ACTO SEGUNDO
Otra sala de la villa, contigua a la del trono, provista de
muebles
antiguos y austeros. A la derecha, sobre un estrado de dos
palmos de
alto, al que se asciende por medio de dos pequeños escalones,
una
mesa circundada por cinco asientos, uno a la cabecera, y dos a
cada
lado. En el fondo, puerta común. A la izquierda, dos ventanas
que
dan a un jardín. A la derecha, una puerta que comunica con la
sala
del trono. Es ya la media tarde del mismo día. Al levantarse el
telón
están en escena Matilde, el doctor, y Tito Belcredi. Continúan
una
conversación anterior, pero Matilde se aparta, hosca,
evidentemente
fastidiada por lo que dicen los otros dos, a quienes, a pesar
suyo,
escucha, porque en el estado de inquietud en que se halla todo
le interesa,
aunque le disguste, impidiéndole concentrarse para madurar
un firme propósito que la azuza y la tienta. Lo que oye a
Belcredi y al
Doctor atrae su atención, porque instintivamente siente la
necesidad
de ser distraída.
Belcredi: Sí, será como usted dice, querido doctor, pero ésa es
mi
impresión.
Doctor: No digo que no, pero crea que es solamente eso: una
impresión.
Belcredi: Perdone que insista, doctor, pero hasta lo ha dicho, y
muy
claramente. (Volviéndose a la marquesa.) ¿No es verdad, marquesa?
Matilde: (desconcertada, volviéndose hacia ellos). ¿Qué ha dicho?
(Oponiéndose luego.) ¡Ah, sí.. pero no por el motivo que usted
cree!
Doctor: Se refería a nuestras ropas superpuestas, a su manto (señala
a
la marquesa), a nuestras túnicas de benedictinos. Todo esto es
pueril.
Matilde: (con ímpetu, volviéndose de nuevo, desdeñosa). ¿ Pueril...
?
¿Qué dice usted, doctor?
En cierto modo, si. Permítame hablar, Doctor marquesa, se lo
ruego...
Pero, desde otro punto de vista, es mucho más complicado de lo
que
podéis imaginar.
Matilde: Yo, por el contrario, lo veo muy claro.
Doctor: (con una sonrisa de compasión propia de quien se dirige
a
personas incompetentes). ¡Ah, sí! Es menester compenetrarse de
esta
psicología especial de los de mentes, por la cual -mire usted-
se puede
estar seguro de que un loco advierte, puede advertir
perfectamente que
alguien está disfrazado ante él, y aceptarlo como tal. Si,
señores, y aun
creer, del mismo modo que lo hacen los niños, para quienes la
ficción
y la realidad se mezclan en el juego. Por eso he dicho "pueril".
Pero
luego se vuelve muy complicado en este sentido: que él tiene, ha
de
tener conciencia perfecta de ser para sí, ante sí mismo, una
imagen;
esa imagen suya que está allí. (Se refiere al retrato de la sala
del
trono, por lo que indica la puerta correspondiente.)
Belcredi: ¡Lo dijo!
Doctor: Sí, lo dijo! Una imagen a la que se le enfrentan otras
imágenes... las nuestras, ¿me explico? Pues bien, en su delirio
-agudo
y muy lúcido-, ha podido advertir rápidamente una diferencia
entre su
imagen y las nuestras. Es decir, comprendió que había en
nosotros, en
nuestras imágenes, una ficción. Y ha desconfiado. Todos ellos
están
siempre armados de una desconfianza continuamente alerta. Pero
eso
es todo. A él, naturalmente, no ha debidode parecerle muy
piadoso
nuestro juego, realizado en torno del suyo. Y a nosotros, el
suyo nos
ha parecido mucho más trágico, por cuanto él, casi desafiándonos,
¿me explico?, impulsado por la desconfianza, nos lo ha querido
mostrar justamente como un juego; también el suyo, si, señores,
presentándosenos con un poco de tintura en las sienes y en los
pómulos, y diciéndonos que lo había hecho de propósito, como una
burla.
Matilde: (otra vez impetuosa). ¡No! ¡No es eso, doctor! ¡No es
eso!
¡No es eso!
Doctor: ¿ Cómo que no es eso?
Matilde: (resuelta, vibrante). ¡Yo estoy segura de que me
reconoció!
Doctor: No es posible... No es posible...
Belcredi: (al mismo tiempo). Pero ¡no...!
Matilde: (aun más decidida, casi convulsa). ¡Os digo que me
reconoció! Cuando se acercó a mi para hablarme, mirándome en los
ojos, muy dentro de ellos, me reconoció.
Belcredi: Pero si hablaba de su hija.
Matilde: ¡No es verdad! ¡De mí! ¡Hablaba de mí!
Belcredi: Sí, tal vez, cuando dijo...
Matilde: (rápidamente, sin miramientos). ¡De mis cabellos
teñidos!
¿No habéis advertido que agregó en seguida: "o quizá el recuerdo
de
vuestro color moreno, si es que erais morena"? Ha recordado
perfectamente
que yo, "entonces" era morena.
Belcredi: Pero no. . son fantasías!
Matilde: (sin escuchar, dirigiéndose al doctor). Mis cabellos,
doctor,
son en verdad oscuros, como los de mi hija. ¡Por eso comenzó a
hablar
de ella!
Belcredi: ¡Si no conoce a su hija!... ¡Si no la ha visto jamás!
Matilde: ¡Justamente! ¡Usted no comprende nada! ¡Al referirse a
mi
hija, se refería a mí, a mí como yo era entonces!
Belcredi: ¡Ah, esto es contagioso! ¡Esto es contagioso!
Matilde: (lenta, con desprecio). ¿Qué es lo contagioso?...
¡Tonto!
Belcredi: Pero ¿acaso usted ha sido su esposa? ¿No ve que en su
delirio, su hija de usted es su esposa: Berta de Susa?
Matilde: De acuerdo. Porque yo, no siendo ya morena -como él me
recordaba- sino así, rubia, me he presentado ante él como
"Adelaida",
la madre. Mi hija para él no existe, nunca la ha visto, usted
mismo lo
dijo. ¿Cómo puede saber, entonces, si es rubia o morena?
Belcredi: ¡Por Dios!... Ha dicho morena, así, generalizando,
como
quien pretende fijar de algún modo, sea rubia o morena, el
recuerdo de
la juventud por el color de los cabellos. Es que el fantasear es
muy
frecuente en usted. ¡Doctor, dice que yo no debí haber venido;
la que
no debió venir es ella!
Matilde: (abatida por la observación de Belcredi, ha quedado por
un
momento absorta; se repone luego, pero está inquieta porque
duda).
No..., no..., hablaba de mí... Me ha hablado siempre a mí, y
conmigo...
y de mí...
