|
| |
|
ENRIQUE IV
(Enrico IV)
- 1922 - TRAGEDIA en
TRES
ACTOS |
|
|
 |
¿Cómo
expresar en una comedia el terror que nos inspira el
presente?. Pues Luigi Pirandello nos da una lección de buen
teatro, de humor inteligente y de original inventiva, al
plantear con toda su ironía ese enfrentamiento que siempre
nos acecha entre la tranquilidad que brinda el pasado y la
incertidumbre que caracteriza al presente. En su obra “ Enrique IV”, estrenada en 1922, y que el Centro
Cultural General san Martín afortunadamente ofreció todo
este año con un elenco admirable encabezado por Alfredo
Alcón, Pirandello muestra esta encrucijada en una mezcla
acertadísima de dramatismo e hilaridad. ¿Cómo enfrentar, entonces, este terror del presente, las
heridas que nos va abriendo, las heridas que nos abaten, o
el advertir de pronto, en el mismo instante en que se
comprende que se amará para siempre, la certidumbre de que
ese amor es hueco y sucio? El protagonista de esta obra
elige refugiarse en la identidad de un emperador del
medioevo alemán que vivió su presente también con
incertidumbre, con penas y derrotas, pero del que ya se
conocen todos los acontecimientos de su vida, las
vicisitudes de sus luchas y, sobre todo, su final, de
tranquilizadora previsibilidad.
Final por otra parte que no
fue bello, ni heroico, ni arriesgado, pero tampoco
catastrófico. Al
encenderse las luces del escenario , el espectador contempla
una sala de un palacio gótico en la que se ven claramente
dos retratos de cuerpo entero: el de Enrique IV y el de su
esposa Inés.
Pronto invaden la escena un hombre vestido
según la moda medieval perseguido por otros tantos hombres
con idénticos ropajes.
Pero aunque el perseguido continúa
asustado, los perseguidores se detienen para exteriorizar
una ruidosas carcajadas. De inmediato sigue un diálogo en el
que se explica que sólo se trata de una simulación ya que el
dueño de esa mansión, que los ha contratado, cree ser
Enrique IV de Alemania y hay que seguirle la corriente.
Más
tarde llegarán al castillo un grupo de aristócratas, amigos
de juventud del dueño de casa, acompañados por un psiquiatra,
con la intención de montar una especie de broma que lo cure
de ese delirio.
En esta obra, su protagonista, casi con la ingenuidad de un
niño y, tal vez, también con su bondad, nos invita a un
juego teatral de personajes detenidos en el tiempo, con sus
edades inmovilizadas (el protagonista cree tener veintiséis
años) en la conveniencia de no abrir más esa espesura
inquietante del devenir de la vida, o para prevenir siquiera
la irrupción malsana de una decepción que nos mate el alma.
La
locura y la cordura, la frivolidad de los afectos, el paso
del tiempo, y la preservación, aun a costa de la reclusión y
el ostracismo, de una inocencia primordial que nos conserve
dignos ante nosotros mismos, son los temas que transitan en
chispeante orden por esta comedia admirablemente construida.
Es imposible no encariñarse con este falso emperador,
enfrentado con un Papa muerto ya hace decenas de siglos, y
que lo atacó con su arma más mortal: la excomunión.
Entonces,
si todo su problema consiste en obtener el perdón de un
Papa, el horror de una Europa desollada por la Primera
Guerra Mundial y el derrumbe de todas las certidumbres, se
diluye en la serenidad que le proporciona al protagonista
escuchar el zumbido de la desesperación del presente pero
desde el trono inofensivo y previsible de Enrique IV.
La comedia, sin embargo, reserva algunas sorpresas más, pero
con todo no dejamos de preguntarnos ¿ por qué no tomar
ejemplo y refugiarnos de tanto en tanto en un personaje que
nos divierta o nos defienda de una realidad vidriosa y gris?,¿por
qué no aceptar este juego de encarnar un rol más noble y más
heroico, que nos cure asimismo de esta enfermedad
angustiante y vil como es el hoy y el mañana?.
Este hombre, escondido dentro de una identidad del pasado, y
que convence a los demás de su locura, es el punto crucial
en que coinciden, con precisión de geómetra, lo cómico y lo
trágico.
Allí confluyen, por el arte seductor de Pirandello,
la diversión de un carnaval muy antiguo y ese cruel
sentimiento de orfandad que siempre mora en el corazón del
hombre.
Podemos nosotros, personas lógicas y sensatas, interpretar
esta fantasía alucinada como debilidad o falta de coraje, y
podemos incluso considerar al protagonista como un enajenado
o un aristócrata aburrido; pero también se nos ofrece la
oportunidad de comprobar la profundidad y la cualidad de
verdad de los argumentos que desfilan a lo largo de la obra.
Y por sobre todas las cosas, la oportunidad de advertir
cuánto tenemos cada uno de nosotros de este Enrique IV de
cartón, de este emperador pintarrajeado y loco, y cuánto
alivio nos procura su ejemplo.
Marcelo Manuel Benítez..
|
PERSONAJES
Enrique IV
La marquesa Matilde Spina
Su hija Frida
El joven marqués Carlos Di Nolli
El barón Tito Belcredi
El doctor Dionisio Genosi. |
Cuatro hombres de servicio que se fingirán
oportunamente
consejeros secretos:
Landolfo (Lolo)
Arialdo (Franco)
Ordulfo (Momo)
Bertoldo (Fino)
Paje 1º
Paje 2° |
La acción, en una villa solitaria de la campaña
de Umbría.
En
nuestros días.
Salón en la villa, amueblado de modo que aparente lo que pudo
ser la
sala del trono de Enrique IV, en la casa imperial de Goslar;
pero,
entre el antiguo moblaje, se destacan dos grandes retratos
modernos,
pintados al óleo, que cuelgan del muro, en el foro, puestos a
poca
altura del suelo, sobre un zócalo de madera labrada - ancho y
saliente
como un largo poyo - que se-extiende a, lo largo de la pared, a
derecha e izquierda del trono, que, colocado en medio del muro,
interrumpo el zócalo para insertarse en él, con su sillón
imperial y su
baldaquín bajo. Los retratos representan a un señor y a una
señora
jóvenes, disfrazados respectivamente de "Enrique IV" y de
"Matilde
de Toscana". Puertas a derecha e izquierda.
Al levantarse el
telón,
los dos pajes, como si hubiesen sido sorprendidos, saltan del
largo
poyo en que estaban recostados y van a apostarse, como estatuas
con
sus alabardas, cada uno a un lado del trono. Poco después,
entran
por la segunda puerta de la derecha Arialdo, Landolfo, Ordulfo y
Bertoldo, jóvenes pagados por el marqués Carlos Di Nolli, para
que
finjan ser "consejeros secretos", vasallo reales de la baja
aristocracia, en la corte de Enrique IV. Visten, por tal causa,
trajes
de caballeros germanos del siglo XI. El último, Bertoldo,
llamado
Fino, asume el servicio por primera vez. Sus tres compañeros,
entre
burlas, le enteran de la situación.
Toda la escena siguiente
será
recitada con caprichosa vivacidad.
Landolfo (a Bertoldo, como si continuara explicándole): ¡Y ésta
es la
sala del trono!
Arialdo: ¡En Goslar!
Ordulfo: O si lo prefieres, en el castillo de Hartz.
Arialdo: O en Worms.
Landolfo: Tienes que imitarnos en lo que representemos, y
trasladarte
con nosotros adonde el caso lo requiera.
Ordulfo: ¡A Sajonia!
Arialdo: ¡A Lombardía!
Landolfo: ¡Al Rin!
Paje 1º (sin perder su compostura, chista moviendo apenas los
labios): ¡Ps...! ¡Ps...!
Arialdo (volviéndose): ¿Qué sucede?
Paje 1º (siempre rígido; en voz baja): ¿Entra o no entra?
(alude a
Enrique IV)
Ordulfo: No, no. Duerme. Tranquilícese.
Paje 2º (abandonando su compostura respira con alivio y va a
tenderse en el banco del zócalo): ¡Por Dios, podíais habérnoslo
dicho!
Paje 1º (acercándose a Arialdo): ¿Tendría usted una cerilla,
por
favor?
Landolfo: ¡Ah, no; nada de pipa aquí dentro!
Paje 1º (mientras Arialdo le ofrece una cerilla encendida): Es
un
cigarrillo...
Lo enciende, y fumando va a tenderse también él
en el banco.
Bertoldo (que ha estado observando entre asombrado y perplejo,
recorre la sala con la vista, y mira luego su traje y el de sus
compañeros): Ustedes perdonen... esta sala... esta vestimenta...
¿Qué
Enrique IV... ? No acierto...
¿Es quizá el de Francia?
Ante su pregunta, Landolfo, Arialdo y Ordulfo prorrumpen en carcajadas.
Landolfo (sin dejar de reír señala a Bertoldo a sus compañeros,
que
también ríen, y dice como invitándole a mofarse de él): ¡El de
Francia, dice...
Ordulfo (siguiendo la burla): ¡Ha creído que era el de
Francia...!
Arialdo: ¡Enrique IV de Alemania, querido mío! ¡Dinastía de los
Salios!
Ordulfo: ¡El grande y trágico emperador!
Landolfo: ¡El de Canossa... !
¡Aquí, día tras día, sostenemos la
muy
espantosa guerra entre el Estado y la Iglesia! ¡Oh!
Ordulfo: ¡El Imperio contra el Papado! ¡Ah...!
Arialdo: ¡Los antipapas contra los Papas...! ¡Oh...!
Landolfo: i El rey contra los antirreyes!
Ordulfo: ¡Y la guerra contra los sajones!
Arialdo: ¡Y contra todos los príncipes rebeldes!
Landolfo: ¡Y contra los mismos hijos del emperador!
Bertoldo (sosteniéndose la cabeza con las manos, como si
quisiera
defenderse de ese torrente de noticias): ¡He comprendido! ¡He
comprendido! ¡Por eso me desconcerté, viéndome así vestido,
cuando
entré en esta sala!
¡Bien me lo decía yo: esta vestimenta no es
del mil
quinientos!
Arialdo: ¡Pero no, qué mil quinientos!
Ordulfo: ¡Aquí estamos entre el mil y el mil ciento!
Landolfo: Tú mismo puedes sacar la cuenta; si el 25 de enero de
1071
nos hallamos frente a Canossa...
Bertoldo (confundiéndose aún más): ¡Oh, Dios mío, entonces esto
es desastroso para mí!
Ordulfo: ¡Claro, si creía estar en la corte de Francia!
Bertoldo: Toda mi preparación histórica...
Landolfo: ¡Estamos a cuatrocientos años antes, querido mío! ¡Nos
pareces un niño!
Bertoldo (enojándose): ¡Por Dios, podrían haberme dicho que se
trataba de EnriqueIV de Alemania, y no de Francia!
¡En los
quince
días que me concedieron para prepararme, sólo yo sé los libros
que he
ojeado!
Arialdo: Pero, oye, ¿no sabías que el pobre Tito era aquí
Adalberto de
Bremen?
Bertoldo: ¡Qué Adalberto, ni qué... ! ¡Yo no sabía un cuerno!
Landolfo: ¿No? Mira, es así: al morir Tito, el marquesito Di
Nolli...
¿Qué le costaba decirme... ?
Bertoldo: Pero sí fue justamente él, el marquesito.
Arialdo: Tal vez creyó que lo sabías.
Landolfo: El marquesito no quería substituirlo por ningún otro.
Los
tres que quedábamos le parecimos suficientes.
Pero él comenzó a
gritar: "¡Han expulsado a Adalberto!", porque a él no
le pareció
posible que el pobre Tito hubiese muerto, ¿comprendes? Creyó en
cambio que por su investidura de obispo, Adalberto había sido
expulsado de la corte por los obispos rivales de Colonia y de
Maguncia.
Bertoldo (tomándose la cabeza con las dos manos): ¡Pero, si yo
no sé
nada de toda esta historia!
Ordulfo: ¡Oh, entonces estás fresco, querido mío!
Arialdo: Y lo peor es que tampoco nosotros sabemos quién eres
tú.
Bertoldo: ¿Tampoco vosotros? ¿No sabéis a quién debo encarnar?
Ordulfo: ¡Hum... ! "Bertoldo".
Bertoldo: Pero ¿qué Bertoldo? ¿Por qué Bertoldo ?
Landolfo: "¿Han expulsado a Adalberto? ¡Pues entonces quiero a
Bertoldo! ¡Quiero a Bertoldo!" Así comenzó a gritar.
Arialdo: Nosotros tres nos miramos a los ojos: ¿Quién será ese
Bertoldo?
Ordulfo: Y hete aquí, haciendo de Bertoldo.
Landolfo: ¡Harás un brillantísimo papel Bertoldo (rebelándose e
insinuando el mutis): ¡Ah, no, no lo hago! ¡Muchas gracias! ¡Yo
me
voy! ¡Me voy!
Arialdo (deteniéndolo, ayudado por Ordulfo, y entre risas): ¡No,
cálmate, cálmate!
Ordulfo: ¡No serás de ningún modo el Bertoldo de la fábula!
Landolfo: Y puedes estar tranquilo, pues nosotros tampoco
sabemos
quiénes somos.
Él, Arialdo; él, Ordulfo, y yo, Landolfo. Así nos
llama.
Ahora ya nos hemos habituado, pero, ¿quiénes somos... ?
¡Nombres
de
la época! Un nombre de esa época será, por lo tanto, el tuyo.
Bertoldo.
Sólo uno entre nosotros, el pobre Tito, tenía asignado un bello
papel,
tal como aparece en la historia: el de obispo de Bremen. ¡Ah,
parecía
un verdadero obispo! ¡Magnífico...! Pobre Tito.
Arialdo: ¡Ya lo creo, había podido estudiárselo bien en los
libros!
Landolfo: Y hasta daba órdenes a Su Majestad, se le imponía, lo
guiaba, casi como un tutor o un consejero.
También nosotros
somos
"consejeros secretos" pero así, de número; porque en la historia
se
dice que Enrique IV era despreciado por la alta aristocracia,
por
haberse rodeado en la corte de jóvenes de la baja aristocracia...
Ordulfo: Que es justamente lo que nosotros representamos.
Landolfo: Sí, pequeños vasallos reales; devotos; algo disolutos;
alegres...
Bertoldo: ¿También debo estar alegre?
Arialdo: ¡Desde luego! ¡Como nosotros!
Ordulfo: Y no es nada fácil, ¿sabes ?
Landolfo: Es una pena, porque como ves, no nos falta nada para
estarlo.
Nuestra vestimenta serviría para que fuésemos comparsas
en
una representación histórica, de esas que gustan tanto en el
teatro de
hoy... ¡Y habría en la historia de Enrique IV tela suficiente
para hacer
no una, sino varias tragedias, pero... ! Nosotros cuatro, y esos
dos
desdichados (señala a los pajes), cuando están rígidos, como
empalados
a los pies del trono, somos... somos nada, sin alguien que suba
allí y nos haga representar alguna escena.
Está, ¿como diría
yo... ?
Está la forma y falta el contenido. Estamos peor que los
verdaderos
consejeros secretos de Enrique IV; porque si tampoco a ellos
nadie les
había asignado un papel para representar, por lo menos ignoraban
que
debían representarlo; lo decían porque lo decían; no era un
papel, era
la propia vida, en suma; cuidaban sus intereses a costa de los
demás;
vendían las investiduras, ¡y qué sé yo!
Nosotros, en cambio,
estamos
aquí, vestidos así, en esta bellísima corte... ¿ para hacer
qué...? ¡Nada!
Como seis muñecos colgados de un muro, esperando a, alguien que
los tome y los mueva, así o así, y les haga decir alguna
palabra.
Arialdo: ¡Ah, no, querido mío! ¡Disculpa! ¡Es menester responder
con precisión! ¡Saber responder con precisión!
¡Ay de ti si te
habla y
no estás listo para responderle como él lo desea!
Landolfo: ¡Eso, eso sí que es verdad!
Bertoldo: ¡Pues no has dicho nada... ¿Cómo hago yo para
responderle
lo que él quiere, si me he preparado para Enrique IV de Francia,
y se
me aparece ahora un Enrique IV de Alemania?
Landolfo, Ordulfo y
Arialdo vuelven a reír.
Arialdo: Es preciso que lo remedies rápidamente...
Ordulfo: Sí, no te preocupes, te ayudaremos nosotros.
Arialdo: ¡Tenemos allí tantos libros! Te bastará por ahora con
hojearlos.
Ordulfo: Tendrás en seguida una idea...
Arialdo: ¡Mira... !
(Hace que se vuelva y le muestra el retrato
de la
marquesa Matilde): Por ejemplo, ¿quién es ésa?
Bertoldo (mirando): ¿Ésa... ? Pues, en principio me parece un
desatino...!
Dos cuadros modernos en medio de toda esta
respetable
antigüedad!
Arialdo: Tienes razón. Y por cierto que antes no estaban. Hay
dos
nichos detrás de esos cuadros.
Era menester colocar dos estatuas
esculpidas de acuerdo con el estilo de la época.
Como quedaron
vacíos, se los cubrió con esos lienzos.
Landolfo (interrumpiéndole y continuando): ¡Que desde luego
serían
un desatino, si fuesen verdaderamente cuadros!
Bertoldo: ¿Pues, qué son? ¿No son cuadros?
Landolfo: Si te acercas y los tocas, sí; son cuadros.
Pero para él
(señala misteriosamente hacia la derecha, aludiendo a Enrique
IV),
que no los toca...
Bertoldo: ¿No? ¿Y qué son para él, entonces?
Landolfo: ¡Oh... yo no hago más que interpretar! Pero creo, en
el
fondo, que estoy en lo cierto. Son imágenes.
Imágenes como...
las que
podría mostrarte un espejo, ¿me explico?
Ése (indica el retrato
de Enrique
IV) lo representa a él, vivo como está, en esta sala del trono,
que
es también como, debe ser, según el estilo de la época. ¿De qué
te
asombras?
Si te colocan ante un espejo, ¿acaso no te ves vivo,
actual,
aunque estés vestido así, con ropas antiguas?
Y bien, aquí es
como si
hubiese dos espejos que reflejan imágenes vivas, en medio de un
mundo que - descuida - , viviendo entre nosotros, ya verás cómo se
anima y vive también.
Bertoldo: ¡Ah, no, por favor, yo no quiero enloquecer aquí!
Arialdo: ¿ Enloquecer... ? ¡Te divertirás!
Bertoldo: ¿Y cómo habéis logrado vosotros aprender tanto?
Landolfo: ¡Querido mío, no retrocede uno ochocientos años en la
historia, sin llevar consigo un poco de experiencia!
Arialdo: ¡Vamos, vamos... ! Ya verás cómo en poco tiempo te
empapas de todo.
