? ¿Y qué te dijo?
La voz de Juan: Que cuanto más sube, más se pierde.
Isabel: ¿La luna?
La voz de Juan: Si miras a la tierra, me dijo, y ves su luz allá, sobre la
colina, aquí, sobre las plantas; pero si levantas la cabeza y la miras, cuanto
más alta está, más lejana la ves de nuestra noche.
Isabel: ¿Lejana? ¿Por qué?
La voz de Juan: Porque es de noche aquí, para nosotros; pero la luna no ve la
noche, perdida como está allí arriba, en su luz, ¿comprendes...? ¡Qué cosas
pensaba, ¿eh?, mirando la luna...! Oigo los cascabeles del coche.
Isabel: Corre, corre a abrir el portón.
Isabel cierra de prisa la
ventana y se retira por la puerta del fondo.
Poco después, por la misma puerta,
entran Lucía Maubel y Doña Ana. Durante el trayecto de la estación a la villa
han tenido las primeras explicaciones, ya previstas en la primera escena con
Doña Flora. La joven ha quedado muy ofendida, mortificada y turbadísima.
Doña Ana: (Con ansiedad, haciéndola pasar) Ven, ven. Son sus habitaciones. Y,
si entras ahí, tendrás la prueba: lo verás en todas partes, con las últimas
flores dejadas ayer, delante de todos tus retratos.
Lucía: (Amable, con ironía) ¿Tantas flores, y luego se escapa?
Doña Ana: No le hagas más reproches. ¡Si supieras a costa de qué no está aquí
para recibirte...!
Lucía: Vengo, y ¡búscatelo! ¿Y dice usted que lo ha hecho por mi bien?
Doña Ana: Contra su corazón...
Lucía: ¿Por prudencia...? ¿Y no cree usted que es más que un reproche: una
ofensa para mí, tanta prudencia...? ¡Un insulto!
Doña Ana: (Dolida) No..., no...
Lucía: ¡Dios mío...! Tan cruel, que hay para pensar que toda esa prudencia la
ha tenido por él... no por mí.
Doña Ana: ¡No! ¡Por ti! ¡Por ti...!
Lucía: ¡Pero si yo no me he muerto! ¡Estoy aquí...!
Doña Ana: ¿Muerto? ¿Qué dices?
Lucía: ¡Claro! Y perdone. Si al saber mi llegada desaparece, dejando flores
delante de mis retratos, ¿qué quiere decir eso? ¿Que su amor quiere ser como
para una muerta? Y yo, que he dejado allí toda mi otra vida, para venir
corriendo aquí, hacia él...! ¡Ah! ¡Es horrible lo que ha hecho!
Oculta su
rostro entre las manos, temblando de vergüenza y de desdén.
Doña Ana: (Casi para sí, mirando al vacío) No habría hecho eso... Sin duda no
lo hubiera hecho...
Lucía: (Se vuelve rápida a mirarla) ¡Entonces es que hay una razón...!
Doña Ana: (Casi sin voz) Sí. (Y sonríe con tristeza)
Lucía: ¿Qué razón? ¡Dígamela!
Doña Ana: ¿Me permites que te llame Lucía?
Lucía: Llámeme Lucía, sí. ¡Se lo agradezco!
Doña Ana: ¿Y que te diga que él no pensaba ofenderte cuando tuvo que
marcharse...?
Lucía: ¡Pero dígame por qué! ¡El motivo!
Doña Ana: Pues bien: te lo diré... Pero, ante todo, has de saber que no creyó
ofenderte al confiarte a mí...
Lucía: ¡No! ¡Pero, compréndame! Yo... Yo sé que...
Doña Ana: Que él me confió siempre todo..., cómo os amabais...
Lucía: (Sombría) ¿Todo?
Doña Ana: Y podía confiármelo, porque...
Lucía, como con un
escalofrío, oculta su rostro entre las manos y niega con la cabeza. Doña Ana la
mira, consternada.
Doña Ana:
¿No?
Lucía: (Más con el gesto que con la voz, que está a punto de
convertirse en llanto) No... No...
Doña Ana: (Como antes) ¡Cómo...! Entonces...
Lucía: (De pronto) ¡Perdóneme! ¡Perdóneme...! ¡Sea usted madre también para
mí...! ¡He venido aquí para eso!
Doña Ana: ¡Pero, entonces, él...!
Lucía: ¡Se fue de allí por eso!