Belcredi: ¡Tiene gracia! ¡No me ha dejado un instante de
resuello, y
dice que habló siempre con usted! ¡A menos que le haya parecido
que
también aludía a usted cuando hablaba con Pedro Damiani! Matilde: (con aire de desafío, casi rompiendo los- frenos de la
conveniencia). ¿Y quién puede asegurar lo contrario? ¿Sabría
usted
decirme por qué él, en seguida, desde el primer momento, ha
sentido
aversión por usted, sólo por usted? (Del tono de la pregunta ha
de
resultar casi explícita la respuesta: "Porque ha comprendido que
usted
es mi amante." Belcredi lo advierte tan bien, que de pronto se
queda suspenso, y como perdido en una vana sonrisa.)
Doctor: La razón -perdonen ustedes- puede estar también en el
hecho
de que le fue anunciada solamente la visita de la duquesa
Adelaida, y
del abate de Cluny. Hallándose ante un tercero que no le había
sido
anunciado, sintió desconfianza...
Belcredi: Sí muy bien, la desconfianza le hizo ver en mí a un
enemigo: Pedro Damiani. Pero ella se empeña en que la ha
reconocido...
Matilde: Al respecto no hay dudas. Me lo dijeron sus ojos,
doctor,
¿sabe usted? Cuando se mira de cierto modo, ya no es posible
dudar.
Quizá fue un instante, pero... ¿qué quiere usted que le diga
...?
Doctor: Desde luego, su teoría es razonable: un momento de
lucidez
...
Matilde: ¡Sí, quizá! Y entonces, sus razones me han parecido
plenas
de un lamento por mi juventud y la suya... ¡Por esa cosa
horrible que
le ha ocurrido, dejándolo fijo allí, en aquella máscara de la
que no ha
podido desprenderse nunca, y de la que quiere, ansía separarse!
Belcredi: ¡Sí! Para poder entregarse por entero a amar a su hija
de
usted, o a usted misma -como ya se lo figura- enternecido por su
piedad.
Matilde: Que es mucha. Se lo aseguro.
Belcredi: Se advierte, marquesa. Tanta, que un taumaturgo vería
másì
que probable el milagro.
Doctor: ¿Me permiten ustedes que hable yo ahora? Yo no hago
milagros, porque soy un médico y no un taumaturgo. He estado muy
atento a todo lo que ha dicho, y repito que esa cierta
elasticidad
analógica, propia de todo delirio sistematizado, es evidente que
en él
está ya muy... ¿cómo podría decirlo?, relajada. En suma, que los
elementos de su delirio ya no se sostienen con firmeza entre sí.
Me
parece que ahora le cuesta equilibrarse, en su personalidad
sobrepuesta, por múltiples y bruscos llamados que lo arrancan -y
esto
es muy reconfortante- no de un estado de incipiente apatía, sino
más
bien de una mórbida adaptación a un estado de melancolía
reflexiva,
que demuestra una... sí, una considerable actividad cerebral. Y
repito
que muy alentadora. Pues bien, si con este violento engaño que
le
hemos preparado...
Matilde: (volviéndose hacia la ventana, con el tono de una
enferma
que se lamenta). Pero ¿cómo es posible que no regrese aún ese
automóvil? En tres horas y media...
Doctor: ¿Cómo dice?
Matilde: ¡El automóvil, doctor!... Han pasado más de tres horas
y
media ya.
Doctor: (mirando su reloj). Y hasta más de cuatro.
Matilde: Hace media hora, por lo menos, que podría haber estado
de
vuelta...
Belcredi: Quizá no encuentren el traje.
Matilde: ¡Pero si les indiqué con precisión dónde está guardado!
(Muy impaciente.) Frida, más bien...¿Dónde está Frida?
Belcredi: (asomándose a la ventana). Tal vez esté con Carlos, en
el
jardín.
Doctor: Carlos tratará de persuadirla para que abandone su
temor...
Belcredi: Pero si no es temor, doctor, es que se aburre.
Matilde: Le ruego a usted que no le pida nada... Yo la conozco
bien.
Doctor: Esperemos con paciencia. Todo se hará rápidamente, y
debe
ser por la noche. Si logramos sacudirlo -como os decía-, quebrar
de un
golpe, con un violento tirón, los hilos ya flojos que aún lo
atan a su
ficción, devolviéndole lo que él mismo pide (lo dijo: "No se
puede
tener siempre veintiséis años, señora"), la liberación de esa
condena,
que a él mismo le parece condena... En suma, si logramos que de
súbito recupere el sentido de la distancia en el tiempo...
Belcredi: (rápidamente). ¡Estará curado! (Silabeando con
intención
irónica.) ¡Lo sacudiremos!...
Doctor: Podremos tener fe en recuperarlo, como a un reloj que se
hubiese detenido a una hora determinada. Eso, sí, como con
nuestros
relojes en la mano, esperar que suene otra vez aquella hora
-¡tac!; una
sacudida-, y esperemos que vuelva a señalar su tiempo, después
de tan
larga detención. (Por la puerta del fondo entra Carlos Di
Nolli.)
Matilde: Ah, Carlos... ¿Y Frida? ¿Adónde se ha ido?
Di Nolli: Vendrá en seguida.
Doctor: ¿Ha llegado el automóvil?
Di Nolli: Sí.
Matilde: ¿Ah, sí? ¿Y trajeron el vestido?
Di Nolli: Hace ya rato que está aquí.
Doctor: Ah, entonces todo marcha bien.
Matilde: (agitada). ¿Y dónde está? ¿Dónde está?
Di Nolli: (alzando los hombros y con triste sonrisa, como quien
se
presta a disgusto a una broma fuera de lugar). ¡Vaya!... Ahora
veréis.. (E indicando hacia la puerta.) Hela aquí... (En el
umbral de
foro aparece Bertoldo anunciando con solemnidad.)
Bertoldo: ¡Su Alteza, la marquesa Matilde de Canossa! (Y en
seguida
entra Frida, magnífica y bellísima, vestida con el antiguo traje
de su
madre, de "Marquesa Matilde de Toscana", de suerte que es la
réplica viviente del retrato puesto en la sala del trono.)
Frida: (pasando junto a Bertoldo, que se inclina, le dice con,
tranquilo desdén). ¡De Toscana, de Toscana! Canossa es solamente
un
castillo mío.
Belcredi: (adinirándola). Mira, mira... ¡parece otra!
Matilde: Parece yo. ¡Dios mío! ¿Lo veis? ¡Quieta, Frida! ¡Si es
mi
propio retrato vivo!
Doctor: Sí, sí, perfecto. ¡Perfecto! ¡El retrato!
Belcredi: Sí, no puede negarse es el mismo. Vean ustedes... ¡qué
tipo!