Ordulfo: Y sabrás tanto como nosotros.
Bertoldo: ¡Os pido por favor que me ayudéis pronto! ¡Aunque sólo
sea enseñándome los datos principales!
Arialdo: Déjanos hacer a nosotros. Un poco cada uno...
Landolfo: Te ataremos los hilos y te pondremos en condiciones.
Como el más adaptado y más cumplido de los fantoches. ¡Vamos,
vamos!
Le toma del brazo para conducirle fuera de la sala.
Bertoldo (deteniéndose y mirando hacia el retrato): ¡Esperad... ! No
me habéis dicho quién es ésa.
¿La esposa del emperador?
Arialdo: No. La esposa del emperador es Berta de Susa, hermana
de
Amadeo II de Saboya.
Ordulfo: Y el emperador, que quiere ser joven, como nosotros, no
puede soportarla y se propone repudiarla.
Lodolfo: Ésa es su más feroz enemiga: Matilde, marquesa de
Toscana.
Bertoldo: ¡Ah!, ya comprendo... la que hospedó al Papa...
Landolfo: ¡Exactamente... ! En Canossa.
Ordulfo: El Papa Gregorio VII.
Arialdo: ¡Nuestro espantajo! ¡Vamos, vamos!
Se dirigen los
cuatro
hacia la puerta de la derecha, por la que entraron. En ese
momento
aparece por la izquierda Juan, el viejo camarero, vestido de frac.
Juan (de prisa y ansioso): ¡Eh! ¡Ps! ¡Franco! ¡Lolo!
Arialdo (deteniéndose y volviéndose): ¿Qué quieres?
Bertoldo (asombrado de verlo entrar en la sala del trono
vestido de frac): ¡Oh! ¿Él aquí dentro? ¿Cómo es eso?
Landolfo: ¡Un hombre del mil novecientos! Fuera!
Va a su encuentro, con los otros, burlonamente, amenazándolo con
echarlo.
Ordulfo: ¡Enviado de Gregorio VII ¡Fuera!
Arialdo: ¡Fuera! ¡Fuera!
Juan (defendiéndose, fastidiado): ¡Está bueno ya, acabad...
Ordulfo: ¡No, tú no puedes poner los pies aquí!
Arialdo: ¡Fuera! ¡Fuera!
Landolfo (a Bertoldo): Es un sortilegio ¿sabes? ¡El demonio
evocado
por el Mago de Roma! ¡Saca la espada, sácala! Hace ademán de
extraer la suya.
Juan (gritando): ¡Terminad ya! ¡No os hagáis los tontos
conmigo...!
Ha llegado el señor marqués con una comitiva...
Landolfo (restregándose las manos): Vaya, vaya... ¿Ha venido
con
señoras?
Ordulfo: ¿Viejas? ¿Jóvenes?
Juan: Hay dos señores.
Arialdo: Pero las señoras, las señoras, ¿quiénes son?
Juan: La señora marquesa con su hija.
Landolfo (sorprendido): ¡Oh! ¿Y cómo?
Ordulfo (con sorpresa): ¿La marquesa, has dicho?
Juan: ¡Pues sí, la marquesa, la marquesa!
Arialdo: ¿Y los señores?
Juan: No lo sé.
Arialdo (a Bertoldo): Vienen a darnos "contenido", ¿comprendes?
Ordulfo: ¡Todos son enviados de Gregorio VII ¡Nos divertiremos!
Juan: ¿Me dejaréis hablar...?
Arialdo: ¡Habla, di!
Juan: Al parecer, uno de esos dos señores es un médico.
Landolfo: ¡Ah...! ya comprendo... uno de esos frecuentes
médicos.
Arialdo: ¡Magnífico, Bertoldo, tú traes buena suerte!
Landolfo: ¡Verás cómo nos metemos en un puño al señor médico!
Bertoldo: Y yo así, tan de súbito... ¡Buena me la voy a ver!
Juan: ¡Escuchad... ! Quieren entrar aquí, en la sala.
Landolfo (asombrado y consternado): ¿Cómo? ¿Ella? ¿La marquesa,
aquí?
Arialdo: ¡Pues sí que va a ser "contenido" esto!
Landolfo: ¡La tragedia se acerca de ve ras!
Bertoldo (curiosamente): ¿Por qué? ¿Por qué?
Ordulfo (indicando el retrato): Pero, es ésa, ¿no lo entiendes?
Landolfo: Su hija es la prometida del marqués.
Arialdo: ¿Y a qué vienen? ¿Puede saberse?
Ordulfo: ¡Si la ve él..., bonito embrollo!
Landolfo: Quizá ya no la reconozca.
Juan: Es menester que lo entretengáis allí dentro, si se
despierta.
Ordulfo: ¿Ah, sí? ¿Hablas en serio? ¿Y cómo?
Arialdo: ¡Tú ya sabes cómo es!
Juan: Pues, ¡por la fuerza, si es menester! Me lo han ordenado
así. Id
ahora.
Arialdo: ¡Sí, sí, tal vez se ha despertado ya!
Ordulfo: ¡Vamos, vamos!
Landolfo (a Juan, mientras se encamina con los otros): ¡Pero
luego
nos explicarás!
Juan (a gritos, detrás de ellos): ¡Cerrad esta puerta, y
esconded la
llave! ¡La de esta otra habitación!
Indica la puerta de la
derecha.
Entretanto, Landolfo, Arialdo y Ordulfo salen por la segunda de
la
derecha.
Juan (a los pajes): Id vosotros también... por
allá.
¡Cerrad la puerta y guardad la llave!
Ambos salen por la
primera
puerta de la derecha. Juan se dirige entonces a la de la
izquierda y la
abre para dejar paso al marqués Di Nolli.
Di Nolli: ¿Has dado bien las órdenes?
Juan: Sí, señor marqués. Esté usted tranquilo.
Di Nolli sale un
momento para invitar a los demás a entrar. Lo hacen primero el
barón Tito Belcredi y el doctor Dionisio Genosi; después, doña
Matilde Spina y la marquesita Frida. Juan se inclina y se marcha.
Doña Matilde Spina tiene alrededor de 45 años; es guapa y
hermosa
aún, aunque, con excesiva evidencia, cuida de los estragos
propios de
la edad con una recia pero inteligente caracterización que le
compone una arrogante cabeza de valquiria. Esta caracterización
asume un relieve que contrasta y conturba profundamente en la
boca,
bellísima y dolorosa. Viuda desde hace muchos años, tiene por
amigo
al barón Tito Belcredi, a quien ni ella, ni los otros, han
tomado nunca
en serio, por lo menos en apariencia.
Lo que Tito Releredi es
para
ella, en el fondo, sólo él lo sabe bien, cosa que le permite
reírse si su
amiga se ve obligada a fingir que lo ignora; reírse siempre para
responder a las risas que, a su costa, suscitan en los demás las
burlas
de la marquesa. Enjuto, precozmente canoso, un poco más joven
que
ella, tiene una extraña cabeza de pájaro. Sería vivacísimo si su
dúctil
agilidad - que hace de él un temido espadachín - no estuviese como
envainada en una somnolienta pereza de árabe, que se revela en
su
curiosa voz, un tanto nasal y arrastrada.
Frida, la hija de la
marquesa, tiene 19 años. Un tanto marchita por la lobreguez en
que
su madre, imperiosa y demasiado vistosa, la obliga a sumirse, se
ve
afectada por esa sombra de la fácil maledicencia que aquélla
provoca, no tanto para su propio daño como para el de la joven.
Afortunadamente, Frida es ya la prometida del marqués Carlos Di
Nolli, joven rígido, muy indulgente para con los demás, pero
cerrado
y terco, en el poco valer que se asigna, aunque quizá, en el
fondo, ni
él lo sepa. De todos está consternado por las muchas
responsabilidades que, según cree, gravitan sobre él; de modo
que,
los otros sí pueden - ¡benditos sean! - hablar y divertirse, pero
él no.
Yo lo quiera, sino porque, en verdad, no puede. Viste de
riguroso
luto, por la muerte reciente de su madre.
El doctor Dionisio
Genosi
exhibe un hermoso rostro de sátiro, desvergonzado y rubicundo;
ojos
saltones, breve y puntiaguda barbilla, brillante como la plata;
elegantes maneras. Es casi calvo.
Entran consternados,
temerosos,
observando la sala con curiosidad - salvo Di Nolli - y al
principio
hablan en voz baja.
Belcredi: ¡Oh, magnífico, magnífico!
Doctor: ¡Interesantísimo! ¡Aun las cosas son una prueba del
desvarío!
¡Sí, magnífico!
Matilde (girando la vista, busca su retrato; descubriéndolo y
acercándose): ¡Ah, allí está!
(Mirándolo a distancia precisa,
mientras
nacen en ella sentimientos dispares): ¡Sí, sí...! ¡Oh, mira...!
Dios mío... !
(Llama a su hija): ¡Frida, Frida... mira... !
Frida: Ah, ¿tu retrato?
Matilde: ¡No, no! ¡Mira! ¡No soy yo: eres tú!
Di Nolli: Sí, es verdad. ¿No lo decía yo?
Matilde: ¡Sí, pero nunca lo habría creído tanto!
(Estremeciéndose,
como sacudida por un escalofrío): ¡Dios mío, qué impresión!
(Luego,
mirando a su hija): Pero, ¿cómo, Frida?
(La aprieta contra sí
ciñéndola con un brazo por la cintura):¡Ven! ¿No te ves en mi,
allí?
Frida: Pero... yo, en verdad...
Matilde: ¿No te parece? ¿Cómo no lo encuentras parecido?
(Volviéndose hacia Belcredi): ¡Mire usted, Tito! ¡Dígaselo
usted!
Belcredi (sin mirar): ¡Ah, no; yo no miro! ¡Para mí, a priori,
no!
Matilde: ¡Qué tonto! Cree hacerme un cumplido.
(Volviéndose al
doctor Genosi): Diga usted, doctor.
El doctor se acerca.
Belcredi (dando la espalda, finge llamarlo a escondidas): ¡Ps!
¡No,
doctor! ¡Se lo ruego, no consienta!
Doctor (entre dubitativo y sonriente): ¿Y por qué no habría de
consentir?
Matilde: ¡No le haga usted caso! ¡Es insoportable!
Frida: Es tonto profesional, ¿no lo sabe?
Belcredi (al doctor, viéndolo avanzar): ¡Mírese los pies,
doctor,
mírese los pies! ¡Los pies!
Doctor (vacilante): ¿Los pies? ¿Por qué?
Belcredi: Tiene zapatos de hierro.
Doctor: ¿Yo?
Belcredi: Sí, señor. Y va a chocar contra cuatro piececitos de
vidrio.
Doctor (riendo): ¡Pero, no!
Después de todo, creo que no es
motivo
de asombro el hecho de que una hija se parezca a su madre...
Belcredi: ¡Paf ! ¡Ya está hecho!
Matilde (excesivamente irritada, yendo hacia Belcredi): ¿Por
qué
"paf"? ¿Qué sucede? ¿Qué ha dicho?
Doctor (cándidamente): ¿No es así, acaso?
Belcredi (contestando a la marquesa): Ha dicho que no es motivo
de
asombro, y usted se ha asombrado.
¿Por qué, perdone que le
pregunte,
si la cosa es para usted tan natural ahora?
Matilde (aún más irritada): ¡Tonto! ¡Tonto! ¡Precisamente
porque es
tan natural! Porque mi hija no está allí.
Señala el lienzo.
¡Ése es mi
retrato! ¡Y hallar en él a mi hija, me ha asombrado, y mi
asombro,
puede usted creerme, ha sido sincero, y le prohibo, que lo dude!
Después de ese estallido de furor, se hace en todos un silencio
embarazoso.
Frida (por lo bajo, fastidiada): Dios mío, siempre lo mismo.
Por
cada nimiedad, una discusión.
Belcredi (también por lo bajo, casi con la cola entre las
piernas, con
tono de disculpa): Yo no he dudado de nada.
Advertí desde el
principio que tú no compartías el estupor de tu madre, o que, si
de
algo te sorprendiste, fue de que ella encontrase tan exacto el
parecido
de ese retrato con igo.
Matilde: ¡Naturalmente! Porque ella no puede reconocerse en mi,
como yo era a su edad; mientras que allí, yo puedo perfectamente
reconocerme en ella tal como es ahora.
Doctor: ¡Perfecto! Puesto que un retrato está allí, siempre fijo
en un
determinado instante; lejano y sin recuerdos para la marquesita;
en
tanto que todo lo que puede recordarle a la señora marquesa:
movimientos, gestos, miradas, sonrisas, y muchas cosas que allí
no
están...
Matilde: ¡Eso, justamente eso!
Doctor (continuando, ahora vuelto hacia ella): Usted, como es
natural, puede revivirlas ahora en su hija.
Matilde: Es que él ha de malograr siempre hasta el mínimo
abandono
a cualquier sentimiento espontáneo, sólo por el gusto de
irritarme...
Doctor (deslumbrado por su propio ingenio, recupera el tono
profesional, dirigiéndose a Belcredi): El parecido, estimado
barón,
nace con frecuencia de cosas imponderables. Lo cual explica
que...
Belcredi (interrumpiendo la lección) .. que alguien podría
encontrar
semejanza entre nosotros dos, caro profesor...
Di Nolli: Por favor, dejemos este asunto.
Señala las dos
puertas de la
derecha, advirtiendo que alguien puede escucharles.
Ya nos
hemos
distraído bastante.
Frida: ¡Claro!... Estando él... (Señala a Belcredi.)
Matilde (rápidamente): Por eso me oponía a que viniese.
Belcredi: Después que os habéis divertido tanto conmigo... ¡Qué
ingratitud!
Di Nolli: ¡Basta, Tito, te lo ruego!
Aquí está el doctor, y
hemos venido
para resolver algo muy serio, que tú sabes cuánto me urge.
Doctor: Sí, sí. Tratemos antes de aclarar bien algunos puntos.
Perdone, señora marquesa, ¿cómo se halla aquí este retrato suyo?
¿Se
lo regaló usted?
Matilde: No, no. ¿A título de qué habría de regalárselo?
Entonces yo
era como Frida, y ni siquiera tenía novio.
Lo cedí tres o cuatro
años
después de la desgracia, a instancias de la madre de Carlos
(Señala a
Di Nolli.)
Doctor:...que era hermana de él.
Hace un gesto hacia la
derecha,
aludiendo a Enrique IV.
Di Nolli: Sí, doctor; y esta visita nuestra es una deuda
contraída con
mí madre, que me dejó hace un mes.
Ni ella (por Frida) ni yo,
deberíamos estar aquí, sino viajando...
Doctor: Y absorbidos por otros asuntos, ya comprendo.
Di Nolli: Mi madre ha muerto con la certeza de que este hermano
suyo mejoraría pronto. Lo adoraba.
Doctor: ¿No podría decirme qué síntomas se lo confirmaban?
Di Nolli: Al parecer, cierta conversación extraña que él sostuvo
con
ella, antes de que muriera.
Doctor: ¿Una conversación? Pues sería muy útil conocer algo de
ella,
por cierto.
Di Nolli: La desconozco totalmente. Sólo sé que mi madre regresó
muy angustiada de su última visita.
Parece que a él lo agitaba
una
súbita ternura, presagio, quizá, del fin próximo de ella.
En su lecho de
muerte me arrancó la promesa de que no lo descuidaría nunca, de
que
lo haría ver, visitar...
Doctor: Sí, está bien. Veamos, veamos primero... Muchas veces
las
mínimas causas... Ese retrato, entonces...
Matilde: ¡Oh, doctor! No creo que deba dársele excesiva
importancia.
Me impresionó porque no lo veía desde hace muchos años.
Doctor: Por favor, tenga usted paciencia.. .
Di Nolli: Está allí desde hace alrededor de quince años...
Matilde: ¡Más aún!... ¡Lleva más de dieciocho
Doctor: Perdonad; os ruego ¡si no sabéis todavía qué quiero
preguntar!
Yo doy mucha, muchísima importancia a esos dos
retratos
que, según creo, están allí desde antes de la famosa, de la
desventurada cabalgata, ¿no es verdad?
Matilde: Sí, desde luego.
Doctor: Cuando él estaba aún en su sano juicio... - esto es lo
que
quería deciros - , ¿le propuso él, señora, hacer pintar este
cuadro?
Matilde: ¡No, doctor, no! Nos lo hicimos hacer muchos de los que
tomamos parte en aquella cabalgata.
Sólo para conservar un
recuerdo
de ella.
Belcredi: Hasta yo me hice pintar, vestido de "Carlos de Anjou".
Matilde: Apenas estuvieron listos los trajes.
Belcredi: ¿Sabe usted por qué?... Alguien propuso reunirlos
todos,
para recuerdo, como en una galería, en el salón de la villa en
la que se
hizo la cabalgata. Luego, cada cual quiso guardar el suyo.
Matilde: Y éste mío, como le dije antes, lo cedí sin ningún
pesar,
porque su madre... (Señala a Di Nolli.)
Doctor: ¿Sabe usted si fue él quien lo pidió?
Matilde: ¡Ah, no lo sé! Tal vez... o puede que haya sido su
hermana,
para secundarlo en sus pretensiones amorosas.
Doctor: ¡Otra cosa, otra cosa!... La idea de la cabalgata, ¿se
le ocurrió
a él?
Belcredi (con rapidez): ¡No, no! Fue ocurrencia mía.
Doctor: Le suplico...
Matilde: No le haga usted caso. Se le ocurrió al pobre Belassi.
Belcredi: ¿A Belassi?... ¡Está usted en un error!
Matilde (al doctor): Sí, al pobrecito conde Belassi, que murió
dos o
tres meses después.
Belcredi: Pero si Belassi no estaba cuando..
Di Nolli (inquieto por el temor de una nueva discusión): Perdone,
doctor, ¿es realmente necesario establecer a quién se le
ocurrió?
Doctor: Pues sí. Me sería muy útil...
Belcredi: ¡La idea fue mía! ¡Tiene gracia! No ha de ser para
vanagloriarme después del desenlace que tuvo, ¿verdad?
Mire, doctor,
fue - lo recuerdo muy bien - una noche, a principios de noviembre,
en
el Círculo.
Hojeaba una revista alemana, ilustrada - desde luego
miraba sólo las figuras porque yo no sé alemán - .
En una de ellas
estaba el emperador, no sé en qué ciudad universitaria en la que
había
sido estudiante.
Doctor: Bonn, Bonn.
Belcredi: Bonn, está bien. A caballo, adornado con uno de esos
extraños atavíos tradicionales de las antiquísimas ciudades
estudiantiles de Alemania; seguido por un séquito formado por
otros
estudiantes nobles, también a caballo, y vestidos, como él. Ese
grabado me sugirió la idea.
