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SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR
(Sei personaggi in cerca d'autore) -
1922 |
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TRAGEDIA EN TRES ACTOS
Seis personajes en busca de autor (en italiano Sei personaggi in cerca d'autore) es la más famosa obra del
escritor Luigi Pirandello, estrenada en Italia en 1921 y su primera publicación fue en 1925. En conjunto con el resto de su producción dramática de la época, propone innovadores procedimientos que serán
posteriormente influyentes fundamentos del teatro moderno.
Es considerada por algunos como su obra maestra.
En Seis personajes en busca de autor, el público es
confrontado con la llegada inesperada de seis personajes
durante los ensayos de una obra teatral (incidentalmente, una propia obra de Pirandello: El juego de roles) que
insisten en ser provistos de vida, de permitírseles contar su propia historia. Pirandello describe cómo este concepto
se le ocurrió en el prefacio de la obra publicada: un intento inútil en la obra en la que él desistió de continuar después de darse cuenta que “ya he afligido a mis lectores
con cientos y cientos de historias. ¿Por qué los debo
afligir ahora narrando las tristes aventuras de estos seis
infortunados?”.
Los personajes, sin embargo, ya existentes
en su mente, eran “criaturas de mi espíritu, estos seis
estaban ya viviendo una vida que era de ellos y ya no mía, una vida que no estaba en mi poder negárselas”. Pirandello toma ventaja del drama del drama clásico para crear la división entre personajes y actores en la obra.Los actores
son bufones que piensan que saben todo acerca del teatro; se mofan o muestran una aptitud condescendiente durante toda la
obra hacia los personajes.
Los personajes en cambio son los
chivos expiatorios, son atacados durante toda la obra.
Los actores con sus posturas maniqueístas y clichés,
respondiendo a un estereotipo lucen más artificiales, menos
reales, que los personajes.
Los personajes gozan de una dinámica,
que les otorga la vida sus luchas internas, las múltiples
intervenciones de la hijastra contra el padre, etc.
Los
personajes se odian los unos a los otros con una pasión
nacida de su existencia como formas en una obra no
completada.
La hijastra desprecia a su padre por ir a un burdel, su hermano por mantenerla fuera de la casa, y su madre por huir con el secretario. El hijo desprecia a la familia entera y especialmente a su madre por abandonarlo.
La audiencia es incorporada en al obra, la entrada de los
personajes facilita este hecho, ya que al romper el concepto
representación-escenario y publico-parterre, se acaba con la división artificial entre el publico y la representación. Pirandello quiere que su audiencia acepte la realidad de su obra, para luego pensar que es una critica a la obra y al final darse cuenta que una broma (primer apto).
Lo anterior
está en función de la idea de Pirandello sobre la
artificialidad del teatro.
El silencio de los niños es un efecto dramático estupendo. Su silencio es necesario a causa de que ellos ya están
muertos. La madre es el único personaje que no se percata de su condición de personaje.
Ella es una mujer tranquila cuyo
principal atributo es ser un personaje más emocional que
autoreflexivo.
Los
personajes se horrorizan cuando se percatan que el montaje
de la escena de la tienda de Madame Paz no es del todo
realista, no esta hecho de la madera que ellos lo recuerdan.
Esto representa la diferencias físicas entre el teatro y el
lugar donde los hechos tuvieron lugar.
El teatro no puede
superar esta limitación y por lo tanto debe permanecer
irrealista.
Cuando el director indica sus intenciones de
rearreglar la escena los actores lo atacan con vehemencia,
el padre le recuerda que la verdad debe ser representada, en su forma inalterada.
En el segundo acto se toca de manera directa la pregunta
quien es el más real los personajes o los actores. Es
denotar que los actores representan papeles cómicos mientras
que los personajes papeles dramáticos. Esto se ilustra con
el siguiente dialogo:
"Padre: un personaje, caballero, pude preguntarle a un hombre «quién es». Porque el personaje tiene una vida
verdaderamente suya, con carácter propio, por lo cual
siempre es «alguien». Pero un hombre, no lo digo por usted; un hombre en general, puede ser un Don Nadie.
Luego se discute quien más real los actores por que su
realidad cambia o los personajes por que justamente su
realidad es fija e inmutable. Esto permite identificar la menos dos realidades una para los actores y otra para los
personajes. Esta realidad dual puede ser observada en la escena en la tienda de Madame Paz donde la escena es primero
interpretada por los personajes y luego por los actores.