Frida: ¡No me hagáis reír, que estallo! ¿Qué talle tenías, mamá?
Tuve
que comprimirme para entrar.
Matilde: (convulsa, arreglándola). Espera.... Quieta. Estas
arrugas...
¿Tan estrecho te queda, de veras?
Frida: ¡Me ahogo! Es menester apurarse, por favor.
Doctor: Sí, pero tenemos que esperar a que anochezca.
Frida: ¡No, no; yo no resisto hasta la noche!
Matilde: ¿Y por qué te lo has puesto tan pronto?
Frida: Apenas lo vi ... ¡La tentación fue irresistible!
Matilde: Podrías haberme llamado, por lo menos. Dejar que te
ayudara. Está tan arrugado, todavía...
Frida: Lo he visto, mamá. Pero son arrugas viejas, será muy
difícil
quitarlas.
Doctor: No importa, marquesa. La ilusión es perfecta.
(Apartándose
luego, e invitándola a avanzar cerca de Frida, pero sin que la
cubra.)
Permítame... Colóquese así, acá, a una cierta distancia, un poco
más
adelante...
Belcredi: Para obtener la sensación de la distancia en el
tiempo.
Matilde: (volviéndose apenas hacia él). ¡Veinte años después!
¡Un
desastre!... ¿ No?
Belcredi: Bueno... ¡no exageremos!
Doctor: (muy turbado, intentando rectificar).
No, no! Lo decía por..., pues lo decía por el traje..., sólo con
intención
de ver...
Belcredi: (riendo). ¡Por el traje, doctor! ¡No son veinte años
los del
traje, son ochocientos! Un abismo. ¿De veras quiere usted
hacérselo
saltar con un empellón? (Señalando primero a Frida y luego a la
mar
quesa.) ¿Desde allí hasta aquí? Lo recogerá a pedazos, en un
cesto.
Amigos míos, reflexionad un poco; hablo seriamente.
Para nosotros son veinte años, dos trajes y una mascarada, pero
si para
él, como usted dice, doctor, se ha detenido el tiempo, si él
vive allí
(indica a Frida) con ella, ochocientos años atrás..., digo que
será tal el
vértigo del salto, que cuando caiga entre nosotros... (El doctor
hace
señas negativas con el dedo.) ¿Dice usted que no?
Doctor: No. Porque la vida, estimado barón, renace aquí. Esta
vida
nuestra no tardará en ser real también para él, y se apoderará
de él
súbitamente, desgarrándole de pronto la ilusión y revelándole
que son
apenas veinte los ochocientos años de que usted habla. Será,
mire
usted..., como ciertas pruebas, por ejemplo, la del salto en el
vacío del
rito masónico, que parece una enormidad, y resulta finalmente
que
sólo se ha descendido un escalón.
Belcredi: ¡Oh, qué hallazgo! ¡Pero sí! ¡Mire usted a Frida y a
la
marquesa, doctor! ¿Quién está más adelante? Nosotros, los
viejos,
doctor. Los jóvenes creen estar más adelante, pero no es así.
Somos
nosotros los que estamos más adelante, puesto que el tiempo es
más
nuestro que de ellos.
Doctor: Eso sería si el pasado no nos alejara.
Belcredi: ¡No! ¿De qué? Si ellos (indica a Frida y a Di Nolli)
han de
hacer aún lo que nosotros ya hemos hecho, doctor: envejecer
repitiendo, poco más o menos, las mismas tonterías... La ilusión
es
creer que salimos de la vida por una puerta que está adelante.
¡No es
verdad! Si apenas se nace se comienza a morir, quien ha
comenzado
primero está más adelante que los otros. Y el más joven es
nuestro padre
Adán. Mire allí (señala a Frida) es ochocientos años más joven
que todos nosotros: la marquesa Matilde de Toscana. (Se inclina
profundamente.)
Di Nolli: Te lo ruego, Tito, por favor, no hagamos bromas.
Belcredi: ¡Ah!... Si crees que bromeo...
Di Nolli: Pero sí, lo haces desde que viniste...
Belcredi: ¿Cómo puedes creer eso? ¡Si hasta me he vestido de
benedictino!
Di Nolli: Sí, para darle aspecto de seriedad.
Belcredi: Bueno... creo que si ha sido serio para los demás...
para
Frida, por ejemplo... (Volviéndose luego al doctor.) Le juro,
doctor,
que aún no he logrado comprender su propósito.
Doctor: (molesto). ¡Ya lo verá usted! Déjeme hacer a mí...
¡Vaya! ...
Claro, viendo a la marquesa vestida así todavía...
Belcredi: Ah, ¿por qué?... ¿Ella también debe... ?
Doctor: ¡Desde luego! Ponerse ese otro vestido que está allá, de
modo
que, cuando él crea hallarse ante la marquesa Matilde de
Canossa...
Frida: (mientras conversa por lo bajo con Di Nolli, advirtiendo
que
el doctor se equivoca). ¡De Toscana! ¡De Toscana, doctor!
Doctor: (incómodo). ¡Tanto da!
Belcredi: ¡Ah, comprendo! ¿Se hallará ante dos... ?
Doctor: ¡Exactamente!... Y entonces...
Frida: (llamándole aparte). Venga, doctor, escuche.
Doctor: Voy... (Se aparta con los dos jóvenes, y finge
explicarles.)
Belcredi: (quedo, a Matilde). ¡Demonios!... Pero entonces...
Matilde: (volviéndose firmemente). Entonces, ¿qué?
Belcredi: ¿En verdad, le interesa a usted tanto? ¿Hasta el punto
de
prestarse a esto? ¡Es demasiado para una mujer!
Matilde: Para una mujer cualquiera, podría ser.
Belcredi: Ah, no, querida. Esto, para todas, es un acto de
abnegación.
Matilde: ¡Que por otra parte le debo!
Belcredi: ¡No mienta usted!... Sabe que no va a rebajarse.
Matilde: ¿Y entonces? ¿En qué consiste la abnegación?
Belcredi: Es poca. Sólo la que usted necesita para no
avergonzarse
ante los demás, pero sí para ofenderme a mí.
Matilde: ¿Y quién piensa en usted en estos momentos?
Di Nolli: (avanzando). De acuerdo, de acuerdo. Lo haremos así...
(Volviéndose a Bertoldo.) Usted, vaya a llamar a uno de esos
tres.
Bertoldo: En seguida. (Sale por la puerta del foro.)
Matilde: Pero antes hemos de fingir que nos marchamos.
Di Nolli: Precisamente. Lo hago llamar para predisponerlo a
vuestra
partida. (A Belcredi.) Tú puedes eludirlo. Quédate aquí.
Belcredi: (moviendo la cabeza irónicamente). Como tú lo
dispones...,
lo eludiré...