Porque es menester que usted sepa
que en
el Círculo se pensaba en organizar alguna mascarada para el
próximo
carnaval... Propuse esa cabalgata histórica..., histórica por
decirlo así,
¡babélica sería!
Cada uno de nosotros debía escoger para
representar,
de este siglo o de otro, un rey, o emperador, o príncipe, con su
dama al
lado, reina, o emperatriz, o princesa, a caballo.
Caballos
enjaezados,
claro está, al estilo de la época a la que perteneciera el
traje. Y la
propuesta fue aceptada.
Matilde: Pues a mí me invitó Belassi.
Belcredi: Apropiación indebida, si le dijo quela idea era suya.
Ni siquiera estaba esa noche en el Círculo, como, por otra parte,
tampoco
estaba él (Aludiendo a Enrique IV.)
Doctor: ¿Y entonces él eligió el personaje de Enrique IV?
Matilde: Porque yo, inducida a la elección por mi nombre, así,
sin
pensarlo apenas, dije que quería ser la marquesa Matilde de
Toscana.
Doctor: No... no comprendo bien qué relación hay...
Matilde: ¡Vaya!... Ni yo, al principio, cuando oí que me
contestaba
que, entonces, él estaría a mis pies como lo había hecho Enrique
IV en
Canossa. Sí, yo sabía lo de Canossa, pero confieso que no
recuerdo
bien la historia, y recibí una curiosa daba impresión cuando la
repasé
para desempeñar mi papel con propiedad, al hallarme fiel y
celosa
amiga del Papa Gregorio VII, en lucha feroz contra el imperio
germánico.
Sólo entonces comprendí bien por qué, habiendo yo escogido
el personaje de su implacable enemiga, quiso él estar a mi lado
en la
cabalgata, como Enrique IV.
Doctor: ¡Ah! ¿Por qué? ¿Quizá... ?
Belcredi: Por Dios, doctor... Porque él le hacía la corte
implacablemente, y ella (indica a la marquesa) naturalmente...
Matilde (mordaz): ¡Naturalmente, sí, naturalmente! ¡Y entonces
más
naturalmente que nunca!
Belcredi (señalándola): ¡Justo; no podía soportarlo!
Matilde: ¡No es verdad! ¡No me era antipático, al contrario!
Sino que
cuando veo a alguien que pretende ser tomado en serio...
Belcredi (continuando): ¡... le da la prueba más deslumbrante
de que
es un estúpido!
Matilde: ¡No, querido mío! En este caso no.
Porque él no era tan estúpido como usted...
Belcredi: Pues yo nunca he intentado hacerme tomar en serio.
Matilde: ¡Ah, ya lo sé!... Pero a él no se le podía tomar en
broma.
(Con otro tono, volviéndose al doctor): En primer término,
querido
doctor, entre las muchas desgracias que nos ocurren a las
mujeres,
está la de vernos delante, de tanto en tanto, de unos ojos que
nos
miran con una intensa y contenida promesa de sentimientos
perdurables.
(Estalla en una risa estridente): ¡Nada más cómico!
Si
los hombres se viesen con ese "perdurable" en la mirada...
Siempre me
han dado risa, ¡y entonces más que nunca!
Pero debo hacer una
confesión: puedo hacerla ahora, después de más de veinte años...
Cuando me reí así de él, fue también por temor.
Porque tal vez
podía
creerse en la promesa de aquellos ojos. Aunque hubiese sido
peligrosísimo.
Doctor (con vivo interés, concentrándose): Justamente eso. Eso
es lo
que me interesaría mucho saber.
¿Pelígrosísimo? ¿Por qué?
Matilde (con premura): ¡Precisamente porque él no era como los
otros! Y puesto que yo también... soy, ¿cómo diría?... soy un
poco
así... más que un poco, para decir la verdad... (busca una palabra modesta)
intolerante, eso, intolerante para todo aquello que sea
acompasado y denso... ¡Claro!... entonces era muy joven,
¿comprende?
Era además mujer y, por supuesto, debía tascar el freno. Hubiera
necesitado un valor que no tenía.
Y también me reí de él. Con
remordimiento, y más tarde con un verdadero desprecio hacia mí
misma, porque vi que mi risa se confundía con la de todos los
otros - necios - , que se burlaban de él.
Belcredi: Tanto como de mí.
Matilde: Usted provoca risa con la manía de disminuirse,
estimado
amigo, mientras que a él le sucedía todo lo contrario. ¡Hay una
considerable diferencia! Y además, a usted se le ríen en la
cara.
Belcredi: ¡Vaya! ¡Es mejor que no sea a mis espaldas!
Doctor: Vamos al asunto, vamos al asunto. Entonces, por lo que
voy
comprendiendo, era ya un poco exaltado.
Belcredi: Sí, pero de una manera muy particular, doctor.
Doctor: ¿Es decir... ?
Belcredi: Bueno, yo diría fríamente.
Matilde: ¿Por qué, fríamente? Era así, un tanto extraño, es
verdad.
Como desbordaba vida, era extravagante.
Belcredi: No digo que simulara su exaltación. Al contrario: con
frecuencia se exaltaba realmente.
Pero podría jurar, doctor, que
en el
instante de su exaltación se veía a sí mismo exaltado. Ésa es la
verdad.
Y creo que esto debía sucederle cada vez que actuaba
espontáneamente.
Aún más, estoy seguro de que eso le hacía
sufrir.
Tenía, a ratos, divertidísimos estallidos de ira contra sí
mismo.
Matilde: Sí, es verdad.
Belcredi (a Matilde): ¿Y por qué?
(Al doctor): Desde luego,
porque
esa repentina lucidez de verse representando lo colocaba, de
repente,
fuera de toda intimidad con su propio sentimiento, que surgía en
él - no fingido, porque era sincero - como algo a lo que sin más
debía
darle su exacto valor... ¿cómo diría?... el valor de un acto de
inteligencia, para suplir ese calor de sinceridad cordial que no
tenía. E
improvisaba, exageraba, se abandonaba, para aturdirse y no
contemplarse más.
Parecía inconstante, fatuo, y... sí, es
preciso
decirlo, también, con frecuencia, ridículo.
Doctor: E insociable, ¿no era?
Belcredi: ¡Todo lo contrario! le encantaba la sociabilidad. Era
famoso como organizador de cuadros plásticos, de danzas, de recitales
de
beneficencia; desde luego, para divertirse. Pero recitaba muy
bien,
¿sabe usted?
Di Nolli: Y con la locura se ha transformado en un actor
magnífico y
terrible...
Belcredi: Y eso desde el principio. Hágase usted cargo de que
cuando
ocurrió la desgracia, después que cayó del caballo...
Doctor: Se golpeó en la nuca, ¿verdad?
Matilde: ¡Ah, qué horror! Estaba junto a mí. Lo vi entre los
cascos
del caballo, que se había encabritado...
Belcredi: Nosotros no creímos, en el primer momento, que se
hubiese
hecho mucho daño.
Hubo, sí, un poco de confusión en la
cabalgata;
queríamos saber qué había sucedido y nos detuvimos, pero ya lo
habían
recogido y llevado hacia la villa.
Matilde: No tenía nada, doctor, ¿querrá usted creer? Ni la más
mínima herida. Ni una gota de sangre.
Belcredi: Sólo se le creyó desmayado...
Matilde: Y cuando dos horas más tarde...
Belcredi: ..reapareció en el salón de la villa, y esto es lo que
quería
decir...
Matilde: ¡Ah, qué rostro el suyo! Yo lo advertí en seguida.
Beleredi: ¡Eso no, no es cierto! Ninguno de nosotros advirtió
nada,
¿comprende, doctor ?
Matilde: ¡Desde luego! Porque estabais todos como locos.
Belcredi: Cada uno recitaba en broma su parte. Era una verdadera
Babel.
Matilde: ¿Se imagina usted, doctor, nuestro asombro, cuando
comprendimos que él, en cambio, lo hacía en serio?
Doctor: Ah, pero entonces él, ¿también... ?
Belcredi: ¡Sí, sí! Se mezcló con nosotros.
Creímos que se había
recobrado y que también él recitaba, como nosotros... mejor que
nosotros, porque, según le he dicho ya, era un magnífico actor.
En fin,
creímos que bromeaba.
Matilde: Y comenzaron a fustigarlo...
Belcredi: Entonces... - tenía las armas del rey -, desenvainó la
espada
arremetiendo. Todos nos aterrorizamos.
Matilde: Nunca olvidaré aquella escena de nuestros rostros
pintarrajeados, desencajados, descompuestos, frente a esa
terrible
máscara suya, que no era ya una máscara, sino el rostro mismo de
la
locura.
Belcredi: ¡Enrique IV! ¡Enrique IV en persona, en un rapto de
furor!
Matilde: Yo creo, doctor, que debió influir en él la obsesión de
aquella mascarada que había estado preparándose desde hacía un
mes.
Una obsesión que se manifestaba ya en todo lo que hacía.
Belcredi: ¡Hay que ver lo que estudió para prepararse! Hasta los
más
ínfimos detalles... las minucias...
Doctor: Comprendo, es muy sencillo. Lo que fue una obsesión
momentánea, se fijó en él, al caer y golpearse la nuca.
Por el
debilitamiento del cerebro se fijó perpetuándose. Eso puede
producir
idiotez o locura.
Belcredi (a Frida, y a Di Nolli): ¿Os dais cuenta, qué bromas?
(A Di Nolli): Tú tenías alrededor de cuatro o cinco años;
(a Frida): a
tu
madre le parece que tú la has reemplazado en ese retrato suyo de
cuando aún ni remotamente pensaba que te traería al mundo: yo
tengo
ya los cabellos grises, y él... (Indica el retrato) helo ahí.
¡Zas!, un
golpe en la nuca, y allí ha quedado fijo: Enrique IV.
Doctor (que ha quedado absorto, meditando, abre las manos
frente a
su rostro, como para atraer la atención de los demás, y se
dispone a
hacer su explicaci6n científica): Pues bien, señores. El asunto es...
Pero de improviso se abre la primera puerta de la derecha, y Bertoldo aparece
con el rostro alterado.
Bertoldo (irrumpiendo como quien no puede resistirse): ¿Me lo
permitís? Perdonad...
Pero se detiene de pronto, viendo el trastorno que suscita en los otros su
aparición.
Frida (con un grito de espanto, buscando amparo): ¡Oh, Dios
mío!
¡Allí está!
Matilde (retrocediendo espantada, con un brazo en alto para no
verlo): ¿Es él? ¿Es él?
Di Nolli: ¡No, no! ¡Tranquilizaos!
Doctor (asombrado): ¿Y quién es?
Belcredi: Un desertor de nuestra mascarada.
Di Nolli: Es uno de los cuatro jóvenes que tenemos aquí para
secundar
su locura.
Bertoldo: Yo pido excusas, señor marqués...
Di Nolli: ¡No hay excusas! Ordené que se cerraran las puertas
con
llave, y que ninguno entrase aquí.
Bertoldo: ¡Sí, señor, pero yo no puedo soportar esto y le pido
licencia
para marcharme!
Di Nolli: ¡Ah!... ¿Es usted quien debía tomar servicio esta
mañana?
Bertoldo: Sí, señor, pero no lo resisto...
Matilde (a Di Nolli, consternada): ¡Pero entonces no está tan
tranquilo como decíais!
Bertoldo (con rapidez): ¡No, señora, no! ¡No es por él! ¡Son
mis
compañeros! ¿Dice usted "secundar", señor marqués?
¡Ésos no secundan: los verdaderos locos son ellos!
Vengo aquí por primera vez, y en lugar de ayudarle, señor marqués...
Por la misma puerta de la derecha aparecen, de prisa y afanosos, Landolfo y
Arialdo, pero se detienen sin avanzar.
Landolfo: ¿ Puedo pasar?
Arialdo: ¿ Me permite usted, señor marqués?
Di Nolli: Adelante. ¿Se puede saber qué ocurre? ¿Qué hacéis?
Frida: ¡Ah, no! ¡Yo me voy, me escapo! ¡Tengo miedo!
Va hacia la puerta de la izquierda.
Di Nolli (deteniéndola rápidamente): ¡Pero, Frida, no!... ¿ Qué
haces!
Landolfo: Señor marqués, este tonto... (Indica a Bertoldo.)
Bertoldo (protestando): ¡Ah, no, gracias, muchas gracias, mis
queridos amigos, pero yo no puedo continuar así!
Landolfo: ¿Por qué no puedes continuar?
Arialdo: Huyendo hacia aquí lo ha echado todo a rodar, señor
marqués.
Landolfo: Lo ha hecho enfurecer. Ya no nos es posible
contenerlo.
Ha
dado orden de que se le arreste, y quiere "juzgarlo" desde el
trono.
(Volviéndose a Di Nolli): Usted dirá, señor marqués...
Di Nolli: ¡Cerrad! ¡Cerrad esa puerta!
Landolfo va a cerrarla.
Arialdo: Ordulfo solo no podrá contenerlo...
Landolfo: Sí, señor marqués; si pudiésemos anunciarle vuestra
visita
en seguida, lo distraeríamos.
Y si los señores han resuelto ya
con qué
trajes van a presentarse...
Di Nolli: Sí, sí; se ha resuelto todo ya.
(Al doctor): Si usted,
doctor,
cree que puede hacerle la visita en seguida...
Frida: ¡Yo, no! ¡Yo, no, Carlos! Me retiro. Y tú también, mamá,
por
favor, ven, ven conmigo.
Doctor: Habría que saber si aún continúa armado. . .
Di Nolli: No, doctor. No está armado.
(A Frida): Perdóname,
Frida,
pero tu temor es pueril. Tú misma quisiste venir...
Frida: Pues no; no he sido yo, sino mamá.
Matilde (con resolución): ¡Yo estoy lista!... Decidme vosotros
qué
tengo que hacer.
Belcredi: ¿Es en verdad necesario disfrazarse de algo?
Landolfo: Indispensable, señor.
(Mostrando su traje): ¡Ya lo ve
usted!... La que se armaría si viese a los señores con trajes
actuales.
Arialdo: Creería que ha sido obra de una transformación
diabólica.
Di Nolli: Del mismo modo que a usted le parecen disfrazados
ellos,
as! al vernos él con nuestras ropas, le pareceríamos disfrazados
nosotros.
Landolfo: Y quizá no sería nada eso, señor marqués, si él no
hubiese
de creer que había sido obra de su mortal enemigo.
Belcredi: ¿El Papa Gregorio VII?
Landolfo: El mismo. Suele decir que era un pagano".
Belcredi: ¿El Papa? No está mal.
Landolfo: Sí señor. Y que invocaba a los muertos. Lo acusa de
poseer
todas las artes diabólicas.
Le tiene un miedo terrible.
Doctor: Manía persecutoria.
Arialdo: Se enfurecería.
Di Nolli (a Belcredi): No es necesario que tú asistas. Iremos
nosotros.
Es suficiente con que lo vea el doctor.
Doctor: Dice usted... ¿yo solo?
Di Nolli: No tema usted. Estarán ellos (Señala a los tres jóvenes.)
Doctor: No, no. . ., digo si la señora marquesa...
Matilde: ¡Sí, sí! Quiero estar yo también. Quiero verlo otra
vez.
Frida: Pero, ¿para qué, mamá? Ven con nosotros, te lo ruego.
Matilde (imperiosa): ¡Dejadme!... He venido para eso. (A
Landolfo):
Yo seré "Adelaida", la madre.
Landolfo: De acuerdo... La madre de la emperatriz Berta; de
acuerdo.
Bastará entonces con que la señora se ciña la corona
ducal y
se eche un manto que la cubra totalmente.
(A Arialdo): Ve,
Arialdo,
ve.
Arialdo: Espera. ¿Y el señor? (Indica al doctor):
Doctor: Ah, sí... Creo que habíamos dicho el obispo. El obispo
Hugo
de Cluny.
Arialdo: ¿El señor se refiere al abate?... Bien: el abate Hugo
de Cluny.
Landolfo: Ya ha venido aquí muchas veces.
Doctor (asombrado): ¿Cómo "ha venido"?
Landolfo: No tema usted. Digo que siendo un disfraz corriente...
Arialdo: Lo hemos utilizado otras veces.
Doctor: Pero...
Landolfo: No hay peligro de que él lo recuerde. Mira más al
hábito
que a la persona.
Matilde: Eso me conviene también a mí.
Di Nolli: Nosotros nos vamos, Frida. Ven, Tito, acompáñanos.
Belcredi: Ah, si ella se queda (indica a la marquesa) me quedo
yo
también.
Matilde: ¡Pues no tengo ninguna necesidad de que lo haga!
Belcredi: No digo que me necesite. También tendré el gusto de
volver
a verlo... digo, si me está permitido.
Landolfo: Sí, quizá sea mejor que vayáis los tres.
Arialdo: Entonces, ¿el señor... ?
Belcredi: Procure encontrar un disfraz adecuado para mí.
Landolfo (a Arialdo): Sí, uno de clunicense.
Belcredi: ¿De clunicense? ¿Qué es eso?
Landolfo: Un sayo de benedictino de la abadía de Cluny. Hará
como
que pertenece al séquito de monseñor.
(A Arialdo): ¡Ve,
apresúrate!
(A
Bertoldo): Y tú también, vete, y no aparezcas en todo el día.
(Pero
apenas los ve marchar): Esperad.
(A Bertoldo): Tú tráete para
aquí los
indumentos que te dará él.
(Indica a Arialdo, a quien le dice): Y tú, ve rápido a anunciar la visita
de la "Duquesa Adelaida", y de "Monseñor Hugo de Cluny". ¿Habéis entendido?
Arialdo y Bertoldo se van por la primera puerta de la derecha.
Di Nolli: Entonces, nosotros nos retiramos.
Sale, con Frida, por la puerta de la izquierda.
Doctor (a Landolfo): Desde luego mi traje de Hugo de Cluny le
inspirará simpatía, es conveniente.
Landolfo: No tenga usted cuidado. Monseñor fue siempre acogido
con
gran respeto aquí. Usted también puede estar tranquila, señora
marquesa. Con frecuencia recuerda que a vosotros dos os debe
haber
sido admitido en el castillo de Canossa, ante Gregorio VII,
después de
haber esperado dos días en medio de la nieve, que le tenía
aterido.
Belcredi: ¿Y yo?
Landolfo: Usted manténgase respetuosamente apartado...
Matilde (irritada, muy nerviosa): ¡Usted haría muy bien
marchándose!
Belcredi (bajo, mordaz): Está usted demasiado turbada...
Matilde (enojada): ¡Estoy como estoy! ¡Déjeme usted en paz! (Reaparece
Bertoldo con los vestidos):
Landolfo (viéndolo entrar): Ah, aquí están las ropas. Este
manto,
para la marquesa.
Matilde: Esperad que me quite el sombrero.