En la escena final de la obra, el sentido de la realidad se ve cambiado los actores y el director, al igual que la
audiencia, están seguro de si lo ocurrido es realidad u
actuación.
Conclusión
El teatro de Pirandello fue revolucionario, se reutilizaron
artificios teatrales y se crearon otros para romper la división entre el publico y la obra. Esta no fue el único
paradigma destruido o por lo menos atacado por la obra de Pirandello:
-
La realidad no puede ser representada es su totalidad.
-
Es imposible la comunicación verdadera.
-
La naturaleza del teatro inmutable es opuesta a la realidad transformable.
Además, la obra pirandelliana propone una pregunta ¿cuál es
la realidad?, ¿esta es mejor que la realidad paralela de la locura?. Esta pregunta se perfila tanto en Seis personajes
en busca de autor como en Enrique IV, donde según mi opinión
Pirandello favorece a la locura sobre la realidad objetiva.
da
biblioteca.utec.edu.sv
Esta comedia no tiene ni actos ni escenas, pero tiene tres
momentos diferenciados. Se interrumpir en dos momentos claves, la primera vez
cuando el personaje de Padre y el Director marchen del escenario al camerino
interesado por la trama de la historia de los personajes, y la segunda vez
cuando por una equivocacin del Tramoyista el teln cae de verdad.
Parte 1ª:
La obra comienza en el escenario de un teatro en el cual comienzan ha
aparecer los actores y actrices de una compañía que acuden a un ensayo
de la obra que van a representar.
Al llegar el Director éstos comienzan a
ensayar la escena que les tocaba, curiosamente representan una comedia
de Pirandello, el propio autor de seis personajes en busca de autor.
A poco de comenzar el ensayo irrumpe
en el teatro por el patio de butacas
un grupo de Personajes (el Padre, la Madre, la Hijastra, el Hijo, el
Muchacho y la Niña) guiados por el
portero del teatro que les lleva
hacía el Director. Estos personajes
estaban buscando un autor para su drama.
Después de varias discusiones
con el Director el Padre consigue
que éste le escuche y explicarle su
historia; que no es más ni menos que
eran personajes de un drama, pero su autor no quiso o no pudo llevarlos
materialmente al mundo del arte.
Los personajes astutamente dejan ver
poco a poco sus sentimientos de unos
hacía otros creando un clima de cierto interés por la compañía.
El
Director escuchó la siguiente
historia:
El personaje del Padre estaba casado
con la Madre y tenían un hijo.
El
Padre tenía un secretario muy leal
que se llevaba muy bien con la Madre, hasta el punto que sin maldad
se entendían mejor que la propia
pareja.
Cierto día el Padre lo despidió para alejarlo de ella, pero la Madre al poco tiempo se sintió
desorientada y vacía.
Al observar
esto, el Padre decidió echarla de su casa, porque no aguantaba verla tan
triste y la llevó con el otro hombre.
El Padre decidió que el hijo que
tenían en común debía dejárselo a una ama de crías campesina para educarlo. La Madre
y el otro hombre
se fueron de la ciudad. El drama
comienza cuando murió el
ex-secretario (padre de la Hija) y esta nueva familia cae en la pobreza,
obligados a volver a la ciudad de donde procedían.
La Madre trabajó
como modista para una tal Madama Pace, una modista de altos vuelos,
que aparentemente ofrecía sus
servicios a damas elegantes, pero en realidad eran estas damas la que le
ofrecían a ella el servicio en una casa de citas.
Fue allí donde se volvieron a
encontrar el Padre, la Hijastra y la Madre, ya que él era cliente de esa
casa de citas y Madama Pace obligó a la hijastra a trabajar para ella, excusándose en el mal trabajo de los
modelos hechos por su madre. Dio la casualidad que el Padre iba a
citarse con su hijastra sin saberlo; dado el largo tiempo de su ausencia, no la podía reconocer. Fue entonces
cuando la Madre los encontró y el
drama se disparó.
El Padre finalmente los acogió como si de mendigos se tratase en su casa con su Hijo, que había vuelto hacía
tiempo.
El Director interesado en el drama
accedió a ser el autor y ofreció al Padre a ir a su camerino para detallarle las escenas. El director
deja un tiempo de descanso para los
actores.