Di Nolli: Aunque sólo sea para que no desconfíe otra vez,
¿comprendes?
Belcredi: Sí, hombre, sí. Quantité négligeable.
Doctor: Es menester que tenga la absoluta, la completa certeza
de que
nos hemos marchado. (Por la puerta de la derecha entra Landolf
o,
seguido por Arialdo.)
Landolfo: Con el permiso vuestro...
Di Nolli: Sí, adelante. Bueno... ¿ Se llama usted Lolo, verdad?
Landolfo: Lolo, o Landolfo, como usted prefiera.
Di Nolli: Bien... Mire usted. El doctor y la marquesa van a
despedirse...
Landolfo: Muy bien. Les bastará con decir que han obtenido del
Pontífice la merced de ser recibidos. Está allí, en sus
estancias,
gimiendo arrepentido de todo lo que dijo y desesperado pensando
en
que no obtendrá la gracia. Si ustedes quieren hacer el favor;
tendrán
que ponerse nuevamente los trajes.
Doctor: Sí, sí, vamos ya, vamos.
Landolfo: Esperad. Permitidme que os sugiera una cosa: la de
agregar
que también la marquesa Matilde de Toscana ha implorado con
vosotros la gracia del Pontífice.
Matilde: ¿Lo veis? ¿Os dais cuenta de que me ha reconocido?
Landolfo: No. Usted perdone. Es que teme mucho la aversión de
aquella marquesa que hospedó al Papa en su castillo. Es curioso,
en lo
que yo sé de historia -aunque de seguro los señores saben más
que yo-,
no se menciona que Enrique IV amara secretamente a la marquesa
de
Toscana..., ¿no es verdad?
Matilde: (rápido). No. Desde luego. No se dice. ¡Muy por el
contrario!
Landolfo: ¡Ya me parecía! Sin embargo él dice haberla amado...
Lo
dice siempre. Y teme ahora que el desdén que ella tuvo por ese
secreto
amor pueda influir en el ánimo del Pontífice, predisponiéndolo
en su
contra.
Belcredi: Es preciso entonces hacerle comprender que esa
aversión ha
desaparecido.
Landolfo: ¡Eso! ¡Es una buena idea!
Matilde: (a Landolfo). Es una buena idea, sí. (A Belcredi.)
Porque la
historia especifica, por si usted no lo sabe, que el Papa
accedió sólo
ante las súplicas de la marquesa Matilde y del abate de Cluny. Y
lo
que puedo asegurarle a usted, querido Beleredi, es que cuando se
hizo
la cabalgata, yo tenía precisamente la intención de valerme de
eso,
para demostrarle que ya no sentía por él tanto desagrado como él
imaginaba.
Belcredi: ¡Entonces, esto viene de perlas, señora marquesa!...
Con
que siga usted el hilo de la historia...
Landolfo: Sin duda... Y en ese caso, la señora podría ahorrarse
un
doble disfraz y presentarse con monseñor (indica al doctor) en
el
carácter de marquesa de Toscana.
Doctor: (rápido, con fuerza). ¡No, no! ¡Eso no, por favor! Lo
echaría
todo a rodar. El efecto de la confrontación debe ser repentino,
brusco.
De otro modo, no resultaría. Marquesa, usted se presentará
nuevamente como la duquesa Adelaida, madre de la emperatriz, y
luego nos despediremos. Es primordial que él sepa que nos hemos
marchado. No Perdamos más tiempo ahora; aún nos queda mucho por
preparar. (El doctor, Matilde y Landolfo salen por la puerta de
la
derecha.)
Frida: Comienzo a sentir temor otra vez...
Di Nolli: ¿Cómo es posible, Frida?
Frida: Hubiera sido mejor verlo antes.
Di Nolli: Pero ¡si no hay razón para temer nada, créeme!
Frida: ¿Verdad que no está furioso?
Di Nolli: ¡Qué ideas!... ¿Por qué habría de estarlo ?
Belcredi: (con irónica afectación sentimental). Está
melancólico. ¿No
has oído decir que te ama?
Frida: ¡Qué gracia! Precisamente por eso...
Belcredi: Tranquilízate. No te hará daño alguno.
Di Nolli: Además será cosa de un momento...
Frida: Sí, pero estar allá..., a oscuras, y con él...
Di Nolli: Sólo por un momento. Además yo estaré cerca de ti, y
los
otros aguardando detrás de las puertas para acudir si fuera
preciso.
Apenas se vea ante tu madre, tu misión habrá concluido. ¿No lo
comprendes?
Belcredi: En cambio, yo me temo que todo esto sea como tratar de
hacer agujeros en el agua.
Di Nolli: ¿Vuelves a lo mismo? Yo creo que el remedio es
eficacísimo.
Frida: También yo..., lo advierto en mí misma. Estoy
estremecida.
Belcredi: Es que los locos, queridos míos, aunque ellos mismos
no lo
sepan, poseen una felicidad que nosotros no advertimos...
Di Nolli: (interrumpiendo, fastidiado). Pero ¿de qué felicidad
hablas
ahora? ¡Hazme el favor!
Belcredi: (con fuerza). ¡No razonan!
Di Nolli: Bueno, pero ¿qué tiene que ver con esto la razón?
Belcredi: Cómo, ¿no te parece que es todo un razonamiento el que
-según nosotros él debería hacerse, viéndola a ella (señala a
Frida), y
viendo a su madre? ¡Si todo lo hemos estructurado nosotros!
Di Nolli: No, de ninguna manera. ¿Qué razonamiento? Le
presentamos una doble imagen de su misma ficción, como dijo el
doctor.
Belcredi: (impetuosamente). Mira: nunca he podido comprender por
qué se diploman en medicina.
Di Nolli: (aturdido). ¿Quiénes?
Belcredi: Los alienistas.
Di Nolli: ¡Ésa sí que es buena! ¿Y en qué pretendes que se
diplomen?
Inicio
Frida: ¡Se hacen los alienistas!
Belcredi: ¡Eso! ... ¡En jurisprudencia, querida mía! Pura charla.
Y
quien más sabe charlar más importante es. "Plasticidad analógica",
"la
sensación de la distancia del tiempo". Y entretanto, lo primero
que
dicen es que no hacen milagros, cuando lo primero que se
necesitaría
sería un milagro. Pero ellos saben que cuanto más repitan que no
son
taumaturgos, más creerán los otros en su seriedad. No hacen
milagros,
pero caen siempre de pie. ¡Es estupendo!
Bertoldo: (que ha estado espiando por la cerradura de la puerta
de la
derecha).
¡Ya están allí!... ¡Vienen hacia aquí!
Di Nolli: ¿Ah, sí?
Bertoldo: Parece que él quiere acompañarlos... ¡Sí, sí, viene,
viene!