Lo hace, y se lo da a Bertoldo.
Landolfo: Lo llevarás allá.
(Luego a
la marquesa, indicándole que va a ceñirle la corona ducal): ¿Me
permite usted?
Matilde: ¡Ay... ! ¿No hay aquí un espejo.
Landolfo: Están allá.
(Indica la puerta de la izquierda): Si la
señora
marquesa lo desea...
Matilde: Sí, sí, deme, será mejor. Volveré en seguida.
Toma su sombrero Bertoldo, que lleva el manto y la corona.
Entretanto, el doctor y Belcredi se visten, como mejor pueden, con los trajes
de benedictinos.
Belcredi: Esto de hacer de benedictino, la verdad, no se me
hubiera
ocurrido nunca.
¡Vaya!... es un tipo de locura que cuesta
bastante.
Doctor: ¡Bah!... Muchas otras locuras hay que también...
Belcredi: Cuando se dispone de un patrimonio para sostenerlas...
Landolfo: Sí, señor. Tenemos un guardarropas completo de trajes de la
época, confeccionados con toda perfección, según los modelos antiguos. Están a
mi cargo. Los busco en buenas sastrerías teatrales y cuestan mucho.
Matilde reaparece vestida con manto y corona.
Belcredi (rápido, admirándola): ¡Oh, magnífica! ¡Realeza
auténtica!
Matilde (viendo a Belcredi y echándose a reír): ¡No, por Dios!...
¡Quítese usted eso, está imposible!
¡Parece un avestruz vestido
de
monje!
Belcredi: Mire al doctor ..
Doctor: Bueno, qué hemos de hacerle...
Matilde: El doctor pasa. Quien provoca risa es usted.
Doctor (a Landolfo): ¿Se reciben aquí muchas visitas?
Landolfo: Depende. Con frecuencia manda que se le presente tal o
cual personaje, y es preciso buscar a alguien que se preste a
ello.
Mujeres también.
Matilde (herida, pero intentando disimularlo): ¡Ah!... ¿también
mujeres?
Landolfo: Oh... Antes, sí. Muchas.
Belcredi (riendo): ¡Ésa sí que es buena! Disfrazadas?
(Indicando a la
marquesa): ¿ Así?
Landolfo: Bueno, eran mujeres de esas que...
Belcredi: Que se prestan, se entiende.
(Pérfido, a la marquesa): ¡Váyase usted con cuidado, que esto se pone
peligroso!
Se abre la segunda puerta de la derecha y aparece Arialdo que, a escondidas,
haceates una seña para que callen anuncian luego solemnemente.
Arialdo: ¡Su Majestad el Emperador!
Entran primero los dos
pajes,
que van a apostarse al pie del trono.
Luego, entre Ordulfo y
Arialdo,
que respetuosamente se quedan un poco atrás, Enrique IV. Frisa
en los cincuenta. años, está palidísimo, y tiene ya grises los
cabellos de
la nuca, pero en las sienes, y sobre la frente, están rubios por
obra de
una tintura, de evidencia casi pueril; en las pómulos, sobre su
trágica
palidez, tiene como las muñecas un redondel rojo muy llamativo. Viste, sobre el traje real, un sayo de penitente como el que llevó en
Canossa. Hay en sus ojos una fijeza acongojante que infunde temor, en contraste con su
porte que pretende ser de contrita humildad, tanto más ostentosa cuanto más
siente que es inmerecido su envilecimiento.
Ordulfo sostiene con ambas manos la corona imperial. Arialdo, el cetro con el águila y el globo con la cruz.
Enrique IV (inclinándose primero ante Matilde y después ante el
doctor): Señora... Monseñor...
(Luego mira a Belcredi y va a
inclinarse también ante él, pero se vuelve a Landolfo, que se le
ha
acercado, y pregunta en voz baja, con desconfianza): ¿Es Pedro
Damiani?
Landolfo: No, Majestad, es un monje de Cluny que acompaña al
abate.
Enrique IV (vuelve a espiar a Belcredi con desconfianza creciente y
al notar que éste se vuelve suspenso y molesto a Matilde y al doctor, como
solicitando consejo con la mirada, se yergue y grita):
¡Es
Pedro
Damiani! ¡Es inútil, padre, que miréis a la duquesa!
(Volviéndose
rápido hacia Matilde como para conjurar un peligro): ¡Os juro,
os
juro, señora, que mis sentimientos hacia vuestra hija han
cambiado!
Confieso que si él (señala a Belcredi) no hubiese venido a
impedírmelo en nombre del Papa Alejandro, yo la habría
repudiado!
¡Sí, alguien hubo que se prestaba a favorecer el repudio: el
obispo de
Maguncia, a cambio de ciento veinte poderes!
(Un tanto
extraviado
mira a Landolfo, y dice en seguida): ¡Pero en estos momentos no
debo
hablar mal de los obispos!
(Retorna humilde ante Belcredi): ¡Os
estoy
agradecido, creedme ahora que os estoy agradecido, Pedro
Damiani,
por haber impedido aquello! Mi vida toda está hecha de
humillación:
mi madre, Adalberto, Tribur, Goslar, y ahora este sayo que me
veis
encima.
(De improviso cambia de tono, y como quien en un
paréntesis
de astucia repasa el papel, dice): ¡No importa! ¡Claridad de
ideas,
perspicacia, firmeza de conducta y paciencia ante la adversa
fortuna!
(Luego se dirige a todos, y dice con gravedad compungida): ¡Sé
corregir los errores cometidos, y aun ante vos, Pedro Damiani,
me
humillo!
Se inclina profundamente y se queda así ante él, como
doblado por una sospecha torva que ahora nace en él y le obliga
a
agregar, casi de mal grado y en tono amenazante.
¡Siempre que
no
haya partido de vos la obscena injuria de que Inés, mi santa
madre,
tiene ilícitos tratos con el obispo Enrique de Augusta!
Belcredi (viendo que Enrique IV permanece aún inclinado, con el
dedo amenazante apuntando hacia él, se lleva las manos al pecho,
y
luego, negando): No; de mí, no.
Enrique IV (irguiéndose): No, ¿verdad? ¡Infamia!
(Lo mira de hito
en hito, y luego dice): No os creo capaz.
(Se acerca al doctor y
le
tironea de la manga, guiñando astutamente los ojos): ¡Son
"ellos"!
¡Siempre los mismos, monseñor!
Arialdo (en voz baja, con un suspiro, como sugiriéndole al
doctor):
¡Oh, si, los obispos rapaces!
Doctor (para sostener su papel, vuelto hacía Arialdo): Ellos...
¡Oh,
sí... ésos!
Enrique IV: ¡Nada les ha bastado a ellos! Un pobre muchacho,
monseñor... se pasa el tiempo jugando, aun cuando, sin saberlo,
es rey.
Seis años tenía yo y me robaron a mi madre, y contra ella se
sirvieron
de mí, ignaro, y contra los poderes mismos de la dinastía,
profanándolo
todo, robando, robando; uno más codicioso que el otro.
¡Anno
más que Esteban! ¡Esteban más que Anno!
Landolfo (en voz baja, persuasivo, para hacerle reflexionar):
Majestad...
Enrique IV (volviéndose rápido): ¡Ah, sí! No debo, en este
momento, hablar mal de los obispos.
Pero esta infamia que se ha
cometido con mi madre, monseñor, colma toda medida.
(Mira a la marquesa y se enternece): Y no puedo llorarla siquiera, señora.
Me dirijo a vos, que debéis tener entrañas maternas. Vino aquí, a
visitarme desde su lejano convento, hace ya cerca de un mes. Me
han
dicho que ha muerto.
Pausa sostenida, con emoción densa.
(Luego,
sonriendo dignamente): No puedo llorarla, porque si vos estáis ahora aquí, y
yo así (muestra el sayo que lo cubre), eso significa que yo tengo
veintiséis años...
Arialdo (quedo y con dulzura, para reconfortarlo): Y que ella,
entonces, está viva, Majestad.
Ordulfo: Sigue en su convento.
Enrique IV (se vuelve y los mira): Sí, y puedo, por lo tanto,
deponer
mi dolor.
(Muestra a la marquesa, casi con coquetería, la
tintura que
se ha puesto en los cabellos): Mirad... aún están rubios...
(Luego, por
lo bajo, casi confidencialmente): ¡Por vos... yo no necesitaría.
Pero
algún indicio exterior contribuye.
Términos de tiempo, ¿me
explico,
monseñor?
(Se acerca a la marquesa, y observándole el cabello):
Ah,
pero veo que... vos también, duquesa...
(Guiña un ojo, y hace un
ademán expresivo): ¡Oh!... italiana...
(Como para significar: fingida;
pero sin sombra de desdén, sino con maliciosa admiración):
¡Líbreme
Dios de mostrar disgusto o sorpresa! ¡Veleidad! Nadie querría
reconocer
ese poder oscuro y fatal que señala límites a la voluntad.
Pero puesto que nacemos y morimos... Nacer, monseñor, ¿lo habéis
querido
vos? Yo no, y entre uno y otro caso, entrambos independientes de
nuestra voluntad, suceden muchas cosas que todos querríamos que
no
sucedieran, y a las que nos resignamos de mala gana.
Doctor (por decir algo, mientras lo estudia atentamente): Sí, sí,
desde luego...
Enrique IV: Y he aquí que cuando no nos resignamos, surgen las
veleidades. Una mujer que quiere ser hombre..., un anciano que
quiere
ser joven... ¡Ninguno de nosotros miente o finge! Poco hay que
decir...,
todos nos hemos aferrado, de buena fe, a un alto concepto de
nosotros mismos.
Sin embargo, monseñor, mientras vos os estáis
rígido, agarrado con las dos manos a vuestra túnica santa, de
aquí, de
las mangas, se os resbala, se os desliza, se os escurre como una
sierpe,
algo de lo cual vos no os dais cuenta.
¡La vida, monseñor! Y
luego os
sorprende cuando de improviso la veis existir ante vos, así,
independiente
de vos mismo; despechos e iras contra vos mismo; o
remordimientos; también remordimiento. ¡Ah, si supierais cuántos
he
hallado yo ante mí! ¡Con un rostro que era mi propio rostro,
pero tan
horrible que no he podido mirarlo!
(Se acerca a la marquesa): A
vos,
¿nunca os ha ocurrido, señora? ¿Recordáis vos haber sido siempre
la
misma? ¡Oh, Dios! Es que un día... ¿Cómo es posible? ¿Cómo
habéis
podido cometer aquella acción?
(La mira tan intensamente en los
ojos,
que casi la hace desvanecerse): ¡Sí, "aquélla" justamente! Nos
hemos
comprendido. (¡Oh, quedaos tranquila, no la revelaré a nadie!)
Y que
vos, Pedro Damiani, pudierais ser amigo de aquel...
Landolfo: Majestad...
Enrique IV (rápido): ¡No, no; no se lo nombro! ¡Sé que le
incomoda
tanto!
(A Belcredi, como de paso): ¿Qué opinión? ¿Eh?... ¿Qué
opinión teníais?... Pero no obstante, todos seguimos aferrados a
nuestro concepto, así como los que envejecen se tiñen el
cabello.
¿Qué
importa que para vos mi tintura no represente el verdadero color
de
mis cabellos? Vos, señora, no os los teñís para engañar a los
demás, ni
a vos misma, sino - y tan sólo un poco - a vuestra imagen ante el
espejo.
Yo lo hago por broma. Vos lo hacéis en serio. Pero os aseguro
que, por muy en serio que sea, vos también estáis disfrazada,
señora, y
no porque os ciña la frente esa venerable corona ante la cual me
inclino, ni por que llevéis ese manto ducal; es sólo por ese
recuerdo
que habéis querido fijar en vos, artificialmente, de vuestro
color rubio,
que os ha complacido antes, o vuestro color moreno, si es que
erais
morena: la imagen de la juventud que más os guste...
A vos,
Pedro
Damiani, en cambio, el recuerdo de lo que habéis sido, de lo que
habéis hecho, se os aparece ahora como reconocimiento de
realidades
pasadas que os quedan dentro. ¿No es verdad?, como si fuera un
sueño.
Y a mi también, como un sueño, y muchas, si pienso en
ellas,
me parecen tan inexplicables...
¡Pero no hemos de asombrarnos,
Pedro
Damiani! ¡Así será el mañana de nuestra vida de hoy!
(Encolerizándose de pronto, y tomándose el sayo): ¡Este sayo!
(Con alegría casi feroz, simula arrancárselo, mientras Arialdo,
Landolfo y
Ordulfo acuden asustados para impedirlo):
¡Oh, Dios!
(Se echa
hacia
atrás, y quitándose el sayo les grita): ¡Mañana, en Bressanon,
veintisiete obispos germanos y lombardos firmarán conmigo la
destitución del Papa Gregorio VII, que no es un pontífice, sino
un
falso monje!
Ordulfo (con los otros dos, exhortándolo para que calle):
¡Majestad,
majestad, en el nombre de Dios!
Arialdo (lo invita con gestos a que vista nuevamente el sayo):
¡Mirad lo que decís!
Landolfo: ¡Está aquí monseñor, con la duquesa para interceder en vuestro
favor!
Y a escondidas hace apremiantes gestos al doctor para que diga rápido alguna
cosa.
Doctor (sin saber qué decir): ¡Ah, eso... estamos aquí para
interceder!
Enrique IV (de súbito arrepentido casi asustado, dejando que
los
tres le pongan nuevamente el sayo sobre los hombros, y
apretándolo
contra sí con las manos convulsas): Perdonad... sí, sí,
perdonad, perdonadme,
monseñor.
Y vos también, perdonadme, señora... ¡Os lo
juro, siento todo el peso del anatema!
(Se inclina tomándose la
cabeza
con ambas manos, como en espera de algo que va a caer sobre él,
y
permanece un momento así. Pero luego, con otra, voz y sin
cambiar
el gesto, dice, quedo, confidencialmente a Landolfo, Arialdo y
Ordulfo): No sé por qué, hoy no logro ser humilde ante éste (E indica a
Belcredi disimuladamente.)
Landolfo (en voz baja): ¿Por qué os obstináis en creer que es
Pedro
Damiani, majestad, si no lo es?
Enrique IV (observando con temor): ¿No es Pedro Damiani?
Arialdo: No... ¡es un pobre monje, majestad!
Enrique IV (dolorido, con anhelante exasperación): Oh, ninguno
de
nosotros puede valorar lo que hace, cuando lo hace por instinto.
Acaso
vos, señora, podéis entenderme mejor que los demás, porque sois
mujer.
Es éste un momento solemne y decisivo. Podría, mirad,
ahora
mismo, mientras hablo con vos, aceptar la ayuda de los obispos
lombardos y apoderarme del Pontífice, asediándolo aquí, en el
castillo.
Correr a Roma luego, y elegiros un antipapa; estrechar la mano
de la
alianza con Roberto Guiscardo.
¡Gregorio VII estaría perdido! Me
resisto a la tentación, y creedme que obro con discreción.
Sé hacia
dónde soplan los vientos y reconozco la majestad de quien puede
ser
un verdadero Papa.
¿Pretenderíais reíros ahora de mí, viéndome
así?
Seríais todos necios, porque no comprenderíais cuál es el criterio político que
ahora me aconseja este hábito de penitencia. ¡Mañana, os lo aseguro, los papeles
podrían invertirse! Y... ¿qué haríais vosotros entonces?
¿Os reiríais acaso del Papa, al verlo en traje de prisionero? No. Estaríamos en
igualdad de condiciones.
Yo, disfrazado de penitente, hoy; mañana, él de prisionero. ¡Pero ay de quien no
sabe ajustarse a su disfraz, ya sea de rey, o de Papa! Eso sí, quizá sea él un
tanto cruel ahora. Pensad, señora, que Berta, vuestra hija, por quien, os lo
repito, mis sentimientos han cambiado...
(Se vuelve de improviso a Belcredi, y le grita a la cara, como si hubiese
dicho que no):
¡Cambiado! ¡Cambiado por el afecto y la devoción que ha sabido
manifestarme en este momento terrible!
(Se detiene convulso por
un gemido de ira y hace esfuerzos por contenerse; luego se vuelve
hacia
la marquesa con dulce y doliente humildad): Ha venido conmigo,
señora; está abajo, en el patio.
Ha querido seguirme como una
mendiga
y está helada, ¡helada por dos noches pasadas a la intemperie,
bajo la nieve! ¡Vos sois su madre! ¡Deberían agitarse las
entrañas de
vuestra misericordia e implorar con él (señalando al doctor) el
perdón
del Pontífice, ¡que nos reciba!
Matilde (temblorosa, con un hilo de voz): Sí, sí... en
seguida...
Doctor: ¡Lo haremos, lo haremos!
Enrique IV: ¡Y otra cosa! ¡Aún otra cosa!
(Los atrae hacia sí y
dice
muy por lo bajo): No es suficiente con que me reciba.
Vosotros
sabéis
que él lo puede "todo"; "todo", os digo. ¡Hasta a los muertos
invoca!
(Se golpea el pecho): ¡Heme aquí! ¡Me veis! i Y no hay arte de
magia
que él ignore! Y bien, monseñor, mi verdadera condena es ésta, o
aquélla.
(Casi con temor señala su retrato en la pared): ¡Mirad!
¡Y no
poder desprenderme más de esa obra de magia!...
Ahora soy
penitente,
y así continúo. Os juro que continuaré así hasta que él no me
haya
recibido.
Pero después que haya sido excomulgado, vosotros dos
deberíais implorar al Papa, que todo lo puede, un favor:
¡arrancarme
de allí! (señala nuevamente el retrato) y hacer que viva mi
vida, toda
esta pobre vida mía de la que he sido excluido... ¿No se pueden
tener
eternamente veintiséis años, señora! Y yo os lo pido también por
vuestra hija, para que pueda amarla yo como ella lo merece, tan
bien
dispuesto como lo estoy ahora, enternecido como lo estoy ahora
por su
piedad. Eso. Estoy en vuestras manos...
(Se inclina): ¡Señora! ¡Monseñor!
Y al inclinarse, hace como que se retira hacia la puerta por la que entró;
pero al advertir a Belcredi, que se había apartado un poco para oír, y verle
volver la cara hacia el foro, supone que va a robarle la corona imperial que
está sobre el trono. Se precipita hacia ella, entre la impresión y el estupor
generales, la recoge y la oculta bajo su sayo. Luego, con una sonrisa astuta en los ojos y en los labios, vuelve a
inclinarse repetidamente y desaparece.
La marquesa, profundamente conmovida, se deja caer sentada, casi desvanecida.