Parte 2ª: Esta segunda parte empieza con las
instrucciones del Director para
acomodar el escenario a las
exigencias de la Hijastra y de la situación en la que ocurrió la
escena del encuentro del Padre con ella.
El Apuntador pasa a ser el
taquígrafo para recoger los diálogos
de la escena.
El Director muestra su intención de
representar el drama con sus actores
y no con los personajes, lo que
indigna a éstos, que defienden sus
ideas de que no hay nadie mejor para
representar su drama que ellos mismo
ya que son los que lo han vivido, y para lo que han sido creados. El
Padre consigue crear un escenario
parecido a la escena donde ocurrió y
logra que Madama Pace se presentase
en el teatro para que recogiesen los
actores su papel.
Al entrar Madama Pace en el escenario la Madre comienza a chillar angustiosamente
por todo lo que les hizo en el
pasado, la tienen que apartar para
que el Padre y la Hija representen
la escena con Madame Pace.
Al acabar
de representar la escena, son los
actores los que tomando sus papeles
representan la misma escena bajo la
crítica mirada del Padre y la Hijastra. Éstos acaban por
interrumpir el ensayo y deciden
representar la escena del dormitorio para provocar así la impresión del
Director y que les dejase
interpretar la obra.
Con esta escena
acaba el primer acto de la obra (de
los personajes), y a su vez acaba la 2ª parte con el error del tramoyista
al bajar el telón.
Parte 3ª: Esta última parte arranca con el
segundo acto del drama, la acogida
en casa del Padre de la familia.
En el escenario, el Director sólo
quería representar el huerto de la casa, cosa que era desvirtuar el
drama porque el Hijo siempre estaba
distante de la familia mostrando su indiferencia hacia ellos.
El Padre no dejará de mostrar pensamientos al
Director de su realidad de personaje
ante la realidad de los actores lo
cual acaba en enrevesadas
conversaciones más bien filosóficas
que artísticas.
Se reanuda otra vez la narración de la historia por medio de la Hijastra
que muestra los sentimientos de su familia al llegar a esa casa. El
hijo intenta marcharse del escenario
pero un extraño poder le impedía
marcharse, estaba obligado a
realizar la escena con su madre en el Huerto, era como si algo les
obligase a los personajes a estar
juntos, su misión, para lo que
habían sido creados, era representar
su drama aunque se odiasen unos a
otros.
Pero al intentar representar la
escena ocurren cosas extrañas, el
Muchacho ante la insistencia de la Hijastra en que representase su
papel empuña una pistola, se vuelve
a colocar tras los árboles del
escenario y se reanuda la historia.
Ahora la Madre cuenta como entró en la habitación del Hijo y éste se
marchó. Vuelve a interrumpirse la
representación ante la negativa del Hijo que acaba por discutir con su padre. Tras la discusión comienza el
desenlace de la historia:
El Hijo al marcharse de la habitación se dirigió al huerto y en la alberca vio a la Niña ahogada en la alberca, corrió a salvarla pero se detuvo al ver al Muchacho
contemplando a su hermana ahogada se dirige hacia el pero... (en el
escenario se oye un disparo).
Los actores y personajes acuden a ver
que ha pasado, creen que no es real
pero el Padre si sabe que es real.
El Director piensa que todo es falso y decide marcharse del teatro, se apagan las luces y cuando se está
marchando aparecen detrás del
decorado las sombras de los
personajes menos las del Muchacho y la Niña.
La Hijastra saldrá
corriendo del escenario riéndose a
carcajadas.
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PRÓLOGO de Francisco Nieva
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da
ellaberintodelverdugo.blogspot.com
Los grandes hallazgos de teatro son muy simples. Basta que no es-tén
apoyados en ideas, sino en emociones. Nadie se emociona con las ideas, pero
a partir de las emociones se puede pensar mucho, se puede llegar a hacer un
teatro muy intelectual, como a veces nos parece el de Pirandello. Claro, que
nos engañamos si creemos esto. A Pirandello se le juzgó en su tiempo de modo
muy contradictorio. Se creyó que hacía un teatro muy reflexivo y lleno de
abstracciones.