Di Nolli: Retirémonos entonces... ¡Pronto! (Volviéndose a
Bertoldo,
antes de salir.) ¡Usted, quédese acá!
Bertoldo: ¿Debo quedarme? (Sin responderle, Di Nolli, Frida, y
Belcredi escapan por el foro, dejando a Bertoldo suspenso y
desorientado. Se abre la puerta de la derecha, y Landolfo entra
el
primero, inclinándose rápidamente; luego Matilde con el manto y
la
corona ducal, como en el acto I, y el doctor con el hábito de
abate de
Cluny. Entre ellos, aparece Enrique IV con la vestimenta real.
Finalmente, entran Ordulfo y Arialdo.)
Enrique IV: (continuando la conversación que se supone iniciada,
en
la sala del trono.) Y yo os pregunto: ¿cómo podría ser astuto si
luego
me creen obstinado?
Doctor: No, ¡por favor!... Obstinado no.
Enrique IV: (sonriendo complacido). Entonces, ¿ sería para vos
verdaderamente astuto ?
Doctor: No, no, ni obstinado ni astuto.
Enrique IV: (se detiene y exclama con el tono de quien quiere
hacer
notar benévolamente y con ironía que eso no puede quedar así).
¡Monseñor!... Si la obstinación no es vicio que pueda ser
acompañado
por la astucia, yo esperaba que, negándome aquélla, me
concedierais
por lo menos un poco de astucia. Os aseguro que la necesito, y
mucho.
Pero sí queréis reservárosla toda para vos...
Doctor: ¡Oh!, ¿cómo? ¿Yo? ¿Os parezco astuto?
Enrique IV: No, monseñor, ¿cómo se os ocurre? No lo parecéis en
absoluto. (Interrumpiéndose para dirigirse a Matilde.) Si me
permitís..., aquí, en el umbral..., quiero decir unas palabras
confidenciales a la señora duquesa. (La aparta un poco, y le
pregunta
secreta y ansiosamente.) ¿Amáis a vuestra hija realmente?
Matilde: (confundida). Sí..., ciertamente.
Enrique IV: ¿Y queréis que con todo mi amor, con toda mi
devoción,
la recompense de los gravísimos errores que he cometido para con
ella? Aunque no habréis de creer, por cierto, en las acusaciones
idisoluto que me hacen mis enemigos...
Matilde: No, no; yo no creo, nunca he creído...
Enrique IV: Y bien, entonces, ¿queréis... ?
Matilde: (siempre confundida). ¿Qué cosa?
Enrique IV: ¿Que yo regrese al amor de vuestra hija? (La mira yagre ga en seguida en tono misterioso, con admiración y temor al
mismo tiempo) ¡No seáis amiga de la marquesa de Toscana!
Matilde: Sin embargo, os aseguro que ella ha rogado tanto como
nosotros para obtener vuestra gracia.
Enrique IV: (rápido, quedo, estremecido). ¡No me lo digáis! ¡No
me
lo digáis! ¡Por Dios, señora! ¿No veis el efecto que me hace?
Matilde: (lo mira; luego muy bajo, como en confidencia). ¿La
amáis
aún?
Enrique IV: (consternado). ¿Aún? ¿Cómo decís aún? ¿Sabéis,
acaso?
¡Nadie lo sabe! ¡Nadie debe saberlo!
Matilde: Quizá ella sí lo sabe, puesto que ha rogado tanto por
vos.
Enrique IV: (la mira un instante, y luego dice:) ¿Y amáis a
vuestra
hija? (Breve pausa. Se vuelve al doctor con una sonrisa.) ¡Ah,
monseñor! ...¡Es tan cierto que yo no supe que tenía esposa
hasta
después, tarde, muy tarde!... Aún ahora debo tenerla, sí, no hay
duda
de que la tengo, pero os podría jurar que no la recuerdo casi
nunca.
Será pecado, pero no la siento en mi corazón, no la siento. Pero
lo más
asombroso es que ni aun su propia madre la sienta en su corazón.
Confesad, señora, que ella os importa bien poco. (Volviéndose
hacia
el doctor, con exasperación.) ¡Me habla de la otra! (Y
excitándose
más.) Con una insistencia... Con una insistencia que no logro
explicarme.
Landolfo: (humilde). Tal vez, majestad, para desvirtuaros la
opinión
contraria que hubierais podido concebir acerca de la marquesa de
Toscana. (Y temeroso de haberse permitido esa observación,
agrega
en seguida.) Se entiende que me refiero a este momento...
Enrique IV: Porque... ¿también tú sostienes que fue amiga mía?
Landolfo: Sí, en este momento sí, majestad.
Matilde: Así es..., precisamente por eso.
Enrique IV: He comprendido. Quiere decir Enrique entonces, que
vosotros no creéis que yo la amo. He comprendido... ¡Nunca lo
creyó
nadie! ¡Nadie lo sospechó jamás! ¡Tanto mejor así! ¡Basta,
basta!
(Interrumpe, y encara al doctor con ánimo y gesto totalmente
cambiados.) ¿Habéis visto, monseñor? Las condiciones de las que
el
Papa hizo depender la revocatoria de la excomunión, nada tienen
que
ver con las razones por las que me había excomulgado. Decid al
Papa
Gregorio que volveremos a vernos en Bressanone. Y vos, se flora,
si
tenéis la suerte de hallar a vuestra hija, allá abajo, en el
patio del
castillo de vuestra amiga la marquesa... ¿qué puedo deciros?...
hacedla
subir. Veremos si logro conservarla a mi lado como, esposa y
emperatriz. Muchas hasta hoy se han presentado aquí
asegurándome...
ser ella, aquella misma que yo, sabiendo que la tenía... sí,
también he
buscado alguna vez. No me avergüenzo; era mi esposa. Pero todas,
al
decirme que eran Berta, y que venían de Susa -no sé por qué-, se
reían. (Confidencialmente.) ¿Comprendéis?... en el lecho..., yo
sin
esta ropa... ella también... sí, ¡Dios mío!, sin ropas... un
hombre y una
mujer... es natural... Ya no se piensa en lo que somos. ¡El
traje,
colgado, se transforma en un fantasma! (Cambiando luego de tono,
y
confidencialmente al doctor.) Y yo pienso, monseñor, que los
fantasmas. en general, no son, al fin y al cabo, más que
pequeños
desconciertos del espíritu: imágenes que no logramos retener en
los
reinos del sueño. Se manifiestan también en la vigilia, de día.
Y dan
miedo. Yo tengo siempre mucho miedo, cuando por las noches veo
ante mí tantas imágenes desconcertadas... ¡tantas!, que ríen
apeadas
de sus caballos. Otras veces, tengo miedo hasta de mi sangre que
late
en las arterias, como cuando en el silencio de la noche se
escuchan los
golpes sombríos de pasos en habitaciones lejanas... Basta. Ya os
he
retenido demasiado de pie. Os saludo, señora; os reverencio,
monseñor.