TELÓN
Otra sala de la villa, contigua a la del trono, provista de
muebles antiguos y austeros. A la derecha, sobre un estrado de
dos palmos de alto, al que se asciende por medio de dos pequeños
escalones, una mesa circundada por cinco asientos, uno a la
cabecera, y dos a cada lado. En el fondo, puerta común. A la izquierda, dos ventanas que dan a un jardín. A la derecha, una
puerta que comunica con la sala del trono. Es ya la media tarde
del mismo día.
Al levantarse el telón están en escena Matilde,
el doctor, y Tito Belcredi. Continúan una conversación anterior,
pero Matilde se aparta, hosca, evidentemente fastidiada por lo
que dicen los otros dos, a quienes, a pesar suyo, escucha,
porque en el estado de inquietud en que se halla todo le
interesa, aunque le disguste, impidiéndole concentrarse para
madurar un firme propósito que la azuza y la tienta. Lo que oye
a Belcredi y al Doctor atrae su atención, porque instintivamente
siente la necesidad de ser distraída.
Belcredi: Sí, será como usted dice, querido doctor, pero ésa es
mi
impresión.
Doctor: No digo que no, pero crea que es solamente eso: una
impresión.
Belcredi: Perdone que insista, doctor, pero hasta lo ha dicho, y
muy
claramente.
(Volviéndose a la marquesa): ¿No es verdad, marquesa?
Matilde (desconcertada, volviéndose hacia ellos): ¿Qué ha dicho?
(Oponiéndose luego): ¡Ah, sí.. pero no por el motivo que usted
cree!
Doctor: Se refería a nuestras ropas superpuestas, a su manto (señala
a
la marquesa), a nuestras túnicas de benedictinos. Todo esto es
pueril.
Matilde (con ímpetu, volviéndose de nuevo, desdeñosa): ¿ Pueril...
?
¿Qué dice usted, doctor?
En cierto modo, si. Permítame hablar, Doctor marquesa, se lo
ruego...
Pero, desde otro punto de vista, es mucho más complicado de lo
que
podéis imaginar.
Matilde: Yo, por el contrario, lo veo muy claro.
Doctor (con una sonrisa de compasión propia de quien se dirige
a
personas incompetentes): ¡Ah, sí! Es menester compenetrarse de
esta
psicología especial de los de mentes, por la cual - mire usted - se puede
estar seguro de que un loco advierte, puede advertir
perfectamente que
alguien está disfrazado ante él, y aceptarlo como tal.
Si, señores, y aun
creer, del mismo modo que lo hacen los niños, para quienes la ficción y la
realidad se mezclan en el juego. Por eso he dicho "pueril". Pero luego se vuelve
muy complicado en este sentido: que él tiene, ha de tener conciencia perfecta de
ser para sí, ante sí mismo, una imagen; esa imagen suya que está allí.
Se refiere al retrato de la sala del trono, por lo que indica la puerta
correspondiente.
Belcredi: ¡Lo dijo!
Doctor: Sí, lo dijo! Una imagen a la que se le enfrentan otras
imágenes... las nuestras, ¿me explico?
Pues bien, en su delirio - agudo
y muy lúcido-, ha podido advertir rápidamente una diferencia
entre su
imagen y las nuestras. Es decir, comprendió que había en
nosotros, en
nuestras imágenes, una ficción. Y ha desconfiado.
Todos ellos
están
siempre armados de una desconfianza continuamente alerta. Pero
eso
es todo.
A él, naturalmente, no ha debidode parecerle muy
piadoso
nuestro juego, realizado en torno del suyo.
Y a nosotros, el
suyo nos
ha parecido mucho más trágico, por cuanto él, casi desafiándonos,
¿me explico?, impulsado por la desconfianza, nos lo ha querido
mostrar justamente como un juego; también el suyo, si, señores,
presentándosenos con un poco de tintura en las sienes y en los
pómulos, y diciéndonos que lo había hecho de propósito, como una
burla.
Matilde (otra vez impetuosa): ¡No! ¡No es eso, doctor! ¡No es
eso!
¡No es eso!
Doctor: ¿ Cómo que no es eso?
Matilde (resuelta, vibrante): ¡Yo estoy segura de que me
reconoció!
Doctor: No es posible... No es posible...
Belcredi (al mismo tiempo): Pero ¡no...!
Matilde (aun más decidida, casi convulsa): ¡Os digo que me
reconoció!
Cuando se acercó a mi para hablarme, mirándome en los
ojos, muy dentro de ellos, me reconoció.
Belcredi: Pero si hablaba de su hija.
Matilde: ¡No es verdad! ¡De mí! ¡Hablaba de mí!
Belcredi: Sí, tal vez, cuando dijo...
Matilde (rápidamente, sin miramientos): ¡De mis cabellos
teñidos!
¿No habéis advertido que agregó en seguida: "o quizá el recuerdo
de
vuestro color moreno, si es que erais morena"?
Ha recordado
perfectamente
que yo, "entonces" era morena.
Belcredi: Pero no. . son fantasías!
Matilde (sin escuchar, dirigiéndose al doctor): Mis cabellos,
doctor,
son en verdad oscuros, como los de mi hija.
¡Por eso comenzó a
hablar
de ella!
Belcredi: ¡Si no conoce a su hija!... ¡Si no la ha visto jamás!
Matilde: ¡Justamente! ¡Usted no comprende nada! ¡Al referirse a
mi
hija, se refería a mí, a mí como yo era entonces!
Belcredi: ¡Ah, esto es contagioso! ¡Esto es contagioso!
Matilde (lenta, con desprecio): ¿Qué es lo contagioso?...
¡Tonto!
Belcredi: Pero ¿acaso usted ha sido su esposa?
¿No ve que en su
delirio, su hija de usted es su esposa: Berta de Susa?
Matilde: De acuerdo. Porque yo, no siendo ya morena - como él me
recordaba - sino así, rubia, me he presentado ante él como
"Adelaida",
la madre. Mi hija para él no existe, nunca la ha visto, usted
mismo lo
dijo.
¿Cómo puede saber, entonces, si es rubia o morena?
Belcredi: ¡Por Dios!... Ha dicho morena, así, generalizando,
como
quien pretende fijar de algún modo, sea rubia o morena, el
recuerdo de
la juventud por el color de los cabellos. Es que el fantasear es
muy
frecuente en usted.
¡Doctor, dice que yo no debí haber venido;
la que
no debió venir es ella!
Matilde (abatida por la observación de Belcredi, ha quedado por
un
momento absorta; se repone luego, pero está inquieta porque
duda):
No..., no..., hablaba de mí... Me ha hablado siempre a mí, y
conmigo...
y de mí...
Belcredi: ¡Tiene gracia! ¡No me ha dejado un instante de
resuello, y
dice que habló siempre con usted!
¡A menos que le haya parecido
que
también aludía a usted cuando hablaba con Pedro Damiani!
Matilde (con aire de desafío, casi rompiendo los
- frenos de la
conveniencia): ¿Y quién puede asegurar lo contrario?
¿Sabría usted decirme por
qué él, en seguida, desde el primer momento, ha sentido aversión por usted, sólo
por usted?
Del tono de la pregunta ha de resultar casi explícita la respuesta:
"Porque ha comprendido que usted es mi amante." Belcredi lo advierte tan bien,
que de pronto se queda suspenso, y como perdido en una vana sonrisa.
Doctor: La razón - perdonen ustedes - puede estar también en el
hecho
de que le fue anunciada solamente la visita de la duquesa
Adelaida, y
del abate de Cluny.
Hallándose ante un tercero que no le había
sido
anunciado, sintió desconfianza...
Belcredi: Sí muy bien, la desconfianza le hizo ver en mí a un
enemigo: Pedro Damiani.
Pero ella se empeña en que la ha
reconocido...
Matilde: Al respecto no hay dudas. Me lo dijeron sus ojos,
doctor,
¿sabe usted?
Cuando se mira de cierto modo, ya no es posible
dudar.
Quizá fue un instante, pero... ¿qué quiere usted que le diga...?
Doctor: Desde luego, su teoría es razonable: un momento de lucidez...
Matilde: ¡Sí, quizá! Y entonces, sus razones me han parecido
plenas
de un lamento por mi juventud y la suya...
¡Por esa cosa
horrible que
le ha ocurrido, dejándolo fijo allí, en aquella máscara de la
que no ha
podido desprenderse nunca, y de la que quiere, ansía separarse!
Belcredi: ¡Sí! Para poder entregarse por entero a amar a su hija
de
usted, o a usted misma - como ya se lo figura - enternecido por su
piedad.
Matilde: Que es mucha. Se lo aseguro.
Belcredi: Se advierte, marquesa. Tanta, que un taumaturgo vería
másì
que probable el milagro.
Doctor: ¿Me permiten ustedes que hable yo ahora? Yo no hago
milagros, porque soy un médico y no un taumaturgo. He estado muy
atento a todo lo que ha dicho, y repito que esa cierta
elasticidad
analógica, propia de todo delirio sistematizado, es evidente que
en él
está ya muy... ¿cómo podría decirlo?, relajada.
En suma, que los
elementos de su delirio ya no se sostienen con firmeza entre sí.
Me parece que ahora le cuesta equilibrarse, en su personalidad
sobrepuesta, por múltiples y bruscos llamados que lo arrancan - y
esto
es muy reconfortante - no de un estado de incipiente apatía, sino
más
bien de una mórbida adaptación a un estado de melancolía
reflexiva,
que demuestra una... sí, una considerable actividad cerebral.
Y repito
que muy alentadora. Pues bien, si con este violento engaño que
le
hemos preparado...
Matilde (volviéndose hacia la ventana, con el tono de una
enferma
que se lamenta): Pero ¿cómo es posible que no regrese aún ese
automóvil? En tres horas y media...
Doctor: ¿Cómo dice?
Matilde: ¡El automóvil, doctor!... Han pasado más de tres horas
y
media ya.
Doctor (mirando su reloj): Y hasta más de cuatro.
Matilde: Hace media hora, por lo menos, que podría haber estado
de
vuelta...
Belcredi: Quizá no encuentren el traje.
Matilde: ¡Pero si les indiqué con precisión dónde está guardado!
(Muy impaciente): Frida, más bien...¿Dónde está Frida?
Belcredi (asomándose a la ventana): Tal vez esté con Carlos, en
el
jardín.
Doctor: Carlos tratará de persuadirla para que abandone su
temor...
Belcredi: Pero si no es temor, doctor, es que se aburre.
Matilde: Le ruego a usted que no le pida nada... Yo la conozco
bien.
Doctor: Esperemos con paciencia. Todo se hará rápidamente, y
debe
ser por la noche.
Si logramos sacudirlo - como os decía-, quebrar
de un
golpe, con un violento tirón, los hilos ya flojos que aún lo
atan a su
ficción, devolviéndole lo que él mismo pide (lo dijo: "No se
puede
tener siempre veintiséis años, señora"), la liberación de esa
condena,
que a él mismo le parece condena...
En suma, si logramos que de
súbito recupere el sentido de la distancia en el tiempo...
Belcredi (rápidamente): ¡Estará curado!
(Silabeando con
intención
irónica): ¡Lo sacudiremos!...
Doctor: Podremos tener fe en recuperarlo, como a un reloj que se hubiese
detenido a una hora determinada.
Eso, sí, como con nuestros relojes en la mano,
esperar que suene otra vez aquella hora - ¡tac!; una sacudida-, y
esperemos que vuelva a señalar su tiempo, después de tan larga detención.
Por
la puerta del fondo entra Carlos Di Nolli.
Matilde: Ah, Carlos... ¿Y Frida? ¿Adónde se ha ido?
Di Nolli: Vendrá en seguida.
Doctor: ¿Ha llegado el automóvil?
Di Nolli: Sí.
Matilde: ¿Ah, sí? ¿Y trajeron el vestido?
Di Nolli: Hace ya rato que está aquí.
Doctor: Ah, entonces todo marcha bien.
Matilde (agitada): ¿Y dónde está? ¿Dónde está?
Di Nolli (alzando los hombros y con triste sonrisa, como quien
se
presta a disgusto a una broma fuera de lugar): ¡Vaya!...
Ahora
veréis..
(E indicando hacia la puerta): Hela aquí...
En el umbral de foro
aparece Bertoldo anunciando con solemnidad.
Bertoldo: ¡Su Alteza, la marquesa Matilde de Canossa!
Y en seguida entra
Frida, magnífica y bellísima, vestida con el antiguo traje de su madre, de
"Marquesa Matilde de Toscana", de suerte que es la réplica viviente del retrato
puesto en la sala del trono.
Frida (pasando junto a Bertoldo, que se inclina, le dice con,
tranquilo desdén): ¡De Toscana, de Toscana!
Canossa es solamente
un
castillo mío.
Belcredi (adinirándola): Mira, mira... ¡parece otra!
Matilde: Parece yo. ¡Dios mío! ¿Lo veis? ¡Quieta, Frida! ¡Si es
mi
propio retrato vivo!
Doctor: Sí, sí, perfecto. ¡Perfecto! ¡El retrato!
Belcredi: Sí, no puede negarse es el mismo. Vean ustedes... ¡qué
tipo!
Frida: ¡No me hagáis reír, que estallo! ¿Qué talle tenías, mamá?
Tuve
que comprimirme para entrar.
Matilde (convulsa, arreglándola): Espera.... Quieta. Estas
arrugas...
¿Tan estrecho te queda, de veras?
Frida: ¡Me ahogo! Es menester apurarse, por favor.
Doctor: Sí, pero tenemos que esperar a que anochezca.
Frida: ¡No, no; yo no resisto hasta la noche!
Matilde: ¿Y por qué te lo has puesto tan pronto?
Frida: Apenas lo vi... ¡La tentación fue irresistible!
Matilde: Podrías haberme llamado, por lo menos. Dejar que te
ayudara. Está tan arrugado, todavía...
Frida: Lo he visto, mamá. Pero son arrugas viejas, será muy
difícil
quitarlas.
Doctor: No importa, marquesa. La ilusión es perfecta.
(Apartándose
luego, e invitándola a avanzar cerca de Frida, pero sin que la
cubra):
Permítame...
Colóquese así, acá, a una cierta distancia, un poco
más
adelante...
Belcredi: Para obtener la sensación de la distancia en el
tiempo.
Matilde (volviéndose apenas hacia él): ¡Veinte años después!
¡Un
desastre!... ¿ No?
Belcredi: Bueno... ¡no exageremos!
Doctor (muy turbado, intentando rectificar):
No, no! Lo decía por..., pues lo decía por el traje..., sólo con
intención
de ver...
Belcredi (riendo): ¡Por el traje, doctor! ¡No son veinte años
los del
traje, son ochocientos! Un abismo.
¿De veras quiere usted
hacérselo
saltar con un empellón?
(Señalando primero a Frida y luego a la
marquesa): ¿Desde allí hasta aquí? Lo recogerá a pedazos, en un
cesto.
Amigos míos, reflexionad un poco; hablo seriamente.
Para nosotros son veinte años, dos trajes y una mascarada, pero
si para
él, como usted dice, doctor, se ha detenido el tiempo, si él
vive allí
(indica a Frida) con ella, ochocientos años atrás..., digo que
será tal el
vértigo del salto, que cuando caiga entre nosotros...
(El doctor
hace
señas negativas con el dedo): ¿Dice usted que no?
Doctor: No. Porque la vida, estimado barón, renace aquí. Esta
vida
nuestra no tardará en ser real también para él, y se apoderará
de él
súbitamente, desgarrándole de pronto la ilusión y revelándole
que son
apenas veinte los ochocientos años de que usted habla. Será,
mire
usted..., como ciertas pruebas, por ejemplo, la del salto en el
vacío del
rito masónico, que parece una enormidad, y resulta finalmente
que
sólo se ha descendido un escalón.
Belcredi: ¡Oh, qué hallazgo! ¡Pero sí! ¡Mire usted a Frida y a
la
marquesa, doctor! ¿Quién está más adelante?
Nosotros, los
viejos,
doctor. Los jóvenes creen estar más adelante, pero no es así.
Somos
nosotros los que estamos más adelante, puesto que el tiempo es
más
nuestro que de ellos.
Doctor: Eso sería si el pasado no nos alejara.
Belcredi: ¡No! ¿De qué? Si ellos (indica a Frida y a Di Nolli) han de
hacer aún lo que nosotros ya hemos hecho, doctor: envejecer repitiendo, poco más
o menos, las mismas tonterías...
La ilusión es creer que salimos de la vida por
una puerta que está adelante. ¡No es verdad!
Si apenas se nace se comienza a
morir, quien ha comenzado primero está más adelante que los otros.
Y el más
joven es nuestro padre Adán. Mire allí (señala a Frida) es ochocientos años más
joven que todos nosotros: la marquesa Matilde de Toscana.
Se inclina profundamente.
Di Nolli: Te lo ruego, Tito, por favor, no hagamos bromas.
Belcredi: ¡Ah!... Si crees que bromeo...
Di Nolli: Pero sí, lo haces desde que viniste...
Belcredi: ¿Cómo puedes creer eso? ¡Si hasta me he vestido de
benedictino!
Di Nolli: Sí, para darle aspecto de seriedad.
Belcredi: Bueno... creo que si ha sido serio para los demás...
para
Frida, por ejemplo...
(Volviéndose luego al doctor): Le juro,
doctor,
que aún no he logrado comprender su propósito.
Doctor (molesto): ¡Ya lo verá usted! Déjeme hacer a mí...
¡Vaya!...
Claro, viendo a la marquesa vestida así todavía...
Belcredi: Ah, ¿por qué?... ¿Ella también debe... ?
Doctor: ¡Desde luego!
Ponerse ese otro vestido que está allá, de
modo
que, cuando él crea hallarse ante la marquesa Matilde de
Canossa...
Frida (mientras conversa por lo bajo con Di Nolli, advirtiendo
que
el doctor se equivoca): ¡De Toscana! ¡De Toscana, doctor!
Doctor (incómodo): ¡Tanto da!
Belcredi: ¡Ah, comprendo! ¿Se hallará ante dos... ?
Doctor: ¡Exactamente!... Y entonces...
Frida (llamándole aparte): Venga, doctor, escuche.
Doctor: Voy...
Se aparta con los dos jóvenes, y finge explicarles.
Belcredi (quedo, a Matilde): ¡Demonios!... Pero entonces...
Matilde (volviéndose firmemente): Entonces, ¿qué?
Belcredi: ¿En verdad, le interesa a usted tanto? ¿Hasta el punto
de
prestarse a esto? ¡Es demasiado para una mujer!
Matilde: Para una mujer cualquiera, podría ser.
Belcredi: Ah, no, querida. Esto, para todas, es un acto de
abnegación.
Matilde: ¡Que por otra parte le debo!
Belcredi: ¡No mienta usted!... Sabe que no va a rebajarse.
Matilde: ¿Y entonces? ¿En qué consiste la abnegación?
Belcredi: Es poca. Sólo la que usted necesita para no
avergonzarse
ante los demás, pero sí para ofenderme a mí.