Doña Ana: Pero ¿lo obligaste tú a marcharse?
Lucía: ¡Yo, sí...! ¡Después! ¡Después...! ¡Al final, a traición, este amor, que
había permanecido puro tantos años, nos venció!
Doña Ana: ¡Ah, por eso...!
Lucía: Descompuesta, aterrada, lo obligué a marcharse... No habría podido
volver a mirar a mis niños... Pero todo fue inútil... Ya no podía mirarlos. reí
que me moría. (La mira con ojos atroces) ¿Comprende por qué...? ¡Tengo otro!
(Oculta su rostro)
Doña Ana: ¿Suyo?
Lucía: Por eso estoy aquí.
Doña Ana: ¿Suyo? ¿Suyo?
Lucía: ¡Él no lo sabe todavía! ¡Tengo que decírselo! ¡Dígame dónde está!
Doña Ana: ¡Ay, hija mía! ¡Hija mía...! ¡Ahora vive él en ti de verdad...! ¡Al
marcharse dejó en ti una vida... suya!
Lucía: Sí, sí... ¡Tengo que decírselo en seguida! ¿Dónde está? ¡Dígamelo!
¿Dónde está?
Doña Ana: ¿Y cómo voy a decírtelo? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Cómo voy a decírtelo?
Lucía: ¿Por qué no? ¿No lo sabe usted?
Doña Ana: Se fue...
Lucía: ¿No le dijo adónde iba?
Doña Ana: No me lo dijo.
Lucía: Ha sospechado - ahora lo veo - que sólo por...
(Se interrumpe con
una exclamación de desdén) ¡Pero no tenía razón para sospechar eso de mí! Yo
también fui culpable, sí; como él; pero yo luego lo obligué a marcharse, y ahora
no vendría a eso... ¡Es que ya no puedo separarme de él... como estoy ahora...,
no puedo...! ¡Me horrorizo de pensarlo!
Doña Ana: ¡Claro, claro; es natural!
Lucía: ¿No puede decirme dónde está? ¿De veras no lo sabe usted? ¿Cómo se le
podría avisar?
Doña Ana: Espera, espera; le avisaremos, sí...
Lucía: ¿Y cómo? ¿Adónde, si usted no sabe dónde se encuentra? ¿Y si se ha ido
para un largo viaje, sin decírselo a usted, sin avisarme a mí?
Doña Ana: No, no... No estará muy lejos... No puede estar muy lejos...
Lucía: Debió de temer que, aun diciéndole sólo a usted adonde se iba... Pero
quizá usted misma le aconsejara que se fuera...
Doña Ana: Yo no sabía...
Lucía: (Con los ojos cerrados y oprimidos con la mano) ¡Me estoy volviendo tan
recelosa...! ¡Ah, qué triste es...! Ya sé que yo debía habérselo dicho en una
carta. Pero no quise malgastar en palabras todas las fuerzas que necesitaba para
tomar la resolución que he tomado... A él este viaje mío le habrá parecido una
locura, un desvarío...
Doña Ana: (Para tranquilizarla) Sí, claro...
Lucía: Y se habrá marchado para hacerme encontrar aquí, en usted, la razón que
había perdido... Comprendo, comprendo...
(De pronto) ¿Volverá? ¿Le escribirá
usted? ¿Me dirá donde se encuentra...?
Doña Ana: Sí, sí, seguro... tranquilízate... Siéntate, siéntate aquí..., junto
a mí..., y déjame llamarte hija...
Lucía: Sí, sí...
Doña Ana: Lucía...
Lucía: Sí...
Doña Ana: ¡Hija mía...!
Lucía: ¡Sí, mamá! ¡Mamá...! Ahora siento que es mejor así; que yo la haya
encontrado a usted aquí antes que a él...
Doña Ana: Hija mía, preciosa..., ¡preciosa...!, con esos ojos..., esa
frente..., este olor de tu pelo... ¡Lo comprendo, lo comprendo...! ¡Ah, pero si
él tenía que hacerte suya... desde el primer momento! ¡Tenía que darme esta
alegría de tener en ti otra hija... así! ¡Así...!
Lucía: Pero sin todo el daño que hemos hecho... ¡Dios mío, cuánto daño hemos
hecho!
Doña Ana: ¡No te acuerdes de eso ahora...! Los que no han hecho ningún daño,
¡quién sabe si no han sido causa del daño que sufren los otros, los que lo
hicieron, y que quizá sean los únicos que luego disfrutarán del bien! Tú más que
yo.