En esencia, el teatro de Shaw y de Pirandello extrae toda su tea-tralidad de
su lucha contra la convención. Y toda sociedad es conven-cional. La
convención es su acuerdo, es su eje y su sostén. Tanto uno como otro sabían
que la convención social es insoslayable. He aquí el hallazgo trágico. La
tragedia es irresoluble y por ello es trágica, pero tanto uno como otro se
dirigían al espectador de teatro y a la concien-cia particular de éste, «marginándolo»
del resto de los alienados, y eso sí que es otro hallazgo. El buen teatro
puede ir contra todo menos con-tra el espectador.
El espectador tiene que ser un aliado. Esto mismo hacían de él Pi-randello y
Shaw. Ninguno de los cuales se sirvió de ideas para crear emociones, sino
todo lo contrario. Esto es aún más evidente en Piran-dello, aunque se le
tomase como más intelectual y abstracto que a Shaw.
Si antes he dicho que las ideas de teatro, las grandes ideas, son muy
simples, lo dije pensando mucho más en Pirandello que en el otro. Pirandello
descubre la esencia del llamado «suspense» que luego tanto se ha aplicado al
cine. Basta con decir una tan simple verdad como la de que nada es lo que
nos parece, basta basar en ella la dra-maturgia de la inquietud y que
cientos de obras salgan, no de la idea misma, sino del sentimiento de esa
inquietud de la que emana toda teatralidad. Se diría que primero se ha
lanzado una idea bastante abstracta y que con ella se ha provocado una
emoción. Conociendo la vida de Pirandello se comprueba muy bien que el gran
escritor jamás hace emociones de las ideas, que es un poseído por la vida y
por sus emociones más complejas, un alma torturada y ardiente. De la obra
entera de Pirandello emana un fuego siciliano, de mafia metafísica, de
poderoso marginado —tiene angustias de perro: amó a una loca. Una loca que
le infligió torturantes emociones que le hicieron pensar como aún no se ha
atrevido a pensar ningún antisiquiatra sin estar loco como «no lo estaba»
Pirandello: que la sociedad podía estar com-pletamente del revés y esto no
importaría lo más mínimo. Al contra-rio, sería más justa por darle su
oportunidad a lo que ahora creemos la parte más oscura del hombre. ¿Cómo no
va a ser oscura, si jamás la queremos iluminar?
Pirandello es un catalizador del genio siciliano —no napolita-no—, un
catalizador de la angustia de un grupo étnico tan híbrido y extraño. Sicilia
es una tierra por donde reptan las sibilas. Todas las edades están muertas
en Sicilia. Y Luigi Pirandello se casó con una loca. ¿Saben ustedes que amar
a una loca es gustar de todas las des-mesuras insensatas del amor, que se
vive una inquietud sexualizada y se consulta al Juicio Final cuando se la
besa? ¿Que Dios habla por boca de ella y dice las insensateces últimas de
Dios, las insensateces que son su verdad más tremenda? La duda. Dios siembra
la duda mientras arde y por eso transmite un calor de vida siempre llameante
y «nunca resuelta». Amar o haber amado a una loca puede llevar a esta
luminosa verdad que es la irresolución trágica de todo. Trágica porque no la
dominamos, porque está enfrente de nosotros. Es una verdad que no aplaca —y
por ello es una verdad de vida— que no tranquiliza el ánimo de nadie.
Véase, pues, lo que puede dar este sentimiento trágico de la vida llevado al
teatro. Ese es el teatro de Pirandello. Es un objetivo de cá-mara
fotográfica que podemos ir paseando por toda la superficie de esta tierra
aparencial. Luego, de la fotografía, levantaremos una pe-lícula que
descubrirá los colores opuestos que, por lo bajo como una mafia, están
determinando esa superficie, la apariencia de esta su-perficie. Habremos
comprobado, con un sentimiento de terror que, nunca es más verdad una verdad,
que cuando es una mentira. Esto lo vemos expresado en la razón de la locura
y en el magnífico, casi grandioso, teatro de Pirandello. Sus procedimientos
teatrales pueden quedar anticuados, nada vale contra ese hallazgo trágico
que es esen-cia de la tragedia, como la filosofía de Kant era esencia del
acto de fi-losofar. La forma de «tragediar» de Pirandello es el soporte de
su ta-lento, como su talento es el soporte de esa angustia tan teatralizable.