Matilde: ¿Y quién piensa en usted en estos momentos?
Di Nolli (avanzando): De acuerdo, de acuerdo. Lo haremos así...
(Volviéndose a Bertoldo): Usted, vaya a llamar a uno de esos
tres.
Bertoldo: En seguida.
Sale por la puerta del foro.
Matilde: Pero antes hemos de fingir que nos marchamos.
Di Nolli: Precisamente. Lo hago llamar para predisponerlo a
vuestra
partida.
(A Belcredi): Tú puedes eludirlo. Quédate aquí.
Belcredi (moviendo la cabeza irónicamente): Como tú lo
dispones...,
lo eludiré...
Di Nolli: Aunque sólo sea para que no desconfíe otra vez,
¿comprendes?
Belcredi: Sí, hombre, sí. Quantité négligeable.
Doctor: Es menester que tenga la absoluta, la completa certeza de que nos
hemos marchado.
Por la puerta de la derecha entra Landolf o, seguido por
Arialdo.
Landolfo: Con el permiso vuestro...
Di Nolli: Sí, adelante. Bueno... ¿ Se llama usted Lolo, verdad?
Landolfo: Lolo, o Landolfo, como usted prefiera.
Di Nolli: Bien... Mire usted. El doctor y la marquesa van a
despedirse...
Landolfo: Muy bien. Les bastará con decir que han obtenido del
Pontífice la merced de ser recibidos.
Está allí, en sus
estancias,
gimiendo arrepentido de todo lo que dijo y desesperado pensando
en
que no obtendrá la gracia. Si ustedes quieren hacer el favor;
tendrán
que ponerse nuevamente los trajes.
Doctor: Sí, sí, vamos ya, vamos.
Landolfo: Esperad. Permitidme que os sugiera una cosa: la de
agregar
que también la marquesa Matilde de Toscana ha implorado con
vosotros la gracia del Pontífice.
Matilde: ¿Lo veis? ¿Os dais cuenta de que me ha reconocido?
Landolfo: No. Usted perdone.
Es que teme mucho la aversión de
aquella marquesa que hospedó al Papa en su castillo.
Es curioso,
en lo
que yo sé de historia - aunque de seguro los señores saben más
que yo-,
no se menciona que Enrique IV amara secretamente a la marquesa
de
Toscana..., ¿no es verdad?
Matilde (rápido): No. Desde luego. No se dice. ¡Muy por el
contrario!
Landolfo: ¡Ya me parecía! Sin embargo él dice haberla amado...
Lo
dice siempre. Y teme ahora que el desdén que ella tuvo por ese
secreto
amor pueda influir en el ánimo del Pontífice, predisponiéndolo
en su
contra.
Belcredi: Es preciso entonces hacerle comprender que esa
aversión ha
desaparecido.
Landolfo: ¡Eso! ¡Es una buena idea!
Matilde (a Landolfo): Es una buena idea, sí. (A Belcredi):
Porque la
historia especifica, por si usted no lo sabe, que el Papa
accedió sólo
ante las súplicas de la marquesa Matilde y del abate de Cluny. Y
lo
que puedo asegurarle a usted, querido Beleredi, es que cuando se
hizo
la cabalgata, yo tenía precisamente la intención de valerme de
eso,
para demostrarle que ya no sentía por él tanto desagrado como él
imaginaba.
Belcredi: ¡Entonces, esto viene de perlas, señora marquesa!...
Con
que siga usted el hilo de la historia...
Landolfo: Sin duda... Y en ese caso, la señora podría ahorrarse
un
doble disfraz y presentarse con monseñor (indica al doctor) en
el
carácter de marquesa de Toscana.
Doctor (rápido, con fuerza): ¡No, no! ¡Eso no, por favor! Lo echaría
todo a rodar.
El efecto de la confrontación debe ser repentino, brusco. De otro
modo, no resultaría.
Marquesa, usted se presentará nuevamente como la duquesa
Adelaida, madre de la emperatriz, y luego nos despediremos. Es primordial que él
sepa que nos hemos marchado. No Perdamos más tiempo ahora; aún nos queda mucho
por preparar.
El doctor, Matilde y Landolfo salen por la puerta de la derecha.
Frida: Comienzo a sentir temor otra vez...
Di Nolli: ¿Cómo es posible, Frida?
Frida: Hubiera sido mejor verlo antes.
Di Nolli: Pero ¡si no hay razón para temer nada, créeme!
Frida: ¿Verdad que no está furioso?
Di Nolli: ¡Qué ideas!... ¿Por qué habría de estarlo ?
Belcredi (con irónica afectación sentimental): Está
melancólico. ¿No
has oído decir que te ama?
Frida: ¡Qué gracia! Precisamente por eso...
Belcredi: Tranquilízate. No te hará daño alguno.
Di Nolli: Además será cosa de un momento...
Frida: Sí, pero estar allá..., a oscuras, y con él...
Di Nolli: Sólo por un momento. Además yo estaré cerca de ti, y
los
otros aguardando detrás de las puertas para acudir si fuera
preciso.
Apenas se vea ante tu madre, tu misión habrá concluido. ¿No lo
comprendes?
Belcredi: En cambio, yo me temo que todo esto sea como tratar de
hacer agujeros en el agua.
Di Nolli: ¿Vuelves a lo mismo? Yo creo que el remedio es
eficacísimo.
Frida: También yo..., lo advierto en mí misma. Estoy
estremecida.
Belcredi: Es que los locos, queridos míos, aunque ellos mismos
no lo
sepan, poseen una felicidad que nosotros no advertimos...
Di Nolli (interrumpiendo, fastidiado): Pero ¿de qué felicidad
hablas
ahora? ¡Hazme el favor!
Belcredi (con fuerza): ¡No razonan!
Di Nolli: Bueno, pero ¿qué tiene que ver con esto la razón?
Belcredi: Cómo, ¿no te parece que es todo un razonamiento el que - según nosotros él debería hacerse, viéndola a ella (señala a
Frida), y viendo a su madre? ¡Si todo lo hemos estructurado nosotros!
Di Nolli: No, de ninguna manera. ¿Qué razonamiento?
Le presentamos una doble imagen de su misma ficción, como dijo el
doctor.
Belcredi (impetuosamente): Mira: nunca he podido comprender por
qué se diploman en medicina.
Di Nolli (aturdido): ¿Quiénes?
Belcredi: Los alienistas.
Di Nolli: ¡Ésa sí que es buena! ¿Y en qué pretendes que se
diplomen?
Frida: ¡Se hacen los alienistas!
Belcredi: ¡Eso!... ¡En jurisprudencia, querida mía! Pura charla.
Y
quien más sabe charlar más importante es.
"Plasticidad analógica",
"la
sensación de la distancia del tiempo".
Y entretanto, lo primero
que
dicen es que no hacen milagros, cuando lo primero que se
necesitaría
sería un milagro.
Pero ellos saben que cuanto más repitan que no
son
taumaturgos, más creerán los otros en su seriedad.
No hacen
milagros,
pero caen siempre de pie. ¡Es estupendo!
Bertoldo (que ha estado espiando por la cerradura de la puerta
de la
derecha):
¡Ya están allí!... ¡Vienen hacia aquí!
Di Nolli: ¿Ah, sí?
Bertoldo: Parece que él quiere acompañarlos... ¡Sí, sí, viene,
viene!
Di Nolli: Retirémonos entonces... ¡Pronto!
(Volviéndose a
Bertoldo,
antes de salir): ¡Usted, quédese acá!
Bertoldo: ¿Debo quedarme?
Sin responderle, Di Nolli, Frida, y
Belcredi escapan por el foro, dejando a Bertoldo suspenso y
desorientado.
Se abre la puerta de la derecha, y Landolfo entra
el
primero, inclinándose rápidamente; luego Matilde con el manto y
la
corona ducal, como en el acto I, y el doctor con el hábito de
abate de
Cluny. Entre ellos, aparece Enrique IV con la vestimenta real.
Finalmente, entran Ordulfo y Arialdo.
Enrique IV (continuando la conversación que se supone iniciada,
en
la sala del trono): Y yo os pregunto: ¿cómo podría ser astuto si
luego
me creen obstinado?
Doctor: No, ¡por favor!... Obstinado no.
Enrique IV (sonriendo complacido): Entonces, ¿ sería para vos
verdaderamente astuto ?
Doctor: No, no, ni obstinado ni astuto.
Enrique IV (se detiene y exclama con el tono de quien quiere
hacer
notar benévolamente y con ironía que eso no puede quedar así):
¡Monseñor!...
Si la obstinación no es vicio que pueda ser
acompañado
por la astucia, yo esperaba que, negándome aquélla, me
concedierais
por lo menos un poco de astucia. Os aseguro que la necesito, y
mucho.
Pero sí queréis reservárosla toda para vos...
Doctor: ¡Oh!, ¿cómo? ¿Yo? ¿Os parezco astuto?
Enrique IV: No, monseñor, ¿cómo se os ocurre? No lo parecéis en
absoluto.
(Interrumpiéndose para dirigirse a Matilde): Si me permitís..., aquí, en el umbral..., quiero decir unas palabras
confidenciales a la señora duquesa.
(La aparta un poco, y le
pregunta
secreta y ansiosamente): ¿Amáis a vuestra hija realmente?
Matilde (confundida): Sí..., ciertamente.
Enrique IV: ¿Y queréis que con todo mi amor, con toda mi
devoción,
la recompense de los gravísimos errores que he cometido para con
ella? Aunque no habréis de creer, por cierto, en las acusaciones
idisoluto que me hacen mis enemigos...
Matilde: No, no; yo no creo, nunca he creído...
Enrique IV: Y bien, entonces, ¿queréis... ?
Matilde (siempre confundida): ¿Qué cosa?
Enrique IV: ¿Que yo regrese al amor de vuestra hija?
(La mira yagre ga en seguida en tono misterioso, con admiración y temor al
mismo tiempo): ¡No seáis amiga de la marquesa de Toscana!
Matilde: Sin embargo, os aseguro que ella ha rogado tanto como
nosotros para obtener vuestra gracia.
Enrique IV (rápido, quedo, estremecido): ¡No me lo digáis! ¡No
me
lo digáis! ¡Por Dios, señora!
¿No veis el efecto que me hace?
Matilde (lo mira; luego muy bajo, como en confidencia): ¿La
amáis
aún?
Enrique IV (consternado): ¿Aún? ¿Cómo decís aún? ¿Sabéis,
acaso?
¡Nadie lo sabe! ¡Nadie debe saberlo!
Matilde: Quizá ella sí lo sabe, puesto que ha rogado tanto por
vos.
Enrique IV (la mira un instante, y luego dice): ¿Y amáis a
vuestra
hija?
(Breve pausa. Se vuelve al doctor con una sonrisa): ¡Ah,
monseñor!...¡Es tan cierto que yo no supe que tenía esposa
hasta
después, tarde, muy tarde!... Aún ahora debo tenerla, sí, no hay
duda
de que la tengo, pero os podría jurar que no la recuerdo casi
nunca.
Será pecado, pero no la siento en mi corazón, no la siento. Pero
lo más
asombroso es que ni aun su propia madre la sienta en su corazón.
Confesad, señora, que ella os importa bien poco. (Volviéndose
hacia
el doctor, con exasperación): ¡Me habla de la otra!
(Y excitándose
más): Con una insistencia... Con una insistencia que no logro
explicarme.
Landolfo (humilde): Tal vez, majestad, para desvirtuaros la
opinión
contraria que hubierais podido concebir acerca de la marquesa de
Toscana.
(Y temeroso de haberse permitido esa observación,
agrega
en seguida): Se entiende que me refiero a este momento...
Enrique IV: Porque... ¿también tú sostienes que fue amiga mía?
Landolfo: Sí, en este momento sí, majestad.
Matilde: Así es..., precisamente por eso.
Enrique IV: He comprendido. Quiere decir Enrique entonces, que
vosotros no creéis que yo la amo.
He comprendido... ¡Nunca lo
creyó
nadie! ¡Nadie lo sospechó jamás! ¡Tanto mejor así! ¡Basta,
basta!
(Interrumpe, y encara al doctor con ánimo y gesto totalmente
cambiados): ¿Habéis visto, monseñor? Las condiciones de las que
el
Papa hizo depender la revocatoria de la excomunión, nada tienen
que
ver con las razones por las que me había excomulgado. Decid al
Papa
Gregorio que volveremos a vernos en Bressanone.
Y vos, se flora,
si
tenéis la suerte de hallar a vuestra hija, allá abajo, en el
patio del
castillo de vuestra amiga la marquesa... ¿qué puedo deciros?...
hacedla
subir.
Veremos si logro conservarla a mi lado como, esposa y
emperatriz.
Muchas hasta hoy se han presentado aquí
asegurándome...
ser ella, aquella misma que yo, sabiendo que la tenía... sí,
también he
buscado alguna vez. No me avergüenzo; era mi esposa.
Pero todas,
al
decirme que eran Berta, y que venían de Susa - no sé por qué-, se
reían.
(Confidencialmente): ¿Comprendéis?... en el lecho..., yo
sin
esta ropa... ella también... sí, ¡Dios mío!, sin ropas... un
hombre y una
mujer... es natural... Ya no se piensa en lo que somos.
¡El
traje,
colgado, se transforma en un fantasma!
(Cambiando luego de tono,
y
confidencialmente al doctor): Y yo pienso, monseñor, que los
fantasmas. en general, no son, al fin y al cabo, más que
pequeños
desconciertos del espíritu: imágenes que no logramos retener en
los
reinos del sueño. Se manifiestan también en la vigilia, de día.
Y dan
miedo. Yo tengo siempre mucho miedo, cuando por las noches veo
ante mí tantas imágenes desconcertadas... ¡tantas!, que ríen
apeadas
de sus caballos.
Otras veces, tengo miedo hasta de mi sangre que
late
en las arterias, como cuando en el silencio de la noche se
escuchan los
golpes sombríos de pasos en habitaciones lejanas... Basta.
Ya os
he
retenido demasiado de pie. Os saludo, señora; os reverencio,
monseñor.
Delante de la puerta del foro, hasta donde los ha
acompañado, los despide correspondiendo a las reverencias que se
le
hacen. Salen Matilde y el doctor. Él cierra la puerta, y se
vuelve
súbitamente transformado.
Enrique IV: ¡Bufones! ¡Bufones! ¡Bufones!... ¡Un
piano de colores! Apenas la tocaba... blanca, rosa, amarilla,
verde...
¿Y el otro, Pedro Damiani? ¡Ah! ¡Ah! ¡Perfecto! ¡Acertadísimo!
¡Se
ha aterrorizado al comparecer nuevamente ante mí!
(Dirá esto
prorrumpiendo en alegría frenética, moviendo los ojos con
nerviosidad, y trasladándose agitadamente de uno a otro lado,
hasta
que, de pronto, ve a Bertoldo, más que asombrado, atemorizado
por el
repentino cambio. Se de. tiene ante él, lo señala ante los tres
compañeros
que también están como perdidos por el aturdimiento): ¡Pero
reparad en este imbécil! ¡Fijaos cómo me mira ahora,
boquiabierto!
(Lo sacude tomándolo por los hombros): ¿No comprendes? i No ves
cómo los adorno, cómo los aderezo, cómo los hago comparecer ante
mí? ¡Bufones amedrentados! i Y se espantan precisamente de eso,oh!...
De que pueda yo arrancarles sus máscaras bufonescas y
descubra
que están disfrazados.
¡Cómo si no les hubiese impulsado yo
mismo a
disfrazarse, para darme este gusto de simular que estoy loco!
Landolfo (demudado por la sorpresa, mira a sus compañeros,
quienes a su vez, en el mismo estado, lo miran a él): ¿Cómo?
Arialdo: ¿Qué dices?
Ordulfo: ¿Pero entonces... ?
Enrique IV (ante estas exclamaciones se vuelve súbitamente, y
grita, imperioso): ¡Basta! ¡Terminemos! ¡Me he cansado ya!
(Luego,
rápidamente, como si después de haber reflexionado no pudiese
detenerse, ni creerse): ¡Dios, qué impudicia!...
Presentarse
ante mí
con su amante al lado... Y tenían el aspecto de hacerlo por
compasión,
para no enfurecer a un pobrecito que está ya fuera del mundo,
fuera
del tiempo, fuera de la vida. Es natural...
De otro modo, ya
podéis
figuraros que ése no se hubiera prestado a una superchería
semejante.
Pero ellos si, todos los días, en todo momento, pretenden que
los otros
sean como ellos pretenden.
Pero ¿no es esto una superchería? ¡No
hay
remedio! Es su modo de pensar, su modo de ver, de sentir...
¡Cada uno
tiene el suyo propio! Vosotros también tenéis el vuestro, ¿eh?
¡Claro
que sí!
¿Pero cuál puede ser el vuestro? ¡El del rebaño! Mísero,
caduco, incierto...
Y ésos se aprovechan, os hacen aceptar y
soportar
el de ellos, de modo qué sintáis y veáis como ellos.
O, por lo menos, se
hacen esa ilusión. Porque, ¿qué es lo que al fin consiguen
imponer?
Palabras, palabras que cada cual comprende y repite a su manera.
Y
así es como se forman las llamadas opiniones corrientes! ¡Pobre
del
que un buen día se vea marcado por una de esas palabras que
todos
repiten! Por ejemplo: "¡loco!"; o por ejemplo.... ¿qué podría
decir?... imbécil".
Decidme, ¿es posible estarse quieto pensando que hay guien, tan sólo uno, que se afana por convencer a los demás de
que
sois como él os ve, e intenta fijaros en la estimación ajena,
según el
juicio que se ha hecho de vosotros?...
"¡Loco, loco!" Y no lo
digo
ahora, cuando ya lo hago por broma, sino antes, antes de
golpearme la
cabeza al caer del caballo.
(Se contiene, de pronto, al advertir
que los
cuatro se agitan, más que nunca, asustados, trastornados): ¿Os
miráis?
(Remeda a los otros con gestos simiescos): ¡Ah! ¡Oh!
¡Qué
revelación!... ¿Estoy o no estoy? ¡Oh, sí, estoy loco!
(Se torna terrible): Por eso, porque lo estoy, ¡arrodillaos! ¡Arrodillaos!
(Los fuerza a arrodillarse uno por uno): ¡Ordeno que os arrodilléis
todos
ante mí! ¡Así! ¡Y tocad tres veces el suelo con la frente!
¡Abajo!
¡Todos tenéis que arrodillaros ante los locos!
(Al ver a los
cuatro
arrodillados, se desvanece su alegría ¡y se desdeña): ¡Arriba,
ovejas,
levantaos! ¿Me habéis obedecido?... Podíais haberme puesto la
camisa
de fuerza... ¡Aplastar a alguien con el peso de la palabra!...