Lucía: He partido mi vida en dos mitades... Yo...
Doña Ana: Una la llevas dentro de ti...
Lucía: Pero los otros, que han quedado allí... Y, sin embargo, me he sentido
impulsada a huir hacia aquí, con esta vida que todavía no es nada y de repente
se ha convertido en todo para mí... ¡Todo nuestro amor, convertido de repente en
lo que nunca debió ser!
Doña Ana: ¡La vida!
Lucía: ¡Lo que he sufrido...! ¡Usted no lo sabe ni podrá imaginárselo nunca...!
¡El lecho donde se descansa, convertido en un tormento! ¡Y las promesas que me
hice a mí misma...! ¿Sabe usted lo que escuecen algunas heridas? ¡Pues algo así
sentía yo! Y me mantenía apretando los dientes, resistiendo, para que el cuerpo
no dejara de pertenecerme... y cediese! Y cada vez que conseguía librarme de
aquella pesadilla - durante la cual un momento, ciega, había caído - podía ser
suya otra vez, purificada por el martirio sufrido, ya sin remordimiento. ¡No
debíamos ceder! Sólo así podía valer el pacto. Porque... aquellos otros
también..., ¿qué cree usted...? Usted es madre, y con usted puedo hablar...
Doña Ana: Sí, habla, habla...
Lucía: Aquellos otros - de verdad - no eran un amor que se hubiera hecho carne;
eran de aquel hombre: sólo carne; pero el amor que yo había puesto en ellos - yo,
yo, con el corazón así, lleno de él - los había hecho ser también casi de él. ¡El
amor es uno! Y ahora..., ¡ahora aquello ya no es posible! ¡Yo no puedo
pertenecer a dos al mismo tiempo!
Doña Ana: Claro que no puedes. No sólo por ti, sino también por no darle al
otro «esto», que es sólo tuyo y de él...
Lucía: ¿Verdad que no?
Doña Ana: ¡No debes!
(Con un poco de desaliento) Yo te lo pregunto...
Lucía: ¡Lo ha dicho usted!
Doña Ana: Sí..., para saber si tú también habías pensado en eso.
Lucía: (Después de una breve pausa, recobrándose, sombría) La violencia que me
hice a mí misma durante tantos años..., y aquellos dos hijos que tuve, a pesar
de esa violencia...
Doña Ana: ¿Qué quieres decir?
Lucía: ¡Nada, nada contra ellos! ¡Ah! Pero contra aquel hombre... es un
sentimiento de odio tan íntimo y tan oscuro, que no sé expresarlo. Siento que he
sido madre dos veces, así, sin haber participado en ello, por obra de un extraño
a mí..., en mi carne viva, y destrozándome el alma..., mientras él... ¡Oh, él ni
siquiera lo sospechaba!
Doña Ana: ¡Pero lo sabes tú!
Lucía: ¡Sí, y no se lo dije nunca por respeto a mí, no por respeto a él! ¡Y aun
así, el daño que ha recibido de mí no es tan cruel como el que yo he recibido de
él!
Doña Ana: Yo no los conozco; no puedo juzgar.
Lucía: Me hizo madre porque era su mujer; para poder irse despreocupadamente
con otras mujeres. ¡Con tantas...! Cínico y despectivo, atento sólo a sus
negocios; y fuera de ellos, fatuo y frío. Contempla la vida para reírse de ella;
a las mujeres, para hacerlas suyas, y a los hombres, para engañarlos. Si pude
resistir a su lado, fue porque tenía quien me alimentara el espíritu, quien me
daba aire para respirar fuera de aquella inmundicia. ¡No debimos mancharnos
también nosotros! Le juro a usted que no fue ningún placer... Y la prueba - es
horrible decirlo, pero así es para mí—, la prueba está en esta mi nueva
maternidad.
Doña Ana: ¡No, Dios mío! ¿Qué dices?
Lucía: He venido aquí para que usted, si puede, me haga sentir que no es
verdad. Había hecho todo lo imaginable allí, durante tres años, para no volver a
ser madre. Lo creo; creo yo también que debe ser una alegría; y no deseo otra
cosa; le juro que no deseo más que eso: conocer esa alegría que no he conocido
jamás.
Doña Ana: ¡Pero tienes que tenerla tú en el corazón, hija mía! Si tú no la
tienes, ¿quién puede dártela?
Lucía: ¡Él! ¡Él!