La verdad se halla entremedias. Todo es ganas de decir la verdad en este
teatro. Esas ganas se traducen en un suspenso que tiene la gran virtud de no
ser policíaco. Lo policíaco sólo es un recurso muy tópico para exacerbar esa
inquietud. En el teatro de Pirandello nos damos cuenta de que todo,
absolutamente todo, aunque no ponga mano en ello la Policía, tiene esa
condición asesina y encubridora. Y una gra-cia maligna. Tan captado se
sintió por él un cierto público de su tiempo, que temieron que apuntase el
objetivo de esa cámara mágica hacia sus vidas y descubriese todo lo que
ellos no querían saber de sí mismos.
A tal punto se le ha tenido, porque llegó a sembrar la duda en el espectador
de si el asesino no era él, el espectador mismo. Por eso pres-cinde
Pirandello de la policía y de los temas policíacos tópicos —por más que
siempre o casi siempre hay un personaje en sus obras que en-carna una cierta
misión de investigador, de inquisidor— porque la extrema depuración del
suspenso es cuando, al implicar en el proceso a la sociedad entera, el
propio espectador, enfrentado a su forma de juz-gar, se puede sentir
culpable, pensar de sí mismo que es «el malo». Esta duda magnífica, sembrada
por un dramaturgo, es la mayor «participación teatral» que puede darse, la
única.
Seis personajes en busca de autor es quizás la obra más repre-sentativa de
Pirandello, en donde la expresividad de los muchos golpes de efecto —todos
efectos eminentemente teatrales— se pone a girar como una rueda,
incesantemente, hasta el final. Aquel lector que no haya visto representar
la comedia, debe imaginarse que está en el tea-tro y debe «sentir» cómo esos
personajes surgen a la sombra. Debe «sa-ber incorporarse» a este milagro
escénico, vivirlo al compás de la lec-tura. Porque el caso de Pirandello es
el de la superteatralidad de la vida, hasta qué punto la vida es puro
teatro. Basta con ponerle un marco para que cualquier realidad se teatralice
y cobre una dimen-sión nueva. En Seis personajes... la vida es mentira y la
verdad es teatro. La realidad es una ficción de la realidad.
Literariamente es una obra perfecta, pero se ve que la tal obra ha sido
escrita para ser dicha e interpretada por actores de gran calado
interpretativo, es obra de «divos». Ni uno solo de sus papeles deja de tener
una dimensión que sobrepasa el mero texto escrito. Es teatro al estado puro,
como casi todas las de Pirandello.
Como todo el buen teatro moderno, Seis personajes... requiere que el lector
se convierta en el propio director de escena de su lectura. Cuando ello se
consigue, la lectura de Pirandello aficiona, nos «en-gancha» a la del
teatro, cosa que tanto escasea hoy en día, en donde la imaginación se ha
vuelto perezosa.
Hubiera sido para mí una ventura no conocer a Pirandello, para que un día
pudiera encontrar, de repente y sin previo aviso, una afor-tunada y rara
comedia, teatro esencial y de todos los tiempos, llamada Seis personajes en
busca de autor.
por
La piedra de Sísifo
Que el Nobel no es
una garantía de calidad está refrendado por las elecciones hechas en
determinados años, que no garantice la fama más allá de una lista de nombres
ganadores del premio también. Es por esto que no causa demasiada sorpresa que un
autor al que le fue concedido el famoso premio en 1934, y cuyo nombre a pesar de
todo es lo suficientemente conocido, no lo es sino fundamentalmente por una obra,
que de manera fulminante ha eclipsado el resto de su producción. Y es que lo que
representa Seis personajes en busca de autor para el teatro moderno, su
herencia en las tablas actuales, tiene un valor impagable, no sólo por el nuevo
modo de entender la escenificación, por la ruptura de espacios y la integración
total del público, sino fundamentalmente por lo que tiene de tratado teórico, de
reflexión acerca de la labor escénica y de forma más general sobre la ficción y
sobre las relaciones entre creador y creación.
Estas
relaciones se ponen de manifiesto desde el mismo prólogo. Pirandello explica la
forma en que se gestó el drama, poniendo de relieve desde su nacimiento la
autonomía y la importancia de los personajes, cómo los personajes visitan la
casa del autor y le cuentan sus desdichadas historias, «tan vivos como para
tocarlos, como para oírlos respirar», haciendo de esta manera un paralelismo
desconcertante con lo que después será el drama al igualar en el prefacio al
autor y al Director ―personaje―. Estos seis personajes vuelven una y otra vez a
suplicar al autor que escriba su historia, hasta convertirse en una obsesión. Y
como Pirandello ya había «agobiado» con infinitud de relatos se le ocurre la
posibilidad de representar a unos personajes que se empeñan a existir a pesar de
su autor. Dar libertad absoluta a los personajes, para que hablen y se muevan
por sí mismos, y ante todo para que defiendan su existencia, para que conquisten
esa libertad usándola.