¿Qué es
eso? Nada... ¡Una mosca! ¡Toda la vida está aplastada así, por
el peso
de las palabras!
El peso de los muertos... Miradme ¿Podéis creer
seriamente que Enrique IV está aún vivo?
Sin embargo, ya veis,
os
hablo y os doy órdenes a vosotros que lo estáis. ¡Así os quiero!
¿Os
parece que también es esto una burla? ¿El que sean los muertos
quienes sigan haciendo la vida?
Sí. Aquí es una burla; pero,
salid de
aquí, id al mundo viviente. Despunta el día. El tiempo está ante
vosotros. ¡El alba! Este día que está ante nosotros - decís
vosotros-, lo
haremos nosotros. ¿Sí? ¿Vosotros?...
¡Saludad en mi nombre a
todas
las tradiciones, a todas las vestimentas, a todas las
costumbres!
¡Comenzad a hablar! Repetiréis todas las palabras que fueron
dichas
siempre. ¿Creéis vivir?
¡Rumiáis la vida de los muertos!
(Se
para ante
Bertoldo, que está completamente idiotizado): Tú no comprendes
absolutamente nada, ¿eh?
¿Cómo te llamas?
Bertoldo: Yo... yo... yo soy Bertoldo.
Enrique IV: Pero ¿qué Bertoldo? ¡Tonto!... Entre nosotros, ¿cómo
te
llamas?
Bertoldo: En verdad... yo... me llamo Fino...
Enrique IV (volviéndose, de pronto, al sorprender las señas con
que
los otros tres reprochan a Bertoldo, e imponiéndoles silencio):
¿Fino?
Bertoldo: Fino Pagliuca; sí señor...
Enrique IV (volviéndose nuevamente a los otros): Pero si os he
oído
muchas veces llamaros unos a otros.
(A Landolfo): ¿Tú, te llamas
Lolo?
Landolfo: Sí, señor...
(Luego, con un estallido de alegría):
¡Oh, Dios!
¿Pero entonces?
Enrique IV (rápido, brusco): ¿Qué sucede?
Landolfo (languideciendo de pronto): No... digo...
Enrique IV: ¿Que ya no estoy loco? ¡Claro que no! ¿No me veis?
Bromeamos a espaldas de quienes lo creen.
(A Arialdo): Sé que tú
te
llamas Franco.
(A Ordulfo): Y tú, espera...
Ordulfo: Momo.
Enrique IV: Sí, Momo. Qué notable, ¿no?
Landolfo: Pero... entonces... ¡Bendito sea Dios!
Enrique IV: ¿Por qué? Si no tiene importancia. Nos reiremos
entre
nosotros. Nos reíremos con ganas...
(Y ríe estruendosamente): ¡Ja, ja, ja, ja,
ja, ja!
Landolfo, Arialdo y Ordulfo se miran entre sí, inciertos, extraviados,
entre la alegría y el susto.
Landolfo: ¡Se ha curado!
Arialdo: ¿Será posible... ?
Ordulfo: ¡Es inexplicable...!
Enrique IV: Callad. Callad.
(A Bertoldo): ¿Tú, no ríes? ¿Estás
aún
ofendido? ¡Vaya! No te lo decía a ti, ¿sabes?
Conviene a todos,
¿comprendes?, conviene hacer creer que algunos están locos para
tener la excusa de encerrarlos. ¿Y sabes por qué? Porque no
pueden
resistir el oírles hablar. ¿Qué digo yo de esos que se fueron?
Que la
una es una zorra, el otro, un sucio libertino, el otro un
impostor... ¡No
es cierto! ¡Nadie puede creerlo!
Pero todos me escuchan, sin
embargo,
asustados. ¿Por qué? - quisiera yo saber -, si no es verdad?
No se puede
creer así porque sí en lo que dicen los locos.
Sin embargo, ahí
se
están, escuchando, con los ojos dilatados por el espanto.
¿Porqué?,
dime, dime tú, ¿por qué?
Estoy tranquilo, ¿lo ves?
Bertoldo: Bueno, porque... quizá creen que...
Enrique IV: No, querido mío, no. Mírame bien a los ojos. No digo
que sea verdad, tranquilízate.
Nada es verdad. Pero mírame a los
ojos.
Bertoldo: Si, miro, ¿y luego?
Enrique IV: ¿Lo ves? ¿Lo ves? También tú tienes el miedo en los ojos...
¡Y eso porque te estoy pareciendo loco! ¡He aquí la prueba! ¡He aquí la prueba!
(Y ríe)
Landolfo (en nombre de los demás, envalentonándose,
exasperado):
¿Qué prueba?
Enrique IV: ¡Pues ésta: vuestro temor! Porque ahora os parezco
loco
otra vez. Sin embargo, ¡oh, Señor, lo sabéis.
Me creéis. Habéis
creído
hasta este momento que estoy loco. ¿Es verdad, o no?
(Los observa un
momento y los ve aterrorizados): ¿Lo veis? ¿No advertís que
vuestra
inquietud puede convertirse en terror, como el que sentiríais si
algo os
quitara la tierra que pisáis, o el aire que respiráis?...
Y es
forzoso,
amigos míos, porque, ¿os dais perfecta cuenta de lo que
significa
hallarse ante un loco?
Pues es hallarse ante alguien que sacude
desde
sus fundamentos todo cuanto habéis construido en vosotros, en
torno
vuestro: la misma lógica de vuestras construcciones. Y, ¿qué
queréis
que sea?...
¡Benditos sean ellos! Los locos construyen sin
lógica, o con
una lógica propia que vuela como una pluma.
¡Volubles!
¡Volubles!
Hoy es así y mañana no se sabe cómo...
Pues mientras vosotros os
mantenéis aferrados, ellos no... ¡Volubles! ¡Volubles!
¿Puede
ser esto? - os preguntáis vosotros-, y para ellos, todo es posible.
Pero vosotros
afirmáis que no es verdad..., ¿por qué?
Porque no os parece,
cierto, ni
a ti, ni a ti, ni a ti (señala a tres de ellos), ni a otros cien
mil. ¡Oh,
señores!
Sería menester ver luego, sin embargo, qué les parece
verdad
a esos otros cien mil a quienes no se tienen por locos, y cuál
es el
espectáculo final de sus acuerdos..., la flor y nata de su
lógica.
Yo sé
que a mí, siendo niño, me parecía real y verdadera la luna que
se
reflejaba en el pozo.
Y cuántas cosas me parecían verdaderas!
¡Y
creía en todo lo que me decían los otros, y por ello era feliz.
Porque,
¡ay de vosotros si no os aferráis más fuertemente a lo que os
parece
verdadero hoy, que a lo que os parecerá verdadero mañana, aunque
todo sea opuesto a lo que os pareció verdadero ayer!
¡Ay de
vosotros,
si, como yo, os sumergierais para considerar esta horrible cosa
que de
veras enloquece: la de saber que si estáis junto a alguien, y le
miráis a
los ojos - como yo miré un día a ciertos ojos -, podéis
consideraros mendigos
ante una puerta por la que nunca podréis entrar, pues el que
entra nunca será uno mismo, con su propio mundo interior, tal
como
lo ve y lo toca, sino otro, desconocido para uno mismo, que es
el que
ve y toca el otro, en su mundo impenetrable...
Hay una larga
pausa,
durante la cual las sombras comienzan a hacerse densas en la
sala,
acrecentando la sensación de extravío y de profunda
consternación
que oprime a los cuatro enmascarados, cada vez m4s alejados de
Enrique - el gran enmascarado, que se ha quedado absorto,
contemplando una espantosa miseria que no es solamente suya,
sivo
de todos. Él se recobra luego, y como buscando a los cuatro
hombres
que ya no siente a su alrededor, dice:) Se ha puesto oscuro
aquí...
Ordulfo (rápidamente, avanzando): ¿Queréis que vaya a buscar la
lámpara?
Enrique IV (con ironía): La lámpara, sí... ¿Pero acaso creéis
que no
sé que apenas vuelvo la espalda para irme a dormir con mi
lámpara de
aceite, vosotros encendéis la luz eléctrica, aquí, y en la sala
del trono
también? Finjo no verla...
Ordulfo: ¡Ah!... ¿Entonces, quiere?...
Enrique IV: No, me cegaría. Quiero mi lámpara.
Ordulfo: Bien. Estará ya pronta, aquí, detrás de la puerta.
Va hacia el
foro, abre la puerta y desaparece un instante regresando con una lámpara
antigua, de esas que se sostienen desde arriba, con un aro.
Enrique IV (tomando la lámpara e indicando la mesa que está sobre la
tarima):
Eso... un poco de luz.
Sentaos allí, alrededor de la mesa. Pero
no así...
sino en posiciones bellas y desembarazadas.
(A Arialdo): Así, tú
así...
(Lo acomoda; luego hace lo mismo con Bertoldo): Y tú así...
(Lo coloca en la posición deseada): Así, eso es...
(Él mimo va a sentarse):
Y yo, aquí...
(Volviendo la cabeza hacia una de las ventanas):
Sería
menester poder ordenar a la luna que nos enviara un hermoso rayo
decorativo... La luna nos asiste, nos ayuda... Por mi parte,
siento que
la necesito, y con frecuencia me olvido de mí mismo mirándola
desde
mi ventana. ¿Quién podría creer, al mirarla, que ella sabe que
han
pasado ochocientos años, y que yo, sentado a la ventana, no
pueda ser
Enrique IV que contempla la luna como un hombre cualquiera?
¡Pero
mirad, mirad qué magnífico cuadro nocturno: el Emperador entre
sus
leales consejeros! ¿No os produce placer?
Landolfo (bajo, a Arialdo, sin querer romper el encanto): ¿Qué
te
parece? ¡Si hubiésemos sabido que no era verdad...
Enrique IV: Verdad, ¿qué cosa?
Landolfo (titubeante, como excusándose): No... es que... Porque a é
(indica a Bertoldo), que es nuevo en el servicio... yo, justamente esta mañana,
le decía: "Lástima estar vestidos así..., con tantos bellos trajes como hay
allá, en la guardarropa, y con una sala como aquélla... (señala a la del trono.)
Enrique IV: Y bien, ¿lástima, dices?
Landolfo: Sí..., el que no supiéramos...
Enrique IV: ¿Que representábamos esta comedia sólo por burla?
Landolfo: Porque creíamos...
Arialdo (acudiendo en su ayuda): Claro, sí.... que era en
serio.
Enrique IV: ¿Y cómo es, entonces? ¿Os parece que no es en serio?
Landolfo: Oh, si dice usted que...
Enrique IV: ¡Digo que sois tontos! Deberíais haber sabido
construir
el engaño para vosotros mismos, no para representarlo ante mí,
ante
los que vienen aquí de visita de tanto en tanto, sino así..
simplemente
ser con él como sois a diario vosotros mismos...
(A Bertoldo, tomándolo de los brazos): Ser así, para ti mismo, ¿comprendes?,
de
modo que, en ésta, tu ficción, pudieses comer, dormir, y hasta
rascarte
un hombro si sintieras algún escozor.
(Dirigiéndose también a
los
otros): ¡Sintiéndoos vivos, verdaderamente vivos en la historia
de milciento, aquí, en la corte de vuestro emperador Enrique IV!
Y
pensar desde aquí, desde este reremoto tiempo nuestro, tan colorido y
sepulcral,
pensar que, entretanto, a una distancia de ocho siglos hacia
abajo, los hombres del mil novecientos riñen entre sí, se
arrebatan en
un ansia sin reposo para saber cómo se determinarán sus casos,
para
ver cómo se establecerán los hechos que los mantienen en tanta
angustia y en tanta agitación. ¡Mientras vosotros, en cambio, ya
estáis
en la historia, conmigo!
¡Por muy triste que sea mi caso,
horrendos los
hechos, ásperas las luchas, dolorosas las circunstancias..., ya
son
historia, no cambian más, no pueden ya cambiar, ¿entendéis?
¡Fijados
para siempre, al punto de poder abandonaros, repantigaros,
admirando cómo cada, efecto sigue obediente a su causa, con
perfecta
lógica, y cada acontecimiento se desenvuelve preciso y coherente
en
cada uno de sus detalles. En suma: ¡el placer, el placer de la
historia,
que es tan grande!
Landolfo: ¡Oh, bello, muy bello!
Enrique IV: ¡Bello, sí, pero, basta ya! Ahora que vosotros lo
sabéis,
yo no podría hacerlo más.
(Toma su lámpara para irse a dormir):
Por otra parte, si vosotros no habéis comprendido hasta ahora las
razones...
¡Ahora siento náuseas!
(Casi para sí, con violenta rabia
contenida): ¡Por Dios... he de hacer que ella se arrepienta de
haber
venido!
Se disfrazó de suegra ¡oh!... Y él de padre abate... Y
me traen
a un médico para que me estudie...
Y quién sabe si no confían
verdaderamente
en poder curarme... ¡Bufones!
i Quiero tener el placer de
abofetear por lo menos a uno, a ése! Es un espadachín famoso...
¡Me
ensartará!... Pero veremos, veremos.
(Se oye llamar a la puerta
del
foro): ¿Quién es?
Voz de Juan: ¡Deo gratias!
Arialdo (contentísimo por la broma que aún podría hacerse):
¡Oh, esJuan, es Juan que viene como todas las noches a hacer de
monjecito!
Ordulfo (restregándose las manos): Sí, sí, dejemos que lo haga,
dejemos que lo haga.
Enrique IV (rápido, severo): ¡Tonto! ¿Lo í ves? ¿Por qué?
¿Para
burlarte a espaldas de un pobre viejo que representa su papel
por
cariño hacia mí?
Landolfo (a Ordulfo): i Debe ser como de veras! ¿No comprendes?
Enrique IV: ¡Justamente! Como de veras. Porque sólo así deja de ser burla
la verdad.
(Va a abrir la puerta y hace pasar a Juan vestido de humilde
frailecito, con un rollo de pergamino bajo el brazo):
Adelante, padre, adelante.
(Después, asumiendo un tono de
trágica
gravedad y desombrío resentimiento): Todos los documentos que me
favorecían, de mi vida y de mi reino, han sido destruidos
deliberadamente
por mis enemigos; sólo ha podido huir de la destrucción
esta vida mía escrita por un frailecillo que me es devoto, y,
vosotros,
¿en verdad querríais reiros de él?
(Se dirige amorosamente a
Juan, y
lo invita a sentarse ante la mesa):Sentaos, padre, sentaos aquí.
Y la
lámpara cerca.
(Posa junto a él la lámpara que tiene aún en la
mano): Escribid, padre, escribid.
Juan (desenvuelve el rollo de pergamino y se dispone a escribir
al
dictado): Estoy listo, Majestad...
Enrique IV (dictando): El decreto de paz emitido en Maguncia
favoreció tanto a los míseros y a los buenos cuanto molestó a
los malos
y a los poderosos.
Comienza a bajar el telón
Enrique IV: Aportó
abundancia a
los primeros; hambre y miseria a los segundos...
TELÓN
La sala del trono, a oscuras, de suerte que apenas se percibe la
pared del fondo.
Las telas de los dos retratos han sido quitadas,
y en sus sitios, dentro de los marcos que han quedado
circundando el interior del hueco de los nichos, se han apostado,
en las mismas actitudes de
esos retratos, Frida, vestida de marquesa de Toscana, como
apareció en el segundo acto, y Carlos Di Nolli, en traje de
Enrique IV.
Al levantarse el telón, la escena queda vacía unos instantes.
Se abre la puerta de la izquierda y entra Enrique IV, sosteniendo
la lámpara por su aro, y vuelto al interior para hablar con los
cuatro servidores que se suponen en la sala contigua, con Juan,
como quedaron al finalizar el acto segundo.
Enrique IV: No, quedaos, quedaos. Yo me arreglaré solo.
Buenas noches.
Cierra la puerta y avanza, tristísimo y cansado, para
atravesar la sala en dirección a la segunda puerta de la derecha, que da a sus
aposentos.
Frida (apenas ve que él ha traspuesto la línea del
trono, bisbisea desde el nicho, como desfalleciendo del miedo):
Enrique...
Enrique IV deteniéndose al oír la voz, como si hubiese
sido herido a traición, por un navajazo en la espalda. Vuelve el
rostro aterrado hacia la pared del fondo, y por un instintivo
impulso de defensa, levanta los brazos.
Enrique IV:
¿Quién me llama?
(No es una pregunta, es una exclamación que
zigzaguea en un escalofrío de terror, y no espera respuesta de
esa oscuridad y de ese silencio terribles de la sala, que de
pronto, para él, se han colmado de la sospecha de estar
verdaderamente loco.)
Frida (ante ese acto de terror, y no menos aterrorizada
por lo que se prestó a hacer, repite un poco más fuerte): Enrique... Pero asoma un poco la cabeza desde su nicho hacia
el otro, esforzándose por desempeñar correctamente el papel que
se le ha asignado.
Enrique IV prorrumpe en un alarido y deja caer la
lámpara de sus manos, se aprieta la cabeza con ellas, e intenta
huir).
Frida (salta del nicho sobre el zócalo, y grita como
enloquecida):
¡Enrique!... ¡Enrique!... Tengo miedo... Tengo miedo...
Y
mientras Di Nolli salta a su vez al zócalo y de allí al suelo,
para socorrer a Frida que continúa gritando convulsivamente,
casi desvaneciéndose ya, por la puerta de la izquierda irrumpen
todos: el Doctor, Matilde, también vestida de marquesa de
Toscana, Tito Belcredi, Landolfo, Arialdo, Ordulfo, Bertoldo,
Juan. Uno de los servidores da en seguida luz a la sala.
Es una,
luz extraña, de lámparas ocultas en el cielo raso, de modo que
sólo resulta viva en lo alto.
Los otros, sin preocuparse de
Enrique IV, que se queda mirando idiotizado esa irrupción
inesperada, después del primer momento de terror, que aún lo
estremece, acuden presurosos a socorrer y confortar a Frida, que
tiembla todavía, y gime, y se desvanece entre los brazos de su
prometido. Hablan todos confusamente.
Di Nolli: ¡No, no, Frida!... Estoy aquí... Estoy contigo...
Doctor (acudiendo con los otros): ¡Basta! ¡Basta! No
hay nada más que hacer...
Matilde: ¡Se ha curado, Frida, se ha curado!
Di Nolli (con asombro): ¿Curado?
Belcredi: ¡Tranquilízate, era sólo una broma!
Frida (aterrorizada): ¡No! ¡Tengo miedo! ¡Tengo
miedo!
Matilde: Pero ¿de qué? ¿No ves que era una broma?... ¡Míralo!...
Si no era verdad...
Di Nolli: ¿Que no era de veras? ¿Qué decís? ¿Está sano?
Doctor: Por lo que parece... Aunque yo creo que...