Doña Ana: ¡Sí, él, pero sólo porque lo tienes a él también en el corazón! Sólo
por eso. Siempre ocurre así. No busques nada que no venga de ti misma.
Lucía: ¿Qué quiere usted que venga de mí en este momento? ¡Estoy tan
desorientada..., tan sorprendida...! Esta traición de no dejarse ver aquí... ¡Necesito verlo, hablarle, oír su voz...! ¿Dónde está? ¿Dónde estará? ¿Cómo
podríamos saberlo? ¡No podré tener reposo mientras no lo sepa...! ¿Es posible
que usted no sepa siquiera adónde habrá podido irse?
Doña Ana: No lo sé, hija. Pero ahora es preciso que te tranquilices un poco.
Lucía: ¡No puedo...!
Doña Ana: Estás toda temblorosa... ¡Debes de estar tan fatigada...! ¡Un viaje
tan largo...!
Lucía: Me zumban los oídos... Se me va la cabeza...
Doña Ana: ¿Ves...? Debes tranquilizarte.
Lucía: Tanta ansiedad..., tanta ansiedad...
Doña Ana: Tienes que irte a descansar...
Lucía: ¡Y luego, llegar, y no encontrarlo...! Debo de tener fiebre...
Doña Ana: Ahora necesitas reposo... Mañana veremos lo que...
Lucía: ¡Me volveré loca esta noche!
Doña Ana: No...Mira... Yo te enseñaré a no enloquecer... Te enseñaré lo que hay
que hacer cuando alguien está lejos... Lo que hice yo durante tanto tiempo,
mientras él estuvo allí, contigo: lo sentía a mi lado, porque yo, con el
corazón, le hacía estar a mi lado. ¡Mejor que a mi lado: lo llevaba yo en el
corazón...! Haz tú eso, y esta noche se pasará... Piensa en que éstas son sus
habitaciones, y que él está ahí...
Lucía: ¿Duerme ahí?
Doña Ana: Sí, ahí... Y que te está escribiendo, en esta mesa...
Lucía: ¡Palabras crueles me ha escrito...!
Doña Ana: Y aquí, ¿ves?, sobre este escaño, hasta ayer, ¡me ha hablado tanto,
tanto de ti...!
Lucía: Y luego se marchó...
Doña Ana: ¡Es que él no sabía...! ¡Cuántas cosas me dijo, para que yo te
hiciera comprender, sin ofenderte y sin hacerte sufrir el daño de su alejamiento
por tu bien!
Lucía: Pero ahora...
Doña Ana: ¡Ah, ahora..., cierto..., todo cambia! Estando tú así...
Lucía: ¡Y volverá!
Doña Ana: Y volverá, estáte tranquila..., volverá. Pero ahora, ven, sube
conmigo. He preparado arriba tu habitación.
Lucía: Quiero ver la suya.
Doña Ana: Sí, sí, ven, entra.
Lucía: ¿Y por qué no me deja usted dormir aquí?
Doña Ana: ¿Quieres quedarte aquí... en la suya?
Lucía: Ahora ya puedo. Él está conmigo.
Doña Ana: ¿Ves, ves cómo ya empiezas a sentirlo...? Sí, si tú quieres, puedes
dormir aquí, hija mía
Lucía: (Entrando) Quizá sea mejor: «más cerca de él.»
Doña Ana: ¡En tu corazón, sí! ¡En tu corazón!
La sigue.
La escena
queda un momento desierta. Se oyen confusamente las dos voces que hablan en la
habitación de al lado; pero no tristes, sino más bien alegres; incluso se oye
reír a Lucía, como ante una sorpresa. Luego, Doña Ana vuelve a salir, pero
vuelta hacia el interior de la habitación, hablando con la joven que la ha
acompañado hasta el umbral)
Lucía: (Desde el umbral) Sí, con esta luna tan hermosa...
Doña Ana: Buenas noches, hija. Hasta mañana. Voy a cerrar
Lucía: (Retirándose) Buenas noches.
Doña Ana: (Sola, después de cerrar la puerta, queda allí, como agotada, durante
un instante; pero luego se ilumina su rostro con un rayo de alegría divina y con
los ojos más que con los labios, dice:) ¡Está vivo!
TELÓN
El mismo decorado. A la mañana siguiente, en las primeras horas.
Poco después de levantado el telón aparece en el umbral de la puerta del fondo
Juan, que hace pasar a la señora Doña Francisca Noretti, que acaba de llegar de
la estación con angustiosa ansiedad y asustada.