Al introducir
el teatro dentro del teatro casi desde el primer momento del drama se crean dos
niveles de ficción: por una parte, están los actores que ensayan en un escenario
desnuda una obra de Pirandello; por otra, los personajes de ficción, apariciones
casi fantasmales, pero entidades de carne y hueso. Pirandello entra en la obra ―mencionado,
de la misma manera que Unamuno en Niebla― en el nivel más cercano a la
realidad, lo que le permite usar la ironía, algo que está muy presente a lo
largo de toda la representación. El Director se quejará de que las obras de
Pirandello nadie las comprende y de que «parecen creadas a propósito para que ni
los actores, ni los críticos, ni el público queden contentos». Después de esa
mención ya no volverá a nombrarse a Pirandello: en línea con la tendencia de la
obra a elaborar personajes tipos, el escritor aparecerá en adelante nombrado
como el autor. Efectivamente, en ambos niveles los nombres son algo baladí en
comparación con el papel que le ha tocado representar a cada uno. En el nivel
más real, en la compañía de teatro, se encuentran el Director, los actores, el
Apuntador, el Guardarropa, el Tramoyista o el Conserje; en la plano puramente
ficcional, el de los personajes, están el Padre, la Madre, la Hijastra, el Hijo,
el Muchacho y la Niña. La simbología de estos personajes se manifiesta por medio
del uso de máscaras ―un instrumento que permite distinguir a los actores de los
personajes― y desde la acotación que los presenta en escena: el Padre es el
remordimiento, la Hijastra la venganza, el Hijo el desdén y la Madre el dolor. A
pesar de que Pirandello había declarado en el prólogo no estar de acuerdo con el
simbolismo en el arte la elección del nombre de los personajes efectivamente
parece guiada por una especie de simbolismo que únicamente se salva, en palabras
de Pirandello, por la ironía.
Estos seis
personajes, pues, irrumpen en escena en el momento en que la compañía teatral
está ensayando. Dicen traer con ellos un doloroso drama al que un autor no quiso
o no pudo dar forma artística. Aunque la reacción inicial del Director es
echarlos para poder continuar con el ensayo, pronto queda subyugado por la
historia que cuentan los personajes. El Padre abandona a la Madre porque cree
que ella se ha enamorado de otro hombre, de un secretario suyo. Al Hijo, por
quien no sentía ningún apego, lo dejó a una persona ajena a la familia. La Madre
y el otro hombre abandona la ciudad, pero al poco tiempo éste muere y la mujer
queda arruinada y con varios hijos, la Hijastra, el Muchacho y la Niña.
Obligados por la pobreza vuelven a la ciudad donde vivían, donde la Madre
trabaja como modista para Madame Pace, que tiene en realidad una casa de citas
donde entra a trabajar la Hijastra. Será en esa casa de citas donde se produzca
el encuentro entre el Padre y la Hijastra, y el drama se producirá cuando la
Madre los encuentre a ambos. El Padre decide acogerlos en su casa por caridad,
pero el Hijo, que ha vuelto al hogar paterno, desprecia a sus hermanastros, a
los que considera bastardos. El drama final se produce cuando la Niña se ahoga
en la alberca sin que el Hijo hiciera nada por salvarlo.
Los
personajes se ven obligados a ser consecuentes con su naturaleza de personajes,
necesitan representar en escena ese drama que llevan latente pero que han vivido
realmente: están condenados a repetir su historia en la representación sin la
posibilidad de cambiar un ápice de cuanto les ha ocurrido. Y es aquí donde
aparece la contradicción más trágica: por una parte se muestran independientes,
liberados de autor, y por otra están atrapados en una especie de determinismo
que les impide cambiar el futuro, que es en realidad ya un pasado. Los avisos
sobre ese futuro son algo más que ironía dramática, son la confirmación de algo
que no ha pasado y que ha pasado, que volverá a repetirse una y otra vez en un
tiempo dolorosamente circular.