Belcredi: Pero sí. Acaban de decirlo ellos. (Indica a los
cuatro servidores):
Matilde: ¡Y desde hace ya mucho tiempo! ¡Lo ha confesado a
sus servidores!
Di Nolli (ahora más indignado que asombrado): ¡Cómo
es posible, si hasta hace poco...
Belcredi: ¡Pues claro!... Fingía para reír a espaldas tuyas,
y a las nuestras, que de buena fe...
Di Nolli: ¿Pero es posible?... ¿Que se haya reído también de
su hermana, hasta el día de su muerte?
Enrique IV que se ha quedado agazapado, espiando ora al
uno, ora al otro, bajo la acusación y el escarnio por lo que
todos creen befa cruel, ahora revelada, y ha demostrado, en el
relampaguear de sus ojos, producto del tumulto de su alma, que
medita una venganza, imprecisa aún por obra del despecho que
siente. En tal punto resurge ya con la clara idea de asumir como
verdadera la ficción que le habían preparado, y le grita al
sobrino.
Enrique IV: ¡Continúa..., di..., continúa!
Di Nolli (aturdido por los gritos): Continuar, ¿qué?
Enrique IV: No habrá muerto "tu" hermana solamente.
Di Nolli: ¿Mi hermana?
Me refiero a la tuya, a la que
obligaste hasta el último momento a presentarse aquí como tu
madre, Inés.
Enrique IV: ¿Y no era "tu" madre?
Di Nolli: ¡Mi madre, mi madre, sí, justamente!
Enrique IV: Pero tu madre, se me ha muerto a mí, "viejo y
distante".
Tú acabas de bajar de allí (señala el nicho) nuevecito.
¿Y qué sabes tú si yo no la he llorado largamente, largamente,
en secreto, aun así vestido?
Matilde (consternada, mirando a los otros): Pero
¿qué dice?
Doctor (impresionadísimo, observándolo): Despacio, despacio,
por favor.
Enrique IV: ¿Qué digo? ¡Estoy preguntando a todos si no era
Inés la madre de Enrique IV! (Se dirige a Frida, como si
fuese verdaderamente la marquesa de Toscana): ¡Vos, marquesa,
deberíais saberlo, me parece!
Frida (aterrorizada aún, abrazándose más a Di Nolli):
¡No, yo no, yo no!
Doctor: Despacio, señores, despacio; el delirio reaparece.
Belcredi: No, doctor, no es el delirio. ¡Es que vuelve a
fingir, a hacer la comedia!
Enrique IV (rápido): ¿Yo? Vosotros habéis vaciado
esos dos nichos. Él está ahora ante mí como Enrique IV.
Belcredi: ¡Oh, terminemos ya con esta burla!
Enrique IV: ¿Quién ha dicho que es burla?
Doctor (fuerte, a Belcredi): ¡Por el amor de Dios,
no lo azuce usted!
Belcredi (sin prestarle atención, más fuerte): ¡Me
lo han dicho ellos! (Señala a los cuatro servidores):
¡Ellos! ¡Ellos!
Enrique IV (mirándolos): ¿Vosotros? ¿Habéis dicho
que era burla?
Landolfo (tímido, embarazado): No..., en verdad
dijimos que os habíais curado.
Belcredi: ¡Basta ya! ¡Terminemos!
(A Matilde): ¿No le
parece que resulta de una puerilidad intolerable el verlos a él
(señala a Di Nolli), y a usted, marquesa, vestidos así?
Matilde: ¡Cállese usted! ¿Quién piensa ya en los trajes,
cuando él está en verdad curado?
Enrique IV: ¡Curado, si! ¡Estoy curado! (A Belcredi):
¡Ah, pero no para que todo esto acabe tan pronto como tú crees!
(Se encara con él): ¿No sabes que desde hace veinte años
nadie ha osado presentarse ante mí como tú y ese señor? (señala
al doctor.)
Belcredi: Sí... ¡Cómo no había de saberlo!... Yo mismo vine
esta mañana vestido de...
Enrique IV: De monje...
Belcredi: Y tú me tomaste por Pedro Damiani... No he reído
creyendo que...
Enrique IV: ¡Que estaba loco! ¿Y no te provoca risa verla a
ella así, ahora que estoy curado?... Sin embargo, podrías pensar
que, a mis ojos, su aspecto ahora... (Se interrumpe por un
impulso de desdén): ¡Ah! (Y súbitamente se vuelve hacia
el doctor): ¿Es usted un médico?
Doctor: Yo, si...
Enrique IV: ¿Y la vistió usted de marquesa de Toscana a ella
también?
¿Sabe, doctor, que corrió usted el riesgo de hacer que
la noche retornara a mi cerebro? ¡Bendito sea Dios!
Hacer que
los retratos hablen, que se salgan vivos de sus marcos...
Contempla
a Frida y a Di Nolli, después mira a la marquesa, y
finalmente se mira el traje que tiene puesto): ¡Oh, es una
combinación magnífica! Dos parejas... ¡Magnífico, doctor,
magnífico!... Para un loco...
(Señalando apenas a Belcredi):
A él, esto le parecerá ahora una mascarada fuera del tiempo, ¿no
es así?
(Se vuelve para mirarlo): Ya puedo quitarme este
disfraz para irme contigo, ¿no te parece?
Belcredi: ¡Conmigo! ¡Con nosotros!
Enrique IV: ¿Adónde? ¿Al Círculo? ¿De frac y corbata blanca?
¿O a casa de la marquesa, los dos juntos, tú y yo?
Belcredi: ¡Adonde quieras! ¿Querrías, acaso, permanecer aún
aquí,para perpetuar, solo, lo que fue una desdichada broma en un
día de carnaval? Es increíble, te lo aseguro, que hayas querido
continuarla, después de haberte liberado de la desgracia que te
había ocurrido.
Enrique IV: Desde luego... Pero ya ves.
Es que al caerme del
caballo y golpearme la cabeza, estuve loco de veras, no sé por
cuánto tiempo...
Doctor: ¡Ah!... Eso... ¿Y duró mucho tiempo?
Enrique IV (rapidísimo, al doctor): Si, doctor,
mucho, cerca de doce años.
(Y en seguida, volviendo a hablar
con Belcredi): ¡Y el no ver ya nada más de todo aquello que
sucedió después de aquel día de carnaval! El cambio de las cosas,
su evolución..., los amigos..., cómo me traicionaron; el sitio
que otros tomaron, no lo sé, pero lo supongo, en el corazón de
la mujer que amaba; los que habían muerto; los que habían
desaparecido..., todo esto, ¿comprendes?, no fue para mí una
burla, como a ti te parece.
Belcredi: No, no, perdona..., yo no digo eso. Me refiero a
lo que pasó después.
Enrique IV: ¡Ah, sí!... ¿Después?... Un día...
(Se
detiene y se vuelve al doctor): ¡Caso interesantísimo,
doctor! ¡Estúdieme, estúdieme usted bien!
(Hablando se
estremece íntegramente): No podría decir cómo, un día, el
mal que estaba aquí (se toca la frente), desapareció. Reabrí los
ojos, poco a poco, y no supe al principio si era sueno o
vigilia...
Finalmente advertí que estaba despierto... Toqué una cosa y la
otra... ¡Había vuelto a ver el aramente!... ¡Ah!...
Como él dice
(señala a Belcredi), ¡despojémonos de este traje de
enmascarado, de este íncubo!
¡Que se abran las ventanas y se
respire la vida! ¡Vamos, vamos, corramos afuera!
(Conteniendo
de pronto su arrebato): Pero ¿adónde? ¿A hacer qué?
¿Para
que todos, a escondidas, me señalen con el dedo como a Enrique
IV, pero ya no así... sino del brazo contigo, entre los queridas
amigos de la vida?
Belcredi: ¡Pero no! ¿Cómo se te ocurre? ¿Por qué habría de
ser así?
Matilde: ¿Quién se atrevería?... ¡Ni pensarlo siquiera! ¡Sí
ha sido una desgracia!
Enrique IV: ¡Pero si ya todos me tildaban de loco antes!
(A
Belcredi): Y tú lo sabes, tú que, más que ninguno, te
ensañabas contra los que intentaban defenderme.
Belcredi: ¡Oh, vaya..., era en broma!
Enrique IV: Mírame los cabellos. Aquí...
Le muestra sus
cabellos en la nuca.
Belcredi: ¡Oh, también yo los tengo grises!
Enrique IV: Sí, pero con esta diferencia: que a mí se me
pusieron grises. acá, haciendo de Enrique IV, ¿entiendes?
Y sin que yo lo haya advertido siquiera. Me di cuenta en un solo día,
de repente, al reabrir los ojos, y fue espantoso, porque
comprendí en seguida que no solamente mis cabellos, sino todo mi
ser debía haberse puesto gris, que todo se había derrumbado, que
todo había sucumbido, y que con un hambre de lobo llegaría a un
banquete ya terminado.
Belcredi: Sí..., pero los demás...
Enrique IV (rápido): Lo sé, no podían detenerse a
esperar que yo sanara, ni siquiera aquellos que, detrás de mí,
punzaron, hasta hacerlo sangrar, a mi caballo enjaezado...
Di Nolli (impresionado): ¿Cómo? ¿Cómo?
Enrique IV: ¡Sí, a traición, para que se encabritara y me
volteara!...
Matilde (rápida, con horror): ¡Pero esto lo se ahora!
¡No me había enterado antes!
Enrique IV: Eso también habrá sido una broma.
Matilde: ¿Quién fue? ¿Quién se hallaba detrás de nosotros
dos?
Enrique IV: Ya no importa saberlo. Fueron todos los que
continuaron después en el banquete, y que ya sólo hubiesen
dejado para mí, marquesa, sus sobras de magra o blanda piedad, o
alguna espina de remordimiento en el plato sucio... ¡Les doy las
gracias!
(Volviéndose bruscamente al doctor): Y entonces,
doctor, mire usted si el caso no es verdaderamente nuevo en los
anales de la locura, preferí seguir loco, al hallar aquí todo
dispuesto para este deleite de nuevo género: vivir mi locura,
vivirla con la más lúcida conciencia, y vengarme así de la
brutalidad de una piedra que me habla magullado la cabeza.
Esta
soledad, tan escuálida y vacía, tal como se me presentó
reabriendo los ojos, debía revestirla en seguida, y mejor, con
todos los colores y los esplendores de aquel lejano día de
carnaval, cuando usted (mira a Matilde y le indica a Frida)
¡mírese en ella, marquesa!... ¡cuando usted triunfaba!..., y
obligar a todos aquellos que se presentaban ante mí, a
continuar, así porque sí, por el derrotero de mis pasos,
siguiendo aquella antigua y famosa mascarada que había sido,
para ustedes y no para mi, la burla de un día. Hacer que se
convirtiera para siempre, ya no en una burla, sino en una
realidad, la realidad de una verdadera locura.
Que todos estuviésemos enmascarados aquí, para siempre..., y que
estuviese la sala del trono, y estos cuatro consejeros secretos
y, por supuesto, traidores.
(Se vuelve de pronto hacia ellos):
Quisiera saber qué habéis ganado revelando que estoy curado.
Sí
lo estoy, no tendré ya necesidad de vosotros y seréis despedidos.
Confiar en alguien, eso sí es realmente cosa de locos. ¡Ah, pero
yo los acuso ahora, a mi vez! ¿No lo sabéis?
¿No habéis visto
que ellos creyeron que la burla continuaría conmigo, a espaldas
vuestras?
Estalla en una carcajada que, salvo Matilde,
imitan todos aunque desconcertados.
Belcredi (a Di Nolli): ¿Oyes?... ¡No hubiese estado
mal!...
Di Nolli (a los cuatro jóvenes): Conque vosotros...
¿eh?...
Enrique IV: Es menester perdonarlos.
Esto (amarra su
propio traje), esto que es para mí la caricatura evidente y
voluntaria de aquella otra mascarada continua, de cada minuto,
en la cual somos involuntariamente payasos (indica a Belcredi)
cuando, sin saberlo, nos disfrazamos de lo que creemos ser...
Ese disfraz, - perdonadles-, no logran verlo aún como parte de
sus mismas personas.
(Volviéndose nuevamente a Belcredi):
¿Sabes? Uno se acostumbra fácilmente, y se pasea más fácilmente
aún, como si nada fuera, encarnando a un personaje trágico (lo
hace), en una sala como ésta. ¡Mire usted, doctor!...
Recuerdo a
un cura, por cierto que era irlandés y apuesto, que dormía al
sol, un día de noviembre, con un brazo apoyado en el respaldar
de un banco, en una plaza pública, anegado en la dorada delicia
de aquella tibieza que a él debía parecerle casi estival.
Podemos estar seguros de que en aquel momento no tenla
conciencia de que era cura, ni del lugar en que se encontraba.
Soñaba. Y quién sabe qué soñaba.
Pasó un bribonzuelo que había
arrancado una flor con todo su tallo, y al pasar le hizo
cosquillas con ella, aquí, en el cuello. Le vi abrir los ojos
sonrientes, y dibujársele en todo su rostro la risa
bienaventurada de su sueño; lo había olvidado todo, pero puedo
asegurar que en seguida recobró su compostura, y se puso rígido
dentro de su hábito sacerdotal, y volvió a sus ojos la misma
seriedad que ya habéis visto vosotros en los míos.
Porque los
curas irlandeses defienden la seriedad de su fe católica con
tanto celo como yo defiendo los sagrados derechos de la
monarquía hereditaria.
Estoy curado, señores, porque sé
perfectamente fingirme loco, aquí, y lo hago tranquilo.
Penoso es para vosotros, que vivís vuestra locura con tanta agitación,
sin conocerla y sin verla.
Belcredi: ¡Mira qué curioso! ¡Ahora hemos llegado a la
conclusión de que los locos somos nosotros!
Enrique IV (con un arrebato que se esfuerza por contener):
Pero es que si tú, y ella (señala a la marquesa) no
estuvieseis locos, ¿habríais podido venir a verme juntos?
Belcredi: Yo, francamente, vine creyendo que el loco eras tú.
Enrique IV (rápido, fuerte, indicando a la marquesa):
¿Y ella?
Belcredi: Ah, ella no sé.
Veo que está como encantada por
todo lo que tú dices... fascinada por ésta, tu "consciente"
locura.
(Se vuelve a ella): Vestida usted como está ahora,
supongo que podría también quedarse a vivir aquí, marquesa.
Matilde: ¡Usted es un insolente!
Enrique IV (rápido, aplacándola): No se preocupe,
señora. No se preocupe.
Él sigue azuzando. Sin embargo, el
doctor le advirtió que
no azuzara.
(Volviéndose a Belcredi): Pero ¿cómo quieres
que me conmueva ya lo que ocurrió entre nosotros, ni la parte,
que tomaste en mis desgracias con ella (indica a la marquesa,
y luego se vuelve a ella indicándole a Belcredi), o lo que
él representa ahora para. usted? ¡Mi vida es ésta! ¡No es la
vuestra!
La vuestra, en la que habéis envejecido, yo no la he
vivido.
(A Matilde): ¿ Esto es lo que quería usted
decirme?
¿Quería usted demostrarme esto con el sacrificio de
vestirse así por consejo del médico?
¡Oh, magnífica idea, doctor,
se lo he dicho ya! "Mostrar lo que éramos entonces, y lo que
somos ahora."
Pero yo no soy un loco de los suyos, doctor.
Yo sé bien que
aquél (indica a Di Nolli) no puede ser yo, porque Enrique
IV soy yo, yo, aquí, desde hace veinte años, ¿comprende? ¡Fijo,
en esta eternidad de máscara!
Esos veinte años los ha vivido
ella, los ha gozado ella (indica a la marquesa) para
transformarse - allí la veis - modo que yo no pueda reconocerla ya,
pues yo la conozco así (señala a Frida y se le acerca), y
para mí es ésta siempre.
Parecéis niños que se asustan de mí.
(A
Frida): Y tú, pequeña, te has asustado verdaderamente por la
broma que te indujeron a hacer, sin comprender que para mí no
podía ser el juego que ellos creían, sino este prodigio terrible:
el sueño que cobra vida en ti, como nunca.
Eras allí una imagen;
te han hecho persona viva. ¡Eres mía! ¡Eres mía! ¡Mía! ¡Mía por
derecho propio!
La ciñe con los brazos, riendo como un loco, mientras todos
gritan aterrados.
Pero como corren para desasir a Frida de entre
sus brazos, él asume una actitud terrible y grita a sus cuatro
servidores.
¡Detenedlos! ¡Detenedlos! ¡Os ordeno que los detengáis!
Los cuatro
servidores, en su aturdimiento, como fascinados, tratan automáticamente de
contener a Di Nolli, al Doctor, y a Belcredi.
Belcredi (se libra rápidamente y se arroja contra
Enrique IV):
¡Déjala! ¡Déjala! ¡Tú no estás loco!
Enrique IV (fulmíneo, extrayendo la espada del flanco de
Landolfo, que está junto a él): ¿Que no estoy loco? ¡Mira!
Lo
hiere en el vientre, provocando un general alarido de horror.
Acuden todos a socorrer a Belcredi, exclamando tumultuosamente.
Di Nolli: ¿Te ha herido?
Bertoldo: ¡Lo ha herido! ¡Lo ha herido!
Doctor: ¡Ya lo decía yo!
Di Nolli: ¡Frida, ven!
Matilde: ¡Está loco! ¡Está loco!
Di Nolli: ¡Sujetadlo!
Belcredi (mientras lo transportan hacia la salida de la izquierda, con
feroz protesta que por encima de sus voces se oye):
¡No está loco!
Salen por la izquierda, gritando, y siguen gritando a dentro, hasta que por
encima de sus voces se oye un grito más agudo de Matilde, al que sigue el
silencio.
Enrique IV (que ha quedado en escena, entre Landolfo,
Arialdo y Ordulfo, con los ojos desorbitados, aterrorizado por
la vida que ha cobrado su propia ficción., que repentinamente lo
ha empujado, a1 delito): Ahora sí... por fuerza...
(Llama
a sus servidores junto a sí, como buscando amparo): Aquí, a
mi lado, aquí, juntos... y ahora para siempre.
TELÓN
|
|
|
Se vuoi
contribuire, invia il tuo materiale, specificando se e come si vuole
essere citati a
pirandelloweb@gmail.com
If you want to
contribute, send your material, specifying if and how to be named at
pirandelloweb@gmail.com
Il contenuto di queste pagine
proviene, oltre che da contributi dei nostri visitatori, anche da altri siti cui
abbiamo estratto quanto di pertinenza, citandone, ove a conoscenza, fonte e
relativo link. In caso di segnalazione da parte dei proprietari di tali siti
inerente la loro contrarietà alla pubblicazione su PirandelloWeb del loro
materiale,le pagine contestate, verranno immediatamente rimosse.
|
|
|
|