Juan: Pase, pase, señora.
Francisca: Pero ¿es posible que esté durmiendo?
Juan: Estará todavía cansada del viaje. Por lo demás, apenas si serán las
siete.
Francisca: ¿Y en qué habitación duerme? ¿No sabe usted?
Juan: Ayer, Isabel estaba preparándole la habitación del piso de arriba.
Francisca: ¿No puede usted conducirme a donde está ella?
Juan: Yo arriba no subo, señora. Me lo ha advertido Isabel. Y el ama está ya
levantada. La vi al amanecer, cuando abría la ventana.
Francisca: Pero ¿es posible que todavía no lo sepa...? ¿Llegó ayer por la
tarde?
Juan: Sí, señora; ayer por la tarde. El ama fue a buscarla a la estación.
Francisca: ¿Y usted la vio llegar...? ¿Estaba llorando?
Juan: No, señora; no me pareció.
Francisca: ¿No se lo habrían dicho todavía...? Se puede dormir...
Juan: Probablemente, señora, porque... mire estas plantas: las traje yo ayer
aquí... Para el ama es como si no hubiera muerto. Ni siquiera se ha vestido de
negro.
Francisca: ¿Y por eso no se lo ha dicho a nadie? ¡Hace once días que murió!
Juan: A esta hora.
Francisca: Lo he sabido ahora, en la estación, al llegar. Pregunté por él...,
que dónde estaba...
Juan: Aquí viene el ama. (Entra de prisa
Doña Ana. Juan se marcha)
Doña Ana: ¡Por favor, no haga usted ruido...! ¿Es usted su mamá?
Francisca: ¡Puede usted suponerse en qué estado de ánimo, señora...! He hecho
un viaje como una desesperada... ¿Dónde está? ¿Dónde está...? ¿Todavía no sabe
nada?
Doña Ana: ¡Hable bajo, hable bajo...! No, no lo sabe.
Francisca: ¡Lléveme a donde esté ella! ¡La despertaré yo! ¡Se lo diré yo!
Doña Ana: ¡No, señora, por caridad!
Francisca: Pero ¿cómo usted...? ¡Mira que no avisar a nadie, ni siquiera a mí,
de la desgracia, para evitar que ella cometiera esta locura!
Doña Ana: ¡No la ha cometido por él..., no!
Francisca: ¿Que no la ha cometido por él?
Doña Ana: No, no. Le diré...
Francisca: ¡Quiero verla ahora mismo!
Doña Ana: Ahora que ya lo sabe usted, señora, no tema nada ni se angustie más.
Francisca: ¿Cómo quiere que no tema yo...?
Doña Ana: Cálmese... Déjeme hablar...
Francisca: No podré estar tranquila mientras no me la lleve de aquí... Salí
precipitada, en cuanto leí la esquela que me dejó allí, dejándome al cuidado de
los niños. Tiene dos hijos..., ¿lo sabe usted? ¡Dios mío, yo no sé cómo no me he
muerto!
Doña Ana: ¡Hable bajo..., por favor! Venga conmigo. Ella duerme ahí...
Francisca: ¡Ah, ahí! ¡Ahora mismo voy...! (Va a lanzarse hacia la
puerta de la derecha)
Doña Ana: (Parándose delante de ella) ¡No, señora! ¡No sabe usted el daño que
le haría!
(Ha hecho esta admonición en tal tono, que la otra madre se queda
durante un instante confusa y llena de temor)
Francisca: ¿Por qué?
Doña Ana: (Rápida, resuelta) ¡Porque usted ignora lo que sé yo! ¡El caso es
mucho más grave de lo que usted se imagina!
Francisca: ¿Más grave? (La mira, asustada)
Doña Ana: Sí. Me lo confesó ella misma.
Francisca: ¿Cómo...? ¿Con él...?
Doña Ana: Sí..., y que él no está tan muerto como a usted le parece...
Francisca: (Balbuciendo, espantada) ¿Qué quiere decir?
Doña Ana: Si ahora vive en ella, como puede vivir el amor de un hombre,
convertirse en vida dentro de una mujer... que va a ser madre..., ¿comprende?
Francisca: (Horrorizada) ¿Su hijo...? ¡Dios mío...! Pero ¡cómo...! ¿Entonces,
por eso...?