Ese es el
auténtico drama de los personajes. Cuando la Hijastra dice refiriéndose a la
Niña «cuando a esta preciosa se la quite Dios a su Madre» o el Padre más
adelante diga al Director que la Niña no dará molestias, «que incluso será la
primera en irse» no harán sino confirmar una condenada eterna, la de morir
ahogada en la alberca una y otra vez. El Hijo, que se confiesa como «un
personaje no acabado dramáticamente», intentará oponerse a este determinismo en
vano. Con una mezcla de resentimiento y de remordimientos, no tolera la
presencia del resto de los personajes y amenaza con abandonar la representación
y no actuar con los demás. La Hijastra lo retará a marcharse del escenario, pero
una fuerza misteriosa se lo impedirá, como una funesta confirmación a una
antigua ley declarada por ella misma: «Tiene que quedarse aquí por fuerza,
encadenado irremediablemente». La Madre, quizá el personaje más atormentado,
siente en sus carnes todo el peso de esa circularidad, cuando afirma sobre su
drama: «¡Está ocurriendo ahora, y ocurre siempre! ¡Mi tormento no ha terminado,
señor! ¡Yo estoy viva y presente, siempre presente en cada momento de mi
tormento, que siempre se renueva, también vivo y presente!». El Padre, por su
parte, siente que el peso de la eternidad ―porque como reconoce Augusto Pérez,
un personaje vivo no morirá jamás― se levanta sobre «la culpa de un momento
fugaz y vergonzoso».
Una vez que
los personajes han conseguido despertar el interés del Director tratarán de
convencerlo para representar ese drama; sin embargo, los dos niveles entrarán en
conflicto, porque el Director entiende que en teatro el lugar de los personajes
no son las tablas, sino el guión, que no son los personajes los que actúan sino
los actores, que son los que están preparados para representar delante de un
público. Los personajes por sí solos son entidades vacías, esqueletos que no se
levantan hasta que los actores los cubren con todo un repertorio de gestos, de
movimientos, de expresiones. El ensayo de los actores, que permite a Pirandello
la ingeniosa innovación de integrar las acotaciones del Director dentro del
diálogo, levanta la protesta del Padre, que cree imposible que una
representación pueda ser igual que el original, porque el actor parte de cómo
cree que se siente el personaje y no de cómo se siente verdaderamente. Y a pesar
de que los actores hacen un papel que se asemeja al máximo al original, los
personajes no se sienten en absoluto identificados; antes sienten la extrañeza
de alguien que se ve duplicado y suplantado ―«algo que… se vuelve de ellos, y ya
no es nuestro»―, que ve algo que «parece otra cosa, que quisiera ser la misma,
pero no lo es». El Hijo comparará el intento de los actores por simular el
original con el reflejo de un espejo del que se intentan imitar los gestos: sólo
puede copiarse lo que se ve desde fuera, jamás se puede saber lo que hay dentro
de lo que se copia, y eso, de alguna manera, invalida la copia.
De ese
enfrentamiento entre el nivel real y el ficticio surge toda una teoría
para interpretar el mundo. Los personajes, conscientes de la falsedad del
teatro, de de sus decorados, de sus situaciones, buscan refugio en el solipsismo
de pensar que es real todo aquello que deseen como real. Cuando el Padre escucha
la palabra «ilusión» en boca de la Primera Actriz les pide que no utilicen esa
palabra tan cruel, porque esa ilusión es la única realidad que poseen. Y al
igual que el Augusto Pérez de Niebla pone en duda la realidad de
Unamuno, el Padre duda también de la realidad del Director, la ilusión del
tiempo presente, que convierte el futuro en el pasado, lo que está por venir en
lo que ya sucedió. La única diferencia es que la realidad del plano de los
actores puede cambiar, es lineal, mientras que la de los personajes es circular,
siempre la misma, inalterable. Porque, efectivamente, el Hijo está condenado a
morir al final del libro cuando alguien lea Seis personajes en busca de
autor, a morir al final de la representación cuando alguien asista a la
obra. De lo que no son conscientes los actores es que también están atrapados en
esa circularidad, que en realidad ambos planos son uno solo, el de la ficción.
Lo único que quizá los diferencia, lo que acaso acentúa el drama de los
personajes, es la conciencia de su entidad, el conocimiento de que el mundo es
ilusorio, el engaño complaciente de que todo es real cuando se vive como real.
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