(Delante de la puerta del foro, hasta donde los ha
acompañado, los despide correspondiendo a las reverencias que se
le
hacen. Salen Matilde y el doctor. Él cierra la puerta, y se
vuelve
súbitamente transformado.) ¡Bufones! ¡Bufones! ¡Bufones!... ¡Un
piano de colores! Apenas la tocaba... blanca, rosa, amarilla,
verde...
¿Y el otro, Pedro Damiani? ¡Ah! ¡Ah! ¡Perfecto! ¡Acertadísimo!
¡Se
ha aterrorizado al comparecer nuevamente ante mí! (Dirá esto
prorrumpiendo en alegría frenética, moviendo los ojos con
nerviosidad, y trasladándose agitadamente de uno a otro lado,
hasta
que, de pronto, ve a Bertoldo, más que asombrado, atemorizado
por el
repentino cambio. Se de. tiene ante él, lo señala ante los tres
compañeros
que también están como perdidos por el aturdimiento.) ¡Pero
reparad en este imbécil! ¡Fijaos cómo me mira ahora,
boquiabierto!
(Lo sacude tomándolo por los hombros.) ¿No comprendes? i No ves
cómo los adorno, cómo los aderezo, cómo los hago comparecer ante
mí? ¡Bufones amedrentados! i Y se espantan precisamente de eso,oh!... De que pueda yo arrancarles sus máscaras bufonescas y
descubra
que están disfrazados. ¡Cómo si no les hubiese impulsado yo
mismo a
disfrazarse, para darme este gusto de simular que estoy loco!
Landolfo: (demudado por la sorpresa, mira a sus compañeros,
quienes a su vez, en el mismo estado, lo miran a él), ¿Cómo?
Arialdo: ¿Qué dices?
Ordulfo: ¿Pero entonces... ?
Enrique IV: (ante estas exclamaciones se vuelve súbitamente, y
grita, imperioso). ¡Basta! ¡Terminemos! ¡Me he cansado ya!
(Luego,
rápidamente, como si después de haber reflexionado no pudiese
detenerse, ni creerse.) ¡Dios, qué impudicia!... Presentarse
ante mí
con su amante al lado... Y tenían el aspecto de hacerlo por
compasión,
para no enfurecer a un pobrecito que está ya fuera del mundo,
fuera
del tiempo, fuera de la vida. Es natural... De otro modo, ya
podéis
figuraros que ése no se hubiera prestado a una superchería
semejante.
Pero ellos si, todos los días, en todo momento, pretenden que
los otros
sean como ellos pretenden. Pero ¿no es esto una superchería? ¡No
hay
remedio! Es su modo de pensar, su modo de ver, de sentir...
¡Cada uno
tiene el suyo propio! Vosotros también tenéis el vuestro, ¿eh?
¡Claro
que sí! ¿Pero cuál puede ser el vuestro? ¡El del rebaño! Mísero,
caduco, incierto... Y ésos se aprovechan, os hacen aceptar y
soportar
el de ellos, de modo qué sintáis y veáis como ellos. 0, por lo
menos, se
hacen esa ilusión. Porque, ¿qué es lo que al fin consiguen
imponer?
Palabras, palabras que cada cual comprende y repite a su manera.
¡Y
así es como se forman las llamadas opiniones corrientes! ¡Pobre
del
que un buen día se vea marcado por una de esas palabras que
todos
repiten! Por ejemplo: "¡loco!"; o por ejemplo.... ¿qué podría
decir?... imbécil". Decidme, ¿es posible estarse quieto pensando que hay guien, tan sólo uno, que se afana por convencer a los demás de
que
sois como él os ve, e intenta fijaros en la estimación ajena,
según el
juicio que se ha hecho de vosotros?... "¡Loco, loco!" Y no lo
digo
ahora, cuando ya lo hago por broma, sino antes, antes de
golpearme la
cabeza al caer del caballo. (Se contiene, de pronto, al advertir
que los
cuatro se agitan, más que nunca, asustados, trastornados.) ¿Os
miráis? (Remeda a los otros con gestos simiescos.) ¡Ah! ¡Oh!
¡Qué
revelación!... ¿Estoy o no estoy? ¡Oh, sí, estoy loco! (Se torna
terrible.) Por eso, porque lo estoy, ¡arrodillaos! ¡Arrodillaos!
(Los
fuerza a arrodillarse uno por uno.) ¡Ordeno que os arrodilléis
todos
ante mí! ¡Así! ¡Y tocad tres veces el suelo con la frente!
¡Abajo!
¡Todos tenéis que arrodillaros ante los locos! (Al ver a los
cuatro
arrodillados, se desvanece su alegría ¡y se desdeña.) ¡Arriba,
ovejas,
levantaos! ¿Me habéis obedecido?... Podíais haberme puesto la
camisa
de fuerza... ¡Aplastar a alguien con el peso de la palabra!...
¿Qué es
eso? Nada... ¡Una mosca! ¡Toda la vida está aplastada así, por
el peso
de las palabras! El peso de los muertos... Miradme ¿Podéis creer
seriamente que Enrique IV está aún vivo? Sin embargo, ya veis,
os
hablo y os doy órdenes a vosotros que lo estáis. ¡Así os quiero!
¿Os
parece que también es esto una burla? ¿El que sean los muertos
quienes sigan haciendo la vida? Sí. Aquí es una burla; pero,
salid de
aquí, id al mundo viviente. Despunta el día. El tiempo está ante
vosotros. ¡El alba! Este día que está ante nosotros -decís
vosotros-, lo
haremos nosotros. ¿Sí? ¿Vosotros?... ¡Saludad en mi nombre a
todas
las tradiciones, a todas las vestimentas, a todas las
costumbres!
¡Comenzad a hablar! Repetiréis todas las palabras que fueron
dichas
siempre. ¿Creéis vivir? ¡Rumiáis la vida de los muertos! (Se
para ante
Bertoldo, que está completamente idiotizado.) Tú no comprendes
absolutamente nada, ¿eh? ¿Cómo te llamas?
Bertoldo: Yo... yo... yo soy Bertoldo.
Enrique IV: Pero ¿qué Bertoldo? ¡Tonto!... Entre nosotros, ¿cómo
te
llamas?
Bertoldo: En verdad... yo... me llamo Fino...
Enrique IV: (volviéndose, de pronto, al sorprender las señas con
que
los otros tres reprochan a Bertoldo, e imponiéndoles silencio).
¿Fino?
Bertoldo: Fino Pagliuca; sí señor...
Enrique IV: (volviéndose nuevamente a los otros). Pero si os he
oído
muchas veces llamaros unos a otros. (A Landolfo.) ¿Tú, te llamas
Lolo?