Doña Ana: Llegó en tal estado de desesperación, que todavía no me ha sido
posible «decírselo». Le he dicho que se había marchado de viaje..., por ella,
por prudencia..., por no comprometerla... Y eso ha bastado para que ella se
sintiera muerta...
Francisca: ¿Ella?
Doña Ana: ¡Ella, sí, claro..., en el corazón de él! ¿Cómo es posible, le
pregunto yo ahora, hacérselo morir?
Francisca: Pero antes, antes que ella se comprometiera viniendo aquí, debía
haberme avisado a mí de que había muerto.
Doña Ana: Señora, dé gracias al Cielo de que yo no tenga ese remordimiento. Creí que iba a tenerlo; pero he podido ver que, al contrario, fui inspirada por
Dios cuando le envié a su hija la carta que él dejó, terminada por mí.
Francisca: Pero ¡cómo...! ¿Después..., después de muerto...?
Doña Ana: ¡Para ella no fue «después»! ¡Ha sido una suerte, le digo!
¡Inspiración divina...! ¡Con el estado de ánimo en que se encontraba allí..., si
él le hubiera faltado, ella se habría matado..., sin que usted ni yo supiéramos
nada! ¡Puede usted creerlo!
Francisca: Pero ¿usted..., ¡Dios mío...!, quiere usted tener todavía a mi hija
ligada a un cadáver?
Doña Ana: ¡Qué «cadáver»! La muerte, para ella, está allí, junto al hombre con
quien usted la ató: aquél es un cadáver... Yo, en cambio, he empezado desde ayer
tarde, he intentado hacerle comprender...
Francisca: Que tiene allí a sus otros hijos...
Doña Ana: ¡Eso ya lo sabe! ¡Ella misma me ha hablado de ellos con tanta
pena...! Me ha dicho cosas... que hacen estremecer...
Francisca: ¿De los hijos?
Doña Ana: Sí; que los ha hecho suyos, después..., después que le habían
nacido..., como extraños... Ha podido hacerlos suyos gracias al amor de mi hijo,
¿comprende? ¡Ellos también han necesitado el amor de él para adquirir vida en
ella! Y, a pesar de todo, ¿ha visto usted?, ella ha podido dejarlos para venirse
aquí.
Francisca: Pero ahora, cuando se entere de que él... ya no está aquí...
Doña Ana: ¡Al contrario! ¡Si usted quiere volver a llevársela allí..., a su
martirio..., ella debe estar convencida de que «él sigue aquí»! Y usted debe
hacerle comprender, como he intentado hacerlo yo, de qué manera tiene que estar
vivo él para ella, desde ahora en adelante: sólo en su corazón..., sin buscarlo
fuera..., con la vida que ella le dará. Eso es. Pero antes hay que prometerle
que volverá a verlo algún día... ¿Ha comprendido?
Francisca: (Aturdida) ¿Que volverá a verlo?
Doña Ana: Pero no aquí... «Aquí - le diremos - no volverá él hasta que sepa que
tú te has marchado. Pronto lo verás, porque él irá a verte allí.» Dígale usted
eso, y tal vez consiga usted llevársela. No olvide usted que ella está
esperándolo ahí... Ha querido dormir en su cama... Tal vez esté soñando con
él..., y en cuanto se despierte se lo imaginará vivo y a punto de llegar.
Francisca: (Que ha estado mirándola aterrada y con la más viva
aversión, que poco a poco ha ido convirtiéndose en una infinita compasión) ¡Dios mío! Pero,
¡señora..., eso..., eso es una locura!
En este momento se abre la puerta de
la derecha y aparece Lucía, que descubre a su madre en aquella actitud y,
después del primer instante de sorpresa, se turba, mirando a la otra madre e
intuyendo la desgracia ocurrida.
Lucía: ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Tú? (Va hacia ella, pero luego se detiene y mira
primero a una y después a la otra madre) ¿Qué ha ocurrido?
Francisca: (Temblando, sin ninguna ansiedad, en un tono que ayudará a
la hija a comprender) Hija mía... Hija mía...
Lucía: (Como antes) Pero... ¡cómo! ¿Qué estabais diciendo?
Doña Ana: (Intentando arreglarlo) Nada. Ya ves... Ha venido a intentar que
tú...
Lucía: ¡No es verdad...! ¿Por qué tú no me dices nada, mamá...? ¿Qué ha
ocurrido...?
(Gritando) ¡Dímelo!
Francisca: (Abrazándola) ¡Hija mía!
Lucía: ¿Ha muerto? ¿Ha muerto?
(Rechazando el abrazo de su madre para
dirigirse a Doña Ana) ¡No...! ¿Muerto...? Y ¿cómo usted...? ¡No...! ¡No es posible...!
¡Dios mío!
(Con las manos en las sienes) ¡Lo que he soñado esta noche!
(Extraviada, mirando a su alrededor) ¿Ha muerto? ¡Decídmelo! ¡Decídmelo!
Francisca: Ya hace días, hija...
Lucía: ¿Hace días...
(a Doña Ana) que murió...? Y usted..., ¡cómo...!, ¿por
qué no me lo ha dicho? ¿Cómo murió? ¿Cómo...? ¡Ah Dios mío, ahí, donde yo he
dormido!
¿Y me ha dejado usted dormir ahí?
(Doña Ana está rígida, como una
escultura sepulcral) Cierto que yo se lo pedí; pero, usted, ¿cómo...? «Las flores...» «Ha salido de viaje...» «Éstas son sus habitaciones...» «No sé dónde
está...» Y yo me lo he soñado: que ya no podía volver, de tan lejos que se había
ido...; lo veía tan lejos, con cara de muerto... ¡Su cara! ¡Su cara...! ¡Dios
mío! ¡Dios mío!
(Rompe en llanto desesperado) Para no dejarme pensar que, si no
lo había encontrado esperándome en la estación, como debía... ¡Claro, sólo eso
podía haber ocurrido: que hubiera muerto! ¡Y yo no lo comprendí porque usted...!
(Domina el llanto, porque el estupor vence ahora al dolor) Pero ¿cómo ha hecho
usted..., cómo ha podido hacer eso? ¿Por mí...? ¡Y él se le ha muerto también a
usted..., es increíble...! ¡Me ha hablado de él como si estuviera vivo!
Doña Ana: (Mirando a la lejanía) Lo estoy viendo...
Lucía: (Aturdida) ¿Muerto...? ¿Y no murió aquí, ante sus ojos?
Doña Ana: No; ahora...
Lucía: ¿Cómo, ahora...?
Doña Ana: ...ahora estoy viéndole morir.
Lucía: ¿Cómo? ¿Qué dice?
(Doña Ana se cubre el rostro con las manos, y entonces
ella grita:) ¡Yo lo sabía, lo sabía que habría muerto cuando yo llegara! ¡No
quise creerlo cuando me lo dijo él mismo, al partir, que se venía a morir aquí!
Doña Ana: (Descubriendo el rostro) Y yo no lo vi.
Lucía: ¡Lo vi yo! ¡Estaba muriéndose, nutriéndose, desde hace años; se le
habían apagado los ojos; estaba ya como muerto cuando partió! ¡Tan pálido lo vi,
tan pálido, tan abatido, que comprendí en seguida que iba a morir!
Doña Ana: Abatido, sí...; con los ojos apagados, sí..., ¡y tan cambiado...!
Ahora lo veo..., ¡por ti, sí, hija!
(La atrae hacia ella, estremecida de
dolor y compasión) ¡Hija...! Ahora, sí, lo veo morir, aquí, sobre tu carne... Siento el
frío de su muerte aquí junto al calor de tus lágrimas. ¡Tú me lo haces ver como
estaba últimamente! ¡Yo no lo veía! ¡No había podido llorarlo, porque no lo
veía...! ¡Ahora lo veo! ¡Ahora lo veo!
Lucía: (Que poco a poco se ha desasido de
Doña Ana, y horrorizada ha
ido a refugiarse en su madre) ¡Dios mío! ¿Qué dice? ¿Qué dice?
Doña Ana: (Hablando consigo misma) ¡Hijo mío...! ¡Tu pobre carne...! ¡Te
fuiste así... tan abatido! Y yo... te embalsamaba... ¡vivo...!, vivo te
embalsamaba; como ya no eras, como ya no podías ser... Con aquellos cabellos
tuyos, y aquellos ojos que habías perdido, que ya no podían mirar con alegría. ¡Y por eso no te los reconocí...! ¡Y quería yo hacerte vivir fuera de tu vida!
¡Fuera de la vida que te había consumido...! ¡Pobre, pobre carne de mi carne,
que ya no he vuelto a ver...! ¡Que no podré volver a ver...! ¿Dónde estás?
(Buscando a su alrededor) ¿Dónde estás?
Lucía: (Acudiendo) ¡Aquí, mamá!