Landolfo: Sí, señor... (Luego, con un estallido de alegría.)
¡Oh, Dios!
¿Pero entonces?
Enrique IV: (rápido, brusco). ¿Qué sucede?
Landolfo: (languideciendo de pronto). No... digo...
Enrique IV: ¿Que ya no estoy loco? ¡Claro que no! ¿No me veis?
Bromeamos a espaldas de quienes lo creen. (A Arialdo.) Sé que tú
te
llamas Franco. (A Ordulfo.) Y tú, espera...
Ordulfo: Momo.
Enrique IV: Sí, Momo. Qué notable, ¿no?
Landolfo: Pero... entonces... ¡Bendito sea Dios!
Enrique IV: ¿Por qué? Si no tiene importancia. Nos reiremos
entre
nosotros. Nos reíremos con ganas... (Y ríe estruendosamente.)
¡Ja, ja,
ja, ja, ja, ja! (Landolfo, Arialdo y Ordulfo se miran entre sí,
inciertos,
extraviados, entre la alegría y el susto.)
Landolfo: ¡Se ha curado!
Arialdo: ¿Será posible... ?
Ordulfo: ¡Es inexplicable...!
Enrique IV: Callad. Callad. (A Bertoldo.) ¿Tú, no ríes? ¿Estás
aún
ofendido? ¡Vaya! No te lo decía a ti, ¿sabes? Conviene a todos,
¿comprendes?, conviene hacer creer que algunos están locos para
tener la excusa de encerrarlos. ¿Y sabes por qué? Porque no
pueden
resistir el oírles hablar. ¿Qué digo yo de esos que se fueron?
Que la
una es una zorra, el otro, un sucio libertino, el otro un
impostor... ¡No
es cierto! ¡Nadie puede creerlo! Pero todos me escuchan, sin
embargo,
asustados. ¿Por qué? -quisiera yo saber-,si no es verdad? No se
puede
creer así porque sí en lo que dicen los locos. Sin embargo, ahí
se
están, escuchando, con los ojos dilatados por el espanto.
¿Porqué?,
dime, dime tú, ¿por qué? Estoy tranquilo, ¿lo ves?
Bertoldo: Bueno, porque... quizá creen que...
Enrique IV: No, querido mío, no. Mírame bien a los ojos. No digo
que sea verdad, tranquilízate. Nada es verdad. Pero mírame a los
ojos.
Bertoldo: Si, miro, ¿y luego?
Enrique IV: ¿Lo ves? ¿Lo ves? También tú tienes el miedo en los
ojos... ¡Y eso porque te estoy pareciendo loco! ¡He aquí la
prueba! ¡He
aquí la prueba! (Y ríe.)
Landolfo: (en nombre de los demás, envalentonándose,
exasperado).
¿Qué prueba?
Enrique IV: ¡Pues ésta: vuestro temor! Porque ahora os parezco
loco
otra vez. Sin embargo, ¡oh, Señor, lo sabéis. Me creéis. Habéis
creído
hasta este momento que estoy loco. ¿Es verdad, o no? (Los
observa un
momento y los ve aterrorizados.) ¿Lo veis? ¿No advertís que
vuestra
inquietud puede convertirse en terror, como el que sentiríais si
algo os
quitara la tierra que pisáis, o el aire que respiráis?... Y es
forzoso,
amigos míos, porque, ¿os dais perfecta cuenta de lo que
significa
hallarse ante un loco? Pues es hallarse ante alguien que sacude
desde
sus fundamentos todo cuanto habéis construido en vosotros, en
torno
vuestro: la misma lógica de vuestras construcciones. Y, ¿qué
queréis
que sea?... ¡Benditos sean ellos! Los locos construyen sin
lógica, o con
una lógica propia que vuela como una pluma. ¡Volubles!
¡Volubles!
Hoy es así y mañana no se sabe cómo... Pues mientras vosotros os
mantenéis aferrados, ellos no... ¡Volubles! ¡Volubles! ¿Puede
ser esto?
-os preguntáis vosotros-, y para ellos, todo es posible. Pero
vosotros
afirmáis que no es verdad..., ¿por qué? Porque no os parece,
cierto, ni
a ti, ni a ti, ni a ti (señala a tres de ellos), ni a otros cien
mil. ¡Oh,
señores! Sería menester ver luego, sin embargo, qué les parece
verdad
a esos otros cien mil a quienes no se tienen por locos, y cuál
es el
espectáculo final de sus acuerdos..., la flor y nata de su
lógica. Yo sé
que a mí, siendo niño, me parecía real y verdadera la luna que
se
reflejaba en el pozo. ¡Y cuántas cosas me parecían verdaderas!
¡Y
creía en todo lo que me decían los otros, y por ello era feliz!
Porque,
¡ay de vosotros si no os aferráis más fuertemente a lo que os
parece
verdadero hoy, que a lo que os parecerá verdadero mañana, aunque
todo sea opuesto a lo que os pareció verdadero ayer! ¡Ay de
vosotros,
si, como yo, os sumergierais para considerar esta horrible cosa
que de
veras enloquece: la de saber que si estáis junto a alguien, y le
miráis a
los ojos -como yo miré un día a ciertos ojos-, podéis
consideraros mendigos
ante una puerta por la que nunca podréis entrar, pues el que
entra nunca será uno mismo, con su propio mundo interior, tal
como
lo ve y lo toca, sino otro, desconocido para uno mismo, que es
el que
ve y toca el otro, en su mundo impenetrable... (Hay una larga
pausa,
durante la cual las sombras comienzan a hacerse densas en la
sala,
acrecentando la sensación de extravío y de profunda
consternación
que oprime a los cuatro enmascarados, cada vez m4s alejados de
Enrique -el gran enmascarado, que se ha quedado absorto,
contemplando una espantosa miseria que no es solamente suya,
sivo
de todos. Él se recobra luego, y como buscando a los cuatro
hombres
que ya no siente a su alrededor, dice:) Se ha puesto oscuro
aquí...
Ordulfo: (rápidamente, avanzando). ¿Queréis que vaya a buscar la
lámpara?
Enrique IV: (con ironía). La lámpara, sí... ¿Pero acaso creéis
que no
sé que apenas vuelvo la espalda para irme a dormir con mi
lámpara de
aceite, vosotros encendéis la luz eléctrica, aquí, y en la sala
del trono
también? Finjo no verla...
Ordulfo: ¡Ah! ... ¿Entonces, quiere?...
Enrique IV: No, me cegaría. Quiero mi lámpara.
Ordulfo: Bien. Estará ya pronta, aquí, detrás de la puerta. (Va
hacia el foro, abre la puerta y desaparece un instante regresando con
una
lámpara antigua, de esas que se sostienen desde arriba, con un
aro.)