Doña Ana: (Deteniéndose un momento) ¿Tú?
(Luego, en un grito) ¡Ah, sí!
(La
abraza frenéticamente) ¡No te lo lleves! ¡No te vayas! ¡No te vayas!
Lucía: ¡No, no me iré! ¡No me iré, mamá! ¡No me iré!
Francisca: ¿Cómo, que no te irás? ¿Qué dices? ¡Tú te vendrás ahora mismo
conmigo!
Doña Ana: ¡No! ¡Déjemela, señora! ¡Es mía! ¡Es mía! ¡Déjemela! ¡Déjemela!
Francisca: ¿Pero está usted loca, señora?
Doña Ana: ¡Piense usted que es demasiado, demasiado lo que me ha hecho!
(Rápida, a Lucía, cariñosa) ¡No..., no...!, ¿sabes...? ¡No te culpo de nada...!
¡Soy tu madre!
Francisca: ¿Pero quiere usted que me deje a mí por usted? ¿Y sus hijos?
(A
Lucía) ¡Tienes a tus niños! ¿Quieres abandonarlos para estarte aquí, sin
ninguno?
Doña Ana: ¡Pero tendrá otro aquí, señora; otro que no podrá dárselo allí a
quien no le pertenece!
Francisca: (Violenta) ¡Pero, señora...!, ¿se da usted cuenta de lo que está
diciendo?
Lucía: ¿Y tú te das cuenta de lo que yo podría hacer?
Doña Ana: (Con repentino desaliento) No, no: tu madre tiene razón, hija. Ha
entendido que lo digo por mí..., por mí..., no por el que va a nacer... ¡También
yo voy abatiéndome...! Pero es porque yo también me muero ahora, ¿ves? Sí, en
cuanto nazca éste que llevas ahora, lejos de aquí; ¡en cuanto le des tú la vida,
allí, fuera de ti! ¿Ves? ¿Ves? ¡Entonces serás tú la madre y dejaré de serlo yo!
¡Ya no volverá nadie aquí junto a mí! ¡Se acabó! ¡Volverás a tener tú a mi hijo
allí..., pequeñito, como era él..., mío..., con aquellos cabellos de oro y ojos
sonrientes..., como era..., será tuyo, pero ya no mío! ¡Serás tú, tú, la madre;
y yo no volveré a serlo! ¡Y yo ahora me muero, me muero de verdad aquí! ¡Dios
mío!
Y llora como no ha llorado jamás, ante la consternación de
Lucía y la
otra madre. Poco a poco se recobra del llanto, pero queda sombría y al final
casi apagada...
Doña Ana: Claro que sí, claro que sí... Basta, basta. ¡Si es por mí, no! ¡No!
¡No quiero llorar! ¡Basta!
(Pausa larga. Luego, levantándose, va hacia Lucía, y
acariciándola:) Vete, vete, hija mía... Ve a vivir tu vida..., a consumirte tú
también..., ¡pobre carne macerada tú también...! ¡Esa sí que es la muerte! Y
ahora basta ya. No pensemos más en eso... Debemos pensar, ante todo, en tu
madre, que debe de estar fatigada.
Francisca: ¡No, no; yo quiero marcharme en seguida!
Doña Ana: ¡En seguida no podrá usted, señora! Tendrá usted que esperar. El tren
de Pisa pasa tarde por aquí. Tendrá usted tiempo suficiente para descansar. Y
tú, hijita mía...
Lucía: No, no... Yo no me iré... No me iré... ¡Me quedaré aquí con usted!
Francisca: ¡Tú te irás conmigo! ¡Ella misma te lo dice!
Doña Ana: Aquí ya no hay nada para ti.
Francisca: ¡Y te esperan tus hijitos! ¡Tenemos que irnos en seguida!
Lucía: ¡Yo no vuelvo allí! ¡No vuelvo!, ¿sabes...? ¡Ya no me es posible! ¡No
puedo! ¡No puedo ni quiero! ¿Qué quieres que haga allí ahora ya...?
Doña Ana: ¿Y yo aquí...? ¡Esa es la muerte, hija...! Cosas que hacer, se quiera
o no se quiera..., cosas que decir... Ahora, consultar un horario...; luego, el
coche para ir a la estación..., viajar... Somos nosotros los pobres muertos
atareados... Atormentarse..., consolarse..., tranquilizarse... ¡Ésa, ésa es la
muerte!
TELÓN
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