Enrique IV: (tomando la lámpara e indicando la mesa que está
sobre
la tarima).
Eso... un poco de luz. Sentaos allí, alrededor de la mesa. Pero
no así...
sino en posiciones bellas y desembarazadas. (A Arialdo.) Así, tú
así...
(Lo acomoda; luego hace lo mismo con Bertoldo.) Y tú así... (Lo
coloca en la posición deseada.) Así, eso es... (Él mimo va a
sentarse.)
Y yo, aquí... (Volviendo la cabeza hacia una de las ventanas.)
Sería
menester poder ordenar a la luna que nos enviara un hermoso rayo
decorativo... La luna nos asiste, nos ayuda... Por mi parte,
siento que
la necesito, y con frecuencia me olvido de mí mismo mirándola
desde
mi ventana. ¿Quién podría creer, al mirarla, que ella sabe que
han
pasado ochocientos años, y que yo, sentado a la ventana, no
pueda ser
Enrique IV que contempla la luna como un hombre cualquiera?
¡Pero
mirad, mirad qué magnífico cuadro nocturno: el Emperador entre
sus
leales consejeros! ¿No os produce placer?
Landolfo: (bajo, a Arialdo, sin querer romper el encanto). ¿Qué
te
parece? ¡Si hubiésemos sabido que no era verdad...
Enrique IV: Verdad, ¿qué cosa?
Landolfo: (titubeante, como excusándose). No... es que... Porque
a é (indica a Bertoldo), que es nuevo en el servicio.. yo,
justamente esta
mañana, le decía: "Lástima estar vestidos así..., con tantos
bellos
trajes como hay allá, en la guardarropa, y con una sala como
aquélla...
(Señala a la del trono.)
Enrique IV: Y bien, ¿lástima, dices?
Landolfo: Sí..., el que no supiéramos...
Enrique IV: ¿Que representábamos esta comedia sólo por burla?
Landolfo: Porque creíamos...
Arialdo: (acudiendo en su ayuda). Claro, sí.... que era en
serio.
Enrique IV: ¿Y cómo es, entonces? ¿Os parece que no es en serio?
Landolfo: Oh, si dice usted que...
Enrique IV: ¡Digo que sois tontos! Deberíais haber sabido
construir
el engaño para vosotros mismos, no para representarlo ante mí,
ante
los que vienen aquí de visita de tanto en tanto, sino así..
simplemente
ser con él como sois a diario vosotros mismos... (A Bertoldo, tomándolo de los brazos.) Ser así, para ti mismo, ¿comprendes?,
de
modo que, en ésta, tu ficción, pudieses comer, dormir, y hasta
rascarte
un hombro si sintieras algún escozor. (Dirigiéndose también a
los
otros.) ¡Sintiéndoos vivos, verdaderamente vivos en la historia
de milciento, aquí, en la corte de vuestro emperador Enrique IV! Y
pensar
desde aquí, desde este reremoto tiempo nuestro, tan colorido y
sepulcral,
pensar que, entretanto, a una distancia de ocho siglos hacia
abajo, los hombres del mil novecientos riñen entre sí, se
arrebatan en
un ansia sin reposo para saber cómo se determinarán sus casos,
para
ver cómo se establecerán los hechos que los mantienen en tanta
angustia y en tanta agitación. ¡Mientras vosotros, en cambio, ya
estáis
en la historia, conmigo! ¡Por muy triste que sea mi caso,
horrendos los
hechos, ásperas las luchas, dolorosas las circunstancias..., ya
son
historia, no cambian más, no pueden ya cambiar, ¿entendéis?
¡Fijados
para siempre, al punto de poder abandonaros, repantigaros,
admirando cómo cada, efecto sigue obediente a su causa, con
perfecta
lógica, y cada acontecimiento se desenvuelve preciso y coherente
en
cada uno de sus detalles. En suma: ¡el placer, el placer de la
historia,
que es tan grande!
Landolfo: ¡Oh, bello, muy bello!
Enrique IV: ¡Bello, sí, pero, basta ya! Ahora que vosotros lo
sabéis,
yo no podría hacerlo más. (Toma su lámpara para irse a dormir.)
Por
otra parte, si vosotros no habéis comprendido hasta ahora las
razones...
¡Ahora siento náuseas! (Casi para sí, con violenta rabia
contenida.) ¡Por Dios... he de hacer que ella se arrepienta de
haber
venido! Se disfrazó de suegra ¡oh!... Y él de padre abate... Y
me traen
a un médico para que me estudie... Y quién sabe si no confían
verdaderamente
en poder curarme... ¡Bufones! i Quiero tener el placer de
abofetear por lo menos a uno, a ése! Es un espadachín famoso...
¡Me
ensartará!... Pero veremos, veremos. (Se oye llamar a la puerta
del
foro.) ¿Quién es?
Voz de Juan: ¡Deo gratias!
Arialdo: (contentísimo por la broma que aún podría hacerse).
¡Oh, esJuan, es Juan que viene como todas las noches a hacer de
monjecito!
Ordulfo: (restregándose las manos). Sí, sí, dejemos que lo haga,
dejemos que lo haga.
Enrique IV: (rápido, severo). ¡Tonto! ¿Lo í ves? ¿Por qué? ¿Para
burlarte a espaldas de un pobre viejo que representa su papel
por
cariño hacia mí?
Landolfo: (a Ordulfo). i Debe ser como de veras! ¿No comprendes?
Enrique IV: ¡Justamente! Como de veras. Porque sólo así deja de
ser
burla la verdad. (Va a abrir la puerta y hace pasar a Juan
vestido de
humilde frailecito, con un rollo de pergamino bajo el brazo.)
Adelante, padre, adelante. (Después, asumiendo un tono de
trágica
gravedad y desombrío resentimiento.) Todos los documentos que me
favorecían, de mi vida y de mi reino, han sido destruidos
deliberadamente
por mis enemigos; sólo ha podido huir de la destrucción
esta vida mía escrita por un frailecillo que me es devoto, y,
vosotros,
¿en verdad querríais reiros de él? (Se dirige amorosamente a
Juan, y
lo invita a sentarse ante la mesa.)Sentaos, padre, sentaos aquí.
Y la
lámpara cerca. (Posa junto a él la lámpara que tiene aún en la
mano.)
Escribid, padre, escribid.
Juan: (desenvuelve el rollo de pergamino y se dispone a escribir
al
dictado). Estoy listo, Majestad ...
Enrique IV: (dictando). El decreto de paz emitido en Maguncia
favoreció tanto a los míseros y a los buenos cuanto molestó a
los malos
y a los poderosos. (Comienza a bajar el telón.) Aportó
abundancia a
los primeros; hambre y miseria a los segundos...
TELÓN
Inicio